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Ciencias Políticas El Estado Democrático. Crítica de la soberanía burguesa - Parte 1 Karl Held – Emilio Muñoz |
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Parte 1: 1 - La libertad y la igualdad. La propiedad privada. La voluntad libre abstracta
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Los
derechos fundamentales. La representación Introducción La democracia se alaba a sí misma y es alabada como la forma política de mandar y obedecer, de dominar, hecha a la medida de la razón humana. Se la asocia "naturalmente" con la riqueza, el bienestar y la libertad. También con el patriotismo "sano". Jamás con la violencia ni con la pobreza. Por supuesto que ni una ni otra están ausentes en ninguna nación democráticamente gobernada, pero los partidarios de la democracia niegan que ambas sean obra suya, porque según ellos la auténtica obra de la democracia es "crear riqueza", que acumulada en manos privadas y públicas hace la grandeza de las naciones. La miseria y la violencia, en la democracia, son problemas. Manejarlos con habilidad y soltura es una cualidad del arte político de gobernar en libertad. La idea que la democracia suprime la violencia y la miseria existe en las democracias en formación, en los países que según la prensa de las metrópolis, `van camino hacia.... retornan a... o experimentan con la democracia", como ilusión basada en una confusión de términos, a veces calculada otras no: la riqueza privada y el éxito estatal se igualan al bienestar popular y la grandeza nacional a la felicidad del pueblo. La falsa ecuación deviene, en las democracias en formación. el motor de la política. Por otro lado la presión del poderío de las grandes democracias prescribe cómo debe confeccionarse el presupuesto público, equiparse las fuerzas armadas o librarse una campaña electoral, (a veces hasta las financia directamente), y en consecuencia también como se debe gobernar: hay que imitarlas en todo. Pero la imitación no solamente no garantiza el ansiado éxito nacional, como está basada en las prescripciones que precisamente imponen los intereses económicos y políticos imperialistas de las grandes democracias, ella consolida el fracaso nacional, asentándolo ahora sí en el consenso político de gobernantes y gobernados de que hay que sacrificarse por la democracia. Tal programa, cuanto más duro. más nítidamente señala que el camino hacia la construcción de una democracia está bloqueado por el éxito imperialista de las grandes democracias. La gestión democrática de los antagonismos entre las clases y las naciones tiene así para sus partidarios sus atractivos. Uno de ellos consiste en que en un país regido democráticamente, cualquiera sea la naturaleza de las leyes que se dicten y cualquiera sus efectos sobre quienes deben acatarlas, todas llevan la marca de la justicia: democráticamente han sido concebidas, aplicadas, perfeccionadas o modificadas. Como tienen que ser obedecidas, también deben serlo por su incuestionable legitimidad Un examen de los criterios que impulsan al gobierno y de lo que buscan las instancias estatales se tienen como inapropiado, pernicioso y hasta peligroso para la vida en libertad. La libertad, para la razón democrática, queda entonces formada y normada por la vigencia que la fuerza del estado da al derecho. Y como razón de estado, para la democracia, derecho y libertad se tienen como antinomia de la fuerza. Así queda justificada no la forma de mandar. sino la política del estado, un estado que se precia de derivar todos sus actos de un acuerdo principista entre gobernantes y gobernados. En pago de su obediencia y sus sacrificios los gobernados reciben del estado la libertad. Que su disfrute no es gratis lo recuerdan permanentemente los gobernantes, como también las amenazas que pesan sobre ella. El precio de la libertad, que el poder fija y que modifica de acuerdo con sus propósitos internos y externos, siempre se le antoja barato. Por el alto bien que otorga, a veces ni la vida vale nada. La alternativa totalitaria a la democracia es desechada de plano por los partidarios del orden democrático y corporeizada en el bloque soviético constituye una amenaza mortal. Sin embargo, a quienes detentan el poder democrático y a sus asesores les cabe imaginar circunstancias que exigen la supresión de la democracia: la dictadura se considera como la única alternativa lamentablemente realista a la democracia. En todas las constituciones democráticas se contemplan tales casos y en las democracias "en formación" se recomienda y se practica con frecuencia, en nombre de la estabilidad del estado, imprescindible para los negocios, la Interrupción del experimento democrático". La política democrática procede de acuerdo con un canon formal de reglas de lo prohibido y permitido que indican a los ciudadanos los deberes que tienen que asumir, tanto en la paz como en la guerra. Entonces cuando las grandes democracias se dotan del aparato, militar más gigantesco de la historia, cuando sus fuerzas armadas bombardean Trípoli o acosan a Nicaragua, el ciudadano debe asumir tales actos como necesarios para la defensa de la democracia y la libertad y también preocuparse por la eficiencia y la legitimidad al cometerlos: ¿Se alcanzaron los objetivos? ¿Entendió el coronel libio la lección? ¿Se caen los sandinistas? ¿El congreso fue debidamente informado de modo que los poderes del estado aseguren el consenso nacional? Quien rechace el sacrificio de vidas humanas donde está en juego "el sistema de vida" es tenido por un idiota útil del enemigo o por un agente del enemigo. Proclamándose el único sistema de vida digno y humano la democracia deviene una finalidad en sí misma, impone la vigencia incondicional de sus ideales, degrada a los ciudadanos a material de los mismos y hace de todas las grandes conquistas democráticas (libertad de expresión, de prensa, etc.) atributos insignificantes de su poder. En la democracia se gobierna a costas de la mayoría y usándola a toda máquina. Tan es as! que sus defensores no lo niegan y agregan que hasta suena desagradable, pero es necesario y legal. Ya que el estado es un estado de derecho, es decir procede de acuerdo con normas que él mismo sienta. Que sea el poder mismo quien las dicta para el trato entre y hacia los ciudadanos y también para reglar las competencias de quienes mandan importa menos que el criterio encerrado en la frase de un estadista: "quiero recalcar que somos un estado de derecho". que as! implica que el estado también podría hacer lo que a sus conductores se les ocurra, sin caer en la arbitrariedad. Las reglas del juego norman los antagonismos con los que hay que vivir: el comprar y vender, trabajar y estudiar, casarse, alquilar y probar esto o lo otro. El estado fija por ley qué intereses en qué principios tienen sus límites, y los impone controlando la aplicación de las leyes y castigando las transgresiones. As! da a todo interés practicado la categoría