Getúlio señaló la farsa en que se transformara la vida
político-institucional, manipulada por los decrépitos derrotados en
1930, para poner en el poder, otra vez, a un resto de la oligarquía,
sin tener en cuenta al pueblo y a la Nación: “Tanto los viejos
partidos, como los nuevos, que son los viejos se transformaron bajo
nuevos rótulos, nada exprimían ideológicamente, manteniéndose a la
sombra de ambiciones personales o de predominios localistas, al
servicio de grupos empeñados en la repartija de los despojos y en las
combinaciones oportunistas en torno de objetivos subalternos. Ahí está
el problema de la sucesión presidencial, transformado en irrisoria
competición de grupos, obligados a operar por el soborno y por las
promesas demagógicas, ante el completo desinterés y total indiferencia
de las fuerzas vivas de la Nación. Jefes de gobiernos, capitaneando
desasosiegos y oportunismos, se transformaron, de un día para otro, a
contrapelo de la voluntad popular, en centros de decisión, cada cual
decretando una candidatura, como si la vida del país, en su
significación colectiva, fuera simplemente convencionalismo, destinado
a legitimar las ambiciones del caudillismo provinciano”.
Más que eso, Getúlio denuncia: “Los preparativos electorales
fueron substituidos, en algunos Estados, por los preparativos
militares, agravando los perjuicios que ya venía sufriendo la Nación.
El caudillismo regional, disimulado bajo apariencias de organización
partidaria regional, se armaba para imponer a la Nación sus
decisiones, constituyéndose, así, en amenaza ofensiva a la unidad
nacional”.
En esas condiciones, el propio voto, por haber sufrido fraude, pasaba
a ser un embuste antidemocrático: “El sufragio universal pasa, así, a
ser instrumento de los más audaces y máscara que mal disimula el sucio
acuerdo de los apetitos personales y de corrillos. Resulta de ahí, no
ser la economía nacional organizada la que influye o prepondera en las
decisiones gubernamentales, sino las fuerzas económicas de carácter
privado, insinuadas en el poder y sirviéndose de él, en perjuicio de
los legítimos intereses de la comunidad”.
Y, por fin, el golpismo abierto, ante la resistencia de la revolución:
“Todavía ayer, culminando en los propósitos demagógicos, uno de los
candidatos presidenciales mandaba leer, desde la tribuna de la Cámara
de los Diputados, documentos francamente sediciosos y hacían que los
distribuyesen en los cuarteles de las corporaciones militares, que, en
un movimiento de sana reacción a las incursiones facciosas, supieron
repeler tan alevosa exploración, discerniendo, con admirable claridad,
de qué lado estaban, en el momento, los legítimos reclamos de la
conciencia brasileña”.
SABOTEADORES
El candidato referido era Armando Salles de Oliveira, hijote de la
oligarquía cafetalera, que ya lo había colocado en el gobierno de São
Paulo. Ahora, continuando la contrarrevolución, lo quería en la
Presidencia de la República. Se trataba de impedir que la Revolución
del 30 avanzase y, más, acabar con sus conquistas –empezando por la
industrialización en curso, que era financiada, exactamente, por un
impuesto cambiario sobre las exportaciones de café; a ese impuesto,
los carcomidos llamaban “confisco”: para ellos, contribuir con el país
era ser “confiscado”. Que el país entero pagara sus perjuicios, como
ocurriera de 1906 la 1930, eso ellos lo creían muy justo. ¿Para qué
existía el país, sino para pagar los préstamos a los bancos ingleses
que ellos tomaban para cubrir los enormes agujeros en sus cuentas?
Así, primero recurrieron a la tentativa armada para derrumbar al
gobierno revolucionario. Después, recurrieron al sabotaje, a partir de
la Constituyente de 1934; ahora, recurrían al soborno, al fraude, a la
coacción del electorado y –en último caso– preparaban otra vez un
golpe contra el gobierno. Como toda clase decadente derrotada, el
desespero hacía que se recurriese a cualquier recurso, por más torpe
que fuera –incluso, luego en el principio del Estado Nuevo, a la
tentativa de asesinato de Getúlio, en trama con los nazistas
locales, los integralistas.
