Ciencias Políticas
Las elites rioplatenses
Rubén Darío Salas

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y su representación de la categoría "gobierno despótico" (1820-1829)

 

I.- INTRODUCCIÓN

II.- ENCUADRE EPISTEMOLÓGICO : LA PALABRA COMO REPRESENTACIÓN
DE LA REALIDAD

III.- CONCEPTO DE DESPOTISMO

IV.- ALGUNAS EXPRESIONES DESPÓTICAS

V.- CONSIDERACIONES FINALES

1. El objetivo central de este trabajo  es demostrar que una palabra o ex­presión, en este caso Despotismo, ejerce una fuerza decisiva dentro de un de­terminado contexto histórico, más aún cuando la misma opera dentro de un encuadre epistemológico que, siguiendo la conceptualización de Michel Foucault, designamos como «clásico» adscribiendo, además, a la teoría de la re­presentación por él desarrollada, donde se advierte que entre  la cosa repre­sentada y la representación de la misma apenas se interpone una débil malla. En suma, que las palabras expresan la razón de ser del contexto histórico, que aquí observaremos plasmado a través de algunas expresiones despóticas ex­traídas del entramado discursivo producido por las élites rioplatenses.

I.- INTRODUCCIÓN

2.       La historia de una palabra, de una expresión, su articulación recurrente dentro de una modalidad discur­siva; la extensión de su campo semántico, en fin, el hecho de que los actores sociales que deciden el rumbo político de una comunidad hagan uso de una determinada expresión o palabra para representarse su reali­dad, no es otra cosa que la historia de una idea, de una  «visión del mundo». Un lexema o expre­sión domi­nante importa el predominio de un sentimiento, en tanto las palabras no son meros instrumen­tos de circuns­tan­cias, sino expresión de un acto reflexivo, de un «yo» actuante.

  1. El empleo recurrente de las variantes léxicas de «Despotismo» denota la magnitud de una crisis, que aquí estudiamos en su versión rioplatense, pero cuyo empleo puebla el discurso liberal e ilustrado de la época. No obstante,  la extensión que se atribuye a esta voz en el ámbito rioplatense,  permite explicar las dificultades futuras que sólo un prolongado esfuerzo podría neutralizar, permitiendo entonces arribar a resultados que describen una actitud mental que podemos calificar de moderna.

  2. Aquí nos ocupamos de registrar el empleo de esta voz en relación con algunos de los objetos a los que se les atribuye tal calificativo, en una época donde todavía “el lenguaje es el análisis del pensamiento: no un simple recorte, sino la profunda instauración del orden en el espacio.[1]

  3. La expresión  «Gobierno Despótico», incorporada al léxico político por Montesquieu, excluía de tal calificativo a la modalidad gubernativa europea pues, en la medida que se degrada a una forma de gobierno con el atributivo «despótico», se afecta irremediablemente al cuerpo social del que el gobierno es su espejo. Y es de subrayar también que, pocas veces la realidad política europea mereció el calificativo de despótica, siendo la etapa del «Terror» revolucionario francés, una de ellas.

  4. Además si una realidad dada se define como despótica, se la define al mismo tiempo como ilegítima, pero también, dentro del universo cultural iberoamericano, específicamente desde el discurso político de las élites rioplatenses, se acusa un auténtico sentimiento de desamparo. En último término, la caída en el vórtice despó­tico sería el destino ineluctable de pueblos que, criados en el despotismo, a su vez, se vieron aban­donados a su suerte, lo cual los habría condenado a la autodestrucción. El signo de la desesperanza, por tanto, es el que recorre el discurso de las élites, quienes además enriquecerán el campo léxico de la voz Despotismo.

  5. Si bien nos referimos en este trabajo sólo al discurso unitario, por razones de espacio, debe subrayar­se que tanto la parcialidad unitaria como federal —para señalar los referentes ideológicos más contunden­tes de la coyuntura— representaban y se representaban a su realidad en los mismos términos[2].

II.- ENCUADRE EPISTEMOLÓGICO : LA PALABRA COMO REPRESENTACIÓN
DE LA REALIDAD

  1. En el momento histórico que nos ocupa, la voz  despotismo, se instala como la que más vivamente puede caracterizar los instintos letales de una realidad adversa: es la voz destinada a subrayar, además, los horrores que han adve­nido luego de la crisis de la Monarquía hispánica. Supone reconocer que rotos los diques que regulan el orden natural de las cosas, puede hacer estéril todo intento posterior de reparación.

  2. El despotismo político sólo aflora en el seno de aquellos pueblos que no co­nocieron, o que olvidaron, el sentido de la libertad. En ese terreno florece el déspota que finalmente será derrotado por el progreso interno del cuerpo so­cial.

  3. ¿Desde qué encuadre epistemológico [3]parten estas reflexiones planteadas por las élites rioplatenses? Se trata de un saber todavía clásico, aquél que en el último tercio del siglo XVIII comienza a sufrir los embates de la moderni­dad, pero que domina todavía, por lo menos en la región aquí estudiada. Se trata de un saber que entiende que el orden humano refleja el orden natural y que toda realidad supone la conciliación o convivencia de los opuestos, más allá de los avatares que puedan conmoverlo.

  4. Ante una crisis de descomposición, la visión clásica puede ofrecer solucio­nes a largo plazo, en tanto procede no por medio de síntesis objetivas sino de juicios analíticos que requieren la ponderación de diversos argumentos para arribar a una solución de efectos duraderos, más aún cuando se comienza a calificar a distintas expresiones de esa realidad como despóticas. De allí que cuando la solución llegue bajo la forma de «Organi­zación Nacional» (1852), lo haga desde otro encuadre epistémico, el moderno, donde ya no existe memoria del mundo de la representación, donde entre las palabras y las cosas existe un abismo insalvable; dominio de las generali­zaciones y de los juicios sintéticos a priori que permitirán el triunfo de un argumento concebido sin fisuras.

  5. El despotismo –dentro de este encuadre epistemológico— es visto en todos los casos, no como una expresión irredimible del cuerpo social, como estigma imborrable, sino como el resultado lamentable de una educación errada, cuyas debilidades no podían sino hacer eclosión en una instancia crítica. Las «nue­vas ideas», o la recuperación de aquellos valores olvidados en el tiempo, per­mitirán restañar las heridas producidas por quienes con distintos rótulos se dicen los padres de los Pueblos.

  6. Las expresiones despóticas sacuden el orden social de igual forma que las catástrofes lo hacen con el orden natural, y uno y otro guardan dentro de su seno los recursos para restablecer el ciclo regular de las cosas. En suma, será a través de un progreso interno y no externo, en el sentido de avance hacia afuera, del cuerpo social, que el despotismo político resultará inevitablemente conjurado. Es por ello que el orden clásico entiende el progreso en los térmi­nos del par «progreso—regreso»[4].

