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español y en inglés - Availables resources in spanish and english.
Editor:
Jorge T Colombo
.
The Greeks - The Polis
(English) -
H.D.F. Kitto
. Polis (English)
La Polis (Español) -
Alberto Bonini
En general, cuando se refiere al análisis de la polis, se tiende a
utilizar tan sólo una parte de su real concepción. Aunque la experiencia
de Atenas fue la más significativa, el concepto de polis engloba otras
alternativas.
NOCIÓN DE POLIS Y ACLARACIONES SOBRE LA PERSISTENCIA
HISTÓRICA Y SOBRE LA DIFUSIÓN GEOGRÁFICA DE LA CIUDAD-ESTADO.
(Ver: ¿Qué es la democracia?)
Por p. se entiende una ciudad autónoma y soberana,
cuyo cuadro institucional está caracterizado por una magistratura (o por
una serie de magistraturas), por un consejo y por una asamblea de
ciudadanos (politai).
La noción anticipada (en cuya formulación concurren
categorías jurídicas de laguna manera extrañas al espíritu griego) es en
realidad el fruto de un proceso de abstracción de situaciones históricas
muy diferentes entre sí. Es suficiente decir que se puede hablar de p.
en Grecia con referencia tanto a los regímenes oligárquicos (típicos de
los siglos VIII-VI) pero que se encuentran también en los siglos
posteriores), como en los regímenes democráticos (que se encuentran a
partir del siglo VI más o menos). Por otra parte el fenómeno de la
ciudad-estado no se agota en el mundo griego, es decir en el territorio
de la Hélade y en las regiones colonizadas por los griegos en oriente y
occidente (como la Magna Grecia). En efecto, también Roma en sus
orígenes, y por un largo período, es una ciudad-estado; aquí nos
limitaremos sin embargo a tratar los acontecimientos fundamentales de la
p. por antonomasia, vale decir, la griega.
(Ver:
Democracia
liberal: Un oxímoron)
ORÍGENES DE LA POLIS EN GRECIA Y SUS
CARACTERÍSTICAS FUNDAMENTALES
Los momentos más oscuros de la historia de la p. son
los de los orígenes, es decir el período de su afirmación como
estructura política propia del mundo griego. En esta materia existen
opiniones muy diversas: algunos autores fijan el nacimiento de la p.
alrededor del 500 a.C.; otros hacen remontar el fenómeno a la época
monárquica (como se describe en los poemas homéricos). Obviamente, estas
divergencias son el fruto de las distintas perspectivas en que se ubican
los estudiosos; pero hay que reconocer que de todas maneras el problema
no es de fácil solución. Uno de los mayores obstáculos para una precisa
determinación de las circunstancias históricas que favorecen el
surgimiento de la poleis lo representa la vexata quaestio
de la invasión dórica; según una corriente de estudiosos serían
justamente los dorios, otro pueblo de origen indoeuropeo y de estirpe
helénica, pero más joven y militarmente más fuerte, los que sometieron a
los aqueos, ya asentados en el territorio de la Hélade y regidos con
monarquía. En la consiguiente caída del régimen monárquico y en la
instauración del régimen oligárquico habría nacido una nueva
organización política, es decir, la p. Otra corriente de estudiosos no
considera digna de fe la tradición de la llegada de los dorios (que
sería un nuevo nombre de los aqueos, que éstos reciben en el momento de
su expansión en otros lugares). También según esta segunda tesis la p.
habría de todos modos surgido en el momento del paso de la monarquía a
la oligarquía; la misma, sin embargo, se habría afirmado sin la
intervención de factores exteriores, es decir por el simple efecto del
predominio del a nobleza militar sobre el poder monárquico (predominio
que se generaliza en el curso del siglo VII y que reduce el basileus,
cuando no lo elimina, a simple órgano del estado o a rex sacrificulus).
Con esta premisa es útil fijar algunos puntos
esenciales para la comprensión del desarrollo histórico. El primero se
refiere a la particular configuración orográfica de Grecia, que sin duda
favorecía la formación de pequeños estados, constituidos por un
distrito, en general de pequeñas dimensiones, y por una campiña aledaña,
también de reducidas proporciones.
El segundo punto se refiere a las relaciones entre p.
y organismos políticos menores; estos últimos, además de la familia en
sentido estricto, son más precisamente, en orden creciente de amplitud,
el ghenos (es decir el conjunto de aquellos que están vinculados
por un origen familiar común), la fratría (asociación de familias con
tareas de defensa común y de asistencia, y con sus propios cultos), y la
tribu (conjunto de fratrías que en la ausencia de un poder estatal
eficiente termina asumiendo deberes de gran importancia). La p. se
habría formado justamente con el reconocimiento de una autoridad
superior a la de los organismos mencionados. Debe también decirse que
cada uno de estos organismos, y en particular del ghenos, se
discute la anterioridad respecto de la p.; pero puede también agregarse
que por lo menos una parte de la misma tradición política griega
considera los orígenes de la p. de la manera que se ha expuesto hasta
ahora.
El tercer punto, vinculado con el precedente, afecta
la calidad y la cantidad de las funciones asumidas por la ciudad-estado;
en efecto, resulta claro que la superposición de la p. a los organismos
menores no podía significar la inmediata supresión de todas las
funciones que éstos habían desempeñado hasta el momento. Muchos
institutos conservaron por mucho tiempo las huellas de su origen en los
organismos preestatales: piénsese por ejemplo en la represión del
homicidio que, habiendo sido en un tiempo confiada a los organismos
menores, permanece luego subordinada al ejercicio de una acción penal
privada (es decir sin ninguna intervención del os órganos estatales).
