En
los primeros años de la perestroika (expresión que se refiere
a la reestructuración del sistema socioeconómico), Gorbachov empleó
a Yeltsin como punta de lanza de su proyecto político, con la
complicada misión de poner orden y combatir los vicios incubados en
la nomenklatura comunista desde la época del estancamiento de
Brezhnev: la incompetencia gestora, el servilismo a los mandos
superiores, la desidia en el cumplimiento de los planes e,
inevitablemente, la corrupción.
(Boris Yeltsin y su esposa Naina, a la
derecha)
Yeltsin procedió como un elefante en una cacharrería: nombró un
nuevo alcalde capitalino, renovó drásticamente las secretarías del
Comité Urbano y las oficinas a sus órdenes en el Comité Central e
incluso verificaba in situ si sus disposiciones sobre la reparación
de averías o el suministro de productos eran aplicadas. Pronto se
erigió en el martillo de conservadores y corruptos de cualquier
instancia de poder, incluidas las más elevadas del partido, y en el
adalid de los aspectos más audaces de las reformas políticas y
económicas en curso, sobrepasando en determinación al propio
Gorbachov, quien nunca imaginó que un jefe del partido se valiera de
la glasnost, la política de apertura informativa inseparable
de la perestroika, para vocear sus diferencias con otros jerifaltes:
hasta entonces, las trifulcas internas se habían disputado y zanjado
estrictamente entre las cuatro paredes de las salas de reuniones del
Comité Central y el Buró Político.
Su personalidad arrolladora le granjeó a Yeltsin una popularidad
inmensa entre la gente de la calle, con la que, algo insólito en un
jerarca del partido, solía mezclarse para escuchar y compartir sus
denuncias y quejas, pero también muchas animosidades en un aparato
donde abundaban aún los enemigos de la reforma. Ya en 1986 fue dado
de baja como secretario de la Construcción en el Comité Central,
pero éste se trataba de un puesto básicamente burocrático que no
menoscabó el perfil fuertemente político que aportaba la jefatura
del partido en Moscú.
Las reprobaciones continuaron y el 21 de octubre de 1987 Yeltsin
pronunció un duro discurso en el pleno del Comité Central en el que
denunció los privilegios de la nomenklatura y las trabas
puestas a la perestroika. La desacostumbrada catilinaria en el
corazón del poder soviético tuvo consecuencias fulminantes. El
aparato del partido, irritado por las acusaciones, presionó a
Gorbachov para que retirara su apoyo a Yeltsin y el 11 de noviembre
aquel consintió su doble destitución como miembro suplente del Buró
Político y primer secretario del Comité Urbano de Moscú (efectivas
el 2 de diciembre).
La defenestración de Yeltsin tuvo elementos escenificados con el
propósito de humillarle y además coincidió con una dolencia cardíaca
(fue sacado del hospital para recibir comunicación personal de su
cese en el Buró Político), lo que le impidió plantear una
argumentación de defensa. Con todo, Gorbachov, pese a la creencia
inicial, no le apartó totalmente de la escena destinándole a un
puesto burocrático en provincias, sino que le nombró primer
vicepresidente del Comité Estatal para la Construcción (Gostroi),
cargo de rango ministerial de importancia relativa y decididamente
técnico.
2. Cabeza de los reformistas radicales y ruptura con el PCUS y
Gorbachov
Yeltsin nunca iba perdonar a Gorbachov que le sacrificara en aras de
la estabilidad del partido, pero ha cambio acrecentó su popularidad
interior y se acreditó internacionalmente como la primera víctima de
la perestroika por su flanco izquierdo. Tras un semestre apartado de
la escena, el 28 de junio de 1988 Yeltsin reapareció como delegado
de la república autónoma rusa de Carelia en la XIX Conferencia del
PCUS, donde abogó inútilmente por su rehabilitación política. Al
cabo de otro año en el ostracismo resucitó definitivamente con
motivo de las elecciones del 26 de marzo de 1989 al primer Congreso
de Diputados Populares de la URSS (CDPU), el nuevo superparlamento
soviético ideado por Gorbachov como la suprema institución
legislativa de la Unión.
Yeltsin se postuló por la circunscripción de Moscú para optar a uno
de los 1.500 escaños (sobre 2.250) abiertos al sufragio universal y,
personificando para el público extranjero las grandes victorias
obtenidas por los reformistas (incluidos el político moscovita
Gavril Popov y el Premio Nobel de la Paz y veterano disidente Andrei
Sájarov), se deshizo del candidato oficial del partido, Yuri Brakov,
con el 89,6% de los votos.
Tras asumir como diputado popular (lo que llevó implícito su cese
como ministro del Gobierno por incompatibilidad), en las elecciones
internas que se organizaron el 27 de mayo Yeltsin optó a un escaño
del Soviet de las Nacionalidades del Soviet Supremo; privado del
mandato popular esta vez, perdió la elección, pero tres días después
se aseguró el puesto al cederle el suyo el reformista Yuri Kazánnik,
quien dimitió sólo para tal fin.
Días después Yeltsin fue elegido presidente del Comité del Soviet
Supremo para los asuntos de la Construcción y por ende miembro del
Presidium de la cámara. Dispuesto a dar batalla a los conservadores
del partido, el 30 de julio levantó con Popov, Sájarov, Yuri
Afanásiev y otros destacados reformistas el Grupo Interregional de
Diputados, primera fracción organizada dentro del PCUS y portavoz de
las demandas de descentralización, pluralismo y reforma económica.
La opinión pública internacional estaba cada vez más interesada en
las opiniones de un comunista con carnet que fustigaba al partido
con más virulencia que cualquiera de los disidentes de antaño, y en
septiembre de 1989 Yeltsin realizó una gira por Estados Unidos
invitado por organizaciones sociales y universidades, en la que fue
recibido por el presidente George Bush.
A comienzos de 1990, tras el derrumbe de los regímenes socialistas
de Europa del Este, la plataforma yeltsinista redobló sus premuras y
advertencias a Gorbachov para que diera un impulso decisivo a la
estancada perestroika con reformas económicas radicales, aboliera
del artículo 6 de la Constitución soviética de 1977 que consagraba
el monopolio político del PCUS, modernizara y profesionalizara del
Ejército y el KGB, introdujera la libertad de cultos, etc. Gorbachov
propició las decisiones del Comité Central del partido (el 7 de
febrero) y del CDPU (13 de marzo) de aprobar la segunda de aquellas
medidas, pero se mostró reluctante al resto.
La transición al pluralismo político tuvo un tercer jalón en las
primeras elecciones por sufragio universal al Soviet Supremo de la
RSFSR, el 4 y el 18 de marzo de 1990. Los partidos políticos seguían
ausentes, pero la presentación de listas de candidatos con programas
definidos y plataformas ideológicas dispares, más el hecho de que, a
diferencia de las elecciones al CDPU, no hubo reserva de escaños
para la votación indirecta, confirieron a estos comicios un
innegable regusto democrático. El grupo reformista de Yeltsin volvió
a cosechar rotundas victorias sobre los candidatos oficiales y él
mismo salió elegido diputado por su Sverdlovsk natal con el 84,4% de
los votos. El 29 de mayo el Soviet Supremo le eligió presidente del
Presidium sustituyendo a Vitali Vorotnikov.
Convertido en el primer líder de Rusia -con mucha diferencia, la más
importante república de la URSS- legitimado en las urnas, Yeltsin
asumió abiertamente el liderazgo de la izquierda del PCUS, al
que exigió, bien su transformación en un partido democrático al
estilo de los extintos partidos hermanos de Polonia, Hungría o
Alemania Oriental, bien la aceptación de nuevas fuerzas políticas
con las que tendría que competir en las siguientes convocatorias
electorales.
Dio a Gorbachov, investido el 15 de marzo en el nuevo cargo de
presidente de la URSS, una última oportunidad para avanzar por esta
senda en el XXVIII Congreso del PCUS, y como advertencia el 12 de
junio hizo aprobar por el Soviet Supremo de la RSFSR una
proclamación de soberanía de las leyes rusas sobre las soviéticas,
que de momento tenía una dimensión más declarativa que efectiva.
El XXVIII Congreso se desarrolló del 2 al 13 de julio de 1990 y no
revistió la trascendencia que Yeltsin esperaba. A pesar de que
destacados rostros de la vieja guardia conservadora fueron retirados
del Buró Político (como Vorotnikov y en especial Yégor Ligachev, que
había encarnado a la derecha del partido en las tarascadas
con Yeltsin), el aparato y Gorbachov no vieron motivo para hacer
grandes transformaciones ideológicas o implantar un pluripartidismo
con todas las consecuencias una vez que el pluralismo había sido
legalizado. El penúltimo día del congreso Yeltsin y sus partidarios
escenificaron su ruptura con Gorbachov y su baja en el partido
abandonando aparatosamente el pleno de reuniones.
Yeltsin se consideró ahora en la oposición al PCUS y rival del
Centro por la dirección del curso político, en lo que se advirtieron
indicios de nacionalismo ruso. El Ejecutivo de la RSFSR entró en una
guerra de decretos con el de la URSS para dotar de efectividad a la
declaración de soberanía de junio a través del control de las
reservas bancarias, diamantes, oro y minerales estratégicos situados
en su territorio. Gorbachov hubo de recurrir al veto presidencial
para evitar que las maniobras rusas para sustraerle sus competencias
le convirtieran en un jefe del Estado soviético meramente nominal.
En septiembre los dos dirigentes acordaron una tregua para
consensuar el denominado Plan Shatalin de los 500 días,
destinado a desmantelar los controles de la economía y hacer una
rápida transición al sistema de mercado. El plan contemplaba la
privatización de las empresas estatales y granjas colectivas, la
liberalización de los precios, el estricto control financiero, la
reforma del sistema bancario para la creación de líneas de crédito
privado y la conversión del rublo.
Pero la presión conjunta del Comité Central del PCUS y los
burócratas del Comité de Planificación del Estado (Gosplan) echó por
tierra el proyecto en el mes de octubre, y el propio Gorbachov se
decantó por las medidas de emergencia por la vía autoritaria. La
alianza táctica de Gorbachov con los conservadores ensanchó el foso
que le separaba de Yeltsin, que se consolidó como el único personaje
político con el crédito necesario para imponer a la población los
sacrificios inherentes al paso a la economía de mercado. Una parte
considerable de los rusos percibió que mientras el refinado y
cultivado Gorbachov aparecía bloqueado por sus contradicciones,
Yeltsin, con sus maneras simples y directas, derrochaba dinamismo y
sabía comunicar.
En los meses siguientes arreciaron el cruce de descalificaciones
entre Yeltsin y Gorbachov (el primer llamó "dictador" al segundo, y
éste le tachó a su vez de "derechista" y "neobolchevique") y la
guerra de leyes entre las instituciones de la RSFSR y la URSS
(produjeron particular perturbación las iniciativas de Yeltsin para
impedir la represión de los nacionalistas bálticos y crear unas
fuerzas armadas sólo obedientes a Rusia), masivas manifestaciones
populares de apoyo a uno y otro bando inclusive. Al comenzar marzo
de 1991, la ruptura entre los dos centros de poder de Moscú parecía
total y definitiva.
Tras proponer la creación de un partido fuerte de oposición al PCUS,
Yeltsin aprovechó el referéndum del 17 de marzo en toda la URSS
sobre el proyecto de una Unión renovada elaborado por Gorbachov para
añadir una pregunta en la RSFSR sobre la creación del cargo de
presidente de la República elegido por sufragio universal. Los
votantes de Rusia aprobaron ambas cuestiones en un 71,3% y en un
69,9 % de los votos respectivamente, con lo que sus dos
patrocinadores se sintieron vindicados.
Este resultado abrió la puerta a un nuevo acercamiento y el 23 de
abril, apenas un mes después de que superara en el Soviet Supremo
ruso una moción de censura planteada por la mayoría de diputados
comunistas y tres semanas después de que el Congreso de Diputados
Populares de Rusia (CDPR) le concediera poderes extraordinarios,
Yeltsin y los presidentes de otras ocho repúblicas adoptaron con
Gorbachov en Novo Ogarevo un pacto (denominado 9+1) por el
que se comprometían a firmar cuanto antes un nuevo Tratado de la
Unión que tendría que reescribir las relaciones entre el Centro y
las repúblicas. La primera ganancia para el Gobierno ruso fue la
transferencia por el soviético del control sobre las minas de carbón
de Siberia, protagonistas de una nueva ola de huelgas en demanda de
una mayor participación de los trabajadores en los beneficios
económicos.
El Acuerdo de Novo Ogarevo significó un nuevo bandazo de Gorbachov,
que esta vez se aproximó a los yeltsinistas y al campo de las
reformas más progresistas a cambio de una "colaboración
constructiva" para superar la gravísima crisis del Estado soviético,
con una economía por la cuesta de abajo y los nacionalismos
periféricos desgarrándolo por sus costuras. El 12 de junio Yeltsin
ganó las primeras elecciones presidenciales directas en Rusia con el
57,3% de los votos frente a un elenco multicolor de contrincantes
encabezado por el primer ministro soviético hasta enero, Nikolai
Ryzhkov, candidato del PCR y ubicado en el centro-derecha del
PCUS.
