Ciencias Sociales
¿Para qué la Ciencia Social? ¿Para quién escribimos?
Emilio Lamo de Espinosa

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Teoría del Conocimiento Epistemología - Para comprender el concepto de cultura De lo rural a lo urbano - Antropología de la libertad Edgar Morin

Fuente Universidad Complutense de Madrid

1. Las dos formas del conocimiento social
2. La visión ortodoxa de la ciencia y sus condiciones sociales de posiblidad
3. Cambiar el mundo o reflejar el mundo?
4. El acoplamiento institucional de ciencia y etnociencia

5. El nuevo papel de la ciencia social en la sociedad del conocimiento
0. Notas


Siempre habrá algunas reglas gobernando el espíritu que el espíritu, en su actual estado, no puede comunicar, y que, si adquiere capacidad para comunicar dichas reglas, ello supondría que había adquirido otras reglas más elevadas que, de nuevo no podrían ser comunicadas.
[L. von Hayek, Studies in Philosophy, Politics and Economics, Kegan Paul, Londres, 1967. p. 62]
 

Lo que pretendo en este trabajo es bastante sencillo: tomarme en serio el concepto de etno-sociología y, a su luz, analizar las condiciones sociales de producción de la ciencia social. Hacer pues una sociología de las condiciones de producción y uso de la sociología. Los científicos sociales nos pasamos la vida estudiando el mundo. Esa es nuestra tarea. Pues bien, lo que propongo es que, al menos por un instante, analizamos cómo el mundo nos estudia a nosotros. Al hacerlo creo que descubriremos que se está modificando de modo sustancial el estatuto ontológico de la ciencia social generando problemas nuevos para los que, lamentablemente, no tengo respuestas claras.


1. LAS DOS FORMAS DEL CONOCIMIENTO SOCIAL

Y comencemos por constatar la existencia de dos formas del conocimiento, el gran descubrimiento de la etnometodología de Garfinkel. En primer lugar, la ciencia (también social), un saber esotérico, minoritario, propio de expertos (más bien “sacerdotal” que “profético”), con un lenguaje idiosincrásico, adquirido por aprendizaje formal, usualmente en las universidades. Y de otra, la etno-ciencia (o la sociología laica, lay sociology la llamaba Garfinkel), un saber exotérico, mayoritario, de sentido común, adquirido por simple aculturación informal (01).
 

Y constatemos también que esas dos formas de saber, la formal y la informal, son validas tanto para los saberes sobre la naturaleza como sobre la sociedad. De hecho, eso es una lengua, entre otras cosas: un depósito de experiencias y conocimientos sobre el hombre, la sociedad y el entorno. Y no es exagerado poner en relación la riqueza del vocabulario y la gramática de una lengua con la riqueza de las experiencias de sus hablantes. Quien aprende a hablar una lengua, aprende al tiempo la lógica del mundo de sus hablantes, ya sea la lógica de su naturaleza o la de su sociedad.

Pero con una diferencia importante entre la etnociencia natural y la social: que así como el saber sobre la naturaleza no constituye esa misma naturaleza, el saber sobre la sociedad es constitutivo del mismo orden; es pues un saber, performativo. Este fue el segundo gran descubrimiento de Garfinkel, a saber, que la etnosociología, de una parte, permite comprender las actividades sociales cotidianas pero, de otra, las crea y constituye al tiempo que las hace explícitas. Como escribe con su inimitable estilo,  

Las actividades mediante las cuales los miembros de una colectividad producen y controlan situaciones de actividades cotidianas organizadas son idénticas a los procedimientos que dichos miembros utilizan para hacer estos contextos explicables (02)

Críptica frase que, traducida, dice lo siguiente:

La propiedad de (las) descripciones (del mundo social) no es que describan el mundo, sino que muestran constantemente su constitución. Este es el sentido que hay que dar en todos los estudios etnometodológicos a la expresión, tan repetida y misteriosa, de “account”: si describo una escena de mi vida cotidiana, no es por “explicar” el mundo por lo que interesaría a un etnometodólogo, sino porque al realizarse, mi descripción “fabrica” el mundo, "lo construye (03).

¿Por qué es esto así? Por que aceptaran también conmigo que todo orden social se sustenta en un saber etnocientifico de sentido común que contribuye a constituir ese mismo orden y sin el cual, simplemente, no sería tal orden social sino otro distinto. Los sistemas de parentesco, por ejemplo, son el resultado de la aplicación por parte de los nativos de lo que saben sobre sus sistemas de parentesco, razón por la cual el único modo de conocerlo es preguntárselo a los nativos. Pero ese argumento es válido para todo tipo de orden social. No es posible la monarquía sin nativos que saben lo que es un Monarca, ni la democracia sin ciudadanos que saben lo que es un parlamento y unas elecciones, etcétera. Para saber todo ello tenemos que preguntárselo a los nativos. Los órdenes políticos, económicos y tantos otros, son lo que son, entre otras cosas, porque los nativos los constituyen como consecuencia de lo que saben sobre esos mismos órdenes. Lo que tiene dos muy relevantes consecuencias. En primer lugar, que la Verstehen, como señala Giddens, no constituye únicamente el coto privado del investigador social profesional, sino que la practica todo el mundo (04). Todos somos, más o menos, sociólogos comprensivos que interpretamos el mundo. Y en segundo lugar (y como consecuencia) todo aquello que cambia nuestros conocimientos sobre la sociedad contribuye a cambiar al tiempo esa misma sociedad.

Esto es muy importante: lo que sabemos sobre la sociedad contribuye poderosamente a formar esa sociedad mientras que lo que sabemos sobre las plantas o los insectos no forma parte esencial de ese fenómeno. Podemos visualizarlo mejor haciendo un experimento mental, un contrafactual. Si mañana los humanos perdiéramos la memoria, y con ella todos nuestros conocimientos sobre el mundo, la naturaleza seguiría su curso impertérrita mientras que las sociedades, todas se irían al garete. Así de sencillo.

