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1.
La utilidad. Cualquiera
que sea el juez que se elija, cualesquiera que sean las normas que
se decida seguir, las entidades que de esta forma se determinan
gozan de ciertas propiedades comunes, que son las que vamos a
estudiar. Fijadas, pues, las normas según las cuales queremos
determinar un cierto estado límite al que se supone que se acerca
un individuo o bien una colectividad, y dado un índice numérico a
los diversos estados que más o menos se aproximan a este estado límite,
de modo que el estado que más cerca esté de él tenga un índice
mayor que el del estado que más se aleje, diremos que estos son los
índices de un estado X. Luego, como de costumbre, con el único
objeto de evitar la incomodidad derivada del uso en el discurso de
simples letras del alfabeto, sustituiremos la letra X por un nombre
cualquiera que, como de costumbre también, para evitar neologismos
demasiado frecuentes, tomaremos de algún fenómeno análogo. Cuando
se sabe, o se cree saber, lo que le “va bien” a un individuo, a
una colectividad, se dice que es “útil” que esta o aquel
procuren conseguir tal cosa, y se estima que es mayor la utilidad de
que gozan cuanto más se aproximan a tener tal cosa. Por
consiguiente, por simple analogía, y por ningún otro motivo,
daremos el nombre de Utilidad
a la entidad X, definida un poco más arriba.[1]
2.
Hay que tener en cuenta que, precisamente porque el nombre está
deducido de una simple analogía, la utilidad así definida puede,
en ocasiones, en el mejor de los casos, acordarse con la utilidad
del lenguaje vulgar, pero otras veces puede discordar de ella, y
hasta el punto de llegar a ser precisamente lo opuesto. Por ejemplo,
si fijando como estado límite para un pueblo el de la prosperidad
material, nuestra utilidad difiere poco de la entidad a que los
hombres prácticos dan este nombre, pero difiere grandemente de la
entidad a que aspira el asceta; viceversa, si fijamos como estado límite
el del perfecto ascetismo, nuestra utilidad coincidirá con la
entidad a que aspira el asceta, pero diferirá totalmente de aquella
a la que tiende el hombre práctico.
En
fin, puesto que los hombres suelen indicar con el mismo nombre cosas
opuestas, no nos queda sino la elección entre dos modos de
expresarnos, o sea: 1.° Alejarnos resueltamente del lenguaje vulgar
y dar nombres diversos a estas cosas diversas; de esta forma, como
son muy numerosas, tendremos muchos neologismos; 2° Conservar un
mismo nombre para estas cosas, con la advertencia de que las indica
solo en general, como el nombre de una clase de objetos, como en química
el nombre de cuerpo simple, en zoología el nombre de mamífero, etcétera,
y que las especies de tal clase serán fijadas subordinadamente al
criterio elegido para determinar la utilidad
3.
Es de lamentar, desde luego, que un solo término indique cosas
diversas, y por ello sería conveniente evitar el uso del término
utilidad, en el sentido definido en el §1, que se ajusta a uno de
los significados de ese término en el lenguaje vulgar, y
sustituirlo por el uso de un nuevo término, como se ha hecho en
Economía, separando la ofelimidad de la utilidad. Creo que llegará
un tiempo en que será necesario hacerlo; y si me abstengo de
hacerlo ahora es solo por el temor de caer en un abuso de
neologismos
4.
Fijémonos, por otra parte, que un solo término nuevo no nos sacará
enteramente del atraso. En efecto, incluso cuando se considere una
de las utilidades respecto al fin, por ejemplo, la que está en
relación con la prosperidad material, aún se tiene varias especies
de utilidad respecto a las personas o a las colectividades, al modo
por el que se consiguen, al concepto que de ellos tienen los
hombrees y a otras circunstancias similares
5.
