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010411 - Amando Miguel Rodríguez - Filosofía

 

Lo que periodísticamente se llama –y todos llamamos– «comunismo» es más o menos la realización de la idea marxista.

Pero resulta estúpido el –también periodístico– «anticomunismo» que funda su posición en el argumento de que el comunismo destruye unos determinados valores (éticos, sociales, económicos) o que es un régimen que produce unas condiciones de vida infrahumanas.


Porque puede suceder que esos valores que el comunismo destruye lo haga así a conciencia porque pertenecen a una estructura social burguesa que precisamente pretende superar, y ¿cómo negar esa pretensión?. (Ver: Pensamiento político y económico en el siglo XIX)

Por otra parte, puede suceder también que un régimen comunista consiga un nivel de vida y un progreso muy superior al de un régimen capitalista, pongamos por caso.

Según eso, el susodicho «anticomunismo» (utilitarista, miope y negativo) se queda en un «anticomunismo de tela de cebolla» tan tenue que se estremece y se rompe al recibir las señales emitidas por el primer «sputnik». (Ver: Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico - José Stalin)

Pero sigamos. ¿En qué consiste fundamentalmente esa idea que Carlos Marx enuncia y que va reclutando adhesiones? El núcleo de esa idea es lo que se llama «materialismo histórico-dialéctico», que hoy vamos a tratar. (En sucesivos artículos iremos viendo otra serie de ideas-fuerza encadenadas con la anterior). (Ver: El Marxismo)

El materialismo histórico es la inversa de la dialéctica hegeliana aplicada a la Historia como comprensión integral de ésta.

Para Hegel el mundo real no era sino la realización progresiva de la «Idea», el espíritu universal, absoluto y eterno, desarrollándose a sí misma. La Idea progresaba dialécticamente a través de contradicciones internas («tesis» y «antítesis»), de las que resultaban la «síntesis» (tesis a su vez del progreso siguiente).

Para Carlos Marx el hallazgo de Hegel resulta genial; porque frente a la «metafísica» para la cual las cosas y los conceptos están fijos, aislados y dados de una vez para siempre, la «dialéctica» –dice Engels– «aprehende las cosas y sus reflejos conceptuales esencialmente en su conexión, su encadenamiento, su movimiento, su nacimiento y su fin».

Hegel concibe por primera vez –sigue Federico Engels, y para él éste es un gran mérito– un sistema en que «el mundo entero de la naturaleza, de la historia y del espíritu estaba representado como un proceso; es decir, como engarzado en un movimiento, un cambio, una transformación y una evolución constantes, y donde se intentaba demostrar el encadenamiento interno de este movimiento y de esta evolución».

Pero –añade– «Hegel era idealista, lo que quiere decir que en lugar de considerar las ideas de su espíritu como los reflejos más o menos abstractos de las cosas y de los procesos reales, él consideraba a la inversa los objetos y su desarrollo como simples copias realizadas de la Idea existente no se sabe donde, antes del mundo». Esto era «la perversión de la verdad». Por eso, los hegelianos de izquierda, Feuerbach, Carlos Marx y Federico Engels, van a dar la vuelta al sistema idealista de Hegel (lo van a poner «cabeza arriba», según su expresión), pero conservando su método: van a ser materialistas dialécticos.

Esta dialéctica marxista «cabeza arriba» aplicada a la Historia reduce a ésta a la historia de la lucha de clases. Y «estas clases sociales en lucha la una contra la otra son siempre el producto de las relaciones de producción y de cambio, en una palabra, de las relaciones económicas de su época».

La nueva concepción materialista de la Historia había encontrado definitivamente el camino «para explicar la conciencia de los hombres partiendo de su existencia en lugar de explicar su existencia partiendo de su conciencia, como se había hecho basta entonces».

Los anteriores párrafos son de Federico Engels. Por su parte, Carlos Marx dice: «En la producción social de los medios de existencia, los hombres contraen relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un estadio determinado del desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de las relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base concreta sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política, y a la cual corresponden formas de conciencia social determinadas. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su manera de ser; es, al contrario, su manera de ser social la que determina su conciencia».

Como por clase social, el marxismo, entiende el conjunto de individuos que en el proceso de la producción juegan un papel similar «toda la historia de la sociedad humana, hasta hoy, es la historia de la lucha de clases». (Así empieza el capítulo «Burgueses y proletarios» del «Manifiesto comunista».)

