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Lo mismo que Juan Lutero, el padre de Zuinglio deseaba
dar educación a su hijo, para lo cual dejó éste su valle natal en
temprana edad. Su espíritu se desarrolló pronto, y resultó difícil saber
dónde podrían hallarle profesores competentes. A los trece años fue a
Berna, que poseía entonces la mejor escuela de Suiza. Sin embargo,
surgió un peligro que amenazaba dar en tierra con lo que de él se
esperaba. Los frailes hicieron esfuerzos muy resueltos para seducirlo a
que entrara en un convento. Los monjes franciscanos y los domínicos
rivalizaban por ganarse el favor del pueblo, y al efecto se esmeraban a
porfía en el adorno de los templos, en la pompa de las ceremonias y en
lo atractivo de las reliquias y de las imágenes milagrosas.
Los dominicanos de Berna vieron que si les fuera posible ganar a un
joven de tanto talento obtendrían ganancias y honra. Su tierna juventud,
sus dotes de orador y escritor, y su genio musical y poético, serían de
más efecto que la pompa y el fausto desplegados en los servicios, para
atraer al pueblo y aumentar las rentas de su orden. Valiéndose de
engaños y lisonjas, intentaron inducir a Zuinglio a que entrara en su
convento. Cuando Lutero era estudiante se encerró voluntariamente en una
celda y se habría perdido para el mundo si la providencia de Dios no le
hubiera libertado. No se le dejó a Zuinglio correr el mismo riesgo. Supo
providencialmente su padre cuáles eran los designios de los frailes, y
como no tenía intención de que su hijo siguiera la vida indigna y
holgazana de los monjes, vio que su utilidad para el porvenir estaba en
inminente peligro, y le ordenó que regresara a su casa sin demora.
El mandato fue obedecido; pero el joven no podía sentirse contento por
mucho tiempo en su valle natal, y pronto volvió a sus estudios, yéndose
a establecer después de algún tiempo en Basilea. En esta ciudad fue
donde Zuinglio oyó por primera vez el Evangelio de la gracia de Dios.
Wittenbach, profesor de idiomas antiguos, había sido llevado, en su
estudio del griego y del hebreo, al conocimiento de las Sagradas
Escrituras, y por su medio la luz divina esparcía sus rayos en las
mentes de los estudiantes que recibían de él enseñanza. Declaraba el
catedrático que había una verdad más antigua y de valor infinitamente
más grande que las teorías enseñadas por los filósofos y los
escolásticos. Esta antigua verdad consistía en que la muerte de Cristo
era el único rescate del pecador. Estas palabras fueron para Zuinglio
como el primer rayo de luz que alumbra al amanecer.
Pronto fue llamado Zuinglio de Basilea, para entrar en la que iba a ser
la obra de su vida. Su primer campo de acción fue una parroquia alpina
no muy distante de su valle natal. Habiendo recibido las órdenes
sacerdotales, "se aplicó con ardor a investigar la verdad divina; porque
estaba bien enterado - dice un reformador de su tiempo - de cuánto
deben saber aquellos a quienes les está confiado el cuidado del rebaño
del Señor." - Wylie, lib. 8, cap. 5. A medida que escudriñaba las
Escrituras, más claro le resultaba el contraste entre las verdades en
ellas encerradas y las herejías de Roma. Se sometía a la Biblia y la
reconocía como la Palabra de Dios y única regla suficiente e infalible.
Veía que ella debía ser su propio intérprete. No se atrevía a tratar de
explicar las Sagradas Escrituras para sostener una teoría o doctrina
preconcebida, sino que consideraba su deber aprender lo que ellas
enseñan directamente y de un modo evidente. Procuraba valerse de toda
ayuda posible para obtener un conocimiento correcto y pleno de sus
enseñanzas, e invocaba al Espíritu Santo, el cual, declaraba él, quería
revelar la verdad a todos los que la investigasen con sinceridad y en
oración.