Añadamos una tercera idea introductoria más, para completar el argumento. Como intente mostrar en Sociedades de cultura y sociedades de ciencia (05) la etnosociología es suficiente para conocer la realidad social en sociedades pequeñas, cerradas y de reproducción simple que, por lo tanto, sufren escaso cambio social, son históricamente frías. Son sociedades redundantes, cuyas cadenas de interacción son cortas y evidentes. Los aborígenes australianos no necesitan que vengan los científicos a decirles cómo son sus sociedades; es al contrario, el antropólogo quien les pregunta a ellos. Son sociedades, por así decir, transparentes. Por eso Weber contraponía la claridad y transparencia de las sociedades tradicionales a la opacidad de las modernas:

la racionalización de la actividad comunitaria no tiene en absoluto por consecuencia una universalización del conocimiento relativo a las condiciones y relaciones de esta actividad, pues frecuentemente  conduce al efecto opuesto. El 'salvaje’ sabe infinitamente más de las condiciones económicas y sociales de su propia existencia que el 'civilizado', en el sentido corriente del término, de las suyas (06)<!--[if !supportFootnotes]--><!--[endif]-->.

Nosotros ignoramos las condiciones sociales en las que reposa nuestra existencia; para el nativo de una sociedad de cazadores-recolectoras o de una sociedad agraria tradicional, esas condiciones son evidentes: las tiene delante de sus ojos.

Sin embargo, y como apuntaba Weber, en un momento dado de la historia (la Europa del XVII), la complejidad de los órdenes sociales es tal que la etnociencia ya no basta. Aparecen sociedades de reproducción ampliada, que se extienden y crecen y son por ello grandes, abiertas y entrelazadas en complejas redes de acción, y sometidas a ritmos de cambio social acelerado. El punto de vista del actor (siempre limitado a su contexto vital en el tiempo y en el espacio) no es ya suficiente para conocer las condiciones de su propia reproducción. Y es entonces cuando aparece la ciencia social, como un modo de hacer transparentes a las sociedades que son opacas ayudándoles a transitar desde lo que llamamos tradición a lo que llamamos modernidad. Veámoslo al contrario mediante otro contrafactual: si las sociedades modernas fueran transparentes, los científicos sociales tendríamos poco trabajo, seríamos inútiles.

 

2. LA VISIÓN ORTODOXA DE LA CIENCIA Y SUS CONDICIONES SOCIALES DE POSIBILIDAD

Sobre ese trasfondo, veamos ahora cual es la visión ortodoxa de la ciencia. Esta asegura que la ciencia social es una ciencia natural más o al menos es “como” ella. Que mira el mundo desde fuera como el biólogo mira a las hormigas, sin alterarlo por el hecho de mirarlo pues el sujeto del conocimiento está fuera del objeto a conocer. La audiencia de la ciencia son otros científicos, de modo que la comunicación entre ellos tampoco altera el mundo. Y, finalmente, que la función de la ciencia es modelar el mundo: picture, imagen, representación, fotografía, son los símiles usuales. La ciencia ilumina, ilustra, trae luz desde fuera y así, permite ver. Pensar es pues modelar la realidad. Vale la pena traer a colación la cita completa del Tractatus de Wittgenstein donde esta tesis se expone con contundencia:

2.1. Construimos para nosotros mismos pinturas (pictures) de los hechos

2.12. La pintura es un modelo de la realidad

2.13. A los objetos del mundo le corresponden en la pintura los elementos de la pintura

2.15 Que los elementos de la pintura estén combinados unos respecto de otros de un modo determinado, representa que las cosas (en el mundo) están combinadas también unas respecto de otras

2.17 Lo que la pintura debe tener en común con la realidad para poder representarla a su  modo –justa o falsamente- es su forma de representación (07)

En resumen: la ciencia social está fuera de la sociedad a la que mira como por la cerradura de una puerta para construir representaciones de ella. Es lo que Adorno llamaba la metafísica por la ranura (08)<!--[if !supportFootnotes]--><!--[endif]-->.

Es importante entender que este modo de ver la ciencia social no es en absoluto absurdo pues se corresponde con la sociedad burguesa clásica y la separación en ella existente entre el sujeto del conocimiento (el científico social) y la sociedad que estudia (el objeto). En ellas el científico social es un sujeto minoritario, en gran medida desclasado, en buena parte marginado en universidades o centros de estudio, con poco contacto con el mundo real y que escribe para otros científicos. Hablamos pues de una ciencia social sin lectores, sin audiencia.

La separación social entonces existente entre ciencia social y mundo de la vida era tal que tuvo que aparecer otro tipo de conocimiento social distinto a la ciencia para suplir la laguna sentida por los actores. Y eso es la novela, un saber sobre la sociedad y sus actores que, construido desde la etnociencia, desde la etnosocología, se dirige al público en general. Pero hete aquí que la novela describe la sociedad mejor aun que la sociología. Como confiesa Engels a propósito de las obras de Balzac,

agrupa una historia completa de la sociedad francesa, de la que yo, incluso en las particularidades económicas (por ejemplo, la redistribución de la propiedad real y personal después de la Revolución Francesa), he aprendido más que de todos los historiadores, economistas y estadistas profesionales (09)
 

Como dice Milan Kundera, el conocimiento es la única razón de la novela, ...surgida siempre de una pregunta sobre la sociedad humana. La novela (al igual que la sociología), es para Kundera la exploración del ser olvidado, de la realidad oculta e ignorada (10)<!--[if !supportFootnotes]--><!--[endif]-->. Hace explícita nuestra sociedad en sus dimensiones más ocultas, pero lo hace para el sociólogo lay, nativo, no para al experto. ¿Y qué es una novela sino un modelo ideal-típico weberiano en el que, tras definir un entorno social y unos personajes, se exhibe la lógica de ese juego, que es una sorpresa para autor y lector? De  modo que ciencia social y novela coexisten como dos modos del saber sobre la social que tienen mecanismos de producción y audiencias bien distintas. Recordemos: la audiencia determina el medio, como decía Florian Znanieki. Pero, como señalaba McLuhan, el medio es el mensaje. Dos mensajes distintos para dos medios de comunicación, y  para dos audiencias.

La sociología del científico social clásico pone así de manifiesto las condiciones sociales que hacen posible la metafísica por la ranura y, por lo tanto, la separación entre el sujeto y el objeto del conocimiento. Condiciones bajo las cuales lo que dice el científico no afecta a lo dicho y, por lo tanto, el conocimiento social es teoría pura y no incide sobre la etnociencia.

La visión cientifista de la ciencia social como mirada del biólogo sobre las hormigas tuvo pues su oportunidad social: la que le proporcionaba la distancia social existente en el sistema de la ciencia y el sistema de la vida en la sociedad burguesa clásica. Pues ciencia social y etnociencia social vivían aparte, como dos mundos separados, sin tocarse siquiera. Lo que dice el científico social escasamente afecta a los nativos.

