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Además, Keynes juzgaba intolerables las condiciones en las cuales Estados
Unidos acordó un préstamo a Gran Bretaña en 1945. Dos factores contribuyeron
luego para aliviar la situación británica. El primero, vinculado a la guerra
fría, fue la adopción del plan Marshall, que proveía una ayuda material y
financiera nada despreciable. Por otro lado, la amenaza militar que la Unión
Soviética hacía pesar sobre Europa Occidental pudo haber estado sobrestimada
(ampliamente), pero en ese momento el modelo económico y político soviético
no estaba desacreditado. Lejos de ello. Constituía un desafío que dio un
fuerte impulso a la reconstrucción de la posguerra y, en el plano social, a
la implementación de reformas democráticas indispensables(3).
En Estados Unidos, la reorganización estructural se apoyó parcialmente en el
sector militar, pero más fuertemente en los resultados de ese nuevo estilo
de New Deal, y posteriormente en las reformas sociales del programa para la
“Gran sociedad”(4) (seguridad social, sistema de seguro médico Medicare,
subsidios para la vivienda, la educación y las compras a crédito). Este
programa modificó los hábitos de consumo de los hogares y transformó a
Estados Unidos en la locomotora keynesiana del resto del mundo. Por un
tiempo, la convergencia fue una realidad y los países pobres crecieron más
rápidamente que los países ricos.
Esta situación terminó durante los años 1970, cuando los bancos comerciales
retomaron su poder. Pero bastaron sólo algunos años para demostrar que
Keynes había tenido razón. La “contrarrevolución bárbara”, retomando la
expresión del economista Walt Rostow, estaba ya bien iniciada en los años
1980. Desde entonces, los países denominados en desarrollo sufrieron con
toda su fuerza el derrumbe de su financiamiento, los contragolpes sucesivos
de la inestabilidad especulativa y la crisis de la deuda.
Brasil constituye un caso de libro. Es un país cuya deuda llega a 250.000
millones de dólares, que está sumergido en una profunda recesión y dispone
de excedentes comerciales. El tratamiento keynesiano hubiera sido muy claro:
para que el país se desarrollara debería emprender el camino hacia el pleno
empleo, esforzándose por reducir sus excedentes comerciales, gracias a
financiamientos adaptados a sus necesidades y aportados por el sistema de
reservas internacionales. En lugar de esto, el actual FMI pone a su
disposición un “préstamo” de 30.000 millones de dólares, con la estricta
condición de que la demanda interna siga sofocada. Más que un préstamo, es
un medio de cuidar a los acreedores hasta que se presenten en otros lugares
nuevas ocasiones de invertir.
Por otro lado, Brasil obtuvo este tratamiento porque se trata de un gran
país debilitado de modo inquietante por la carga de la deuda, y porque una
izquierda en pleno auge es percibida como una amenaza potencial. Argentina,
donde las diversas corrientes políticas siguen siendo imprecisas, ha
obtenido mucho menos, a pesar de que durante toda la década de los años
noventa se la presentaba como un modelo de liberalización económica,
contrariamente a Brasil (5). En este juego de las sillas, Turquía tiene una
suerte parecida, ya que es un país comprometido de manera ejemplar en el
camino de la liberalización, que se derrumba bajo el peso de la deuda y sólo
es “ayudado” en la medida en que reviste importancia estratégica y acepta
cooperar en la guerra contra Irak. En cuanto a la tragedia de la
liberalización financiera de Rusia, es demasiado conocida como para que sea
necesario volver sobre ella (6).
Es triste, pero muy pocos países en vías de desarrollo han logrado, como
China, salir adelante adoptando políticas mercantilistas y estrategias de
planificación. Queda por saber si la prosperidad china resistirá a las
reglas que quiere imponerle la Organización Mundial del Comercio (OMC) (y,
por otra parte, si China mantendrá sus compromisos). India, que ha mantenido
controles sobre el tipo de cambio y los capitales, se encuentra en una
situación intermedia desde el comienzo de los años 1980, con un crecimiento
lento pero regular.