"Las Escrituras - decía Zuinglio - vienen de Dios, no del hombre. Y ese
mismo Dios que brilla en ellas te dará a entender que las palabras son
de Dios. La Palabra de Dios . . . no puede errar. Es brillante, se
explica a sí misma, se descubre, ilumina el alma con toda salvación y
gracia, la consuela en Dios, y la humilla hasta que se anonada, se niega
a sí misma, y se acoge a Dios." Zuinglio mismo había experimentado la
verdad de estas palabras. Hablando de ello, escribió lo siguiente:
"Cuando . . . comencé a consagrarme enteramente a las Sagradas
Escrituras, la filosofía y la teología [escolástica] me suscitaban
objeciones sin número, y al fin resolví dejar a un lado todas estas
quimeras y aprender las enseñanzas de Dios en toda su pureza, tomándolas
de su preciosa Palabra. Desde entonces pedí a Dios luz y las Escrituras
llegaron a ser mucho más claras para mí." - Id., cap. 6.
Zuinglio no había recibido de Lutero la doctrina que predicaba. Era la
doctrina de Cristo. "Si Lutero predica a Jesucristo - decía El
Reformador Suizo - hace lo que yo hago. Los que por su medio han
llegado al conocimiento de Jesucristo son más que los conducidos por mí.
Pero no importa. Yo no quiero llevar otro nombre que el de Jesucristo,
de quien soy soldado, y no reconozco otro jefe. No he escrito una sola
palabra a Lutero, ni Lutero a mí. Y ¿por qué? . . . Pues para que se
viese de qué modo el Espíritu de Dios está de acuerdo consigo mismo, ya
que, sin acuerdo previo, enseñamos con tanta uniformidad la doctrina de
Jesucristo." - D'Aubigné, lib. 8, cap. 9.
En 1516 fue llamado Zuinglio a predicar regularmente en el convento de
Einsiedeln, donde iba a ver más de cerca las corrupciones de Roma y
donde iba a ejercer como reformador una influencia que se dejaría sentir
más allá de sus Alpes natales. Entre los principales atractivos de
Einsiedeln había una imagen de la virgen de la que se decía que estaba
dotada del poder de hacer milagros. Sobre la puerta de la abadía estaba
grabada esta inscripción: "Aquí se consigue plena remisión de todos los
pecados." - Id., cap. 5. En todo tiempo acudían peregrinos a visitar el
santuario de la virgen, pero en el día de la gran fiesta anual de su
consagración venían multitudes de toda Suiza y hasta de Francia y
Alemania. Zuinglio, muy afligido al ver estas cosas, aprovechó la
oportunidad para proclamar la libertad por medio del Evangelio a
aquellas almas esclavas de la superstición.
"No penséis - decía - que Dios esté en este templo de un modo más
especial que en cualquier otro lugar de la creación. Sea la que fuere la
comarca que vosotros habitáis, Dios os rodea y os oye.... ¿Será acaso
con obras muertas, largas peregrinaciones, ofrendas, imágenes, la
invocación de la virgen o de los santos, con lo que alcanzaréis la
gracia de Dios? . . . ¿De qué sirve el conjunto de palabras de que
formamos nuestras oraciones? ¿Qué eficacia tienen la rica capucha del
fraile, la cabeza rapada, hábito largo y bien ajustado, y las zapatillas
bordadas de oro? ¡Al corazón es a lo que Dios mira, y nuestro corazón
está lejos de Dios!" "Cristo - añadía, - que se ofreció una vez en la
cruz, es la hostia y la víctima que satisfizo eternamente a Dios por los
pecados de todos los fieles." - Ibid .
Muchos de los que le oían recibían con desagrado estas enseñanzas. Era
para ellos un amargo desengaño saber que su penoso viaje era
absolutamente inútil. No podían comprender el perdón que se les ofrecía
de gracia por medio de Cristo. Estaban conformes con el antiguo camino
del cielo que Roma les había marcado. Rehuían la perplejidad de buscar
algo mejor. Era más fácil confiar la salvación de sus almas a los
sacerdotes y al papa que buscar la pureza de corazón.
