Ciencias Políticas
La significación política de la Radio y la Televisión
Raymond Aron

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Raymond Aron Vida y Obra - Teoría de la Integración de Karl W. Deutsch: Análisis y Aplicación - Burguesía, Pequeñoburguesía y Proletariado León Trotsky - Teoría política de Raymond Aron

Presentación

El presente texto, reproducido por la revista Mediaspouvoirs número 6, de marzo de 1987, bajo el rubro Analyses (Les Classiques de la Communication) transcribe una conferencia de Raymond Aron dictada en 1957 acerca de la significación política de la radio y la televisión. No se trata únicamente de la opinión personal del gran politólogo y filósofo francés, permanente contrincante intelectual de Jean Paul Sartre, sino de un análisis de los medios de comunicación en diferentes regímenes políticos (Inglaterra, Estados Unidos, Francia, países totalitarios) a la luz de los estatutos jurídicos y, sobre todo, de las prácticas observadas en cada uno de ellos. Es, desde la perspectiva actual, un documento histórico de primer orden, tanto más que aborda experiencias novedosas en el plano político de la televisión. Corresponde al lector confrontar estas primeras aproximaciones al uso político de la radiodifusión con la realidad actual tanto en los países analizados por Raymond Aron como en México. Concretamente, valdría la pena reexaminar las ideas del autor respecto a la objetividad de los medios de comunicación en el contexto sociocultural y político de cada uno de los países.

Dado que el texto es una trascripción de la conferencia dictada por Raymond Aron, conserva el estilo coloquial propio de esta forma de expresión, lo que origina una dificultad en su con figuración escrita en el momento de la traducción.

Cuando meditamos acerca de la significación política de la radiodifusión nos vienen a la mente innumerables y obsesionantes recuerdos. En efecto, nos resulta difícil despojar de su dimensión radiofónica tanto los hechos que hemos vivido como cualquiera de los grandes acontecimientos de nuestra época. Así, Hitler resulta inconcebible si no nos percatamos de la repercusión de sus estrepitosos alaridos a través de las ondas hertzianas. También, los años de guerra -durante los cuales los pueblos sometidos sólo se pudieron relacionar con el mundo exterior gracias a la radiodifusión- siguen profundamente marcados por el hecho de que la palabra está presente hoy día y en todas partes, a pesar de que los emisores desconocen a sus interlocutores. Igualmente, la voluntad de cortina de hierro de ciertos regímenes para impedir que la palabra de otro universo cultural franquee su línea de demarcación se ha visto abatida, por así decirlo. Este esfuerzo por detener la palabra se evidenció inevitable e ineficaz a la vez por parte de estos regímenes, ya que las ondas hertzianas lograron penetrar a pesar de todo.

De ahí que la verdadera dificultad del tema a tratar no sea precisamente la de despejar el sentido político de la radio, sino la de hablar acerca de su especificidad. En cierto modo, toda la política actual se ve afectada por el hecho de que no solamente escuchamos lo que sucede sino, gracias a la televisión, también somos testigos oculares de los acontecimientos.

Para tratar de abarcar lo esencial y para analizar la influencia de la radiodifusión, tomaremos como punto de partida una idea por demás trivial, en el sentido de que una de las características de las sociedades modernas es la de que sus gobiernos están condenados a hablar, a explicarse. No pueden pasar por alto ni la justificación ni la discusión sobre lo que hacen o dicen, si consideramos que en la actualidad toda política es un diálogo interminable.

Se nos podría objetar que ese carácter "dialógico" de la política no es exclusivo de nuestra época, pues es obvio que nunca hubo política que comportara tantos diálogos como la ateniense, comprobado a través de la obra de Platón y de la del historiador Tucídides, autor de infinidad de discursos cargados de gran significación.

Sin embargo, el diálogo en las sociedades modernas consiste particularmente en que la palabra de los gobernantes se dirige a todos, a diferencia de la palabra ateniense, que sólo se difundía a una minoría de ciudadanos dedicados a la guerra, que no trabajaban y que disponían de tiempo libre. Ahora bien, el diálogo político en las sociedades modernas, tiende a hacerse extensivo a todos los hombres y, en este sentido, se vuelve universal y convierte a la ciudadanía en ciudadanos activos.

Para comprender mejor lo que queremos decir con respecto a esta necesidad de hablar, es conveniente recordar algunas tentativas llevadas a cabo por el régimen de Vichy. En la primera fase del gobierno del mariscal Petain, los tradicionalistas estimaban que la discusión política y constante de las ideas era perniciosa, pensaban que sólo los gobernantes debían reservarse esa exclusividad, cuando se trataba de tomar medidas y cuando tenían que justificarse.

Para ilustrar mejor este caso, citemos el ejemplo de Charles Maurras cuando escribía a propósito del colaboracionismo. En uno de sus textos famosos justificaba acertadamente este rechazo por la polémica; alguien le preguntaba: "¿Está usted de acuerdo en colaborar con los alemanes?" Y respondía: "No". "¿Está usted en contra?" Respondía de la misma manera: "No, gracias al cielo, ya no estamos en la época en que los gobernantes tenían que justificarse ante sus gobernados y explicarles lo que hacían o dejaban de hacer".

No faltaba esa clase de argumentos en favor de esta negativa en un país ocupado. Sin embargo, los gobernantes durante la ocupación no pudieron sostener esta postura. ¿Por qué? Por el simple hecho de que ya existía la radiodifusión y ellos tenían la obligación de dirigirse diariamente a todos, además de que no podían dejar de dar una interpretación de sus acciones. Fue entonces cuando surgió un equívoco irresoluble: dado que los gobernantes que hablaban a los franceses se encontraban bajo el control de los alemanes, para la ciudadanía no fue claro quién disponía realmente del micrófono.

