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. John Updike: English Dopssier

. Fallece John Updike a los 76 años
. John Updike: Realismo trágico (Entrevista)
. El azote de la clase media
. Una belleza amarga: las aventuras de Conejo Amstrong

290109 - Booksfactory - John Updike, escritor, nació en Shilligton (Pensilvania) USA el 18 de marzo de 1932 y murió en Beverly Farms (Massachussetts) el 27 de enero de 2009.

 

Vida y obras de John Updike:

"Algún día yo seré olvidado, como disuelto en fango sólido, como vuestro gruñidor, lujurioso, hambriento hombre de Neanderthal con los huesos rotos. (...) Somos los pastores de nuestros cuerpos, que son animales tan estúpidos, peludos y repugnantes como el ganado. La muerte nos liberará de esta responsabilidad." - Hacia el final del tiempo (fragmento) - JU

Escritor estadounidense, excelente cronista de la clase media norteamericana, que retrató principalmente la vida cotidiana de los barrios de las afueras de su país. Es autor de novelas, relatos cortos, poesías, ensayos y críticas literarias, así como un libro de memorias personales.

John Updike nació el 18 de marzo de 1932 en Shillington (Pennsylvania) y asistió a las universidades de Harvard, donde se graduó en 1954, y Oxford. Fue colaborador de la revista The New Yorker (1955-1957).

La gallina de la carpintería (1958), su primer libro, es una colección de poemas. Su primera novela, La Feria del asilo (1958), tiene como protagonistas a los habitantes de una residencia de ancianos, y fue recibida por la crítica con grandes alabanzas.

Su obra más importante es la serie de novelas sobre su famoso personaje Harry Conejo Angstrom (Corre Conejo (1960), que cuenta la historia de un joven que intenta superar un periodo de desilusiones; El Regreso de Conejo (1971), Conejo es rico (1981), Conejo en paz (1990) y la novela de evocaciones y remembranzas del personaje, titulada Conejo en el recuerdo ). Este personaje le sirve al autor para expresar sus opiniones sobre los problemas de la sociedad norteamericana contemporánea, una sociedad que, según Updike, encuentra en el cine y la religión dos vías de escape.

De la famosa tetralogía, Conejo es rico y Conejo en paz le permitieron ganar sendos Premio Pulitzer en 1982 y 1991, respectivamente.

Describiendo su famoso personaje como "el protestante de clase media de un pequeño pueblo norteamericano", Updike, bien conocido por su escritura prolífica, que raya en un cuidado casi artesanal, ha publicado hasta ahora 22 novelas y más de una docena de colecciones de historias cortas, así como poesías, ensayos, críticas literarias e, incluso, libros para niños. Cientos de sus historias, reportajes y poemas han ido apareciendo regularmente en el semanario The New Yorker desde 1950. Su trabajo como escritor explora habitualmente las motivaciones humanas sobre el sexo, la fe, la razón última de la existencia, la muerte, los conflictos generacionales y las relaciones interpersonales.

Siendo adolescente fue impelido a la literatura y a escribir por su propia madre, mientras ésta trabajaba como profesora en el instituto Governor Mifflin, quien además le inculcó un profundo amor por el Arte. Posteriormente ingresó, disfrutando una beca, en la Universidad de Harvard donde ostentó el cargo de presidente del Harvard Lampoon antes de graduarse, con sobresaliente cum laude, en Literatura Inglesa el año 1954 tras escribir una tesis sobre George Herbert. Trasladándose al Reino Unido, Updike ingresó para estudiar Arte en la Ruskin School of Drawing and Fine Arts de Oxford, pasando a su regreso a convertirse en un asiduo redactor de la revista The New Yorker entre 1955 y 1957. En 1957, Updike deja Manhattan y se traslada a vivir a Ipswich (Massachusetts), que posteriormente le serviría como modelo para el pueblo de ficción llamado Tarbox en su novela de 1968 titulada Parejas. Parejas describe la situación de unos matrimonios de las afueras de una ciudad en los Estados unidos de mitad de la década de 1960.

En 1959 publicó una excelente colección de historias cortas, La Misma Puerta, que incluye los relatos ¿Quién hizo amarillas las rosas amarillas? y Un trillón de pies de gas.

Otras historias clásicas de John Updike son A&P, Plumas de paloma, Los Caimanes y Museos y Mujeres. Su ensayo Los Fans de Bid Kid Adieu, publicado en The New Yorker en 1960, trata la historia del legendario último juego del baloncestista de Boston, Ted Williams, y está considerado como uno de los mejores ejemplos escritos de crónica deportiva de todos los tiempos.

En su estilo como narrador es habitual un preciso Realismo naturalista, tal como puede observarse con claridad en el inicio de Corre Conejo, donde discurre con absoluto rigor describiendo, con intricados detalles técnicos, las fintas habituales del baloncesto callejero, su deporte favorito. Es habitual en su redacción enfocar con verismo y cuidado detalle las interrelaciones personales entre amigos, parejas casadas o affaires extramaritales de infidelidad. Parejas y la tetralogía sobre Conejo, abordan este cúmulo de estilos en particular. En sus relatos sobre Harry Conejo Angstrom, la cambiante sociedad, la política y economía de Norteamérica sirven de trasfondo al relato del matrimonio Angstrom y actúan ocasionalmente como fuentes para hacer comentarios relevantes sobre dichos temas.

Ocasionalmente abandona este estilo particular, como en Las Brujas de Eastwick (1984), posteriormente llevada a la pantalla con el mismo nombre y que atrajo innumerables críticas por ser considerada antifeminista; El Golpe de Estado novela de 1978 sobre un dictador africano de ficción durante la etapa de la Guerra Fría en un imaginario país africano, y en su novela postmoderna Gertrudis y Claudio (un preludio de la historia de Hamlet) escrita en 2000.

Observador minucioso de la realidad, los personajes de sus novelas son prototipos de la sociedad de su país por los que él, de alguna manera, siente compasión. Seres que no comprenden su drama individual ni el colectivo por su propia ingenuidad, que es, en este caso, la otra cara del orgullo.

Otras de sus importantes novelas han sido El Cenautorbusro, escrita en 1963, con la cual obtuvo el National Book Award de 1964, donde Updike discurre inteligentemente sobre los desencuentros generacionales, el sacrificio absoluto y la entrega total de un profesor de instituto de Pennsylvania, vencido por la vida y el trabajo, a su hijo Peter Caldwell y que le sirve de motivo autobiográfico para contar sus relaciones con su padre que también era profesor; En torno a la granja (1965) es una breve pero intensa visión del pasado y el presente, representados por su madre y su mujer; Parejas (1968) y La Versión de Roger (1986). En consonancia con Harry Angstrom, el recurrente alter-ego de John Updike vuelve de nuevo a aparecer en el poco conocido y escasamente prolífico personaje de ficción Henry Bech, un escritor judío que aparece retratado en varios ciclos de relatos cómicos breves de Updike, como son: El Libro de Bech (1970), El Regreso de Bech (1981) y Bech en la Bahía: una cuasi-novela (1998).