Los apoyos incondicionales de la formación Rusia Democrática (RD,
protopartido de signo radicalmente liberal y reformista liderado por
Afanásiev y Nikolai Travkin, y que gozaba de una moderada mayoría en
el Soviet Supremo republicano) y de los alcaldes Popov en Moscú y
Anatoli Sobchak en Leningrado (ambos revalidados con masivas
mayorías) hicieron posible este contundente respaldo en las urnas,
que en la primera capital se tradujo en un arrollador 72% de los
sufragios. El 10 de julio, coincidiendo con el V plenario del CDPR,
Yeltsin prestó juramento como presidente de la RSFSR ante la
Constitución y la Declaración de Soberanía republicanas y después
cesó como diputado en los legislativos ruso y soviético. El político
checheno Ruslán Jasbulátov le sucedió en la jefatura del Soviet
Supremo.
En los días siguientes, Yeltsin saludó las iniciativas de Gorbachov
de llevar al XXIX Congreso del PCUS, a celebrar en noviembre, una
plataforma ideológica de signo socialdemócrata, y de su
vicepresidente en Rusia, Aleksandr Rutskoi, jefe de la fracción
Comunistas por la Democracia aliada a los yeltsinistas en el Soviet
Supremo ruso, de crear el Partido Democrático de los Comunistas de
Rusia (PDCR) como rival del PCR. El bando reformista acrecentó
fuerzas con la suma del también flamante Movimiento por las Reformas
Democráticas (MRD) capitaneado por los dos máximos rostros de la
perestroika tras Gorbachov, el recién dimitido ministro de
Exteriores, Eduard Shevardnadze y el académico Aleksandr Yakovlev,
que se habían separado de su jefe por apoyarse en los elementos
reaccionarios del PCUS.
3. Líder de la resistencia democrática al golpe de 1991
El 4 de agosto, mientras el pluripartidismo se abría paso en Rusia y
todo estaba a punto para la firma el día 20 del nuevo Tratado de la
Unión, Yeltsin se atrevió a dar una nueva vuelta de tuerca en la
transición democrática decretando la despolitización (en esencia la
supresión de las células comunistas) de las Fuerzas Armadas y las
organizaciones dependientes en el territorio de la RSFSR. Y el 15 de
agosto exigió a Gorbachov la capacidad de designar al primer
ministro, el ministro de Defensa y el ministro de Economía del
Gobierno soviético que, como las demás instituciones, tendrían que
renovarse tras la firma del Tratado de la Unión.
Pero todo dio un drástico viraje en la madrugada del lunes 19 de
agosto cuando la cúpula del Ejecutivo, el Ejército y el KGB
soviéticos, respaldados tácitamente, con su silencio y ambiguedad,
por el Buró Político del PCUS y el Soviet Supremo, anunciaron la
declaración del estado de emergencia en toda la URSS y la formación
de un Comité Estatal que asumía plenos poderes "en vista de la
imposibilidad de que Mijaíl Gorbachov", que según la versión
conocida hasta hacía unas horas se encontraba en su dacha vacacional
de Foros, en Crimea, a orillas del mar Negro, tomando un simple
descanso, "pueda cumplir con sus funciones debido a su estado de
salud".
El vicepresidente, Guennadi Yanáyev, se autoproclamó presidente en
funciones mientras durase la supuesta enfermedad de Gorbachov y
justificó la mudanza de poderes para, entre otros motivos, "evitar
el caos y la anarquía" que amenazaban la "seguridad de los
ciudadanos" y la "integridad territorial" de la URSS", "salvar la
economía de la ruína" y "evitar la escalada del peligro de un amplio
conflicto civil".
La reacción de Yeltsin, que, en un error incomprensible de los
conspiradores, no fue arrestado y silenciado a las primeras de
cambio (incluso tuvo comunicación telefónica sin ningún problema con
los principales dirigentes mundiales), fue tan fulminante como
decisiva para el curso de los acontecimientos. En síntesis, denunció
que se había producido un golpe de Estado en toda regla, no un
relevo amparado en la Constitución, calificó de ilegal al Comité
Estatal para el Estado de Emergencia y exigió tener acceso a
Gorbachov para comprobar su estado de salud.
En la misma mañana del lunes 19 Yeltsin se hizo fuerte con sus
colaboradores en el edificio del Parlamento ruso, la Casa Blanca.
Desde allí salió brevemente a la calle para encaramarse sobre uno de
los tanques enviados por los golpistas contra ellos y leer, ante las
20.000 personas que se habían concentrado en el lugar, una proclama
condenando la destitución de Gorbachov, llamando a la huelga general
indefinida y a la desobediencia civil en toda Rusia, y exhortando a
los soldados movilizados a que desobedecieran a sus superiores.
De todas las repúblicas soviéticas, sólo Rusia y las tres bálticas
condenaron el golpe y alentaron la resistencia civil. Por lo demás,
la arenga televisada de Yeltsin, desafiante, jugándose el pellejo
pero apercibido de la extraordinaria oportunidad histórica que se le
brindaba -si el arriesgadísimo envite en estos momentos de confusión
en que todo podía ocurrir le salía bien, su proyecto político
ganaría un ímpetu formidable, como así fue-, subido en el carro de
combate tras estrechar la mano del tanquista, dio la vuelta al mundo
y se convirtió en una de las imágenes icónicas del último tramo del
siglo XX.
La determinación de los demócratas galvanizados por Yeltsin ("la
dictadura no pasará, pasará la democracia") y la ineptitud de los
golpistas precipitaron el fracaso de la aventura involucionista en
las primeras horas del miercoles 21. El asalto de la Casa Blanca por
las tropas especiales del KGB, que parecía inminente en la noche del
martes 20 y que, al parecer, tenía entre sus objetivos el asesinato
de Yeltsin y la detención de sus principales lugartenientes, no tuvo
lugar.
Después de contactar con Gorbachov a través de una delegación
enviada a Foros (que se anticipó en unas horas a la comitiva de los
golpistas) e integrada por Rutskoi, el primer ministro de Rusia Iván
Siláyev, el miembro del Consejo Presidencial de la URSS
Yevguieni Primakov y el ex ministro del Interior de la URSS
Vadim Bakatin, y de traerlo de vuelta a Moscú sano y salvo en la
noche del 21, Yeltsin tomó el timón de los acontecimientos el jueves
22 con un torrente de ukases concernientes a la RSFSR: la
prohibición de todas las actividades del PCUS, de sus células en los
acuartelamientos y la nacionalización de sus bienes, la supresión de
la bandera roja con la hoz y el martillo de los edificios oficiales
y la asunción de todas las empresas del Estado.
El viernes 23 impuso a Gorbachov, que disociado de lo que estaba
sucediendo en la calle aún se resistía a aplicar reformas tan
drásticas como definitivas, los nombramientos de personalidades
radicales en los ministerios de fuerza de la URSS: Yevguieni
Shaposhnikov en Defensa, Víktor Barannikov en Interior (ya venía
desempeñando la cartera en el Gobierno de la RSFSR) y Bakatin en el
KGB. Yeltsin decretó también el cierre del diario Pravda y
acordó con Gorbachov una suerte de bipresidencia de la URSS
que incluía un mecanismo para sustituirse mutuamente en caso de
necesidad durante una crisis.
El mismo día Yeltsin escenificó con Gorbachov lo que para muchos fue
una revancha rumiada desde la defenestración de 1987: durante la
sesión especial del Soviet Supremo de Rusia celebrada en la Casa
Blanca le recriminó su responsabilidad en el intento golpista, por
haber sido incapaz de detectar o abortar a tiempo la conspiración
pergeñada por hombres que él había nombrado y en los que había
confiado, y le humilló ante las cámaras de televisión obligándole a
leer un documento probatorio de la complicidad de la práctica
totalidad del Gobierno soviético en la conjura y blandiéndole el
documento del ukase prohibiendo las actividades del PCUS.
El presidente soviético y todavía secretario general del PCUS hizo
una patética defensa de su honorabilidad, insistió en que el partido
no debía ser criminalizado en su conjunto y que su ilegalización
constituiría un acto antidemocrático, y censuró la "histeria
anticomunista" desatada. Yeltsin se mostró pletórico, sabedor de que
la balanza de poder se había inclinado hacia él y de que Gorbachov
había perdido una oportunidad única para reconciliarse con la
sociedad y pilotar los cambios.
El vendaval anticomunista comenzado por Yeltsin en Rusia coincidió o
estimuló similares medidas en toda la URSS y obligó a reaccionar a
Gorbachov. El viernes 24, tras asistir por la mañana al
multitudinario cortejo fúnebre por las tres víctimas civiles del
golpe, Gorbachov anunció que dimitía como secretario general del
PCUS, reprodujo los decretos de Yeltsin en el ámbito soviético y
ordenó al Comité Central del partido que iniciara el proceso de su
autodisolución.
Coronando la victoria total de Yeltsin, Gorbachov disolvió el
Gobierno de la URSS y nombró a Siláyev al frente de un ejecutivo
provisional llamado Comité de Administración Operativa de la
Economía Popular, con la tarea urgente de enderezar los sectores
básicos para el funcionamiento del Estado. Con sus disposiciones
Yeltsin no sólo propició la desaparición de un pilar fundamental del
Estado soviético, el Partido Comunista, sino que acaparó las
instituciones de aquel con la clase dirigente y los órganos de poder
rusos.
4. Descarte de una Unión renovada para la nueva Rusia
Desde el 26 de agosto Gorbachov recuperó algo de la iniciativa al
deshacerse de cualquier alforja ideológica y concentrarse en
asegurar la continuidad del Estado, amenazado por un rosario de
declaraciones de independencia republicanas, y la transición a la
democracia "sin más vacilaciones y retrasos".
Yeltsin aceptó negociar con él un nuevo Tratado de la Unión, más
avanzado que el que se iba a firmar el 20 de agosto, que, entre
otros aspectos, reconocía a las repúblicas el rango de estados
soberanos con libertad de "asociarse, confederarse o federarse" y la
facultad de concluir acuerdos bilaterales entre sí, definía un
espacio económico común y una seguridad colectiva sobre la base de
un Ejército y un mando militar estratégico unificados, y garantizaba
los derechos y libertades de todos los ciudadanos.
Estas premisas, junto con un esquema institucional provisional hasta
la firma del Tratado, la aprobación de una nueva Constitución y la
celebración de elecciones democráticas presidenciales y
legislativas, se asentaron en la denominada Declaración de los
Once (o 10+1, esto es, Gorbachov y diez presidentes
republicanos, incluido Yeltsin) dada a conocer el 2 de septiembre.
Yeltsin se avino gustoso a colaborar con el borrador institucional
de Gorbachov, que le había sorprendido por su flexibilidad y
progresismo. Aunque le recordó que en unas elecciones presidenciales
"no tendría nada que hacer" ante él, rebajó las críticas por su
actuación en el golpe de agosto ("sólo fue el presunto responsable")
y añadió que ahora se "fiaba mucho más" del presidente soviético.
Durante unas semanas el pacto Yeltsin-Gorbachov pareció asegurar la
viabilidad de un Estado ampliamente renovado e integrado por una
mayoría de repúblicas. Avances en aquella dirección fueron: la
aprobación por el CDPU (que acto seguido se autodisolvió) de las
estructuras de poder transitorias, el 5 de septiembre; el
reconocimiento por el nuevo Consejo de Estado soviético (en el que
Gorbachov y los presidentes republicanos dirigían mancomunadamente
las políticas internas y externas) de la independencia de las
repúblicas bálticas, el 6 de septiembre; la suscripción por ocho
repúblicas (las descolgadas ahora fueron Ucrania, Moldova y
Azerbaidzhán) de un Pacto de Unión Económica, el 18 de octubre; la
inauguración del período de sesiones del nuevo Soviet Supremo
provisional (el anterior quedó disuelto el 29 de agosto), el 21 de
octubre; y el anuncio por aquellas ocho repúblicas presentes en el
Consejo de Estado de la sustitución de la URSS por una Unión de
Estados Soberanos (UES) en cuanto se estampara el, aún sin fecha,
Tratado constitutivo, el 14 de noviembre.
Ahora bien, en todo este tiempo Yeltsin no había dejado de captar
para la todavía RSFSR competencias e instancias de poder de la URSS:
el 6 de septiembre Gorbachov aceptó la transferencia en su momento a
Rusia de todas las armas nucleares; el 22 de octubre la disolución
del KGB dejó en manos de la república el control fáctico de los
órganos de la otrora todopoderosa agencia de seguridad e
inteligencia; la diplomacia rusa empezó a operar por su cuenta a
través de acuerdos bilaterales con países con una vocación jurídica
típicamente interestatal; y el Comité Económico Interrepublicano
(CEI) puesto en marcha el 20 de septiembre bajo la dirección de
Siláyev y con la misión de coordinar las políticas económicas de las
repúblicas (el 14 de noviembre pasó a llamarse Comité Económico
Interestatal) funcionó en la práctica como una prolongación del
Gobierno ruso, decidiendo la supresión de varias decenas de
ministerios y comités soviéticos.