Se nos puede hacer una segunda objeción cuando hablamos de la política como sinónimo de discusión: ¿acaso la política diálogo no se ha originado gracias al sistema parlamentario?; ¿acaso tampoco existió el diálogo en los Parlamentos en los siglos XIX y XX mucho antes de la aparición de la radiodifusión? y, ¿no es cierto que el verdadero diálogo se desarrolla fuera de la radio entre los parlamentarios o entre éstos y los gobernantes?

El Tercer Hombre

Ni por un momento pondríamos en duda el hecho de que el origen de la discusión política, en los regímenes modernos, se encuentra efectivamente en el Parlamento, pero pensamos que la radiodifusión agrega al diálogo un interlocutor esencial en todos los regímenes políticos. En efecto, en el régimen democrático se desarrolla un doble diálogo, a saber, el que se da entre los electores y el de éstos con los gobernantes. Ahora bien, en todos esos diálogos existe un tercer hombre llamado el elector. Este elector no puede ser excluido del diálogo parlamentario, precisamente porque existen instituciones admirables o satánicas que le hablan al conjunto de los ciudadanos todos los días.

Incluso en los regímenes totalitarios no es posible ese tercer interlocutor. Para nosotros, un régimen totalitario es esencialmente aquél donde los gobernantes quieren reservarse el monopolio de la palabra legítima y el monopolio de los medios publicitarios, declarando, al mismo tiempo, que su palabra, su justificación de los hechos y su interpretación son las únicas verdaderas.

El monopolio de la palabra legítima comprende el de la radiodifusión y el de la televisión por parte del Estado. Afortunadamente, la radio proporciona a los gobernantes un poderío insospechable pero limitado debido a la presencia de ese tercer hombre, que es a la vez un intruso. Entre Hitler y los alemanes se deslizaba un tercer hombre: la radio inglesa. También entre los gobernante húngaros y los habitantes de 1956 a 1957 se interponía otro tercer hombre: todas las radios extranjeras que hablaban entonces de la insurrección del pueblo húngaro.

Ahora quisiera hablarles de la significación política de la radiodifusión en- los regímenes democráticos, es decir, la que incluye al elector-tercer hombre, en primer término, para después referirme a los regímenes totalitarios, a saber, los que comprenden al tercer hombre intruso.

Para hablar de la radiodifusión en los regímenes democráticos, nos vemos en la necesidad de analizar dialécticamente los términos de educación, propaganda y libertad, aunque quizá suene pedante.

Es incuestionable que toda radiodifusión democrática se basa en el compromiso de conciliar las exigencias en los planos de la educación, la propaganda y la libertad. En el caso ideal, la radio debería ser educativa, pero si es demasiado educativa, se convertiría en propaganda y, de ser así, dejaría de ser libre.

Probablemente ustedes conocen una fórmula célebre y perspicaz que, a propósito de la política, Paul Valéry escribió en alguna parte: "la política ha sido durante siglos el arte que impide a los hombres se inmiscuyan en lo que les atañe; luego, en nuestra época ha llegado a ser el arte de interrogarlos sobre lo que ignoran".

La información requerida para emitir un juicio

La democracia es, según la definición de Valéry, el arte de interrogar a los hombres sobre aquello que ignoran. Cabría preguntarse qué es lo que hace la radiodifusión en un régimen democrático. Existen dos respuestas posibles: o bien la radio trata de enseñar a los hombres lo que es necesario para responder razonablemente y con conocimiento de causa a las preguntas planteadas por el régimen y, en este caso, hablamos de la radio educativa; o bien, la radiodifusión se empeña en dictar a los radioescuchas la respuesta correcta, ya sea disimulando ciertos elementos del problema, ya sea imponiendo por la fuerza de la obsesión una única respuesta, es decir, una respuesta dictada que después se convierte en propaganda. Entonces la radio educativa sería aquella que falsearía la fórmula de Valéry, pues permitiría dar a conocer a los hombres, en caso necesario, la respuesta inteligente para responder a las preguntas que se les plantearan.

Si se consulta a los profesionales de la radio acerca de la función de la radiodifusión en una democracia, en la respuesta de todos no habría titubeos: la radio tiene la función de enseñar a los hombres lo que es necesario saber para responder inteligentemente a las preguntas de la democracia; entonces, la primera exigencia sería proporcionar a los radioescuchas todas las informaciones necesarias para conocer los problemas; en segundo lugar y en un nivel superior, ofrecerles la información política para juzgar los problemas y, en tercer lugar, dado que la política es esencialmente un diálogo, si consideramos que no hay ciencia capaz de decirnos lo que tenernos que hacer en determinada situación, será necesario presentar a los radioescuchas todos los argumentos favorables frente a posibles soluciones bajo una forma impecablemente objetiva, es decir, sujeta a la discusión.

Idealmente, la radiodifusión democrática debería ser objetiva en cuanto a la información, científica en lo relativo a la educación y libre cuando se trate de la discusión.

Si la radiodifusión se sujetara a este ideal, pensamos que estos tres conceptos deberían corresponder a la práctica, pero de hecho, ninguna radio responde completamente a esas exigencias. Sin embargo, en la práctica se pretende alcanzar este ideal dependiendo de la especificidad de cada una de las organizaciones prevalecientes en los distintos países.