Sus historias, impregnadas en la llamada conciencia social, así como en el ascenso (o escalada social a cualquier precio), dieron como fruto la novela sobre la familia Los Arces, que ha sido considerado un relato puramente autobiográfico y fuente para la realización de la película televisiva titulada Demasiado lejos para ir, protagonizada por Michael Moriarty y Blythe Danner, y producida por la NBC. Updike declaró que había escogido el apellido Arce para los protagonistas del film porque siempre ha admirado la belleza y resistencia de los árboles.

Mientras Updike ha continuado publicando obras a razón de una cada año, la crítica literaria sobre su último trabajo desde comienzos de los 90 ha sido habitualmente silenciada, y en ocasiones incluso ignorada. Sin embargo, su alcance novelístico en años recientes ha sido extenso: cuentos sobre historias míticas (Tristan e Isolda en Brasil (también conocida como Brasil, (1994)); un curioso anticipo ficticio de Hamlet en Gertrudis y Claudio , (2000), un relato sobre una saga generacional: La Belleza de los Lirios (1996), y una narración de ciencia ficción titulada Hacia el final de tiempo (1997).

Su agudeza como crítico literario se pone de manifiesto en una colección de ensayos titulada Alcanzando la orilla (1983).

Su obra titulada Licks of Love, Short Stories and a Sequel (2000) contiene una novela corta, Conejo en el recuerdo, en la que resucita a Conejo después de su final en Conejo en paz (1990); los personajes que lo acompañan en esta ocasión viven la ansiedad ante el cambio de milenio y tienen relación con eventos de la actualidad, por ejemplo el caso del niño balsero cubano Elián González. Referencias que le permiten reflexionar acerca de avances tecnológicos, como el correo electrónico.

En la obra Busca mi Rostro (2002) exploró la escenas del arte de la posguerra, y en su novela Pueblos (2004), John Updike retoma y aborda nuevamente el viejo tema familiar de la infidelidad en el estado de Nueva Inglaterra. Su vigésimo segunda novela, Terrorista, publicada en junio de 2006, relata la historia de un ferviente y fanático musulmán de dieciocho años viviendo en Nueva York.

Es, así mismo, autor de un libro de memorias, titulado A conciencia.

Además del National Book Award de 1964, John Updike obtuvo el National Book Critics Circle Award en dos ocasiones (1981 y 1990) y el Premio Pulitzer en 1982 y 1991.

Una larga antología de historias cortas de su período de formación, titulados Primeros Relatos 1953-1975 (2003) le permitió ganar en 2004 el premio PEN-Faulkner Award for Fiction. En 2006 le fue concedido el Rea Award for the Short Story por sus logros excepcionales abordando el género del relato.

Es padre de cuatro hijos y vive actualmente en Beverly Farms, Massachusetts, con su segunda esposa, Marta. Su último libro es una colección de ensayos sobre arte titulado Aún Mirando (2005).

Obras escogidas:

La gallina de la carpintería (1958) - Poemas
La Feria del asilo (1959)
Corre Conejo (1960)
El Cenautorbusro (1963) - Ganador del National Book Award en 1964.
En torno a la granja (1965)
Parejas (1968)
El Libro de Bech (1970)
El Regreso de Conejo (1971)
El Golpe de Estado (1978)
Problemas (1979)
Conejo es rico (1981) - Ganador del Premio Pulitzer
El Regreso de Bech (1982)
Alcanzando la orilla (1983)
Las Brujas de Eastwick (1984)
De la finca (1987)
La Versión de Roger (1988)
Conejo en paz (1991) - Premio Pulitzer
Memorias de la administración Ford
Brasil (1994)
Lo que queda por vivir (1994)
La belleza de los lirios (1996)
Hacia el final de tiempo (1997)
Bech en la Bahía (1998)
Gertrudis y Claudio (2000)
Conejo en el recuerdo y otras historias (2000)
Busca mi Rostro (2002)
Sueños de golf (2002)
Primeros Relatos 1953-1975 (2003)
Pueblos (2004)
Aún Mirando (2005)
Terrorista (2006)

290109 - LiteraNova - Fallece John Updike a los 76 años - John Updike - La faena del provocador - Alberto Hernández

                                                   //John Updike, por Loredano//

1.-

Nunca imaginó quien pasó un bisturí por el trabajo de John Hoyer Updike, luego de aquella inquina crítica de Contemporary Literary Criticism, que el norteamericano de 50 años se hiciera del Premio Pulitzer. Corría el año 1982 y ya Updike había publicado exitosamente Corre, conejo (Rabbit, run) 1960, Parejas (Couples) 1974, Golpe de Estado (Coup) 1979 y El centauro (The Centaur) 1980, entre otros.
El juicio enarbolado contra aquel autor de medio siglo escuece:

Updike no tiene ninguno de los atributos que convencionalmente se asocian a un verdadero talento literario. No tiene una mente provocativa. No posee dotes notables de narrador, ni tampoco un estilo elegante. No crea personajes dinámicos, coloridos o profundamente significativos. No confronta al lector con situaciones dramáticas que lleven la impronta de una manera original o única de observar la experiencia y responder a ella. No desafía la imaginación, ni la estimula, ni la escandaliza, ni la educa. En efecto, uno de los problemas que Updike plantea a los críticos reside en que él compromete la imaginación tan poco, que uno tiene verdadera dificultad en recordar sus escritos el tiempo suficiente para pensar con claridad respecto a ellos…”.

Es decir, un verdadero fiasco, un mediocre.

2.-
La imagen madura del narrador nacido en 1932 en Shillington, Pennsylvania y egresado de la Universidad de Harvard, nos inclinaba a pensar, por aquellos umbríos 1982 y 1983, que Updike alcanzaría, pese a los augurios de cierta crítica, los logros de muchos de sus compatriotas.
José Domingo, de la Gaceta Semanal de las Artes de Tenerife, afirmó que “Entre los jóvenes novelistas norteamericanos que aspiran a suceder a Faulkner en su puesto indiscutible de primer novelista de su país, aparece John Updike como uno de los mejores dotados…”. No se equivocó, Updike pasó a formar parte del grupo de escritores más publicados y leídos de su país y de casi todo el mundo civilizado.
Los que comenzábamos a leerlo a finales de aquella década venezolana -el “viernes negro” hacía estragos a favor del silencio y de la nadería- pensábamos que ya estábamos frente a un talento que no pararía de escribir.

