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Virginia Woolf |
Adeline
Virginia Woolf nació en Londres el 25 de enero de 1882. Se suicidó en
Lewes, Sussex, el 28 de marzo de 1941. Fue novelista, ensayista,
escritora de cartas, editora, feminista y escritora de cuentos
británica, considerada como una de las más destacadas figuras del
modernismo literario del siglo XX.
El primer volumen de la biografía de
Quentin Bell sobre Virginia Woolf
(I) nos lleva hasta
la primavera de 1911 cuando, a la edad de treinta años, consintió en
casarse con Leonard Woolf.
Virginia, tercer hijo del segundo
matrimonio de Leslie Stephen, llegó a creer que las corrientes rivales
de las tradiciones materna y paterna "se mezclaban y fluían en confusión
pero no armonizaban en su sangre". De su madre heredó la sensibilidad y
gusto artístico, de su padre la fuerza intelectual y una consciencia
neurótica. Fue educada en casa y la influencia paterna resultó
especialmente poderosa.
La carrera de Leslie Stephen fue un
epítome del intelectualismo victoriano. Educado en la fe de la Iglesia
de Inglaterra, acudió a Cambridge y recibió las órdenes sagradas.
Después, vuelto al escepticismo, lo dejó por Londres y una carrera
literaria. Fundador del Dictionary of Nacional Biography y autor
de obras críticas y filosóficas, creció su fama como hábil expositor del
agnosticismo que invadió el pensamiento victoriano tras el Origin of
Species de Darwin. Menos inflexible que Thornas Huxley, menos frío
que Herbert Spencer, compartió con muchos de los brillantes estudiosos
que fueron sus amigos un núcleo de poesía encerrado en la dura concha de
la pedantería.
Porque estos dons, (*)
jueces y directores de escuela, todos fervientes racionalistas, que se
movieron tan magistralmente dentro de sus atrios catedralicios,
claustros de antiguos colleges o las recoletas plazas de
Kengsinton, abrigaban, tras su apariencia segura, temores acerca de la
estabilidad del mundo, así como de la existencia del venidero. Fueron
cada vez más los que hallaron la felicidad en la periferia de sus vidas,
en lugares remotos donde los ferrocarriles no podían llevarlos
convenientemente, como la costa de Cornwall o las montañas de Suiza,
donde podían volver a sentir el misterio de la vida que en su patria,
tras una mesa, habían explicado con tanta lógica.
Leslie Stephen ya estaba en la
cincuentena cuando, de resultas de un fallo en sus métodos
anticonceptivos, nació Virginia. Los días de sus hazañas atléticas sobre
el río, o las luchas con las cumbres inmensas entre guías suizos, ya
eran algo del pasado, aunque las reliquias de sus logros -el trofeo
polvoriento sobre la chimenea, los mohosos bastones montañeros apoyados
en la librería- estorbaban en su oscura casa de Hyde Park Gate. Sin
embargo, aún era capaz en vacaciones, de hacer marchas de treinta
millas. En verano la familia iba con frecuencia a Talland House, en St.
Ives, "en la misma punta del pie de Inglaterra", y aquí Virginia pasó
sus mejores momentos. Sus veraneos infantiles le dejaron recuerdos
marinos que rondarían sus novelas -sobre todo Jacob's Room, To The
lighthouse y The Waves- en imágenes, ritmos y colores, los
azules y verdes, que brillan en toda su obra y la otorgan un fulgor
traslúcido.
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Por el contrario, Londres era un lugar
tenebroso. Si el mar simbolizaba la poesía de la vida, Hyde Park Gate
llegó a representar la amenaza de la muerte, la locura y el desastre. La
educación de Virginia, aunque segura en lo externo, se vio mezclada con
una serie de acontecimientos traumáticos.
Desde muy temprana edad su hermanastra Laura había dado muestras de
desconcertantes síntomas de inestabilidad mental ; luego su primo J .K.
Stephen, de resultas de un accidente, comenzó también a enloquecer,
acosando violentamente a la hermanastra de Virginia, Stella Duckworth.
Desde 1888 , cuando decayó súbitamente, la salud de Leslie Stephen no
había sido buena. Julia, su esposa, le cuidó con devoción hasta que,
consumida, murió repentinamente en 1895. "Su muerte", declaró
Virginia, "fue el mayor desastre que podía ocurrir".
El período que transcurrió entre la
muerte de su madre y la de su padre, nueve años después, estuvo
lleno
de oscuridad. Talland House fue vendida y Virginia sufrió el primero
de una serie de derrumbamientos nerviosos que de forma tan dramática
iban a jalonar su vida. Cuando en 1897 en su primer año de
matrimonio, murió Stella Duckworth, el anciano se asió cada vez más
a sus dos hijas Vanessa y Virginia. Adorable con sus amigos, fue
cruel con su familia, a la que infligió un cruel chantaje emocional.
