En 1986, Yourcenar encuentra a Jorge Luis Borges en Ginebra, seis días
antes de la muerte del autor del Libro de arena; allí hablan
acerca del laberinto de la vida, al que poco después Borges le
encontrará la salida. La escritora, habiendo cancelado por
razones de salud un viaje a Nepal, previsto para el invierno de
1987, muere el 17 de diciembre del mismo año en el hospital de
Bar Harbor, cerca de Petite Plaisance, su residencia-refugio en
la isla de los Montes Desiertos, a la edad de 84 años.
De este desplazamiento permanente, se puede afirmar que la
biografía de Marguerite Yourcenar es una biogeografía. La
ausencia de un centro geográfico y el itinerario mudante evocan
la constatación de Pascal, según la cual la naturaleza es una
esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la
circunferencia en ninguna. Desde esta perspectiva, las fuentes
que nutren la escritura yourcenariana tienen la expansión de la
universalidad.
La aventura del viaje se convierte de esta manera en una
forma privilegiada de descifrar el mundo. A esto añade Yourcenar
los otros dos medios de enriquecimiento respecto al conocimiento
que circulan a través de su obra: las lecturas y los encuentros
con los seres humanos:
Siempre ha habido muchas razones
para viajar, de las cuales la más simple -y ya
compleja- consiste en hacerlo por la ganancia y por
la aventura, dos móviles difícilmente separables
incluso en el caso de Las mil y una noches y en el
de Marco Polo. Para convertir a una religión, en la
que uno cree, a otros hombres supuestamente sumidos
en la noche de la ignorancia, como los franciscanos
que penetraron en el imperio mongol, Francisco
Javier en el Japón o asimismo los monjes hindúes que
evangelizaron China, o los monjes chinos de camino
hacia el Japón. Hay otros casos en que se viaja para
regresar, como Ulises, a una patria perdida o
-como lo hacían, al parecer, los grandes navegantes
primitivos- con la esperanza de encontrar una isla
más favorable que aquella que abandonaban. Muy
pronto, a esos motivos viene a añadirse un nuevo
móvil: la búsqueda del conocimiento. Ulises, como
tan bien lo vio el poeta griego moderno Cavafis,
encuentra, en las numerosas escalas que lo separan
de Ítaca, una ocasión para instruirse y gozar de la
vida. Los viajes en busca del conocimiento son de
todos los tiempos: conocemos aquellos, a menudo
legendarios, de los sabios griegos a Egipto, de los
romanos a Grecia, de los japoneses a Corea o a
China, de los filósofos occidentales de la edad
media al mundo musulmán y a Asia. El viaje a lejanas
regiones se convirtió en un ingrediente casi
indispensable de la vida de los filósofos, ya se
tratara de Solón o de Paracelso. En todos los casos,
se trata de informarse acerca del mundo tal cual es
y de instruirse también ante los vestigios de lo que
ha sido. [...]
De la misma manera en que
la biografía de Marguerite Yourcenar es una biogeografía, su
bibliografía es una bibliogeografía. Los lugares donde
transcurren sus obras se sitúan bajo el signo de la
universalidad espacial: El denario del sueño se desarrolla
en Italia; El tiro de gracia, en los países bálticos; los
Cuentos orientales se localizan en la antigua China, Japón,
los Balcanes, en la Grecia contemporánea. Europa, África
septentrional y el Medio Oriente son los escenarios, en el
siglo II, de Memorias de Adriano; Opus nigrum se desarrolla
en Flandes, Italia y Alemania durante el Renacimiento. Un
hombre oscuro transcurre en la isla de los Montes Desiertos
y en los Países Bajos, en el temprano siglo XVII. Sólo el
tiempo y los lugares ausentes son los de Marguerite
Yourcenar misma: están ausentes ella, su medio, su
condición, su país, su tiempo. Escritura que viaja,
escritura del viaje, viaje de la escritura, Yourcenar es una
escritora itinerante en continua partencia.
Pese a la gran diversidad espacial, dos ejes geográficos
irradian esta profusa obra: Grecia y Oriente.