Otros, en cambio, recibieron con alegría las nuevas de la redención por
Cristo. Las observancias establecidas por Roma no habían infundido paz a
su alma y, llenos de fe, aceptaban la sangre del Salvador en
propiciación por sus pecados. Estos regresaron a sus hogares para
revelar a otros la luz preciosa que habían recibido. Así fue llevada la
verdad de aldea en aldea de pueblo en pueblo, y el número de peregrinos
que iban al santuario de la virgen, disminuyó notablemente. Menguaron
las ofrendas, y en consecuencia la prebenda de Zuinglio menguó también,
porque de aquéllas sacaba su subsistencia. Pero sentíase feliz al ver
quebrantarse el poder del fanatismo y de la superstición.
Las autoridades de la iglesia no ignoraban la obra que Zuinglio estaba
realizando, pero en aquel momento no pensaron intervenir. Abrigaban
todavía la esperanza de ganarlo para su causa y se esforzaron en
conseguirlo por medio de agasajos; entre tanto la verdad fue ganando
terreno y extendiéndose en los corazones del pueblo.
Los trabajos de Zuinglio en Einsiedeln le prepararon para una esfera de
acción más amplia en la cual pronto iba a entrar. Pasados tres años, fue
llamado a desempeñar el cargo de predicador en la catedral de Zurich.
Era esta ciudad en aquel entonces la más importante de la confederación
suiza, y la influencia que el predicador pudiera ejercer en ella debía
tener un radio más extenso. Pero los eclesiásticos que le habían llamado
a Zurich, deseosos de evitar sus innovaciones, procedieron a darle
instrucciones acerca de sus deberes.
"Pondréis todo vuestro cuidado - le dijeron - en recaudar las rentas del
cabildo, sin descuidar siquiera las de menor cuantía. Exhortaréis a los
fieles, ya desde el púlpito, ya en el confesonario, a que paguen los
censos y los diezmos, y a que muestren con sus ofrendas cuánto aman a la
iglesia. Procuraréis multiplicar las rentas procedentes de los enfermos,
de las misas, y en general de todo acto eclesiástico." "Respecto a la
administración de los sacramentos, a la predicación y a la vigilancia
requerida para apacentar la grey, son también deberes del cura párroco.
No obstante, podéis descargaros de esta última parte de vuestro
ministerio tomando un vicario substituto, sobre todo para la
predicación. Vos no debéis administrar los sacramentos sino a los más
notables, y sólo después que os lo hayan pedido; os está prohibido
administrarlos sin distinción de personas." - Id., cap. 6.
Zuinglio oyó en silencio estas explicaciones, y en contestación, después
de haber expresado su gratitud por el honor que le habían conferido al
haberle llamado a tan importante puesto, procedió a explicar el plan de
trabajo que se había propuesto adoptar. "La vida de Jesús - dijo - ha
estado demasiado tiempo oculta al pueblo. Me propongo predicar sobre
todo el Evangelio según Mateo, . . . ciñéndome a la fuente de la Sagrada
Escritura, escudriñándola y comparándola con ella misma, buscando su
inteligencia por medio de ardientes y constantes oraciones. A la gloria
de Dios, a la alabanza de Su único Hijo, a la pura salvación de las
almas, y a su instrucción en la verdadera fe, es a lo que consagraré mi
ministerio." - Ibid. Aunque algunos de los eclesiásticos desaprobaron
este plan y procuraron disuadirle de adoptarlo, Zuinglio se mantuvo
firme. Declaró que no iba a introducir un método nuevo, sino el antiguo
método empleado por la iglesia en lo pasado, en tiempos de mayor pureza
religiosa.
Ya se había despertado el interés de los que escuchaban las verdades que
él enseñaba, y el pueblo se reunía en gran número a oír la predicación.
Muchos que desde hacía tiempo habían dejado de asistir a los oficios, se
hallaban ahora entre sus oyentes. Inició Zuinglio su ministerio abriendo
los Evangelios y leyendo y explicando a sus oyentes la inspirada
narración de la vida, doctrina y muerte de Cristo. En Zurich, como en
Einsiedeln, presentó la Palabra de Dios como la única autoridad
infalible, y expuso la muerte de Cristo como el solo sacrificio
completo. "Es a Jesucristo - dijo - a quien deseo conduciros; a
Jesucristo, verdadero manantial de salud." - Ibid. En torno del
predicador se reunían multitudes de personas de todas las clases
sociales, desde los estadistas y los estudiantes, hasta los artesanos y
los campesinos. Escuchaban sus palabras con el más profundo interés. El
no proclamaba tan sólo el ofrecimiento de una salvación gratuita, sino
que denunciaba sin temor los males y las corrupciones de la época.