Para empezar es preciso distinguir los casos, según que se hable
del individuo, de la familia, de una colectividad, de una nación,
de la raza humana, No hay que considerar solamente la utilidad de
estos diversos entes, sino que es preciso aún hacer una distinción,
es decir, dividir sus utilidades directas de las que indirectamente
consiguen por sus recíprocas relaciones. Por consiguiente, dejando
aparte otras distinciones que acaso será provechoso hacer, y limitándonos
a las que son estrictamente indispensables, hay que tener en cuenta
los siguientes géneros:
(u)
Utilidad del individuo;
(a-1)
Utilidad directa;
(a-2)
Utilidad indirecta, obtenida porque el individuo forma parte de una
colectividad;
(a-3) Utilidad de un
individuo en relación con las utilidades de los otros;
(b)
Utilidad de una determinada colectividad. Para estas se pueden hacer
distinciones análogas a las precedentes;
(b-1)
Utilidad directa para la colectividad, considerada separadamente de
las otras;
(b-2)
Utilidad indirecta, obtenida por reflejo de otras colectividades;
(b-3)
Utilidad de una colectividad, en relación con las utilidades de las
otras.
Estas
diversas utilidades, lejos de concordar, a menudo están en abierto
contraste, y de tales fenómenos ya hemos visto muchos ejemplos (§1975
y s.). Los teólogos y los metafísicos, por amor al absoluto, que
es único; los moralistas, para inducir al individuo a procurar el
bien ajeno; los hombres de Estado, para inducirle a confundir la
utilidad propia con la de la patria, y otras personas, por motivos
semejantes, suelen reducir a veces explícitamente y con frecuencia
implícitamente todas las utilidades a una sola
6.
Manteniéndose en el campo lógico-experimental, se pueden hacer
otras distinciones y considerar las diversas utilidades de dos
modos: como se las figura uno de los componentes de la colectividad,
y como las ve un extremo o uno de los componentes de la colectividad
que, en la medida de lo posible, procure dar un juicio objetivo. Por
ejemplo, un individuo que siente mucho la utilidad directa (a-1) y
poco o nada la utilidad indirecta (a-2), hará sencillamente lo que
le convenga, sin preocuparse de sus conciudadanos, mientras que
quien juzgue objetivamente las acciones de este individuo verá que
sacrifica la colectividad a su conveniencia
7.
Todavía
no hemos acabado de hacer distinciones. Cada una de las especies
indicadas en el §5 puede considerarse según el tiempo, es decir,
en el presente o en los diversos tiempos futuros; el contraste entre
estas diversas utilidades no puede ser menor para las precedentes, y
tampoco puede ser menor la diferencia para quien se deja guiar por
el sentimiento y para quien las considera objetivamente
8.
Para dar forma más concreta al razonamiento, consideremos
especialmente una de las utilidades, es decir, aquella que está en
relación con la prosperidad material. En cuanto que las acciones
humanas son lógicas, se puede observar, con estricto rigor, que el
hombre que va a la guerra y que ignora si se quedará en los campos
de batalla o volverá a su casa actúa por consideraciones de
utilidad individual, directo o indirecta, puesto que él compara la
utilidad probable si vuelve sano y salvo con el daño probable si
resulta muerto o herido. Pero tal razonamiento no vale ya para el
hombre que va a una muerte segura por la defensa de la patria. Este
sacrifica deliberadamente la utilidad individual a la utilidad de su
nación. Estamos aquí en el caso de la utilidad subjetiva indicada
en el §7
9.
Las más de las veces el hombre realiza tal sacrificio en virtud de
una acción no-lógica, y no tienen lugar las consideraciones
subjetivas de utilidad,
quedando solo las objetivas que puede hacer quien observa los fenómenos.
Tal es el caso para los animales, muchos de los cuales se
sacrifican, movidos por el instinto, por el bien de otros de su
misma especie. La gallina que encuentra la muerte defendiendo a sus
polluelos; el gallo, por defender a la gallina; la perra, por
defender a sus cachorros, y así otros muchos, sacrifican por
instinto su propia vida por la utilidad de la especie. Las especies
animales muy prolíficas vencen sacrificando los individuos. Se
matan ratones a millares y siempre quedan. La filoxera han vencido
al hombre y se ha convertido en la dueña de los viñedos. La
utilidad del presente se opone a menudo a la del futuro, y el
contraste da origen a los fenómenos conocidos por el nombre de
previsión e imprevisión para los individuos, para las familias,
para las naciones
10.
