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Voltaire |
Voltaire /
Anexo 01 /
Anexo 02
. La
Ilustración
.
Tolerancia: La
apología de Voltaire
.
Obras de Voltaire
251109 - Contra la tesis
mantenida por Leibniz de que nos encontramos en el mejor de los mundos
posibles, más bien pareciera que todo se rige por el principio de lo
peor. En todo caso, si Dios creó el mundo con algún fin, debió ser
para hacernos de rabiar.
François-Marie Arouet, que se dio a sí mismo el seudónimo de
Voltaire, es quizás uno de los intelectuales franceses más
polifacéticos e importantes del Siglo de las Luces. Nació en París el
21 de Noviembre de 1694, hijo del notario François Arouet y de una
madre prácticamente desconocida que falleció cuando Voltaire cumplía
los siete años de edad. Estudió en el colegio jesuita Louis-le-Grand
cuando se cumplían los últimos años del reinado de Luis XIV. De su
formación religiosa guardará Voltaire un penoso recuerdo que se
plasmará en una actitud irreverente, rebelde y burlona frente la
Iglesia, sus instituciones y dogmas.
En 1713
obtiene el cargo de secretario de la embajada francesa en La Haya,
trabajo del que es expulsado debido a ciertas relaciones amorosas.
Apasionado ya desde entonces por la literatura, frecuenta los lugares
donde se reúnen los intelectuales y artistas más destacados y, cuando
muere en 1715 Luis XIV y toma la regencia el Duque de Orleáns,
Voltaire escribirá una sátira contra él que le llevará preso a la
Bastilla durante un año, tiempo que dedica a estudiar literatura.
En 1718 Voltaire conoce su primer éxito con la tragedia Edipo y
con una epopeya, La Henriade, dedicada al tolerante rey Enrique
IV, que se estrena en 1723. Sin embargo, no cesan los problemas; una
disputa con el noble De Rohan le lleva de nuevo a la Bastilla y
después al destierro, motivo que provoca su retiro a Londres durante
dos años, lugar en el que contactará con la elite literaria,
científica e intelectual. Cuando regresa a Francia en 1728, Voltaire
difundirá las progresistas ideas políticas inglesas y el pensamiento
del científico Isaac Newton y del filósofo John Locke.
En 1731 escribe Historia de Carlos XII, obra en la que esboza
los problemas y tópicos que, más tarde, aparecerán plenamente
madurados en su famosa obra Cartas filosóficas,
publicada en 1734 y en la que lleva a cabo una radical defensa de la
tolerancia religiosa y la libertad ideológica, tomando como modelo la
permisividad inglesa y acusando al cristianismo de ser la raíz de todo
fanatismo dogmático. Por este motivo, en el mes de mayo se ordena su
detención y Voltaire se refugia en el castillo de la culta Madame
Châtelet, mujer con la que establecerá una larga relación personal
y con la que trabajará concienzudamente en una obra sobre el
pensamiento newtoniano, que lleva por título: La filosofía de
Newton.
En 1742 Voltaire publica Mohamed o el fanatismo, obra que será
prohibida y un año después aparece Mérope. Por esta época, en
la que había estallado la guerra de sucesión austriaca, Voltaire
marcha en misión secreta a Berlín, después de lo cual recupera su
prestigio, siendo nombrado académico, historiógrafo y Caballero de la
Cámara real. Cuando muere Madame de Châtelet en 1749, Voltaire vuelve
a Berlín invitado por Federico II, pero pronto acaba mal con el
monarca y, huyendo de Prusia, se le detiene en Francfort, para después
ser expulsado nuevamente de Alemania. Como Francia le negó la
residencia, Voltaire se refugia en Suiza.
En 1759 publica Cándido o el optimismo, obra que será
inmediatamente condenada en Ginebra por sus irónicas críticas a la
filosofía leibniziana y su chistosa sátira contra clérigos, nobles,
reyes y militares. Las inocentes reflexiones del joven Cándido no
dejan títere con cabeza. Cuatro años después compone Tratado
sobre la tolerancia y en 1764 su Diccionario filosófico.
Desde entonces, siendo ya Voltaire un personaje famoso e influyente en
la vida pública, interviene en distintos casos judiciales, como el
caso Calas y el de La Barre, que estaba acusado de impiedad,
defendiendo la tolerancia y la libertad a todo dogmatismo y fanatismo.
