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Ciencias Políticas Las elites rioplatenses Rubén Darío Salas |
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y su representación de la categoría "gobierno despótico" (1820-1829)
II.- ENCUADRE EPISTEMOLÓGICO : LA PALABRA COMO
REPRESENTACIÓN IV.- ALGUNAS EXPRESIONES DESPÓTICAS
V.- CONSIDERACIONES FINALES 2. La historia de una palabra, de una expresión, su articulación recurrente dentro de una modalidad discursiva; la extensión de su campo semántico, en fin, el hecho de que los actores sociales que deciden el rumbo político de una comunidad hagan uso de una determinada expresión o palabra para representarse su realidad, no es otra cosa que la historia de una idea, de una «visión del mundo». Un lexema o expresión dominante importa el predominio de un sentimiento, en tanto las palabras no son meros instrumentos de circunstancias, sino expresión de un acto reflexivo, de un «yo» actuante.
II.-
ENCUADRE EPISTEMOLÓGICO : LA
PALABRA COMO REPRESENTACIÓN
III.- CONCEPTO DE DESPOTISMO[8]
IV.- ALGUNAS EXPRESIONES DESPÓTICAS
38. Resultaba el caudillismo una modalidad gubernativa que las élites que buscaban organizar el Estado nacional bajo un Gobierno consolidado en unidad, con centro en Buenos Aires, observaron como forma envilecida; expresión grotesca y brutal del régimen español. 39. "Si el caudillo", explica El Tribuno, "según el diccionario castellano de la séptima y anterior edición, denota al que como cabeza y superior guía manda la gente de la guerra, según la fraseología de los quijotes modernos, es un indicante despreciativo, con el que se denomina a los que acaudillan gente en las revueltas de la tierra, en las convulsiones y sacudimientos de los pueblos. Aún a los capitanes de bandidos y salteadores se les suele dar a conocer por esa denominación.[22] 40. La identificación del caudillismo con el gobierno despótico, y dentro de éste asociado con las formas más aberrantes, verdaderas patologías políticas, determinó que se conformara un campo léxico integrado por vocablos que aludían a formas perversas de Monarquía; de allí el empleo de voces como 'reyezuelo', muchas veces reemplazado por lo que se consideraban sustitutos semánticos, acudiendo a la tradición oriental, a saber: 'sultán', 'déspota de Asia[23]', 'despotismo tártaro[24]'. 'Régimen feudal' también se hizo sinónimo de gobierno de caudillos. 41. Las élites rioplatenses se representaban al caudillismo como exponente superlativo de degradación política, portador y diseminador del virus combinado llamado Democracia directa y Despotismo. Como advierte Julián S. de Agüero, al comentar sobre la asonada del gobernador Bustos: Todo movimiento popular produce déspotas.[25] El diputado Marcos Castro señala que, al hablar de Bustos, se dice que es "arbitrario", "déspota", "tirano", "caudillo".[26] 42. Una extensa y clarificadora definición, resumen en buena medida de la representación que las minorías reflexivas se hacían del caudillismo, resulta del siguiente comentario, que se puede seguir a través de una carta publicada en La Estrella del Sud: Después de aludir a los abusos del gobierno directorial y al estado de desolación en que quedó el antiguo Estado nacional, sostiene el remitente que de una situación semejante deviene que "un número de hombres atrevidos [salgan] al frente, y los pueblos abracen el primer camino que se les presenta". Sucede entonces que los vínculos sociales se disuelven, "la anarquía se establece, y los malvados se arman con la intriga, la audacia y la opresión." De allí que "los hombres más antifederales y nacidos para ser la primera columna del despotismo se presentan con el nombre de libertadores", imponiendo "su voluntad y su espada, y la palabra con que pretenden alucinar, la federación.[27]" 43. "Reyezuelos, caciques, [...] tiranos, arbitrarios y déspotas", son algunos de los calificativos que emplea el periódico El Correo de las Provincias, para referirse a los caudillos.[28] 44. Todo tirano o reyezuelo empleará a la plebe para que cree confusión entre la parte sana de la población; luego, por medio de la fuerza militar y la algarabía de la 'multitud', el caudillo accederá al poder.[29] 45. En síntesis, nos enfrentamos a un discurso político que acumula ejemplos demostrativos de aquella fórmula consagrada por la historia, según la cual la democracia directa es causa de la demagogia y, como no demora en derivar en anarquía, acelera los pasos para que aquellos que comenzaron como demagogos acaben como tiranos o déspotas. 46. En general, al referirse al gobierno de los caudillos, Manuel A. de Castro habla de gobierno de "la espada", "sistema puramente militar"[30], individuos que introducen la "tiranía demagógica"[31], pues, como se dijera, forman un todo compacto con la plebe. En fin, como apunta el periódico El Mensajero Argentino, los caudillos constituyen la "Barbarie contra la Civilización.[32]"
49. La experiencia del Imperio napoleónico otorgará a la dignidad imperial un carácter envilecido, apareciendo en el siglo XIX asimilada a 'déspota' o 'tirano', en el sentido de 'despotismo o tiranía militar', es decir, una derivación de los efectos de la democracia directa y su secuela de anarquía. 50. Acepción estrechamente asociada con la anterior es la que identifica Imperio y Emperador como resultante de un compromiso entre la República —entendida como Democracia absoluta o directa— con la Monarquía en su versión absoluta.
