En
los primeros años de la perestroika (expresión que se refiere
a la reestructuración del sistema socioeconómico), Gorbachov empleó
a Yeltsin como punta de lanza de su proyecto político, con la
complicada misión de poner orden y combatir los vicios incubados en
la nomenklatura comunista desde la época del estancamiento de
Brezhnev: la incompetencia gestora, el servilismo a los mandos
superiores, la desidia en el cumplimiento de los planes e,
inevitablemente, la corrupción.
(Boris Yeltsin y su esposa Naina, a la
derecha)
Yeltsin procedió como un elefante en una cacharrería: nombró un
nuevo alcalde capitalino, renovó drásticamente las secretarías del
Comité Urbano y las oficinas a sus órdenes en el Comité Central e
incluso verificaba in situ si sus disposiciones sobre la reparación
de averías o el suministro de productos eran aplicadas. Pronto se
erigió en el martillo de conservadores y corruptos de cualquier
instancia de poder, incluidas las más elevadas del partido, y en el
adalid de los aspectos más audaces de las reformas políticas y
económicas en curso, sobrepasando en determinación al propio
Gorbachov, quien nunca imaginó que un jefe del partido se valiera de
la glasnost, la política de apertura informativa inseparable
de la perestroika, para vocear sus diferencias con otros jerifaltes:
hasta entonces, las trifulcas internas se habían disputado y zanjado
estrictamente entre las cuatro paredes de las salas de reuniones del
Comité Central y el Buró Político.
Su personalidad arrolladora le granjeó a Yeltsin una popularidad
inmensa entre la gente de la calle, con la que, algo insólito en un
jerarca del partido, solía mezclarse para escuchar y compartir sus
denuncias y quejas, pero también muchas animosidades en un aparato
donde abundaban aún los enemigos de la reforma. Ya en 1986 fue dado
de baja como secretario de la Construcción en el Comité Central,
pero éste se trataba de un puesto básicamente burocrático que no
menoscabó el perfil fuertemente político que aportaba la jefatura
del partido en Moscú.
Las reprobaciones continuaron y el 21 de octubre de 1987 Yeltsin
pronunció un duro discurso en el pleno del Comité Central en el que
denunció los privilegios de la nomenklatura y las trabas
puestas a la perestroika. La desacostumbrada catilinaria en el
corazón del poder soviético tuvo consecuencias fulminantes. El
aparato del partido, irritado por las acusaciones, presionó a
Gorbachov para que retirara su apoyo a Yeltsin y el 11 de noviembre
aquel consintió su doble destitución como miembro suplente del Buró
Político y primer secretario del Comité Urbano de Moscú (efectivas
el 2 de diciembre).
La defenestración de Yeltsin tuvo elementos escenificados con el
propósito de humillarle y además coincidió con una dolencia cardíaca
(fue sacado del hospital para recibir comunicación personal de su
cese en el Buró Político), lo que le impidió plantear una
argumentación de defensa. Con todo, Gorbachov, pese a la creencia
inicial, no le apartó totalmente de la escena destinándole a un
puesto burocrático en provincias, sino que le nombró primer
vicepresidente del Comité Estatal para la Construcción (Gostroi),
cargo de rango ministerial de importancia relativa y decididamente
técnico.
2. Cabeza de los reformistas radicales y ruptura con el PCUS y
Gorbachov
Yeltsin nunca iba perdonar a Gorbachov que le sacrificara en aras de
la estabilidad del partido, pero ha cambio acrecentó su popularidad
interior y se acreditó internacionalmente como la primera víctima de
la perestroika por su flanco izquierdo. Tras un semestre apartado de
la escena, el 28 de junio de 1988 Yeltsin reapareció como delegado
de la república autónoma rusa de Carelia en la XIX Conferencia del
PCUS, donde abogó inútilmente por su rehabilitación política. Al
cabo de otro año en el ostracismo resucitó definitivamente con
motivo de las elecciones del 26 de marzo de 1989 al primer Congreso
de Diputados Populares de la URSS (CDPU), el nuevo superparlamento
soviético ideado por Gorbachov como la suprema institución
legislativa de la Unión.
Yeltsin se postuló por la circunscripción de Moscú para optar a uno
de los 1.500 escaños (sobre 2.250) abiertos al sufragio universal y,
personificando para el público extranjero las grandes victorias
obtenidas por los reformistas (incluidos el político moscovita
Gavril Popov y el Premio Nobel de la Paz y veterano disidente Andrei
Sájarov), se deshizo del candidato oficial del partido, Yuri Brakov,
con el 89,6% de los votos.
Tras asumir como diputado popular (lo que llevó implícito su cese
como ministro del Gobierno por incompatibilidad), en las elecciones
internas que se organizaron el 27 de mayo Yeltsin optó a un escaño
del Soviet de las Nacionalidades del Soviet Supremo; privado del
mandato popular esta vez, perdió la elección, pero tres días después
se aseguró el puesto al cederle el suyo el reformista Yuri Kazánnik,
quien dimitió sólo para tal fin.
Días después Yeltsin fue elegido presidente del Comité del Soviet
Supremo para los asuntos de la Construcción y por ende miembro del
Presidium de la cámara. Dispuesto a dar batalla a los conservadores
del partido, el 30 de julio levantó con Popov, Sájarov, Yuri
Afanásiev y otros destacados reformistas el Grupo Interregional de
Diputados, primera fracción organizada dentro del PCUS y portavoz de
las demandas de descentralización, pluralismo y reforma económica.
La opinión pública internacional estaba cada vez más interesada en
las opiniones de un comunista con carnet que fustigaba al partido
con más virulencia que cualquiera de los disidentes de antaño, y en
septiembre de 1989 Yeltsin realizó una gira por Estados Unidos
invitado por organizaciones sociales y universidades, en la que fue
recibido por el presidente George Bush.
A comienzos de 1990, tras el derrumbe de los regímenes socialistas
de Europa del Este, la plataforma yeltsinista redobló sus premuras y
advertencias a Gorbachov para que diera un impulso decisivo a la
estancada perestroika con reformas económicas radicales, aboliera
del artículo 6 de la Constitución soviética de 1977 que consagraba
el monopolio político del PCUS, modernizara y profesionalizara del
Ejército y el KGB, introdujera la libertad de cultos, etc. Gorbachov
propició las decisiones del Comité Central del partido (el 7 de
febrero) y del CDPU (13 de marzo) de aprobar la segunda de aquellas
medidas, pero se mostró reluctante al resto.
La transición al pluralismo político tuvo un tercer jalón en las
primeras elecciones por sufragio universal al Soviet Supremo de la
RSFSR, el 4 y el 18 de marzo de 1990. Los partidos políticos seguían
ausentes, pero la presentación de listas de candidatos con programas
definidos y plataformas ideológicas dispares, más el hecho de que, a
diferencia de las elecciones al CDPU, no hubo reserva de escaños
para la votación indirecta, confirieron a estos comicios un
innegable regusto democrático. El grupo reformista de Yeltsin volvió
a cosechar rotundas victorias sobre los candidatos oficiales y él
mismo salió elegido diputado por su Sverdlovsk natal con el 84,4% de
los votos. El 29 de mayo el Soviet Supremo le eligió presidente del
Presidium sustituyendo a Vitali Vorotnikov.
Convertido en el primer líder de Rusia -con mucha diferencia, la más
importante república de la URSS- legitimado en las urnas, Yeltsin
asumió abiertamente el liderazgo de la izquierda del PCUS, al
que exigió, bien su transformación en un partido democrático al
estilo de los extintos partidos hermanos de Polonia, Hungría o
Alemania Oriental, bien la aceptación de nuevas fuerzas políticas
con las que tendría que competir en las siguientes convocatorias
electorales.
Dio a Gorbachov, investido el 15 de marzo en el nuevo cargo de
presidente de la URSS, una última oportunidad para avanzar por esta
senda en el XXVIII Congreso del PCUS, y como advertencia el 12 de
junio hizo aprobar por el Soviet Supremo de la RSFSR una
proclamación de soberanía de las leyes rusas sobre las soviéticas,
que de momento tenía una dimensión más declarativa que efectiva.
El XXVIII Congreso se desarrolló del 2 al 13 de julio de 1990 y no
revistió la trascendencia que Yeltsin esperaba. A pesar de que
destacados rostros de la vieja guardia conservadora fueron retirados
del Buró Político (como Vorotnikov y en especial Yégor Ligachev, que
había encarnado a la derecha del partido en las tarascadas
con Yeltsin), el aparato y Gorbachov no vieron motivo para hacer
grandes transformaciones ideológicas o implantar un pluripartidismo
con todas las consecuencias una vez que el pluralismo había sido
legalizado. El penúltimo día del congreso Yeltsin y sus partidarios
escenificaron su ruptura con Gorbachov y su baja en el partido
abandonando aparatosamente el pleno de reuniones.
Yeltsin se consideró ahora en la oposición al PCUS y rival del
Centro por la dirección del curso político, en lo que se advirtieron
indicios de nacionalismo ruso. El Ejecutivo de la RSFSR entró en una
guerra de decretos con el de la URSS para dotar de efectividad a la
declaración de soberanía de junio a través del control de las
reservas bancarias, diamantes, oro y minerales estratégicos situados
en su territorio. Gorbachov hubo de recurrir al veto presidencial
para evitar que las maniobras rusas para sustraerle sus competencias
le convirtieran en un jefe del Estado soviético meramente nominal.
En septiembre los dos dirigentes acordaron una tregua para
consensuar el denominado Plan Shatalin de los 500 días,
destinado a desmantelar los controles de la economía y hacer una
rápida transición al sistema de mercado. El plan contemplaba la
privatización de las empresas estatales y granjas colectivas, la
liberalización de los precios, el estricto control financiero, la
reforma del sistema bancario para la creación de líneas de crédito
privado y la conversión del rublo.
Pero la presión conjunta del Comité Central del PCUS y los
burócratas del Comité de Planificación del Estado (Gosplan) echó por
tierra el proyecto en el mes de octubre, y el propio Gorbachov se
decantó por las medidas de emergencia por la vía autoritaria. La
alianza táctica de Gorbachov con los conservadores ensanchó el foso
que le separaba de Yeltsin, que se consolidó como el único personaje
político con el crédito necesario para imponer a la población los
sacrificios inherentes al paso a la economía de mercado. Una parte
considerable de los rusos percibió que mientras el refinado y
cultivado Gorbachov aparecía bloqueado por sus contradicciones,
Yeltsin, con sus maneras simples y directas, derrochaba dinamismo y
sabía comunicar.
En los meses siguientes arreciaron el cruce de descalificaciones
entre Yeltsin y Gorbachov (el primer llamó "dictador" al segundo, y
éste le tachó a su vez de "derechista" y "neobolchevique") y la
guerra de leyes entre las instituciones de la RSFSR y la URSS
(produjeron particular perturbación las iniciativas de Yeltsin para
impedir la represión de los nacionalistas bálticos y crear unas
fuerzas armadas sólo obedientes a Rusia), masivas manifestaciones
populares de apoyo a uno y otro bando inclusive. Al comenzar marzo
de 1991, la ruptura entre los dos centros de poder de Moscú parecía
total y definitiva.
Tras proponer la creación de un partido fuerte de oposición al PCUS,
Yeltsin aprovechó el referéndum del 17 de marzo en toda la URSS
sobre el proyecto de una Unión renovada elaborado por Gorbachov para
añadir una pregunta en la RSFSR sobre la creación del cargo de
presidente de la República elegido por sufragio universal. Los
votantes de Rusia aprobaron ambas cuestiones en un 71,3% y en un
69,9 % de los votos respectivamente, con lo que sus dos
patrocinadores se sintieron vindicados.
Este resultado abrió la puerta a un nuevo acercamiento y el 23 de
abril, apenas un mes después de que superara en el Soviet Supremo
ruso una moción de censura planteada por la mayoría de diputados
comunistas y tres semanas después de que el Congreso de Diputados
Populares de Rusia (CDPR) le concediera poderes extraordinarios,
Yeltsin y los presidentes de otras ocho repúblicas adoptaron con
Gorbachov en Novo Ogarevo un pacto (denominado 9+1) por el
que se comprometían a firmar cuanto antes un nuevo Tratado de la
Unión que tendría que reescribir las relaciones entre el Centro y
las repúblicas. La primera ganancia para el Gobierno ruso fue la
transferencia por el soviético del control sobre las minas de carbón
de Siberia, protagonistas de una nueva ola de huelgas en demanda de
una mayor participación de los trabajadores en los beneficios
económicos.
El Acuerdo de Novo Ogarevo significó un nuevo bandazo de Gorbachov,
que esta vez se aproximó a los yeltsinistas y al campo de las
reformas más progresistas a cambio de una "colaboración
constructiva" para superar la gravísima crisis del Estado soviético,
con una economía por la cuesta de abajo y los nacionalismos
periféricos desgarrándolo por sus costuras. El 12 de junio Yeltsin
ganó las primeras elecciones presidenciales directas en Rusia con el
57,3% de los votos frente a un elenco multicolor de contrincantes
encabezado por el primer ministro soviético hasta enero, Nikolai
Ryzhkov, candidato del PCR y ubicado en el centro-derecha del
PCUS.
Los apoyos incondicionales de la formación Rusia Democrática (RD,
protopartido de signo radicalmente liberal y reformista liderado por
Afanásiev y Nikolai Travkin, y que gozaba de una moderada mayoría en
el Soviet Supremo republicano) y de los alcaldes Popov en Moscú y
Anatoli Sobchak en Leningrado (ambos revalidados con masivas
mayorías) hicieron posible este contundente respaldo en las urnas,
que en la primera capital se tradujo en un arrollador 72% de los
sufragios. El 10 de julio, coincidiendo con el V plenario del CDPR,
Yeltsin prestó juramento como presidente de la RSFSR ante la
Constitución y la Declaración de Soberanía republicanas y después
cesó como diputado en los legislativos ruso y soviético. El político
checheno Ruslán Jasbulátov le sucedió en la jefatura del Soviet
Supremo.
En los días siguientes, Yeltsin saludó las iniciativas de Gorbachov
de llevar al XXIX Congreso del PCUS, a celebrar en noviembre, una
plataforma ideológica de signo socialdemócrata, y de su
vicepresidente en Rusia, Aleksandr Rutskoi, jefe de la fracción
Comunistas por la Democracia aliada a los yeltsinistas en el Soviet
Supremo ruso, de crear el Partido Democrático de los Comunistas de
Rusia (PDCR) como rival del PCR. El bando reformista acrecentó
fuerzas con la suma del también flamante Movimiento por las Reformas
Democráticas (MRD) capitaneado por los dos máximos rostros de la
perestroika tras Gorbachov, el recién dimitido ministro de
Exteriores, Eduard Shevardnadze y el académico Aleksandr Yakovlev,
que se habían separado de su jefe por apoyarse en los elementos
reaccionarios del PCUS.
3. Líder de la resistencia democrática al golpe de 1991
El 4 de agosto, mientras el pluripartidismo se abría paso en Rusia y
todo estaba a punto para la firma el día 20 del nuevo Tratado de la
Unión, Yeltsin se atrevió a dar una nueva vuelta de tuerca en la
transición democrática decretando la despolitización (en esencia la
supresión de las células comunistas) de las Fuerzas Armadas y las
organizaciones dependientes en el territorio de la RSFSR. Y el 15 de
agosto exigió a Gorbachov la capacidad de designar al primer
ministro, el ministro de Defensa y el ministro de Economía del
Gobierno soviético que, como las demás instituciones, tendrían que
renovarse tras la firma del Tratado de la Unión.
Pero todo dio un drástico viraje en la madrugada del lunes 19 de
agosto cuando la cúpula del Ejecutivo, el Ejército y el KGB
soviéticos, respaldados tácitamente, con su silencio y ambiguedad,
por el Buró Político del PCUS y el Soviet Supremo, anunciaron la
declaración del estado de emergencia en toda la URSS y la formación
de un Comité Estatal que asumía plenos poderes "en vista de la
imposibilidad de que Mijaíl Gorbachov", que según la versión
conocida hasta hacía unas horas se encontraba en su dacha vacacional
de Foros, en Crimea, a orillas del mar Negro, tomando un simple
descanso, "pueda cumplir con sus funciones debido a su estado de
salud".
El vicepresidente, Guennadi Yanáyev, se autoproclamó presidente en
funciones mientras durase la supuesta enfermedad de Gorbachov y
justificó la mudanza de poderes para, entre otros motivos, "evitar
el caos y la anarquía" que amenazaban la "seguridad de los
ciudadanos" y la "integridad territorial" de la URSS", "salvar la
economía de la ruína" y "evitar la escalada del peligro de un amplio
conflicto civil".
La reacción de Yeltsin, que, en un error incomprensible de los
conspiradores, no fue arrestado y silenciado a las primeras de
cambio (incluso tuvo comunicación telefónica sin ningún problema con
los principales dirigentes mundiales), fue tan fulminante como
decisiva para el curso de los acontecimientos. En síntesis, denunció
que se había producido un golpe de Estado en toda regla, no un
relevo amparado en la Constitución, calificó de ilegal al Comité
Estatal para el Estado de Emergencia y exigió tener acceso a
Gorbachov para comprobar su estado de salud.
En la misma mañana del lunes 19 Yeltsin se hizo fuerte con sus
colaboradores en el edificio del Parlamento ruso, la Casa Blanca.
Desde allí salió brevemente a la calle para encaramarse sobre uno de
los tanques enviados por los golpistas contra ellos y leer, ante las
20.000 personas que se habían concentrado en el lugar, una proclama
condenando la destitución de Gorbachov, llamando a la huelga general
indefinida y a la desobediencia civil en toda Rusia, y exhortando a
los soldados movilizados a que desobedecieran a sus superiores.
De todas las repúblicas soviéticas, sólo Rusia y las tres bálticas
condenaron el golpe y alentaron la resistencia civil. Por lo demás,
la arenga televisada de Yeltsin, desafiante, jugándose el pellejo
pero apercibido de la extraordinaria oportunidad histórica que se le
brindaba -si el arriesgadísimo envite en estos momentos de confusión
en que todo podía ocurrir le salía bien, su proyecto político
ganaría un ímpetu formidable, como así fue-, subido en el carro de
combate tras estrechar la mano del tanquista, dio la vuelta al mundo
y se convirtió en una de las imágenes icónicas del último tramo del
siglo XX.
La determinación de los demócratas galvanizados por Yeltsin ("la
dictadura no pasará, pasará la democracia") y la ineptitud de los
golpistas precipitaron el fracaso de la aventura involucionista en
las primeras horas del miercoles 21. El asalto de la Casa Blanca por
las tropas especiales del KGB, que parecía inminente en la noche del
martes 20 y que, al parecer, tenía entre sus objetivos el asesinato
de Yeltsin y la detención de sus principales lugartenientes, no tuvo
lugar.
Después de contactar con Gorbachov a través de una delegación
enviada a Foros (que se anticipó en unas horas a la comitiva de los
golpistas) e integrada por Rutskoi, el primer ministro de Rusia Iván
Siláyev, el miembro del Consejo Presidencial de la URSS
Yevguieni Primakov y el ex ministro del Interior de la URSS
Vadim Bakatin, y de traerlo de vuelta a Moscú sano y salvo en la
noche del 21, Yeltsin tomó el timón de los acontecimientos el jueves
22 con un torrente de ukases concernientes a la RSFSR: la
prohibición de todas las actividades del PCUS, de sus células en los
acuartelamientos y la nacionalización de sus bienes, la supresión de
la bandera roja con la hoz y el martillo de los edificios oficiales
y la asunción de todas las empresas del Estado.
El viernes 23 impuso a Gorbachov, que disociado de lo que estaba
sucediendo en la calle aún se resistía a aplicar reformas tan
drásticas como definitivas, los nombramientos de personalidades
radicales en los ministerios de fuerza de la URSS: Yevguieni
Shaposhnikov en Defensa, Víktor Barannikov en Interior (ya venía
desempeñando la cartera en el Gobierno de la RSFSR) y Bakatin en el
KGB. Yeltsin decretó también el cierre del diario Pravda y
acordó con Gorbachov una suerte de bipresidencia de la URSS
que incluía un mecanismo para sustituirse mutuamente en caso de
necesidad durante una crisis.
El mismo día Yeltsin escenificó con Gorbachov lo que para muchos fue
una revancha rumiada desde la defenestración de 1987: durante la
sesión especial del Soviet Supremo de Rusia celebrada en la Casa
Blanca le recriminó su responsabilidad en el intento golpista, por
haber sido incapaz de detectar o abortar a tiempo la conspiración
pergeñada por hombres que él había nombrado y en los que había
confiado, y le humilló ante las cámaras de televisión obligándole a
leer un documento probatorio de la complicidad de la práctica
totalidad del Gobierno soviético en la conjura y blandiéndole el
documento del ukase prohibiendo las actividades del PCUS.
El presidente soviético y todavía secretario general del PCUS hizo
una patética defensa de su honorabilidad, insistió en que el partido
no debía ser criminalizado en su conjunto y que su ilegalización
constituiría un acto antidemocrático, y censuró la "histeria
anticomunista" desatada. Yeltsin se mostró pletórico, sabedor de que
la balanza de poder se había inclinado hacia él y de que Gorbachov
había perdido una oportunidad única para reconciliarse con la
sociedad y pilotar los cambios.
El vendaval anticomunista comenzado por Yeltsin en Rusia coincidió o
estimuló similares medidas en toda la URSS y obligó a reaccionar a
Gorbachov. El viernes 24, tras asistir por la mañana al
multitudinario cortejo fúnebre por las tres víctimas civiles del
golpe, Gorbachov anunció que dimitía como secretario general del
PCUS, reprodujo los decretos de Yeltsin en el ámbito soviético y
ordenó al Comité Central del partido que iniciara el proceso de su
autodisolución.
Coronando la victoria total de Yeltsin, Gorbachov disolvió el
Gobierno de la URSS y nombró a Siláyev al frente de un ejecutivo
provisional llamado Comité de Administración Operativa de la
Economía Popular, con la tarea urgente de enderezar los sectores
básicos para el funcionamiento del Estado. Con sus disposiciones
Yeltsin no sólo propició la desaparición de un pilar fundamental del
Estado soviético, el Partido Comunista, sino que acaparó las
instituciones de aquel con la clase dirigente y los órganos de poder
rusos.
4. Descarte de una Unión renovada para la nueva Rusia
Desde el 26 de agosto Gorbachov recuperó algo de la iniciativa al
deshacerse de cualquier alforja ideológica y concentrarse en
asegurar la continuidad del Estado, amenazado por un rosario de
declaraciones de independencia republicanas, y la transición a la
democracia "sin más vacilaciones y retrasos".
Yeltsin aceptó negociar con él un nuevo Tratado de la Unión, más
avanzado que el que se iba a firmar el 20 de agosto, que, entre
otros aspectos, reconocía a las repúblicas el rango de estados
soberanos con libertad de "asociarse, confederarse o federarse" y la
facultad de concluir acuerdos bilaterales entre sí, definía un
espacio económico común y una seguridad colectiva sobre la base de
un Ejército y un mando militar estratégico unificados, y garantizaba
los derechos y libertades de todos los ciudadanos.
Estas premisas, junto con un esquema institucional provisional hasta
la firma del Tratado, la aprobación de una nueva Constitución y la
celebración de elecciones democráticas presidenciales y
legislativas, se asentaron en la denominada Declaración de los
Once (o 10+1, esto es, Gorbachov y diez presidentes
republicanos, incluido Yeltsin) dada a conocer el 2 de septiembre.
Yeltsin se avino gustoso a colaborar con el borrador institucional
de Gorbachov, que le había sorprendido por su flexibilidad y
progresismo. Aunque le recordó que en unas elecciones presidenciales
"no tendría nada que hacer" ante él, rebajó las críticas por su
actuación en el golpe de agosto ("sólo fue el presunto responsable")
y añadió que ahora se "fiaba mucho más" del presidente soviético.