También el derecho de familia quedó esencialmente libre de injerencias
de la p.; es decir que se conservaron las normas vigentes en los
ordenamientos menores y el estado se limitó a pretender su observancia.
El último
punto se refiere a las relaciones entre poleis. Hay que decir, en
este sentido, que las ciudades griegas estuvieron ligadas desde la época
más antigua por vínculos de carácter sagrado, en el sentido de que los
grupos de poleis se reunían alrededor de un célebre santuario.
Estas ligas sagradas o anfictionías (de las cuales la más importantes es
la de Delfos en la Fócida) jamás lograron, sin embargo, actuar en favor
de una unificación política de Grecia. Se formaron, es cierto, unidades
cantonales ligadas por un vínculo federativo; pero la renuncia a las
prerrogativas soberanas, o aun sólo a un ap arte de las mismas, les
pareció a cada una de las poleis un sacrificio demasiado grave.
La más significativa de las confederaciones es la peloponésica, también
porque el peligro de la hegemonía de una de las ciudades adherentes
(peligro que los griegos sentían de manera particular) se realizó aquí
plenamente, y el predominio de Esparta, en un primer momento sólo en el
plano de los hechos, fue luego reconocido incluso formalmente. Uniones
de ciudades aun más amplias se realizaron excepcionalmente en caso de
peligro de invasiones exteriores; de ese modo la amenaza persa tuvo el
poder, en el 481 a.C., de reunir por lo menos momentáneamente a Atenas y
a Esparta, tradicionalmente rivales. Pero, puede concluirse, a la unidad
de la cultura griega no correspondió, en la época de la poleis,
una visión unitaria (vale decir nacional) en el plano político.
(Ver:
El Capitalismo)
LA
POLIS OLIGÁRQUICA
Delineados de ese modo, aun sumariamente y según las
tesis más tradicionales, los problemas de origen, y fijados los puntos
fundamentales para la comprensión del desarrollo histórico, podemos
ahora hablar brevemente de la p. oligárquica.
En este sentido sabemos ya que la superación de las
instituciones monárquicas se produjo con el predominio de la nobleza
militar; por esta razón justamente el nuevo ordenamiento de la p. se
llamó aristocrático. Pero los cambios económicos que se verificaron a
partir del siglo VIII, con la difusión del comercio marítimo, tuvieron
como resultado la formación de una rica burguesía ciudadana e influyeron
también sobre le gobierno de la ciudad. Sustancialmente, los que se
habían enriquecido, y que habían empleado sus recursos financieros en la
adquisición de terrenos, tuvieron poco a poco la posibilidad de tomar
parte más activamente en la vida política. Nace de ese modo la
oligarquía timocrática, o plutocrática, en el sentido de que el acceso a
los cargos públicos está vinculado al alcance de un determinado
patrimonio, generalmente muy elevado.
La tipología de las ciudades oligárquicas es muy
variada y destinada a evolucionar en el tiempo. Por esta razón sólo en
el plano lógico Aristóteles (Pol. IV, 5, 1 y 6-8) podía
distinguir cuatro formas (es decir una primera forma en la cual el
patrimonio para participar en el gobierno era bastante bajo, de modo que
las magistraturas eran accesibles para la mayoría; una segunda en la
cual el patrimonio necesario era más alto y los magistrados eran
elegidos por cooptación; una tercera en la cual el patrimonio exigido
era aun mayor y los cargos se trasmitían por vía hereditaria, y, en fin,
una cuarta, en la cual se forma inclusive una "dinastía", preeminente
por riquezas y no sometida a la ley, como los otros tipos de oligarquía.
En lo que se refiere a los órganos de la ciudad
oligárquica, éstos son los mismos que se encontrarán en la ciudad
democrática y que se han enumerado precedentemente.
La diferencia fundamental entre los dos regímenes no
consiste en el número de estos órganos sino más bien en la gama de
poderes que se les atribuyen. En la práctica en la p. oligárquica era
menor en el peso político, y también jurídico, de la asamblea de los
ciudadanos (especialmente cuando el número de los mismos era muy
elevado), mientras que el consejo y los magistrados tenían mayores
poderes. Si por ejemplo tomamos el ordenamiento constitucional de
Esparta, que permaneció siempre como la típica ciudad oligárquica, nos
damos cuenta inmediatamente de que, por lo menos a partir de una cierta
época (pasada la mitad del siglo VII, la Apella, es decir la
asamblea, tuvo poderes casi exclusivamente formales (salvo en lo que se
refiere, como veremos, a la elección de los efori.
Amplios poderes, para los negocios interiores como
para las relaciones exteriores, le correspondían en cambio a la
gherousia, que estaba formada por veintiocho miembros elegidos de
por vida de la asamblea entre aquellos que habían cumplido los sesenta
años. De la gherousia formaban parte también los dos reyes, o
diarcas, de manera tal de llevar el número total de sus miembros a
treinta; los diarcas eran obviamente un residuo, más resistente en
Esparta que en otras partes, de la antigua monarquía, y en sus orígenes
tenían funciones de gran relieve (que progresivamente irán perdiendo en
favor de otros órganos).
