|
1.- El
poder es esencialmente negativo. En cualquier lugar que se lo
ejerza, de cualquier modo que se lo ejerza este ejercicio será
inexorablemente malo, destructivo y perjudicial.
2.- El
poder pervierte a quien lo ejerce “Estas son pues las lecciones
anarquistas de hoy: la eterna perversión de quienes ejercen el
poder, sean quienes fueren, sean filósofos que se volvieron reyes o
reyes con veleidades filosóficas”.
3.- El
poder produce la división salomónica de la sociedad y del género
humano entre aquellos que lo detentan y aquellos que lo sufren. “Por
un lado, los que tienen el poder, lo ejercen, lo aman, lo desean, lo
reclaman y casi siempre disponen de él; por el otro aquellos sobre
los que se ejerce”.
Esta
visión tan estrecha del poder, que no permite pensar sus efectos
positivos ni su capacidad productora, no puede asociarse ni siquiera
remotamente con el pensamiento foucaultiano. Por el contrario, lejos
de postular un modo original de anarquismo o neo anarquismo Foucault
luchó por la creación de nuevas formas individuales y colectivas de
poder que pusieran en jaque sus modos habituales de realización y
concentración. Este trabajo sostiene la tesis que hoy más que nunca
es necesario repensar las formas de militancia y compromiso con los
otros por él inauguradas: su forma de concebir la práctica militante
signada por una indeclinable resistencia a los poderes, por la
originalidad en la gestación de nuevas microfísicas y por la defensa
de los derechos de las minorías y los Derechos Humanos marcan un
rumbo fundamental en el momento de plantearse una nueva filosofía
política.
En este
sentido el pensamiento foucaultiano se encuentra sosteniendo un
entrecruce de caminos entre la filosofía y la realidad histórico -
social. Quizás haya que entender de este modo aquella frase que
afirmaba ‘todos mis libros deben ser leídos como fragmentos de una
biografía’: si en las obras foucaultianas pueden encontrarse algunos
signos, algunos trazos que remiten a la propia vida de Foucault es
entonces en la vida, en la vida material de Foucault, donde deben
rastrearse algunas rúbricas propias de su obra. Y si su obra ha
señalado nuevas rutas para el pensamiento filosófico occidental, en
lo relativo a la analítica del funcionamiento del poder por ejemplo,
entonces es su propia militancia la que ha señalado nuevos caminos
para la participación política. Tal como lo señalaba a comienzos de
los años ´70, un intelectual no puede convertirse en un consejero de
los demás, no puede erigirse en una conciencia supra universal, no
puede ser el detentador de la verdad (al estilo de J. P. Sartre,
dicho sea de paso). Lo que el intelectual puede hacer es brindar
instrumentos de análisis para una mejor comprensión de la realidad
presente, investigación que requiere necesariamente de la matriz
histórica al menos en algunas de sus dimensiones. “Se trata en
efecto de tener del presente una percepción espesa, amplia, que
permita percibir dónde están las líneas de fragilidad, dónde se han
aferrado los poderes (...), dónde estos poderes se han implantado.
Dicho de otro modo, hacer un croquis topográfico y geológico de la
batalla... Ahí está el papel del intelectual. Y ciertamente no en
decir: esto es lo que debéis hacer”.
Luego
de su ingreso al Còllege de France, Foucault se volcó con suma
decisión a la participación política, en contraste con sus años de
juventud de relativa indiferencia y sólo signados por el
acercamiento al Partido Comunista Francés durante un breve período.
Con el correr del tiempo su distanciamiento con el PCF se fue
transformando en una honda repulsión por el dogmatismo y la
verticalidad, síntomas que percibió impresos no sólo en el ámbito de
la praxis sino incluso en el núcleo de la teoría marxista. De los
años de mayor fermento y ebullición social, sobresalió sin duda su
participación en el Grupo de Información sobre las Prisiones. El GIP
se constituyó con el apoyo y el compromiso efectivo de ciertos
intelectuales de prestigio, tales como Jean Marie Domenach, Pierre
Vidal Naquet y el propio Michel Foucault. A todos los unía una
profunda desconfianza, e incluso desprecio, hacia un sistema que
había abierto las puertas a la ocupación nazi, que había avalado las
violaciones a los derechos humanos en Argelia y que sostenía en ese
momento particular uno de los regímenes carcelarios más retrógrados
de Occidente. Es interesante citar textualmente una parte del
manifiesto fundacional que, en formato de opúsculo, se presentó con
el nombre de Intolerable. “Son intolerables: los tribunales, la
bofia, los hospitales, los manicomios, la escuela, el servicio
militar, la prensa, la tele, el Estado”. Pero como correctamente
afirma Didier Eribon el objeto de fondo lo fueron las prisiones. La
declaración fundacional del GIP denunció duramente un ‘nuevo estado
de cosas’ con respecto al encarcelamiento: “ninguno de nosotros
puede estar seguro de no ir a la cárcel. Hoy menos que nunca, el
control policial de nuestras vidas diarias se hace más estrecho: en
las calles y en las carreteras, sobre los extranjeros y los jóvenes,
una vez más es un delito expresar una opinión; las medidas
antidrogas están llevando a un incremento de las detenciones
arbitrarias. Vivimos el signo de la garde à vue (detención por
averiguación de antecedentes). Nos dicen que los tribunales están
empantanados. Podemos verlos. Pero ¿y si fuera la policía quienes
los hubiera empantanado? Nos dicen que las prisiones están
sobrepobladas. Pero ¿y si fuera la población la que estuviera siendo
sobreencarcelada?”.
