"Todo
hombre es rico o pobre según el grado en que pueda gozar de las cosas necesarias, convenientes y gratas de la vida", dice
Adam
Smith.
En
consecuencia, la riqueza difiere esencialmente del valor, ya que éste
depende no de la abundancia sino de la facilidad o dificultad de la
producción. El trabajo de un millón de hombres en la industria
producirá siempre el mismo valor, pero no siempre la misma riqueza.
Con la invención de nueva maquinaria, la superación de la
habilidad técnica, una mejor división del trabajo, o por el
descubrimiento de nuevos mercados donde puedan efectuarse
intercambios más ventajosos, un millón de hombres puede producir,
en un estado dado de la sociedad, el doble o el triple de riqueza,
es decir de “cosas necesarias, convenientes y gratas”, de lo que
puede producir en otro, pero no agregará, por ese concepto, ninguna
cosa al valor; en efecto todas las cosas suben o bajan de valor en
proporción a la facilidad o dificultad con que se producen, o, en
otras palabras, en relación con la cantidad de trabajo empleado en
su producción.
Supóngase
que con un capital determinado, el trabajo de cierto número de
hombres produce 1,000 pares de medias y que, por invenciones en
maquinaria, el mismo número de hombres puede producir 2,000 pares,
o 1,000 pares de medias y además 500 sombreros; entonces, el valor
de los 2,000 pares de medias, o de los 1,000 pares y los 500
sombreros no será ni mayor ni menor que el de los 1,000 pares que
se producían antes de introducir la nueva maquinaria, ya que serían
producto de la misma cantidad de trabajo. No obstante, el valor de
la masa general de mercancías disminuiría de todas maneras porque,
aunque el valor de la mayor cantidad producida a consecuencia de las
mejoras, será exactamente el mismo que si se cifrara en la menor
cantidad que habría sido producida de no haberse realizado las
mejoras, también se produce un efecto en la porción de bienes aún
no consumidos que fueron manufacturados antes de la mejora; el valor
de estos bienes se reducirá por cuanto que, cantidad por cantidad,
debe bajar al nivel de los bienes producidos aprovechando todas las
ventajas de la mejora: además, la sociedad tendrá una suma menor
de valor, no obstante la cantidad incrementada de bienes,
de riqueza y de medios de disfrute. Al aumentar continuamente la
facilidad de producción, disminuimos de modo constante el valor de
algunas de las mercancías que antes se producían, aunque por los
mismos medios no sólo adicionamos la riqueza nacional sino que
aumentamos la potencia de la futura producción. Muchos errores en
economía política han derivado de equivocaciones al respecto, al
considerar que un aumento de riqueza es lo mismo que un aumento de
valor, y de los conceptos infundados acerca de lo que constituye una
medida normal de valor. Si alguien considera la moneda como un patrón
del valor, de acuerdo con él una nación será más rica o más
pobre en proporción a que sus mercancías de toda clase puedan
cambiarse por más o menos dinero. Otros estiman a la moneda como un
medio muy conveniente para las transacciones, pero no como una
medida adecuada por la cual se estime el valor de otras cosas; para
ellos la medida real del valor es el cereal,
y un país será rico o pobre, al grado en que sus mercancías se
cambien por más o menos cereales.
Otros hay, a su vez, que consideran a un país rico o pobre, según
la cantidad de trabajo que pueda comprar.
Pero ¿por qué debe ser el oro, o el cereal, o el trabajo,
la medida normal del valor, en vez del carbón o el acero? ¿Por qué
más que la ropa, el jabón o las velas, y los otros artículos
necesarios para el trabajador? O para decirlo brevemente, ¿por qué
cualquier mercancía, o todas las mercancías juntas, han de ser el
patrón, cuando éste, a su vez, está sujeto a fluctuaciones de
valor? El grano, como el oro, puede variar 10, 20, o 30 por
ciento, de acuerdo con las dificultades o facilidades de la producción,
en relación con otras cosas. ¿Por qué hemos de decir siempre que
son esas otras cosas las que han variado, y no el grano? La única
mercancía invariable es aquella que requiere, en todos los tiempos,
el mismo sacrificio de mano de obra y afán para producirla. No
conocemos tal mercancía, pero podemos argumentar y hablar hipotéticamente
sobre ella como si la conociéramos; y mejorará nuestro
conocimiento de la ciencia, mostrando distintamente la absoluta
inaplicabilidad de todos los patrones que hasta aquí se han
adoptado.