Durante unas semanas el pacto Yeltsin-Gorbachov pareció asegurar la
viabilidad de un Estado ampliamente renovado e integrado por una
mayoría de repúblicas. Avances en aquella dirección fueron: la
aprobación por el CDPU (que acto seguido se autodisolvió) de las
estructuras de poder transitorias, el 5 de septiembre; el
reconocimiento por el nuevo Consejo de Estado soviético (en el que
Gorbachov y los presidentes republicanos dirigían mancomunadamente
las políticas internas y externas) de la independencia de las
repúblicas bálticas, el 6 de septiembre; la suscripción por ocho
repúblicas (las descolgadas ahora fueron Ucrania, Moldova y
Azerbaidzhán) de un Pacto de Unión Económica, el 18 de octubre; la
inauguración del período de sesiones del nuevo Soviet Supremo
provisional (el anterior quedó disuelto el 29 de agosto), el 21 de
octubre; y el anuncio por aquellas ocho repúblicas presentes en el
Consejo de Estado de la sustitución de la URSS por una Unión de
Estados Soberanos (UES) en cuanto se estampara el, aún sin fecha,
Tratado constitutivo, el 14 de noviembre.
Ahora bien, en todo este tiempo Yeltsin no había dejado de captar
para la todavía RSFSR competencias e instancias de poder de la URSS:
el 6 de septiembre Gorbachov aceptó la transferencia en su momento a
Rusia de todas las armas nucleares; el 22 de octubre la disolución
del KGB dejó en manos de la república el control fáctico de los
órganos de la otrora todopoderosa agencia de seguridad e
inteligencia; la diplomacia rusa empezó a operar por su cuenta a
través de acuerdos bilaterales con países con una vocación jurídica
típicamente interestatal; y el Comité Económico Interrepublicano
(CEI) puesto en marcha el 20 de septiembre bajo la dirección de
Siláyev y con la misión de coordinar las políticas económicas de las
repúblicas (el 14 de noviembre pasó a llamarse Comité Económico
Interestatal) funcionó en la práctica como una prolongación del
Gobierno ruso, decidiendo la supresión de varias decenas de
ministerios y comités soviéticos.
Para finales de octubre Gorbachov ya se había apercibido del doble
juego de Yeltsin, pero no le hizo blanco de críticas y tan sólo
multiplicó las advertencias catastrofistas contra la desintegración
de una URSS que, entramados normativos aparte, hacía aguas
aceleradamente por la multiplicación de los focos separatistas y
reluctantes a una Unión de nuevo cuño. En la propia RSFSR Yeltsin
hubo de afrontar escarceos centrífugos y sobre todo la rebeldía de
la república autónoma de Chechenia-Ingushetia, donde el recién
elegido presidente, el general del aire Dzhójar Dudáyev, se disponía
a proclamar la independencia. Para manejar estos desafíos y sacar
adelante una reforma económica radical Yeltsin solicitó al CDPR
poderes especiales, que le fueron concedidos por unos diputados
abrumadoramente afectos el 1 de noviembre.
El presidente fue facultado para gobernar por decreto en materias de
economía y política social durante un año, con la perspectiva de
privatizar masivamente las empresas del Estado, liberalizar los
precios al por menor y abordar la reforma agraria. Yeltsin describió
un sombrío panorama económico para Rusia y advirtió a la población
que se avecinaban tiempos muy duros. El 6 de noviembre dio un nuevo
paso en la descomunistización con la prohibición del PCR y de lo que
quedaba del PCUS, y asumió la jefatura del Gobierno vacante desde la
baja de Siláyev para hacerse cargo del CEI.
Cuando Dudáyev proclamó la independencia de Chechenia el 1 de
noviembre la reacción de Yeltsin fue declarar el estado de
emergencia y enviar tropas del Ministerio del Interior (OMON), pero
el CDPR se negó a ratificar unas medidas que para muchos diputados,
tanto provenientes del proscrito PCR como de RD, eran precipitadas y
peligrosas. El 11 de noviembre el Legislativo anuló los decretos del
presidente sobre Chechenia y le obligó a iniciar conversaciones con
Dudáyev. Fue el primer revés de Yeltsin ante los diputados y el
preludio de la aguda confrontación que caracterizaría los dos
primeros años de la Rusia independiente.
La suspensión de pagos anunciada el 29 de noviembre por el Banco
Estatal de la URSS, el Gosbank, dejó a las claras que el país que
Gorbachov trataba desesperadamente de mantener a flote estaba en
bancarrota y al borde del colapso económico. Yeltsin rechazó que la
RSFSR concediera un crédito de emergencia aduciendo el riesgo de
provocar una inflación descontrolada, y emplazó a Gorbachov a
transferir a su república toda responsabilidad sobre los compromisos
financieros del Estado hasta final de año.
El Gobierno ruso notificó que para asegurar los pagos de urgencia
cortaría toda asistencia a los departamentos y ministerios
soviéticos considerados "caducos", poda de la que sólo se iban a
salvar Asuntos Exteriores, Interior y Defensa. El vaciado de
titularidades de la URSS quedó, pues, prácticamente completo, toda
vez que el 18 de noviembre la RSFSR había obtenido el control sobre
la extracción, transformación y comercio de los metales estratégicos
y piedras preciosas de su territorio, así como la emisión de papel
moneda.
Puesto que Rusia ya no apostaba por la Unión y Ucrania había
declarado la independencia (verdadero golpe mortal a las
pretensiones de Gorbachov), el 8 de diciembre se consumó la ruptura
con el anuncio en Bieloviézhe, cerca de Minsk, Bielarús, por Yeltsin
y sus colegas ucraniano, Leonid Kravchuk, y bielorruso, Stanislau
Shushkevich, de la creación de una Comunidad de Estados
Independientes (CEI) abierta al resto de repúblicas de la URSS.
Invocando la condición de firmantes del Tratado constitutivo de la
Unión Soviética en 1922, las tres repúblicas declararon que aquella
había dejado de existir "como sujeto de derecho internacional y como
realidad geopolítica".
A partir de ahí la extinción de la URSS y el acceso de Rusia a la
plena independencia eran sólo una cuestión a pactar para que el
proceso se desarrollara de la manera más suave e inocua posible. El
17 de diciembre, un resignado Gorbachov acordó con Yeltsin la
desaparición del Estado el último día del año. El 21, los
presidentes de las cinco repúblicas centroasiáticas más los de
Armenia, Azerbaidzhán y Moldova se reunieron en la capital de
Kazajstán, Alma-Atá, con sus tres colegas eslavos y firmaron el
protocolo estableciendo la CEI como un sujeto no de derecho
internacional.
El 25, día de Navidad, anticipándose a lo apalabrado, Gorbachov
dimitió como presidente y cedió a Yeltsin el maletín con los códigos
de lanzamiento de los misiles nucleares; la bandera roja con la hoz
y el martillo fue arriada del Kremlin y en su lugar se izó la enseña
tricolor rusa usada en el período zarista. El día 26, el Soviet de
las Repúblicas de la URSS, reunido sin quórum (apenas una veintena
de diputados se dignaron a asistir a una sesión que, no obstante su
carácter meramente formal, exigía algún tipo de solemnidad), aprobó
una declaración por la que, en virtud de "la voluntad de los máximos
órganos representativos del poder estatal" de once repúblicas de
establecer la CEI en Alma-Atá, el Estado soviético dejaba de
existir. Acto seguido, este penoso remedo de autoridad legislativa
procedió a su autodisolución y escenificó el último acto.
Rusia, en adelante denominada Federación Rusa (Rusia), inició su
andadura como Estado independiente tal como Yeltsin había querido:
heredó automáticamente el asiento de la URSS en la ONU (Ucrania y
Bielarús tampoco tuvieron que solicitar el ingreso en tanto que
firmantes por separado de la Carta fundacional en San Francisco en
1945) y las demás organizaciones internacionales, y se preservó el
control del arsenal nuclear y las fuerzas estratégicas por un mando
aliado que en la práctica era ruso.
En Alma-Atá las otras tres repúblicas con armas nucleares en su
territorio, Ucrania, Bielarús y Kazajstán, se comprometieron a
adherirse al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) y
acatar lo que les concernía del Tratado de Reducción de Armas
Estratégicas (START), un principio de desnuclearización que incluía
el envío a Rusia para su eliminación de todas las armas nucleares
tácticas.
Sin embargo, a Moscú se le escapó de las manos el control sobre las
Fuerzas Armadas convencionales, cuya jefatura provisional había sido
transferida por Gorbachov al mariscal Shaposhnikov. En la primera
cumbre regular de la CEI, en Minsk el penúltimo día de 1991,
Kravchuk dejó claro que Ucrania aceptaba delegar en Rusia la
condición de única potencia nuclear, pero que la creación de un
Ejército y un ministerio de Defensa nacionales era inseparable de su
condición de Estado soberano. Con mayor o menor intensidad, las
demás repúblicas plantearon la misma pretensión.
La perspectiva, acariciada por Moscú, de un único espacio económico
basado en un área de libre comercio, una armonización aduanera y una
zona rublo comunitarios se quedó en agua de borrajas tan pronto como
todas las repúblicas se afanaron en marcar sus señas de identidad
nacional y en protegerse de unas intenciones rusas vistas con
suspicacia (sobre todo a la hora de revisar los precios y cuotas de
los suministros energéticos y otros productos esenciales), para lo
que levantaron controles y barreras arancelarias de todo tipo y
algunas se dotaron de moneda propia. La consecuencia inmediata fue
la aceleración del desplome económico en todas partes, empezando por
Rusia.
5. Terapia de choque económica y debut internacional de
alto perfil
Al despuntar 1992 la comunidad internacional tenía menos dudas sobre
la ideología y la estrategia global de Yeltsin que sobre sus
intenciones económicas más inmediatas en la empresa, tan colosal
como de incierto colofón, de inaugurar en la vasta y complejísima
Rusia tendencias positivas en todas las esferas por las que se suele
valorar la viabilidad de un Estado. Así, la entrada en vigor de la
liberalización de los precios de los productos de consumo, muy
temida por la ciudadanía, el 2 de enero, indicó que el presidente se
había decantado por una transformación radical del sistema
económico.
En el equipo de colaboradores de Yeltsin destacaban reformistas sin
ambages como Guennadi Búrbulis, viejo amigo desde la etapa en
Sverdlovsk y su mano derecha en el Gobierno como primer
vicepresidente del mismo y secretario de Estado (es decir, un primer
ministro de facto), y el joven liberal Yégor Gaidar, vicepresidente
para Política Económica y ministro de Finanzas entre el 19 de
febrero y el 2 de abril, cuando cedió el Ministerio a un hombre de
su círculo, Vasili Barchuk.
Estas personalidades se propusieron acabar con la escasez de
productos de consumo (crónica en todo el período soviético y
agudizada en los años de Gorbachov), absorber el exceso de masa
monetaria circulante (la inflación ascendía ya al 100%) y recuperar
para la actividad económica los capitales privados atesorados, hacer
un drástico saneamiento de las finanzas del Estado, estabilizar el
rublo como una moneda convertible y ajustada con las principales
divisas internacionales, privatizar todas las empresas y actividades
comerciales no estratégicas para el Estado (en dos fases, primero
mediante la emisión de bonos abierta a todos los particulares y
luego permitiendo la compraventa de grandes cuotas accionariales), e
inculcar en una población adoctrinada contra el capitalismo durante
siete décadas los espíritus de iniciativa empresarial,
competitividad y prosperidad personal.
Diplomáticamente, la orientación inicial de la Rusia de Yeltsin fue
decididamente a Occidente, sobre todo porque necesitaba vitalmente
las ayudas y créditos de los países desarrollados y de las
organizaciones financieras por ellos sustentadas, el FMI y el Banco
Mundial (BM). El titular del Ministerio de Exteriores, Andrei
Kozyrev, era otro de los hombres de confianza del presidente y muy
grato a Washington, Londres, Bonn o Bruselas.
Los encuentros que Yeltsin sostuvo con mandatarios occidentales a lo
largo del año subrayaron el buen ánimo de Rusia y la disposición de
aquellos países a prestar la ayuda demandada, aunque la
administración de Bush en Estados Unidos pareció complacerse en su
autoconcedido laurel de vencedor de la Guerra Fría y no
elaboró una estrategia de ayudas masivas y preceptuadas; antes bien,
en los primeros meses del año, dio prelación a los suministros
humanitarios con carácter urgente, sobre todo alimentos para cubrir
las penurias más acuciantes en las ciudades rusas.
El puente aéreo, que tomó el caritativo nombre de Proveer la
Esperanza (Provide Hope), comenzó el 10 de febrero de
1992 con la participación de la Comunidad Europea, Turquía y Japón,
aunque la logística la puso Estados Unidos (que se ocupó de explotar
los beneficios propagandísticos de la operación). Al tratar a Rusia
como un país del Tercer Mundo necesitado de subsistencias -aunque el
enfoque no era del todo improcedente, pues el derrumbe de la
producción y las rentas alcanzaban niveles desastrosos-, una parte
importante de la población se sintió herida en su orgullo y añadió
otra causa de rencor hacia un presidente que ya empezaba a ser
contestado por autorizar la traumática terapia de choque de
Gaidar.
El caso es que Yeltsin debutó en la escena internacional con buen
pie y ágil de reflejos. La oferta de Bush de un desarme nuclear
estratégico de gran alcance, tanto unilateral como sujeto a
negociación, no tardó ni 24 horas en ser replicado por Yeltsin con
propuestas no menos espectaculares. El presidente ruso viajó el 30
de enero al Reino Unido y el 31 de febrero a Estados Unidos, para
asistir a una cumbre de los 15 países del Consejo de Seguridad de la
ONU y de paso reunirse con Bush, el 1 de febrero, en Camp David.
Washington estaba bastante satisfecho de las urgencias de Yeltsin a
sus colegas de Bielarús, Kazajstán y, en especial, Ucrania para que
desnuclearizaran totalmente sus repúblicas desprogramando y/o
trasladando a Rusia los misiles de corto y largo alcance y demás
ingenios de esta panoplia de destrucción masiva. El compromiso fue
adquirido formalmente por las tres repúblicas ante Rusia y Estados
Unidos en Lisboa el 23 de mayo.
En la visita oficial realizada al país americano del 15 al 18 de
junio, preparada concienzudamente por Kozyrev y su homólogo James
Baker, los presidentes suscribieron un documento sobre un
"entendimiento común" (joint understanding) en el capítulo
nuclear estratégico por el que los misiles dejarían de apuntar a los
objetivos respectivos y los arsenales serían reducidos una media del
55% adicional al 38% definido por el START-I (ratificado por el
Parlamento ruso el 4 de noviembre de 1992), esto es, hasta las 3.500
cabezas para Estados Unidos y las 3.000 para Rusia.
El Tratado START-II debía coronar la "nueva era de amistad" entre
los dos países e iba a concluirse en un tiempo récord: el 3 de enero
de 1993 lo firmaron los presidentes durante el viaje oficial de Bush
a Moscú. El penúltimo día de su estancia en Estados Unidos en junio
de 1992 Yeltsin solicitó ante el Congreso ayuda económica para su
país e hizo una profesión de anticomunismo que arrancó la ovación de
unos legisladores entusiasmados puestos en pie. La gira de seducción
de los norteamericanos terminó con éxito total para Yeltsin, que
desplazó el recuerdo de Gorbachov y se proyectó como un estadista
hábil y razonable, con el se podía cooperar.
Con la perspectiva posterior, puede decirse que este momento, en el
que Rusia aún no había perfilado una identidad autónoma en las
relaciones internacionales y geopolíticamente seguía muy debilitada
por la implosión soviética, marcó el punto más alto en las
relaciones entre dos potencias que virtualmente carecían de disputas
de entidad. Pocos días después el Congreso de Estados Unidos aprobó
conceder a Rusia el estatuto de nación comercialmente más favorecida
y un paquete de ayudas por valor de 16.000 millones de dólares, en
los conceptos de asistencia directa, aportaciones al fondo de
estabilización del rublo y préstamos canalizados por el FMI.
Ahora bien, las contribuciones del FMI no satisficieron las
expectativas rusas porque Yeltsin, habitualmente desentendido de los
arcanos de la economía, no aceptó las recomendaciones de extender la
liberalización de los precios a la energía y de recortar aún más las
subvenciones, por temor a un estallido social. El presidente ruso
asistió invitado a la cumbre del G-7 en Munich el 7 y 8 de julio de
1992 (la práctica fue inaugurada con Gorbachov en 1991 en la cita de
Londres) pero no se le comunicó ninguna ayuda concreta. Hasta que no
vino el cambio de administración en Estados Unidos y el nuevo
presidente, Bill Clinton, no retomara la cuestión con una voluntad
política, Rusia no iba a recibir las sumas que la gigantesca empresa
transformadora precisaba.
Durante 1992 Yeltsin, bastante animoso pese a algunas
indisposiciones que continuaron su historial de salud quebradiza
iniciado con la hospitalización de 1987, realizó varias salidas a
las capitales europeas, en la mayoría de las cuales firmó tratados
de amistad y cooperación regulatorios de las nuevas relaciones
bilaterales. Así, estuvo en Francia del 5 al 7 de febrero (donde
François Mitterrand le acogió con todo boato para desagraviarle de
la fría recepción del año anterior), en Checoslovaquia el 1 de
abril, en Bulgaria el 4 de agosto, en el Reino Unido de nuevo el 9 y
el 10 de noviembre y en Hungría el 10 y el 11 de noviembre.
Con Polonia y Turquía se adoptaron sendos tratados de amistad con
motivo de las visitas a Moscú de los presidentes respectivos Lech
Walesa y Süleyman Demirel en el mes de mayo. Del 24 al 26 de agosto
de 1993 Yeltsin realizó un histórico viaje a Polonia, ampliado hasta
el 27 con paradas en la República Checa y Eslovaquia.
No descuidó Yeltsin el tercer flanco estratégico para Rusia, Asia
del Nordeste, y el 19 de noviembre y el 17 de diciembre de 1992
inició sendas visitas históricas a Corea del Sur y China. En el
primer país acordó con el presidente Roh Tae Woo un marco de
cooperación en seguridad y defensa que invirtió dramáticamente el
balance estratégico en la península coreana (Seúl ya venía
beneficiándose de la alianza militar con Estados Unidos mientras que
el régimen marxista de Pyongyang perdió ahora el antiguo sostén
soviético que no fue sustituido por el chino).
En Beijing principió una etapa enteramente nueva en las relaciones
chino-rusas, ya apuntada en el viaje de Gorbachov en 1989, por las
abundantes coincidencias en la percepción de las relaciones
internacionales, la mutua voluntad de cerrar los litigios
territoriales y el interés en una cooperación para intercambiar
tecnología nuclear y sistemas de armamento rusos por bienes de
consumo, productos industriales y asesoría en materia de transición
al capitalismo chinos.
6. Desavenencias en la CEI y tensiones en la Federación
Mientras las relaciones internacionales tomaban una senda
constructiva, los tratos en el ámbito más inmediato se revelaron
bastante más complicados. En las diversas cumbres celebradas a lo
largo de 1992 y 1993 Yeltsin se esforzó por sacar adelante un elenco
de iniciativas de integración, políticas (Consejo de Jefes de
Estado, Carta de la Comunidad), militares (Alto Mando de las Fuerzas
Armadas Conjuntas, fuerza colectiva de pacificación, Tratado de
Seguridad Colectiva) y económicas (Tribunal de Arbitraje, Consejo
Consultivo de Coordinación para la armonización de las políticas
económicas, Banco Intergubernamental para la zona rublo, Banco
Interestatal de Reglamentación), con resultados mediocres. Ello
tanto por la persistencia de un grupo de estados recalcitrantes en
cuanto a dotar a la Comunidad de estructuras supranacionales -que,
estaban convencidos, serían manejadas por Rusia en interés propio-
como por la escasa o nula efectividad de lo firmado.
Ya desde la segunda cumbre regular, la de Minsk el 14 de febrero de
1992, Yeltsin y los demás presidentes constataron que cada república
veía a la CEI a su modo, que no existía una voluntad (como el
europeísmo en la Unión Europea) supraestatal de construir sin
prioridades puramente nacionales y que no se disponía de medios para
realizar todos los propósitos que guiaron su fundación. Al mal
ambiente contribuyó mucho el enfrentamiento surgido entre Rusia y
Ucrania por la determinación de este país a dotarse de unas fuerzas
armadas propias y a quedarse con parte de la flota del mar Negro con
base en el puerto ucraniano de Sebastopol, que para Moscú constituía
una fuerza estratégica y por tanto debía mantenerse bajo el mando
conjunto de la CEI.
Esta disputa, que no estuvo lejos de conducir a una guerra en abril
de 1992, más el separatismo de las autoridades rusófonas de Crimea,
las reticencias de Kíev a cumplir sus compromisos de
desnuclearización y los desacuerdos sobre los suministros de gas
ruso, envenenaron las relaciones bilaterales y alejaron
definitivamente a dos países que para algunos habrían podido ser el
motor (con la adición de Bielarús, que desde 1994 sí iba a plantear
con ímpetu la integración subregional) de una entente eslava en el
seno de la CEI.
El nacionalismo ucraniano en los aspectos de seguridad y de defensa
arrastró a Rusia a una dinámica similar, dando la puntilla
definitiva al mando militar integrado en la CEI. Ya el 16 de marzo
Yeltsin constituyó un Ministerio de Defensa ruso que hasta el
nombramiento el 18 de mayo de un titular en la persona del general
Pável Grachev dirigió él mismo en funciones, y el 6 de mayo
siguiente instituyó también por decreto las Fuerzas Armadas de Rusia
con él como comandante en jefe, si bien el mando directo lo ejerció
Grachev. El presidente justificó estas medidas para impedir una
desintegración incontrolada del antiguo Ejército soviético,
arrogándose la titularidad del mismo hasta la formación por etapas
de los ejércitos republicanos. En realidad, se trató de una maniobra
de cooptación antes de que las demás repúblicas se hicieran con
cuotas inaceptables de los despojos.
Yeltsin sostuvo con Kravchuk varias reuniones para hallar una
fórmula de reparto de la flota y solventar los numerosos
contenciosos, pero hasta el 9 de junio de 1995 no hubo un acuerdo
final en Sochi sobre el primer punto con el sucesor de aquel en la
Presidencia,
Leonid Kuchma, un calificado de prorruso que no iba a tardar en
marcar las distancias con Moscú, por el que de entrada se procedía a
dividir equitativamente los barcos y luego Rusia compraría el 30% a
Ucrania.
El estallido a lo largo de 1992 de conflictos armados y guerras
civiles en toda regla en el antiguo espacio soviético aceleró en el
poder ruso el deseo de reforzar su influencia para salvaguardar los
intereses nacionales y los derechos de los 25 millones de rusos
étnicos y rusificados que se habían quedado sin el patrocinio de un
Centro. Invocando la seguridad colectiva de la CEI, Rusia se
inmiscuyó en las disputas internas de Moldova, Georgia y
Tadzhikistán con el manto de un esfuerzo multilateral que resultó
poco convincente.
Con el primer país se llegó a una tensión prebélica en junio como
advertencia contra el tratamiento por el Gobierno de Chisinau del
separatismo armado de los rusófonos del Transdniester, aunque el 21
de julio un acuerdo de alto el fuego firmado en Moscú por Yeltsin y
el presidente moldavo, Mircea Snegur, permitió el despliegue de una
fuerza de interposición tripartita de 4.000 soldados con un fuerte
presencia rusa. Hasta el final de la presidencia de Yeltsin, el
contencioso por la retirada del 14º Cuerpo del Ejército Ruso,
reclamada con vehemencia por Chisinau, iba a entorpecer las
relaciones con una república ex soviética que debatía su identidad
nacional entre la especificidad moldava y el regreso al Estado
rumano del que en 1940 fue desgajada por la URSS.
En Georgia, la llegada a la Presidencia de Shevardnadze como
reemplazo aparentemente prorruso del autócrata nacionalista Zviad
Gamsajurdia coincidió con el recrudecimiento del conflicto con los
independentistas sudosetios. De nuevo, los buenos oficios rusos
permitieron un alto el fuego en Dagomys el 24 de junio y el
despliegue desde el 13 de julio de otra fuerza de paz multipartita
de 2.000 hombres, la mitad de los cuales los aportaba Rusia.