No hay dudas de que bajo el perfil jurídico también el
consejo era una verdadera magistratura (más aún, los griegos lo
consideraban la magistratura más elevada); sin embargo, también por
necesidades de división del trabajo (y por lo tanto de especialización),
y de preparación de la actividad del consejo, aparecieron sucesivamente
otros magistrados (que en el caso específico de Esparta son los cinco
efori). Estos magistrados, justamente porque eran elegidos cada año
por la Apella, representaron sin duda un órgano más cercano a la
voluntad popular (y aumentaron cada vez más sus poderes, al comienzo de
control, en perjuicio de los diarcas). Sin embargo se trató siempre de
una magistratura muy discutida a la cual se imputaba sobre todo la
traición a sus orígenes populares y la tendencia a un poder absoluto.
También por este motivo puede decirse que la constitución espartana
(tradicionalmente atribuida al legislador Licurgo, en el que por otra
parta la crítica moderna ve sólo una figura mítica), permaneció siempre
tendencialmente oligárquica.
(Ver:
La Utilidad)
LA TIRANÍA Y EL NACIMIENTO DE LA POLIS DEMOCRÁTICA
En el curso del siglo VI se verificó en muchas
ciudades griegas un profundo cambio político. Respecto de esto es
necesario considerar que en el paso de la oligarquía aristocrática a la
timocrática no siempre y no toda la clase media, es decir lo que
entonces se llamaba demos, había encontrado reconocimientos
políticos adecuados. Si bien ya desde hacía bastante tiempo la burguesía
ofrecía una esencial contribución al ejército citadino, que en la
transformación del ejército de caballeros en el ejército de hoplitas, es
decir de infantes, había justamente recurrido a todos aquellos que eran
capaces de procurarse personalmente una armadura (indudablemente menos
cara que el mantenimiento de un caballo). A esto debe agregarse que por
debajo de la clase media existía un amplio estrato de desposeídos, vale
decir una base tendencialmente disponible en una lucha de facciones o
incluso de clases. Respecto de esta masa de (pequeños) burgueses y de
desposeídos se colocaban algunos objetivos inmediatos (como la
codificación de las normas consuetudinarias) y otros en una perspectiva
más lejana. Para alcanzar estos objetivos, o parte de los mismos, a las
clases inferiores se les presentaba la alternativa entre un acuerdo con
las clases dominantes (y a este fin responden los nombramientos de
esimneti, o pacificadores, y también de legisladores) y viceversa,
el apoyo a un jefe capaz de desplazar el eje del poder político. La
elección de un jefe de ese tipo (con frecuencia perteneciente a las
clases más ricas) daba lugar a la "tiranía", institución aborrecida por
el pensamiento político griego (sobre todo porque el tirano tendía a
afirmar a toda costa su poder personal), pero a la cual puede
reconocérsele una precisa función en el paso de la oligarquía a la
democracia.
Como es fácil entender, el advenimiento de la
democracia implicaba en primer lugar la atribución del máximo o poder
político a la asamblea y llevaba consigo nuevos criterios para la
elección de los magistrados (hasta la atribución de las magistraturas
por sorteo). En este punto debe precisarse que también la idea
democrática encontró una amplia y explícita oposición intelectual. De
Sócrates a Platón y Aristóteles, si bien con distintos matices, la
condena del individualismo vinculado con la idea democrática y la
aversión a la omnipotencia de la asamblea (que frecuentemente terminaba
gobernando por medio de decretos y no según la ley), representa en
efecto una de las constantes del pensamiento político. Limitándonos a
Aristóteles puede observarse que él destaca repetidamente el riesgo de
una degeneración de la democracia en demagogia; riesgo mucho más grave
en cuanto ya la democracia es considerada una degeneración de la
politia, es decir de aquella óptima forma de constitución en la que
gobernaba la mayoría, pero en el interés de todos y no de una sola clase
social, aunque sea la más numerosa. Aristóteles (Pol. IV, 4, 2-7, y
también IV. 5, 3-5) distingue cinco formas de democracia: la primera
es aquella en la que la clase de los ricos y los pobres están por la ley
en un plano de igualdad (aun si, siendo más numerosos los pobres, el
gobierno de la ciudad tocara inevitablemente a éstos, con la implícita
consecuencia de una política de clase); la segunda es aquella en la cual
para presentarse a las magistraturas es necesario un patrimonio, pero
muy bajo; la tercera es aquella en la cual los cargos son accesibles a
todos los ciudadanos de nacimiento incensurable; la cuarta es aquella en
la cual todos los ciudadanos pueden aspirar a los cargos; la quinta es
aquella en la cual siendo soberana no la ley (como en las formas
precedentes) sino la masa (es decir la asamblea) se produce justamente
el fenómeno de la demagogia (tanto que Aristóteles termina por adherir a
la opinión de aquellos que ven en este último caso inclusive la ausencia
de una constitución ciudadana).
(Ver:
John Maynard Keynes)
LA CONSTITUCIÓN DEMOCRÁTICA DE ATENAS EN SUS
PRINCIPALES INSTITUCIONES Y MOMENTOS HISTÓRICOS
En contraposición a Esparta, Atenas es la ciudad
democrática por antonomasia. La constitución democrática de Atenas se
formó seguramente por grados; la tradición ha destacado por esta razón
algunos momentos fundamentales, vinculados con las mayores
personalidades políticas.