En 1778 Voltaire vuelve a París, acogido con entusiasmo, muriendo el
30 de mayo de ese mismo año.
El pensamiento de Voltaire
Aunque fue un pensador polifacético y poco o nada sistemático,
Voltaire se convirtió en un símbolo del enciclopedismo y de las
modernas ideas ilustradas que defendían la libertad de pensamiento, la
tolerancia y la justicia como instrumentos superadores de la
ignorancia, el dogmatismo y las supersticiones de toda índole. Frente
al oscurantismo no solo ideológico, sino académico, esgrimirá Voltaire
el buen hacer de su pluma, la cual gozaba de una enorme claridad
crítica y de una demoledora y mordaz franqueza que le hicieron
granjearse numerosos problemas y enemistades. Su escritura se mofa de
la utilizada por los abstrusos escolásticos o, como sarcásticamente
escribe en el Cándido, de los que se dedicaban a enseñar la
metafísica teologocosmolonigológica.
Pese a compartir muchos de los postulados básicos aceptados por la
mayoría de los ilustrados ingleses y franceses, a Voltaire le separa
de ellos la carencia de un optimismo metafísico y la fe en un progreso
humano capaz de arrebatarnos de la mezquindad y de la ruindad en la
que estamos inmersos. En contra de la tesis del "buen salvaje"
mantenida por Rousseau, Voltaire no cree en ninguna inocencia y
bondad naturales del hombre. No es la sociedad, el Estado o la cultura
la que pervierte y denigra esa inocencia primigenia del hombre, antes
bien, es el propio hombre el que genera las propias condiciones de su
miseria. La ética no se halla subordinada a la política, porque se
trata de un ámbito inmanente a nuestra propia naturaleza. La absoluta
confianza de la razón que postularon un siglo antes los racionalistas
no es aceptada por Voltaire, para el cual la inteligencia humana por
sí misma puede denunciar, criticar y corregir algunos prejuicios,
errores o disparates, pero por sí sola es impotente para erradicar
estos males.
Frente al optimismo adoptado por los ilustrados y llevado a su culmen
por Leibniz en su teoría de la armonía preestablecida, en la
que afirma que éste es el mejor de los mundos posibles, el joven e
inocente Cándido saca sus propias conclusiones:
"-Oh, Pangloss –exclamó Cándido-. Jamás me hablaste de
semejantes abominaciones, y por lo que veo y he visto son hechos
concretos y verídicos. ¿Habré de renunciar a compartir tu optimismo.
-¿Qué es el optimismo? –inquirió Cacambo.
-No es sino el empeño de sostener que todo es magnífico cuanto todo es
pésimo –explicó Cándido."(Cándido).
El único remedio para hacer la vida tolerable que acepta Voltaire en
su obra Cándido o el optimismo es el trabajo. De nada
sirve buscar fines ni mucho menos presuponer que existe cierto orden
racional en el mundo susceptible de crear las condiciones necesarias
en las que pueda desarrollarse una vida virtuosa y justa. Como dice
chistosamente en la mencionada obra, el fin con el que Dios creó el
mundo fue "para hacernos de rabiar".
"- Lo que sé es que hay que cultivar nuestro jardín –le
interrumpió Cándido.
- Tenéis razón –reconoció Pangloss-, porque cuando el hombre fue
colocado en el jardín del Edén fue puesto ut operaretur eum para
trabajar. Prueba de que el hombre no ha nacido para el ocio.
- Pues trabajemos sin discutir –concluyó Martín-. Es el único medio de
hacer la vida tolerable." (Cándido)
Voltaire aceptó las tesis del deísmo, es decir, de aquella
doctrina que reivindica una religión natural o racional defendiendo la
libertad ideológica, de culto y la tolerancia religiosa. El
anticlericalismo radical (sinónimo en nuestros días de volteranismo),
que se desprende de la mayoría de sus obras, sin embargo no debe
llevarnos a suponer que Voltaire defendiera una postura atea. De
hecho, afirma que "si Dios no existiera sería necesario inventarlo,
pero la naturaleza entera nos grita que existe".
En el Diccionario filosófico, Voltaire define el deísmo en los
siguientes términos:
"El deísmo es una religión difundida en todas las religiones; es
un metal que se alía con los demás metales, y cuyas venas se extienden
por debajo de la tierra (...)