Por otro lado, en Tadzhikistán la reacción armada de los
procomunistas al derrocamiento en septiembre del presidente
Rajmon Nabíyev por una coalición de demócratas, nacionalistas e
islamistas, dio lugar a una cruenta guerra civil que forzó la
elección en noviembre del apparatchik Inomali Rajmónov como
presidente de la República, después de que la capital Dushanbé
cayera bajo el control del Ejército ruso, oficialmente neutral y sin
otra misión que "asegurar el orden".
En la cumbre de la CEI del 22 de enero de 1993 en Minsk se aprobó el
envío de 7.500 soldados de la que iba a ser la primera misión de
pacificación de la Comunidad. Aunque sin expresiones de violencia,
Yeltsin presionó fuertemente también a Estonia y Letonia para que
elaboraran leyes de ciudadanía no discriminatorias con las
importantes minorías rusófonas
Pero los peligros de la disgregación se instalaron en la propia
Federación Rusa. Estado multinacional por excelencia, Rusia se
presentaba como una URSS a escala menor compuesta por 89 entes
territoriales: 49 regiones (óblast), 21 repúblicas (respublik,
apellidadas autónomas hasta la disolución de la URSS), 10
distritos autónomos (avtonomnyy okrug), seis territorios (kray),
dos ciudades federales (gorod) y una región autónoma (avtonomnaya
óblast). Repúblicas, distritos autónomos y la región autónoma
portaban el nombre de la nacionalidad titular, mientras que
regiones, territorios y ciudades federales se articulaban como meras
entidades administrativas.
Las nacionalidades con más de medio millón de miembros sumaban la
quincena, pero los rusos étnicos suponían, de acuerdo con el censo
de 1989, el 81% de la población total, esto es, unos 120 millones.
Ahora bien, en algunas regiones los rusos constituían minorías y sus
relaciones con las mayorías nacionales no estaban libres de
tensiones.
Ya desde el golpe de agosto de 1991 las autoridades de Tatarstán,
Osetia del Norte, Karacháyevo-Cherkesia, Ingushetia y otras
repúblicas se lanzaron a reivindicar mayores cotas de autogobierno y
a hacer declaraciones de soberanía, los referendos de reafirmación
regionalista menudearon de un extremo al otro del país y numerosas
comunidades nacionales con particularidades étnicas, lingüísticas o
religiosas, por lo general víctimas de las deportaciones
estalinistas, reclamaron reparaciones, revisiones fronterizas y
estatus jurídicos no pocas veces contrapuestos y excluyentes. Las
regiones del Cáucaso norte, abigarrado mosaico de pueblos,
concentraron algunos de los conflictos más volátiles que se
nutrieron de y nutrieron a las auténticas guerras civiles desatadas
en el Transcáucaso no ruso.
A finales de octubre de 1992 estalló un sangriento conflicto entre
osetios e ingushes cerca de Vladikavkaz, la capital de la república
autónoma de Osetia del Norte, por el irredentismo de los últimos,
instigado por Dudáyev desde una Chechenia que en la práctica gozaba
de plena soberanía. Ahora bien, pese al activismo de la
Confederación de Pueblos de la Montaña auspiciada por Dudáyev y
aliada a Gamsajurdia y a los abjazios en contra del sentimiento
panosetio y la presencia rusa, el ejemplo checheno no cundió en
Ingushetia, Karacháyevo-Cherkesia o Daguestán, donde prevaleció la
mesura de las autoridades.
La segunda república más contestataria, Tatarstán, descartó también
la ruptura radical y en 1994 terminó suscribiendo el Tratado de la
Federación del 31 de marzo de 1992, por el que los sujetos sentaron
jurídicamente sus competencias con el Centro y que Yeltsin calificó
como un valladar a la desintegración del país. Otra república
díscola, Bashkortostán, rica en petróleo, se vinculó al federalismo
a cambio de un concierto fiscal favorable.
7. Duelo con los diputados por el curso de las reformas
El caso es que Yeltsin empezó a encontrar los mayores quebraderos de
cabeza a escasos metros del Kremlin. La liberalización de los
precios, que había conseguido abastecer de productos las estanterías
pero a unos costes prohibitivos para la gran mayoría de la
población, encendió la mecha de un descontento que comenzó a
manifestarse en las calles en febrero de 1992 por mano de una
heteróclita oposición de comunistas ortodoxos, ultranacionalistas de
signo fascista y nostálgicos del zarismo, que exigieron parar la
liberalización y restablecer los sistemas de control soviéticos.
En el CDPR se articularon tres bloques bastante equilibrados de
derecha, centro e izquierda (aunque las etiquetas
de los extremos podían intercambiarse dependiendo de lo que se
entendiera por progresismo o reaccionarismo). Consistían,
respectivamente, en: la Coalición por la Reforma, que reunía a
varios grupos de yeltsinistas incondicionales o de circunstancias
por aparecer el presidente como la única figura capaz de atajar los
males del país; el arco integrado por el Centro Democrático y la
Unión de Fuerzas Creativas y nutrido por los diputados de la Unión
Cívica de Rutskoi; y la Unión Rusa, que agrupaba a los
neocomunistas (de planteamientos muy ortodoxos) y a diversos
nacionalistas ideológicamente antitéticos a los anteriores, pero
aliados coyunturales frente a las reformas de mercado y la pérdida
del glacis soviético.
Con distintos tonos y lenguajes, había una insatisfacción bastante
amplia con la gestión ultraliberal de Gaidar, nombrado por
Yeltsin primer ministro en funciones el 15 de junio, por pretender
cambios radicales y traumáticos para los que la población no estaba
preparada.
Dirigentes parlamentarios centristas como Rutskoi, Arkadi
Volski (presidente de la poderosa Unión de Empresarios e
Industriales) y Nikolai Travkin (al frente del Partido Democrático
de Rusia) empezaron a proclamar que Yeltsin y su equipo de Gobierno
resultaban perjudiciales para la nación, que el "choque quirúrgico"
concebido como un plan estándar sin atender las peculiaridades rusas
condenaba a la miseria a la gran mayoría de la población y que eran
urgentes medidas de protección social. En un sentido general, este
sector solicitaba reformas graduales y un plan anticrisis no
traumático no muy diferente del Plan Shatalin de 1990, un enfoque
que los medios extranjeros calificaron de "socialdemócrata".
Gaidar, con la anuencia de Yeltsin, advirtió que no cabía otra
disyuntiva que sus recetas o el colapso y reclamó más tiempo para
notar sus efectos positivos en la macroeconomía. Pero para el G-7 y
muchos observadores extranjeros el Ejecutivo ruso no estaba llevando
con suficiente rigor las reformas, y sobre todo alertaron contra el
vacío normativo, la ausencia de códigos y regulaciones que favorecía
los maridajes político-financieros y los negocios turbios, y, en
definitiva, un modelo de capitalismo que mereció el calificativo de
"salvaje".
Todavía más, esta liberalización desordenada convivía con la antigua
nomenklatura burocrática, que, lejos de ser desplazada por
tecnócratas de nuevo cuño hechos a los procedimientos occidentales,
fue recuperada por el propio Yeltsin (sobre todo la del complejo
militar-industrial) para restablecer los antiguos sistemas
administrativos de gestión, incompatibles con un Estado moderno y
eficiente a largo plazo pero hallados necesarios en un momento de
desarticulación y desconcierto generales.
Así, las nuevas élites para las que la libertad de mercado era
sinónimo de enriquecimiento sin control y depredación convivieron
con las antiguas clases ansiosas de reciclarse al nuevo orden de
cosas y no verse relegadas de las nuevas oportunidades, dando lugar
a extrañas hibridaciones. Pesaba también la historia: una tradición
multisecular de inexperiencia democrática, de cadenas verticales de
mando, de arbitrariedad en la toma de decisiones por el poder y de
primacía de lo unilateral y exclusivo sobre las fórmulas de consenso
e integración normales en las sociedades civiles consolidadas.
Los conceptos de democracia y descentralización tuvieron lecturas
egoístas y autárquicas en las provincias, acentuando la segmentación
regional de la economía y haciendo imposible una política
macroeconómica global. En resumidas cuentas: se configuró en Rusia
un panorama de reformas plagado de inconsistencias y
contradicciones, de flujos y reflujos, que hacía muy difícil hacer
un pronóstico sobre su evolución.
La unificación de los tipos de cambio comenzada el 1 de julio de
1992 desató un brutal proceso inflacionario y agravó las pesadumbres
de la población. En la calle la extrema izquierda se organizó en un
Frente de Salvación Nacional (FSN) que exigió abiertamente el
derribo del "traidor" Yeltsin por haber apuntillado a la URSS,
mientras que en el CDPR se caldearon las actitudes contrarias a las
estrellas del gobierno reformista. Yeltsin insistió en que el
presidente no debía inmiscuirse en las luchas partidistas y renunció
a fundar un partido propresidencial fuerte.
También había declinado convocar elecciones a una asamblea
constituyente cuando los diputados le eran mayoritariamente afectos,
en los meses posteriores al golpe de 1991 (un error que mucho se le
iba a achacar después, sobre todo en el extranjero), y ahora no
tenía otro remedio que lidiar con un órgano semidemocrático, elegido
con los instrumentos de un Estado que ya no existía y crecientemente
hostil a las transformaciones económicas radicales. Pero el foso que
se abrió entre los bandos políticos reparaba cada vez más en el
elenco de poderes heredado del período soviético, que cada
institución deseaba ampliar para sí y escamotear a la rival.
El presidente poseía la iniciativa legislativa y la capacidad de
designar a los ministros de Asuntos Exteriores, Defensa, Interior y
Seguridad de conformidad con el Parlamento. No tenía derecho a
disolver el poder legislativo, bien fuera el CDPR o el Soviet
Supremo, pero sí declarar el estado de emergencia. Además, como se
apuntó arriba, coyunturalmente Yeltsin estaba investido de poderes
especiales para gobernar por decreto.
Las facultades del CDPR, oficialmente el máximo órgano del poder,
eran amplias: la adopción y enmienda de la Constitución, la
determinación de las políticas internas y externas, la ratificación
de acuerdos internacionales con implicaciones constitucionales, la
elección del Soviet Supremo y del Tribunal Constitucional, la
dirección de la moción de censura al presidente y la suspensión de
las leyes del Soviet Supremo y de los decretos del presidente.
Recapitulando, Yeltsin heredó unos poderes de hecho cortocircuitados
por el CDPR.
Yeltsin sometió a debate su idea de una Constitución
presidencialista a la americana que sustituyera a la soviética en
vigor, como el único modelo viable dadas las circunstancias, que, en
su opinión, requerían un liderazgo unipersonal y fuerte. El
presidente del CDPR y aliado hasta hacía poco, Ruslán Jasbulátov,
replicó que semejante concesión sería el "suicidio" de la democracia
parlamentaria que él encarnaba, pero durante unos meses las
transacciones evitaron la moción de censura al Ejecutivo o la
retirada de los poderes especiales al presidente.
El 30 de noviembre del Tribunal Constitucional, que presidía Valeri
Zorkin, dictó una serie de sentencias de claro carácter
conciliatorio sobre los decretos de Yeltsin posteriores al golpe de
1991; así, se confirmó la legalidad de disolver los órganos
dirigentes del PCUS y el PCR, pero no la prohibición de las
organizaciones de base del último, con lo que el restablecimiento de
una estructura partidista, lo que luego iba a dar lugar al Partido
Comunista de la Federación Rusa (de sigla rusa KPRF), recibió luz
verde.
En esta línea de apaciguamiento, el 25 de noviembre Yeltsin cesó a
Mijaíl Poltaranin como ministro de Información y a Búrbulis como
secretario de Estado (el 14 de abril ya le había apartado como
primer viceprimer ministro), dos de los principales satanizados por
los congresistas. El enfrentamiento no decayó y cuando el 1 de
diciembre se inauguró el VII CDPR las dos partes acudieron prestas a
plantear una batalla que se presumía definitiva. Empero, la sangre
no llegó al río, ya que Yeltsin descartó la solución autoritaria
(léase la disolución del CDPR por decreto) y entre los diputados se
impuso la tesis del derribo por cauces legales.
El presidente y sus detractores llegaron a una suerte de tregua por
la que el primero retiraba su amenaza de convocar un referéndum para
elegir entre él o el Legislativo a cambio de someter a Gaidar a la
confianza de los diputados. Los poderes especiales y la prerrogativa
sobre los ministerios de fuerza fueron salvaguardados de momento,
pero el 14 de diciembre los diputados le impusieron a Víktor
Chernomyrdin, viceministro desde mayo y notorio representante del
lobby militar-industrial, de entre los cinco candidatos
presentados para presidir el Gobierno.
El 19 de diciembre Yeltsin retornó precipitadamente de China ante el
amago de Chernomyrdin, azuzado por la Unión Cívica, de deshacerse
del equipo de Gaidar, cuyo grupo Demócratas Radicales encabezaba el
bloque de fuerzas yeltsinistas también participado por RD, el
Movimiento Ruso para las Reformas Democráticas de Yakovlev, Popov y
Sobchak, y el Partido Republicano.
El presidente demostró su autoridad manteniendo a los pesos
pesados del liberalismo, a saber, Vladímir Shumeiko, Anatoli
Chubáis y Aleksandr Shojin, viceprimeros ministros los tres, a los
que se sumaron los también notorios reformistas Borís Fyodorov,
ministro de Finanzas a partir del 25 de marzo de 1993, y Yuri Yárov.
En los meses siguientes todos estos nombres iban a ubicarse en dos
partidos nuevos, bien en la Opción Democrática de Rusia (DVR)
fundado por Gaidar, bien en el Partido de la Unidad y la Concordia,
más independiente del Kremlin y sensible a la dimensión social de
las reformas.
Los cuatro ministros de fuerza cuyo nombramiento se reservaba el
presidente, Kozyrev en Exteriores, Grachev en Defensa, Barannikov en
Seguridad y Víktor Yerin en Interior, mantuvieron sus puestos. En
otra contrapartida, el 22 de diciembre los diputados pasaron la
nueva Ley de Gobierno por la que el Legislativo debía ratificar los
nombramientos de estos cuatro ministerios. Yeltsin se apresuró a
quitar lustre a la autoproclamada victoria de los diputados
asegurando que la reforma económica era irreversible.
8. Choque armado con el Parlamento y victoria pírrica de Yeltsin
Los resultados del VII CDPR no fueron más que un compromiso
temporal. El recurso al referéndum para dirimir las diferencias
entre las instituciones fue resucitado por Yeltsin, pero ahora
Jasbulátov entró en ese juego. Durante tres meses el presidente y
los congresistas se enzarzaron en un frenesí de propuestas y
contrapropuestas sobre las preguntas que debería incluir el
referéndum múltiple.
Por lo demás, el poder legislativo encontraba excelente munición
para sus andanadas en los escándalos económicos que proliferaban en
el Ejecutivo, con Búrbulis, Shumeiko y Poltaranin como principales
sospechosos de los manejos irregulares. Esta incapacidad del Kremlin
para cortar con la tradición de trapacería y opacidad en las
gestiones del Gobierno hizo un gran daño a Yeltsin, que se
deslegitimaba para solicitar luego a la ciudadanía un sacrificio
tras otro.
El 29 de marzo de 1993 el IX CDPR, un día después de fracasar por 72
votos una moción de destitución de Yeltsin y como remate a varias
semanas de intensa lucha política en las que se habían cruzado las
iniciativas para recortar los poderes del contrario, se salió con la
suya y estableció las cuatro cuestiones del referéndum que aquel
había convocado por decreto para el 25 de abril. En estos momentos,
el bloque yeltsinista, denominado Coalición por las Reformas, sólo
abarcaba el 33% de los diputados, poco algo más que la Unidad Rusa
de comunistas, ultranacionalistas y agrarios. Entre medio, el amplio
arco de fuerzas centristas, que iba a inclinar el fiel de la
balanza a uno y otro lado cuando llegara el momento de la escaramuza
final.
Los resultados del referéndum fueron como sigue: el 58% de los
votantes expresaron su confianza en el presidente; el 52,8% lo
hicieron en la política del Gobierno; el 31,6% creyó oportuno
adelantar las elecciones presidenciales y el 43,4% opinó lo mismo
con las legislativas. En Moscú, el apoyo a Yeltsin y a las reformas
del Gobierno recibieron el 75% y el 70%, respectivamente, y en su
Yekaterinburgo natal los apoyos alcanzaron el 88%. Aunque los
resultados eran favorables a Yeltsin, el CDPR se negó a reconocer su
carácter vinculante.
El clima de moderación saltó por los aires cuando el FSN, que venía
denunciando una "conspiración internacional para convertir a Rusia
en una república bananera", protagonizó una violenta demostración el
1 de mayo y las dos instituciones se adentraron en una nueva
escalada de reproches, ahora en torno a la convocatoria de una
Asamblea Constituyente, el modelo de Carta Magna y el adelanto de
las elecciones. En julio el Parlamento votó un presupuesto
exageradamente deficitario que se interpretó como un desafío abierto
a la política del Gobierno.
El 1 de septiembre de 1993 Yeltsin destituyó a Rutskoi, que ya hacía
un tiempo se había pasado al bando conservador de Jasbulátov, el 18
reintegró a Gaidar en el Gobierno como primer viceprimer ministro y
el 21 cruzó el Rubicón político: con tono dramático, anunció por la
televisión la imposición del mando presidencial directo, la
disolución del Parlamento y el CDPR y la convocatoria de elecciones
legislativas anticipadas. El presidente justificó su acto
inconstitucional para "salvar al país del caos, la desintegración y
la catástrofe", a los que los diputados le habían abocado con su
"obstruccionismo sistemático" e "ignorancia de la voluntad del
pueblo".
La reacción de Jasbulátov y los congresistas fue atrincherarse en la
Casa Blanca, destituir a Yeltsin, nombrar a Rutskoi "presidente en
funciones" y llamar a la resistencia civil contra el "golpe de
Estado presidencial". Yeltsin aplicó su inveterada táctica del
divide y vencerás, provocando un goteo de deserciones de
diputados con la zanahoria de prebendas institucionales.
Esto redujo la fuerza institucional de los rebeldes, pero acrecentó
a los radicales irreductibles ansiosos de confrontación (como los
exaltados militares Stanislav Terejov, presidente de la Unión de
Oficiales del Ejército, Albert Makáshov, jefe del "Estado Mayor" de
las fuerzas del Parlamento, y Vladislav Achalov, "ministro de
Defensa"), quienes, coordinándose con los extremistas del FSN y
otros grupos ultras de derecha e izquierda en el exterior,
arrastraron a Rutskoi, Jasbulátov y otros supuestos tibios a una
aventura desesperada.
El 3 de octubre, al cabo de unos días extremadamente tensos, con
indicios por ambas partes de preferir el desenlace violento sobre el
negociado y a punto de expirar el ultimátum del Kremlin para que los
diputados se rindieran, partidas armadas intentaron tomar diversos
edificios estratégicos de Moscú con todos los visos de un golpe de
mano al estilo bolchevique. Yeltsin declaró el estado de excepción y
ordenó a las tropas y unidades acorazadas del Ejército que rodeaban
la Casa Blanca su captura sin reparar en medios.
La guerra civil parecía servida, pero la lealtad a Yeltsin de todos
los resortes de fuerza del país y la pasividad del grueso de la
población, que asistió atemorizada a la furiosa batalla en el
corazón de Moscú, sentenciaron a los opositores. El día 4 efectivos
del OMON tomaron al asalto una Casa Blanca destrozada por el fuego
de los tanques y, tras 12 horas de combate, hicieron prisioneros a
sus líderes y cabecillas. Al mismo tiempo, se anunció la
ilegalización del extremista Partido Comunista Obrero (Rusia
Trabajadora) de Víktor Ampilov y el FSN de Ilia Konstantinov.
La brutal embestida contra el Parlamento dejó decenas de muertos -el
primer balance oficial cifró en 118 los fallecidos, si bien en los
días siguientes se sumaron otros 30- y sembró un resentimiento que
luego iba a aflorar por otros cauces, pero Yeltsin había ganado tras
un año de pulso institucional, y sin pagar un precio político
significativo: el Gobierno, los dirigentes regionales, el Ejército y
los socios internacionales se habían plegado mayormente a sus puntos
de vista. Sólo el Tribunal Constitucional seguía plantándole cara,
negándole el soporte legal a su drástica decisión.
9. Concentración de poderes y respaldo limitado en las urnas
Apenas se sofocaron los incendios del histórico 4 de octubre de 1993
cuando Yeltsin se lanzó a implantar una república presidencialista
hecha a medida. Sintiéndose fuerte, en los días inmediatos emitió
una ráfaga de decretos que pautaron una suerte de segunda
descomunistización y pretendían despejar de obstáculos la labor
reformista del Gobierno, aunque otra lectura apuntaba a la
liquidación sin más, aprovechando la suspensión temporal de algunas
garantías legales, de cualquier oposición organizada que cuestionara
su poder.
El 5 de octubre compareció ante la nación para acusar a Rutskoi y
Jasbulátov de planear durante meses "una sangrienta dictadura
comunista-fascista" y expresar su dolor por la sangre derramada en
lo que calificó de "tragedia nacional". También confirmo las
elecciones legislativas para diciembre e instó a los soviets locales
a que se disolvieran "sin conmociones y escándalos". El día 8
prohibió las actividades del centroizquierdista Partido Popular
Rusia Libre, integrante de la Unión Cívica y al que pertenecía
Rutskoi, y el KPRF de Guennadi Zyugánov, pero el 19 los dos no
figuraron en la relación de partidos vetados definitivamente de
participar en los comicios. Y el 27 decretó la libre compraventa de
la tierra, reforma estructural de enorme trascendencia que completó
la descolectivización del agro aprobada por Gorbachov en 1990.
En las semanas siguientes el equipo del Kremlin remató el proyecto
de Constitución que iba a someterse a referéndum, harto diferente
del elaborado por la Comisión Constitucional en el verano, cuando
Yeltsin estaba obligado a hacer concesiones al CDPR.
Rica en influencias de los modelos estadounidense y francés, la
nueva Carta Magna rusa establecía que el presidente federal sólo era
responsable ante el pueblo y le otorgaba amplias potestades, como la
comandancia suprema de las Fuerzas Armadas, la elaboración de las
políticas interiores y exteriores y la designación del jefe de
Gobierno ante el Parlamento. Si éste rechazaba tres veces seguidas
al candidato (fuera o no la misma persona), el jefe del Estado
estaba facultado para disolver la Cámara. También podía el
presidente recurrir a este instrumento si los diputados reiteraban
una retirada de la confianza al Gobierno, cuya continuidad o
sustitución sí estaba enteramente sujeto a su voluntad.
Completando su elenco de atribuciones, el presidente convocaba las
elecciones y referendos, poseía iniciativa legislativa y nombraba
candidatos a las altas magistraturas del país. Por si esto fuera
poco, se dificultaba enormemente la posibilidad del impeachment
o proceso de destitución por el Legislativo: el presidente sólo
podía ser apartado del cargo si los diputados formulaban una
acusación de alta traición u otro crimen de envergadura, y los
tribunales Supremo y Constitucional confirmaban indicios delictivos
en la conducta juzgada. Además, estaba asistido por el Consejo de
Seguridad de la Federación Rusa (SBRF) y la Administración
Presidencial, órganos con funciones poco definidas pero que iban a
representar de hecho una estructura paralela de poder sustraídas de
la fiscalización por las instituciones del Estado.
Por lo que respectaba al poder legislativo, éste quedaba constituido
como Asamblea Federal (Federalnoe Sobranie), compuesto por la
Duma Estatal (Gosudarstvienaya Duma) o Cámara Baja y el
Consejo de la Federación (Soviet Federatsii) o Cámara Alta de
representación territorial. Además, se estableció la confirmación de
que el mandato de Yeltsin agotaría el quinquenio, haciendo
innecesarias elecciones presidenciales hasta junio de 1996, cuando
Yeltsin podría renovar el mandato por un cuatrienio, el período
determinado para los ejercicios presidenciales en lo sucesivo.
Yeltsin, por fin, parecía tenerlo todo atado y bien atado, aunque la
doble llamada a las urnas del 12 de diciembre de 1993 dejó un
regusto agridulce en los pasillos del Kremlin. En el referéndum
constitucional, declarado válido al participar más del 50% del
censo, se pronunciaron a favor el 58,4% de los votantes. Pero en las
elecciones a la Duma, las primeras verdaderamente democráticas en la
historia de Rusia, la DVR sólo cosechó 96 de los 450 escaños.