Dejando de lado a Dracón, en el que la crítica moderna
tiende a ver no al autor de una constitución sino más bien de una
codificación del derecho, la primera figura de gran importancia en la
historia de la democracia ateniense es sin duda la de Solón. Solón
obtuvo el arcontado (que era la magistratura epónima) en 594-593, con el
encargo de reordenar la constitución y de eliminar los contrastes entre
las clases en lucha. En efecto, elaboró toda una serie de medidas: en
primer lugar abolió con efecto retroactivo la servidumbre por deudas (y
declaró también la nulidad de las hipotecas sobre los bienes
indispensables para la vida del deudor), pero, al mismo tiempo, se negó
a autorizar nuevas distribuciones de tierras; en segundo lugar, y en un
plano más directamente constitucional, procedió con base en las
distinciones ya existentes, a la división de los ciudadanos en cuatro
clases (la de los pentakosiomedimnos, de los hippeis, de
los zeugitai y de los thetes), atribuyendo luego el
electorado pasivo sólo a las tres primeras clases (y para ciertas
magistraturas sólo a la primera y a la segunda clase) y el electorado
activo a todos los ciudadanos indistintamente; en fin, también en un
plano constitucional, dio vida a nuevos órganos, como la heliea,
o tribunal del pueblo, cuyos miembros se elegían por sorteo entre todos
los ciudadanos, y bajo cuya competencia recaían las acusaciones
públicas.
La valoración de la actividad de Solón y de su línea
política siempre ha interesado mucho a la historiografia moderna; entre
las interpretaciones extremas de Solón como fundador de la democracia
ateniense o, viceversa, como simple conservador iluminado, el juicio más
frecuente y equilibrado es aquel según el cual él realizó una revolución
moderada, no todavía en sentido plenamente democrático, pero seguramente
preparatorio de la democracia.
Después de Solón, Atenas conoció muchos años de luchas
civiles, y luego largos años de tiranía con Pisístrato y con su hijo
Hipias. Se trató no obstante de una tiranía bastante respetuosa de la
constitución. Luego de la caída del gobierno de Hipias (que había sido
provocada por los aristócratas con la ayuda de los espartanos) surgió
otra figura de gran relieve: Clístenes. También él era un aristócrata
(como por otra parte lo era Solón), pero su acción política y sus
reformas (que comenzaron alrededor de 510), después de su nombramiento
como arconte) fueron dirigidas claramente a favor del demos.
Clístenes dividió el país en diez tribus territoriales; cada tribu
estaba formada por tres distritos (o trittys), y cada uno de esos
distritos, a su vez, por distritos menores (o demos). Esto no
sólo quebró los derechos que eran naturales de las antiguas tribus
gentilicias sino que constituyó también la base para la instauración de
un nuevo órgano, la bulé de los Quinientos, en la cual
participaban cincuenta ciudadanos sorteados por cada tribu: la bulé,
magistratura colegial, se convirtió en el máximo órgano administrativo
de la ciudad y tuvo también una función probuleumata que
comportaba la redacción de la orden del día de la asamblea popular.
Por lo demás Clístenes no modificó sustancialmente la
constitución de Solón; debe señalarse sin embargo la creación de la
institución del ostracismo que aumentó aún más los poderes de la
asamblea popular (si bien los estudiosos no están todos de acuerdo en la
atribución del instituto a Clístenes).
La constitución de Clístenes permaneció prácticamente
invariable pro varios decenios, hasta el advenimiento de Pericles; una
de las novedades más importantes de este período (aunque marcado por
eventos como las guerras persas y las renovadas divergencias entre los
partidos) es la reforma del sistema de nombramiento de los arcontes,
elegidos en ese entonces por sorteo (aun cuando esta novedad coincidió
con una disminución de importancia del arcontado, y con el aumento de
influencia de la estrategia, magistratura creada por Pisístrato y
destinada a convertirse en la más importante de la ciudad). Otra
innovación de relieve fue la reducción de la competencia del Areópago
(órgano naturalmente conservador, ya que estaba compuesto por miembros
elegidos de por vida) sólo a los homicidios premeditados, realizada por
Efialtes en 461 a.C.
La era de Pericles, que comenzó en 460 con su primer
elección como estratega, fue marcada por una compleja e intensa relación
entre quien representaba una especie de jefe de gobierno (en cuanto
reelegido estratega de la asamblea alrededor de treinta veces) y la
misma asamblea popular. Las innovaciones de este período son en efecto
muy indicativas: por un lado se introdujo la acusación pública de
paranomia, que se puede experimentar contra quien propone un decreto
en divergencia con las leyes (con el claro objetivo de disminuir el
peligro de continuas abrogaciones a la ley por parte de la asamblea);
por otra parte se concedió una indemnización (mistoforia) a
aquellos que cubrína un cargo público (con el fin evidente de permitir
también a los menos ricos, ya admitidos al sorteo para las
magistraturas, la participación en el gobierno de la polis).
Durante el predominio de Pericles comenzó también la
guerra del Peloponeso que opuso principalmente a Atenas contra Esparta,
haciendo luego estallar de manera violenta también la divergencia entre
democráticos y oligárquicos dentro de cada una de las ciudades. Se
produjo de ese modo un temporal retorno a la oligarquía en Atenas: el
mayor episodio en este sentido fue el gobierno de los Treinta. La
restauración del régimen democrático se realizó en 403, con el retorno a
la constitución de Clístenes y de Pericles; el régimen democrático, aun
entre los continuos conflictos entre poleis y entre clases
sociales, fue sólido en Atenas hasta el 338, es decir hasta la batalla
de Queronea (que marcó, como se sabe, el predominio de los macedonios
sobre los griegos).
