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Voltaire (François-Marie Arouet)

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- Jean-Jacques Rousseau
-
Filosofía de la Ilustración
- Tolerancia: La apología de Voltaire

 

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Voltaire

Voltaire / Anexo 01 / Anexo 02

. La Ilustración
.
Tolerancia: La apología de Voltaire
. Obras de Voltaire

251109
- C
ontra la tesis mantenida por Leibniz de que nos encontramos en el mejor de los mundos posibles, más bien pareciera que todo se rige por el principio de lo peor. En todo caso, si Dios creó el mundo con algún fin, debió ser para hacernos de rabiar.

François-Marie Arouet, que se dio a sí mismo el seudónimo de Voltaire, es quizás uno de los intelectuales franceses más polifacéticos e importantes del Siglo de las Luces. Nació en París el 21 de Noviembre de 1694, hijo del notario François Arouet y de una madre prácticamente desconocida que falleció cuando Voltaire cumplía los siete años de edad. Estudió en el colegio jesuita Louis-le-Grand cuando se cumplían los últimos años del reinado de Luis XIV. De su formación religiosa guardará Voltaire un penoso recuerdo que se plasmará en una actitud irreverente, rebelde y burlona frente la Iglesia, sus instituciones y dogmas.
 

En 1713 obtiene el cargo de secretario de la embajada francesa en La Haya, trabajo del que es expulsado debido a ciertas relaciones amorosas. Apasionado ya desde entonces por la literatura, frecuenta los lugares donde se reúnen los intelectuales y artistas más destacados y, cuando muere en 1715 Luis XIV y toma la regencia el Duque de Orleáns, Voltaire escribirá una sátira contra él que le llevará preso a la Bastilla durante un año, tiempo que dedica a estudiar literatura.

En 1718 Voltaire conoce su primer éxito con la tragedia Edipo y con una epopeya, La Henriade, dedicada al tolerante rey Enrique IV, que se estrena en 1723. Sin embargo, no cesan los problemas; una disputa con el noble De Rohan le lleva de nuevo a la Bastilla y después al destierro, motivo que provoca su retiro a Londres durante dos años, lugar en el que contactará con la elite literaria, científica e intelectual. Cuando regresa a Francia en 1728, Voltaire difundirá las progresistas ideas políticas inglesas y el pensamiento del científico Isaac Newton y del filósofo John Locke.

En 1731 escribe Historia de Carlos XII, obra en la que esboza los problemas y tópicos que, más tarde, aparecerán plenamente madurados en su famosa obra Cartas filosóficas, publicada en 1734 y en la que lleva a cabo una radical defensa de la tolerancia religiosa y la libertad ideológica, tomando como modelo la permisividad inglesa y acusando al cristianismo de ser la raíz de todo fanatismo dogmático. Por este motivo, en el mes de mayo se ordena su detención y Voltaire se refugia en el castillo de la culta Madame Châtelet, mujer con la que establecerá una larga relación personal y con la que trabajará concienzudamente en una obra sobre el pensamiento newtoniano, que lleva por título: La filosofía de Newton.

En 1742 Voltaire publica Mohamed o el fanatismo, obra que será prohibida y un año después aparece Mérope. Por esta época, en la que había estallado la guerra de sucesión austriaca, Voltaire marcha en misión secreta a Berlín, después de lo cual recupera su prestigio, siendo nombrado académico, historiógrafo y Caballero de la Cámara real. Cuando muere Madame de Châtelet en 1749, Voltaire vuelve a Berlín invitado por Federico II, pero pronto acaba mal con el monarca y, huyendo de Prusia, se le detiene en Francfort, para después ser expulsado nuevamente de Alemania. Como Francia le negó la residencia, Voltaire se refugia en Suiza.
 

En 1759 publica Cándido o el optimismo, obra que será inmediatamente condenada en Ginebra por sus irónicas críticas a la filosofía leibniziana y su chistosa sátira contra clérigos, nobles, reyes y militares. Las inocentes reflexiones del joven Cándido no dejan títere con cabeza. Cuatro años después compone Tratado sobre la tolerancia y en 1764 su Diccionario filosófico. Desde entonces, siendo ya Voltaire un personaje famoso e influyente en la vida pública, interviene en distintos casos judiciales, como el caso Calas y el de La Barre, que estaba acusado de impiedad, defendiendo la tolerancia y la libertad a todo dogmatismo y fanatismo.