Pero
aun suponiendo que cualquiera de éstos fuera un patrón exacto de
valor, aún no sería un patrón de riqueza, pues ésta no depende
del valor. Un hombre es rico o pobre, de acuerdo con la abundancia
de artículos necesarios y de lujo de que puede disponer; además
contribuirán estos artículos en forma igual a la satisfacción de
su poseedor, sea cual sea, alto o bajo, el valor de cambio de ellos
por dinero, por cereal, o por trabajo. A la confusión de ideas
sobre el valor, y la riqueza o las riquezas, se deben las
afirmaciones de que disminuyendo la cantidad de bienes, esto es, de
artículos necesarios, comodidades y goces de la vida humana, puede
incrementarse la riqueza. Si el valor fuera la medida de la riqueza,
tal afirmación sería indiscutible, porque por la escasez sube el
valor de las mercancías; pero si
Adam
Smith está en lo justo, si
la riqueza consiste en los artículos necesarios y en los disfrutes,
entonces no pueden ser aumentados con una disminución cuantitativa.
Es
cierto que quien posee una mercancía escasa es más rico, si por
medio de ella puede disponer de más artículos y goces de la vida
humana; pero como las existencias generales de las cuales se extrae
la riqueza de cada hombre disminuyen en cantidad, en aquello que
cada individuo toma de ella, las participaciones de los otros
hombres se reducirán necesariamente en proporción al grado en que
un individuo privilegiado sea capaz de apropiarse para su propio
disfrute una mayor cantidad.
Si
el agua escaseara, dice Lord Lauderdale,
y la poseyera exclusivamente un individuo, se acrecentaría su
riqueza, porque entonces el agua tendría valor; y si la riqueza
fuera la suma de las riquezas individuales la incrementaríamos
también por los mismos medios. Indudablemente se aumentan las
riquezas de ese individuo, pero en tanto que el agricultor deba
vender una parte de su disponibilidad de cereales, el zapatero otra
de sus zapatos y todos los hombres renuncien a una porción de sus
disponibilidades, con el único propósito de proveerse del agua que
antes tenían por nada, serán más pobres, empobrecerán en la
cantidad total de mercancías que están obligados a dedicar a este
propósito, y el propietario del agua se beneficiará precisamente
por la suma que aquéllos pierdan. La misma cantidad de agua y la
misma cantidad de bienes las disfruta toda la sociedad, pero están
distribuidas en forma diferente: ello, sin embargo, suponiendo más
bien un monopolio del agua que una escasez de ella. Si escaseara,
entonces la riqueza del país y de los individuos disminuiría
realmente, pues la colectividad se vería privada de parte de uno de
sus goces. El granjero no sólo tendría menos cereal para cambiar
por otras mercancías que pueden ser necesarias o deseables para él,
sino que él mismo y todos los demás individuos se verían privados
de una de sus comodidades más esenciales. No sólo, pues, habría
una diferente distribución de las riquezas, sino una pérdida real
de riqueza.
Puede
decirse, entonces, que dos países que poseen precisamente la misma
cantidad de todas las cosas necesarias y comodidades de la vida son
igualmente ricos, pero el valor de sus riquezas respectivas dependerá
de la relativa facilidad o dificultad con que fueron producidas. En
efecto, si un aditamento mejor en la maquinaria nos permite hacer
dos pares de medias en vez de uno, sin ningún trabajo adicional, se
duplica la cantidad que se dará a cambio de una yarda de tela. Si
se efectúa un mejoramiento parecido en la manufactura de ropa, las
medias y la ropa se cambiarán en las mismas proporciones que antes,
pero habrán bajado en valor, pues, al cambiarlas por sombreros, por
oro u otras mercancías en general, habrá que dar doble cantidad
que antes. Extiéndase el adelanto a la producción del oro y de
todas las demás mercancías, y ellas recobrarán sus proporciones
anteriores. Habrá el doble de volumen de mercancías producidas
anualmente en el país, y por ello la riqueza de la nación se habrá
duplicado, pero esta riqueza no habrá incrementado en valor.
