A la idea de salvación le sucederá, en el tiempo y en la
obra, la idea de investigación. No se tratará ya de
curar, sino de estudia los motivos y circunstancias que han llevado a
las gentes a la decadencia social, moral y física.
Quand une société se putréfie, quand la machine
sociale se détraque, le rôle de l'observateur et du penseur est de oter
chaque plaie nouvelle, chaque secousse inattendue.
(...). Nous vivons sur les ruines d'un monde. Notre devoir est
d'étudier ces ruines avec franchise, sans peur ni mensonge, pour en
tirer les éléments du monde futur. (Zola, 1978, t.II : 307,n.9)
Así, a la primera intención religiosa, aún de herencia
romántica, sucederá el impulso científico, entre la sociología, la
historia y la fisiología, hijas todas ellas de la nueva época
positivista que comenzaba a mediados de siglo.
Émile Zola comenzó a caminar por las sendas de la
doctrina positiva, que iba imponiéndose con fuerza en Francia, en el
momento en que entró a trabajar en la librería Hachette, en 1862. Este
empleo supuso para él un verdadero proceso de iniciación en la
mentalidad positivista y cientifista. La editorial, dirigida por Louis
Hachette, se había convertido en un foro de pensamiento e ideología
republicanos próximo a la burguesía ilustrada y liberal. El momento de
la incorporación de Zola a la empresa coincidió con la ampliación de la
misma y los grandes trabajos de expansión que, de 1862 a 1864,
contribuyeron a hacer de ella el gran coloso que conocemos. Al poco
tiempo de su entrada, Zola accedió al puesto de jefe del recientemente
creado departamento de publicidad, un puesto clave para un joven con
pretensiones literarias. Allí conoció las obras de divulgación
científica de Hippolyte Taine, Claude Bernard y sobre todo de Émile
Littré, el gran autor de la casa. Este período de formación en las
nuevas ideas se vio reforzado por la asidua lectura del periódico Le
Siècle, fuertemente republicano y anticlerical.
Su llegada a París y su contacto con medios
positivistas le hicieron, además, reafirmarse en algo que venía
sospechando desde 1860: su mediocridad como poeta. Quedaron, pues,
definitivamente olvidados aquellos poemas grandiosos sobre la creación
del Universo, enterrados bajo la besogne du siècle: su tarea de
novelista.
En realidad, esto supone un intento de resolver el
dualismo estético que venía arrastrando: su opción entre la realidad y
el ideal, la prosa y la poesía, lo contemporáneo y lo eterno.
I.3 Madurez: del positivismo al espiritualismo
Como ya dijimos más arriba, la evolución personal y estética de Zola
coincide plenamente con la evolución del siglo. Por eso, no nos debe
extrañar la sucesión de etapas, en apariencia contradictorias, que no
son sino el reflejo del rumbo que tomaron los últimos años del siglo XIX.
Sus primeros años en París coincidieron con la época
del cientifismo a ultranza, de la denostación de influencias románticas
anteriores y del más acusado anticlericalismo. Éstas, que son las 3
características generales de mediados de siglo, lo son de igual modo, de
la primera madurez de Zola.
Ideológicamente, asistimos al reinado de
la ciencia; la ciencia que todo lo puede y todo lo invade. El método
científico aplicado a la pintura, a la novela, a la filosofía, a la
educación, a la política, la historia, a un mundo "cientificado". Del
tronco común que representa August Comte, verdadero creador del
positivismo, se desarrollaron fuertes y notables ramas representadas por
Ernest Renan, Taine, Claude Bernard o Littré, pilares fundamentales de
la intelectualidad francesa de la segunda mitad de siglo.
La invasión que llevó a cabo la ciencia,
en todos los órdenes de la vida trajo como consecuencia, el repudio a
cualquier dimensión metafísica, especialmente religiosa.
Le monde d'aujourd'hui est sans
mystère . La conception rationelle prétend tout éclairer et tout
comprendre; elle 'efforce de donner de toutes choses une
explication positive et logique,(...). C'est par la connaissance des
lois physiques que la science a renouvelé la conception du monde et
qu'elle a renversé sans retour la notion du miracle et du surnaturel.
(Marcelin Berthelot, Origines de ’alchimie, cfr., Six : 106)
Se abrió entonces una fuerte
incompatibilidad entre ciencia y religión. Esta incompatibilidad
orquestará en Zola un dualismo feroz que, como una corriente
subterránea, irá alimentando el nivel más profundo de sus obras. Esa
dialéctica, de tan difícil solución, entre lo material y lo espiritual,
la inmanencia y la rascendencia, el cuerpo y el alma, lo cronológico y
lo intemporal es, a nuestro juicio, el eje sobre el que se articula la
gran serie de novelas Les Rougon-Macquart, como veremos más adelante.
En el devenir de esa exaltación
materialista se esperó todo de una ciencia que avanzaba despacio,
demasiado despacio para unas mentes hambrientas de respuestas. El hombre
no supo acomodarse a su nuevo papel, en el aquí y el ahora positivistas,
y corrió de nuevo a refugiarse en las antiguas creencias. "La moral de
los fuertes" no conquistó a las conciencias.
Proclamada por el estoicismo
post-naturalista, defendía la convivencia del hombre consigo mismo,
aceptando sus límites y las condiciones, a menudo adversas, de una
existencia nada fácil de llevar. Esta moral se hallaba muy lejos de
triunfar en la sociedad francesa, que, en medio del sufrimiento, seguía
manteniendo su necesidad antropológica de la esperanza en el más allá.
El último tercio del siglo XIX vio nacer
lo que se llamó la faillite de la science. Al furor cientifista le
sucedió un retorno a la trascendencia, a la fe religiosa y a la figura
de Dios, relegada enlos días del positivismo. Semejante trastorno del
orden de prioridades para el hombre que se decía "moderno", no pudo
dejar indiferente a nadie: ni a los que, abandonando los dictados
positivistas, se zambulleron en la renovada trascendencia, ni a los que
desarrollaron una mayor hostilidad ante tal "retorno al pasado", ni a
los que -como el caso de Zola-, tras un primer momento de incertidumbre
y desconcierto, intentaron una tópica aproximación.
Estas particulares circunstancias
contribuyeron a que los principios teóricos del naturalismo comenzasen a
tambalearse, así como su aplicación en la música, la literatura o la
pintura, en un intento de responder a las nuevas necesidades.
Messieurs, j'entends dire couramment
que le positivisme agonise, que le naturalisme est mort, que la
science est en train de faire faillite, au point de vue de la paix
morale et du bonheur ... qu'elle aurait promis.
(...). Vous ne mettriez plus dans la science tout votre espoir, vous
auriez reconnu, à tout bâtir sur elle, un tel danger social et
moral, que vous seriez résolus à vous rejeter dans le passé, pour
vous refaire, avec les débris des croyances mortes, une croyance
vivante. Certes, il n'est pas question d'un divorce complet avec la
science, il est entendu que vous acceptez les conquêtes nouvelles et
que vous êtes décidés à les élargir. On veut bien que vous teniez
compte des vérités prouvées, on tâche même de les accomoder aux
anciens dogmes. Mais au fond, la science est mise à l'écart de la
foi, on la repousse à son ancien rang, ... , une enquête permise,
tant qu'elle ne touche pas au surnaturel de l'au-delà. (...) la
science est incapable de repeupler le ciel qu'elle a vidé, de rendre
le bonheur aux âmes dont elle a ravagé la paix naïve. Son temps de
triomphe menteur est fini, il faut qu'elle soit odeste, puisqu'elle
ne peut pas tout savoir en un coup, et tout enrichir et tout guérir.
(...) il est pourtant déjà des saints et des prophètes qui vont par
le monde en exaltant la vertu de l'ignorance, la sérénité des
simples, le besoin pour l'humanité trop savante et trop vieillie
d'aller se retremper, au fond du village préhistorique, parmi les
aïeux à peine dégagés de la terre, avant toute société et tout
savoir. (Zola, « Le Discours aux étudiants », 1964-67, t.V
:1610-1612)
El Zola de las palabras que acabamos de
reproducir continua su exposición entonando un mea culpa que sorprende,
en boca de uno de los mayores defensores de la aplicación del método
científico a los restantes campos del saber. No obstante, no se trata de
una renuncia al método positivista, sino el primer intento de comunión
entre aquél y un cierto tipo de religiosidad.