Los Stephen estaban entregados a la catástrofe. Como todas las
tragedias que se encontraban, su enfermedad estuvo acompañada por un
coro de lamentos femeninos que engrandecieron y enriquecieron
fúnebremente sus últimos meses de agonía.
Para Virginia esta época se hizo aún
más horrorosa a causa de las groseras asechanzas de su hermanastro
George Duckworth. "Todavía tiemblo de vergüenza ", escribió
muchos años después, "ante el recuerdo de mi hermanastro,
poniéndome en una repisa, a los seis años o así, y explorando mis
partes íntimas". Por aquél entonces, mientras su padre moría de
cáncer tres o cuatro pisos más abajo, George habría de arrojarse
sobre la cama de Virginia, besándola y abrazándola con objeto,
explicaría más tarde, de confortarla. El resultado, escribe Quentin
Bell, fue que "en materia sexual se retrajo, aterrorizada, a una
postura de pánico helado y defensivo". Tuvo la sensación de que su
vida había quedado estropeada antes de haber siquiera comenzado.
La muerte de su padre en 1904 fue seguida por otro de los derrumbes
de Virginia: los pájaros cantaban agudamente en griego mientras el
rey Eduardo VII, entre las azaleas, blasfemaba con las palabras más
viles. Lo absurdo llegó a extremos de pesadilla, e intentó
suicidarse arrojándose desde una ventana. Pero la muerte de Leslie
Stephen --como en una situación similar de The Years- había
dado la libertad a sus hijos. Al irse a Bloomsbury se liberaron de
la amarga influencia de sus parientes y comenzaron una nueva vida al
conectar con los amigos de Cambridge de su hermano Thoby: Clive Bell,
Lytton Strachey, Leonard Woolf y otros que constituyen el núcleo del
Grupo de Bloomsbury.
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La crónica del desastre, sin embargo, todavía no había llegado a su
fin. Después de un viaje a Grecia, Thoby murió de tifoideas.
Consecuencia en parte de esto fue que Vanessa Stephen consintió en
casarse con Clive Bell. Virginia estaba mitad complacida, mitad
acongojada, pero cuando Vanessa
tuvo un hijo se mostró abiertamente celosa, y para herir a su
hermana se dedicó a un coqueteo largo y sin sentido con Clive Bell.
En la imaginación de Virginia los
hombres no jugaban papel alguno como amantes. Era de mujeres de
quien tendía a enamorarse: Madge Vaughan, Violet Dickinson y hasta
su hermana Vanessa. El amor que sentía por ellas era parecido al de
una hija hacia su madre, Cuando Hilton Young le propuso matrimonio,
para ella no era más que un juego, nada real. Pero cuando se lo
propuso Lytton Strachey aceptó enseguida porque, dado que se trataba
de un homosexual, podría gozar de un matrimonio fraterno a su lado,
sin la horrible amenaza del sexo.
Quería casarse. Quedarse soltera
sería un "fallo" a los ojos del mundo, y Virginia lo sabía de sobra.
La experiencia de Strachey no llegó a nada, pero en 1912, tras
algunas dudas, aceptó una propuesta de Leonard Woolf, "Las
ventajas evidentes del matrimonio me suponen un obstáculo... No
siento atracción física hacia usted", le aseguró, "y sin
embargo el hecho de que se preocupe por mí como lo hace casi me
abruma.. Es tan real, y tan extraño".
Los acontecimientos de esta primera
parte de su vida explican por qué se apartó de la realidad,
refugiándose en la fantasía, y cómo esta fantasía, que trató de
sustituir por la realidad, se convirtió en su estímulo creador; pero
a la vista de las épocas peligrosas que habrían de venir al término
de sus novelas, parece que lo que realmente temía era ser absorbida
de nuevo por el mundo real.
Ciertos biógrafos son como actores,
que casi asumen la identidad de su sujeto, Quentin Bell no es de
esta escuela. Escribe como desde la posición de un amigo cercano y
sensible, impresión reforzada por el hecho curioso de que utilice en
todo este libro la primera persona del singular, Nos aproximamos a
Virginia Stephen, pero no se nos alcanza lo que se debe sentir
siendo ella. El método de Quentin Bell ha consistido en asimilar una
gran cantidad de, información y producir una narración
admirablemente lúcida y sucinta, a la que sirven de ligazón sus
conclusiones acerca de esta información. Su capacidad de resumen es
excelente, e implacable su precisión.