1. En todos los países democráticos existe una organización cuyo objeto es limitar la influencia gubernamental sobre la radiodifusión. No obstante, en teoría, mientras mayor sea ésta, el aspecto de la propaganda es más acentuado. Ahora bien, el hecho de privilegiar a un solo partido sería contradictorio frente a lo que debe ser una radiodifusión democrática, por lo que cualquier estatuto reglamentario de la radio debe eliminar toda posible influencia propagandística del gobierno en función y, en caso de no poder hacerlo en forma radical, ésta tendrá que reducir su acción a expensas de la objetividad de la información o del carácter científico de las charlas o conferencias educativas, e incluso tendrá que sacrificar el marco de libertad de las discusiones políticas.

Debido a que los gobernantes representan sólo a uno de los partidos en disputa por el ejercicio del poder y por ser los virtuales opositores del mañana, es obvio que, según los intereses del bien común, los ministros no puedan someter la radio al servicio de su partido o sus ideas.

2. Todas las organizaciones democráticas de la radiodifusión tienen como objeto garantizar la pluralidad de las opiniones en la radio y la televisión, Así, en todas las democracias occidentales, una vez llegado el momento de las elecciones se distribuye el tiempo disponible entre los diferentes partidos. Esa asignación de tiempos es una especie de demostración simbólica de la objetividad de una radiodifusión que, antes o después de las elecciones no llega, la mayoría de las veces, a alcanzar el ideal de la democracia. Me refiero a algo parecido al show window de los ingleses, que pretende convencer al público de que la radiodifusión pertenece a todos y a ninguno.

Es necesario ser justos y reconocer que no sólo es el gobierno el encargado de la propaganda -en realidad ésa es su función sino que la existencia de dos fuerzas sospechosas nos lleva a pensar que están directamente inmiscuidas en una acción política dentro de los medios de comunicación. Si se nos permite, diremos que los primeros son nada menos que los periodistas (pedimos disculpas a los amigos dedicados a la radio por lo que acabamos de decir). Estamos seguros de que no develamos ningún misterio al afirmar que hemos visto, en muchas ocasiones, al personal de cierto noticiero televisivo literalmente ahogado debido a las presiones ejercidas por cierto partido político. Ahora bien, pensamos que para ser periodista no se deja de ser hombre; tampoco se trata, por ningún motivo, de que los periodistas de la radio escapen a las presiones políticas que animan a los simples mortales.

Pasemos entonces a considerar una segunda categoría de sospechosos representada por lo que en Francia se denomina "las fuerzas del dinero" o "los grupos de intereses". En efecto, ahí donde existen varias cadenas radiodifusoras de propiedad privada o alquiladas por organismos económicos, es claro que sus dueños o financieros ejerzan, en algún momento, cierta presión sobre los trabajadores de la radio. Desafortunadamente, no se pueden tomar en forma simultánea todas las precauciones para evitar toda clase de influencias. Si se quiere limitar la presión del Estado en favor de las organizaciones privadas, es posible lograr la reducción de la propaganda gubernamental pero se corre el riesgo de aumentar la de las fuerzas del dinero. Si los periodistas gozaran de un estatus de independencia absoluta, entonces la influencia del gobierno sobre ellos podría limitarse, pero no se sabría qué uso harían de su autonomía.

En todo caso, no hay solución perfecta, pues por definición toda radiodifusión lleva en sí el riesgo de la "politización". No obstante, en todos los países democráticos los reglamentos tienden a limitar ese riesgo buscando ciertas fórmulas que, evidentemente cambian según los países.

El caso británico

En Francia, el caso británico es considerado como el ideal, puesto que la radiodifusión es un servicio público que goza, en gran medida, de independencia respecto del gobierno.

La BBc tiene una tradición de objetividad más fácil de mantener que en Francia para crear un organismo análogo. Por un lado existen en Inglaterra reglas de objetividad más claras respecto de la prensa escrita que en Francia. Los británicos tienen un principio que no siempre aplican, pero que, de todos modos, gobierna sus acciones. Nos referimos al principio de la discriminación rigurosa establecida entre la noticia y el comentario que se hace patente al momento en que el periodista presenta los hechos olvidándose de sus preferencias.

Si comparamos la reseña periodística de una sesión de la Cámara de los Comunes publicada en un diario inglés y otra de la Cámara de Diputados en un periódico francés, en este último salta a la vista su tendencia política. Si procediéramos a recortar cualquier reseña y la presentáramos con el objeto de preguntar a la gente a cuál de las publicaciones pertenece (Le Monde, Le Figaro, Libération, l'Humanité, etc.) su respuesta acertaría sobre la tendencia política del redactor aun cuando no diera el nombre del periódico.

En varias ocasiones hemos preguntado a los directores de los diarios acerca de los matices manifiestos en las reseñas periodísticas y su respuesta ha sido: "al público francés no le gustan las reseñas carentes de pasión". Consideran que el tono de una reseña expresado a través de ciertas preferencias no equivale precisamente a una falta de objetividad sino a una forma de darle vida al-relato.

Se puede estar de acuerdo en que una reseña escrita con cierta orientación no resulta tan aburrida como una noticia redactada con neutralidad pero, en este caso, es difícil establecer la diferencia entre la presentación de los hechos y el juicio emitido sobre ellos.

Nos referimos nuevamente ala BBC, la cual estimula más la diferenciación entre una información y un comentario qué cualquier locutor (le tin noticiero radiofónico o televisivo francés. En este caso no se trata de tin reproche dirigido a mis compatriotas, porque estamos conscientes de que ese asunto responde a la necesidad a la que se ven sometidos o a tin hábito nacional al cual no pueden escapar.