Sin embargo la revolución y su líder no permitirían que la reacción
triunfase e hiciese que el país volviera otra vez hacia aquel desierto
atrasado de hambrientos de antes de 1930. Era preciso avanzar,
realizar el programa de la revolución, cambiar el país
irreversiblemente. Pero, como dijo Getúlio en aquel día 10 de
noviembre de 1937, “en una atmósfera privada de espíritu público, como
esa en que hemos vivido, donde las instituciones se reducen a las
apariencias y a los formalismos, no era posible realizar reformas
radicales sin la preparación previa de los diversos factores de la
vida social”.
El Estado Nuevo garantizó esas reformas. La moratoria de la deuda
externa; la Consolidación de las Leyes del Trabajo; la Seguridad
Social; el impulso poderoso a la industrialización; la resolución del
problema del acero, con la fundación de la Compañía Siderúrgica
Nacional; la nacionalización del subsuelo y de sus riquezas; los
orígenes de la industria del petróleo; la Marcha hacia el Este, para
integrar el interior del país; las industrias de base – máquinas,
equipamientos y insumos; la remodelación de la Defensa Nacional; la
planificación de la economía; la protección al desarrollo de la
industria nacional; el aumento del ingreso del pueblo, con el aumento
exponencial del mercado interno; el salario-mínimo; el plan de la casa
propia para los operarios; la calificación del trabajador brasileño;
el combate al nazismo, dentro y fuera del país.
El Estado Nuevo fue, por lo tanto, la fase en que la revolución quebró
la contra-revolución y llevó a la práctica las medidas que cambiaron
Brasil. Las dos primeras fueran anunciadas por Getúlio en el
propio discurso del día 10 de noviembre: la primera fue la suspensión
de las transferencias de recursos a los bancos externos que sangraban
el país: “La situación impone, en el momento, la suspensión del pago
de interés y amortizaciones, hasta que sea posible reajustar los
compromisos, sin desangrar y empobrecer nuestro organismo económico.
No podemos por más tiempo continuar solventando deudas antiguas por
medio del proceso ruinoso de contraer otras más voluminosas, lo que
nos llevaría, en poco tiempo, a la dura contingencia de adoptar una
solución más radical. Nuestras disponibilidades en el exterior,
absorbidas en su totalidad por el servicio de la deuda y, como si
todavía no bastasen las exigencias, generan, como resultado, que no
reste nada para la renovación de del impulso al aparato económico, del
cual depende todo el progreso nacional”.
La segunda medida fue poner fin a los privilegios de los caficultores,
esto es, a la oligarquía cafetalera, privilegios que desangraban el
Tesoro y constituían, tal como la otra sangría, la externa, un freno
para que el Estado pudiese actuar en defensa de la colectividad.
El Estado Nuevo fue, por lo tanto, el período más revolucionario de la
revolución que transformó Brasil, o sea, fue el período más
revolucionario de la Historia del país. Naturalmente, es inevitable
que los períodos más intensamente revolucionarios no agraden a los
reaccionarios; y que, por lo tanto, ellos los llamen de “dictadura” y
otros nombres que sólo revelan que consideran un absurdo que su
pillaje sobre el pueblo haya acabado, que consideran absurdo que el
pueblo haya sido beneficiado con los recursos que son de propiedad del
propio pueblo, esto es, los del Estado, que esos cadáveres sociales
consideraban una capitanía hereditaria de ellos. Y que estos sectores
reaccionarios consideraban que acabar con su propia dictadura era la
cosa más dictatorial que podía existir. Sin embargo, como dijo
Getúlio, “era necesario y urgente optar por la continuación de ese
estado de cosas o por el progreso de Brasil”.
DEMOCRACIA
Exactamente por eso –porque fue en él que la tiranía sobre el pueblo
fue completamente derrotada– el Estado Nuevo fue, también, el período
más democrático de la Historia de Brasil. Quien se quejó de la
supuesta dictadura fueron los reaccionarios, el yugo antidemocrático,
oligárquico, los que quedaron desde el gobierno de Prudente de Moraes,
quienes habían establecido un régimen antipopular cuyo voto, a punta
de pluma, era un insulto, cuyos corrales electorales y elecciones
llenas de fraudes eran afrentosamente legendarias, donde después de
electo un diputado sólo tomaba posesión si fuera aprobado por una
“comisión de verificación”, que se deshacía de cualquier progresista
que hubiese escapado del asesinato electoral por el fraude. El
aplastamiento de los enemigos del pueblo fue la gran tarea política
del Estado Nuevo. De ahí la intensa participación popular que acompañó
todo el Estado Nuevo.