51.
Cabe recordar que el régimen republicano organizado en
Francia a través de distintas constituciones consignaba, en "la
revisión constitucional [...] en el senado—consulto del 28 de
floreal del año XII" que "el gobierno de la República queda
confiado a un emperador". 52. El nuevo concepto de Emperador rescata la etimología latina; es el brazo armado de la república —res publica— cuyo título es concedido al general victorioso. Pero dentro de la modalidad napoleónica, el militar victorioso será el representante de la Nación en armas, a quien ésta otorga «facultades extraordinarias» que permitan salvar al Estado de la ruina. El emperador adviene entonces en dictador —dictator—, lo cual se traduce en gobierno vigoroso y concentración máxima del poder. 53. La naturaleza y el alcance de su poder lo convierten, en el marco de la filosofía liberal e ilustrada, en el máximo exponente del Gobierno despótico. 54. Se habla con desdén, incluso por defensores de la Monarquía, de los Imperios nacidos en el siglo XIX, pues se resienten de plebeyismo; 'tronos nuevos', modalidad de Monarquía electiva[34] que, en tanto tal, no se considera Monarquía en estricta teoría. 55. Desde las páginas del periódico La Abeja Argentina se recuerda: "En el presente siglo no se hacen reyes nuevos", pues si los antiguos Tronos logran de los Pueblos respeto, los nuevos sólo inspiran desprecio.[35] 56. En relación con los "príncipes nuevos"[36], Jorge Canning calificaba a la persona del emperador de México, Iturbide, como "aventurero" que impuso un "despotismo militar", que tal vez inspire en los mexicanos "repugnancia por la forma de monarquía electiva", cuya inestabilidad debe servir de enseñanza "a cualquier nuevo general que cuente con la confianza del ejército".[37] 57. Atendiendo a los nuevos Imperios, entendidos como producto del compromiso entre los sectores democráticos y los monárquicos, en alusión al emperador de Brasil, explica Canning que, "parece claro que las partes contendientes en el Brasil consideraron la asunción del título imperial como una especie de término medio entre la conservación de la antigua monarquía y el establecimiento de una forma democrática de gobierno".[38] De allí que el título de "Emperador [sea] por su naturaleza electivo, y en este caso conferido expresamente al Príncipe Real con todas las formas de elección, como un modo de afirmar la independencia del Brasil y al mismo tiempo mantener el Trono de los Braganza[39]" 58. La base militar del poder imperial es explicada por el Secretario de Estado de Pedro I : “Os povos sensiveis aos grandes beneficios que deviam ao Seu Magnanimo e Augusto Defensor Perpetuo o aclamarão legal e solenemente no Glorioso dia 12 de Outubro [1822] corrente Imperador Constitucional do Brazil. [...] S.M.I. bem Conheceo que uma vez que havia Acceitado dos Brazileiros o Titulo e Encargos de Seu Defensor Perpetuo, e uma vez que havia Dado a Sua Regia Palabra de firmar e defender a Independencia e Direitos do Brazil, Lhe Cumpria consequentemente não recusar a nova Dignidade que só Lhe podía dar a força e recursos necessarios para a defeza e prosperidade deste Imperio” [40] 59. En rigor de verdad, al abordar el tema "Monarquía en América", los liberales de uno y otro lado del Atlántico, coincidían en el nombre de Iturbide a la hora de trazar el perfil de los exponentes puros del «género napoleónico». Iturbide merecerá, por ejemplo, para el estudioso europeo, preocupado por las experiencias institucionales de Sud—América, el nombre de "bandido insolente[41]", interesado "por enriquecerse personalmente" y “carente de todo talento", quien "logró el Trono mediante la intriga." El emperador de México "había adoptado el modelo de Napoleón y como éste había fracasado[42]" 60. Dado el origen de su poder —imitación de idéntico modelo[43]—, Pedro I se convertía, dentro de la inflamada oratoria que impregnó el discurso periodístico porteño inclinado hacia una política de confrontación con el Imperio, en "déspota”. El retrato de Pedro I se identificaba con el de Napoleón, quien "deslumbró y castigó a la Francia y a Europa" con su "despotismo militar".