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HENRY DAVID THOREAU O LA LIBERTAD

10 - El hombre Thoreau

El escritor, pensador y naturalista americano Henry D. Thoreau nació en Concord, Massachusetts, el 12 de julio de 1817, hijo de John y Cynthia (Dunbar de soltera) Thoreau. En 1828, tras algunos años en la escuela primaria de Concord, Thoreau asistió a la Concord Academy y, desde 1833 a 1837, al Harvard College.

Tras licenciarse por Harvard, Thoreau se aseguró un puesto como profesor en la Concord Center School (escuela pública), pero dimitió tras sólo dos semanas por negarse a emplear castigos físicos sobre sus pupilos. Entre 1838 y 1841 él y su hermano mayor John Jr. dieron clase en una escuela privada en Concord; en 1838 los dos hermanos llevaron a cabo la excursión de dos semanas en bote que más tarde Thoreau rememoraría en su primer libro, A Week on the Concord and Merrimack Rivers, publicado en 1849. En 1840 Thoreau publicó poemas y ensayos en The Dial, el periódico transcendentalista; entre 1841 y 1843 vivió en Concord con el famoso escritor y conferenciante Ralph Waldo Emerson y su familia (su esposa Lidian y dos niños). En 1842, John Jr. murió en brazos de Henry a causa una infección de tetanos. Al año siguiente Thoreau se mudó a Staten Island, Nueva York, para trabajar como tutor de los hijos de William Emerson e intentar entrar en el mercado literario neoyorquino. Tras regresar a Concord, en 1844 Thoreau y su compañero Edward Hoar prendieron fuego accidentalmente a unos bosques de Concord cuando en un dia ventoso, cerca de Fair Haven Pond, intentaban asar su pesca.

Entre 1845 y 1847 Thoreau vivió en una pequeña casa que él mismo construyó a la orilla del lago Walden, a una milla y media de distancia del centro de Concord. En 1846, todavía residiendo en el lago, ascendió a la cima del monte Katahdin mientras visitaba los bosques de Maine, y pasó una noche en la cárcel por negarse a pagar su impuesto de capitación. Posteriormente elaboró estas vivencias en las conferencias que más tarde aparecerían publicadas en el capítulo “Ktaadn” de The Maine Woods y en el célebre e influyente ensayo “Civil Disobedience”.

Tras abandonar la casa del lago, Thoreau residió de nuevo con la familia de Emerson mientras éste viajaba por Inglaterra dando conferencias. Thoreau regresó a casa de sus padres en 1848 y continuaría viviendo con ellos como pensionista para el resto de su vida. Fue entonces cuando comenzó a poner en práctica la rutina matutina y vespertina de estudio y escritura que, junto con largos paseos por la tarde, constituye los cimientos sobre los cuales puede decirse que construyó su vida creativa.

Thoreau emprendió el primero de sus cuatro viajes al cabo Cod en 1849; posteriormente pronunció las conferencias sobre sus vivencias que se publicarían póstumamente como Cape Cod. Al año siguiente viajó al Quebec y describió esa vivencia en una conferencia titulada “An Excursion to Canada”, publicada parcialmente en 1853 bajo el título A Yankee in Canada. Su célebre libro Walden; or, Life in the Woods (a petición suya, el título fue posteriormente acortado a Walden) fue publicado en 1854; ese mismo año pronunció su ensayo-conferencia “Slavery in Massachusetts” en una celebración del dia de la independencia organizada por la American Anti-Slavery Society.
 

En 1856 Thoreau viajó a Perth Amboy, New Jersey, para trabajar como agrimensor en una gran propiedad y pronunciar tres conferencias. Mientras se encontraba allí, visitó a Walt Whitman en Brooklyn, que quedaba cerca. En 1857 y 1858 visitó el cabo Cod, los bosques de Maine y las Montañas Blancas de New Hampshire; en este último año publicó el que se convertiría en el segundo capítulo de The Maine Woods, su ensayo “Chesuncook”. A resultas de la muerte de su padre en 1859, tuvo que comenzar a asumir más responsabilidades en el negocio familiar de extracción de grafito. En octubre de ese año el capitán abolicionista John Brown atacó el arsenal federal en Harper’s Ferry, y Thoreau habló poderosamente en defensa del carácter de John Brown; fue la primera persona en America en hacerlo. Su ensayo “Apología del Capitán John Brown” fue publicado y ampliamente divulgado en el The New-York Tribune, el periódico de su famoso amigo Horace Greeley. Al año siguiente Thoreau habló a sus convecinos sobre “The Succession of Forest Trees” (la reproducción de los árboles en el bosque) y poco después esta conferencia fue publicada una y otra vez, circulando más que cualquier otro escrito de Thoreau durante su vida y cimentando su reputación como naturalista.