En 1778 Voltaire vuelve a París, acogido con entusiasmo, muriendo el 30 de mayo de ese mismo año.
 

El pensamiento de Voltaire

Aunque fue un pensador polifacético y poco o nada sistemático, Voltaire se convirtió en un símbolo del enciclopedismo y de las modernas ideas ilustradas que defendían la libertad de pensamiento, la tolerancia y la justicia como instrumentos superadores de la ignorancia, el dogmatismo y las supersticiones de toda índole. Frente al oscurantismo no solo ideológico, sino académico, esgrimirá Voltaire el buen hacer de su pluma, la cual gozaba de una enorme claridad crítica y de una demoledora y mordaz franqueza que le hicieron granjearse numerosos problemas y enemistades. Su escritura se mofa de la utilizada por los abstrusos escolásticos o, como sarcásticamente escribe en el Cándido, de los que se dedicaban a enseñar la metafísica teologocosmolonigológica.

Pese a compartir muchos de los postulados básicos aceptados por la mayoría de los ilustrados ingleses y franceses, a Voltaire le separa de ellos la carencia de un optimismo metafísico y la fe en un progreso humano capaz de arrebatarnos de la mezquindad y de la ruindad en la que estamos inmersos. En contra de la tesis del "buen salvaje" mantenida por Rousseau, Voltaire no cree en ninguna inocencia y bondad naturales del hombre. No es la sociedad, el Estado o la cultura la que pervierte y denigra esa inocencia primigenia del hombre, antes bien, es el propio hombre el que genera las propias condiciones de su miseria. La ética no se halla subordinada a la política, porque se trata de un ámbito inmanente a nuestra propia naturaleza. La absoluta confianza de la razón que postularon un siglo antes los racionalistas no es aceptada por Voltaire, para el cual la inteligencia humana por sí misma puede denunciar, criticar y corregir algunos prejuicios, errores o disparates, pero por sí sola es impotente para erradicar estos males.

Frente al optimismo adoptado por los ilustrados y llevado a su culmen por Leibniz en su teoría de la armonía preestablecida, en la que afirma que éste es el mejor de los mundos posibles, el joven e inocente Cándido saca sus propias conclusiones:

"-Oh, Pangloss –exclamó Cándido-. Jamás me hablaste de semejantes abominaciones, y por lo que veo y he visto son hechos concretos y verídicos. ¿Habré de renunciar a compartir tu optimismo.

-¿Qué es el optimismo? –inquirió Cacambo.
-No es sino el empeño de sostener que todo es magnífico cuanto todo es pésimo –explicó Cándido."(Cándido).


El único remedio para hacer la vida tolerable que acepta Voltaire en su obra Cándido o el optimismo es el trabajo. De nada sirve buscar fines ni mucho menos presuponer que existe cierto orden racional en el mundo susceptible de crear las condiciones necesarias en las que pueda desarrollarse una vida virtuosa y justa. Como dice chistosamente en la mencionada obra, el fin con el que Dios creó el mundo fue "para hacernos de rabiar".

"- Lo que sé es que hay que cultivar nuestro jardín –le interrumpió Cándido.
- Tenéis razón –reconoció Pangloss-, porque cuando el hombre fue colocado en el jardín del Edén fue puesto ut operaretur eum para trabajar. Prueba de que el hombre no ha nacido para el ocio.
- Pues trabajemos sin discutir –concluyó Martín-. Es el único medio de hacer la vida tolerable." (Cándido)

Voltaire aceptó las tesis del deísmo, es decir, de aquella doctrina que reivindica una religión natural o racional defendiendo la libertad ideológica, de culto y la tolerancia religiosa. El anticlericalismo radical (sinónimo en nuestros días de volteranismo), que se desprende de la mayoría de sus obras, sin embargo no debe llevarnos a suponer que Voltaire defendiera una postura atea. De hecho, afirma que "si Dios no existiera sería necesario inventarlo, pero la naturaleza entera nos grita que existe".

En el Diccionario filosófico, Voltaire define el deísmo en los siguientes términos:

"El deísmo es una religión difundida en todas las religiones; es un metal que se alía con los demás metales, y cuyas venas se extienden por debajo de la tierra (...)