Para finales de octubre Gorbachov ya se había apercibido del doble
juego de Yeltsin, pero no le hizo blanco de críticas y tan sólo
multiplicó las advertencias catastrofistas contra la desintegración
de una URSS que, entramados normativos aparte, hacía aguas
aceleradamente por la multiplicación de los focos separatistas y
reluctantes a una Unión de nuevo cuño. En la propia RSFSR Yeltsin
hubo de afrontar escarceos centrífugos y sobre todo la rebeldía de
la república autónoma de Chechenia-Ingushetia, donde el recién
elegido presidente, el general del aire Dzhójar Dudáyev, se disponía
a proclamar la independencia. Para manejar estos desafíos y sacar
adelante una reforma económica radical Yeltsin solicitó al CDPR
poderes especiales, que le fueron concedidos por unos diputados
abrumadoramente afectos el 1 de noviembre.
El presidente fue facultado para gobernar por decreto en materias de
economía y política social durante un año, con la perspectiva de
privatizar masivamente las empresas del Estado, liberalizar los
precios al por menor y abordar la reforma agraria. Yeltsin describió
un sombrío panorama económico para Rusia y advirtió a la población
que se avecinaban tiempos muy duros. El 6 de noviembre dio un nuevo
paso en la descomunistización con la prohibición del PCR y de lo que
quedaba del PCUS, y asumió la jefatura del Gobierno vacante desde la
baja de Siláyev para hacerse cargo del CEI.
Cuando Dudáyev proclamó la independencia de Chechenia el 1 de
noviembre la reacción de Yeltsin fue declarar el estado de
emergencia y enviar tropas del Ministerio del Interior (OMON), pero
el CDPR se negó a ratificar unas medidas que para muchos diputados,
tanto provenientes del proscrito PCR como de RD, eran precipitadas y
peligrosas. El 11 de noviembre el Legislativo anuló los decretos del
presidente sobre Chechenia y le obligó a iniciar conversaciones con
Dudáyev. Fue el primer revés de Yeltsin ante los diputados y el
preludio de la aguda confrontación que caracterizaría los dos
primeros años de la Rusia independiente.
La suspensión de pagos anunciada el 29 de noviembre por el Banco
Estatal de la URSS, el Gosbank, dejó a las claras que el país que
Gorbachov trataba desesperadamente de mantener a flote estaba en
bancarrota y al borde del colapso económico. Yeltsin rechazó que la
RSFSR concediera un crédito de emergencia aduciendo el riesgo de
provocar una inflación descontrolada, y emplazó a Gorbachov a
transferir a su república toda responsabilidad sobre los compromisos
financieros del Estado hasta final de año.
El Gobierno ruso notificó que para asegurar los pagos de urgencia
cortaría toda asistencia a los departamentos y ministerios
soviéticos considerados "caducos", poda de la que sólo se iban a
salvar Asuntos Exteriores, Interior y Defensa. El vaciado de
titularidades de la URSS quedó, pues, prácticamente completo, toda
vez que el 18 de noviembre la RSFSR había obtenido el control sobre
la extracción, transformación y comercio de los metales estratégicos
y piedras preciosas de su territorio, así como la emisión de papel
moneda.
Puesto que Rusia ya no apostaba por la Unión y Ucrania había
declarado la independencia (verdadero golpe mortal a las
pretensiones de Gorbachov), el 8 de diciembre se consumó la ruptura
con el anuncio en Bieloviézhe, cerca de Minsk, Bielarús, por Yeltsin
y sus colegas ucraniano, Leonid Kravchuk, y bielorruso, Stanislau
Shushkevich, de la creación de una Comunidad de Estados
Independientes (CEI) abierta al resto de repúblicas de la URSS.
Invocando la condición de firmantes del Tratado constitutivo de la
Unión Soviética en 1922, las tres repúblicas declararon que aquella
había dejado de existir "como sujeto de derecho internacional y como
realidad geopolítica".
A partir de ahí la extinción de la URSS y el acceso de Rusia a la
plena independencia eran sólo una cuestión a pactar para que el
proceso se desarrollara de la manera más suave e inocua posible. El
17 de diciembre, un resignado Gorbachov acordó con Yeltsin la
desaparición del Estado el último día del año. El 21, los
presidentes de las cinco repúblicas centroasiáticas más los de
Armenia, Azerbaidzhán y Moldova se reunieron en la capital de
Kazajstán, Alma-Atá, con sus tres colegas eslavos y firmaron el
protocolo estableciendo la CEI como un sujeto no de derecho
internacional.
El 25, día de Navidad, anticipándose a lo apalabrado, Gorbachov
dimitió como presidente y cedió a Yeltsin el maletín con los códigos
de lanzamiento de los misiles nucleares; la bandera roja con la hoz
y el martillo fue arriada del Kremlin y en su lugar se izó la enseña
tricolor rusa usada en el período zarista. El día 26, el Soviet de
las Repúblicas de la URSS, reunido sin quórum (apenas una veintena
de diputados se dignaron a asistir a una sesión que, no obstante su
carácter meramente formal, exigía algún tipo de solemnidad), aprobó
una declaración por la que, en virtud de "la voluntad de los máximos
órganos representativos del poder estatal" de once repúblicas de
establecer la CEI en Alma-Atá, el Estado soviético dejaba de
existir. Acto seguido, este penoso remedo de autoridad legislativa
procedió a su autodisolución y escenificó el último acto.
Rusia, en adelante denominada Federación Rusa (Rusia), inició su
andadura como Estado independiente tal como Yeltsin había querido:
heredó automáticamente el asiento de la URSS en la ONU (Ucrania y
Bielarús tampoco tuvieron que solicitar el ingreso en tanto que
firmantes por separado de la Carta fundacional en San Francisco en
1945) y las demás organizaciones internacionales, y se preservó el
control del arsenal nuclear y las fuerzas estratégicas por un mando
aliado que en la práctica era ruso.
En Alma-Atá las otras tres repúblicas con armas nucleares en su
territorio, Ucrania, Bielarús y Kazajstán, se comprometieron a
adherirse al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) y
acatar lo que les concernía del Tratado de Reducción de Armas
Estratégicas (START), un principio de desnuclearización que incluía
el envío a Rusia para su eliminación de todas las armas nucleares
tácticas.
Sin embargo, a Moscú se le escapó de las manos el control sobre las
Fuerzas Armadas convencionales, cuya jefatura provisional había sido
transferida por Gorbachov al mariscal Shaposhnikov. En la primera
cumbre regular de la CEI, en Minsk el penúltimo día de 1991,
Kravchuk dejó claro que Ucrania aceptaba delegar en Rusia la
condición de única potencia nuclear, pero que la creación de un
Ejército y un ministerio de Defensa nacionales era inseparable de su
condición de Estado soberano. Con mayor o menor intensidad, las
demás repúblicas plantearon la misma pretensión.
La perspectiva, acariciada por Moscú, de un único espacio económico
basado en un área de libre comercio, una armonización aduanera y una
zona rublo comunitarios se quedó en agua de borrajas tan pronto como
todas las repúblicas se afanaron en marcar sus señas de identidad
nacional y en protegerse de unas intenciones rusas vistas con
suspicacia (sobre todo a la hora de revisar los precios y cuotas de
los suministros energéticos y otros productos esenciales), para lo
que levantaron controles y barreras arancelarias de todo tipo y
algunas se dotaron de moneda propia. La consecuencia inmediata fue
la aceleración del desplome económico en todas partes, empezando por
Rusia.
5. Terapia de choque económica y debut internacional de
alto perfil
Al despuntar 1992 la comunidad internacional tenía menos dudas sobre
la ideología y la estrategia global de Yeltsin que sobre sus
intenciones económicas más inmediatas en la empresa, tan colosal
como de incierto colofón, de inaugurar en la vasta y complejísima
Rusia tendencias positivas en todas las esferas por las que se suele
valorar la viabilidad de un Estado. Así, la entrada en vigor de la
liberalización de los precios de los productos de consumo, muy
temida por la ciudadanía, el 2 de enero, indicó que el presidente se
había decantado por una transformación radical del sistema
económico.
En el equipo de colaboradores de Yeltsin destacaban reformistas sin
ambages como Guennadi Búrbulis, viejo amigo desde la etapa en
Sverdlovsk y su mano derecha en el Gobierno como primer
vicepresidente del mismo y secretario de Estado (es decir, un primer
ministro de facto), y el joven liberal Yégor Gaidar, vicepresidente
para Política Económica y ministro de Finanzas entre el 19 de
febrero y el 2 de abril, cuando cedió el Ministerio a un hombre de
su círculo, Vasili Barchuk.
Estas personalidades se propusieron acabar con la escasez de
productos de consumo (crónica en todo el período soviético y
agudizada en los años de Gorbachov), absorber el exceso de masa
monetaria circulante (la inflación ascendía ya al 100%) y recuperar
para la actividad económica los capitales privados atesorados, hacer
un drástico saneamiento de las finanzas del Estado, estabilizar el
rublo como una moneda convertible y ajustada con las principales
divisas internacionales, privatizar todas las empresas y actividades
comerciales no estratégicas para el Estado (en dos fases, primero
mediante la emisión de bonos abierta a todos los particulares y
luego permitiendo la compraventa de grandes cuotas accionariales), e
inculcar en una población adoctrinada contra el capitalismo durante
siete décadas los espíritus de iniciativa empresarial,
competitividad y prosperidad personal.
Diplomáticamente, la orientación inicial de la Rusia de Yeltsin fue
decididamente a Occidente, sobre todo porque necesitaba vitalmente
las ayudas y créditos de los países desarrollados y de las
organizaciones financieras por ellos sustentadas, el FMI y el Banco
Mundial (BM). El titular del Ministerio de Exteriores, Andrei
Kozyrev, era otro de los hombres de confianza del presidente y muy
grato a Washington, Londres, Bonn o Bruselas.
Los encuentros que Yeltsin sostuvo con mandatarios occidentales a lo
largo del año subrayaron el buen ánimo de Rusia y la disposición de
aquellos países a prestar la ayuda demandada, aunque la
administración de Bush en Estados Unidos pareció complacerse en su
autoconcedido laurel de vencedor de la Guerra Fría y no
elaboró una estrategia de ayudas masivas y preceptuadas; antes bien,
en los primeros meses del año, dio prelación a los suministros
humanitarios con carácter urgente, sobre todo alimentos para cubrir
las penurias más acuciantes en las ciudades rusas.
El puente aéreo, que tomó el caritativo nombre de Proveer la
Esperanza (Provide Hope), comenzó el 10 de febrero de
1992 con la participación de la Comunidad Europea, Turquía y Japón,
aunque la logística la puso Estados Unidos (que se ocupó de explotar
los beneficios propagandísticos de la operación). Al tratar a Rusia
como un país del Tercer Mundo necesitado de subsistencias -aunque el
enfoque no era del todo improcedente, pues el derrumbe de la
producción y las rentas alcanzaban niveles desastrosos-, una parte
importante de la población se sintió herida en su orgullo y añadió
otra causa de rencor hacia un presidente que ya empezaba a ser
contestado por autorizar la traumática terapia de choque de
Gaidar.
El caso es que Yeltsin debutó en la escena internacional con buen
pie y ágil de reflejos. La oferta de Bush de un desarme nuclear
estratégico de gran alcance, tanto unilateral como sujeto a
negociación, no tardó ni 24 horas en ser replicado por Yeltsin con
propuestas no menos espectaculares. El presidente ruso viajó el 30
de enero al Reino Unido y el 31 de febrero a Estados Unidos, para
asistir a una cumbre de los 15 países del Consejo de Seguridad de la
ONU y de paso reunirse con Bush, el 1 de febrero, en Camp David.
Washington estaba bastante satisfecho de las urgencias de Yeltsin a
sus colegas de Bielarús, Kazajstán y, en especial, Ucrania para que
desnuclearizaran totalmente sus repúblicas desprogramando y/o
trasladando a Rusia los misiles de corto y largo alcance y demás
ingenios de esta panoplia de destrucción masiva. El compromiso fue
adquirido formalmente por las tres repúblicas ante Rusia y Estados
Unidos en Lisboa el 23 de mayo.
En la visita oficial realizada al país americano del 15 al 18 de
junio, preparada concienzudamente por Kozyrev y su homólogo James
Baker, los presidentes suscribieron un documento sobre un
"entendimiento común" (joint understanding) en el capítulo
nuclear estratégico por el que los misiles dejarían de apuntar a los
objetivos respectivos y los arsenales serían reducidos una media del
55% adicional al 38% definido por el START-I (ratificado por el
Parlamento ruso el 4 de noviembre de 1992), esto es, hasta las 3.500
cabezas para Estados Unidos y las 3.000 para Rusia.
El Tratado START-II debía coronar la "nueva era de amistad" entre
los dos países e iba a concluirse en un tiempo récord: el 3 de enero
de 1993 lo firmaron los presidentes durante el viaje oficial de Bush
a Moscú. El penúltimo día de su estancia en Estados Unidos en junio
de 1992 Yeltsin solicitó ante el Congreso ayuda económica para su
país e hizo una profesión de anticomunismo que arrancó la ovación de
unos legisladores entusiasmados puestos en pie. La gira de seducción
de los norteamericanos terminó con éxito total para Yeltsin, que
desplazó el recuerdo de Gorbachov y se proyectó como un estadista
hábil y razonable, con el se podía cooperar.