[44] 61. El Imperio brasileño será considerado como Monarquía despótica,[45] tan despreciable como el mejicano, por estar ambas expresiones apoyadas en la "plebe" y en la fuerza militar.[46] 62. Monarquía absoluta o legitimismo es denominado "principio puramente europeo", "antisocial" y, por tanto, "proscripto en América". No obstante, apunta El Argos, refiriéndose a Brasil, "el Despotismo europeo pasó los mares y vino a tomar posiciones en el Continente Americano".[47] 63. En su crítica a Pedro I, transcribe una "Proclama" que en Río de Janeiro instaba "a deponer al emperador". En ella se afirma que los americanos no soportan "monstruos coronados" que impongan "el yugo de sus caprichos" calificándolos de "¡Sultanes en América!".[48] Estos calificativos contra el emperador del Brasil cubrían las páginas de los periódicos porteños. 64. El Argos extrae de un comunicado al pueblo de Montevideo una frase que le sirve para ironizar sobre el emperador, es decir, sobre "el Gobierno Paternal de una Majestad Imperial que ya se va quedando sólo con el nombre.[49]" 65. Respecto de la expresión Gobierno Paternal, si bien puede aparecer en la estructura discursiva reforzando la cualidad de despótico de un gobierno, lo cierto es que , mientras el calificativo 'despótico' resulta recurrente en las críticas al legitimismo monárquico, no ocurre lo propio con el calificativo 'paternal'. Sí suele resultar frecuente que un periódico reproduzca una alocución, bando o proclama de partidarios del Legitimismo o de los mismos monarcas en donde se alude al carácter paternal del monarca, y el comentario del redactor refiera al despotismo de tales gobiernos. Se trataría, entonces, simplemente, de una sustitución léxica, recurriendo a la de empleo más generalizado.[50] 66. Importa subrayar que la voz 'padre', o sus equivalentes, para designar a la Persona Real, se encontraba muy arraigada en la mentalidad social, de allí que su inserción, con carácter valorativo en el discurso político, no resulte infrecuente en el Río de la Plata. 67. Al referirse al Emperador de Brasil, sostiene El Nacional que es posible que "corra la misma suerte que sus compañeros los Napoleones [...] y los Agustines”, exclamando: “¡Qué lección para los imperios!".[51] 68. En el marco de la ortodoxia liberal no podía soslayarse la distancia que claramente se advertía entre los referentes monárquicos americanos más relevantes, a saber, Iturbide y Pedro I: distancia que en su agria crítica a la dignidad imperial recepta El Correo de las Provincias en un repliegue del discurso, que expresa: “A la coronación de Iturbide, se siguió también la de Pedro I del Brasil [...] aunque ésta no sea producida por las maquinaciones mejicanas[52]”. El Argos, cuando todavía no arreciaba la campaña belicista contra el Imperio, insertaba artículos que reproducían expresiones tanto favorables como opuestas a la Monarquía brasileña. Puede leerse, en el primer sentido, que resulta inadmisible "poner en paralela al miserable aventurero Iturbide con el Señor Don Pedro, el primer descendiente de tantos reyes, y el heredero del Trono de Portugal.[53]" 69. Esta distancia aparece subrayada por los liberales europeos que, ajenos a los litigios regionales, mientras asociaban el régimen de Iturbide al gobierno puramente militar, con la "manía de alardear[54]", encontraban en Pedro I la expresión política que había torcido aquel camino, que parecía constitutivo de la naturaleza hispanoamericana, y que siempre derivaba en anarquía o despotismo. La Monarquía brasileña surgía como el "robusto dique" frente a aquellos hombres "ávidos de mando" que "agitaban las Repúblicas vecinas". El "Poder moderador [o] cuarto poder" encarnado en el Emperador aparecía como la piedra angular del edificio político, pues el monarca actuaría imparcialmente