No tiene gran fuerza dramática como
biógrafo, y pasa muy rápidamente por encima de algunas escenas de
extraordinario dramatismo, como la muerte de Leslie Stephen. Tampoco
se ha "aventurado" por la crítica literaria o la especulación
psicológica. Su propósito, escribe, ha sido "puramente histórico", y
al reunir una relación absolutamente auténtica de la vida de
Virginia Stephen ha logrado este propósito con pleno éxito.
"Tengo una confesión que hacerte.
Voy a casarme con Leonard Woolf. Es un judío sin una perra",
anunció a bocajarro Virginia Stephen a su amiga Violet Dickinson.
Dos meses más tarde, el 10 de agosto de 1912 , se casaron en el
Registro de St. Pancras, tras un compromiso que, en palabras de su
hermana Vanessa, "fue algo agotador y confuso hasta para los simples
espectadores". Para Virginia, nos cuenta Quentin Bell al comienzo
del segundo volumen de su biografía, (2) éste
"parecía un magnífico modo de casarse" con el extraño salvaje, su
marido. Durante la ceremonia estalló una tormenta con gran aparato
de rayos, y el encargado del Registro, que era medio ciego, privado
temporalmente de la mayoría de sus facultades, comenzó a confundir
los nombres, ante lo cual Vanessa terció preguntando cómo podía
hacer para cambiar el nombre de Quentin, su hijo menor. A pesar de
esta confusión Virginia y Leonard acabaron por salir a la lluvia
oficialmente casados.
Islandia era el lugar en que habían
planeado pasar la luna de miel, pero terminaron por tomar la
dirección, más ortodoxa, del Mediterráneo. Fue una época de pruebas.
El calor era malsano, el alimento, infame, y Virginia, que estaba
leyendo a Charlotte M. Yonge, encontró imposible responder
físicamente a Leonard. Aunque seguía esperando con alegría tener
hijos, también confesó a Ka Cox que "Podría ser todavía la
señorita Stephen". Parecía existir alguna insondable inhibición
que hacía que para ella el deseo masculino fuera, si no terrorífico,
bastante incomprensible. El acto físico de cohabitación no era ni
divertido: simplemente frío. Leonard, que debía haber abrigado la
esperanza de derretir el hielo de su frigidez, aceptó los hechos a
regañadientes y pronto adecuó las palabras a la realidad
persuadiéndola de que no deberían tener hijos. Fue una decisión
sensata porque, aunque Virginia nunca podría contemplar la
fecundidad de su hermana sin envidia, los niños, con todas sus
humedades y ruidos, matarían de raíz las novelas que tenía en su
interior, y lo que más la importaba era escribir novelas.
Tras cinco años de matrimonio, como
indiscretamente revela Quentin Bell, Leonard, "cuya apasionada
naturaleza nunca fue puesta en duda", tomó una amante. Su nombre era
Hogarth Press y, a pesar de algunas extrañas experiencias
desviacionistas al modo de Bloomsbury , accedería a no compartirla
con ningún hombre. Para Virginia la editorial fue terapéutica, al
menos durante algún cierto tiempo: dejaría de ser una novelista y se
dedicaría a las labores de componer y hacer paquetes. Necesitaba
huir. Desde finales de 1912 había venido padeciendo ansiedad aguda,
depresión, unos dolores de cabeza que la minaban y noches de
insomnio en las que el sentimiento de su propia futilidad, como una
mala hierba, alcanzaba proporciones horribles. La torturada
intensidad con la que había escrito su primera novela, The Voyage
Out, seguida por una ducha desilusionante de frías pruebas, la
estaba destrozando. Llevaba consigo una fatiga extrema, imposible de
superar. En septiembre de 1913, superada por la culpa y la
infelicidad, intentó matarse, y casi lo logró.
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Virginia Woolf |
Su recuperación fue lenta, de una
lentitud exasperante y llena de intermitencias. Se vio atravesando
fases de verborrea, con etapas de letargo, brotes de una monstruosa
aversión física contra sí misma, y una violenta animadversión hacia
Leonard. ."No verá a Leonard por nada del mundo", relató Jean
Thomas, "y la ha cogido con todos los hombres. Dice de todos las
cosas más maliciosas y cortantes que se le ocurren, y son tan
inteligentes que siempre hacen daño" .
La mejora gradual de su estado estuvo
acompañada por las buenas críticas que recibió su novela, que
funcionaron como certificados de salud. Aún así, hasta otoño de 1915
no pudo reanudar una vida normal. Los dos años perdidos, que
transcurrieron sobre todo en el terreno de sus propias decepciones,
oscurecieron el resto de su carrera y afectaron a su matrimonio.
