Ciencias Sociales
Diccionario de términos de historia y de filosofía de la ciencia

Alberto Carrasco Rodríguez
acr1@alu.ua.es

Ernesto Tomás Tenza
ett@alu.ua.es

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Fuente HIMC

A

AD HOC.  (Loc. latina); adv. de modo.
1. [Uso formal] Para el fin que se menciona: deseaban construir los templos más grandes de toda Asia, y, ad hoc, reclutaron a miles de esclavos.
2. (adj. invariable) [Uso formal] Aplícase a lo que se dice o hace sólo para un fin determinado: muchas teorías lingüísticas proponen razonamientos ad hoc que sirven para demostrar lo que ellas mismas afirman.

A POSTERIORI.  (De a y posteriori); loc. adverbial latina.
1. Después de algo: primero examinaremos el asunto, y a posteriori podremos hablar con conocimiento de causa.
2. (adj.) [Filosofía] Dicho del conocimiento, que proviene o depende de la experiencia: la cultura es un conocimiento a posteriori
3. (adj.) [Filosofía] Dicho del razonamiento, que asciende del efecto a la causa o de las propiedades de un ente a su esencia: Descartes reforzó su teoría ontológica con infinidad de demostraciones a posteriori

Sinónimos
Después, posteriormente, seguidamente, luego, detrás, inmediatamente, a continuación, empírico, razonado.

Antónimos
Antes, delante, anteriormente, primeramente, supuesto.

[Filosofía] A posteriori
 
La expresión latina a posteriori, que puede traducirse por "lo que viene después", se aplica a todo aquello que puede ser conocido a través de la experiencia, y cuya verificación depende por lo tanto, en último extremo, de nuestros recursos perceptivos y sensitivos.
 
La corriente filosófica que desde el punto de vista de la epistemología ha defendido por encima de todo la validez del conocimiento a posteriori ha sido el empirismo, doctrina que sostiene que tanto el origen como la validez de nuestro conocimiento depende exclusivamente de la experiencia, y que niega la legitimidad de cualquier idea cuyo origen no tenga un correlato previo en la misma y se justifique en ella. Por esto, la expresión que nos ocupa se ha convertido con el tiempo en sinónimo de "empírico", y se ha usado como opuesta a "a priori", que se aplica precisamente a todo tipo de conocimiento que se supone independiente de la experiencia.
 
Desde el punto de vista de la lógica, se habla de razonamientos o demostraciones a posteriori, en oposición a los razonamientos o demostraciones a priori, para hacer referencia a aquellos argumentos que se desarrollan desde la constatación de los efectos de algo hasta la demostración de su causa. Por ejemplo, las cinco vías de demostración de la existencia de Dios utilizadas por Tomás de Aquino son casos emblemáticos de este tipo de argumentación, ya que parten de la constatación de ciertos acontecimientos que suceden en el mundo y en la experiencia, para llegar a Dios como causa de los mismos. Las demostraciones a priori, por el contrario, son las que partiendo de la causa, demuestran los efectos de la misma.

A PRIORI. Es una frase latina que significa "de lo que viene antes" y que contrasta con a posteriori, "de lo que viene después". Estos términos fueron introducidos en el último período escolástico para traducir dos frases técnicas de la teoría del conocimiento de Aristóteles. El filósofo distinguía lo que es anterior en el orden de la naturaleza de lo que es anterior en el orden del descubrimiento o conocido antes por nosotros. Un argumento a priori sería aquel que procede de las causas (lo anterior en el orden de la naturaleza) a los efectos observados (lo conocido por nosotros), mientras que un argumento a posteriori discurriría de los efectos conocidos a las causas, generalmente desconocidas.
A partir del siglo XVII, con Descartes y Leibniz, a priori vino a significar universal, necesario y completamente independiente de la experiencia. El término a posteriori cayó en desuso, y actualmente la expresión a priori suele ser contrastada con "empírico".
Desde el punto de vista de la lógica moderna, se habla de argumentos y de proposiciones a priori. Un argumento a priori es aquel en el que la conclusión se sigue de las premisas deductivamente. Si las premisas son verdaderas y el argumento es válido, no se necesita experiencia alguna para confirmar la conclusión y ninguna experiencia podría refutarla.
Una proposición a priori es aquella que es independiente de la experiencia, excepto en la medida en que es necesaria la experiencia para entender sus términos.
La tradición filosófica occidental ha considerado a lo largo de su historia una serie de ideas a priori, de gran importancia, cuyo origen es difícil de explicar del modo en que lo hacen los empiristas, para quienes las ideas se derivan de la experiencia. Entre aquéllas están las ideas de sustancia, causa, existencia, igualdad, semejanza y diferencia, sin las cuales no podríamos tener ninguna experiencia.

AXIOMA. (Del lat. axioma, y éste del gr. axiwma 'lo que parece o se estima como justo'); sust. m.
1. Proposición aceptada sin necesidad de demostración dada su evidencia: "Los axiomas geométricos no son, pues, ni juicios sintéticos a priori ni hechos experimentales." (Poincaré)

Sinónimos
Principio, verdad, adagio, sentencia, apotegma, aforismo.

Antónimos
Mentira.

[Filosofía] Axioma.

El término "axioma" es una palabra griega que tiene como uno de sus significados originarios el de dignidad. Por derivación, "axioma" viene a significar "lo que es digno de ser estimado, creído o valorado", y en su acepción lógica es el principio que por el lugar decisivo que ocupa en un conjunto de proposiciones debe ser tenido como verdadero.

Tradicionalmente los axiomas se han diferenciado de otro tipo de proposiciones como los teoremas y los postulados. Mientras que los axiomas se han considerado indemostrables y evidentes por sí mismos, los teoremas son proposiciones que podían ser demostradas, ya que no eran evidentes, y los postulados proposiciones que ni podían ser demostradas ni eran evidentes por sí mismas. En este sentido, Aristóteles consideraba a los axiomas como los principios evidentes e indemostrables que constituían el fundamento de toda ciencia.

Ha habido en la historia dos orientaciones distintas en la concepción de los axiomas. Una, la aristotélica, ha destacado la intuitividad y autoevidencia de los axiomas, mientras que la otra, la formalista contemporánea, ha descartado su formalidad y ha evitado dar a ningún axioma el predicado "es verdadero".

Una de las aportaciones principales a la historia de la lógica del Organon de Aristóteles es el método axiomático. El problema del método axiomático surge para Aristóteles del análisis de la estructura de la demostración, la cual consta de tres partes fundamentales: lo que hay que demostrar (o sea la conclusión), los axiomas (es decir las premisas verdaderas por sí de que se parte) y un género cuyas propiedades son objeto de demostración. Que toda demostración tenga que partir de axiomas es probado por Aristóteles mediante el argumento que dice que toda demostración tiene que partir de premisas que no puedan ser, a su vez, objeto de demostración dentro del mismo sistema, y que cualquier definición debe retrotraerse a unos pocos términos tomados como primitivos y no definibles, por su parte, dentro del sistema: "Nosotros sostenemos, sin embargo, que no toda ciencia es demostrativa, sino que la de lo inmediato no se constituye por demostración. (Es evidente que debe ser así, pues si los antecedentes a partir de los cuales se establece la demostración han de ser conocidos y si el proceso demostrativo ha de terminar en proposiciones inmediatas, es necesario que éstas sean indemostrables). Es evidente también que no es posible en absoluto demostrar mediante un proceso circular, puesto que la demostración parte de premisas previas y más conocidas que la conclusión y puesto que una misma cosa no puede ser a la vez antecedente y consiguiente bajo el mismo respecto, si bien puede ser previa para nosotros mientras es posterior en sí misma, como ocurre cuando se conoce por inducción... A quienes afirman que es posible establecer demostraciones de carácter circular, se puede objetar no sólo cuanto se ha dicho más arriba sino también que se limitan a decir que, si algo es, entonces es..." (Segundos analíticos, A, III, 72b).  En este texto, junto a una consideración de carácter gnoseológico consistente en el reconocimiento de que las premisas inmediatas, o sea los axiomas, deben ser conocidos por sí, es decir evidentes, hay una puntualización de carácter claramente logico-metódológico, según la cual no puede haber demostraciones con un retroceso hacia el infinito ni con un proceso circular, de manera que todo sistema deductivo debe partir de axiomas.

Aristóteles aplicó ese método a la lógica misma admitiendo que también en la lógica es posible adoptar ciertas estructuras consideradas como primitivas y, luego, "extraer" otras de ellas mediante determinados "procedimientos" o "reglas de transformación", que no tienen el carácter de estructuras sino más bien el de operaciones verificables sobre estructuras. Aristóteles empieza mostrando que la silogística (véase silogismo) puede ser construida a partir de los cuatro silogismos de la llamada "primera figura", a los que son reductibles los otros mediante las oportunas transformaciones. En este caso los cuatro silogismos se constituyen en verdaderos y propios axiomas de la teoría silogística aristotélica. Muestra, a continuación, que la construcción de esa misma teoría puede verificarse también partiendo de los primeros dos silogismos de la primera figura y, luego, llega incluso a mostrar que pueden tomarse como primitivos silogismos de una figura cualquiera para obtener de ellos los demás (sin excluir los de dicha primera figura), estableciendo de este modo no ya uno solo sino hasta tres tipos distintos de axiomatización de su silogística. Las "reglas de transformación" o "procedimientos" que, a partir de determinados silogismos primitivos, permiten obtener todos los demás, no son siempre explicitadas por Aristóteles con la claridad, pero sea como sea y por citar sólo algunas, recordemos el procedimiento conocido como «conversión» simple de las proposiciones y el de «reducción al absurdo» que, junto con otros tal vez presentados por Aristóteles sólo de manera implícita, permiten precisamente "transformar" de manera prácticamente mecánica una forma de silogismo en otra.

El método axiomático, esbozado y aplicado en el propio Organon aristotélico, ha sido objeto de una visión nueva dentro de una perspectiva muy distinta de la tradicional. Para Aristóteles, la teoría del método axiomático expresaba dos exigencias distintas. Por una parte, se proponía tal método como el más adecuado para elevar un determinado conjunto de proposiciones al rango de ciencia, al hacerlas descender de proposiciones primitivas especialmente seguras y ciertas en cuanto conocidas sin necesidad de demostración. Por otra, ese método era considerado como el más apto para caracterizar la estructura formal de una teoría deductiva. Puesto que, para Aristóteles, no toda deducción era también una demostración, se establecían las características que debían poseer los axiomas: la demostración es una deducción que parte de premisas verdaderas, necesarias y más conocidas que la conclusión, con lo cual puede estarse igualmente seguro de la verdad de las conclusiones. Además, el silogismo científico sólo podía ser tal si sus premisas tenían certeza y verdad. La verdad de las premisas quedaba asegurada por demostraciones previas pero, tarde o temprano, habría que acogerse a algo que fuera "conocido de por sí" sin necesidad de ulterior demostración y aun sin que fuera posible demostrarlo a menos de incurrir en riesgo de absurdo. Estas premisas inmediatas, verdaderas por sí mismas, más conocidas que cualquier otra proposición, eran los axiomas cuando tenían validez general, y los "postulados" cuando su validez no era general, sino limitada al ámbito de una ciencia determinada.

Pero desde otra perspectiva, los axiomas eran simplemente los puntos de partida de la demostración, que deben ser admitidos para evitar un recurso al infinito o un procedimiento circular, que eliminarían la posibilidad misma de toda demostración. El segundo punto de vista dice que debe haber axiomas en cualquier sistema deductivo, mientras el primero trata de especificar cuáles o cómo deben ser.  Desde el segundo punto de vista los axiomas son un simple "comienzo" de la deducción, mientras que desde el primero son verdaderos "principios" de la misma, es decir, no sólo su punto de partida, sino también el "fundamento" de la demostración.

Estos dos puntos de vista permanecieron siempre unidos en la historia de la lógica hasta la aparición de la lógica simbólica (véase lógica matemática). El nacimiento de ésta destacó cada vez más el punto de vista formal y los dos puntos de vista resultaron cada vez más diferenciados. El descubrimiento de las geometrías no euclídeas comenzó a hacer pasar a segundo plano este requisito. El desarrollo del álgebra abstracta y de la lógica simbólica intensificaron luego este proceso, de manera que hacia finales del siglo XIX los tiempos estaban maduros para el paso definitivo, provocado principalmente por la crisis de las paradojas, que debía consistir en abandonar del todo el requisito de la evidencia de los axiomas.

Este modo de concebir los axiomas planteaba tres problemas novedosos: la consistencia, la completitud y la independencia de los axiomas. Mientras los axiomas fueron considerados como evidentes de acuerdo con la naturaleza de la lógica no se podían dar contradicciones. Pero, en cambio, cuando los axiomas eran concebidos como fórmulas ni verdaderas ni falsas, no podía excluirse que deduciendo correctamente desde ellos se llegara a alguna contradicción. ¿Cómo asegurar la no contradictoriedad, consistencia, del sistema axiomático? Además, mientras los axiomas y los postulados eran considerados como los principios de una ciencia determinada, era natural pensar que, escogidos con exactitud, permitirían demostrar todas las proposiciones verdaderas de aquella ciencia. En cambio, con las nuevas perspectivas, ¿cómo asegurarse de que los axiomas elegidos para el cálculo eran capaces de demostrar o de refutar todas las proposiciones del mismo? Finalmente, al no poderse ya decir que los axiomas expresan ciertas nociones o verifican ciertas afirmaciones, ¿cómo asegurarse de que son independientes, o sea de que ninguno de ellos es deducible a partir de los otros axiomas de la teoría?

Estos problemas empezaron a ser estudiados de manera sistemática por David Hilbert en 1899, en su obra Grundlagen der Geonietiie (Fundamentos de la geometría). La manera en que Hilbert trató de conseguir la consistencia y la independencia de los axiomas de su geometría fue la de buscar un modelo de esos mismos axiomas en la teoría ya constituida y consistente de la aritmética, considerándose entonces autorizado a decir que, si esos axiomas fueran capaces de permitir la deducción de una contradicción, también la aritmética debería considerarse como contradictoria. Pero esta prueba de consistencia era relativa, ya que sólo que se habría podido considerar como definitiva si la teoría en que se establecía el modelo se hubiera podido manifestar como consistente de manera directa y absoluta. Además, el descubrimiento de las paradojas ensombreció todas las ramas de la matemática e hizo necesaria una prueba absoluta de consistencia. Hilbert proyectó en 1922-23 resolver el problema de los fundamentos por medio de la prueba absoluta de consistencia de un sistema axiomático.

El programa hilbertiano pretendió que todo el campo de la matemática clásica pudiera ser formalizable en tres sistemas axiomáticos fundamentales: la aritmética, el análisis y la teoría de conjuntos. Las investigaciones verificadas hacia finales del siglo XIX permitían considerar plausible que, una vez probada de manera directa la consistencia de uno de esos sectores, se la pudiera extender también a los restantes. Además, se consideraba que la demostración de la consistencia de la aritmética, como el más sencillo de los sistemas axiomáticos, pudiera lograrse de un modo absoluto y extenderse luego al análisis y a la teoría de los conjuntos. Este proyecto ocupó diez años de la escuela formalista hilbertiana, hasta que se descubrió que era irrealizable con los métodos que Hilbert había previsto, por lo que los resultados de estas investigaciones fueron muy distintos de los que Hilbert había esperado. En 1931 Kurt Gödel demostraría que la prueba de la consistencia de la aritmética no podía obtenerse por medio de los instrumentos pertenecientes al mismo sistema formal que servía para expresar la aritmética. 

B  

C  

CAUSALIDAD. (De causal); sust. f.
1. Causa, origen o fundamento de una cosa: no te preguntes por la causalidad de todas las cosas, porque algunas, simplemente, no la tienen.
2. [Filosofía] Ley que relaciona la causa y el efecto: la causalidad es la clave de uno de los argumentos tomistas para demostrar la existencia de Dios.

Sinónimos
Causa, origen, fundamento, principio, ley, necesidad, relación, conexión.

CIENCIA. u (Del latín scientia, 'conocimiento'); sust. f.
1. Conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas: las leyes de la ciencia han de cumplirse por definición.
2. Cuerpo de doctrina metódicamente formado y ordenado, que constituye un ramo particular del saber humano: muchas ramas del saber humano pretenden ser ciencias, aunque no cumplan los requisitos para serlo.
3. [Uso figurado] Saber o erudición: había adquirido toda la ciencia que tenía a lo largo de muchos años de estudio y trabajo.
4. [Uso figurado] Habilidad, conjunto de conocimientos en cualquier cosa: tiene mucha ciencia  como vendedor y siempre consigue colocar cualquier cosa a un cliente.
5. (sust. f. plural) Conjunto del conocimiento referido a las ciencias exactas, fisicoquímicas y naturales: le costó mucho decidir si su carrera debía ser de ciencias o de letras.

COGNOSCIBLE. {adj.} Conocible.

CONJETURA. Juicio probable que se forma de una cosa o acaecimiento por las señales o indicios que de él se tienen o que se observan.

COSMOVISIÓN.  {f.} Manera de ver e interpretar el mundo.

D  

DEDUCCIÓN. (Del lat. deductio, -onis); sust. f.
1. Acción y efecto de deducir: una vez realizadas las deducciones correspondientes, debe abonar una cantidad de casi cien mil pesetas.
2. Derivación, acción de separar o sacar una cosa de otra: me consta, por deducción a partir de lo que ha dicho, que está mintiendo con respecto a algunos puntos.
3. [Filosofía] Relación de derivación que en un razonamiento lógico vincula la conclusión con las premisas: una de las principales reglas de deducción de la lógica formal es la denominada "modus ponens".
4. [Música] Serie de notas que ascienden o descienden diatónicamente o de tono en tono sucesivos: en esta parte de la melodía, los finos de oído apreciarán una bella deducción

Sinónimos
Derivación, consecuencia, ilación, secuela, inferencia, suposición, consiguiente, conclusión, razonamiento, descuento, disminución, rebaja, separación, sustracción, resta, reducción.

Antónimos
Inducción, causa, aumento, inclusión.

[Filosofía] Deducción
Es uno de los términos técnicos de la Lógica. Se usa para denotar argumentos que son tales que si sus premisas son verdaderas la conclusión también ha de ser, por necesidad lógica, verdadera. Un argumento deductivo se distingue así de un argumento inductivo en que, por muy convincente que éste pueda ser, las premisas podrían ser concebiblemente verdaderas y la conclusión falsa. En este uso de las palabras, las famosas deducciones de Sherlock Holmes y de cualquier otro lenguaje no técnico han de ser consideradas inducciones. En el uso de los lógicos, los argumentos de la matemática son los ejemplos más notables de argumentos deductivos extensos.
El primer análisis exhaustivo de este concepto y la primera clasificación de las distintas formas de razonamiento deductivo se deben a Aristóteles, quien identifica la deducción con el silogismo y la define como razonamiento que procede de lo universal a lo particular; en este sentido, la deducción se opone a la inducción, que parte de los hechos particulares para llegar a la determinación de los principios generales.
El concepto aristotélico de deducción así esbozado recorre toda la filosofía medieval, desde donde se transmite al pensamiento moderno. Es a partir de J. Locke cuando se pone en crisis la relación tradicional entre lógica y ontología, de forma que la deducción se configura más bien como una inferencia a partir de ideas o contenidos mentales. J. S. Mill radicaliza esta postura al definir la deducción como una mera aplicación de reglas generales a casos particulares; pero como las reglas generales se obtienen a su vez por vía inductiva, las proposiciones universales, que según Aristóteles reflejaban la esencia o substancia de las cosas, acaban por ser desterradas de la lógica. Ch. S. Peirce ha tratado de revalorizar, en términos modernos y en directa polémica con el planteamiento de Mill, la distinción aristotélica entre deducción, abducción e inducción: distingue entre inferencia analítica (deducción) y sintética (inducción). La deducción es una regla que, aplicada a un caso, da lugar a un resultado necesario; por ejemplo:
- Regla: todas las bolas que contiene este saco son rojas.
- Caso: esta bola proviene de este saco.
- Resultado: esta bola es roja.
En lógica contemporánea la deducción tiene carácter formal, es decir, prescinde del contenido de las proposiciones sobre las que trata y considera exclusivamente su estructura lógica. Desde un punto de vista técnico, el término "deducción" hace referencia entonces al aspecto sintáctico de la inferencia (o sea, al conjunto ordenado de fórmulas, la última de las cuales es la conclusión, obtenidas por aplicación de las reglas de un sistema formal), y prescinde del aspecto semántico (contenido significativo de las proposiciones). Este hecho no implica ninguna limitación, ya que se puede demostrar que para los sistemas formales usuales esta noción concuerda con la de consecuencia lógica, relación entre proposiciones que subsiste cuando la conclusión es válida en cualquier ámbito del discurso en el que valgan las premisas.

DEISMO. (Del lat. Deus, Dei, 'Dios'); sust. m.
1. Doctrina que reconoce un Dios como autor de la naturaleza, pero sin admitir que exista revelación o que se le deba un culto externo: el deísmo tuvo su origen en Inglaterra, desde donde se expandió hacia Francia y Alemania.

Antónimos
Ateísmo.

[Filosofía] Deísmo
 
La tesis fundamental de la doctrina deísta afirma que sólo debe pensarse a Dios con los atributos que nos enseña la razón natural, lo que lleva a prescindir de cualquier revelación y a rechazar de las religiones todo aquello que no esté de acuerdo con la pura razón. Cualquier religión positiva o histórica (particular) ha de ser despojada de los inevitables errores y absurdos que contiene mediante su confrontación con la religión natural o racional (universal). Los argumentos racionales que el deísmo admite son principalmente aquellos que conducen a Dios como Primera Gran Causa o como Ordenador inteligente del universo.
 
El ensayo de Locke, El cristianismo racional, de 1695, ha sido considerado tradicionalmente como el antecedente más próximo del deísmo; en él, el filósofo distingue la doctrina simple y razonable que se extrae de los evangelios del conjunto de absurdos doctrinarios que resultó de los sucesivos concilios, y que se convirtió en la doctrina cristiana oficial. Con posterioridad, autores como J. Toland, M. Tindal y A. Collins empezaron a criticar las mismas Escrituras, o al menos todo aquello que en ellas no concordaba con la razón o con el principio de uniformidad de la naturaleza, principalmente los milagros. Concretamente, Collins llevó a cabo un estricto análisis filológico de los textos sagrados que le hizo sostener que éstos debían ser considerados como expresiones alegóricas, puesto que tomados al pie de la letra no constituían más que una sarta de incongruencias. En esta línea, T. Woolston lleva la crítica hasta el sarcasmo al afirmar que, de leerse el Evangelio en sentido literal, la figura de Jesús acabaría siendo la de un vulgar timador.
 
Hume, en sus obras Historia natural de la religión (1755) y Diálogos sobre la religión natural (1779), sostiene la imposibilidad de demostrar racionalmente la existencia de Dios, si bien admite que el fenómeno religioso es inevitable por tener su origen en el temor intrínseco y originario de todos los hombres ante la vida.
 
Tal vez fue en Francia donde el deísmo alcanzó sus formas más radicales, sobre todo entre los pensadores de la Ilustración, con Voltaire a la cabeza. En Alemania, H. S. Reimarus, con su Ensayo sobre las principales verdades de la religión natural (1754), puede ser considerado como el deísta más radical, mientras que C. Wolff y M. Mendelssohn se cuentan entre los moderados. Reminiscencias del deísmo del siglo XVIII se encuentran en Kant (La religión dentro de los límites de la simple razón, 1793) y en Fichte (Ensayo de una crítica de toda revelación, 1792).
 