El modo de producción cambia constantemente, y el modo de división en clases que le corresponde cambia también dialécticamente en tesis, antítesis y síntesis. Hoy, la tesis es la burguesía (esto es, el gran capitalismo) y la antítesis la clase proletaria (esto es, los obreros que no viven más que en tanto encuentran trabajo, y que no lo encuentran más que en tanto su trabajo incremente el capital en lo que se llama «plusvalía»). Mañana, la síntesis será el triunfo del proletariado y la sociedad sin clases y sin Estado, la sociedad comunista.

Queda expuesto, a grandes trazos, lo que es el materialismo histórico. Pues bien, nosotros, que no somos «anticomunistas de tela de cebolla», ¿qué tenemos que decir ante esa idea-fuerza? Procuraremos ir hacia la verdad, es posible que nos equivoquemos a veces, pero no diremos frivolidades.

En primer lugar, diremos que la dialéctica es un método excelente de trabajo para todo «hombre al día» que se preocupe por el «mundo en torno». Los fenómenos, en efecto, se condicionan y explican unos a otros y se hacen solidarios. La contradicción es algo esencial a la Sociedad y a la Historia. Todo el sentido de historicidad moderno se apoya en la dialéctica.

Pero es que el uso que hace el social-marxismo de la dialéctica empieza por ser tremendamente antidialéctico, por ser «absolutivista», esto es, dogmático, arbitrario, ahistórico.

Absolutivista era el idealismo al quedarse con la «res cogitans». Pero absolutivista es también el materialismo al quedarse con la «res extensa». Porque hay una realidad que es el hombre, que es la vida humana, que es una realidad biológica y pensante en un todo inseparable, una realidad que va haciéndose a sí misma, que tiene que ir haciéndose a sí misma y sintiéndose responsable de sus actos. El hombre es fundamentalmente un ser libre que tiene en cada momento que decidir lo que va a hacer. Naturalmente que está condicionado por una circunstancia, pero de ninguna manera determinado por ella: yo no soy lo que hace de mí la circunstancia, sino que yo soy lo que me voy haciendo de mí con mi circunstancia.

La idea marxista se apoya en una determinada estructura de formas de producción y de fuerzas sociales. Esta estructura es hoy claramente diferente a como Carlos Marx la conoció. Pero para los marxistas, en cuanto la infraestructura cambia, la idea que sobre ella se apoyaba ya no sirve; si quiere seguir subsistiendo se convertirá en una idea «reaccionaria». Por eso, dentro de sus mismos supuestos, la pretensión absolutivista de la idea marxista es, vamos a verlo, claramente reaccionaria.

La idea marxista quiere alcanzar la síntesis de la sociedad sin clases comunista frente a la dialéctica que presenta la tesis de una burguesía explotadora, por un lado, y la antítesis de un proletariado oprimido, por otro.

Pero aunque la síntesis se produjera la idea marxista seguiría siendo absolutivista porque se estabiliza en ello y no sigue las mismas leyes internas de la dialéctica (para los marxistas la síntesis de una sociedad sin clases comunista no sería, a su vez, tesis del proceso siguiente).

Pero es que la síntesis comunista ni se ha producido ni se producirá. La tesis y antítesis ya no son las mismas, porque la infraestructura, formas y relaciones de producción, han variado enormemente. Así, por ejemplo, la concentración económica que inevitablemente y progresivamente se había de producir, según Marx, no se dio (hay aquí factores muy complejos y no vamos a entrar en ellos ahora).

Todo esto, visto desde sus supuestos. Desde fuera, tenemos que las ideas provenientes de la economía clásica, el determinismo, el biologismo, el positivismo, &c., que se encuentran en el marxismo, son totalmente decimonónicas y completamente relegadas a figuras «históricas» por las nuevas ciencias del hombre.

Las formas de producción de bienes materiales han realizado un progreso impresionante en muchos países occidentales pasando por todos los grados de capitalismo y aun rebasándolo en muchos casos. Y, sin embargo, no se ha producido en ellos la revolución comunista que se ha dado, en cambio, en países más atrasados en cuanto a formas de producción. El poder determinante de éstas no se ve muy claro. La revolución, en donde se ha hecho, ha sido más por el influjo decisivo de la fuerza de una idea y de una voluntad de decisión que la consecuencia ineludible de unas relaciones de producción. Los comunistas son, en este sentido, más «idealistas» que los «burgueses capitalistas» que en realidad son más «materialistas».