Lo contrario no es cierto, sin embargo, pues si los nativos no leían sociología los sociólogos sí leían novelas, por ejemplo, y la visión común del mundo afectaba al científico social, la etnosociología sí incidía sobre la sociología. Eso lo saben muy bien los sociólogos clásicos y, por ello, toman todo tipo de precauciones para evitar esa interferencia de los idola, del modo común de entender el  mundo. Por ello Marx nos asegura que la ciencia se construye contra las apariencias y Durkheim comienza sus Reglas del método sociológico aconsejando eliminar las pre-nociones y construyendo el objeto contra el sentido común. La teoría de los idola de Bacon, la teoría de los pre-juicios de los philosophes franceses del XVIII (Condillac, Helvetius, Holbach), la teoría de las ideologías de Marx y, más tarde, la sociología del conocimiento de Mannheim o la sociología reflexiva de Gouldner, todas ellas son modos de precaverse contra esa interferencia, bien conocida. Los sociólogos habíamos descubierto que el sociólogo es también actor social. Lo que faltaba por descubrir es lo contrario: que el actor social es también sociólogo. 

3. ¿CAMBIAR EL MUNDO O REFLEJAR EL MUNDO?

Algo que los novelistas o dramaturgos sí sabían, de modo que empezaré con un excelente ejemplo literario extraído pues de la etnosociología.

En el Acto I de Macbeth, las brujas saludan al futuro regicida diciéndole: ¡Salve Macbeth, futuro rey! El leal caballero Banquo advierte entonces a su señor de la maldi­ción de las brujas:

Esa idea, metida dentro, bien pudiera inflamaros en el deseo de haceros con la corona. . . Pero esto es extraño, y frecuentemente, para arrastrarnos a nuestra perdición, los instrumentos de las tinieblas nos profetizan verdades y con inocentes bagatelas, nos seducen para expo­nernos con alevosía a las consecuencias más terri­bles.

Pues, como dice la bruja Hécate, la confianza es el mayor enemigo de los morta­les (11). El resul­tado es sabido; impulsado por la perfidia de Lady Macbeth y creyendo en la profecía, Macbeth asesina al Rey Duncan ocupando su lugar y cumpliendo la maldición de las brujas. Y por ello al final del Acto IV Macbeth se lamenta de haberse dejado seducir:¡Que nadie crea jamás a eso diablos impostores que nos engañan con oráculos ambiguos que vierten en nuestros oídos promesas de esperanza y luego las aniquilan! Macbeth cumplió la profe­cía de las brujas, y desesperado al comprobar que ha sido juguete de engaños exclama:

El mañana, el mañana y el mañana avanzan paso a paso, ­día a día, hasta agotar la última sílaba del tiempo vivido; los ayeres acompañaron a los locos mortales a través de la ruta que les llevaba al polvo de la muer­te. . . ¡Apágate, fugaz antorcha, apágate! Nuestra vida es una pobre sombra, un triste actor que gesticula un instante sobre la escena, para luego caer en el olvi­do. . . ; un demen­te aparatoso contando una leyenda necia con una carga vacía. . .

Shakespeare es el gran descubridor de la tragedia oculta tras las profecías que se autocumplen, el gran descu­bridor de que las imágenes que los hombres tienen de su futuro, contribu­ye poderosamente a canalizar su conducta en el presente y así a construir ese mismo futuro.

Esta gran y vieja verdad es, sin embargo, una novedad para la ciencia social aunque fue prevista con meridiana claridad por nuestro Benito Jerónimo Feijóo en su Teatro crítico universal (1726) al señalar:

Algunas veces las mismas predicciones influyen en los sucesos, de modo que no sucede lo que el astrólogo predijo porque lo leyó en las estrellas; antes sin  haber visto él nada en las estrellas sucede sólo porque él lo predijo. El que se ve lisonjeado con una predicción favorable, se arroja con todos sus fuerzas a los medios, ya de la negociación, ya del mérito, para conseguir el profetizado ascenso, y es natural lograrle de este modo (12).

Una gran verdad que comenzó a abrirse camino a finales del XIX y, sobre todo, en el siglo XX cuando, al hilo de la institucionalización de la ciencia social, esta altera profundamente, no tanto su estatuto epistemológico como su estatuto ontológico. Marx primero pero después otros muchos  científicos sociales (Freud, Keynes), comienzan a hablarle directamente al público y no sólo a otros científicos. Con ellos el discurso de la ciencia social pretende, no tanto reflejar el mundo, sino cambiarlo, como señalaba Marx en la cuarta de sus Tesis sobre Feuerbach. Y al menos en alguna medida lo consiguen introduciendo con ello un bucle reflexivo y paradójico en el estatuto ontológico de la ciencia social, en sus condiciones sociales de producción.

Analicemos el caso de Marx para ver cómo funciona este bucle. Como es bien conocido, Marx se consideraba un científico más, en todo similar a Darwin, por ejemplo. Y efectivamente, si el científico inglés había descubierto las leyes que regulan la sucesión de las especies, Marx había descubierto las que regulan los modos de producción. Así, en el prefacio a la primera edición alemana de El Capital, Marx se refiere a las leyes naturales de la produc­ción capita­lista..., esas tendencias que trabajan con necesidad férrea hacia resultados inevitables. Del mismo modo, en el epilogo a la segunda edición alemana, un comentarista ruso de El Capital afirmaba que Marx trata el movimiento social como un proceso de historia natural gober­nado por leyes no sólo indepen­dientes de la voluntad consciente y la inteligencia humana, sino que, al contrario, determinan esta voluntad consciente e inteli­gencia, añadiendo luego Marx que tal es sólo el método dialécti­co (13). La diferencia entre ambos es, sin embargo, que las especies no leyeron a Darwin (bueno, una sí) mientras que la sociedad sí leyó a Marx y la amplia difusión de sus escritos generó efectos más que curiosos.