Si
bien Adam Smith ha dado la descripción correcta de las riquezas,
que he citado más de una vez, después las explica de modo
diferente al decir que un hombre “será rico o pobre de acuerdo
con la cantidad de trabajo ajeno de que pueda disponer o se halle en
condiciones de adquirir”.
Ahora bien, esta explicación difiere esencialmente de la otra, y
es, ciertamente, inexacta; supongamos, por ejemplo, que las minas se
hicieran más productivas, de tal manera que el oro y la plata
bajaran de valor a causa de la mayor facilidad para producirlos, o
que los terciopelos se manufacturaran con mucho menos trabajo que
antes, bajando hasta la mitad de su valor anterior; las riquezas de
todos aquellos que compraron esas mercancías habrían aumentado;
una persona podría incrementar su cantidad de plata; otra duplicar
la cantidad de terciopelo; pero con la posesión de esa plata y este
terciopelo adicionales, no podrían emplear más mano de obra que
antes, porque, como el valor de cambio de terciopelo y de la plata
habría bajado, deberán desprenderse proporcionalmente de más de
estas especies de riquezas para comprar un día de trabajo. Las
riquezas, pues, no pueden ser estimadas por la cantidad de trabajo
que pueden comprar.
De
lo expuesto resulta que la riqueza de una nación puede ser
incrementada de dos maneras: empleando una porción mayor del
ingreso en mantener el trabajo productivo —lo que no sólo
aumentará la cantidad sino el valor de la masa de mercancías: o,
sin emplear ninguna cantidad adicional de trabajo, haciendo más
productiva la misma cantidad lo cual aumentará la abundancia, pero
no el valor de los bienes.
En
el primer caso, el país no sólo se volverá rico, sino que
aumentará el valor de sus riquezas. Será rico por la sobriedad,
por la disminución de los gastos en objetos de lujo y diversión, y
por emplear esos ahorros en una labor .
En
el segundo caso, con la misma mano de obra se producirá más sin
que exista necesidad de disminuir los gastos en lujos y diversiones,
o de incrementar la cantidad del trabajo productivo empleado; la
riqueza aumentará, pero no el valor. De estos dos modos de
incrementar la riqueza, debe preferirse el segundo, ya que produce
el mismo efecto sin la privación y disminución de los disfrutes,
fenómenos que nunca dejarán de producirse en el primer caso. El
capital es aquella parte de la riqueza de un país que se emplea con
vistas a una producción futura, y puede ser aumentado de la misma
manera que la riqueza. Un capital adicional será igualmente eficaz
en la producción de riqueza futura, ya se obtenga de ciertos
progresos en la habilidad técnica y en la maquinaria, o de la
utilización más reproductiva del ingreso; en efecto, la riqueza
depende siempre de la cantidad de bienes producidos, sin tomar en
cuenta para nada la facilidad con que se hayan obtenido los medios
empleados en la producción. Una determinada cantidad e géneros y
comestibles mantendrá y empleará el mismo número de personas y,
por lo tanto, procurará la misma cantidad de trabajo por hacer, ya
sea producida por el trabajo de 100 ó 200
hombres: pero tendrá el doble de valor si se han empleado 200 para
producirla.
M.