de permitido, de legal, y reclama en pago de esa obra que se reconozca su libertad como poder para dictar, conservar y reglamentar el derecho. La finalidad de toda la actividad reglamentaría estatal no es el derecho como tal, y quienes lo confeccionan as! lo ven, aunque fomenten la creencia que el derecho todo, o tan siquiera algo, garantiza. As! el derecho se tiene como inapelable, fuera de toda crítica, y no precisa tener cuidado de contenido o propósito alguno, como derecho es violencia con buena causa y sentido. Con el derecho el estado decide cómo usar su fuerza de la manera que le parece más apropiada. Prueba que es tan independiente como dependiente de los rendimientos y éxitos de quienes están sometidos al derecho. Con el monopolio de la fuerza afirma su Independencia y sabe "guardar las proporciones" debido a su éxito: que no reside en el derecho. Porque, ¿para qué se gobierna democráticamente? El estado democrático, como todo estado, desconoce la meta de la opresión en sí. Del gobernar con legitimidad tiene que salir un saldo a favor. El orden social tiene que redituarse. Los criterios de su éxito son los del dinero. La obra social número uno del estado democrático es garantizar y proteger esos criterios. Al señalar cuál es el tipo de riqueza que le cae a su medida, el estado establece las oportunidades de sus súbditos y define prácticamente unas relaciones de producción Su fuerza es potencia económica en tanto da vigencia a leyes económicas en cuyo cumplimiento deben esforzarse los ciudadanos. El crecimiento de la propiedad privada, políticamente impuesto, trae sus "condicionantes", sin obedecerles, sin ponerse a su servicio, no hay derecho a vivir. Al estado no le basta con hacer cumplir las leyes del crecimiento, sobre las que, como protector de la economía de mercado, reclama derechos de autor para negarlos luego si hay quejas. Porque los éxitos económicos todo gobierno se los anota, mientras que los fracasos van a cuenta de la Impericia administrativa. La sociedad de clases, el reinado de la competencia, la pobreza y la riqueza le crean al poder un "problema" tras otro, lo desafían". La lucha contra las condiciones restrictivas y contra los efectos nocivos conforman el programa político del poder, su política económica y social. Con ese programa las democracias organizan sus sociedades, los deberes y derechos de las diversas clases sociales son establecidos y continuamente reajustados. Las diferencias entre las naciones resultan de la capacidad de los poderes políticos para, a partir del material humano y natural a disposición, asimilar la población a los términos, comunes a todos los estados, del buen funcionamiento económico. En las naciones donde la democracia está en desarrollo, donde los negocios se convirtieron en deudas a servir y en fuga de capitales, donde el crecimiento de la pobreza en nada contribuyó a la riqueza nacional, la política económica administra la bancarrota fiscal para preservar al poder político. El arte político democrático lamenta en estos casos que la necesaria extensión de la miseria amenace la estabilidad democrática. Los gobernantes democráticos se toman la libertad de invocar el derecho al éxito nacional por lo implacables que son en administrar el fracaso. La explotación legalizada del trabajo asalariado goza en todas las democracias de la supervisión estatal. El fisco decide mediante la tributación directa e indirecta del salario la parte que le corresponde del mismo. Mientras que para los gestores "tercermundistas" la gravación directa del salario, debido a su nivel, carece de atractivo, por lo que recurren a gravar el consumo popular vía IVA y "tarifazos" periódicos. Los fondos de Jubilaciones y pensiones se convierten en la metrópolis en capital, en fondos de inversión; en el Tercer Mundo". donde existen, se computan simplemente como ingresos fiscales. Los puestos de trabajo son oferta empresarial hecha en base al cálculo de rentabilidad que indica el grado de competitividad y fija la relación salario-rendimiento al nivel pertinente. El estado observa minuciosamente el mercado de trabajo: a través de su oficina de empleos lleva cómputo del ejército de reserva, lo vigila, lo sostiene y lo adiestra: contribuye así a flexibilizar la oferta de mano de obra. El poder del estado en las naciones en vías de redemocratización se considera a sí mismo como esfera económica de inversión foránea, al capital, del que su soberanía no dispone, debe atraerlo: subvenciona los negocios, se endeuda, prenda las riquezas naturales y hace política salarial contabiliza los ingresos de quienes trabajan casi como si fuesen egresos fiscales, y en consecuencia fomenta su ahorro. Junto al barato proletariado el estado asegura que una parte de sus súbditos carezca de ingreso legal alguno. Los carenciados quedan clasificados como tales y "surge" el problema de la "marginación social". Los costos represivos de la delincuencia el fisco los reduce con licencias privadas para reprimir y una cierta manumisión del pauperismo. En las favelas y villas miserias se alternan el asistente social y el escuadrón de la muerte, la caja de pan y las topadoras. El estado democrático cuenta a los sindicatos como una de sus instituciones: sus actividades y competencias están sujetas a las leyes, es decir, permitidas. Los sindicatos observan al trabajo desde un punto de vista nacional. En los sacrificios de los obreros descubren que son servicios a la competitividad de "nuestra economía, y se quejan que en tal sentido debieran ser tenidos muy en cuenta. En las democracias de medio pelo los sindicatos hacen suyos puntos de vista parecidos, en su caso el de la nación arruinada y el trabajo desvalorizado. Los bruscos giros de la política económica les encarga asumir funciones variadas. Suelen ser policía fabril, oficina de empleos y ministerio de trabajo, esto último bajo la dirección del ministerio de economía. La gran conquista democrática son las elecciones libres: ellas entronizan al gobierno que debe imponer los intereses del estado como un servicio al pueblo. La competencia política por el poder corre a cuenta de los partidos políticos que en la campaña electoral hacen que el votante se oriente hacia la política. El caso inverso, que la política se oriente hacia él, se tiene como criticable y es objeto de advertencias. El votante totalmente subordinado a la política recibe en premio el permiso para confundir sur? preocupaciones con los logros de una política exitosa Mediante el voto debe contribuir a una autocrítica del poder, y decidir cuáles figuras tienen derecho a manejar el monopolio estatal de la fuerza. Las críticas de la oposición permiten al votante deducir que la oposición quiere hacer lo mismo, pero mejor. La democracia es entonces de admirar siempre que la competencia por el poder no afecte la estabilidad de la dominación política, ni la paz social y capacite al estado para asumir sus funciones con toda plenitud. Donde estos requisitos no se cumplen es porque falta "madurez democrática". Los mejores argumentos a favor de la competencia partidaria por el poder advierten que el juego democrático bajo ningún punto de vista debe trabar a los poderes del estado. La democracia persigue así con sus medios, el ideal del estado fascista: unir a todas la clases sociales en un "nosotros" nacional, que crea y reafirma el carácter irrestricto de la soberanía estatal. De la democracia se puede concluir entonces, con toda calma, que a los pueblos, para ser felices, es lo único que les faltaba. |