  7. Fuera de estas consideraciones queda el Despotismo Oriental, que servirá por mucho tiempo de estereotipo léxico para referir didácticamente a las ma­yores perversidades políticas. Pero, si el Oriente es por naturaleza despótico, no ocurre lo mismo con Occidente irradiado todo por una cultura que lo repe­le, aunque pueda verse afectado ocasionalmente por su influencia. La reden­ción existe siempre para los pueblos que, engañados por hombres díscolos,  se ven arrastrados  hacia el vórtice despótico. El discurso rioplatense se compla­cerá en mostrar de qué manera, dentro de la cultura occidental, los pueblos sólo por obra de la seducción son conducidos hacia el despotismo y, de qué manera también, en el Oriente, el pueblo es déspota por naturaleza y, de suyo, exige gobernantes despóticos.

  8. No hay lugar para que impere el despotismo, será el lema que vertebrará el discurso tanto de unitarios como de federales, y tal premisa se sostendrá aún en la instancia misma de los más feroces enfrentamientos armados; en aquella instancia en la cual ni unos ni otros ahorrarán argumentos denotativos del proceder despótico del oponente de la hora, pero donde el mismo discurso no olvidará reconocer en tal proceder, la presencia de esa afección del alma hu­mana llamada pasión[5]. Y, en tal sentido, no se dejará de precisar que se está ante una conducta desviada frente a la cual la cordura podrá oponerle eficaz resistencia cuando la recta razón logre imponerse. En todos los casos la con­signa será preservar a los Pue­blos de esta patología, aconsejándose siempre a los gobiernos de las regiones representadas como las más afectadas por el des­potismo la aplicación gradual, aunque sea formal, del Sistema Representativo.

  9. Unitarios y federales: voces todavía insustanciales que representan de ma­nera imperfecta el objeto que designan, voces que se interpenetran y que po­cas veces explican certeramente las diferencias que la puja faccio­sa lanza a un primer plano (“una cuestión de voces[6]” hizo fracasar la Constitución de 1826, afirmaría Juan I. de Gorriti).

  10. En este mundo clásico del orden asimétrico se advierte, en el aspecto mili­tar, cómo las contiendas internas  terminan recurrentemente mostrando más lo que acerca a las partes (la orfandad política; la ilegitimidad del po­der) que aquello que las enfrenta; el proceder faccioso se comprende mejor en el terre­no de las coincidencias que en el de las divergencias  La victoria militar des­pués del enfrentamiento  no irá más allá de la búsqueda de reparaciones ma­teriales . En tal sentido,  los pactos resultantes arriban  a situaciones circula­res, pues esta actitud mental no puede aceptar las rupturas absolutas, de la misma manera que no hay rupturas absolutas en el orden natural, ni siquiera en los momentos de catástrofe, pues sucedida ésta comienza la lenta recons­trucción de lo dañado.

  11. Despotismo, una voz que, si bien sirve como arma contra un enemigo oca­sional; sirve fundamentalmente para denotar las características de una nueva realidad marcada por el estado de orfandad política y, de suyo, de ilegitimidad, derivada de la crisis de la Monarquía hispánica.

  12. En su última evolución, Despotismo vino a designar el abuso de poder de quien fuera elegido de acuerdo a la ley. De esta forma el léxico político se nu­tre de una voz o expresión (Despotismo / Gobierno despótico / Déspota) que, como ocurre con su contrario Sistema Representativo, logra representar cer­teramente el ob­jeto representado; reproduce, como quiere el pensamiento clá­sico, el orden necesario del pensamiento. Es su carácter de figura vigorosa, precisa y clara lo que la ubica en un lugar central dentro del discurso político: expresa de manera eminente todo  lo aciago y destructor como conducta refe­rida a un determinado actor o grupo político, asentado en la Demagogia y en la Oligarquía, y, al decir que lo expresa de manera eminente, queremos afir­mar que la representación plasma una imagen vívida del objeto, fiel a la regla clásica de que pensar y hablar es una misma cosa. La palabra que mejor defi­nía una realidad histórica que se representaba como singular y sin ejemplos en el mundo conocido, ni antiguo ni moderno.

  13. Una voz que responde a un determinado momento histórico en tránsito ha­cia la Modernidad; pero irreductible al juicio sintético y abstracto que define al discurso moderno. Penetra en la entraña del objeto que representa y con­mina al despliegue analítico de su predicado, proposición que permitirá eluci­dar los efectos del objeto despótico examinado, el cual, desde la visión riopla­tense, incorporará un variado número de expresiones.

  14. El Gobierno Despótico, los grupos despóticos, que serán aquellos que ope­ran sobre el filón autoritario de los Pueblos;  calamidad cuya extirpación ne­cesariamente debía ir acompañada con la educación de los pueblos en los principios del Sistema Representativo.

  15. A continuación anotaremos algunos casos que entendemos significativos dentro de las variadas expresiones despóticas; tópicos extraídos de la trama discursiva cuyo entramado está aquí ausente por razones de espacio. De allí que las consideraciones apuntadas arriba obren a manera de hermenéutica del proceso discursivo desarrollado por las élites rioplatenses. No obstante, entendemos que los casos apuntados permitirán ilustrar la entidad del pro­blema planteado, subrayando la necesidad de reconocer que toda comprensión está íntimamente penetrada por lo conceptual y, de suyo, aceptando la unidad interna entre palabra y cosa
    [7]

III.- CONCEPTO DE DESPOTISMO[8]

  1. Hablar de Gobierno Despótico, supone hacerlo de una modalidad política que, desde el último tercio del siglo XVII, sufre un desplazamiento semántico, envileciéndose su significado. Si todavía y, para el si­glo XVIII, el Diccionario de Autoridades reserva el concepto valorativo y primero de la voz, entendida como atributo del monarca quien, por serlo, es "Príncipe Soberano y absoluto, independiente y despóti­co[9]", en realidad ya se ha deslizado su significado hasta confundirse con la voz más antigua de tirano; no pocas ve­ces, Despotismo operará como sustituto léxico de Tiranía.