El gran triunfador de la jornada fue el ultranacionalista Partido
Liberal Democrático de Rusia (LDPR) del pintoresco Vladímir
Zhirinovski, que metió 70 escaños y, más llamativo aún, se alzó como
el partido más votado con un contundente 22,8%, 7,4 puntos más que
la DVR. El pujante KPRF y su aliado el Partido Agrario de Rusia (APR)
le seguían como tercera y cuarta fuerzas, sumando otros 112
diputados hostiles a las reformas liberales. Sólo en quinta posición
en las preferencias del electorado apareció un partido reformista
liberal, el Yábloko de Grigori Yavlinski, con todo un recio opositor
a la concepción capitalista de los hombres del Kremlin.
El demagogo y antisemita Zhirinovski, propenso a las bufonadas y
declaraciones explosivas, podía causar hilaridad o consternación,
pero supo canalizar el descontento de una parte considerable de una
población asustada, moralmente quebrantada, que añoraba algunos
mecanismos de control y previsibilidad del régimen soviético, sobre
todo los relacionados con la economía.
Aunque eran el eje de su ideología, las exigencias de reconstrucción
por las bravas del imperio soviético en Europa (eran recientes las
retiradas de las últimas tropas de Polonia, en octubre de 1992, y
Lituania, en agosto de 1993) no atraían a la ciudadanía tanto por su
factibilidad como por la apelación emocional a una época en que el
mundo no osaba avasallar a Rusia con unas recetas económicas que, al
parecer, sólo beneficiaban a una minoría de privilegiados poco
escrupulosos.
En los meses siguientes el equipo del presidente no se esforzó
demasiado en censurar las tropelías verbales del jefe del primer
partido del país (y para un Occidente perplejo, candidato seguro a
morador del Kremlin en un futuro no muy lejano) porque necesitaba su
apoyo frente a los comunistas, considerados la verdadera oposición a
las reformas capitalistas, y porque él mismo estaba dispuesto a
modificar su actitud diplomática frente a los aliados occidentales y
ganar una nueva respetabilidad internacional para Rusia.
La irrupción de Zhirinovski y sus perturbadores replanteamientos
geopolíticos supusieron un revulsivo para que Yeltsin planteara algo
más que simple retórica sobre la situación de los derechos de los
rusos en el "extranjero cercano", fundamentalmente en Asia Central y
Transcaucasia, escenarios respectivamente de programas estatales de
asimilación cultural y de amenazas de agresiones, que estaban
provocando emigraciones y exilios de consideración. Ahora bien, hubo
quienes, como el propio Gorbachov, sugirieron que el "fenómeno
Zhirinovski" no era sino la fachada de un poderoso núcleo de fuerzas
conservadoras -políticas, militares y empresariales- que estaba
arraigando en el Kremlin.
El 14 de enero de 1994 el agrario Iván Rybkin fue elegido presidente
de la Duma y días después dimitió Fyodorov como viceprimer ministro
y ministro de Finanzas. Gaidar también tuvo que ser despedido. Como
contraprestación parcial, el viceprimer ministro Shumeiko salió del
Gobierno y pasó a presidir el Consejo de la Federación. Lo primero
que hizo la Cámara baja electa tras inaugurarse, el 23 de febrero,
fue amnistiar a los golpistas de 1991 y a los insurrectos de 1993.
Yeltsin se tragó la afrenta y prefirió apaciguar a la mayoría
nacional-comunista de diputados con seguridades de que Rusia iba a
"actuar con firmeza" en la escena internacional, a "abandonar la
práctica de las concesiones unilaterales" y a "equilibrar el ritmo
de la aplicación de las reformas económicas y el coste social de las
mismas". A cambio, el presidente solicitó a los diputados un "memorándum
por la paz social" y una "entente nacional en torno al programa de
Gobierno".
El primer paso hacia la rehabilitación del perdido estatus de
superpotencia se adoptó ya en vísperas de los comicios, el 3 de
noviembre, con la aprobación de la nueva doctrina militar por el
SBRF. En lo sucesivo, las Fuerzas Armadas rusas estaban facultadas
para intervenir en conflictos internos que amenazasen la integridad
del Estado (una vigilancia de la seguridad interna que legitimaba a
posteriori el asalto y toma del Parlamento), citándose como
causantes de estos disturbios grupos nacionalistas o separatistas
lanzados a la subversión armada contra las instituciones federales.
Igualmente, se regularizó la participación de tropas rusas en
misiones de interposición conforme a los compromisos de seguridad
colectiva adquiridos con los socios de la CEI.
Desde el punto de vista de la defensa tradicional, se asumía que
Rusia carecía de enemigos exteriores en ese momento y se proclamaba
el objetivo de eliminar el peligro de una guerra nuclear en el
mundo, pero no se renunciaba a un arsenal atómico por ofrecer una
disuasión contra posibles agresores. Un punto que levantó muchos
comentarios fue la reserva del derecho al primer uso de armas
nucleares si el país se sentía amenazado, lo que contradecía el
compromiso adquirido por la URSS en la etapa de Gorbachov. El 21 de
diciembre Yeltsin decretó a su vez la transformación del Ministerio
de Seguridad, establecido el 24 de enero de 1992, en el Servicio
Federal de Inteligencia (FSK), que de momento se centró en las
tareas de contraespionaje, sólo uno de los campos de operación del
desaparecido KGB. El hasta ahora ministro de Seguridad, Nikolai
Golushko, se convirtió en director del FSK.
10. Reafirmación diplomática y viraje nacionalista
Durante 1993 y parte de 1994 perduró mayormente el buen clima en las
relaciones con Occidente. El 3 y el 4 de abril de 1993 Yeltsin
sostuvo en Vancouver su primera cita con Bill Clinton. Centrada en
los aspectos económicos, en la cumbre de la ciudad canadiense
prendió una relación de amistad entre dos mandatarios que compartían
un carácter abierto a los gestos informales, y durante meses hasta
se habló de "luna de miel" entre las dos potencias. Clinton opinaba
que invertir en Rusia ahora suponía invertir "en el futuro de
América" y presentó un decálogo de actuaciones concretas y
multisectoriales, desde financiación directa a programas de
reconversión.
Las ayudas tomaron concreción en la 19ª cumbre del G-7, en Tokyo,
del 7 al 9 de julio de 1993. Yeltsin asistió como invitado a partir
del segundo día y, por boca de Clinton y el primer ministro japonés
Kiichi Miyazawa, le fue confirmada la concesión de la espectacular
suma de 43.000 millones de dólares entre fondos ya apalabrados y los
nuevos. Parte de esta ayuda se iba a conceder con rapidez y el
grueso iba a depender del curso de los acontecimientos en Rusia.
Las partidas principales de este monto iban dirigidas a los fondos
para la privatización de empresas y la estabilización del rublo, a
programas de asistencia técnica y a créditos a la exportación. Nada
más regresar a Moscú, Yeltsin dispuso una serie de decretos para
acelerar la reconversión económica conforme a las demandas de sus
fiadores internacionales; así, el 24 de julio comenzó una draconiana
regulación monetaria para atajar la hiperinflación (el índice superó
el 1600% en diciembre de 1992), pero fue tal la convulsión social
provocada que el Gobierno hubo de ampliar los plazos y modalidades
para el canjeo de los billetes viejos.
Si la cooperación económica se enmarcaba en la confianza y el
optimismo (los voluntarismos de Estados Unidos y Alemania fueron
decisivos en esta vasta operación de ayuda a Rusia), las relaciones
políticas aún discurrían también por una senda similar. Aunque la
posición proserbia de Moscú chocaba con las simpatías promusulmanas
de Washington, la negativa de los aliados occidentales a intervenir
en la cruenta guerra de Bosnia-Herzegovina permitió la exploración
conjunta de soluciones negociadas, como el denominado Programa de
Acción Común anunciado el 22 de mayo por Rusia, Estados Unidos,
Francia, Reino Unido y España.
En las relaciones con los países de la OTAN ya estaba sobre la mesa
la oposición rusa al ingreso en su seno de países surgidos del
antiguo bloque soviético, aduciendo que la expansión al este de la
organización defensiva -cuya misma existencia tras el final de la
Guerra Fría se cuestionaba- sólo reflejaba una malquerencia
occidental hacia Rusia y ponía en peligro toda la arquitectura de
seguridad del continente. Por eso mismo, Yeltsin apostaba por
trabajar conjuntamente en la Conferencia de Seguridad y Cooperación
en Europa (CSCE), que era una organización de dimensión continental
y no trabajaba con lógicas de aliados e hipotéticos adversarios.
Sin embargo, los miembros de la OTAN articularon con habilidad
nuevos espacios de cooperación flexible con los estados no miembros,
que sirvieran de antesala de los ingresos de pleno derecho, por lo
demás enmarcados en una vasta y ambiciosa reforma de las doctrinas y
estructuras de la Alianza para acomodarla a los nuevos tiempos.
El programa de la Asociación para la Paz (ApP) fue pactado por
Estados Unidos y Rusia el 22 de octubre de 1993 y quedó listo para
su presentación en el Consejo Atlántico de Bruselas del 10 y 11 de
enero de 1994. Inmediatamente después, el día 13, Yeltsin recibió a
Clinton en su primera cumbre en la capital rusa y 24 horas más tarde
se les unió Kravchuk para firmar un trascendental acuerdo por el que
Ucrania se obligaba a deshacerse de todos sus misiles estratégicos,
confirmando la condición de Rusia como única potencia nuclear de la
CEI.
Yeltsin protagonizó a finales de 1993 otros eventos constructivos en
las relaciones con Occidente, como el regreso a Japón del 11 al 13
de octubre en una visita oficial en la que formuló la necesidad de
establecer el tratado de paz bilateral pendiente desde la Segunda
Guerra Mundial y reconoció como principio de negociación la demanda
de soberanía nipona sobre las islas Kuriles, y la firma el 9 de
diciembre de 1993, como antesala del Consejo Europeo reunido en
Bruselas, de una declaración sobre el futuro Acuerdo de Asociación y
Cooperación (AAC) Rusia-UE, cuyo camino había allanado desde 1991 un
instrumento decisivo de los mecanismos de cooperación, el programa
de asistencia TACIS.
El AAC, con una previsión de vigencia de 10 años, fue firmado por
Yeltsin y la autoridad comunitaria en el Consejo de Corfú, el 24 de
junio de 1994, y aunque no podía compararse a los Acuerdos Europeos
de Asociación concebidos para los países solicitantes de ingreso (en
Europa Central y Oriental, los denominados PECO) el apartado de
desarme arancelario bilateral sí incluía una cláusula evolutiva a un
área de libre comercio, cuya implementación, en todo caso, no se
consideraba factible antes de 1998, como mínimo. Para la UE, el
desarrollo de las relaciones comerciales con Rusia iba a depender
del curso de las reformas económicas en el país eslavo.
Por lo que respectaba a la OTAN, el 22 de junio Kozyrev estampó su
firma al documento de adhesión a la ApP en Bruselas y a un anexo
especial, que según las traducciones inglesa y francesa era un mero
"sumario de conclusiones" y según la rusa un "protocolo", esto es,
un documento con valor jurídico vinculante. Rusia se amparó en esta
interpretación para anunciar que la OTAN había reconocido su
"estatus de superpotencia", que, si bien carecía del derecho de veto
sobre las decisiones de la Alianza, sí tendría que ser consultada en
un ámbito institucional. Este acuerdo era sólo un anticipo del marco
de colaboración específico entre Rusia y la Alianza, aún por
precisar.
Los gobiernos occidentales, con diversos grados, acogieron
satisfactoriamente el aplastamiento de la rebelión de octubre, que
de hecho incitaron en la convicción de que Yeltsin, con todas las
críticas que su gestión pudiera merecer, era la única alternativa a
las fuerzas antirreformistas, y tal vez al retorno a un orden
neosoviético. Pero aunque Yeltsin demostró con hechos que las
reformas estructurales no tenían vuelta atrás, también se advirtió
un cambio de tono en la percepción de Rusia en la escena
internacional.
Moscú utilizó la ex Yugoslavia como banco de pruebas de su
determinación a resucitar un prestigio de gran potencia que tenía
mucho que decir sobre intervenciones militares en áreas consideradas
geográfica e históricamente suyas. Aunque las tardías
actuaciones sobre Bosnia y Kosovo tuvieron más que ver con las
vacilaciones de Occidente que con el temor o respeto hacia la
actitud proserbia de Rusia, el país de Yeltsin sí consiguió
desvinculase del seguidismo que, por ejemplo, caracterizó a la URSS
durante la crisis del golfo Pérsico de 1990-1991, y ofrecerse al
mundo como una potencia con la que había que contar y que tenía sus
propios enfoques geopolíticos, muchas veces divergentes de los de
Estados Unidos y sus aliados europeos por mucho que les pesara.
Así, en febrero de 1994 entró en juego una diplomacia rusa más
resuelta que arrancó de los serbobosnios un compromiso de retirada
de las armas pesadas del cerco de Sarajevo, tan incierto como
suficiente para que la OTAN, en el fondo aliviada de que los rusos
asumieran el papel de palomas en el conflicto, desistiera de un
ataque aéreo en represalia por la última masacre de civiles en la
ciudad.
Los enviados rusos consiguieron acuerdos puntuales de alto el fuego
y de levantamiento de cercos militares en Bosnia y Croacia, y como
los países occidentales todavía preferían pensar que una solución
exclusivamente negociada a la guerra en el primer país era posible,
accedieron gustosos a que Moscú se encargara de hacer entrar en
razón a las autoridades de la autoproclamada Republika Srpska. Se
procedió a un reparto de papeles que dio lugar en abril de 1994 al
denominado Grupo de Contacto de países implicados en los procesos de
paz de Bosnia. Cuando en agosto de aquel año el presidente serbio
Slobodan Milosevic
escenificó la ruptura con sus protegidos de Bosnia por su negativa a
sumarse al último plan de paz, Yeltsin se encontró más libre para
estrechar las relaciones entre dos naciones eslavas que se
consideraban muy ligadas.
El verano de 1994 marcó el canto de cisne de la amable
contemporización de los dirigentes occidentales con "el amigo Borís".
El presidente ruso, en el cénit de su exuberancia mediática, fue
invitado a la cumbre del G-7 en Nápoles el 8 de julio, y tras su
encuentro bilateral con Clinton del día 10 declaró con entusiasmo
que, puesto que había sido integrada en las discusiones políticas,
Rusia era virtualmente el octavo socio del restringido club de
potencias y su condominio sobre el "poder institucional planetario".
Asimismo añadió que aquellas podían estar seguras de que "el oso
ruso no iba a entrar rompiendo las ventanas".
Entre el 24 y el 28 de septiembre recaló en Londres, Nueva York
-para asistir a la Asamblea General de la ONU- y Washington, y la
idea más reiterada fue el rechazo a los planes de ampliación de la
OTAN, a su juicio un obstáculo muy serio en la búsqueda de nuevas
estructuras de seguridad abiertas a todos los estados. En su nueva
cumbre con Clinton, desarrollada los días 27 y 28, Yeltsin hizo
votos por acelerar los compromisos adquiridos en el tratado START-II,
cuya ratificación por la Duma estaba pendiente.
El 31 de agosto de aquel año Yeltsin presidió en Berlín con el
canciller Helmut Kohl la salida de las últimas tropas rusas del
territorio de la antigua República Democrática Alemana (el mismo día
lo hicieron las unidades acantonadas en Letonia y Estonia) y ambos
se juramentaron para que nunca más hubiera una guerra entre los dos
países. Para Yeltsin, ese fue "el día de la reconciliación
definitiva" entre Rusia y Alemania, y estimó que los soldados rusos
partían "en la creencia de que nunca más vendría una amenaza desde
suelo alemán".
Durante la que para los nostálgicos del pasado soviético fue una
jornada triste para Rusia, Yeltsin proporcionó un festivo
espectáculo a la concurrencia, improvisando la dirección de una
orquesta militar batuta en mano y cantando la célebre Kalinka.
Unas semanas después, el 30 de septiembre, de vuelta de su viaje a
Estados Unidos, hizo escala en Dublín con la intención de mantener
un desayuno de trabajo con el primer ministro irlandés John Reynolds
(quien había acortado un viaje por Australia a tal fin), pero éste
esperó en vano a que el ruso bajara del avión en la misma pista del
aeropuerto internacional de Shannon. Luego, en Moscú, Yeltsin
explicó el suceso: "lo único que pasó es me quedé dormido y mis
guardaespaldas tenían órdenes de no despertarme"; aunque por doquier
se escuchó la versión de un exceso etílico del presidente.
A medida que las cámaras de televisión robaban imágenes de un
Yeltsin tambaleante y necesitado del sostén de un guardaespaldas o
un presidente de la CEI, la oposición se preguntó si Yeltsin no
estaría incapacitado para gobernar, bien por su excesiva afición al
vodka, bien por un estado de salud quebradizo. Estas situaciones
excéntricas, insólitas en un estadista, más las destemplanzas
verbales que empezaron a adornar su discurso, fueron recibidas con
educada cortesía por unos dirigentes occidentales que, si por un
lado estaban impacientes por la incapacidad de Rusia para levantar
cabeza pese a los miles de millones invertidos y desconcertados por
el carácter cambiante de su primer dirigente, por el otro pensaban
que Yeltsin al menos era un líder razonable, abierto a las
relaciones personales y comprometido con la superación del pasado de
su país.
Las humoradas y los síntomas de debilidad física de Yeltsin, en
cambio, disgustaban profundamente a la opinión pública rusa, que
sentía que su presidente era objeto de chanza por los extranjeros y
le hacía un flaco favor a la imagen internacional del país, en lo
sucesivo tan susceptible de compararse en su trayectoria con la
crecientemente errática actuación de su máximo responsable.
11. Enfoque neoimperial de la CEI y la guerra de Chechenia
A medida que curtían su discurso ante Occidente, Yeltsin y sus
colaboradores también desplazaron su concepto de la CEI hasta
hacerla una especie de instrumento al servicio de un proyecto de
reconstrucción nacional ruso. Organización que no terminaba de
articularse como un verdadero espacio común en lo político, lo
económico y lo militar, y pálido remedo, por ejemplo, de la UE, la
CEI, a iniciativa rusa, siguió aprobando un rosario de acuerdos de
integración en cuya aplicación realmente no confiaban la mayoría de
los socios, cada vez más dispuestos a trabar alianzas bilaterales y
subregionales para beneficiarse o defenderse de la omnipresencia
rusa, según fueran los intereses de cada república.
En el bienio 1993-1994 la vigorización de la CEI por la iniciativa
interesada de Moscú registró varios éxitos que, por de pronto,
fortalecieron la respetabilidad y el prestigio de Yeltsin entre sus
colegas. Cuando en la cumbre de Ashjabad en diciembre de 1993 tocó
elegir el primer presidente de turno de la Comunidad, no había duda
de quien debía iniciar la rotación. Se dio el hecho incluso de que
aquellos mandatarios quejosos e irritados por lo que consideraban
injerencias y hasta conspiraciones de inequívoca procedencia rusa,
tendían a no incriminar personalmente a Yeltsin y a descargar las
responsabilidades sobre "fuerzas ocultas", "servicios de
inteligencia" y "partidos de la guerra".
En la cumbre de Moscú del 24 de septiembre de 1993, en plena crisis
con los diputados, Yeltsin consiguió que nueve presidentes (todos
excepto el ucraniano Kravchuk y el turkmeno Saparmurat Niyazov, los
cuales prefirieron observar su evolución) suscribieran el Tratado de
Unión Económica, que preveía la libre circulación de mercancías en
el espacio CEI, la unificación de los regímenes aduaneros y una
geometría variable para las políticas monetarias nacionales,
crecientemente reacias a la permanencia en el área del rublo.
Azerbaidzhán, cuyo presidente Heydar Aliev (un veterano y alto
nomenklaturista que hasta el final había permanecido leal al PCUS)
acababa de hacerse con el poder en Bakú en una jugada de la que no
estuvo ausente la inteligencia rusa, confirmó su regresó a la CEI,
de la que se había separado el anterior presidente, el nacionalista
Abulfaz Elchibey.
Poco después, el 22 de octubre, era Shevardnadze quien, tras varios
meses de resistirse, metía por decreto a Georgia en la CEI. El
atribulado ex ministro de Exteriores soviético ya dependía de los
rusos para mantener pacificada Osetia del Sur, acababa de perder la
guerra con los secesionistas de Abjazia por la calculada ambigüedad
de esos mismos efectivos y ahora hacía frente a una peligrosa
rebelión de los gamsajurdistas, así que no tuvo otro remedio que
pedir el auxilio de Moscú.
En noviembre esta intentona quedó frustrada, pero la vuelta al redil
ruso tenía su precio: la vigilancia compartida de las fronteras
georgianas y el establecimiento de bases militares. El 3 de febrero
de 1994 Yeltsin y Shevardnadze firmaron en Moscú un Tratado de
Amistad y Cooperación y, no casualmente, el 14 de mayo siguiente los
abjazios accedieron a firmar el cese de hostilidad es. El 15 de
junio 3.000 soldados rusos adscritos a la fuerza de pacificación
aprobada por la CEI comenzaron a desplegarse en la zona.
Con los armisticios de Moldova y Georgia y los precarios ceses de
hostilidades para el enclave de Nagorno-Karabaj (de mayoría armenia
pero perteneciente a Azerbaidzhán), arrancado por Grachev en Moscú
el 16 de mayo, y para Tadzhikistán, alcanzado el 17 de septiembre en
Teherán con la intermediación rusa, para otoño de 1994 una suerte de
pax rusa se extendía sobre los costados más conflictivos de
la CEI, si bien en todos los casos quedaban pendientes de resolver
los problemas políticos y territoriales que habían desatado las
guerras civiles.
No fue casual que fuera precisamente en ese momento de relativo
sosiego en la CEI y de resurgimiento diplomático-militar cuando el
poder ruso reavivó su interés por lo que sucedía en Chechenia. Desde
1991 la república presidida por Dudáyev se había desenvuelto como un
ente soberano de hecho, acumulando pertrechos militares en previsión
de una intervención rusa y auspiciando una coalición de pueblos
montañeses norcaucásicos que tenían como nexos el frentismo al orden
federal ruso y al irredentismo osetio, la solidaridad con
Gamsajurdia (muerto en combate en diciembre de 1993) y la causa
abjazia, y la promoción del acervo cultural común.
En el SBRF se impuso la solución militar al problema checheno que
favorecían los ministros de fuerza, es decir, Grachev, Yerin y el
nuevo director del FSK, Serguéi Stepashin, además del secretario del
propio Consejo desde septiembre de 1993, Oleg Lobov, hasta ahora
primer viceprimer ministro. Del lado de la moderación se
identificaron a Chernomyrdin y Kozyrev. El 16 de enero de 1994
Dudáyev hizo proclamar la República Chechena de Ichkeria. En el
verano de ese año Yeltsin dio el visto bueno a la liquidación de la
rebeldía chechena, pero primero se exploró la vía indirecta de
alentar la formación de un contrapoder a las autoridades de Grozny.
Cuando el 27 de noviembre fracasó una incursión de opositores
armados contra la capital pese a la cobertura aérea rusa, Yeltsin
encontró la ocasión para ultimar a los chechenos con cesar en sus
querellas internas so pena de introducir el estado de emergencia en
la república y movilizar a las fuerzas federales para hacerlo
cumplir.
Mientras Yeltsin asistía a la cumbre de la CSCE en Budapest, el 5 y
6 de diciembre de 1994, unidades rusas se movilizaban en la frontera
con Chechenia listas para intervenir. La invasión comenzó el 11 de
diciembre con bombardeos masivos por tierra y aire, con Grozny como
principal objetivo. Pero pese a los partes triunfalistas sobre una
rápida conclusión de lo que se presentaba, no como una campaña
militar, sino como una operación de orden público, lo que Yeltsin se
encontró fue el más mortificante quebradero de cabeza hasta el final
de su mandato.
