Ciencias Políticas
Karl Marx ¿Ha muerto?
Alexander Drusborck
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0805 - Los genios no mueren, y la obra de Karl Marx (1818-1883) puede considerarse como una de las más influyentes en el pensamiento y en las ciencias sociales de los últimos siglos. Un intelecto asombroso que, más allá de las polémicas y las controversias ideológicas que lo hayan podido oscurecer,  propuso una visión unitaria de la realidad. El rotundo fracaso de la aplicación estricta de sus principios económicos y políticos en estados como la Unión Soviética, ha hecho creer que la figura y las ideas de Marx habrían de desaparecer con la misma velocidad a la que los ladrillos del Muro de Berlín se venían abajo. Nada más alejado de la realidad, porque si bien el marxismo como alternativa económica y política al actual sistema liberal no parece real, muchas de sus propuestas, predicciones, conclusiones y principios muestran cada vez más una vigencia avalada por la profunda crisis que vive el capitalismo. La rapidez con que Francis Fukuyama anunciaba el final de la Historia –sentencia ésta tenida ya por peregrina y atrevida- puede haber sido un inconsciente anuncio del estado de coma que vive la ideología política y económica dominante. Hoy ya son muchos quienes advierten que el actual sistema, con sus efectos devastadores en el Tercer Mundo, está propiciando la apertura de brechas y escisiones entre países, naciones y religiones, y que de no hacer nada, de no proponer algo más que parches y soluciones de urgencia para un problema endémico que afecta al liberalismo de raíz, los conflictos aflorarán con inusitada fuerza y, lo que es más grave, seguirá existiendo una horrible estela de sufrimiento humano en amplias regiones de la Tierra.

 

            En particular, queremos resaltar algunas dimensiones fundamentales del pensamiento de K. Marx que pueden seguir siendo válidas en nuestro tiempo:

 

            1) Una concepción dinámica y evolutiva del Universo y de la sociedad. En efecto, la primera ley dialéctica de Marx reconoce que el progreso y el surgimiento de nuevas formas responde, en esencia, a la relacionabilidad de las entidades materiales y humanas. El progreso es superación de conflictos o, simplemente, superación de relaciones parciales en relaciones que abarcan más aspectos o dimensiones de la realidad. No sólo la evolución natural, clave en todas las disciplinas biológicas (genética, historia natural, zoología, botánica...), sino la evolución cósmica (véase la teoría del Big Bang), el concepto de progreso social y político, la visión evolutiva del hecho religioso, etc., están impregnados de un acercamiento dinámico a la realidad. Frente al fijismo de formas que postulaba Aristóteles, sabemos ahora que las formas no son algo pre-dado o pre-determinado, sino que lo más propio y nuclear de la forma y de la complejidad reside precisamente en ser el resultado de movimientos previos, de dinámicas antecedentes, que en conjunto vienen a llamarse “Evolución”. Marx es, por tanto, un filósofo que supo asumir consecuentemente la idea de evolución, entonces en auge en las ciencias naturales, en la teoría y a la praxis social. La unidad entre teoría y praxis procede, en último término, de una visión evolutiva y dinámica del hombre y del Cosmos. Sin duda, el principal problema de la filosofía marxista es su materialismo. Si por materialismo entendemos la afirmación de que el único tipo de realidad que existe es la material, claro está que dicho postulado no podrá demostrarse nunca por métodos estrictamente científicos, porque éstos han sido diseñados para estudiar en exclusiva la realidad material, pero no para afirmar que la materia sea la única realidad. El materialismo tornaría, en ese caso, un capricho ideológico que conllevaría el riesgo de ver al hombre como pura materia. Su dignidad respondería solamente a una convención social. En cambio, la visión “espiritualista” corre el riesgo de evadir respuestas que el hombre puede encontrar por sí mismo, situándolas en supra-mundos o supra-entidades que en realidad absorben todo cuanto ignoramos. Sería un lastre para el progreso científico y sapiencial. Y, ¿por qué no pensar en el alma como el “más allá” de la materia, el límite infinito de la materia, la posibilidad, el progreso de la materia? De este modo, la materia no se agotaría en ella misma, en su “estado” evolutivo, sino que sería en esencia una realidad abierta, indeterminada en última instancia, y dicha apertura, dicha capacidad, sería lo que tradicionalmente se ha llamado “alma” o “forma”. Lo material y lo espiritual responderían a lo “estructural-estático” y a lo “dinámico-progresivo”, y sólo la combinación de ambos habría propiciado la Evolución. ¿Es el pensamiento material? ¡No sólo! Es la capacidad, la posibilidad de la materia: la indeterminación a la que puede abrirse la materia. No es algo estructural, estático, “neuronal”, sino la capacidad misma, el límite infinito y asintótico al que tiende la estructura material.  Además, esta perspectiva no reduccionista (sino “ampliacionista”) permite hacer justicia y unir (que es precisamente lo que el pensamiento de Marx siempre se propuso) a grandes tradiciones culturales de la Humanidad, cuya negación o expulsión del horizonte intelectual humano como erróneas, engañosas o pueriles sería a todas luces impropio. Además, un concepto que siempre ha traído de cabeza a los teóricos marxistas, el de “libertad”, encuentra ahora su lugar. La libertad es la posibilidad del hombre, el límite infinito al que puede tender y abrirse, arraigado y enraizado en su constitución estructural. No es algo superior que “advenga” al hombre por misteriosos designios sobrenaturales, sino que es precisamente el resultado de la realidad en cuanto dinamismo.