Así, es posible que líderes sindicales, de partidos políticos o de organizaciones empresariales orientaran su acción y estrategia basados en el modelo marxiano del cambio social que predice una creciente proletarización y empobreci­miento relativo y agravamiento de la lucha de clases. Algunos asumirían que el tiempo corría a su favor, la historia estaba con ellos y la revolución era inevitable. Bastaba sentarse a esperar para que ocurriera. Como escribió agudamente Walter Benjamin, nada corrompió tanto a la clase trabaja­dora alemana como la idea de nadar a favor de la corriente (14), frase que igual­men­te podría aplicarse al socia­lismo español y a otros mu­chos. En estos casos, la aceptación o interioriza­ción del modelo marxiano de la inevitabilidad de la revolución por parte de los actores cuya conducta el propio modelo consi­dera, lo habría anulado, al producir en ellos una actitud quie­tista y desmovilizada en contraste con el voluntarismo y radica­lismo su­pues­to en el modelo.  En resumen, la difusión del modelo marxiano habría generado una predicción que se auto-niega. Pero eso es sólo parte del problema.

Pues otros nativos, por el contrario, y así numerosos jóvenes inte­lectuales de clase media, habrían sido impulsados a la mili­tancia en el movimiento obrero por la lectura de la obra de Marx y Engels o de sus numerosos divulgadores contribuyendo así -a sensu contrario- a la autorrealiza­ción del modelo de lucha de cla­ses. E incluso otros, finalmente, aceptando igualmente el mode­lo, habrían tratado de evitar sus consecuencias dialogan­do con las organi­zaciones obreras, aceptando el sufragio universal o constru­yen­do el gigantesco edificio del moderno Derecho del Trabajo y la seguridad social; los casos de Bismarck (y la poderosa influencia que sobre el tuvo el socialista Lasalle) o de Primo de Rivera estarían en tal dirección. De este modo, el modelo predictivo marxiano, al difundirse, habría generado tendencias tanto el auto­cumplimiento como a la autonega­ción, por lo que resultaría simplemente absurdo preguntarse si las predicciones marxianas se cumplieron o no sin tener en cuenta la reflexividad que generaron.

Efectivamente, las predicciones marxianas, ¿se incumplieron porque Marx estaba equivocado o porque se auto-negaron? Marx, ¿refleja el mundo o lo cambia? Pues si lo refleja adecuadamente no puede cambiarlo y si lo cambia no lo refleja adecuadamente. La ciencia social, ¿es un espejo o un instrumento? Un espejo que modifica la realidad que refleja es un mal espejo. Ahora bien, y como sabía Marx, si la ciencia social no nos sirve para cambiar la sociedad, entonces ¿para qué la queremos?

Un segundo ejemplo, igualmente significativo, es el del psicoanálisis. Que fue también concebido por Freud como una ciencia natural enraizada en el presupuesto del deter­minismo universal. Ahora bien, tal ciencia tuvo desde la primera posguerra un inmenso éxito popular en Europa, que se amplió a los Estados Unidos en la segunda posguerra de modo que el psicoanálisis acabó transformándose en una ideología de consumo masivo. Las consecuencias de esta recepción/difusión han sido percibidas por John Seeley y por Peter Berger en sendos artículos, aparentemente independien­tes pero de consecuencias contradictorias.

       El hombre post-freudiano -dice John Seeley- es dife­rente del hombre pre-freudiano por lo menos porque ha accedido directamente al mundo freudiano; y en la medida en que esto ocurre, la imagen freudiana bien no es ya cierta, o es simplemente incompleta (15).

Pero de nuevo tenemos la duda: mien­tras Seeley cree que esta reflexividad generó tendencias hacia la autonegación del modelo, Peter Berger cree, por el contra­rio, que generó tendencias al autocum­plimiento:

            La realidad psicológica produce el modelo psicológico puesto que el segundo es una descripción empírica del primero. Pero la realidad psicológica, a su vez es produ­cidas por el modelo psicológico, puesto que el último, no solo describe sino que define la primera, en el sentido creador de definición al que alude el famoso enunciado de W. I. Thomas de que una situación definida como real por la sociedad será real en sus consecuen­cias.

Por lo que concluye que los modelos psicológicos operan en la sociedad como profecías que se autocum­plen (16).

En resumen, es posible argumen­tar que los modelos científico-so­ciales, al ser difundidos, alteran su estatuto onto­lógico pasando de ser teorías puras usadas por los científicos sociales y que modelan el mundo, a ser mapas cognitivos que, integrados en la etno­cien­cia, orientan a los nativos quienes eventual­mente los uti­lizan para generar es­trate­gias, en un proceso de desliza­miento desde la theoria (científica) a la praxis (etno­científica) sin solución de conti­nui­dad.  

Con este tipo de ciencia social que se difunde, que le habla al objeto y no al observador, la posibilidad de un cortocircuito entre ciencia y etnociencia comienza a aparecer, realizando de manera práctica lo que K.O. Apel llama el a priori  de las humanidades: que sujeto y objeto hablan la misma lengua (17). Los virus no leen libros de biología; los humanos sí, y también de ciencia social. Y de hecho, cada vez más.


4. EL ACOPLAMIENTO INSTITUCIONAL DE CIENCIA Y ETNOCIENCIA

Pues a lo que asistimos ahora, en el marco de la sociedad de la ciencia y del conocimiento es al acoplamiento institucional entre ciencia social y etnosociología. Veamos cómo describe este acoplamiento un brillante economista:

El economista –dice Sargent- habrá de asumir que está modelando conjuntos de personas cuyo comportamiento está determinado por los mismos principios que él está usando para modelizarlos. Estos sistemas pueden contener misteriosos bucles auto-referenciales, especialmente desde el punto de vista de los asesores macroeconómicos que, si quieren que su consejo tenga poder de convicción, han de afrontar la perspectiva de que ellos son también participantes dentro del sistema que están modelizando (18).

Pongamos algún ejemplo: cuando el Banco de España publica un riguroso y científico informe sobre la economía española, todos los actores económicos (empresarios, banqueros, inversores, analistas) se apresuran a leerlo, e inmediatamente ajustan su conducta a las previsiones del informe. Y nos podemos hacer la misma pregunta que antes: ¿los economistas del Banco de España están reflejando la realidad o la realidad está siendo conducida por el Banco de España? ¿Quién lee a quien, el Banco de España a la realidad o la realidad al Banco de España?

No es casual que los economistas (como los juristas y los psicólogos, por cierto) utilicen la misma palabra,  “economía”, para aludir a dos cosas bien distintas: de una parte, la ciencia económica (el observador), y de otra, la economía real (lo observado). Ocurre lo mismo con el derecho, que es también la ciencia del derecho y la realidad del derecho. Y con la psicología, que también es la ciencia y lo observado. Y nótese que eso no ocurre con las ciencias naturales y nadie confunde la botánica con las plantas, la zoología con los seres vivos o la física con el mundo.

