|
Pero a un este control tienen sus problemas. La economía neoclásica
o neokeynesiana tiene una falla decisiva, aunque proporcione
oportunidades ilimitadas de mayores refinamientos. No ofrece
soluciones útiles a los problemas económicos que confronta la
sociedad moderna. y estos problemas son impertinentes: no se ocultarán
y morirán como un favor a nuestra profesión. Ningún arreglo para
la perpetuación del pensamiento es seguro si ese pensamiento no
entra en contacto con los problemas que se supone debe resolver.
No omitiré esta noche la mención de los defectos de la teoría
neoclásica. Pero quiero invitar también a que consideremos los
medios por los cuales podemos volver a comunicarnos con la realidad.
Algunos de estos medios resumirán argumentos anteriores, otros se
encuentran e un libro próximo a publicarse. Para este momento, aun
el más conservador de mis oyentes estará tranquilo. Hablar bien de
nuestra propia obra, publicada o inédita, cualesquiera que sean
nuestras otras aberraciones, es algo que se encuentra fuertemente
arraigado en nuestra tradición.
I
Las características más conocidas de la economía neoclásica y
neokeynesiana son los supuestos que eliminan del estudio al poder y,
con ello, al contenido político. La empresa comercial está
subordinada a lo que disponga el mercado, y por lo tanto al
individuo o la unidad familiar. El estado está subordinado a lo que
disponga el ciudadano. ha excepciones, pero en relación con una
regla general y controladora, y la teoría neoclásica esta
firmemente arraigada a la regla. Si la empresa está subordinada al
mercado -si éste es su amo-, no tendrá poder que ejercer en la
economía, salvo en la medida en que beneficie al mercado y a
consumidor. Y aparte de la influencia que pueda obtener para
modificar el comportamiento de los mercados, la empresa no puede
ejercer poder sobre el Estado porque en este caso es el ciudadano
quien manda.
La debilidad fundamental de la economía neoclásica y neokeynesiana
no reside en el error de los supuestos por los que elude el problema
del poder. La capacidad para sostener creencias erróneas es muy
grande especialmente cuando ello coincide con la conveniencia. Pero
al eludir el poder -al convertir a la economía en una disciplina no
política- la teoría neoclásica destruye, por el mismo proceso, su
relación con el mundo real. Además, los problemas de este mundo
están aumentando en número y en la profundidad de su aflicción
social. En consecuencia, la economía neoclásica y neokeynesiana
está relegando a sus protagonistas a la "banca" social,
donde no deciden ninguna jugada o aconsejen jugadas equivocadas.
Específicamente, la exclusión del poder y de su concomitante
contenido político de la economía hace que ésta sólo pueda
vislumbrar dos problemas económicos intrínsecos e importantes. Uno
de ellos es el problema microeconómico de la imperfección del
mercado -más concretamente, del monopolio u oligopolio en los
mercados de productos o factores- que conduce a aberraciones en la
distribución de los recursos y el ingreso. El otro es el problema
macroeconómico del desempleo o la inflación, de una deficiencia o
exceso de la demanda agregada de bienes y servicios, incluyendo la
asociada a efectos monetarios. Y en ambos casos el fracaso es dramático.
La economía neoclásica lleva a la solución errónea del problema
microeconómico y a ninguna solución del problema macroeconómico.
Al mismo tiempo, deja de analizar en gran medida toda una constelación
de otros problemas económicos urgentes.
La comunidad advierte ahora claramente, y lo mismo hacen los
economistas cuando no les nubla el entendimiento la doctrina
profesional, que las áreas más prominentes del mercado oligopólico
-automóviles, caucho, productos químicos, plásticos, alcohol,
tabaco, detergentes, cosméticos, computadoras, medicamentos
espurios, la aventura espacial- no están experimentando un
desarrollo lento sino rápido, no padecen del uso inadecuado, sino
excesivo, de recursos. Y un instinto poderoso nos dice que en
algunas áreas monopólicas y oligopólicas, especialmente en la
producción de armas y de sistemas armamentistas, el uso de recursos
es peligrosamente exagerado.
Otra contradicción a las conclusiones de microeconomía
establecidas es la creciente reacción de la comunidad ante el uso
deficiente de recursos por parte de industrias que, por lo menos en
cuanto a la escala y la estructura de las empresas, se aproximan al
modelo del mercado. La vivienda, los servicios de salud y el
transporte urbano, son algunos de los casos principales. Las
privaciones y la intranquilidad social que derivan de la mala
actuación de estas industrias es algo que la mayoría de los
economistas da por sentado, cuando se expresan en forma no
doctrinal.