 

            2) La religión, aunque no corresponda a la imagen estereotipada y simple de “opio del pueblo” o de un “opio para el pueblo” cuidadosamente dosificado por la clase poderosa, ha hecho alarde, a través de tantos siglos como la aspiración humana a entrar en comunión con lo divino lleva existiendo, de claras contradicciones con su genuino espíritu, de confrontaciones innecesarias y en algunas ocasiones naturales con la ciencia y con el progreso en el conocimiento. No es que los hombres y mujeres hayan proyectado en una supuesta super-entidad todas sus aspiraciones, proyectos e ilusiones, y que ciertos individuos se hayan aprovechado de esta debilidad humana de alinear fuera de sí lo que en realidad es mérito o responsabilidad suya, gestando sistemas (las religiones institucionalizadas) que encontraron un fiel aliado en el poder político. Esto ha podido ocurrir, pero en contadas ocasiones. Aceptemos por un momento que esas ansias de comunión hayan sido sinceras, que los hombres y mujeres hayan creído que realmente existía un ser llamado Allah, Brahman, Yahvé, el Gran Arquitecto..., que escuchaba sus plegarias y que regía sus destinos providencialmente. Aceptémoslo, para hacer justicia a los sentimientos de tantos millones de personas. Pero en el momento en que tal aspiración se formaliza, se le dota de una base conceptual y teológica, y pasa del estado de mero sentimiento de apertura hacia lo infinito (que dijera Schleiermacher) a convertirse en un auténtico factor social, político o incluso científico (como en las teorías creacionistas que abanderan grupos fundamentalistas norteamericanos, y que no son sino una vulgar reedición del modelo de los “deus ex machina” de la Antigüedad; o sea, todo lo que la Ciencia en sentido propio había tratado de apartar del campo del conocimiento empírico), “Dios” corre el riesgo de hacerse una causa de alineación, de subdesarrollo y de engaño.  ¿Por qué la religión ha estado, en muchos casos, ligada al subdesarrollo? La próspera Europa se seculariza, mientras que Latinoamérica o África son fiel cantera de reclutamiento para adeptos de los más diversos credos. ¿Por qué? ¿Se debe exclusivamente al individualismo, al hedonismo, al auge del consumista que ciega e impide mirar a lo alto? Podrá ser así, ciertamente, pero no en todos los casos, y en especial en el de los intelectuales. Europa lleva a sus espaldas una larga tradición de pensamiento filantrópico y social, también agnóstico o ateo, que no encaja en ese esquema. También es verdad que sociedades muy avanzadas como la norteamericana son profundamente religiosas, pero habrá qué determinar en qué sentido son religiosas, y si existe o no un divorcio entre la clase pensante y el resto de la población. Por supuesto, si por religión se entiende la asistencia acrítica y puramente sociológica a actos y rituales, el secularismo va ganando la batalla. Pero lo que proponemos aquí, inspirados en una de las grandes ideas legadas por K. Marx, es contemplar lo divino y lo que tantos hombres y mujeres a lo largo de milenios han reconocido como “Dios”, no en tanto que respuesta, en tanto que factor que explique el orden social, político, económico, histórico o científico, sino como la pregunta que nos ha acompañado siempre y que es la manifestación más elevada de la capacidad humana de infinita novedad y de infinita insatisfacción. En suma: veamos a Dios como una pregunta y no como una respuesta a nuestros interrogantes; como la pregunta de las preguntas, que es lo que realmente une esa búsqueda que ha definido a las grandes tradiciones religiosas y culturales de la Humanidad. Sólo así la religión dejará de estar asociada al subdesarrollo y a la ignorancia; sólo así la religión tiene futuro. Nadie, ninguna institución o grupo, posee esa pregunta (al contrario que la respuesta, que si podía ser poseída, incluso de modo exclusivo, lo que ha provocado innumerables conflictos, choques dialécticos innecesarios que han manchado el nombre más bello de los nombres...), y ningún lazo es más fuerte que ese constante e interminable deseo de autosuperación y de conocimiento que ha ennoblecido a nuestra especie. Convirtamos las religiones en comunidades ecuménicas que caminan junto al resto de los hombres en la búsqueda de respuestas, conscientes de que quizás no haya más respuesta que la pregunta misma, y que seamos nosotros quienes debamos ir construyendo esa respuesta. Así como “la Creación ha sido dada a los hombres”, somos los hombres quienes debemos trazar el camino que nos mantenga en la pregunta. Seguramente, dar gloria a Dios consista ante todo en participar de la tarea común de la Humanidad: vivir, buscar, aprender, conocer, amar...