Ahora
bien ¿de qué manera se debe luchar contra los mecanismos de
represión, más allá de las movilizaciones, denuncias y acciones
reformistas? Michel Foucault pensaba en ese momento que las acciones
puntuales al estilo del GIP podían llegar bien lejos. Sus objetivos
no se limitaban a producir beneficios o mejoras en las prisiones;
por el contrario buscaban que se pusiese en debate la división
social entre inocentes y culpables a partir de denuncias de la
situación carcelaria elaboradas de acuerdo a informaciones provistas
por los propios presos, familiares, ex convictos y hasta integrantes
arrepentidos del Servicio Penitenciario. Estas informaciones no
perseguían objetivos humanistas ni reformistas; sino que pretendían
ser un ataque directo al corazón del sistema penal vigente que
alcanzase las fibras más íntimas de la sociedad. “(...) el humanismo
consiste en querer cambiar el sistema ideológico sin tocar la
institución; el reformismo en cambiar la institución sin tocar el
sistema ideológico. La acción revolucionaria se define por el
contrario como una conmoción simultánea de la conciencia y de la
institución; lo que supone que ataca a las relaciones de poder allí
donde son el instrumento, la armazón, la armadura”.
A
comienzos de la década del ’70 Foucault dio inicio a su militancia
no como práctica de caridad o de justicia sino con la idea de
generar tantos frentes de batalla donde el combate pareciese
posible. Actualmente sorprende el uso de algunas frases con las que
calificaba la coyuntura histórico - política de entonces tales como
“movimiento revolucionario” o “luchas radicales”, y de ciertos
términos como “proletariado”, “clase dominante”, “sistema
ideológico” y otras por el estilo, aunque en general se expresaba de
esta manera en diálogos y entrevistas para los medios de
comunicación donde la rigurosidad terminológica no siempre estaba a
la orden del día. A menudo Foucault se vio en la necesidad de
explicar sus posiciones políticas en estas entrevistas o incluso
participó en diálogos y debates como los que llevó a cabo con Gilles
Deleuze y con los maoístas de Izquierda Proletaria. En esas
situaciones echaba mano de una prosa encendida, a veces dura y
agresiva, lo que revela no tanto la falta de precisión de un
filósofo profesional sino más bien el compromiso de un pensador con
la urgencia de los tiempos. Son estos años de preocupación por los
grupos inmigrantes de países subdesarrollados (como el caso del
Comité Djellalí), de la creación junto a un grupo de amigos y
militantes de la Agencia de Prensa Libération, del incidente
internacional producido por la condena a muerte de los militantes de
la ETA por el gobierno de General Franco y otros casos semejantes.
Pero
hacia fines de esa misma década y comienzos de la del ’80 Foucault
“se estaba desplazando hacia una arena política dominada por la
disidencia y los derechos humanos”, como afirma uno de sus biógrafos
más importantes. Su militancia se vio orientada a crear y defender
espacios nuevos para las minorías, entre las que sobresale su
preocupación por los grupos homosexuales. Foucault estaba interesado
por gestar una suerte de ‘cultura gay’ a partir de nuevas formas de
constitución de sí mismo que incluyera, entre otras cosas, la
experimentación con el placer. Las líneas de trabajo de El uso de
los placeres y La inquietud de sí proponían, en esencia, ciertas
formas de combate contra el ejercicio de un poder pequeño, sutil y
disciplinario, que operaba no sólo a niveles colectivos sino más que
nada sobre la propia singularidad de los sujetos. La puesta en
cuestión del hedonismo, la conformación de una nueva erótica, la
revitalización de la amistad, la fundación de una política de la
templanza apuntaban a un proyecto de envergadura que pretendía
marcar rumbos para construcción de una reflexión sobre el individuo
soberano. Todo este propósito guiado por el estandarte estoico de
hacer de la propia vida una obra de arte, en donde ética, estética y
existencia quedaran fuertemente comprometidas. En consonancia con
estos temas Foucault desarrolló una honda preocupación por el avance
arrollador de los poderes del Estado sobre los derechos de los
ciudadanos, situación que resumía con su postulado “Frente a los
gobiernos, los Derechos Humanos”.
