Google

Avizora - Atajo Google


 

Avizora Atajo Publicaciones Noticias Biografías

Biografías
Voltaire (François-Marie Arouet). Anexo 01

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

ENLACES RECOMENDADOS:

- Textos de Voltaire
- Teoría del Conocimiento
- Jean-Jacques Rousseau
-
Filosofía de la Ilustración
- Tolerancia: La apología de Voltaire

 

Google

Avizora - Atajo Google

 


Voltaire

Voltaire / Anexo 01 / Anexo 02

.
Voltaire. (1694-1778)

251109 - Voltaire: Una mirada alfabética - Ramón Alcoberro

El "DICCIONARIO FILOSÓFICO" fue una de las obras de combate de Voltaire más reeditada. Al repensar ahora qué aportó François Marie Arouet (1694-1778) a la empresa de las Luces, puede ser útil aplicar al conjunto de su obra una mirada en orden alfabético. Tal vez resulte que hoy su herejía razonable se ha convertido en sentido común.

Artículo publicado en "La Vanguardia", Barcelona, 22 nov. 1994.

AMOR PROPIO: Tópico de la filosofía moral de los siglos XVII y XVIII. El amor propio era, en Pascal, la principal dificultad para llegar al amor de Dios. Rehabilitado por el duque de La Rochefoucauld, el amor propio resulta para Voltaire y para su íntimo Federico de Prusia, el único fundamento de la moral. Sin embargo, Voltaire avisa que: "el amor propio es como el instrumento de perpetuación de la especie: nos es necesario, nos es querido, nos da placer, pero hay que ocultarlo.

ATEÍSMO: Error de razonamiento que surge por una mala comprensión del principio de causalidad. Para Voltaire, la existencia de Dios -que se identifica con la Razón- es evidente por sí misma.

BIEN: Voltaire está mucho más fascinado por la superioridad del mal. Pero espera que algún día, tal vez, todo estará bien. Si no ¿para qué hacer filosofía?

CASO CALAS: Jean Calas, comerciante hugonote de Toulouse, hombre respetable y padre de cuatro hijos, fue condenado a muerte, acusado -en falso- del asesinato de su hijo Marc-Antoine, que apareció muerto en la tienda situada bajo la vivienda familiar el 13 de octubre de 1761. Resultaba tentador creer que Calas había asesinado a su hijo para evitar que se convirtiera al catolicismo. Su ejecución, previa tortura, fue un espectáculo brutal. Voltaire dedicó tres años a reivindicar su inocencia en la primera gran campaña de prensa del periodismo moderno, con libros como el "Tratado de la Tolerancia" y el "Aviso al Público". Callas fue rehabilitado póstumamente en marzo de 1765.

CATALUÑA: Voltaire admiraba profundamente el país de Pau Claris y el de la resistencia de 1714. En "El Siglo de Luís XIV" (capítulo XXIII) se lee: "Cataluña puede prescindir del universo entero y sus vecinos no pueden prescindir de ella". Y sin embargo, nadie le ha dedicado ni una calle en Barcelona.

COMERCIO: La única fuente de progreso conocida. Potenciarlo es el deber obvio de cualquier gobernante ilustrado.

COSMOPOLITISMO: El intelectual ilustrado es, por definición, ciudadano del mundo. Aunque ello no es óbice para que recuerde de vez en cuando donde ha nacido. Sin ir más lejos, el propio Voltaire se dedicó intensamente a espiar, a favor de Francia, a su amigo Federico de Prusia. Pero lo hizo muy mal y le descubrieron pronto.

CRISTIANISMO: Voltaire no fue anticristiano, sino anticlerical. La "Infame" religión lo es, precisamente, por haberse alejado del mensaje de Cristo. Dos siglos más tarde opinan lo mismo los mejores teólogos.

DEBER: El primer deber del hombre es ser feliz y el primer deber de la filosofía es ayudarle a serlo. Nadie tiene nunca el deber de ser injusto. Ni siquiera el Estado.

ENCICLOPEDIA: Voltaire, exiliado, se hace presente en ella a través de su discípulo d'Alembert y de colaboraciones puntuales. En 1759 conspira para que los enciclopedistas se exilien también, en un intento "desinteresado" de controlar la obra. Pero los enciclopedistas, celos literarios a parte, son siempre para él: "un grupo de hombres superiores ocupados en formar un depósito inmortal del ser humano".