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- La libertad y la igualdad. La propiedad privada. La
voluntad libre abstracta a) La definición primaria del estado, su concepto abstracto, contiene ya la causa y con ella también la finalidad de la instancia pero todavía separadas de las formas concretas en que ambas se relacionan con los ciudadanos. Una cosa, sin embargo, aparece ya clara en esta definición abstracta del poder la vigencia real de la libertad y la igualdad es un hecho nada agradable. Primero porque se debe a antagonismos económicos, y segundo porque su objeto, mediante el empleo del monopolio de la fuerza, es sostenerlos. Aún sin tener en cuenta la economía, el modo de producción, que el poder estatal hace funcionar, es seguro que se trata de un estado de clase: a través del sometimiento de todos por igual el estado garantiza la conservación de todas las diferencias sociales grandes y pequeñas. Está entonces fuera de discusión cuál es el provecho que de él sacan los diversos agentes del modo de producción capitalista. La libertad que el estado les asegura con su trato idéntico, consiste en la concesión amable del derecho, siempre según los recursos económicos que posean o no, a apropiarse de una parte de la riqueza social, y de hacerlo respetando a quienes hacen lo mismo por su cuenta y contra otros. Por esa libertad les interesa el estado, sin él no podrían servirse de los medios que poseen como ciudadanos. Para su punto de vista práctico el poder estatal aparece como la condición de la libre competencia, y entonces quieren ser ciudadanos reconocidos, porque tienen que serlo por sus, intereses económicos. La colectividad, la voluntad política colectiva en el estado, descansa en una contribución forzosa de la voluntad individual, que por el provecho privado que es lo que le interesa, aparece aún como voluntad general abstracta: 1a separación entre sociedad civil y estado político, aparece necesariamente como separación del ciudadano político de la sociedad burguesa, de su realidad verdadera, propia y empírica, ya que como idealista del estado él es otro ser distinto, contrapuesto y diverso de su realidad" (K. Marx. Obras Completas, T.I, pág. 281 de la edición alemana). El significado de esa contribución para las personificaciones propias del modo de producción capitalista, en qué medida y para quiénes el estado, por su fuerza, actúa como recurso no es ningún misterio el sometimiento de todos por igual tiene que ser una ventaja para aquellos que están en ventaja económicamente. En los próximos capítulos se mostrará entonces lo que el estado les reclama y permite a las diversas clases sociales, al hacer de la libre competencia un asunto oficial. b) Cuando el estado permite la realización de la competencia, reglamentándola a la fuerza, conserva así una economía en la que la dependencia de los individuos de la producción de riqueza social está organizada de forma tal, que al perseguir sus intereses ellos se impugnan mutuamente el participar de esa riqueza. Porque la satisfacción de un interés particular niega otro, tiene lugar el sometimiento de todos bajo la fuerza estatal, el cual posee, para cada individuo, un significado negativo y excluyente. Con ello por supuesto que las colisiones sociales no desaparecen, sino que son instaladas de tal forma que todos se dejan prescribir por el estado la libertad del otro como la limitación de la propia libertad. El hecho que los sujetos económicos se dedican a una cooperación social mediante la que se excluyen unos a otros de los medios necesarios para existir, o sea que están trabados en lucha constante, el estado lo trata ordenando la exclusión y prohibiendo el ataque a los recursos y a la vida de otros individuos. Cada uno se las debe arreglar con sus medios en la dependencia de los demás, quienes emplean los suyos. La obtención diaria de los bienes producidos debe hacerse respetando la persona y la propiedad. La propiedad privada, la disposición exclusiva y excluyente sobre la riqueza de la sociedad, de la cual otros dependen para vivir, o sea que deben usarla, es la base del provecho individual y también del perjuicio individual. A ella se debe la forma moderna de la pobreza asalariada que se tiene que conservar a sí misma como medio de la propiedad ajena, cuyo crecimiento tanto le importa al estado. Por último diremos que la propiedad privada no es una cuestión de cepillos de dientes y gaseosas, aunque haga sentir sus efectos en la esfera del consumo personal. La dependencia de eso que pertenece a otro se manifiesta en el terreno de la producción y reproducción de la riqueza social. Al disponer de manera excluyente sobre los medios de producción y con ellos sobre los productos, la riqueza adquiere el ímpetu para cuestionar la existencia de quienes no la tienen. c) Si el idealismo sobre el estado que practican hoy clases antagónicas no representa paraíso alguno, menos armoniosa aún fue la integración voluntaria social en el estado, su fundación, cuyos aniversarios son en toda nación motivo de solemnes festejos. Los, estados burgueses son el producto de un terrorismo eficaz, algo que sus propagandistas por lo general olvidan, no sólo en el caso de la gran revolución francesa o de la moderna y social república fedaral alemana. El interés común en la eliminación de las formas preburguesas de poder político, que llevó a clases antagónicas a la lucha revolucionaria unida, incluía ya de entrada reclamos diferentes: unos veían en el viejo régimen y los estamentos que lo sostenían obstáculos para sus negocios, y otros luchaban por su existencia que tenían que ganarse trabajando. La meta alcanzada en común por supuesto que no conformó a ambas clases, ya que la posibilidad, amparada por el estado democrático, de obtener el sustento sirviendo a la propiedad ajena, devino enseguida una amarga necesidad. Que los proletarios, que lucharon e impusieron la república democrática burguesa, tuvieran que destruir el viejo estado para vivir, no quiere decir que el nuevo estado estuviera para servirles. d) El descontento con el duro mundo de la propiedad es fuente para muy perdurables ideologías. De todas las consecuencias desagradables (que se verán más adelante) de la libertad y la igualdad, gente de izquierda suele sacar la alusión de una realización incompleta, defectuosa, de esos dos objetivos de la revolución francesa. Esta gente duda de la realidad de la igualdad ante el poder del