Es
interesante rescatar los orígenes de esta declaración. El texto fue
leído en julio de 1981 en Ginebra en una conferencia de prensa en la
que se anunciaba la creación de un Comité Internacional para la
defensa de los DD HH (aunque recién fue publicado por primera vez en
Libération el 1 de julio de 1984). Los corredores del recinto se
encontraban repletos de fotografías gigantes de refugiados políticos
de países orientales los cuales, bajo condiciones paupérrimas,
pugnaban por ingresar en las naciones protectoras. Foucault se había
hecho presente junto a algunos integrantes de la asociación Médicos
del Mundo; redactó su intervención rápidamente y la leyó a la
conferencia sin ninguna corrección. “Los aquí reunidos somos
únicamente hombres privados que para hablar, para expresarse juntos
no poseen otro título que una cierta dificultad común para soportar
lo que está pasando”. A continuación enumeraba tres principios que,
a su juicio, debían ser fundamentales para llevar a cabo esta
iniciativa. Resumidamente proponía:
La
existencia de una ciudadanía internacional que, con sus deberes y
derechos propios, asume el compromiso de alzarse contra todo abuso
de poder sea quien fuere su autor y sean quienes fueren sus
víctimas.
Uno de
los deberes de esta ciudadanía internacional consiste en mostrar a
los gobiernos los sufrimientos de los hombres, ya que en definitiva
ellos son responsables por tales sufrimientos.
Los
individuos particulares tienen derecho a intervenir efectivamente en
el orden de la política y las estrategias internacionales. La
voluntad de los individuos debe inscribirse en una realidad que los
gobiernos han pretendido monopolizar, pero que hay que socavar día a
día.
Estas
palabras estarían destinadas a una realidad más inmediata y
comprometida unos pocos meses más tarde. En diciembre de 1981 las
fuerzas armadas de Polonia dieron un golpe de estado declarando el
‘estado de guerra’ e imponiendo la ley marcial contra todo
sospechoso. Los líderes de la oposición fueron arrestados (sobre
todo del movimiento sindical Solidaridad) y se montaron importantes
dispositivos de control en las principales ciudades del país. El
silencio con que recibió estos hechos el gobierno socialista de
François Mitterrand fue notable. Más tarde expresó la esperanza de
que los polacos resolvieran la crisis sólo por sí mismos y se
deshizo en excusas argumentando en base al Principio de no
intervención de los pueblos. Por su parte, Foucault no se iba a
quedar quieto. Junto a Pierre Bourdieu redactó un texto de protesta
que fue publicado por completo en Libération y fragmentariamente en
Le monde al que adhirieron unos cuantos intelectuales y hombres de
la cultura francesa. A partir de este hecho comenzó una verdadera
avalancha de peticiones, cartas abiertas y declaraciones en contra
del régimen de facto polaco y de la pasividad (o complicidad) del
gobierno francés. Nombres conocidos y desconocidos, de artistas y
universitarios, líderes sindicales y religiosos expresaron su
indignación por la prepotencia militar y por el silencio cómplice de
los sectores dirigentes. Una vez más los gobernados hacían suyo el
derecho de alzarse contra los gobiernos; una vez más los individuos
se levantaban contra todo abuso de poder. Rápidamente estas
declaraciones ganaron la simpatía de la mayor parte de la población.
Como corolario se organizó una movilización de repudio que congregó
en las calles de París a más de 50 mil personas.
Para
finalizar ¿por qué el pensamiento y la vida material de Michel
Foucault pueden ser entendidos como un aporte a la reflexión
política? ¿De qué modo pueden ser interpretados hoy en día su
militancia y compromiso con los otros? ¿Qué entiende Foucault por
‘política’? Invirtiendo la sentencia de von Clausewitz Foucault
piensa que la política es la continuación de la guerra por otros
medios. Si es evidente que las relaciones de poder existentes en una
sociedad constituye el dominio de la política, pero que a la vez una
política es una estrategia más o menos global que intenta coordinar
este tipo de relaciones entonces:
1.- Es
necesario plantearse la tarea de investigar a fondo el tejido
reticular que constituye las relaciones de poder. Esto equivale a
afirmar que el análisis y la crítica políticos se deben inventar y
reinventar día a día.
2.- Es
urgente poner en marcha nuevas estrategias de acción que permitan a
la vez modificar estas relaciones de fuerza e imprimir esas
modificaciones en la realidad social. Se trata de llevar a cabo
nuevos esquemas de participación y compromiso político
Fuente
Revista peruana de filosofía |