Por supuesto, el defensor de la doctrina establecida arguye que el
exceso y la deficiencia del uso de recursos en las áreas
mencionadas reflejan las elecciones del consumidor. Y en las áreas
deficientes puede insistir con razón en que la culpa es de empresas
que, a pesar de ser pequeñas, son monopolios locales, o que
reflejan el poder monopólico de los sindicatos. Estas explicaciones
eluden dos interrogantes obvios y notables: ¿Por qué el consumidor
moderno tiende cada vez más a la locura, insistiendo crecientemente
en perjudicarse a sí mismo? ¿Y cómo es que los monopolios pequeños
obtienen malos resultados y los grandes los obtienen excelentes?.
Lo cierto es que el modelo neoclásico no tiene explicación para el
problema microeconómico más importante de nuestro tiempo, a saber:
¿Por qué observamos un desarrollo muy desigual entre industrias de
gran poder en el mercado e industrias de escaso poder en el mercado,
con claro predominio de las primeras, contra todo lo que haría
esperar la doctrina?
El fracaso macroeconómico ha sido, si acaso, más embarazoso. Salvo
en su manifestación estrictamente mística en una rama de la teoría
monetaria, la política macroeconómica moderna depende del mercado
neoclásico para su validez y funcionamiento. El mercado, ya sea
competitivo, monopólico y oligopólico, constituye el indicador último
y autorizado para la empresa que busca elevar al máximo su
beneficio. Cuando la producción y el empleo son deficientes, la política
requiere que aumente la demanda agregada; ésta es una orden para el
mercado, ante el cual reaccionarán a su vez las empresas. Cuando la
economía llega al nivel de la capacidad efectiva de las plantas y
de la fuerza de trabajo, o se aproxima al mismo, y la inflación se
convierte en el problema social importante, el remedio se invierte.
La demanda se constriñe; el resultado es un efecto inicial sobre
los precios u otro más tardado a medida que la fuerza de trabajo
excedente busca empleo, las tasas de interés bajan y los menores
costos de los factores producen precios estables o menores.
Tal es la base aceptada de la política. Se deriva fielmente de la
feneoclásica en el mercado. No hay necesidad de elucidar las
consecuencias prácticas de tal política. En todos los países
desarrollados se ha seguido en años recientes. El resultado común
ha sido un desempleo políticamente inaceptable, una inflación
persistente y (en mi opinión) socialmente perjudicial, o más a
menudo una combinación de las dos cosas. no es sorprendente que el
fracaso mayor se haya experimentado en el país industrializado más
avanzado: los Estados Unidos. Pero la experiencia reciente de Gran
Bretaña ha sido casi igualmente decepcionante. Suponemos que
algunos políticos canadienses creen ahora que una combinación de
desempleo e inflación no es la mejor plataforma para luchar en una
elección general.
No debemos privarnos de la enseñanza o la diversión que derivan de
la historia reciente de los Estados Unidos en este aspecto. Hace
cuatro años, el presidente Nixon llegó al poder con una firme
convicción en favor de la ortodoxia neoclásica. Contaba para ello
con el apoyo de algunos de sus más distinguidos y devotos
exponentes en todo el país. Su descubrimiento subsecuente de que él
era un keynesiano no supuso ningún alejamiento precipitado o
radical de esa fe. El descubrimiento se produjo treinta y cinco años
después de La teoría general; como acabo de apuntar, toda la política
neokeynesiana descansa firmemente en el papel preponderante del
mercado. Pero hace año y medio, cuando confrontaba la reelección,
Nixon encontró que la fidelidad de sus economistas a la ortodoxia
neoclásica y keynesiana, por admirable que fuese en lo abstracto,
era un lujo que ya no se podía permitir. Cometió la apostasía del
control de salarios y precios; lo mismo hicieron sus economistas,
con ejemplar flexibilidad mental, aunque se admite que esta aceptación
del mundo real debe sobrevivir todavía a su prueba crítica que se
presentará cuando los apóstatas regresen a las computadoras y los
salones de clase. Pero nuestra admiración por esta flexibilidad no
debe impedir que recordemos el hecho de que, cuando el Presidente
cambió de rumbo, ningún economista norteamericano estaba
trabajando en la política que Nixon se vio obligado a adoptar en
vista de las circunstancias. Y más perturbador aún es el hecho de
que ahora mismo haya pocos economistas trabajando en la política
que nos hemos visto obligados a seguir.