Agreguemos que la BBC. respeta otras reglas conocidas en Francia, relativas a los privilegios instituidos por el Parlamento La radiodifusión constituye tina especie de rival para la institución donde los representantes del. pueblo discuten grandes cuestiones políticas. Actualmente existe ya otro espacio donde también se favorece el debate de los asuntos políticos; nos referimos a la radio y a la televisión, cuya regla establecida y respetada consiste en que las discusiones de orden político deben ventilarse antes que nada en el Parlamento, por lo que Ia BBC no puede organizar ningún diálogo con los parlamentarios sobre estos temas sin haberlos debatido con antelación en Westminster.

Efectivamente el Parlamento perdería prestigio si las verdaderas discusiones se llevaran a cabo frente al micrófono o ante las cámaras de televisión, es decir, frente a los ojos y oídos de todo el mundo.

En resumen, la BBC es, en teoría, objetiva en la información y equitativa en la asignación del tiempo a los partidos políticos en los períodos de lucha electoral evitando, en la medida de lo posible, orientar su acción en favor del partido en el poder en tin momento dado.

De hecho, en Gran Bretaña hay pocas controversias sobre el papel de la radio. En general, los dos partidos se muestran conformes en lo concerniente a la objetividad de la información, a la equidad y a la pluralidad de opiniones manifiestas en la BBC.

Pero la realidad es distinta, pues los logros de la BBC no se deben precisamente a su organización jurídica sino a otras causas, En el fondo, raramente explotan desacuerdos violentos entre los partidos políticos y, de surgir alguno, se cuestionaría el papel de esta radiodifusora. Tomaremos como ejemplo los acontecimientos relativos a la expedición inglesa hacia el canal de Suez. La BBC se empeñó en presentar los hechos de una manera rigurosamente objetiva, sin demostrar preferencia alguna por el partido que había decidido dicha expedición, ni por aquéllos que en ese entonces la habían criticado.

A pesar de ello, algunos tuvieron la impresión de que la BBC se inclinaba con cierta prudencia hacia el lado del gobierno. El gran debate político cuestionó la objetividad, la equidad de la in formación y los comentarios de la BBC sobre este asunto.

Además la polémica se agudizó cuando el ministro de Relaciones Exteriores de la Gran Bretaña nombró a un funcionario encargado especialmente de las relaciones entre la BBC y el Foreign Office, desencadenando una campaña periodística. ¿Acaso no fue éste un medio sutil del gobierno para influenciar esta cadena de radiodifusión?

De este modo, mientras más violentas sean las querellas entre los partidos, es más difícil respetar los principios de una radiodifusión democrática tal y como los hemos planteado. En efecto, cuando existen partidos extremistas, en difícil saber, aun en teoría, en qué consisten las reglas democráticas.

Prácticamente en Inglaterra no existe un partido comunista puesto que no hay un solo diputado comunista. Evidentemente sí lo hay, pero está constituido por algunos miles de militantes y la BBC no se ve en la necesidad de darles la palabra para respetar las reglas de la honestidad representada a través de las opiniones. Tampoco existe un partido de extrema derecha; por lo que, mientras menos extremistas sean los partidos, es más fácil garantizar la libertad y la objetividad en forma simultánea, además de que de este modo se reduce el riesgo tanto de transformar la radio en un foro manipulado tomando cualquier debate como pretexto para prácticas violentas y poco educativas.

Agreguemos que el sistema británico de radiodifusión no es una fuerza autónoma que gracias al sistema político logra cierta neutralización de los medios. Así, la política consiste sobre todo en la emisión de información, en la presentación de conferencias más bien educativas que propagandísticas, y de charlas, la mayoría de las veces presentadas muy cortésmente donde los interlocutores expresan necesariamente sus opiniones (sin lo cual el diálogo sería imposible), pero cuyas divergencias no pueden sobrepasar un límite razonable. En conclusión, los radioescuchas británicos no se hacen a la idea de que todo funciona a la perfección, sino que llegan a la convicción de que con buena voluntad cualquier acuerdo es posible. La radio británica es un modelo de democracia sin ser un poder suplementario agregado al Parlamento o a la prensa.

Se dice que el sistema de la BBC es perfecto, aunque se trata más bien de la perfección de un género en el sentido de una modalidad de la radiodifusión democrática consistente en su neutralización, por lo que está lejos de ejercer cualquier influencia determinante sobre el curso de la política. Ella se agrega como medio de expresión suplementario al juego tradicional de los partidos sirviéndose moderadamente de sus recursos y por eso es obvio que nada esencial haya cambiado en el funcionamiento del sistema democrático inglés.

El caso norteamericano

Nos parece que la solución norteamericana se sitúa en el extremo opuesto. Esta radiodifusión es democrática pero eso no quiere decir que sea neutra. El sistema democrático tiende a respetar el principio de libertad, al menos el de la pluralidad, pero tiende también a dejar que la radiodifusión sea una fuerza relativamente independiente, comparable a la de la prensa.

En Estados Unidos existen múltiples cadenas en manos privadas. Los periodistas más importantes, llamados columnista, de las radiodifusoras, son comparables a los de los diarios, exagerando incluso ciertas características de la prensa escrita norteamericana.

Es probable que todos ustedes conozcan el nombre del famoso columnista de la prensa radiofónica especialista en predicciones y a quien se le anunciaba así: "ahora van ustedes a escuchar al famoso columnista cuyas predicciones han acertado en un 83%". Quizá nos equivoquemos en cuanto al número; lo importante en este caso es destacar el estilo que, por otra parte, es inconcebible en Gran Bretaña.