Leonard, que había estado sometido a una tensión considerable, se
volvió hacia la política y la jardinería como un refugio parcial
dentro de áreas de la realidad menos crudas. Como Virginia podía
caer fácilmente en la locura, y cada ataque amenazaba tener una
recuperación más difícil, tenía que observarla atentamente, y llegar
a conocer su enfermedad con la auténtica intimidad de los enemigos.
La alabanza y el aliento eran para Virginia oxígeno e hidrógeno, y
se los suministraba continuamente en dosis calculadas, alejando de
un soplo el dolor irracional y el sentimiento de fracaso que
amenazaban consumirle la vida. Para los que venían de fuera, su
apariencia era la de un dragón familiar, papel que de algún modo se
adaptaba bien a su temperamento. Tenía que asegurarse de que
Virginia llevaba una existencia tan vegetativa como fuera posible,
sostenida con una buena alimentación y acolchada con descanso. Debía
evitar recibir demasiadas visitas, y todo aquello que pudiera
fatigarla física o mentalmente. Además, había nacido escritora. Para
ella vivir, respirar, significaba escribir, con todas las terribles
agitaciones y agonías que nadie que no escriba puede comprender. "Nada
es real si no lo escribo", admitió en cierta ocasión. y de esta
forma, Leonard consiguió un entrenamiento perfecto en el arte de
detectar el más pequeño síntoma preludio de un ataque, y de poner
rápidamente los medios para evitarlo. A lo largo de los años
mientras Virginia daba a luz una serie única de novelas, ensayos y
narraciones cortas, actuó como su cuasi-esposa, asegurándose de que
tras el nacimiento de cada libro ella podría recuperarse y afrontar
la prueba de escribir otro.
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Sin embargo, siempre estuvo presente
la amenaza de la locura. "Veo claramente que me estoy volviendo
loca de nuevo", le escribió la mañana del
viernes, 28 de marzo de 1941."Siento que no puedo volver a
atravesar otra de esas épocas horribles y esta vez no me recuperaré.
Empiezo a oír voces, y no me puedo concentrar. De modo que hago lo
que me parece mejor... ". Atravesó las praderas hasta el río,
metió en su bolsillo una gran piedra y se sumergió. Su última frase,
recuerdo de las palabras moribundas de Hazlitt, son un tributo a su
indomable coraje y a la constante devoción que Leonard le mostró: "No
creo que dos personas puedan haber sido más felices de lo que
nosotros lo hemos sido".
Virginia Woolf es un personaje particularmente difícil para una
biografía, aunque no sea más que, como observó su hermana, porque
"vive en su propio mundo". Parecía aislada de la política, de lo que
otros ( especialmente en los años treinta) tendían a considerar como
el mundo "real". "No son las catástrofes, los asesinatos, las
muertes y enfermedades lo que nos envejece y acaba por matarnos",
escribió en Jacob's Room, su novela más política, "es la
forma de mirar y reír que tiene la gente, su modo de subir al
omnibús". Aunque tuvo gestos que denotaban una consciencia de lo
social, no creía que los escritores tuvieran el poder de cambiar el
mundo, de abolir el sistema británico de clases. " Al novelista en
ascenso nunca se le insiste para que vaya a tomar ginebra y
caracoles con el fontanero y su mujer", señaló. " Sus libros nunca
le ponen en contacto con los que comen carne de gato, ni le llevan a
iniciar una correspondencia con la vieja que vende cerillas y
cordones en la puerta del British Museum ". Esta actitud irritó a
algunos intelectuales de izquierda, que la consideraron estéril
desde el punto de vista político. Por su parte, ella nunca creyó que
se debiera juzgar a las novelas con criterios sociológicos, o que
los escritores fueran alguna casta de políticos potenciales. Como
pocos miembros de la clase trabajadora leen literatura y, en
cualquier caso, de acuerdo con Croce, todo cambio histórico va de
arriba a abajo, los libros tendrían que ser evaluados por sus
repercusiones gubernamentales, y los autores seguramente deberían
ser considerados como los miembros más ineficaces de la comunidad.
Ella no lo creía así, porque, cualquiera que sea la salida social,
el problema moral del novelista es una cuestión privada: escribir lo
que hace mejor .