Lo cierto es que en Rusia las formas de producción han ido con retraso respecto a los países occidentales. El «estajanovismo» era ya una invención occidental –la «taylorización»– con muchos años de práctica. En Rusia se continúa con las «relaciones de producción». En Occidente se habla ya de «relaciones humanas». Frente a la antigua concepción mecánica de la sociedad resurge una nueva concepción humanista.

En Occidente se saben métodos para prevenir y frenar las crisis económicas. En Rusia no, porque por definición ni puede haber crisis económicas, ya que en un régimen socialista-comunista hay una perfecta adecuación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Sin embargo, Rusia conoce hoy una gran crisis económica.

Por todas estas razones vemos que el marxismo, que llevaba la pretensión de alzarse con la bandera de la dialéctica, se convierte en absolutivista, en antidialéctico.

El materialismo histórico aportó, sin embargo, algo positivo: hizo que se fijara la atención en algo hasta entonces casi inédito: el hombre como ser social y económico. Intervienen en la formación de esta postura muchos factores, pero es innegable que es isócrona y, en cierto punto deudora, del marxismo.

Pero reconocer la importancia del factor económico no quiere decir elevarlo al grado de criterio absoluto histórico. Hay muchas cosas que Carlos Marx no pudo explicar con su ley básica de la primacía de las relaciones de producción. (Decisiva a este respecto ha sido la investigaciones de un Max Weber sobre «la ética protestante y el espíritu del capitalismo». Según ella, el origen de la forma de relación económico-social que supone el capitalismo –una infraestructura en fin– viene dado por una concepción religiosa y ética –una superestructura– especial: la protestante, la calvinista. La investigación es perfectamente científica, hecha por un historiador de la economía y de los fenómenos sociales, pero que no es absolutivista, que no puede usar la dialéctica al servicio de ideas preconcebidas, antidialécticas.)

Otro ejemplo que el materialismo histórico no puede rebatir es el de las religiones «católicas» (y singularmente el Catolicismo Romano), que se imponen a todas las infraestructuras.

Antes que se den los fenómenos económicos está el hombre productor de ellos, el hombre que necesita pensar, desarrollar su vida y convivir con los demás. Lo económico no es la realidad más sustante. Puede llegar a ser extraordinariamente relevante en una época como la nuestra, pero de eso a afirmar que sea constante básica sobre la que se apoyen en último término todos los hechos históricos y todas las creaciones humanas, va un abismo.

El hombre es anterior a lo económico, creador de lo económico que, desde luego, influye también en él. Pero el centro del universo es, hoy más que nunca, el hombre y no las formas de producción. Un hecho sintomático es que en la Teoría Económica se da hoy una mayor importancia frente a la clásica Teoría de la Producción a la más moderna Teoría del Consumo.

En toda la concepción marxista de la Historia late, y se adivina, una regresión a la idea pagana de no-creación, de universo eterno; su creencia se basa en la fe en la materia. Pero la ciencia nos dice que no tiene razón. El marxismo se basa en la fe en la materia. Porque la materia era lo más auténtico, lo único inconmovible y eterno (todo volvía a la materia), lo fijo, lo indivisible (el «átomo»). Pero la materia hoy se ha desvanecido en ondas, se ha liberado, ha liberado la energía, el espíritu. La materia vuelve a ser contingente, evanescente, problemática, insegura. Y nada más pavoroso para un materialista.

Obsérvese el ingenuo optimismo decimonónico de esta declaración «escolástica» marxista (enunciada por José Stalin), que tan lejos está de la moderna concepción de la ciencia: «El materialismo filosófico marxista parte del principio de que el mundo y sus leyes son perfectamente cognoscibles. Nuestros conocimientos sobre las leyes de la naturaleza son perfectamente válidos, y las leyes científicas son verdades objetivas.»

Reafirmamos una vez más nuestro concepto humanista del proceso histórico, porque queremos estar con la verdad y a la altura de nuestros tiempos. La primacía le corresponde al hombre. Sólo el hombre es un ser histórico. El hombre como totalidad es el que hace la Historia. Negar la libertad radical del hombre a decidir su propio destino es negar al hombre mismo. Todo lo que se haga después es pura utopía, porque el hombre sigue estando en el tiempo.


 

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