Mientras contaba anillos en los troncos de árboles un 3 de diciembre de 1860, Thoreau contrajo un resfriado que rápidamente empeoró evolucionando en una bronquitis. Sus pulmones habían estado expuestos a la tuberculosis durante largo tiempo, y Thoreau quedaría confinado en casa durante muchas semanas. Durante el verano de 1861 viajó a Minnesota en un vano intento de recuperar su salud. Al regresar a casa ordenó sus asuntos y comenzó a preparar sus últimas conferencias para publicación. Murió de tuberculosis en la casa materna, sita en la calle principal de Concord, el 6 de mayo de 1862, a los 44 años de edad. Junto a las tumbas de sus amigos Hawthorne, Alcott, Emerson y Channing, sus restos están enterrados en el lote de su familia, en el Risco de los Escritores sito en el cementerio de Sleepy Hollow en Concord.

© Bradley P. Dean (Traducción de Antonio Casado da Rocha)


HENRY DAVID THOREAU O LA LIBERTAD - Marta Herrero Gil - martahegil@yahoo.es


Henry David Thoreau (1817-1862) habría dado su vida por vivir auténticamente. Así la observó y la dijo. Aunque murió joven (de tuberculosis a los 44 años), no tuvo ninguna relación amorosa reconocida, ni hijos, ni escribió más que un diario, unos cuantos libros autobiográficos y algunos ensayos. Dicen que fue un héroe porque se enfrentó a su Estado y a la Unión en temas como el esclavismo y la guerra contra México, pero sólo pasó una noche en prisión por negarse a pagar los impuestos. Otros afirman que se volvió salvaje y se fue a vivir al bosque, pero Walden estaba muy cerca de Concord, y en los dos años que pasó allí no dejó de recibir visitas. Trabajó muy poco (profesor, jardinero de Emerson, agricultor), leyó mucho y conversó apasionadamente con todo aquél que se prestó a ello. Era intransigente, austero y vanidoso. Prefería el agua al vino. Lo que más le gustaba era caminar, sin rumbo fijo, casi siempre solo, hasta donde el viento lo llevara. Pero nunca salió de Massachusetts.

Thoreau y la vida individual

En su diario, en sus obras autobiográficas (como Walden, Una semana en los ríos Concord y Merrimack) y en algunos de sus ensayos (Una vida sin principios, Caminar) podemos leer su filosofía de vida. Thoreau era un individualista convencido. Pensaba que había tantas personas como caminos y que la labor de cada uno era la de educar la atención para no equivocarse en el suyo (“Sólo alborea el día para el cual estamos despiertos”). La Naturaleza enseñaba a vivir porque enseñaba a escuchar (“existe la inspiración, ese chismorreo que llega al oído de la mente atenta desde los patios celestiales”), mientras que la escuela distraía (en Harvard había demasiadas ramas del saber y muy pocas raíces).

“Creo que existe en la Naturaleza un sutil magnetismo y que, si cedemos inconscientemente a él, nos dirigirá correctamente. No da igual qué senda tomemos. Hay un camino adecuado, pero somos muy propensos, por descuido y estupidez, a elegir el erróneo. Nos gustaría tomar ese buen camino, que nunca hemos emprendido en este mundo real y que es símbolo perfecto del que desearíamos recorrer en el mundo ideal e interior; y si a veces hallamos difícil elegir su dirección, es –con toda seguridad—porque aún no tiene existencia clara en nuestra mente”.

Para encontrarse, Henry se fue a vivir (de 1845 a 1847) a una cabaña en el bosque de Walden Pond, junto a un lago. Allí comprobó que para alcanzar la supervivencia (alimento, refugio, ropa y combustible) una persona como él sólo necesitaba trabajar seis semanas al año. El resto del tiempo podía dedicarlo a pasear, contemplar la naturaleza, leer, escribir, conversar, crecer. Thoreau se convirtió en un defensor a ultranza del descanso. Decía que sus vecinos recibían sus salarios a cambio de trabajar día y noche y cosas superfluas y convertirse en menos que hombres: “Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar”.

La civilización, en su ineptitud, había vuelto la espalda a la naturaleza, y las personas estaban sumidas en una callada desesperación. Trabajaban en oficios que odiaban, leían el periódico todas las semanas (palabras vacías de sentido) y rezaban sus plegarias para poder sentirse con derecho a dormir por las noches. Eso era todo. Ya nadie buscaba el manantial de la vida, nadie asentaba su existencia “sobre un entramado de verdad granítica, la más elemental roca primitiva”. Ya no existían seres humanos auténticos.