estado, por las diferencias notables que existen en la sociedad, y hace de la igualdad un ideal, cuya realización práctica recomiendan al estado y quieren imponer en él. Que una libertad sostenida por la fuerza no puede ser trigo limpio motiva poco su extrañeza y la fantasía de una comunidad organizada donde se eliminan las diferencias entre la gente, menos su imaginación. Esa fantasía, al revés que los idealistas de izquierda del estado, es muy popular y se puede admirar en utopías literarias y fílmicas En boca de políticos descalifica toda crítica al poder, en la forma de un rechazo generoso al igualitarismo. Con tal crítica a los reclamos hacia el estado se publicita un justo entusiasmo por el poder público y de paso, mediante la desabrida comparación con "antes" y el comunismo, se suele descubrir la estúpida "contradicción entre libertad e igualdad Más de una, se supone, sólo se consigue con menos de la otra, as! que de todas formas no se puede tener de todo y lo mejor es conformarse frecuentando el tercer gran valor fundamental, la fraternidad, hoy llamada solidaridad. Aquí se ve también que el descontento con el descontento de otros impulsa con vigor los pensamientos erróneos sobre la más abstracta de las definiciones del estado. El interés en el estado, la toma de posición positiva hacia él, invoca encarecidamente la aspiración común e intenta, con una explicación del estado de propio cuño, un mal necesario, hacer más aceptables las desventajas evidentes derivadas de los actos del poder soberano. La deducción del estado a partir de la naturaleza humana pertenece al repertorio standard de todo profesor y educador esclarecido, esta vez gestionada con la ayuda de los antagonismos de la sociedad capitalista, y no con sus simpáticas diferencias sociales. Para que la deducción camine se pasa por alto la coerción a competir, que el estado ejerce, junto con todas sus características económicas, y entonces el puro uno contra otro queda explicado como una emanación de la naturaleza humana. Homo homini lupus, por consiguiente un par de lobos debe vigilar para que el resto no se devore entre si, y eso es el estado. En el trajinar cotidiano el rechazo de toda crítica que juzgue al accionar estatal de acuerdo al interés de usarlo como recurso propio, se abrevia hasta la confirmación de la necesidad del orden: "¡adónde iríamos a parar si todos fuesen dueños de todo!". La disposición a competir con los demás en interés propio y al mismo tiempo a tomar partido por las trabas que el orden impone a los otros, florece en la democracia; también en su variante fascista que censura el interés de competir y conmina al individuo a poner sus anhelos y esfuerzos al servicio total de la comunidad organizada, lo que sería la verdadera libertad. Los propagandistas oficiales de la libertad y la igualdad que quieren ver en cada estado el tipo de orden adecuado para el ser humano respectivo, encuentran la confirmación detallada de esta insolencia en la literatura científica sobre el tema. Ninguna de las ciencias humanas y sociales deja pasar la oportunidad para entregar una definición del ser humano en la que las pequeñas variaciones en tomo al principio: "el hombre es por naturaleza una bestia pero se muestra por lo común capaz de algo más elevado", reflejan el interés particular real de cada rama científica en querer participar en la conformación de lo "más elevado". El ciudadano con sus dos partes, el materialismo de la competencia y el idealismo sobre el estado, dictado por su dependencia de él, lo hacen aspiración suya, científica, lo fabulan en una constante antropológica, de tal modo que el adiestramiento de la voluntad aparece como una confirmación pura de lo humano en todos sus aspectos: psicológico, pedagógico, politológico, empresarial, literario y lingüístico. Como si la aplicación de estas ciencias no estuviese precisamente basada en que sus obras, abstrayendo de la individualidad, la enfrentan para educarla.
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- La soberanía. El pueblo. Los derechos fundamentales. La
representación a) El estado soberano es una instancia separada e independiente de los ciudadanos que no se identifica con ningún interés particular, y que sólo es poder reconocido por todos porque su interés, el bien común, lo impone contra los sujetos privados. En tanto emplea su poder para que los medios económicos de los particulares sólo se apliquen según su interés en la persona y la propiedad, sirve a intereses que nacen de la libre disposición sobre la propiedad productiva. Según su contenido su soberanía es algo muy relativo. El accionar estatal sin miramientos contra el índividuo particular y su propiedad esta en función de la propiedad privada, que el poder garantiza sólo mediante su irrestricta soberanía. La soberanía se conserva por la voluntad popular, y la voluntad general, con su contenido "estado", hace de los individuos de una sociedad un pueblo. Esa voluntad se manifiesta en la confirmación de las decisiones del estado. Si debe haber estado o no, no es motivo de consulta libre alguna, sino que es decidido por la fuerza. Todos quieren tener representantes, ya sean electos o nombrados directamente por las autoridades, que "en nombre del pueblo" actúen soberanamente. b) La protección frente a los excesos violentos de los sujetos privados es, como precepto de la soberanía del estado, un acto de su competencia exclusiva. Los derechos fundamentales codifican la relación negativa entre los sujetos privados competidores, en la forma de derechos y deberes hacia el poder político. Sólo en la medida que asuman sus deberes frente al estado, éste les garantiza el derecho de ser personas privadas libres. El estado es entonces un medio de la sociedad, a la que somete bajo su soberanía exhortándola con los derechos fundamentales a un ejercicio, positivo para él, de las libertades. Los derechos fundamentales decretan restricciones generales vigentes. En la forma de una confirmación de todo lo que se le permite el ciudadano se entera de todo lo que se le prohibe y cómo el estado procede con él. As! cada derecho fundamental, en su formulación, encierra sus condiciones. El ejercicio de los derechos debe contar de continuo con una intervención del poder público, sobre todo cuanto más el derecho ejercitado afecte la relación estado-ciudadano. Los derechos fuerzan Hegel ya lo sabía y después lo transformó en una celebración del estado-. La ecuación derecho = deber significa que el estado emplea su poder para que todos los vínculos del ciudadano cumplan con preceptos estatales. Los derechos fundamentales se llaman también derechos humanos (para distinguirlos de los derechos animales y vegetales) según la idea que corresponden a la naturaleza del hombre. La "naturaleza" que reclama hacer del ser humano un hombre con derechos es el mundo de la competencia, en el que la propiedad barre con el respeto mutuo entre los hombres. La definición positiva del hornbre en la