Si bien es cierto que el recurso del mito griego se
convierte en el siglo XX en el vehículo críptico por
excelencia a través del cual escritores como
Sartre,
Giraudoux y Giono expresan su rechazo a la devastadora
empresa hitleriana (en la obra para teatro Electra o la
caída de las máscaras, Yourcenar se une a esta voz de
indignación), también es cierto que la Dama de los Montes
Desiertos hace de la fuente helénica una reserva de recursos
que sobrepasa el mito: la herencia del método y del logos
griego, que se traduce en su obra en una lógica y lucidez
implacables; los poetas satíricos, líricos; los poetas
completamente escépticos y los poetas profundamente místicos
o eróticos del archipiélago, cuya huella se halla diseminada
en la obra de Yourcenar; las escuelas filosóficas como el
escepticismo y el cinismo, el estoicismo y el hedonismo,
eclecticismo que contribuye a la construcción de la
identidad de varios de sus personajes, tales como Alexis,
Adriano, Zenón, Nathanael...
Pero es el emperador Adriano, continuador del legado
griego en Roma, quien toma la voz de Marguerite Yourcenar,
18 siglos atrás, para afirmar lo siguiente:
Siempre agradeceré a Scauro
que me hiciera estudiar el griego a temprana
edad. Aún era un niño cuando por primera vez
probé de escribir con el estilo los caracteres
de ese alfabeto desconocido; empezaba mi gran
extrañamiento, mis grandes viajes y el
sentimiento de una elección tan deliberada y tan
involuntaria como el amor. Amé esa lengua por su
flexibilidad de cuerpo bien adiestrado, su
riqueza de vocabulario donde a cada palabra se
siente el contacto directo y variado de las
realidades, y porque casi todo lo que los
hombres han dicho de mejor lo han dicho en
griego. [...] Yo he administrado el imperio en latín; mi
epitafio será inscrito en latín sobre los muros
de mi mausoleo a orillas del Tíber; pero he
pensado y he vivido en griego. [...] Entreveía la posibilidad de helenizar a los
bárbaros, de aticizar a Roma, de imponer poco a
poco al mundo la única cultura que ha sabido
separarse un día de lo monstruoso, de lo
informe, de lo inmóvil, que ha inventado una
definición del método, una teoría de la política
y de la belleza.
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EL PADRE,
MICHEL DE CRAYENCOUR, CON BARBE, LA CRIADA Y
LA PEQUEÑA MARGUERITE A LA EDAD DE CUATRO
AÑOS |
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DE PIE, EL
PADRE DE MARGUERITE YOURCENAR CON SUS PADRES
Y SU HERMANA MARÍA. |
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Junto al universo griego,
la otra gran fuente que nutre el pensamiento y la escritura yourcenarianos es el Oriente, con el cual la autora se
familiariza desde temprana edad mediante traducciones de
textos de la India y del Extremo Oriente. En respuesta a una
carta suya, Rabindranath Tagore incluso invita a la joven
Marguerite para que asista, como estudiante, a la
universidad de Santiniketan que él ha creado.
Sólo en 1982 -cinco años antes de su muerte-, la
académica descubrirá el Oriente en compañía de un joven de
30 años, Jerry Wilson, quien se convertirá en su compañero
de viajes, después que ella ha perdido a su secretaria,
excelente traductora y compañera de vida, Grace Frick. Había
ya publicado Yourcenar, dos años atrás, Mishima o la visión
del vacío, y había comenzado la traducción de Cinco no
modernos de Mishima, del japonés al francés, en colaboración
con Jun Shiragi. Una serie de crónicas, resultado de este
primer gran viaje a Oriente, se publicarán en Una vuelta por
mi cárcel, aunque la obra que condensa gran parte de la
construcción oriental de Marguerite son los luminosos
Cuentos orientales.
El Oriente de Yourcenar es ante todo un Oriente
imaginario. Penetra ella en él a través de la literatura y
las artes. De las 6.876 obras que se encuentran en la
biblioteca de Petite Plaisance, 500 textos están consagrados
al Oriente.