¿ Y Europa? Allí se implementa una suerte de super-Estado económico con una
visión pre-keynesiana de sus recursos y responsabilidades. El pacto de
crecimiento y de estabilidad obliga a los países europeos a mantener sus
déficits presupuestarios en un nivel bajo, que es el mismo para todos,
cueste lo que cueste (o casi), y sin tener especialmente en cuenta sus
respectivas tasas de desempleo (salvo en caso de recesión real y muy
marcada) o de sus necesidades de inversión. El Banco Central europeo fija
autoritariamente la tasa de interés teniendo en cuenta objetivos de los
cuales es el único juez (la estabilidad de los precios tiene prioridad sobre
todos los demás objetivos).
Los gobiernos de las regiones más pobres de Europa no pueden abstraerse de
este contexto para tratar de industrializarse como lo ha hecho China.
Tampoco pueden tomar préstamos para financiar sus contribuciones al
desarrollo europeo, contrariamente a las ciudades y Estados norteamericanos
que tienen la posibilidad de constituir un presupuesto específico para
garantizar sus gastos de equipamiento a largo plazo. También les es
imposible recurrir a los mecanismos keynesianos de estabilización
macroeconómica (7), salvo en caso de necesidad absoluta, o de devaluación
para proteger la competitividad de sus empresas.
En consecuencia, son dependientes de las transferencias presupuestarias de
la Comunidad. Transferencias que son significativas para las regiones más
pobres, pero insuficientes para contribuir a la estabilización
macroeconómica de vastos territorios nacionales con bajo ingreso como, por
ejemplo, España o Grecia, para no hablar de los nuevos candidatos a
integrarse a la Unión. Estas disparidades probablemente van a aumentar con
la recesión que despunta en Europa. Actualmente, el poder de los acreedores
es tan absoluto en este continente como en la Alianza Atlántica de 1945.
Pero su poder resulta económicamente desastroso, como lo había predicho
Keynes en 1945-1948.
A diferencia de la Unión Europea, Estados Unidos ha podido evitar algunos de
estos rasgos porque hasta el momento se ha visto beneficiado por tres
hechos. El estatus del dólar como moneda de reserva le ha permitido
continuar viviendo confortablemente a pesar de tener déficits
presupuestarios muy elevados. Se ha beneficiado también con su reputación de
remanso financiero para inversores deseosos de huir del nepotismo, la
corrupción y la inestabilidad que hacen estragos en otras partes del mundo
(prácticas, por otro lado, alimentadas de buena gana por Estados Unidos...).
Finalmente, hay que señalar que los principios keynesianos fundamentales son
los que han guiado de facto y sin discontinuidades la política interna
estadounidense. Su influencia se ejerce en tres planos: la actitud
pragmática de la Administración y del Congreso en períodos de desaceleración
económica (disminuir los impuestos); la actitud igualmente pragmática de la
Reserva Federal ante el mismo contexto (disminuir las tasas de interés sin
inquietarse demasiado por los efectos que pueda tener sobre los precios); y
la existencia de un importante sistema de ayuda del Estado, que adopta
esencialmente la forma de discretas garantías de préstamos y de créditos
impositivos destinados a alentar el consumo de los hogares (particularmente
en el ámbito de la vivienda, la salud, la educación y las jubilaciones).
Sin embargo, estas cartas de triunfo corren el riesgo de ser cuestionadas.
Es poco probable que el dólar pierda de pronto su estatus privilegiado. Pero
puede resultar afectado por la emergencia del euro, el agravamiento de la
crisis en Japón y el descrédito que aqueja ahora a la política exterior
estadounidense. Los mercados de valores de Estados Unidos ya no están por
encima de toda sospecha, vistas las prácticas ilegales de algunas empresas,
los fraudes contables, la pérdida de eficacia de las medidas de regulación y
el estallido de la burbuja bursátil de las empresas tecnológicas e
informáticas. Además, una descentralización excesiva ha delegado una gran
parte de los gastos sociales en las autoridades locales (estaduales y
municipales), obligadas ahora a operar recortes parciales porque la recesión
en curso reduce drásticamente sus ingresos fiscales.