Con la perspectiva posterior, puede decirse que este momento, en el
que Rusia aún no había perfilado una identidad autónoma en las
relaciones internacionales y geopolíticamente seguía muy debilitada
por la implosión soviética, marcó el punto más alto en las
relaciones entre dos potencias que virtualmente carecían de disputas
de entidad. Pocos días después el Congreso de Estados Unidos aprobó
conceder a Rusia el estatuto de nación comercialmente más favorecida
y un paquete de ayudas por valor de 16.000 millones de dólares, en
los conceptos de asistencia directa, aportaciones al fondo de
estabilización del rublo y préstamos canalizados por el FMI.
Ahora bien, las contribuciones del FMI no satisficieron las
expectativas rusas porque Yeltsin, habitualmente desentendido de los
arcanos de la economía, no aceptó las recomendaciones de extender la
liberalización de los precios a la energía y de recortar aún más las
subvenciones, por temor a un estallido social. El presidente ruso
asistió invitado a la cumbre del G-7 en Munich el 7 y 8 de julio de
1992 (la práctica fue inaugurada con Gorbachov en 1991 en la cita de
Londres) pero no se le comunicó ninguna ayuda concreta. Hasta que no
vino el cambio de administración en Estados Unidos y el nuevo
presidente, Bill Clinton, no retomara la cuestión con una voluntad
política, Rusia no iba a recibir las sumas que la gigantesca empresa
transformadora precisaba.
Durante 1992 Yeltsin, bastante animoso pese a algunas
indisposiciones que continuaron su historial de salud quebradiza
iniciado con la hospitalización de 1987, realizó varias salidas a
las capitales europeas, en la mayoría de las cuales firmó tratados
de amistad y cooperación regulatorios de las nuevas relaciones
bilaterales. Así, estuvo en Francia del 5 al 7 de febrero (donde
François Mitterrand le acogió con todo boato para desagraviarle de
la fría recepción del año anterior), en Checoslovaquia el 1 de
abril, en Bulgaria el 4 de agosto, en el Reino Unido de nuevo el 9 y
el 10 de noviembre y en Hungría el 10 y el 11 de noviembre.
Con Polonia y Turquía se adoptaron sendos tratados de amistad con
motivo de las visitas a Moscú de los presidentes respectivos Lech
Walesa y Süleyman Demirel en el mes de mayo. Del 24 al 26 de agosto
de 1993 Yeltsin realizó un histórico viaje a Polonia, ampliado hasta
el 27 con paradas en la República Checa y Eslovaquia.
No descuidó Yeltsin el tercer flanco estratégico para Rusia, Asia
del Nordeste, y el 19 de noviembre y el 17 de diciembre de 1992
inició sendas visitas históricas a Corea del Sur y China. En el
primer país acordó con el presidente Roh Tae Woo un marco de
cooperación en seguridad y defensa que invirtió dramáticamente el
balance estratégico en la península coreana (Seúl ya venía
beneficiándose de la alianza militar con Estados Unidos mientras que
el régimen marxista de Pyongyang perdió ahora el antiguo sostén
soviético que no fue sustituido por el chino).
En Beijing principió una etapa enteramente nueva en las relaciones
chino-rusas, ya apuntada en el viaje de Gorbachov en 1989, por las
abundantes coincidencias en la percepción de las relaciones
internacionales, la mutua voluntad de cerrar los litigios
territoriales y el interés en una cooperación para intercambiar
tecnología nuclear y sistemas de armamento rusos por bienes de
consumo, productos industriales y asesoría en materia de transición
al capitalismo chinos.
6. Desavenencias en la CEI y tensiones en la Federación
Mientras las relaciones internacionales tomaban una senda
constructiva, los tratos en el ámbito más inmediato se revelaron
bastante más complicados. En las diversas cumbres celebradas a lo
largo de 1992 y 1993 Yeltsin se esforzó por sacar adelante un elenco
de iniciativas de integración, políticas (Consejo de Jefes de
Estado, Carta de la Comunidad), militares (Alto Mando de las Fuerzas
Armadas Conjuntas, fuerza colectiva de pacificación, Tratado de
Seguridad Colectiva) y económicas (Tribunal de Arbitraje, Consejo
Consultivo de Coordinación para la armonización de las políticas
económicas, Banco Intergubernamental para la zona rublo, Banco
Interestatal de Reglamentación), con resultados mediocres. Ello
tanto por la persistencia de un grupo de estados recalcitrantes en
cuanto a dotar a la Comunidad de estructuras supranacionales -que,
estaban convencidos, serían manejadas por Rusia en interés propio-
como por la escasa o nula efectividad de lo firmado.
Ya desde la segunda cumbre regular, la de Minsk el 14 de febrero de
1992, Yeltsin y los demás presidentes constataron que cada república
veía a la CEI a su modo, que no existía una voluntad (como el
europeísmo en la Unión Europea) supraestatal de construir sin
prioridades puramente nacionales y que no se disponía de medios para
realizar todos los propósitos que guiaron su fundación. Al mal
ambiente contribuyó mucho el enfrentamiento surgido entre Rusia y
Ucrania por la determinación de este país a dotarse de unas fuerzas
armadas propias y a quedarse con parte de la flota del mar Negro con
base en el puerto ucraniano de Sebastopol, que para Moscú constituía
una fuerza estratégica y por tanto debía mantenerse bajo el mando
conjunto de la CEI.
Esta disputa, que no estuvo lejos de conducir a una guerra en abril
de 1992, más el separatismo de las autoridades rusófonas de Crimea,
las reticencias de Kíev a cumplir sus compromisos de
desnuclearización y los desacuerdos sobre los suministros de gas
ruso, envenenaron las relaciones bilaterales y alejaron
definitivamente a dos países que para algunos habrían podido ser el
motor (con la adición de Bielarús, que desde 1994 sí iba a plantear
con ímpetu la integración subregional) de una entente eslava en el
seno de la CEI.
El nacionalismo ucraniano en los aspectos de seguridad y de defensa
arrastró a Rusia a una dinámica similar, dando la puntilla
definitiva al mando militar integrado en la CEI. Ya el 16 de marzo
Yeltsin constituyó un Ministerio de Defensa ruso que hasta el
nombramiento el 18 de mayo de un titular en la persona del general
Pável Grachev dirigió él mismo en funciones, y el 6 de mayo
siguiente instituyó también por decreto las Fuerzas Armadas de Rusia
con él como comandante en jefe, si bien el mando directo lo ejerció
Grachev. El presidente justificó estas medidas para impedir una
desintegración incontrolada del antiguo Ejército soviético,
arrogándose la titularidad del mismo hasta la formación por etapas
de los ejércitos republicanos. En realidad, se trató de una maniobra
de cooptación antes de que las demás repúblicas se hicieran con
cuotas inaceptables de los despojos.
Yeltsin sostuvo con Kravchuk varias reuniones para hallar una
fórmula de reparto de la flota y solventar los numerosos
contenciosos, pero hasta el 9 de junio de 1995 no hubo un acuerdo
final en Sochi sobre el primer punto con el sucesor de aquel en la
Presidencia,
Leonid Kuchma, un calificado de prorruso que no iba a tardar en
marcar las distancias con Moscú, por el que de entrada se procedía a
dividir equitativamente los barcos y luego Rusia compraría el 30% a
Ucrania.
El estallido a lo largo de 1992 de conflictos armados y guerras
civiles en toda regla en el antiguo espacio soviético aceleró en el
poder ruso el deseo de reforzar su influencia para salvaguardar los
intereses nacionales y los derechos de los 25 millones de rusos
étnicos y rusificados que se habían quedado sin el patrocinio de un
Centro. Invocando la seguridad colectiva de la CEI, Rusia se
inmiscuyó en las disputas internas de Moldova, Georgia y
Tadzhikistán con el manto de un esfuerzo multilateral que resultó
poco convincente.
Con el primer país se llegó a una tensión prebélica en junio como
advertencia contra el tratamiento por el Gobierno de Chisinau del
separatismo armado de los rusófonos del Transdniester, aunque el 21
de julio un acuerdo de alto el fuego firmado en Moscú por Yeltsin y
el presidente moldavo, Mircea Snegur, permitió el despliegue de una
fuerza de interposición tripartita de 4.000 soldados con un fuerte
presencia rusa. Hasta el final de la presidencia de Yeltsin, el
contencioso por la retirada del 14º Cuerpo del Ejército Ruso,
reclamada con vehemencia por Chisinau, iba a entorpecer las
relaciones con una república ex soviética que debatía su identidad
nacional entre la especificidad moldava y el regreso al Estado
rumano del que en 1940 fue desgajada por la URSS.
En Georgia, la llegada a la Presidencia de Shevardnadze como
reemplazo aparentemente prorruso del autócrata nacionalista Zviad
Gamsajurdia coincidió con el recrudecimiento del conflicto con los
independentistas sudosetios. De nuevo, los buenos oficios rusos
permitieron un alto el fuego en Dagomys el 24 de junio y el
despliegue desde el 13 de julio de otra fuerza de paz multipartita
de 2.000 hombres, la mitad de los cuales los aportaba Rusia.
Por otro lado, en Tadzhikistán la reacción armada de los
procomunistas al derrocamiento en septiembre del presidente
Rajmon Nabíyev por una coalición de demócratas, nacionalistas e
islamistas, dio lugar a una cruenta guerra civil que forzó la
elección en noviembre del apparatchik Inomali Rajmónov como
presidente de la República, después de que la capital Dushanbé
cayera bajo el control del Ejército ruso, oficialmente neutral y sin
otra misión que "asegurar el orden".
En la cumbre de la CEI del 22 de enero de 1993 en Minsk se aprobó el
envío de 7.500 soldados de la que iba a ser la primera misión de
pacificación de la Comunidad. Aunque sin expresiones de violencia,
Yeltsin presionó fuertemente también a Estonia y Letonia para que
elaboraran leyes de ciudadanía no discriminatorias con las
importantes minorías rusófonas
Pero los peligros de la disgregación se instalaron en la propia
Federación Rusa. Estado multinacional por excelencia, Rusia se
presentaba como una URSS a escala menor compuesta por 89 entes
territoriales: 49 regiones (óblast), 21 repúblicas (respublik,
apellidadas autónomas hasta la disolución de la URSS), 10
distritos autónomos (avtonomnyy okrug), seis territorios (kray),
dos ciudades federales (gorod) y una región autónoma (avtonomnaya
óblast). Repúblicas, distritos autónomos y la región autónoma
portaban el nombre de la nacionalidad titular, mientras que
regiones, territorios y ciudades federales se articulaban como meras
entidades administrativas.
Las nacionalidades con más de medio millón de miembros sumaban la
quincena, pero los rusos étnicos suponían, de acuerdo con el censo
de 1989, el 81% de la población total, esto es, unos 120 millones.
Ahora bien, en algunas regiones los rusos constituían minorías y sus
relaciones con las mayorías nacionales no estaban libres de
tensiones.
Ya desde el golpe de agosto de 1991 las autoridades de Tatarstán,
Osetia del Norte, Karacháyevo-Cherkesia, Ingushetia y otras
repúblicas se lanzaron a reivindicar mayores cotas de autogobierno y
a hacer declaraciones de soberanía, los referendos de reafirmación
regionalista menudearon de un extremo al otro del país y numerosas
comunidades nacionales con particularidades étnicas, lingüísticas o
religiosas, por lo general víctimas de las deportaciones
estalinistas, reclamaron reparaciones, revisiones fronterizas y
estatus jurídicos no pocas veces contrapuestos y excluyentes. Las
regiones del Cáucaso norte, abigarrado mosaico de pueblos,
concentraron algunos de los conflictos más volátiles que se
nutrieron de y nutrieron a las auténticas guerras civiles desatadas
en el Transcáucaso no ruso.
A finales de octubre de 1992 estalló un sangriento conflicto entre
osetios e ingushes cerca de Vladikavkaz, la capital de la república
autónoma de Osetia del Norte, por el irredentismo de los últimos,
instigado por Dudáyev desde una Chechenia que en la práctica gozaba
de plena soberanía. Ahora bien, pese al activismo de la
Confederación de Pueblos de la Montaña auspiciada por Dudáyev y
aliada a Gamsajurdia y a los abjazios en contra del sentimiento
panosetio y la presencia rusa, el ejemplo checheno no cundió en
Ingushetia, Karacháyevo-Cherkesia o Daguestán, donde prevaleció la
mesura de las autoridades.
La segunda república más contestataria, Tatarstán, descartó también
la ruptura radical y en 1994 terminó suscribiendo el Tratado de la
Federación del 31 de marzo de 1992, por el que los sujetos sentaron
jurídicamente sus competencias con el Centro y que Yeltsin calificó
como un valladar a la desintegración del país. Otra república
díscola, Bashkortostán, rica en petróleo, se vinculó al federalismo
a cambio de un concierto fiscal favorable.
7. Duelo con los diputados por el curso de las reformas
El caso es que Yeltsin empezó a encontrar los mayores quebraderos de
cabeza a escasos metros del Kremlin. La liberalización de los
precios, que había conseguido abastecer de productos las estanterías
pero a unos costes prohibitivos para la gran mayoría de la
población, encendió la mecha de un descontento que comenzó a
manifestarse en las calles en febrero de 1992 por mano de una
heteróclita oposición de comunistas ortodoxos, ultranacionalistas de
signo fascista y nostálgicos del zarismo, que exigieron parar la
liberalización y restablecer los sistemas de control soviéticos.