3.-
La revista Time, tan dada a ofrecer portadas y rasguños, le añadió al guiso crítico que Updike se parecía más a un atleta que a un escritor: “Hace jogging, es decir, corre y corre por el campo literario, diciendo muy poco, pero diciéndolo muy bien”. Traducción: el sujeto es vacío, poco imaginativo, pero conoce el idioma. Algo así, para no empastelar más la consigna según la cual era poco atractivo.
Para Richard Locke la orquesta narrativa de Updike suena distinto. Un trabajo aparecido en el The New York Times, lo agregó a un pequeño grupo, a “un puñado de autores norteamericanos contemporáneos con talento”. Es “uno de esos escritores hacia quienes regresamos a buscar y encontrar algo”. La tortilla se volteó. Esta opinión y el otorgamiento del Pulitzer dejaban muy parado al crítico que no se identificaba en la nota de Contemporary Literary…

4.-
La imaginación del creador de Rabbit is Rich se aferra a lo diario, a la cotidianidad, a las menudencias que la totalidad revela en cada mirada. Ficcionador con gracia, Updike es un verdadero representante de lo contemporáneo, de lo que se pasea por el presente entre el frío y el calor de la rutina. Es un reportero literario. Un cronista que refleja las contradicciones de un mundo donde el fracaso se suma a los sobresaltos del éxito. Pero sobre todo es un narrador que no suelta la presa hasta que la relata completamente, la desnuda y la ofrece como el cadáver de un animal listo para ser colocado sobre el fuego.
Pese a que muchas veces la agudeza no forma parte de su salida a la página, John Updike siembra dudas. Las deja allí, frente al lector. Las disipa con la insistencia: Harry Rabbit Angstrom, su personaje en serie, es una de ellas.
Crítico de la clase media, su “gran acierto consiste en haber plasmado” -en casi toda su obra- una imagen detallada y real “de un mundo anclado, con demasiada frecuencia, en unos modos de comportamiento que se consumen entre el vacío y la desolación”.

Con su muerte, a los 76 años, y con 50 libros a cuestas, se marcha el llamado “cronista del adulterio urbano”, como fue calificado por mucha gente cercana a su diaria relación con esa sociedad donde la separación conyugal representó la escisión entre el norteamericano común y su propia cultura.
Provocador efectivo, no exaltó el ánimo de la calle ni derribó mitos. Su verbo se encargó de desnudar la mediocridad, la monotonía y la emergente apatía de aquellos años.
William Faulkner le pasa por un lado. Nuestro Onetti lo mira con sus ojos bizcos.

290109 - Alma Magazine - Texto: Eduardo Lago - John Updike: Realismo trágico

//John Updike, en 1955//

A los setenta y cinco años, el escritor norteamericano sigue retratando con destreza las miserias de la clase media. Tan prolífico como siempre, ahora pone el dedo en la llaga con su última obra, Terrorist, donde cuenta la historia de un musulmán estadounidense que se inmola en un atentado. Candidato perpetuo al Nobel y demócrata histórico, se define pronorteamericano en tiempos en que el patriotismo no goza de la mejor reputación.


En un país rico en gigantes literarios como éste, John Updike (Pennsylvania, 1932) no tiene nada que envidiarles a J. D. Salinger, Norman Mailer, Philip Roth, Gore Vidal o Joyce Carol Oates. Sólo esta última podría jactarse de ser tan prolífica como él. Aunque Updike recibió en dos ocasiones el Premio Pulitzer de ficción: una proeza lograda sólo por otros dos escritores, uno de ellos, William Faulkner.

Residente de Nueva Inglaterra, territorio sagrado de la tradición de escritores no judíos, el perfil de John Updike como hombre de letras reúne todas las características que la Biblia del multiculturalismo desaconseja: es blanco, varón, heterosexual, anglosajón y protestante. Eso no impidió que se haya hecho acreedor de un respeto casi universal. Aun cuando se define como pronorteamericano.
Autor de más de medio centenar de libros de todos los géneros –teatro, poesía, cuento, novela, ensayo y libros infantiles–, Updike es sobre todo un narrador formidable. Su obra de ficción constituye la mejor radiografía de la clase media estadounidense. En sus narraciones, registra las frustraciones, pasiones y ansiedades de los hombres y mujeres que tratan de sobrevivir en la lucha del día a día, dando forma a frisos corales que rescatan, de lo más hondo de existencias en apariencia anodinas, atisbos de grandeza.
Su obra capital es una saga de cuatro novelas que giran en torno al inolvidable Harry “Conejo” Angstrom. Publicadas con intervalos de diez años, en ellas Updike sigue la trayectoria vital del protagonista, a la vez que efectúa una reveladora disección de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX. Reunidas en 2003 como una sola obra de 1.500 páginas, para muchos es “la gran novela norteamericana” de nuestro tiempo.
Imposible enumerar todas las entregas de la formidable comedia humana que es la obra narrativa de John Updike, cuyo éxito radica en la honestidad de su visión artística, en la belleza y precisión de su prosa, en la sagacidad impregnada de compasión con que sabe retratar las pasiones y sentimientos más profundos del común de los mortales. Updike es un campeón del realismo en el sentido más clásico del término, pero temáticamente siempre ha sido atrevido. Su audaz tratamiento del sexo, su lúcida investigación del sustrato religioso subyacente a la visión cultural estadounidense, la mirada crítica que dirige hacia la sociedad, han roto moldes.
A los setenta y cinco años, sigue siendo fiel a esta óptica. Terrorist, su última obra, fue recibida con polémica. Porque en ella Updike invita a los lectores a adentrarse en la psicología de un musulmán de dieciocho años, nacido y educado en Estados Unidos, cuya repugnancia hacia los valores de Occidente lo lleva a creer que su misión es inmolarse en un atentado terrorista.

ALMA MAGAZINE: ¿Qué siente John Updike cuando está delante del medio centenar de títulos que ha publicado a lo largo de su vida?
JOHN UPDIKE: Los primeros años, cuando sólo había seis o siete libros, me llenaba de satisfacción contemplarlos. Ahora es distinto. A veces pienso que quizá debería haber escrito menos y entonces no puedo evitar sentir cierta repugnancia, como si fuera un elefante delante de una montaña de excremento.

A.M.: Háblenos de su vida cotidiana.
J.U.: Desde hace veinticinco años vivo en las afueras de Beverly Farms, una población de Massachussets y soy muy feliz. Vivo con mi segunda esposa, Martha, en una casa de madera pintada de blanco, con unas vistas espléndidas del Atlántico. Trabajo en un ala de la casa que en otro tiempo fue el cuarto de servicio. Llevo una vida muy sencilla, con un horario muy rígido: me levanto muy temprano y me encierro a escribir hasta la hora del almuerzo. Siempre he procurado vivir de la escritura, así que no tengo ninguna excusa, estoy condenado a escribir.