La religión revelada no es ni podía ser otra que la religión
natural perfeccionada. De modo que el deísmo es el buen sentido que no
está enterado aún de la revelación y las otras religiones son el buen
sentido que pervirtió la superstición (...)"
La crítica volteriana tiene una función terapéutica, aunque es
consciente de los límites de su quehacer. Efectivamente, es la propia
naturaleza humana la responsable de todas sus ruindades y miserias. El
mundo se rige no por el principio de lo mejor, sino de lo peor. El mal
en el mundo no proviene de Dios ni de condicionantes históricos o
políticos, sino del hombre mismo:
"…encuentro que todo está al revés entre
los hombres, que nadie conoce sus derechos ni sus deberes (…)
- Pues yo he visto cosas peores –replicó Cándido -.Sin embargo, un
sabio que murió ahorcado me enseñó que todo está hecho a la perfección
y que lo que vos me decís son las sombras de un bello cuadro.
- Vuestro ahorcado se burlaba de la gente –aseguró Martín -.Vuestras
sombras son manchas horribles.
- Los hombres son quienes lo manchan todo sin poder evitarlo- comentó
Cándido.
- Entonces no es culpa suya –indicó Martín." (Cándido o el optimismo)
La
Ilustración
Se conoce como "Ilustración" al movimiento filosófico que se originó y
desarrolló en Europa (particularmente en Francia) durante el siglo
XVIII. Se consideraba que todo lo antiguo se enmarcaba en un ambiente
de oscuridad y decrepitud, y que la nueva ideología que llegaba eran
las "luces", que iluminaba al mundo. Esta era en parte una visión
exagerada, ya que el pensamiento europeo del siglo XVIII no venía de
las tinieblas sino de un proceso gradual producto de las
transformaciones ocurridas en las sociedades europeas desde muchos
siglos atrás.
El precedente histórico más apegado a
la Ilustración fue el Renacimiento, donde también se trataba de romper
con el pasado medieval y renacer en la nueva modernidad -
Ver más
Tolerancia: La
apología de Voltaire
- Carlos E Miranda
En los últimos
años se ha producido una notable expansión de regímenes democráticos en
diversos lugares del mundo. Muchos de ellos luchan por consolidarse. La
tarea no es fácil, ya que la democracia no consiste solamente en el
establecimiento de instituciones jurídicas y políticas. Más importante es la
práctica de los valores que la sustentan. Entre ellos uno de los más
fundamentales es el espíritu de tolerancia. Y cuando uno reflexiona sobre la
tolerancia, acude de inmediato a la mente la figura de Francois Marie Arouet,
Voltaire, uno de sus más ardorosos apologistas.
Sin embargo, ¿será
adecuado desarrollar un argumento político basándose en un autor
manifiestamente no político?
Ciertamente, en la
obra de Voltaire no existe lo que pudiera ser calificado con propiedad como
un pensamiento político, si por tal entendemos el tratamiento sistemático de
ciertos temas o problemas de la política y la propuesta de un determinado
sistema de ordenamiento social con sus correspondientes instituciones. Nada
semejante a esto hay en las miles de páginas escritas por Voltaire en el
transcurso de su larga vida. Desde cierta perspectiva, tal vez incluso
pudiera ser considerado como contradictorio que un espíritu tan
extremadamente abierto como el suyo se preocupara de elaborar un cuerpo
doctrinario necesariamente excluyente de otras doctrinas.
No obstante, es indudable que algunas ideas de Voltaire tuvieron un fuerte
impacto político aun cuando ellas fueran postuladas con propósitos por
completo ajenos a la política. Es así como principios y valores
ardorosamente defendidos por Voltaire en causas vinculadas a la esfera de la
tolerancia religiosa, por ejemplo, contribuyeron en importante medida a la
configuración del ambiente intelectual y cultural que preparó el camino a la
Revolución Francesa. Pero su influencia "ideológica" en este evento fue
indirecta.
De ninguna manera podría sostenerse que Voltaire haya sido él
mismo un revolucionario o que estuviera impulsado por el anhelo de un
profundo cambio social. Ni siquiera creo que sea sustentable atribuir a
Voltaire una nítida inclinación o preferencia por la democracia como régimen
de gobierno. La monarquía, incluso la monarquía absoluta, no aparece para él
como un problema; la acepta como un hecho que no cuestiona. Más aún, sus
juicios valorativos acerca del comportamiento o las decisiones del rey son
casi siempre elogiosos. Ciertamente, no es ésta la actitud de un escritor
revolucionario.