En el CDPR se articularon tres bloques bastante equilibrados de
derecha, centro e izquierda (aunque las etiquetas
de los extremos podían intercambiarse dependiendo de lo que se
entendiera por progresismo o reaccionarismo). Consistían,
respectivamente, en: la Coalición por la Reforma, que reunía a
varios grupos de yeltsinistas incondicionales o de circunstancias
por aparecer el presidente como la única figura capaz de atajar los
males del país; el arco integrado por el Centro Democrático y la
Unión de Fuerzas Creativas y nutrido por los diputados de la Unión
Cívica de Rutskoi; y la Unión Rusa, que agrupaba a los
neocomunistas (de planteamientos muy ortodoxos) y a diversos
nacionalistas ideológicamente antitéticos a los anteriores, pero
aliados coyunturales frente a las reformas de mercado y la pérdida
del glacis soviético.
Con distintos tonos y lenguajes, había una insatisfacción bastante
amplia con la gestión ultraliberal de Gaidar, nombrado por
Yeltsin primer ministro en funciones el 15 de junio, por pretender
cambios radicales y traumáticos para los que la población no estaba
preparada.
Dirigentes parlamentarios centristas como Rutskoi, Arkadi
Volski (presidente de la poderosa Unión de Empresarios e
Industriales) y Nikolai Travkin (al frente del Partido Democrático
de Rusia) empezaron a proclamar que Yeltsin y su equipo de Gobierno
resultaban perjudiciales para la nación, que el "choque quirúrgico"
concebido como un plan estándar sin atender las peculiaridades rusas
condenaba a la miseria a la gran mayoría de la población y que eran
urgentes medidas de protección social. En un sentido general, este
sector solicitaba reformas graduales y un plan anticrisis no
traumático no muy diferente del Plan Shatalin de 1990, un enfoque
que los medios extranjeros calificaron de "socialdemócrata".
Gaidar, con la anuencia de Yeltsin, advirtió que no cabía otra
disyuntiva que sus recetas o el colapso y reclamó más tiempo para
notar sus efectos positivos en la macroeconomía. Pero para el G-7 y
muchos observadores extranjeros el Ejecutivo ruso no estaba llevando
con suficiente rigor las reformas, y sobre todo alertaron contra el
vacío normativo, la ausencia de códigos y regulaciones que favorecía
los maridajes político-financieros y los negocios turbios, y, en
definitiva, un modelo de capitalismo que mereció el calificativo de
"salvaje".
Todavía más, esta liberalización desordenada convivía con la antigua
nomenklatura burocrática, que, lejos de ser desplazada por
tecnócratas de nuevo cuño hechos a los procedimientos occidentales,
fue recuperada por el propio Yeltsin (sobre todo la del complejo
militar-industrial) para restablecer los antiguos sistemas
administrativos de gestión, incompatibles con un Estado moderno y
eficiente a largo plazo pero hallados necesarios en un momento de
desarticulación y desconcierto generales.
Así, las nuevas élites para las que la libertad de mercado era
sinónimo de enriquecimiento sin control y depredación convivieron
con las antiguas clases ansiosas de reciclarse al nuevo orden de
cosas y no verse relegadas de las nuevas oportunidades, dando lugar
a extrañas hibridaciones. Pesaba también la historia: una tradición
multisecular de inexperiencia democrática, de cadenas verticales de
mando, de arbitrariedad en la toma de decisiones por el poder y de
primacía de lo unilateral y exclusivo sobre las fórmulas de consenso
e integración normales en las sociedades civiles consolidadas.
Los conceptos de democracia y descentralización tuvieron lecturas
egoístas y autárquicas en las provincias, acentuando la segmentación
regional de la economía y haciendo imposible una política
macroeconómica global. En resumidas cuentas: se configuró en Rusia
un panorama de reformas plagado de inconsistencias y
contradicciones, de flujos y reflujos, que hacía muy difícil hacer
un pronóstico sobre su evolución.
La unificación de los tipos de cambio comenzada el 1 de julio de
1992 desató un brutal proceso inflacionario y agravó las pesadumbres
de la población. En la calle la extrema izquierda se organizó en un
Frente de Salvación Nacional (FSN) que exigió abiertamente el
derribo del "traidor" Yeltsin por haber apuntillado a la URSS,
mientras que en el CDPR se caldearon las actitudes contrarias a las
estrellas del gobierno reformista. Yeltsin insistió en que el
presidente no debía inmiscuirse en las luchas partidistas y renunció
a fundar un partido propresidencial fuerte.
También había declinado convocar elecciones a una asamblea
constituyente cuando los diputados le eran mayoritariamente afectos,
en los meses posteriores al golpe de 1991 (un error que mucho se le
iba a achacar después, sobre todo en el extranjero), y ahora no
tenía otro remedio que lidiar con un órgano semidemocrático, elegido
con los instrumentos de un Estado que ya no existía y crecientemente
hostil a las transformaciones económicas radicales. Pero el foso que
se abrió entre los bandos políticos reparaba cada vez más en el
elenco de poderes heredado del período soviético, que cada
institución deseaba ampliar para sí y escamotear a la rival.
El presidente poseía la iniciativa legislativa y la capacidad de
designar a los ministros de Asuntos Exteriores, Defensa, Interior y
Seguridad de conformidad con el Parlamento. No tenía derecho a
disolver el poder legislativo, bien fuera el CDPR o el Soviet
Supremo, pero sí declarar el estado de emergencia. Además, como se
apuntó arriba, coyunturalmente Yeltsin estaba investido de poderes
especiales para gobernar por decreto.
Las facultades del CDPR, oficialmente el máximo órgano del poder,
eran amplias: la adopción y enmienda de la Constitución, la
determinación de las políticas internas y externas, la ratificación
de acuerdos internacionales con implicaciones constitucionales, la
elección del Soviet Supremo y del Tribunal Constitucional, la
dirección de la moción de censura al presidente y la suspensión de
las leyes del Soviet Supremo y de los decretos del presidente.
Recapitulando, Yeltsin heredó unos poderes de hecho cortocircuitados
por el CDPR.
Yeltsin sometió a debate su idea de una Constitución
presidencialista a la americana que sustituyera a la soviética en
vigor, como el único modelo viable dadas las circunstancias, que, en
su opinión, requerían un liderazgo unipersonal y fuerte. El
presidente del CDPR y aliado hasta hacía poco, Ruslán Jasbulátov,
replicó que semejante concesión sería el "suicidio" de la democracia
parlamentaria que él encarnaba, pero durante unos meses las
transacciones evitaron la moción de censura al Ejecutivo o la
retirada de los poderes especiales al presidente.
El 30 de noviembre del Tribunal Constitucional, que presidía Valeri
Zorkin, dictó una serie de sentencias de claro carácter
conciliatorio sobre los decretos de Yeltsin posteriores al golpe de
1991; así, se confirmó la legalidad de disolver los órganos
dirigentes del PCUS y el PCR, pero no la prohibición de las
organizaciones de base del último, con lo que el restablecimiento de
una estructura partidista, lo que luego iba a dar lugar al Partido
Comunista de la Federación Rusa (de sigla rusa KPRF), recibió luz
verde.
En esta línea de apaciguamiento, el 25 de noviembre Yeltsin cesó a
Mijaíl Poltaranin como ministro de Información y a Búrbulis como
secretario de Estado (el 14 de abril ya le había apartado como
primer viceprimer ministro), dos de los principales satanizados por
los congresistas. El enfrentamiento no decayó y cuando el 1 de
diciembre se inauguró el VII CDPR las dos partes acudieron prestas a
plantear una batalla que se presumía definitiva. Empero, la sangre
no llegó al río, ya que Yeltsin descartó la solución autoritaria
(léase la disolución del CDPR por decreto) y entre los diputados se
impuso la tesis del derribo por cauces legales.
El presidente y sus detractores llegaron a una suerte de tregua por
la que el primero retiraba su amenaza de convocar un referéndum para
elegir entre él o el Legislativo a cambio de someter a Gaidar a la
confianza de los diputados. Los poderes especiales y la prerrogativa
sobre los ministerios de fuerza fueron salvaguardados de momento,
pero el 14 de diciembre los diputados le impusieron a Víktor
Chernomyrdin, viceministro desde mayo y notorio representante del
lobby militar-industrial, de entre los cinco candidatos
presentados para presidir el Gobierno.
El 19 de diciembre Yeltsin retornó precipitadamente de China ante el
amago de Chernomyrdin, azuzado por la Unión Cívica, de deshacerse
del equipo de Gaidar, cuyo grupo Demócratas Radicales encabezaba el
bloque de fuerzas yeltsinistas también participado por RD, el
Movimiento Ruso para las Reformas Democráticas de Yakovlev, Popov y
Sobchak, y el Partido Republicano.
El presidente demostró su autoridad manteniendo a los pesos
pesados del liberalismo, a saber, Vladímir Shumeiko, Anatoli
Chubáis y Aleksandr Shojin, viceprimeros ministros los tres, a los
que se sumaron los también notorios reformistas Borís Fyodorov,
ministro de Finanzas a partir del 25 de marzo de 1993, y Yuri Yárov.
En los meses siguientes todos estos nombres iban a ubicarse en dos
partidos nuevos, bien en la Opción Democrática de Rusia (DVR)
fundado por Gaidar, bien en el Partido de la Unidad y la Concordia,
más independiente del Kremlin y sensible a la dimensión social de
las reformas.
Los cuatro ministros de fuerza cuyo nombramiento se reservaba el
presidente, Kozyrev en Exteriores, Grachev en Defensa, Barannikov en
Seguridad y Víktor Yerin en Interior, mantuvieron sus puestos. En
otra contrapartida, el 22 de diciembre los diputados pasaron la
nueva Ley de Gobierno por la que el Legislativo debía ratificar los
nombramientos de estos cuatro ministerios. Yeltsin se apresuró a
quitar lustre a la autoproclamada victoria de los diputados
asegurando que la reforma económica era irreversible.
8. Choque armado con el Parlamento y victoria pírrica de Yeltsin
Los resultados del VII CDPR no fueron más que un compromiso
temporal. El recurso al referéndum para dirimir las diferencias
entre las instituciones fue resucitado por Yeltsin, pero ahora
Jasbulátov entró en ese juego. Durante tres meses el presidente y
los congresistas se enzarzaron en un frenesí de propuestas y
contrapropuestas sobre las preguntas que debería incluir el
referéndum múltiple.
Por lo demás, el poder legislativo encontraba excelente munición
para sus andanadas en los escándalos económicos que proliferaban en
el Ejecutivo, con Búrbulis, Shumeiko y Poltaranin como principales
sospechosos de los manejos irregulares. Esta incapacidad del Kremlin
para cortar con la tradición de trapacería y opacidad en las
gestiones del Gobierno hizo un gran daño a Yeltsin, que se
deslegitimaba para solicitar luego a la ciudadanía un sacrificio
tras otro.
El 29 de marzo de 1993 el IX CDPR, un día después de fracasar por 72
votos una moción de destitución de Yeltsin y como remate a varias
semanas de intensa lucha política en las que se habían cruzado las
iniciativas para recortar los poderes del contrario, se salió con la
suya y estableció las cuatro cuestiones del referéndum que aquel
había convocado por decreto para el 25 de abril. En estos momentos,
el bloque yeltsinista, denominado Coalición por las Reformas, sólo
abarcaba el 33% de los diputados, poco algo más que la Unidad Rusa
de comunistas, ultranacionalistas y agrarios. Entre medio, el amplio
arco de fuerzas centristas, que iba a inclinar el fiel de la
balanza a uno y otro lado cuando llegara el momento de la escaramuza
final.
Los resultados del referéndum fueron como sigue: el 58% de los
votantes expresaron su confianza en el presidente; el 52,8% lo
hicieron en la política del Gobierno; el 31,6% creyó oportuno
adelantar las elecciones presidenciales y el 43,4% opinó lo mismo
con las legislativas. En Moscú, el apoyo a Yeltsin y a las reformas
del Gobierno recibieron el 75% y el 70%, respectivamente, y en su
Yekaterinburgo natal los apoyos alcanzaron el 88%. Aunque los
resultados eran favorables a Yeltsin, el CDPR se negó a reconocer su
carácter vinculante.
El clima de moderación saltó por los aires cuando el FSN, que venía
denunciando una "conspiración internacional para convertir a Rusia
en una república bananera", protagonizó una violenta demostración el
1 de mayo y las dos instituciones se adentraron en una nueva
escalada de reproches, ahora en torno a la convocatoria de una
Asamblea Constituyente, el modelo de Carta Magna y el adelanto de
las elecciones. En julio el Parlamento votó un presupuesto
exageradamente deficitario que se interpretó como un desafío abierto
a la política del Gobierno.
El 1 de septiembre de 1993 Yeltsin destituyó a Rutskoi, que ya hacía
un tiempo se había pasado al bando conservador de Jasbulátov, el 18
reintegró a Gaidar en el Gobierno como primer viceprimer ministro y
el 21 cruzó el Rubicón político: con tono dramático, anunció por la
televisión la imposición del mando presidencial directo, la
disolución del Parlamento y el CDPR y la convocatoria de elecciones
legislativas anticipadas. El presidente justificó su acto
inconstitucional para "salvar al país del caos, la desintegración y
la catástrofe", a los que los diputados le habían abocado con su
"obstruccionismo sistemático" e "ignorancia de la voluntad del
pueblo".