En efecto, los chechenos plantearon una resistencia encarnizada y la
primera tentativa de asalto ruso a Grozny terminó, el 2 de enero de
1995, en un completo desastre. Sólo la asunción de elevadas pérdidas
propias y el recurso a todos los medios militares, sin reparar en
destrucciones y mortandad entre la población civil, permitió al
Kremlin seguir adelante con una ofensiva en la que estaban en juego
el prestigio nacional y no pocas carreras personales. El 8 de
febrero las tropas completaron el control de la devastada capital
chechena y hasta el 19 de abril fueron cayendo los centros urbanos
de Argún, Gudermés, Shali y Bamut.
En apariencia, el orden federal volvía a regir en Chechenia, pero
Dudáyev, su Gobierno y su Estado Mayor escaparon a las áreas
montañosas y allí reorganizaron sus fuerzas dispuestos a seguir
batallando mediante una guerra de guerrillas combinada con acciones
terroristas. A lo largo de 1995 los sucesivos acuerdos de alto el
fuego y desmilitarización no fueron aplicados y los dramáticos
episodios, de valor más propagandístico que militar, de las
incursiones con captura masiva de rehenes por comandos chechenos en
las ciudades rusa de Budennovsk, en junio de 1995, y daguestaní de
Kizlyar (más la sangrienta batalla a que dio lugar en la localidad
de Pervomáiskoye), en enero de 1996, no sólo pusieron en evidencia
la pésima organización y desmotivación de un Ejército basado en
reclutas, sino que convencieron a la opinión pública de que la
guerra de Chechenia podía convertirse en un nuevo Afganistán.
El penoso desenlace de la crisis del hospital de Budennovsk, ciudad
del territorio de Stavropol, con la muerte de 94 de los
aproximadamente 1.600 rehenes que fueron tomados por los terroristas
(así como de 35 policías y soldados) tanto durante el ataque inicial
de aquellos como en los dos asaltos fallidos de los efectivos rusos,
más la retirada impune a las montañas del comandante guerrillero
Shamil Basáyev y sus hombres escudados en 150 rehenes que finalmente
fueron puestos en libertad y como parte de negociaciones conducidas
por Chernomyrdin que produjeron también un alto el fuego de tres
días en el conjunto de las operaciones militares, obligó a Yeltsin a
depurar responsabilidades para salvar la cara ante la Duma. El 30 de
junio el presidente "aceptó" las dimisiones de Yerin, Stepashin y el
viceprimer ministro Nikolai Yegórov, esto es, tres representantes
del denominado partido de la guerra.
Al primero de la lista le reemplazó Anatoli Kulikov y al segundo
Mijaíl Barsukov, ambos dos altos oficiales identificados con las
tesis de dureza frente a los chechenos (Kulikov, de hecho, venía
comandando las operaciones bélicas en la república). Barsukov de lo
que tomó posesión fue del nuevo Servicio Federal de Seguridad (FSB),
que el 12 de abril había reemplazado al FSK. El FSB no sólo se
ocupaba de las operaciones de inteligencia exteriores, sino también
de amplios cometidos en la seguridad interior, como la lucha contra
el crimen organizado y el terrorismo y la vigilancia de las
instalaciones nucleares, por lo que se observó como el heredero
final del KGB.
La sensación de precariedad de los federales en Chechenia en 1995
coincidió con los primeros problemas serios de Yeltsin con su
corazón. En julio estuvo hospitalizado dos semanas por un ataque de
isquemia y a finales de octubre nuevos dolores en el pecho urgieron
otro internamiento que se prolongó durante un mes. En los dos casos
Yeltsin silenció cualquier murmullo sobre una declaración de
incapacidad (que habría dejado a Chernomyrdin como presidente en
funciones) y siguió firmando decretos, vetando proposiciones de ley
o recibiendo a huéspedes en su habitación del hospital. Pero los
medios de comunicación se preguntaban quien dirigía los hilos en el
Kremlin durante estas ausencias cada vez más prolongadas.
Fue en esta época cuando cobró notoriedad el magnate de las finanzas
y la comunicación Borís Berezovski. Omnipresente e intrigante,
Berezovski era sólo el más conspicuo de un grupo de grandes
empresarios de la banca, la industria, los monopolios energéticos y
los medios informativos. Estos personajes, genéricamente denominados
por el público los oligarcas, habían levantado en pocos años
fabulosas fortunas que para la mayoría de la población sólo podían
proceder de la compraventa de favores políticos al Kremlin.
Entre tanto, la situación estratégica en Chechenia se aparejaba en
malos términos para Rusia. La ofensiva sorpresa de los chechenos
contra Grozny del 6 al 10 de marzo de 1996 obligó a Moscú a sentarse
en una mesa de negociación y a atender todas las demandas de los
separatistas. El 27 de mayo siguiente Yeltsin y el sustituto
provisional de Dudáyev (fallecido en un ataque de misiles ruso el 21
de abril), Zelimján Yandarbíyev, firmaron un alto el fuego en Moscú
que entró en vigor cuatro días después con graves violaciones. El 10
de junio siguiente las delegaciones acordaron en Nazrán la retirada
rusa y el desarme checheno para facilitar un arreglo político, pero
hasta la entrada en escena del general Alexandr Lébed el conflicto
checheno no se encarriló por la vía de la paz.
12. Reválida electoral y el factor Lébed
Desde 1994 Yeltsin, para quitarle argumentos a una Duma más
cooperadora de lo esperado, fue vaciando de elementos
radical-liberales el Gobierno de Chernomyrdin. Algunos ministros
fueron transferidos a otras oficinas administrativas, otros quedaron
definitivamente marginados del poder y hubo quienes regresaron por
necesidades de la coyuntura y en función del humor del jefe del
Estado. Con estos recambios se mitigaron algunos de los aspectos más
controvertidos de las reformas (imagen de excesiva complacencia con
el capital occidental, desorden financiero y normativo, impacto
social de la reconversión), pero las privatizaciones, pilar básico
de las transformaciones socioeconómicas, no fueron cuestionadas.
Sobrio y acomodaticio, durante seis años Chernomyrdin gozó del favor
de Yeltsin por su discreción política y su identificación con el
papel de escudo frente a todo tipo de dicterios de los que era
objeto el Kremlin, tal como aquel parecía concebir la figura del
primer ministro. El 12 de mayo de 1995 Chernomyrdin constituyó el
bloque electoral Nuestra Casa Rusia (NDR).
De signo reformista y centrista y con la vocación de construir una
amplia base de apoyos, NDR fue rápidamente calificada desde diversos
frentes de partido del poder, posición codiciada después de
que la desfallecida DVR de Gaidar dejara de ser útil a Yeltsin. Lo
que ahora le interesaba a éste era frenar las excelentes
perspectivas del KPRF, hostil a las privatizaciones, y restarle
protagonismo sobre política exterior al lenguaraz Zhirinovski, así
que concedió su patrocinio al proyecto de Chernomyrdin y otras altas
personalidades del Ejecutivo.
Ahora bien, los comicios adelantados del 17 de diciembre de 1995
tampoco cumplieron las perspectivas. El partido de Zyugánov se
consolidó como el primero de Rusia con el 21% de los votos y 150
escaños y, pese a su derrumbe, el LDPR todavía sacó más sufragios
por el sistema proporcional que NDR. El partido de Chernomyrdin
cosechó unos muy discretos 10,1% de los votos y 52 escaños, apenas
un par más de actas que el LDPR o el Yábloko por separado. La
conversión de la DVR en una fuerza testimonial (4,2% de votos y 10
escaños) certificó el eclipse de las fuerzas doblemente
comprometidas con el capitalismo liberal y el europeísmo. El 17 de
enero de 1996 los comunistas colocaron a uno de los suyos en la
presidencia de la Duma, Guennadi Seleznyov, y consiguieron la cabeza
de Chubáis, cesado en el Gobierno, donde venía sirviendo de primer
viceprimer ministro desde noviembre de 1994.
Mientras en Chechenia las perspectivas para los federales no eran
halagüeñas, en Moscú la renqueante salud de Yeltsin desató la
rumorología sobre si el presidente iba a presentarse o no a la
reelección en junio de 1996. De hacerlo, tendría que vérselas con un
Zyugánov no especialmente atractivo pero sí receptor de millones de
votos de disciplinados comunistas, y con la estrella ascendente de
la política nacional, el carismático general y diputado Aleksandr
Lébed.
De voz tronante y verbo lapidario, Lébed ganó una enorme popularidad
por sus llamamientos a una regeneración nacional y sus diagnósticos
implacables sobre el estado de incuria y corrupción que afligía al
Ejército, la administración federal y los gobiernos locales. Citando
a menudo a Augusto Pinochet, de Gaulle o Eisenhower como patrones a
seguir, el varias veces condecorado ex militar planteó una confusa
pero atrayente mezcla para el ciudadano de a pie de autoritarismo
resolutivo, nacionalismo y reformismo. De entrada, consideró urgente
solucionar por la vía negociada el marasmo de Chechenia, cuya
invasión y ocupación venía evaluando en términos negativos.
El peligro de derrota para Yeltsin, que nunca había estado tan bajo
en las encuestas de opinión (en enero de 1996 incluso se le situaba
por debajo de Yavlinski), era real, de manera que los oligarcas
afectos al Kremlin arrimaron el hombro con los colaboradores diarios
del presidente, los no menos influyentes oficiales de la seguridad e
intendentes de su administración, para asegurar la reelección de un
estadista que les aseguraba, pese a las incertidumbres intrínsecas a
su carácter tornadizo, la continuidad del sistema de favores y
prebendas en pago a la lealtad y al servicio político.
La movilización financiera y mediática, centrada en aventar las
catástrofes sin cuento que se cernerían sobre el país de ganar el
líder comunista, constituyó un éxito. En la primera ronda, el 16 de
junio, Yeltsin se alzó con el 35,2% de los votos y consiguió que
pasara a la vuelta con él Zyugánov, candidato fuerte pero con un
techo electoral difícilmente franqueable, que obtuvo el 32%. Por
Lébed sólo se decantó el 14,5% de los votantes, seguido de Yavlinski
y un muy disminuido Zhirinovski. La anécdota de la jornada la
protagonizó Gorbachov y su simbólico 0,5% de los sufragios.
48 horas después de cerrarse las urnas Yeltsin cogió por sorpresa a
todos con un golpe maestro nombrando a Lébed secretario del SBRF en
lugar de Lobov, que fue devuelto al Gobierno como viceministro, y su
asesor sobre seguridad nacional. Con otro decreto cesó al muy
impopular Grachev, cuya caída estaba cantada desde hacía meses, y el
17 de julio, un día después de rescatar a Chubáis poniéndole al
frente de la Administración Presidencial, nombró ministro de Defensa
al general Igor Rodionov, sugerido por Lébed, al cabo de una
interinidad del general Mijaíl Kolesnikov. El ambicioso Lébed no
pudo resistir la invitación de Yeltsin a controlar importantes
palancas del poder, aunque de entrada la contrapartida era su apoyo
de cara a la segunda vuelta del 3 de julio.
Dentro de esta estrategia electoral, el 19 de junio Lébed, con carta
blanca para reorganizar el SBRF, anunció a bombo y platillo la
"desarticulación de un complot" en los círculos militares afectos a
Grachev, y un día después Yeltsin despidió a Barsukov al frente del
FSB, al primer viceprimer ministro desde 1993, Oleg Soskovets, y al
responsable del Servicio Presidencial de Seguridad (PSB, creado en
diciembre de 1993), Aleksandr Korzhakov.
Los tres estaban considerados halcones en lo referente a
Chechenia, pero además a Korzhakov, desde 1987 hombre del círculo
cerrado de Yeltsin en tanto que jefe de sus guardaespaldas (y por
tanto buen conocedor de sus controvertidos hábitos privados) y que
recientemente había alcanzado un estatus similar al de ministro, se
le tenía por un auténtico cancerbero del presidente, fiscalizando el
protocolo e terciando en la agenda política. Korzhakov detentaba un
coto de poder que Lébed no podía tolerar.
De acuerdo con el decreto-ley del 2 de julio, el PSB perdía su
autonomía operativa, dejaba de estar directamente subordinado a la
Presidencia y, en la práctica, cesaba su interferencia en las
decisiones políticas. El nuevo PSB se convirtió en una oficina
supeditada al nuevo Servicio de Protección Federal (FSO), creado el
19 de junio a partir de la Administración Principal para la
Protección de la Federación Rusa (GUO) y cuyo jefe era Yuri Krapivin.
En cuanto al SBRF, seguía teniendo su estatus legal en el aire, ya
que la Constitución estipulaba que dicha organización debía estar
regulada por ley federal, y tal norma aún no se había promulgado.
Los comentaristas de prensa y la clase política hablaron tanto de
luchas entre facciones rivales en el Kremlin, nido de numerosos
servicios de seguridad que rivalizaban entre sí y se zancadilleaban,
como de simple decapitación de personajes antipáticos para la
opinión pública con la mirada puesta en las urnas. Sea como fuere,
el 3 de julio, sin sorpresas ya, Yeltsin fue confirmado con el 53,8%
de los votos frente al 40,3% de Zyugánov. El 9 de agosto prestó
juramento de su segundo mandato en una rápida ceremonia para excusar
su debilidad física. En septiembre el cardiólogo de Yeltsin
revelaría que la indisposición sufrida en vísperas de la segunda
vuelta de julio (cuando votó en un sanatorio sin otro acceso que una
cámara de televisión para dejar constancia del evento) no fue sino
un ataque al corazón.
La jura del 9 de agosto fue saludada con una furiosa contraofensiva
de las fuerzas chechenas contra Grozny, Argún y Gudermés, tras un
mes de intensos combates que habían hecho saltar en pedazos la
tregua de mayo. La capital fue parcialmente recuperada por los
chechenos y Yeltsin, oliéndose la derrota, envió a Lébed de
plenipotenciario con la orden de negociar con Yandarbíyev y su jefe
de Estado Mayor, Aslán Masjádov, un alto el fuego.
A pesar de los intentos de los comandantes rusos de torpedearlo con
un ultimátum de rendición so pena de destruir Grozny, Lébed alcanzó
el 22 de agosto con Masjádov en la aldea de Novye Atagi un alto el
fuego definitivo que entró en vigor al día siguiente. El 31 de
agosto ambos suscribieron en la ciudad daguestaní de Jasavyurt un
documento global de cese de hostilidades y al punto tropas
respectivas iniciaron la retirada de Grozny.
Casi dos años de combates habían causado unos 40.000 muertos, por
citar una cifra equilibrada entre los partes ruso y checheno, de los
que 5.300 habrían sido tropas rusas en datos reconocidos por el
Kremlin (no obstante, las organizaciones de madres de soldados, que
informaron de gran número de desaparecidos, elevaron esta cifra a
los 14.000). La duda que albergaban ahora muchos rusos era si la
campaña militar había sido la respuesta adecuada a un gran peligro
para los intereses nacionales o una maniobra de distracción de
problemas no menos acuciantes.
Aunque en términos desventajosos para Rusia, ya que la
desmilitarización suponía la completa retirada militar de la
república y el retorno al statu quo anterior a la invasión de 1994
-demostrada, por tanto, tan costosa como inútil-, la habilidad de
Lébed había puesto fin a la pesadilla de Chechenia, con el
consiguiente relanzamiento de su popularidad y la actualización de
su perfil de presidenciable. En ningún momento desde su promoción en
junio había dejado Lébed de pugnar para adquirir parecelas de poder
y sus ambiciones, exhibidas sin pudor, parecían no conocer límites.
Así que el 17 de octubre, horas después de ser acusado por los
ministros Kulikov y Rodionov de preparar un golpe de Estado, Yeltsin
le destituyó sin miramientos de sus dos puestos oficiales arguyendo
que había tomado una serie de "iniciativas personales perjudiciales
para Rusia" sin su aprobación, como especular sobre la convocatoria
de elecciones presidenciales anticipadas o proponer la restauración
del puesto de vicepresidente de la República -para el que no tuvo
empacho en postularse a sí mismo-, y zancadilleado el trabajo de
miembros del Gobierno. La Secretaría del SBRF fue para Iván Rybkin,
oficial más manejable que en enero anterior había dejado la
presidencia de la Duma para unirse al aparato presidencial con el
aval de Chernomyrdin.
A pesar de la remoción de un hombre que siempre había sido
considerado un advenedizo en la corte del Kremlin, el proceso de
distensión en Chechenia siguió su curso. El 23 de noviembre
Chernomyrdin y Masjádov firmaron en Moscú un acuerdo interino sobre
cuestiones civiles, el 5 de enero de 1997 los últimos soldados rusos
abandonaron la república y el 12 de mayo siguiente Yeltsin y
Masjádov (ya elegido presidente de la república) estamparon su firma
a un tratado de paz que el segundo se apresuró en interpretar como
el reconocimiento de su país como sujeto de derecho internacional.
El caso es que desde el acuerdo de Jasavyurt, que hablaba de
posponer cualquier decisión sobre el estatus del territorio hasta el
31 de diciembre de 2001, Moscú pareció resignarse a una
independencia de facto de Chechenia, en tanto sus autoridades le
dieran garantías sobre la exportación del petróleo checheno y la
integridad del tramo local del oleoducto Bakú-Novorossiisk, vital
para poder competir con la ruta georgiano-turca en el transporte del
prometedor petróleo de Azerbaidzhán.
13. Concurrencias y desencuentros con Occidente
La guerra de Chechenia, en la que Rusia se comportó con una lógica
imperial y no ahorró padecimientos innecesarios a la población
civil, empeoró notablemente las relaciones con Occidente, pero
tampoco se trató de una cuña envenenada, pues los gobiernos
concernidos prefirieron no forzar las censuras más allá de lo que
les exigían sus respectivas opiniones públicas y admitir el derecho
de Moscú a solventar un problema de seguridad presentado como
estrictamente interno.
El 10 de mayo de 1995 Clinton visitó de nuevo a Yeltsin en Moscú y
sólo hizo una exhortación cortés a prolongar el alto el fuego
entonces vigente. La cumbre estuvo centrada en las complicadas
relaciones Rusia-OTAN, que registraron otro avance el 31 de mayo con
la entrega por Kozyrev en el Consejo Atlántico de Noordwijk,
Holanda, del Programa Individual de la ApP y de la especificación
del sistema de consultas 16+1, esto es, entre los estados miembros
de la OTAN y Rusia.
El 17 de junio siguiente Yeltsin asistió en Halifax, Canadá, a la
cumbre anual del G-7, que por primera vez se definió como G-8 para
los aspectos políticos. El 17 de julio fue la UE la que desatascó su
relación con Rusia de resultas de la guerra de Chechenia y adoptó el
Acuerdo Provisional de Comercio y Asuntos Relacionados, que adelantó
la aplicación de los aspectos tarifarios y arancelarios del AAC de
1994. Este acuerdo interino entró en vigor el 1 de febrero de 1996,
mientras que el AAC no lo hizo hasta el 1 de diciembre de 1997.
El AAC Rusia-UE brindaba un marco institucional de relaciones, con
dos cumbres anuales de los presidentes de Rusia, de la Comisión
Europea y del Consejo de la UE en la persona del gobernante del
Estado miembro que ostentase la presidencia semestral de turno, y
reuniones anuales del Consejo de Cooperación a nivel ministerial, en
un abanico de materias muy amplio -economía, comercio, ciencia,
energía, medio ambiente, transporte, asuntos de justicia e
interior-, junto con un diálogo político en cuestiones de
democracia, Derechos Humanos y aspectos internacionales de común
interés. La primera sesión del Consejo de Cooperación Rusia-UE, con
la participación de los ministros de Exteriores, tuvo lugar el 27 de
enero de 1998, y este año se celebraron las dos primeras cumbres de
presidentes: en Birmingham, el 15 de mayo, y en Viena, el 27 de
octubre, a la que Yeltsin no pudo asistir por problemas de salud,
enviando en su lugar al primer ministro Primakov.
El 21 de octubre de 1995 Yeltsin se reunió con el presidente francés
Jacques Chirac en
París y dos días después lo hizo con Clinton en Nueva York con
motivo de la 50ª Asamblea General de la ONU. Estaban a punto de
comenzar las negociaciones de paz de Dayton que iban a poner fin a
la guerra de Bosnia y permitir una vez más a Rusia figurar entre las
potencias tutelares de un arreglo que, con todo, había sido
arrancado a la parte serbia por los bombardeos de la OTAN. La cita
de Hyde Park fue tal vez la última entre los dos líderes en que
trascendió una sintonía personal. Yeltsin todavía hizo exhibición de
un sentido del humor que le provocó a Clinton un incontrolable
ataque de risa en el curso de una rueda de prensa.
La sustitución el 9 de enero de 1996 de Kozyrev, largamente exigida
por la Duma, por el poco sospechoso de prooccidentalismo Yevguieni
Primakov, causó hondo desaliento en los gobiernos occidentales, que
presintieron la reafirmación nacionalista de un ejecutivo ruso
crecientemente dúctil a las exigencias de la mayoría comunista de la
Duma como salvaguarda frente a mociones de censura. El
apaciguamiento del conflicto checheno permitió también a Rusia
entrar en el Consejo de Europa el 28 de febrero, pese a las
reticencias de varios de sus miembros. A lo largo del año Yeltsin se
reunió con Clinton con motivo de dos encuentros multilaterales: la
cumbre internacional antiterrorista en Sharm el-Sheikh, Egipto, el
13 de marzo, y la cumbre especial del G-8 sobre seguridad nuclear en
Moscú, del 19 al 21 de abril.
En la cumbre bilateral de Helsinki del 20 y 21 de marzo de 1997
Yeltsin advirtió a Clinton que su país seguía sin ver con buenos
ojos cualquier ampliación de la OTAN, si bien admitió que tendría
que resignarse a la entrada, por ejemplo, de checos, polacos y
húngaros. Pero lo que no iba a admitir bajo ningún concepto era la
adhesión de los estados bálticos y las repúblicas ex soviéticas
miembros de la CEI, ya que ello convertiría a Rusia en un país de
frontera con la Alianza y su concepto de seguridad nacional se vería
gravemente trastocado.
Tras varias ronda de reuniones entre Primakov, la secretaria de
Estado de Estados Unidos Madeleine Albright y el secretario general
de la OTAN Javier Solana, el 27 de mayo de 1997 Yeltsin y los
mandatarios de la Alianza firmaron en París la denominada Acta
Fundacional sobre las Relaciones entre la OTAN y Rusia. El término
acta fue propuesto por Solana para conciliar las
calificaciones de acuerdo, de carácter ejecutivo y con un
rango cercano al de tratado, deseado por los rusos, y el más ambiguo
de carta considerado al principio por los aliados.
Yeltsin encontró el documento satisfactorio para los intereses
rusos, pues si bien al final éste carecía de obligación jurídica, la
OTAN se comprometía a no desplegar armas nucleares y aumentar
sustancialmente las fuerzas convencionales en los nuevos estados
miembros, y se vinculaba al ámbito de consultas y cooperación con
Rusia sobre un abanico de materias en el seno de un mecanismo
político, el Consejo Conjunto Permanente, que disponía de una
sencilla estructura institucional y un marco de reuniones flexible a
los niveles de comités de trabajo, embajadores, ministros de Defensa
y Exteriores, y jefes de Estado y de Gobierno.
En última instancia, una hipotética deflagración de tipo étnico o
nacionalista en Europa pondría a juego esa voluntad común de
construir una "Europa estable, pacífica y sin divisiones mediante
una asociación fuerte y duradera" más allá de los compromisos
formales, pero por de pronto Rusia dibujaba el segundo círculo del
esquema de seguridad de la OTAN, bastante más integrado que el
también nuevo Consejo de Asociación Euro-Atlántica (CAEA),
participado por 28 países no miembros. De hecho, el nivel de
asociación de Rusia era total; no contemplaba sólo el derecho de
veto sobre las decisiones de la Alianza y la vigencia del artículo
del Tratado del Atlántico Norte que establece la defensa colectiva.
El día de la firma en París un satisfecho Yeltsin anunció que los
misiles rusos dejaban de apuntar a los países de la OTAN.