Mientras que la radio norteamericana se esfuerza por lograr popularidad a toda costa, la radio inglesa se empeña en preservar su tono de dignidad. De tal modo, la radiodifusión norteamericana admite de buen grado lo que llamamos en Europa "la vulgaridad" casi siempre desdeñada por los ingleses. También la radio norteamericana, al dirigirse a millones de personas, ha creado un estilo particular de periodismo político adaptado directamente a la televisión.

Convendría preguntarse si esta forma se sujeta a los principios que la radiodifusión democrática tal y como los hemos definido el inicio de esta conferencia.

En cuanto al ideal de libertad, la radio en Norteamérica es indiscutiblemente democrática; incluso aún más que la inglesa, pites esta última implica prácticamente -un monopolio estatal neutralizado por los partidos, siendo en el fondo un monopolio de Estado. En cambio, en Estados Unidos, la radio es democrática según la concepción norteamericana, lo que equivale a decir que es plural, pues otorga gran posibilidad e influencia a múltiples grupos. En realidad, esta democracia está basada en el régimen de competencia, o mejor dicho, de abierta competencia inherente a cada partido y al sistema político en general.

La radio norteamericana comparte el mismo principio de libré competencia que se da en cada partido o entre diferentes partidos políticos, por consiguiente, la administración estatal puede hacer uso de la radiodifusión sin rebasar las prerrogativas de los grupos privados.

En este sentido conocemos, por ejemplo, la influencia que ejercieron las charlas por radio del presidente Roosevelt. difundidas semanalmente. Hasta la fecha, el presidente de Estados Unidos puede dirigirse al conjunto de la opinión pública por radio y televisión, sin ninguna dificultad. Igualmente, cualquier partido puede comprar espacios en los medios audiovisuales.

Sin embargo, este tipo de organización presenta tina doble problemática. Por tina parte, es posible preguntarse en qué medida los grupos económicos poseedores de cadenas de radio y televisión, imponen su voluntad a los informadores de los medios Creemos que, en la práctica este riesgo es más limitado de lo que se piensa y no se debe precisamente a la. organización jurídica sino a. las prácticas consuetudinarias. Tanto los dirigentes como los dueños de las cadenas de radio y televisión otorgan a los reporteros y comentaristas una libertad bastante amplia. Tomemos un ejemplo válido tanto para la prensa escrita como para la radiofónica. Un columnista norteamericano puede escribir citando un periódico republicano cualquier artículo favorable al partido demócrata debido a que él no se siente responsable de las opiniones del diario, ni éste de las del periodista.

Precisamente ahí radica la libertad de la cual carecen los columnistas franceses y que tanto envidian a los norteamericanos Evidentemente en Francia no se da el caso de opiniones contrarias a la línea oficial del periódico, en cambio, es -muy posible que el periodista se rehúse a tratar tenias con los cuales difiere su diario.

Por otra parte,. los periódicos liberales se inclinan tanto a la derecha como a la izquierda dejando a sus colaboradores, por lo menos a los de mayor prestigio, tin margen de libertad según su línea bajo la condición de no sobrepasar cierto límite.

Un segundo riesgo consistiría en lo relativo a las posibilidades del uso del tiempo de la palabra en forma desigual puesto que su concesión depende directamente del dinero. No hay duda que las oportunidades para dar la palabra en los medios no se reparten equitativamente, pues se necesita dinero para comprar el tiempo y no todos los partidos poseen igual riqueza.

El estilo de la radiodifusión norteamericana no es precisamente el de ser un servicio público neutralizado, sino más es pluralista en la medida en que existe una propaganda numerosa no tan exenta de cierta virtud educativa. De hecho, la pluralidad en las mentiras, en el peor de los casos, tiene por lo menos el inédito de inspirar cierto escepticismo sobre cada tina de ellas, además, por el simple hecho de que los medios acepten una pluralidad de opiniones, se excluyen muchas mentiras. Sólo pueden ser dichas algunas cosas bajo la condición de que nadie sea capaz de responderlas. La pluralidad, en un sistema de radiodifusión política, crea una dimensión de libertad, generándose con -ella una dimensión educativa Esta última varía, pues no basta con oír discursos contradictorios para lograr que el auditorio se instruya.

Con lo anterior tocamos otro punto, nos referimos concretamente a la capacidad educativa de la radio, dependiente más bien de la buena voluntad de los radioescuchas que de las intenciones de los emisores A fin de cuentas, desde la aparición de la radio, las cadenas radiofónicas y televisivas han provocado la exigencia de ser escuchadas, de este modo según sea la forma o el estilo de -hablarle al auditorio, se tiene o no la posibilidad de aceptación. De buena gana sostenernos la teoría de que el riesgo más peligroso. que corre la libertad de prensa proviene de los lectores, quienes al dar de baja sus suscripciones, sólo consiguen que los periódicos caigan en el conformismo.

De la misma manera, los deseos de los radioescuchas no hacen más que limitar la acción educativa de la radio, pues creemos que los locutores se inclinarían de buena gana hacia los discursos educativos si estuvieran seguros de ser escuchados, lo que nos lleva a afirmar que la educación del público depende tanto de la cultura general de la nación como de la radiodifusión en sí.

La solución francesa

Esta tercera solución es la más fácil de definir en vista de que no se trata ni de la propuesta de la BBC ni de la norteamericana. El planteamiento francés no se ha formulado a partir de un estatuto legal, por lo que su realidad es conocida solamente a través de los que están inmersos en ese campo de trabajo. Si dijéramos todo lo que pensamos en este momento, nos arriesgaríamos a desencadenar una serie de dificultades a los colegas que nos han invitado a esta conferencia.