que, de conformidad con el estado, se le educa, tiene un contenido negativo: el poder del estado vela por la competencia y la urbanidad. c) Cuando los servidores del estado, desde el estadista hasta el último funcionario, ejercen su autoridad, representan junto a la sociedad el interés general que en ella no existe. Ellos actúan por los sujetos privados, en tanto proceden en su contra. Y se caracterizan por su irrespetuosidad propia de su buena conciencia de ser, como representantes del poder, los ejecutores de la voluntad del pueblo. Los deseos individuales de los miembros del pueblo, en cuyo nombre actúan, les parecen impedimentos injustificables de su autoridad porque la soberanía del estado coincide con imponérsela a todos los individuos. Por otro lado la obra pública de los representantes políticos no siempre se sobreentiende, porque también ellos tienen intereses individuales, y el cargo ofrece algunas tentaciones. Las colisiones inevitables entre el interés público y el privado en la persona de los agentes del estado, hacen que estos sujetos estén a cubierto contra los riesgos de la competencia por el poder, pero también son el motivo para utilizar el cargo público en beneficio personal: carrerismo, enriquecimiento lícito e ilícito. Esos personajes, que han hecho de la autoridad la parte intima de su ser, y que entonces deben saber muy bien por qué una posición crítica frente al estado es incompatible con el ejercicio debido de un cargo público cualquiera, inventaron la inhabilitación para la función pública. Servir al estado no es una profesión como cualquier otra. d) La lucha por imponer el estado soberano fue por acabar con la fusión del poder político con la iglesia, la nobleza y la propiedad de la tierra, y someter a toda la sociedad bajo su poder. Sus decisiones se liberaron de intereses particulares (también de aquellos situados fuera de su territorio) y sólo frente a sus ciudadanos, pero frente a todos ellos quedó obligado el estado, y viceversa. Entonces el combate por el reconocimiento de la propiedad y la persona tuvo la forma de una liberación del viejo estado de sus viejas dependencias. En nombre de la soberanía popular las partes no reconocidas de la sociedad exigieron su participación en el poder político reclamando que todos los organismos decisorios del estado representasen los derechos fundamentales de los regidos, lo que los viejos poderes soberanos no cumplían. Su eliminación y la declaración de los derechos humanos fue el punto de partida del ejercicio de un poder público en manos de representantes del pueblo. Aquellos que impusieron los intereses contra el viejo estado se hicieron representantes de esos intereses, y desde ese momento ni actuaron ni hablaron más según los anhelos de sus bases, sino que los restringieron con todos los medios del arte de gobernar. Para muchos combatientes resultó más de un revolucionario burgués, después de la victoria. un traidor. e) Para la razón práctica del ciudadano, la inevitabilidad de su sometimiento bajo la soberanía estatal, constituye el punto de partida de esperanzas y desilusiones. Él mismo se siente continuamente obligado por demás, mientras que en los otras ve sólo derechos y se queja de la debilidad inquietante de sus representantes, a quienes sino, a veces, imputa abuso de poder. Para arreglárselas con su obligación hacia los derechos fundamentales, el ciudadano polemiza con permanencia crítica acerca de la dimensión de los poderes restrictivos del estado sobre los demás ciudadanos que ejercen sus derechos. Como su interés en la dominación política es desilusionado con frecuencia, él se desarrolla como examinador de la calidad conductiva y la capacidad para inspirar confianza de sus representantes, cualidades políticas a las que el enojo por su propio deficiente ir tirando transforma en causa del mismo. El reclamo del ciudadano por una representación del estado como es debida no tiene nada que ver con una rebeldía. Tal reclamo, el ciudadano lo completa con su juicio que el uso del poder para el prestigio personal es comprensible y legítimo si sirve al estado. La opinión pública también se tranquiliza frente a las brutalidades del ejercicio del poder con la frase vil: la política es sucia". y las inquietudes sobre los daños a la reputación del estado en los llamados escándalos públicos desaparecen súbitamente con el recambio de las figuras implicadas (Watergate) Los propagandistas de una dominación política que marche bien, los politólogos, consideran la relación estado-ciudadano de una manera estrictamente funcional. En la soberanía del pueblo les agrada la economía en el uso de la fuerza, la estabilidad de un poder político basado en el asentimiento. En su deducción de la representación a partir del espacio, el número y el grado de madurez política ciudadana. honran el ideal de una voluntad popular que existe en representantes y representados como responsabilidad común. En su panegírico de los derechos fundamentales van siempre, y apurados, de la maravillosa posibilidad de ser un ciudadano libre a la necesidad de usar correctamente la libertad. Toda aclaración que hacen de los derechos, calcula hasta dónde debe ser permitido el "aprovecharse" de la constitución. Por otro lado, el trato diferente que estados 1 extranjeros dan a sus ciudadanos se despacha con que violan los derechos humanos. El "arma de los derechos humanos" pega fuerte, sobre todo a los estados comunistas, porque adorna de lo lindo, con moral, su acorralamiento implacable por parte del imperialismo. Los fanáticos de izquierda de la verdadera voluntad popular aplican con la misma arma golpes terribles en la otra dirección. Todo el año reclaman más derechos para los obreros y campesinos, porque no quieren privarlos de la alegría de ser una sola masa armónica con su poder político. Para esta gente lo malo del poder estatal es que, bajo la influencia y presión de los monopolios, no puede ser un legitimo representante del pueblo, en otras manos, las correctas, estaría nuevamente en condiciones de cumplir con sus deberes. LOS críticos fascistas de la
democracia también quieren hacer la relación estado-ciudadano más
íntima. En lugar del poder soberano que pone su capacidad al servicio de
la competencia, debe haber un poder que organice la competencia como un
servicio al estado. En la libertad del interés privado, regulado y
reconocido por el poder público, los fascistas advierten una debilidad
del estado. Los derechos fundamentales los ven como maneas del poder
político, no como sus medios, y los funcionarios democráticos son para
ellos figuras endebles, sujetos acabados, caricaturas del verdadero
espíritu de la raza y del pueblo, porque no hacen de la voluntad del
ciudadano, separada y liberada de sus motivos las pretensiones de la
competencia- el motor de la política. ¡El hombre privado debe anularse