El lenguaje ordinario es más sabio que nosotros y en las ciencias sociales confunde dos cosas muy distintas porque, de facto, se confunden en la realidad. A veces incluso el lenguaje se fuerza para mostrar como unidad lo que nosotros tratamos de separar: la ciencia y la etnociencia, la observación y lo observado. Y así, por ejemplo, distinguimos entre sociología y sociedad, pero los nativos con frecuencia dicen que tal cosa es un “fenómeno sociológico”, no un fenómeno social, confundiendo de nuevo observación y observado. Pero al proceder de este modo el lenguaje ordinario acierta más que nosotros, porque todo fenómeno social es ya un fenómeno constituido por el saber sobre ese fenómeno, es pues un saber sociológico.

Que todo esto es bastante obvio para un observador inteligente del mundo lo prueba un hecho bastante sorprendente: que el conocido financiero y especulador George Soros (por cierto discípulo de Popper en la London School of Economics), descubrió en 1987, por sí solo, la teoría de la reflexividad como peculiaridad de las ciencias sociales (19), identifico los casos de Marx y Freud como ejemplos significativos de la teoría y, lo más interesante, aplicó el modelo a sus actividades especulativas en el entendimiento de que los precios del mercado no reflejan la realidad sino la percepción que los brokers tienen de la realidad, percepción generada por la lectura que hacen de los analistas de la realidad (20). El pensamiento de los participantes (en los mercados) –dice Soros- es fácilmente influido por las teorías (21), asegura, de  modo que si queremos hacer dinero en los mercados no debemos dejarnos llevar por el análisis de la realidad sino por un análisis de los análisis de la realidad, pues es esa percepción, esa definición de la situación, lo que determina la fluctuación de los precios. No es la realidad económica la que determina los precios, sino la ciencia económica. El análisis fundamental trata de establecer cómo los valores subyacentes se reflejan en los precios de las acciones, mientras que la teoría de la reflexividad muestra cómo el precio de las acciones puede influir en los valores subyacentes (22). Que Soros haya conseguido una fortuna siguiendo esas reglas da mucho que pensar. Pero nihil novum sub sole. Como sabía Hobbes,  reputación de poder es poder, porque con ella se consigue la adhesión y afecto de quienes necesitan ser protegidos (23).

Lo que estoy apuntando pues es al proceso por el cual la ciencia social se difunde y deviene etnosociología. O, por decirlo de otro  modo, el proceso por el cual el lenguaje científico se transforma en lenguaje ordinario y así, más que reflejar, conforma el mundo.

En un brillante trabajo aún no traducido al castellano Robert K. Merton y Allan Wolfe plantearon conjuntamente este fenómeno como uno de los más interesantes de la sociología contemporánea:

Una de las fases menos conocidas del desarrollo de la ciencia es el proceso mediante el cual descubrimientos científicos, conceptos y modos de pensar dejan atrás a los científicos que los generaron y pasan a formar parte de la cultura y la sociedad general. Este proceso, que tiene lugar en todas las ciencias, es de particular relevancia para los sociólogos. Los términos y conceptos de la sociología, a través de un proceso que ha sido descrito como de “incorporación cultural”, pueden ser difundidos a través del lenguaje cotidiano, frecuentemente perdiendo en el proceso su conexión con la disciplina que le dio origen. Más aun, el conocimiento y las técnicas sociológicas pueden ser objetos de un proceso paralelo de “incorporación social”, por el cual las instituciones sociales y elementos de la estructura social (tanto macro como micro) se apoyan (de modo directo o indirecto y no intencionado) en los métodos y descubrimiento de la sociología (24).

Lo que el ya anciano pero brillante Merton estaba apuntando es a un doble proceso resultado del uso de la ciencia social, de cómo el conocimiento social es consumido (25). De una parte, el más conocido: cómo el lenguaje científico pasa a ser lenguaje cotidiano, es decir, cómo la ciencia pasa a ser etnociencia, la incorporación que llaman “cultural”. El otro, la incorporación “social”, es menos conocido aunque quizás más importante: cómo la ciencia (social en este caso), a través de sus procedimientos/productos, pasa a formar parte del entramado mismo de la vida social como un componente estructural más.

Así, y respecto a lo primero estudiaron la frecuencia con que se usan términos sociológicos en el lenguaje de la prensa. Y los términos más usados por periodistas en los principales periódicos entre 1991 y 1993 fueron los siguientes: estilo de vida (lifestyle), modelo de rol (role model), estandar de vida (standard of living) y disfuncional (dysfunctional). A continuación, otros como: underclass, demographic, peer group, subculture, division of labor, altruism, white collar crime, upwards mobility, self-fulfilling prophecy, conspicuous consumption y socialization. Todos ellos términos sociológicos pero que no son ya instrumentos del observador sino de los nativos, gracias a los cuales tratan de entender mejor su mundo. De modo que si los conceptos sociológicos son parasitarios de los del sentido común (Giddens), ahora resulta que los conceptos de sentido común son también parasitarios de los sociológicos.

Por lo que hace a la “incorporación social”, Merton y Wolffe señalaban que, entre 1896 y 1921, había en el Reino Unido menos de 10 encuestas anuales, pero desde 1920 hasta la Gran Depresión el número creció a más de 40. En los Estados Unidos la edad de oro del social survey fueron los años anteriores a la segunda guerra mundial. Actualmente nadie sabe a ciencia cierta cuantas encuestas se realizan anualmente, pero una estimación sugiere que más de 200 millones de copias de diarios con resultados de encuestas fueron leídos en USA  en solo un mes en 1980 (26). Hoy ya no vale la pena hacer estimaciones pues los productos de la ciencia social forman parte esencial de la economía, la política, el marketing, la publicidad, el consumo y un inmenso etcétera

Merton y Wolf concluían así su trabajo:

Que la sociología se incorpore a la cultura general es una consecuencia inevitable del hecho de que la ciencia social es parte de la cultura que estudia. Desde este punto de vista, la incorporación de la sociología en la cultura general y la sociedad refleja el deseo de los americanos de conocer más acerca de sí mismos, y coloca a quienes presumen de comprender la sociedad americana en una situación extraña. Un modo de resolver esa extrañeza es que los sociólogos se retraigan de la cultura general para concentrarse en su propia disciplina y sus descubrimientos, desinteresándose del interés que en ellos tiene esa cultura. Un objetivo contradictorio es transformar a la sociología directamente en una ciencia aplicada buscando, en este sentido, su plena incorporación a la sociedad. Otros, finalmente, tratan de balancear esos dos objetivos alternando entre ellos, según las circunstancias (27).