Teóricamente, los franceses quieren orientarse hacia la solución británica pero, seguramente, son más hostiles a la pluralidad de opiniones del capitalismo, manifiesta en las cadenas de radio y televisión, que al monopolio instaurado por los ingleses en un marco de neutralidad.

Si se diera a escoger a los diputados, a los periodistas, al gobierno y, por qué no, a los electores -aunque a estos últimos no estoy tan seguro pero, en fin, a los tres primeros- la opción se inclinaría en favor del régimen británico. Actualmente los franceses ponen a prueba la práctica inglesa sin ningún fundamento legal, incluyendo ciertas intervenciones del gobierno pero sin caer en la neutralización. Consideramos que no basta con expresarse en una votación para el establecimiento de un marco jurídico capaz de resolver el problema, sino que la primera exigencia que se nos presenta debería ser precisamente la de la creación de dicho marco.

Suponiendo que existiera un reglamento francés de la radiodifusión, obviamente éste correría el riesgo de que, una vez constituido, se buscara la forma de eludirlo con el mismo despliegue de ingenio con el que fue creado.

El caso francés es básicamente diferente del inglés porque los ingleses carecen de partido extremista, en cambio, nosotros casi nunca hemos tenido un partido moderado. De esta forma, sería más fácil asegurar una radio neutralizada pues estaría compartida entre dos partidos moderados empeñados en obtener el mismo resultado.

Si hablamos de partidos moderados, podemos decir que, desde los socialistas hasta los independientes no tendrían dificultades para expresarse debido a la inexistencia de una regla de rigurosa proporcionalidad aplicable solamente a los períodos electorales. En general, se toleran las discusiones libres; decimos que en general porque hay etapas donde el gobierno es más susceptible cuando se tratan problemas candentes.

En principio de cuentas, el sistema es impugnable porque no se trata ni del pluralismo norteamericano ni del monopolio neutralizado de los ingleses.

Al fin y al cabo, nos orientamos hacia una reglamentación al estilo británico, pero interpretado de manera algo diferente en razón de las prácticas habituales de los periodistas y de las pasiones de los radioescuchas. Se trata, por así decirlo, de un monopolio neutralizado, cuya neutralidad se verá empañada por las pasiones de unos y otros dentro de cierto clima de amabilidad en medio de la anarquía.

A manera de conclusión nos preguntamos si todavía es necesario definir la radiodifusión bajo el régimen democrático, aunque también cabría cuestionarse sobre el papel de los medios como proveedores de respuestas ante los interrogantes o, si en realidad son ellos los que las dictan.

Como siempre, la verdad está a medio camino, pues es imposible afirmar que la radio de cualquier país sea capaz de hacer algo para darnos una respuesta. De todos modos, el ciudadano común y corriente de los Estados Unidos, de Gran Bretaña o de Francia conoce mejor los problemas que se le plantean gracias a los medios de difusión que lo que ha sabido en el pasado. La radio entonces hace parecer como falsa la ocurrencia de Valéry porque interroga a los ciudadanos sobre cuestiones cuyos datos ya no les son desconocidos por completo. Para el caso, pecaríamos de optimistas si dijéramos que estos ciudadanos manejan los datos cada vez mejor.

No obstante, es muy posible que algunos radioescuchas quieran que la respuesta les sea dictada, después de todo, no estamos tan seguros de que el ciudadano desee fervientemente decidirse por si mismo. Mientras tanto, digamos que la radio es ampliamente informadora y que no es más educativa porque hasta el momento no ha encontrado una fórmula para educar sin ser tediosa. Se sabe que el filósofo francés Alain escribió: "El que enseña bien tiende a ser aburrido también", por la tanto, sólo los buenos maestros son tediosos; pero si nosotros mismos estamos tan seguros de la veracidad de esta teoría, aunque exista el riesgo, sobre todo para la radio, de volverse aburrida cuando quiera ser demasiado educativa. De lo que sí estamos seguros- es de que no toda la radio corre este riesgo con frecuencia.

La radio bajo los regímenes totalitarios

Ahora nos referiremos a la radiodifusión bajo un régimen totalitario entendiéndose los límites del mismo.

El régimen totalitario pertenece a la era de la radiodifusión siendo al mismo tiempo su expresión y su negación, Bajo tin régimen totalitario, el Estado se reserva el monopolio de los Incidíos de la palabra, pero éste es en sí mismo contradictorio en razón de la ubicuidad de la radio, por lo que, en este caso, tin Estado plenamente totalitario debería ser planetario.

Para que exista un régimen totalitario debería haber una sola radio en la superficie del planeta, sólo así los gobernantes serían los únicos en el mundo junto con su pueblo y tendrían realmente la exclusividad de la palabra legítima. Estamos seguros de que ningún país está solo en el mundo, prueba de ello han sido las dos grandes experiencias que hemos tenido: por tin lado, la presencia del extranjero en el diálogo entre gobernantes y gobernados y, por otro, la ocupación de Europa y los países del otro lado de la cortina de hierro, por lo menos hasta la frontera con la Unión Soviética, donde la radio occidental ha penetrado aunque con mayor dificultad.

Es bien conocido el papel desmesurado que jugó la radio durante la guerra. La radio londinense llegó a ser en Francia una realidad política mucho más poderosa que el mismo gobierno oficial instalado en Vichy o que la misma radio alemana En este caso, lo que denominé el tercer hombre en las páginas anteriores cobra sentido, pues había algo casi burlesco en el esfuerzo realizado por los alemanes para reservarse el monopolio de la palabra que, por otra parte, no tuvo mayor resultado que el de reforzar el interés de la audiencia y la autoridad de la voz de los extranjeros.