La religión revelada no es ni podía ser otra que la religión natural perfeccionada. De modo que el deísmo es el buen sentido que no está enterado aún de la revelación y las otras religiones son el buen sentido que pervirtió la superstición (...)"

La crítica volteriana tiene una función terapéutica, aunque es consciente de los límites de su quehacer. Efectivamente, es la propia naturaleza humana la responsable de todas sus ruindades y miserias. El mundo se rige no por el principio de lo mejor, sino de lo peor. El mal en el mundo no proviene de Dios ni de condicionantes históricos o políticos, sino del hombre mismo:

"…encuentro que todo está al revés entre los hombres, que nadie conoce sus derechos ni sus deberes (…)
- Pues yo he visto cosas peores –replicó Cándido -.Sin embargo, un sabio que murió ahorcado me enseñó que todo está hecho a la perfección y que lo que vos me decís son las sombras de un bello cuadro.
- Vuestro ahorcado se burlaba de la gente –aseguró Martín -.Vuestras sombras son manchas horribles.
- Los hombres son quienes lo manchan todo sin poder evitarlo- comentó Cándido.
- Entonces no es culpa suya –indicó Martín." (Cándido o el optimismo)

La Ilustración

Se conoce como "Ilustración" al movimiento filosófico que se originó y desarrolló en Europa (particularmente en Francia) durante el siglo XVIII. Se consideraba que todo lo antiguo se enmarcaba en un ambiente de oscuridad y decrepitud, y que la nueva ideología que llegaba eran las "luces", que iluminaba al mundo. Esta era en parte una visión exagerada, ya que el pensamiento europeo del siglo XVIII no venía de las tinieblas sino de un proceso gradual producto de las transformaciones ocurridas en las sociedades europeas desde muchos siglos atrás.

El precedente histórico más apegado a la Ilustración fue el Renacimiento, donde también se trataba de romper con el pasado medieval y renacer en la nueva modernidad - Ver más

Tolerancia: La apología de Voltaire - Carlos E Miranda
 

En los últimos años se ha producido una notable expansión de regímenes democráticos en diversos lugares del mundo. Muchos de ellos luchan por consolidarse. La tarea no es fácil, ya que la democracia no consiste solamente en el establecimiento de instituciones jurídicas y políticas. Más importante es la práctica de los valores que la sustentan. Entre ellos uno de los más fundamentales es el espíritu de tolerancia. Y cuando uno reflexiona sobre la tolerancia, acude de inmediato a la mente la figura de Francois Marie Arouet, Voltaire, uno de sus más ardorosos apologistas.

 

Sin embargo, ¿será adecuado desarrollar un argumento político basándose en un autor manifiestamente no político?

 

Ciertamente, en la obra de Voltaire no existe lo que pudiera ser calificado con propiedad como un pensamiento político, si por tal entendemos el tratamiento sistemático de ciertos temas o problemas de la política y la propuesta de un determinado sistema de ordenamiento social con sus correspondientes instituciones. Nada semejante a esto hay en las miles de páginas escritas por Voltaire en el transcurso de su larga vida. Desde cierta perspectiva, tal vez incluso pudiera ser considerado como contradictorio que un espíritu tan extremadamente abierto como el suyo se preocupara de elaborar un cuerpo doctrinario necesariamente excluyente de otras doctrinas.


No obstante, es indudable que algunas ideas de Voltaire tuvieron un fuerte impacto político aun cuando ellas fueran postuladas con propósitos por completo ajenos a la política. Es así como principios y valores ardorosamente defendidos por Voltaire en causas vinculadas a la esfera de la tolerancia religiosa, por ejemplo, contribuyeron en importante medida a la configuración del ambiente intelectual y cultural que preparó el camino a la Revolución Francesa. Pero su influencia "ideológica" en este evento fue indirecta.


De ninguna manera podría sostenerse que Voltaire haya sido él mismo un revolucionario o que estuviera impulsado por el anhelo de un profundo cambio social. Ni siquiera creo que sea sustentable atribuir a Voltaire una nítida inclinación o preferencia por la democracia como régimen de gobierno. La monarquía, incluso la monarquía absoluta, no aparece para él como un problema; la acepta como un hecho que no cuestiona. Más aún, sus juicios valorativos acerca del comportamiento o las decisiones del rey son casi siempre elogiosos. Ciertamente, no es ésta la actitud de un escritor revolucionario.