Pero lo importante es que esto no es ya un fenómeno bizantino, extraño o raro, sino la regla. Pues lo que la actual sociedad del conocimiento hace es acelerar este proceso de acoplamiento  de la ciencia con la etnociencia al multiplicar los centros de observación de la realidad (de producción de ciencia social), pero también de difusión y, finalmente, de recepción. La ciencia social circula por el cuerpo social tanto como la etnociencia, es de hecho una de las fuentes más poderosas de etnociencia pues, como señaló Thorstein Veblen, la ciencia da su carácter a la cultura moderna que es una cultura cientifizada.

¿Cómo se ha producido este acoplamiento de ciencia social y etnociencia social? De un modo orgánico, institucional. La ciencia social, que penetró en las Universidades y fue institucionalizada a comienzos de siglo con los Weber, Durkheim, Mead o la Escuela de Chicago, a partir de la segunda post-guerra sale de las aulas para institucionalizarse ahora como profesión, como una actividad social rutinaria más. La investigación social como rutina de la vida social, la “incorporación social” de Merton. De hecho, el hito más conocido de esta institucionalización profesional de la ciencia social es, sin duda, la Escuela de Columbia, generada en el marco vital de la ciudad de Nueva York como consecuencia de la colaboración de un teórico (Robert K. Merton) y un metodólogo vienes emigrado (Paul Lazersfeld), que habrían de elaborar la versión canónica (y aún actual) de los métodos de investigación sociológica: las entrevistas en profundidad y los grupos de discusión (focus group) como métodos cualitativos, y el sondeo de opinión pública (el survey) como método cuantitativo. Una investigación empírica que floreció a partir de los años 40 en los Estados Unidos al hilo de la emergencia de mercados variados para sus productos: el mercado del marketing político con los sondeos de opinión; el mercado de los medios de comunicación de masas con la medición de audiencias; el mercado de los productos de consumo masivo en los supermercados (los fast moving consumer goods) con los test de producto; y, finalmente, el mercado de la publicidad con los test de anuncios. La sociología salía pues de las aulas académicas, adonde había sido conducida por los institucionalizadores de comienzos del siglo XX, para lanzarse al mercado profesional y llenar con su espíritu y sus productos la vida social, política y comercial. El sociólogo, un licenciado universitario más, deja de ser un intelectual crítico para pasar a ser un profesional que oferta sus servicios y cobra por ello.

Y esto se observa en el actual flujo constante de producción, difusión y consumo (uso) de la ciencia social. En primer lugar, en la producción constante y rutinaria de conocimiento social con la emergencia de centros de elaboración de estadísticas de todo tipo, y de centros de estudio públicos o privados (universidades, centros públicos de investigación, unidades de estudio, think tanks, etcétera). Nos gastamos fortunas estudiándonos y ello porque sociedades complejas como las nuestras no pueden ser gestionadas sin ese conocimiento. Tanto un Estado como una región o un municipio, una gran empresa, un organismo internacional, todos necesitan información sobre sí mismos y su entorno. Y la producen sistemáticamente, ya sean tasas de natalidad o emigración, índices de precios o inflación, precios de productos, mercados, drogadictos, mujeres maltratadas, etcétera. La sociedad compleja moderna se auto-observa sistemáticamente como parte del proceso mismo de gestión y reproducción social. Y con ello los observadores han pasado a formar parte central de lo observado.

Lo segundo es la difusión de esos conocimientos por mil modos: prensa periódica, revistas de interés general o especializadas, seminarios, congresos, conferencias, cursos de reciclaje. Sabemos que un profesional debe dedicar al menos una o dos horas diarias a actualizar sus conocimientos y, por lo tanto, dedica a ello esfuerzos y recursos. Pero todos actualizamos a diario nuestra información sobre el mundo y estamos casi perpetuamente conectados a fuentes de información, como son la radio, la televisión o los periódicos. Y por supuesto el medio fundamental para acceder a la inmensa información social disponible es ya la web, cuyo volumen de páginas (la verdadera memoria de la humanidad) se dobla aproximadamente cada tres meses.

Lo tercero, finalmente, es la recepción de esos conocimientos tanto por actores corporativos como individuales. Por supuesto los primeros han generado unidades de observación de sí mismos y de su entorno (mercados, Estados) que buscan pro-activamente la información adecuada, la valoran y analizan, y definen sus estrategias (sus líneas de acción) en función de esos análisis y modelos. Pero también los actores individuales que, entrenados en la lógica de la ciencia a través de largos años de educación, ya no secundaria, sino superior, son audiencias cultas, pero masivas. Más de un 30% de la población activa tiene estudios post-secundarios en el área OCDE, de modo que disponemos literalmente de masas de intelectuales, científicos o ingenieros, que conocen y aprecian el valor de la buena información o de los buenos modelos, los buscan, los seleccionan y, por supuesto, los utilizan, no ya únicamente en su trabajo, sino para hacer frente a las mil incertidumbres de su vida cotidiana.

En resumen, se han multiplicado los observadores de la vida social, por una parte, y por otra los actores están conectados de mil modos con esos observadores. Los principales actores económicos son ellos mismos economistas y, desde luego, cortejan a los economistas famosos. Los actores políticos puede que no sean politólogos, pero sin duda los tienen como asesores muy directos. El hombre más poderoso de USA después de Bush es Karl Rove, el politólogo que le asesora. Pero la difusión del conocimiento es osmótica. Las ONG que trabajan con emigrantes están asesoradas por sociólogos o antropólogos y diseñan sus estrategias y mensajes en función de los modelos que la ciencia social elabora sobre la emigración. Otro tanto ocurre con las mujeres maltratadas o los drogadictos, que se ven a sí mismos según los ven quienes los estudian.  De modo que volvemos a la pregunta crucial: ¿Quién lee a quien?

Lo que los científicos sociales dicen sobre el mundo, no sólo forma parte del mundo, forma el mismo mundo. Narcisistas impenitentes que somos, pensamos que observamos el mundo y no hemos caído en la cuenta de algo obvio: que somos el instrumento del que se vale el mundo para auto-observarse. No miramos el mundo; el mundo se vale de nosotros para mirase a sí mismo. No miramos a la sociedad desde fuera; somos el instrumento del que se vale la sociedad para mirarse. La ciencia es el instrumento de la etnociencia, no al revés. Pues, bien pensado, si no fuera así, ¿para qué servíamos?