El Oriente yourcenariano no es aquel orientalismo
exótico, pintoresco o galante del siglo XIX, tal como lo
percibían los artistas europeos de aquel entonces: es una
invitación a un viaje completamente diferente: se trata de
la búsqueda de la dimensión de la trascendencia mediante la
noción de lo sagrado, ya sea por medio de las antiguas
corrientes místicas o del culto y el rito que ponen en
contacto al ser humano con otra suerte de realidades. De tal
manera, el Oriente aparece como el complemento del
componente griego. Es precisamente el emperador
Adriano
quien ve en estas dos fuentes, dos formas alternativas de
conocimiento:
Una parte de cada vida, y aun
de cada vida insignificante, transcurre en
buscar las razones de ser, los puntos de
partida, las fuentes. Mi impotencia para
descubrirlos me llevó a veces a las
explicaciones mágicas, a buscar en los delirios
de lo oculto lo que el sentido común no
alcanzaba a darme. Cuando los cálculos
complicados resultan falsos, cuando los mismos
filósofos no tienen ya nada que decirnos, es
excusable volverse hacia el parloteo fortuito de
las aves, o hacia el lejano contrapeso de los
astros.
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MARGUERITE
YOURCENAR A LOS TRECE AÑOS, EL 13 DE JULIO
DE 1916 |
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MARGUERITE
CON UNA MUÑECA JAPONESA.
«ELLA ME ABRIÓ AL MUNDO» |
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La sabiduría, en todas
sus formas, es una búsqueda constante de los personajes yourcenarianos. Búsqueda que habitará a la autora desde sus
tempranos años. Búsqueda que muchos de sus lectores han
hecho suya. En este sentido, el pensamiento místico oriental
propone innumerables posibilidades: la idea de la
conciliación de los contrarios, en el budismo zen («La luz
existe en la oscuridad, la oscuridad existe en la luz»); la
idea del brahmanismo según la cual los demonios y los dioses
cohabitan en el ser humano. La percepción taoísta de la vida
y la muerte como etapas sucesivas. El pensamiento
yourcenariano no excluye: integra.
La carta de navegación de las corrientes místicas
orientales de Marguerite Yourcenar está constituida por el
taoísmo, el confucionismo, el hinduismo, el budismo. A esta
configuración mística oriental opondrá ella lo que suele
denominar «las Tres Imposturas»: el cristianismo, el
judaísmo y el islamismo.
En una serie de entrevistas concedidas a Matthieu Galey,
Con los ojos abiertos (1980), afirma Yourcenar:
Tengo varias religiones, como
tengo varias patrias, de manera que en cierto
sentido no pertenezco quizás a ninguna. No
pienso por cierto en renegar del Hombre que ha
dicho que aquellos que tengan hambre de fe y de
justicia serán saciados (en otro mundo, con
seguridad, porque en el nuestro no es verdad),
pero menos renuncio a la sabiduría taoísta,
parecida a un agua límpida, unas veces clara,
otras oscura, bajo la cual se descubre el
trasfondo de las cosas. Estoy agradecida por lo
precioso que me han enseñado sobre mí misma, y
en la medida en que he emprendido y proseguido
el estudio, al
tantrismo, y a sus métodos casi
fisiológicos para despertar las fuerzas del
espíritu y del cuerpo, y al zen, esa espada
centelleante. Sobre todo, permanezco
profundamente ligada al conocimiento
budista,
estudiado a través de diferentes escuelas que,
como las diferentes sectas cristianas, me
parecen menos contradecirse que completarse. No sólo su compasión por todo ser viviente
amplía nuestras nociones, muchas veces
mezquinas, de la caridad; no sólo, como los
presocráticos, vuelve a poner al hombre,
pasajero, en un universo que pasa, sino que
además, como Sócrates (y confiándose, por
supuesto), nos pone en guardia contra las
especulaciones metafísicas ambiciosas, para
incitarnos, sobre todo a conocernos mejor y,
como las filosofías modernas consideradas más
audaces, insiste en la necesidad de depender
sólo de nosotros mismos: «Sed una lámpara para
vosotros mismos...».
Marguerite Yourcenar y
gran número de sus personajes se guían a lo largo de su
existencia por los cuatro votos budistas que resumen una
sabiduría muy antigua:
Los cuatro votos budistas que,
en efecto, me he recitado con frecuencia en el
curso de mi vida, dudo en volver a decirlos en
este momento delante de usted, porque un voto es
una plegaria, y más secreto aun que una plegaria
[...] Simplificando: se trata de luchar contra
las malas inclinaciones; dedicarse hasta el fin
al estudio; perfeccionarse en la medida de lo
posible, y por fin por numerosas que sean las
criaturas que vagan en la extensión de los tres
mundos, es decir en el universo, trabajar para
salvarlas. De la conciencia moral al
conocimiento intelectual, del perfeccionamiento
de sí al amor de los demás, y a la compasión por
ellos, todo está allí, me parece, en ese viejo
texto que tiene alrededor de 26 siglos.