A cette heure, je puis même confesser
que, personnellement, j'ai été un sectaire, en essayant de
transporter dans le domaine des lettres la rigide méthode du
savant.(Íbid.)
Ce que je puis concéder, c'est, en littérature, que nous avions trop
fermé l'horizon. J'ai, personnellement, regretté déjà d'avoir été un
sectaire, en voulant que l'art se tînt aux vérités prouvées. Les
nouveaux venus ont rouvert l'horizon, en réconquérant l'inconnu, le
mystère, et ils ont bien fait.(Op. cit : 1614)
El Zola del "Discours aux Etudiants",
texto clave para entender la evolución ideológica de finales del siglo,
defiende el papel de la ciencia en nombre de la verdad, que no de la
felicidad, porque, según él, el hombre no siempre está preparado para
vivir con una verdad amarga e injusta. Sin embargo, tras estas palabras
al parecer plenas de convicción y confianza, propias de alguien que ve
claramente las dificultades del camino, y que aún así, está dispuesto a
recorrerlo, se esconde la vertiente más sombría de un Zola apesadumbrado
por las dudas, por un miedo inexplicable; un Zola que, pocos años antes,
estuvo a punto de naufragar en la desesperación tras las muertes de
seres muy queridos para él (Duranty, Flaubert o su madre) Estas muertes,
por lo que de trágico tuvieron para Zola, supusieron en el plano
existencial, un replanteamiento, consciente o no, de sus convicciones
materialistas de negación de toda trascendencia.
A estas desgracias hay que sumarle su
entrada en una grave crisis personal, acrecentada por un mal estado de
salud y una débil moral, fruto quizá de sus primeras aproximaciones a
las lecturas de Schopenhauer.
Este estado de ánimo tiene como
consecuencia la creación de un proyecto novelístico, que, tras una
pausa, vio la luz en 1884:
La joie de vivre, decimosegunda obra de Les Rougon-Macquart. En este
texto, Zola lleva a cabo una especie de catarsis o depuración, respecto
a dos tendencias que estaban minando su equilibrio mental, la
hipocondría y el pesimismo de Schopenhauer, que ya habían hecho mella en
algunos de sus compañeros. Al borde del abismo, del mismo precipicio que
engulló a Maupassant, Zola supo vencer la tentación de dejarse arrastrar
por el vacío, aferrado a su natural fuerza vital y a su esperanza en un
futuro mejor, nacido de la feliz reunión de esos contrarios que
desgarraban las conciencias finiseculares. La inmensa tarea que se había
impuesto de recrear el universo en las veinte novelas de Les
Rougon-Macquart, contribuyó también a mantenerlo firme y confiado en los
tiempos venideros. La serie termina, como veremos, con una nota de
optimismo y de confianza, y abre las puertas a una época de búsqueda de
soluciones. A esta época corresponden Les Trois illes.
I.4 La utopía de los últimos años.
La última etapa en la vida y la obra de
Zola, se inicia con las tres novelas que configuran la serie Les Trois
Villes: Lourdes (1894), Rome (1896) y Paris (1898) Cada una de ellas
representa un alto en su evolución ideológica y existencial de Zola; las
dos primeras suponen el rechazo ante las posibles "soluciones" a la
crisis ideológica de finales de siglo: el misticismo y el
neo-cristianismo en Lourdes y el catolicismo social en Rome. Paris, como
es habitual en las novelas que cierran sus series, termina esa etapa de
búsqueda y abre otra nueva, en la que Zola desarrollará su "nueva
religión".
Confirmada su ruptura con el catolicismo
y la Iglesia, Zola insiste en la necesidad que tiene el hombre de
mantener cierto sentimiento religioso. Zola propone, pues, una nueva
religión, una "religión del trabajo", edificada sobre los cimientos del
primitivo cristianismo, como la justicia, la defensa del pobre o el
amor. Su desarrollo supondrá la conclusión a Les Trois Villes y el
preludio a la serie siguiente.
En su nueva religión Zola rechaza
cualquier dogma revelado, y busca una vuelta al hombre natural,
tradicionalmente negado por el catolicismo, regido por la razón y el
amor. Ideológicamente, estos planteamientos, ciertamente utópicos, deben
mucho a Darwin, al socialismo utópico de Fourier (1772-1837), y
literariamente al simbolismo naciente y a la novela rusa -el evangelismo
de Dostoyevski y el espiritualismo pacifista de Tolstoi-.
Así, la última novela de Les Trois Villes
es el fin de las sucesivas tentativas y el comienzo de la particular
religiosidad zoliana, que se desarrollará plenamente en Les Quatre
Evangiles.
Esta última e inacabada serie de novelas
–Fécondité (1899), Travail (1901) y Vérité (1903) ilustra la creación de
una nueva sociedad, muy alejada ya de la oscura y mísera sociedad de Les
Rougon-Macquart. Este nuevo orden se edificaría sobre la fe en el
trabajo, verdadero y único motor del progreso, sobre la capacidad del
hombre y la mujer para amar y crear enormes familias, sobre la justicia
y el reparto equitativo de los bienes, sobre el esfuerzo común, en
definitiva, sobre una vuelta a ese estado idílico y natural, de comunión
del hombre con el cosmos y consigo mismo, integrando, por fin, las dos
vertientes de esa tensión dual que lo dividía años atrás. El tono de
estas últimas propuestas puede mover a dos interpretaciones de signo
contrario. En primer lugar, la recreación del mito de la ciudad
perfecta, de la organización evangélica y socializante del mundo
provoca, lógicamente, una interpretación optimista: después de las
tragedias anteriores, del mundo bestial y en descomposición, aparece una
sociedad regenerada y radiante, producto de alguien esperanzado que
confía en que se avecinen tiempos mejores. Sin embargo, el estudio de
los textos deja alguna duda.
La mayor parte de sus novelas anteriores se desarrollan
en un eje cronológico y espacial muy detalladamente descrito, muy
concreto y, reflejo de un tiempo y una geografía perfectamente
reconocibles. Abundan las referencias históricas, los nombres de calles,
de pueblos o regiones. Frente a esta constante, en la última serie,
asistimos a la desaparición del espacio mimético y a la referencia al
tiempo histórico. Nos encontramos en medio de una utopía y una ucronía
que bien pueden entenderse como la desconfianza o el pesimismo de aquél
que no cree que sus esperanzas tengan cabida en el mundo real
(Émile Zola, óleo de Edouard Manet, foto de la derecha)
II. El problema de los realismos
Los conceptos de “realismo” y de “naturalismo” son más
complejos de lo que parece a primera vista porque, en torno a ellos, se
han dado tradicionalmente tres tipos de problemas.
En primer lugar se han interpretado, erróneamente, sus
supuestas fuentes, especialmente conceptos tan importantes como el de
“mímesis” en Aristóteles, o como el de “doctrina positiva” de Comte.
En segundo lugar, se han producido ambigüedades terminológicas, como la
confusión entre realismo y realidad, realismo y naturalismo, por no
hablar de curiosas situaciones como las que llevaban a algunos
escritores del siglo XIX a defender unos determinados principios en sus
obras teóricas y otros muy distintos en sus obras de creación.
En tercer lugar, se ha venido generalizando la idea de
un sólo y unívoco realismo. Lo que tradicionalmente entendíamos como
realismo”, sin más, en respuesta un tanto ambigua al romanticismo de
principios de siglo, es susceptible de depurarse en tres fases, como
apunta en su acertada exposición Javier del Prado.
“realismo objetivo” o “referencial”
“realismo científico”
“naturalismo”
Los criterios para esta división van desde lo puramente
temático hasta lo narratológico, pasando por lo ideológico o lo social.
Sin embargo, nosotros vamos a detenernos en un criterio
más bien epistemológico, especialmente en lo referente a la particular
relación que mantienen los vértices del triángulo básico de la creación:
yo- realidad- texto.
En respuesta al Romanticismo, la corriente filosófica
que gobernaba Europa por aquella época –el materialismo positivista– se
extendió a la literatura, originando una nueva forma de entender las
artes y el proceso creador, preocupada básicamente por el papel que
debía jugar la realidad y el autor en la gestación de la obra de arte.
Sin embargo, esta nueva corriente, que comúnmente hemos conocido como
“realismo”, esconde dos maneras algo distintas de proceder
literariamente.