Fue justamente en ese momento cuando la radio se convertía en tina fuerza militar de primer orden pues, en gran medida en la batalla se ponían en juego las convicciones de los europeos. Esta lucha fue ganada por tina radio imperceptible para los alemanes nos estamos refiriendo a la radio inglesa.

En una batalla de tal magnitud la radio conformista llevaba las de perder. La lucha se establecía entre una radio conformista al estilo de los países ocupados y tina radio que se presentaba a sí misma como democrática que ganaba automáticamente porque tenía el valor de proporcionar informaciones verídicas y porque anunciaba los hechos aun cuando eran desfavorables, logrando aumentar con ello intempestivamente la credibilidad de los radioescuchas. En pocas palabras, la radio toleraba la discusión abierta y presentaba las ideas que los radioescuchas querían oír ganaba de antemano a la radio que se devaluaba a si misma por su afán de mantener el monopolio.

Nos referiremos a otro caso, todavía más interesante que el de la radiodifusión durante la ocupación alemana se trata de la radio bajo el régimen totalitario. Ésta oscila entre dos intencionalidades o dos formas extremas. Es posible aprovechar el monopolio de la radio con el objeto de despolitizar a tin pueblo, también se puede luchar por la difusión (le tina convicción ortodoxa.

La radiodifusión del estado fascista italiano, aun cuando no era completamente totalitario, servía para despolitizarla, para politizar. Por el contrario, la radio de Hitler tendía esencialmente a politizar pero, en general, se dice que la radio al servicio de un estado totalitario es una fuerza diabólica. Ustedes seguramente conocen la novela de George Orwell, 1984 donde se describe tin país completamente subyugado por una radiodifusión exclusiva que acaba de imbuir a los radioescuchas de un pueblo entero convicciones fabricadas artificialmente por los gobernantes, imponiendo, finalmente, a todas las mentes una falsa representación de la realidad aceptada como la única verdadera a través del sometimiento general a una presencia obsesionante de la voz oficial.

Pensamos que esta descripción de la fuerza diabólica de la radio totalitaria es exagerada. No quiero decir con ello que la radiodifusión carezca de una gran fuerza en esta clase de regímenes, pues si consideramos una radio que habla sola, que repite indefinidamente las mismas ideas, que describe el mundo bajo un único aspecto, lo más seguro es que los radioescuchas acaben por ver el mundo tal y como se los presentan. Sin embargo, creemos que Gerge Orwell y sus discípulos olvidan algo importante en cuanto a que se llega, obligatoriamente, a un punto donde la propaganda acaba por negarse a sí misma.

Según tenemos entendido, en la Unión Soviética, el escepticismo es por lo menos tan grande como la sumisión a la verdad oficial. Por la fuerza del monopolio y de la propaganda obsesiva se provoca el rechazo inevitable de las mentes; este escepticismo es producto del abuso de la propaganda.

Las mentes escépticas pueden estar mal informadas y casi siempre se equivocan; en ocasiones, los radioescuchas se niegan a creer en algo aun cuando la radio les diga la verdad.

Por nuestra parte pensamos que el caso extremo de una educación o de una pseudo educación totalitaria no es sino la reivindicación de la libertad. De todas formas no dejamos de ser optimistas en cuanto a la naturaleza humana, pues según lo que hemos visto, al cabo de diez años de propaganda totalitaria, los hombres comunes y corrientes todavía pueden aspirar a una información objetiva al estilo de la BBC.

Al parecer, los hombres son más dialécticos de lo que se cree; cuando se les somete a una dosis exagerada de propaganda totalitaria, acaban por amar apasionadamente lo contrario, es decir, anhelan una información neutra y una discusión política libre y abierta.

Por esa razón estamos convencidos de que la radiodifusión totalitaria es incapaz se crear un universo cultural humano adapta do a sus prácticas. Basándonos en la experiencia concreta, se evidenció que el efecto producido es a la inversa, ya que a la larga, la radiodifusión totalitaria termina por despertar el ideario democrático con todo y sus defectos.

Quizá esta afirmación sea en extremo optimista, sin embargo es justificable gracias a las pruebas del pasado, y no deja de inquietarnos el hecho de no saber cuánto tiempo será necesario esperar para revocar el totalitarismo; pues no basta que muchos hombres deseen fervientemente una información objetiva para lograr la anuencia de los gobernantes. Dicho de otro modo, la radiodifusión no es sino un medio de gobierno, razón por la cual fracasó al instituir el modelo totalitario pero eso no es la prueba fehaciente de su desaparición, pues dichos regímenes persisten aún en contra del escepticismo de los ciudadanos.

La televisión y la política

Tenemos la impresión de haber abusado de la paciencia del auditorio pero quisiéramos abordar un tema que a nuestro juicio tomaría todavía algo de tiempo, nos referiremos a la televisión. Hasta ahora hemos aludido a la relación existente entre la radio y la política. Si aún no hemos tocado aquel tema es porque en Francia todavía no cuenta con la suficiente difusión para ser tomado en consideración como un factor político. Hasta este momento la televisión es un fenómeno marginado en comparación con la influencia ejercida por la radio.

No obstante, en Inglaterra es lo bastante conocida como para desempeñar un papel importante en el marco político, pero según tenemos entendido, la televisión preferentemente se encarga de "despolitizar" en lugar de "politizar" a los ciudadanos. Hace poco mencionamos, a propósito de la radio bajo el régimen totalitario, que los ahora denominados medios de comunicación de masa, tienden a distraer la atención del público y a dictar una ideología conformista. Actualmente la televisión inglesa, no solamente es poco política sino es más bien partidaria de la despolitización. Esta acción está encaminada a producir en el teleespectador imágenes que le hacen olvidar su trabajo cotidiano y abandonar sus reuniones sindicales o políticas.