La importancia del deísmo en la historia de las ideas se debe en gran parte al importante papel que tuvo como arma en contra de la ortodoxia católica, lo que provocó que el obispo Butler escribiera La Analogía de la religión natural y revelada; en esta obra, el autor intenta demostrar que las doctrinas de la religión revelada y el curso de la naturaleza son lo suficientemente semejantes como para inferir que el autor de ambas es el mismo. En particular, no existen dificultades intelectuales para aceptar una teología de la revelación que no plantee al creyente una teología puramente natural y racional. A lo que los argumentos de Butler apuntan es al hecho de que el deísmo, en sus puntos más vulnerables, no es más fuerte que la religión revelada. Además, el deísmo es por completo una religión del intelecto. La cuestión de si Dios existe es para él una cuestión del mismo orden que la de si los átomos existen. El deísmo, aún cuando fuera verdadero, tendría, por tanto, bastante poco del tipo de interés que poseen la mayor parte de las doctrinas religiosas.

DETERMINISMO. (De determinar); sust. m.
1. [Filosofía] Sistema filosófico según el cual todo lo que hay y sucede está condicionado y establecido de antemano, bien sea por leyes naturales, bien por la voluntad divina: hay quien opina que la ciencia no sería posible si no se aceptara cierto grado de determinismo en el mundo.

Sinónimos
Fatalismo, predestinación, determinación, causalidad.

Antónimos
Indeterminación, azar, caos.

[Filosofía] Determinismo
 
La tesis del determinismo viene a decir que cualquier evento es una instancia de alguna ley de la naturaleza. Es frecuente enunciar esta tesis con las máximas "todo evento tiene una causa", o "la naturaleza es uniforme", en las que se resume la idea de que todo está regido por una serie de leyes invariables que operan en el universo desde su principio. La doctrina determinista es equiparable por lo tanto a todas aquellas otras que postulan la existencia de un destino ineluctable, o a las que defienden la predestinación, si bien éstas conciernen principalmente a lo que toca a las acciones humanas, mientras que el determinismo estricto refiere al condicionamiento de todos los fenómenos del universo, por lo que incluye a las primeras y las supera.
 
La noción de determinismo se asocia casi siempre con la noción de causalidad; esta última puede entenderse en dos sentidos: como "causalismo" o como "finalismo" o teleología. El primero de ellos hace referencia a la causa eficiente, y así el determinismo causalista vendría a decir que todo en el universo tiene una causa que lo origina; el segundo hace mayor hincapié en las llamadas "causas finales", por lo que el determinismo finalista afirmaría que todo en el universo está orientado hacia determinado fin y tiene su razón de ser en dicho fin o finalidad hacia la que tiende. A lo largo de la historia de la filosofía se ha hablado con más frecuencia de determinismo en relación con las causas eficientes.
 
También se han asociado las doctrinas deterministas modernas con las concepciones mecanicistas del universo, hasta el punto de que en muchas ocasiones se han identificado ambos puntos de vista. Esto se debe a que la tesis determinista se aplica a la realidad con mayor facilidad si ésta se concibe mecánicamente.
 
De cualquier forma, la doctrina determinista no es susceptible de prueba, como tampoco lo es de refutación; por ello ha sido habitualmente considerada como hipótesis, ya sea metafísica o científica; en este último caso se ve como principio metodológico que puede o no ser usado en la investigación. La imposibilidad de probar la tesis se debe, según algunos autores, al carácter finito de la mente humana; en este sentido, es famosa la formulación del determinismo enunciada por Laplace en 1820: "Una inteligencia que conociera en un momento dado todas las fuerzas que actúan en la Naturaleza y la situación de los seres de que se compone, que fuera suficientemente vasta para someter estos datos al análisis matemático, podría expresar en una sola fórmula los movimientos de los mayores astros y de los menores átomos. Nada sería incierto para ella, y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante su mirada." Así, Bergson afirmó que la tesis determinista sería posible únicamente bajo una completa racionalización de lo real, según la cual la realidad se considera como algo completamente dado desde el principio.
 
El problema del determinismo se relaciona con muchos otros que han sido constantes en la historia de la filosofía; uno de ellos es el problema de la justificación de la inducción, también llamado "del vacío inferencial", señalado por Hume. El principio de inducción es fundamental en el desarrollo de la ciencia y en la elaboración de teorías y leyes científicas, y dicho principio presupone la tesis del determinismo, ya que la validez universal de las leyes científicas sólo es posible si se acepta que la naturaleza obra uniformemente. Si el determinismo no es probable, entonces hay que admitir que la ciencia descansa sobre presupuestos no probables. Esta parece ser una de las razones por las que la hipótesis determinista se ha ido abandonando progresivamente para ser utilizada simplemente como principio metodológico, tal y como se señaló más arriba.
 
Otra cuestión importante es la relación del problema del determinismo con el del libre albedrío, la libertad, o la libre determinación de la voluntad. En principio, ambas hipótesis parecen claramente incompatibles, puesto que si todo está determinado, nuestra aparente libertad de actuación y elección es algo ilusorio. Sin embargo, algunos filósofos han intentado compatibilizar ambos principios; así, por ejemplo, Kant, quien afirmaba el determinismo en relación con el mundo de los fenómenos, pero no en relación con el mundo nouménico, en el que sí cabe la libertad.
 
Se puede pensar que el principio de incertidumbre o de indeterminación de Heisenberg proporciona una solución al problema de la libertad de la voluntad; de hecho, las mayores críticas a las tesis deterministas en la época contemporánea se han hecho desde posiciones estrictamente científicas que apelan a la teoría cuántica y al mencionado principio para acabar de una vez por todas con la ilusión predictiva que el determinismo predica. El principio de Heisenberg afirma que es imposible conocer simultáneamente la posición y velocidad de determinada partícula que forma parte de un sistema, lo que constituye una negación de la posibilidad de que se cumplan las condiciones iniciales y necesarias de la hipótesis determinista. De cualquier forma, parece bastante difícil basar la libertad y responsabilidad humanas en esta imposibilidad de determinación de las partículas elementales.

DIACRONÍA. {f.} Desarrollo o sucesión de hechos a través del tiempo.

DOGMA.  (Del lat. dogma, y éste del gr. dÕgma 'opinión, creencia'); sust. m.
1. Principio o verdad innegable de una ciencia o doctrina: esa hipótesis está en contra de los dogmas fundamentales de la física cuántica. [Por extensión] Conjunto de estos principios o verdades: desde pequeño le enseñaron a no apartarse del dogma moral.
2. En religión, doctrina de Dios revelada por Jesucristo a los hombres y testificada como verdadera por la Iglesia: la incorporación del dogma de la Trinidad a la Iglesia católica suscitó numerosas polémicas.
3. [Por extensión] Conocimiento que se considera cierto de un modo absoluto: la ley del fútbol es uno de los dogmas tácitamente aceptados entre los entrenadores.

Sinónimos
Principio, doctrina, verdad, fundamento, axioma, raíz, creencia, teología, revelación, misterio, credo, símbolo, superstición.

Antónimos
Mentira, hipótesis, duda.

[Religión] Dogma

En el ámbito de las confesiones religiosas, el término dogma se reserva hoy día para designar aquellas proposiciones que se presentan como inalterables en su contenido esencial y se imponen como verdades absolutas de forma autoritaria y definitiva a los propios fieles, no sólo para su consideración, sino para dar su asentimiento de fe. En el catolicismo, el proceso de dogmatización de una proposición doctrinal, de una enseñanza religiosa, supone dos requisitos ineludibles: en primer lugar, que tal proposición derive de la revelación, es decir, esté atestiguada de una forma suficientemente clara en la Sagrada Escritura y en la tradición eclesiástica; en segundo lugar, que sea proclamada como dogma por la autoridad máxima de la Iglesia, que ostenta el Sumo Pontífice, solo y con el episcopado.

Durante muchos siglos los dogmas se han establecido en los concilios "ecuménicos", denominados también "generales". En la actualidad, fuera de que no parece tiempo de dogmatizaciones, por innecesarias, la posible declaración como dogma de una proposición religiosa dentro del catolicismo se deja en manos del Sumo Pontífice, quien puede proceder a ella motu proprio o, como parece más correcto y conforme a la tradición, previa consulta al episcopado y a los especialistas en teología. En 1854, el papa Pío IX, en su bula "Ineffabilis Deus", proclamó como verdad dogmática la Inmaculada Concepción de la Virgen María, después de nombrar un equipo de teólogos que estudió el tema y presentó sus conclusiones y después de recabar el voto de los obispos. El mismo Pío IX definió el dogma de la infalibilidad del Papa en el concilio ecuménico Vaticano I (constitución "Pastor æternus", de 1870), suscitando una gran controversia entre los propios padres conciliares, dado que no estaba previsto llegar a ese extremo con anterioridad al concilio, sino que la idea surgió durante su celebración, y el tema era muy espinoso; por ello, algunos conciliares abandonaron el concilio antes de tener que subscribir el decreto definitorio. La definición como dogma de la infalibilidad del Papa dio lugar a un pequeño cisma en la Iglesia católica, el de los viejos católicos. En 1950, el papa Pío XII, en la constitución "Munificentissimus Deus", definió el dogma de la Asunción de María, que se venía proponiendo desde tiempo atrás. Es de destacar a este respecto la petición hecha en ese sentido por la reina Isabell II de España el 27 de diciembre de 1863. El último concilio ecuménico, el Vaticano II, aunque no se preocupó de dogmatizar, aprobó varias constituciones de carácter teórico para ser aceptadas, y obedecidas, por los creyentes como doctrina a seguir. De los dogmas formulados y proclamados a lo largo del tiempo por la Iglesia, la mayoría lo han sido seguidos de fuertes y, a veces, enconadas controversias doctrinales. Los dogmas anteriores al cisma con Oriente son verdades religiosas compartidas por las iglesias ortodoxa y católica.

Es preciso matizar la inalterabilidad de las proposiciones definidas como dogmas. Ciertamente, no se las puede despojar de su fondo, de su núcleo de verdad de fe para siempre, pero no se puede menos de aceptar que se basan en nociones y conceptos relativos, propios de la filosofía, del modo de entender de cada momento, lo que obliga a replantearse su formulación y estudiar hasta qué punto tienen sentido y hasta qué punto se pueden y se deben reentender, o mover de nuevo la discusión teológica sobre las mismas. En todo caso, debe quedar claro que los dogmas son objeto de la fe y no se les puede someter a los criterios de la discusión científica, al modo que se establece para las ciencias profanas. Los límites de la razón humana derivan de la naturaleza sobrenatural y misteriosa de las verdades reveladas, objeto del dogma. De ahí el rechazo de la Iglesia al racionalismo, es decir al intento de racionalizar en exceso los datos revelados. 

E  

EMPIRISMO. (De empírico); sust. m.
1. Sistema filosófico según el cual todos los conocimientos del hombre provienen de la experiencia: David Hume fue el representante más radical del empirismo del siglo XVIII, aunque todavía actualmente existen quienes defienden a ultranza esta doctrina filosófica.

Sinónimos
Experiencia, práctica, pragmatismo, positivismo.

Antónimos
Racionalismo, idealismo.

[Filosofía] Empirismo

El término viene del griego empeiria, que significa 'experiencia'. En filosofía esta palabra se refiere a una teoría que afirma que todo el conocimiento se deriva de la experiencia. W. James llamó empirismo radical a esta teoría. El empirismo ha sido desarrollado principalmente por filósofos ingleses como Locke, Berkeley, Hume, Mill, etc.

Los principios generales de la teoría empirista son opuestos primariamente a los del racionalismo. Hay dos cuestiones centrales en pugna entre racionalistas y empiristas: una se refiere a los conceptos a priori, ideas que no se derivan de la experiencia; y otra se refiere a las proposiciones a priori, verdades necesarias. Sin embargo, para los empiristas (que piensan que no tenemos ningún medio de adquirir conocimientos, excepto mediante la observación de lo que ocurre realmente) las verdades necesarias son verdaderas por definición o analíticas. Es característica del empirismo negar que la razón pueda asegurarnos la verdad de un enunciado genuinamente sintético, y por tanto, que cualquier proposición pueda ser a la vez a priori y sintética. Las soluciones que ofrecen los empiristas a los problemas filosóficos particulares son esencialmente aplicaciones de los principios generales descritos.

El empirismo es primariamente una teoría del conocimiento, pero su influencia también ha sido considerable en el campo de la Ética. Los conceptos morales -como lo correcto, la obligación, el deber...- si son conceptos genuinos y si el empirismo es correcto deben ser derivables de la experiencia, como cualquiera otros. Las ideas morales se derivan de nuestra experiencia interior. Es cierto que no observamos la incorrección de una acción, sino que la sentimos y es este sentimiento lo que ponemos en palabras cuando decimos que una acción es incorrecta.

El establecimiento del empirismo puramente como una tesis sobre la estructura lógica del conocimiento ha sido un estímulo importante para el desarrollo de la lógica matemática. También ha llevado a la concepción de la filosofía como análisis de conceptos y proposiciones, y por consiguiente, a una hostilidad creciente hacia la filosofía especulativa y en particular hacia la metafísica; en su expresión más extrema está el positivismo logico, llamado también empirismo lógico, mantenido sobre todo por el grupo de filósofos conocido como el "Círculo de Viena". (Véase el apartado "El positivismo lógico o neopositivismo" en Positivismo). No obstante, un empirismo más moderado de este tipo es lo que caracteriza al movimiento filosófico contemporáneo, conocido en ocasiones como análisis lingüístico o filosofía analítica.

EPISTEMOLOGÍA. (Del gr. episthmh, 'conocimiento' y -logía); sust. f.
1. Disciplina que estudia los fundamentos y métodos del conocimiento humano: la Investigación sobre el conocimiento humano, de David Hume, es uno de los más importantes tratados de epistemología que han visto la luz a lo largo de la historia.

Sinónimos
Gnoseología, teoría del conocimiento.

[Filosofía] Epistemología

La palabra "epistemología", que literalmente significa teoría del conocimiento o de la ciencia, es de reciente creación, ya que el objeto al que ella se refiere es también de reciente aparición. No obstante, la etimología del término "epistemología" es de origen griego. En Grecia, el tipo de conocimiento llamado episteme se oponía al conocimiento denominado doxa. La doxa era el conocimiento vulgar u ordinario del hombre, no sometido a una rigurosa reflexión critica. La episteme era el conocimiento reflexivo elaborado con rigor. De ahí que el término "epistemología" se haya utilizado con frecuencia como equivalente a "ciencia o teoría del conocimiento científico". Los autores escolásticos distinguieron la llamada por ellos "gnoseología", o estudio del conocimiento y del pensamiento en general, de la epistemología o teoría del modo concreto de conocimiento llamado científico. Hoy en día, sin embargo, el término "epistemología" ha ido ampliando su significado y se utiliza como sinónimo de "teoría del conocimiento". Así, las teorías del conocimiento específicas son también epistemología; por ejemplo, la epistemología científica general, epistemología de las ciencias físicas o de las ciencias psicológicas.

Un ejemplo concreto de la diversidad teórica existente en la idea de epistemología en la actualidad lo constituyen las concepciones de Popper y Piaget. Para Popper el estatuto de la epistemología viene definido por tres notas: por el interés acerca de la validez del conocimiento (el estudio de la forma cómo el sujeto adquiere dicho conocimiento es irrelevante para su validez); por su desinterés hacia el sujeto del conocimiento (la ciencia es considerada sólo en cuanto lenguaje lógico estudiado desde un punto de vista objetivo), es decir, la epistemología se ocupa de los enunciados de la ciencia y de sus relaciones lógicas (justificación); y, por último, por poseer un carácter lógico-metodológico, es decir, normativo y filosófico. Sin embargo, para Piaget la epistemología se caracteriza por principios opuestos a los de Popper, ya que a la epistemología le interesa la validez del conocimiento, pero también las condiciones de acceso al conocimiento válido; de ahí que el sujeto que adquiere el conocimiento no sea irrelevante para la epistemología, sino que ésta debe ocuparse también de la génesis de los enunciados científicos y de los múltiples aspectos de la ciencia que trascienden la dimensión estrictamente lingüística y lógico-formal. La epistemología para Piaget tiene además un carácter fundamentalmente científico, es decir, teórico y empírico, no metodológico y práctico.

Aunque, como puede verse, los autores que se ocupan de la epistemología están lejos de obtener un acuerdo unánime respecto a los problemas principales con los que se enfrentan, ni tienen siquiera un acuerdo sobre el carácter de la propia disciplina a la que se dedican, sí puede decirse de modo aproximativo que epistemología es la ciencia que trata de conocer la naturaleza del conocimiento humano, en sus principios reales y en su funcionamiento real, los tipos o clases de conocimiento y los caminos o métodos que pueden conducir a su realización correcta en cada caso. Según Javier Monserrat, estos son los amplios niveles en los que la reflexión del epistemólogo se mueve para cumplir adecuadamente sus objetivos científicos: autoobservación de los procesos cognitivos tal y cómo se dan en su propia experiencia o introspección;  observación de la  estructura de la experiencia global de la realidad en que el hombre se encuentra, para tratar de entender cómo el hecho del conocimiento humano es en ella un elemento coherente; estudiar cómo se manifiesta el conocimiento, tal como es ejercitado por el hombre en la cultura dentro de la que vive; visión del curso de la historia y del desarrollo del conocimiento científico; finalmente, reflexión científica sobre el conocimiento humano y elaboración de investigaciones sobre él, que conduzcan a determinados ensayos epistemológicos y a elaborar una idea científica de lo que éste sea.

No es fácil distinguir la epistemología de otras disciplinas afines o de otros saberes fronterizos con ella. Como todos los problemas de definición de términos, últimamente se delimita atendiendo a la conveniencia o al consenso del uso, más que a unas presuntas verdad o falsedad inexistentes. Pero incluso cuando el consenso existe es un consenso precario, puesto que en un saber dinámico y constituyente, como es el referido a la reflexión sobre el conocimiento, las fronteras con frecuencia se trasladan de territorios con facilidad.

La primera frontera imprecisa es la que mantienen los conceptos de epistemología y teoría del conocimiento. La relación de la epistemología con la teoría del conocimiento sería la que hay entre la especie y el género, siendo la epistemología la especie, ya que trata de una forma específica de conocimiento: el conocimiento científico. Sin embargo, esta diferencia desaparece entre los neopositivistas y empiristas lógicos, para quienes sólo merece el nombre de "conocimiento" el conocimiento científico, y que califican a cualquier otro pretendido conocimiento de "juego de palabras sin alcance cognoscitivo" (R. Carnap). Sí, en cambio, opinan que tiene sentido hablar de distintos tipos de conocimiento quienes han afirmado procedimientos de conocimiento diferentes a los de la ciencia, como los sentimientos o la intuición. Algunos han propuesto el camino de dirigir las facultades humanas en dirección de "la intuición de las esencias", fundando así una ciencia fenomenológica más allá de la ciencia factual. Hay que reconocer que, aun admitiendo la distinción entre teoría del conocimiento y epistemología, no siempre es posible efectuar tal distinción, ya que la palabra "epistemología" se impone por su mayor sencillez de sustantivo. Para obviar la dificultad se ha creado la palabra gnoseología, pero este neologismo no ha llegado a arraigar y su uso se ha considerado pedante, rancio y escolástico.

La segunda delimitación terminológica frágil es la que se establece entre epistemología y filosofía de la ciencia, debido a la elasticidad de esta última expresión. Si se toma en un sentido amplio, la epistemología sería uno de los capítulos de la primera, una forma de practicar la filosofía de la ciencia, consistente en el análisis lógico del lenguaje científico. Para salvar las diferencias entre ambas nociones, algunos autores intentan desligar a la epistemología de toda relación con la filosofía y evitan usar esta última palabra al ser partidarios del conocimiento científico como la única forma de conocimiento. Sin embargo, aunque se intente limitar el término a lo que es propiamente reflexión sobre la ciencia, no puede desprenderse por completo de una determinada filosofía. En primer lugar, porque buena parte de las epistemologías actuales, como las de Meyerson, Cassirer, Brunschvicg, Eddington, Bachelard y Gonseth, han permanecido estrechamente asociadas a una filosofía; en segundo lugar, porque sobre las epistemologías regionales subsisten problemas de epistemología general que, seguramente, pueden ser tratados por el sabio, pero que sobrepasan su privilegiada competencia de especialista; por último, las epistemologías internas y regionales difícilmente pueden dejar de tratar problemas que podrían calificarse de paracientíficos, por el hecho de que continúan siendo el motivo de separación de los sabios cuyos métodos no permiten su oposición y que podrían llamarse filosóficos, puesto que forman parte de la tradición filosófica.

En tercer lugar, hay dificultades para deslindar los campos de la epistemología y la metodología científica. ¿Son la  epistemología y metodología dos disciplinas distintas, simplemente conexas, o por contra, hay que incluir a la metodología dentro de la epistemología como una de sus partes? Tradicionalmente se ha considerado que la epistemología no estudiaba los métodos científicos, ya que éstos eran objeto de una parte de la lógica llamada "metodología"; la epistemología en concreto tenía como objeto el estudio crítico de los principios, hipótesis y resultados de las diversas ciencias. Hoy difícilmente se considera admisible esta distinción; en ella se daba a la lógica una extensión desmedida, al aceptar la tradicional división escolástica entre la lógica general, que hacía abstracción de los objetos y cuya parte principal es la lógica formal, y la lógica material, aplicada o metodología, que estudia los métodos propios de cada una de las diversas ciencias. También resulta difícil hoy hacer un estudio crítico de los principios de las diversas ciencias, de su valor y objetividad, sin preguntarse al mismo tiempo sobre la naturaleza y valor de los procedimientos a través de los cuales se forman las ciencias y se llega a elaborar un conocimiento científico. En este sentido, Piaget ha señalado que la reflexión epistemológica nace siempre con las crisis de cada ciencia, y que sus "crisis" resultan de alguna laguna de los métodos anteriores que han de ser superados por la aparición de nuevos métodos. De ahí que análisis de los métodos científicos y epistemología sean dos tipos de investigación difícilmente disociables. Por ello en la actualidad se considera a la metodología dentro del campo de la epistemología, no dentro del de la lógica.

La génesis de la epistemología

La epistemología propiamente dicha comienza en el Renacimiento. El conocimiento científico aparecerá en ella como conocimiento, análisis y síntesis de los fenómenos, es decir, de la apariencia o manifestación de la realidad en la experiencia humana. Los momentos más importantes de la maduración de esta metodología de la ciencia como crítica racional de los fenómenos de experiencia están representados por Galileo Galilei (1564-1642), Francis Bacon (1561-1626), René Descartes (1596-1650), Isaac Newton (1642-1727), Locke (1682-1704), Leibniz (1646-1716) y Kant. El Novum Organum y la Gran instauración de las ciencias de Bacon, el Discurso del método de Descartes, la Reforma del entendimiento de Spinoza y la Búsqueda de la verdad de Malebranche ofrecen observaciones interesantes para el epistemólogo, aunque propiamente no pueden considerarse como obras de epistemología. Sí se acercan más al sentido actual de la epistemología el libro IV del Ensayo sobre la inteligencia humana de Locke y en especial la respuesta que le da Leibniz en sus Nuevos Ensayos. En el siglo XVIII, la obra que mejor predice lo que será posteriormente la epistemología es el Discurso preliminar a la Enciclopedia, de D'Alembert. A comienzos del siguiente siglo se consideran precursores el segundo volumen de La filosofía del espíritu humano (1814) de Dugald Stewart, el Curso de filosofía positiva (a partir de 1826) de Augusto Comte y el Discurso preliminar al estudio de la filosofía natural (1830) de John Herschel.