De modo, pues, que
si ideas de Voltaire sirvieron para alimentar y fundamentar los principios
centrales de la Revolución Francesa, y si hasta el día de hoy sirven para
promover los valores de la democracia moderna, ello no se debe a la supuesta
existencia de una "filosofía política" de Voltaire, sino a la fuerza de
estas ideas y a la elocuencia con que nuestro autor supo defenderlas en
dominios ajenos al ámbito político propiamente tal.
Para decirlo más
claramente: a Voltaire no le interesaba la política; lo que a él le
interesaba era algo mucho más profundo y fundamental: la dignidad humana, el
respeto debido a cada hombre. Para lograr ese respeto se requiere el
reconocimiento y la aceptación de la libertad individual, de la igualdad de
derechos de todos los hombres y, como consecuencia, de la fraternidad
existente entre ellos por su propia naturaleza, es decir, por el hecho de
ser hombres.
Pareciera que
Voltaire no percibió que estos valores superiores sólo pueden ser alcanzados
en la realidad por medios políticos; es decir, que no es indiferente el
régimen político para su concreción efectiva. La ceguera de Voltaire en este
punto crucial puede ser considerada como una consecuencia de su ya
mencionado desinterés por la política, y corrobora la ausencia de un
pensamiento político sistemáticamente elaborado dentro de su obra. A pesar
de ello, sin embargo, el impacto político de sus ideas es un hecho
incuestionable, como podremos apreciarlo si examinamos la que tal vez sea su
idea dominante: la tolerancia.
En efecto, si hay
un rasgo característico del pensamiento de Voltaire es su espíritu de
tolerancia. A su defensa él dedicó no sólo su Traité sur la Tolérance,
sino también, entre otros escritos, varios artículos del Dictionnaire
Philosophique, en los que se refiere directa o indirectamente al tema.
Lo mismo ocurre en numerosos pasajes de las Lettres Anglaises o
Lettres Philosophiques, como también se las conoce. Estas fueron
escritas entre 1726 y 1730, durante el exilio de Voltaire en Inglaterra, y
reflejan su alta valoración de las instituciones y principalmente de los
hábitos sociales ingleses, tan contrapuestos en su espíritu libertario a los
existentes en esa época en Francia. Las Lettres fueron publicadas en
Francia en 1734, y su destino inmediato fue ser lanzadas a la hoguera a raíz
de un fallo del Parlamento del 10 de junio de ese mismo año. El fallo
condenaba el libro como "propio para inspirar el libertinaje más peligroso
para la religión y para el orden de la sociedad civil".
Irónicamente, el texto del fallo ilustra con dramática claridad acerca de la
interconexión existente entre la esfera religiosa y la política. Es cierto
que la apología volteriana de la tolerancia está principalmente dirigida al
ámbito religioso, pero la aplicación de sus argumentos exceden ese solo
campo e invaden otros espacios de la vida social donde también son válidos,
en la medida en que el poder intenta reprimir la expresión de ciertas
opiniones o creencias. Es por esta razón que las ideas volterianas, en sí
mismas a-políticas, tienen inevitablemente repercusiones políticas.
El caso de las
Lettres Anglaises es en este sentido significativo. La obra, presa de la
intolerancia política, no es un escrito político. Sus principales objetivos
eran divulgar la física de Newton y la filosofía de Locke. El libro recogía
la admiración de Voltaire por Inglaterra; pero, como acertadamente ha
comentado George Sabine, esta admiración "estaba motivada en menor grado por
su gobierno representativo que por la libertad de discusión y publicación
que permitía".
En el
Dictionnaire Philosophique Voltaire pone en boca de Milord Boldmind,
oficial general inglés, las siguientes palabras: "Los tiranos del
pensamiento son los que han causado gran parte de las desgracias del mundo.
En Inglaterra no fuimos felices hasta que cada uno de sus habitantes gozó
con libertad el derecho de expresar su opinión".