ENTUSIASTA: Individuo peligroso que cree demasiado y, en consecuencia, abdica de la Razón. Son entusiastas los jesuitas y Rousseau. El mejor antídoto contra el entusiasta es la ironía.

FE: La única fe volteriana es la fe en la Razón y en el progreso. Sucede, sin embargo, que la fe volteriana no admite salvación y por ello resulta poco práctica cuando se pretende traspasarla a la política o a la teología. Por ello Voltaire pasa por descreído.

FELICIDAD: "Tener igual derecho a la felicidad es para nosotros la más perfecta y única igualdad" ("Discurso en verso sobre el Hombre"). La felicidad volteriana no es un estado de tranquilidad impasible, sino la momentánea e inestable recompensa de la acción. Los ingenuos no pueden ser felices.

GÉNERO HUMANO: A diferencia de Rousseau, Voltaire no era optimista sobre el particular, ni estaba dispuesto a creer en panaceas. Todos somos hombres, pero no miembros iguales de la sociedad. Contra el fácil optimismo no debiera olvidarse que el género humano tiene también una impresionante y absurda, pero obvia, fascinación por el mal.

HONOR: El único honor conocido viene del trabajo. Por sistema conviene desconfiar de quienes lo exhiben o lo proclaman como si existiese por sí mismo.

IDEAS: Provienen siempre de la experiencia. Las ideas innatas son una comedia y Descartes es un autor de buenas novelas filosóficas.

INGLATERRA: Simplemente, la patria de la Razón. Es decir; la patria de Locke. "¿Qué hay que pensar de la Razón humana? Que ha nacido en este siglo, en Inglaterra". El exilio de Voltaire en Londres, entre 1726 y 1729, fue decisivo para su formación intelectual. De su fascinación por lo británico nos han quedado las "Cartas filosóficas" y dos volúmenes de "Notebooks" escritos en inglés.

INTELECTUAL: Voltaire es el inventor de un modelo de intelectual comprometido que en la cultura francesa ha perdurado hasta Sartre y Foucault. En una carta a d'Alembert (26 de junio de 1766) resume lo que se espera de un intelectual: "Predica y escribe, lucha, convierte, haz que los fanáticos resulten tan odiosos y despreciables que el gobierno se avergüence de apoyarlos". En definitiva, el intelectual volteriano juega a trabajar sin red y a que lo devoren los leones.

JESUITAS: Voltaire estudió en los jesuitas y de ellos aprendió lo peor de su estilo: la retórica. Los detestaba pero le fascinaban. Sin embargo empezaron a caerle un poco menos antipáticos cuando Clemente XIV los disolvió. El cura de su mansión en Ferney era jesuita.

JUDÍOS: Corre por ahí un libro de doscientas cincuenta páginas de textos antisemitas de Voltaire: "nación vil, entregada a la superstición más absurda y a una codicia insaciable". "Sin embargo -matiza- no hay que quemarlos". Todas las luces tienen sombras.

LUCES: Proyecto a largo plazo de autonomía del género humano. A partir de la década de 1750, cuando se ve imposibilitado de regresar a París, Voltaire se consagra a la divulgación de las Luces con celo auténticamente clerical. Tiene, sin embargo, un matiz de dogmatismo que no se encuentra en Diderot, ni en Montesquieu. A las Luces de Voltaire les falta un poco de sensibilidad para la duda.

LUJO: "Lo superfluo/ cosa muy necesaria" es la medida del progreso. Nadie sabrá nunca si el primer hombre que usó zapatos cuando todos iban descalzos inventó el lujo o solucionó un problema práctico.

MUJERES: Como Diderot, Voltaire tiende a creer que la mujer es un hombre de sexo femenino. Pero cuando en vez de "mujeres" escribe "bello sexo" puede ponerse insoportable. Veinte años de casta convivencia con madame du Châtelet, hábitos de solterón y aventurillas diversas para escándalo de burgueses. Cualquier psicoanalista detecta en la ironía volteriana una falta de amor maternal.

PEDANTERÍA: Siempre fue para él un pecado de lesa literatura para el que no existe absolución posible. Y sin embargo, hoy su teatro suena a falso e insufrible. El mejor Voltaire es el que no quiso (o no pudo, o no supo) parecer sublime.

