Torquemada era un castellano de Palencia,
serio y austero, que había tomado los hábitos por vocación. Comía poco,
desdeñando manjares, dormía sin sábanas, vestía sencillamente, era
severo consigo y con los demás, de piedad tenebrosa; riguroso, pero
no implacable; ferviente, pero no inhumano. Torquemada mantenía sus
convicciones contra viento y marea, sin hacer concesiones a nadie. Fue
capaz de amonestar a la propia reina por permitir que los carpinteros
trabajasen en día festivo para tener a punto el tablado de una fiesta.
Siempre rehuyó los honores y pompas mundanos. Rechazó el arzobispado de
Sevilla y otros cargos igualmente codiciables y sólo aceptó el encargo
de organizar la Inquisición porque lo vivió más como un sacrificado
servicio al Estado y a la Iglesia que como una sinecura ventajosa.
Además, era una decisión consecuente con sus sentimientos religiosos.
Torquemada estaba convencido de que la ascensión social de los conversos
redundaba en perjuicio de la religión. En un memorial enviado a los
reyes leemos: es mucho prohibido que los judíos no tengan entre los
cristianos oficios públicos ni los reyes non los vendan sus rentas
(...) porque es grand pecado e mengua de nuestra fe (...)
es menester que judíos y moros sean apartados y non
vivan entre los cristianos y que traigan sus señales por donde sean
conocidos y que ningún judío ni moro non traiga seda mas que se vista
según su estado y condición.
Torquemada había ingresado, siendo
todavía muchacho, en el convento dominico de San Pablo, en Valladolid,
donde contaba con influencias familiares. Luego ascendió a prior del
convento de Santa Cruz en Segovia y finalmente, ya anciano, en el de los
dominicos de Ávila, que él había fundado.
Existen pocos datos que permitan trazar
un retrato íntimo de este hombre severo e inexpresivo. Sentía gran apego
por su familia y su patria chica, la aldea de Torquemada (Palencia), a
la que costeó la construcción de un puente y las reparaciones de la
iglesia. Veneraba especialmente la memoria de su padre. Cuando éste
falleció, el convento de San Pablo de Valladolid consagró a su memoria
el patronato de una capilla. Andando el tiempo el capítulo conventual
decidió anular este patronato. Torquemada, incomodado, alteró su
testamento para suprimir las mandas que dejaba a esta comunidad.
La gestión de Torquemada al frente de la primera
Inquisición fue decisiva. Este eficiente funcionario redactó las
primeras Instrucciones, que servirían de base al desarrollo
institucional del Santo Oficio, le imprimió su carácter estatal y
corrigió los abusos de los tribunales, revocando los nombramientos de
algunos inquisidores indignos y moderando el rigor de otros.
Torquemada, el gran
inquisidor
Tomás de Torquemada entra en la Historia por haber sido el primer
Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio y el que puso a la
firma de los Reyes Católicos el decreto de expulsión de los judíos, pero
no sabemos bien quién fue. Las referencias sobre su vida provienen de la
crónica de los dominicos que Fray Juan de la Cruz escribió en 1567 y
cuya credibilidad es limitada. Como a casi toda persona conocida del
siglo XV, se le atribuye linaje judaico pero no sabemos si el regidor
Don Pedro Fernández de Torquemada o su señora Doña Mencía Ortega, sus
padres, eran cristianos nuevos. Hay tanto empeño en afirmarlo hoy como
en borrarlo ayer. Y de linaje converso encontramos personajes con tanta
variedad de conductas como en el resto de la sociedad española de la
época. El origen no hace la trayectoria.
Torquemada, hombre de religión más que fe, es en realidad un producto
típico de la endiablada sociedad española de la segunda mitad del siglo
XV. Pero por muy decidido que fuese, nunca resultó decisivo, aunque a
veces pareciera decisorio. Desde el nacimiento, en 1420, hasta la muerte
en el convento abulense de Santo Tomás, en 1498 -otro aniversario para
el zurrón noventayochista: quinientos años de la muerte de Torquemada-,
su vida se parece a la de muchos hombres de aquella Castilla con tanta
fuerza en su gente como indefinición en sus caminos. Isabel la Católica
es el imán de los cambios y realizaciones trascendentales de ese final
del Cuatrocientos y no es casualidad que Torquemada sea uno de los tres
confesores importantes de su vida: un dominico, un jerónimo y un
franciscano; el duro Torquemada, el santo Talavera, el severo Cisneros.