Say, sin tomar en cuenta las correcciones que ha hecho en la cuarta
y última edición de su obra, Tratado de Economía Política, me
parece que ha sido singularmente desafortunado en su definición de
las riquezas y el valor. Considera esos dos términos como sinónimos,
y que un hombre es rico en la proporción en que aumenta el valor de
sus posesiones, y puede asegurarse abundantes bienes. “El valor de
los ingresos se incrementa entonces”, observa, “si éstos pueden
proporcionar, no importa por cuales medios, una cantidad mayor de
productos”. De acuerdo con M. Say, si la dificultad de producir
ropa se duplicara y, en consecuencia, tuviera que cambiarse por el
doble de mercancías que antes, se duplicaría su valor, en lo cual
estoy absolutamente de acuerdo; pero si hubiera cualquier facilidad
especial en la producción de mercancías y no aumentase la
dificultad para producir la tela, y ésta, en consecuencia, se
cambiara como antes por el doble de bienes, M. Say diría todavía
que la ropa ha duplicado su valor, mientras que, de acuerdo con mi
punto de vista sobre la materia, él debería decir que la tela ha
conservado su valor anterior y que aquellos determinados bienes han
bajado la mitad de su valor anterior. M. Say no debe contradecirse
de sí mismo cuando dice que, por la facilidad de la producción,
dos sacos de cereal pueden ser producidos por los mismos medios con
que antes de producía uno, y que cada saco, por lo tanto, bajará a
la mitad de su valor anterior, y aun así sostener que el pañero
que cambia sus paños por dos sacos de cereal, obtendrá el doble de
su valor que recibía antes, cuando sólo obtenía un saco a cambio
de su paño. Si los dos sacos tienen ahora el valor que antes tenía
uno, evidentemente obtiene el mismo valor y no más, —obtiene,
ciertamente, doble cantidad de riquezas; doble cantidad de riquezas;
doble cantidad de utilidad— doble cantidad de lo que Adam Smith
llama valor de uso, pero no doble cantidad de valor, y por lo tanto
M. Say no puede estar en lo cierto al considerar que el valor, las
riquezas y la utilidad son términos sinónimos. Ciertamente, hay
muchos pasajes de la obra de M. Say a los cuales puede acudir
confiadamente en apoyo de la doctrina que sostengo, respecto a la
diferencia esencial que existe entre valor y riqueza, aunque debe
confesarse que hay también otros pasajes en que sostiene una
doctrina contraria. Destaco dichos pasajes, que no puedo conciliar,
colocándolos uno frente al otro, para que M. Say pueda —si me
hiciera el honor de notar estas observaciones en alguna futura edición
de su obra—, dar explicaciones de sus puntos de vista que eliminen
la dificultad que muchos otros, como yo, sienten en su esfuerzo por
exponerlas.
Notas
1.
Al intercambiar dos productos, de hecho, sólo cambiamos los
servicios productivos, que se han utilizado para crearlos. p. 504.
2.
El costo de producción es lo único que determina lo que es
realmente caro. Una cosa en verdad cara, es aquella que cuesta mucho
producirla. p. 497
3.
El valor de todos los servicios productivos que deben consumirse
para crear un producto constituyen el precio de producción de dicho
producto... p. 505
4.
Es la utilidad la que determina la demanda de un bien, pero es el
costo de producción el que limita el alcance de esa demanda. Cuando
su utilidad no eleva su valor al nivel del costo de producción, la
cosa no vale lo que cuesta; es ésta una prueba de que los servicios
productivos pueden ser empleados para crear un bien de valor
superior. Los poseedores de fondos productivos, esto es, aquellos
que disponen de mano de obra, de capital o de tierra, están
perpetuamente dedicados a comparar el costo de producción con el
valor de las cosas producidas, o lo que viene a ser lo mismo, el
valor de bienes diferentes entre sí; porque el costo de producción
no es más que el valor de los servicios productivos consumidos en
la producción; y el valor de un servicio productivo no es más que
el valor del bien, que es el resultado. El valor de un bien, el
valor de un servicio productivo, el valor del costo de producción
son, todos, entonces, valores similares, cuando se deja que cada
cosa siga su curso natural.
5.
El valor de los ingresos se aumenta entonces, si ellos pueden
proporcionar (no indica por qué medios) una mayor cantidad de
productivos.
6.
Precio es la medida del valor de las cosas, y su valor es la medida
de su utilidad. 2 Vol...
4.
7.