Y con ello se han desvanecido las condiciones sociales que hacían posible la metafísica por la ranura; la puerta que separaba al observador de lo observado ha saltado por los aires.
 


5. EL NUEVO PAPEL DE LA CIENCIA SOCIAL EN LA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

De modo que, puede que la ciencia social haya cambiado. O no. Es tema de debate desde hace décadas si las ciencias sociales progresan y pueden así seguir el consejo de Whitehead de olvidar a sus clásicos. Pero lo que sin duda sí ha progresado es el entorno en el que se desenvuelve la ciencia social. Y ese cambio de entorno, que ha pasado a ser ávido consumidor de ciencia, altera los parámetros ontológicos en que se desenvuelve introduciendo una profunda contradicción entre lo que pensamos que somos y lo que de verdad somos, entre nuestra auto-comprensión epistemológica y las condiciones sociales de nuestra epistemología. Al igual que Marx o Freud, nos consideramos científicos objetivos distanciados del objeto, pero de hecho hemos sido capturados por el objeto y, desde ese momento, ya no se sabe quien lee a quien y entramos en el bucle reflexivo. Nos consideramos productores de información y de modelos pero esa misma información y modelos modifica la realidad que trata de captar. Como señalaba Seeley hace años, ¿cómo describir adecuadamente un objeto cuando la descripción forma parte del mismo objeto? (28). ¿Debemos describir las descripciones previas? Estamos ya de lleno en lo que hace años llamé sociedad reflexiva, un orden social que usa la ciencia social para conocerse, gestionarse, y modificarse rutinariamente. Y que, en ese mismo proceso, genera lo inesperado (29).

No es pues de sorprender que buena parte de la ciencia social se dedique hoy en día a de-construir el objeto, es decir, a eliminar las descripciones previas en el intento de mostrar que el mundo ya no es de ningún modo sino sólo de aquel en el que ha sido previamente construido. Así visto, debemos hacer sociología del conocimiento de la etnometodología y derivados para concluir que estos no son tanto un avance de la ciencia social sino más bien la certificación de su vanidad bajo las condiciones de la sociedad del conocimiento. Cuando todo el entorno de nuestras vidas es producto humano, ¿podemos decir que es de algún modo o debemos limitarnos a describir su producción? Bajo las nuevas condiciones de existencia la definición de la situación es la situación y el mundo se desarrolla inevitablemente bajo la paradoja de la reflexividad.

Podemos decirlo de un modo gráfico: la ciencia social, al margen de ser ciencia, es sobre todo social. Nos creemos que es, más que nada, ciencia. Y nos olvidamos que es, más que nada, social. No por su objeto, sino por su sujeto y porque ese es el espacio en que se desenvuelve. La ciencia social sin duda es ciencia por su método, por su rigor y objetividad y estoy seriamente convencido de que no hay diferencia epistemológica alguna entre la ciencia social y las restantes ciencias. La diferencia deriva del modo en que ese conocimiento es usado. Esta es la paradoja: en cuanto ciencia social, es ciencia; pero en cuanto ciencia social, deja de ser ciencia o, al menos, lo es de otra manera. Durkheim ya tuvo que aceptar en el prefacio a la segunda edición de Las Reglas del método sociológico  que los hechos sociales eran cosas, pero d’une autre manière (30). Y evidentemente estaba en lo cierto. Pues bien, a la ciencia social le ocurre lo mismo: es ciencia, pero de otro modo.

¿Qué pasaría con la biología si los virus leyeran libros de biología? Pues lo que ocurre con la ciencia social: que tendrían que re-escribir sus libros a la misma velocidad a la que son leídos.

Tenemos pues que aceptar las nuevas condiciones de producción social de la ciencia. No describimos el objeto; más bien somos el instrumento de que se vale el objeto para auto-conocerse. Nos creemos que hablamos a otros científicos, y es así. Pero esos otros científicos hace lustros que dejaron de ser observadores marginales para pasar a ser actores, y con frecuencia actores principales. De modo que no tenemos más alternativa que aceptar que nuestra tarea es ya otra, como señalaba Merton. No describir el mundo sino hacer lo que de verdad hacemos: llevar luz a los actores, hacer algo más transparente nuestro orden social para que los actores (es decir, nosotros mismos) podamos actuar con menor ignorancia. No describimos el mundo, como mucho hacemos mapas para ayudar, modestamente, a no perdernos.

Pero puesto que la audiencia es el medio y el medio es el mensaje, ese cambio de audiencia en la ciencia social implica una nueva estrategia. Nuestra tarea es acercar los resultados de la ciencia al público culto, que es ya masivo. Debemos escribir de modo que podamos ser entendidos, no sólo por nuestros colegas, sino por las audiencias masivas de personas cultas. Debemos pues recuperar el ensayo en su sentido orteguiano, a saber, la ciencia pero sin su aparato metodológico. Debemos asomarnos a los medios de comunicación pues, si no lo hacemos nosotros, esa demanda de luz y transparencia será cubierta por otros (periodistas con escasa formación o ignorantes capaces de opinar de lo divino y lo humano), como de hecho está ocurriendo. Hay que cultivar nuevos estilos de pensar y nuevos modos de expresar lo que pensamos, sin dejarse en absoluto encorsetar por las exigencias de la escritura científica. Y por supuesto, debemos recobrar la dimensión normativa de la ciencia social. Es patético comprobar cuantos científicos sociales, y sin duda muchos de los más competentes, que trabajan sobre la realidad social cotidiana, de importancia vital para sus conciudadanos, han decidido escribir en inglés para esotéricas audiencias extranjeras, privando a sus mismos conciudadanos de la posibilidad de usar ese conocimiento. ¿Para quién trabajamos pues? ¿Para que sirve esa ciencia? Sinceramente, no alcanzo a entender el sentido de hacer ciencia por el placer de hacer ciencia si ese saber no sirve a los mismos ciudadanos cuyos problemas, angustias, temores o esperanzas estamos estudiando.

No es suficiente para nosotros -decía Richard Flacks- conocernos a nosotros mismos; lo que es necesario es la creación de un mundo donde todo el mundo sea capaz de comprender la realidad social, y donde, en consecuencia, nadie sea sociólogo (31)

Me busqué a mí mismo, escribió Heráclito. Pero también dijo:

 No podrás descubrir los límites de ti mismo, incluso si recorres todo el sendero; tan profundo es el logos que posee.