Evidentemente, la esencia de la democracia no es la apariencia formal.
Si así fuera, Stroesner, que fue “reelecto” infinitas veces, sería un
demócrata y el Paraguay de su época, una democracia ejemplar. Lo que
interesa es el poder que efectivamente el pueblo tiene. El Estado
Nuevo no tuvo tiempo de establecer instituciones que formalizaran la
democracia que instituyó. Eso, como en otras revoluciones, solamente
fue hecho en un período posterior, en 1945/1946. Y fue Getúlio,
una vez más, quien convocó las elecciones presidenciales y para la
Constituyente.
Es interesante que, en la tentativa de denigrar el Estado Nuevo, los
más rabiosos anticomunistas afectasen una pose de defensores de los
comunistas contra Getúlio. Incluso fue forjada historia de que
el “pretexto” para el Estado Nuevo habría sido un cierto Plan Cohen,
un falso plan de acción comunista, forjado por el gobierno. No es
verdad. Jamás Getúlio levantó cualquier “Plan Cohen” como razón
para el Estado Nuevo. Las razones, él las declaró claramente: derrotar
la oligarquía, que intentaba la restauración del antiguo régimen, para
cambiar el país. En cuanto el “Plan Cohen”, era una invención sin
importancia de un integralista, que al igual que el 1º de abril de
1964 estuvo al frente del golpe urdido por los enemigos de Getúlio.
El conflicto de los comunistas con Getúlio fue antes del Estado
Nuevo. Segundo, ya en 1942, esto es, todavía en pleno Estado Nuevo, en
las manifestaciones por la entrada de Brasil en la II Guerra, y
después, en la propia guerra, los comunistas y la revolución de 30
estarían juntos contra el nazismo. Tercero, es evidente que los
comunistas, en 1935, atacaron el enemigo errado – y ese error es de su
entera responsabilidad, y no de Getúlio. Intentaron,
equivocadamente, derrumbar un gobierno revolucionario, objetivamente
colaborando con la oligarquía, lo que demuestra que el movimiento
comunista, el marxismo, estaba en su niñez en Brasil, con todos los
graves problemas de la inmadurez que no se reconoce como inmadura. Así
se hace la Historia, que camina a través de los aciertos, pero también
de los errores de los hombres. Para honra de los comunistas, antes que
terminase el Estado Nuevo, en 1943, en la Conferencia de la
Mantiqueira, ellos supieron reconocer quiénes eran los verdaderos
enemigos del pueblo, y quiénes eran los amigos, a empezar por
Getúlio, a quien Prestes tácitamente se alió contra el golpe
pro-yanqui de 1945.
INDEPENDENCIA
De la misma manera estúpida y sinvergüenza, oligarcas y otros
bajuladores del imperialismo pretendieron que Getúlio, al
romper con la dependencia a Inglaterra, estaba planeando entrar en la
órbita de la Alemania, esto es, del nazismo. Se trata de una idiotez
típica de quien sólo consigue ver a sí mismo –y al Brasil– como
dependiente y subordinado a alguna potencia o matriz imperialista
externa. Tanto eso es verdad, que, como muestra su diario, publicado
décadas después de su muerte, Getúlio se espantó que en su
discurso de junio de 1940, que denunciaba el imperialismo
norteamericano, alguien encontrase cualquier cosa de inclinación para
el nazismo. Él luchaba por un país independiente y tenía una mente
independiente. Quien no conseguía ver el país independiente –y, por lo
tanto, veía en la denuncia de un imperialismo, inclinación por otro
imperialismo– eran los oligarcas y paniaguados. Getúlio, al
contrario, prohibió el Partido Nazista ya antes de la guerra y
reprimió a sus siervos internos, los integralistas –con apoyo
explícito de los comunistas, que, presos, tomaron la iniciativa de
solidarizarse con él, reconociéndole como jefe de la Nación brasileña.
Brasil jamás fue el mismo después del Estado Nuevo. Hoy, la mayoría de
los que nacieron después ni siquiera imaginan como era de diferente
antes. Éramos, como dijo Getúlio en el discurso de São Lourenço,
un país que vivía de exportar postres. Un país de pueblo miserable y
desempleado. Pasamos a ser un país industrial, con una classe operaria
numerosa, con un empresariado emprendedor. En fin, con el Estado
Nuevo, nos hicimos Brasil.