La reacción de Jasbulátov y los congresistas fue atrincherarse en la
Casa Blanca, destituir a Yeltsin, nombrar a Rutskoi "presidente en
funciones" y llamar a la resistencia civil contra el "golpe de
Estado presidencial". Yeltsin aplicó su inveterada táctica del
divide y vencerás, provocando un goteo de deserciones de
diputados con la zanahoria de prebendas institucionales.
Esto redujo la fuerza institucional de los rebeldes, pero acrecentó
a los radicales irreductibles ansiosos de confrontación (como los
exaltados militares Stanislav Terejov, presidente de la Unión de
Oficiales del Ejército, Albert Makáshov, jefe del "Estado Mayor" de
las fuerzas del Parlamento, y Vladislav Achalov, "ministro de
Defensa"), quienes, coordinándose con los extremistas del FSN y
otros grupos ultras de derecha e izquierda en el exterior,
arrastraron a Rutskoi, Jasbulátov y otros supuestos tibios a una
aventura desesperada.
El 3 de octubre, al cabo de unos días extremadamente tensos, con
indicios por ambas partes de preferir el desenlace violento sobre el
negociado y a punto de expirar el ultimátum del Kremlin para que los
diputados se rindieran, partidas armadas intentaron tomar diversos
edificios estratégicos de Moscú con todos los visos de un golpe de
mano al estilo bolchevique. Yeltsin declaró el estado de excepción y
ordenó a las tropas y unidades acorazadas del Ejército que rodeaban
la Casa Blanca su captura sin reparar en medios.
La guerra civil parecía servida, pero la lealtad a Yeltsin de todos
los resortes de fuerza del país y la pasividad del grueso de la
población, que asistió atemorizada a la furiosa batalla en el
corazón de Moscú, sentenciaron a los opositores. El día 4 efectivos
del OMON tomaron al asalto una Casa Blanca destrozada por el fuego
de los tanques y, tras 12 horas de combate, hicieron prisioneros a
sus líderes y cabecillas. Al mismo tiempo, se anunció la
ilegalización del extremista Partido Comunista Obrero (Rusia
Trabajadora) de Víktor Ampilov y el FSN de Ilia Konstantinov.
La brutal embestida contra el Parlamento dejó decenas de muertos -el
primer balance oficial cifró en 118 los fallecidos, si bien en los
días siguientes se sumaron otros 30- y sembró un resentimiento que
luego iba a aflorar por otros cauces, pero Yeltsin había ganado tras
un año de pulso institucional, y sin pagar un precio político
significativo: el Gobierno, los dirigentes regionales, el Ejército y
los socios internacionales se habían plegado mayormente a sus puntos
de vista. Sólo el Tribunal Constitucional seguía plantándole cara,
negándole el soporte legal a su drástica decisión.
9. Concentración de poderes y respaldo limitado en las urnas
Apenas se sofocaron los incendios del histórico 4 de octubre de 1993
cuando Yeltsin se lanzó a implantar una república presidencialista
hecha a medida. Sintiéndose fuerte, en los días inmediatos emitió
una ráfaga de decretos que pautaron una suerte de segunda
descomunistización y pretendían despejar de obstáculos la labor
reformista del Gobierno, aunque otra lectura apuntaba a la
liquidación sin más, aprovechando la suspensión temporal de algunas
garantías legales, de cualquier oposición organizada que cuestionara
su poder.
El 5 de octubre compareció ante la nación para acusar a Rutskoi y
Jasbulátov de planear durante meses "una sangrienta dictadura
comunista-fascista" y expresar su dolor por la sangre derramada en
lo que calificó de "tragedia nacional". También confirmo las
elecciones legislativas para diciembre e instó a los soviets locales
a que se disolvieran "sin conmociones y escándalos". El día 8
prohibió las actividades del centroizquierdista Partido Popular
Rusia Libre, integrante de la Unión Cívica y al que pertenecía
Rutskoi, y el KPRF de Guennadi Zyugánov, pero el 19 los dos no
figuraron en la relación de partidos vetados definitivamente de
participar en los comicios. Y el 27 decretó la libre compraventa de
la tierra, reforma estructural de enorme trascendencia que completó
la descolectivización del agro aprobada por Gorbachov en 1990.
En las semanas siguientes el equipo del Kremlin remató el proyecto
de Constitución que iba a someterse a referéndum, harto diferente
del elaborado por la Comisión Constitucional en el verano, cuando
Yeltsin estaba obligado a hacer concesiones al CDPR.
Rica en influencias de los modelos estadounidense y francés, la
nueva Carta Magna rusa establecía que el presidente federal sólo era
responsable ante el pueblo y le otorgaba amplias potestades, como la
comandancia suprema de las Fuerzas Armadas, la elaboración de las
políticas interiores y exteriores y la designación del jefe de
Gobierno ante el Parlamento. Si éste rechazaba tres veces seguidas
al candidato (fuera o no la misma persona), el jefe del Estado
estaba facultado para disolver la Cámara. También podía el
presidente recurrir a este instrumento si los diputados reiteraban
una retirada de la confianza al Gobierno, cuya continuidad o
sustitución sí estaba enteramente sujeto a su voluntad.
Completando su elenco de atribuciones, el presidente convocaba las
elecciones y referendos, poseía iniciativa legislativa y nombraba
candidatos a las altas magistraturas del país. Por si esto fuera
poco, se dificultaba enormemente la posibilidad del impeachment
o proceso de destitución por el Legislativo: el presidente sólo
podía ser apartado del cargo si los diputados formulaban una
acusación de alta traición u otro crimen de envergadura, y los
tribunales Supremo y Constitucional confirmaban indicios delictivos
en la conducta juzgada. Además, estaba asistido por el Consejo de
Seguridad de la Federación Rusa (SBRF) y la Administración
Presidencial, órganos con funciones poco definidas pero que iban a
representar de hecho una estructura paralela de poder sustraídas de
la fiscalización por las instituciones del Estado.
Por lo que respectaba al poder legislativo, éste quedaba constituido
como Asamblea Federal (Federalnoe Sobranie), compuesto por la
Duma Estatal (Gosudarstvienaya Duma) o Cámara Baja y el
Consejo de la Federación (Soviet Federatsii) o Cámara Alta de
representación territorial. Además, se estableció la confirmación de
que el mandato de Yeltsin agotaría el quinquenio, haciendo
innecesarias elecciones presidenciales hasta junio de 1996, cuando
Yeltsin podría renovar el mandato por un cuatrienio, el período
determinado para los ejercicios presidenciales en lo sucesivo.
Yeltsin, por fin, parecía tenerlo todo atado y bien atado, aunque la
doble llamada a las urnas del 12 de diciembre de 1993 dejó un
regusto agridulce en los pasillos del Kremlin. En el referéndum
constitucional, declarado válido al participar más del 50% del
censo, se pronunciaron a favor el 58,4% de los votantes. Pero en las
elecciones a la Duma, las primeras verdaderamente democráticas en la
historia de Rusia, la DVR sólo cosechó 96 de los 450 escaños.
El gran triunfador de la jornada fue el ultranacionalista Partido
Liberal Democrático de Rusia (LDPR) del pintoresco Vladímir
Zhirinovski, que metió 70 escaños y, más llamativo aún, se alzó como
el partido más votado con un contundente 22,8%, 7,4 puntos más que
la DVR. El pujante KPRF y su aliado el Partido Agrario de Rusia (APR)
le seguían como tercera y cuarta fuerzas, sumando otros 112
diputados hostiles a las reformas liberales. Sólo en quinta posición
en las preferencias del electorado apareció un partido reformista
liberal, el Yábloko de Grigori Yavlinski, con todo un recio opositor
a la concepción capitalista de los hombres del Kremlin.
El demagogo y antisemita Zhirinovski, propenso a las bufonadas y
declaraciones explosivas, podía causar hilaridad o consternación,
pero supo canalizar el descontento de una parte considerable de una
población asustada, moralmente quebrantada, que añoraba algunos
mecanismos de control y previsibilidad del régimen soviético, sobre
todo los relacionados con la economía.
Aunque eran el eje de su ideología, las exigencias de reconstrucción
por las bravas del imperio soviético en Europa (eran recientes las
retiradas de las últimas tropas de Polonia, en octubre de 1992, y
Lituania, en agosto de 1993) no atraían a la ciudadanía tanto por su
factibilidad como por la apelación emocional a una época en que el
mundo no osaba avasallar a Rusia con unas recetas económicas que, al
parecer, sólo beneficiaban a una minoría de privilegiados poco
escrupulosos.
En los meses siguientes el equipo del presidente no se esforzó
demasiado en censurar las tropelías verbales del jefe del primer
partido del país (y para un Occidente perplejo, candidato seguro a
morador del Kremlin en un futuro no muy lejano) porque necesitaba su
apoyo frente a los comunistas, considerados la verdadera oposición a
las reformas capitalistas, y porque él mismo estaba dispuesto a
modificar su actitud diplomática frente a los aliados occidentales y
ganar una nueva respetabilidad internacional para Rusia.
La irrupción de Zhirinovski y sus perturbadores replanteamientos
geopolíticos supusieron un revulsivo para que Yeltsin planteara algo
más que simple retórica sobre la situación de los derechos de los
rusos en el "extranjero cercano", fundamentalmente en Asia Central y
Transcaucasia, escenarios respectivamente de programas estatales de
asimilación cultural y de amenazas de agresiones, que estaban
provocando emigraciones y exilios de consideración. Ahora bien, hubo
quienes, como el propio Gorbachov, sugirieron que el "fenómeno
Zhirinovski" no era sino la fachada de un poderoso núcleo de fuerzas
conservadoras -políticas, militares y empresariales- que estaba
arraigando en el Kremlin.
El 14 de enero de 1994 el agrario Iván Rybkin fue elegido presidente
de la Duma y días después dimitió Fyodorov como viceprimer ministro
y ministro de Finanzas. Gaidar también tuvo que ser despedido. Como
contraprestación parcial, el viceprimer ministro Shumeiko salió del
Gobierno y pasó a presidir el Consejo de la Federación. Lo primero
que hizo la Cámara baja electa tras inaugurarse, el 23 de febrero,
fue amnistiar a los golpistas de 1991 y a los insurrectos de 1993.
Yeltsin se tragó la afrenta y prefirió apaciguar a la mayoría
nacional-comunista de diputados con seguridades de que Rusia iba a
"actuar con firmeza" en la escena internacional, a "abandonar la
práctica de las concesiones unilaterales" y a "equilibrar el ritmo
de la aplicación de las reformas económicas y el coste social de las
mismas". A cambio, el presidente solicitó a los diputados un "memorándum
por la paz social" y una "entente nacional en torno al programa de
Gobierno".
El primer paso hacia la rehabilitación del perdido estatus de
superpotencia se adoptó ya en vísperas de los comicios, el 3 de
noviembre, con la aprobación de la nueva doctrina militar por el
SBRF. En lo sucesivo, las Fuerzas Armadas rusas estaban facultadas
para intervenir en conflictos internos que amenazasen la integridad
del Estado (una vigilancia de la seguridad interna que legitimaba a
posteriori el asalto y toma del Parlamento), citándose como
causantes de estos disturbios grupos nacionalistas o separatistas
lanzados a la subversión armada contra las instituciones federales.
Igualmente, se regularizó la participación de tropas rusas en
misiones de interposición conforme a los compromisos de seguridad
colectiva adquiridos con los socios de la CEI.
Desde el punto de vista de la defensa tradicional, se asumía que
Rusia carecía de enemigos exteriores en ese momento y se proclamaba
el objetivo de eliminar el peligro de una guerra nuclear en el
mundo, pero no se renunciaba a un arsenal atómico por ofrecer una
disuasión contra posibles agresores. Un punto que levantó muchos
comentarios fue la reserva del derecho al primer uso de armas
nucleares si el país se sentía amenazado, lo que contradecía el
compromiso adquirido por la URSS en la etapa de Gorbachov. El 21 de
diciembre Yeltsin decretó a su vez la transformación del Ministerio
de Seguridad, establecido el 24 de enero de 1992, en el Servicio
Federal de Inteligencia (FSK), que de momento se centró en las
tareas de contraespionaje, sólo uno de los campos de operación del
desaparecido KGB. El hasta ahora ministro de Seguridad, Nikolai
Golushko, se convirtió en director del FSK.
10. Reafirmación diplomática y viraje nacionalista
Durante 1993 y parte de 1994 perduró mayormente el buen clima en las
relaciones con Occidente. El 3 y el 4 de abril de 1993 Yeltsin
sostuvo en Vancouver su primera cita con Bill Clinton. Centrada en
los aspectos económicos, en la cumbre de la ciudad canadiense
prendió una relación de amistad entre dos mandatarios que compartían
un carácter abierto a los gestos informales, y durante meses hasta
se habló de "luna de miel" entre las dos potencias. Clinton opinaba
que invertir en Rusia ahora suponía invertir "en el futuro de
América" y presentó un decálogo de actuaciones concretas y
multisectoriales, desde financiación directa a programas de
reconversión.