PROGRESO: Es irreversible e imparable. Además, a veces, confiaba en que el progreso material traería consigo progreso moral, es decir, tolerancia. Los críticos del proyecto ilustrado se han encarnizado con su santa ingenuidad.

ROUSSEAU: Para Voltaire, Rousseau es el peor traidor a las Luces "su filosofía es la de un mendigo que quisiera que los ricos fuesen robados por los pobres", escribió al margen de su ejemplar del "Discurso sobre el Origen de la Desigualdad".

SENTIDO COMÚN: Generalmente es un sinónimo de Razón o de Luces. Su peor adversario es el miedo.

TEOLOGÍA: Si Dios es la Razón, consecuentemente la filosofía debiera ser una especie de teología razonable. Para Voltaire, la teología cristiana es una parte de la filología y de la crítica histórica.

TOLERANCIA: Aunque el "Tratado sobre la Tolerancia" (1763) sea una de sus obras más tristemente actuales, no hay en Voltaire una teoría positiva de la tolerancia sino, más bien, una crítica de la intolerancia. La tolerancia, como respeto al otro, no soporta teorías sublimes. Es, simplemente, una actitud igualitaria, distante por igual del fanatismo y de la banalidad de las opiniones. Sirve para que la sociedad sea, si no bella, al menos soportable. No debería confundirse jamás con la indiferencia.

VERDAD: Al fin y al cabo ¿sabe alguien qué es la verdad?

Voltaire. (1694-1778)

Seudónimo de François-Marie Arouet, poeta, dramaturgo y filósofo francés, nacido en París, símbolo de la Ilustración. A los diez años ingresa en el colegio de los jesuitas de Louis-le-Grand, donde recibe una educación preferentemente literaria y en 1711 inicia los estudios de derecho, que no va a terminar nunca. Su interés está en mundo de las letras.

Acusado de haber escrito un poema difamatorio contra el Regente sufre el primero de sus destierros y ha de abandonar París. De regreso a París y tras exculparse, se le atribuyen nuevos escritos difamatorios y es enviado a La Bastilla en 1717. Durante los 11 meses que permanece allí, toma el nombre de «Voltaire», anagrama de «Arouet Le Jeune».

En 1718 se representa en la Comédie Française su tragedia en verso, Edipo, que logra un gran éxito. Asuntos de honor con un noble le llevan de nuevo a La Bastilla en 1726; de allí sale exiliado hacia Inglaterra, donde permanece tres años. El contacto con la cultura inglesa supone para Voltaire el descubrimiento de la ciencia newtoniana, de la filosofía empirista y de las instituciones políticas inglesas.

Sus éxitos literarios se sucedieron unos a otros: La Henriada (1727), poemas, Bruto, Zaira, tragedias, Historia de Carlos XII, ensayo histórico y una de sus obras más perdurables, Cartas filosóficas (1734). La aparición de esta obra supuso un escándalo público; las Cartas fueron quemadas públicamente y su autor, amenazado de arresto, tuvo que huir.

El refugio a que se acoge Voltaire es el castillo de la marquesa de Chatêlet, en Cirey, a quien se une sentimentalmente durante los dieciséis años siguientes. Durante esta época relativamente tranquila y fructífera -construyen en el castillo un laboratorio de física y química, comparten estudios de matemáticas e historia, se reúnen con científicos y personas de relieve- publica, aparte de diversas tragedias, Elementos de la filosofía de Newton (1737), Metafísica de Newton (1740), y es nombrado miembro de la Academia Francesa en 1746.

Tras la muerte de Mme. de Chatêlet, Voltaire, invitado por Federico de Prusia, parte para Berlín, donde es nombrado chambelán de la corte y goza de aposentos en los palacios reales. De esta época es la importante obra El siglo de Luis XIV (1751). Deja Prusia, tras una riña con su antiguo amigo y entonces competidor en la fama, Pierre-Louis Moreau de Maupertuis y se traslada a Francfort y luego a las inmediaciones de Ginebra (1754-1755). Aprovecha el desasosiego causado por el terremoto de Lisboa de 1755 para publicar Poema sobre el desastre de Lisboa, inicia sus colaboraciones con la Enciclopedia, y publica los siete volúmenes de Ensayos sobre la historia general y sobre las costumbres y el espíritu de las naciones (1756) e Historia del imperio de Rusia bajo Pedro el Grande (1759).