En realidad, un número mayor de economistas está ocupado ahora
tratando de conciliar los controles con el mercado neoclásico. Esto
ha producido una combinación infructuosa de economía y arqueología
con buenos deseos. Esta combinación sostienen que a fines de los años
sesenta se desarrolló una crisis inflacionaria en conexión con el
financiamiento -o el financiamiento deficiente- de la guerra de
Vietnam. Y la expectativa inflacionaria se convirtió en una parte
de los cálculos de las empresas y los sindicatos. La crisis y la
expectativa subsisten aún. Los controles son necesarios hasta que
desaparezcan esos factores. Entonces volverá el mundo neoclásico y
neokeynesiano, junto con las políticas apropiadas, con toda su
tranquila comodidad. Podemos estar seguros de que esto no sucederá.
Tampoco debemos esperar que suceda si observamos el papel que juegan
el poder y la decisión política en el comportamiento económico
moderno.
II
En lugar del sistema de mercado, ahora debemos suponer que existe el
poder o el sistema de planeación aproximadamente en la mitad de la
producción económica total (el último término me parece más
descriptivo, menos peyorativo, y por lo tanto preferible). En los
Estados Unidos, el sistema de planeación está integrado por 2 000
grandes corporaciones a lo sumo. En sus operaciones tienen un poder
que trasciende al mercado. Allí donde no toman prestado el poder
del Estado, rivalizan con él. Por lo menos algunos de ustedes
conocerán mis opiniones sobre este punto, de modo que me privaré
del placer de una repetición extensa. No puedo creer que el poder
de la corporación moderna, los fines en que lo emplea, o el poder
correspondiente del sindicato moderno, puedan parecer inverosímiles
o aun muy novedosos cuando no entre en conflicto con la doctrina
establecida.
Así pues, convenimos en que la corporación moderna, por sí sola o
en unión de otras, ejerce gran influencia sobre sus precios y sus
costos principales. ¿Podemos dudar de que vaya más allá de sus
precios y del mercado para persuadir a sus clientes? ¿O de que vaya
más allá de sus costos para organizar la oferta? ¿O que mediante
sus ganancias o la posesión de filiales financieras trate de
controlar sus fuentes de capital? ¿O de que su persuasión del
consumidor unido al esfuerzo similar de otras empresas -y con la
bendición más que accidental de la pedagogía neoclásica- ayude a
establecer los valores de la comunidad, notablemente la asociación
del bienestar con el consumo progresivamente creciente de los
productos de esta parte de la economía?
Y como ciudadanos, si no como académicos, no negaríamos que la
corporación moderna ocupe una posición preponderante en el Estado
moderno. Lo que necesita la corporación en términos de investigación
y desarrollo experimental, de personal técnicamente calificado, de
obras públicas, de apoyo financiero de emergencia, se convierte en
la política pública. Lo mismo ocurre con el abastecimiento militar
que sostiene la demanda de muchos de sus productos. Lo mismo sucede,
tal vez, con la política exterior que justifica el abastecimiento
militar. Y el medio por el que este poder influye sobre el Estado se
acepta generalmente. Se requiere una organización para enfrentarse
a una organización. Y entre las burocracias públicas y privadas
-entre la GM y el Departamento de Transporte, entre la General
Dynamics y el Pentágono- hay una relación profundamente simbiótica.
Cada una de estas burocracias puede hacer mucho por la otra. Aun
existe entre ellas un intercambio grande y continuo de personal
ejecutivo.
Por último, sobre este ejercicio del poder y su gran
acrecentamiento flota la rica aureola de la respetabilidad. Los
hombres que dirigen a la corporación moderna, incluyendo a las
autoridades financieras, legales, técnicas, publicitarias y otros
sacerdotes de la función corporativa, son los miembros más
respetables, ricos y prestigiosos de la comunidad nacional. Ellos
forman el Establecimiento. Su interés tiende a convertirse en el
interés público. En un interés que aun algunos economistas
encuentran cómodo y conveniente defender.
Por supuesto, ese interés se centra grandemente en el poder, en
lograr que los demás acepten los fines colectivos o de corporación.
No se desentiende de los beneficios, que son importantes para
asegurar la autonomía de la administración -lo que he llamado la
tecnoestructura- y para lograr que la empresa controle la oferta de
capital. Los beneficios son también una fuente de prestigio y por
lo tanto de influencia. Pero lo que es fundamentalmente importante
es la meta mucho más directamente política del crecimiento. Tal
crecimiento trae consigo una fuerte recompensa económica; aumenta
directamente los salarios, premios y oportunidades de ascenso de los
miembros de la tecnoestructura. Y además consolida y agranda la
autoridad. Esto beneficia al individuo, el hombre que ahora dirigirá
una empresa más grande o una parte mayor de una empresa. Y aumenta
la influencia de la corporación en conjunto.