entre los "intereses divergentes[55]." Pero, para muchos liberales europeos, la experiencia brasileña parecía poco confiable extendida a otras regiones del continente. No dudaban en señalar que la misma modalidad monárquica brasileña dejaba un amplio margen para la discrecionalidad, lo cual contrastaba "con el constitucionalismo europeo", siempre "representativo e independiente". Con escepticismo, el mismo que mostraba el grupo unitario, afirmaban que la "Dignidad Real no podría arraigar ni prosperar" en América. El final violento de Iturbide parecía servir de advertencia, en el sentido de que si bien pueden "entretejerse en América Diademas, éstas llegarían a ser Coronas de espinas." Diadema, que en el caso mexicano, se constituyó tanto "en efecto de una guerra revolucionaria sangrienta, como también en su causa[56]." 70. Para los partidarios de la República consolidada en unidad de régimen resultaba tan detestable e igualmente perversa y despótica la modalidad sudamericana coronada, como aquellas formas en que el Ejecutivo suponía una concentración ilimitada de facultades.[57] Ambas modalidades se asentaban básicamente en la fuerza militar y la plebe, y esto las acercaba a los vicios del despotismo, de la demagogia y de la democracia absoluta o, lo que era lo mismo, de la anarquía. 71. Respecto de la condena al 'sistema' de la Santa Alianza o del Absolutismo guardaba matices, según se tratara de la modalidad europea o americana —esta última siempre sinónimo de aberración o de delirio—, como se advierte en la alocución inaugural del Congreso Constituyente pronunciada por el gobernador Juan G. de las Heras, quien afirma: "Autoridades fundadas en prestigios [...] pueden subsistir y ser todavía convenientes en pueblos civilizados; [...] pero crear hoy de nuevo una autoridad sobre semejante base en estas provincias, es por fortuna tan imposible como es hacer que pase en un solo día la historia de muchos siglos.[58]" 72. Los Tronos nuevos inspiran desprecio, pues subvierten principios sustantivos de toda Monarquía, que basa su prestigio en la tradición y en una dinastía venerada por siglos. 73. Las críticas de los partidarios de la administración porteña, orientadas de manera especial al gobierno del Brasil, no ocultaban, sobre todo en la correspondencia confidencial, su escepticismo frente al estado de debilidad del gobierno provisorio de Buenos Aires[59], así como el reconocimiento de la popularidad del emperador y el vigor de su autoridad[60], sin olvidar la alusión a la falta de unidad de opiniones que caracteriza al gobierno republicano[61], cuando no la invocación dirigida a concretar alguna forma de gobierno que pusiera fin al estado de conmoción y enfrentamiento permanente.[62] 74. Quienes abogaban por la República consolidada en unidad de régimen recelaban de los prosélitos del "género napoleónico[63]", pues se representaban la Corona imperial americana como el anuncio del inminente advenimiento del Despotismo de la plebe. Luego de la conmoción de Cepeda, si bien afectaba a las élites la irrenunciable veneración por la Monarquía Constitucional, en igual medida las afectaba el horror por los Tronos nuevos, que se les aparecían transfigurados trasplantados al suelo americano. Dentro de la nueva realidad surgida de la crisis, el monarca devendría inexorablemente en tirano. Tal parecía el resultado signado por un determinismo irreversible una vez desatadas las tendencias tanáticas que, latentes, activó la Revolución de 1810[64]. No obstante, en las críticas al Trono brasileño operaban otros factores, derivados de las ventajas geopolíticas del Imperio[65], en buena medida reforzadas por la legitimidad de su poder político. En suma, mientras Brasil aparecía a los ojos de los poderes constituidos de Europa como respetuoso del «principio monárquico», la realidad rioplatense, no sólo emergía envuelta en la incertidumbre institucional, sino también afectada por una afrenta ética: el republicanismo.