En 1758 compra una finca en Ferney, en la Lorena, y se instala allí definitivamente. En 1759 aparece Cándido, o el optimismo, poema en que prosigue la línea de crítica al optimismo leibniciano y de creencia en la providencia divina. Poco después, aprovechando el éxito logrado con sus esfuerzos por reivindicar la memoria de Calas, hugonote quemado bajo la acusación de ahorcar a uno de sus hijos convertido al catolicismo, publica Tratado sobre la tolerancia . Durante esta época discute repetidas veces con Rousseau, el cual le culpaba de la mala disposición que las autoridades religiosas de Ginebra le mostraban.

En estos años comienza su lucha constante contra la Iglesia católica, en la que personifica su odio a la religión, mientras se confiesa creyente en un Ser supremo y nunca ateo. Aparecen sucesivamente diversas obras de contenido filosófico: El diccionario filosófico de bolsillo (1764), Filosofía de la historia (1765), El filósofo ignorante y Comentario al libro sobre delitos y penas de Beccaria (ambos en 1766).

A pesar de todos sus éxitos filosóficos y literarios, a Voltaire le estaba prohibido todavía acercarse a París. Tras subir al trono Luis XVI, aprovechó la representación en la Comédie Française de su tragedia, Irene, para acudir a la capital. El éxito personal de Voltaire en París fue clamoroso. La Academia Francesa en pleno, reunida entonces en el Louvre, le rinde tributo de admiración y respeto y d´Alembert hace su elogio público.

Murió el 30 de mayo y fue sepultado en el monasterio benedictino de Scellières, cerca de Troyes. Posteriormente fue trasladado en triunfo al Panteón de Hombres Ilustres, en París.

La naturaleza

Contra el dogmatismo: pugna entre espiritualismo y materialismo
Por último habló Micromegas:
-Ya que tan perfectamente sabéis lo de fuera de vuestro planeta, sin duda mejor sabréis lo que hay dentro. Decidme, pues, ¿qué es vuestra alma y cómo se forman vuestras ideas?
Los filósofos hablaron todos a la par como antes, pero todos manifestaron distinto parecer.
Citó el más anciano a Aristóteles, otro pronunció el nombre de Descartes, éste el de Malebranche, aquél el de Leibniz y el de Locke otro.
El viejo peripatético dijo con gran convicción:

-El alma es una entelequia, una razón en virtud de la cual tiene el poder de ser lo que es; así lo dice expresamente Aristóteles, página 633 de la edición del Louvre (...), etc.
-No entiendo el griego -confesó el gigante.
-Ni yo tampoco -respondió el filósofo.
-Entonces ¿por qué citáis a ese Aristóteles en griego?
-Porque lo que uno no entiende, lo ha de citar en una lengua que no sabe.
Tomó entonces la palabra el cartesiano y dijo:
-El alma es un espíritu puro, que en el vientre de la madre recibe todas las ideas metafísicas y que, en cuanto sale de él, tiene que ir a la escuela para aprender de nuevo lo que tan bien sabía y que nunca volverá a saber.

El animal de ocho leguas opinó que importaba muy poco que el alma supiera mucho en el vientre de su madre si después lo ignora todo.
-Pero decidme, ¿qué entendéis por espíritu?
-¡Valiente pregunta! -contestó el otro-. No tengo idea de él. Dicen que es lo que no es materia.
-¿Y sabéis lo que es materia?
-Eso sí. Esa piedra, por ejemplo, es parda y de tal figura, tiene tres dimensiones y es pesada y divisible.
-Así es -asintió el siriano-; pero esa cosa que te parece divisible, pesada y parda, ¿me dirás qué es? Tú sabes de algunos de sus atributos, pero el sostén de esos atributos ¿lo conoces?

-No -dijo el otro.
-Luego no sabes qué cosa sea la materia.
Dirigiéndose entonces el señor Micromegas a otro sabio que encima de su dedo pulgar se posaba, le preguntó qué creía que era su alma y de qué se ocupaba él.
-No haga nada -respondió el filósofo malebranchista-; Dios es quien lo hace todo por mí; en Él lo veo todo, en Él lo hago todo y es Él quien todo lo dispone sin cooperación mía.
-Eso es igual que no existir -respondió el filósofo de Sirio-. Y tú, amigo -le dijo a un leibniziano que allí estaba-, ¿qué haces? ¿Qué es tu alma?