Tal vez la criatura yourcenariana que va más lejos en el camino de la sabiduría
sea Nathanael, uno de sus últimos personajes (Un hombre
oscuro, dedicado a Jerry Wilson, quien morirá en 1986,
víctima de la enfermedad de finales del siglo XX). Nathanael,
luego de dejar voluntariamente Amsterdam, se refugia en una
isla frisona, donde se integra a la luz, al agua, a la
tierra, abandona las categorías del pensamiento que ya no le
ofrece ningún recurso; el lenguaje se disuelve en el
silencio; los tabiques del tiempo se rompen. Sin darse
cuenta, Nathanael accede al estado de iluminación, según los
místicos orientales.
Para acceder a la disolución del yo, ha sido necesario
que Nathanael atraviese todo el siglo XX: aparece por vez
primera ante la joven Marguerite hacia 1920, cuando ya tiene
él los rasgos que serán suyos y por su edad podría ser el
hermano de su creadora; se refugia luego en la penumbra
durante muchos años. Surge de nuevo, súbitamente, en una
fría habitación de un hotel mortecino en las proximidades de
una estación desierta, hacia la medianoche, mientras
Yourcenar espera un tren. Han transcurrido entonces, desde
la visión de 1920, 37 años... La imagen de Nathanael es esta
vez más nítida: tiene 16 años y ayuda a un maestro de
escuela, en Amsterdam. Marguerite se da cuenta de que él
cojea un poco y que visto el tiempo que ha pasado, ella
puede ser ahora su madre. Obligado a huir después de una
reyerta en la que cree haber matado a un hombre, Nathanael
zarpa hacia Jamaica, para rozar luego más hacia el norte, la
isla de los Montes Desiertos. Podría estar cerca de Ella, en
esta noche en la que debe arribar un tren. Pero curiosamente
los vectores del tiempo se cruzan: Nathanael ha pasado por
allí hace unos 300 años, antes de que su embarcación
encallara en las proximidades de la Isla Perdida y volviera
luego a Europa, para casarse con Saraï -prostituta y ladrona
judía-. Antes de irse a morir en una isla de la costa
frisona, la frágil visión onírica se rompe ante el anuncio
de la llegada de un tren...
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MARGUERITE A
LOS 20 AÑOS EN EL SUR DE FRANCIA. POR ESTA
ÉPOCA ESCRIBÍA REMOUS, ESBOZO DE OBRAS
POSTERIORES |
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ANDREAS
EMBIRICOS, EL AMIGO GRIEGO QUE MARGUERITE
AMÓ Y A QUIEN LE DEDICÓ CUENTOS ORIENTALES |
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En 1980, la anciana Dama
de los Montes Desiertos asiste al alumbramiento literario de Nathanael. Él tiene 16 años; ella, 77. El hombre oscuro ha
sido forjado por la sabiduría griega, por el ascetismo
oriental, pero éstos ya no son más que una huella
imperceptible en el cuerpo del texto y participan de la
disolución general que contagia las palabras, la identidad
del personaje, el tiempo, las categorías del pensamiento. La
escritura yourcenariana ha tomado otros rumbos. Lo único
estable en este gran naufragio son la noche, el mar, el
cielo estrellado, la lluvia y el viento. Nathanael ya puede
morir, está integrado al cosmos.
Grecia, Oriente, el paisaje en su dimensión cósmica,
son los tres grandes trazos de la escritura yourcenariana.
Sus últimas reflexiones tienen que ver con la necesidad de
retornar a una existencia sencilla, imposible en el seno de
la civilización (¿reminiscencias del ideal ascético de los
cínicos, de hacer del instante presente el eje de
gravitación de la eternidad (influencia budista, sin duda),
entre otras. ¿No acariciaba acaso el proyecto de escribir un
último libro, Paisaje con animales, en el que el hombre
aparecería solamente desde el ángulo de su relación con los
minerales, las plantas y los animales?