A.M.: Usted ha escrito en todos los géneros. ¿De dónde viene ese perfil polifacético?
J.U.: No hay nada comparable a la sensación de tener dentro un poema que puja por salir, algo que no pasa siempre, por supuesto. He publicado seis o siete volúmenes de poesía, pero no tengo grandes pretensiones como poeta. Con los cuentos es distinto, un cuento es algo rápido e intenso, como tomar una instantánea de la realidad. Aunque desde el punto de vista creativo, el relato no exige tanta inventiva como la novela, no implica la creación de un mundo completo. La crítica y el ensayo son un aspecto muy importante de mi actividad como escritor. Entre otras cosas, es un ejercicio saludable ya que me obliga a leer libros que de otro modo no leería y me mantiene en forma como lector.

A.M.: ¿Qué escritores le interesan?
J.U.: Los de mi generación sobre todo. Por supuesto, también leo a escritores mucho más jóvenes, pero me siento parte de una generación. Creo que el hecho de haber venido al mundo más o menos a la vez nos confiere cierta unidad de visión. Siempre he estado condenado a competir con Philip Roth. Los dos tenemos una obra muy amplia y empezamos a publicar muy pronto. Aunque es algo más joven que nosotros, Don DeLillo me parece un novelista admirable. Su obra tiene una perspectiva política de la que carezco. Entre los maestros del relato breve, el más grande para mí es John Cheever, que fue un poco mi padre literario. Era un hombre atormentado, con un humor muy ácido y una agilidad mental extraordinaria. Entre las escritoras destacaría a Anne Tyler, excelente novelista, sólida, muy sutil, con una obra extensa.

A.M.: ¿Cómo definiría su estilo?
J.U.: El estilo por el que mis lectores me reconocen es básicamente realista. Aunque en algunas novelas me he apartado un poco, siempre vuelvo a mis raíces e intento darle al lector un pedazo de la realidad. Creo que fue Nathalie Sarraute quien dijo que el sustrato que hace que todo se mueva es la realidad. La realidad está en la base de nuestros deseos, de nuestros pensamientos, de nuestros recuerdos, y los novelistas no somos sino comentaristas de la realidad. Decimos lo que en ella hay de maravilloso o de terrible o de misterioso. En ningún lugar me siento más cómodo como instalado en la realidad, cerca de la gente normal. Es de ellos acerca de quienes escribo, ni los más ricos y privilegiados, ni los más pobres, sino el ciudadano medio, los hombres y mujeres que tratan de sobrevivir en la lucha diaria que es la vida cotidiana.

A.M.: Su última novela ha causado cierto estupor entre sus lectores porque en ella da vida a un terrorista nacido y educado en Estados Unidos.
J.U.: No es ninguna novedad decir que los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron de manera indeleble a nuestra sociedad. Por una coincidencia portentosa del destino, fui testigo presencial de la tragedia. Aquella mañana me encontraba en Brooklyn con mi mujer, y desde el otro lado del río contemplamos atónitos cómo el segundo avión se empotraba contra una de las Torres Gemelas, y las vimos envueltas en llamas, exhalando una nube de humo que cubría todo el cielo de Manhattan, antes de desplomarse. Éramos perfectamente conscientes de que miles de personas acababan de perder la vida delante de nosotros. No puedo decirle qué sentí. Lo escribí en un artículo que se publicó en The New Yorker una semana después. Como novelista, haber sido testigo presencial del atentado fue revulsivo. Tenía que dar alguna respuesta, y tardé casi seis años en hacerlo. Y es así como creé al personaje de Ahmed, que es un terrorista que busca suicidarse porque cree que es lo que le obliga a hacer su fe. Pero lo más importante es que Ahmed es norteamericano, es un chico nacido aquí, en un barrio marginal de Nueva Jersey, una ciudad oprimida como lo son muchas ciudades norteamericanas. Sentí que mi obligación como escritor era meterme dentro de su piel y ver el mundo y lo que él creía que era su misión a través de sus ojos.

A.M.: Usted es demócrata de toda la vida. ¿Qué visión tiene de las cosas en estos momentos?
J.U.: Irak se ha convertido en una pesadilla, pero era muy difícil suponer que las cosas hubieran podido transcurrir de otro modo. Obviamente, la Administración Bush estaba convencida de que el pueblo iraquí iba a agradecerle por haberlos liberado de la tiranía de Saddam Hussein. No voté por George W. Bush, pero he hecho un esfuerzo consciente por tratar de ver las cosas desde su punto de vista. Lo que no se puede negar es que Irak es una herida abierta que no cesa de sangrar, y lo que está pasando allí lo hemos causado nosotros. En lo personal, no me parecería muy responsable irse de la zona despreocupadamente. Tenemos que intentar arreglarlo nosotros, y me gustaría mucho ver un Gobierno demócrata instalado en la Casa Blanca, para ver cómo afronta la situación.

A.M.: ¿Cómo ve usted las elecciones? ¿A quién cree que elegirán los demócratas como candidato?
J.U.: Es muy difícil saberlo. Estamos viviendo una situación única en la historia, con un candidato afronorteamericano y una mujer. Está por verse si Estados Unidos está preparado para un cambio de semejante calibre. Con respecto a Obama, lo que va a suceder –y eso es algo muy característico de nuestro panorama electoral– es que lo van a someter a un escrutinio del que francamente es muy difícil que salga indemne; aquí se examina despiadadamente el más mínimo aspecto del pasado de los candidatos. El escrutinio ya ha empezado, con cosas como si Obama asistió hace mucho tiempo a una escuela islámica y lo que puede significar algo así. En estos momentos, en las previsiones va por delante Hillary Clinton. Una mujer. A muchos demócratas y a grandes sectores del electorado les gusta su programa. Es decir, les gustan las cosas que dice, pero no creo que les guste cómo las dice. Con todos mis respetos hacia la dama, no tiene una personalidad precisamente agradable. Ahora bien, ¿por qué razón una mujer tiene mayor obligación de ser simpática? No estoy seguro de que Golda Meir o Margaret Thatcher destacaran precisamente por tener una personalidad agradable. Puede que ahí esté el fondo de la cuestión.

A.M.: A lo largo de toda su obra –y en Terrorist sigue siendo así– usted parece oscilar entre el elogio y la crítica a Estados Unidos.
J.U.: Sé que no está de moda decir una cosa así, pero soy pronorteamericano. Creo en Estados Unidos, me considero afortunado por ser ciudadano de este país. Me crié en un ambiente en el que el patriotismo era un sentimiento inocente. Históricamente, Estados Unidos fue un país pionero de la fe en la democracia, y seguimos siéndolo. Para nosotros no hay valor civil más alto ni causa más noble que la soberanía del pueblo. Eso no quiere decir que no hayamos cometido y sigamos cometiendo errores. En mis novelas siempre he sido crítico con muchos aspectos de esta sociedad. En Terrorist alerto sobre graves errores en los que hemos permitido que incurran nuestros jóvenes. Eso es algo que ya hice en otras novelas, como Rabbit, Run, y ahora he vuelto sobre ello, sólo que en este momento se dan otras circunstancias históricas. Sigo siendo crítico con la sociedad en la que vivo. Me gustan cosas de nuestro carácter, como que somos abiertos y tenemos una voluntad permanente de aprender, pero tenemos muchos problemas. Somos una sociedad que se ahoga literalmente en basura: la comida basura y la cultura basura de la industria del entretenimiento.