-Una aguja del reloj -dijo el leibniziano que señala las horas mientras suenan musicalmente en mi cuerpo, o bien, si os parece mejor, el alma las suena mientras el cuerpo las señala; o bien, mi alma es el espejo del universo y mi cuerpo el marco del espejo. La cosa no puede ser más clara.
Estábalos oyendo un sectario de Locke, y cuando le tocó hablar dijo:
-Yo no sé cómo pienso; lo que sé es que nunca he pensado como no sea por medio de mis sentidos. Que haya sustancias inmateriales e inteligentes, no lo pongo en duda; pero que no pueda Dios comunicar la inteligencia a la materia, eso no lo creo. Respeto al eterno poder, y sé que no me compete definirle; no afirmo nada y me inclino a creer que hay muchas más cosas posibles de lo que se piensa.

Sonrióse el animal de Sirio y le pareció que no era éste el menos cuerdo. Si no hubiera sido por la enorme desproporción de sus tamaños corpóreos, hubiese dado un abrazo el enano de Saturno al discípulo de Locke. Por desgracia, se encontraba también allí un bichejo tocado con un birrete, que, interrumpiendo el diálogo, manifestó que él estaba en posesión de la verdad, que no era otra que la expuesta en la Summa de Santo Tomás; y mirando de pies a cabeza a los dos viajeros celestes les dijo que sus personas, sus mundos, sus soles y sus estrellas, todo había sido creado para el hombre. Al oír los otros tal sandez, se echaron a reír estrepitosamente con aquella inextinguible risa que, según Homero, es atributo de los dioses.
Micromegas. Historia filosófica. En Cándido y otros cuentos. Traducción de Paulino Garagorri, Alianza, Madrid 1974, p. 37-39.

La tolerancia

La naturaleza dice a todos los hombres: Os he hecho nacer a todos débiles e ignorantes, para vegetar unos minutos sobre la tierra y abonarla con vuestros cadáveres. Puesto que sois débiles, socorreos mutuamente; puesto que sois ignorantes, ilustraos y ayudaos mutuamente. Aunque fueseis todos de la misma opinión, lo que seguramente jamás sucederá, aunque no hubiese más que un solo hombre de distinta opinión, deberíais perdonarle: porque soy yo la que le hace pensar como piensa. Os he dado brazos para cultivar la tierra y un pequeño resplandor de razón para guiaros; he puesto en vuestros corazones un germen de compasión para que os ayudéis los unos a los otros a soportar la vida. No ahoguéis ese germen, no lo corrompáis, sabed que es divino, y no sustituyáis la voz de la naturaleza por los miserables furores de escuela.

Soy yo sola la que os une a pesar vuestro por vuestras mutuas necesidades, incluso en medio de vuestras crueles guerras con tanta ligereza emprendidas, eterno teatro de los errores, de los azares y de las desgracias. Soy yo sola la que, en una nación, detiene las consecuencias funestas de la división interminable entre la nobleza y la magistratura, entre esos dos estamentos y el clero, incluso entre los burgueses y los campesinos. Ignoran todos los límites de sus derechos; pero todos escuchan a pesar suyo, a la larga, mi voz que habla a su corazón. Yo sola conservo la equidad en los tribunales, en donde todo sería entregado sin mí a la indecisión y al capricho, en medio de un montón confuso de leyes hechas a menudo al azar y para unas necesidades pasajeras, diferentes entre ellas de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, y casi siempre contradictorias entre sí en el mismo lugar. Yo sola puedo inspirar la justicia, mientras que las leyes solo inspiran los embrollos. El que me escucha juzga siempre bien; y el que sólo busca conciliar opiniones que se contradicen es el que se extravía.

Hay un edificio inmenso cuyos cimientos he puesto con mis manos: era sólido y sencillo, todos los hombres podían entrar en él con seguridad; han querido añadirle los ornamentos más extraños, más toscos, más inútiles; el edificio cae en ruinas por los cuatro costados; los hombres recogen las piedras y se las tiran a la cabeza; les grito: deteneos, apartad esos escombros funestos que son obra vuestra y habitad conmigo en paz en mi edificio inconmovible.
Tratado sobre la tolerancia, en Opúsculos satíricos y filosóficos. Traducción de R. de Dampierre, Alfaguara, Madrid 1978, p. 99-100.