Esta libertad
aparecía como algo admirable ante los ojos de Voltaire, debido a lo poco
difundida que se hallaba en el mundo. Sin embargo era un buen indicio, que
permitía alentar el optimismo volteriano, del advenimiento de la
racionalidad entre los hombres. El cifraba en la razón la esperanza del
término de la larga historia de guerras, persecuciones y crímenes que han
dividido a los hombres, principalmente por motivos de creencias
indemostrables racionalmente. La razón, en cambio, escribe Voltaire,
"ilumina lenta, pero infaliblemente a los hombres". Y agrega: "La razón es
tan dulce, tan humana, inspira indulgencia, ahoga la discordia, fortalece la
virtud, hace amable la obediencia a las leyes, más todavía de lo que la
mantiene la fuerza".
Por cierto, la razón no hace que todos los hombres piensen de la
misma manera, salvo en aquellas cosas que la razón puede realmente
comprender y que son demostrables racionalmente, como es el caso, por
ejemplo, de la matemática. "Euclides persuadió fácilmente a todos los
hombres de las verdades de la geometría. ¿Por qué? Porque no hay ninguna que
no sea un corolario evidente de este pequeño axioma: dos y dos son cuatro.
No ocurre lo mismo con las verdades de la metafísica y de la teología".
Voltaire no tenía
reparos en confesar su incapacidad para comprender este último tipo de
verdades, pero no lo hacía a partir de una actitud de modestia intelectual
subjetiva, sino que creía que ningún hombre tenía la capacidad para
entenderlas. Este convencimiento es la raíz de su condena a las disputas
teológicas, en las que cada bando sólo puede sustentar su posición en dogmas
que en último término no puede entender. Por esta razón, él consideraba "el
colmo de la locura pretender que todos los hombres pensaran de la misma
manera respecto de la metafísica. Mucho más fácil sería subyugar el universo
entero por la fuerza de las armas, que a los espíritus de una sola ciudad".
Esta insensata
pretensión, sin embargo, es la que ha animado a los fanáticos de todos los
tiempos, quienes debido a su incapacidad de persuadir a otros de la supuesta
verdad de sus dogmas, no han vacilado, cuando han contado con el poder para
hacerlo, en recurrir a la fuerza del castigo, la tortura, la cárcel o la
hoguera.
El rechazo
volteriano del fanatismo y la intolerancia es, por cierto, aplicable a
cualquier manifestación de este tipo de actitudes. Desgraciadamente, donde
éstas han aparecido de manera más recurrente ha sido en la historia del
cristianismo, plagada de controversias teológicas que proporcionan
abundantes ejemplos de lo que Voltaire quisiera ver superado. Pero, a mi
entender, su objetivo principal no era atacar a la Iglesia ni menos aún a la
religión, sino más bien atacar los crímenes que en nombre de la religión se
han cometido. El se declaraba respetuoso de la religión, cuyas verdades no
pretendía comprender porque ellas sobrepasaban su capacidad de entendimiento
y la de todos los hombres. Por esta misma razón, no podía aceptar que
algunos hombres intentaran imponer a otros sus propias interpretaciones
acerca de la Revelación. "Cuanto más divina es la religión cristiana, menos
le corresponde al hombre imponerla; si Dios la ha hecho, Dios la sostendrá
sin vosotros". Más inaceptable aún le parecía a Voltaire pretender imponer
el dogma cristiano a través de medios coercitivos. "En fin, ¿querríais
sostener con verdugos la religión de un Dios a quien los verdugos hicieron
perecer y que sólo predicó la dulzura y la paciencia?"
"La intolerancia ha convertido la tierra en una carnicería" ,
escribe Voltaire. Y si bien este efecto es siempre repudiable, lo es mucho
más en el caso del cristianismo, religión que se sustenta en los principios
del amor y la caridad. Estos principios son incompatibles con los odios
persecutorios que han desplegado algunos de sus fieles.
Pero quiero
insistir en que la crítica volteriana a los inquisidores cristianos no
involucra un rechazo a la religión sino que está dirigida contra las
acciones persecutorias, intolerantes, fanáticas que han ejecutado ciertos
creyentes. Sus argumentos, si bien referidos al ámbito religioso, serían
enteramente aplicables contra las prácticas de intolerancia política que
hemos presenciado en muchos lugares a lo largo del siglo XX. Concuerdo con
el juicio de Sabine respecto del significado profundo del pensamiento de
Voltaire en el tema que nos ocupa. Dice Sabine: "Su ataque contra el
cristianismo perseguidor es probablemente la mayor contribución que se haya
hecho jamás a la libertad de palabra". Aunque realizado en forma indirecta,
éste es, en efecto, el mayor aporte de Voltaire a la filosofía política. Y
lo es más por el ardor y el convencimiento con los que despliega sus
argumentos que por la originalidad de los mismos. Por cierto, no fue él el
primero en ocuparse de este tema crucial para el desarrollo de la teoría
democrática moderna. Ya anteriormente lo había hecho, entre otros, "el
sabio" Locke, como acostumbraba Voltaire llamar al filósofo inglés a quien
tanto admiraba.