  2. En suma, como apunta Mirabeau: "Nadie ignora la etimología de la palabra déspota [amo], denomi­na­ción en otro tiempo destinada a la autoridad tutelar, y deviene en nuestra lengua la señal de la tiranía y el aviso del terror.[10]"

  3. Al identificarse 'tiranía' con 'despotismo', no sólo pierde su significado clásico derivado de la corrupción de la monarquía y acotado en el tiempo en tanto poder ilegíti­mo; sino que ya no ocupa un lugar ocasional en el discurso político, tradicional­mente centrado en la ética del poder, es decir, en destacar las cualida­des del príncipe cristiano. Será Montesquieu quien incluya en su tipología de las formas de gobierno, la categoría Despotismo, refiriendo a: "Gobierno republicano", "monárquico" y "despóti­co.[11]"

  4. No demoró en aparecer la expresión que asociaba al Despotismo como una modalidad gubernativa exis­tente en muchas partes, pero "especialmente en Asia y África[12]"; haciéndose frecuente la referencia al "despotismo oriental[13]."

  5. Finalmente, Despotismo resulta una modalidad compatible con cualquier forma de gobierno.
    [14] Luego del desplazamiento semántico sufrido por esta voz y, teniendo en cuenta  su  dinamismo e identificación con la voz tiranía, resultó frecuente que el discurso de la época empleara ambas locuciones sin atender a diferencias conceptuales, no obstante operar precisiones teóricas que deslindaban ambas voces. En tal sentido, la voz 'tiranía' referirá a aquel gobernante que, aunque ejer­ciera noblemente sus funciones,  había usurpado el poder. Déspota, en cambio, designaba a quien, aún cuando  vulnerara la ley, no había accedido al cargo ilegítima­mente.[15]

  6. Manuel A. de Castro, al aludir al desplazamiento provocado por  el general Bustos en la persona del electo gobernador de Córdoba, expresa: Se trata de "un hombre que tiene ilegalmente el gobierno, que en buen castellano, es lo que se llama tirano. Él podrá ser un go­ber­nador excelente, y ahora mismo puede estar ejerciendo las funciones del gobierno con celo [y] justicia [...] por eso no lo llamo déspota, pero sí tirano; porque tirano es el que se apodera de la autoridad o del gobierno que no le ha dado la ley.[16]"

  7. El periódico El Nacional, anotará alcances más sutiles de la voz: "Despotismo no es preci­samente el reinado arbitrario de un déspota, que descarada­mente infrinja todas las leyes". Despo­tismo, "tal cual puede haberlo únicamente en nuestro país [Buenos Aires], es un sistema ordenado de avances del po­der disimulados y sucesivos.[17]"

IV.- ALGUNAS EXPRESIONES DESPÓTICAS

  1. Las élites van a reflejar en sus discursos la latitud que fue tomando el vocablo, pero a su vez advier­ten que la realidad hispanoame­ricana ofrece a esta voz posibilidades aún más extensas.

  2. Durante el primer tercio del siglo, la expresión referida a los «tres siglos de tiranía (despotismo) que América soportó bajo la Monarquía hispánica», se había convertido ya en estereotipo léxico empleado con carácter de axioma; recurso estilístico que, tanto en su dimensión retórica como temática, tenía en la Península un símil cuando se aludía al "despotismo" o "arbitrariedad" que resultaron a partir del siglo XVI por obra de las “violencias de los ministros de Carlos V[18]”. Pero también, y con acentos muy marcados desde la época del ministerio de Bernardino Rivadavia y al calor de la reforma eclesiástica, se generalizó entre los simpati­zantes de la medida reformista la actitud que consideraba antagónicos de la defensa del progreso, del sis­tema representati­vo y de la libertad civil y, al mismo tiempo, despóticos o tiránicos, el accionar de la Iglesia Católica y la tradición española. Lo religioso aparecía como "esa palabra reprimida del discurso.[19] Dentro de esta actitud mental, resultaban la síntesis de la intoleran­cia, así como la negación de toda vida civilizada en América.

  3. En esta línea se inscriben las palabras del periódico El Centinela, al afirmar sus redactores que "las armas de ambos despotismos, el lego y el clerical, se conjuraron contra el pueblo que aún era inocente en la carrera de la emancipa­ción".[20]

  1. El caudillismo. Entre las modalidades representadas como despóticas, el discurso subraya, por su significación y relevancia coyuntural, aquellas expresiones políticas surgidas en las provincias como producto de la crisis de descomposición de la unidad virreinal; impugnación que en algunos casos hace blanco expresamente en la herencia cultural, aunque generalmente, sin negar cierto determinismo geográfico y sociológico, recae en la figura de aquellos conductores políticos (caudillos) que con la fuerza de las armas y su carisma ejercían el poder político.

  2. Dentro del primer tipo de impugnación y como una variante dentro del discurso—tipo unitario, se encuadran las expresiones de Lucio Mansilla  —diputado por la provincia de Entre Ríos ante el Congreso Constituyente— quien afirma, atendiendo a la realidad cultural de las pro­vin­cias: "Estos pueblos no se gobiernan bajo ningún sistema de gobierno, sino por la espada militar".
    [21] Gobierno militar y Despotismo, el llamado «Gobierno del sable», se hacían equivalentes léxicos en el discurso político

  3. Como el discurso clásico oculta menos de lo que sus actores pudieran pretender, una lectura atenta del texto unitario descubre cierta comunidad conceptual en esta línea argumental, de allí que  el punto de ruptura  surja de considerar tal situación como irreversible o no.  No se ocultaba a los actores del momento que si el enunciado «despótico» se generalizaba excesivamente terminaba afectando a la cultura hispánica en su conjunto y, de hecho, el estigma alcanzaría a los mismos críticos, imposibilitados de sustraerse de una representación que forzosamente los implicaba.

  4. El segundo tipo de impugnación ,y el más extendido, resulta la variable discursiva que hacía del caudillo  el referente despótico por excelencia.

38.   Resultaba el caudillismo una modalidad gubernativa que las élites que buscaban organi­zar el Estado nacional bajo un Gobierno consolidado en unidad, con centro en Buenos Aires, observaron como forma envilecida; expresión grotesca y brutal del régimen español.

39.   "Si el caudillo", explica El Tribuno, "según el dicciona­rio castellano de la séptima y anterior edición, de­nota al que como cabeza y superior guía manda la gente de la guerra, según la fraseología de los quijo­tes modernos, es un indicante desprecia­tivo, con el que se denomina a los que acaudillan gente en las revueltas de la tierra, en las convulsiones y sacudimien­tos de los pueblos. Aún a los capitanes de bandidos y salteadores se les suele dar a conocer por esa denomina­ción.[22]

40.   La identificación del caudillismo con el gobierno despótico, y dentro de éste asociado con las for­mas más aberran­tes, verdaderas patologías políticas, determinó que se conformara un campo léxico in­tegrado por vocablos que aludían a formas perversas de Monarquía; de allí el empleo de voces como 're­yezue­lo', muchas veces reemplazado por lo que se consideraban sustitutos semánticos, acudiendo a la tradición oriental, a saber: 'sultán', 'déspota de Asia[23]', 'despotismo tártaro[24]'. 'Régimen feudal' también se hizo sinónimo de gobierno de caudillos.