Utilidad compleja. Si se
tiene en cuenta para un individuo los tres géneros de utilidad
indicados en el §5, se tiene, en conclusión, la utilidad compleja
de que goza el individuo. Por ejemplo, puede tener, de una parte, un
daño directo; de otra, una utilidad indirecta, como componente de
una colectividad, y esta utilidad indirecta puede ser tan grande que
compense y supere el daño directo, de modo que, en conclusión,
queda una cierta utilidad. Respecto a una colectividad se puede
decir lo mismo. Si se pudiera tener índices para estas diversas
utilidades, al sumarlas se obtendría la utilidad compleja o total
del individuo o de la colectividad
11.
Máximo de utilidad de un
individuo o de una colectividad. Como la utilidad a que acabamos
de aludir tiene un índice, podrá suceder que, en cierto estado,
tenga un índice mayor que en estados próximos, es decir, que tenga
un máximo. Prácticamente, aunque de modo muy confuso, se intuyen
problemas de esta clase. En nuestro camino hemos encontrado ya uno
cuando investigamos la utilidad que podría tener un individuo
siguiendo ciertas normas existentes en la sociedad (§1897 y s.) o,
más generalmente, la utilidad que podía conseguir aspirando a
ciertos fines ideales (§1876 y s.) Consideramos entonces solo la
solución cualitativa de los problemas, y ni siquiera en esta
pudimos ir demasiado lejos, porque nos faltaba una rigurosa definición
de la utilidad. Es preciso, pues, volver sobre este tema
12.
Cuando se considera para un individuo un género determinado de
utilidad, se tiene índices de las utilidades parciales y también
un índice de la utilidad de conjunto, y es esto lo que nos permite
estimar la utilidad de que goza el individuo en circunstancias
determinadas. Además, si, con la variación de estas, el índice de
la utilidad de conjunto, tras haber comenzado a aumentar, acaba por
disminuir, habrá un cierto punto en que es máximo. Todos los
problemas ya planteados de modo cualitativo (§1876 y s.; §1897 y
s.) se hacen entonces cuantitativos y acaban en problemas de máximos.
Por ejemplo, en vez de investigar si, observando ciertas reglas, un
individuo consigue su propia felicidad, tendremos que investigar si
aumenta, y en qué medida, su ofelimidad, y, ya en este camino,
llegaremos a investigar cómo y cuándo tal ofelimidad llega a ser máxima.
13.
Los problemas particulares planteados en el §1897 están
comprendidos en los problemas más generales del §1876, y estos, a
su vez, forman parte de una categoría todavía más general. Si el
estado de un individuo depende de una cierta circunstancia a la que
se puede asignar índices variables, y si, para cada uno de estos índices,
podemos conocer el índice de la utilidad de conjunto para un
individuo (o para una colectividad considerada como un individuo),
podremos conocer en qué posición del individuo (o de la
colectividad) dicha utilidad alcanza un máximo
14.
En fin, si repetimos tal operación para todas las circunstancias de
las que depende el equilibrio social, cuando están dados los vínculos,
tendremos otros tantos índices, entre los cuales podremos elegir un
índice mayor que todos los que le son próximos y que corresponderá
al máximo de utilidad, teniendo en cuenta todas las circunstancias
citadas
15.
Por muy difíciles que sean prácticamente estos problemas, son teóricamente
más fáciles que otros de los que debemos hablar ahora
16.
Hasta ahora hemos considerado los máximos de utilidad de un
individuo aislado de los otros, de una colectividad aislada de las
otras; nos quedan por estudiar estos máximos cuando se comparan
entre sí los individuos o las colectividades. Para ser breves,
nombraremos solo los individuos en lo que sigue, pero el
razonamiento valdrá también para la comparación entre
colectividades distintas. Si las utilidades de los individuos en sí
fueran cantidades homogéneas y que, por consiguiente, se pudieran
comparar y sumar, nuestro estudio no sería difícil, al menos teóricamente.
Se sumarían las utilidades de los diversos individuos y se tendría
la utilidad de la colectividad por ellos constituida; de esta suerte
volveremos a los problemas ya estudiados
17.
Pero la cosa no resulta tan sencilla. Las utilidades de los diversos
individuos son cantidades heterogéneas, y una suma de tales
cantidades no tiene sentido alguno, no existe, no se puede
considerar. Si se quiere tener una suma que esté en relación con
las utilidades de los diversos individuos, es preciso, para empezar,
hallar el modo de hacer que estas dependan de cantidades homogéneas,
que luego se puedan sumar
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