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Zenón de Elea

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Aristóteles Vida y obra - Textos sobre Filosofía - Anaximandro de Mileto Vida - Alejandro Magno Vida y Obra - El término "Filosofía", noción del saber

. Aquiles y la tortuga, una aporía para el saber

1. Personalidad y obra.

Natural de Elea, amigo y discípulo de Parménides, n. ca. 491-486 a. C., según el testimonio de Platón: «En cierta ocasión había venido para asistir a las Grandes Panateneas Zenón y Parménides. (...) Zenón se aproximaba en aquel tiempo a los cuarenta [de Parménides se ha dicho que frisaba los sesenta y cinco], era alto y de agradable presencia y decíase que había sido el favorito de Parménides» (Parménides, 127b). Comprendo ahora, Parménides -observó Sócrates-, que. Zenón no sólo no quiere prescindir de tu amistad, sino tampoco de tu obra. Es realmente tu propio pensamiento lo que repite» (ib. 128a). Intervino en la política de su ciudad. Escribió varias obras en prosa: Erides (Discusiones), Contra los físicos, Sobre la Naturaleza (Peri Physeos) y Explicación crítica de Empédocles, de las que se conservan algunos fragmentos. El mismo Platón (ib. 128b) expone el objetivo del pensamiento de Z. de E.: defender los caracteres esenciales del Ser tal como lo entendía Parménides, frente a los que consideraban que conducían a contradicciones, mostrando que su negación llevaba a contradicciones aún mayores. Aristóteles le considera fundador del arte de discutir, es decir, de argumentar a partir de proposiciones admitidas por el adversario, reduciéndolas al absurdo o refutándolas mediante aporías (a-poros: sin camino, sin salida), que en general vienen a ser sofismas, es decir, argumentos engañosos. Es, pues, el dialéctico de la Escuela de Elea, que desarrolla el aspecto crítico de la filosofía de su maestro, y como dialéctico gozó de gran fama en la antigüedad.

Los historiadores modernos sostienen, en general, que Z. de E. dirigió sus críticas contra los pitagóricos: éstos afirmaban que las cosas son números (pluralidad, frente al Uno de Parménides), es decir, que están compuestas de unidades discretas, como puntos inexistentes e indivisibles o instantes de tiempo (discontinuidad, frente a la continuidad del Ser de Parménides) en número infinito, y que son, por tanto, infinitamente divisibles. Para Z. de E. las nociones de extensión divisible y de magnitud indivisible son contradictorias. La unidad excluye todo el resto y se basta a sí misma. Pero sus argumentos quieren ser aplicables contra cualquier tipo de pluralismo y movilismo o cambio, de los que pretenden ser refutación completa. Tratan de demostrar que la multiplicidad y el movimiento, tan evidentes en la realidad, son contradictorios para la razón y, por tanto, no pueden ser propios del Ser, es decir, la realidad sería apariencia y en el fondo nada cambiaría y todo sería siempre lo mismo, como decía Parménides con su teoría del «Ser». Sus argumentos fueron refutados por Aristóteles en la Física, y desde entonces han sido objeto del interés y de la crítica de filósofos y científicos y han suscitado un gran número de discusiones y refutaciones, desde distintos puntos de vista. Todos los argumentos de Z. de E. parecen válidos contra las concepciones pitagóricas. Pero, excesivamente proclives al racionalismo, a una identificación del pensar con el ser y la realidad, ni los pitagóricos ni los eleatas supieron salir de sus aporías y antinomias y avanzar por los caminos de una filosofía realista que tenga en cuenta y parta de la multiplicidad y cambios reales de los entes y sus grados de ser, etc. Los argumentos de Z. pueden sistematizarse del siguiente modo:

2. Contra la multiplicidad.

1) Si la unidad es inextensa, ni siquiera existe. Si fuera añadida a una cosa (cualquiera, no la haría más grande, ni la haría más pequeña si fuera sustraída. Es, pues, imposible componer una magnitud con unidades inextensas o con puntos: sería componerla con nadas. Luego la unidad inextensa no puede ser componente de una magnitud. Para que la unidad exista y pueda componer una magnitud debe ser extensa. Pero entonces, por mínima que se suponga su extensión, como en cada cosa existen partes extensas infinitamente divisibles, cada cosa será infinitamente grande. En conclusión: la unidad que compone una magnitud es a la vez extensa e inextensa, porque si es extensa ya está compuesta y no es la unidad, y si es inextensa no compone la magnitud. Luego la discontinuidad o pluralidad de unidades es absurda, porque en tal caso las cosas serían a la vez infinitamente grandes e infinitamente pequeñas o nulas e inexistentes (cfr. Piels FVS, 29B, fr. 1-2). 2) Si las cosas son una pluralidad, su número es al mismo tiempo finito e infinito. Finito, porque no pueden ser ni más ni menos que las que son. Infinito, porque si son una pluralidad de cosas habrá siempre otras cosas entre ellas, y de nuevo otras cosas entre estas últimas; y así las cosas serán infinitas en número (ib. fr. 1 y 3). 3) Si las cosas son múltiples, cada una' de ellas debe ser tan perceptible como lo es su totalidad. Las cosas reunidas en un conjunto no pueden producir un efecto que cada una de ellas por separado no produce. Si un saco de trigo hace ruido, cuando cae, cada grano y cada partícula de grano habría de hacer ruido, lo cual no ocurre (ib. A29). 4) Si todas las cosas están en el espacio, el espacio es algo que, a su vez, deberá estar en otro espacio, y éste en otro, y así hasta el infinito, lo que es imposible. Luego nada está en el espacio, o el espacio no existe (ib. A24).

Crítica. Los argumentos suponen que la magnitud espacial se compone de puntos o unidades inextensas e indivisibles y que puede resolverse en ellas. Pero esto es falso, como lo advierte z. de E.: unidades inextensas no pueden constituir una extensión. Las aporías se basan, entonces, en que esas unidades han de ser al mismo tiempo elementos últimos (puntos inextensos) y magnitudes. Pero esto no es necesario. La infinitud o infinita divisibilidad de la magnitud espacial no es actual, sino sólo potencial y mental, en el sentido de que es indefinidamente divisible mentalmente, porque toda parte será a su vez extensa y divisible ulteriormente. En cuanto es siempre extensa, nunca se llegará a puntos inextensos; en cuanto es siempre ulteriormente divisible, las partes actualmente divididas nunca alcanzarán un número infinito. El argumento 3) desconoce los umbrales de la percepción, o el hecho de que el excitante debe alcanzar un grado determinado de intensidad para poder ser percibido por el hombre. Respecto al argumento 4), no es necesario que el espacio esté en otro espacio, sino más bien que el espacio esté en las cosas, es decir, que las cosas sean extensas.

3. Contra el movimiento.

Son los «argumentos» que se han hecho más famosos: 1) El corredor en el estadio o la dicotomía (división en dos mitades). Es imposible que el corredor llegue al final del estadio o a un término cualquiera. En efecto: antes de alcanzar ese término debe alcanzar la mitad, y antes de alcanzar la mitad debe alcanzar la mitad de esa mitad, y así hasta el infinito. Si se da el movimiento debe atravesar una cantidad infinita de puntos, un espacio infinito. Pero el espacio infinito no puede ser recorrido en un tiempo determinado. 2) Aquiles y la tortuga. Aquiles, el de los pies ligeros, no puede alcanzar a una tortuga que le lleva una ventaja inicial. En efecto: necesitará un tiempo para llegar al punto de donde la tortuga ha partido, tiempo en el cual la tortuga ha avanzado y se encuentra ya en otro punto; para alcanzar ese segundo punto necesitará también un tiempo, en el que la tortuga ha avanzado de nuevo; y así hasta el infinito. Debe, pues, atravesar un espacio infinito. Pero el espacio infinito no puede ser recorrido en un tiempo determinado. 3) La flecha. La flecha lanzada en el aire está en realidad inmóvil. En efecto: en cada instante del tiempo ocupa una determinada posición del espacio, y en ese instante no se mueve. .«El móvil no se mueve ni en el espacio donde se encuentra, ni en aquel donde no se encuentra» (ib. fr. 4). y como todo el tiempo está compuesto de instantes, de la suma de todos los instantes, en que está en reposo, no puede resultar un movimiento. 4) El estadio. Dos corredores se mueven con igual velocidad en sentidos opuestos, cada uno a partir de un extremo del estadio, y se cruzan ante un objeto inmóvil que está en el centro. Se supone que espacios iguales deben recorrerse en tiempos iguales por cuerpos que se mueven a igual velocidad. Sin embargo, los corredores se encontrarán al cabo de un tiempo que es la mitad de aquel en que se encontrarían si sólo se moviese uno de ellos, y cada uno se mueve en relación al otro dos veces más rápidamente que con relación al objeto inmóvil. O bien: un móvil se mueve primero a lo largo de una magnitud movida a su vez con la misma velocidad en sentido contrario, y después a lo largo de una magnitud igual en reposo. Se supone que tanto el tiempo como el espacio constan de infinitos indivisibles, y que el intervalo entre un punto y otro es pasado en un instante indivisible. Aun siendo iguales en ambos casos la velocidad y la magnitud a recorrer, el tiempo es en el segundo caso doble que en el primero. De donde resulta negado el principio de que espacios iguales se recorren en tiempos iguales por cuerpos que se mueven a igual velocidad. y el instante necesario para pasar de un punto del objeto inmóvil al punto siguiente será la mitad del instante que necesita para pasar de un punto del objeto móvil al punto siguiente. Los corredores que se han cruzado lo han hecho a la mitad de un instante. Cada móvil avanza por números enteros (indivisibles en el tiempo), ya la vez por mitades de tiempo. Luego los indivisibles se dividen, lo que es absurdo, o la mitad es igual a su doble, lo que también es absurdo. Luego el movimiento, que engendraría tales absurdos, es imposible.