41.   Las élites rioplatenses se representaban al caudillismo como exponente superlativo de degradación política, portador y diseminador del virus combi­nado llamado Democracia directa y Despotismo. Como advierte Julián S. de Agüero, al comentar sobre la asonada del gobernador Bustos: Todo movimiento popular produce déspotas.[25] El diputado Marcos Castro señala que, al hablar de Bustos, se dice que es "arbitra­rio", "déspota", "tirano", "caudillo".[26]

42.   Una extensa y clarificadora definición, resumen en buena medida de la representación que las minorías reflexivas se hacían del caudillismo, resulta del siguiente comentario, que se puede seguir a través de una carta publicada en La Estrella del Sud: Después de aludir a los abusos del gobierno directo­rial y al estado de desolación en que quedó el antiguo Estado nacional, sostiene el remitente que de una situa­ción seme­jante deviene que "un número de hombres atrevidos [salgan] al frente, y los pueblos abracen el primer ca­mino que se les presenta". Sucede entonces que los vínculos sociales se disuelven, "la anar­quía se estable­ce, y los malvados se arman con la intriga, la audacia y la opresión." De allí que "los hom­bres más antifede­rales y nacidos para ser la primera columna del despotismo se presentan con el nom­bre de libertadores", imponiendo "su voluntad y su espada, y la palabra con que pretenden alucinar, la federación.[27]"

43.   "Reyezuelos, caciques, [...] tiranos, arbitrarios y déspotas", son algunos de los calificativos que emplea el periódico El Correo de las Provincias, para referirse a los caudillos.[28]

44.   Todo tirano o reyezuelo empleará a la plebe para que cree confusión entre la parte sana de la población; luego, por medio de la fuerza militar y la algarabía de la 'multitud', el caudillo accederá al poder.[29]

45.   En síntesis, nos enfrentamos a un discurso político que acumula ejemplos demostrativos de aquella fórmula consagrada por la historia, según la cual la democracia directa es causa de la demagogia y, como no demora en derivar en anarquía, acelera los pasos para que aquellos que comenzaron como demagogos acaben como tiranos o déspotas.

46.   En general, al referirse al gobierno de los caudillos, Manuel A. de Castro habla de gobierno de "la espada", "sistema pura­mente militar"[30], individuos que introducen la "tiranía demagógi­ca"[31], pues, como se dijera, forman un todo compacto con la plebe. En fin, como apunta el periódico El Mensajero Argentino, los caudillos constituyen la "Barbarie contra la Civi­lización.[32]"

  1. II. El régimen imperial. La categoría Gobierno Despótico, envuelve tanto al lexema  emperador como al sintagma  régimen imperial. Éste, de variada tipología, con concesiones al Sistema Re­pre­sentativo, pero alejado en distinto grado de su ortodoxia teórica, conformado en torno a un Poder Eje­cutivo vigoroso y dominante, fue condenado en el Plata por aquellas élites que se habían adscripto al modelo del siglo ilustrado.

  2. La condena, que incluía al Emperador del Brasil, respondien­do en este caso a una estrategia política en relación con el problema de la Banda Oriental, encaminaba su crítica fundamen­talmente hacia esos prínci­pes nuevos, sin tradición ni linaje.

49.   La experiencia del Imperio napoleónico otorgará a la dignidad imperial un carácter envilecido, apareciendo en el siglo XIX asimilada a 'déspota' o 'tirano', en el sentido de 'despotismo o tiranía militar', es de­cir, una derivación de los efectos de la democracia directa y su secuela de anarquía.

50.   Acepción estrechamente asociada con la anterior es la que identifica Imperio y Emperador como resultante de un compromiso entre la República —entendida como Democracia absoluta o directa— con la Monar­quía en su versión absoluta.

51.   Cabe recordar que el régimen republicano organizado en Francia a través de distintas constitu­ciones consignaba, en "la revisión constitucional [...] en el senado—consulto del 28 de floreal del año XII" que "el gobierno de la República queda confiado a un emperador".
[33]

52.   El nuevo concepto de Emperador rescata la etimología latina; es el brazo armado de la república —res publica— cuyo título es concedido al general victorioso. Pero dentro de la modalidad napoleónica, el mili­tar victorioso será el representante de la Nación en armas, a quien ésta otorga «facultades extraordina­rias» que permitan salvar al Estado de la ruina. El emperador adviene entonces en dictador —dictator—, lo cual se traduce en gobierno vigoroso y concentración máxima del poder.

53.   La naturaleza y el alcance de su poder lo convierten, en el marco de la filosofía liberal e ilustrada, en el máximo exponente del Gobierno despótico.

54.   Se habla con desdén, incluso por defensores de la Monarquía, de los Imperios nacidos en el siglo XIX, pues se resienten de plebeyismo; 'tronos nuevos', modalidad de Monarquía electiva[34] que, en tanto tal, no se considera Monarquía en estricta teoría.

55.   Desde las páginas del periódico La Abeja Argentina se recuer­da: "En el presente siglo no se hacen reyes nuevos", pues si los antiguos Tronos logran de los Pueblos respeto, los nuevos sólo inspiran desprecio.[35]  

56.   En relación con los "príncipes nuevos"[36], Jorge Canning calificaba a la persona del emperador de México, Iturbide, como "aventurero" que impuso un "despotismo militar", que tal vez inspire en los mexicanos "repugnancia por la forma de monarquía electiva", cuya inestabilidad debe servir de enseñanza "a cualquier nuevo general que cuente con la confianza del ejérci­to".[37]

57.   Atendiendo a los nuevos Imperios, entendidos como producto del compromiso entre los sectores democráticos y los monárquicos, en alusión al emperador de Brasil, explica Canning que, "parece claro que las partes contendientes en el Brasil conside­raron la asunción del título imperial como una especie de término medio entre la conservación de la antigua monarquía y el establecimiento de una forma demo­crática de gobierno".[38] De allí que el título de "Emperador [sea] por su naturaleza electivo, y en este caso conferido ex­presamente al Príncipe Real con todas las formas de elección, como un modo de afirmar la independencia del Brasil y al mismo tiempo mantener el Trono de los Braganza[39]"

58.   La base militar del poder imperial es explicada por el Secretario de Estado de Pedro I : “Os povos sensiveis aos grandes beneficios que deviam ao Seu Magnanimo e Augusto Defensor Perpetuo o aclamarão legal e solenemente no Glorioso dia 12 de Outubro [1822] corrente Imperador Constitucional do Brazil. [...] S.M.I. bem Conheceo que uma vez que havia Acceitado dos Brazileiros o Titulo e Encargos de Seu Defensor Perpetuo, e uma vez que havia Dado a Sua Regia Palabra de firmar e defender a Independencia e Direitos do Brazil, Lhe Cumpria consequentemente não recusar a nova Dignidade que só Lhe podía dar a força e recursos necessarios para a defeza e prosperidade deste Imperio” [40]