La economía neoclásica no carece del instinto de supervivencia.
Con justicia considera la soberanía no controlada del consumidor,
la soberanía última del ciudadano, y la elevación al máximo de
los beneficios con la subordinación resultante de la empresa la
mercado, como las tres patas de un trípode en el que descansa.
Estos son los elementos que excluyen el papel del poder en el
sistema. Las tres proposiciones exigen mucho de la capacidad de
creencia. No se niega de plano que el consumidor moderno sea objeto
de un esfuerzo masivo de manejo por parte del productor. Por su
propia naturaleza, los métodos del tal manejo son embarazosamente
visibles. Sólo se puede argüir que en alguna forma se cancelan
entre sí. Las elecciones en Estados Unidos y Canadá se libran
ahora con base en el problema de la subordinación del Estado al
interés corporativo. Como votantes, los economistas aceptan la
validez de la cuestión. Sólo su enseñanza la niega. Pero es
probable que la entrega de la burocracia de la corporación moderna
a su propia expansión sea el elemento más claro de todos. Nadie
cree que el conglomerado moderno prefiera siempre el beneficio al
crecimiento. En los últimos años existe l creencia general, que se
refleja claramente en los precios de los valores, de que la
aglomeración siempre ha sido buena para el crecimiento pero a
menudo mala para las ganancias.
En la economía moderna subsiste -y esto hay que recalcarlo- un
mundo de empresas pequeñas donde las indicaciones del mercado son
todavía fundamentales, donde los costos están dados, donde el
Estado es algo remoto y está sujeto, a través de la legislatura, a
las presiones tradicionales de los grupos de interés económico, y
donde la elevación del beneficio máximo es lo único compatible
con al supervivencia. No debemos creer que este mundo sea la parte
clásicamente competitiva del sistema, en contraste con el sector
monopólico u oligopólico de donde ha surgido el sistema de
planeación. Por el contrario, con su combinación de estructuras
competitivas y monópolicas se aproxima a todo el modelo neoclásico.
Repito que tenemos dos sistemas. En uno de ellos el poder sigue
estando, como siempre, contenido por el mercado. en el otro, un
sistema que sigue desarrollándose, el poder se extiende a todos los
mercados, en forma incompleta pero global, a las personas que lo
patrocinan, al Estado, y por lo tanto en última instancia el uso de
recursos. A su vez, la coexistencia de estos dos sistemas se
convierte en una clave importante de la actuación económica.
III
Dado que el poder interviene en forma tan total en una gran parte de
la economía, ya no pueden los economistas distinguir entre la
ciencia económica y la política, excepto por razones de
conveniencia o de una evasión intelectual más deliberada. Cuando
la corporación moderna adquiere poder sobre los mercados, poder en
la comunidad, poder sobre el Estado, poder sobre las creencias, se
convierte en un instrumento político, diferente del Estado mismo en
su forma y su grado, pero no en esencia. Sostener lo contrario
-negar el carácter político de la corporación moderna- no implica
sólo un escape de la realidad, sino un disfraz de la misma. Las víctimas
de ese disfraz son aquellos a quienes instruimos en el error. Los
beneficiarios son las instituciones cuyo poder disfrazamos en la
forma dicha. Que no quepa duda: la economía, tal como ahora se enseña,
se convierte, aunque sea inconscientemente, en parte de un arreglo
por el cual se impide que el ciudadano o el estudiante advierta, cómo
es, o será, gobernado.
Esto no significa que la economía se convierta ahora en una rama de
la ciencia política. Esa es una perspectiva, que con justicia debe
resultarnos repelente. La ciencia política es también un cautivo
de sus estereotipos, incluyendo el del control del Estado por el
ciudadano. Además, mientras que la economía rinde pleitesía al
pensamiento, por lo menos en principio, la ciencia política
reverencia normalmente al hombre que sólo sabe lo que se hecho
antes. La economía no se convierte en una parte de la ciencia política.
Pero la política sí debe convertirse en parte de la economía.
Podrá temerse que en cuanto abandonemos la teoría actual, con su
refinamiento intelectualmente exigente y su creciente instinto
favorable a la medición, perderemos el filtro por medio del cual se
separa a los académicos de los charlatanes y los oportunistas.