Crítica. Antístenes, no sabiendo responder a los argumentos de z. de E. contra la realidad del movimiento, se levantó y se puso a andar (ib. AI5). Representa el sentido común frente a la «lógica» del racionalismo sofista («el movimiento se demuestra andando»): no sabe defenderse, pero está seguro de su realidad. Los argumentos 1) y 2) son el mismo; ambos suponen que toda distancia está compuesta y se resuelve en un número infinito de puntos, y por tanto es infinita actualmente. Pero esto es falso. Una distancia espacial o temporal infinita -porque está infinitamente dividida o porque sus extremos distan infinitamente- no puede ser recorrida en un tiempo finito, pero sí puede serlo en una distancia finita (indefinidamente divisible lo será sólo mentalmente o en potencia). Los argumentos 1), 2) y 3) suponen que el movimiento y el tiempo están compuestos de instantes indivisibles, lo que es falso. El movimiento es continuidad, y sus partes tienen siempre una duración. Cada paso del corredor del estadio, de Aquiles y de la tortuga es una continuidad, y en cualquier parte del tiempo la flecha estará en movimiento. Además, hay en ellos una confusión entre el movimiento y el espacio recorrido. El espacio puede dividirse, obteniendo así partes simultáneas. El tiempo, no. Sus partes no están presentes simultáneamente ni pueden dividirse y aislarse en acto. En este sentido el tiempo es indivisible. Cada paso del corredor o de Aquiles es indivisible. La flecha no está jamás detenida en un punto de su trayecto; podría estarlo, en el sentido de que pasa y podría haberse parado; pero si se hubiera parado ya no se trataría de un movimiento por ese punto. Si consideramos que está en varios puntos, se para en ellos, y entonces no hay un movimiento, sino muchos. Si consideramos que está en todos los puntos, se para en todos ellos, y entonces no hay movimiento alguno. Estados de reposo yuxtapuestos no equivaldrán jamás a un movimiento. La ilusión consiste en sustituir al movimiento el espacio recorrido y divisible, suponiendo que lo que es verdadero de la línea recorrida es verdadero del movimiento. El argumento 4) no tiene en cuenta que el tiempo empleado por un móvil con la misma velocidad en el mismo espacio es distinto según que este espacio esté en reposo o en movimiento. En último término, se supone que tanto el tiempo como el espacio constan de un número infinito de indivisibles en acto, lo cual es falso; si fueran efectivamente infinitos, habría tantos en la mitad como en el doble, o en dos magnitudes cualesquiera.

Bibliografía

ARISTÓTELES, Física, VI,9 (v. t. VI,2; V111,8) ; VELLIN, lnfini et quantité, París 1880, 63-97; G. FRONTERA, Études sur les arguments de Zénon d'Elée contre le mouvement, París 1891 ; «(Revue de Métaphisique et de Morale II, 1893, n" 1 (autores varios, sobre cada uno de los problemas de Z. de E.); V. BROCHARD, Études de philosophie ancienne et de philosophie moderne, París 1912, 3-22; H. STADIE, , La Logica del secondo eleatismo, Atenas-Roma 1936; H. D. P. LEE, Zeno of Elea, Cambridge 1936; R. MONDOLFO, La polemica di Zenone contro il moto. La negazione de/lo spazio in Zenone, Bolonia 1936; I. ZAFIROPULO, Vox Zenonis, París. 1958; H. BERGSON, Oeuvres, París 1959, 74-77 (Essai sur les données immédiates de la conscience, cap. II) y 755-760 (L'évolution créatrice, cap. IV); M. SCHRAMM, Die Bedeutung der Bewegunslehre des Aristoteles für seine beiden Losungen der zenonischen Paradoxie, 1962; A. GRÜNBAUM, Modern science and Zeno's paradoxes, Middletown (Conn.) 1967. Fuente ConoZe