El mandatario ruso asistió a la cumbre del G-8 en Denver del 20 al
22 de junio de 1997 y tuvo otra cita con Clinton. Pero en lo
sucesivo no ahorró gestos e iniciativas destinados a, en sus propias
palabras, "frenar la influencia de Estados Unidos en Europa". Así,
durante la II Cumbre del Consejo de Europa, en Estrasburgo el 10 y
11 de octubre, acordó con Chirac y Kohl crear un nuevo eje de
cooperación Rusia-Francia-Alemania con cumbres anuales. La primera
reunión de peculiar troika informal tuvo lugar en Moscú el 26
de marzo de 1998.
Todavía más significación encerró el anuncio en Beijing el 10 de
noviembre de 1997 con el presidente chino Jiang Zemin de que los dos
países sellaban una "alianza estratégica" con la vocación de
contener la hegemonía de Estados Unidos en los asuntos mundiales.
Los dos estadistas expresaron su rechazo a la configuración de un
"orden monopolar" en el mundo y a la ampliación de la OTAN, y en el
terreno más práctico concluyeron la demarcación de la extensa
frontera oriental, que, pendientes algunos tramos en las cuencas de
los ríos Amur, Argún y Ussuri, liquidaba un litigio arrastrado desde
el pasado imperial de los dos países.
Cuando Yeltsin y Clinton volvieron a reunirse con motivo de la
cumbre del G-8 en Birmingham, del 15 al 17 de mayo de 1998, ya había
estallado el conflicto en Kosovo. Moscú se opuso tajantemente a
cualquier intervención de la OTAN contra Serbia que no contara con
el aval del Consejo de Seguridad de la ONU e insistió en reconducir
la crisis por la vía negociada. A la cumbre bilateral de Moscú del 1
al 3 de septiembre siguiente los presidentes acudieron en un momento
personal bajo, con dificultades domésticas (el escándalo Lewinski en
el caso de Clinton, la aguda crisis económica y política en el de
Yeltsin) y una agenda plagada de desarreglos, de los que el
dispositivo militar de la OTAN contra Serbia era sólo el más
estridente.
El escenario de frialdad se sustentaba también de las ventas rusas
de tecnología para usos militares a China, de componentes de misiles
balísticos a Irán y de misiles de defensa antiaérea a Chipre, y de
la negativa estadounidense a levantar el embargo a Irak. A lo largo
de 1998 el entorno del Kremlin agitó el espectro de una "nueva
Guerra Fría" si Occidente cometía "excesos" en la pacificación de
los Balcanes.
El ataque final de la OTAN a Serbia en 1999 por la represión de la
mayoría albanesa de Kosovo, que finalmente no contó con la cobertura
de la ONU, marcó el punto más bajo de las relaciones con Estados
Unidos. Hasta el último momento Primakov, a la sazón entonces primer
ministro, bregó para que Milosevic hiciera concesiones sobre un
principio de retirada militar de Kosovo y de retorno de los
refugiados que frustrara la determinación belicista de la Alianza,
pero el autócrata serbio nunca había sido un amigo agradecido y
ahora tampoco le ahorro a Rusia el trance de una guerra contra un
país eslavo a la que tendría que asistir de comparsa. Los aliados
insistieron en el cumplimiento estricto de los acuerdos de
Rambouillet, que la delegación yugoslava se negó a firmar.
El mismo día del comienzo de las operaciones áreas, el 24 de marzo,
un encolerizado Yeltsin ordenó la suspensión de los programas de
cooperación con la Alianza y añadió que su país se reservaba "el
derecho a tomar las medidas necesarias, incluidas las militares,
para defenderse a sí mismo y al conjunto de la seguridad europea".
Mientras duró la campaña de bombardeos el presidente ruso,
fuertemente presionado por una opinión pública y una clase política
casi sin excepciones que exigían firmeza y solidaridad con el
régimen de Belgrado, menudeó las declaraciones catastrofistas,
llegando a predecir una "tercera guerra mundial" si los aliados no
cesaban de inmediato su "bárbara acción" contra Serbia.
A pesar de los aspavientos, la ruptura con la OTAN no se produjo y,
de una manera más terminante que en Bosnia, aquella permitió que la
diplomacia rusa ablandara la resistencia de Milosevic mientras las
ciudades eran objetivo de las bombas. La mediación de Chernomyrdin,
nombrado enviado especial de Yeltsin en el conflicto, resultó
decisiva para que el 3 de junio Milosevic se plegara al plan de paz
del G-8, que pasaba por la rápida evacuación de las tropas
yugoslavas de la provincia, el cese de los bombardeos aliados y la
entrada de una fuerza internacional terrestre comandada por la OTAN,
la KFOR. El 19 de junio Yeltsin asistió en Colonia a la que iba a
ser su última cumbre del G-8 con satisfacción moderada, gracias al
acuerdo alcanzado la víspera en Helsinki para la participación de
3.600 soldados rusos en la KFOR.
El sentir mayoritario en Rusia era que los países de la OTAN habían
despreciado la opinión de Rusia y habían jugado sucio al saltarse la
deliberación del Consejo de Seguridad de la ONU, donde el país
habría ejercido su derecho de veto con toda seguridad. En cierta
manera, se agudizó la sensación de que, pese a las buenas palabras,
los aliados occidentales seguían viendo a Rusia con suspicacia, si
no como a un enemigo potencial.
Por el otro lado, sectores conservadores, sobre todo de Estados
Unidos, pidieron más mano dura contra un país que violaba
impunemente los Derechos Humanos en Chechenia, que exigía revisiones
unilaterales de los topes de armamento convencional fijados por el
tratado CFE para poder mantener más unidades acorazadas en el flanco
del Cáucaso y que malrotaba cientos de millones de dólares en el
sumidero de la negligencia y la corrupción.
Por el contrario, con Japón se alcanzó un nivel sin precedentes de
cooperación política y económica, sobre todo en el bienio que
gobernó el primer ministro Ryutaro Hashimoto, con el que Yeltsin
estableció otra de sus relaciones ricas en empatías. Los dos
mandatarios se reunieron en las cumbres del G-8 de Moscú en 1996 y
Denver en 1997, y celebraron sendas "cumbres sin corbatas", para
subrayar su magnífico grado de entendimiento, en la ciudad rusa de
Krasnoyarsk el 1 y 2 de noviembre de 1997 y en el complejo turístico
nipón de Kawana el 18 y 19 de abril de 1998. En estos encuentros se
expresó la voluntad de firmar el tratado de paz ruso-japonés en
2000, pero los cambios de guardia antes de esa fecha y el refuerzo
de las convicciones nacionalistas en ambos países rebajaron las
perspectivas de una resolución a corto plazo de los conflictos
pendientes.
14. Trasiego de primeros ministros y convulsiones económicas
1997 discurrió con cierta estabilidad política y económica. Al
gabinete de Chernomyrdin se incorporaron en marzo destacados
reformistas, entre ellos el veterano Chubáis, y el joven gobernador
de Nizhni Nóvgorod, Borís Némtsov, considerado entonces la estrella
emergente del yeltsinismo más aperturista y liberal, que fueron
promocionados a sendas vicejefaturas primeras del Gobierno con
responsabilidad sobre la economía y la reforma de los monopolios,
respectivamente; Chubáis recuperó, además, su antiguo cargo de
ministro de Finanzas.
Pese a sus repetidas recaídas (el 5 de noviembre de 1996 cedió los
poderes durante 24 horas a Chernomyrdin mientras se le intervenía de
una operación de puente cardíaco quíntuple, y el 8 de enero
siguiente tuvo otra hospitalización en el Clínico de Moscú por una
neumonía), con el nombramiento del equipo de Gobierno más liberal
desde 1992 Yeltsin demostró una vez más que seguía controlando el
poder, y de paso salió al paso de una eventual iniciativa del KPRF
de destituirle basándose en su salud deficiente.
Durante muchos meses el Gobierno mantuvo artificiosamente contenido
el déficit público congelando una serie de transferencias que se
cargaron a los impagados y retrasos de los salarios de los
funcionarios y trabajadores del Estado. Los problemas de liquidez
del Estado se habían agravado de año en año desde el desplome del
rublo el "martes negro" del 11 de octubre de 1994, cuando en una
sóla jornada la moneda se depreció un 21% con respecto al dólar. Las
privatizaciones habían avanzado con rapidez y para comienzos de 1998
mas de dos terceras partes de la actividad económica no estaba ya en
manos del Estado.
Ahora bien, los analistas encontraban que, más que un verdadero
tejido industrial, lo que se había consolidado eran las prácticas
oligopólicas y los nuevos monopolios a añadir a los estatales,
empezando por el gigante Gazprom, florón del sector estratégico de
la energía. En la capitalización por acciones de las empresas
estaban menudeado las prácticas irregulares y descontroladas, dando
lugar a concentraciones desmesuradas de poder, inmensos
enriquecimientos y favoritismos de toda índole.
Peor aún, estos grandes inversores, que no se fiaban de la
estabilidad del sistema que ellos mismos estaban configurando,
prefirieron depositar sus capitales en cuentas bancarias en el
extranjero o invertirlos en valores bursátiles de alto rendimiento,
limitando las tasas de inversión productiva y contribuyendo a los
problemas de iliquidez. En añadidura, la ausencia de un sistema
tributario sólido imposibilitaba la redistribución social de los
beneficios de la economía de mercado.
No obstante tal acumulación de luces de alarma, 1997 terminó con una
sensación de optimismo en los portavoces del Ejecutivo ruso, ya que
el PIB había crecido por primera vez desde el colapso soviético -un
anémico 0,4%- y la inflación descendido a la tasa récord del 11%. Se
omitía que estas cifras se debían más a la asistencia exterior y a
la ingeniería contable que a una bonanza económica en ciernes o un
saneamiento del sistema. Mientras el índice de precios, la
cotización del rublo y los tipos de interés se mantuvieron estables,
el Estado no tuvo reparos en recurrir al endeudamiento para cubrir
sus necesidades financieras.
El panorama tomó otro sendero el 23 de marzo de 1998 cuando Yeltsin,
después de muchos rumores nunca plasmados, destituyó inesperadamente
a Chernomyrdin y el Gobierno en pleno al cabo de una semana de
eclipse político, debido, según se comentó, a las secuelas de la
infección respiratoria contraída en diciembre, que había aconsejado
la enésima hospitalización. El emblemático Chubáis, tocado por
acusaciones de corrupción, ya no retornaría al Ejecutivo, aunque
seguiría conservando una influencia en el Kremlin.
Sobre su decisión sobre Chernomyrdin Yeltsin arguyó sólo motivos de
gestión y no aludió a las aparentes ambiciones presidenciales de
quien aspiraba a la condición de delfín pero que había
perdido posiciones por el débil comportamiento electoral de NDR.
Cuando días después, el ex primer ministro desveló su intención de
presentarse candidato a presidente, cobró fuera la explicación de
que Yeltsin, que luego de despedirle le había elogiado mucho por
todos los años de servicio, había activado la "operación relevo"
recomendada por el intrigante Berezovski, más influyente que nunca
en los despachos del Kremlin y que el 29 de abril fue nombrado
secretario ejecutivo de la CEI.
Yeltsin indicó la necesidad de un gabinete más enérgico en el
combate contra los males estructurales y para presidirlo se decantó
por Serguéi Kirienko, joven tecnócrata que venía sirviendo de primer
viceprimer ministro desde el despido de Chernomyrdin después de
encabezar el Ministerio de Energía y que se ubicaba en el círculo de
Némtsov. Sin vocación política conocida, aunque considerado hostil a
Berezovski y los demás oligarcas del Kremlin, Kirienko presentaba a
los ojos de Yeltsin el perfil idóneo para aplicar unas medidas de
austeridad tan urgentes como dolorosas antes de ofrecerlo como chivo
propiciatorio a la oposición. El 24 de abril la Duma aprobó el
nombramiento de Kirienko al tercer intento en una manifestación de
los temores de los comunistas a provocar la disolución de la Cámara
por Yeltsin.
En mayo comenzaron las intervenciones del Banco Central, que
entonces presidía Serguéi Dubinin, para defender al rublo de los
ataques especulativos mientras el Gobierno luchaba por desbloquear
ayudas totales por valor de 14.000 millones de dólares aprobadas por
los organismos financieros internacionales y Japón bajo severas
condiciones. La reluctancia del FMI y el BM a liberar los primeros
tramos de sus préstamos y la acumulación de pérdidas bursátiles
forzaron a Kirienko a poner en marcha el 24 de junio un durísimo
plan anticrisis cuyo carácter inaceptable para la mayoría de los
diputados preludiaba la más seria pugna institucional desde 1993.
Hacia julio la sensación general es que el caos económico se cernía
sobre el país y que el partido del poder se tambaleaba. El 17
de agosto fechó el inicio de la fase más aguda de la crisis cuando
Kirienko, 24 horas después de que Yeltsin asegurara que el rublo no
sería devaluado, anunció la ampliación de la banda de fluctuación
con respecto al dólar -que en 1995 había sustituido al cambio
flotante- del 6,2% al 9,5% hasta final de año, más una moratoria de
90 días para la devolución de los préstamos a los donantes
extranjeros, el pago de los contratos en divisas de vencimiento
inmediato y el pago de los seguros de crédito avalados por el tesoro
público.
La reacción automática de los mercados a este reconocimiento
implícito por las autoridades de que Rusia no podía asumir los
compromisos con sus deudores y a la devaluación de hecho fueron
depreciaciones del rublo con respecto a otras divisas de hasta el
33%.
El Gobierno y el Banco Central habían apostado por defender el rublo
en circunstancias exteriores muy desfavorables -la bajada de los
precios del petróleo, el gas y los metales, y la crisis financiera
en los mercados asiáticos- y con unos instrumentos, unos tipos de
interés desmesurados y la venta masiva de las reservas de divisas,
que en las circunstancias de iliquidez y morosidad del Estado sólo
produjeron desconfianza en los inversores extranjeros. Con la bolsa
de Moscú presa del pánico, la única esperanza del Kremlin era
conseguir más dinero de los proveedores occidentales.
Kirienko, que se había desenvuelto con una determinación mayor de la
esperada y había hecho un diagnóstico veraz de la cruda situación,
no era responsable de un marasmo que había heredado de Chernomyrdin,
pero se preparó para pagar por la devaluación del rublo. En efecto,
el 23 de agosto Yeltsin desactivó las demanda de dimisión lanzadas
contra él en la Duma fulminando a Kirienko y nominando a
Chernomyrdin primer ministro en funciones. El volatín del presidente
asombró a todo el mundo, que se deshizo en especulaciones sobre si
la experiencia de Kirienko no había sido más que un paréntesis por
necesidad o más bien una trayectoria torpedeada por los oligarcas,
que habrían olisqueado peligros para sus monopolios y regalías si un
hombre de su confianza no retornaba pronto al frente del Gobierno.
A mayor barullo, el 24 de agosto Yeltsin explicó en un discurso
televisado que nombrando a Chernomyrdin se aseguraba "la continuidad
del poder más allá de 2000" y que el país necesitaba "la experiencia
de pesos pesados de la política". Los comentaristas inmediatamente
interpretaron que Yeltsin renunciaba al tercer mandato en las
elecciones de 2000 y que designaba a Chernomyrdin su sucesor.
La impresión era que si el presidente arrojaba la toalla no era
tanto por un prurito legal (la prohibición del tercer mandado
consecutivo podría haber sido fácilmente puenteada descontando el
ejercicio de 1991-1996 con una lectura no retroactiva de la
Constitución, y de hecho a comienzos de año los hombres del Kremlin
abogaron por un dictamen favorable del Tribunal Constitucional sobre
el particular) como por la asunción de su precario estado de salud.
Mientras el rublo y la bolsa caían en picado, los precios de los
bienes de consumo se disparaban y Chernomyrdin mantenía
conversaciones de emergencia con el FMI para acelerar los
desembolsos, asegurándole que Rusia cumpliría los compromisos
adquiridos y que merecía ser socorrida, en la Duma su nombramiento
parecía prosperar.
Yeltsin concedió al KPRF su participación en el Gobierno, el
reequilibrio de los poderes institucionales en beneficio de la Duma
y el Gobierno, y el consenso en torno a un plan económico de
"salvación nacional" de fuerte regusto intervencionista y
proteccionista, al estilo del New Deal impulsado por Franklyn
Roosevelt en Estados Unidos tras la gran depresión de los primeros
años treinta. Con todo, Zyugánov se desdijo de los preacuerdos y
zanjó que Chernomyrdin había sido el "cómplice" de Yeltsin en la
"destrucción" de la economía rusa.
El 26 de agosto, en una medida sin precedentes, el Banco Central
anuló las operaciones con dólares en el mercado de divisas para
impedir que la cotización real del rublo sobrepasara con creces el
tope oficial de 9,5 rublos por dólar. Dos días después Yeltsin salió
al paso de los rumores de dimisión y certificó que iba a agotar su
mandato en 2000, añadiendo que la remoción antes de la fecha era
"imposible", especialmente "si se consideraba su carácter". Nemtsov
presentó la dimisión como viceministro para anticiparse a su segura
purga.
La velada advertencia de Yeltsin no surtió efecto. El 31 de agosto
la suma de comunistas, ultranacionalistas, agrarios y algunos
liberales frustró la candidatura de Chernomyrdin. Yeltsin, que
durante la cumbre de Moscú recibió de boca de Clinton los reparos
occidentales al plan de emisión controlada de moneda para subvenir
las necesidades de pago más urgentes, volvió a someterla a la Duma,
pero el 7 de septiembre fue rechazada contundentemente otra vez. Tan
grave era la situación que se barajaron todo tipo de desenlaces
catastróficos para la interminable debacle rusa: el colapso total de
la economía, la explosión social, el golpe de Estado y hasta la
guerra civil.
El ocupante del Kremlin estaba siendo humillado pero prefirió no
nominar a su colaborador por tercera vez, ya que un nuevo veto de
los diputados le habría obligado a disolver la Cámara y a convocar
elecciones en tres meses, perspectiva sumamente negativa
considerando la crítica situación económica y el descrédito absoluto
de la clase dirigente. Así que, a iniciativa del propio Chernomyrdin,
el 10 de septiembre nombró primer ministro a Primakov, que como
veterano responsable de los servicios de inteligencia y exponente
del pensamiento estratégico soviético era del agrado de los
comunistas, aunque el hecho era que su perfil pragmático y
apartidista suscitaba un amplio consenso. Un día después, Dubinin
vio admitida su dimisión al frente del Banco Central y Víktor
Gerashenko retornó al puesto que ya ocupara entre 1992 y 1994.
La Duma no hizo regateos esta vez e invistió a Primakov al día
siguiente; su puesto al frente de Exteriores fue ocupado por el
hasta entonces viceministro, Igor Ivanov. Desde fuera se percibía
que éste era el punto más bajo de la influencia del presidente desde
1991 y el más alto de los comunistas, que colocaron a varios de los
suyos en el Ejecutivo, destacando Yuri Maslyúkov como primer
viceprimer ministro responsable de la economía.
La opción de Primakov tuvo efectos inmediatos. El 9 de septiembre el
rublo empezó a recuperarse, pero en menos de un mes había acumulado
desvalorizaciones de hasta el 70%. Además, la economía entró en una
etapa recesiva y el año iba a terminar con un decrecimiento medio
del 4,8%, acompañado de una caída de los ingresos reales de la
población de un 28%, un índice de inflación del 27% y un desempleo
igualmente al alza. Había unanimidad en reconocer (incluidos los
dirigentes rusos, aun a regañadientes) que sólo la obstinación del
FMI y el BM en entregar enormes sumas de incierto reembolso había
salvado a Rusia de la ruina total. Entre inversiones privadas, ayuda
bilateral y créditos del FMI y el BM, el G-7 cuantificó el total de
la asistencia internacional concedida al país hasta finales de 1997
en 123.000 millones de dólares.
1998 terminó con otra mala noticia para Yeltsin: el 16 y 17 de
noviembre le visitó el nuevo canciller alemán, el socialdemócrata
Gerhard Schröder, y le notificó cortésmente el final de la "amistad
de sauna" establecido con Kohl: en lo sucesivo Rusia no recibiría
nuevos créditos ni facilidades para renegociar la deuda exterior
contraída con Alemania, ya que se entendía que una parte importante
de la ayuda masiva que tan generosamente habían concedido los
gobiernos democristianos se había evaporado sin resultados visibles.
En el futuro, Rusia recibiría de Alemania asesoría financiera más
que ayuda económica directa, y con el objeto de expandir las
relaciones bilaterales se explorarían otros interlocutores aparte de
los oficiales del Kremlin.
El "amigo Helmut" había sido el máximo responsable de la generosidad
occidental con Yeltsin en materia financiera, testimoniando su
convicción de que a Rusia había que ayudarla siempre para asegurarla
en el lado de los amigos. Por eso Yeltsin contempló desolado la
partida de un estadista con el que había establecido una amistad
rica en matices emocionales. Su último encuentro con él fue con
motivo del viaje oficial a Bonn del 9 y 10 de junio de 1998.
15. El liderazgo fluctuante de un presidente convaleciente
Para Occidente, fue el momento para hacer balances francamente
negativos de las reformas rusas tras siete años de independencia, en
los que, sin ir más lejos, la tasa de crecimiento acumulado
alcanzaba el -55%. Menudearon las valoraciones sobre que Yeltsin, en
realidad, nunca había sido un demócrata genuino, que carecía de
ideología tangible, que psicológicamente seguían pesando en él 30
años de militancia comunista y que, pese a su voluntad reformista y
de ruptura con el pasado soviético, se había dejado atrapar por la
lógica autoritaria del sistema vertical de mando, la obsesión por
los secretismos del poder y la tendencia a recurrir a órganos
consultivos y camarillas, tan ajenas al entramado institucional
democrático como permeables a todo tipo de influencias interesadas.
Una tendencia recurrente en él era nombrar a personas para altos
puestos del Gobierno y la Administración Presidencial por aspectos
concretos de su personalidad, siendo los más valorados la lealtad y
la obediencia. Incapaz en apariencia de formular grandes conceptos
globales, el dirigente ruso daba la sensación de desplegar una
panoplia de tacticismos sin otra meta que aferrarse al poder. Dentro
y fuera de Rusia (aquí en boca de la cada vez más disminuida élite
liberal) se habló de "derroche de errores y oportunidades perdidas",
de "estéril tejer y destejer" y de "preocupación de conservar el
poder más que de gobernar".
Ciertamente, el presidente ruso, con su gusto por las
defenestraciones y promociones espectaculares, parecía querer
demostrar a propios y extraños que pese a los achaques él y sólo él
era quien tenía el bastón por el mango en Rusia. Ningún hombre de
confianza, fuera del Gobierno o de la Administración Presidencial,
podía estar seguro de su posición si empezaba a cobrar demasiada
popularidad o si robaba presencia informativa al jefe del Kremlin.
Desde otro punto de vista, estos notables debían estar dispuestos a
ser el siguiente cabeza de turco del presidente, refractario a
asumir cualquier responsabilidad personal por los abundantes
fracasos y contratiempos. Otro de los argumentos dados para explicar
la errática trayectoria de Yeltsin era que no toleraba
especulaciones sobre su sucesión, y mucho menos movimientos
unilaterales en ese sentido.
En 1998 y 1999 la acumulación de "lapsus" (algunos clamorosos) y
desapariciones públicas, la incapacidad de trabajar más de unas
pocas horas seguidas y la propensión a los bajones de moral y los
abatimientos, abundaron en la imagen de un presidente abotagado y
exhausto, al que incluso en más de una ocasión se le dio por muerto
ante su ausencia reiterada y las explicaciones poco convincentes de
sus ayudantes. No obstante, Yeltsin, a cuyo fuero interno repugnaba
la derrota, resucitó con inusitada energía.
Durante la guerra de la OTAN contra Yugoslavia se despachó con las
ya citadas catilinarias y en plena tarascada internacional, el 12 de
mayo de 1999, tras semanas de rumores en tal dirección, anunció que
"aceptaba la dimisión" de Primakov. Como en los anteriores ceses el
presidente citó la perpetuación del trastorno económico como razón,
pero la mayoría de los observadores apuntaron que era precisamente
la crisis de Gobierno permanente, es decir, la intromisión
sistemática del Kremlin, la que impedía a aquel capítulo asentarse.