59.   En rigor de verdad, al abordar el tema "Monarquía en América", los liberales de uno y otro lado del Atlántico, coincidían en el nombre de Iturbide a la hora de trazar el perfil de los exponentes puros del «género napoleónico». Iturbide merecerá, por ejemplo, para el estudioso europeo, preocupado por las experiencias institucionales de Sud—América,  el nombre de "bandido insolente[41]", interesado "por enriquecerse personalmente" y “carente de todo talento", quien "logró el Trono mediante la intriga." El emperador de México "había adoptado el modelo de Napoleón y como éste había fracasado[42]"

60.   Dado el origen de su poder —imitación de idéntico modelo[43]—, Pedro I se convertía,  dentro de la inflamada oratoria que impregnó el discurso periodístico porteño inclinado hacia una política de confrontación con el Imperio, en "déspota”. El retrato de Pedro I se identificaba con el de Napoleón, quien "deslumbró y castigó a la Francia y a Eu­ropa" con su "despotismo militar".[44]

61.   El Imperio brasileño será considerado como Monarquía despótica,[45] tan desprecia­ble como el mejicano, por estar ambas expresiones apoyadas en la "plebe" y en la fuerza militar.[46]

62.   Monarquía absoluta o legitimismo es denominado "princi­pio puramente europeo", "antisocial" y, por tanto, "proscrip­to en América". No obstante, apunta El Argos, refiriéndose a Brasil, "el Despotismo euro­peo pasó los mares y vino a  tomar posiciones en el Continente Americano".[47]

63.   En su crítica a Pedro I, transcribe una "Procla­ma" que en Río de Ja­neiro instaba "a deponer al emperador". En ella se afirma que los americanos no soportan "monstruos co­ronados" que impongan "el yugo de sus caprichos" calificándolos de "¡Sultanes en América!".[48] Estos ca­lificativos contra el emperador del Brasil cubrían las páginas de los periódicos porteños.

64.   El Argos extrae de un comunicado al pueblo de Montevideo una frase que le sirve para ironizar sobre el emperador, es decir, sobre "el Gobierno Paternal de una Majestad Imperial que ya se va quedando sólo con el nombre.[49]"

65.   Respecto de la expresión Gobierno Paternal,  si bien  puede aparecer en la estructura discursiva reforzando la cualidad de despótico de un gobierno, lo cierto es que , mientras el calificativo 'despótico' resulta recurrente en las críticas al legitimismo mo­nárquico, no ocurre lo propio con el calificativo 'paternal'. Sí suele resultar frecuente que un periódico repro­duzca una alocución, bando o proclama de partidarios del Legitimismo o de los mismos monarcas en donde se alude al carácter paternal del monarca, y el comentario del redactor refiera al despotismo de tales go­biernos. Se trataría, entonces, simplemente, de una sustitución léxica, recurriendo a la de empleo más ge­neralizado.[50]

66.   Importa subrayar que la voz 'padre', o sus equivalentes, para designar a la Persona Real, se encontraba muy arraigada en la mentalidad social, de allí que su inserción, con ca­rácter valorativo en el discurso político, no resulte infrecuente en el Río de la Plata.

67.   Al referirse al Emperador de Brasil, sostiene El Nacional que es posible que "corra la misma suerte que sus compañeros los Napoleones [...] y los Agustines”, exclamando: “¡Qué lección para los imperios!".[51]

68.   En el marco de la ortodoxia liberal no podía soslayarse la distancia que claramente se advertía entre los referentes monárquicos americanos más relevantes, a saber, Iturbide y Pedro I: distancia que en su agria crítica a la dignidad imperial recepta El Correo de las Provincias en un repliegue del discurso,  que expresa: “A la coronación de Iturbide, se siguió también la de Pedro I del Brasil [...] aunque ésta no sea producida por las maquinaciones mejicanas[52]”. El Argos, cuando todavía no arreciaba la campaña belicista contra el Imperio, insertaba artículos que reproducían expresiones tanto favorables como opuestas a la Monarquía brasileña. Puede leerse, en el primer sentido, que resulta inadmisible "poner en paralela al miserable aventurero Iturbide con el Señor Don Pedro, el primer descendiente de tantos reyes, y el heredero del Trono de Portugal.[53]"

69.   Esta distancia aparece subrayada por los liberales europeos que, ajenos a los litigios regionales, mientras asociaban el régimen de Iturbide al gobierno puramente militar, con la "manía de alardear[54]", encontraban en Pedro I la expresión política que había torcido aquel camino, que parecía constitutivo de la naturaleza hispanoamericana, y que siempre derivaba en anarquía o despotismo. La Monarquía brasileña surgía como el "robusto dique" frente a aquellos hombres "ávidos de mando" que "agitaban las Repúblicas vecinas". El "Poder moderador [o] cuarto poder" encarnado en el Emperador aparecía como la piedra angular del edificio político, pues el monarca actuaría imparcialmente entre los "intereses divergentes[55]."  Pero, para muchos liberales europeos, la experiencia brasileña parecía poco confiable extendida a  otras regiones del continente. No dudaban en señalar que la misma modalidad monárquica brasileña dejaba un amplio margen para la discrecionalidad, lo cual contrastaba "con el constitucionalismo europeo", siempre "representativo e independiente". Con escepticismo, el mismo que mostraba el grupo unitario, afirmaban que la "Dignidad Real no podría arraigar ni prosperar" en América. El final violento de Iturbide parecía servir de advertencia, en el sentido de que si bien pueden "entretejerse en América Diademas, éstas llegarían a ser Coronas de espinas." Diadema, que en el caso mexicano, se constituyó tanto "en efecto de una guerra revolucionaria sangrienta, como también en su causa[56]."

70.   Para los partidarios de la República consolidada en unidad de régimen resultaba tan detestable e igualmente perversa y despótica la modalidad sudamericana coronada, como aquellas formas en que el Ejecuti­vo suponía una concentración ilimitada de facultades.[57] Ambas modalidades se asentaban básica­mente en la fuerza militar y la plebe, y esto las acercaba a los vicios del despotismo, de la demagogia y de la demo­cracia absoluta o, lo que era lo mismo, de la anarquía.