Para llegar al nivel de Cisneros le faltaba a Torquemada categoría
intelectual -sólo era bachiller en Teología, mientras don Francisco
Jiménez era amigo de
Nebrija y trató de fichar a Erasmo para su Universidad Complutense-,
pero le sobraban, como al futuro cardenal regente, ambición, seguridad
en sí mismo y una austeridad que rondaba el exhibicionismo. Más que una
ética, el rigor de esta minoría de la iglesia castellana, reformista
antes del protestantismo, era casi una estética. Torquemada representaba
una línea dura con respecto a los conversos sospechosos de judaizar -es
decir, de mezclar la fe de Moisés con la de Cristo mediante dobles ritos
o síntesis heréticas-, mientras Talavera representaba la línea moderada,
tradicional y mayoritaria en el alto clero, la naciente burguesía
ciudadana y la nobleza. Fueron los disturbios creados a propósito de los
conversos los que hicieron cambiar lentamente y siempre detrás de los
acontecimientos esta política. Y fue Fernando, de linaje converso por su
madre, Juana Enríquez, el que más decididamente encabezó el movimiento
cuando lo consideró irreversible, aunque para ello tuviera que recurrir
al Papa -que detestaba- y al antiguo confesor de su esposa, amén de
pelearse con todo el reino de Aragón.
Cuerpo doctrinal no posee Torquemada, ni tampoco encabeza una facción
política. Es la expresión de una coyuntura histórica, casi siempre mal
entendida o manipulada, y cuya explicación sigue resultando difícil. Se
podría resumir diciendo que el proyecto de los Reyes Católicos para
acabar con los enfrentamientos de la aristocracia e incorporar clérigos
y laicos sin títulos ni riquezas a la alta administración tropieza con
el problema de los conversos, instalados en la cúspide social. Estos
cristianos nuevos provocan o sufren feroces campañas a propósito del
Poder que tienen, no por su fe, pero sí con la fe, ligada a un nebuloso
racismo, como elemento de conflicto. Lo que lleva al establecimiento de
la Inquisición es, pues, el problema de los conversos y no, como suele
decirse, el de los judíos, que eran poco más de cien mil, marginales
desde el punto de vista social y bastante respetados por su fidelidad
religiosa tras las grandes conversiones de épocas anteriores. En
realidad, sólo había un grupo que odiaba más a los conversos que los
cristianos viejos, y éste era precisamente el de los judíos, que los
consideraba traidores a su fe y a su raza. En ambos casos el odio era
muy popular y entre la plebe católica asociaba imputaciones de crímenes
rituales, como el inventado del Niño de La Guardia, con la usura y los
impuestos. Pero ese odio estaba groseramente manipulado por gente sin
escrúpulos que lo utilizaba en sus intrigas políticas y quizá por eso
nunca fue considerado legítimo entre los grupos dirigentes ilustrados,
incluidos muchos religiosos.
Sin embargo, la existencia de conspiraciones políticas en las que se
mezclaban prácticas rituales judaizantes o heréticas, así como los
conflictos cada vez mayores entre cristianos viejos y nuevos, decidieron
a los reyes a pedir al Papa la creación de una Inquisición nueva, ya que
la tradicional era absolutamente ineficaz por su propensión al soborno.
No era en su origen una forma de persecución racial -en España la mezcla
racial es tan grande como antigua- sino religiosa y antiherética. Cuando
Sixto IV concedió la bula de rigor y nombró los dos primeros
inquisidores, a los que sucedió Torquemada al año siguiente, ya como
Inquisidor General a propuesta de la corona, la máquina en marcha tenía
tres objetivos: luchar contra la herejía, pacificar los grupos sociales
y facilitar a los reyes un mecanismo que les permitiera unificar su
acción de Aragón y Castilla mediante el instrumento que más los ligaba y
que menos discutían: la religión católica.