La televisión nos hace ver los acontecimientos en lugar de oírlos, esta sustitución del oído por la vista tendrá seguramente sus propias consecuencias. Citemos el ejemplo de la entrada de las tropas alemanas a Viena en 1938; en el lugar de los hechos se encontraba un reporte ro de una estación privada, éste hizo que los franceses escucharan el ruido de las botas alemanas sobre el pavimento de las calles de Viena, con lo cual aseguró que este acontecimiento, por más alejado que estuviese, en realidad viviera se en los hogares de millones de franceses. En cambio, la televisión presentaría ante los ojos del gran público una larga secuencia de imágenes políticas sobre el caso, diluyendo con ello el impacto logrado por la radio.

Una de las primeras consecuencias de la televisión -mil disculpas por esta impertinencia- será precisamente la de "despoetiza" los hechos. No creemos que el ciudadano medio de los Estados Unidos alimente un culto especial por los dirigentes de los partidos más importantes en el momento en que éstos nombren a sus candidatos a la presidencia. Sin embargo, la sola presentación de este hecho por televisión tiende más bien a reducir el respeto de cualquier ciudadano por los políticos. ¿Por qué razón? Porque en nuestra opinión, esos políticos no son precisamente estrellas de televisión. En efecto, cuando los políticos se ven sometidos al suplicio de las cámaras, la estima del ciudadano decae muy a menudo, en comparación con la situación previa al descubrimiento de la televisión.

A pesar de que no todos los políticos tengan dotes para aparecer en televisión y de que no todos posean voz de locutores, muchos de los que conocemos le deben su oficio, en gran medida a su voz; no necesariamente se trata de los mismos que imponen su presencia ante las cámaras. Tal es el caso de un hecho por demás curioso: una comisión encargada de elaborar tina encuesta sobre un senador norteamericano del cual se hablaba con bastante frecuencia en las primeras planas de un diario, encontró que su popularidad decaía estrepitosamente cuando por primera vez millones de teleespectadores norteamericanos de buena voluntad y en el que cifraban su confianza, lo vieron por televisión.

En variadas circunstancias, la imagen hace más difícil la mentira que el solo hecho de oírla a través de la voz. Es muy posible que una plétora de políticos pueda hacer creer las mentiras que dice tan sólo con la voz, pero de seguro le resultará más difícil cuando se presente con toda su corporeidad en televisión.

En general diríamos a riesgo de equivocarnos, que la imagen hace más difícil la mentira que la voz. Se puede falsear la presentación de los hechos por medio de imágenes, pero sería mis complicado para los políticos encontrar una técnica televisiva comparable a la de la radio.

Llegó el momento de concluir y nos preguntarnos qué hay que hacer en estos casos. Por definición las observaciones planteadas no pueden someterse a tina conclusión rigurosa, sin embargo, nos vemos en la necesidad de expresar por lo menos una de entre otras posibles. Consideramos que la era de la radiodifusión y de la televisión es la época de la ciudadanía universal porque estas se dirigen a todas y todos tienen la posibilidad de participar en la vicia política. La mayoría sabe leer y escribir y aún citando muchos no sepan tienen la capacidad de comprender lo que pasa en sus pantallas de televisión.

A pesar de vivir en la era de la ciudadanía universal no todos los hombres comparten el mismo universo cultural. En la práctica, hay mucha diferencia entre un ciudadano inglés que vive en el universo cultural del Times o del Manchester Guardian y aquél que vive en el universo cultural creado por las revistillas, los periódicos dominicales de gran tiraje y los que generan tin ambiente extraño donde prevalecen el sexo, el crimen, el amor y lo novelesco sobre las preocupaciones políticas.

La era de la radio y la televisión es, en teoría, donde todos los hombres viven en el mismo universo cultural y donde se encuentra, a pesar de todo, reconstituida la diferencia entre dos culturas y dos políticas disímbolas y extrañas.

Digamos, aunque corramos el riesgo de llegar a una conclusión a toda costa, que el horizonte de la radio es el de un espacio simultáneo para hombres que viven en dos universos culturales. Por lo pronto no creernos que esto se haya logrado. La BBC ofrece programas destinados a los lectores del Times y del Manchester Guardian y no Cuenta con tantos auditores fuera de los happy few.

Las otras cadenas de radio se dirigen a los consumidores de periódicos sensacionalistas.

Sin embargo, la radio es superior a los diarios destinados a ese público. Los canales 1 y 2 crean un universo cultural que no es ni el de los happy few ni el de los lectores asiduos al sensacionalismo. La radio proporciona noticias en tin tono objetivo, también ofrece elementos que al conocimiento y propone ideas y argumentos en forma amena sin olvidar los temas sujetos a la discusión política, eventualmente presentados con cierta intención educativa.

La radio es ya tin intermediario entre los dos universos culturales compartidos por ciudadanos de tina misma comunidad

Supongamos que dentro de mucho tiempo esos dos universos culturales logren fundirse en uno solo, entonces la radiodifusión habrá cumplido con su cometido, y de no ser así le bastaría con lo que aspira a ser: una gran fuerza del mundo moderno.

Traducción y nota introductoria de Rosa Ma. Aponte.

Los orígenes de la autoridad gubernamental - La verdad y las formas jurídicas - La escena en Foucault




 


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