La destitución de Primakov parecía injustificada cuando el país
disfrutaba de sosiego político y la crisis económica del verano de
1998 no había derivado en la catástrofe anunciada. Además, dos
semanas atrás el Gobierno había acordado con el FMI la concesión de
un crédito de 4.500 millones de dólares tras varios meses de
difíciles negociaciones por considerar el organismo financiero que
el plan de estabilización económica de Primakov no acometía con
energía los grandes problemas estructurales.
El caso es que cuando el círculo del Kremlin apreció indicios de
ambición presidencial en quien había sido nombrado un gobernante de
transición y cuya popularidad ascendía día a día, decidió
intervenir. Sólo Yeltsin escogería al heredero, pero la
expulsión de Primakov fue una maniobra peligrosa al coincidir con la
iniciativa de la mayoría comunista de la Duma de destituir al
presidente por su responsabilidad en la disolución "ilegal" de la
URSS en 1991, el cierre por la fuerza del Parlamento en 1993, la
invasión de Chechenia, el abandono de las Fuerzas Armadas y la
comisión de genocidio contra el pueblo ruso.
Pero para el presidente mayo de 1999 fue su mes de gloria: el día 15
ninguno de los cargos por separado obtuvo los 300 votos necesarios
para la destitución, y el 19 unos diputados desalentados aprobaron a
la primera el nombramiento de Serguéi Stepashin como sucesor de
Primakov. Stepashin, que llevaba ejerciendo desde el año anterior
como ministro del Interior en sustitución de Kulikov y que a su vez
fue reemplazado por Vladimir Rushailo, confirmó que la
estabilización económica y las negociaciones con el FMI seguirían
adelante y apostó por una reconducción de las muy deterioradas
relaciones con Estados Unidos.
De nuevo se alzó la incógnita de si Yeltsin había encontrado a su
sucesor, más que nada porque no estaba claro qué cualidades
debía reunir el elegido. Stepashin era un oficial que había hecho
toda su carrera en las agencias de seguridad desde tiempos de la
URSS, y aunque había sido uno de los halcones durante la
guerra de Chechenia ahora exhibía un talante bastante más
conciliador, además de un lenguaje nada complaciente con el
desacreditado régimen de Belgrado. Su apoliticismo le apartaba de la
carrera electoral por la presidencia (a menos que se le indujera a
ello desde el Kremlin), pero lo que Yeltsin esperaba
fundamentalmente de él era, en opinión de los observadores, una
fidelidad sin tacha.
Tan severa habría sido esta expectativa que a la primera merma en la
fiabilidad Yeltsin lo defenestró, el 9 de agosto. Aunque el primer
ministro se había desenvuelto con bastante cautela para no suscitar
la reacción del Kremlin (en el recuerdo de todos estaban los casos
de Lébed y Primakov), parece que Yeltsin se arrepintió de haberlo
nombrado y quiso corregir el yerro sin más demora.
Semanas atrás Stepashin había declarado en Estados Unidos que en
Rusia había otros líderes aparte de "inválidos seniles en sillas de
ruedas", pero lo que le costó el puesto fue su fracaso en impedir la
eclosión de una poderosa alianza electoral entre Luzhkov, tan
popular como crítico con el partido del poder, y un
influyente grupo de gobernadores regionales, a los que luego se iba
a unir Primakov. Precisamente, el Kremlin le había instruido para
que atrajera esos apoyos regionales a un bloque propresidencial.
Además, Stepashin parece que dejó claro que nunca aceptaría la
declaración del estado de emergencia por razones de conveniencia
política, aunque la razón oficial fuera, por ejemplo, las
incursiones que guerrilleros chechenos y aliados locales venían
realizando en Daguestán desde el 5 de julio. El Kremlin no quería
permanecer impasible ante una desestabilización con trasfondo
islamista y de alcance imprevisible en todo el Cáucaso norte con las
elecciones presidenciales a un año vista, así que estudió atacar la
que consideraba fuente de toda subversión, Chechenia, y de paso
acabar de una vez por todas con una rebeldía que se había salido con
la suya en 1996 al cabo de una campaña militar y un proceso
negociador a estas alturas considerados desastrosos y humillantes
para la autoridad federal. De nuevo, Stepashin habría advertido que
no se contara con él para semejante propósito.
Todos los que tenían algo contra Yeltsin convinieron en que La
Familia del Kremlin había intrigado a fondo en los movimientos
fácticos arriba descritos. El término -y no como una simple
metáfora- aludía a la camarilla de colaboradores íntimos de Yeltsin,
cuya capacidad para influir en la alta política, se apreciaba, había
aumentado extraordinariamente en el último par de años a medida que
la salud de Yeltsin declinaba, Precisamente ahora, con las
explosivas filtraciones sobre una corrupción a gran escala en el
entorno presidencial y las posibilidades sin precedentes, a tenor de
las encuestas, de que un candidato no del Kremlin ganase las
elecciones, La Familia se arriesgaba a perder el poder.
En el verano de 1999 los personajes más conspicuos de este grupo
eran: la propia hija de Yeltsin, Tatyana Dyachenko, consejera en
nómina e identificada como la persona más influyente sobre el
presidente; Aleksandr Voloshin, responsable de la Administración
Presidencial desde marzo;
Vladímir Putin,
secretario también desde marzo del SBRF; Valentin Yumáshev, asesor
extraoficial y jefe de la Administración Presidencial entre marzo de
1997 y diciembre de 1998; Nikolai Bordyuzha, inmediato antecesor de
Voloshin en su actual puesto y de Putin en el suyo, ahora jefe del
Comité de Aduanas del Estado; y, Pável Borodin, jefe del
departamento encargado de adjudicar las residencias y vehículos
oficiales a los altos funcionarios del Kremlin.
Además, hacían valer sus intereses los oligarcas, encabezados por
Berezovski (aunque ya para entonces bastante devaluado) y Roman
Abramóvich, presidente del emporio petrolero Sibneft. De este
esquema opaco de poder participaba intensamente también Chubáis, que
a cambio de su remoción del Ejecutivo en marzo de 1998 fue nombrado
presidente del conglomerado Sistema Unificado de Energía.
Algunos de estos nombres, empezando por Dyachenko y su esposo
Aléksei, aparecieron en las investigaciones del FBI sobre el desvío
de enormes sumas obtenidas presuntamente de los préstamos
internacionales a Rusia a cuentas en bancos suizos, con propósitos
de enriquecimiento personal e incluso de blanqueo de dinero. Las
gravísimas imputaciones de los medios occidentales, ampliamente
difundidas por la prensa rusa, suscitaron reacciones de defensa en
el oficialismo, que se acercó a la tesis de los comunistas sobre la
existencia de un complot internacional para desacreditar a Rusia.
Yeltsin, cada vez más silencioso, dejó que sus colaboradores y
ministros dieran las oportunas réplicas y explicaciones.
Dicho todo esto, se comprende el nombramiento de Putin el 9 de
agosto de 1999 como el quinto jefe de Gobierno en algo más de un
año. Como Stepashin, Putin había desarrollado casi toda su carrera
en el KGB y desde 1996 venía escalando puestos fulgurantemente en la
Administración Presidencial.
Yeltsin le había nombrado director del FSB en julio de 1998 y
secretario del SBRF en marzo de 1999, dándole la oportunidad para
exhibir una serie de merecimientos para sucederle en la Presidencia,
no obstante ser un perfecto desconocido para el público: una
dirección rigurosa de los aspectos de la seguridad nacional, una
disposición a una solución expeditiva para el problema checheno y
daguestaní y, sobre todo, una lealtad y un acatamiento a sus
superiores a toda prueba. La "persona capaz de consolidar la
sociedad y obtener los apoyos necesarios para asegurar la
continuidad de las reformas", en expresión de Yeltsin, no tuvo
problemas para ser investido por la Duma el 16 de agosto.
16. Coligados y remisos en el seno de la CEI
En el segundo tramo de su mandato Yeltsin tuvo muchas dificultades
para articular una CEI complaciente con los intereses nacionales de
Rusia. Tres presidentes que habían llegado en su momento al poder
con las etiquetas de prorrusos u "hombres de Moscú" desplazando a
los anteriores liderazgos nacionalistas, Shevardnadze en Tbilisi,
Aliev en Bakú y Kuchma en Kíev, intentaron pronto zafarse de la
excesiva dependencia rusa, tanto en lo económico como en lo militar.
Shevardnadze, pese a necesitar a los pacificadores rusos para
mantener, aunque fuera nominalmente, a Abjazia y Osetia del Sur bajo
soberanía georgiana, denunció la mano de Moscú tras los complots
contra su vida, cuestionó la neutralidad de esas tropas y empezó a
demandar la reducción de los efectivos acantonados en las bases
otorgadas en el Tratado de Amistad de 1994. El presidente azerí
estaba libre de esta hipoteca, pero tampoco le cupieron dudas de la
conexión rusa en determinadas subversiones contra su régimen, en
aparente respuesta a su decisión, en septiembre de 1994, de
contratar la explotación de los recursos petroleros con compañías
occidentales.
Este rechazo a confiar a Rusia las palancas del desarrollo económico
azerí quedó espectacularmente de manifiesto en octubre de 1998
cuando Aliev se decantó por la denominada vía occidental para la
exportación a Europa del petróleo del Transcáucaso, un oleoducto por
construir entre Bakú y el puerto mediterráneo turco de Ceyhan vía
Tbilisi, despreciando la red de oleoductos rusos en servicio y con
término en Novorosiisk, en el mar Negro.
En cuanto al ucraniano Kuchma, Yeltsin finiquitó con él las
trifulcas nuclear y de la flota del mar Negro con el remate del
Tratado de Amistad, Cooperación y Asociación firmado el 31 de mayo
de 1997 en la primera visita del presidente ruso a Kíev. Pero Kuchma
no estaba interesado en avanzar en la integración económica de la
CEI y mucho menos en conferir rango supranacional a sus estructuras.
Georgia, Ucrania y Azerbaidzhán evolucionaron, pues, hacia discursos
prooccidentales e incluso proatlantistas, y en 1996 confluyeron en
un marco de consultas y cooperación no institucionalizado que se
llamó GUUAM con las adiciones posteriores de otros dos estados de la
CEI reacios a las presiones rusas, Moldova y Uzbekistán.
Si se exceptúa Turkmenistán, que se ubicó en una suerte de no
alineamiento en la CEI, Armenia, Tadzhikistán, Kazajstán y
Kirguizistán sí aceptaron, con distintos grados de cooperación y
dependencia, vincularse a las esferas económica y de seguridad
rusas, presentando los casos de Yereván y Dushanbé una supeditación
militar muy acusada. Pero fue Bielarús, a raíz de la elección del
presidente Alyaksandr Lukashenko en 1994, la república ex soviética
que con más entusiasmo se embarcó en la construcción de la CEI y en
un acercamiento a Rusia que hizo temer a los nacionalistas locales
por la existencia del mismo Estado bielorruso.
El 10 de enero de 1995 los dos países suscribieron un acuerdo de
unión aduanera, al que luego se sumaron Kazajstán, Kirguizistán,
Uzbekistán y Tadzhikistán, que en su momento se consideró el más
ambicioso proyecto de integración subregional en la CEI. El 29 de
marzo de 1996 Yeltsin firmó en Moscú con Lukashenko, el kazajo
Nursultán Nazarbáyev y el kirguizo Askar Akáyev un Tratado de
Integración Económica que preveía un mercado común, y el 2 de abril
siguiente, en el mismo escenario, adoptó sólo con Lukashenko un
Tratado de la Comunidad de Repúblicas Soberanas que, partiendo de la
salvaguardia de las respectivas soberanías, preveía la creación de
órganos supranacionales y un único espacio económico, con
armonización de impuestos e inversiones, política aduanera, sistema
de pensiones y fuerza laboral.
No obstante, pese a la efusividad pública de los dos mandatarios y a
sus ditirámbicas predicciones del futuro común, la fuerte
personalidad de ambos, más la exigencia del bielorruso de ser
tratado en un plano de igualdad (algo a lo que Rusia no estaba
acostumbrada en sus relaciones con las repúblicas ex soviéticas),
hubo momentos en que pareció atemperarse este entusiasmo
integracionista teñido de paneslavismo, al menos por la parte rusa,
además de que los déficits democráticos y, en especial, el dirigismo
económico de Lukashenko suscitaron desconfianza en los círculos
reformistas y liberales del poder ruso.
El Acuerdo de Unión del 2 de abril de 1997, que contemplaba una
moneda (el rublo ruso) y un presupuesto comunes, no pasó de la mera
declaración de intenciones. Aún y todo, el Kremlin se preocupó por
mantener las mejores relaciones con el inquieto dirigente vecino, ya
que no había en la región otro presidente más hostil a la expansión
de la OTAN hacia el Este de Europa y más favorable a un "frente
eslavo" para rescatar lo que se pudiera del antiguo glacis.
En un terreno menos simbólico que los anteriores se situó el nuevo
Tratado de la Unión del 8 de diciembre de 1999, que instituía un
Consejo Supremo de Estado como órgano ejecutivo supranacional de una
entidad ruso-bielorrusa que nominalmente aspiraba a funcionar como
una confederación de estados. En vísperas de la presentación del
Tratado, Lukashenko, impaciente tras dos años de proclamaciones sin
articular, había amenazado con recomponer sus relaciones con Europa
Occidental si Rusia no abandonaba sus reticencias de fondo a la
integración total de los dos estados.
De hecho, el eje Yeltsin-Lukashenko vertebró un alineamiento
bastante estable de seis estados dentro de una CEI que en sus
primeros años parecía condenada a desvanecerse entre el escepticismo
y la desidia generales. En abril de 1996, coincidiendo con el
segundo viaje de Yeltsin a Beijing, Rusia estableció otro ámbito de
cooperación con Kazajstán, Kirguizistán, Tadzhikistán y China, un
Estado externo a la CEI, que adoptó el nombre de Grupo de los Cinco
o Grupo de Shanghai. Por lo demás, Yeltsin visitó por cuarta y
última vez Beijing en diciembre de 1999.
17. El final de la búsqueda de un heredero del Kremlin
En septiembre de 1999, los sangrientos atentados en la ciudad
daguestaní de Buynaksk y en el mismo Moscú, donde los días 8 y 13
dos grandes explosiones en unos bloques de apartamentos mataron a
más de 200 personas, así como una nueva y violenta incursión de
extremistas en Daguestán, movilizaron a la anonadada opinión pública
en favor de un castigo contundente a la República de Chechenia, pese
a que la conexión establecida por Putin con las autoridades de
Grozny, a las que acusó, como poco, de no haber querido impedir los
atentados, e incluso la propia naturaleza terrorista de los mismos
en cuanto que cometidos por rebeldes checheno-daguestaníes, no
fueron demostradas.. Algunos observadores, incluso, barajaron la
autoría de los mismos servicios secretos rusos, con inconfesables
propósitos. El caso es que la sensación de inseguridad de una
población que ya conocía bien los embates del crimen organizado
alcanzó cotas máximas.
La segunda campaña de Chechenia, iniciada con el ataque terrestre
del 30 de septiembre y precedida por bombardeos aéreos desde el día
5, fue presentada por el Gobierno de Putin como una operación
antiterrorista limitada a la destrucción de los campamentos
guerrilleros dentro del territorio checheno, pero con el progreso de
las operaciones militares, lentas y penosas, reveló su verdadero
objetivo: poner fin definitivo a las veleidades independentistas
chechenas, liquidar un peligroso foco de perturbación para toda
Rusia y levantar un obstáculo para la aceptación por Azerbaidzhán y
Turkmenistán de la oferta de hacer pasar por la red de oleoductos
rusos sus futuros suministros de gas y petróleo a Europa.
Putin, que deseaba consolidar su imagen de estadista implacable y
decidido a restaurar el orden y la disciplina en todo el territorio
federal sin reparar en medios ni hacer distingos en el bando
checheno, se guardó de caer en los errores de la guerra de
1994-1996. El concepto de guerra total derivó en masivas violaciones
de los Derechos Humanos, hasta el punto de acusarse a las fuerzas
federales de ensañarse con la población civil y de prácticas
genocidas.
Con Yeltsin la mayor parte del tiempo en el hospital o en reposo por
prescripción medida, Putin tomó las riendas efectivas del Estado,
sin ocultar -a partir de noviembre- su aspiración de sucederle en la
Presidencia. De cara a las elecciones legislativas del 19 de
diciembre, decisivas, en un momento que se antojaba de final de
reinado, para la clarificación del equilibrio de fuerzas y de las
posibilidades de los presidenciables, el 23 de septiembre un grupo
de dirigentes regionales y del entorno del Kremlin lanzó el bloque
electoral Unidad (Yedinstvo).
En los comicios, Unidad, identificado por la población como el
último rostro del partido del poder, obtuvo el 23,3% de los
votos y 72 escaños, un resultado bastante más positivo que el 10,1%
y los 51 escaños ganados por NDR en 1995, pero también porque el
KPRF perdió una cincuentena de escaños. La mayoría propresidencial
en la Duma quedaba garantizada al situarse la alianza
centroizquierdista Patria-Toda Rusia (OVR) de Luzhkov, Primakov y
varios dirigentes regionales, la Unión de Fuerzas Derechistas (SPS)
de Gaidar, Némtsov y Kirienko, el Bloque Zhirinovski y el Yábloko de
Yavlinski, Stepashin y Travkin, como las fuerzas tercera, cuarta,
quinta y sexta más representadas, respectivamente.
Validado en las urnas y respaldado por buena parte de la clase
política, Yeltsin se convenció definitivamente de que su
extremadamente leal colaborador era el hombre idóneo para sucederle
y asegurarle un retiro sin contratiempos, de manera que el último
día del año anunció su dimisión y el decreto por el que Putin,
conforme a la Constitución, asumía la jefatura del Estado como
presidente en funciones hasta la celebración de las elecciones.
Putin cumplió su parte del pacto y en su primer decreto
presidencial, el mismo 31 de diciembre, concedió a Yeltsin inmunidad
frente a cualquier persecución, arresto o interrogatorio judicial,
una renta mensual a modo de pensión de jubilación correspondiente al
75% de su salario presidencial (esto es, 11.200 rublos, unos 340
dólares) y la garantía, como a los demás miembros de su familia, de
la protección de los servicios de seguridad Estado y de un
tratamiento con privilegios especiales.
Yeltsin ha desarrollado desde entonces una actividad casi totalmente
privada y no se conoce ningún ascendiente o influencia sobre las
decisiones de su sucesor en el Kremlin. El 7 de mayo de 2000 Yeltsin
retornó al Kremlin para escenificar la transferencia del puesto a
Putin con motivo de su toma de posesión del mandato quinquenal
ganado en las elecciones del 26 de marzo, ocasión en la que hizo un
balance positivo de su etapa y expresó su convicción de que su
sucesor culminaría la conversión de Rusia en un "Estado moderno y
democrático".
En octubre siguiente Yeltsin acudió a la Feria Internacional del
Libro de Frankfurt para presentar su tercer libro de memorias,
Diario de Medianoche. Diez años en el Kremlin (la edición en
ruso se tituló El maratón presidencial), la continuación de
la autobiografía publicada en 1990 y de otro diario en 1994, que en
la edición anglosajona se tituló La lucha por Rusia. El 1 de
febrero de 2001 cumplió los 70 años en el hospital, donde había sido
ingresado en la víspera a causa de una infección vírica. Como tantas
veces en los últimos años, se especuló sobre una dolencia más seria
de lo que los partes médicos informaban, pero el 11 marzo fue dado
de alta sin más complicaciones.
(Cobertura informativa hasta 1/7/2001)
Biography
1- Fuente
Enciclopedya of Russian History
Born: 1 February 1931
Birthplace: Butka,
Sverdlovsk Region, Russia
Died: 23 April 2007 (heart
failure)
Best Known As: The
first post-Gorbachev president of Russia
Democrat or impatient revolutionary, corrupt
schemer or populist, Boris Yeltsin displayed a certain
recklessness from his childhood through his rise to the
presidency of Russia. While Yeltsin orchestrated the peaceful
breakup of the Soviet Union, he succumbed to poor health and
personal rule and failed to build a strong new Russian state.
Yeltsin was born on February 1, 1931, and
raised in Sverdlovsk (Ekaterinburg) Oblast in the Ural Mountains.
He received a degree in construction engineering from Urals
Polytechnical Institute in 1955 and spent the early years of his
career in a variety of construction and engineering posts in
Sverdlovsk, moving from project manager to top leadership
positions in the building administration. He joined the CPSU in
1961 and in 1968 became chief of the Construction Department of
the Sverdlovsk Oblast Party Committee (obkom). In 1975 he
was appointed industry secretary of the Sverdlovsk Obkom.
Yeltsin was known for encouraging innovation,
and his production successes made a name for him in Moscow. In
1976 he was named first secretary of the Sverdlovsk Obkom. Among
his notable policies from this period, he ordered the midnight
bulldozing of the Ipatiev House, the execution site of Nicholas
II and his family, as the Kremlin feared it was becoming a
shrine. He built a reputation for honesty and incorruptibility
mixed with impatience and a tendency toward authoritarian
leadership.
Yeltsin's Party career continued to flourish
as he moved up the ranks. He served as a deputy in the Council
of the Union (1978 - 1989), a member of the USSR Supreme Soviet
Commission on Transport and Communications (1979 - 1984), a full
member of the CPSU Central Committee (1981 - 1990), member of
the Presidium of the USSR Supreme Soviet (1984 - 1985), and
chief of the Central Committee Department of Construction
(1985).
Against the Grain
Yeltsin soon became part of the new team of
young, reform-minded communists under new CPSU General Secretary
Mikhail Gorbachev. On the advice of CPSU ideology and personnel
secretary Yegor Ligachev, Gorbachev brought Yeltsin to Moscow in
April 1985. Yeltsin quickly grew restless at a desk job and
welcomed his promotion to first secretary of the Moscow City
CPSU Committee, succeeding the aging Viktor Grishin.
Subsequently, Yeltsin also was elected a candidate member of the
Politburo (February 1986) and a member of the Presidium of the
USSR Supreme Soviet (1986). Yeltsin was extremely popular as
Moscow's de facto mayor, known for riding the subways, dropping
in unannounced at local shops, and championing architectural
preservation, while exposing and criticizing the privileges
enjoyed by the Party elite.
Eventually Yeltsin clashed with key members of
the Party leadership. Yeltsin complained openly about the pace
of perestroika, criticizing the senior Kremlin leadership for
complacency and lack of accountability and Gorbachev for
timidity. In particular, he locked horns with Ligachev.
Yeltsin's campaign to remove complacent Grishin cronies
infringed upon Ligachev's personnel portfolio. Ligachev also
pointedly objected when Yeltsin began to close Moscow's special
shops and schools for Party officials. Yeltsin became so
frustrated that he tendered his resignation in the summer of
1987. Gorbachev refused to accept it, asking him to hold his
complaints until after the upcoming celebration for the
seventieth anniversary of the October Revolution so that a
united front would lead the festivities. Yeltsin declined to
heed this advice.
Yeltsin aired his grievances at the Central
Committee Plenum on October 21, 1987. The plenum agenda included
approving Gorbachev's anniversary speech, but that was not the
presentation that attracted the most attention. Following
Gorbachev's presentation, Yeltsin delivered an impromptu speech,
lasting for about ten minutes, complaining about the slow pace
of reforms, Ligachev's intrigues, and a new cult of personality
emerging around Gorbachev. Yeltsin charged that leaders were
sheltering Gorbachev from the harsh realities of Soviet life.
Though this secret speech was not published at the time, its
contents soon became public. The plenum itself turned into three
hours of criticism heaped on Yeltsin. He was criticized not so
much for the content as for the style and the timing of his
comments. Yeltsin regularly had opportunities to voice such
concerns at weekly Politburo meetings; that he had chosen this
particular forum against the direct order of Gorbachev indicated
Yeltsin's immaturity and arrogance. Gorbachev now accepted
Yeltsin's prior resignation from the Moscow Party Committee and
asked the Central Committee to enact appropriate resolutions for
his removal. He was also stripped of his seat on the Politburo.
Yeltsin thus became the first high-level Gorbachev appointee to
lose his position.