Thoreu proponía un regreso a lo salvaje, a la contemplación de la naturaleza y a la soledad del encuentro con uno mismo. Observaba con sorpresa cada atardecer y decía que las hojas “nos enseñan cómo morir”. Buscaba la sabiduría (“¿Cómo puede ser sabio el que no sabe mejor que otros cómo se ha de vivir?”), y en Walden aprendió que “si uno avanza confiado en la dirección de sus ensueños y acomete el vivir la vida que se ha imaginado, hallará un éxito inesperado en las horas corrientes”.

Thoreau y la vida colectiva

Thoreau fue un opositor a ultranza del esclavismo y de la guerra contra México. En ensayos como Desobediencia civil, La esclavitud en Massachusetts o Apología del Capitán Brown, criticó duramente a su Estado y a la Unión y explicó la posición que el individuo debía tomar ante las injusticias. De allí nació su doctrina de la resistencia pasiva, aplicada años después por Gandhi.

Thoreau pensaba que el Estado más deseable era el compuesto por individuos y que la labor de un buen gobierno era la de darle mayor valor a la vida. Era liberal radical e individualista: “el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto; y, cuando los hombres estén preparados para él, ése será el gobierno que tendrán”. Creía que los gobiernos evidenciaban cuán fácilmente se puede instrumentalizar a los hombres. Cuando la verdad cesa, decía, empieza la institución. Los jueces y los abogados se dedicaban a preguntarse si las leyes eran constitucionales y no si eran justas, los militares y la policía servían al Estado sólo con sus cuerpos y no con sus conciencias, los ciudadanos se volvían máquinas.

Era crítico con la democracia. Pensaba que cada voto era un testimonio de conveniencia y no de verdad (porque no había individuos auténticos), y que éste no ponía en juego nada de la vida de los votantes:
“Incluso votar por lo justo es no hacer nada por ello (…) Cuando la mayoría vote al fin por la abolición de la esclavitud, será porque les es indiferente la esclavitud o porque sea tan escasa que no merezca la pena mantenerla. Para entonces ellos serán los únicos esclavos. Sólo puede acelerar la abolición de la esclavitud el voto de aquél que afianza su propia libertad con ese voto”.

En la victoria de la mayoría prevalecía la fuerza física sobre la conciencia, pero el progreso era lento porque la minoría no era mejor que la mayoría. Lo que hacía falta, según él, era cierta verdad absoluta en algún sitio que pudiera fermentar a la masa y que estuviera más allá de toda conveniencia. A veces había que hacer justicia a cualquier precio: “si le he quitado injustamente la tabla al hombre que se ahoga, debo devolvérsela aunque me ahogue yo”.

¿Qué actitud debía tomar el individuo ante tales circunstancias? Los humanos eran antes personas que ciudadanos, decía, y no debían esperar a que la mayoría se pusiera de su lado para legitimar a su conciencia. A un individuo le bastaba con tener a Dios de su parte. Thoreau lanzó entonces su propuesta de revolución pacífica:

“Si un solo hombre honrado en este Estado de Massachusetts, dejase en libertad a sus esclavos y rompiera su asociación con el gobierno nacional y fuera por ello encerrado en la cárcel del condado, esto significaría la abolición de la esclavitud de América”.

Ésa fue su vida, un gesto. Dejó de pagar los impuestos y pasó una noche en la cárcel, el lugar destinado a los hombres libres: “¿Por qué tenemos siempre que crucificar a Cristo y excomulgar a Copérnico y Lutero y declarar rebeldes a Washington y Franklin?”. Aunque el Estado acabara siempre por convertir en enemigo al héroe, nunca podría robarle su libertad: “si un hombre piensa con libertad, sueña con libertad e imagina con libertad, nunca le va a parecer que es aquello que no es, y ni los gobernantes ni los reformadores ineptos podrán en realidad coaccionarle”.