Aquiles y la tortuga, una aporía para el saber - Ángel Madriz - Ver Aporía

Cuando nos lanzamos al tormentoso camino de la investigación en procura de un saber más definitivo que aquél que nos ha brindado la condición inicial de la reflexión indagatoria -por ser simples y mortales lectores productivos-, tenemos que enfrentarnos a una incontestable verdad cultural: ¿Qué puede ser digno de investigación? ¿Qué verdad merece ser corroborada por la indagación rigurosa? Escollo que se detiene entre el abismo y la planicie de nuestras necesidades y las necesidades de la realidad que requiere ser verificada. Algo así como dudar y estar seguros de que la verdad sólo puede estar del lado de los que la cuestionan como fenómeno esencial (haciéndole honor a las enseñanzas inolvidables del sabio europeo Karl Popper). Valga entonces decir que asumir el reto de la investigación presupone un enclave que debemos reconocer como el punto de partida para transgredir lo convencional, aceptando el riesgo de la búsqueda y poder entonces proceder a su identificación en el terreno deslindado de la verdad obtenida. Especie de dilema accional que quien investiga debe resolver si desea llegar a la síntesis de su experiencia cultural, intelectual y vivencial. Todo en procura de una actualización de las dudas ejecutando las verdades presupuestas por la ceguera cotidiana. Resolver, en síntesis, el error asumido como verdad absoluta y sistemática, por el procedimiento de un razonamiento enajenante de la ideología respectiva. Pasar a la demostración de que la verdad suele ser tal cuando el hombre a través de sus indagaciones racionales y pasionales demuestre que sólo evidencia es de una realidad abordada y explicada con el lenguaje de la perversión, ese que René Descartes cuestionaba por ser piedra de tranca entre el espíritu científico y los prejuicios intuitivos.

Comenzar a investigar es tratar de conocer y demostrar una verdad en el sentido de asombro más auténticamente humano esperanzador. Es despojarse de pretensiones tautológicas, presentes en todo hombre que desea iniciarse en la investigación, como estigma atávico de esa cultura que representa y lo ha representado. Es reconocer que del lado de la oscuridad está la posibilidad de encontrarse con las luminosas carnes de la verdad ajena y en procura de ser reconocida. Ahora bien, para lograrlo debe, quien lo intente, asumir el reto de la verdad amorosa, de lo contrario podría caer derrotado por la inercia de una contradicción insuperable representada por el deseo natural de encontrarse con el hallazgo y la carencia de la visión oportuna que está del lado de los pacientes, humildes y devotos inquisidores. Debe, al mismo tiempo, despojarse de los odios y los miedos al caos y tratar de ordenar lo que la razón de ser existencial, la capacidad creadora, la posibilidad vivencial y la inquietud indagatoria se le muestran como reto constituido en evidencia y esencia en sí. Llegar a eso que tanto hemos retorizado en el devenir de nuestros ejercicios intelectuales: la síntesis del conocimiento a través de un descubrimiento asumido en su exposición más ingenua. Es así como cobra vigencia la perogrullada como punto de partida de la reflexión: lo descubierto, descubierto está y debe por lo tanto ser verificado; primero, a través de un discurso que le es inherente y lo justifica, de lo contrario, descubrimiento evidenciable de error puede resultar y el caos podría ser el elemento expresivo desestabilizador de la dialéctica contenido/forma que orienta a toda investigación. "Práctica científica" al estilo de Karl Marx y Galileo Galilei, como nos lo dijo ese viajero incansable de nuestra filosofía: Núñez Tenorio.

Teniendo como premisa importante que la investigación consiste en acercarse de una forma u otra a un estado de la verdad que el hombre identifica en el mundo que le circunda y del cual se apodera, debemos reconocer que tal acercamiento implica, de manera esencial, una acción de amorosa búsqueda y de amorosa existencia. Como decía Bachelard en su libro La formación del espíritu científico: "Un amante puede ser tan paciente como un científico" y por lo tanto vale que su capacidad de acción surge de una necesidad de saber que la ciencia, por lo tanto, está hecha de un potencial ordenador del caos errático y de la responsabilidad que significa resolver todas sus metáforas. Su conciencia oculta tras el legado de las ideologías.