El libre intercambio muestra, en el tiempo, el lugar y el estado de
la sociedad en que vivimos, el valor que los hombres atribuyen a las
cosas intercambiadas. 466
8.
Producir es crear valor, dando o incrementando la utilidad de una
cosa, y por lo tanto estableciendo una
demanda por ella, la cual es la causa primera de su valor. Vol. 2
487
9.
Al crearse la utilidad, se instituye un producto. El valor en cambio
resultante es únicamente la medida de la producción que tiene
lugar. 490.
10.
La utilidad que la gente de un país determinado encuentra en un
producto no puede apreciarse de otra manera que por el precio que
paga por él. 502
11.
Este precio es la medida de la utilidad que tiene a juicio de los
hombres; de la satisfacción que obtienen al consumirla, porque
ellos no preferirían consumir esa utilidad, si por el precio que
cuesta pudieran adquirir una utilidad que les diera más satisfacción.
506
12.
La cantidad de todas las demás mercancías que una persona puede
obtener inmediatamente, a cambio de la mercancía de que desea
disponer, es en todo tiempo un valor no sujeto a discusión Vol. 2 4
Si
lo único realmente caro se origina en el costo de producción
(cf.2) ¿cómo puede decirse que una mercancía sube en valor
(cf.5), si su costo de producción no ha aumentado? Y ¿sólo porque
ésta se cambiará por mayor cantidad de mercancía barata, por
mayor cantidad de una mercancía cuyo costo de producción ha
disminuido? Cuando yo doy 2 000 veces más tela por una libra
ponderal de oro de lo que doy a cambio de otra de hierro ¿prueba
esto que yo atribuyo 2 000 veces más utilidad al oro que al hierro?
No, ciertamente; prueba únicamente, como lo ha admitido M. Say.
(cf.4) que el costo de producción del oro es 2 000 veces mayor que
el costo de producción del hierro. Si el costo de producción de
los dos metales fuera el mismo, yo daría el mismo precio por los
dos; pero si la utilidad fuera la medida del valor, es probable que
yo diera más por el hierro. Es la competencia de los productores
“que están perpetuamente dedicados a comparar el costo de
producción con el valor de las cosas producidas,” (cf.4) lo que
regula el valor de diversas mercancías. Si, entonces, yo doy un
chelín por una hogaza de pan, y 21 chelines por una guinea, esto no
prueba que, en mi estimación, sea ésta la medida comparativa de su
utilidad.
En
el No. 4, M. Say sostiene, con muy ligeras variantes, la doctrina
que yo mantengo acerca del valor. En sus servicios productivos
comprende dicho autor los prestados por la tierra, el capital y el
trabajo; yo incluyo únicamente el capital y el trabajo, excluyo
completamente la tierra. Nuestras diferencias provienen del diverso
punto de vista que tenemos sobre la renta. Yo la considero siempre
como el producto de un monopolio parcial que nunca regula el precio,
sino que es consecuencia de éste. Si los terratenientes condonaran
la renta, mi opinión es que las mercancías producidas por la
tierra no serían más baratas, pues siempre existe una porción de
los mismos bienes, producto de la tierra, por los cuales no se paga
o no puede pagarse renta, ya que el producto excedente es suficiente
por sí solo para pagar las utilidades del capital.
Para
concluir, aunque nadie más dispuesto que yo a estimar en grado sumo
las ventajas que resultan, para todas las clases de consumidores, de
la abundancia real y la baratura de los bienes, no puedo estar de
acuerdo con M. Say, cuando estima el valor de un bien por la
abundancia de otros por los que aquél se podrá cambiar. Opino como
un autor muy distinguido, M. Destutt de Tracy, quien dice que:
“Medir
una cosa cualquiera es compararla con una cantidad determinada de
esa misma cosa que tomamos como unidad, como punto de comparación.
Medir, entonces, para determinar una longitud, un peso, un valor, es
averiguar cuántas veces se contienen los metros, gramos, francos en
una palabra, las unidades del mismo género”.