N O T  A S
 

(01) Pues, como asevera Giddens, los individuos tienen, como aspecto intrínseco de lo que hacen, la aptitud de comprender lo que hacen en tanto lo hacen. A. Giddens, La Constitución de la Sociedad, Buenos Aires, Amorrortu, 1995, p. 24.
(02) H. Garfinkel,
Studies in Ethnomethodology, New Jersey, Prentice Hall, 1967, p. 1.
(03) Coulon, La etnometodología, Madrid, Cátedra, 1988, p. 49.
(04) A. Giddens, Política, sociología y teoría social, Paidos, Barcelona, 2001, p. 258.

(05) E. Lamo de Espinosa, Sociedades de cultura y sociedades de ciencia­,  Ediciones Nóbel, Gijón, 1996, 261 págs. Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 1995.

(06) M. Weber, Essais sur la théorie de la science, Paris, 1955, p. 397.

(07) L.Wittgenstein, Tractatus Logico Pilosophicus, Alianza Editorial, Madrid.

(08) Th. W. Adorno, Dialéctica Negativa, Taurus-Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1975, p.142.
(09) Marx, K. y Engels, F., Cuestiones de arte y literatura, Barcelona, Península, 1975, p. 137.

(10) M. Kundera, La desprestigiada herencia de Cervantes, en El arte de la novela, Tusquets, Barcelona, 1987.

(11) Macbeth, Acto III, Escena V.

(12) Tomo esta referencia de José Castillo Castillo, Instantáneas sociológicas, Conferencia de clausura del VI Congreso Español de Sociología, Boletin FES, 23, 1999, p.9.

(13) K. Marx, Capital, International Publishers, Nueva York, 1967, vol.
I, pp. 8, 18 y 19.
(14) W. Benjamín, Angelus Novus, EDHASA, Barcelona, 1970, p. 83.
(15) J. Seeley., The Americanization of the Uncons­cious, Science House Inc,
New York, 1967, p. 103. Véase tam­bién, del mismo autor, La norteamericaniza­ción del incons­ciente en H.M.Rui­tenbeek, Psicoanalisis y cien­cias socia­les, Fondo de Cultura Económica, México, 1973, p. 245 ss.
(16) P. Berger, Towards a Sociological Understanding of Psy­choa­nalysis, en Social Re­search, 32 (1965) 34.

(17) Karl Otto Apel, Communication and the Foundations of the Humanities, en Acta Sociológica, 15, 1 (1972)7 ss.
(18) Thomas J. Sargent, Bounded Rationality in Macroeconomics, Clarendon,
Oxford, pp. 22-23. Véase también Expectativas racionales e inflación, Alianza, Madrid, 1989 (1º ed. 1986). En el mismo sentido, véase Michel Callon, The Laws of the Markets, Oxford, Blackwell,1988, quien escribe: 


El punto de vista que adoptamos...consiste en mantener que la ciencia económica (
economics) en el sentido amplio del termino, realiza, conforma y forma la economía (the economy), más que observar como funciona...Lo que tenemos en la actualidad son historias separadas, por una parte la del pensamiento económico, presentada de acuerdo a una lógica puramente disciplinar, y por otra la de las actividades económicas, cuidadosamente separada de la de la ciencia económica; de un lado la historia de las ideas....y de otro una historia social de la economía...Es incuestionable que existe un grado de interdependencia de esas dos historias, incluso si no ha sido sistemáticamente estudiado. Por ello sería fascinante reconstruir una historia social de la ciencia económica que mostrase cómo nociones abstractas como las de oferta y demanda o la de mercados interconectados, competencia imperfecta o incentivos, han sido formuladas en constante relación con cuestiones prácticas, que a su vez ellas mismas han contribuido a reformular (p. 1-2).

 
(19) George Soros, The Alchemy of Finance. Reading the Mind of the Market, John Wiley and Sons, Inc., Nueva York, 1987.
(20) Algo que sin duda había aprendido del mismo Keynes quien, en las escasas 15 paginas del capitulo 12 de la Teoría General del interés, la ocupación y el dinero de 1936, señala:

Los profesionales de la inversión pueden compararse a competidores de esos concursos organizados por la prensa que deben elegir los seis rostros mas bonitos entre cien fotografías; el premio corresponde a aquel cuya elección convenga mejor a las preferencias medias expresadas por la mayoría de manera que cada cual debe elegir, no los rostros que le parecen más bonitos, sino aquellos que, según el piensa, deben llamar la atención de los otros competidores, de suerte que todos examinan el problema desde el mismo ángulo. No se trata de elegir a conciencia y según nuestra convicción las caras que son realmente más bonitas, ni siquiera aquellas que la opinión media considere realmente más bonitas. Aquí hemos llegado al tercer grado en el que usamos nuestra inteligencia para anticipar lo que la opinión media piensa que será la opinión media. Y yo sé que hay personas que razonan en el cuarto en el quinto grado (Fondo de Cultura Económica, 1965, pp. 142-143).

(21) Soros, op.cit., p. 38.
(22) Ibídem, p. 55.

(23) Hobbes, Leviatan, FCE, México, 1980, p.69.

(24) Merton, Robert K. y Alan Wolfe, The Cultural and Social Incorporat
ion of Sociological Knowledge en The American Sociologist, 1995, 26, 3 p.15 ss.
(25) Op.cit. p. 16.
(26) Singer, Surveys in the Mass Media en Herbert J. O’Gorman Surveying Social Life, Wesleyan Univ.
Press, 1988, p.413.
(27) Op.cit. p. 35-36.

(28) J. Seeley, Some Probative Problems, en M. Stein y A. Vidich (edits.)
Sociology on Trial, Prentice Hall Inc., Englewood Cliffs, New Jersey, 1963, p. 60
(29) E. Lamo de Espinosa, La sociedad reflexiva. Sujeto y objeto del co­nocimiento socioló­gi­co, Centro de Investiga­cio­nes Sociológicas, Ma­drid, ­1990, re-editado en 2001.

(30) E. Durkheim, Les règles de la méthode sociologique, Presses Universitaires de France, Paris, 1968, p.xii.
(31) R. Flacks, Notes on the 'Crisis of Sociology’ , Social Policy, 6 (1972
10

 

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