Estos son siempre un peligro, pero más peligroso resulta quedarse
en un mundo que no es real. Y según creo, nos sorprenderemos de la
nueva claridad y coherencia intelectual con que vemos nuestro mundo
en cuanto incluimos al poder como parte de nuestro sistema. Ahora me
ocuparé de esta visión.
IV
En la visión neoclásica de la economía podría suponerse una
identidad general de intereses entre las metas de la empresa y las
de la comunidad. La empresa estaba sujeta a los dictados de la
comunidad, a través del mercado o de la urna de votación. Los
individuos no podrían estar fundamentalmente en conflicto consigo
mismo, dada siempre cierta decencia razonable de la distribución
del ingreso. En cuanto aparece la empresa en el sistema de planeación
dotada de poder global para perseguir su propio interés, el
supuesto anterior se vuelve insostenible. Es posible que
accidentalmente sus intereses coincidan con los del público, pero
no hay ninguna razón orgánica para que así suceda necesariamente.
En ausencia de pruebas en contrario, debemos suponer la divergencia
de intereses, no su identidad.
También se vuelve previsible la naturaleza del conflicto. Dado que
el crecimiento es una de las metas principales del sistema de
planeación, será mayor cuando el poder sea mayor. Y el crecimiento
será deficiente en el sector de mercado de la economía, al menos
por comparación. Esto no se deberá, como sostiene la doctrina
neoclásica, a que los individuos tengan una amable tendencia a
equivocar sus necesidades. Se deberá a que el sistema está
construido en tal forma que sirve mal a las necesidades de los
individuos y luego obtiene mayor o menor aquiescencia de los mismos
en el resultado. El hecho de que el sistema actual conduzca a una
producción excesiva de automóviles, a un esfuerzo de fructificación
improbable tendiente a cubrir de asfalto las zonas económicamente
desarrolladas del planeta, a una preocupación lunática con la
exploración lunar, a una inversión fantásticamente cara y
potencialmente suicida en proyectiles, submarinos, bombarderos y
portaaviones, es lo que debiéramos esperar. Estas son las
industrias que tienen poder para obtener los recursos que requiere
su crecimiento. Y una disminución de tales industrias será vital
para el interés público -para una utilización sensata de los
recursos- como sugieren ahora todos los instintos. Es así como la
introducción del poder como un aspecto global de nuestro sistema
corrige nuestro error actual. No podemos dejar de advertir que éstas
son exactamente las industrias en que una visión enteramente neoclásica
del monopolio y el oligopolio, y de la elevación del beneficio al máximo
a costa del uso ideal de los recursos, sugeriría nada menos que una
expansión de la producción. ¡Hasta dónde se nos permitirá
equivocarnos!
La contrapartida de un uso excesivo de recursos en el sistema de
planeación donde el poder interviene por todas partes es un uso
relativamente deficiente de recursos en el área donde el poder está
circunscrito. Así sucederá en la parte de la economía donde
prevalecen la competencia y el monopolio empresarial distinto del
gran conglomerado. Y si el producto o servicio se relaciona
estrechamente con la comodidad o la supervivencia, el descontento
será considerable. Se acepta que las área de la vivienda, los
servicios de salud, el transporte urbano, algunos servicios caseros,
padecen graves deficiencias. Es en tales industrias que todos los
gobiernos modernos tratan de aumentar el uso de recursos. Aquí,
desesperados, hasta los devotos defensores de la empresa libre
aceptan la necesidad de la acción social, aún del socialismo.
Aquí podemos observar también que el error de la ciencia económica
es perjudicial. Como ciudadanos podemos invocar una restricción en
el área de uso excesivo de recursos, pero no en nuestra enseñanza.
Como ciudadanos podemos instar a la acción social cuando la empresa
se aproxima a la norma neoclásica, pero no en nuestra enseñanza.
En este último caso no sólo ocultamos el poder de la corporación
sino que consideramos también como anormal la acción correctora en
áreas tales como la vivienda, la salud, el transporte; tal es la
consecuencia del error sui generis que nunca se explica totalmente.
Esto es lamentable porque tenemos aquí tareas que requieren
imaginación, orgullo y determinación.
V
Cuando incluimos el poder en nuestros cálculos, nuestro embarazo
macroeconómico también desaparece. La ciencia económica hace
aparecer razonable lo que los gobiernos se ven obligados a hacer en
la práctica. Las corporaciones tienen poder en sus mercados. Lo
mismo ocurre, parcialmente como consecuencia, con los sindicatos.