Un
franco no es una medida de valor para cualquier cosa sino para una
cantidad del mismo metal de que están hechos los francos, a menos
que los francos, y la cosa a medir, puedan se referidos a alguna
otra medida común a ambos. Creo que tal cosa es posible, pues los
dos son producto del trabajo y, por lo tanto, el trabajo es una
medida común, por la que puede estimarse su valor real y su valor
relativo. Me complace decir que ésta es también, al parecer, la
opinión de M. Destutt de Tracy.* He aquí sus palabras: “Así
como es cierto que nuestras facultades físicas y morales son
nuestras únicas riquezas originarias, el empleo de esas facultades,
trabajo de alguna naturaleza, es nuestro solo tesoro originario, y
siempre de este empleo son creadas todas esas cosas que llamamos
riquezas, ya sean éstas muy necesarias o simplemente agradables. Es
cierto, también, que todas esas cosas representan sólo el trabajo
que las ha creado, y si tienen un valor, o aun dos valores
distintos, éstos pueden derivar únicamente de ese valor del
trabajo de que emanan”.
M.
Say, al hablar de las bondades e imperfecciones de la gran obra de
Adam Smith, le imputa el error de que “él atribuye únicamente al
trabajo del hombre la capacidad de producir un valor. Un análisis más
correcto nos muestra que el valor se debe a la acción del trabajo,
o mejor dicho a la actividad del hombre, combinada con la acción de
aquellos agentes que proporciona la naturaleza, y con el capital. Su
ignorancia de este principio le impidió establecer la verdadera
teoría de la influencia que ejerce la maquinaria en la producción
de riqueza.”
En
contradicción con la opinión de Adam Smith, M. Say habla, en el
capítulo cuarto, del valor que otorgan a los bienes los agentes
naturales como el sol, el aire, la presión atmosférica, etc., que
a veces sustituyen al trabajo del hombre, y a veces concurren con él
en la producción.* Pero aunque estos agentes naturales aumentan
considerablemente el valor en uso de un bien, nunca le añaden valor
en cambio, al cual se refiere M. Say: tan pronto como, por la ayuda
de la maquinaria, o por el conocimiento de la filosofía natural,
obligamos a los agentes naturales a hacer el trabajo que antes era
realizado por el hombre, el valor en cambio de dicho trabajo que
antes era realizado por el hombre, el valor en cambio de dicho
trabajo disminuye, como consecuencia. Si diez hombres hacían girar
la piedra de un molino de cereales, y se descubriera que, con la
ayuda del viento, o del agua, puede reducirse el trabajo de esos
diez hombres, la harina que es parcialmente
producto del trabajo realizado por el molino, bajaría
inmediatamente de valor en proporción a la cantidad de trabajo
ahorrada, y la sociedad se enriquecería por las mercancías que el
trabajo de los diez hombres puede producir, sin que se afecten los
fondos destinados a su mantenimiento. M. Say pasa por alto,
constantemente, la diferencia esencial que existe entre valor en uso
y valor en cambio.
M.
Say acusa al Dr. Smith de haber pasado por alto el valor que los
agentes naturales y la maquinaria dan a las mercancías, porque M.
Say considera que el valor de todas las cosas se deriva del trabajo
del hombre; pero no me parece que su acusación esté justificada,
pues Adam Smith no menosprecia en modo alguno los servicios que los
agentes naturales y la maquinaria desempeñan para nosotros, sino
que, muy justamente, distingue la naturaleza del valor que ellos añaden
a las mercancías: nos sirven, en efecto, incrementando la
abundancia de productos, haciendo más rico al hombre, agregando
algo al valor en uso; pero como ellos desempeñan su trabajo
gratuitamente, pues nada se paga por el uso del aire, del calor y
del agua, la ayuda que nos proporcionan no añade nada al valor en
cambio.
*”
El primer hombre que supo cómo ablandar los metales con el
fuego, no creó el valor añadido por ese proceso al metal
fundido. Ese valor es el resultado de la acción física del
fuego, sumada a la laboriosidad y al capital de quienes disponen
de ese conocimiento”.
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