La aportación de Torquemada consistió en convertir lo que era un
proyecto político para la religión en un proyecto religioso para la
política. Si esa mutación se hubiera previsto, seguramente la nueva
Inquisición no habría nacido. Pero cuando se puso en marcha, no hubo
forma de detenerla. Los 10 años de torquemadismo, desde el
establecimiento del Tribunal del Santo Oficio hasta la orden de
expulsión de los judíos en 1492, escrita seguramente por el propio Fray
Tomás, muestran la evolución del problema de los conversos bajo la
actividad inquisidora. Ambos hechos están pensados para preservar la
pureza de la fe y asegurar la posición social de los cristianos nuevos,
pero desembocan en 3.000 ejecuciones mediante la hoguera y un número
varias veces superior de encarcelamientos, confiscaciones, torturas y
degradaciones públicas. Torquemada, detrás de la Corona, es quien
siembra el terror.
El establecimiento de Torquemada como Inquisidor General, fácil en
Castilla, fue dificultosísimo en Aragón. Los catalanes aceptaron la
Inquisición a regañadientes, pero pidieron que fueran ellos los que
nombraran al Inquisidor. Fernando no quiso. Los aragoneses fueron más
lejos y Teruel llegó a alzarse en armas contra el Santo Oficio, caso
primero y último. Los turolenses cerraron las puertas de la ciudad a los
inquisidores que venían de Zaragoza; el Rey pidió que los funcionarios
aragoneses acudiesen armados a proteger la entrada de los inquisidores.
No lo consiguió y tuvo que recurrir a tropas de Castilla para que
tomaran la ciudad. Pero la caída de Teruel desesperó y radicalizó a
conversos, a judíos y a muchos cristianos viejos que veían que la
Inquisición acababa con sus fueros y libertades. Empezaron las conjuras
en Zaragoza y una desembocó en el asesinato del inquisidor Pedro de
Arbués. La represión fue rápida y feroz. Torquemada empezó a llevar una
escolta de hasta doscientas lanzas y a tener siempre en su mesa un
cuerno de rinoceronte, para prevenir envenenamientos. Los judíos, al
principio, colaboraron con él como delatores de los despreciados
conversos. Sólo cuando ya era tarde se dieron cuenta de que iban a ser
víctimas de un sistema que no sólo eliminaba a los que no terminaban de
ser ni judíos ni cristianos sino que imponía por la fuerza la existencia
de una sola fe. La obligación no terminó con la devoción pero sí con la
libertad de conciencia. La Inquisición española, creada en todos sus
detalles por Torquemada, provocó muchas menos víctimas que otros
tribunales europeos similares.
Eso es indudable, pese a todas las leyendas negras acumuladas. También
es cierto que los católicos franceses mataron más protestantes en una
sola noche, la de San Bartolomé, que el Santo Oficio en tres siglos y
que los alemanes quemaron más brujas en un año que la Inquisición en
toda su historia. Pero la máquina de intolerancia, sospecha, terror y
delación accionada por Torquemada entorpeció la vida intelectual
española de forma trágica. Duró más en la memoria que en el tiempo. Nos
marcó. Torquemada no murió arrepentido ni de quemar herejes ni de
expulsar judíos, como se ha dicho, pero sí viejo, paranoico, avariento y
miserable Tras lograr la expulsión de los judíos, perdió la salud y
volvió a Ávila. Negó su hacienda al convento de San Pablo y tuvo que
desenterrar a sus padres para llevárselos a Santo Tomás. Consiguió del
Papa Alejandro VI una bula para que allí rigieran estatutos de limpieza
de sangre y pasó sus últimos años rapaceando fondos para la que fue su
tumba. Durante la guerra de la Independencia ésta fue profanada y
aventadas sus cenizas. No se averiguó la identidad de los autores del
hecho. Demasiados sospechosos.