Ahora bien,
defender la libertad de palabra involucra tolerancia frente a opiniones
ajenas y renuncia a posiciones dogmáticas. A su vez, estas actitudes
constituyen las condiciones de posibilidad para el logro de la paz y la
felicidad. En palabras de Voltaire: "Cuanto menos dogmas, menos disputas,
menos desgracias". Nuestro autor asigna a la filosofía la misión de sacar a
los hombres de la ignorancia que los impulsa a refugiarse en los dogmas y
las supersticiones. En fin, escribe con ironía, "cuando la filosofía ha
empezado a ilustrar un poco a los hombres, se ha cesado de perseguir a los
brujos, y (éstos) han desaparecido de la tierra".
Pero Voltaire no
se forja demasiadas ilusiones acerca del poder del espíritu filosófico ni de
que éste se haya consolidado entre los hombres. En los capítulos finales del
Tratado de la Tolerancia advierte premonitoriamente: "No se diga que
no quedan huellas del horrible fanatismo, de la intolerancia; quedan todavía
en todas partes, incluso en los países que pasan por más humanos". Y más
adelante agrega: "Temamos siempre el exceso a donde conduce el fanatismo.
Déjese a ese monstruo en libertad, no se corten sus garras ni se arranquen
sus dientes, cállese la razón, tan a menudo perseguida, y se verán los
mismos horrores que en los pasados siglos: el germen subsiste; si no lo
ahogáis cubrirá la tierra":
Parece superfluo
comentar la pertinencia de los temores de Voltaire. Hasta el día de hoy
seguimos presenciando las atrocidades de la intolerancia partidista, sea
ésta política, religiosa o étnica.
A pesar de todo,
quizás lo más saludable sea mantener la esperanza que animaba a Voltaire al
definir el objetivo de su Tratado de la Tolerancia: "Este escrito
sobre la tolerancia es un informe que la humanidad presenta muy humildemente
al poder y a la prudencia. Siembro un grano que algún día producirá una
cosecha"
Licenciado en Filosofía y Magíster en Estudios Internacionales, Universidad
de Chile; M.A. en Ciencia Política, Georgetown University. Académico del
Instituto - Universidad Nacional de Lomas
de Zamora
Obras de Voltaire
Edipo, 1718
La Henriada, 1728
Historia de Carlos XII, 1730
Brutus, 1730
Zaire, 1732
El templo del gusto, 1733
Cartas inglesas o Cartas filosóficas, 1734
Adélaïde du Guesclin, 1734
Mundano, 1736
Epístola sobre Newton, 1736
Tratado de metafísica, 1736
El hijo pródigo, 1736
Ensayo sobre la naturaleza del fuego, 1738
Elementos de la filosofía de Newton, 1738
Zulima, 1740
El fanatismo o Mahoma, 1741
Mérope, 1743
Zadig o El destino, 1748
El mundo como va, 1748
Nanine o El prejuicio vencido, 1749
El siglo de Luis XIV, 1751
Micromegas, 1752
Poema sobre el desastre de Lisboa, 1756
Estudio sobre los hábitos y el espíritu de las naciones, 1756
Historia de los viajes de Scarmentado escrita por él mismo, 1756
Cándido o El optimismo, 1759
Historia de un buen bramán, 1761
Tancredo, 1760
La doncella de Orleans, 1762
Lo que gusta a las damas, 1764
Diccionario filosófico, 1764
Jeannot y Colin, 1764
Del horrible peligro de la lectura, 1765
Pequeña digresión, 1766
El filósofo ignorante, 1766
Tratado sobre la tolerancia, 1767
El ingenuo, 1767
La princesa de Babilonia, 1768
Las cartas de Memmius, 1771
Hay que tomar partido, 1772
El clamor de la sangre inocente, 1775
Del alma, 1776
Diálogos de Evémero, 1777
Voltaire / Anexo
01 / Anexo 02
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