Las dos obras fundamentales con las que, aunque no existiera la palabra epistemología, empezó a desarrollarse el contenido de lo que hoy se llama así propiamente fueron la Wissenschaftslehre (1837), de Bernard Bolzano, y la Filosofía de las ciencias inductivas (1840) de William Whewell. La palabra Wissenschaftslehre, que Bolzano menciona al comienzo de su obra, corresponde en alemán a lo que quiere decir en un castellano inspirado en el griego "epistemología", "teoría de la ciencia". Sin embargo, ambos vocablos, el alemán y el castellano (o el inglés epistemology), no son exactamente sinónimos, ya que el  primero ha conservado de sus orígenes más antiguos un sentido más amplio que el que ha tomado el segundo, que se forjó para designar una disciplina más estricta. A pesar de que en la segunda mitad de su obra abarque un campo más amplio, Bolzano considera la palabra Wissenschaftslehre en un sentido más concreto, aquél en que Wissenschaft designa propiamente el conocimiento científico, excluyendo cualquier otra forma de conocimiento. Con minuciosidad y rigor, su estudio se centra en nociones fundamentales de la lógica y anticipa algunos de los problemas de la metalógica actual.

Las investigaciones de Whewell inauguran el método histórico-crítico, pero ante la amplitud que exigía su tarea separó los dos métodos y publicó primero la Historia, que sirvió de base a lo que poco después será la Filosofía de las ciencias inductivas; Whewell se preocupó de mantener siempre un estrecho contacto entre ambas disciplinas, como indica el título completo de la segunda obra, Philosophy of the inductive sciences, founded upon their history ("Filosofía de las ciencias inductivas, basada en su historia"). De la escala de las ciencias intenta deducir, para cada una de ellas, las ideas fundamentales sobre las que se basan y los procedimientos mediante los que se construyen. Dos de las obras epistemológicas más significativas en continuar el camino abierto por Whewell fueron el Essai sur les fondements de la connaissance humaine et sur les caractères de la critique philosophique (1851) y el Traité de l'enchaînement des idées fondamentales dans les sciences et dans l'histoire (1861), de Antoine-Augustin Cournot. Uno de sus méritos principales fue haber colocado en primer plano de la epistemología la idea de azar, durante mucho tiempo considerada opuesta a la idea de ley y ajena a la ciencia, y la célebre definición que dio de este concepto: la intersección de dos series causales independientes. De esta manera parece haber presentido la gran importancia que iban a adquirir en la ciencia contemporánea los datos estadísticos y las probabilidades.

En el siglo XIX se encuentran también otros numerosos intentos de epistemología científica, que continúan la línea empirista-positivista que en el siglo XVIII había sido continuada por Euler, en Alemania, o D'Alembert, en Francia. El positivismo decimonónico clásico estuvo representado por Augusto Comte (1798-1857), John Stuart Mill (1806-1873), John Herschel (1792-1871), William Whewell (1794-1866) y por el biologista Herbert Spencer (1820-1903). Posteriormente fue continuado por el empiriocriticismo de Richard Avenarius (1843-1896) y Ernst Mach (1838-1916), y ya a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, por Henri Poincaré (1854-1912), Pierre Duhem (1816-1916) y Emile Meyerson (1859-1933), autores todos ellos relacionados por continuación o reacción con el empiriocriticismo.

En el siglo XX, la epistemología científica queda agrupada en tres grandes escuelas o generaciones: el neopositivismo lógico, el racionalismo crítico y el pospopperianismo. El neopositivismo lógico tuvo en Bertrand Russell (1872-1970) y Ludwig Wittgenstein (1889-1951) sus dos principales predecesores. Bajo su influencia, se formó en los años veinte de este siglo el llamado Círculo de Viena, con el que el positivismo se transforma en neopositivismo lógico y toma cuerpo la primera gran escuela de epistemología científica en el siglo XX. Los miembros más representativos de esta escuela fueron Moritz Schlick (1882-1936), Otto Neurath (1882-1945), Herbert Feigl (1902), Félix Kaufmann (1895) y Rudolf Carnap (1891-1970). En el Congreso de Viena sobre epistemología de la ciencia natural, en el año 1929, fue elegido Schlick como presidente del Círculo. En Berlín se formó pronto un nuevo centro de neopositivismo lógico a ejemplo del de Viena, cuyos principales representantes fueron Hans Reichenbach (1891-1953), Kurt Grelling y Walter Dubislav (1895-1937). En 1931, Rudolf Carnap propició la creación de otro centro de neopositivismo en Praga y el filósofo inglés A. J. Ayer (1910) introdujo el neopositivismo lógico en Inglaterra. En el escrito programático del año 1929 hacían la siguiente clasificación de los nombres que habían conducido hasta él: "1. Positivismo y empirismo: Hume, Ilustración, Comte, Mill, Richard Avenarius, Mach. 2. Fundamentos, objetivos y métodos de las ciencias empíricas (hipótesis en Física, Geometría, etc.): Helmholtz, Riemann, Mach, Poincaré, Enriques, Duhem, Boltzmann, Einstein. 3. Logística y su aplicación a la realidad: Leibniz, Peano, Frege, Schroder, Russell, Whitehead, Wittgenstein. 4. Axiomática: Pasch, Peano, Vailati, Pieri, Hilbert. 5. Eudemonismo y sociología positivista: Epicuro, Hume, Bentham, Mill, Comte, Feuerbach, Marx, Spencer, Muller-Lyer, Popper-Lynkeus, Carl Menger (padre)".

En segundo lugar está el racionalismo crítico, la epistemología de K. Popper. El racionalismo crítico se entiende como reacción crítica ante las directrices fundamentales de la epistemología del neopositivismo lógico. El racionalismo crítico discutirá las principales tesis del Círculo de Viena e instaurará una nueva escuela de teoría de la ciencia que, desde 1934, en que publica Popper su primera obra, se irá haciendo poco a poco predominante e influirá en la evolución posterior de los autores del Círculo, por ejemplo en el mismo Carnap o en Reichenbach. Entre los muchos discípulos de Popper pueden citarse a Hans Albert o a John Watkins. La importancia de las teorías popperianas se ha dejado notar en toda la teoría de la ciencia de los años 50 y 60, e incluso en la actualidad, bien sea como aceptación de las mismas, bien para construir otras nuevas a partir de él.

En tercer lugar se encuentran los autores llamados pospopperianos. Se caracterizan por presentar epistemologías que, bien inspiradas preferentemente en el positivismo, bien en Popper, no se identifican totalmente con ninguno de estos dos sistemas, aunque se vean siempre seriamente influidas por ellos. Entre los principales autores pospopperianos cabe citar a T. S. Kuhn, P. K. Feyerabend, I. Lakatos y N. R. Hanson.

Los problemas de la epistemología

Los problemas planteados en la actualidad por la epistemología pertenecen a dos grandes grupos. Unos son de carácter general, ya que abarcan la totalidad de las ciencias. Otros son específicos de cada grupo de ciencias, se refieren a una sola ciencia o a alguna rama de una determinada ciencia.

En primer lugar, la epistemología se plantea problemas que se refieren a las relaciones entre las diversas ciencias. La pluralidad de las ciencias, su incesante proliferación, sus encabalgamientos y enlaces, su dispersión, no satisfacen al espíritu del sabio a quien llevan a preguntarse por los problemas de su coordinación. Hoy ha cambiado el viejo problema de la clasificación de las ciencias y nadie pretende construir un sistema rígido e inmutable en el que cada ciencia tendría su lugar propio y definido con sus diversos compartimentos, pero un cuadro de referencia siempre es necesario y lo único que se exige es que sea manejable y abierto, que refleje el estado presente de la ciencia y admita enlaces y reorganizaciones.

En segundo lugar, la epistemología se plantea también el problema de las relaciones entre los dos grandes grupos en que se distribuyen las ciencias. En general se admite la división entre las ciencias formales, por una parte, lógica y matemáticas, y las ciencias de lo real, por otra. A partir del nacimiento de la matemática racional la pregunta inevitable es la del acuerdo entre sus explicaciones y las de la experiencia.

En tercer lugar, son también problemas de la epistemología los referidos al análisis de algunas nociones comunes a todas las ciencias o a la mayoría de ellas. El matemático, físico, naturalista y lexicógrafo se sirven también de definiciones, pero ¿tienen el mismo significado? Para el matemático la probabilidad es objeto de cálculo; el físico sabe que sus métodos inductivos desembocan en probabilidades y considera a todas sus leyes como probabilidades; el historiador se pregunta sobre la probabilidad de los testimonios: ¿se trata siempre de una misma probabilidad en estas diversas ciencias, o si no, cómo se organizan entre sí estos diversos sentidos?

Se dan también problemas epistemológicos, en cuarto lugar, en las dos maneras de concebir las relaciones entre la parte teórica y la experimental de las ciencias, o, lo que es casi lo mismo, en el significado de las teorías. Cuando se intenta acatar el imperativo de inteligibilidad que compara al científico con el filósofo, y el imperativo de efectividad que lo relaciona con el ingeniero, resulta que no concuerdan entre sí y la tensión resultante determina en el interior de cada ciencia un desacuerdo sobre el ideal científico. Es en las ciencias de la naturaleza donde se manifiesta más claramente tal desacuerdo en las dos maneras de concebir las relaciones entre la parte teórica y la experimental, o, lo que es casi lo mismo, el significado de las teorías: ¿intentan profundizar en nuestro conocimiento de los fenómenos buscando, detrás de las leyes, las causas explicativas, o bien, no son más que una sistematización de un conjunto de leyes? Pero también ocurre algo semejante en otras ciencias, como en biología, con la oposición del mecanicismo frente al vitalismo; en psicología, con la del behaviorismo frente a la reflexología; en historia, dada la oposición de la historia de los acontecimientos con la historia explicativa o más bien comprehensiva, oposiciones que parecen proceder de una dualidad en el ideal científico.

En quinto lugar, y como primera consecuencia del descenso de la generalización epistemológica hacia el ámbito de cada una de las ciencias, se encuentran los problemas específicos del primer grupo de ciencias, las ciencias formales. La lógica, bajo su nueva forma de lógica simbólica o logística, figura junto a las matemáticas y en estrecha unión con ellas, y ello plantea bajo una nueva forma el problema de la relación entre ambas disciplinas. Con la nueva lógica el problema esencial es saber si las matemáticas se pueden reducir a ella, lo que sería una manera de fundarla. Además, cada problema de la epistemología matemática tiene su correspondiente en lógica y a la inversa. Así, por ejemplo, son comunes a ambas ciencias el problema del estatuto ontológico de sus nociones o del correspondiente objetivo de sus términos. Con facilidad puede plantearse en matemáticas el problema de saber si los principios de la lógica expresan leyes del ser, normas del pensamiento o bien reglas para la manipulación de los símbolos, es decir, si la lógica es una ciencia objetiva, normativa, o bien un arte del cálculo y del juego.

En sexto lugar se plantean los problemas de epistemología comunes a las ciencias de la realidad, que tienen en física una forma modélica, ya que al hablar de dichos problemas casi siempre se piensa en ella. Los problemas principales son tres, según se haga hincapié en la construcción de los conceptos, en la estructura de las explicaciones o en la validez de las conclusiones. Los problemas relativos al método experimental y a la naturaleza y justificación de los procedimientos inductivos ocupan evidentemente un lugar importante en dichos estudios, pero el gran problema es el de su unidad: ¿pueden agruparse todas las ciencias de la realidad en un solo tipo fundamental, cuyo modelo más completo sería la física?, ¿sobre qué base lo harían?, ¿deben quedar irremediablemente separadas en dos o tres ramas?

En séptimo lugar están los problemas epistemológicos más particulares, relacionados con las ciencias de la vida y las ciencias del hombre. Aparecen en estas ciencias conceptos fundamentales comunes a la física, como el concepto de ley, pero aparecen también conceptos ajenos a ella, como el de ser; estas ciencias hablan de hechos, pero también de valores. Puede analizarse un ser como una intersección de leyes, pero se elude así la característica esencial de su individualidad. Pueden considerarse los valores como datos de hechos, pero ¿estos hechos son de la misma naturaleza que la de los hechos que trata la ciencia del mundo físico? Los conceptos propios de estas ciencias como los de tendencia, función, éxito y fracaso, normal y patológico, finalidad, son problemáticos y exigen análisis epistemológicos más específicos. El problema más grave es saber si estas nociones pueden interpretarse con el lenguaje de la física, o cuando menos ponerse de acuerdo con él. Además, la presencia en las ciencias humanas de nociones como conciencia, actividad voluntaria, lenguaje, utensilios, política, religión, arte, han hecho surgir nuevos conceptos y problemas, como por ejemplo, en este nuevo campo ¿hay que sustituir la comprehensión por la explicación?; ¿las finalidades pueden, y de qué manera, considerarse causas?; ¿en qué medida, o en qué forma, la aplicación del instrumento matemático es posible y deseable? En el interior de estas ciencias se plantea la cuestión de su homogeneidad y de su jerarquía. En ocasiones, una de estas disciplinas e incluso una teoría surgida de una de ellas preside el conjunto o se atribuye una función rectora. Así, en el siglo XIX, la historia no sólo se desarrolla por sí misma, sino que predomina en todas las partes en donde se habla del hombre, y el materialismo dialéctico de Marx y Engels o el psicoanálisis, habiendo nacido en el seno de una de estas ciencias, han servido de principio general de explicación para todos los temas humanos.

Disciplina filosófica que estudia los principios materiales del conocimiento humano. Es decir, mientras la lógica investiga la corrección formal del pensamiento, su concordancia consigo mismo, la epistemología pregunta por la verdad del pensamiento, por su concordancia con el objeto; la primera es la teoría del pensamiento correcto, la segunda la teoría del pensamiento verdadero. Por consiguiente, los principales problemas epistemológicos son: la posibilidad del conocimiento, su origen o fundamento, su esencia o trascendencia, y el criterio de verdad.

ESOTERICO.{adj.} Misterioso, oculto, reservado, secreto; lo contrario de exotérico.
Se aplica a los conocimientos y fórmulas que sólo se transmiten a personas que han sido sometidas a pruebas iniciáticas.

EX PROFESO. (Loc. latina, variante de ex professo); adv. de modo.
1. [Uso formal] A propósito o con particular intención: no puedes negar que me has hecho daño ex profeso; un representante discográfico ha venido ex profeso desde Los Angeles para oírle cantar.

EXPERIMENTO.  {m.} Acción y efecto de experimentar.
Determinación voluntaria de un fenómeno u observación del mismo en determinadas condiciones, como medio de investigación científica.

EXPERIMENTAR. {tr.} Probar y examinar prácticamente las propiedades de una cosa.
Hacer operaciones destinadas a descubrir o comprobar determinados fenómenos o principios científicos.
Notar, observar en sí una cosa.  

F 

FALSABILIDAD. {f.} [Filosofía] Principio epistemológico que supone que la observación es guiada por la teoría y que rechaza la presuposición de que las teorías científicas puedan establecerse como verdaderas o probablemente verdaderas a la luz de la evidencia observacional.

FALSAR. {tr.} [Filosofía] Someter a falsabilidad, contrastar una proposición con los hechos de forma que exista la posibilidad de refutarla.

FILOSOFÍA. (Del gr. filosofia, a través del lat. philosophia); sust. f.
1. Disciplina que reflexiona acerca de la esencia de las cosas y del hombre, y que trata de dilucidar el lugar que estos ocupan en el universo: el nacimiento de la filosofía se produce al abandonarse las explicaciones míticas de los fenómenos naturales.
2. Sistema de ideas que constituye una reflexión crítica sobre estas cuestiones: una filosofía que ignore la pregunta por el ser de las cosas no puede ser llamada propiamente tal.
3. Reflexión sistemática apoyada exclusivamente en las fuerzas de la razón: toda filosofía sucumbió entonces ante el predominio de la fe, la mística y otros diversos irracionalismos.
4. Doctrina de un pensador, escuela, movimiento o época: la filosofía de Leibniz es una de las más interesantes del siglo XVII.
5. Conjunto de principios establecidos para explicar determinada clase de hechos: la filosofía de la historia ocupó un lugar privilegiado en la doctrina de Vico.
6. Sistema de creencias y valores que cada uno asume para dar sentido a su propia vida: derrochar tanto dinero y tantas fuerzas en una boda es algo que va en contra de mi filosofía
7. [Uso figurado] Fortaleza y serenidad de ánimo para soportar los contratiempos: aceptó la muerte de su madre con admirable filosofía
8. Conjunto de doctrinas que con este nombre se enseñan en los centros docentes: empezó a estudiar filosofía en Madrid, pero pronto vio defraudadas sus ilusiones de sacar algún provecho de ello.
9. Facultad universitaria dedicada a la docencia de esta disciplina: el comedor de filosofía se abarrotaba entre las dos y las tres.

Sinónimos
Filosofismo, metafísica, reflexión, doctrina, explicación, resignación, serenidad, fortaleza, temple, escuela, academia, liceo, facultad.

Filosofía

La filosofía nace a principios del siglo VI a.C. en Asia Menor. El primer pensador conocido es Tales de Mileto, considerado el creador de la metafísica y cuya influencia fue decisiva desde Heráclito a Demócrito. Por entonces sobresalía también Pitágoras, quien se había trasladado desde Samos a la Magna Grecia.  Más tarde, aparecen los grandes pensadores de la filosofía griega: Sócrates, Platón y Aristóteles, figura capital del período clásico, creador de una importante obra cuya influencia se hará sentir de forma extraordinaria en la Edad Media, al dar lugar al desarrollo de la filosofía escolástica, cuyos máximos representantes son San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino.

Con la Edad Moderna, la filosofía se desliga de las diversas ciencias. En el siglo XVII, Descartes crea una metafísica de la razón (Racionalismo) que da origen al idealismo alemán, escuela a la que pertenecieron Fichte, Schelling y Hegel. Como reacción contra el idealismo surgió el positivismo, cuya figura central es Auguste Comte.

Ya en el siglo XX, entre los filósofos más relevantes figuran Bergson, Husserl, creador de la escuela fenomenológica, y Heidegger, padre de la filosofía existencial. En los últimos años, adquiere enorme desarrollo el movimiento denominado existencialismo, continuador del pensamiento de Heidegger, que tiene en Jaspers, Marcel y Sartre, a sus principales representantes.

Teoría de la Historia de la Filosofía

Durante buena parte de su historia, la filosofía no ha tenido Historia. La filosofía fue un hacer que tenía conocimiento del pasado, su pasado, pero sin la pretensión científica de estudiarlo ordenada y metódicamente. Por ello, Lucien Braun en su documentadísima obra Histoire de l´Histoire de la Philosophie (París, 1973) ha distinguido dos etapas principales en el saber sobre la Historia de la filosofía: la etapa de prácticas de Historia de la filosofía y la etapa de desarrollo de la disciplina propiamente dicha. Mientras que la primera etapa se extendería desde Teofrasto (dejando de lado el caso ejemplar de Aristóteles) hasta los comienzos del siglo XVIII (C. A. Heumann), la segunda lo haría desde ese momento hasta nuestros días.

Periodo 'de prácticas' de la Historia de la filosofía

Este periodo incluye las doxografías, biografías y narraciones, sean diadoquistas (vistas desde la perspectiva de un escolarca), heréticas (en el sentido de hairesis o división entre las doctrinas de una escuela y las demás) u holográficas (una historia espacializada y acompañada de figuras secundarias y rasgos anecdóticos).

Como ha escrito Emilio Lledó, el filósofo griego al que realmente preocupó el problema de aquello que después se llamaría "historiografía" fue Aristóteles. El concepto de historia, que cobra en su obra un particular relieve, encierra una cierta dificultad que no surge primariamente de su tarea como historiador, sino de un pasaje de la Poética, en donde se enfrentan historia y poesía en función de su interés filosófico. Una sistematización de los momentos capitales del pensamiento histórico de Aristóteles podría centrarse en torno al texto de la Poética, al libro primero de la Metafísica, a la labor histórica de la Política y a los trabajos de historia natural.

En un texto de la Poética se encuentra la primera reflexión filosófica sobre la historia; el valor científico que Aristóteles otorga aquí a esta disciplina queda bastante disminuido, ya que el carácter filosófico se mide en función de lo universal, y la historia sólo trata de sucesos particulares; por consiguiente, ninguno de ellos puede pretender que esa particularidad sobrepase sus propios y concretos límites. Pero en otro texto de la misma obra parece que se da otra interpretación de la historia o, al menos, se matiza más el pensamiento de Aristóteles al respecto, al dejar entrever una idea más filosófica de esa disciplina, en el sentido de que el acontecer histórico que puede considerarse como fruto del azar tiene una interna concatenación que le presta su auténtico carácter de continuidad. De ahí que Tucídides pretendiese, con su interpretación de la guerra del Peloponeso, superar la pura particularidad de los sucesos para estructurarlos en una adquisición para siempre.

En el libro primero de la Metafísica, Aristóteles realizó la primera historia de la filosofía occidental, ya que además de narrar algunas de las opiniones de los primeros filósofos, establece entre ellos determinadas conexiones y dependencias. Aunque la exposición aristotélica se basa en su propia teoría de las causas, el ensamblaje que esta teoría de las causas establece presta a toda su exposición un auténtico contenido filosófico. El pensamiento histórico aparece como un progreso, y no sólo como la confirmación de que la verdad del pensamiento de Aristóteles ha sido ya vislumbrada por sus predecesores. La historia de la filosofía es, así, el paulatino desarrollo de unos determinados temas que, a pesar de los múltiples caminos y descarríos, encuentran siempre, si de verdad responden a una auténtica exigencia intelectual, su plena solución. Aristóteles ve confirmados en los primeros filósofos sus propias ideas, y esto prueba que la historia es una evolución llena de sentido, que va desde la oscuridad primitiva hasta la claridad y la diferenciación.

Otra obra en la que también se expresó esta preocupación histórica de Aristóteles fue la Política. La razón que le empujó a ampliar sus noticias históricas, a saber, tratar de establecer una constitución lo más perfecta posible, podría ser una confirmación más de su consideración del pasado como origen y última explicación del presente. Y esta misma preocupación por los conocimientos históricos no queda  limitada al campo político, sino que Aristóteles es también el padre de la doxografía, ya que animó a sus discípulos a recoger y clasificar las doctrinas de los antiguos: Eudemo se encargó de redactar la historia de la matemática y de la astronomía; Menón se ocupó de compendiar las doctrinas de los antiguos médicos griegos y Teofrasto llevó a cabo la empresa más ambiciosa, la de recopilar las opiniones de los físicos. Por último, una nueva forma de investigación histórica queda recogida en una de las más voluminosas obras de Aristóteles: la Historia animalium. La Historia animalium es una especie de introducción a los restantes estudios de biología, que tiene por objeto registrar los principales hechos de la vida animal, mientras que los demás tratados tienden a elaborar una teoría a base de hechos registrados.

En la Antigüedad, la obra de Diógenes Laercio Vida de los filósofos más ilustres constituye el ejemplo más claro de una gran erudición que no alcanza la categoría de historia de la filosofía. A pesar de ello su influencia fue enorme, no sólo en toda la tradición filosófica que se extendió hasta el Romanticismo, sino también en el ámbito de la filología, al posibilitar los grandes trabajos, fundamentales para la historia de la filosofía, de Rose, Nietzsche, Maas, Wilamowitz-Möllendorf, F. Leo y Usener.

Tampoco la Edad Media contribuyó mucho con sus compilaciones, apologías y comentarios a la constitución de la disciplina llamada "Historia de la filosofía". No obstante, la historiografía cristiana aporta tres caracteres (universalidad, providencialidad y apocalipticidad) de gran importancia, tal y como ha señalado Collingwood. En primer lugar, que la historia es universal significa que no existe un determinado centro de gravedad, como ocurría en la historiografía pagana, sino que el interés se vuelca sobre toda la historia desde el origen del hombre; y si ha de establecerse un centro de gravedad, ese centro trasciende el mismo devenir histórico. En segundo lugar, la historia no obedece ya a la sabiduría o voluntad de sus agentes, sino que la marcha de la historia está determinada por la Providencia. Esta historia providencial es fruto de Dios; el hombre sigue siempre los caminos que éste le marca y se convierte, así, en un vehículo de los propósitos divinos. El hombre que se da cuenta de este hecho se encuentra ya situado en un nivel superior al que marcaba la vieja sabiduría pagana. La tercera característica es el carácter apocalíptico de la historia. La historia entera gira en torno a la vida histórica de Cristo, que divide la historia del hombre en dos momentos: un período de tinieblas anterior a Cristo, y un período de luz, posterior a Él.