 

De modo, pues, que si ideas de Voltaire sirvieron para alimentar y fundamentar los principios centrales de la Revolución Francesa, y si hasta el día de hoy sirven para promover los valores de la democracia moderna, ello no se debe a la supuesta existencia de una "filosofía política" de Voltaire, sino a la fuerza de estas ideas y a la elocuencia con que nuestro autor supo defenderlas en dominios ajenos al ámbito político propiamente tal.
 

Para decirlo más claramente: a Voltaire no le interesaba la política; lo que a él le interesaba era algo mucho más profundo y fundamental: la dignidad humana, el respeto debido a cada hombre. Para lograr ese respeto se requiere el reconocimiento y la aceptación de la libertad individual, de la igualdad de derechos de todos los hombres y, como consecuencia, de la fraternidad existente entre ellos por su propia naturaleza, es decir, por el hecho de ser hombres.

 

Pareciera que Voltaire no percibió que estos valores superiores sólo pueden ser alcanzados en la realidad por medios políticos; es decir, que no es indiferente el régimen político para su concreción efectiva. La ceguera de Voltaire en este punto crucial puede ser considerada como una consecuencia de su ya mencionado desinterés por la política, y corrobora la ausencia de un pensamiento político sistemáticamente elaborado dentro de su obra. A pesar de ello, sin embargo, el impacto político de sus ideas es un hecho incuestionable, como podremos apreciarlo si examinamos la que tal vez sea su idea dominante: la tolerancia.

 

En efecto, si hay un rasgo característico del pensamiento de Voltaire es su espíritu de tolerancia. A su defensa él dedicó no sólo su Traité sur la Tolérance, sino también, entre otros escritos, varios artículos del Dictionnaire Philosophique, en los que se refiere directa o indirectamente al tema. Lo mismo ocurre en numerosos pasajes de las Lettres Anglaises o Lettres Philosophiques, como también se las conoce. Estas fueron escritas entre 1726 y 1730, durante el exilio de Voltaire en Inglaterra, y reflejan su alta valoración de las instituciones y principalmente de los hábitos sociales ingleses, tan contrapuestos en su espíritu libertario a los existentes en esa época en Francia. Las Lettres fueron publicadas en Francia en 1734, y su destino inmediato fue ser lanzadas a la hoguera a raíz de un fallo del Parlamento del 10 de junio de ese mismo año. El fallo condenaba el libro como "propio para inspirar el libertinaje más peligroso para la religión y para el orden de la sociedad civil".


Irónicamente, el texto del fallo ilustra con dramática claridad acerca de la interconexión existente entre la esfera religiosa y la política. Es cierto que la apología volteriana de la tolerancia está principalmente dirigida al ámbito religioso, pero la aplicación de sus argumentos exceden ese solo campo e invaden otros espacios de la vida social donde también son válidos, en la medida en que el poder intenta reprimir la expresión de ciertas opiniones o creencias. Es por esta razón que las ideas volterianas, en sí mismas a-políticas, tienen inevitablemente repercusiones políticas.

 

El caso de las Lettres Anglaises es en este sentido significativo. La obra, presa de la intolerancia política, no es un escrito político. Sus principales objetivos eran divulgar la física de Newton y la filosofía de Locke. El libro recogía la admiración de Voltaire por Inglaterra; pero, como acertadamente ha comentado George Sabine, esta admiración "estaba motivada en menor grado por su gobierno representativo que por la libertad de discusión y publicación que permitía".

 

En el Dictionnaire Philosophique Voltaire pone en boca de Milord Boldmind, oficial general inglés, las siguientes palabras: "Los tiranos del pensamiento son los que han causado gran parte de las desgracias del mundo. En Inglaterra no fuimos felices hasta que cada uno de sus habitantes gozó con libertad el derecho de expresar su opinión".