Las reclamaciones competitivas de los sindicatos se pueden resolver
más convenientemente trasladando el coto del arreglo al público.
Las medidas tendientes a contrarrestar este ejercicio del poder
limitando la demanda agregada deben ser severas. Y, como era de
esperarse, el poder del sistema de planeación se ha ejercitado para
excluir las medidas macroeconómicas que tienen un efecto primordial
sobre ese sistema. Por ejemplo, se permite enteramente la política
monetaria, lo que se debe, por lo menos en parte, a que su efecto
principal lo resiente el empresario neoclásico que debe tomar
dinero prestado. La restricción monetaria es mucho menos dolorosa
para la gran corporación que, como un ejercicio elemental del
poder, se ha asegurado una oferta de capital derivada de sus
ganancias o de sus filiales financieras o bancos moralmente
obligados. El poder del sistema de planeación en la comunidad se ha
ganado también la inmunidad contra los gastos públicos que le
importan: carreteras, investigación industrial, préstamos de
recuperación, defensa nacional. Estos gastos tienen la sanción de
un fin público más elevado. Se está haciendo un esfuerzo similar,
aunque ligeramente con menor éxito, en materia de impuestos
corporativos y personales. También la política fiscal se ha
acomodado en esta forma a los intereses del sistema de planeación.
De aquí deriva lo inevitable de los controles. La interacción del
poder de las corporaciones y los sindicatos sólo puede ser
derrotada por las restricciones fiscales y monetarias más fuertes.
Las restricciones de que se dispone tienen un efecto
comparativamente benigno sobre quienes gozan de poder, mientras que
oprimen adversamente a los individuos que votan. Tal política es
posible quizá cuando no haya elección en puerta. Ganará aplausos
por sus respetabilidad. Pero no puede tolerarla nadie que deba
ponderar su efecto popular.
Al igual que ocurre con la necesidad de acción y organización
social en el sector del mercado, hay muchas razones que aconsejan
que los economistas acepten lo inevitable de los controles de
salarios y precios. Ello ayudaría a que los políticos, que
responden a la resonancia de su propia instrucción del pasado,
dejasen de suponer que los controles son algo malo y antinatural y
por lo tanto algo temporal que debe abandonarse en cuanto parezca
empezar a funcionar. Esta es una actitud poco favorable para el
desarrollo de una administración sensata. También haría que los
economistas considerasen la forma en que los controles pueden
funcionar y en que el efecto sobre la distribución del ingreso se
vuelva más equitativo. Esta distribución se vuelve un asunto serio
con los controles. El mercado ya no disfrazará la desigualdad de la
distribución del ingreso, por más egregia que sea. Debe
considerarse que una gran desigualdad es el resultado del poder
relativo.
VI
Hay otras cuestiones de gran interés actual que se iluminan cuando
incluimos al poder en nuestro sistema. Por ejemplo, la contrapartida
de las diferencias de desarrollo derivadas del sistema entre el
sector de planeación y el del mercado de la economía son las
diferencias sectoriales del ingreso derivadas también del sistema.
En el sistema neoclásico se supone que hay movilidad de recursos,
la que en términos generales iguala los rendimientos entre las
industrias. La desigualdad que exista se deberá a las barreras al
movimiento. Vemos ahora que, dado su gran poder de mercado, el
sistema de planeación puede protegerse contra los movimientos
adversos de sus términos de intercambio. El mismo poder le permite
aceptar los sindicatos, puesto que no necesita. absorber sus
demandas ni siquiera temporalmente. En el sistema de mercado no hay
un control similar de los términos de intercambio, aparte de
algunas áreas de poder monopólico o sindical. Dada la ausencia de
poder en el mercado, no pueden aceptarse en la misma forma los
aumentos de salarios, porque no existe la misma certeza de que tales
aumentos podrán trasladarse (es por el carácter de la industria
que trata de organizar, no por su poder original, que muchos
consideran a César Chávez como el nuevo Lenin). Y en el sistema de
mercado los ocupados por cuenta propia tienen la opción -que no
existe en el sistema de planeación- de reducir sus propios salarios
(y en ocasiones los de sus empleados familiares o inmediatos) para
sobrevivir.