San Agustín es el autor más importante de esta interpretación cristiana. Esto no quiere decir que con anterioridad a él no se hubiese expresado de alguna manera esta nueva interpretación de la historia, pero fue en San Agustín en quien se concretó un nuevo modo de entender la historia radicalmente distinto del que suponía el pensamiento griego. La Ciudad de Dios es el ejemplo perfecto de esta revolución histórica. La Ciudad de Dios fue la respuesta que San Agustín dio a un hecho histórico concreto: la caída de Roma en poder de Alarico, que produjo en el mundo una enorme conmoción. Este hecho le sirve a San Agustín para elevarse, por encima de las consideraciones particulares, hacia una interpretación que explique de alguna forma la conexión entre los sucesos humanos. Como ha señalado K. Löwith, en el fondo de este hecho histórico del que arranca la Ciudad de Dios ve San Agustín el devenir humano como un ininterrumpido combate entre dos reinos invisibles: la ciudad de Dios y la ciudad terrena. Tal vez el deseo de no perder de vista su objetivo final, es decir, la realización dentro del alma de la ciudad de Dios, y el alcanzar, verdadera y objetivamente, esta ciudad, hizo que San Agustín se despreocupase por el desarrollo de la historia humana, en cuanto que ésta implicaba una cierta independencia del poder creador del hombre frente a cualquier consideración escatológica. Sin embargo, San Agustín dejó una interesante muestra de su preocupación por el pasado humano y, concretamente, por el pasado filosófico. En el libro octavo de la Ciudad de Dios aparece extractada una historia de la filosofía desde el punto de vista agustiniano.

En el capítulo tercero de la Ciudad de Dios San Agustín expone el pensamiento socrático como modelo de la constitución dialéctica del espíritu, sobre los fundamentos de las dos ciudades. La revolución de Sócrates consistió en haber apartado a la filosofía de las preocupaciones por las cosas naturales, por el mundo, y en haberla proyectado hacia las costumbres y hacia la purificación de la mente. La parte más extensa la dedica San Agustín a la exposición del pensamiento filosófico de Platón y los neoplatónicos. Aunque a San Agustín le interese, principalmente, el carácter religioso de la filosofía de Platón, ofrece puntos de vista que testimonian rigor en la información. San Agustín va analizando las excelencias del platonismo con respecto a la filosofía física, a la filosofía racional o lógica y a la filosofía moral. En todas ellas descubre cómo Platón está próximo a una concepción cristiana, a la vez que se plantea el problema histórico acerca de los medios de que pudo servirse este filósofo para adquirir aquella visión rayana en la ciencia cristiana (Ciudad de Dios, VIII, 11). En medio de su exposición del platonismo, inserta un capítulo en donde habla de las "Excelencias del cristiano piadoso sobre la ciencia filosófica" (Ciudad de Dios, VIII, 10). Según san Agustín, no importa que el cristiano no esté versado en las letras filosóficas ni sepa distinguir las escuelas: él, por su fe, se encuentra ya en la fuente de la sabiduría, porque "los filósofos profesan o el estudio de la sabiduría o la sabiduría misma"; pero el cristiano no necesita ya de ese estudio, su fe es su ciencia.

La importancia historiográfica de la Ciudad de Dios para la filosofía está en la idea de que el ser humano no posee la verdad que Dios atesora, por lo que se ve obligado a buscar a Dios como en un espejo enturbiado, condenado al desciframiento y recuento de inicios que le acerquen a una verdad nunca dada por entero. Para que el homo viator (hombre viajero) que el ser humano es no se pierda en la miseria de su peregrinaje, debe oír la llamada de Dios, que le encamina hacia él, descifrando todos los signos que le acercan a la divinidad. Esta lectura unitaria ofrece además una historia única y orientada que lleva al olvido y descrédito de las antiguas concepciones cíclicas del devenir. Sin embargo, San Agustín está preso de una concepción diadoquista en su exposición temática, pues ve la filosofía griega como mera preparación para el cristianismo y considera que "su filosofía cristiana es la verdadera filosofía". La importancia de San Agustín para la Historia de la filosofía está en la búsqueda incesante de un centro que otorga diferencias, cortes y dilaciones que permiten hablar, por vez primera, de una Historia en sentido pleno del término: la idea de una Historia unitaria y progresiva en la que el 'alma' y el 'desarrollo temporal' se corresponden en su itinerario.

El Renacimiento inaugura con su historia erudita una dirección que aún vive con fuerza: la historia filosófica. Ésta tiene la pretensión de limpiar y restaurar las adherencias espúreas de una obra para devolverla a su sentido originario en toda su pureza. Este proceder antihistórico del restaurador, que pretende borrar el tiempo para conocer sin prejuicios una supuesta verdad desnuda, produce un efecto opuesto en buena medida al deseado, ya que el que pretende captar el significado verdadero de una obra renacida del pasado se ve obligado a estudiar el idioma original para sumergirse en el mundo cultural de la obra, con lo cual va cobrando conciencia poco a poco a la vez de la diferencia y el verdadero hiato de la obra estudiada y la época del estudioso.

Dentro de la historiografía filosófica del Renacimiento, Emilio Lledó ha llamado la atención hacia Juan Luis Vives, autor de la primera Historia de la filosofía realizada por un español. Su obra De initiis sectis et laudibus philosophiae (1518) es un ejemplo de la ausencia de sentido crítico en el manejo de las fuentes, propia de la actitud renacentista primariamente interesada en destacar el pintoresquismo o la rareza de opiniones y autores. En sus breves referencias a los presocráticos, afirma de Tales de Mileto que anunció un eclipse de sol, pero no menciona su afirmación del agua como fundamento de la tierra. De Anaximandro afirma que conoció que la luna brillaba con luz 'prestada', pero no hace mención del apeiron. El problema filosófico de los comienzos de la filosofía parece escapar completamente a la mirada, en otros momentos tan aguda, de Vives. Ofrece, sin embargo, una mirada sistemática en la primera parte de su trabajo, al anotar que en un principio los filósofos se habían dedicado al estudio de las cosas divinas, entendiendo por ello el estudio de los astros y fenómenos supraterrestres, pero que después descendieron a la tierra. La filosofía es, según Vives, una ciencia universal a la que nada se escapa y que engendra todo tipo de saber, pero un saber eminentemente práctico. La filosofía perdida, el esfuerzo humano por esclarecer el universo y al hombre en él, quedaba así recobrado. Vives expone también algunos puntos de Aristóteles, en donde queda patente la preocupación universal del Estagirita, y en un importante pasaje plantea el problema, tan moderno, de la hermenéutica filosófica. Así, distingue el modo de escribir de ciertos filósofos que confunden profundidad con vaciedad. Por el contrario, el estilo de Aristóteles es copioso, lúcido, transparente. Nuestra torpeza y nuestra poca atención hacen que parezca haber en Aristóteles algunas tinieblas, pero Aristóteles, comparado con los filósofos anteriores, es "más claro que el mediodía". Vives apunta también el problema hermenéutico de la posible falsificación de muchos conceptos griegos en el latín de sus intérpretes: "Es mucho más abierto, más claro, más diáfano el griego nativo de Aristóteles que el latín de su intérprete, pues éste, cuando se esfuerza en reproducir cada una de las voces griegas por otras tantas latinas, titubea, invierte, oscurece, confunde la dicción y el sentido".

La Edad Moderna nace en buena medida como reacción contra la pretensión renacentista de hacer proliferar mecánicamente textos (revolución de la reforma). Así, Descartes aparece como un pensador que, harto de erudición y saber libresco, busca la verdad no en los textos, sino en la evidencia de la idea clara y distinta. Todo el interés de Descartes va dirigido hacia una naturaleza que está ahí, presente y disponible para ser domada. La Historia, saber mucho de Platón y de Aristóteles, es considerada como algo fútil y condenada como algo peligroso.

Será con Leibniz con quien llegue a producirse la síntesis entre la historia erudita y la razón cartesiana pretendidamente atemporal. Leibniz resucitó la metáfora minera del oro y la ganga para justificar el rescate de un núcleo racional en los textos antiguos al compararlos no con la verdad ya conquistada, sino entre sí, y con los descubrimientos nuevos de acuerdo con una "característica universal". El resultado de la filosofía de Leibniz, unida a toda la filosofía pasada, cuyos textos Leibniz empezó a recopilar en sus Acta Eruditorum publicadas desde 1682 en Leipzig, es una cierta 'Filosofía perenne', pero bien entendido que esta historia es un adorno en la marcha segura y triunfal de la razón filosófica. En esta misma línea, Kant se burlará de aquellos eruditos para los cuales la Historia de la filosofía, antigua o moderna, es ella misma su filosofía. La filosofía moderna es pues radicalmente antihistórica. La razón se pliega sobre sí misma por mediación del conocimiento analítico y se encamina a la dominación de una naturaleza presente, a la mano: inerte y troquelada.

Periodo de la Historia de la filosofía como disciplina.

El eje en torno al que gira la Historia de la filosofía como ciencia o, al menos, como disciplina, es Hegel. Por ello puede dividirse la historia de esta Historia en tres momentos: unos esbozos perihegelianos, la concepción de Hegel mismo y las múltiples orientaciones poshegelianas. Destacaremos muy especialmente la decisiva, actual e influyente concepción de la Historia de la Filosofía de Windelband.

Esbozos perihegelianos de la Historia de la filosofía como disciplina.

Además de los estudios de Goclenius y de la historia de la filosofía de Thomas Stanley, uno de los libros más conocidos en la época de Hegel fue la obra de Jakob Brucker titulada Historia crítica philosophiae a mundi incunabilis ad nostram usque aetatem deducta, en cinco volúmenes (1742-1767). En el volumen primero de esta obra, que estudia las filosofías orientales y griegas, detenidamente expuestas a lo largo de 1357 páginas, el autor explica lo que entiende por historia de la filosofía. Brucker, que distingue la historia de las doctrinas de la historia de las personas, ofrece un planteamiento metódico de la disciplina. Para él, el objetivo fundamental del historiador de la filosofía es o bien investigar los hechos filosóficos y su diversa acentuación a lo largo del tiempo (lo que hoy podríamos llamar "historia positiva"), o bien hacer un análisis más profundo, lo que Brucker denomina "historia de la filosofía", en el que los sistemas aparezcan relacionados en su auténtico mundo filosófico. Hay también, según Brucker, una historia de las personas y filósofos que no corresponde como materia capital a la historia de la filosofía, pero que quien pretenda conocer la historia íntima del pensamiento no puede omitir. Aunque sus referencias a los filósofos son anecdóticas y circunstanciales, con esta consideración del mundo que rodeaba a la obra filosófica se apuntaba un aspecto de importancia extraordinaria, como es la apertura al ambiente intelectual y personal al que se refiere vagamente Brucker con su "hay que atender además al signo de los tiempos". El historiador de la filosofía, además de estar dotado de ciertas cualidades morales como sentido de la justicia, imparcialidad y sinceridad, debe prestar atención a las fuentes y a los problemas textuales.

A partir de la publicación de la Fenomenología del Espíritu de Hegel se percibe en Alemania un cambio radical, tanto en la filosofía como en la Historia de la filosofía. Uno de los primeros autores en quien se descubre esta influencia, junto con la de Leibniz y Jacobi, es Joseph Hillebrand. En su principal obra, Propädeitik der Philosophie (1819), define la Historia de la filosofía como la exposición de aquellos esfuerzos del Espíritu que han tenido lugar a lo largo del tiempo en relación con la concretización del concepto de filosofía. Dos ideas eminentemente hegelianas se encuentran ya en esta definición: la primera es su concepción del Espíritu (Geist), que aspira a expresarse a sí mismo; la segunda es la realización del concepto de filosofía a lo largo del tiempo. La Historia de la filosofía es, pues, la manifestación del Espíritu en su decurso temporal. Hillebrand recomienda al historiador de la filosofía, además del estudio de las fuentes, exponer claramente las distintas doctrinas filosóficas, mencionar las circunstancias especiales que han condicionado el surgimiento de cada sistema y mostrar las conexiones externas e internas de los diversos sistemas. Especial importancia reviste, por su originalidad, la segunda recomendación de Hillebrand sobre esas circunstancias condicionantes de la obra del autor y el mutuo condicionamiento de los sistemas entre sí, ya que esta idea no se había dado anteriormente. Como ha escrito Emilio Lledó, la justificación de esta idea se debe al hecho de que la historia ha empezado a preocupar a los filósofos, ya que la estructura de la temporalidad en el devenir de las cosas y los acontecimientos humanos constituye algo esencial para la inteligencia del mundo y del hombre.

En 1822 apareció en Sulzbach la obra de Rixner Hendbuch der Geschicnte der Philosophie. Esta Historia de la filosofía lleva por lema unas líneas de Hegel tomadas de su estudio sobre las diferencias entre las filosofías de Fichte y Schelling en el que se habla del Absoluto y de su manifestación a través de la Razón, y está enfocada de una manera que hoy se suele llamar "filosófica". Rixner afirma que no tiene sentido una historia de la filosofía en la que se digan las cosas que dijeron ciertos autores, si no se expresa, al mismo tiempo, "cómo entendía aquel pensador lo que decía, cómo lo entendían sus contemporáneos, y cómo, de acuerdo con la razón, hay que entenderlo". Por tanto, según Rixner, hay que ir contra la costumbre de algunos manuales y ofrecer en la historia de la filosofía "un todo en el que las partes se organicen de manera armónica y coherente".

En su Introducción, Rixner se refiere a la etimología alemana de Geschichte, y afirma este término significa la exposición científica, llevada hasta sus últimas causas y fundamentos, de aquello que ha sucedido: "Historia es la exposición científica del surgir en el tiempo de todo aquello que ha tenido lugar en algún momento; bien sea en el ámbito de la naturaleza, o en el ámbito de la humanidad". La historia queda así definida, en primer lugar, como exposición científica; en segundo lugar, como una realidad constituida esencialmente por tiempo; y, en tercer lugar, por un sentido de armonía y conexión entre todos los fenómenos que dan contenido y materia al devenir temporal. En esa definición puede verse, como ha escrito Emilio Lledó, el abismo que la conciencia histórica ha introducido entre esta definición y las viejas crónicas y concepciones de la historia. Rixner distingue en la historia entre la labor de la experiencia y la labor de la especulación. A la primera corresponde el buscar los materiales y los hechos, a la segunda descubrir las leyes de la necesidad que sirven para conectar y dar sentido a los fenómenos, ya que lo que puede parecer casual está encadenado en una profunda ley. Este encadenamiento  lleva a descubrir la libertad en la necesidad y viceversa, y además, a ver cómo, en esta armonía, llega hasta el presente la continuidad del pasado, y cómo, de la mezcla de ambos, se hace posible el futuro.

La historia de la filosofía es para Rixner una parte de la historia general, que define como "investigación científica, comunicación y exposición del nacimiento y desarrollo en el tiempo de la ciencia de los últimos principios y leyes, tanto de la Naturaleza como de la Libertad". En la historia de la filosofía hay que distinguir su materia y su forma. La materia son las distintas manifestaciones del espíritu en los diferentes pueblos; la forma es la unidad de la razón, para que los distintos sistemas filosóficos no aparezcan como individualidades inconexas, sino como partes de un todo integrador al que esencial y racionalmente pertenecen. La profunda unidad formal de la razón se apoya sobre cuatro pilares primordiales: la unidad de la razón en todos los pueblos y en todos los tiempos, la unidad de las metas últimas de la investigación filosófica en todos los sistemas, la unidad de sus objetivos teóricos y prácticos y la unidad de las relaciones de la filosofía con los demás dominios del pensamiento.

Además de una concepción de la historia de la filosofía, Rixner ofrece en su obra una metodología historiadora bajo la forma de preceptos. Según él, la historia de la filosofía debe ser orgánica, armónica, especulativa y poética. Orgánica, como un organismo que descansa en sí mismo, se cierra en sí mismo y crece desde sí mismo. Armónica, en el sentido de que aparezcan en ella lo uno y lo múltiple, lo eterno y lo temporal, lo finito y lo infinito, que aunque formalmente parezcan separados y distintos, sin embargo, considerando los sistemas desde el punto de vista de la razón, son como rayos que confluyen en una misma luz. Especulativa, porque la historia de la filosofía es, también, filosofía. Poética, en el pensamiento de Rixner, significa que la exposición del pensamiento de los pueblos se debe considerar algo así como la Ilíada y la Odisea del espíritu humano. La historia de la filosofía se presenta así como una historia íntima del espíritu; algo puramente ideal, frente a lo real que son las otras manifestaciones de la cultura de los pueblos y que dejan ver un aspecto externo del espíritu, solidificado en leyes, costumbres, constituciones, etc.

Hegel valoró esta obra al escribir: "Rixner es un hombre de talla. Su libro es el mejor trabajo, tanto por lo que respecta a la riqueza literaria, cuanto al pensamiento. Con todo, no satisface todas las exigencias de una historia de la filosofía. Pueden censurarse en ella las continuas referencias a otras ciencias y, por consiguiente, la heterogeneidad de la obra. Sin embargo, son méritos indiscutibles, su precisión en las citas y el que, al final de cada volumen, nos ofrezca los pasajes originales más importantes de los distintos autores".

Otra importante concepción de la historia de la filosofía es la que se contiene en la obra de W. G. Tennemann publicada en 1829, en Leipzig, bajo el título Grundriss der Geschichte der Philosophie, a la que Hegel calificó de "buena" desde el punto de vista histórico. Al comienzo de la obra afirma que historia de la filosofía es "la narración de los distintos esfuerzos que, estimulados o paralizados por causas externas, brotan de la evolución de la razón para realizar esa idea de la razón, material y formalmente". En la historia de la filosofía distingue Tennemann una materia externa y una materia interna. La materia interna o inmediata comprende tres elementos: en primer lugar, la continuada orientación de la razón en la investigación de los últimos fundamentos y leyes de esa misma razón y de la libertad; en segundo lugar, los productos del filosofar, las interpretaciones, métodos y sistemas a través de los que la razón gana materiales para la filosofía considerada como ciencia y, además, leyes y principios para su unión en un todo científico; por último, la evolución de la razón como órgano de la filosofía. La materia externa o mediata la constituyen las causas, circunstancias y acontecimientos que han influido en el proceso de la razón que filosofa. La materia externa está constituida por tres factores primordiales: la individualidad del que filosofa, su carácter, su inteligencia, etc.; el influjo de las causas externas sobre la individualidad como, por ejemplo, el carácter y nivel cultural de la nación, educación, constitución política, religión, lengua, etc.; y la presión de la individualidad (admiración, ejemplo, imitación, etc.) sobre las orientaciones, temas y métodos de investigaciones futuras. La pretensión de Tennemann es conseguir una historia de la filosofía que sea ella misma filosófica pero que, al mismo tiempo, no pierda el contacto con la realidad.

Una producción típica del ambiente espiritual en el que se desarrollaron estas historias de la filosofía alemanas es la obra de Friedrich Daniel Schleiermacher Geschichte der Philosophie (Berlín, 1829). En sus notas sobre historia de la filosofía, dice que todo conocimiento es histórico, e intenta entender lo individual por el lugar que ocupa en la totalidad: "Aquél que quiera entender la filosofía tiene que hacerlo históricamente"  y entender, así, en el desarrollo temporal el progreso del conocimiento.

La Historia de la filosofía en G. W. F. Hegel.

Hegel puede ser considerado el centro de una nueva concepción de la historia de la filosofía y el creador de una nueva corriente. En un apartado anterior se ha hecho una exposición más detallada de la interpretación hegeliana de la historia de la filosofía, por lo que en este momento solamente es apropiado indicar algunas de sus características.

A las concepciones prehegelianas, que admitían la totalidad del movimiento filosófico y la evolución de los sistemas, les faltaba el principio dialéctico, único motor capaz de desencadenar el proceso dinámico y de justificar sus distintos momentos. Esta estructura dialéctica es la que proporciona el entendimiento de que la historia de la filosofía es la historia del pensamiento concreto y libre, o razón. Desde esta instancia superior puede superarse la aporía de armonizar la unidad de la verdad con la pluralidad de filosofías. Precisamente, para Hegel, la filosofía es el pensamiento que se hace conciencia, que se ocupa consigo mismo, que se convierte a sí mismo en objeto, que se piensa a sí mismo.

La filosofía es la representación del desarrollo del pensamiento, en sí y para sí, sin cuestiones accesorias, y la historia de la filosofía es este desarrollo en el tiempo: "La filosofía emerge de la historia de la filosofía al contrario. Filosofía e historia de la filosofía son una misma cosa, una imagen de la otra. El estudio de la historia de la filosofía es el estudio de la filosofía misma". Este es el fundamento último de la aparente diversidad de las filosofías: que todas las que existen tienen su razón de existir: "la 'Mnemosine' de la historia del mundo no dispensa su gloria a los indignos; así como reconoce los hechos de los héroes de la historia externa, así también, en la historia de la filosofía, sólo reconoce los hechos de los héroes de la razón pensante. Éstos son nuestro objeto. No son opiniones ni casualidades accidentales; es la razón pensante, el espíritu pensante del mundo el que se revela en ella. La serie de estos hechos es, sin duda, una serie; pero es solamente una obra la que ha sido producida. La historia de la filosofía considera solamente una filosofía, solamente un desarrollo que se nos presenta en diferentes estadios. Por consiguiente, desde siempre ha habido sólo una filosofía: el saber que el espíritu tiene de sí mismo. Esta filosofía única es, por tanto, el pensamiento que se conoce como universal (...) Lo distinto y múltiple que ha producido de sí está supeditado a lo universal. Por consiguiente, cualquier filosofía a la que se llegue es siempre filosofía. Por eso no es admisible la disculpa de que se quiere estudiar filosofía, sólo que no se sabe cuál. Así como las cerezas y las ciruelas son frutas, así también toda filosofía es, por lo menos, filosofía

Directrices más destacadas de la historiografía filosófica actual.

Un resumen de las principales orientaciones de la Historia de la filosofía actual puede realizarse en torno a las siguientes corrientes, concepciones o lecturas.

La Historia de la filosofía como pragmática.

Por historia pragmática se entiende un tipo de investigación objetiva, libre de toda contaminación metafísica, y en la que únicamente interesa, con el mayor rigor, objetividad y riqueza de material, describir los distintos estadios por los que ha pasado el pensamiento filosófico. No se pretende hacer en ella una mera recopilación de datos ordenados al estilo de la doxografía del período precrítico de la historiografía. Una obra característica de esta clase de historia es la Historia de la filosofía en cinco volúmenes de Friedrich Ueberweg, titulada Grundriss der Geschichte der Philosophie (Darmstadt, 1957). Como señala Emilio Lledó, es significativo que en la introducción del primer volumen, redactado por Praechter, se dedique escuetamente media página a explicar el concepto de historia de la filosofía, y se diga únicamente que "la historia de la filosofía es una disciplina más de las ciencias del espíritu y se sirve de los mismos métodos que éstas".