290109 - El País - El azote de la clase media

El novelista norteamericano John Updike (Shillington, Pensilvania, 1932) es un gigante en un país en el que no faltan gigantes literarios. Algunos de ellos son J. D. Salinger, Norman Mailer, Philip Roth, Toni Morrison, Gore Vidal o Joyce Carol Oates. Sólo esta última podría jactarse de ser tan prolífica como él. Por lo que a versatilidad se refiere, John Updike no le va a la zaga a ninguno. Afincado en Nueva Inglaterra, territorio sagrado de la tradición de los escritores no judíos de las letras norteamericanas, el perfil de John Updike como escritor reúne todas las características desaconsejadas por la Biblia del multiculturalismo: Es blanco, varón, heterosexual, anglosajón y protestante. Ello no ha impedido que se haya hecho acreedor a un respeto casi universal. Una novelista tan exigente y tan alejada de su estética como Margaret Atwood, decana de las letras canadienses, ha dicho de él: "Ningún escritor norteamericano ha escrito tantas obras de tanta calidad durante tanto tiempo".

"Irak es una herida abierta. Lo que allí está pasando lo hemos causado nosotros. Es nuestro problema y hemos de arreglarlo"

"Siempre he estado condenado a competir con Philip Roth. Los dos empezamos a publicar muy pronto"

"Somos una sociedad que se ahoga literalmente en basura, comida 'basura' y la cultura 'basura' del entretenimiento"
Updike ha recibido más galardones de los que puede recordar, incluida la concesión en dos ocasiones distintas del Pulitzer en la categoría de ficción, proeza lograda tan sólo por otros dos escritores a lo largo de la historia del premio, uno de ellos, William Faulkner.

Autor de más de medio centenar de libros, su fértil imaginación lo ha llevado a explorar todos los géneros: teatro, poesía, cuento, novela, ensayo, autobiografía, obras para niños? casi ningún tema le es ajeno. Cuando publicó un libro sobre golf, un crítico aseveró: "Se puede escribir sobre deportes como el baloncesto o el béisbol y hacer que resulte entretenido, pero escribir sobre golf y conseguir que el lector se apasione, es algo que sólo está al alcance de John Updike".

Capaz de colocarse máscaras muy distintas y sentirse cómodo detrás de todas ellas, John Updike es, por encima de todo, un narrador formidable. Autor de infinidad de cuentos y de 22 novelas, el conjunto de su obra de ficción constituye la mejor y más completa radiografía de la clase media de Estados Unidos, su país. Nadie ha sometido a examen con tanto rigor la fibra medular de la democracia norteamericana. En sus narraciones, Updike registra las frustraciones, pasiones y ansiedades de los hombres y mujeres que tratan de sobrevivir en la lucha del día a día, dando forma a frisos corales que logran rescatar de lo más hondo de unas existencias en apariencia anodinas, atisbos de grandeza, el fondo anhelante que da sentido a la vida. Su obra capital es una saga de cuatro novelas que giran en torno al inolvidable Harry, Conejo, Angstrom. Publicadas a intervalos de 10 años, en ellas, Updike sigue la trayectoria vital del protagonista, a la vez que efectúa una reveladora disección de lo que ha sido Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX. Reunidas en 2003 como una sola obra de 1.500 páginas de extensión, para muchos, la saga protagonizada por Harry Angstrom es "la gran novela norteamericana" de nuestro tiempo. Pero la obra de Updike abarca muchos otros registros e incluye muchos títulos de gran calidad, como El Centauro (1963), Parejas (1968), Las brujas de Eastwick (1984), Memorias de la Administración Ford (1992), La belleza de los lirios (1996), Hacia el final del tiempo (1997) o Busca mi rostro (2002). Imposible enumerar todas las entregas de la formidable comedia humana que es la obra narrativa de John Updike, cuyo éxito radica en la honestidad de su visión artística, en la belleza y precisión de su prosa, en la sagacidad impregnada de compasión con que sabe retratar las pasiones y sentimientos más profundos del común de los mortales.

John Updike es un campeón del realismo en el sentido más clásico del término, pero temáticamente siempre ha sido atrevido. Su audaz tratamiento del sexo, su lúcida investigación del sustrato religioso subyacente a la visión cultural de su país, la mirada crítica que dirige hacia la sociedad estadounidense, han roto moldes. A los 75 años, sigue siendo fiel a esta visión. Se publica ahora en España Terrorista (Tusquets), una obra ágil y arriesgada que ha sido recibida con polémica entre sus compatriotas. En ella, Updike invita a los lectores a adentrarse en la psicología de un musulmán de 18 años, nacido y educado en Estados Unidos, cuya repugnancia hacia los valores de Occidente le lleva a creer que su misión es inmolarse en un atentado terrorista.

Los habitantes de Londres y Madrid saben bien qué significa que el germen de un odio y un terror erróneamente arraigados en un sentimiento de índole religiosa anide en los tejidos mismos de la sociedad civil, pero en Estados Unidos, donde la mayor parte de la población no ha salido aún del estupor que provocaron los atentados contra el Pentágono y las torres del World Trade Center en septiembre de 2001, la nueva propuesta novelística del autor de La belleza de los lirios ha causado conmoción. No todos los lectores estaban preparados para que alguien que tan bien ha sabido reflejar sus inquietudes más íntimas, los obligara a confrontar de manera tan directa la posibilidad de que el terror se haya instalado en el centro mismo de su existencia.

¿Qué siente John Updike cuando está delante de las estanterías que albergan el más de medio centenar de títulos que ha publicado a lo largo de su vida?

Los primeros años, cuando sólo había seis o siete libros, me llenaba de satisfacción contemplarlos. Ahora es distinto. A veces pienso que quizá debiera haber escrito menos y entonces no puedo evitar sentir cierta repugnancia, como si fuera un elefante delante de una montaña de excremento.

Hábleme de su casa, de los lugares donde ha vivido, de su vida cotidiana.