 

Esta libertad aparecía como algo admirable ante los ojos de Voltaire, debido a lo poco difundida que se hallaba en el mundo. Sin embargo era un buen indicio, que permitía alentar el optimismo volteriano, del advenimiento de la racionalidad entre los hombres. El cifraba en la razón la esperanza del término de la larga historia de guerras, persecuciones y crímenes que han dividido a los hombres, principalmente por motivos de creencias indemostrables racionalmente. La razón, en cambio, escribe Voltaire, "ilumina lenta, pero infaliblemente a los hombres". Y agrega: "La razón es tan dulce, tan humana, inspira indulgencia, ahoga la discordia, fortalece la virtud, hace amable la obediencia a las leyes, más todavía de lo que la mantiene la fuerza".


Por cierto, la razón no hace que todos los hombres piensen de la misma manera, salvo en aquellas cosas que la razón puede realmente comprender y que son demostrables racionalmente, como es el caso, por ejemplo, de la matemática. "Euclides persuadió fácilmente a todos los hombres de las verdades de la geometría. ¿Por qué? Porque no hay ninguna que no sea un corolario evidente de este pequeño axioma: dos y dos son cuatro. No ocurre lo mismo con las verdades de la metafísica y de la teología".

 

Voltaire no tenía reparos en confesar su incapacidad para comprender este último tipo de verdades, pero no lo hacía a partir de una actitud de modestia intelectual subjetiva, sino que creía que ningún hombre tenía la capacidad para entenderlas. Este convencimiento es la raíz de su condena a las disputas teológicas, en las que cada bando sólo puede sustentar su posición en dogmas que en último término no puede entender. Por esta razón, él consideraba "el colmo de la locura pretender que todos los hombres pensaran de la misma manera respecto de la metafísica. Mucho más fácil sería subyugar el universo entero por la fuerza de las armas, que a los espíritus de una sola ciudad".

 

Esta insensata pretensión, sin embargo, es la que ha animado a los fanáticos de todos los tiempos, quienes debido a su incapacidad de persuadir a otros de la supuesta verdad de sus dogmas, no han vacilado, cuando han contado con el poder para hacerlo, en recurrir a la fuerza del castigo, la tortura, la cárcel o la hoguera.

 

El rechazo volteriano del fanatismo y la intolerancia es, por cierto, aplicable a cualquier manifestación de este tipo de actitudes. Desgraciadamente, donde éstas han aparecido de manera más recurrente ha sido en la historia del cristianismo, plagada de controversias teológicas que proporcionan abundantes ejemplos de lo que Voltaire quisiera ver superado. Pero, a mi entender, su objetivo principal no era atacar a la Iglesia ni menos aún a la religión, sino más bien atacar los crímenes que en nombre de la religión se han cometido. El se declaraba respetuoso de la religión, cuyas verdades no pretendía comprender porque ellas sobrepasaban su capacidad de entendimiento y la de todos los hombres. Por esta misma razón, no podía aceptar que algunos hombres intentaran imponer a otros sus propias interpretaciones acerca de la Revelación. "Cuanto más divina es la religión cristiana, menos le corresponde al hombre imponerla; si Dios la ha hecho, Dios la sostendrá sin vosotros". Más inaceptable aún le parecía a Voltaire pretender imponer el dogma cristiano a través de medios coercitivos. "En fin, ¿querríais sostener con verdugos la religión de un Dios a quien los verdugos hicieron perecer y que sólo predicó la dulzura y la paciencia?"


"La intolerancia ha convertido la tierra en una carnicería" , escribe Voltaire. Y si bien este efecto es siempre repudiable, lo es mucho más en el caso del cristianismo, religión que se sustenta en los principios del amor y la caridad. Estos principios son incompatibles con los odios persecutorios que han desplegado algunos de sus fieles.

 

Pero quiero insistir en que la crítica volteriana a los inquisidores cristianos no involucra un rechazo a la religión sino que está dirigida contra las acciones persecutorias, intolerantes, fanáticas que han ejecutado ciertos creyentes. Sus argumentos, si bien referidos al ámbito religioso, serían enteramente aplicables contra las prácticas de intolerancia política que hemos presenciado en muchos lugares a lo largo del siglo XX. Concuerdo con el juicio de Sabine respecto del significado profundo del pensamiento de Voltaire en el tema que nos ocupa. Dice Sabine: "Su ataque contra el cristianismo perseguidor es probablemente la mayor contribución que se haya hecho jamás a la libertad de palabra". Aunque realizado en forma indirecta, éste es, en efecto, el mayor aporte de Voltaire a la filosofía política. Y lo es más por el ardor y el convencimiento con los que despliega sus argumentos que por la originalidad de los mismos. Por cierto, no fue él el primero en ocuparse de este tema crucial para el desarrollo de la teoría democrática moderna. Ya anteriormente lo había hecho, entre otros, "el sabio" Locke, como acostumbraba Voltaire llamar al filósofo inglés a quien tanto admiraba.