Llamaremos realismo objetivo o referencial a aquél que
interpreta, del modo siguiente, el acto escritural:
- la realidad aparece como referente lógico del texto, pero sin ser
éste un esclavo de aquélla. Progresivamente la referencia a lo real irá
perdiendo importancia en la creación, alejándose poco a poco, hasta casi
desaparecer en el simbolismo y en los movimientos posteriores.
- el autor, que partirá de la observación como motor de la escritura,
irá sustituyéndola por la imaginación creadora como valor fundamental en
la producción textual. Es un yo que no llega a desaparecer del texto, y
que, incluso, se complace en hacerse sutilmente presente. Corresponde al
modelo platónico de artista formal.
L'artiste doit être dans son oeuvre comme Dieu dans
la création, invisible et tout puissant; qu'on le sente partout,
mais qu'on ne le voit pas. (Flaubert, Correspondance II, cfr.,
Villanueva 1992: 61).
- el
texto irá cobrando valor en sí mismo como obra de arte independiente de
la realidad; se trata de un texto con densidad estilística, un texto más
cercano a la idea de arte que a la de ciencia. Son obras que no
pretenden reproducir la realidad, sino "dar la sensación de realidad".
Voir n'est pas tout, il faut rendre. C'est
pourquoi après le sens du réel, il y a la personnalité de l'écrivain.
Un grand romancier doit avoir le sens du réel et l'expression du
réel. (O.C., t.X, p. 1289, cf., Bakker 1978, t.III: 258, n.3).
Poco después, y por influencia de doctrinas empíricas y
racionalistas llevadas al extremo, se produjo una evolución de estas
ideas, favoreciendo la primacía de la realidad sobre su percepción.
Junto con estas doctrinas, la corriente cientifista que invadió el
continente constituyó el caldo de cultivo óptimo para el desarrollo de
lo que conocemos como ”naturalismo”, y que nosotros llamaremos “realismo
científico”. Desde esta perspectiva, el triángulo de la creación quedó
interpretado como sigue:
- la realidad, que con toda su fuerza precede al texto,
aparece como la razón de ser de todas las formas literarias, cuyo
objetivo único es mostrarla tal y como es;
-la labor del autor, centrado de una observación
detallada, minuciosa y totalmente impersonal de la realidad, queda
asimilada a la del científico. El escritor del realismo objetivo
correspondería al modelo del artista aristotélico preocupado por
reflejar la realidad de forma global.
L'oeuvre du romancier doit cesser où
commence celle du moraliste.(...). Contentez-vous de constater, le
scalpel en main le mécanisme du cerveau et du coeur. (Zola, O.C.,
t.X, p. 1040, cfr., Bakker 1978, t.II: 27)
- el texto, que sólo existe en función de la realidad
representada, es un mero vehículo de información, lo más transparente y
sobrio posible. El texto no crea, reproduce.
L'écran réaliste est un simple verre à vitre,
très mince, très clair, et qui a la prétention d'être si
parfaitement transparent que les images le traversent et se
reproduisent ensuite dans toute leur réalité. Ainsi point de
changement (...): une reproduction exacte, franche, naïve. (Carta de
Zola à Valabrègue, cfr Bakker 1978, t.I:279-380)
Para ver más claramente las diferencias entre ambas
interpretaciones, proponemos el esquema que reproducimos a continuación:
|
ELEMENTOS |
REALISMO OBJETIVO |
REALISMO CIENTÍFICO |
|
AUTOR |
Lo más importante es su relación
con el texto.
Principal virtud: interpretación .Función: producción. |
Lo más importante es su relación
con la realidad.
Principal virtud: observación y objetividad.
Función: imitación. |
|
REALIDAD |
Fuente textual: proceso de
documentación previa.
Referente cada vez más lejano.
Tamizada por el tempérament |
Fuente textual: proceso de
documentación previa.
Referente absoluto.
Vertida en el texto directamente, sin tamiz |
|
TEXTO |
Se va alejando de la realidad
histórica y crea otra realidad textual.
Inmanente.
Obra de arte |
Imita/copia la realidad
histórica.
Contingente.
Documento |
|
ESCRITURA |
Subjetiva, artista, traslúcida |
Objetiva, sobria, transparente |
|
EPISTEMOLOGÍA |
Platón: sujeto e idealismo.
Relativismo existencial. |
Aristóteles: objeto e inmanencia
Doctrina positiva (Auguste Comte) |
|
TEÓRICOS |
Champfleury (1821-1889): Réalisme |
Louis-Émile Duranty
(1833-1880):revista Réalisme
Émile Zola (1840-1902): Le Roman expérimental
Les Romanciers naturalistes |
|
OBRAS DE REFERENCIA |
Balzac: La Cousine Bette
Zola: Thèrèse Raquin
Flaubert: Madame Bovary.
Los hermanos Goncourt: Germinie Lacerteux |
Zola: Les Rougon-Macquart
Huysmans: Les Soeurs Vatard.
Obras del círculo de Médan
(Henry Céard, Paul Alexis, Léon
Hennique,etc...) |
II. 1 Los “realismos” en el devenir ideológico de
finales del siglo XIX.
La palabra realismo
nació en pintura, y fue Jules Fleury-Husson (1821-1889), conocido
como Champfleury, el que la importó a la literatura. Champfleury,
mediocre como novelista, destacó, sin embargo, como teórico del
realismo, concretamente de un realismo que él denominó “formiste”, como
si intuyera una posterior derivación. Champfleury no sólo fue el primero
en sistematizar teóricamente la idea de realismo, sino también en
definir el término siguiendo el concepto de “mímesis” tal y como lo
expone Aristóteles en su Poética.
Uno de sus mayores
aciertos fue, sin duda, su anticipación al problema de la escritura
realista. Según él, el hombre es incapaz de copiar la realidad porque no
es una máquina; la reproducción de la realidad en los textos, por muy
fiel que pretenda ser, no es más que una interpretación, una
representación, porque entre la realidad y el texto hay un paso
inevitable: el yo que la percibe a través de sus sentidos. Este yo la
procesa en función de una subjetividad que no se puede obviar y que,
finalmente, queda vertida en el texto, no como copia de la realidad
histórica, sino como una realidad artística creada a partir de aquélla.
A ese nivel intermedio, que deformasiempre en mayor o menor grado la
realidad, lo llama tempérament. Con el tiempo, ese tempérament
irá haciéndose cada vez más denso, separando más y más la realidad
histórica del texto, hasta perderla del todo como referente.
Esta imagen del
“temperamento” fue un feliz hallazgo que, no obstante, pasó más o menos
desapercibido hasta que Zola lo relanzó con éxito, bautizándola como
théorie de l’écran o teoría de la pantalla.
Tributaria, pues, de las
ideas de Champfleury, la théorie de l'écran, enunciada en su
adolescencia (1864), propone muy acertadamente la resolución a la
incoherencia realista en el conflicto yo-realidad.
De acuerdo con los
realistas científicos, Zola da a los sentidos el papel de motor de la
escritura.
Le but à atteindre
n'est plus conter ..., mais de rendre chaque objet (...), dans
sa couleur, son odeur, (...). (Zola:1989:253).
Pero se aleja de ellos desde el momento
en que reconoce que la percepción sensorial no puede funcionar
independientemente del sujeto que percibe. Así, el contacto del yo
con la realidad dista mucho de ser directo y puro, está siempre
sometido a un filtro, a una pantalla que, por sus propiedades de
color y espesor, deforma, en mayor o menor medida, la percepción de
la realidad. Cada época ha tenido su pantalla correspondiente: el
contacto romántico con la realidad, por ejemplo, se hacía a través
de una pantalla deformante que engrandecía los objetos; la pantalla
realista, sin embargo, pretende ser un cristal puro, nítido y
transparente. Pero de eso a negar su existencia hay un abismo que
Zola se niega saltar.
L'écran réaliste est un simple verre à vitre,
très mince, très clair, et qui a la prétention d'être si
parfaitement transparent que les images le traversent et se
reproduisent ensuite dans toute leur réalité. Ainsi point de
changement (...): une reproduction exacte, franche, naïve.