Nací en un pueblecito de Pensilvania, donde transcurrió la primera parte de mi vida, hasta que fui a la Universidad de Harvard, en Nueva Inglaterra. Más adelante pasé una temporada en Londres, estudiando arte, y luego viví unos años en Nueva York. Mis primeras tres o cuatro novelas las escribí en Pensilvania, pero hay algo en Nueva Inglaterra que me sedujo desde la primera vez que puse un pie aquí: las pequeñas poblaciones, la gente, el paisaje, las ciénagas, el aire impregnado de salitre, el ambiente cargado de misterio... Desde hace 25 años vivo en las afueras de Beverly, una población costera del Estado de Massachusetts.

Me encanta Nueva Inglaterra, soy muy feliz aquí, es un buen lugar para un escritor. La nómina de autores ilustres que han vivido en esta zona es muy extensa. Melville, Hawthorne y Emerson son algunos de ellos. Vivo con mi segunda esposa, Martha, en una casa de madera pintada de blanco, con unas vistas espléndidas del Atlántico. Trabajo en un ala de la casa, un conjunto de cuatro habitaciones que en tiempos fueron los cuartos de la servidumbre. Martha y yo no dejamos de decir que la casa es excesivamente grande para dos personas, pero la idea de una mudanza nos aterra, por los libros sobre todo. Llevo una vida muy sencilla, con un horario muy rígido que he mantenido siempre: me levanto muy temprano y me encierro a escribir hasta la hora del almuerzo. Desde el principio de mi carrera he procurado vivir de la escritura. Jamás he ejercido ningún otro oficio, ni siquiera la enseñanza, como hacen tantos escritores. Así que no tengo ninguna excusa, estoy condenado a escribir.

En medio de la soledad del proceso creativo, ¿hay momentos en los que su ficción se abre al lado más oscuro de las cosas?

Ciertamente, algunas de mis narraciones se adentran en el lado oscuro de la existencia. Son incursiones en las tinieblas que se ciernen sobre la isla de luz que es la vida, pero cuando estoy entregado en cuerpo y alma al acto de escribir, aunque el asunto sea trágico, siento un placer físico. Cuando estoy en pleno acto creativo y voy encontrando una a una las palabras que expresan lo que deseo decir, se apodera de mí una suerte de éxtasis.

A lo largo de medio siglo de dedicación a la literatura profesional nunca ha tenido agente y siempre ha mantenido una fidelidad absoluta a su editorial, a la revista 'The New Yorker' y a la persona que revisa sus manuscritos antes de su publicación.

No tengo nada contra los agentes literarios, conozco a muchos que son excelentes personas y buenos profesionales. Cuando empecé no era necesario tener agente, hoy la cosa ha cambiado bastante, pero sobre todo no me gusta que nadie interfiera con la intimidad del proceso creativo.

No quiero que nadie opine desde fuera acerca de la dirección que debe seguir mi obra. Las lealtades de las que usted habla se forjaron al principio mismo de mi carrera. Lo primero que publiqué en mi vida apareció en la revista The New Yorker. Tenía 22 años y desde entonces nunca he dejado de colaborar con ellos. Mi primer libro fue una colección de poesía. Lo saqué en Harper porque era la editorial de muchos colaboradores de The New Yorker, pero mi siguiente libro, una novela, se lo ofrecí a Alfred A. Knopf, y desde entonces no he publicado nada con ninguna otra editorial. Una cosa que me gustaba era lo bien que hacían los libros. Tenían belleza visual. Me gustaba mucho la manera de ser de Alfred. Era un editor a la antigua usanza, mucho mayor que yo, pero me encantaba. Tenía garra, chispa, y se preocupaba mucho por sus autores.

¿Cómo es la dinámica de trabajo entre usted y su editora? ¿Interviene mucho en sus manuscritos?

Judith lleva editando mis libros desde que publiqué mi segunda novela, Corre, Conejo, en 1960. Es una mujer de inteligencia muy rápida. No consulto gran cosa con ella hasta tener la novela bastante acabada. Entonces lee el manuscrito, y si tiene cosas que decir, las consulta conmigo, y si me parecen válidas, las incorporo. No suele poner muchas pegas, básicamente me apoya y me alienta, cosa que yo necesito.

¿A qué se debe la aureola de leyenda que envuelve a 'The New Yorker'? ¿Qué tiene de especial?

No hay una revista igual. Hay muchas clases de revistas literarias, pero The New Yorker está por encima de todas. Se fundó en 1925 y empezó como una publicación humorística. En la década de los veinte se concedía más importancia que ahora al ingenio y al humor, conviene no perder de vista eso. Cuando yo empecé a leer The New Yorker tenía solo 11 años. Me encantaban las caricaturas y los chistes gráficos y soñaba con colaborar como dibujante algún día. Cuando andando el tiempo renuncié a mis aspiraciones como dibujante y decidí dedicarme a la escritura, mi modelo era James Thurber, un humorista. Irónicamente, lo primero que publiqué en The New Yorker fue un poema. Tenía 22 años y recuerdo aquel día como uno de los más felices de mi vida, casi tanto como cuando nació mi primer hijo. Me pareció que se me había dado permiso para entrar en el paraíso terrenal de la letra impresa. La grandeza de The New Yorker estribaba en el espíritu que animaba la revista: una mezcla de limpieza, modestia, buen gusto, inteligencia e inocencia...

Usted ha escrito de todo: cuento, novela, poesía, ensayo, autobiografía, libros para niños, incluso una obra de teatro. ¿Qué le ha llevado a ser tan polifacético?

No hay nada comparable a la sensación de tener dentro un poema que puja por salir, cosa que no pasa siempre, por supuesto. He publicado seis o siete volúmenes de poesía, pero no tengo grandes pretensiones como poeta. Con los cuentos es distinto, un cuento es algo rápido e intenso, como tomar una instantánea de la realidad. Desde el punto de vista creativo, el relato no exige tanta inventiva como la novela, no implica la creación de un mundo completo.

La crítica y el ensayo son un aspecto muy importante de mi actividad como escritor. Empecé hace muchos años, y entre otras cosas, es una manera de mantener viva mi presencia en The New Yorker. Es un ejercicio saludable, me obliga a leer libros que de otro modo no leería, y me mantiene en forma como lector.

¿Qué escritores le interesan?

Los de mi generación sobre todo. Por supuesto, leo todo tipo de escritores, algunos mucho más jóvenes que yo, pero me siento parte de una generación, aunque podamos ser muy distintos. Creo que el hecho de haber venido al mundo más o menos a la vez nos confiere una cierta unidad de visión. Siempre he estado condenado a competir con Philip Roth. Los dos tenemos una obra muy amplia y empezamos a publicar muy pronto. Es una presencia muy poderosa en las letras norteamericanas. Aunque es algo más joven que nosotros, Don DeLillo me parece un novelista admirable. Su obra tiene una perspectiva política de la que yo carezco. Entre los maestros del relato breve, el más grande para mí es John Cheever. Fue un poco mi padre literario y le echo terriblemente de menos. Era un hombre atormentado, con un humor muy ácido y una agilidad mental extraordinaria. Entre las escritoras destacaría a Anne Tyler, excelente novelista, sólida, muy sutil, con una obra extensa.