Así pues, hay una desigualdad inherente del ingreso entre los dos
sistemas. Y de aquí deriva también el argumento en favor de una
legislación de salarios mínimos, apoyo a los sindicatos en la
agricultura, legislación de precios de garantía, y lo que quizá
es más importante, un ingreso familiar garantizado como antídoto a
esa desigualdad interindustrial. De nuevo, este enfoque de la cuestión
se ajusta a nuestras preocupaciones actuales. La legislación de
salarios mínimos, la de precios de garantía, y el apoyo a los
contratos colectivos son temas de controversia política continua
cuando se aplican a las empresas pequeñas y a la agricultura.
No son problemas serios en la industria altamente organizada, es
decir, en el sistema de planeación. Y la cuestión de un ingreso
familiar garantizado, un asunto de intensa controversia política,
ha dividido recientemente a los trabajadores del sistema de planeación,
que no se beneficiarán, y los trabajadores del sistema de mercado
que sí se beneficiarían. De nuevo encontramos tranquilidad en una
visión de la economía que nos prepare para la política de nuestro
tiempo.
La inclusión del poder en el cálculo económico también nos
prepara para el gran debate sobre el ambiente. La economía neoclásica
sostiene que previó las posibles consecuencias ambientales del
desarrollo económico, que hace algún tiempo elaboró el concepto
de las deseconomías externas de la producción, y por inferencia
las del consumo. Pero, ¡ay!, ésta es una pretensión modesta. La
exclusión de las deseconomías externas se consideró durante largo
tiempo como un defecto secundario del sistema de precios, como una
idea marginal para la discusión de una hora en el salón de clase.
Y los libros de texto la pasaron por alto en gran medida, como ha
observado E. J. Mishan. La nación de las deseconomías externas
tampoco ofrece ahora un remedio útil. Nadie puede suponer, o supone
realmente, que si se interiorizarán las deseconomías externas podría
compensarse en alguna forma útil más de una fracción del daño,
especialmente el que hace a la belleza y la tranquilidad de nuestro
ambiente.
Si el crecimiento es el objetivo fundamental y vital de la empresa,
y si se dispone por todas partes de poder para imponer esta meta a
la sociedad, surge de inmediato la posibilidad del conflicto entre
el crecimiento privado y el interés público. Así pues, dado que
este poder depende en medida tan grande de la persuasión, antes que
de la fuerza, el esfuerzo tendiente a lograr que se acepte la
contaminación o se considere que sus beneficios valen tanto como su
costo sustituye a la acción, incluyendo la publicidad de medidas
correctores. Fundamentalmente, esto no equivale a una interiorización
de las deseconomías externas. Más bien se está especificando los
parámetros legales dentro de los cuales puede tener lugar el
crecimiento, o como ocurre en el caso del uso de automóviles en las
grandes ciudades, de aviones sobre áreas urbanas, de la expropiación
de terrenos rurales y de caminos para la construcción de subterráneos,
o para fines industriales, comerciales y residenciales, las clases
de crecimiento que son incompatibles con el interés público. Habríamos
evitado mucha corrupción de nuestro ambiente si nuestra ciencia
económica hubiese sostenido que tal acción era la consecuencia
previsible de la búsqueda de los objetivos económicos actuales y
no el resultado excepcional de una aberración peculiar del sistema
de precios.
En todo caso, tenemos derecho a guiar la acción del futuro porque
hay un fuerte argumento conservador en tal sentido. Mientras que los
economistas juegan débilmente con las deseconomías externas, otros
están sosteniendo que el crecimiento mismo es el villano. Están
buscando su extinción. En consecuencia, si vemos que el deterioro
ambiental es una consecuencia natural del poder y el objetivo de la
planeación, y si vemos por tanto la necesidad de limitar el
crecimiento dentro de parámetros que protegen al interés público,
podremos ayudar a la continuación del crecimiento económico.
Por último, cuando el poder se convierte en una parte de nuestro
sistema, también lo hace Ralph Nader. Estamos preparados para la
explosión de la preocupación que se llama ahora el
"consumismo". Si el consumidor es la fuente de la
autoridad, su abuso es una falta ocasional.
El consumidor no puede estar fundamentalmente en desacuerdo con un
sistema económico que controle. Pero si la empresa productiva tiene
un poder global y objetivos propios, el conflicto es sumamente
probable. La tecnología se subordina entonces a la estrategia de la
persuasión del consumidor. No se cambian los productos para
mejorarlos, sino para aprovecharse de la creencia de que lo nuevo es
mejor. Hay una alta proporción de fracasos cuando se trata de
producir no lo que sea mejor sino lo que se puede vender. El
consumidor -el que no haya sido persuadido o esté decepcionado- se
rebela. Esta no es una rebelión contra cuestiones secundarias de
fraude o mala interpretación. Es una gran reacción contra todo un
despliegue de poder mediante el cual el consumidor se convierte en
el instrumento de propósitos que no son los suyos.