(...) tenemos suficiente religión para odiar y perseguir y no la tenemos en cambio para amar y socorrer a los demás. (...) Hay gentes que pretenden que la humanidad, la indulgencia y la libertad de conciencia son cosas horribles, pero, honradamente, ¿hubieran sido capaces de producir semejantes calamidades?. (...) El furor que inspiran el espíritu dogmático y el abuso de la religión cristiana mal entendida han hecho derramar tanta sangre y producido tantos desastres (...)
(...) no hay ni que anunciar ni ejercer la intolerancia. (...) los más amplios límites a los que haya podido llegar la tolerancia no han dado lugar a la más ligera disensión. (...) La tolerancia no ha excitado nunca las contiendas civiles, mientras que la intolerancia ha provocado carnicerías. (...)
(...) El gran sistema para disminuir el número de los maníacos, si es que los hay, consiste en abandonar al dictado de la razón esta enfermedad del espíritu, ilustrando lenta, pero constantemente a los hombres. (...)
(...) Es derecho natural aquel que la naturaleza indica a todos los hombres. (...) El derecho humano sólo puede basarse en el derecho de la naturaleza, cuyo gran principio, su principio universal (...) es: “No hagas a los demás lo que no quieras que hagan contigo”. Siendo así, no es concebible cómo, siguiendo este principio, puede un hombre decirle a otro: “Cree en lo que yo creo, y tú no puedes creer, o perecerás”. (...) Por consiguiente, el derecho a la intolerancia es absurdo y bárbaro. (...)
(...) Los pueblos (...) han considerado sus respectivas religiones como lazos que los unían. Era como una asociación del género humano. Existía una especie de derecho de hospitalidad, tanto entre los dioses como entre los hombres. El extranjero que llegaba a una ciudad comenzaba por adorar los dioses locales; no se dejaba nunca de venerar incluso a los dioses del enemigo. (...) los pueblos civilizados de la antigüedad, ninguno ha obstruido la libertad de pensar. (...) Los atenienses dedicaron un altar a los dioses extranjeros, a los cuales no conocían. ¿Existe una prueba más palmaria, no sólo de la indulgencia hacia todas las naciones, sino incluso hacia el respeto por sus cultos? (...) Ninguna ciudad griega combatió jamás por opiniones. (...) No se encuentra entre los romanos (...) a un solo hombre perseguido por sus sentimientos (...) El gran principio del Senado y el pueblo romano rezaba: “Deorum offensa diis curae” (Corresponde sólo a los dioses cuidarse de las ofensas que se les hacen). (...) Después surgieron los mártires cristianos. Resulta difícil saber exactamente las razones por las que se condenó a estos mártires, pero me atrevo a pensar que, bajo los primeros césares, ninguno lo fue solamente por la religión. Todas eran toleradas y no podía pensarse en que se buscase y persiguiese a hombres oscuros porque profesaran un culto particular cuando se permitían todos los demás. (...) No se puede creer en la existencia de una inquisición contra los cristianos con los emperadores, (...) Jamás se molestó en este aspecto a judíos, sirios, egipcios, bardos, druidas o filósofos. Quiere decirse que fueron mártires aquellos que se rebelaron contra los falsos dioses. Resultaba prudente y piadoso no creer en eso. Pero en definitivas cuentas, si no contentos con adorar a un Dios en espíritu y verdad, estallaban violentamente contra el culto público, por muy absurdo que pueda parecer, habrá que admitir que eran ellos mismos los intolerantes. (...)
(...) !Somos nosotros los cristianos los que hemos sido perseguidores, verdugos, asesinos! Y ¿de quienes? De nuestros propios hermanos. Somos nosotros los que hemos destruido cien ciudades con el crucifijo o la Biblia en la mano. Los que no hemos parado de derramar sangre, y de encender hogueras desde el reinado de Constantino hasta el furor de los caníbales que habitaban las Cevenas, furor que, gracias al Cielo, no subsiste ya entre nosotros. (...) ¿Cuándo empezaremos a aplicar los verdaderos principios del humanismo? ¿Con qué fundamento podemos reprochar a los paganos, cuando nosotros hemos sido culpable de su misma crueldad en iguales circunstancias? (...) Todos esos falsos milagros con los que quebrantáis la fe debida a los verdaderos. Todas esas leyendas absurdas que añadís a las verdades del Evangelio apagan la religión en los corazones. Buen número de personas (...) dicen: “Los señores de mi religión me han engañado, luego no existe la religión. Mejor abandonarse en brazos de la naturaleza, que en los del error. Prefiero depender de la ley natural que de las invenciones de los hombres”. Otros, por desgracia, llegan más lejos; ven que la impostura les ha impuesto un freno y ya no quieren ni el freno de la verdad, lanzándose al ateísmo, convirtiéndose en depravados por la sola razón de que otros han sido bribones y crueles”.
Ahí están, sin duda, las consecuencias de todos los fraudes piadosos y de todas las supersticiones. De ordinario los hombres sólo razonan a medias. Mal argumento es decir: “Voragine, el autor de “La leyenda dorada”, y el jesuita Ribadeneyra, compilador del “Florilegio de Santos”, no han dicho más que estupideces; luego no hay Dios. Los católicos han degollado a un cierto número de hugonotes y viceversa; luego no hay Dios. Se han servido de la confesión, la comunión y todos los sacramentos para cometer los más horrorosos crímenes. luego no hay Dios. Mi conclusión sería “Luego existe un Dios, que después de esta vida perdurable en la que tan mal nos hemos conocido, y donde hemos cometido tantos crímenes en su nombre, se dignará consolarnos de tan tremendas desgracias; pues de considerar las guerras de religión, los cuarenta cismas de los Papas, casi todos sangrientos; las imposturas, casi todas funestas; los odios irreconciliables encendidos por las diferencias de opinión, de ver todo el mal causado por el falso celo, habría que concluir admitiendo que hace tiempo que los hombres hemos padecido el infierno en esta vida”. (...)
(...) la intolerancia no produce más que hipócritas o rebeldes. !Funesta alternativa! En definitiva, ¿querríais sostener por medio de los verdugos la religión de un Dios a quien los verdugos hicieron morir y que no ha predicado sino la templanza y la paciencia?. (...)
(...) la superstición se hace no solamente inútil, sino muy peligrosa. No se debe tratar de alimentar de bellotas a aquellos a quien Dios se digna alimentar con pan. La superstición es a la religión lo que la astrología a la astronomía. Estas dos hijas han sojuzgado a toda la tierra durante largo tiempo. (...) “Ensayo sobre la tolerancia”.