¿Cómo definiría su estilo?

Cuando empecé a escribir me influyó el nouveau roman. Por eso mi primera novela, que publiqué a los 27 años, era bastante experimental, pero mi estilo, por el que mis lectores me reconocen, es esencialmente realista. Aunque en algunas novelas me he apartado de mi modo de hacer fundamental, siempre vuelvo a mis raíces e intento darle al lector un pedazo de la realidad. Creo que fue Nathalie Sarraute quien dijo que el sustrato que hace que todo se mueva es la realidad.

La realidad está en la base de nuestros deseos, de nuestros pensamientos, de nuestros recuerdos, y los novelistas no somos sino comentaristas de la realidad. Decimos lo que en ella hay de maravilloso o de terrible o de misterioso. En ningún lugar me siento más cómodo que instalado en la realidad, cerca de la gente normal. Es de ellos acerca de quienes escribo, acerca de la clase media, ni los más ricos y privilegiados, ni los más pobres, sino el ciudadano medio, los hombres y mujeres que tratan de sobrevivir día a día en la lucha diaria que es la vida cotidiana.

Su última novela ha causado cierto estupor entre sus lectores porque en ella ha decidido dar vida a un terrorista nacido y educado en los Estados Unidos, y quizá el lector norteamericano no estuviera preparado para recibir algo así, al menos de alguien como usted.

No es ninguna novedad decir que los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron de manera indeleble a la sociedad norteamericana. Por una coincidencia portentosa del destino, yo fui testigo presencial de aquella tragedia. Aquella mañana me encontraba en Brooklyn con mi mujer, y desde el otro lado del río pudimos ver lo que pasó con total claridad. Contemplamos atónitos cómo el segundo avión se empotraba contra una de las Torres Gemelas, y las vimos envueltas en llamas, exhalando una nube de humo que cubría todo el cielo de Manhattan, antes de desplomarse. Éramos perfectamente conscientes de que miles de hombres y mujeres acababan de perder la vida delante de nosotros. No puedo decirle qué sentí. No era capaz de dar crédito a lo que veían mis ojos. Escribí acerca de lo ocurrido en un artículo que se publicó en The New Yorker una semana después.

Para Estados Unidos aquello fue una conmoción indescriptible porque era la primera vez que nos ocurría algo semejante en nuestro propio terreno. Hasta entonces las cosas habían ocurrido muy lejos, en otros continentes. De niño, yo seguí los acontecimientos de la II Guerra Mundial, y la tragedia que presencié en directo me hizo pensar en el bombardeo que padeció Londres. Yo vi cómo bombardeaban Nueva York. Para mí, como novelista, haber sido testigo presencial del atentado fue un revulsivo. Tenía que dar alguna respuesta, y tardé casi seis años en hacerlo. Y es así como creé al personaje de Ahmed, que es un terrorista que busca suicidarse porque cree que es lo que le obliga a hacer su fe. Pero lo más importante es que Ahmed es norteamericano, es un chico nacido aquí, en nuestro suelo, en un barrio marginal de una ciudad norteamericana, una ciudad de Nueva Jersey, oprimida, como lo son muchas ciudades norteamericanas. Sentí que mi obligación como escritor era meterme dentro de su piel y ver el mundo y lo que él creía que era su misión a través de sus ojos.

Usted es demócrata de toda la vida. ¿Qué visión tiene de las cosas en estos momentos? ¿Es pesimista?

Irak se ha convertido en una pesadilla, pero era muy difícil suponer que las cosas hubieran podido transcurrir de otra manera. Obviamente, la Administración de Bush no esperaba que las cosas fueran a acabar así. Estaban convencidos de que habría menos resistencia, de que el pueblo iraquí iba a estarles muy agradecido por haberlos liberado de la tiranía de Sadam Husein. Yo no voté por George Bush, pero he hecho un esfuerzo consciente por tratar de ver las cosas desde su punto de vista. Lo que no se puede negar es que Irak es una herida abierta que no cesa de sangrar, y lo que está pasando allí lo hemos causado nosotros, y personalmente, no me parecería muy responsable irse de la zona como quien no quiere la cosa. Es un problema nuestro y lo tenemos que intentar arreglar nosotros, y me gustaría mucho ver un Gobierno demócrata instalado en la Casa Blanca, para ver cómo afronta la situación.

¿Cómo ve usted las elecciones? ¿A quién cree que elegirán los demócratas como candidato?

Es muy difícil saberlo. Estamos viviendo una situación única, que no se ha dado jamás en la historia: un candidato negro y una mujer. Lo que está por ver es si Estados Unidos está preparado para un cambio de semejante calibre. Con respecto a Obama, lo que va a suceder, y eso es algo muy característico de nuestro panorama electoral, es que lo van a someter a un escrutinio del que francamente creo que es muy difícil que salga indemne; aquí se examina despiadadamente el más mínimo aspecto del pasado de los candidatos. El escrutinio ya ha empezado, con cosas como si Obama asistió hace mucho tiempo a una escuela islámica y lo que puede significar algo así. A medida que transcurra el tiempo, el acoso que supone un escrutinio tan despiadado puede llegar a hacerse insostenible. En estos momentos, en las previsiones va por delante Hillary Clinton. Una mujer. A muchos demócratas y a grandes sectores del electorado les gusta el programa de Hillary Clinton. Es decir, les gustan las cosas que dice, pero no estoy tan seguro de que les guste cómo las dice. Con todos mis respetos hacia la dama, no tiene una personalidad precisamente agradable. Ahora bien, ¿por qué razón, si se da el caso de que el candidato a la presidencia de un país es mujer, ésta tiene mayor obligación de caer bien, de ser simpática, de tener una personalidad obligatoriamente agradable? No estoy seguro de que Golda Meir o Margaret Thatcher destacaran precisamente por tener una personalidad agradable. Puede que ahí esté el fondo de la cuestión. No estoy seguro de que los demócratas estén preparados para nominar a una mujer como candidata a la presidencia de Estados Unidos.

¿Podemos abordar la cuestión del patriotismo norteamericano? A lo largo de toda su obra, y en 'Terrorista' sigue siendo así, usted parece oscilar entre el elogio y la crítica a su país.

Sé que no está de moda decir una cosa así, pero soy proamericano. Creo en Estados Unidos, me considero afortunado por ser ciudadano de este país. Me crié en un ambiente en el que el patriotismo era un sentimiento inocente. Históricamente, Estados Unidos fue un país pionero de la fe en la democracia, y seguimos siéndolo. Para nosotros no hay valor civil más alto ni causa más noble que la soberanía del pueblo. Nada puede sustituir una cosa así.