78. A la voz Protector alude Voltaire en su Diccionario filosófico, en relación con Oliverio Cromwell, explicando que "no hubo rey alguno tan absoluto como él. Decía que prefería gobernar adoptando el título de «Protector», que adoptando el título de rey, porque los ingleses conocían hasta donde alcanzaban las prerrogativas de los reyes de Inglaterra, pero ignoraban hasta dónde pueden llegar las de un Protector.[66]" 79. Al lexema Libertador refiere el diplomático británico, Mr. Mollien, en un editorial del Morning Chronicle, quien explica que "el título de Libertador, por el que se distingue [a Bolívar] es nuevo en los idiomas modernos, y es sinónimo al de Dictador y Protector.[67] 80. Respecto de la voz Presidente, que tiene prosapia hispana, en el siglo XIX, revestido el cargo de carácter vitalicio, también se asocia con «Déspota». 81. De interés resulta el comentario realizado al presidente Adams por el representante diplomático de Estados Unidos en Buenos Aires, J. M. Forbes, vinculado al modelo gubernativo sustentado por el discurso unitario en el Congreso Constituyente: "Me temo que los miembros de la delegación de Buenos Aires con su influencia [...], lograrán que se implante la unidad del poder que, como el Consulado de Napoleón, se desplazará gradualmente hacia un Ejecutivo absoluto.[68] 82. Para los partidarios de la República consolidada, la presencia de figuras detentoras de tales títulos se relaciona con un pasado de protagonismo militar, en donde la 'política del sable' dictaba el rumbo del Estado; reminiscencia de un estilo antiguo, tal como se les aparecía la política de los monarcas legitimistas, contrario al espíritu racional y utilitario que imponía el siglo. 83. El régimen militar, el imperio del espíritu marcial, comprometido en una empresa supranacional, se asociaba con la atonía económica, los empréstitos forzosos, la inseguridad permanente que afecta el equilibrio material de la sociedad. Por tanto, se opondrán a cualquier intento hegemónico de alcance americanista. 84. En otras palabras, los principios integristas que habían sido una consigna de la guerra revolucionaria, para los partidarios del sistema de unidad, quedaron agotados con la crisis de 1820. 85. La crítica de las élites porteñas se orienta hacia quienes ostentan poderes, ya como Protectores o Libertadores, en tanto símbolos de un peligro que estiman mayor para sus intereses que el que pueden ofrecer las potencias legitimistas, y aún España.[69] 86. Ignacio Nuñez desde las páginas de El Centinela, al referirse al proyecto monárquico auspiciado por San Martín, consistente en establecer una monarquía constitucional para Perú, Chile y las Provincias Unidas, sostiene que ha sido recibido con "desprecio", tal vez porque no existía predisposición por "la manía aristocrática, ni [por] la tiranía militar"[70], urgiendo a evitar las "calamidades del género napoleónico".[71] 87. Aludiendo también a San Martín, afirma que en Buenos Aires nadie imagina que para gobernarse se requiera del "auxilio de una espada", pues la "administración de este pueblo" sólo puede "sostenerse por el talento, por la moral y por la civilización". Ha quedado desterrada del gobierno "la espada"; esa "personalidad universal". San Martín será recordado "como una antigüedad preciosa de la revolución", pero nada más.[72]
88.
Un comentario irónico se desliza en las páginas de El
Argos, al afirmar: "Parece que los títulos pomposos [...] son
anexos a los países cálidos, o donde por causa del calor es más
general la indolencia, y de consiguiente mayor la conveniencia que
trae el dejarse gobernar.
90.
Expresiones recurrentes tanto para calificar a los monarcas
de la Santa Alianza como a los tronos nuevos levantados en
América, y a quienes ostentan títulos como 'Protector',
'Dictador', 'Libertador',
93. Respecto de la autoridad del Libertador, un violento ataque a la política americanista encarnada en Bolívar y en sus simpatizantes de la región rioplatense, parte de Valentín Gómez, cuando en sesión del Congreso anuncia que "la independencia nacional está amenazada" por muchas causas . 94. Con mordacidad y sarcasmo, Gómez denuncia que "el hombre grande de la América meridional, el héroe de las batallas, el conquistador de nuestros días" ha anunciado planes que "tienden directamente a la destrucción de la libertad y de la independencia nacional." Ya había asomado su codicia cuando intentó establecer en el istmo de Panamá "una autoridad sublime", "idea atrevida [...], plan que arranca por sus cimientos todos los derechos de los pueblos." 95. Y cuál es el "estado político" de las regiones por él gobernadas, se pregunta Gómez: Imponer una Constitución que registra "la existencia de un Poder Ejecutivo de por vida, con la facultad de nombrarse sucesor." Ahora bien, "sancionado en lo principal, ¿no será alterada sobre la calidad del origen de la persona, y si no [tuviera] aquél toda la consideración que se desea a las intenciones bien marcadas en él?"
