Ciencias en General
Percepción: ¿Realidad o ficción?
José Carlos Dávila

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Probablemente, lo que viene a continuación no sea más que una reflexión sobre cómo percibimos el mundo que nos rodea. Cosas aparentemente
banales de nuestra vida cotidiana como observar
un paisaje, sentir el tacto suave y frío del mármol
o escuchar música, supone la puesta en marcha de numerosos circuitos neuronales que tienen que ver con lo que entra por nuestros sentidos. Inmediatamente, y casi sin darnos cuenta, nuestro cerebro ‘toma cartas en el asunto’ e interpreta la realidad que nos rodea. Un paisaje no es solamente un conjunto de formas y colores dispuestos según un patrón determinado, como tampoco una melodía es solamente una combinación de sonidos de distintas frecuencias, y el mármol es, a la vez, frío y suave. La información sensorial que recibimos adquiere significado, estamos percibiendo. ¿Cómo ocurre todo esto?

Quizá lo más difícil de imaginar sea que toda la información sensorial que penetra a través de los sentidos (vista, oído, tacto, etc.) viaja a través del sistema nervioso en forma de señales eléctricas; idénticas señales para cualquier tipo de modalidad sensorial. Estas señales seguirán distintas rutas (vías nerviosas) dentro de la médula espinal y del cerebro, alcanzando a diferentes poblaciones de neuronas (núcleos), donde las señales serán relevadas a otros centros nerviosos, y así sucesivamente. Lo que hace distinta, por ejemplo, a una señal ‘visual’ de otra ‘auditiva’, es el camino que recorren y, por tanto, los centros nerviosos sobre los que terminan. Parece claro que, en todos los mamíferos, las señales que conducen las distintas clases de información sensorial alcanzan finalmente una región que ocupa la superficie del telencéfalo, la corteza cerebral. Así, en la corteza cerebral existen unas áreas sensoriales visuales, otras auditivas y otras somáticas. A cada una de ellas llega la información sensorial correspondiente en forma de señales eléctricas, unas de ‘naturaleza’ visual, otras de ‘naturaleza’ auditiva, etc., pero al fin y al cabo señales eléctricas. Por tanto, en las cortezas sensoriales no se reciben ‘imágenes’, ni ‘sonidos’, sino tan solo impulsos nerviosos, con unos determinados patrones espacio-temporales, que provocarán la excitación y/o inhibición de determinadas neuronas corticales, como un reflejo de la activación de los receptores periféricos.

Esto, evidentemente, nada tiene que ver con lo que ‘conocemos’ del mundo que nos rodea, una especie de modelo interior de la realidad exterior. Esta representación interna del mundo exterior es lo que llamamos percepción, algo más complejo que la simple recepción de información sensorial. La percepción es un proceso creativo, construido por el cerebro con las herramientas que le da la experiencia sensorial previa, acumulada a lo largo de toda la vida en cada instante de la vida, por lo que, es de suponer, será diferente de unos individuos a otros.

Los seres humanos somos animales ‘visuales’ por excelencia. Un alto porcentaje de nuestras memorias están basadas en la información visual y, por ello, nuestro modelo del mundo externo está construido sobre una base fundamentalmente visual. Baste como ejemplo señalar que cuando pensamos en algo, lo ‘imaginamos’, es decir buscamos inmediatamente una ‘imagen’ que represente a ese algo en nuestro cerebro. Probablemente sólo los primates ‘vean’ de forma parecida a nosotros. Como no podía ser de otra forma, las áreas de la corteza cerebral implicadas en el análisis de las señales visuales están especialmente desarrolladas en primates y humanos.

La información visual, procedente del exterior, alcanza la retina tras atravesar los elementos ópticos del ojo, donde la imagen se forma invertida. Hasta aquí, el símil con la cámara fotográfica es válido, siendo la retina el equivalente a la emulsión sensible. Las distintas zonas del escenario visual se proyectan a distintas regiones de la retina, estimulando a las células fotorreceptoras. A partir de aquí, el lenguaje es común: luces, sombras, colores, formas, movimiento o posición en el espacio (es decir, los diferentes atributos de la escena visual), son procesados como señales nerviosas que viajan, inicialmente por el nervio óptico, para alcanzar el tálamo dorsal y luego la corteza cerebral (corteza visual primaria). La corteza visual primaria no es la única región cortical implicada en el análisis de las señales visuales (en primates se han descrito más de 20 regiones corticales ‘visuales’). En realidad, la corteza visual primaria solo está ‘dedicada’ a las etapas iniciales del procesamiento visual. Para explicarlo de forma simple, las señales que alcanzan la corteza primaria serán enviadas hacia otras cortezas visuales (denominadas secundarias), donde tiene lugar el procesamiento de aspectos más complejos de la información visual, y posteriormente hacia otras regiones (cortezas asociativas) donde tiene lugar la asociación de los estímulos visuales con estímulos de otras modalidades sensoriales. En estas regiones asociativas se ‘enriquecen’ los estímulos al ‘añadirle’ otras informaciones no visuales. Es en las cortezas asociativas donde realmente se ‘reconocen’ formas complejas o muy complejas como, por ejemplo, los rostros.

El flujo de información entre las cortezas primarias, secundarias y asociativas no es unidireccional, ni sigue un camino único, sino que se establecen múltiples vías de interacción entre ellas. Esto posibilita que las señales ‘visuales’ sean procesadas en múltiples pasos, en cada uno de los cuales se hace más compleja la abstración.

De algún modo, que no siempre es fácil de explicar, las experiencias sensoriales van estableciendo vínculos entre ellas, mediante el aprendizaje y la memoria, de manera que cualquier escenario sensorial se convierte en algo extraordinariamente complejo que el cerebro ‘interpreta’ según su propia experiencia.

Así, por ejemplo, cuando observamos un perro no solamente veremos un objeto con forma, color o movimiento, sino que además sabremos que ladra, puede que muerda y, lo que es seguro, que la mordedura duele.

Esto es la percepción, una especie de cóctel que combina, no siempre en las mismas proporciones, el análisis de los datos suministrados por los sistemas sensoriales, ‘la realidad’ (aunque convenientemente filtrada por nuestro cerebro), junto al recuerdo de los aspectos conocidos de esa realidad, ‘la memoria’, y una cierta cantidad de predicción sobre el futuro inmediato de esa realidad, ‘la fantasía o imaginación’.

Podríamos terminar pensando que realidad solo hay una, aunque interpretaciones de la realidad puede haber tantas como mentes pensantes; es por ello, por lo que nuestra ‘visión’ del mundo que nos rodea es tan absolutamente individual, haciendo bueno ese refrán que dice: ‘nada es verdad ni mentira, sino todo es según el color del cristal con que se mira’.

José Carlos Dávila es Profesor Titular en el Departamento de Biología Celular y Genética de la Universidad de Málaga

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