Las ayudas tomaron concreción en la 19ª cumbre del G-7, en Tokyo,
del 7 al 9 de julio de 1993. Yeltsin asistió como invitado a partir
del segundo día y, por boca de Clinton y el primer ministro japonés
Kiichi Miyazawa, le fue confirmada la concesión de la espectacular
suma de 43.000 millones de dólares entre fondos ya apalabrados y los
nuevos. Parte de esta ayuda se iba a conceder con rapidez y el
grueso iba a depender del curso de los acontecimientos en Rusia.
Las partidas principales de este monto iban dirigidas a los fondos
para la privatización de empresas y la estabilización del rublo, a
programas de asistencia técnica y a créditos a la exportación. Nada
más regresar a Moscú, Yeltsin dispuso una serie de decretos para
acelerar la reconversión económica conforme a las demandas de sus
fiadores internacionales; así, el 24 de julio comenzó una draconiana
regulación monetaria para atajar la hiperinflación (el índice superó
el 1600% en diciembre de 1992), pero fue tal la convulsión social
provocada que el Gobierno hubo de ampliar los plazos y modalidades
para el canjeo de los billetes viejos.
Si la cooperación económica se enmarcaba en la confianza y el
optimismo (los voluntarismos de Estados Unidos y Alemania fueron
decisivos en esta vasta operación de ayuda a Rusia), las relaciones
políticas aún discurrían también por una senda similar. Aunque la
posición proserbia de Moscú chocaba con las simpatías promusulmanas
de Washington, la negativa de los aliados occidentales a intervenir
en la cruenta guerra de Bosnia-Herzegovina permitió la exploración
conjunta de soluciones negociadas, como el denominado Programa de
Acción Común anunciado el 22 de mayo por Rusia, Estados Unidos,
Francia, Reino Unido y España.
En las relaciones con los países de la OTAN ya estaba sobre la mesa
la oposición rusa al ingreso en su seno de países surgidos del
antiguo bloque soviético, aduciendo que la expansión al este de la
organización defensiva -cuya misma existencia tras el final de la
Guerra Fría se cuestionaba- sólo reflejaba una malquerencia
occidental hacia Rusia y ponía en peligro toda la arquitectura de
seguridad del continente. Por eso mismo, Yeltsin apostaba por
trabajar conjuntamente en la Conferencia de Seguridad y Cooperación
en Europa (CSCE), que era una organización de dimensión continental
y no trabajaba con lógicas de aliados e hipotéticos adversarios.
Sin embargo, los miembros de la OTAN articularon con habilidad
nuevos espacios de cooperación flexible con los estados no miembros,
que sirvieran de antesala de los ingresos de pleno derecho, por lo
demás enmarcados en una vasta y ambiciosa reforma de las doctrinas y
estructuras de la Alianza para acomodarla a los nuevos tiempos.
El programa de la Asociación para la Paz (ApP) fue pactado por
Estados Unidos y Rusia el 22 de octubre de 1993 y quedó listo para
su presentación en el Consejo Atlántico de Bruselas del 10 y 11 de
enero de 1994. Inmediatamente después, el día 13, Yeltsin recibió a
Clinton en su primera cumbre en la capital rusa y 24 horas más tarde
se les unió Kravchuk para firmar un trascendental acuerdo por el que
Ucrania se obligaba a deshacerse de todos sus misiles estratégicos,
confirmando la condición de Rusia como única potencia nuclear de la
CEI.
Yeltsin protagonizó a finales de 1993 otros eventos constructivos en
las relaciones con Occidente, como el regreso a Japón del 11 al 13
de octubre en una visita oficial en la que formuló la necesidad de
establecer el tratado de paz bilateral pendiente desde la Segunda
Guerra Mundial y reconoció como principio de negociación la demanda
de soberanía nipona sobre las islas Kuriles, y la firma el 9 de
diciembre de 1993, como antesala del Consejo Europeo reunido en
Bruselas, de una declaración sobre el futuro Acuerdo de Asociación y
Cooperación (AAC) Rusia-UE, cuyo camino había allanado desde 1991 un
instrumento decisivo de los mecanismos de cooperación, el programa
de asistencia TACIS.
El AAC, con una previsión de vigencia de 10 años, fue firmado por
Yeltsin y la autoridad comunitaria en el Consejo de Corfú, el 24 de
junio de 1994, y aunque no podía compararse a los Acuerdos Europeos
de Asociación concebidos para los países solicitantes de ingreso (en
Europa Central y Oriental, los denominados PECO) el apartado de
desarme arancelario bilateral sí incluía una cláusula evolutiva a un
área de libre comercio, cuya implementación, en todo caso, no se
consideraba factible antes de 1998, como mínimo. Para la UE, el
desarrollo de las relaciones comerciales con Rusia iba a depender
del curso de las reformas económicas en el país eslavo.
Por lo que respectaba a la OTAN, el 22 de junio Kozyrev estampó su
firma al documento de adhesión a la ApP en Bruselas y a un anexo
especial, que según las traducciones inglesa y francesa era un mero
"sumario de conclusiones" y según la rusa un "protocolo", esto es,
un documento con valor jurídico vinculante. Rusia se amparó en esta
interpretación para anunciar que la OTAN había reconocido su
"estatus de superpotencia", que, si bien carecía del derecho de veto
sobre las decisiones de la Alianza, sí tendría que ser consultada en
un ámbito institucional. Este acuerdo era sólo un anticipo del marco
de colaboración específico entre Rusia y la Alianza, aún por
precisar.
Los gobiernos occidentales, con diversos grados, acogieron
satisfactoriamente el aplastamiento de la rebelión de octubre, que
de hecho incitaron en la convicción de que Yeltsin, con todas las
críticas que su gestión pudiera merecer, era la única alternativa a
las fuerzas antirreformistas, y tal vez al retorno a un orden
neosoviético. Pero aunque Yeltsin demostró con hechos que las
reformas estructurales no tenían vuelta atrás, también se advirtió
un cambio de tono en la percepción de Rusia en la escena
internacional.
Moscú utilizó la ex Yugoslavia como banco de pruebas de su
determinación a resucitar un prestigio de gran potencia que tenía
mucho que decir sobre intervenciones militares en áreas consideradas
geográfica e históricamente suyas. Aunque las tardías
actuaciones sobre Bosnia y Kosovo tuvieron más que ver con las
vacilaciones de Occidente que con el temor o respeto hacia la
actitud proserbia de Rusia, el país de Yeltsin sí consiguió
desvinculase del seguidismo que, por ejemplo, caracterizó a la URSS
durante la crisis del golfo Pérsico de 1990-1991, y ofrecerse al
mundo como una potencia con la que había que contar y que tenía sus
propios enfoques geopolíticos, muchas veces divergentes de los de
Estados Unidos y sus aliados europeos por mucho que les pesara.
Así, en febrero de 1994 entró en juego una diplomacia rusa más
resuelta que arrancó de los serbobosnios un compromiso de retirada
de las armas pesadas del cerco de Sarajevo, tan incierto como
suficiente para que la OTAN, en el fondo aliviada de que los rusos
asumieran el papel de palomas en el conflicto, desistiera de un
ataque aéreo en represalia por la última masacre de civiles en la
ciudad.
Los enviados rusos consiguieron acuerdos puntuales de alto el fuego
y de levantamiento de cercos militares en Bosnia y Croacia, y como
los países occidentales todavía preferían pensar que una solución
exclusivamente negociada a la guerra en el primer país era posible,
accedieron gustosos a que Moscú se encargara de hacer entrar en
razón a las autoridades de la autoproclamada Republika Srpska. Se
procedió a un reparto de papeles que dio lugar en abril de 1994 al
denominado Grupo de Contacto de países implicados en los procesos de
paz de Bosnia. Cuando en agosto de aquel año el presidente serbio
Slobodan Milosevic
escenificó la ruptura con sus protegidos de Bosnia por su negativa a
sumarse al último plan de paz, Yeltsin se encontró más libre para
estrechar las relaciones entre dos naciones eslavas que se
consideraban muy ligadas.
El verano de 1994 marcó el canto de cisne de la amable
contemporización de los dirigentes occidentales con "el amigo Borís".
El presidente ruso, en el cénit de su exuberancia mediática, fue
invitado a la cumbre del G-7 en Nápoles el 8 de julio, y tras su
encuentro bilateral con Clinton del día 10 declaró con entusiasmo
que, puesto que había sido integrada en las discusiones políticas,
Rusia era virtualmente el octavo socio del restringido club de
potencias y su condominio sobre el "poder institucional planetario".
Asimismo añadió que aquellas podían estar seguras de que "el oso
ruso no iba a entrar rompiendo las ventanas".
Entre el 24 y el 28 de septiembre recaló en Londres, Nueva York
-para asistir a la Asamblea General de la ONU- y Washington, y la
idea más reiterada fue el rechazo a los planes de ampliación de la
OTAN, a su juicio un obstáculo muy serio en la búsqueda de nuevas
estructuras de seguridad abiertas a todos los estados. En su nueva
cumbre con Clinton, desarrollada los días 27 y 28, Yeltsin hizo
votos por acelerar los compromisos adquiridos en el tratado START-II,
cuya ratificación por la Duma estaba pendiente.
El 31 de agosto de aquel año Yeltsin presidió en Berlín con el
canciller Helmut Kohl la salida de las últimas tropas rusas del
territorio de la antigua República Democrática Alemana (el mismo día
lo hicieron las unidades acantonadas en Letonia y Estonia) y ambos
se juramentaron para que nunca más hubiera una guerra entre los dos
países. Para Yeltsin, ese fue "el día de la reconciliación
definitiva" entre Rusia y Alemania, y estimó que los soldados rusos
partían "en la creencia de que nunca más vendría una amenaza desde
suelo alemán".
Durante la que para los nostálgicos del pasado soviético fue una
jornada triste para Rusia, Yeltsin proporcionó un festivo
espectáculo a la concurrencia, improvisando la dirección de una
orquesta militar batuta en mano y cantando la célebre Kalinka.
Unas semanas después, el 30 de septiembre, de vuelta de su viaje a
Estados Unidos, hizo escala en Dublín con la intención de mantener
un desayuno de trabajo con el primer ministro irlandés John Reynolds
(quien había acortado un viaje por Australia a tal fin), pero éste
esperó en vano a que el ruso bajara del avión en la misma pista del
aeropuerto internacional de Shannon. Luego, en Moscú, Yeltsin
explicó el suceso: "lo único que pasó es me quedé dormido y mis
guardaespaldas tenían órdenes de no despertarme"; aunque por doquier
se escuchó la versión de un exceso etílico del presidente.
A medida que las cámaras de televisión robaban imágenes de un
Yeltsin tambaleante y necesitado del sostén de un guardaespaldas o
un presidente de la CEI, la oposición se preguntó si Yeltsin no
estaría incapacitado para gobernar, bien por su excesiva afición al
vodka, bien por un estado de salud quebradizo. Estas situaciones
excéntricas, insólitas en un estadista, más las destemplanzas
verbales que empezaron a adornar su discurso, fueron recibidas con
educada cortesía por unos dirigentes occidentales que, si por un
lado estaban impacientes por la incapacidad de Rusia para levantar
cabeza pese a los miles de millones invertidos y desconcertados por
el carácter cambiante de su primer dirigente, por el otro pensaban
que Yeltsin al menos era un líder razonable, abierto a las
relaciones personales y comprometido con la superación del pasado de
su país.
Las humoradas y los síntomas de debilidad física de Yeltsin, en
cambio, disgustaban profundamente a la opinión pública rusa, que
sentía que su presidente era objeto de chanza por los extranjeros y
le hacía un flaco favor a la imagen internacional del país, en lo
sucesivo tan susceptible de compararse en su trayectoria con la
crecientemente errática actuación de su máximo responsable.
11. Enfoque neoimperial de la CEI y la guerra de Chechenia
A medida que curtían su discurso ante Occidente, Yeltsin y sus
colaboradores también desplazaron su concepto de la CEI hasta
hacerla una especie de instrumento al servicio de un proyecto de
reconstrucción nacional ruso. Organización que no terminaba de
articularse como un verdadero espacio común en lo político, lo
económico y lo militar, y pálido remedo, por ejemplo, de la UE, la
CEI, a iniciativa rusa, siguió aprobando un rosario de acuerdos de
integración en cuya aplicación realmente no confiaban la mayoría de
los socios, cada vez más dispuestos a trabar alianzas bilaterales y
subregionales para beneficiarse o defenderse de la omnipresencia
rusa, según fueran los intereses de cada república.
En el bienio 1993-1994 la vigorización de la CEI por la iniciativa
interesada de Moscú registró varios éxitos que, por de pronto,
fortalecieron la respetabilidad y el prestigio de Yeltsin entre sus
colegas. Cuando en la cumbre de Ashjabad en diciembre de 1993 tocó
elegir el primer presidente de turno de la Comunidad, no había duda
de quien debía iniciar la rotación. Se dio el hecho incluso de que
aquellos mandatarios quejosos e irritados por lo que consideraban
injerencias y hasta conspiraciones de inequívoca procedencia rusa,
tendían a no incriminar personalmente a Yeltsin y a descargar las
responsabilidades sobre "fuerzas ocultas", "servicios de
inteligencia" y "partidos de la guerra".