Es el caso de la paradoja de Zenón de Eleas para demostrar que el movimiento es ilusorio desde la ilusión del tiempo. Aceptar que la Tortuga jamás será alcanzada por Aquiles, el de los pies ligeros, significa quedarse en las instancias de un conocimiento meramente ideológico. Defender la paradoja de que la rapidez caerá vencida por la lentitud, es aceptar el razonamiento de un discurso por evidencia cartesiana. Significa obviar la dialéctica reveladora de una verdad elemental por estar fuera del hombre. Sería detenernos en idealismos camuflados por silogismos lógicos, en un intelectualismo teórico parcial e individual, ante los cuales podemos caer derrotados por carencias de amor racional que es el camino del racionalismo cultural e histórico. Valga entonces que Aquiles superará a la Tortuga, porque el cetro del emperador chino vio su fin con el corte definitivo de la razón dialéctica, que no podrá permitir el predominio del pensamiento formal matemático sin reconocer la verdad en su constante devenir, en su ascendente contradicción y en plena búsqueda de la síntesis reductora de la paradoja mediante el procedimiento del pensamiento diverso. Más allá, entonces, de los elementos de la paradoja, estarán la concreción/abstracción, alejadas de una lógica matemática fragmentando la unidad intelectual del ser humano: Aquiles, al final, gana la carrera. Es esta una ilustración para poner de manifiesto el valor de las herramientas del pensamiento integral-dialéctico. Investigar significa llegar al conocimiento con los pertrechos de la imaginación, la historia, la cultura y el riesgo a plantearnos un aporte que al final sea el producto de nuestros deseos por resolvernos en un mundo de metáforas infinitas. Esto, al mismo tiempo, revelará las fuerzas de nuestro amor indagatorio, el potencial de nuestras dudas, el empuje de nuestra razón y las ganas de nuestros discursos. Cuerpo indoblegable de un deseo que el conocimiento construye y verifica.

BIBLIOGRAFÍA

1) BLOOM, Harold. La angustia de las influencias. Monte Avila Editores. Caracas, 1991.

2) BACHELARD, Gaston. La formación del espíritu científico. Quinta Edición. Edit. S.XXI. México, 1976.

3) ELIOT, T.S. Función de la crítica. Función de la poesía. Edit. Seix Barral. Madrid, 1974. (Col. Biblioteca Breve).

4) GRAMSCI, Antonio. La formación de los intelectuales. Edit. Grijalbo. México, 1967. (Col. 70).

5) RAMOS SUCRE, José Antonio. Antología. Monte Avila Editores. Caracas, 1990.

6) STEVENS, Wallace. Adagia. Cuadernos de difusión FUNDARTE. Caracas, 1978

© Ángel Madriz 1999 - Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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Aporía

(del griego a1poría: situación sin salida). Concepto con que, en la antigua filosofía griega, se designaba al problema de difícil solución. La aporía surge porque en el objeto mismo o en el concepto que de él se tenga figura una contradicción. Suelen denominarse aporías los razonamientos de Zenón de Elea (él no emplea dicho término) sobre la imposibilidad del movimiento. En la aporía de la «Dicotomía» se afirma que antes de recorrer una distancia, cualquiera que sea, es necesario recorrer su mitad; para recorrer esta mitad, es necesario recorrer la mitad de dicha mitad y así sucesivamente hasta el infinito. De ahí se infiere la conclusión de que el movimiento no puede iniciarse. En la aporía de «Aquiles y la tortuga» se dice que Aquiles el de los pies ligeros nunca alcanzará a una tortuga, dado que cuando el corredor llegue al lugar en que la tortuga se hallaba en el momento inicial, el animal habrá tenido tiempo de moverse y avanzar cierta distancia, &c. Habiendo observado certeramente el carácter contradictorio del movimiento, aunque sin comprender la unidad de los elementos contrarios del mismo, Zenón saca la conclusión de que el movimiento en general es inconcebible y, con ello, imposible. El término de «aporía» adquiere por primera vez sentido filosófico en Platón y Aristóteles. Éste lo define como «igualdad de conclusiones contrarias». Próxima a la aporía se halla la antinomia, kantiana.
Fuente Diccionario de Filosofía

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