 

            3) Marx resaltó el peligro siempre cercano de que el propio sistema capitalista acabe auto-destruyéndose. Hoy en día, quienes más poseen, quienes más medios y factores de producción de riqueza o de tecnología han acaparado (por méritos o por deméritos), acumulan más, absorben más, monopolizan más. Por una cuestión de equilibrio, de convergencia y de divergencia, esto genera que los países pobres, alejados de las riendas del sistema capitalista (riendas difícilmente ubicables e identificables), con mercados incapaces de competir con las grandes focos comerciales de los países prósperos, se empobrezcan aún más. Los países pobres vuelven a ser los mercados cautivos de la época colonial, sin capacidad de acción. En consecuencia, las leyes de concentración del capital y de empobrecimiento progresivo que Marx dedujo a partir del concepto de plusvalía parecen cumplirse escrupulosamente. La existencia de una clase media en los países desarrollados no soluciona nada, porque ni se ha extendido universalmente ni está claro que para que dicha clase subsista no sea necesaria la infra-existencia laboral de otros colectivos. Asistimos a este fenómeno en los países occidentales que han recibido inmigración en los últimos años: trabajos “clásicos” de la clase proletaria son asumidos por un nuevo colectivo, el inmigrante, que se ve obligado a heredar muchos de los males endémicos que las clases medias y altas creían ilusoriamente haber eliminado simplemente porque ellas ya no tenían que sufrirlos. Los parches y las soluciones superficiales pueden valer a corto plazo (la tasa Tobin, la donación del 0’7 % de los productos interiores brutos de los países avanzados, la condonación –absolutamente justificada y urgente- de las deudas de los países pobres...), pero a la larga no hacen sino avivar las heridas, dando la imagen –injusta, falsa y perniciosa- de que si los países pobres sobreviven no es por sus capacidades, sino por la caridad de los países ricos. Evidentemente, ningún analista serio lo creería, porque está claro que si los países pobres han sido incapaces de subirse plenamente al tren del capitalismo es porque, en gran medida, el capitalismo les ha sido impuesto, como algo extraño y exógeno a sus formas tradicionales, lo que, sumado a la vertiginosa aceleración económica y política que vive nuestro mundo, ha impedido que en tan corto lapso temporal hayan asumido lo que este sistema comporta. ¿Por qué debe ser el capitalismo, y más aún en su actual versión y con los complementos políticos, sociales e ideológicos que lo acompañan, el único sistema posible? ¿Es el fracaso del marxismo como economía prueba de la insuperabilidad del actual sistema capitalista? Nadie negaría el derecho a la propiedad privada, o al enriquecimiento, o al librecambio... Parecen adquisiciones justas de la Humanidad, y han costado mucho trabajo. Pero tampoco nadie negaría el derecho a la justicia, a un reparto equitativo de la riqueza que se basa, sencilla y llanamente, en el hecho de que todos somos ciudadanos de un mismo mundo, y en que si unos se enriquecen es, muchas veces, gracias a que otros se empobrecen, y en cualquier caso gracias a vivir en un mismo planeta y a que existan humanos que puedan comprar cuanto ofrecen. Institucionalicemos, así pues, la fraternidad: institucionalicemos el equilibrio entre igualdad y libertad. ¿Cómo? Parecerá utópico o surrealista: limitando la fortuna máxima que un solo individuo pueda acumular. Esta idea está ya barruntada en la fe báhá’í. Funcionaría a modo de constante económica universal, y las sucesivas adquisiciones que rebasasen dicha constante deberían, por concepto, ser invertidas en países subdesarrollados, en programas educativos, ambientales y médicos. ¿Frenaría este límite la riqueza individual el progreso económico? Ciertamente, ha sido la ambición insaciable de muchas personas lo que les ha llevado a realizar grandes obras, y la limitación de esa ambición podría conllevar frustración, supondría un lastre terrible para muchos. Pero, ¿por qué? ¿Acaso no es más estimulante que, alcanzado un nivel razonable, incluso elevado y holgado, de riqueza, el resto de mi trabajo contribuya a hacer un mundo mejor, y redunde indirecta y directamente –permitiendo salvar lo salvable del sistema de mercado- en mí? ¿Es esto utópico, imposible o ingenuo? Al igual que hemos impuesto la igualdad o la libertad a la fuerza, hagamos lo mismo con la fraternidad, y propongamos un sistema económico, político y social coherente que lo sustente. La imponderable libertad humana y la no exactitud de las ciencias económicas y sociales podría hacer pensar que el hombre está condenado a la divergencia: a su ambición, a sus tendencias individualistas, al desarrollo explosivo por un lado y al subdesarrollo en el otro extremo. Pero una visión dinámica de la libertad, que la contemple no como una entidad misteriosa e incontrolada, sino como la posibilidad misma del hombre en su materialidad, en su “cosmicidad”, en su sociabilidad, nos lleva a plantear no una regulación, sino una canalización de la libertad en el contexto más amplio del progreso. Una constante universal para la Economía, un acuerdo (basado en cálculos o estudios de optimización) fundamental que sintetizase libertad e igualdad por la vía del conocimiento y de la universalidad, podría ser el comienzo de una profunda reformulación del sistema de mercado y de la ideología que lo apoya o que de él se deduce, para construir un sistema auténticamente humano: un sistema de progreso global, un sistema que posibilite la superación continua del hombre en todas sus dimensiones, en todo tiempo y en todo lugar. Una renovación de la democracia desde la clave de la cultura de la fraternidad, que integra los logros de la Ciencia y de la tecnología con los horizontes del pensamiento humano y de las ciencias sociales, para crear un mundo verdaderamente global, donde lo más definitorio del hombre (su capacidad de progreso y de superación constante) se convierte en principio rector del orden social. Dicha capacidad infinita de progreso no implica que siempre se haya dado de modo efectivo, sino que como posibilidad es innegable e insoslayable. Lo contrario sería esclavizar y engañar al hombre, cuya verdad es precisamente su posibilidad, su capacidad: ¿existe una definición más indeterminada y abierta de “verdad”? Queda excluida toda relativización de la vida humana y de los Derechos Humanos, por cuanto ésta es condición de posibilidad de todo progreso, de toda reflexión y aun de toda relativización: sin sujeto, no podría haber nadie que relativizase, juzgase o progresase.