71.   Respecto de la condena al 'sistema' de la Santa Alianza o del Absolutis­mo guardaba matices, según se tratara de la modali­dad europea o americana —esta última siempre sinónimo de aberración o de delirio—, como se advierte en la alocución inaugural del Congreso Constituyente pronun­ciada por el gobernador Juan G. de las Heras, quien afirma: "Autoridades fundadas en presti­gios [...] pueden subsistir y ser todavía convenientes en pueblos civilizados; [...] pero crear hoy de nuevo una autoridad sobre semejante base en estas provincias, es por fortuna tan imposible como es hacer que pase en un solo día la historia de muchos siglos.[58]"

72.   Los Tronos nuevos inspiran desprecio, pues sub­vierten principios sustantivos de toda Monarquía, que basa su prestigio en la tradición y en una dinastía venerada por siglos.

73.   Las críticas de los partidarios de la administración porteña, orientadas de manera especial al gobierno del Brasil, no ocultaban, sobre todo en la corresponden­cia confidencial, su escepticismo frente al estado de debilidad del gobierno proviso­rio de Buenos Aires[59], así como el reconocimiento de la popula­ri­dad del empe­rador  y el vigor de su autoridad[60], sin olvidar la alusión a la falta de unidad de opiniones que caracteriza al gobierno republica­no[61], cuando no la invocación dirigida a concretar alguna forma de go­bierno que pusiera fin al estado de conmoción y enfrentamiento permanente.[62]

74.   Quienes abogaban por la República consolidada en unidad de régimen rece­laban de los prosélitos del "género napoleónico[63]", pues se repre­sentaban la Corona imperial americana como el anuncio del inminente advenimiento del Despo­tismo de la plebe. Luego de la conmoción de Cepeda, si bien afectaba a las élites la irrenunciable vene­ración por la Monarquía Constitucional, en igual medida las afectaba el horror por los Tronos nuevos, que se les apare­cían transfigurados trasplantados al suelo americano. Dentro de la nueva realidad surgida de la crisis, el monarca devendría inexorablemente en tirano. Tal parecía el resultado signado por un deter­minismo irre­versible una vez desatadas las tendencias tanáticas que, latentes, activó la Revolución de 1810[64]. No obstante, en las críticas al Trono brasileño operaban otros factores, derivados de las ventajas geopolíticas del Imperio[65], en buena medida reforzadas por la legitimidad de su poder político. En suma, mientras Brasil aparecía a los ojos de los poderes constituidos de Europa como respetuoso del «principio monárquico», la realidad rioplatense, no sólo emergía  envuelta en la incertidumbre institucional, sino también afectada por una afrenta ética: el republicanismo.

  1. III. Protectores. Dictadores. Libertadores. Celosa defensora del Estado—Nación, la administración rivadaviana acusaría de ambiciones impe­ria­les a quienes dirigían la empresa america­nista; de allí que voces como Libertador, Protector, Dictador, Presidente  —cuando no encuadra en el modelo teórico del Sistema Representativo— Director Supremo y similares que incluyan  la voz supremo, fueran alcanzadas por el estigma despótico, que en principio caía sólo sobre la voz 'Emperador'.

  2. Tal empresa americanista, para muchos integrantes y simpatizantes de la administración rivadaviana, fue inscripta en el marco de las aventuras imperiales.

  3. No encontraba paralelo, dada su acentuada virulencia, la crítica orientada hacia estos modelos de gobierno, comparada con aquella que alcanzaba a las Monarquías legitimistas europeas. En la conceptualización de la Santa Alianza como acabada expresión de Gobierno Despótico, influyen tanto el principismo liberal como el temor de la intervención armada, al tiempo que se pretendían ofrecer claras señales de cercanía ideológica hacia Gran Bretaña.

78.   A la voz Protector alude Voltaire en su Diccionario filosófico, en relación con Oliverio Cromwell, explicando que "no hubo rey alguno tan absoluto como él. Decía que prefería gobernar adoptando el títu­lo de «Protector», que adoptando el título de rey, porque los ingleses conocían hasta donde alcanzaban las prerrogativas de los reyes de Inglaterra, pero ignoraban hasta dónde pueden llegar las de un Protec­tor.[66]"

79.   Al lexema Libertador refiere el diplomático británico, Mr. Mollien, en un editorial del Morning Chroni­cle, quien explica que "el título de Libertador, por el que se distingue [a Bolívar] es nuevo en los idio­mas modernos, y es sinónimo al de Dictador y Protector.[67]

80.   Respecto de la voz Presidente, que tiene prosapia hispana, en el siglo XIX, revestido el cargo de carácter vitalicio, también se asocia con «Déspota».

81.   De interés resulta el comentario realizado al presidente Adams por el represen­tante diplomático de Esta­dos Unidos en Buenos Aires, J. M. Forbes, vinculado al modelo gubernativo sustentado por el discur­so uni­tario en el Congreso Constituyente: "Me temo que los miembros de la delegación de Buenos Aires con su influencia [...], lograrán que se implante la unidad del poder que, como el Consulado de Napoleón, se desplazará gradualmente hacia un Ejecutivo absoluto.[68]

82.   Para los partidarios de la República consolidada, la presencia de figuras detentoras de tales títulos se relaciona con un pasado de protagonismo militar, en donde la 'política del sable' dictaba el rumbo del Estado; reminiscencia de un estilo antiguo, tal como se les aparecía la política de los monarcas legitimis­tas, contrario al espíritu racional y utilita­rio que imponía el siglo.

83.   El régimen militar, el imperio del espíritu marcial, comprometido en una empresa supranacional, se asociaba con la atonía económica, los empréstitos forzosos, la inseguridad permanente que afecta el equilibrio material de la sociedad. Por tanto, se opondrán a cualquier intento hegemónico de alcance america­nista.

84.   En otras palabras, los principios integristas que habían sido una consigna de la guerra revolucionaria, para los partida­rios del sistema de unidad, quedaron agotados con la crisis de 1820.