Muchos regresaban de la catedral dando alabanzas a Dios. "¡Este, decían,
es un predicador de verdad! él será nuestro Moisés, para sacarnos de las
tinieblas de Egipto." - Ibid.
Pero, por más que al principio fuera su obra acogida con entusiasmo,
vino al fin la oposición. Los frailes se propusieron estorbar su obra y
condenar sus enseñanzas. Muchos le atacaron con burlas y sátiras; otros
le lanzaron insolencias y amenazas. Empero Zuinglio todo lo soportaba
con paciencia, diciendo: "Si queremos convertir a Jesucristo a los
malos, es menester cerrar los ojos a muchas cosas." - Ibid.
Por aquel tiempo un nuevo agente vino a dar impulso a la obra de la
Reforma. Un amigo de ésta mandó a Zurich a un tal Luciano que llevaba
consigo varios de los escritos de Lutero. Este amigo, residente en
Basilea, había pensado que la venta de estos libros sería un poderoso
auxiliar para la difusión de la luz. "Averiguad - dijo a Zuinglio en una
carta - si Luciano posee bastante prudencia y habilidad; si así es,
mandadle de villa en villa, de lugar en lugar, y aun de casa en casa
entre los suizos, con los escritos de Lutero, y en particular con la
exposición del Padre Nuestro escrita para los seglares. Cuanto más
conocidos sean, tantos más compradores hallarán." - Ibid. De este modo
se esparcieron los rayos de luz.
Cuando Dios se dispone a quebrantar las cadenas de la ignorancia y de la
superstición, es cuando Satanás trabaja con mayor esfuerzo para sujetar
a los hombres en las tinieblas, y para apretar aun más las ataduras que
los tienen sujetos. A medida que se levantaban en diferentes partes del
país hombres que presentaban al pueblo el perdón y la justificación por
medio de la sangre de Cristo, Roma procedía con nueva energía a abrir su
comercio por toda la cristiandad, ofreciendo el perdón a cambio de
dinero.
Cada pecado tenía su precio, y se otorgaba a los hombres licencia para
cometer crímenes, con tal que abundase el dinero en la tesorería de la
iglesia. De modo que seguían adelante dos movimientos: uno que ofrecía
el perdón de los pecados por dinero, y el otro que lo ofrecía por medio
de Cristo; Roma que daba licencia para pecar, haciendo de esto un
recurso para acrecentar sus rentas, y los reformadores que condenaban el
pecado y señalaban a Cristo como propiciación y Redentor.
En Alemania la venta de indulgencias había sido encomendada a los
domínicos y era dirigida por el infame Tetzel. En Suiza el tráfico fue
puesto en manos de los franciscanos, bajo la dirección de un fraile
italiano llamado Sansón. Había prestado éste ya buenos servicios a la
iglesia y reunido en Suiza y Alemania grandes cantidades para el tesoro
del papa. Cruzaba entonces a Suiza, atrayendo a grandes multitudes,
despojando a los pobres campesinos de sus escasas ganancias y obteniendo
ricas ofrendas entre los ricos. Pero la influencia de la Reforma hacía
disminuir el tráfico de las indulgencias aunque sin detenerlo del todo.
Todavía estaba Zuinglio en Einsiedeln cuando Sansón se presentó con su
mercadería en una población vecina. Enterándose de su misión, el
reformador trató inmediatamente de oponérsele. No se encontraron frente
a frente, pero fue tan completo el éxito de Zuinglio al exponer las
pretensiones del fraile, que éste se vio obligado a dejar aquel lugar y
tomar otro rumbo.
En Zurich predicó Zuinglio con ardor contra estos monjes traficantes en
perdón, y cuando Sansón se acercó a dicha ciudad le salió al encuentro
un mensajero enviado por el concejo para ordenarle que no entrara. No
obstante, logró al fin introducirse por estratagema, pero a poco le
despidieron sin que hubiese vendido ni un solo perdón y no tardó en
abandonar a Suiza.