(Ver:
Democracia y Liberalismo)
ASPECTOS SALIENTES DE LA DEMOCRACIA ATENIENSE
La constitución democrática de Atenas ha sido juzgada
de distintos modos incluso por los mismos griegos (como habíamos ya
dicho), y luego por los estudiosos modernos. Más allá de las polémicas
no hay duda de que el régimen democrático ateniense presentó muchos
aspectos positivos (y todavía dignos de meditación); pero hay que
reconocer que la exasperación de algunos principios implicó
significativos inconvenientes. Se hace necesario, a título puramente
ejemplificativo, señalar algunos puntos. El primero de ellos (crucial
para toda valoración de un régimen político y de un ordenamiento
jurídico) se refiere a lo que en la actualidad se llama poder judicial.
Si por un lado tenemos presente la composición del máximo tribunal de la
Atenas democrática (la heliea en la cual todos los ciudadanos
tenían derecho a participar), y por el otro la no figuración del estado
como persona jurídica, vemos inmediatamente que no puede hablarse de
poder judicial en el sentido moderno (y mucho menos de separación de
poderes); en sustancia, el ciudadano, participando en el desempeño de
las funciones judiciales, participa directamente en la soberanía de la
p. (entendida como sociedad de politai). Resulta claro que la no
profesionalidad del juez puede presentar algunas ventajas, sobre todo
porque evita que el cuerpo judicial tienda a aislarse como una "casta"
(casi siempre custodia de ordenamientos superados); pero no puede
desconocerse que abre también el camino a la incompetencia y en algunos
casos a la corrupción. Otro punto significativo lo representa la
relación entre ley y decreto (en el sentido, completamente griego, de
deliberación de la asamblea), en un ordenamiento constitucional en la
cual la asamblea popular ocupa un puesto de gran importancia. Es
evidente que la asamblea tenderá con frecuencia a modificar la ley
existente mediante una simple deliberación, es decir sin haber abrogado
antes la ley vigente. Justamente para evitar una continua inversión del
ordenamiento jurídico (inclusive las mismas normas constitucionales) se
crean algunos remedios, y en primer lugar la ya recordada acusación
pública de paranomia (que se debía presentar a la heliea.
Más allá de los remedios estaba siempre, sin embargo, la realidad de una
asamblea numerosa, en la cual funcionaban bien las presiones
momentáneas, y en la cual la legalidad, para ser salvaguardada, tenía
necesidad de encontrar defensores.
(Ver:
Burguesía, Pequeñoburguesía y Proletariado)
LA VICTORIA MACEDONIA Y EL FIN DE LA POLIS.
La democracia, restaurada en Atenas a fines del siglo
V a.C. encuentra en el siglo IV su decadencia. Como destacan los mismos
griegos, las causas de la decadencia pueden reducirse a una sola, es
decir al predominio del individualismo más desenfrenado, de modo tal que
hasta la participación en la asamblea no se entiende más como
contribución al bien común sino como medio para obtener beneficios
personales. Por otra parte es muy significativo que el misthos lo
pague el estado no sólo a los titulares de una magistratura sino también
a los simples participantes de la asamblea. Es la señal más evidente de
un clima político cambiado, pero el cuadro general es aún más rico de
elementos negativos. En la asamblea participan ahora sobre todo los
desposeídos; esto sin embargo basta para poner en crisis los recursos de
un estado en el que las magistraturas financieras son cada día más
importantes. Se configura cada vez más la inclinación de una parte
considerable del pensamiento político hacia el régimen monárquico, al
cual únicamente se le daba crédito en cuanto a la posibilidad de traer
orden nuevamente al estado.
Las guerras contra los macedonios aceleran este
proceso de decadencia; las condiciones de paz impuestas por Filipo II,
con la creación de la liga de Corinto, dan gran contribución a la
afirmación de la idea panhelénica. En ese entonces puede considerarse
terminada la época de la ciudad-estado griega, aun sin formalmente
continúan subsistiendo las poleis y sus particulares
ordenamientos. El nuevo ideal político es decididamente, para muchos, el
monárquico.
Fuente: Norberto Bobbio,
Nicola Matteucci y Gianfranco Pasquino: Diccionario de Política. Siglo
Veintiuno Editores
The
Greeks - The Polis - H.D.F.
Kitto
"The polis was a
community, and that its affairs were the affairs of all." p. 71
"Individuals are lawless,
but the polis will see to it that wrongs are redressed. But not by an
elaborate machinery of state-justice, for such a machine could not be
operated except by individuals, who may be as unjust as the original
wrongdoer. The injured party will be sure of obtaining justice only if
he can declare his wrongs to the whole polis. The word therefore now
means 'people' in actual distinction from 'state.' p. 72
"It was everyone's duty to
help the polis. We cannot say the 'help the state', for that arouses no
enthusiasm; it is 'the state' that takes half our incomes from us. Nor
'the community' for with us 'the community' is too big and to various to
be grasped except theoretically. . . . How much do bankers, miners and
farm workers understand each other; But the 'polis' every Greek knew;
there it was, complete, before his eyes. He could see the fields which
gave it its sustenance - or did not, if the crops failed; he could see
how agriculture, trade and industry dovetailed into one another; he knew
the frontiers, where they were strong and where weak; if any malcontents
were planning a coup , it was difficult for them to conceal the fact.