Sources II (Fuentes II) corresponde a la publicación
póstuma (1999) de un gran cuaderno de notas que Yourcenar
depositó en la biblioteca Houghton de Harvard y que contiene
en forma aparentemente caótica (la autora no preveía su
publicación) fichas de lecturas, esbozos de textos,
pensamientos, citaciones, inventa-rios, recuerdos y
fragmentos personales. Todo esto corresponde posiblemente a
la década del setenta, época en la que Margue-rite Yourcenar
se ve inmovi-lizada en la isla de los Montes Desiertos
debido al cáncer que aquejaba a Grace Frick.
Lo cotidiano roza en este texto la trágica e
irreversible tríada: la vejez, la enfermedad y la muerte. Lo
sublime alterna con lo trivial, lo espiritual con lo
privado, el arte con la experiencia vivida. Fuentes II es el
testimonio del río secreto que alimentó parte de la vida de
la autora de Memorias de Adriano.
Sigue a continuación la traducción por primera vez en
español de algunos fragmentos tomados de una de las partes
de Fuentes II, Meditaciones en un jardín 7.
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LA ÚNICA
FOTOGRAFÍA DE MARGUERITE CON GAFAS. A ELLA
LE GUSTABA DECIR:
«SIEMPRE HE SIDO MIOPE , PERO ME DESAGRADABA
LLEVAR GAFAS» |
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EN LA ÉPOCA
DE MEMORIAS DE ADRIANO |
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RETRATO DE
ANDRÉ FRAIGNEAU, EL HOMBRE TAN AMADO (1931).
«TU NOMBRE, CUYAS
LETRAS SON LOS CLAVOS DE MI PASIÓN» |
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ANHELOS
Desearía vivir en un mundo sin ruidos artificiales e
inútiles, sin velocidad y en el cual la noción misma de
velocidad sería despreciada o aborrecida; los medios rápidos
de transporte estarían reservados para las profesiones
indispensables o para algunos casos graves.
Un mundo sin efusión de sangre humana o animal, en el cual
todo crimen se consideraría odioso, conllevando sanciones
prácticas y purificaciones morales. El hombre manchado de
sangre, automáticamente apartado por estimarse mancillado,
extraviado e insensato.
Un mundo en el cual la sexualidad, en todas sus formas, se
consideraría sagrada, aunque no necesariamente situada en el
más alto rango de lo sagrado.
Un mundo en el que sería vergonzoso e ilegal tener más de
tres hijos. [...]
Un mundo en el que la prostitución sería solamente ritual.
[...]
Un mundo que tendría muy en alto la idea de renovación y que
despreciaría la noción de novedad. [...]
Un mundo en el que todo objeto viviente, árbol, animal,
sería sagrado y jamás destruido, salvo por absoluta
necesidad y con un sentimiento de aflicción. [...]
Un mundo sin idolatría pero rico en respeto.
Un mundo en el cual la muerte sería una gran aventura.
Un mundo en el cual el suicidio sería la norma cuando
comenzara el debilitamiento irreparable de las facultades.
Los que a ello se negaran podrían vivir, pero sin honor.
[...]
ODIOS
La velocidad inútil
La agitación inútil
La publicidad, es decir, la impostura
La rivalidad económica llevada al paroxismo
La fabricación de objetos inútiles
El sometimiento y embotamiento de las masas ocupadas en
fabricar esos objetos. [...]
La separación del hombre de las formas animales y vegetales
vivas.
El ruido mecánico. [...]
PROYECTOS
Ausencia total del miedo físico.
Ausencia total del miedo intelectual (creo que ya está
logrado)
Aprender a ignorar el ruido. [...]
Rectificar siempre si el mínimo error se ha dicho o escrito.
Recordar siempre que cierto coeficiente de error es humano.
Principales virtudes:
Serenidad (ausencia de agitación inútil)
Valentía (casi lo mismo)
Atención, sin cesar alerta
Sobriedad (ausencia de abusos)
Circunspección (rigor o prudencia)
No malignidad (bondad)
Tomar fuerzas momento tras momento. Es Dios (quienquiera que
Él sea) quien proveerá el valor de mañana o pasado mañana.
Intentar estar o parecer tranquilo. La calma es calmante.
Volver a leer las cartas manuscritas y retocarlas con el fin
de aclarar las palabras poco legibles. No olvidar jamás que
escribimos para comunicarnos.
¿La alegría? No. Prematura en un mundo miserable.
¿La felicidad? Tal vez. Pero entonces que la felicidad sea
un estanque claro en el cual el dolor vaya a beber.