Un fuerte impulso recibió la Reforma con la aparición de la peste o
"gran mortandad," que azotó a Suiza en el año 1519. Al verse los hombres
cara a cara con la muerte, se convencían de cuán vanos e inútiles eran
los perdones que habían comprado poco antes, y ansiaban tener un
fundamento más seguro sobre el cual basar su fe. Zuinglio se contagió en
Zurich y se agravó de tal modo que se perdió toda esperanza de salvarle
y circuló por muchos lugares el rumor de que había muerto. En aquella
hora de prueba su valor y su esperanza no vacilaron. Miraba con los ojos
de la fe hacia la cruz del Calvario y confió en la propiciación absoluta
allí alcanzada para perdón de los pecados. Cuando volvió a la vida
después de haberse visto a las puertas del sepulcro, se dispuso a
predicar el Evangelio con más fervor que nunca antes, y sus palabras
iban revestidas de nuevo poder. El pueblo dio la bienvenida con regocijo
a su amado pastor que volvía de los umbrales de la muerte. Ellos mismos
habían tenido que atender a enfermos y moribundos, y reconocían mejor
que antes el valor del Evangelio.
Zuinglio había alcanzado ya un conocimiento más claro de las verdades de
éste y experimentaba mejor en sí mismo su poder regenerador. La caída
del hombre y el plan de redención eran los temas en los cuales se
espaciaba. "En Adán - decía él - todos somos muertos, hundidos en
corrupción y en condenación." - Wylie, lib. 8, cap. 9. Pero "Jesucristo
. . . nos ha dado una redención que no tiene fin.... Su muerte aplaca
continuamente la justicia divina en favor de todos aquellos que se
acogen a aquel sacrificio con fe firme e inconmovible." Y explicaba que
el hombre no podía disfrutar de la gracia de Cristo, si seguía en el
pecado. "Donde se cree en Dios, allí está Dios; y donde está Dios,
existe un celo que induce a obrar bien." - D'Aubigné, lib. 8, cap. 9.
Creció tanto el interés en las predicaciones de Zuinglio, que la
catedral se llenaba materialmente con las multitudes de oyentes que
acudían para oírle. Poco a poco, a medida que podían soportarla, el
predicador les exponía la verdad. Cuidaba de no introducir, desde el
principio, puntos que los alarmasen y creasen en ellos prejuicios. Su
obra era ganar sus corazones a las enseñanzas de Cristo, enternecerlos
con Su amor y hacerles tener siempre presente Su ejemplo; y a medida que
recibieran los principios del Evangelio, abandonarían inevitablemente
sus creencias y prácticas supersticiosas.
Paso a paso avanzaba la Reforma en Zurich. Alarmados, los enemigos se
levantaron en activa oposición. Un año antes, el fraile de Wittenberg
había lanzado su "No" al papa y al emperador en Worms, y ahora todo
parecía indicar que también en Zurich iba a haber oposición a las
exigencias del papa. Fueron dirigidos repetidos ataques contra Zuinglio.
En los cantones que reconocían al papa, de vez en cuando algunos
discípulos del Evangelio eran entregados a la hoguera, pero esto no
bastaba; el que enseñaba la herejía debía ser amordazado. Por lo tanto,
el obispo de Constanza envió tres diputados al concejo de Zurich, para
acusar a Zuinglio de enseñar al pueblo a violar las leyes de la iglesia,
con lo que trastornaba la paz y el buen orden de la sociedad. Insistía
él en que si se menospreciaba la suprema autoridad de la iglesia,
vendría como consecuencia una anarquía general. Zuinglio replicó que por
cuatro años había estado predicando el Evangelio en Zurich, "y que la
ciudad estaba más tranquila que cualquiera otra ciudad de la
confederación." Preguntó: "¿No es, por tanto, el cristianismo la mejor
salvaguardia para la seguridad general?" - Wylie, lib. 8, cap. 11.