en ciudadano al servicio de la nación! a) Como forma de gobierno la democracia es adecuada porque en ella el poder del estado impone restricciones a los ciudadanos sólo siempre y cuando el uso de sus libertades lesione la libertad de otros. El estado reconoce la particularidad de todas las personas privadas a las que somete bajo la ley, da a sus leyes vigencia general, refiere todos los actos a sí mismo, y no exige de ningún interés particular contribuciones especiales: fuera de aquellas que precisamente surgen de los recursos económicos. (Ya se verá con cuanta consecuencia lo exige.) A diferencia del estado absolutista, la democracia no favorece a ningún estamento o clase social; todo el mundo goza de sus derechos, nadie tiene privilegios. No es a través de su parcialidad de su accionar directo para el interés de determinados sectores de la sociedad, que el estado sirve a una clase social. Es la ley, válida para todos, y la justicia, quienes organizan la ventaja de los ciudadanos pudientes y cimentan las desventajas de los de menores recursos. El estado democrático es depositarlo del poder de la propiedad privada, y se corresponde a las relaciones sociales al codificarlas b) El estado de derecho considera como un deber el uso del poder que la sociedad entrega a los órganos del estado sólo de la manera que corresponda a los propósitos de los ciudadanos. Lo cumple sometiendo sus colisiones con los ciudadanos al criterio de los derechos fundamentales. Generoso, se conforma con las restricciones que la Constitución marca a los ciudadanos. Su ir más allá, legítimo, de lo señalado por la ley fundamental, ocurre siempre que la existencia misma del estado se encuentre amenazada: cuando la rebelión de la parte legalmente embaucada de su pueblo se vuelve un peligro para su soberanía el estado democrático se permite a sí mismo el reaccionar sin miramientos para asegurar la comunidad organizada frente a las violaciones de los deberes fundamentales. La amenaza del incumplimiento de sus prescripciones la enfrenta con la recriminación del uso abusivo de los derechos. que entonces pasa a proteger aboliéndolos mediante leyes de excepción: la preparación legal para casos de emergencia, en los cuales un estado no quiere darse más el lujo de seguir siendo estado de derecho. c) La forma democrática de gobierno es, junto con todos sus apreciados procederes, la institucionalización de los antagonismos entre el estado y el ciudadano. Cada vez que los ciudadanos reafirman al poder del estado como su recurso propio, lo es porque limita la libertad del individuo. La abstracción que los sujetos privados ejecutan en si mismos, aparece frente a ellos como coerción que deben acatar. Porque necesitan de esa coerción para afianzar e imponer sus intereses individuales, pero también porque sólo la acatan por esos intereses, son demócratas intachables sólo donde la actividad del estado no los menoscaba. El ciudadano, frente a usufructuarios de derechos que para él son deberes, deja de ser demócrata en el acto, y enseguida tiene a mano alternativas mejores para el uso de la fuerza estatal. Es muy común entonces que en la más hermosa de las democracias ciudadanos decentísimos sean partidarios de formas más directas y simples de aplicar la violencia oficial, y que argumentos contra la dominación del estado sean rarezas. Las estadísticas experimentan, a la inversa, que sus servicios al interés general pocas veces cuenta con la simpatía de los ciudadanos, y la observancia de las diversas normas democráticas no siempre ayuda a mantenerse y progresar en el cargo. Cuanto más tiempo ejercen la función pública, más se cansan de legitimarse democráticamente frente a los ciudadanos, y dejan de pasearse con la Constitución bajo el sobaco. Donde les hace quedar bien dicen que su poder ha sido democráticamente instaurado. El concepto abstracto de la democracia es entonces de alguna utilidad para explicar el fascismo. Esta forma alternativa de dominación burguesa no solamente está presente de forma permanente en la democracia como deseo de políticos y de ciudadanos; también está al orden del día si ciudadanos y estado se ponen de acuerdo, con sus antagonismos, en que es el ejercicio ineficaz de la dominación política el culpable que en la economía las cosas no anden como debieran. De una mano dura en el poder sus partidarlos esperan que impulse el espíritu de sacrificio y acabe con el protesteo de aquellos ciudadanos que no están dispuestos incondicionalmente a rendir más, política y económicamente Y esa mano dura por lo general se instala sin mayores problemas porque para mejor el antifascismo, como prograrna de salvación de la democracia, nada tiene que oponer a los recursos políticos combativos de quienes aspiran, de otra manera, a salvar a la nación eliminando los elementos antisociales. La leyenda de la fracción chauvinista y extremista de la burguesía que primero seduce, luego conduce a un pueblo de demócratas cien por cien, y por último, debido a la relación de fuerzas es capaz de realizar sus planes diabólicos, da fe ella misma de un respeto nacionalista por una democracia de verdad que a la voluntad real de sacrificarse por la nación no opone otra cosa que la identidad fictiva de pueblo y estado. Además, el tránsito de la democracia al fascismo no contradice la afirmación que la democracia es la forma estatal adecuada del capitalismo. Como institucionalización de los antagonismos sociales que es, ella 'funciona" precisamente en tanto que los ciudadanos, obligados al empleo legítimo de la propiedad privada, compiten como es debido, o sea en tanto quieran arreglárselas democráticamente con los más diversos resultados de la competencia entre ellos. Por lo que para vivir en democracia no sólo hay que haber sido educado sino que hasta hay pueblos que, según los demócratas, no están maduros para tan pretenciosa forma de gobierno. Estos examinadores metropolitanos conocen muy bien a los regímenes fascistas que en el Tercer Mundo" rinden tan buenos servicios a la democracia que hasta ellos mismos los han instalado y los sostienen. Porque si el arte del autocontrol pertenece a la dominación política democrática y es celebrado por ella como una de sus virtudes cardinales, en las soberanías tercermundistas que gobiernan la miseria, si se permite primero el ejercicio de la libre voluntad después no hay modo de educarla. d) Las colisiones entre el estado y el ciudadano, que se producen inevitablemente con el sometimiento colectivo bajo la ley, lleva a los ciudadanos a formas complementarias de aprobación y crítica del poder político. Se puede: 1. Participar de la vida democrática desaprobando actos del estado, y haciéndolo dudando de su legitimidad. En este caso siempre hay otros que toman partido a favor de tales actos y subrayan su legitimidad. Condena y aprobación cambian de bando según el carácter de los actos en discusión. 