En la cumbre de Moscú del 24 de septiembre de 1993, en plena crisis
con los diputados, Yeltsin consiguió que nueve presidentes (todos
excepto el ucraniano Kravchuk y el turkmeno Saparmurat Niyazov, los
cuales prefirieron observar su evolución) suscribieran el Tratado de
Unión Económica, que preveía la libre circulación de mercancías en
el espacio CEI, la unificación de los regímenes aduaneros y una
geometría variable para las políticas monetarias nacionales,
crecientemente reacias a la permanencia en el área del rublo.
Azerbaidzhán, cuyo presidente Heydar Aliev (un veterano y alto
nomenklaturista que hasta el final había permanecido leal al PCUS)
acababa de hacerse con el poder en Bakú en una jugada de la que no
estuvo ausente la inteligencia rusa, confirmó su regresó a la CEI,
de la que se había separado el anterior presidente, el nacionalista
Abulfaz Elchibey.
Poco después, el 22 de octubre, era Shevardnadze quien, tras varios
meses de resistirse, metía por decreto a Georgia en la CEI. El
atribulado ex ministro de Exteriores soviético ya dependía de los
rusos para mantener pacificada Osetia del Sur, acababa de perder la
guerra con los secesionistas de Abjazia por la calculada ambigüedad
de esos mismos efectivos y ahora hacía frente a una peligrosa
rebelión de los gamsajurdistas, así que no tuvo otro remedio que
pedir el auxilio de Moscú.
En noviembre esta intentona quedó frustrada, pero la vuelta al redil
ruso tenía su precio: la vigilancia compartida de las fronteras
georgianas y el establecimiento de bases militares. El 3 de febrero
de 1994 Yeltsin y Shevardnadze firmaron en Moscú un Tratado de
Amistad y Cooperación y, no casualmente, el 14 de mayo siguiente los
abjazios accedieron a firmar el cese de hostilidad es. El 15 de
junio 3.000 soldados rusos adscritos a la fuerza de pacificación
aprobada por la CEI comenzaron a desplegarse en la zona.
Con los armisticios de Moldova y Georgia y los precarios ceses de
hostilidades para el enclave de Nagorno-Karabaj (de mayoría armenia
pero perteneciente a Azerbaidzhán), arrancado por Grachev en Moscú
el 16 de mayo, y para Tadzhikistán, alcanzado el 17 de septiembre en
Teherán con la intermediación rusa, para otoño de 1994 una suerte de
pax rusa se extendía sobre los costados más conflictivos de
la CEI, si bien en todos los casos quedaban pendientes de resolver
los problemas políticos y territoriales que habían desatado las
guerras civiles.
No fue casual que fuera precisamente en ese momento de relativo
sosiego en la CEI y de resurgimiento diplomático-militar cuando el
poder ruso reavivó su interés por lo que sucedía en Chechenia. Desde
1991 la república presidida por Dudáyev se había desenvuelto como un
ente soberano de hecho, acumulando pertrechos militares en previsión
de una intervención rusa y auspiciando una coalición de pueblos
montañeses norcaucásicos que tenían como nexos el frentismo al orden
federal ruso y al irredentismo osetio, la solidaridad con
Gamsajurdia (muerto en combate en diciembre de 1993) y la causa
abjazia, y la promoción del acervo cultural común.
En el SBRF se impuso la solución militar al problema checheno que
favorecían los ministros de fuerza, es decir, Grachev, Yerin y el
nuevo director del FSK, Serguéi Stepashin, además del secretario del
propio Consejo desde septiembre de 1993, Oleg Lobov, hasta ahora
primer viceprimer ministro. Del lado de la moderación se
identificaron a Chernomyrdin y Kozyrev. El 16 de enero de 1994
Dudáyev hizo proclamar la República Chechena de Ichkeria. En el
verano de ese año Yeltsin dio el visto bueno a la liquidación de la
rebeldía chechena, pero primero se exploró la vía indirecta de
alentar la formación de un contrapoder a las autoridades de Grozny.
Cuando el 27 de noviembre fracasó una incursión de opositores
armados contra la capital pese a la cobertura aérea rusa, Yeltsin
encontró la ocasión para ultimar a los chechenos con cesar en sus
querellas internas so pena de introducir el estado de emergencia en
la república y movilizar a las fuerzas federales para hacerlo
cumplir.
Mientras Yeltsin asistía a la cumbre de la CSCE en Budapest, el 5 y
6 de diciembre de 1994, unidades rusas se movilizaban en la frontera
con Chechenia listas para intervenir. La invasión comenzó el 11 de
diciembre con bombardeos masivos por tierra y aire, con Grozny como
principal objetivo. Pero pese a los partes triunfalistas sobre una
rápida conclusión de lo que se presentaba, no como una campaña
militar, sino como una operación de orden público, lo que Yeltsin se
encontró fue el más mortificante quebradero de cabeza hasta el final
de su mandato.
En efecto, los chechenos plantearon una resistencia encarnizada y la
primera tentativa de asalto ruso a Grozny terminó, el 2 de enero de
1995, en un completo desastre. Sólo la asunción de elevadas pérdidas
propias y el recurso a todos los medios militares, sin reparar en
destrucciones y mortandad entre la población civil, permitió al
Kremlin seguir adelante con una ofensiva en la que estaban en juego
el prestigio nacional y no pocas carreras personales. El 8 de
febrero las tropas completaron el control de la devastada capital
chechena y hasta el 19 de abril fueron cayendo los centros urbanos
de Argún, Gudermés, Shali y Bamut.
En apariencia, el orden federal volvía a regir en Chechenia, pero
Dudáyev, su Gobierno y su Estado Mayor escaparon a las áreas
montañosas y allí reorganizaron sus fuerzas dispuestos a seguir
batallando mediante una guerra de guerrillas combinada con acciones
terroristas. A lo largo de 1995 los sucesivos acuerdos de alto el
fuego y desmilitarización no fueron aplicados y los dramáticos
episodios, de valor más propagandístico que militar, de las
incursiones con captura masiva de rehenes por comandos chechenos en
las ciudades rusa de Budennovsk, en junio de 1995, y daguestaní de
Kizlyar (más la sangrienta batalla a que dio lugar en la localidad
de Pervomáiskoye), en enero de 1996, no sólo pusieron en evidencia
la pésima organización y desmotivación de un Ejército basado en
reclutas, sino que convencieron a la opinión pública de que la
guerra de Chechenia podía convertirse en un nuevo Afganistán.
El penoso desenlace de la crisis del hospital de Budennovsk, ciudad
del territorio de Stavropol, con la muerte de 94 de los
aproximadamente 1.600 rehenes que fueron tomados por los terroristas
(así como de 35 policías y soldados) tanto durante el ataque inicial
de aquellos como en los dos asaltos fallidos de los efectivos rusos,
más la retirada impune a las montañas del comandante guerrillero
Shamil Basáyev y sus hombres escudados en 150 rehenes que finalmente
fueron puestos en libertad y como parte de negociaciones conducidas
por Chernomyrdin que produjeron también un alto el fuego de tres
días en el conjunto de las operaciones militares, obligó a Yeltsin a
depurar responsabilidades para salvar la cara ante la Duma. El 30 de
junio el presidente "aceptó" las dimisiones de Yerin, Stepashin y el
viceprimer ministro Nikolai Yegórov, esto es, tres representantes
del denominado partido de la guerra.
Al primero de la lista le reemplazó Anatoli Kulikov y al segundo
Mijaíl Barsukov, ambos dos altos oficiales identificados con las
tesis de dureza frente a los chechenos (Kulikov, de hecho, venía
comandando las operaciones bélicas en la república). Barsukov de lo
que tomó posesión fue del nuevo Servicio Federal de Seguridad (FSB),
que el 12 de abril había reemplazado al FSK. El FSB no sólo se
ocupaba de las operaciones de inteligencia exteriores, sino también
de amplios cometidos en la seguridad interior, como la lucha contra
el crimen organizado y el terrorismo y la vigilancia de las
instalaciones nucleares, por lo que se observó como el heredero
final del KGB.
La sensación de precariedad de los federales en Chechenia en 1995
coincidió con los primeros problemas serios de Yeltsin con su
corazón. En julio estuvo hospitalizado dos semanas por un ataque de
isquemia y a finales de octubre nuevos dolores en el pecho urgieron
otro internamiento que se prolongó durante un mes. En los dos casos
Yeltsin silenció cualquier murmullo sobre una declaración de
incapacidad (que habría dejado a Chernomyrdin como presidente en
funciones) y siguió firmando decretos, vetando proposiciones de ley
o recibiendo a huéspedes en su habitación del hospital. Pero los
medios de comunicación se preguntaban quien dirigía los hilos en el
Kremlin durante estas ausencias cada vez más prolongadas.
Fue en esta época cuando cobró notoriedad el magnate de las finanzas
y la comunicación Borís Berezovski. Omnipresente e intrigante,
Berezovski era sólo el más conspicuo de un grupo de grandes
empresarios de la banca, la industria, los monopolios energéticos y
los medios informativos. Estos personajes, genéricamente denominados
por el público los oligarcas, habían levantado en pocos años
fabulosas fortunas que para la mayoría de la población sólo podían
proceder de la compraventa de favores políticos al Kremlin.
Entre tanto, la situación estratégica en Chechenia se aparejaba en
malos términos para Rusia. La ofensiva sorpresa de los chechenos
contra Grozny del 6 al 10 de marzo de 1996 obligó a Moscú a sentarse
en una mesa de negociación y a atender todas las demandas de los
separatistas. El 27 de mayo siguiente Yeltsin y el sustituto
provisional de Dudáyev (fallecido en un ataque de misiles ruso el 21
de abril), Zelimján Yandarbíyev, firmaron un alto el fuego en Moscú
que entró en vigor cuatro días después con graves violaciones. El 10
de junio siguiente las delegaciones acordaron en Nazrán la retirada
rusa y el desarme checheno para facilitar un arreglo político, pero
hasta la entrada en escena del general Alexandr Lébed el conflicto
checheno no se encarriló por la vía de la paz.
12. Reválida electoral y el factor Lébed
Desde 1994 Yeltsin, para quitarle argumentos a una Duma más
cooperadora de lo esperado, fue vaciando de elementos
radical-liberales el Gobierno de Chernomyrdin. Algunos ministros
fueron transferidos a otras oficinas administrativas, otros quedaron
definitivamente marginados del poder y hubo quienes regresaron por
necesidades de la coyuntura y en función del humor del jefe del
Estado. Con estos recambios se mitigaron algunos de los aspectos más
controvertidos de las reformas (imagen de excesiva complacencia con
el capital occidental, desorden financiero y normativo, impacto
social de la reconversión), pero las privatizaciones, pilar básico
de las transformaciones socioeconómicas, no fueron cuestionadas.
Sobrio y acomodaticio, durante seis años Chernomyrdin gozó del favor
de Yeltsin por su discreción política y su identificación con el
papel de escudo frente a todo tipo de dicterios de los que era
objeto el Kremlin, tal como aquel parecía concebir la figura del
primer ministro. El 12 de mayo de 1995 Chernomyrdin constituyó el
bloque electoral Nuestra Casa Rusia (NDR).
De signo reformista y centrista y con la vocación de construir una
amplia base de apoyos, NDR fue rápidamente calificada desde diversos
frentes de partido del poder, posición codiciada después de
que la desfallecida DVR de Gaidar dejara de ser útil a Yeltsin. Lo
que ahora le interesaba a éste era frenar las excelentes
perspectivas del KPRF, hostil a las privatizaciones, y restarle
protagonismo sobre política exterior al lenguaraz Zhirinovski, así
que concedió su patrocinio al proyecto de Chernomyrdin y otras altas
personalidades del Ejecutivo.
Ahora bien, los comicios adelantados del 17 de diciembre de 1995
tampoco cumplieron las perspectivas. El partido de Zyugánov se
consolidó como el primero de Rusia con el 21% de los votos y 150
escaños y, pese a su derrumbe, el LDPR todavía sacó más sufragios
por el sistema proporcional que NDR. El partido de Chernomyrdin
cosechó unos muy discretos 10,1% de los votos y 52 escaños, apenas
un par más de actas que el LDPR o el Yábloko por separado. La
conversión de la DVR en una fuerza testimonial (4,2% de votos y 10
escaños) certificó el eclipse de las fuerzas doblemente
comprometidas con el capitalismo liberal y el europeísmo. El 17 de
enero de 1996 los comunistas colocaron a uno de los suyos en la
presidencia de la Duma, Guennadi Seleznyov, y consiguieron la cabeza
de Chubáis, cesado en el Gobierno, donde venía sirviendo de primer
viceprimer ministro desde noviembre de 1994.
Mientras en Chechenia las perspectivas para los federales no eran
halagüeñas, en Moscú la renqueante salud de Yeltsin desató la
rumorología sobre si el presidente iba a presentarse o no a la
reelección en junio de 1996. De hacerlo, tendría que vérselas con un
Zyugánov no especialmente atractivo pero sí receptor de millones de
votos de disciplinados comunistas, y con la estrella ascendente de
la política nacional,