V.- CONSIDERACIONES FINALES98. De lo expuesto podemos concluir que la considerable latitud que abarca el lexema despotismo en la representación que de las distintas modalidades gubernativas se hacían las élites rioplatenses, contribuye a explicar la tardía concreción de la denominada «Organización Nacional». Designar a una determinada realidad como despótica impide cualquier conciliación, pues no se trata de expresar posiciones dicotómicas, sino de plantear oposiciones absolutas. Ese contrario llamado despótico, en rigurosa teoría política, sólo puede ser conjurado con su exterminio. 99. Atribuir a una modalidad gubernativa la calidad de despótica implica reconocer que se está frente al fantasma de la disolución de la vida civilizada, porque el Gobierno despótico no constituye una forma de gobierno, sino su contrario, por tanto no puede surgir de lo despótico la fuerza purificadora. La búsqueda del método drástico y eficaz a la vez para reparar el sistema dañado se convirtió así en un desafío, pero cuyas respuestas inmovilizaron o, por lo menos, condicionaron, el accionar de las élites. 100. Ante una visión clásica del mundo, dentro de la cual todavía se mueve el orbe ibérico, designar a una cosa, marcarla con un nombre, supone referir a la ontología de la cosa representada. Por tanto, designar a una forma de gobierno como despótica presume el desgarramiento del principio del continuum basado en la conciliación de opuestos, de allí que se planteara a sus actores, por la misma naturaleza de su saber, un enigma para cuya solución su universo mental no podía ofrecer las respuestas que la urgencia de la hora demandaban. 101. El amplio espacio calificado de despótico paraliza cualquier solución de vasto alcance, en tanto el saber de la época entiende que las soluciones sólo advienen dentro de un sistema, en el cual se distingan con claridad los objetos que han de ser conciliados. 102. El empleo recurrente que el discurso hace de esta expresión descalificadora, resulta la más elocuente muestra del sentimiento de obligada orfandad; era el reconocimiento de la absoluta ilegitimidad de una realidad que los tenía por protagonistas y, tal reconocimiento, encontraba en el lexema despotismo la traducción más rotunda, la imagen más certera; sintetizaba todos los grados de corrupción, pues el Gobierno despótico, "corrupción por su propia naturaleza,[79] es a la vez causa y efecto de la degradación de las costumbres, de los usos y de las instituciones.
[1] Michel Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Buenos Aires, Siglo XXI, 1968, p. 88. También Oswald Ducrot y Tzvetan Todorov, Diccionario enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje (1972), México, Siglo XXI, 1997, s.v., Gramáticas generales, p. 17. [2] Hemos examinado algunos cauces del discurso político—institucional rioplatense en: Lenguaje, Estado y Poder en el Río de la Plata. El discurso de las minorías reflexivas y su re—presentación del fenómeno político—institucional rioplatense (1816—1827), Buenos Aires, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, 1998. [3] Cf. para un encuadre epistemológico asentado en la teoría de la representación, M. Foucault, op. cit.. [4] Walter Benjamin, Tesis XIV y XVII, apud Reyes Mate, «El mito de la Modernidad y el silencio del logos»,en Félix Duque, ed., Lo santo y lo sagrado, Madrid, Trotta, 1993, pp.196—199. [5] José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Buenos Aires, Sudamericana, 1975, s.v., pasión. [6] Juan I. de Gorriti, «Informe que da el Sr. ... al Congreso General Constituyente, sobre el resultado de su comisión cerca de las autoridades de Córdoba (comunicando el rechazo de la Constitución de 1826)”, 1827, en Emilio Ravignani, comp., Asambleas Constituyentes Argentinas, Buenos Aires, Peuser, 1939, v. III, p. 1373. [7] Hans—Georg Gadamer, Verdade e Método. Traços fundamentais de uma hermenêutica filosófica, Rio de Janeiro, Vozes, 1997, p. 587. [8] Respecto de la voz "Despotismo", apunta Giovanni Sartori: "Nunca se ha elaborado con la profundidad necesaria la noción de despotismo. La razón es que, hasta Montesquieu, el despotismo no aparecía en las clasificaciones de las formas de gobierno." (Teoría de la democracia. 