2. Hacer del perfececionamiento de la democracia una aspiración propia. Ya sea inventando una crisis general de la legitimación del poder político y exigiendo más consideración hacia los ciudadanos, agitándolos para que consientan mejor; o bien lamentando que el estado, poco seguro de su legitimidad real, dirija en un santiamén su accionar a ganarse la aprobación de los ciudadanos. Así hay, para unos, enemigos de la democracia. Y para otros, enemigos del estado. Estos últimos no lo pasan bien, por lo que recalcan permanentemente su buena voluntad hacia el estado, si es necesario también frente a los tribunales. 3. manifestarse como opositor al estado democrático negando su legitimación. Mientras que el revisionismo toma como motivo el reparto, indudablemente desigual, de daños y beneficios en el pueblo para denunciar el permanente abuso del asentimiento democrático hacia la confección de leyes soberanas, o sea que propaga un estado que se relativice frente a los intereses de las masas, los anarquistas se contentan con el descubrimiento de la violencia del estado contra los individuos. En nombre del pueblo se miden en ese campo con el estado, y deben experimentar que la voluntad popular no ve con malos ojos el uso de la violencia por parte de las instancias oficiales; porque están, de otra manera que los agentes del estado, separados de las masas, son acosados y víctimas, y sus victimarios, héroes de la democracia. Para los fascistas la legitimación del estado es una pura restricción para el cometido de sus tareas. Junto con la aprobación en principio del estado exigen del ciudadano que se someta sin condiciones, que renuncie a todos sus intereses particulares que limitan al estado. Los fascistas practican la política como la organización despiadada del pueblo para los fines, del estado, la comunidad total y el terrorismo de estado. e) Los estados democráticos tuvieron su origen por el hecho que hubo un interés común de dos clases antagónicas. Para ambas era útil que hubiese un estado que por sus propias necesidades obligase a cada una de las clases a tener en cuenta a la otra. La unidad de burguesía y proletariado era una unidad negativa y estaba dirigida contra un estado que era el instrumento de una clase improductiva. En Norteamérica creación directa de una autoridad soberana. f) Mientras que la apología de la
democracia, que no tiene nada que ver con su explicación, por lo común
se vale de ventajas del sistema que no son las de la mayoría de los
ciudadanos, los razonamientos de su defensa no se andan con vueltas. Con
frecuencia la democracia recibe ovaciones mediante una "comparación" con
situaciones lejanas, temporales, todas las epocas anteriores de la
historia universal, o espaciales, la Amazonia, y toda crítica se declara
sin fundamento ya que hubo y hay cosas peores. Si se toma la comparación
temporal en serio se descubre en el progreso (reconocimiento de la
voluntad libre abstracta, abolición de relaciones de dependencias
personales, etc.) la coerción, a la que están sometidos sobre todo la
mayoría de los ciudadanos libres. Porque todas las libertades van hasta
donde el estado quiere, sus límites están institucionalizados y su
autorización depende del uso que se haga de ellas. Aquí aparecen las tan
queridas interpretaciones del mensaje de la democracia,
confeccionados por lo común por los cagatintas democráticos, con la
colaboración activa académica y extraacadémica, de los revisionistas.
Para la vigencia de tales artes explicatorías juega un papel inmenso el
dilema entre derechos y realidades: atreverse, demasiado o poco, a la
democracia, conquistarla, vivirla... a) Como forma de gobierno la democracia es adecuada porque en ella el poder del estado impone restricciones a los ciudadanos sólo siempre y cuando el uso de sus libertades lesione la libertad de otros. El estado reconoce la particularidad de todas las personas privadas a las que somete bajo la ley, da a sus leyes vigencia general, refiere todos los actos a sí mismo, y no exige de ningún interés particular contribuciones especiales: fuera de aquellas que precisamente surgen de los recursos económicos. (Ya se verá con cuanta consecuencia lo exige.) A diferencia del estado absolutista, la democracia no favorece a ningún estamento o clase social; todo el mundo goza de sus derechos, nadie tiene privilegios. No es a través de su parcialidad de su accionar directo para el interés de determinados sectores de la sociedad, que el estado sirve a una clase social. Es la ley, válida para todos, y la justicia, quienes organizan la ventaja de los ciudadanos pudientes y cimentan las desventajas de los de menores recursos. El estado democrático es depositarlo del poder de la propiedad privada, y se corresponde a las relaciones sociales al codificarlas b) El estado de derecho considera como un deber el uso del poder que la sociedad entrega a los órganos del estado sólo de la manera que corresponda a los propósitos de los ciudadanos. Lo cumple sometiendo sus colisiones con los ciudadanos al criterio de los derechos fundamentales. Generoso, se conforma con las restricciones que la Constitución marca a los ciudadanos. Su ir más allá, legítimo, de lo señalado por la ley fundamental, ocurre siempre que la existencia misma del estado se encuentre amenazada: cuando la rebelión de la parte legalmente embaucada de su pueblo se vuelve un peligro para su soberanía el estado democrático se permite a sí mismo el reaccionar sin miramientos para asegurar la comunidad organizada frente a las violaciones de los deberes fundamentales. La amenaza del incumplimiento de sus prescripciones la enfrenta con la recriminación del uso abusivo de los derechos. que entonces pasa a proteger aboliéndolos mediante leyes de excepción: la preparación legal para casos de emergencia, en los cuales un estado no quiere darse más el lujo de seguir siendo estado de derecho. c) La forma democrática de gobierno es, junto con todos sus apreciados procederes, la institucionalización de los antagonismos entre el estado y el ciudadano. Cada vez que los ciudadanos reafirman al poder del estado como su recurso propio, lo es porque limita la libertad del individuo. La abstracción que los sujetos privados ejecutan en si mismos, aparece frente a ellos como coerción que deben acatar. Porque necesitan de esa coerción para afianzar e imponer sus intereses individuales, pero también porque sólo la acatan por esos intereses, son demócratas intachables sólo donde la actividad del estado no los menoscaba. El ciudadano, frente a usufructuarios de derechos que para él son deberes, deja de ser demócrata en el acto, y enseguida tiene a mano alternativas mejores para el uso de la fuerza estatal. Es muy común entonces que en la más hermosa de las democracias ciudadanos decentísimos sean partidarios de formas más directas y simples de aplicar la violencia oficial, y que argumentos contra la dominación del estado sean rarezas. Las estadísticas experimentan, a la inversa, que sus servicios al interés general pocas veces cuenta con la simpatía de los ciudadanos, y la observancia de las diversas normas democráticas no siempre ayuda a mantenerse y progresar en el cargo. Cuanto más tiempo