La obra consiste en una elaboradísima recopilación de datos y una exposición del sistema de cada autor sobre la base de sus propios escritos. Sin embargo, el método con el que está construida consiste en un peculiar sistema de erudición, casi exhaustivo. En la introducción de Praechter se dice, sin embargo, algo que trasciende el inicial planteamiento positivo y erudito y que, a pesar de la pretensión del autor, no se realiza en su obra: "Es importante para el método de la historia de la filosofía el considerar a ésta en estrecha unión con toda la vida cultural de una nación". Este ideal ha sido expresado muchas veces, aunque parece que casi nunca se ha cumplido. Rodolfo Mondolfo lo ha formulado con gran precisión al escribir: "El ideal de la historia es, pues, una historia integral que de alguna manera lo comprenda todo y que en las mismas historias particulares siempre coloque su objeto especial y central en el marco de la totalidad de la vida humana y del desarrollo del espíritu. Por cierto que semejante ideal -como todo ideal- nunca es alcanzable de manera completa; pero cuando se tenga conciencia de él siempre cumplirá su tarea orientadora del trabajo histórico, indicándole la meta hacia la cual debe esforzarse, a pesar de tenerla a una distancia prácticamente infinita. Esta meta es la superación de todo particularismo exclusivista, tanto en el objeto constituido por la esfera especial de cada investigación histórica, como en el sujeto constituido por la propia situación espiritual, individual e histórica del historiador. El historiador verdadero no puede ser el hombre particular, cerrado en la particularidad de sus tendencias, su educación y su visión de las cosas y la vida, sino que debe esforzarse hacia la universalidad del hombre; humano en el sentido más amplio de la palabra, esto es, que no considera ajeno a sí mismo nada de todo lo humano y quiere entender a la humanidad en todos sus aspectos, con todos sus problemas y en la plenitud de su desarrollo histórico".

La Historia de la filosofía como biografía existencial.

Bréhier ha defendido que, puesto que las doctrinas filosóficas son pensamientos originales que actúan en unas condiciones históricas y en un medio dados, la historia de la filosofía no puede dar a conocer ideas existentes en sí mismas, sino  hombres que piensan. Hablando con propiedad no existirían ideas, sino pensamientos concretos y activos. Por ello, el método de la historia de la filosofía sería para Brehier, como todo método histórico, un método nominalista. Cada filosofía es, en este sentido, un itinerario espiritual o un modo de andar que el historiador de la filosofía debe recrear y recorrer. Para los partidarios de esta lectura, como Gouhier y Alquié, el sentido de la obra filosófica no está en ella misma, sino fuera de ella, en la experiencia vivida. Por ello las obras de los filósofos no intentan demostrar nada, sino que se limitan a invitar al lector a que viva, recreándola, una evidencia, una experiencia vivida, por ejemplo, la del cógito, ergo sum cartesiano. Si hay oscuridad en las doctrinas filosóficas, ello es debido a que el lector debe hacer una experiencia personal propia que exige aislamiento de la vida ordinaria. Por ello, el papel del historiador de la filosofía consiste en descubrir a través de aquello que ha dicho el filósofo lo que en realidad ha querido decir, o aquello que ha dicho de más sin ser consciente de ello. Puesto que toda obra filosófica es un suceso histórico, no se la puede concebir fuera de aquél en quien y por quien ella surge. "Si la intuición original de una filosofía es una emoción creadora, ella aparece íntimamente ligada a una persona conmocionada, que es una realidad histórica, a un yo, cuyo ser es biográfico; no puede ser separada del hombre comprometido por su duración misma en un tiempo que deviene su tiempo. El análisis y la reconstrucción sintética de su pensamiento se encuentran unidos entonces no a la búsqueda de una esencia intemporal, sino a lo que Descartes llamaba historia de un espíritu" (Henri Gouhier).

La Historia de la filosofía como conciencia de clase.

Para el materialismo dialéctico, la filosofía es una forma particular de conocimiento del mundo y una de las formas de la conciencia social, que pertenece a la superestructura ideológica y que expresa, en la sociedad clasista, la cosmovisión de una clase determinada. Desde su mismo nacimiento, la filosofía se dividió fundamentalmente en esas dos corrientes contrapuestas: el materialismo y el idealismo. Junto a esta contraposición aparecen en el desarrollo de la filosofía dos enfoques opuestos sobre el conocimiento del mundo: el método de pensamiento dialéctico y el metafísico. El método dialéctico considera todos los fenómenos en interconexión, en proceso de desarrollo y cambio, pone al descubierto las contradicciones internas y la lucha entre ellas, factores que condicionan ese proceso. El método metafísico analiza y clasifica los objetos y fenómenos fuera de su interconexión y desarrollo, los considera cambiantes en el orden cuantitativo principalmente y exentos de contradicciones internas y de lucha entre ellos. Son no sólo dos enfoques distintos, sino también dos interpretaciones distintas de la realidad.

Según el marxismo, la historia de la filosofía como ciencia trata del nacimiento y evolución de las doctrinas que ofrecen una u otra solución a los problemas de la filosofía, de la relación entre el hombre y el mundo, y debe proporcionar una explicación sea materialista o idealista, dialéctica o metafísica, de las leyes generales del ser y el conocimiento. El objeto de la historia marxista de la filosofía como ciencia es la historia del nacimiento y solución de los problemas filosóficos, especialmente la historia de la formación y desarrollo de las corrientes filosóficas fundamentales, materialismo e idealismo, y de la lucha entre ellas, junto con la investigación del proceso de institución de unas formas y modalidades de materialismo por otras, así como la gestación, el surgimiento y el desarrollo de la dialéctica y su lucha con la metafísica. El marxismo parte del supuesto de que la historia de la filosofía ha sido siempre y es hoy terreno de contienda entre dos partidos filosóficos: el materialismo y el idealismo; esta pugna es una expresión de los intereses sociales y de la ideología de las distintas clases y grupos sociales. El materialismo dialéctico lleva dentro de sí el espíritu de partido, pues entiende que, al enjuiciar cualquier hecho, la filosofía adopta el punto de vista de un grupo social determinado. Frente a la filosofía idealista, muchas de cuyas corrientes, aunque no lo admitan, están vinculadas a la ideología y a los intereses de las clases dominantes de la sociedad explotadora, la filosofía marxista proclama que es parte integrante de la cosmovisión del proletariado revolucionario, la base filosófica del comunismo científico, que fundamenta la transformación revolucionaria de la sociedad burguesa en una sociedad comunista. El espíritu de partido de la filosofía marxista estriba, asimismo, en que combate resueltamente la filosofía burguesa reaccionaria, los intentos de conciliar el materialismo y el idealismo, de situarse por encima de la lucha de los partidos en filosofía, y critica todo abandono del materialismo en favor del idealismo y la religión.

El materialismo dialéctico e histórico distingue dos aspectos en la filosofía: el cognoscitivo, por cuanto la filosofía cumple en medida considerable las funciones de conocimiento del mundo y, en determinadas circunstancias, las de la ciencia; y el ideológico, por cuanto es parte integrante de la superestructura ideológica. La historia marxista de la filosofía hace ver la conexión que existe entre las doctrinas filosóficas y otras formas de la vida social y de la conciencia del hombre, y muestra cómo la filosofía depende de las relaciones sociales de una época determinada (y, finalmente, del modo de producción material), de la lucha de clases. Pero la historia marxista de la filosofía no se limita a exponer las doctrinas filosóficas, sino que ofrece un panorama del desarrollo ascensional de los conocimientos filosóficos, de lo inferior a lo superior, en el proceso de la lucha del materialismo con el idealismo, de la dialéctica con la metafísica, y revela las leyes de este desarrollo. La trayectoria de la filosofía, como la de otras formas de la conciencia social, está determinada en última instancia por el nacimiento, el desarrollo y el relevo de las formaciones socioeconómicas. El marxismo divide la historia de la filosofía en períodos, que corresponden en lo fundamental a estas formaciones, a épocas de transición de una a otra y a jalones esenciales en la historia de la lucha de clases. En la historia de la filosofía, estos períodos fueron los de la filosofía en la sociedad esclavista, la filosofía en la sociedad feudal, la filosofía en la época de transición del feudalismo al capitalismo, la filosofía en la época de consolidación del capitalismo hasta el surgimiento del marxismo, la filosofía en la época del capitalismo premonopolista, cuando tiene lugar la aparición y desarrollo del movimiento revolucionario del proletariado, la filosofía en la época del imperialismo y de la revolución proletaria, y la filosofía en la época de la construcción del socialismo, de la contienda entre los dos sistemas contrapuestos, el socialista y el capitalista, de la victoria del comunismo. Dentro de cada uno de estos períodos históricos delimita el marxismo etapas, peldaños diferentes, a menudo esencialmente distintos por el carácter y el nivel de desarrollo de las doctrinas filosóficas.

La Historia de la filosofía como estructura.

El defensor más conocido de la lectura estructuralista es Martial Gueroult. Para Gueroult, el método de la historia de la filosofía es asimilable al método científico: si una tesis enunciada es condición de las que le siguen, para comprender una idea basta recurrir a las que le precedieron, ya que existe un orden de las razones. La tarea del historiador de la filosofía es analizar objetivamente las estructuras de las obras filosóficas. "La filosofía consiste en los conceptos tomados en la necesidad una e intemporal de su contenido y de sus relaciones. La historia de la filosofía es la historia misma de esos conceptos y de sus relaciones". El texto filosófico es, por tanto, una entidad autónoma, y su comprensión no requiere el conocimiento previo de la experiencia del autor.

Esta postura de Gueroult, incompatible con la lectura nominalista, fue objeto de la crítica de Alquié, quien le reprochó el rechazo de la cronología en beneficio de una intemporalidad sistemática que elimina de la investigación el pensamiento, las dudas y las pasiones del autor, que aparta todo lo que sea contradictorio con una presunta e inamovible tesis inicial  y que llega por ese afán de sistematicidad a introducir enlaces y eslabones que no aparecen para nada en la obra filosófica.

Hacer compatible la estructura y el ligamen que mantiene la obra con la experiencia del autor y con el contexto en que nace fue pretensión del neoestructuralismo de Jacques Schlanger. En su obra La estructure metaphysique, Schlanger distingue entre estructura y sistema, entendiendo que toda estructura es una respuesta al contexto histórico-cultural que actúa sobre el filósofo, y consiste en un conjunto de intuiciones ideales, métodos y esquemas, mientras que el sistema recoge el impacto y las determinaciones del medio, es decir, lo contingente de la obra filosófica. Cuando un filósofo que no es inventor es retado por el contexto histórico en que vive y para responderle mira al pasado, realiza la labor del historiador que extrae de uno y varios sistemas la estructura que los funda, su esencia, es decir, que realiza un inventario de instrumentos teóricos que pertenecen a dicha estructura y que pueden ayudarle en un contexto diferente al original. Por ser intemporal, la estructura es capaz de sacar de apuros a un filósofo diferente de un inventor de filosofía y en una situación distinta al que éste creó su propia filosofía. Lo decisivo es que hay una relación nueva de los elementos en una recreación de la estructura en función del propio contexto histórico del filósofo. De ahí que la estructura de una obra, se trate de creación-invención o de recreación, tiene un doble nivel de significación: una significación externa, por la que no posee verdad más que por su relación con un contexto que es su causa y su fin, y una significación interna que consiste en ser un todo lógicamente ordenado. Sólo en relación al mundo del filósofo puede emitirse un juicio sobre la significación interna de una estructura metafísica. La tarea del historiador de la filosofía es, por tanto, para Schlanger, la de describir y glosar un sistema filosófico para hacerlo comprensible a sus contemporáneos; pero, además y sobre todo, debe buscar su intención y su significación  precisamente en su estructura, que es la que funciona en todo filósofo como unas 'gafas interpretativas' con las que ve el mundo.

También a Bréhier podría considerársele dentro de esta metodología al matizar su anterior actitud nominalista a través de su concepto de "estructura mental". La "estructura mental" es la que posibilita el diálogo entre los filósofos y, desde ese ángulo, la historia de la filosofía aparece como una sociedad de los filósofos. Si la estructura no fuera intemporal no podría ocurrir eso, ya que esa estructura mental, aunque pertenece al pasado, es sobre todo porvenir anunciado y deseado.

La Historia de la filosofía como historia de los problemas.

Esta manera de exponer la historia de la filosofía parte del principio de que aunque cambien los sistemas filosóficos en el curso de la historia, los problemas continúan siendo los mismos. Un libro clásico en esta modalidad historiográfica es la Historia de la filosofía de W. Windelband, titulada Lehrbuch der Geschichte der Philosophie. En el prólogo a la primera edición de 1891, el autor muestra su intención de exponer el desarrollo del pensamiento filosófico basándose en la historia de los problemas y de los conceptos, que se entienden como un todo dependiente y conexo. Esta historia de la filosofía la define Windelband como el proceso a través del cual el hombre europeo ha expresado en conceptos científicos su idea del mundo y su interpretación de la vida. Pero este proceso está constituido, fundamentalmente, por los problemas que integran la íntima estructura de la realidad filosófica. Los enigmas de la existencia surgen continuamente en cada época de la historia humana y constituyen el entramado que presta continuidad al pensamiento. Los problemas brotan del ambiente espiritual de la época, de las necesidades de la sociedad. Según Windelband: "Los grandes logros de la ciencia y las cuestiones científicas que brotan sin cesar, los movimientos de la conciencia religiosa, las creaciones artísticas, las revoluciones sociales y políticas, dan a la filosofía nuevos impulsos y condicionan el que los intereses de la época hagan destacar unos problemas, dejando a otros en segundo término". La misión de la historiografía filosófica según Windelband se concreta en tres momentos principales: determinar con exactitud qué puede deducirse de las fuentes sobre la vida, evolución espiritual y doctrinas de los distintos filósofos; reconstruir el proceso genético según lo permita, en cada filósofo, la dependencia de su doctrina con respecto a sus antecesores, a las ideas generales de la época, a su propia naturaleza, a su educación; y precisar el valor que puede tener cada una de las distintas doctrinas. Mientras que los dos primeros momentos apuntan a una consideración histórico-filológica de la historia de la filosofía, el tercer momento es, más bien, critico-filosófico.

La Historia de la filosofía como sociología.

Las interpretaciones sociológicas han pretendido eliminar el conflicto existente entre explicación genética y estructuralismo. El marxismo vulgar representa una postura extrema de esta pretensión, al entender la relación entre base y superestructura en términos de causalidad mecánica. Ello significaría que la filosofía no es más que una determinación de los conflictos de clase desencadenados por las relaciones de producción, y la obra filosófica un reflejo de la problemática de la época en la que ningún filósofo lleva la iniciativa. En esta línea habría que colocar, entre otros autores, a Goldmann, Thomson, Farrington y Lefèvbre.

La postura de Leszek Kolakowski, sin embargo, ha sido inicialmente más equilibrada respecto a la determinación infraestructura-superestructura, ya que las relaciones sociales mediatizan la experiencia interior del hombre y el ser social determina la conciencia, pero no por ello todas las ideologías e instituciones son productos marginales, sin realidad propia, de los hechos sociales. La explicación genético-sociológica no implica la identificación de los fenómenos explicados con los que les sirven de explicación. Así, por ejemplo, tanto la religión como la filosofía pueden ser instrumentalizadas para la solución de conflictos sociales, pero su naturaleza y la necesidad vital de la que nacen no se identifican con su instrumentalización, sino que nacen de la conciencia mediatizada por las relaciones sociales. Por tanto, la realidad de la filosofía no se agota en la determinación y mediación social que pueda sufrir.

Una posición similar a la de Kolakowski es la mantenida por Gustavo Bueno, para quien la determinación de la filosofía por el medio social es absoluta, pero una vez surgida, la propia filosofía puede a su vez determinar el medio: "Evidentemente, desde una perspectiva materialista, las ideas filosóficas no vienen de ningún cielo, sino de la tierra, del modo de producción; pero no por ello dejan de ser ideas" (La metafísica presocrática).

La Historia de la filosofía como historia metahistórica.

El fundamento de esta concepción es el ocultamiento y desvelamiento del Ser, en cuya alternativa radica la historicidad. El defensor más característico de esta concepción es Martin Heidegger. Aunque Heidegger no haya sido un historiador de la filosofía, ni de él pueda surgir una escuela de historiografía filosófica que pretenda ser historia, su postura es tan característica y radical que puede constituir un ejemplo importante de un modo de entender el pasado. Para Heidegger, el primer momento de la historia de la filosofía fue aquel en el que por primera vez se habló del ser en Parménides, pero con Platón y Aristóteles comenzó el ocultamiento del ser, que dura hasta nuestros días. Desde esta perspectiva, la historia de la filosofía, si es que se puede hablar de ella, no es más que un profundo error y, por tanto, en el desarrollo del pensamiento filosófico ha habido una laguna de veinticinco siglos que se extiende desde los presocráticos hasta el año de la publicación de su obra Ser y Tiempo.

La Historia de la filosofía como historia antihistórica.

La historia antihistórica es uno de los modelos más frecuentemente cultivados por los historiadores modernos de la filosofía. Este tipo de historiografía busca en la historia no sólo la confirmación de un determinado sistema desde el que se parte para interpretarla, sino la automática eliminación de toda filosofía que no se pueda armonizar con aquélla de la que se parte. Esta actitud parece arrancar de un punto de vista científico, pero en el fondo no es sino una postura dogmática, propia del historiador que parte de unos determinados supuestos escolásticos, idealistas o neopositivistas. La existencia de estos presupuestos plantea el problema de la pretendida neutralidad del intérprete, y la utopía que implica esa pretendida neutralidad. Es indudable, ha señalado Emilio Lledó, que la historia se hace desde un determinado presente histórico al que el historiador no puede ni debe rehusar, pero algo muy distinto es proyectar sobre la historia el entramado de un sistema y buscar en ella su confirmación.

La Historia de la filosofía como historia morfológica.

La historia morfológica considera a la filosofía como una manifestación más de la vida cultural, como el arte, la política, etc. La filosofía no brota de planteamientos propios y excluyentes, sino de la vida total de la cultura en un determinado momento de su historia. El historiador que mejor ha expresado esta concepción es Dilthey. De él han partido una nueva historiografía filosófica y una interpretación de la realidad histórica en general cuyos principales exponentes son las obras de Spranger (Los fundamentos de la ciencia histórica y Ensayos sobre la cultura), de Litt (La cuestión del sentido de la historia) y de Rothacker (Filosofía de la Historia).

La Historia de la filosofía como crítica.

La historia crítica de la historia de la filosofía niega la tesis, defendida por la lectura sociológica, de la determinación de la filosofía por el modo de producción, y la sustituye por la tesis de un condicionamiento social en grados que a veces viene de la producción material de la vida y otras veces de otros ámbitos de la existencia social. La influencia del contexto socioeconómico alcanza a la forma de vida de los filósofos, pero no llega a la entraña misma de la filosofía, ya que el acto filosófico escapa a la causalidad de las relaciones de producción. Así, por ejemplo, Abelardo habría participado con otros filósofos contemporáneos suyos de las mismas condiciones socioeconómicas y del mismo espíritu de su tiempo, pero ello no impidió que su filosofía fuera distinta de la de los otros que vivían en esas mismas condiciones.

Los defensores de esta lectura crítica de la historia de la filosofía, como Paul Ricoeur, mantienen que la raíz de la libertad inherente a la creación filosófica está en el lenguaje. Es el discurso filosófico el lugar privilegiado donde se cumple la característica primordial de todo lenguaje: hablar es ya trascender el medio. A pesar de tener tras de sí la influencia del contexto sociohistórico, lo que caracteriza al lenguaje es su capacidad de ir más allá de aquél, de trascenderlo. Para Ricoeur, la obra filosófica escapa al carácter de reflejo, pues ningún reflejo es discurso, ya que en todo discurso se genera un superávit de significación que le permite trascender toda influencia o causalidad recibidas. En la palabra nos encontramos con una realidad nueva que tiene realidad propia, que exige una comprensión propia y que no se refiere a una situación más que trascendiéndola. Además, dado que la relación entre situación y discurso es una relación de significación, el discurso filosófico es el que mejor expresa la trascendencia de todo lenguaje. Al establecer cuestiones universales, como las "ideas" en Platón, el "cógito" en Descartes, o los "juicios sintéticos a priori" en Kant, el discurso filosófico recoge los problemas particulares de carácter social, económico, político y cultural, y los somete a un planteamiento universal. Así, el pensamiento filosófico es tal por ser libre y por estar sustraído de toda determinación necesaria.

La Historia de la filosofía como génesis.

La concepción genética de la historia de la filosofía pretende poner el acento en las influencias de unos autores en otros a la hora de asumir y tratar los problemas. La pregunta central de esta lectura sería: ¿hasta qué punto un filósofo depende de sus predecesores respecto a los problemas heredados y respecto a las soluciones aportadas? El método de respuesta no puede ser otro que el de la búsqueda insistente de las fuentes que el autor estudiado utiliza. Con frecuencia, señaló Gouhier, la búsqueda del adversario se convierte en la primera consigna metodológica para averiguar las fuentes de las ideas de un autor. También el propio Gouhier ha escrito sobre la excepcional importancia que esta lectura otorga a la cuestión de las influencias entre los autores: "Cuando la historia de la filosofía tenga su "Discurso del método", uno de los capítulos más importantes será el dedicado a la noción de influencia". En la historiografía de la filosofía española, los estudios de Nelson R. Orringer sobre las influencias en la filosofía de Ortega y Gasset,  Ortega y sus fuentes germánicas, Ser y no-ser en Platón, Hartmann y Ortega y Nuevas fuentes germánicas de "¿Qué es filosofía?" de Ortega, constituyen extraordinarios ejemplos de la fecundidad de este tipo de metodología.

La Historia de la filosofía como análisis.

La lectura analítica de la historia de la filosofía es el modo de ver el pasado filosófico propio de la filosofía llamada "analítica". Es cierto que en esta filosofía se detecta un desdén hacia la historia de la filosofía: si hay filosofía no hay historia, y si hay historia no hay filosofía, lo que significa que pretenden hacer una filosofía que no cuente con la historia. Pero no puede decirse que la filosofía del lenguaje esté totalmente privada de conciencia histórica, ya que autores como Carnap, Hahn y Neurath han reconocido como antecesores suyos a Hume, Comte, Stuart Mill, Leibniz, Epicuro, Bentham; Strawson y Hampshiere retornaron a Kant; y Wittgenstein manifiesta una gran pasión por Platón, San Agustín, Kierkegaard y Schopenhauer. Lo que sí queda patente en el interés de los filósofos analíticos por el pasado es que no miran a cualquier sitio, sino que seleccionan a los filósofos próximos y los problemas afines desde su propia mirada analítica. Dos posiciones extremas de la lectura analítica de la historia de la filosofía son las de Carnap y Wittgenstein. Para Carnap, la filosofía clásica está constituida por un lenguaje expresivo, pero no representativo, de modo que los enunciados metafísicos no serían ni verdaderos ni falsos al no afirmar nada, sino expresivos de emociones y sentimientos, al igual que la poesía, la risa o la música. Para Wittgenstein, la filosofía es sólo una actividad que revela a la conciencia las dificultades que a veces sufre el lenguaje, una actividad que descubre "los chichones que se hace el entendimiento al toparse con los límites del lenguaje"; la actividad filosófica en sentido propio sería aquella que lograra incapacitar al filósofo para filosofar. Una postura más moderada es la que mantiene Smart. Para J. J. C. Smart, la filosofía debe mantener su pretensión de pensar claramente, pero también de pensar comprensivamente, es decir, el estudio de la historia de la filosofía puede iluminar muchos problemas con una lectura analítica.

La concepción de la Historia de la Filosofía de Windelband.

Windelband fue el principal filósofo de la Escuela neokantiana de Baden, que atendió al valor y significación de las ciencias históricas y de los valores. Estuvo influido, además de por el kantismo, por el descubrimiento hegeliano del espíritu como entidad que se realiza en el tiempo histórico, y por la reflexión de Lotze sobre los valores. Su propósito fue el de dilucidar críticamente los problemas que ni Kant ni la Escuela de Marburgo habían tratado expresamente, como eran los problemas de las ciencias de la cultura. En esta línea de investigación, Windelband contrapuso la Historia como ciencia a la ciencia de la Naturaleza, y a partir de esta contraposición, basada en la estructura interna de la ciencia, clasificó las ciencias en nomotéticas e idiográficas. Las ciencias nomotéticas eran las ciencias naturales, que tienen como objeto la investigación de las leyes (nómoi) y que se elevan a lo general a partir de los hechos particulares, a los que considera como ejemplares típicos de una misma especie. Las ciencias idiográficas eran las ciencias culturales, que investigaban la forma individual (idios). Estas últimas son las ciencias que se ocupan expresamente de la vida humana. La ciencia cultural constituye, por su relación con la vida humana, la vía de acceso al reino de los valores y el fundamento de toda concepción general del mundo.