VII
Este ejercicio de incorporación de poder a nuestro sistema impone
dos conclusiones. En cierta forma, la primera es estimulante: que el
economista no ha hecho todavía su trabajo. Por el contrario, apenas
está principiando. Si aceptamos la realidad del poder como parte de
nuestro sistema, tendremos años de trabajo útil a nuestra
disposición. Y dado que estaremos en contacto con problemas reales,
y dado que los problemas reales inspiran pasión, nuestra vida será
de nuevo agradablemente contenciosa, quizá hasta útilmente
peligrosa.
La otra conclusión se refiere al Estado. Cuando incluimos en
nuestro sistema al poder y por tanto a la política, ya no podemos
eludir o disfrazar el carácter contradictorio del Estado Moderno.
El Estado es el objetivo primordial del poder económico. Es un
cautivo. Y sin embargo, en todas las cuestiones que he mencionado
-las restricciones al uso excesivo de recursos, la organización
para contrarrestar el uso inadecuado de los recursos, la acción
para corregir la desigualdad derivada del sistema, la protección
del ambiente, la protección del consumidor- la acción correctora
corresponde al Estado. El zorro tiene poder en la administración
del gallinero. Es a esta administración que las gallinas deben
recurrir para su protección.
Esto plantea lo que es quizá nuestro problema principal. Es posible
la emancipación del Estado del control del sistema de planeación?
Nadie lo sabe. Y en ausencia de ese conocimiento nadie sugeriría
que se trate de un problema fácil. Pero hay un brillo de esperanza.
Como siempre, las circunstancias están forzando el paso.
La última elección de los Estados Unidos se peleó exclusivamente
sobre cuestiones en que los objetivos del sistema de planeación o
de sus principales participantes divergen de los intereses del público.
La cuestión de los gastos de defensa es una de ellas. La de la
reforma tributaria es otra. La carencia de vivienda, transportación
masiva, servicios de salud, servicios públicos, es otra más una
que refleja la relativa incapacidad de estas industrias para
organizar y controlar recursos. La cuestión de un ingreso
garantizado es otra de la lista. Su efecto, como he indicado, se
ejerce sobre los ingresos de fuera del sistema de planeación, sobre
los explotados en el sistema de mercado, sobre quienes son
rechazados por los dos sistemas. El ambiente es una de estas
cuestiones, con su conflicto entre la meta de crecimiento de la
tecnoestructura y la preocupación pública por sus alrededores. Sólo
el control de salarios y precios no se discutió en la última
elección. Ello se debió casi seguramente a que los economistas de
tendencia ortodoxa en ambos bandos encontraron la perspectiva
demasiado embarazosa para discutirla.
Menciono estas cuestiones con el único fin de mostrar que los
problemas que surgen cuando incluimos el poder en nuestros cálculos
son actuales y reales. Casi no es necesario recordar que los
problemas políticos no los plantean los partidos ni los políticos,
sino las circunstancias.
Por supuesto, cuando incluyamos el poder en nuestro sistema no
escaparemos a la controversia política que deriva del
enfrentamiento de problemas reales. Esto me trae al último punto
que quiero tratar. No defiendo el partidarismo en nuestra ciencia
económica, sino la neutralidad. Pero aclaremos lo que es la
neutralidad. Si el Estado debe emanciparse del interés económico,
una economía neutral no negaría esa necesidad. Esto es lo que hace
ahora la ciencia económica. Le dice al joven e impresionable, y al
viejo y vulnerable, que la vida económica no tiene un contenido de
poder y política porque la empresa está seguramente subordinada al
mercado y la Estado y por esta razón está seguramente bajo el
control del consumidor y el ciudadano.
Tal ciencia económica no es neutral. Es un aliado influyente y
sumamente valioso de aquellos cuyo ejercicio del poder depende de la
aquiescencia pública. Si el Estado es el comité ejecutivo de la
gran corporación y del sistema de planeación, ello se debe en
parte a que la economía neoclásica es su instrumento para
neutralizar la sospecha de que así ocurre en efecto. He hablado de
la emancipación del Estado del interés económico. Para el
economista no puede haber dudas acerca de dónde principia esta
tarea. Principia con la emancipación del pensamiento económico.
Alocución
presidencial ante la octogésima quinta reunión de la Asociación
Económica Norteamericana, Toronto, Canadá, diciembre 29 de 1972 |