85.   La crítica de las élites porteñas se orienta hacia quienes ostentan poderes, ya como Protectores o Libertadores, en tanto símbolos de un peligro que estiman mayor para sus intereses que el que pueden ofrecer las potencias legitimistas, y aún España.[69]

86.   Ignacio Nuñez desde las páginas de El Centinela, al referirse al proyecto monárquico auspiciado por San Martín, consistente en establecer una monarquía constitu­cional para Perú, Chile y las Provincias Unidas, sostiene que ha sido recibido con "despre­cio", tal vez porque no existía predisposición por "la manía aristocrática, ni [por] la tiranía mili­tar"[70], urgiendo a evitar las "calamidades del género napoleóni­co".[71]

87.   Aludiendo también a San Martín, afirma que en Buenos Aires nadie imagina que para gobernarse se requiera del "auxilio de una espada", pues la "administración de este pueblo" sólo puede "sostenerse por el talento, por la moral y por la civilización". Ha quedado desterrada del gobierno "la es­pada"; esa "personalidad universal".  San Martín será recordado "como una antigüedad preciosa de la revo­lución", pero nada más.[72]

88.   Un comentario irónico se desliza en las páginas de El Argos, al afirmar: "Parece que los títulos pom­posos [...] son anexos a los países cálidos, o donde por causa del calor es más general la indolencia, y de consiguiente mayor la conveniencia que trae el dejarse gobernar.
[73]"

  1. El mismo periódico, y en relación con “el señor San Martín”, afirma
    que se podría sospechar de él  más adhe­sión al sistema militar,
    porque su carrera hecha siempre entre los ejércitos, debe haberle aleja­do la oportu­nidad de estudiar otro sistema más adecuado
    a la verdadera voluntad y a las necesidades positivas de los pueblos.[74]"

90.   Expresiones recurrentes tanto para calificar a los monarcas de la Santa Alianza como a los tronos nuevos levantados en América, y a quienes ostentan títulos como 'Protector', 'Dictador', 'Libertador',
entre otras, son: 'Autoridad suprema o sublime', 'Gobierno de presti­gios', 'Superioridades falsas'.

  1. En la «Comunicación oficial» enviada por el gobierno del general Juan Gregorio de Las Heras al Cuerpo Nacional, sostiene que “ningún ejemplo podrá inducirnos a preferir como mejor medio de gobierno las superioridades falsas, que nacen de los privile­gios"; autoridades que siempre se apoyan "en prestigios".[75] Al referirse a las guerras civiles en América sostiene El Argos que, "en lugar de cebar la codicia de los reyes, sólo puede li­sonjear a los protectores del vandala­je.[76]"

  2. El Nacional califica de monárquico el proyecto de Simón Bolívar de reunir un congreso en Panamá de todos los Estados de América, con el fin de crear una instancia legislativa suprana­cional que atendiera los problemas que podían afectarlos: "No sería extraño" apunta el periódico, que Bolívar "corriese la suerte de Iturbide si tiene la desgracia de admitir el proyec­to".[77]

93.   Respecto de la autoridad del Libertador,  un violento ataque a la política americanis­ta encarnada en Bolívar y en sus simpatizan­tes de la región rioplatense, parte de Valentín Gómez, cuando en sesión del Congreso anuncia que "la in­depen­dencia nacional está amenazada" por muchas causas .

94.   Con mordacidad y sarcasmo, Gómez denuncia que "el hombre grande de la América meridional, el héroe de las batallas, el conquistador de nuestros días" ha anunciado planes que "tienden directamente a la destrucción de la libertad y de la independen­cia nacional."  Ya había asomado su codicia cuando inten­tó establecer en el istmo de Panamá "una autoridad sublime", "idea atrevida [...], plan que arranca por sus cimientos todos los derechos de los pueblos."

95.   Y cuál es el "estado político" de las regiones por él gobernadas, se pregunta Gómez: Imponer una Cons­titución que registra "la existencia de un Poder Ejecutivo de por vida, con la facultad de nombrarse sucesor."  Ahora bien, "sancionado en lo principal, ¿no será alterada sobre la calidad del origen de la persona, y si no [tuviera] aquél toda la consideración que se desea a las intenciones bien marcadas en él?"

  1. Bolívar no puede considerarse un Protector de la causa de los pueblos, pues: "¿Cuándo la protegieron los conquistadores?". ¿Puede llamarse protector de la causa de la libertad "quien admite la elección de Presidente de por vida, después de haber sido por tres años Dictador?"[78]

  2. En relación con el título de Director Supremo la sinonimia variaba su alcance según los grupos. Así, por ejemplo, los neodirectoriales eludirían cali­fi­car como «despótico» al Directorio de Buenos Aires que, sin ocultar sus defectos, lo consideraban artífi­ce de la unidad nacional.
     

V.- CONSIDERACIONES FINALES

98.   De lo expuesto podemos concluir que la considerable latitud que abarca el lexema despotismo en la representación que de las distintas modalidades gubernativas se hacían las élites rioplatenses, contribuye a explicar la tardía concreción de la denominada «Organización Nacional». Designar a una determinada realidad como despótica impide cualquier conciliación, pues no se trata de expresar posiciones dicotómicas, sino de plantear oposiciones absolutas. Ese contrario llamado despótico, en rigurosa teoría política, sólo puede ser conjurado con su exterminio.

99.   Atribuir a una modalidad gubernativa la calidad de despótica  implica reconocer que se está frente al fantasma de la disolución de la vida civilizada, porque el Gobierno despótico no constituye una forma de gobierno, sino su contrario, por tanto no puede surgir de lo despótico la fuerza purificadora. La búsqueda del método drástico y eficaz a la vez para reparar el sistema dañado se convirtió  así en un desafío, pero cuyas respuestas inmovilizaron o, por lo menos, condicionaron, el accionar de las élites.

100.    Ante una visión clásica del mundo, dentro de la cual todavía se mueve el orbe ibérico, designar a una cosa, marcarla con un nombre, supone referir a la ontología de la cosa representada. Por tanto, designar a una forma de gobierno como despótica presume el desgarramiento del  principio del continuum basado en la conciliación de opuestos, de allí que se planteara a sus actores, por la misma naturaleza de su saber, un enigma para cuya solución su universo mental no podía ofrecer las respuestas que la urgencia de la hora demandaban.

101.    El amplio espacio calificado de despótico paraliza cualquier solución de vasto alcance, en tanto el saber de la época entiende que las soluciones sólo advienen dentro de un sistema, en el cual se distingan con claridad los objetos que han de ser conciliados.

102.    El empleo recurrente que el discurso hace de esta expresión descalificadora, resulta la más elocuente muestra del sentimiento de obli­gada orfandad; era el reconocimiento de la absoluta ilegitimidad de una realidad que los tenía por protago­nistas y, tal reconoci­miento, encontraba en el lexema despotismo la traducción más rotunda, la imagen más certera; sintetizaba todos los grados de corrupción, pues el Gobierno despótico, "corrupción por su propia naturaleza,[79] es a la vez causa y efecto de la degradación de las costumbres, de los usos y de las instituciones.

  1. En fin, Gobierno Libre/Gobierno Despótico, dos alternativas que más tarde, mantendrán su correlato y si­multaneidad con otra dicotomía: Civilización/Barbarie, pero alternativa esta última que la Modernidad ha convertido en rótulos abstractos, alejados del pensamiento que los evoca; voces que operan dentro de una visión del mundo que ya no mantiene lazo alguno con la realidad de la representación. El lenguaje clásico, en cambio, se sitúa muy cerca del pensamiento que está encargado de manifestar, aunque no es paralelo a él; “está cogido en su red y entretejido en la trama misma que desarrolla. No es un efecto exterior del pensamiento, sino pensamiento en sí mismo.[80]

[1]     Michel Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Buenos Aires, Siglo XXI, 1968, p. 88. También Oswald Ducrot y Tzvetan Todorov, Diccionario enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje (1972), México, Siglo XXI, 1997, s.v., Gramáticas generales, p. 17.