L'écran réaliste nie sa propre
existence. Vraiment, c'est là un trop grand orgueil. Quoi qu'il
dise, il existe, et, dès lors, il ne peut se vanter de nous
rendre la création dans la splendide beauté de la vérité. Si
clair, si mince, si verre à vitre qu'il soit, il n'en a pas
moins une couleur propre, une épaisseur quelconque; il teint les
objets, il les réfracte tout comme un autre. (...). (...) je ne
peux l'accepter tel qu'il veut se présenter à moi; je ne puis
admettre qu'il nous donne des images vraies; et j'affirme qu'il
doit avoir en lui des propriétés particulières qui déforment les
images, et qui, par conséquent, font de ces images des oeuvres
d'art. (Zola, Carta a Valabrègue:1978:379-380)
Más allá de forzar una apertura a la
estrechez de miras del realismo científico, esta idea ha supuesto un
hito decisivo en la teoría de la literatura. Aún hoy la encontramos
en Peirce, bajo el nombre de "interpretante", o en Genette, que la
llama "ideología". Representa, a todas luces, la falla por la cual
se rompe el pretendido nivel cero de los realistas, y que no es otro
que la infraestructura psicosensorial. Su papel en la creación
resulta tan determinante que Zola no dejará de volver sobre ella
bajo otras denominaciones personnalité de l'écrivain, tempérament,
etc. Sea cual sea su denominación, se trata de un modo de justificar
y englobar las marcas subjetivas y pulsionales del yo que escribe.
Zola fue pionero en hacer del realismo, no una cuestión del objeto,
sino del sujeto, algo comúnmente aceptado hoy.
(el realismo es) materia textual
cuya naturaleza y cuyo conocimiento le es propio al sujeto del
proceso enunciativo. (Bravo,J., Picazo, MªD., del Prado, J.,
1994: 224.)
Lo que nosotros entendemos por realismo
científico es lo que tradicionalmente se ha llamado “naturalismo”.
Respecto al realismo objetivo viene a ser como una versión más
exagerada y dogmática, y por eso mismo, bastante menos acertada.
El primer teórico del realismo científico fue el
principal discípulo de Champfleury, Louis Edmond Duranty
(1833-1880). El realismo científico se aleja de la idea de
representación para sustituirla por la de copia. En sus
exposiciones, Duranty afirma que el autor puede y debe copiar la
realidad del modo más mecánico posible, expulsando cualquier
presencia consciente e inconsciente del yo que escribe, lo que
conlleva la hipotética desaparición de esa fase intermedia que
llamábamos tempérament. La realidad se transforma en el
referente absoluto de un texto que sólo tiene valor en tanto en
cuanto imite lo más perfectamente la realidad.
La doctrina positiva de August Comte se trasluce en
la primacía de la observación en detrimento de la imaginación y la
actividad especulativa del yo. Sólo es objeto de conocimiento lo
captado por el sujeto a través de la observación. La independencia
de la realidad respecto del sujeto la hace incuestionable: la
realidad es lo que es al margen del hombre que no puede modificarla,
sólo hacerla inteligible. Todos los sujetos, pues, deben converger
en las mismas valoraciones de la realidad que es una e inamovible.
Se acaba así con la pluralidad y, en cierto modo, con la libertad
individual. Pero los seguidores del realismo científico cayeron en
una doble paradoja que hacía insostenible su doctrina:
- En primer lugar, no se
contentaban con el camuflaje del yo que escribe, como recomendaba
Flaubert, pretendían su total expulsión del texto, haciendo que el autor
ya no escribiera, sino que se limitara a transcribir las informaciones
que recibía de sus sentidos. Éstos eran concebidos como los máximos
garantes de la objetividad con que se percibe la realidad. Según esto,
la vista, el oído, el olfato, etc. serían capaces de aprehender la
realidad y verterla directamente en el texto. El error radicaba en hacer
de los sentidos unas entidades independientes, y en obviar su
pertenencia a un sujeto que los pone en marcha y que los subjetiviza de
un modo indeleble. Esta circunstancia hace que la realidad percibida por
los sentidos nunca sea la realidad misma, sino aquélla que el yo ve, que
el yo oye o huele, una percepción, en definitiva, que lleva todas las
marcas internas y externas del sujeto. El realismo científico no se
percató de que, limitándonos a lo que el yo percibe, llegaríamos a unos
textos dominados por la subjetividad, algo frontalmente opuesto a la
ansiada búsqueda de la total objetividad.
- En segundo lugar, esta
doctrina realista cayó en la contradicción de querer crear, como decía
Duranty, “una obra de arte objetiva”, sin darse cuenta de que arte y
objetividad se excluyen, porque si prescindimos de todas las
aportaciones del sujeto y transcribimos sólo y escuetamente el objeto,
ya no se trata de arte sino de ciencia, ya no es literatura, es mero
reportaje.
Llamamos “científico” a
este realismo, porque su interpretación de la escritura pasa por una
aplicación del método científico a la literatura.
II.3 El método
científico aplicado a la literatura.
Ya vimos que la
consecuencia de la explosión científica de finales del siglo XIX fue la
exportación del modelo científico a otras disciplinas como la política,
la sociología, la psicología y la literatura, especialmente en la
novela. Se generalizó la máxima de que cualquier proceso histórico,
social o literario, debía estar sometido a las mismas leyes que los
procesos naturales y debía ser, por consiguiente, susceptible de los
mismos sistemas de estudio y las mismas manipulaciones. El máximo
responsable de la aplicación del método científico a la literatura fue
sin duda Zola.
La obra donde Zola hace de
la escritura una investigación científica y del novelista un científico
es Le roman expérimental. Se trata de una aproximación entre
ciencia y literatura que propone un nuevo método de escritura en tres
fases, similar al científico:
- la observación
científica se traslada al texto en forma de descripción.
- la clasificación de las
realidades tangibles observadas, para elaborar estructuras perfectas
(organización de los esbozos, notas preparatorias, fichas de personajes,
cartografías, etc.)
- la
experimentación, que es el apartado más comprometido, porque es ahí
donde se demuestra la fragilidad del planteamiento, pero también donde
podemos encontrar la salida a algunas de las paradojas que se plantean.
El novelista “observa” unos hechos, los organiza. Veamos un ejemplo:
trabajo = estabilidad familiar, salud, armonía (esto, que hoy tenemos
tan asumido, no lo era así en el siglo XIX). El novelista intenta
reproducir todo el proceso que ha dado lugar a esa “ley” socio-moral.
Para ello “experimenta” con unos datos básicos que se van encadenando
“solos”, desarrollando una historia que puede o no confirmar esa ley.
Por ejemplo: un buen trabajador, obrero eficaz, sufre un accidente de
trabajo y queda incapacitado. Primero intenta buscar otro trabajo; no lo
consigue en un plazo más o menos breve, desiste y se dedica a frecuentar
los bares: la consecuencia “científica” es el alcoholismo progresivo, su
destrucción y la de su familia. Según esto, el experimento confirmaría
la ley, pero este “método” hace aguas por varios sitios:
- primero, los datos de
ese experimento no actúan solos, como si fueran reacciones químicas,
sino que lo hacen al dictado del autor;
- segundo, esos datos, esa
historia es producto de la invención del autor, con lo cual la completa
objetividad queda destruida, ya que hay manipulación;
- tercero, el autor sabe
de antemano lo que va a pasar con esa historia, luego, más que
experimentación tenemos demostración y en ciencia no caben las ideas
preconcebidas o a priori.
Sin embargo, existe bajo
esta elucubración el afán de poder conciliar la voluntad objetiva e
impersonal (observación), con la ineludible parte de creación subjetiva
(experimentación), algo que sólo Zola, además de Flaubert, acertó a
plantear y resolver.
Émile Zola se encuentra a
caballo entre ambas maneras de entender el realismo, especialmente en su
obra más conocida y grandiosa, Les Rougon-Macquart. Desde el
punto de vista teórico, Zola se encontraba en la línea de Duranty, cuyas
tesis amplió y sistematizó en sus los textos de reflexión como Le
Roman expérimental o Les romanciers naturalistes; pero,
afortunadamente, estas obras teorizaron unas novelas que nunca se
escribieron. Las novelas de Zola tienen todos los requisitos para ser
consideradas obras de arte, precisamente porque el yo del autor,
evidenciado en presencias morfosintácticas, simbólicas y temáticas, ha
sabido ocultarse en el texto sin desaparecer en absoluto. El hecho de
que Zola haya pasado a la literatura como unos de los grandes maestros
de la novela decimonónica, estriba en que sus obras de ficción
contradicen en gran parte los presupuestos de sus obras teóricas. En
otras palabras, el hecho de que sus novelas se fueran alejando
progresivamente del modelo de escritura que él mismo proponía, de
acuerdo a las leyes del realismo científico, las salvó de caer en la
mediocridad y el olvido que acabaron con la mayor parte de los textos
realistas de la época.