Eso no quiere decir que no hayamos cometido y sigamos cometiendo errores. En mis novelas siempre he sido crítico con muchos aspectos de esta sociedad. En Terrorista alerto de graves errores en los que hemos permitido que incurran nuestros jóvenes. Eso es algo que ya hice en otras novelas, como Corre, Conejo, y ahora he vuelto sobre ello, sólo que en este momento se dan circunstancias que no se habían dado antes, históricamente. Sigo siendo crítico con el carácter y la sociedad norteamericanos. Me gustan cosas de nuestro carácter, como que somos abiertos y tenemos una voluntad permanente de aprender, pero tenemos muchos problemas. Somos una sociedad que se ahoga literalmente en basura, comida basura y la cultura basura de la industria del entretenimiento.

La última novela de John Updike, 'Terrorista', traducida al español por Jaume Bonfill y publicada por la editorial Tusquets, ya está a la venta.

290109 - Plagio - Una belleza amarga: las aventuras de Conejo Amstrong - Daniel Salinas

//John Updike, en uno de sus últimos retratos//

El contrarelato de un hombre común y corriente.

 

Cualquier cosa, menos la belleza, conduce la vida de Harry “Conejo” Amstrong, el incorregible personaje al que John Updike dedicó algunas magníficas novelas que atraviesan toda la segunda mitad del siglo veinte: Corre, Conejo (1960), El regreso de Conejo (1971), Conejo es rico (1981) y Conejo en paz (1990), más una breve secuela final llamada Conejo recordado (2000). La confusión, el egoísmo, la porfía, el encierro, pero la belleza no –y sin embargo tras acabar la última página de la saga terminas considerando que Conejo, el más vulgar e imperfecto de los mortales, es un tipo impresionante, un verdadero compañero de ruta, alguien con quien estarías más que dispuesto a compartir largas horas para que te siga contando sobre las cosas que sabe y ha aprendido tras cumplir con su breve temporada en este mundo.

Burla

En un primer sentido, la novela –las cinco entregas son, en verdad, partes de una misma cosa– no es sino una despiadada burla del autor hacia su protagonista. Todo arranca cuando Harry, en un impulso súbito, huye de la deslucida normalidad de su vida adulta y se instala a vivir con una amante casual. Tiene de una sensación de decadencia temprana: siendo muy joven, en el colegio, Conejo ha alcanzado su peak social y personal siendo un basquetbolista extraordinario, pero la adultez no ha estado a la altura. No llegó a conseguir sino un trabajo mal pagado, no ha salido jamás de su pequeño pueblo, se ha casado con la hija de un hombre de cierto dinero a la que estima pero que no puede sino tratar como a una tonta, tiene un hijo con el que no se entiende en lo absoluto, y una libido inefable que es la causa de las principales metidas de pata que ha cometido en su vida. Viendo que cada día es igual al anterior y a los que prometen venir de ahí en adelante, en lugar de hacer algo por cambiar su destino, escapa.

Y vuelve a hacerlo cada vez que se siente acorralado. En una ocasión, de la manera más vergonzosa, huye todavía más literalmente: sale corriendo, ante la mirada incrédula de todos sus conocidos, del funeral del que era su segundo hijo, al sentir que la realidad se impone nuevamente sobre su precaria fuerza de voluntad. Pero la realidad, como no puede ser de otra manera, lo acosa, no importa donde se esconda, y lo seguirá acosando hasta su último día.

Rescate

¡Corre, Conejo! –le dice a Harry el sarcástico John Updike. Pero en sus diálogos, a la manera de un contrarelato que desafía las apariencias, Conejo se va revelando como alguien que posee una forma de sabiduría que no parece provenir de su propia experiencia, que es más astuta y rica, más cínica y transgresora. “El crecimiento es traición. No hay otro camino. No es posible llegar a un sitio sin abandonar otro”, dice de pronto, como presentándose, y va más allá: “Después de un tiempo uno comprende que incluso los dólares y los centavos son sólo una idea. En última instancia lo único que importa es depositar algo de mierda en la taza del inodoro una vez por día. De alguna manera eso sigue siendo real”.

Updike pone en juego toda su artillería fina en las astutas ironías de Conejo. Es así como, por ejemplo, puede hábilmente rechazar las histéricas expectativas de su mujer, que le ha puesto los cuernos: “¿Por aquella aventura pasada? No te guardo ningún rencor, Janice. Te mejoró como persona”. O sin aspavientos reconocer que “las traiciones y excitaciones del día deben resolverse haciendo el amor” y que, más aún, “desde que se la metió a Thelma por el culo se ha sentido más libre, más enamorado del mundo”. Aunque claro, “tanto follar, todo el mundo follando, no sé, me entristece. Eso es lo que vuelve tan difícil que las cosas funcionen”.

Conejo es un hombre pragmático y de lengua punzante, tosco, que va al bulto, ajeno a artificios y preciosuras de cualquier especie. Odia la música country que busca “hacernos mejores de lo que somos” así como odia a esas “mujercillas atemorizadas que dan la impresión de pensar que van a crucificarles si su sonrisa flaquea un segundo”. Tampoco entiende a los jóvenes, o quizás sí: “El dolor es el meollo de la cuestión para los punkis. La mutilación, el odio a uno mismo, la tortura. Para los chicos de hoy, lo feo es hermoso. Es su forma de decir que le estamos dejando un mundo sucio”. Y de su propio hijo, al que no sabe manejar, señala amargamente: “hacemos compañeros del aire y los herimos, para que ellos nos desafíen, completando la creación”.

A medida que envejece se vuelve, siempre dentro de su inestable personalidad, más seco y profundo. En décadas enteras sólo en mínimos instantes “siente que en su interior se fortalece algo antinatural que podría ser amor”. La cercanía de la muerte, sin embargo, comienza a iluminar las cosas de otra manera. En una escena que es difícil de reconstruir, Conejo hace algo que de algún modo lo invierte y lo revela. Cuando sabe que le queda poco tiempo de vida, toma el teléfono y llama a su nieta de diez años. Ella –que meses atrás ha inmortalizado para toda la familia la frase: “el abuelito es ridículo”– recibe, sin comprenderlo, el sencillo y último consejo que Conejo tiene para dar: “Estudia mucho, ahora. No te preocupes por esos críos que se creen grandiosos. Tu eres una niña encantadora y todo te será dado si sabes esperar. No fuerces las cosas. No fuerces el crecimiento. Todo saldrá bien”.

En ese llamado a la prudencia y a la confianza, Conejo Amstrong parece decirnos: el paso del tiempo termina encontrando, al final, alguna razón que darnos. Lo mismo que se burla de nosotros nos rescata.

¿Hay ahí una forma de belleza, después de todo? Parece que sí; una belleza amarga, quizás –y por lo tanto moderna, como diría el poeta– pero Ella al fin de cuentas.


 

 

 

 

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