Lo que Virginia Woolf hizo mejor fue
algo único y bastante alejado de la política. "La vida es un halo
luminoso", escribió, "una envoltura semitransparente que nos
rodea desde el comienzo al final de la consciencia". A veces
daba la impresión de no haber hecho más que medio-nacer al mundo
real, el mundo agitado por los titulares de prensa y lleno de idas y
venidas; como si su espíritu fantasmal nunca hubiera poseído por
completo al cuerpo. La indagadora e inocente curiosidad que sintió
acerca de su vida, aunque a menudo apasionada, se manifestó
extrañamente exangüe. En vez de la implicación directa, que le fue
negada, planteó una serie de preguntas improbables. ¿Qué es lo que
se siente cuando se es rey?, ¿y cobrador de autobús? , ¿y los
hombres y mujeres que caminan unidos por una estación, seguros y
felices ? Especulaba indefinidamente sobre lo desconocido, y para
ella lo desconocido era con frecuencia lo habitual.
Sus novelas son extensiones, con una
intrincada cartografía, de su método de auto examen. Entre los
períodos de importancia fluye el momento significativo, y éste es el
que captura y sostiene para que lo veamos. Como un murciélago, que
confía sólo en las ondas sonoras para conocer la geografía de su
entorno, y reúne una visión de la vida plena de fuegos fatuos y
fragmentos: una sombra, una silueta, una ramita, la señal sobre un
muro. Lo que día a día fluye demasiado rápido para nosotros, lo que
sólo se imprime sobre nuestra mente subconsciente, este fue su
material habitual como novelista. Sus mejores libros, en virtud de
su estilo perfecto, mantienen en equilibrio razón y locura,
realidad, desilusión, lo concreto y el sueño. Pero es el sueño el
que le otorga su peculiar cualidad flotante. Hay inmersiones en las
profundidades neurasténicas de su naturaleza, que, como la de
Coleridge, fue subterránea. Como ordinario animal terrestre estaba
mal adaptada, a veces hasta el absurdo, pero como criatura abisal,
cuyos hábitos y modos no se podrían comprender adecuadamente en la
nítida y brillante superficie de las cosas, entró en su reino
natural. Repartidas por sus obras hay muchas viñetas exquisitas que
transmiten su sensibilidad con una cualidad radiante, lírica y muda,
que parece tremolar desde los rayos refractados del sol que
juguetean lejos de las verdes ondas, hasta el lecho silente del
océano.
NOTAS
(1) Virginia Woolf:
A Biography. Volume One, Virginia Stephen, 1882-1912, por Quentin
Bell.
(*) Dons: miembros del personal docente de una
universidad o college, especialmente en Oxford y Cambridge. (Nota
del Traductor).
(2) Virginia Woolf: A Biography. Volume Two, Mrs.
Woolf, 1912-41, por Quentin Bell.
CARTA DE VIRGINIA WOOLF A SU ESPOSO
Virginia
Woolf a Leonard Woolf
(Carta escrita por Virginia Woolf a su marido Leonard, momentos antes de
ahogarse intencionadamente en el río Ouse)
28 de Marzo de 1941
Querido,
estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar
otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión.
He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy
haciendo lo que me parece mejor. Tu me has dado la mayor felicidad
posible. Has sido en todo momento todo lo que uno puede ser. No creo que
dos personas hayan sido más felices hasta el momento en que sobrevino
esta terrible enfermedad. No puedo luchar por más tiempo. Sé que estoy
destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Te
das cuenta, ni siquiera puedo escribir
esto
correctamente. No puedo leer. Cuanto te quiero decir es que te debo toda
la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e
increíblemente bueno. Quiero decirte... todo el mundo lo sabe. Si
alguien podía salvarme, hubieras sido tu. No queda nada en mí salvo la
certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más
tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que
nosotros hemos sido.
Curiosidades
• Se dice
que al principio de su carrera literaria, Woolf tenía un sentimiento de
superioridad profundamente arraigado, y en ocasiones, en compañía de sus
amigos, dejaba caer un apelativo casual y peyorativo sobre las personas
de raza negra, o hacía algún comentario antisemita (a pesar de que su
esposo era judío).

• Su nombre verdadero fue Adeline Virginia Stephen.

• Los padres y hermanos de Virginia, solían llamarla por cariño "la
cabra".

•
En una cena otorgada por su amigo Clive Bell en 1922, Virginia Woolf
conoce a Vita Sackville-West. Su amistad creció hasta tal punto, que
entre 1925 y 1929 hubo una relación amorosa entre ellas.

• Ella rechazó muchos premios académicos pero aceptó el premio Femina-Vie
Heureuse en 1938.

• La "Señora Dalloway" abarca un espacio de doce horas, y el transcurso
del tiempo se expresa a través de los cambios que paso a paso se
producen en el interior de los personajes.

• Su trabajo se asemeja mucho a las obras de James Joyce.
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