III. Les Rougon-Macquart.
La serie Les
Rougon-Macquart (1871-1893) es la obra de una vida. Se trata de un
mundo de veinte novelas que, al narrar la historia de una familia, hace
una puesta en abismo que nos permite extrapolar los caracteres de sus
miembros a los tipos sociales del Segundo Imperio. Porque no debemos
olvidar que el título completo de la serie es: Les Rougon-Macquart.
Histoire d’une famille sous le Second Empire Este título da un
importante caudal de información, no únicamente sobre la anecdótica de
las novelas, sino también sobre el proceder narratológico.
Como en la Biblia, el
universo Rougon-Macquart nace de un antepasado común –tante Dide–, la
Eva de este universo, un mismo tronco del que partirán las dos ramas de
la familia: los Rougon, la rama legítima de advenedizos, manipuladores,
cínicos y triunfadores; los Macquart, pobres diablos, miserables y sin
suerte, abocados a la aniquilación, portadores del estigma indeleble de
la bastardía como si de un pecado original se tratara. Esta idea de saga
familiar va a favorecer la recreación del mito del árbol, como veremos
más tarde.
A diferencia de Balzac,
cuya Comédie Humaine se fue gestando sobre la marcha, la obra de
Zola obedece a un proyecto muy meditado, muy elaborado y preciso hasta
detalles insospechados. Hacia 1868 Zola, que ya había publicado su mejor
novela hasta ese momento, Thérèse Raquin, se presentó ante el
editor Charpentier con un proyecto de veinte novelas, a novela por año,
aproximadamente, con el tema de cada una de ellas, sus personajes
principales, las relaciones familiares entre ellos, etc. Básicamente,
esta familia supone, además de un recorrido por las clases y tipos
sociales más destacados de la Francia de mediados de siglo, un repaso a
las tendencias ideológicas de la época: el proletariado industrial y
urbano (Germinal, Le ventre de Paris, L’Assommoir,) el desarrollo
de la economía capitalista (Au Bonheur des Dames, La curée,
Pot-Bouille, L’Argent ), el devenir histórico y político (La
Fortune des Rougon, Son Excellence Eugène Rougon, La Débâcle), la
prostitución (Nana), el amor puro (Une page d’amour, Le Rêve)
el mundo rural (La Terre, La Joie de vivre), el clero y la
religión (La Faute de l’abbé Mouret, La conquête de Plassans,),
los artistas (L’Oeuvre), los delincuentes (La Bête humaine)
y el mundo de la ciencia (Le docteur Pascal). Sin embargo, no se
trata en ningún caso de novelas “históricas”, sino de una actualización
metonímica del espacio histórico: el nacimiento, desarrollo y decadencia
épico-simbólica de una familia que se actualiza como metonimia del II
Imperio Francés, a través de una proyección altamente religiosa (un
mismo origen sangriento, una misma tara inicial, un mismo desarrollo del
germen corrupto y la misma necesidad de una penitencia que purgue esos
pecados y permita una nueva vida, un renacer)
Se trata, además, de una
“historia”, es decir, un devenir actancial en el tiempo y en el espacio,
algo que podemos interpretar como una declaración del principio de
narratividad.
Una novela es una narración (...). Como
narración, una novela es una historia, y como tal nos ofrece una
materia ligada, por un camino u otro, a todos aquellos elementos
necesarios en la constitución de una historia: personajes,
conflicto de los personajes, un tiempo y un espacio. (del Prado,
J., 1999: 30)
Durante mucho tiempo, esta serie fue
considerada como el paradigma del naturalismo o realismo científico,
y por eso mismo, menospreciada por la crítica. En efecto, es el
texto de referencia de este movimiento, la única obra que ha
soportado el paso del tiempo, pero está muy lejos de ser
paradigmática. Las obras paradigmáticas del naturalismo cayeron muy
pronto en el olvido; lo que ha salvado los textos de Zola, ha sido,
como ya dijimos, aquello que los aleja de la teoría naturalista.
Veamos, pues, por qué podemos considerar que Les Rougon-Macquart
no responden, strictu sensu, al modelo naturalista.
III.1 Las derivas de Les
Rougon-Macquart
Como si de un barco se tratara, esta serie de veinte
novelas inició una travesía con rumbo naturalista. Sin embargo, a medida
que se desarrollaba la navegación, el barco se iba alejando de esa ruta
marcada e iba derivando progresivamente hacia otra dirección.
Lo que proponemos a
continuación son esas derivas que han contribuido a hacer de esta enorme
obra uno de los hitos de la narrativa decimonónica.
III.1.1 La deriva psicosensorial.
Este aspecto nos remite a lo analizado más arriba, en el
apartado “El problema de los realismos”.Esta deriva supone:
el reconocimiento de error realista al querer hacer de los sentidos el
máximo garante de la objetividad; la constatación de la imposibilidad de
una percepción desnuda del sujeto que la pone en marcha; el protagonismo
del nivel sensorial como la base de la aprehensión de la realidad, con
la carga de subjetividad que los sentidos conllevan.
Como la mayoría de los escritores de la segunda mitad
del siglo XIX, Zola no sólo admite sino que defiende el papel jugado por
los sentidos –vista y olfato, sobre todo– en el contacto del artista con
la realidad. Los sentidos actualizan el medio y el medio los excita
operándose una reciprocidad que muchas veces termina por ser una doble
metonimización.
Lo visual en Zola, lejos
de quedarse en lo superficial, como en cierta manera hacen los hermanos
Goncourt, penetra en la materia como instrumento de posesión distante.
El sentido de la vista se articula en Zola a través de dos elementos:
luz y color, que serán una de las bases de la captación y de la
ensoñación de la realidad (Es este uno de los puntos que aproximan la
narrativa zoliana a la pintura impresionista).
La luz, en tanto que
agente por excelencia excitante de la sensibilidad, funciona en un nivel
significante y analógico por oposición/complemento a la sombra,
catalizando la dialéctica Vida/Muerte, con especial repercusión en el
universo religioso. En la cosmogonía de Zola aparece uno de los símbolos
lumínicos por antonomasia: el sol, preñado de una riquísima
interpretación: el color, la luz, el calor, la sucesión temporal, la
mañana y su esperanza, lo nuevo.
Lo cromático, indisociable
de lo lumínico, actualiza, a través de unos colores principales, el
nivel simbólico:
-el blanco, color
universal que recoge potencialmente todos los demás, articula una
símbología ambigua de pureza y esterilidad.
-el rojo, en todas sus
gamas, participa de la tradición occidental como símbolo de la pasión
desenfrenada y frecuentemente pervertida o prohibida;
-el verde provoca
sensaciones positivas aunque desasosegantes. Es el color de la
naturaleza, en sí misma benéfica para el hombre, pero también actúa como
referente de la conciencia material, a través de la idea de fecundidad,
en dialéctica con la dimensión espiritual.el negro aparece siempre como
negación de vida y de progreso, negación de las pulsiones prohibidas y
rechazo del deseo; el azul remite siempre, y de manera unívoca, al campo
de la espiritualidad, y de la inmaterialidad.
La importancia del factor
cromático es tal en Les Rougon-Macquart que la interpretación
existencial de la serie puede reducirse a una combinación de colores.
Como reflejo fiel de la evolución de los tiempos, la obra de Zola puede
considerarse como la búsqueda de un eclecticismo imposible, de la
reunión, harto problemática, de las dos dimensiones que desgarran al
hombre de finales del siglo XIX: una, la material, la fisiológica, la
inmanente, la del presente, la del ¿cómo? ; otra, la espiritual, la
conceptual, la trascendente, la intemporal, la del ¿por qué?. La
primera, representada por las tonalidades rojas; la segunda, por las
azules. La serie sería un esfuerzo por conseguir la fusión de ambas
realidades, por mezclar esas dos tonalidades. Y es curioso, las páginas
de estas novelas están repletas de malvas y morados, el color resultante
de la unión del rojo y del azul.
III.1.2 La deriva
narratológica.
a) El régimen narrativo.
A lo largo de la historia
de la literatura, el héroe ha ido recorriendo los diferentes espacios
narrativos. Al margen de momentos puntuales, desde la Edad Media el
héroe de ficción ha viajado de la leyenda hacia la realidad cotidiana a
la que llegó en el siglo XVI de la mano de la literatura picaresca
española. En este viaje, el héroe se desprende de su carácter público,
propio de una perspectiva mitológica e histórica, para adentrarse en la
domesticidad de un espacio cotidiano. Pierde también su carga ideal y de
ensoñación, al tiempo que gana en privacidad. Narratológicamente esta
evolución implica el paso de la tercera a la primera persona, y el
abandono del comportamiento paradigmático y arquetípico del héroe.