Yeltsin was not exiled back to Siberia,
however. Gorbachev appointed Yeltsin to be first deputy chair of
the USSR State Committee for Construction, a post that allowed
him to remain in Moscow and in the political limelight. Yeltsin
also remained popular with Muscovites, many of whom felt they
had lost an ally. Almost one thousand residents of the capital
staged a rally to support Yeltsin, which had to be broken up by
police. Yeltsin was unavailable. As would frequently occur
during his political career, times of high political drama
tended to incapacitate him. At the time of the Central Committee
Plenum, Yeltsin was hospitalized for an apparent heart attack.
He was literally taken from his hospital bed to attend the
session of the Moscow City Committee to be formally fired.
Yeltsin reappeared in public at the 1988 May
Day celebration, joining other Central Committee members to
watch the annual parade. He was selected as a delegate from the
Karelian Autonomous Socialist Republic for the extraordinary
Nineteenth CPSU Conference in June; Party officials may have
selected the remote constituency to reduce publicity for Yeltsin.
Instead, the publicity came on the last day of the Conference.
Gorbachev allowed Yeltsin to speak at the
Conference in order to clear the air of rumors regarding the
October affair and to see what this "man of the people" had to
say. On live television, Yeltsin began by responding to
criticisms recently levied against him by his fellow delegates
and then tried to clarify his physical and mental condition at
the Moscow City Plenum. He repeated his criticism of the slow
pace of reform and of privileges for the Party elite. Then, for
the first time in Soviet history, a disgraced leader publicly
asked for rehabilitation. Yeltsin was followed to the podium by
Ligachev, who continued to criticize and denigrate the fallen
Communist. When the Conference ended, Yeltsin had not been
reinstated. But in a move suggesting that Gorbachev had some
respect for Yeltsin's point of view, Ligachev was soon
reassigned to agriculture.
Rising Democrat
Yeltsin began a remarkable political comeback
with the March 1989 elections to the first USSR Congress of
People's Deputies (CPD). Although the Central Committee declined
to put Yeltsin on its slate of candidates, some fifty
constituencies nominated him. Yeltsin opted to run from Moscow -
not Sverdlovsk - and won almost 90 percent of the vote, despite
an official smear campaign. When the CPD announced candidates
for the new Supreme Soviet, Yeltsin was not on the ballot. Large
popular protests began in Moscow, and delegates were swamped
with telegrams and telephone calls supporting Yeltsin.
Ultimately Alexei Kazannik, a deputy from Omsk, offered to
relinquish his seat to Yeltsin - and Yeltsin only. Yeltsin
became co-chair of the opposition Inter-Regional Group and
called for a new constitution that would place sovereignty with
the people, not the Party. Further signaling his break with
Gorbachev, during the July 1990 Twenty-eighth Party Conference,
Yeltsin dramatically resigned from the CPSU, tossing his party
membership card aside and striding out of the meeting hall. He
had cast his lot with the Russian people.
Meanwhile, Yeltsin had established roots in
the RSFSR, giving him a political base to challenge Gorbachev.
He was elected to the Russian Congress of People's Deputies in
March 1990 and became chair of the Russian Supreme Soviet in May
1990. He declared Russia sovereign in June 1990, triggering a
war of laws between his institutions and those of Gorbachev. In
June 1991 Yeltsin was elected to the newly created office of
RSFSR President. Unlike Gorbachev as president of the USSR,
Yeltsin had been popularly elected, a mandate that gave him much
greater legitimacy than Gorbachev could claim for himself. He
even called for Gorbachev's resignation in February 1991. During
the negotiations for a new union treaty in early 1991, Yeltsin
demanded that key powers devolve to the republics. Eventually
the two leaders came to an agreement, and Yeltsin planned to
sign the new Union Treaty on August 20, 1991.
When hard-line communists tried to block the
treaty and topple Gorbachev, Yeltsin sprang into action. While
Gorbachev was under house arrest in the Crimea, Yeltsin was at
his dacha outside Moscow. Refusing his family's and advisers'
pleas that he go into hiding, Yeltsin eluded the commandos
surrounding his dacha and went to the Russian parliament
building, known as the White House. Climbing atop one of the
tanks surrounding the White House, Yeltsin denounced the coup as
illegal, read an Appeal to the Citizens of Russia, and called
for a general strike. Yeltsin's team began circulating
alternative news reports, faxing them out to Western media for
broadcast back into the USSR. Soon Muscovites began to heed
Yeltsin's call to defend democracy. Thousands surrounded the
building, protecting it from an expected attack by hard-line
forces. Throughout the three-day siege, Yeltsin remained at the
White House, broadcasting radio appeals, telephoning
international leaders, and regularly addressing the crowd
outside. When the coup plotters gave up, Yeltsin had replaced
Gorbachev as the most powerful political figure in the USSR.
Yeltsin banned the CPSU on Russian soil, effectively endings its
operations, but did not call for purges of communist leaders.
Instead, he left for his own three-week Crimean vacation.
While Yeltsin inexplicably left the capital at
this critical time, Gorbachev was unable to rally support to
himself or his reconfigured Soviet Union. Upon his return to
Moscow, Yeltsin seized more all-union assets, institutions, and
authorities until it became obvious that Gorbachev had little
left to govern. Then, on the weekend of December 8, 1991,
Yeltsin met with his counterparts from Belarus (Stanislau
Shushkevich) and Ukraine (Leonid Kuchma). The three men drafted
the Belovezhskaya Accords, in which the three founding republics
of the Soviet Union declared the country's formal end.
The Struggle for Russia
Yeltsin began the simultaneous tasks of
establishing a new state, a market economy, and a new political
system. Initially the new Commonwealth of Independent States (CIS)
served to regulate relations with the other Soviet successor
states, although Ukraine and other western states resented
Yeltsin's argument that Russia was first among equals. Yeltsin,
for example, commanded the CIS military, which he initially used
in lieu of creating a separate Russian military. Domestically,
he faced secessionist challenges from Chechnya and less severe
autonomist movements from Tatarstan, Sakha, and Bashkortostan.
Radical economic policy was implemented as Prime Minister Yegor
Gaidar's economic shock therapy program freed most prices as of
January 1, 1992, and Anatoly Chubais led efforts to privatize
state-owned enterprises. The two policies combined to bring
Russia to the brink of economic collapse. Not only did Yeltsin
face public criticism on the economy, but his own vice president,
Alexander Rutskoi, and the speaker of parliament, Ruslan
Khasbulatov, also denounced his policies.
On the political front, Yeltsin found himself
in uncertain waters. Although work was underway to draft a new
constitution, the process had been interrupted by the collapse
of the USSR. Russia technically still operated under the 1978
constitution, which vested authority in the Supreme Soviet.
However, the Supreme Soviet had granted Yeltsin emergency powers
for the first twelve months of the transition. As these powers
neared expiration, Yeltsin and the Supreme Soviet became locked
in a battle for control of Russia. As a compromise, Yeltsin
replaced Gaidar with an old-school industrialist, Viktor
Chernomyrdin, but that did not appease the Congress, which
stripped Yeltsin of his emergency powers on March 12. Narrowly
surviving an impeachment vote, Yeltsin threatened emergency rule
and called a referendum on his rule for April 25, 1993. Yeltsin
won that round, but the battle between executive and legislature
continued all summer.
On September 21, 1993, Yeltsin issued decree
number 1400 dissolving the Supreme Soviet and calling for
elections to a new body in December. Parliament, led by
Khasbulatov and Rutskoi, refused, and members barricaded
themselves in the
White House. Rutskoi was sworn in as acting
president. Attempts at negotiation failed, and on October 3, the
rebels seized the neighboring home of Moscow's mayor and set out
to commandeer the Ostankino television complex. Yeltsin then did
what the hardliners did not do in August 1991: He ordered the
White House be taken by force. Troops stormed the building, more
than one hundred people died, and Khasbulatov, Rutskoi, and
their colleagues were led to jail.
Parliamentary elections took place as
scheduled in December. Simultaneously, a referendum was held to
approve the super-presidential constitution drafted by Yeltsin's
team. If the referendum failed, Russians would have voted for an
illegitimate legislature. Fearing rivals for power, Yeltsin had
eliminated the office of vice president in the new constitution,
but he also refused to create a presidential political party. As
a result, there was no obvious pro-government party. Gaidar and
his liberal democrats lost to the ultra-nationalist Liberal
Democratic Party of Vladimir Zhirinovsky and the Communist Party
of the Russian Federation (CPRF). Rumors persist that turnout
was below the required 50 percent threshold, which would have
invalidated the ratification of the constitution itself.
The Duma, the new bicameral parliament's lower
house, began with a strong anti-Yeltsin statement. In February
it amnestied the participants in the 1991 putsch and the 1993
Supreme Soviet revolt. Yeltsin tried to accommodate the red-brown
coalition of Communists and nationalists in the Duma. Economic
liberalization eased, privatization entered its second phase,
and a handful of businessmen - the oligarchs - snatched up key
enterprises at deep discount.
Yeltsin reached out to regions for support,
with mixed results. A series of bilateral treaties were signed
with the Russian republics, especially Tatarstan, giving them
greater autonomy than specified in the federal constitution.
However, one republic, Chechnya, remained firm in its refusal to
recognize the authority of Moscow, and a showdown became
imminent. A group of hardliners within the Yeltsin
administration orchestrated an invasion of Chechnya on December
11, 1994. Although they had expected a quick victory, the bloody
war continued until August 1996.
Yeltsin approached presidential elections
scheduled for June 1996 with four key problems. First was the
ongoing and highly unpopular war in Chechnya. Second, the
communists dominated the 1995 Duma elections. Third was his
declining health. (He had collapsed in October 1995, triggering
a succession crisis in the Kremlin.) Fourth, his approval
ratings were in the single digits, and advisors Oleg Soskovets
and Alexander Korzhakov urged him to cancel the election. But
yet again, Yeltsin launched an amazing political comeback. He
fired his most liberal Cabinet members, including Foreign
Minister Andrei Kozyrev whose pro-West policies had angered many,
and floated a new peace plan for Chechnya.
In a campaign organized by Chubais and
Yeltsin's daughter Tatiana Dyachenko, Yeltsin barnstormed across
the country, delivering rousing speeches, handing out lavish
political favors, and dancing with the crowds. The campaign was
bankrolled by the oligarchs - a group of seven entrepreneurs who
had amassed tremendous wealth in the privatization process under
questionable circumstances and wanted to protect their interests.
The Kremlin boldly admitted to exceeding the campaign-spending
cap. Yeltsin failed to win a majority of the votes in the
election, forcing him into a run-off with CPRF candidate Gennady
Zyuganov.
Between the first election and the run-off,
Yeltsin suffered a massive heart attack. This news was kept from
the Russian population, who went to the polls unaware of the
situation. Only after Yeltsin had secured victory was news of
his health released. He underwent quintuple bypass surgery in
November 1996, contracted pneumonia, and was effectively an
invalid for months. During this time, access to the president
and the daily business of running the country fell to Yeltsin's
closest advisors: Chubais and Dyachenko, known as "The Family."
Yeltsin's last years in office were marked by
a declining economy, rising corruption, and frequent turnover in
the office of prime minister. The oligarchs soon turned on each
other, fighting for assets and access. Yeltsin's immediate
family was implicated in a variety of graft schemes. With the
economy declining, Yeltsin embarked on prime minister roulette.
He fired Chernomyrdin, replacing him with Sergei Kiriyenko (March
- August 1998), Chernomyrdin again (August 23 - September 10),
then Yevgeny Primakov (September 10, 1998 - May 12, 1999), and
Sergei Stepashin (May 12 - August8). In August 1998 the ruble
collapsed, and Russia defaulted on its foreign loan obligations.
Next in line as prime minister came ex-KGB agent Vladimir Putin.
In 1999 Yeltsin associates floated the idea of
his running for a third term. They argued that the two-term
limit imposed by the 1993 constitution might not count Yeltsin's
1991 election, as it occurred under different political and
legal circumstances. Yeltsin's health was a key concern, as was
his family's complicity in a growing number of corruption
schemes. Before Yeltsin could leave office he needed a suitable
successor, one that could protect him and his family. On New
Year's Eve, 1999, Yeltsin went on television to make a surprise
announcement - his resignation. According to the constitution,
Prime Minister Putin would succeed him, with elections called
within three months. As acting president, Putin's first action
was to grant Yeltsin immunity from prosecution.
Yeltsin retired quietly to his dacha outside
of Moscow. Unlike Gorbachev, he did not form his own think tank
or join the international lecture circuit. Instead, Yeltsin
wrote his third volume of memoirs, Midnight Diaries, and
largely kept out of politics and public life.
Bibliography
Breslauer, George W. (2002). Gorbachev and
Yeltsin As Leaders. New York: Cambridge University Press.
Dunlop, John B. (1993). The Rise of Russia
and the Fall of the Soviet Empire. Princeton, NJ: Princeton
University Press.
Shevtsova, Lilia. (1999).
Yeltsin's Russia: Myths and Reality. Washington,
DC: Carnegie Endowment for International Peace.
Yeltsin, Boris. (1990). Against the Grain.
New York: Summit.
Yeltsin, Boris. (1994). The Struggle for
Russia. New York: Random House.
Yeltsin, Boris. (2000). Midnight Diaries.
New York: Public Affairs.
Biography
2 - Boris Nikolaevich Yeltsin
- Fuente Answers
Boris Nikolaevich Yeltsin (born 1931), who
became president of Russia in 1991, was one of the most
complex and enigmatic political leaders of his time. A
long-time Communist Party leader in Sverdlovsk (Ekaterinburg)
and later Moscow, he was an important leader in the reform
movements of the late 1980s and 1990s. Yeltsin was perceived
at varying times as a folk hero, as a symbol of Russia's
struggle to establish a democracy, and as a dictatorial
figure.
Boris Nikolaevich Yeltsin was born into a
Russian working-class family on February 1, 1931, in the small
Siberian village of Butko. Yeltsin lived and worked in Siberia
for most of his life. His early life, like that of most of his
countrymen in the 1930s and 1940s, was marked by hardship, and
as the oldest child Boris had numerous responsibilities at home.
Only a month older than Mikhail Sergeevich Gorbachev, their
lives and careers have many similarities and some differences.
Both men came from rural worker and peasant families (Gorbachev
lived in the village of Privolnoe in the Stavropol district) and
succeeded in a society that paid lip service to workers and
peasants but in reality was run by an elitist bureaucracy that
disdained provincials.
A strong-willed child, Boris twice stood up to
the educational system. At his elementary school graduation he
criticized his homeroom teacher's abusive and arbitrary behavior,
resulting in his expulsion. He appealed the decision and, after
an investigation, the teacher was dismissed. During his last
year in high school Yeltsin was stricken with typhoid fever and
forced to study at home. Denied the right to take final
examinations because he had not attended school, he appealed and
won. His actions were extraordinary in the repressive climate of
the Stalin period but help explain the mature Yeltsin. In July
1990 he walked to the podium at the 28th Congress of the
Communist Party of the Soviet Union (CPSU) and submitted his
resignation.
Trained as an engineer, Yeltsin graduated from
the Ural Polytechnic Institute. He married his wife Naina at a
young age; they had two daughters. The family is believed to be
closely knit.
Yeltsin initially worked as an engineer in the
construction industry in Sverdlovsk, moved into management of
the industry, and later went to a career in the Communist Party,
eventually becoming first secretary of the party in Sverdlovsk.
Yeltsin joined the CPSU at age 30, relatively late for a man
with political aspirations.
A Party Leader in Moscow
In 1985 Mikhail S. Gorbachev, the new general
secretary of the CPSU, brought Yeltsin to Moscow to serve as
secretary for the construction industry. Within a year he was
appointed head of the Communist Party of Moscow. The 18 months
that followed were a time of achievement and frustration,
culminating in his dismissal as a Candidate member of the
Politburo and first secretary of the Moscow Party ("the Yeltsin
affair").
Yeltsin did not like Moscow at first and
criticized the privileges of the city's political elite as
extravagant compared with life in Sverdlovsk. In a letter to
Gorbachev, written in late summer 1987, Yeltsin asked to be
relieved of his responsibilities in the Politburo. Initially he
did not receive a response, but a disagreement on policy issues
led to the confrontation in the Central Committee in October
1987. Yeltsin criticized the pace of the reforms known as
perestroika and the behavior of some Politburo members.
Yeltsin was removed as secretary of the Moscow party and his
resignation from the Politburo was accepted. Yeltsin remained a
party member, and Gorbachev appointed him a deputy minister in
the construction industry, an area in which he had decades of
experience.
As a political leader in Sverdlovsk and Moscow,
Yeltsin was described as both a populist and an autocrat in his
management style. At times preemptory in his action and approach,
he often traveled to work on public transportation and mingled
with ordinary people, unusual behavior among the Soviet elite,
accustomed to travel in curtained limousines.
In the late 1980s, after Yeltsin criticized
perestroika, his personal relationship with Gorbachev
deteriorated. Publicly Gorbachev was reticent, but from 1987 to
1991 Yeltsin faced opposition at every step as he attempted to
rebuild his political career. In the 1989 elections for the
newly created Congress of People's Deputies (the new
parliament), Yeltsin ran for a seat in Moscow against the
nominee of the Communist Party, who managed the prestigious ZIL
automobile factory. Yeltsin surprised the party by receiving 90
percent of the vote and, with great difficulty, was subsequently
elected by the deputies to the smaller, more important,
parliamentary body, the Supreme Soviet. Gorbachev was elected
(chairman) president of the U.S.S.R. by the new parliament.
During 1989-1990 Yeltsin's populist views made
him a folk hero in Moscow, where crowds chanting "Yeltsin,
Yeltsin" were a frequent sight. In the Supreme Soviet he served
on the steering committee of the interregional coalition of
deputies with Andrei Sakharov. Yeltsin was also elected to the
Russian parliament, which in May 1990 selected him as chairman (president)
of the Russian Republic.
Yeltsin and Gorbachev never again achieved a
sustained close working relationship, although at times they
cooperated during the last 18 months of the Soviet Union. At the
CPSU's 28th Congress in 1990 Yeltsin and other reformers within
the party supported Gorbachev's leadership against the
conservatives, led by Y.K. Ligachev. Although the Congress
favored the conservatives, Ligachev was forced into retirement.
Yeltsin had the last word when, late in the Congress, he
publicly resigned from the party.
In June 1991 the Russian Republic held its
first popularly contested election for president, and Yeltsin
defeated six opponents to win the presidency. As president he
declared the Russian Republic autonomous of the U.S.S.R. and
offered to cooperate with the Baltic Republics, which were
seeking freedom from the U.S.S.R. Such movements contributed to
Gorbachev's decision to negotiate with the 15 Soviet republics
to discuss ways to enhance their self government. The result was
a draft treaty scheduled for signing in late August 1991.
President of the Republic of
Russia
Yeltsin as president of the Russian Republic
(RSFSR) and Gorbachev as president of the U.S.S.R. agreed to
cooperate on economic reform, a reversal of their estrangement
since 1987. However, on August 19, 1991, eight conservative
party and government leaders perpetrated a coup against the
vacationing Gorbachev. Yeltsin led the dramatic struggle on the
ramparts of the Russian parliament (the "White House") in Moscow
that defeated the coup and secured Gorbachev's return to Moscow.
In the aftermath of Gorbachev's rescue,
Yeltsin consolidated his own power. Arguing the complicity of
some of their leaders in the coup, Yeltsin led the movement to
dissolve the Russian parliament and outlaw the Communist Party
on Russian soil. These acts further weakened Gorbachev's power
base. The draft treaty of the republics was never signed. In the
fall of 1991 Yeltsin and other republic leaders declared the
independence of their respective republics, and in December the
presidents of Russia, Ukraine, and Belarus (Belorussia) formed
the Commonwealth of Independent States (CIS), declaring they
would no longer recognize the U.S.S.R. as of January 1, 1992.
Eight other republics joined the CIS, while four republics
became completely independent. Gorbachev resigned before year's
end, and as of January 1, 1992, there was no more U.S.S.R.
Yeltsin, who in 1987 had been dismissed from the Soviet
leadership, became the head of post-Soviet Russia, the largest
of the Soviet successor states. This was a political comeback
unprecedented in Soviet history.
Yeltsin began a new chapter in 1992 as
president of independent Russia. He undertook an ambitious
program of economic reform known as "shock therapy," which
accelerated the pace of privatization and allowed prices to
float as a strategy to move quickly toward a market economy. The
results were mixed. Privatization progressed but at the price of
skyrocketing inflation and currency devaluation without
increased production. Yeltsin's policies were frequently
challenged during 1992, culminating in a major showdown with the
Russian parliament in December 1992. Acting Prime Minister Yegor
Gaidar, an advocate of shock therapy, was forced out, although
within a year he returned to Yeltsin's cabinet. Viktor
Chernomyrdin, a compromise candidate, became prime minister.
Yeltsin's relationship with the parliament further deteriorated
in 1993, and some of his 1991 political allies on the ramparts
of the White House led the parliamentary opposition. Yeltsin
dissolved parliament in September 1993, a sit-in ensued, and in
early October 1993, a confrontation occurred, resulting in
hundreds of deaths and injuries as well as considerable damage
to the White House and other Moscow landmarks. The sit-in was
eventually routed.
Yeltsin survived the political crisis, but his
prestige and reputation suffered. The democratic Yeltsin who
protested in the streets of Moscow in the late 1980s was
forgotten, and a dictatorial image of Yeltsin emerged. In
December 1993 Yeltsin suffered a further setback in the
parliamentary elections, which he had called. Prominent
reformers ran in rival parties, thus weakening their overall
impact. The radical right, led by Vladimir Zhirinovsky, and the
neo-Communists consequently made a better showing in the
elections than they might have done if reformers had been
united.
Yeltsin remained at the helm of Russian
politics, but as a less heroic figure than the Yeltsin of 1991.
Although reelected in 1996, Yeltsin's future was clouded by
Russia's economic crisis and the failure of his reform program,
combined with the bitter aftertaste of Yeltsin's confrontation
with parliament. More importantly, after the 1996 elections it
became clear that he had deceived the Russian people about his
health. In fact, he had suffered a heart attack prior to
elections, and was not well. In The Nation Daniel Singer
wrote, "The Russians would not have voted for Yeltsin had they
known he was such an invalid. Only extraordinarily tight
government control over television enabled the stage managers to
conceal his heart attack." Although he continued as president,
there was much speculation within the international and Russian
community as to who his successor would be. In May 1997 World
Press Review observed, "Considering that most recent Russian
leaders have been sickly, it is odd that the Russian
constitution seems to presuppose a vigorous leader." The problem
left many more than a little uneasy.
Despite his poor health, Yeltsin met with
President Clinton in Helsinki in March 1997. Among the important
issues addressed, Yeltsin approved a new Russian role in NATO,
despite his opposition to NATO expansion. In essence, President
Clinton assured the Russians a seat on NATO councils, stating
they would "have a voice, not a veto." But it was clear that
Yeltsin expected a right to override actions Russia found
unacceptable. In exchange for this new position within NATO,
Yeltsin implied the Russians would cease their opposition to
NATO expansion.
In his new term, Yeltsin continued to face
domestic problems in 1997. The Russian financial picture
continued to grow grim: the gross national product fell another
6 percent in 1996, industrial production was off even more, and
even the life expectancy dropped drastically, by 6 years. Of the
1997 Russian financial picture, Singer pointed out, "Barter,
debt-swapping and hidden financial transactions are replacing
normal exchange. Fiscal fraud has reached epidemic proportions."
Indeed, in 1997, employees frequently waited as long as three
months for payment. Despite such a grim financial picture,
President Yeltsin was a resilient politician with keen political
insights who rebounded from defeat after defeat.
Further Reading
A
number of books treat Yeltsin the politician and the man.
Considerable insights can be gained from his two autobiographies
- Against the Grain, written as a diary about his
political life, with flashbacks into his early life and career;
and The Struggle for Russia (1994), in which he describes
his role in both attempted coups, and profiles friends and
adversaries in Russia and abroad. Other biographers include John
Morrison, whose Boris Yeltsin (1991) portrays Yeltsin the
politician in the context of Soviet politics. His relationship
with Gorbachev and the "Yeltsin affair" are described in Seweryn
Bialer's Inside Gorbachev's Russia (1989). The preclude
to Yeltsin's rule is described by Robert Daniels in The End
of the Communist Revolution (1993). An excellent article on
Yeltsin and Russia can be found in The Nation (March 31,
1997).
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