Como historiador de la filosofía, han sido traducidas al español las siguientes obras de Windelband: Historia de la Filosofía moderna (1951), Preludios filosóficos (1949), Historia de la Filosofía antigua (1955) e Historia de la Filosofía (1960).

El concepto de filosofía de Windelband.

Las diferentes alternativas que en la historia se han dado en el modo de conceptuar la filosofía, oscilantes entre entenderla como ciencia, general o particular, o como una actividad más próxima al arte o la mística, fueron tipificadas por Windelband en cuatro apartados: la filosofía identificada plenamente con la ciencia; la filosofía como concepción del universo con valor general, sintético y supremo; la filosofía como sabiduría moral o como teología; y la filosofía como teoría de la ciencia. Esto le llevó a la conclusión de que la historia del nombre de la filosofía es, en rigor, la historia del sentido cultural de la ciencia, entendiendo por "sentido cultural" el valor que se da al conocimiento científico entre los bienes culturales. Por eso afirma que la filosofía de una época es el barómetro del valor que esta época atribuye a la ciencia. Por tanto, la multivocidad y multiformidad de la filosofía guarda íntima relación con la variedad de posiciones que a través de la historia ocupa la ciencia dentro del conjunto de la vida cultural.

La explicación de esta multivocidad por recurso a la psicología o a la historia de la cultura fue el método empleado por ingleses y franceses, pero a partir de Kant esos recursos ya no fueron válidos, pues no se trataba tanto de dilucidar una cuestión de hecho, como una de derecho; es decir, no se trataba de destacar y describir entre la masa de ideas aquellas a las que suele darse el nombre de científicas, sino de señalar por qué correspondía precisamente a éstas un contenido de verdad en virtud del cual no sólo se las reconocía de hecho con carácter general, sino que merecían, además, ser reconocidas como tales. Se trataba de extender el planteamiento kantiano de la filosofía como crítica a la moral y a la estética. Así, la filosofía crítica se convierte en la ciencia de los valores absolutos y necesarios: verdad, bondad y agrado. Pero bien entendido que la tarea es diferente a la de las demás ciencias, ya que no es lo mismo juicio que enjuiciamiento. Mientras que los juicios expresan la analogía entre dos contenidos de representaciones, por ejemplo, "esta cosa es blanca", los enjuiciamientos acusan una relación entre la conciencia enjuiciadora y el objeto de que se trata, por ejemplo, "esta cosa es buena". El campo del juicio en sus diversos aspectos (descriptivo, explicativo o matemático) es competencia de las ciencias especiales, y en ese campo no hay ningún objeto para la filosofía. El único campo que le queda a la filosofía es el de los enjuiciamientos.

Por tanto, para Windelband, el campo de la filosofía se delimita por la cuestión de derecho, y excluye todas las disciplinas que investigan la cuestión de hecho del mismo objeto material; es decir, que la explicación genética o la exposición descriptiva no son tareas de la estricta actividad filosófica. Por eso, la psicología queda excluida; la metafísica, entendida como conocimiento dogmático de las últimas causas de toda la realidad, constituye un absurdo; y las demás disciplinas filosóficas, como la teoría del conocimiento, la filosofía de la naturaleza, la filosofía de la sociedad, la filosofía de la historia, la filosofía del arte y la filosofía de la religión sólo tienen sentido tratadas críticamente desde la base de las tres disciplinas filosóficamente fundamentales para un kantiano como Windelband: la pretensión de validez general que conllevan los enjuiciamientos lógicos, éticos y estéticos. Por ello puede decirse que, para Windelband, el plano propio de la filosofía es el plano crítico o trascendental previo a cualquier juicio empírico. La filosofía es para él la ciencia de la conciencia normativa, cuyo horizonte de referencia es siempre ideal, y respecto del cual toda realización filosófica es enjuiciable, articulable y posible dentro de ciertos límites.

El concepto de Historia de la Filosofía en Windelband.

Puesto que la filosofía como ciencia de la conciencia normativa es un concepto ideal nunca realizado, la Historia de la Filosofía sólo adquiere sentido en función del proceso de realización de la filosofía, en cuanto que ella es el proceso de revelación gradual de las normas. La Historia de la Filosofía aparece en Windelband como una secular tarea de investigación acerca de cuál sea la normativa ideal con la que el hombre cuenta cuando emite sus juicios de valor, aunque no la conozca expresamente. El problema es que la filosofía concebida como ciencia normativa es algo ideal, no realizado, y en esto precisamente radica su historicidad. Esta realización histórica de la filosofía no es un proceso ideal, sin obstáculos y retrocesos; el componente empírico de la Historia de la Filosofía, constituido por un factor psicológico (los sujetos que filosofan), un factor histórico-cultural (el medio en que esos sujetos viven) y un factor pragmático (la crítica que ellos hacen), unido a las intrínsecas dificultades de conexión entre los tres factores, hace que la concepción histórica del saber filosófico de Windelband sea distinta de la de Hegel. En la concepción de Windelband, la Historia de la Filosofía tiene fisuras que quiebran el óptimo hegeliano de tener asegurado un fin y de estar ciertos de que el orden histórico en que se van adquiriendo, uno tras otro, los conceptos guarda alguna relación con el engarce interno que entre ellos existe. Pero Windelband advierte contra la tentación de adoptar una concepción del saber filosófico que caiga en el historicismo: "De aquí que la historia sea el órgano de la filosofía crítica en grado mucho más alto que la psicología, ya que aquélla tiene por misión convertir en objetos de sus investigaciones teleológicas y, por tanto, en motivos empíricos para sus reflexiones críticas, las manifestaciones en que las normas se presentan históricamente como los principios realmente vigentes en la vida de la cultura. Y los cambios y la variedad de estas manifestaciones históricas se encargan de precaver al pensamiento histórico contra el historicismo, es decir, contra el relativismo histórico, que podría contentarse con la vigencia cronológica, históricamente necesaria, de cada una de estas manifestaciones y renunciar a la concepción de una vigencia absoluta" (Preludios). La Historia de la Filosofía es concebida así como el campo en que se nos revela la plenitud de la razón, la Historia de la Razón.

El objeto de la Historia de la Filosofía para Windelband.

Para Windelband, el objeto unitario de la filosofía que sirve al historiador de la filosofía para indagar la Historia de la Razón no es solamente tema y pretensión de los distintos filósofos. Es necesario buscar en las producciones de estos el factor de unidad, la aportación común que, a pesar de la diversidad de los contenidos, constituye el objeto determinado de la filosofía y de su historia. Ese objeto común, característico de toda la filosofía, es dar expresión consciente a las formas y a los esquemas necesarios de la actuación racional humana, así como transformarlos en los correspondientes conceptos a partir de su formulación originaria (intuiciones, sentimientos, impulsos). La filosofía se ha esforzado por lograr una formulación conceptual de lo inmediatamente dado en el mundo y en la vida. Y, consecuentemente, la historia de estos esfuerzos pone al descubierto el compendio de la vida intelectual. Así que la Historia de la Filosofía es, para Windelband, el proceso a través del cual el hombre europeo ha expresado en conceptos científicos su concepción del mundo y de la vida. Es, por tanto, este resultado conjunto lo que proporciona a la Historia de la Filosofía como ciencia su contenido, función y justificación. Por esta razón, la Historia de la Filosofía es un conocimiento imprescindible no sólo para los especialistas, sino también para quienes aspiren a obtener una formación general, ya que enseña cómo se han acuñado las formas conceptuales con las que el ser humano piensa y juzga acerca del mundo de su experiencia, tanto en el ámbito de la vida cotidiana como en el de las diversas ciencias.

Origen y evolución de la Historia de la Filosofía según Windelband.

Según Windelband, no puede hablarse propiamente de una Historia de la Filosofía constituida como ciencia hasta la Edad Contemporánea, ya que en la Antigüedad y en la Edad Media sólo había colecciones doxográficas y recopilaciones de doctrinas filosóficas, pero sin metodología científica; tenían simplemente el propósito de dar noticia a los profanos sobre los filósofos, o de aportar una ayuda al filósofo escolar o sistemático. Las primeras obras con sentido crítico de las fuentes fueron las de Buhle (1796) y las de Fullerborn (1791); las primeras realizadas con objetividad histórica fueron las de Tiedemann (1791) y las de De Gérando (1822); y las primeras que además ejercieron una crítica sistemática de las diversas doctrinas en función de los nuevos criterios fueron las de Tennemann (1798 y 1812), Fries (1837) y Schleiermacher (1839).

El primer autor que fundamentó la Historia de la Filosofía como ciencia autónoma fue Hegel. Para él la Historia de la Filosofía no es ni un acervo de opiniones ni una serie de variaciones sobre el mismo tema, sino una exposición del intrincado proceso en el que de un modo sucesivo las categorías de la razón se han ido haciendo conciencia clara y distinta, y estructura conceptual. Aunque según Windelband Hegel cometió el error de considerar toda la Historia de la Filosofía como una serie perfectamente dialéctica de los diversos momentos de la verdad hasta quedar redondeada con su propio sistema filosófico, lo decisivo de su concepción fue el carácter de ciencia autónoma que exigió para la Historia de la Filosofía

Factores decisivos en la Historia de la filosofía según Windelband.

Preguntarse por los factores determinantes del filosofar en la historia es intentar dilucidar la cuestión de las raíces de la historicidad y pluralidad de las diversas filosofías a lo largo del devenir histórico. Estos factores son para Windelband tres: el factor pragmático, el factor histórico-cultural y el factor personal.

1. El factor pragmático está constituido por la naturaleza misma de la filosofía. Los problemas filosóficos, los viejos enigmas del existir, están ya dados y son recurrentes a causa de la insuficiencia de las respuestas dadas. Este eterno retorno a lo mismo se debe a la inviabilidad y a la contradictoria desproporción que existe entre las preguntas que plantea la razón y la limitación de los datos con que el conocimiento pretende responder. Estas contradicciones pasan desapercibidas en la vida cotidiana o en el campo de las ciencias particulares porque en estos ámbitos se funciona con conceptos derivados que, aun cuando siguen siendo problemáticos, logran una elaboración del material empírico que resulta satisfactoria para las necesidades prácticas. Tras ellos laten los problemas filosóficos, pero solamente cuando esas ideas y valores entran en crisis surge el filosofar. La raíz de las condiciones que posibilitan la actividad pensante se encuentra en la inviabilidad y desproporción de los datos dados por el conocimiento. El hecho de que estas circunstancias sean siempre las mismas hace que en la historia de la filosofía se repitan los mismos problemas capitales y las principales directrices de las soluciones dadas; pero esta reiteración continua a lo largo de la Historia, lejos de probar la ineficacia de la Filosofía, sólo es prueba de que sus problemas son tareas ineludibles del espíritu humano. También la vinculación de las ideas entre sí, en virtud de sus propias relaciones lógicas, como condicionante de los planteamientos de otros pensadores posteriores es incluida dentro de este factor pragmático por Windelband.

2. El factor histórico-cultural considera los problemas y materiales que ofrecen las concepciones de la época en la que el filósofo está envuelto, junto con los intereses y necesidades de la sociedad en la que vive, que le orientan y condicionan sus intereses por determinados problemas y planteamientos. Así, por ejemplo, las nuevas cuestiones de las ciencias particulares, las nuevas conquistas y adelantos, los cambios de la conciencia religiosa, las intuiciones del arte y los cambios sociales y políticos. De todo ello resulta, unas veces, un nuevo sistema, otras, el enfrentamiento de los existentes, pero siempre el enredo de multitud de problemas.

3. El factor personal considera la influencia que la personalidad y biografía del filósofo tiene en la selección, planteamiento y solución de los problemas filosóficos. Además, cuando se trata de fuertes personalidades, como es el caso de Platón, Aristóteles, etc., éstas influyen también en la misma Historia de la Filosofía. No obstante, a pesar del medio subjetivo en que se produce el filosofar, hay en la filosofía un núcleo objetivo de problemas y soluciones, un plano común u objetivo de términos y temas que la Historia de la Filosofía suministra a todo autor.

Objetivos y metodología del historiador de la filosofía según Windelband.

El triple objetivo que Windelband asigna al historiador de la filosofía es informarse documentalmente, explicar genéticamente y enjuiciar críticamente las doctrinas de los filósofos. Informarse documentalmente supone comprobar qué es lo que se desprende de las fuentes existentes respecto de la vida, evolución intelectual y doctrinas de los filósofos estudiados. Explicar genéticamente significa que el historiador de la filosofía debe reconstruir, a partir de los hechos comprobados, el proceso genético en un doble sentido: en sentido filogenético, es decir, estudiando la dependencia de una filosofía con respecto a sus predecesores, y en sentido ontogenético, es decir, poniendo de relieve la configuración de las ideas en la época en que vive y en el carácter y formación del filósofo que se estudia. Enjuiciar críticamente quiere decir que el historiador de la filosofía tiene que contemplar conjuntamente el material estudiado para valorar la aportación que las doctrinas filosóficas documentalmente comprobadas y genéticamente explicadas hacen a la historia de la filosofía
Estos tres objetivos determinan la metodología a seguir por el propio historiador de la filosofía. Para alcanzar los dos primeros objetivos, Windelband prescribe el método filológico-histórico, y, para el tercero, el método específicamente crítico-filosófico. El propio Windelband aplica su metodología a las tres fases de la investigación histórico-filosófica.

En primer lugar, la información documental exige una exhaustiva y rigurosa investigación a través de las fuentes. La calidad informativa de éstas varía según el momento histórico de que se trate. En las edades Moderna y Contemporánea, la autenticidad y la integridad del material suelen estar asegurados por la tradición tipográfica, aunque pueden surgir problemas por variantes en las ediciones y sorpresas por los epistolarios y manuscritos inéditos. Aunque de la Edad Media quedan todavía manuscritos, las ediciones tipográficas, iniciadas por Víctor Cousin y su escuela, aportan materiales auténticos, aunque existen en ellos lagunas y deficiencias en lo referido a las filosofías árabe y judía. La edad peor situada en cuanto a fuentes directas es la Edad Antigua, ya que, aunque se ha conservado lo principal de la obra de Aristóteles, Platón, Cicerón, Séneca, Plutarco, los Padres de la iglesia y los neoplatónicos, la mayor parte de los escritos antiguos se han perdido. El conocimiento actual de un buen número de filósofos de la antigüedad depende de las citas hechas por otros autores, especialmente las escuelas peripatética y estoica de los siglos IV y III a.C.

En segundo lugar, la explicación genética del material obtenido debe hacerse atendiendo a uno de estos tres criterios: el criterio pragmático (Aristóteles y Hegel), el criterio histórico-cultural (K. Fischer) y el criterio psicológicio-biográfico (G. H. Lewes, Famiron, Ferraz). Como el empleo de los criterios está en función del material estudiado y del objetivo del historiador, generalmente lo mejor es hacer una combinación de los tres criterios.

En tercer lugar, la crítica filosófica tiene como objeto responder a la pregunta sobre lo que la filosofía conocida y comprendida aporta como progreso de la filosofía. No se trata de una crítica hecha desde un punto de vista extrínseco al pensamiento mismo, como sería la realizada desde el punto de vista particular del historiador, o desde otro sistema o incluso desde la actualidad, sino desde un punto de vista intrínseco al pensamiento que se está estudiando. Para Windelband, tal crítica ha de basarse en dos principios: el principio de la consecuencia lógico-formal del pensamiento y el principio de su aportación y fecundidad intelectuales. Respecto al primero, debe tenerse en cuenta que para la Historia de la Filosofía los grandes errores son más importantes que las pequeñas verdades. Respecto a la aportación y fecundidad de un pensamiento, hay que decir que ambas se miden por su contribución al problema filosófico perenne, es decir, por sus respuestas valiosas a las cuestiones sobre la concepción del universo y de la vida; por ello deben ser objeto de exposición en la Historia de la Filosofía aquellas ideas que hayan perdurado con vigencia legítima a través del tiempo y en las cuales se ha hecho más patente la permanente estructura de la razón.

Para concluir, señalar que la tesis central que Windelband defiende en todas sus explicaciones sobre la Historia de la filosofía es la que afirma que la filosofía tiene por objeto la investigación de la Razón, y que esta investigación tiene lugar históricamente, es decir, que la filosofía es la Historia de la Filosofía y la Historia de la Filosofía es la filosofía.  

G  

GNOSEOLOGÍA.   {f.} Teoría del conocimiento. A veces, sinónimo de Epistemología.

H  

HERMENÉUTICA.  (Del gr. ermhneutikh, terminación f. de -koV, 'hermenéutico'); sust. f.
1. Arte de interpretar textos para fijar lo que se considera su verdadero sentido, especialmente en los textos sagrados: la hermenéutica fue un arte de vital importancia para los humanistas del Renacimiento.

[Filosofía] Hermenéutica

La palabra  "hermenéutica" es de origen griego. El verbo griego del que proviene significa "expresar", "explicar", "interpretar" y "traducir", significaciones todas ellas que guardan una relación especial con el mundo de los dioses. Hermenéia, término afín al latino sermo, significaba originariamente "la eficacia de la expresión lingüística". Sin embargo, ni la forma verbal ni la nominal fueron las más utilizadas. Con mayor frecuencia los griegos usaron la forma adjetiva, que se unía de modo ordinario a la palabra tekhne en el significado latino de ars, "arte", "técnica", "disciplina". La hermeneutike tekhne era, pues, el conjunto de medios que hacían posible alcanzar y traducir en palabras una realidad cualquiera, al mismo tiempo que designaba también la reflexión elaborada sobre ese conjunto de medios. El objeto de la hermeneutike tekhne consistía, más que en la aportación de instrumentos técnicos de aplicación mecánica, en la educación de cada persona para que ésta elaborara, inventara o aprendiera a utilizar los medios más apropiados para conseguir entender la realidad.

HEURÍSTICA. {f.} Arte de inventar. Busqueda o investigación de documentos o fuentes históricas.

HIPÓTESIS.  (Del lat. hypothesis, y éste del gr. ÛpÕqesij); sust. f. [Nota: El plural es hipótesis.]
1. Idea o suposición no demostrada a partir de la cual se pretende deducir una determinada consecuencia: tus hipótesis son muy atractivas, pero carecen de una base sólida.
2. [Filosofía] Según la lógica tradicional, proposición particular incluida en la tesis.
3. [Filosofía] Según la lógica moderna, fórmula de carácter transitorio que encabeza una deducción.
4. [Lingüística] Prótasis o cláusula subordinada dentro de una oración condicional.

Modismos
Hipótesis alternativa. [Estadística] La opuesta a la nula.
Hipótesis de trabajo. Suposición que sirve de guía en una investigación científica.
Hipótesis nula. [Estadística] La que se hace sobre la población de la que se ha extraído la muestra o sobre la probabilidad que se considera que la representa.

Sinónimos
Suposición, supuesto, conjetura, presunción, idea, teoría, creencia, barrunto, proposición, cláusula, prótasis.

Antónimos
Realidad, verdad, efectividad, seguridad, apódosis.

[Filosofía] Hipótesis

Atendiendo a su origen etimológico, el vocablo "hipótesis" procede de los griegos qesiV ("tesis", "algo puesto") y upo ("debajo"), con lo cual podría traducirse como "algo puesto debajo", "lo que se pone debajo". Hablando de enunciados, la hipótesis sería un enunciado que constituye el fundamento de otros.

Las cuestiones que más preocupan actualmente con respecto a las hipótesis son las que hacen referencia a su posible verificación o contrastación, a su posible clasificación y a la naturaleza del llamado "razonamiento hipotético". En su forma más simple, una hipótesis es un enunciado que se expresa mediante un condicional, acompañado de uno o varios enunciados que certifican si la consecuencia del condicional es o no verdadera, junto con una conclusión. Cuando se prueba que la consecuencia del condicional no es verdadera, entonces queda probado que el antecedente no es verdadero, con lo que hay que descartar la hipótesis; si, por el contrario, se prueba que el consecuente es verdadero, ello no es motivo suficiente para admitir la validez del antecedente (ya que las leyes de la lógica lo impiden), aunque la sucesiva confirmación de la verdad del consecuente puede llevar a la progresiva aceptación del antecedente desde un punto de vista intuitivo. Así, el fundamento más importante de aceptación de una hipótesis es, según muchos, su capacidad de predecir; aunque otros opinan que tal predictibilidad no es tan importante como la confirmación. Vistos los problemas lógicos que plantea tal confirmación, cabría preguntarse qué entienden los autores que así piensan por "confirmación". La respuesta es que "confirmación" puede entenderse de dos posibles modos: en primer lugar, una hipótesis se confirma más cuantos más ejemplos tiene; en segundo lugar, una hipótesis se ve confirmada cuando existen varios ejemplos que la apoyan en varias condiciones de cambio de las correspondientes variables.

Pero, al margen de este significado general, lo cierto es que pueden encontrarse diferencias de matices en los usos que del término han hecho diversos autores a lo largo de la historia. Uno de los primeros autores en utilizar este término fue Platón, para quien una hipótesis es un supuesto del que pueden extraerse diversas consecuencias, como por ejemplo los supuestos que utilizan los matemáticos y geómetras. En este sentido, una hipótesis se distingue de un axioma en que este último es admitido como si se tratase de una verdad evidente, mientras que la hipótesis es más bien un postulado cuya verdad ha de probarse posteriormente.

Aristóteles consideró el término "hipótesis" en dos sentidos principales; como un posible sinónimo de "principio" (así, por ejemplo, cuando habla de los "principios de la demostración"), y como una afirmación de la cual es posible deducir determinadas consecuencias. Además, este filósofo distinguió no sólo entre hipótesis y axioma, sino también entre hipótesis y postulado.

Sin embargo, a pesar de estas menciones tempranas, lo cierto es que los autores antiguos y medievales no se preocuparon demasiado de dilucidar el significado de la hipótesis, y fue necesario esperar hasta la época moderna para que empezaran a abundar los análisis y reflexiones acerca de la naturaleza de este tipo de enunciados y, sobre todo, acerca de su posible justificación. Tal resurgir del interés por las hipótesis se vio motivado por el nacimiento de la física moderna, en el seno de la cual las hipótesis desempeñaban un papel fundamental. En este contexto, uno de los autores que más se ocupó de las hipótesis fue Newton, aunque, paradójicamente, parecía no tenerlas en muy buena estima. En efecto, en varios pasajes de su obra subraya que él no hace hipótesis (Hypotheses non fingo), y manifiesta entender por "hipótesis" todo aquello que no se deduce estrictamente de los fenómenos, lo cual no tiene ningún sentido en el ámbito de lo que él llama "filosofía experimental". De cualquier forma, el sentido que el término "hipótesis" tiene en la obra de Newton ha sido objeto de diversas controversias por parte de los comentaristas, ya que algunos subrayan que, a pesar de su rechazo a "hacer hipótesis", lo cierto es que Newton las utilizó en algunos casos, como por ejemplo cuando propuso una causa de la naturaleza de la luz. Sea como fuere, reminiscencias de los planteamientos de Newton pueden encontrarse posteriormente en autores como Kant.

Kant elaboró toda una teoría sobre la noción de hipótesis en su "Doctrina del Método", incluida en la Crítica de la Razón Pura. Allí afirma que las hipótesis no deben ser asunto de mera opinión, sino que han de fundarse en la "posibilidad del objeto". En este último caso las hipótesis son legítimas; no así en el caso de las llamadas "hipótesis trascendentales", que son simplemente una actividad de la "razón perezosa", que emplea una idea determinada sin darle una correspondiente explicación.