La primera persona
aparecía asentada en la picaresca del XVII y consolidada en la novela de
memorias, la autobiografía o el diálogo diderotesco del siglo XVIII. El
rechazo al egocentrismo romántico y la recuperación de espacios
históricos (época medieval, siglos XVII -Dumas- y XVIII -Balzac-)
instala a principios del XIX la tercera persona y con ella la Historia y
sus héroes públicos, manteniendo una perfecta coherencia narrativa.
Pero, el espacio narrativo
ideal de los realistas es un espacio aheroico, donde la instancia del
héroe se multiplica en diversidad de personajes secundarios, privados y
vulgares que contribuyen al "efecto real". No obstante, el total vaciado
del espacio heroico no se pudo llevar acabo en el siglo XIX por
exigencias del público; el realismo tuvo que crear un nuevo tipo de
héroe, el héroe privado, sobresaliendo de la colectividad por su
desgracia o por su triunfo, generando un conflicto de orden individual
que provocará serias interferencias en el conflicto colectivo. (Es el
caso de Etienne Lantier y la búsqueda de su identidad, en medio del
conflicto social de los mineros de Germinal, por ejemplo.)
Ahora bien, este héroe
implica necesariamente una primera persona, puesto que la tercera sólo
cuenta lo que es de todos conocido y, aplicada al nuevo tipo heroico,
sería incapaz de profundizar en sus gestos y presupondría un ámbito de
omnisciencia narrativa incompatible con la sensación de realidad.
Se abre aquí de nuevo una
grieta en el edificio realista, al entrar en conflicto la privacidad del
héroe con la voluntad objetivista. Zola salvó esta incongruencia optando
por soluciones narratológicas intermedias como la aproximación al
narrador intradiegético o el estilo indirecto libre. Zola fue uno de los
primeros novelistas del siglo XIX en descubrir la conciencia del
personaje, especialmente en la obra que cierra la serie, Le docteur
Pascal, sin renunciar del todo a la omnipresencia del narrador.
b)Presencia del yo en el
texto.
Otro aspecto que podemos
destacar dentro de esta deriva narratológica, son las marcas
morfosintácticas del yo, es decir aquellos elementos que delatan la
presencia de un yo que escribe y de su subjetividad, dando al traste con
la pretendida objetividad absoluta del realismo científico y con su
defensa del non style .
b.1 Como línea general,
cabe decir que Zola manifiesta como Flaubert, aunque en un grado menor,
una preocupación por la forma del relato que transgrede las leyes
realistas.
Il (Flaubert) pesait chaque mot,
n'en examinait pas seulement le sens, mais encore la
conformation. Éviter les répétitions, les rimes, les duretés, ce
n'était encore que le gros de la besogne. Il en arrivait à ne
pas vouloir que les mêmes syllabes se rencontrâssent dans une
phrase; souvent une lettre l'agaçait, il cherchait des termes où
elle ne fût pas; ou bien il avait besoin d'un certain nombre de
r pour donner du roulement à la période. (...). La ponctuation
prenait une importance capitale. Zola, 1989, "Flaubert":
234-235)
Tributarios del Parnasianismo, Zola,
Flaubert o los hermanos Goncourt, entre otros, presentan un edificio
narrativo perfectamente estructurado en todos los niveles: línea,
párrafo y capítulo. De un modo general es fácil observar que Les
Rougon-Macquart se construye basándose en la sucesión de
momentos álgidos de enorme tensión -L'Assommoir, La bête
humaine, Germinal, La Débâcle- con otros momentos de reposo -Le
Rêve, Une Page d'Amour, Le Docteur Pascal-. Más detalladamente,
las novelas de Zola destacan por una abundancia de procedimientos
como la simetría, el paralelismo o la oposición, estructura básica y
omnipresente en Les Rougon-Macquart, donde se enfrentan, por
lo general, parejas antitéticas de enorme repercusión épico-poética,
como reflejo de la organización de su visión del mundo:
-dos ramas de una
familia;
-dos líneas
epistemológicas y ontológicas: religión vs ciencia, muerte vs vida;
-dos modelos económicos:
el tradicional vs el moderno capitalismo;
-dos morales: pesimismo
vs optimismo; vicio vs virtud;
- dos modelos políticos:
liberal vs conservador.
Evidentemente, la metódica
génesis de las estructuras narrativas y la armonía en la arquitectura
textual, no tienen nada que ver con la espontánea causalidad y el cierto
caos que dominan la realidad misma en su devenir. La escritura "artista"
de Zola pervierte la legibilidad del realismo científico, que implica un
grado cero en la hermenéutica textual, expulsando los recursos que
tradicionalmente configuran el estilo. Ahora bien, conocedor como pocos
de las expectativas del lector, Zola supo disimular su portentosa lógica
narrativa, su enorme conocimiento de las técnicas de la dinámica
textual, para que no interfirieran en la lectura natural de sus novelas.
Es éste una de los grandes valores de su escritura: su pluralidad
receptiva y su transsubjetividad. Las novelas de Zola pueden desdoblarse
y repercutir con el mismo éxito en los infinitos posibles lectores; ya
sea para una lectura puramente lúdica, como demuestran sus publicaciones
en folletines, o para una lectura intelectual, como demuestra la crítica
actual, cada vez más interesada en la interpretación de sus obras.
Descendiendo a las
micro-estructuras, encontramos ejemplos de esta deriva funcional en la
aparición de incisos que cortan, aunque sea momentáneamente, el ritmo
narrativo: epítetos y comparaciones son frecuentísimos en Zola, que se
permite esa licencia para emitir juicios morales o intelectuales, al
tiempo que sirven de introducción a estructuras analógicas más complejas
como la metáfora y “la metáfora hilada”. La comparación es una figura
retórica esencial en la escritura zoliana porque supone una solución de
compromiso entre la objetividad absoluta y la escritura artista. Su
interés radica en no ser un tropo, ya que la relación de analogía entre
los dos términos está explicitada en el texto, gracias a la presencia
del modalizador. Al comparar dos realidades textuales no hay sustitución
de una por otra, luego, el nivel analógico no resulta tan transgresor
para un escritor realista, como el que conlleva la metáfora. Pero Zola
no se queda ahí. Su escritura se sirve de esta figura para introducir,
poco a poco, una deriva que lo aleje de la escritura más mimética y
racional y lo vaya acercando a un nivel claramente diegético e
instintivo. Así, en primer lugar, empleará una comparación, sin más,
entre dos realidades. Por ejemplo, la luz, el color, el olor y la
presencia femenina en las capillas, hace que Zola las compare con
alcobas. Páginas más adelante ese “como” ha desaparecido y las capillas
se han transformado ya en alcobas. Pero el procedimiento metafórico va
más allá. En adelante todas las realidades dependientes de esta
metaforización quedarán sometidas a ella. De este modo, la religión
quedará transformada en erotismo, la penitencia en desfallecimiento
sensual, la oración en éxtasis amoroso. No obstante, esta escritura
retórica no obedece a planteamientos puramente estéticos o estilísticos.
Zola la emplea siempre para ilustrar, sutilmente, una determinada
ideología, ya sea la crítica al capitalismo feroz, la brutalidad de una
pasión alienante o, como en el caso precedente, la perversión de la
devoción femenina.
b.2 Otras de las marcas del yo son
las digresiones disfuncionales, entre las que destacan la puesta en
abismo y el recurso a la intertextualidad.
La puesta en abismo enunciativa es
tremendamente recurrente en Zola, que emplea muy a menudo un actante
como alter-ego del autor. Por lo general, en otros creadores, esta
figura se encarna en un artista; pero, dada la voluntad de Zola por
aproximar el artista al científico, no es de extrañar que sus clones
de ficción sean casi siempre médicos o científicos, librepensadores
por antonomasia. Los discursos que pone en su boca son
ideológicamente idénticos a los suyos. Los mejores ejemplos los
tenemos en los personajes de Sandoz (L'Oeuvre), el doctor
Juillerat (Pot- Bouille), el doctor Pascal, el doctor
Cazenove (La Joie de vivre) o el filósofo Jeanbernat (La
faute de l'abbé Mouret). La mayor parte de los casos se trata de
un discurso progresista, confiado aunque con mesura, en la ciencia y
opuesto siempre al discurso retrógrado de la religión
institucional.