1. El debate contemporáneo, Buenos Aires, REI, 1990, v. I, p. 255). [9] Real Academia Española, Diccionario de Autoridades, 1732—1737. Edición facsimilar. Madrid, Gredos, 1963, v. II, t. IV, p. 595. [10] "Yo no considero en este Ensayo las palabras déspota, despotismo, sino en su acepción moderna." (Mirabeau, L'Essai sur le despotisme, II, 227, ap. Ferdinand Brunot, Histoire de la langue française des origines a 1900, Paris, Armand Collin, 1930, t. VI —2ª parte—, p. 432). N.B.: El subrayado de las voces 'déspota' y 'tiranía' así como la traducción es nuestra. [11] Montesquieu, Del espíritu de las leyes (1748). Prólogo de Enrique Tierno Galván. Buenos Aires, Orbis, 1984, v. I, l.II, c. I, p. 36. [12] D. J. C., «Catecismo político. Arreglado a la Constitución de la Monarquía española: Para ilustración del pueblo, instrucción de la juventud, y uso de las escuelas de primeras letras», Cádiz, Imprenta de Lema, 1812. Reimpresión facsimilar, en Catecismos políticos españoles arreglados a las constituciones del siglo XIX. Introducción de Miguel A. Ruiz de Azúa. Madrid, Comunidad de Madrid —Consejería de Cultura—, 1989, pp. 114—s.. [13] Recherches sur l'origine de despotisme oriental, ap. F. Brunot, ibíd., t. VI —2ª parte—, p. 432. [14] Cf. Manuel Belgrano, «Traducción de la Despedida de Washington al Pueblo de los Estados Unidos (1796)», Buenos Aires, Imprenta de los Niños Expósitos, 1813. Reimpresión facsimilar, en La Revolución de Mayo a través de los impresos de la época, Buenos Aires, Archivo General de la Nación, 1960, v. V, pp. 23 y 25. Cf. para precisiones conceptuales de ambas voces: Juan J. Rousseau, El contrato social. Introducción de Antonio Rodríguez Huéscar. Buenos Aires, Hyspamérica, 1984, l. III, C. x., pp. 220—s. [16] "Sesión 24 del 24 de marzo de 1825", en Emilio Ravignani, comp., Asambleas Constituyentes Argentinas, Buenos Aires, Peuser, 1926, t. I, p. 1231. [17] El Nacional (1824—1826). Nº 8, 10 de febrero de 1825. Reimpresión facsimilar. Semanario de Buenos Aires, en Biblioteca de Mayo, Buenos Aires, Senado de la Nación, 1960—1963, t. X, p. 9378. [18] «Exposición sobre la organización de las Cortes» y «Consulta sobre la convocación de las Cortes por Estamentos», en Gaspar M. de Jovellanos, Escritos políticos y filosóficos, Buenos Aires, Hyspamérica, 1984, p. 194 y 188. [19] Emile Poulat, «Desarreglos y desbordes del campo religioso», en Eric Weil, Leo Strauss y Emile Poulat, Religión y Política, Buenos Aires, Hachette, 1987, p. 102. [20] El Centinela (1822—1823). Nº 12, 13 de octubre de 1822. Reimpresión facsimilar. Semanario de Buenos Aires, en Biblioteca de Mayo, t. IX —1ª parte—, p. 8094. [21] "Sesión del 14 de julio de 1826. Alocución de L. Mansilla", en E. Ravignani, comp., op. cit., t. III, p. 225. [22] "Entretenimientos", El Tribuno (1826—1827). Nº 9, 19 de mayo de 1827. Semanario de Buenos Aires. Imprenta de Jones & Cía. Biblioteca Nacional (Buenos Aires). Hemeroteca, Sala de Reservados, v. II, p. 133. [23] "Sesión del 14 de julio de 1826. Exposición del diputado Manuel A. de Castro", en E. Ravignani, comp., op. cit., t. III, p. 221. [24] "Comunicado. Un Miliciano", El Patriota (1821), nº 26, 28 de noviembre de 1821. Bisemanario de Buenos Aires. Imprenta de Álvarez. Biblioteca Nacional (Buenos Aires), Hemeroteca, Sala de Reservados, p. 108. [25] "Sesión nº 24 del 24 de marzo de 1825. Alocución de J. S. de Agüero", en E. Ravignani, comp., ibíd., t. I, p. 1222. [26] "Sesión del 9 de septiembre de 1826", en E. Ravignani, comp., ibíd., t. III, p. 574. |