Los autores positivistas, particularmente Auguste Comte, rechazaron la legitimidad de la utilización de hipótesis al identificarlas con la pretensión injustificada de formular enunciados que se refieran a causas, ya que para tales autores todo juicio relativo a las causas es hipotético, y las causas no pueden nunca descubrirse. Fraguar hipótesis es, según Comte, propio del pensamiento teológico y metafísico, pero no de un pensamiento positivo, que en lugar de buscar el "porqué", se limita a conocer el "cómo", lo único que puede conocerse. A pesar de que otros positivistas defendieron posiciones menos radicales que la de Comte, lo cierto es que la mayoría de ellos rechazaron las hipótesis cuando éstas se presentaban bajo la forma de especulaciones, pero las admitieron cuando se expresaban en forma de proposiciones condicionales y, en principio, verificables.

En otro sentido, autores también positivistas como Ernst Mach, entre otros, han utilizado la expresión "hipótesis de trabajo", en el sentido de "explicación provisional" de un determinado fenómeno. La función de tales hipótesis sería comprender mejor los fenómenos de los que trata, sin necesidad de verse confirmada o refutada por los fenómenos, caso en el que dejaría de ser una hipótesis

En oposición a los autores que manifiestan su rechazo a la utilización de hipótesis, han existido también otros que consideran que las hipótesis científicas no sólo están justificadas, sino que son indispensables. Entre éstos pueden mencionarse a Whewell o Meyerson.

En cuanto a la posible clasificación de las hipótesis, se han propuesto distintas posibilidades. Hugues Leblanc, por ejemplo, propone la diferenciación entre "hipótesis amplificadoras", que constituyen la conclusión de cualquier inferencia inductiva (véase inducción) permisible con un enunciado de observación como premisa; e "hipótesis explicativas", que constituyen la premisa de alguna inferencia permisible con un enunciado de observación o una hipótesis como conclusión. El primer tipo de hipótesis se refieren a predicciones o retrodicciones de hechos y permiten ampliar nuestro conocimiento; las segundas, por el contrario, permiten conocer por qué determinado enunciado verdadero es tal, y permiten profundizar nuestro conocimiento.

I  

INDUCCIÓN.  (Del lat. inductio, -onis); sust. f.
1. Acción y efecto de inducir: se pueden formular leyes generales, mediante inducción, a partir de la observación de casos particulares.

Sinónimos
Incitación, inducimiento, instigación, acuciamiento, azuzamiento, estímulo, influjo, influencia, persuasión, instigación, sugestión, tentación, impulso, convencimiento, consejo, acción, movimiento, raciocinio, reflexión, intuición, síntesis, transmisión.

Antónimos
Disuasión, apartamiento, alejamiento, desánimo, desaliento, deducción, conclusión, consecuencia.

[Filosofía] Inducción.

Aristóteles definió la inducción como un proceso de razonamiento que permite establecer verdades generales a partir de ejemplos particulares, pero fue F. Bacon el primero que intentó explicar con detalle cómo se opera en la ciencia con este sistema. Según él, no eran suficientes las meras series de datos observacionales para extraer a partir de ellas una ley general; no bastaba con observar la naturaleza, sino que había que interrogarla. Para ello elaboró las llamadas "tablas baconianas", en las que indicaba qué tipo de relaciones entre determinados fenómenos eran relevantes para concluir enunciados generales con validez universal. Con las tablas pretendía excluir cualquier tipo de relación casual entre dos hechos y quedarse, después de esta criba, tan sólo con relaciones efectivamente causales. De esta forma, determinó en qué casos exactamente es posible inducir leyes a partir de las observaciones.

R. Boyle, R. Hooke y otros experimentalistas del siglo XVII asumieron las ideas de Bacon, aunque con ciertas modificaciones; por otra parte, se incrementó el interés por los detalles concretos del progreso científico, lo que provocó una pérdida creciente de interés hacia cuestiones metodológicas abstractas.

Fue W. Whewell quien recuperó la doctrina de Bacon; de ella destacó el papel que la innovación conceptual jugaba en el proceso por el cual un par de leyes naturales pueden llegar a corroborarse mutuamente al integrarse en una teoría más comprensiva. W. Herschel afirmó que la metodología que Bacon había propuesto aparecía ejemplificada en la ciencia experimental de su tiempo y, finalmente, J. S. Mill perfeccionó la doctrina baconiana (sustituyó las tablas de Bacon por sus famosos cánones) y examinó algunos de sus problemas desde el punto de vista de una lógica del experimento controlado. Uno de estos problemas es el del vacío inferencial (señalado por D. Hume) entre la particularidad de la evidencia inductiva y la generalidad de las conclusiones inductivas: ¿qué es lo que nos permite formular una ley general, válida en un número infinito de casos, a partir de un número finito de observaciones?; otro problema surgía del hecho de que algunos fenómenos puedan tener más de una causa característica.

Ninguno de estos pensadores baconianos investigó la estructura de constreñimientos racionales que un juicio de fundamentación inductiva puede imponer a otro. Pero, dado que aceptaban que las inferencias inductivas eran variables en la certeza de sus conclusiones, otros autores como J. M. Keynes supusieron que las inferencias inductivas deberían ajustarse a la teoría matemática de la probabilidad: la probabilidad de cualquier hipótesis aumentará si se eliminan, mediante acumulación de evidencias, cualesquiera otras hipótesis alternativas (esto es lo que se llama inducción eliminatoria, procedimiento que se explica en detalle más abajo). Otros, como J. Bernoulli, opinaron por el contrario que la fuerza de una inferencia inductiva radica únicamente en el número de ejemplos que la apoyan, y no en su variedad experimentalmente controlada. Esta idea se plasma en el "principio de relevancia ejemplar", principio que R. Carnap y sus seguidores han considerado esencial para la lógica inductiva. El sistema de Carnap se basa en la consideración de que la confirmación de una hipótesis por medio de una información testimonial debe establecerse a partir de la intersección entre los diferentes estados de hecho lógicamente posibles en que tanto la información como la hipótesis son válidos y los diferentes estados de hecho posibles en los que la información es válida. La medida de dicha intersección, según se ha demostrado, posee las propiedades de una función de probabilidad.

En el sistema de lógica inductiva de Carnap se pueden detectar diversas dificultades técnicas. Sus principales inconvenientes son que dicha lógica debe construirse sobre la base de supuestos que carecen de fundamentación empírica acerca de la estructura ideal del lenguaje científico, así como que tiende a confundir dos tipos de confirmación: aquella que depende del número de veces que se ha repetido el mismo experimento y aquella que depende de la completitud de una serie de experimentos variados. Mientras que la primera debe medirse mediante una función de probabilidad, la segunda (que coincide con el tipo de razonamiento inductivo investigado por Bacon) tiene la estructura de la lógica modal.

 Paradojas relacionadas con la inducción.

La mayoría de las teorías de la inducción se enfrentan con diversas paradojas:

 Paradoja de los cuervos.

Conocida también como paradoja de confirmación o paradoja de Hempel, ya que fue descubierta por C. G. Hempel en 1945. Éste argumentó que si una serie de hipótesis equivalentes obtienen el mismo apoyo a partir de los mismos ejemplos testimoniales, entonces, puesto que la proposición "todas las cosas no-negras son no-cuervos" es equivalente desde un punto de vista lógico a la proposición "todos los cuervos son negros", cualquier cosa que no sea un cuervo y no sea negra (por ejemplo, un pañuelo blanco) parece confirmar el enunciado "todos los cuervos son negros", enunciado general extraído por inducción de la observación de un determinado número de cuervos.

Se han propuesto diversas soluciones a esta paradoja; una de las más convincentes es el criterio de Nicod para la confirmación de generalizaciones, aunque dista mucho de ser definitiva y el problema todavía se sigue abordando desde distintos enfoques.

 Paradoja de las esmeraldas verzules.

Descubierta por N. Goodman, quien demostró que si consideramos que verzul significa "verde antes de determinado momento, y azul después", entonces todos los ejemplos testimoniales presentes de esmeraldas corroboran por igual las proposiciones "todas las esmeraldas son verdes" y "todas las esmeraldas son verzules", por lo que la evidencia no serviría para elegir entre la predicción de que la siguiente esmeralda examinada será verde y la predicción de que será azul.

Estas dos paradojas han de interpretarse como reveladoras de los constreñimientos necesarios para la construcción de hipótesis objeto de evaluación inductiva.

K. R. Popper ha afirmado que la inducción no desempeña papel alguno en la investigación científica, ya que lo que los científicos buscan es falsar sus hipótesis, y no verificarlas: las mejores teorías son aquellas que, pese a la improbabilidad de que se cumplan sus afirmaciones y a la severidad con que han sido contrastadas, continúan sin ser refutadas. En contra de Popper, hay quien ha señalado que la explotación racional de los descubrimientos científicos es imposible si no se confía hasta cierto punto en el método de graduación del apoyo que la evidencia proporciona a una teoría.

 Inducción eliminatoria.

En la inducción por eliminación, una generalización gana credibilidad por la eliminación progresiva de sus rivales, inicialmente coherentes con algunos datos, pero que fracasan finalmente en presencia de un ejemplo de una clase diferente.

El intento más conocido de ofrecer una formulación precisa de los principios de este proceso dio origen a los anteriormente mencionados cánones de Mill. La posterior elaboración lógica dotada de mayor rigor fue la obra A Treatise on Pobability (1921) de J. M. Keynes. Keynes consideró que el proceso sólo puede justificarse si se supone la existencia de un número finito de generalizaciones posibles, dado que solamente entonces se incrementan las posibilidades de las sobrevivientes mediante la eliminación de sus rivales. Este imprescindible principio de limitación de la variedad independiente era lógicamente verdadero, o evidente, pero los teóricos de la confirmación, influidos por D. Hume, no piensan lo mismo. Concretamente, el llamado "nuevo enigma de la inducción", planteado por N. Goodman, demuestra la existencia de un proceso enteramente mecánico de definición de nuevas generalizaciones, así como la ausencia de contradicción en la suposición de que la naturaleza puede ajustarse a cualquiera de ellas.

 Inducción enumerativa.

La inducción por enumeración es el proceso, señalado por F. Bacon y posteriormente por J. S. Mill, de acumulación de testimonios confirmatorios de una generalización para aumentar simplemente el número total de ejemplos favorables. Este método ha sido tradicionalmente considerado con cierto escepticismo, ya que el problema de la inducción demuestra que no hay forma de deducir una probabilidad más alta para una ley universal en base al descubrimiento de que es válida en algunos casos, a menos que encontremos una razón a priori en favor de la uniformidad general de la naturaleza. Por otra parte, el mero incremento del número de ejemplos favorables parece no añadir nada a la credibilidad de una generalización; sería mucho más digna de tenerse en cuenta la obtención de ejemplos nuevos en circunstancias diferentes, preferiblemente circunstancias en las que cabría esperar el descubrimiento de contraejemplos, ya que la supervivencia de una generalización cuando se espera su invalidación aumenta su credibilidad. Este método es el de la inducción eliminatoria anteriormente expuesto, pero también sería erróneo suponer que dichos métodos pueden sustituir por completo a la enumeración, puesto que nuestras creencias acerca de lo que ha de considerarse una variación relevante de las circunstancias, así como nuestras creencias generales acerca del funcionamiento fiable de los mismos mecanismos causales en el futuro, deben justificarse refiriendo lo que ha acontecido en nuestra experiencia, que es precisamente en lo que consiste la inducción enumerativa.

INFERENCIA. Acción de sacar una consecuencia de una cosa; especialmente en lógica,
razonar sacando de una o más proposiciones dadas una proposición nueva.

INGENIERÍA.  (De ingeniero); sust. f.
1. Conjunto de conocimientos y técnicas que persiguen aplicar el saber científico a la resolución eficiente de necesidades y problemas humanos: gracias a la ingeniería genética, se producen avances sorprendentes en la reproducción animal.
2. Profesión y ejercicio de ingeniero: mi hermano va a estudiar una carrera de ingeniería

Sinónimos
Ciencia, técnica, tecnología.

Se define como ingenieria el arte de aplicar los conocimientos científicos a la invención, perfeccionamiento y utilización de la técnica industrial en todas sus determinaciones. La ingeniería es, por tanto, la aplicación práctica de la ciencia, abarca la totalidad de las tecnologías y ha ido evolucionando con cada uno de los logros técnicos o inventos de la humanidad. Es difícil concretar en muchos casos la fecha exacta en que se llevaron a cabo algunos de ellos, sin embargo, la historia está dividida en etapas muy diferenciadas entre sí, cada una de ellas marcada por un contexto social, cultural, económico y político muy distinto, y caracterizadas por diversos inventos y descubrimientos que revolucionaron la sociedad de su tiempo.

 Introducción histórica.

El origen de la voz ingeniero está en el vocablo engeño  ('ingenio'), con el que se designaban las máquinas y artefactos que solían emplearse en la defensa de las fortalezas.

Antes de que los inventores crearan ingenios tecnológicos, había multitud de tareas pesadas que debían ser hechas por las personas, lo que propiciaba la explotación de seres humanos (los esclavos y los campesinos que arrastraban piedras para levantar pirámides, los esclavos que remaban en las galeras romanas, etc.). Por ello, la mecánica se convirtió en la nueva fuente de valor, que tenía su máximo exponente en la máquina. El desarrollo de instrumentos y máquinas está marcado por el intento de modificar el medio ambiente, con el objeto de incrementar la potencia de un organismo humano o alcanzar un conjunto de condiciones favorables destinadas a mantener la supervivencia y el equilibrio de las personas.

Desde la utilización de la palanca que, entre todas las máquinas que ha construido el ser humano, es la más elemental y útil, hasta hoy día, se han sucedido multitud de descubrimientos e inventos, dando paso al nacimiento de diferentes tecnologías que han enriquecido el ámbito de la ingeniería

El gran progreso de la ciencia durante el siglo XX ha permitido la aparición de nuevas ramas de la ingeniería como la Aeronáutica, fundamentalmente a partir del primer vuelo llevado a cabo por los hermanos Wright cuando, en 1903, uno de ellos recorrió la distancia de doscientos ochenta y cuatro metros en cincuenta segundos, pero se desarrolló debido al interés militar que suscitaron estos aparatos; la la Nuclear, la Genética,   y  la Electrónica, surgida a principios de siglo, cuando Fleming desarrolló el primer diodo y, más tarde, De Forest desarrolló el triodo.

INVESTIGACIÓN. {f.} Acción de investigar.
Básica. La que tiene por fin ampliar el conocimiento científico, sin perseguir, en principio, ninguna aplicación práctica.

J    


K  
 


L

LEMA. Proposición que es preciso demostrar antes de establecer un teorema.

LÓGICA. (Del gr. logikh, terminación femenina de logikoV, a través del latín logica); sust. 1. Ciencia que comprende las leyes y formas del conocimiento humano, considerando el pensamiento en sí mismo, sin referirlo a los objetos: suspendió la Filosofía de 3º porque no tenía ni idea de lógica
2. [Por extensión] Razonamiento o método: las últimas películas de Divine carecen de toda lógica, pero son disparatadamente divertidas.
3. [Uso figurado] Modo de razonar particularmente cada inidividuo: la lógica de don Quijote no era cómoda para quienes detentaban la autoridad en su tiempo.

Sinónimos
Razonamiento, raciocinio, razón, conocimiento, entendimiento, método, sistema, sensatez, racionalidad.

Antónimos
Absurdo, incongruencia, despropósito, disparate.

[Matemáticas y Filosofía] Lógica matemática.
 
Es la ciencia que investiga, formula y establece los principios del razonamiento.

M  

MÉTODO. Modo ordenado de proceder para llegar a un resultado o fin determinado, esp. para descubrir la verdad y sistematizar los conocimientos.

[Filosofía] Método

Se tiene un método cuando se sigue un cierto camino con el objetivo de alcanzar un cierto fin, propuesto de antemano como tal. Este fin puede ser el conocimiento o puede ser también un fin humano o vital, como por ejemplo, la felicidad.
Durante un tiempo se consideraba que los problemas relativos al método eran exclusivos de la metodología, como parte de la lógica que consideraba las formas particulares del pensamiento. Hoy día ya no se acepta esta posición, pues las cuestiones relativas al método rozan no sólo problemas lógicos, sino también epistemológicos y hasta metafísicos.
Una de las cuestiones más generales con respecto al método es la relación que cabe establecer entre el método y la realidad que se trata de conocer. Es frecuente estimar que el tipo de realidad que se aspira a conocer determina la estructura del método a seguir. Por otro lado, ha sido aspiración muy frecuente la de hallar un método universal aplicable a todas las ramas del saber y en todos los casos posibles. Descartes, en su Discurso del método indica que las reglas metódicas propuestas eran reglas de invención o de descubrimiento que no dependen de la particular capacidad intelectual del que las usa.
Puede hablarse de métodos más generales, como el análisis, la síntesis, la deducción, la inducción, etc.; y de métodos más especiales, esto es, los determinados por el tipo de objeto a investigar o la clase de proposiciones a descubrir. También se puede hablar de métodos racionales en contraposición con métodos intuitivos.
La filosofía se ocupa no sólo de cuestiones relativas a la naturaleza del método, sino que también se pregunta si hay o no algún método mas adecuado que otros para el propio filosofar. Hay tres métodos filosóficos fundamentales, que dan origen a un tipo peculiar de filosofía: método dialéctico (Platón, Hegel...) que consiste en suprimir las contradicciones; método logístico (Demócrito, Descartes, Leibniz, Locke) que consiste en afirmar la existencia de principios y en deducir a partir de ellos el resto; y método de indagación (Aristóteles, Bacon...), que consiste en usar una pluralidad de métodos, cada uno de ellos adecuado a su objeto.

METODOLOGÍA. Parte de la lógica que estudia los métodos. Se divide en dos partes: la sistemática, que fija las normas de la definición, de la división, de la clasificación y de la prueba, y la inventiva, que fija las normas de los métodos de investigación propios de cada ciencia.

N  


O  

OBSERVACIÓN. {f.} Acción de observar.
Nota, comentario, objeción.

[Sociología] Observación
Tal vez esta técnica de investigación sociológica sea la más importante objetivamente, aunque también hay que decir que es la más exigente a la hora de llevarla a cabo por lo que se explica el escaso uso en trabajos de investigación sociológica.
La observación se refiere siempre al comportamiento de los agentes sociales, dotada tanto de un contenido subjetivo como objetivo. Y los tipos son variados: indirecta, a través de documentos; directa, con el contacto personal del investigador con la población observada.
Ésta a su vez, puede realizarse de modo sistemático, esto es, siguiendo un estricto esquema; también de modo asistemático, ósea, no siguiendo un esquema, sino creando el esquema según se va desarrollando la observación. Este tipo de observación directa puede realizarse bien "in situ", en el escenario de la observación participante. Esta última va a ser objeto de análisis específico.
La Observación participante la realiza el investigador cuando se sitúa dentro del contexto social estudiado, como un miembro más o menos integrado en ese contexto. El observador participa en la medida en que asume uno o varios roles sociales definidos en el interior del sistema, utiliza el rol social a manera de disfraz para poder llegar a los fenómenos que le interesa.
El proceso de desarrollo de esta técnica exige que el contexto social seleccionado sea totalmente extraño al investigador, para evitar todo posible subjetivismo. La entrada del investigador participante en la colectividad se ha de estudiar bien; los contactos cotidianos del investigador dependen en gran medida de la resocialización del mismo. Es imprescindible que lleve un registro de datos pormenorizado, por medio de notas escritas, grabadas..., tener los datos a investigar bien estructurados, anotando con toda precisión posible todos los detalles del tiempo, lugar, personas, circunstancias, ambiente físico... Por eso las grabadoras audiovisuales son muy importantes para esta técnica.
Es sumamente importante que el investigador-observador tenga las unidades de observación bien definidas: categorías, para clasificar los datos, como por ejemplo clasificar las relaciones de individuos, colaboración-hostilidad-indiferencia; cuadros de referencia, para concretar a quién pertenece tal o cual observación; las unidades de tiempo, varios hechos de la misma categoría, saber si son varios o una sola unidad; escalas graduadas, para medir el grado de intensidad de los diferentes fenómenos, por ejemplo grados de adhesión, incondicional-simple-forzada...
Son diferentes los grados de participación, como uno más de los miembros de la colectividad; como observador-participante, y los demás lo saben; y como un observador exterior, y los otros miembros no lo saben.
La preparación y entrenamiento de los observadores es necesaria. Tienen que tener muy claro los objetivos a investigar, aclarar toda duda que se les presente, señalarles la importancia y función de cada categoría. Igualmente es necesario que el observador tenga bien definidas las unidades de observación a pautas concretas: como son las categorías o clasificaciones de los datos obtenidos, la colaboración, hostilidad, indiferencia de los agentes sociales observados; así también, tener en cuenta los cuadros de referencia o la concreción de la pertenencia de tal o cual observación, las unidades de tiempo, cuándo varios hechos son de una misma categoría o de varias.
Conviene precisar una referencia psicológica del observador y es que el exceso de contenido de la observación puede afectar a la fiabilidad y control, así como la fatiga causada por una larga observación puede ser causa de errores en la percepción de la experiencia; la misma desconfianza en el propio juicio puede afectar a la fiabilidad y control en el estudio de los fenómenos sociales.
El análisis de los datos recogidos en la observación tiene lugar a lo largo del proceso, aunque será más amplio el análisis cuando haya dejado la colectividad observada. Se suelen seguir estas fases: lectura y relectura de las notas, codificación de los temas más importantes, construcción de las tipologías y diagramas de procesos, consulta de la literatura sobre la población estudiada, etc.

P 

PARADIGMÁTICO. Relativo al paradigma. Dícese de la relación existente entre unidades lingüísticas que pueden sustituirse mutuamente en el mismo contexto.

PARADOJA.  (Del lat. paradoxa, terminación f. de paradoxus, 'paradójico'); sust. f.
1. Idea extraña u opuesta a la opinión y el sentir comunes de los hombres: mis padres, consecuentes con su gusto por las paradojas, se trasladaron a un pueblo de diez habitantes en la época en que todo el mundo emigraba a las grandes ciudades.
2. Afirmación contradictoria que, sin embargo, parece verdadera: son famosas en la historia de la filosofía las paradojas planteadas por Zenón de Elea.
3. [Retórica] Figura retórica consistente en emplear expresiones que entrañan contradicción: la célebre paradoja de Santa Teresa 'vivo sin vivir en mí' describe mi estado de ánimo en estos momentos con gran precisión.
4. [Física] Fenómeno cuyas características experimentales contradicen alguna ley científica demostrada matemáticamente: todas las teorías científicas, incluso las universalmente establecidas, ocultan en su seno lagunas y paradojas.

Sinónimos
Contradicción, absurdo, disparate, sofisma, aporía, antinomia, contrasentido, extravagancia, singularidad, rareza, incompatibilidad.

Antónimos
Tautología, razón, sensatez, compatibilidad.

 [Filosofía] Paradoja

Conviene establecer, antes de entrar de lleno en el análisis del concepto de paradoja, una distinción entre paradojas por una parte, y antinomias y aporías, por otra. El término "aporía" hace referencia al enfrentamiento de soluciones incompatibles, pero en apariencia igualmente bien fundadas, que dificultan o hacen imposible la solución de un determinado problema; el significado es análogo al de "antinomia", si bien este último término se reserva frecuentemente para aludir a las contradicciones planteadas por Kant en su Crítica de la Razón Práctica con referencia a la idea trascendental de mundo. En cualquier caso, tanto las aporías como las antinomias se pueden incluir en la clase de las paradojas, que constituyen por tanto un grupo más amplio que a su vez se puede dividir en cuatro grandes bloques: el de las paradojas lógicas y semánticas, el de las paradojas de la inducción, el de las paradojas existenciales y el de las paradojas psicológicas. El primero de estos bloques es el que ha suscitado mayor interés a lo largo de la historia de la filosofía, y el que ha recibido consecuentemente un tratamiento más extenso y detallado; por ello, también aquí recibirá más atención que los otros tres mencionados.