La intertextualidad supone un elemento
esencial en la exogénesis de las novelas zolianas. Es quizá uno de
los indicadores más evidentes de la autoría de la obra y, por tanto,
una de las mayores trampas del realismo (que, en teoría, no es
creado, sino que se crea a sí mismo). Generalmente, la
intertextualidad en Zola refuerza un segmento narrativo de
particular importancia en el nivel simbólico; suele ser el punto de
arranque de un nivel diegético inmerso en plena recreación mimética.
Repasemos los tipos de intertextualidad más corrientes en las
novelas zolianas:
- intertextualidad
científica, como procedimiento generalizado en sus esbozos o notas
preparatorias. Allí se recogen párrafos enteros de obras de referencia,
que sirven de fuente documental.
-intertextualidad
novelesca, como parte integrante del propio texto. Hay algunos
episodios animados por otras novelas, curiosamente muchas de ellas
contemporáneas.
-intertextualidad mítica, de profundo
contenido religioso nos remite a grandes obras como La Leyenda
Dorada de Jacobo de la Vorágine, intertexto global de Le Rêve;
El Apocalipsis de San Juan, fuente simbólica e icónica de la última
parte de La Débâcle, y del episodio de la destrucción del
pozo Le Voreux en Germinal, novela en la que abundan
referencias bíblicas que recrean los mitos del Diluvio, de Sodoma y
Gomorra, del Paraíso y del Infierno. En Le Docteur Pascal la
intertextualidad bíblica sigue presente en la recreación del rey
David y su esclava Abisaig. En La Faute de l'abbé Mouret
volvemos a encontrar la intertextualidad bíblica en la recreación
del mito del Jardín del Edén, la Imitación de Cristo de
Thomas de Kempis, o las letanías de la Virgen.
III.1.3 La deriva temática.
Esta deriva supone, quizás, uno de los aspectos más
llamativos en la escritura zoliana. El concepto de “tema” aplicado a la
escritura de Zola puede operar en diferentes direcciones:
- desde una perspectiva
tradicional, temáticamente las novelas de Zola no se distinguen de
cualquier otra perteneciente al realismo: son textos que tratan temas
como la prostitución, el trabajo, la miseria o la religión.
- Más interesante resulta
la interpretación de “tema” próxima a la de arquetipo, según la cual, la
escritura zoliana revela una infraestructura donde se pueden encontrar
grandes mitos de la Humanidad, como veremos más adelante.
- “Tema” puede referirse
también a la esfera de “mito personal”, como elemento organizativo del
universo del autor, de ecos psicoanalíticos. (Esta opción crítica se ha
interesando a menudo por los libros de Zola, muy proclives a tal
interpretación. Recomendamos la lectura del clásico de Jean Borie,
Zola et les mythes, Paris, Le Seuil, 1971)o de la obra de Maarten
van Buuren, “Les Rougon-Macquart” d’Émile Zola. De la métaphore au
mythe, Paris, J.Corti, 1986).
-La crítica temática (G.
Bachelard, J.P. Richard) entiende la idea de “tema” como una imagen o
constelación de imágenes de origen material, que albergan la particular
visión del mundo y de la existencia que tiene el autor. Los instrumentos
que proporciona esta crítica han descubierto la enorme riqueza oculta en
los textos zolianos. La tardía reivindicación de la escritura zoliana,
después de 1950, se debe, en parte, a esta nueva interpretación. (Una
buena lectura desde esta perspectiva es el libro de Michel Serres.
Feux et signaux de brume. Zola, Paris, Grasset, 1975)
a) Emergencias míticas.
Zola se vio inmerso en un movimiento
realista un poco a contrapelo, utilizando la oportuna expresión de
Huysmans, ya que su temperamento natural y su herencia romántica
hicieron que su producción textual transgrediera, más veces de lo
"conveniente", los límites del realismo, para nutrirse en las
profundidades míticas que aparecen actualizadas en sus novelas.
La dimensión mítica en los
textos de Zola está presente ya desde el proceso genético de la obra,
desde los esbozos, los cuadernos de investigación o las notas y se pone
de manifiesto en su modo de percibir la realidad, en la arquitectura de
sus personajes, en la dinámica del texto.
Sin embargo, en Zola, cabe
hablar de mitología personal más que de referencias a una mitología
general y clásica. Efectivamente, estas últimas no se explicitan nunca y
aparecen en menor grado. Aún así podemos destacar aquí algunas
recreaciones míticas de corte actancial, como la figura de Etienne
Lantier, extraordinariamente rica en este sentido y recreada
sucesivamente como:
-Teseo, en el inextricable
laberinto de Le Voreux, el pozo minero;
-Orfeo, intentando arrastrar
a Eurídice (Catherine) de las garras del sueño mortal;
-Prometeo, en su intento
de salvar a los mineros;
-Jesucristo, prometiendo
un reino de justicia y felicidad futuras entre una población mísera y
explotada.
Otras referencias míticas
en la coordenada actancial pueden ser:
-la aproximación, más
estética que ética, del gigante Goujet de L'Assommoir a Vulcano
en su fragua;
-la del triunfante Octave
Mouret de Au Bonheur des Dames a Hermes;
-la de la pobre Gervaise a
una bacante en la famosa comida-ceremonia de L'Assommoir;
-la archiconocida de la
belleza de Nana a la diosa Venus en Nana;
-la recreación de Albine
como la Virgen en La Faute de l’abbé Mouret o la de Angélique
como Santa Inés en Le Rêve.
La mitología personal de
Zola resulta más enriquecedora. Aunque marcada por la fuerte
personalidad del autor, como toda mitología particular, no es innata
sino que parte de una arqueología mítica colectiva que nos remite a la
idea de“ciclo” y de “progreso”, a través de tres grandes mitos
actualizados por la situación personal e histórico-social de Zola:
-el mito del Hijo;
- el mito del Árbol;
- el mito del Germen;
Esas tres instancias, con
sus respectivas recreaciones simbólicas correspondientes a su ensoñación
del mundo material, recorren la serie y la superan para llegar a Les
Trois Villes y Les Quatre Évangiles, que suponen una
continuación sin ruptura respecto a Les Rougon-Macquart.
b) La imagen del árbol
Existe una imagen que gobierna y aglutina toda la
cosmogonía zoliana, de tal modo que, sin ella, no sólo Les
Rougon-Macquart, sino las series siguientes, perderían parte de su
significado. Se trata de la imagen del árbol.
El árbol zoliano se genera
como una ensoñación cósmica totalizadora, perfectamente estructurada en
su génesis y en su devenir. La rentabilidad que Zola supo extraer de
ella es inesperadamente grande, tanto ontológica como analógica o
narratológicamente. Representa un elemento esencial dentro de la
mitología personal del autor.
En primer lugar, resulta
esencial como resumen de la ensoñación de la materia a través de sus
cuatros principios básicos –agua, tierra, fuego y aire- y, en
consecuencia, de la visión del mundo según Zola.
En segundo lugar, esta
imagen arbórea figura como armazón narrativo, estructural e ideológico
de la serie; podemos considerar, sin duda, el árbol genealógico como
metáfora general de la composición de Les Rougon-Macquart: un
árbol de cuyo viejo tronco (Tante Dide) brotaron dos ramas principales
(Rougon y Macquart) que se multiplicaron, perdiendo fuerza y energía a
medida que nuevas ramas crecían; pero, de entre los brotes más tiernos,
muchos de los cuales se secaron sin haberse apenas abierto (el hijo de
Claude en L’Oeuvre, el de Nana en la novela homónima), hubo uno
que, con una inesperada savia nueva, brotó verde, fuerte y esperanzado,
lanzando ese viejo árbol hacia el cielo (el hijo de Pascal y Clotilde en
Le Docteur Pascal).
En tercer lugar, el árbol
sacia en Zola su necesidad ontológica y epistemológica de eclecticismo,
de reunión de contrarios, de plenitud, en definitiva.
No hay que profundizar
mucho para reconocer en esta iconografía la convergencia de ciencia y
religión, por ejemplo.
La ciencia está presente
en “el gran árbol de las especies”, promovido por el evolucionismo del
siglo XIX. Zola traslada las posibilidades estructuradoras y
clasificadoras de este árbol científico a la historia de una familia y,
de ésta, al devenir de toda la sociedad decimonónica. El árbol
genealógico es, para nuestro autor, como el hombre, un cosmos a escala
que le permitirá “experimentar” en sus personajes con las leyes que
rigen la temporalidad y el devenir, con las leyes de la evolución.