Los cuatro votos:
Por numerosos que sean mis errores
Me esforzaré en vencerlos.
Por difícil que sea el estudio
A él me entregaré.
Por ardua que sea la vía de la perfección
No renunciaré a caminar en ella.
Por innumerables que sean las criaturas vivientes
En la extensión de los tres mundos,
Trabajaré para su salvación.
Después de esto, todo está dicho y no hay ninguna necesidad
de otro precepto en esta tierra.
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LA PASIÓN DE
LOS ÚLTIMOS AÑOS: JERRY WILSON |
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MARGUERITE
YOURCENAR EN LA ISLA DE LOS MONTES
DESIERTOS, EN 1987. |
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EL TIEMPO,
ESE GRAN ESCULTOR |
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PENSAMIENTOS Y PRECEPTOS
Hacer de cada espacio donde se esté, un lugar limpio,
aireado, claro, un oasis para uno mismo y para los otros.
Un lugar en el cual no entre el ruido inútil.
Observar las disciplinas humildes. Fidelidad en las pequeñas
cosas.
Dejar cada recinto, cada objeto, más limpio, en lo posible
más agradable a la vista que antes de haber ingresado en él,
de haberlo tocado. [...]
Jamás dejar tras de sí un trabajo sin terminar que otros
tengan que realizar en lugar nuestro. [...]
Tomar un poco de vino en la noche, como una deliciosa
medicina.
La cerveza, alimento líquido. La sidra, esencia del vergel.
El té, caricia de Buda. Estimulante ligero, apoyo casi
espiritual.
El café, auxiliar casi ya demasiado fuerte. Un poco, en la
mañana, pero con intervalos durante la jornada, en caso de
gran fatiga. [...]
Cuando era joven, amaba bastante el pintalabios y el rubor
en las mejillas que enciende el color de los ojos. Ahora no,
o casi nunca y apenas. Que nuestro último rostro sea visto
tal y como es.
Aceptar la enfermedad. Tres palabras. Cada letra de esas
tres palabras representa millares de esfuerzos. [...]
Hoy vi la sabia rana sobre la roca, al borde de la toma de
agua en el jardín. Inmóvil, como mineral, bebiendo la luz y
el aire, muy antigua y venerable criatura dotada con una
sabiduría anfibia. Y tan lejos de mí que no existe medio
alguno para hacerle percibir mi amistad por ella.
Un sabio griego, Bion, [...]
habría dicho la siguiente frase: «Los niños matan a las
ranas por juego, pero ellas mueren de verdad». Para explicar
a los niños por todos aquellos que se ocupan de la infancia.
[...]
Más allá del dolor y la
alegría, la dignidad de ser. [...]
No sientas fastidio por la
condición humana, por lo poco que en adelante ella te dé.
Bien parece que el estado de ser humano es el único en el
que se aprende a pensar.
Mas ante cada fatiga, ante cada dolor inesperado, ante cada
síntoma que se agrava de un mal conocido, imagina que tal
vez ya no tengas necesidad alguna de vivir.
Todo es mentira, y todo lo que dirán de ti, aun aquellos que
creían amarte o pensaban que te conocían, será en gran parte
falso. Maya eterna.
Nada habré amado tanto como aquellos encuentros a través de
los muros de las especies; el ave que nos habla o que se
posa en nuestra mano, la ardilla poco temerosa, el perro
amigable. Tal vez más bello aun cuando simplemente viven
ante nosotros sin conocernos, y que les importamos tanto
como la rama de un árbol.
Si tuviera un consejo para dar a un ser joven y del cual
respetara la inteligencia, el ardor o la valentía, le diría:
«No te apegues. No te apegues nunca. Demasiadas servidumbres
encontrarás en tu vida que te forjarás libremente y al azar,
y sin saber adónde te conducirá el compromiso asumido. Por
el bien de los otros como por el tuyo propio, no te apegues.
La desdicha consiste en que se requiere haber estado
frecuentemente apegado para conocer el precio de no
estarlo».
La atadura exterior tan sólo se siente, en cualquier caso,
cuando el lazo interior se ha gastado o se ha roto.
Pero, por otro lado, quien no se apega sólo conoce lo más
superficial de los seres. [...]
La libélula con cuerpo de coral, de un rosado visible
solamente cuando se posa sobre mi mano. Durante el vuelo, la
gasa de sus alas lo recubre.
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