The entire life of the polis, and the relation between its parts, were
much easier to grasp, because of the small scale of things. Therefore to
say 'It is everyone's duty to help the polis' was not to express a fine
sentiment but to speak the plainest and most urgent common sense. Public
affairs had an immediacy and a concreteness which they cannot possibly
have for us." - p. 71
"What Aristotle really said
is 'Man is a creature who lives in a polis'; and what he goes on to
demonstrate, in his Politics,
is that the polis is the only framework within which man can fully
realize his spiritual, moral and intellectual capacities." p. 78
"The polis was so much more
than a form of political organization. It was a living community, based
on kinship, real or assumed - a kind of extended family, turning as much
as possible of life into family life, and of course having its family
quarrels." - p. 78
"The Greek thought of the
collective laws, the nomoi,
of of his polis as a moral and creative power. They were designed not
only to secure justice in the individual case, but also to inculcate
justice; this is one reason whey the young Athenian, during his two
years with the colours, was instructed in the nomoi - which are the
basic laws of the state . . . The Greeks had no doctrinal religion or
church; they did not even have what we think is a satisfactory
substitute, a Minister of Education; the polis instructed the citizens
in their moral and social duties through the Laws." p. 94
"Nowhere is one so certain
as in Periclean Athens that one will never meet anything vulgar,
bizarre, quaint or superficial. Most characteristic to comedy: it has
roaring obscenities that could not possibly be printed today, but never
anything to snigger at. The reason that a people of fine quality were
living in conditions which habituated them to high spiritual, mental and
physical endeavor.
"Everywhere the polis gave
a certain fullness and meaning to life, but most notably in Athens,
where political democracy was carried to its logical extreme. There are
of course those who deny that Athens was a democracy at all, since women,
resident aliens and slaves had no voice in the conduct of affairs. If we
define democracy as participation in the government by all the adult
populations of a country, then Athens was no democracy - nor is any
modern state: for because of its size every modern state must delegate
government to representatives (not the all the people) and professional
administrators, and this is a form of oligarchy.
If we define it as
participation in the government by all citizens, then Athens was a
democracy - and we must remember that the normal Greek qualification for
citizenship was that at least the father, if not both parents, should
have been citizens - the Greek 'state' being (in theory and in
sentiment) a group of kinsmen, not merely the population in a certain
area.
The Assembly was supreme,
and everything possible was done to maintain its supremacy in fact as
well as on paper. There was no possibility in Athens of the machine
taking control - another advantage of the small scale. The Assembly
consisted of every adult Athenian male who had been accepted as
legitimate by this 'deme', and had not been expressly 'disfranchised for
some grave offence. No trace of property qualification remained except -
significantly - in the army. So much was the polis the community of
citizens, so little a superhuman 'state', that the citizen had to find
his own equipment: consequently the man rich enough to own a horse
served in the cavalry - on his own horse, though while he was on service
the polis paid for its keep. The moderately well-to-do served in the
heavy infantry (hoplites), providing his own armour; and the poor, who
could provide nothing but themselves, served as auxiliaries, or rowed in
the fleet. The resident aliens served alongside citizens but slaves
never served in either army or navy, except once in a moment of great
danger, when slaves were invited to enlist on the promise (which was
honored) of freedom and full civil (not political) rights.
This Assembly, a mass-meeting
of all the native male residents of Attica, was the sole legislative
body, and had, in various ways, complete control of the administration
and judicature. First, the administration. The old Areopagus, composed
of ex-archons, did nothing now except deal with case of homicide. The
archons, once so powerful, were now chosen by annual ballot form the
Assembly. And citizen, any year, might find himself one of the nine
archons; this meant, naturally, that the archonship, although it had
administrative responsibility, had no real power. Power remained with
the Assembly. the Assembly met once a month, unless specially convened
to settle something of importance. Andy citizen could speak - if he
could get the Assembly to listen; anybody could propose anything, within
certain strict constitutional safeguards. But so large a body needed a
committee to prepare its business, and to deal with matters of urgency.
This committee was the Council ('boule') of five hundred, not elected,
but chosen by ballot, fifty from each tribe. Since this Council was
chosen haphazard, and was composed of entirely different people each
year, it could develop no corporate feeling. That was the whole idea:
nothing must overshadow the Assembly. Most of the administrative boards
('Government department were manned by members of the Boule. But since
five hundred men could not be in constant session, and were too many to
make an efficient executive committee, there was an inner council, the
'prytany', composed in turn, of the fifty men drawn from each of the ten
tribes, which remained in session for one-tenth of the year. Of these,
one was chosen by ballot to be chairman each day. If there was a meeting
of the Assembly, he presided; for twenty-four hours he was titular Head
of the State. (It happened, Greece being an essentially dramatic county,
that Socrates held this position one day towards the end of the war when
the Assembly ran amok - as sometimes happened, but not often - and quite
illegally demanded to impeach the whole of the Board of Generals for
failing to rescue survivors of the successful naval battle of Arginusae.