 

Ahora bien, defender la libertad de palabra involucra tolerancia frente a opiniones ajenas y renuncia a posiciones dogmáticas. A su vez, estas actitudes constituyen las condiciones de posibilidad para el logro de la paz y la felicidad. En palabras de Voltaire: "Cuanto menos dogmas, menos disputas, menos desgracias". Nuestro autor asigna a la filosofía la misión de sacar a los hombres de la ignorancia que los impulsa a refugiarse en los dogmas y las supersticiones. En fin, escribe con ironía, "cuando la filosofía ha empezado a ilustrar un poco a los hombres, se ha cesado de perseguir a los brujos, y (éstos) han desaparecido de la tierra".

 

Pero Voltaire no se forja demasiadas ilusiones acerca del poder del espíritu filosófico ni de que éste se haya consolidado entre los hombres. En los capítulos finales del Tratado de la Tolerancia advierte premonitoriamente: "No se diga que no quedan huellas del horrible fanatismo, de la intolerancia; quedan todavía en todas partes, incluso en los países que pasan por más humanos". Y más adelante agrega: "Temamos siempre el exceso a donde conduce el fanatismo. Déjese a ese monstruo en libertad, no se corten sus garras ni se arranquen sus dientes, cállese la razón, tan a menudo perseguida, y se verán los mismos horrores que en los pasados siglos: el germen subsiste; si no lo ahogáis cubrirá la tierra":

 

Parece superfluo comentar la pertinencia de los temores de Voltaire. Hasta el día de hoy seguimos presenciando las atrocidades de la intolerancia partidista, sea ésta política, religiosa o étnica.

 

A pesar de todo, quizás lo más saludable sea mantener la esperanza que animaba a Voltaire al definir el objetivo de su Tratado de la Tolerancia: "Este escrito sobre la tolerancia es un informe que la humanidad presenta muy humildemente al poder y a la prudencia. Siembro un grano que algún día producirá una cosecha"

Licenciado en Filosofía y Magíster en Estudios Internacionales, Universidad de Chile; M.A. en Ciencia Política, Georgetown University. Académico del Instituto - Universidad Nacional de Lomas de Zamora

Obras de Voltaire

Edipo, 1718
La Henriada, 1728
Historia de Carlos XII, 1730
Brutus, 1730
Zaire, 1732
El templo del gusto, 1733
Cartas inglesas o Cartas filosóficas, 1734
Adélaïde du Guesclin, 1734
Mundano, 1736
Epístola sobre Newton, 1736
Tratado de metafísica, 1736
El hijo pródigo, 1736
Ensayo sobre la naturaleza del fuego, 1738
Elementos de la filosofía de Newton, 1738
Zulima, 1740
El fanatismo o Mahoma, 1741
Mérope, 1743
Zadig o El destino, 1748
El mundo como va, 1748
Nanine o El prejuicio vencido, 1749
El siglo de Luis XIV, 1751
Micromegas, 1752
Poema sobre el desastre de Lisboa, 1756
Estudio sobre los hábitos y el espíritu de las naciones, 1756
Historia de los viajes de Scarmentado escrita por él mismo, 1756
Cándido o El optimismo, 1759
Historia de un buen bramán, 1761
Tancredo, 1760
La doncella de Orleans, 1762
Lo que gusta a las damas, 1764
Diccionario filosófico, 1764
Jeannot y Colin, 1764
Del horrible peligro de la lectura, 1765
Pequeña digresión, 1766
El filósofo ignorante, 1766
Tratado sobre la tolerancia, 1767
El ingenuo, 1767
La princesa de Babilonia, 1768
Las cartas de Memmius, 1771
Hay que tomar partido, 1772
El clamor de la sangre inocente, 1775
Del alma, 1776
Diálogos de Evémero, 1777

Voltaire / Anexo 01 / Anexo 02
 


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