[2]     Hemos examinado algunos cauces del discurso político—institucional rioplatense en: Lenguaje, Estado y Poder en el Río de la Plata. El discurso de las minorías reflexivas y su re—presentación del fenómeno político—institucional rioplatense (1816—1827), Buenos Aires, Instituto de Investigaciones de Historia del Derecho, 1998.

[3]     Cf.  para un encuadre epistemológico asentado en la teoría de la representación, M. Foucault, op. cit..

[4]     Walter Benjamin, Tesis XIV y XVII, apud Reyes Mate, «El mito de la Modernidad y el silencio del logos»,en Félix Duque, ed., Lo santo y lo sagrado, Madrid, Trotta, 1993, pp.196—199.

[5]     José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Buenos Aires, Sudamericana, 1975, s.v., pasión.

[6]     Juan I. de Gorriti, «Informe que da el Sr. ... al Congreso General Constituyente, sobre el resultado de su comisión cerca de las autoridades de Córdoba (comunicando el rechazo de la Constitución de 1826)”, 1827, en Emilio Ravignani, comp., Asambleas Constituyentes Argentinas, Buenos Aires, Peuser, 1939, v. III, p. 1373.

[7]     Hans—Georg Gadamer, Verdade e Método. Traços fundamentais de uma hermenêutica filosófica, Rio de Janeiro, Vozes, 1997, p. 587.

[8]     Respecto de la voz "Despotismo", apunta Giovanni Sartori: "Nunca se ha elaborado con la profundidad necesaria la noción de despotismo. La razón es que, hasta Montesquieu, el despotismo no aparecía en las clasificaciones de las formas de gobierno." (Teoría de la democracia. 1. El debate contemporáneo, Buenos Aires, REI, 1990, v. I, p. 255).

[9]     Real Academia Española, Diccionario de Autoridades, 1732—1737. Edición facsimilar. Madrid, Gredos, 1963, v. II, t. IV, p. 595.

[10]    "Yo no considero en este Ensayo las palabras déspota, despotismo, sino en su acepción moderna." (Mirabeau, L'Essai sur le despotisme, II, 227, ap. Ferdinand Brunot, His­toire de la langue française des origines a 1900, Paris, Armand Collin, 1930, t. VI —2ª parte—, p. 432). N.B.: El subrayado de las voces 'déspota' y 'tiranía' así como la traducción es nues­tra.

[11]    Montesquieu, Del espíritu de las leyes (1748). Prólogo de Enrique Tierno Galván. Buenos Aires, Orbis, 1984, v. I, l.II, c. I, p. 36.

[12]    D. J. C., «Catecismo político. Arreglado a la Constitución de la Monarquía española: Para ilustración del pueblo, instrucción de la juventud, y uso de las escuelas de primeras letras», Cádiz, Imprenta de Lema, 1812. Reimpresión facsimilar, en Catecismos políticos españoles arreglados a las constituciones del siglo XIX. Introducción de Miguel A. Ruiz de Azúa. Madrid, Comunidad de Madrid —Consejería de Cultura—, 1989, pp. 114—s..

[13]    Recherches sur l'origine de despotisme oriental, ap. F. Brunot, ibíd., t. VI —2ª parte—, p. 432.

[14]    Cf. Manuel Belgrano, «Traducción de la Despedida de Was­hington al Pueblo de los Estados Unidos (1796)», Buenos Aires, Imprenta de los Niños Expósitos, 1813. Reim­presión facsimilar, en La Revolución de Mayo a través de los impresos de la época, Buenos Aires, Archivo General de la Nación, 1960, v. V, pp. 23 y 25.

      Cf. para precisiones conceptuales de ambas voces: Juan J. Rousseau, El contrato social. Introducción de Antonio Rodríguez Huéscar. Buenos Aires, Hyspamérica, 1984, l. III, C. x., pp. 220—s.

[16]    "Sesión 24 del 24 de marzo de 1825", en Emilio Ravignani, comp.,­ Asambleas Constituyentes Argentinas, Buenos Aires, Peuser, 1926, t. I, p. 1231.

[17]    El Nacional (1824—1826). Nº 8, 10 de febrero de 1825. Reimpresión facsimilar. Semanario de Buenos Aires, en Biblioteca de Mayo, Buenos Aires, Senado de la Nación, 1960—1963, t. X, p. 9378.

[18]    «Exposición sobre la organización de las Cortes» y «Consulta sobre la convocación de las Cortes por Estamentos», en Gaspar M. de Jovellanos, Escritos políticos y filosóficos, Buenos Aires, Hyspamérica, 1984, p. 194 y 188.

[19]    Emile Poulat, «Desarreglos y desbordes del campo religioso», en Eric Weil, Leo Strauss y Emile Poulat, Religión y Política, Buenos Aires, Hachette, 1987, p. 102.

[20]    El Centinela (1822—1823). Nº 12, 13 de octubre de 1822. Reimpresión facsimilar. Semanario de Buenos Aires, en Biblioteca de Mayo, t. IX —1ª parte—, p. 8094.

[21]    "Sesión del 14 de julio de 1826. Alocución de L. Mansi­lla", en E. Ravignani, comp., op. cit., t. III, p. 225.

[22]    "Entretenimientos", El Tribuno (1826—1827). Nº 9, 19 de mayo de 1827. Semanario de Buenos Aires. Imprenta de Jones & Cía. Biblioteca Nacional (Buenos Aires). Hemerote­ca, Sala de Reservados, v. II, p. 133.

[23]    "Sesión del 14 de julio de 1826. Exposición del diputado Manuel A. de Castro", en E. Ravignani, comp., op. cit.,  t. III, p. 221.

[24]    "Comunicado. Un Miliciano", El Patriota (1821), nº 26, 28 de  noviembre de 1821. Bisemanario de Buenos Aires. Imprenta de Álvarez. Biblioteca Nacional (Buenos Aires), Hemero­teca, Sala de Reservados, p. 108.

[25]    "Sesión nº 24 del 24 de marzo de 1825.  Alocución de J. S. de Agüero", en E. Ravignani, comp., ibíd., t. I, p. 1222.

[26]    "Sesión del 9 de septiembre de 1826", en E. Ravignani, comp., ibíd., t. III, p. 574.