Thoreau y la trascendencia

Thoreau negaba el valor de la intermediación de la Iglesia entre el hombre y Dios (Dios era inefable) y pensaba que el individuo debía ir más allá de los textos sagrados para alcanzar el manantial del que bullían. Los dioses de unos pueblos no eran mejores que los de otros. Estaba muy cerca de la espiritualidad oriental en su manera de vivir la naturaleza y en sus hábitos contemplativos. Le gustaba participar del mundo como un observador, asistir a los crepúsculos y oler los nenúfares, aprender a morir como lo hacían las hojas.
El Dios de Thoreau era a la vez inmanente y trascendente. Habitaba en los ríos y en la conciencia. Aunque no habló casi nada de la vida anterior a la vida y de la vida después de la muerte, aunque sus páginas no contienen especulaciones metafísicas, para Thoreau la vida era revelación. Ésa era una de sus principales críticas a la civilización moderna: había cerrado sus oídos al susurro divino.
Hablaba de vivir una vida auténtica, de buscar el manantial de la Biblia y la Constitución, de aprehender la

verdad, de hacer prevalecer la revelación sobre el capricho, la naturaleza sobre la civilización, el silencio sobre las palabras, la soledad sobre la compañía, la conciencia divina sobre cualquier ley humana. “Read not the Times, read the Eternities”. Escuchar a la conciencia era el modo de comunicarse con el absoluto, de trascender los límites individuales para alcanzar la unidad con el todo, de acercarse a Dios.
Su literatura está como suspendida en las puertas de lo inefable.
 

Thoreau ayer y hoy

Thoreau fue un intelectual excéntrico. Vivió años críticos para la Unión. Los Estados, divididos por sus posturas acerca de la esclavitud, se preparaban para la Guerra de Secesión, que se libraría entre 1861 y 1865. El trascendentalista Emerson, de quien Thoreau fue jardinero, lanzó en El intelectual americano una propuesta: era el momento de empezar a fomentar una cultura propiamente norteamericana, y los intelectuales debían asumir su papel. Whitman, el escritor más admirado por Thoreau, también defendió la necesidad del cultivo del sentido nacional entre los Estados de la Unión.

Thoreau respondió de otro modo. Buscó las raíces de los problemas de la Unión en la debilidad de una Constitución que no atendía a la verdad del ser humano sino a la conveniencia de unos cuantos Estados. Había que regresar a ese momento inicial, se dijo. Al llegar a América el hombre había dado un salto en la civilización. El cielo era más alto allí que en Europa, los árboles más verdes, el sol más grande, la tierra virgen. El ser humano tenía una oportunidad única: podía construir un mundo nuevo sin cometer los errores de las civilizaciones pasadas. Para ello, debía regresar a las mitologías y a la naturaleza, a las bases constitutivas del ser humano. Y debía remontarse a los momentos previos a la redacción de la Constitución. ¿Es que no se daban cuenta sus conciudadanos?

Thoreau propuso su utopía antes de que los campos fueran cercados y la tierra explotada. Se puso en contra del esclavismo del sur y de la hipocresía del norte, porque ni unos ni otros estaban dispuestos a regresar a la conciencia. El drama humano de la modernidad occidental ante los ojos de un sencillo habitante de Concord. Se están equivocando, eso es lo que gritaba. Y su grito, que no pudo surgir en otro lugar que en América, no era americano.
Gandhi leyó a Thoreau y aplicó su doctrina años después. Los movimientos de la Nueva Era (pacifistas, ecologistas, defensores de la emergencia de una nueva conciencia universal, individualistas en su modo de vivir la espiritualidad, críticos de la intermediación y universalistas) lo reconocen entre sus iniciadores.
En realidad, Thoreau fue más un poema que un ser humano. Su vida fue un experimento de vida, un gesto poético y silencioso, imposible. Sus pasos siempre apuntaban hacia el absoluto (“read not the Times, read the Eternities”) y el lector de sus obras lo imagina de espaldas mirando el crepúsculo. Soñó con una sociedad compuesta sólo por héroes. Y su canto bello e imposible se volvió vivificador.
Mientras los nenúfares huelan bien, decía, habrá esperanza.

Bibliografía selecta

- CASADO DA ROCHA, Antonio: Thoreau. Biografía esencial. Madrid, Ediciones Acuarela, 2005.
- EMERSON, Ralph Waldo: El intelectual Americano. León, Universidad de León, 1993.
- THOREAU, Henry David: A week on the Concord and Merrimack Rivers. New York, The New American Library, 1961.
- THOREAU, Henry David: Breviario para ciudadanos libres. Barcelona, Ediciones Península, 1999.
- THOREAU, Henry David: Caminar. Madrid, Ediciones Árdora, 1998.
- THOREAU, Henry David: Desobediencia civil y otros escritos. Madrid, Tecnos, 1999.
- THOREAU, Henry David: Walden o la vida en los bosques. Barcelona, Star books, 1976.
- WHITMAN, Walt: Hojas de hierba. Madrid, Austral, 1999.

 


 

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