La religión emerge, de
nuevo por el camino iconográfico. La imagen de un recién nacido en la
copa de un árbol pertenece al imaginario bíblico, concretamente a una de
las tres visiones de Seth, cuando se dirigía al Paraíso implorando el
perdón para sus antecesores. Incluso, en muchas otras religiones, el
árbol es el símbolo de la unión de las fuerzas generadoras del universo
vital, de ahí que fácilmente represente la síntesis feliz de los dos
principios, masculino y femenino, espiritual y material, reunidos en El
Hijo.
Desde el punto de vista
existencial, el árbol vuelve a mostrarnos su poder conciliador, al
aparecer como la solución a la aparente dialéctica entre la
atemporalidad (representada por la ciclicidad y por la inmortalidad del
padre en el hijo) y la necesidad epistemológica de progreso y
evolución.
El árbol es, en pocas
palabras, un proyecto narrativo, una manera de ensoñar el cosmos y un
ideal de vida y conocimiento.
III.1.4 La deriva
ideológica
A pesar de la fuerte
influencia que Zola, como sus actantes, recibió del medio ideológico y
social, su talante personal le movió a abrir una serie de derivas
respecto a la evolución de las ideas finiseculares, elaborando unos
esquemas ontológicos propios que ya mencionamos someramente en su
trayectoria biográfica.
Como ya vimos, a la
confianza en el materialismo y la ciencia, sucedió un momento de
decepción y desesperanza, de pesimismo nihilista resultante del
determinismo materialista de años antes. Ante esta situación crítica
varias soluciones eran posibles:
-el estoicismo derivado
del ese nihilismo;
-el refugio en la
mística;
-el catolicismo social
Ninguna de estas opciones convencía
a Zola, que, sin embargo, se dejó tentar vagamente por el pesimismo
nihilista y por la posibilidad de que la Iglesia adoptase una doctrina
más social. Antes de poder elaborar una alternativa personal, una deriva
que podríamos denominar como el verdadero “naturalismo”, Zola empezó por
hacerse eco de esta situación crítica y confusa, no sólo en algunas
obras de reflexión, como ya tuvimos ocasión de comprobar, sino también
dentro de la anecdótica de sus novelas.
La primera reacción contra
el À quoi bon? la encontramos en la arenga del enérgico Octave
Mouret de Au Bonheur des Dames (1883) a su amigo Vallagnosc, en
una suerte de enfrentamiento entre las dos vertientes ideológicas que
combatían en Zola:
-Bah! murmura-t-il (Vallagnosc), la
vie ne vaut pas tant de peine. (...). Et comme Mouret, révolté,
le regardait d'un air de surprise, il ajouta:
- Tout arrive et rien n'arrive.
Autant rester les bras croisés. Alors il dit son pessimisme, les
médiocrités et les avortements de l'existence (...) il lui était
resté de sa fréquentation avec les poètes une désespérance
universelle. Toujours il concluait à l'inutilité de l'effort,
... , à la bêtise finale du monde. (...)
Moi (Mouret) je suis un passionné, je ne prends pas la vie
tranquillement, (...). Toute la joie de l'action, toute la gaité de
l'existence sonnaient dans ses paroles. (...). Vraiment, il fallait
être mal bâti (...) pour se refuser à la besogne, en un temps de si
large travail, lorsque le siècle entier se jetait à l'avenir. Et il
raillait les désespérés, les dégoûtés, les pessimistes (...).(Zola,
1971 : 101-102)
En estas pocas líneas podemos ver
enfrentadas la ideología del momento y la deriva zoliana. Conviene
retener palabras-clave en esta declaración de intenciones, porque
representan la base de su opción existencial, que apunta ya en 1883:
“je suis un passionné”, “la joie de l'action”, “la gaité de
l'existence”, “un si large travail”, “l'avenir”.
Recordemos que incluso los más
fervientes defensores de la doctrina positivista tuvieron problemas
para aceptar, de buen grado, la evolución natural de sus ideas hacia
ámbitos propios del estoicismo. (Es ésta una corriente filosófica
que reaparece en los momentos de crisis en occidente, como sistema
para intentar adaptarse a ella). Desde presupuestos estoicistas, el
positivismo debía desembocar en la lógica y tranquila aceptación de
los límites del hombre, en la conciencia de su pequeñez dentro de la
inmensa maquinaria del universo, en la resignación a vivir como una
pieza más en un mundo imperfecto, que nunca conocerá en su
totalidad. El estoicismo, ayudado por la ciencia, debía enseñar a
los hombres a saber ignorar, sin recurrir al más allá para sosegar
sus conciencias. Porque la materialización del positivismo
desacralizó al hombre, convirtiéndolo en una objetividad más,
independiente de la voluntad divina.
No obstante, fueron muy pocos los
que supieron conformarse con estas ideas, y Zola, no fue uno de ellos.
Su talante natural, expansivo, enérgico, vitalista aunque ciertamente
ciclotímico, le empujaba a no aceptar esa triste resignación. Ni la
crisis finisecular ni sus propias angustias pudieron apagar en él la
esperanza en un mundo mejor, de la fe en el hombre nuevo.
La desaparición de la
trascendencia garantiza, según Zola, la posibilidad de salvación, que
radica justamente en la inmanencia misma de la condición humana: al
tratarse de un determinismo inmanente cabe la posibilidad de
transformación, de corrección, algo impensable en el caso de un
determinismo trascendente. La deriva ideológica se centra precisamente
en esto: para Zola el determinismo materialista deja, a pesar suyo, un
hueco a la acción del hombre sobre sí mismo y sobre el medio.
La acción y el trabajo, como decía
Octave Mouret, serán herramientas de redención frente al nihilismo, el
misticismo o el espejismo del catolicismo social.
Debemos esperar a Le
Docteur Pascal para ver cómo se refleja en los textos ese camino sin
retorno hacia estos presupuestos anunciados ya años atrás por Octave
Mouret, y que suponen la verdadera deriva ideológica hacia el
redentorismo y la utopía socializante plenamente desarrollada en Les
Quatre Evangiles .
Vendrá, según Zola, un
mesías de la modernidad - nuevo brote y futura rama de un árbol que se
creía muerto-que redimirá a la Humanidad por el trabajo, la ingeniería y
la ciencia; por la fecunda familia, en el amor y en la caridad. Las
series que seguirán a Les Rougon-Macquart son una puesta de
manifiesto de la esencia misma del "naturalismo", del verdadero e
ideológico naturalismo zoliano; una deriva del realismo que no se agota
en sí misma, más bien al contrario, puesto que supone una ensoñación,
una visión globalizante de la naturaleza que nos remite al XVIII.
Se completa entonces el
círculo ideológico zoliano en el que se destacan tres momentos: el de la
utopía naturalista de resonancias rousseaunianas, que añora un estado
ideal y puro (obras anteriores a Les Rougon-Macquart); el de una
realidad negativa en el presente histórico, de la que va escapando a
través de una serie de derivas (Les Rougon-Macquart); el regreso
a la utopía l, esta vez por el camino evangélico primitivo y
socializante que irá invadiendo poco a poco todas las instancias del
texto (Les Trois Villes, Les Quatre Évangiles)
La utopía, un tanto
inocente, en la que recala la ideología zoliana, supone la
reconciliación de distintas instancias hasta entonces frontalmente
opuestas.
-la ciencia y la religión,
enfrentadas ontológica y epistemológicamente durante gran parte del
siglo XIX, se reúnen en una utopía médica que liga en cierta manera la
idea de salvación a la de Salud;
-la pureza alcanza su
plenitud como complemento de la fecundidad, que pasa por la
rehabilitación de la mujer, no ya como origen de la fêlure, sino
como madre gloriosa e ideal, como esposa que consigue reconquistar la
virilidad perdida de un marido entregado a la religión convencional. Tal
es el papel de Marie en Paris, la tercera “Marie” de Zola, tras
la de La Faute de l'abbé Mouret, y la de Lourdes.
-la armonización del amor
y el sentimiento religioso que deja de ser la éternelle guerre à la
vie, para fomentar la vida misma
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Direcciones electrónicas:
www.lettres.net/roman-naturaliste/emile-zola.htm
www.chass.utoronto:ca8080/french/zola/index.html
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