Los diputados habían exhortado a los concejales a que no abandonaran la
iglesia, porque, fuera de ella, decían, no hay salvación. Zuinglio
replicó: "¡Que esta acusación no os conmueva! El fundamento de la
iglesia es aquella piedra de Jesucristo, cuyo nombre dio a Pedro por
haberle confesado fielmente. En toda nación el que cree de corazón en el
Señor Jesús se salva. Fuera de esta iglesia, y no de la de Roma, es
donde nadie puede salvarse." - D'Aubigné, lib. 8, cap. 2. Como resultado
de la conferencia, uno de los diputados del obispo se convirtió a la fe
reformada.
El concejo se abstuvo de proceder contra Zuinglio, y Roma se preparó
para un nuevo ataque. Cuando el reformador se vio amenazado por los
planes de sus enemigos, exclamó: "¡Que vengan contra mí! Yo los temo lo
mismo que un peñasco escarpado teme las olas que se estrellan a sus
pies." - Wylie, lib. 8, cap. 2. Los esfuerzos de los eclesiásticos sólo
sirvieron para adelantar la causa que querían aniquilar. La verdad
seguía cundiendo. En Alemania, los adherentes abatidos por la
desaparición inexplicable de Lutero, cobraron nuevo aliento al notar los
progresos del Evangelio en Suiza.
A medida que la Reforma se fue afianzando en Zurich, se vieron más
claramente sus frutos en la supresión del vicio y en el dominio del
orden y de la armonía. "La paz tiene su habitación en nuestro pueblo -
escribía Zuinglio; - no hay disputas, ni hipocresías, ni envidias, ni
escándalos. ¿De dónde puede venir tal unión sino del Señor y de la
doctrina que enseñamos, la cual nos colma de los frutos de la piedad y
de la paz?" - Id., cap. 15.
Las victorias obtenidas por la Reforma indujeron a los romanistas a
hacer esfuerzos más resueltos para dominarla. Viendo cuán poco habían
logrado con la persecución para suprimir la obra de Lutero en Alemania,
decidieron atacar a la Reforma con sus mismas armas. Sostendrían una
discusión con Zuinglio y encargándose de los asuntos se asegurarían el
triunfo al elegir no sólo el lugar en que se llevaría a efecto el acto,
sino también los jueces que decidirían de parte de quién estaba la
verdad. Si lograban por una vez tener a Zuinglio en su poder, tendrían
mucho cuidado de que no se les escapase. Una vez acallado el jefe, todo
el movimiento sería pronto aplastado. Este plan, por supuesto, se
mantuvo en la mayor reserva.
El punto señalado para el debate fue Baden, pero Zuinglio no concurrió.
El concejo de Zurich, sospechando los designios de los papistas, y
advertido del peligro por las horrendas piras que habían sido encendidas
ya en los cantones papistas para los confesores del Evangelio, no
permitió que su pastor se expusiera a este peligro. En Zurich estaba
siempre listo para recibir a todos los partidarios de Roma que ésta
pudiera enviar; pero ir a Baden, donde poco antes se había derramado la
sangre de los martirizados por causa de la verdad, era lo mismo que
exponerse a una muerte segura. Ecolampadio y Haller fueron elegidos para
representar a los reformadores, en tanto que el famoso doctor Eck,
sostenido por un ejército de sabios doctores y prelados, era el campeón
de Roma.
Aunque Zuinglio no estaba presente en aquella conferencia, ejerció su
influencia en ella. Los secretarios todos fueron elegidos por los
papistas, y a todos los demás se les prohibió que sacasen apuntes, so
pena de muerte. A pesar de esto, Zuinglio recibía cada día un relato
fiel de cuanto se decía en Baden. Un estudiante que asistía al debate,
escribía todas las tardes cuantos argumentos habían sido presentados, y
otros dos estudiantes se encargaban de llevar a Zuinglio estos papeles,
juntamente con cartas de Ecolampadio. El reformador contestaba dando
consejos y proponiendo ideas. Escribía sus cartas durante la noche y por
la mañana los estudiantes regresaban con ellas a Baden. Para burlar la
vigilancia de la guardia en las puertas de la ciudad, estos mensajeros
llevaban en la cabeza sendos canastos con aves de corral, de modo que se
les dejaba entrar sin inconveniente alguno.