 

            Los tres aspectos anteriormente tratados, que en nuestra opinión sintetizan los puntos válidos y todavía sugestivos de la obra de K. Marx, se han materializado en tres movimientos globales de importancia creciente:

 

1)      Una cultura científica y tecnológica, inscrita en el marco de una sociedad del conocimiento y de la información en constante progresión y transformación, acelerada por fuerzas que brotan de sí misma y en última instancia de la capacidad infinita de progreso y de autosuperación que define al hombre y a la realidad. El auge de una visión dinámica y evolutiva del Universo y de la sociedad, la relevancia de términos como “diálogo” o “tolerancia” (superaciones que mantienen a los contrarios unidos en una tensión dinámica; precisamente, una de las nociones más interesantes de las ciencias empíricas es la de “equilibrio dinámico”), la conciencia en torno a la globalización, los movimientos ecológicos (que integran al hombre en la naturaleza gracias a una teoría evolutiva que los relaciona científica e históricamente), etc., prueban la grandeza de una idea, la de progreso, que sin ser genuina de Marx, él supo integrar en su obra.

 

 

2)      El auge de las teologías de la liberación, que han pasado de ser un fenómeno exclusivamente cristiano (o de planteamiento cristiano) a convertirse en una metodología de aplicación universal a todas las religiones. En efecto, las teologías de la liberación tienen como horizonte primordial la síntesis entre la aspiración humana a la comunión con la Divinidad, y la aspiración humana al progreso terreno y temporal. Sólo una adecuada comprensión de la labor teológica en las diversas religiones como creación de espacios (teoría de los espacios teológicos) de reflexión, de encuentro, de intercambio y de fomento de lo humano en todas sus dimensiones, permitirá dejar a un lado una comprensión limitada del fenómeno de las teologías liberacionistas como si se tratase de una reducción del núcleo salvífico o sobrenatural de las religiones a la praxis, a la realización histórica y social. Dicho enfoque establecería un hiato cuestionable entre lo infinito y absoluto, y lo finito y relativo, cuando desde una visión dinámica y evolutiva de la realidad existe un nexo inquebrantable entre ellos, una síntesis (entre finitud e infinitud) que impide verlas como dos mundos separados, sino como dos entidades en progresión: lo divino es la posibilidad misma, el horizonte infinito al que tiende necesariamente lo finito. Las religiones han de verse como compañeras de búsqueda en la gran cultura de la fraternidad, como animadoras del hombre en su preguntarse constante y en su pretensión insaciable de progreso, desarrollo y conocimiento.

 

 

3)      Los movimientos antiglobalización, las protestas continuas contra las injusticias sociales y la extensión indiscriminada –y muchas veces intencionada- de la pobreza y del subdesarrollo, manifiestan la vigencia de la integración marxiana entre teoría y praxis. Dicha integración brota de la visión dinámica y evolutiva de la realidad, que busca los elementos o factores de unión en la diverso. Una nueva concepción social, política y económica está condenada al fracaso sino nace de una profunda reflexión, contraria a toda superficialización banal que absolutice términos como libertad o democracia, anclada en la mejor tradición filosófica y cultural de la Humanidad, y que tenga como principio rector el derecho de toda persona a un progreso indefinido universal, global y auténtico (es decir, que abra el espectro de posibilidades humanas), y con una disposición firme a efectuar cambios reales, por utópicos que parezcan. La pobreza y el subdesarrollo no son dos males accidentales e inevitables: a una Humanidad que ha mostrado un progreso indomable en el ámbito del conocimiento (de la teoría) no se le puede negar (no hay razones ni lógicas ni reales) una extensión de dicho progreso al ámbito práctico y social. No hay imposibles para el hombre: su horizonte es la posibilidad infinita, la superación constante, la creación de horizontes nuevos.

 

Nuestro análisis ha querido mostrar que quienes consideran que el pensamiento de K. Marx ha sido ya sepultado y permanece en el enésimo círculo del Infierno, se equivocan ilusa e ingenuamente. Muchas de sus ideas son ciertamente impracticables o sencillamente falsas, pero otros principios y teorías pueden ser ampliadas para ofrecer un horizonte de reflexión y de acción en nuestro tiempo

Los orígenes de la autoridad gubernamental - La verdad y las formas jurídicas - La escena en Foucault




 


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