No es, por consiguiente, a los hombres a quien me dirijo, sino a Ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos, si le es permitido a pobres criaturas perdidas en la inmensidad e inadvertidas para el resto del universo osar pedirte algo, a Ti que nos has dado todo, a Ti el de los secretos eternos e inmutables. !Dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza! !Que esos errores no sean la causa de nuestras calamidades! Tú no nos has dado un corazón para odiar ni manos para estrangularnos. !Haz que nos ayudemos mutuamente a soportar la carga de una vida penosa y perecedera! !Que las pequeñas diferencias entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre nuestras lenguas insuficientes, entre nuestros ridículos usos, entre nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre nuestra condición tan desproporcionada a nuestros ojos y tan igual ante Ti. Que todos estos pequeños matices que distinguen a los átomos que llamamos hombres no sean dignos de odio y persecución! !Que los que encienden las velas al mediodía para celebrarte toleren a los que se contentan con la luz de tu sol! !Que los que cubren sus ropajes con una tela blanca para decir que es preciso amarse, no detesten a los que dicen lo mismo bajo un manto de lana negra! !Que sea igual adorarte en una jerga formada con una antigua lengua, que en una jerga más moderna! !Que aquéllos cuyo vestido va teñido en rojo o en violeta y que dominan en una pequeña parcela del pequeño montón de barro que es este mundo y que poseen algunos fragmentos redondeados de un cierto metal, disfruten sin orgullo de lo que llaman grandeza y riquezas, y que los demás les miren sin envidia, pues Tú sabes que en todas estas vanidades no hay nada que envidiar ni de qué enorgullecerse!.
!Será posible que se acuerden todos los hombres de que son hermanos! !Que tengan horror a la tiranía sobre las almas, igual que execran el bandidaje que les arrebata por la fuerza el fruto del trabajo y de la paciente industria! !Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en plena paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir igualmente en mil lenguas diversas desde Siam hasta California Tu bondad, que nos ha concedido este instante!. “Ensayo sobre la tolerancia” - Thales


Voltaire / Anexo 01 / Anexo 02

 


AVIZORA.COM
Política de Privacidad
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com