Así sostuvo Zuinglio la batalla contra sus astutos antagonistas: "Ha
trabajado más - decía Miconius, - meditando y desvelándose, y
transmitiendo sus opiniones a Baden, de lo que hubiera hecho disputando
en medio de sus enemigos." - D'Aubigné, lib. 2, cap. 13.
Los romanistas, engreídos con el triunfo que esperaban por anticipado,
habían llegado a Baden luciendo sus más ricas vestiduras y brillantes
joyas. Se regalaban a cuerpo de rey, cubrían sus mesas con las viandas
más preciadas y delicadas y con los vinos más selectos. Aliviaban la
carga de sus obligaciones eclesiásticas con banqueteos y regocijos. Los
reformadores presentaban un pronunciado contraste, y el pueblo los
miraba casi como una compañía de pordioseros, cuyas comidas frugales los
detenían muy poco frente a la mesa. El mesonero de Ecolampadio, que
tenía ocasión de espiarlo en su habitación, le veía siempre ocupado en
el estudio o en la oración y declaró admirado que el hereje era "muy
piadoso."
En la conferencia, "Eck subía orgullosamente a un púlpito soberbiamente
decorado, en tanto que el humilde Ecolampadio, pobremente vestido,
estaba obligado a sentarse frente a su adversario en tosca plataforma."
- Ibid. La voz estentórea de aquél y la seguridad de que se sentía
poseído, nunca le abandonaron. Su celo era estimulado tanto por la
esperanza del oro como por la de la fama; porque el defensor de la fe
iba a ser recompensado con una hermosa cantidad. A falta de mejores
argumentos, recurría a insultos y aun blasfemias.
Ecolampadio, modesto y desconfiado de sí mismo, había rehuido el
combate, y entró en él con esta solemne declaración: "No reconozco otra
norma de juicio que la Palabra de Dios." - Ibid. Si bien de carácter
manso y de modales corteses, demostró capacidad y entereza. En tanto que
los romanistas según su costumbre, apelaban a las tradiciones de la
iglesia, el reformador se adhería firmemente a las Escrituras. "En
nuestra Suiza - dijo - las tradiciones carecen de fuerza a no ser que
estén de acuerdo con la constitución; y en asuntos de fe, la Biblia es
nuestra única constitución." - Ibid.
El contraste entre ambos contendientes no dejó de tener su efecto. La
serena e inteligente argumentación del reformador, el cual se expresaba
con tan noble mansedumbre y modestia, impresionó a los que veían con
desagrado las orgullosas pretensiones de Eck.
El debate se prolongó durante dieciocho días. Al terminarlo los papistas
cantaron victoria con gran confianza, y la dieta declaró vencidos a los
reformadores y todos ellos, con Zuinglio, su jefe, separados de la
iglesia. Pero los resultados de esta conferencia revelaron de qué parte
estuvo el triunfo. El debate tuvo por consecuencia un gran impulso de la
causa protestante, y no mucho después las importantes ciudades de Berna
y Basilea se declararon en favor de la Reforma.
ESCUDRIÑAD LA PALABRA
"Escudriñad las Escrituras, ya que pensáis tener en ellas la vida
eterna. Ellas son las que dan testimonio de mí." Juan 5:39
"Estos fueron más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la
Palabra de todo corazón, y examinaban cada día las Escrituras, para ver
si esas cosas eran así." Hechos 17:11
"¡Dichoso el que lee las palabras de esta profecía, y dichosos los
que la oyen, y guardan lo que está escrito en ella, porque el tiempo
está cerca!" Apocalipsis 1:3
"Abre mis ojos, para que pueda ver las maravillas de tu Ley."
Salmos 119:18
"El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es
de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta." Juan 7:17
"Entonces les abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras."
Lucas 24:45
"Pero el Ayudador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi
Nombre, os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he
dicho." Juan 14:26
"Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más penetrante que
toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el
espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y
las intenciones del corazón." Hebreos 4:12.
"Mas él respondiendo, dijo: Escrito está: No con solo el pan vivirá
el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios." Mateo
4:4. |