ejercen la función pública, más se cansan de legitimarse democráticamente frente a los ciudadanos, y dejan de pasearse con la Constitución bajo el sobaco. Donde les hace quedar bien dicen que su poder ha sido democráticamente instaurado. El concepto abstracto de la democracia es entonces de alguna utilidad para explicar el fascismo. Esta forma alternativa de dominación burguesa no solamente está presente de forma permanente en la democracia como deseo de políticos y de ciudadanos; también está al orden del día si ciudadanos y estado se ponen de acuerdo, con sus antagonismos, en que es el ejercicio ineficaz de la dominación política el culpable que en la economía las cosas no anden como debieran. De una mano dura en el poder sus partidarlos esperan que impulse el espíritu de sacrificio y acabe con el protesteo de aquellos ciudadanos que no están dispuestos incondicionalmente a rendir más, política y económicamente Y esa mano dura por lo general se instala sin mayores problemas porque para mejor el antifascismo, como prograrna de salvación de la democracia, nada tiene que oponer a los recursos políticos combativos de quienes aspiran, de otra manera, a salvar a la nación eliminando los elementos antisociales. La leyenda de la fracción chauvinista y extremista de la burguesía que primero seduce, luego conduce a un pueblo de demócratas cien por cien, y por último, debido a la relación de fuerzas es capaz de realizar sus planes diabólicos, da fe ella misma de un respeto nacionalista por una democracia de verdad que a la voluntad real de sacrificarse por la nación no opone otra cosa que la identidad fictiva de pueblo y estado. Además, el tránsito de la democracia al fascismo no contradice la afirmación que la democracia es la forma estatal adecuada del capitalismo. Como institucionalización de los antagonismos sociales que es, ella 'funciona" precisamente en tanto que los ciudadanos, obligados al empleo legítimo de la propiedad privada, compiten como es debido, o sea en tanto quieran arreglárselas democráticamente con los más diversos resultados de la competencia entre ellos. Por lo que para vivir en democracia no sólo hay que haber sido educado sino que hasta hay pueblos que, según los demócratas, no están maduros para tan pretenciosa forma de gobierno. Estos examinadores metropolitanos conocen muy bien a los regímenes fascistas que en el Tercer Mundo" rinden tan buenos servicios a la democracia que hasta ellos mismos los han instalado y los sostienen. Porque si el arte del autocontrol pertenece a la dominación política democrática y es celebrado por ella como una de sus virtudes cardinales, en las soberanías tercermundistas que gobiernan la miseria, si se permite primero el ejercicio de la libre voluntad después no hay modo de educarla. d) Las colisiones entre el estado y el ciudadano, que se producen inevitablemente con el sometimiento colectivo bajo la ley, lleva a los ciudadanos a formas complementarias de aprobación y crítica del poder político. Se puede: 1. Participar de la vida democrática desaprobando actos del estado, y haciéndolo dudando de su legitimidad. En este caso siempre hay otros que toman partido a favor de tales actos y subrayan su legitimidad. Condena y aprobación cambian de bando según el carácter de los actos en discusión. 2. Hacer del perfececionamiento de la democracia una aspiración propia. Ya sea inventando una crisis general de la legitimación del poder político y exigiendo más consideración hacia los ciudadanos, agitándolos para que consientan mejor; o bien lamentando que el estado, poco seguro de su legitimidad real, dirija en un santiamén su accionar a ganarse la aprobación de los ciudadanos. Así hay, para unos, enemigos de la democracia. Y para otros, enemigos del estado. Estos últimos no lo pasan bien, por lo que recalcan permanentemente su buena voluntad hacia el estado, si es necesario también frente a los tribunales. 3. manifestarse como opositor al estado democrático negando su legitimación. Mientras que el revisionismo toma como motivo el reparto, indudablemente desigual, de daños y beneficios en el pueblo para denunciar el permanente abuso del asentimiento democrático hacia la confección de leyes soberanas, o sea que propaga un estado que se relativice frente a los intereses de las masas, los anarquistas se contentan con el descubrimiento de la violencia del estado contra los individuos. En nombre del pueblo se miden en ese campo con el estado, y deben experimentar que la voluntad popular no ve con malos ojos el uso de la violencia por parte de las instancias oficiales; porque están, de otra manera que los agentes del estado, separados de las masas, son acosados y víctimas, y sus victimarios, héroes de la democracia. Para los fascistas la legitimación del estado es una pura restricción para el cometido de sus tareas. Junto con la aprobación en principio del estado exigen del ciudadano que se someta sin condiciones, que renuncie a todos sus intereses particulares que limitan al estado. Los fascistas practican la política como la organización despiadada del pueblo para los fines, del estado, la comunidad total y el terrorismo de estado. e) Los estados democráticos tuvieron su origen por el hecho que hubo un interés común de dos clases antagónicas. Para ambas era útil que hubiese un estado que por sus propias necesidades obligase a cada una de las clases a tener en cuenta a la otra. La unidad de burguesía y proletariado era una unidad negativa y estaba dirigida contra un estado que era el instrumento de una clase improductiva. En Norteamérica creación directa de una autoridad soberana. f) Mientras que la apología de la
democracia, que no tiene nada que ver con su explicación, por lo común
se vale de ventajas del sistema que no son las de la mayoría de los
ciudadanos, los razonamientos de su defensa no se andan con vueltas. Con
frecuencia la democracia recibe ovaciones mediante una "comparación" con
situaciones lejanas, temporales, todas las epocas anteriores de la
historia universal, o espaciales, la Amazonia, y toda crítica se declara
sin fundamento ya que hubo y hay cosas peores. Si se toma la comparación
temporal en serio se descubre en el progreso (reconocimiento de la
voluntad libre abstracta, abolición de relaciones de dependencias
personales, etc.) la coerción, a la que están sometidos sobre todo la
mayoría de los ciudadanos libres. Porque todas las libertades van hasta
donde el estado quiere, sus límites están institucionalizados y su
autorización depende del uso que se haga de ellas. Aquí aparecen las tan
queridas interpretaciones del mensaje de la democracia,
confeccionados por lo común por los cagatintas democráticos, con la
colaboración activa académica y extraacadémica, de los revisionistas.
Para la vigencia de tales artes explicatorías juega un papel inmenso el
dilema entre derechos y realidades: atreverse, demasiado o poco, a la
democracia, conquistarla, vivirla. |
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