Socrates defied the mob, and refused to put the irregular proposal to
the vote.) As a further check on the administration, all outgoing
magistrates had to submit to the Assembly an account of their official
acts, and their responsibility did not end until they had passed the
'audit'. Until they had done this they might neither leave Athens nor
sell property.
One important office could
not be left to the hazard of the ballot - the command of the forces, on
land or afloat. The ten Strategoi ('generals' or 'admirals'
indifferently) were elected - but annually, though to re-election was
permissible and indeed normal: but it was no unusual thing for an
Athenian to be a general in one campaign and a private soldier in the
next. This was an extreme case of the basic conception of democracy, 'to
rule and to be ruled in turn'. It was as if the trade-union official of
one year automatically returned to his bench the next. Being the only
officials expressly elected on the grounds of special competence, and
holding offices of such importance, the strategoi naturally wielded
great influence in the city's affairs. It was through this office, and
through his personal ascendancy in the Assembly, that Pericles led the
Athenians for so long.
The Assembly controlled not
only legislation and administration, but justice as well: as there were
no professional administrators, so there were no professional judges or
pleaders. The principle was preserved that the aggrieved man appealed
directly to his fellow-citizens for justice - in the local courts for
trivial matters, in Athenian courts for important matters, criminal or
civil. The jury was virtually a section of the Assembly, varying sized
from 101 to 1, 001, according to the importance of the case. There was
no judge, only a purely formal chairman, like our 'foreman'. There were
no pleaders; the parties conducted their own case, though in fact a
plaintiff or defendant might get a professional 'speech-writer' to make
up his speech; but then he learnt it and gave it himself. This popular
jury was judge both of law and of fact, and there was no appeal. If the
offense was one for which the law laid down no precise penalty, then -
since a large jury could not conveniently fix the sentence - the
prosecutor, if he won his case, proposed one penalty, the accused
proposed an alternative, and the jury had to choose one of the two. This
explains the procedure in Plato's
Apology:
when Socrates had been condemned, the prosecution demanded the death
penalty, but Socrates, first suggesting the Freedom of the City as the
alternative, formally proposed, not exile, which the jury would gladly
have accepted, but an almost derisory fine.
This survey, brief though
it is, will bring out one essential point, that public affairs in Athens
were run, so afar as possible by amateurs. The professional was given as
little scope as possible; indeed, the expert was usually a public slave.
Every citizen was, in turn, a soldier(or sailor), a legislator, a judge,
an administrator - if not as archon, then certainly as member of the
Boule. The extraordinary use made of amateurs may strike the reader as
ludicrous: it was indeed severely criticized by Socrates and Plato,
though not so much because it was inefficient as because it entrusted to
men entirely ignorant of it the major function of 'the political art',
namely, to make men better. But this is by the way.
Beneath this general
aversion to the professional there was a more or less conscious theory
of the polis; namely that the duty of taking party, at the appropriate
season of life, in all the affairs of the polls was one that the
individual owed both to the polis and to himself. It was part of that
full life which only the polis could provide: the savage, living for
himself alone, could not have ti, nor the civilized 'barbarian living in
a vast empire ruled by a King and his personal servants. To the Athenian
at least, self-rule by discussion, self-discipline, personal
responsibility, direct participation in the life of the polis at all
points - these things were the breath of life.
And they were incompatible
with a representative government administering a large area. This is the
reason why Athens could not grow as Rome did, by incorporating other
poleis. To the Athenians, the responsibility of making his own
decisions, carrying them out, and accepting the consequences, was a
necessary part of the life of a free man. This is one reason why the
popular art of Athens was the tragedy of Aeschylus and Sophocles and the
comedy of Aristophanes, while ours is the cinema. The Athenian was
accustomed to deal with things of importance: an art therefore which did
not handle themes of importance would have seemed to him to be childish.
This account of the
Athenian constitution, necessarily a very short one, will probably
suggest to the reader at least two reflections: how very amateurish it
all sounds, and wheat an enormous amount of time the Athenians must have
spent in public business, if such a system was to work at all.
to begin with the former
point. It was government by amateurs in the strict sense of the word:
that is to say, by people who liked government and administration. To
put it in this way is perhaps misleading, because the words 'government
and 'administration have, among us, acquired capital letters: they are
things in themselves, pursuits to which some misguided persons devote
their lives. To the Greeks, they were merely two sides of that many-sided
thing, the life of the polis. To attend to the business of the polis was
not only a duty which a man owed to the polis: it was also a duty which
a man owed to himself - and it was an absorbing interest too. It was
part of the complete life. This is the reason why the Athenian never
employed the professional administrator or judge if he could possibly
help it. the polls was a kind of super-family, and family life means
taking a direct part in family affairs and family counsels. This
attitude to the polis explains, too, whey the Greek never, as we say,
"invented" representative government. Whey should he 'invent something
which most Greeks struggled to abolish, namely being governed by someone
else?
In ordinary parlance, 'demokratia' (literally,
'control by the people') mean political democracy as described above,
but the political theorists, notably Plato and Aristotle, used it in the
sense 'government by the poor', and consequently condemned it as being
only an inverted form of oligarchy or tyranny, government t inspired by
self-interest. 'Polity' was the name given to government by general
consent, without reference to class.
Polis
A 'polis' (πόλις, pronunciation
pol'-is) plural: poleis (πόλεις) — is a city, a
city-state and also citizenship and body of citizens. When used to
describe classical Athens and its contemporaries, polis is often
translated as "city-state."