En cuanto la riqueza internacional comience a alejarse de las costas
estadounidenses, aparecerán claramente las dificultades para proveer a sus
propias necesidades. Esto podría afectar seriamente la demanda interna, cuyo
debilitamiento repercutiría prontamente en las exportaciones de los países
tributarios del mercado estadounidense y, en consecuencia, sobre la
capacidad de pago de sus deudas. Tal incumplimiento influiría negativamente
sobre el crédito y la reputación de las instituciones financieras
estadounidenses, muralla de contención de las finanzas internacionales y el
dólar. El riesgo de que surja una crisis a partir de tal encadenamiento de
hechos no es despreciable, aun cuando no parece inminente. Si se agrega la
guerra de Irak y las tensiones e incertidumbres nucleares en otros lugares,
es dudoso que Estados Unidos continúe apareciendo como un puerto tan seguro.
Finalmente, ¿la situación actual de Estados Unidos es verdaderamente tan
diferente de la que conoció el Reino Unido en 1944-1945? ¿No volvemos a
encontrar, acaso, un compromiso militar excesivo, una erosión de la
capacidad de exportación, una hegemonía monetaria de larga duración que
ahora parece comprometida, y muchas ilusiones sobre la necesidad de
intervenir en la escena internacional?
Evidentemente, quienes ocupan puestos en los consejos de guerra en
Washington no imaginan que su imperio esté financieramente asentado sobre
arenas movedizas. Sin embargo, incluso en Estados Unidos, un cambio todavía
está en el orden de lo posible, impulsado por una desilusión general sobre
los objetivos de esta política. El pueblo estadounidense no es
particularmente marcial, y su paciencia en relación con las operaciones
militares está estrechamente vinculada con su coste. Preferiría, sin duda,
dar a su ejército un papel esencialmente defensivo, que permitiera
reconstruir la economía estadounidense sobre bases más pacíficas, en un
marco restaurado de acuerdos colectivos de seguridad. Para lo cual sería
necesario que su capacidad para movilizar recursos en este sentido no esté
trabada, o por lo menos no demasiado trabada, por los medios financieros
internacionales.
Pensar ahora en una eventualidad tan lejana puede parecer fútil. Sin
embargo, si llega a concretarse, los estadounidenses y, con ellos, los
representantes del resto del mundo, tendrán necesidad del enfoque
esclarecido de los ciudadanos del continente europeo, pues éste será sin
duda el nuevo centro de actividad financiera. En ese caso, es indispensable
que los europeos no repitan el error cometido en 1945 por los
estadounidenses. Claramente, deberán evitar confiar las decisiones claves y
las instituciones de primer nivel a gente con mentalidad de banqueros.
*Presidente del Consejo de Dirección de la Asociación de Economistas Aliados
para la Reducción de Armas (www.ecaar.org),
director del Proyecto sobre la Desigualdad en la Universidad de Texas,
profesor en la Lyndon B. Johnson School or Public Affairs de la Universidad
de Texas, en Austin, investigador en el Levy Economics Institute.
NOTAS:
(1) Era representante del Ministerio de Finanzas británico en la Conferencia
de Paz en París, pero renunció tres días antes de la firma del Tratado,
expresando su desacuerdo con las sumas exigidas a Alemania por reparaciones,
que juzgaba exorbitantes, especialmente en la obra Les conséquences
économique de la paix.
(2) Robert Skidelsky, John Maynard Keynes, Macmillan (3 volúmenes, 1983,
1992, 2000), Londres, p. 126.
(3) Véase sobre este punto Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Buenos
Aires, Grijalbo, 1998.
(4) “Great Society”, el programa de política interna lanzado en 1964 por el
presidente Lyndon Johnson, que acababa de suceder a John Kennedy.
(5) Véase especialmente Carlos Gabetta, “Crisis total en Argentina”, Le
Monde diplomatique, edición española, enero de 2002, y Luis Bilbao,
“Argentina: ¿solución o descomposición?”, Le Monde diplomatique, edición
española, julio de 2001.
(6) Véase Carine Clément, “Los orígenes del fenómeno Putin”, Le Monde
diplomatique edición españolar, febrero 2003.
Publicado
en Le monde diplomatique |