The word originates from the ancient
Greek city-states, which developed during the Archaic period, the
ancestor of city, state and citizenship, and persisted (though with
decreasing influence) well into Roman times, when the equivalent Latin
word was civitas, also meaning 'citizenhood', while municipium
applied to a non-sovereign local entity. The term city-state
which originated in English (alongside the German Stadtstaat)
does not fully translate the Greek term. The poleis were not like
other primordial ancient city-states like Tyre or Sidon, which were
ruled by a king or a small oligarchy, but rather a political entity
ruled by its body of citizens. The term polis which at archaic
Greece meant city, changed with the development of the governance center
in the city to indicate state (which included its surrounding villages),
and finally with the emergence of a citizenship notion between the land
owners it came to describe the entire body of citizens. The ancient
Greeks didn't refer to Athens, Sparta, Thebes and other poleis as
such; they rather spoke of the Atticans, Lacedaemonians, Thebans and so
on. The body of citizens came to be the most important meaning of the
term polis in ancient Greece.
The Greek polis encompassed a town or city or even a
village and its surrounding countryside. The town or
city or village served as the focus or central point where the citizens
of the polis could assemble for political, social, and religious
activities.
In some cases, the polis, the central meeting point, was
a hill, such as the Acropolis in Athens, which would serve as a place of
refuge during attack. This location was also used
later as the religious center on which temples and public monuments were
built. Below the acropolis would be an agora, an
open place that served both as a place where citizens could assemble and
as a market.
The size of each polis varied from place to place, from a
few square miles to a few hundred square miles. The
larger ones resulted from consolidation: a smaller polis would join
together with another, resulting in one, larger polis.
The territory of Attica was at one point made up of 12 poleis
(plural of polis), but eventually became one, single polis over time (Athens).
Our word politics comes from the Greek term polis,
although polis was much more than just a political organization.
It was a community of citizens in which all political, economic,
social, cultural, and religious activities were focused.
As a community, the polis consisted of citizens with political
rights (adult males), citizens with no political rights (women and
children), and non-citizens (slaves and resident aliens – outsiders).
All citizens of a polis possessed fundamental rights, but these
rights were matched with responsibilities. The Greek
philosopher Aristotle argued that the citizen did not just belong to
himself: “we must rather regard every citizen as
belonging to the state.” The unity of citizens was
important and often meant that states would take an active role in
directing the patterns of life. One result of this
unity was that citizens of one polis would greatly distrust the citizens
of a different polis. This distrust kept Greece
divided into strongly individual city-states.
New Military System for a Polis
As the polis developed, so did a new military system.
Previously, wars in Greece had been fought by aristocratic
soldiers: nobles on horseback. These aristocrats,
who were large landowners, also dominated the political life.
But a new military order started based on hoplites:
heavily armed infantrymen who wore bronze or leather helmets, body
plates, and shin guards. Each person carried a round
shield, a short sword, and a spear about 9 feet long.
Hoplites moved into battles as a unit, forming a rectangular
formation, usually 8 ranks deep. These hoplites made
up the new military power and could challenge aristocratic control.
Colonization
In time, large numbers of Greeks left their homeland to
settle distant lands. Poverty and land-hunger
created by the growing division between rich and poor, overpopulation,
and the development of trade were all factors that led to the
establishment of colonies. Some Greek colonies were
trading posts or centers from where goods could be shipped to the Greek
mainland. Many colonies were larger settlements
that included good agricultural land taken from the native people found
in those areas. Each colony was arranged as a polis
and was usually independent of the metropolis (“mother polis”) that had
set it up.
In the western Mediterranean Sea, new Greek colonies were
set up along the coastline of southern Italy, southern France, eastern
Spain, and northern Africa. Greeks also settled
along the shores of the Black Sea and also secured routes approaching to
the Black Sea, especially areas located near the Bosporus Straits.
By establishing these settlements, the Greeks spread their
culture throughout the Mediterranean region.
Colonization also led to increased trade and industry.
The Greeks on the mainland sent their pottery, wine, and olive
oil to these areas; in return, they received grains and metals from the
west, fish, timber, wheat, metals, and slaves from the Black Sea region.
In many poleis, the growth of trade and industry created a new
group of rich men who wanted more political privileges (rights), but
found it impossible because of the power of the ruling aristocrats.
Rise of Tyrants
The wants of these new
rich men led to the rise of tyrants. Tyrants were
not necessarily evil, as we know it today. Greek
tyrants were rulers who seized power by force and who were not subject
to the law. Support for the tyrants came from the
new rich men who made their money in trade and industry.
Support also came from poor peasants who were in debt to the
landholding aristocrats. Tyrants usually achieved
power by overthrowing the aristocrats, using mercenary soldiers.
Once in power, they built new marketplaces, temples, and walls
that not only glorified the city but also enhanced their own popularity.
Tyrants also favored the interests of merchants and traders.
Tyranny, too, lost popularity, as it seemed contrary to the ideal
of law in Greek communities. Though it soon faded,
tyranny was important as it brought about the end of aristocratic power.
Greater numbers of people were taking part in government.
This led to the development of democracy in some city-states,
while in other city-states some aristocrats managed to hold on to some
power. A wide variety of governmental structures and
organizations spread amongst the many different city-states, clearly
seen in the two most famous and most powerful Greek city-states,
Sparta and Athens.
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