Paradojas lógicas y semánticas.

Desde que tuvo lugar la llamada "crisis de fundamentos de la matemática" a finales del siglo XIX, se puso de manifiesto la existencia de un cierto número de paradojas en este ámbito que, desde Ramsey, suelen dividirse en dos grandes grupos: el de las paradojas lógico-matemáticas y el de las paradojas semántico-lingüísticas. Esta distinción, no obstante, ha sido rechazada por algunos autores ante la evidencia de que entre unas y otras existen algunos rasgos comunes, razón por la cual se suelen incluir en un mismo apartado dentro del contexto general de las paradojas y por la que se analizan también en estrecha relación.

Paradojas lógicas.

Paradoja de Burali-Forti.

Esta paradoja fue planteada por C. Burali-Forti en 1897, aunque ya había sido advertida por G. Cantor como corolario de uno de sus teoremas en 1895. Se plantea en los siguientes términos: el orden que liga a los números ordinales es lo que se llama un "buen orden", ya que dichos números se encuentran dispuestos en orden de magnitud de forma que, dados dos números ordinales x e y, entonces x > y, y también y < x. Se dice que todo conjunto ordenado de esta forma está bien ordenado, y que el ordinal que le corresponde ha de ser en cualquier caso mayor que cualquier elemento del conjunto. Pero este número ordinal ha de ser también un elemento del conjunto de todos los números ordinales; por lo tanto, se puede afirmar que existe un número ordinal que es elemento del conjunto de todos los números ordinales y, a su vez, mayor que cualquier elemento de tal conjunto, lo que significa que hay un número ordinal que es y no es a la vez el mayor de todos los números ordinales; o lo que es lo mismo, el buen orden natural de los ordinales posee un elemento que determina un segmento con el mismo ordinal que el buen orden del que forma parte, algo que es absurdo.

Paradoja de Cantor.

Esta paradoja fue descubierta por G. Cantor en 1899, aunque no fue publicada. Posteriormente fue redescubierta por Russell en 1902, y publicada en 1903. La paradoja se plantea como corolario del teorema de Cantor que establece que el cardinal de un conjunto es estrictamente menor que el cardinal del conjunto de sus partes. Esto parece llevar a la conclusión de que el conjunto V de todos los conjuntos tiene estrictamente menos elementos que el conjunto de sus partes, al que llamamos p (V); sin embargo, eso contradice el hecho de que el conjunto de las partes p (V) pertenezca al conjunto de todos los conjuntos. Dicho de otro modo, el conjunto de las partes del conjunto de todos los conjuntos ha de ser mayor que el conjunto de todos los conjuntos, pero puesto que el primero es también un conjunto, tendríamos que concluir que el conjunto de todos los conjuntos (en el cual habría de estar incluido el conjunto de sus partes) es menor que uno de sus subconjuntos, lo cual es absurdo.

Paradoja de Russell.

La paradoja de Russell, también llamada "paradoja de las clases", es con mucho la más célebre de las paradojas lógicas. Fue descubierta por Russell en 1901 y ha sido planteada en distintas versiones. Parte del hecho de que hay conjuntos que no pertenecen a sí mismos (el conjunto de todos los hombres, que no es un hombre), y conjuntos que pertenecen a sí mismos (el conjunto de todos los conjuntos, que es a su vez un conjunto). Considérese el conjunto de todos los conjuntos que no pertenecen a sí mismos; este conjunto pertenecerá a sí mismo si y sólo si no pertenece a sí mismo. Otra versión de esta paradoja es la paradoja de las propiedades: se conviene en definir "impredicable" como la propiedad de no aplicarse a sí misma. Por ejemplo, "abstracto" es abstracto, y así predicable; "concreto" no es concreto, y así es impredicable. De esto se sigue que "impredicable" es impredicable si y sólo si "impredicable" no es impredicable. Otra versión es la del catálogo de los catálogos que no se mencionan a sí mismos, que se menciona a sí mismo si y sólo si no se menciona a sí mismo. O el caso del infortunado barbero que afeita a los hombres que no se afeitan a sí mismos. ¿Quién afeita al barbero?

Las propuestas de solución de las paradojas lógicas, ejemplificadas por esta última paradoja russelliana analizada, han sido diversas; una de las más famosas es la "teoría de los tipos" del propio Russell. Otra es la que proporcionan las diversas teorías axiomáticas de conjuntos, debidas a E. Zermelo, J. von Neumann y otros. Para la primera de las soluciones, véase teoría de los tipos; para la segunda, véase teoría de conjuntos.

Paradojas semánticas.

Paradoja del mentiroso, de Epiménides o del cretense.

Esta paradoja, tal y como aparece planteada por ejemplo en la carta a Tito de San Pablo, dice lo siguiente: Epiménides el cretense dice que todos los cretenses son mentirosos. Si Epiménides es cretense y todos los cretenses son mentirosos, entonces cuando Epiménides afirma 'todos los cretenses son mentirosos' está afirmando una proposición verdadera, por lo tanto no miente cuando afirma que todos los cretenses (incluido él mismo) mienten. Como consecuencia, Epiménides miente si y sólo si no miente (o sea, si dice la verdad); y, por otra parte, Epiménides no miente (dice la verdad) si y sólo si miente.

Un análisis rápido de esta paradoja lleva a la estricta conclusión lógica de que hay al menos dos cretenses. Pero la verdadera paradoja subyacente y simplificada aparece ante la suposición de un individuo que dice simplemente "yo miento". De esta presentación propuso Tarski la versión siguiente: la frase subrayada no es verdadera. De donde se sigue que la frase subrayada es verdadera si y sólo si la frase subrayada no es verdadera.

Las paradojas de este estilo se han llamado también paradojas "autofalsadoras", ya que son enunciados que se caracterizan por la doble propiedad de ser autorreferentes y predicar su propia falsedad. Son proposiciones que generan un razonamiento que lleva a la proposición contraria. Así, la paradoja autofalsadora de la forma "este enunciado es falso" da lugar al siguiente razonamiento: si es verdad que este enunciado es falso, entonces este enunciado es falso. Pero este enunciado indica de sí mismo que es falso, así que dice la verdad. Por consiguiente este enunciado es verdadero. Pero si es verdadero, entonces es falso, puesto que dice de sí mismo no que es verdadero, sino que es falso... Este razonamiento tiene una dinámica propia que consiste en un paso indefinidamente alternativo, gracias a la sustitución del enunciado de partida y su inverso. Estos enunciados se caracterizan pues por su inestabilidad semántica, y los problemas que plantean conciernen tanto a los dominios de la lingüística y de la filosofía como al de la lógica. Con respecto a la lingüística, ponen en cuestión las nociones de verdad, significado y referencia; con respecto a la lógica, la paradoja plantea un problema con respecto a la lógica interna del lenguaje, puesto que el enunciado autofalsador no respeta la ley de sustitución de los idénticos de Leibniz, y como consecuencia escapa también a la ley del tercio excluso.

Los diferentes problemas que se acaban de plantear muestran que la paradoja autofalsadora se caracteriza por el hecho de poner en tela juicio, en diferentes disciplinas, un elevado número de nociones teóricas fundamentales. Se desprende de ello que es portadora de una elevada complejidad que justifica el gran número de tentativas de resolución propuestas a lo largo de los siglos.

Paradoja de Jourdain.

Esta paradoja, propuesta por P. E. B. Jourdain, es muy similar a la anteriormente mencionada. Se presenta una tarjeta en uno de cuyos lados está escrito el enunciado: (1)  'Al dorso de esta tarjeta hay un enunciado verdadero'. Se da la vuelta a la tarjeta y se lee: (2) 'Al dorso de esta tarjeta hay un enunciado falso'. De esto se sigue que si (1) es verdadero, entonces (2) también tiene que ser verdadero, por lo que (1) tiene entonces que ser falso. Por otra parte, si (1) es falso, entonces (2) también tiene que ser falso, por lo que (1) ha de ser verdadero. En consecuencia, (1) es verdadero si y sólo si (1) es falso, y (2) es falso si y sólo si (2) es verdadero.

 Paradoja de Grelling o de la heterologicidad.

Se parece a primera vista a la primera versión de la paradoja de Russell. Sin embargo, esta paradoja no se refiere a una noción lógica (conjunto, impredicabilidad), sino a una palabra ("heterológico"). Grelling propuso considerar heterológico a un nombre de propiedad si no verifica la propiedad que designa; por ejemplo, la palabra "largo" no es larga, y es por tanto heterológica. Desde ese momento, la palabra "heterológica" es heterológica si y sólo si no lo es.

Se han presentado también muy diversas soluciones, o pretendidas soluciones, a las paradojas semánticas. No todas ellas son del mismo género, pero las propuestas para la paradoja del mentiroso reflejan bastante bien el carácter de todas ellas. La solución más universalmente aceptada a la paradoja del mentiroso es la que se basa en la teoría de los lenguajes y metalenguajes. En sustancia, consiste en distinguir entre un lenguaje, el metalenguaje de este lenguaje, el metalenguaje de este metalenguaje, y así sucesivamente. Las paradojas se eliminan en cuanto se considera que predicados como "es verdadero" o "es falso" no pertenecen al mismo nivel de lenguaje en el que se enuncia "miento", sino al metalenguaje de ese lenguaje.

Por otra parte, a la vista de lo expuesto se hace patente que la distinción estricta entre paradojas lógicas y paradojas semánticas no puede establecerse con absoluta nitidez. Como se ha visto, los problemas que plantean las paradojas autofalsadoras se inmiscuyen tanto en el ámbito de la semántica como en el de la lógica, y ha habido quien ha defendido que paradojas semánticas como la de Grelling y paradojas lógicas como las de Russell y Richard pueden entenderse dentro del marco de la teoría de las relaciones, de acuerdo con la fórmula siguiente: "nada puede tener ninguna relación, R, con justa y precisamente aquellas cosas que no tienen ellas mismas la relación R."

 Paradojas de la inducción.

Este tipo de paradojas, que constituyen un segundo gran bloque dentro de la noción general de paradoja, surgen en su mayoría como consecuencia de la propia problemática del concepto de inducción. En efecto, una generalización inductiva implica siempre cierto tipo de falacia, pues permite establecer una ley general, con validez universal, a partir de la observación de un número muy alto, pero nunca infinito, de casos particulares. Las paradojas de la inducción se plantean a la hora de determinar qué tipo de evidencias u observaciones son necesarias y fidedignas a la hora de confirmar o verificar un principio inductivo, por lo que también se conocen como "paradojas de la confirmación". Un tratamiento más detallado de este tipo de paradojas se encuentra en el apartado "Paradojas relacionadas con la inducción" en la voz inducción. Las principales de ellas son la paradoja de Hempel y la de Goodman.

Paradojas existenciales.

Este tipo de paradojas son de carácter radicalmente distinto al de las anteriormente analizadas. En la paradoja existencial no hay contradicción estricta, sino más bien una especie de "choque" o "sorpresa" engendrada por lo absurdo de las conclusiones a que conduce. Autores como San Agustín, Pascal, Kierkegaard y Unamuno se han ocupado en mayor o menor medida de estas paradojas, caracterizadas por su propósito de restablecer "la verdad" frente a las "meras verdades" de la opinión común o incluso del conocimiento filosófico o científico. La paradoja existencial, por ejemplo en Kierkegaard, se manifiesta en el hecho de que el hombre elige a Dios mediante un acto de rebelión contra Dios.

Paradojas psicológicas.

Una paradoja psicológica se plantea ante cualquier proposición que sea en cierto modo contraria al sentido común. No puede establecerse por lo tanto un contraste permanente entre sentido común y paradoja, puesto que las verdades de sentido común suelen cambiar notablemente a lo largo de la historia o entre las diferentes culturas. Muchas opiniones consideradas paradójicas durante un tiempo se incorporaron posteriormente al conjunto de las verdades de sentido común. En general, toda proposición filosófica o científica que no haya pasado al acervo común ofrece un perfil paradójico. Esto resulta patente en los orígenes de la filosofía, cuando el filósofo era siempre un hombre solitario, porque pretendía descubrir y comunicar una realidad oculta tras las cosas, que sólo era "visible" con los ojos de la mente. La filosofía es por tanto constantemente paradójica, y no sólo en ciertos momentos de su historia, como la ciencia. No en vano dijo Hegel que la filosofía es el mundo al revés.

POSITIVISMO. (Del fr. positivisme); sust. m.
1. Optimismo, modus vivendi de quien busca siempre el lado bueno de las cosas: su vitalismo y su positivismo le llevaron a sacar provecho del drama que, en un principio, parecía que iba a ser su divorcio.
2. Afición por los bienes mundanos y los goces materiales: mi positivismo me pide un mes de vacaciones en Polinesia.
3. Pragmatismo, actitud práctica en cualquier lance de la vida cotidiana: el positivismo de los helvéticos les movió a convertir en neutralidad su manifiesta debilidad respecto a sus poderosos vecinos.
4. Sistema filosófico apuntado por Saint-Simon y consolidado y difundido por Auguste Comte, que rechaza los conceptos 'a priori', universales y absolutos, y sólo acepta el método experimental como fuente de conocimiento: el positivismo influyó de manera decisiva en la investigación de los científicos decimonónicos.
5. Conjunto de las escuelas, tendencias y corrientes filosóficas que siguen, de manera más o menos estricta, los postulados de dicho sistema filosófico: dados los efectos catastróficos derivados del desarrollo tecnológico, el positivismo actual no debería tener esa fe ciega en los avances de la ciencia.

Sinónimos
Optimismo, vitalismo, energía, hedonismo, materialismo, pragmatismo, empirismo, cientificismo, historicismo, realismo, racionalismo.

Antónimos
Pesimismo, espiritualidad, sobriedad, superstición, religión, revelación, fe, intuición, imaginación.

[Filosofía] Positivismo

Se llama "positivismo" en un sentido muy amplio a toda doctrina que pretende atenerse a lo positivo, frente a lo negativo, y que destaca de esa forma la importancia de lo cierto, lo efectivo, lo verdadero, etc.; por ejemplo, la doctrina de Descartes o la "filosofía positiva" de Schelling. En este caso el término "positivismo", además de tener una extensión excesiva, llegaría a designar un modo de pensar opuesto al que en la tradición histórica ha recibido el nombre específico de "positivismo

En otro sentido todavía amplio, pero más restringido que el anterior, podrían englobarse bajo la denominación "positivismo" todas aquellas doctrinas con caracteres formales comunes y no incompatibles que en cualquier momento de la historia han considerado como fuente exclusiva de conocimiento el conocimiento sensible, especialmente las que surgieron como reacción a la filosofía romántica especulativa (idealismo alemán postkantiano, teísmo especulativo, etc.) y que se reafirmaron en cada uno de los instantes en que se pretendió revalorizar el saber filosófico sin recurrir a ninguna de las corrientes metafísicas tradicionales. En este sentido se incluirían dentro del positivismo, además del positivismo en sentido propio, doctrinas como el escepticismo antiguo, el sensualismo ilustrado, el naturalismo, el pragmatismo, el biologismo... Es cierto que todas estas doctrinas participan de un común supuesto positivista, pero desde esta comprensión del concepto puede decirse que otras muchas doctrinas, como por ejemplo el empirismo de Brentano, participarían de ese carácter común.

En un sentido restringido cabría llamar "positivismo" a todas aquellas doctrinas filosóficas que manifiestan expresamente atenerse a lo dado, especialmente a lo dado en los sentidos; que manifiestan hostilidad al idealismo, o que estiman que deben tenerse en cuenta los métodos y resultados de las ciencias a la hora de hacer filosofía, como el fenomenismo o el cientificismo. Deben incluirse en este sentido restringido aquellos autores que califican a sus propias doctrinas de positivistas; así, por ejemplo, el llamado "positivismo total" de Husserl y Bergson, los cuales han estimado que, para ser positivista, hay que serlo "a fondo" y "radicalmente", admitiendo todos los aspectos de la experiencia sin prejuicios ni conceptualizaciones previas; también el llamado "positivismo espiritualista" de Ravaisson, Lachelier y Boutroux, y el "positivismo absoluto" de Louis Weber. Que no se trata en este caso de positivismo propiamente dicho lo muestra el hecho de que en todos los casos su denominación es un positivismo adjetivado: "total", "espiritualista", "absoluto", etc.

La complejidad del término "positivismo" y la necesidad de restringir su significado se hace aún más evidente cuando se constatan otras distinciones. Se ha distinguido entre el positivismo formalmente considerado y el positivismo históricamente condicionado, entre un ambiente positivista y un contenido positivista de doctrina, entre un positivismo científico y un positivismo político-social y filosófico-histórico. Con tantas distinciones, y dada la posibilidad de múltiples combinaciones entre ellas, se hace comprensible que desde una perspectiva concreta se puedan calificar como positivistas doctrinas que son, desde otro punto de vista, poco o nada positivistas. Así, por ejemplo, el neokantismo, que se presenta por una parte como un intento de justificación de la filosofía y del contenido específico del saber filosófico contra la disolución positivista, resulta ser por otro lado una tendencia infiltrada de positivismo

Por ello, para aquilatar un sentido propio y más ajustado de "positivismo", su significado debe restringirse no sólo a sus caracteres formales, sino también a una determinada trayectoria histórica. No es fácil señalar esos caracteres generales comunes de lo que más que un sistema filosófico fue un movimiento o una mentalidad común de enfocar la resolución de problemas, tanto filosóficos como científicos. No obstante, pueden esbozarse los siguientes ocho rasgos que enmarcan las líneas directrices del movimiento y de la mentalidad positivista: una admiración por las ciencias, consideradas como la única forma legítima de conocimiento y como las únicas dotadas de un método válido; la consideración de la ciencia como saber descriptivo que se limita a describir los fenómenos y las relaciones existentes entre ellos formuladas como leyes, de manera que el objeto de la ciencia es el cómo se produce el fenómeno y el cómo de sus relaciones con otros fenómenos, sin que interese, por ser inasequible y sin sentido, el qué, el por qué y el para qué de los fenómenos; la descripción científica entendida como pura constatación de lo dado en el conocimiento sensible, por estar ésto "puesto" delante de los sentidos; una actitud antimetafísica, consecuente con lo anteriormente dicho, que descarta como contrasentido toda indagación que pretenda ir más allá de lo positivo; una concepción utilitaria de la ciencia, que es entendida como un instrumento en manos del hombre para poder prever el curso de la naturaleza y dominarlo; una pretensión transformadora de la sociedad humana para su perfeccionamiento mediante el conocimiento científico; una pretensión perfectiva del hombre como ser moral a partir del conocimiento de su naturaleza y de los factores determinantes de su conducta; finalmente, una visión progresista ininterrumpida de la vida social a partir de la conjunción de un hombre mejor y de una sociedad mejor.

Desde el punto de vista de una trayectoria histórica más definida pueden distinguirse propiamente hablando tres movimientos positivistas. El primero, que podría llamarse positivismo "clásico", tendría su origen en la filosofía de Augusto Comte, quien propuso y desarrolló una "filosofía positiva" en la que se incluía, además de una doctrina acerca de la ciencia, una doctrina sobre la sociedad y sobre las normas necesarias para reformarla, conduciéndola a su "etapa positiva"; esta tendencia tendría su continuación en los planteamientos de John Stuart Mill. El segundo movimiento positivista sería el que proliferó en los últimos años del siglo XIX vinculado con el empirismo inglés clásico, en particular con Hume, como es el empiriocriticismo de Avenarius, el sensacionismo de Mach, el positivismo idealista de Vaihinger y algunas corrientes del neocriticismo y del neokantismo. El tercer movimiento sería el llamado "positivismo lógico", "empirismo lógico" o "neopositivismo". Esta forma de positivismo contemporánea, cuyo origen se encuentra en el programa del "Círculo de Viena", y que estaría relacionada con el convencionalismo y con el operacionalismo, se caracteriza, en primer lugar, por ser un intento de unir el empirismo (especialmente en la tradición de Hume) con los recursos de la lógica formal simbólica; en segundo lugar, por su tendencia antimetafísica que estima que las proposiciones metafísicas son carentes de significación; y, finalmente, por el desarrollo de la tesis de la verificación.

POSTULADO. {m.} Proposición que, sin ser evidente, se admite como cierta sin demostración.

PREDICCIÓN. Acción de anunciar por revelación, ciencia o conjetura [algo que ha de suceder].

PREMISA. {f.} [Lógica] Cualquiera de las dos primeras proposiciones del silogismo, de donde se infiere la conclusión. Proposción probada anteriormente o dada como cierta, que sirve de base a un argumento.

PROPOSICIÓN. (Del lat. propositio); sust. f.
1. Acción y resultado de dar a conocer algo, tratando de obtener la conformidad o aceptación de otras personas: su proposición fue mal acogida por parte de la junta directiva.
2. [Lógica] Expresión de un juicio entre dos términos, de los cuales uno afirma o niega al otro, o lo incluye o excluye: la proposición "todos los hombres son mortales" afirma una verdad absoluta.
3. [Lingüística] Constituyente oracional integrado por un sujeto y un predicado, que se une a otro mediante coordinación o subordinación para formar una oración compuesta: las proposiciones subordinadas sustantivas desempeñan la misma función sintáctica que los nombres.
4. [Matemáticas] Enunciado de una verdad demostrada o que se trata de demostrar: los teoremas son ejemplos particulares de proposiciones.
5. [Retórica] Parte del discurso en la que se expone aquello de lo que se quiere convencer al auditorio: en lo más encendido de su proposición, el conferenciante sufrió un desmayo.

Sinónimos
Proposición, afirmación, exposición, propuesta, oferta, juicio, enunciado, cláusula, suboración.

Antónimos
Negación, oración.

RACIONALISMO. (De racional); sust. m.
1. [Filosofía] Doctrina filosófica que defiende la omnipotencia e independencia de la razón sobre cualquier otra facultad humana: la filosofía de Descartes es el máximo exponente del racionalismo del siglo XVII.

Antónimos
Empirismo, irracionalismo.

[Filosofía] Racionalismo

"Racionalismo" y "racional" son dos términos que derivan de la misma raíz etimológica: el sustantivo latino ratio, que significa "razón". En consecuencia, en su sentido más amplio, suele considerarse que un racionalista es alguien que concede un énfasis especial a las capacidades racionales del hombre y que tiene una fe especial en el valor y la importancia de la razón y de los argumentos racionales.

La noción general de racionalismo implica un compromiso con las exigencias de la racionalidad, compromiso que es un requisito esencial para cualquier sistema filosófico y, en realidad, para todo conjunto de afirmaciones que aspiren a ser consideradas como verdaderas. En este sentido general, es evidente que todos los filósofos sin excepción son racionalistas. Pero el término "racionalismo" considerado a la luz del desarrollo de la idea de razón a lo largo de la historia de la filosofía ha sido entendido de modos muy diferentes, que básicamente pueden reducirse a cuatro.

En primer lugar, "racionalismo" es el nombre de una doctrina para la cual el único órgano adecuado o completo de conocimiento es la razón, de modo que ella es la fuente de todo conocimiento verdadero. Se habla en tal caso de "racionalismo epistemológico" o "racionalismo gnoseológico", como opuesto al empirismo, que considera que la única fuente de conocimiento verdadero es la experiencia.

El segundo tipo de racionalismo es el "racionalismo metafísico", que afirma que la realidad es, en último término, de carácter racional. En su acepción más general, este término refiere a todos aquellos sistemas filosóficos que consideran que la realidad está gobernada por un principio inteligible, accesible al pensamiento y susceptible de evidencia racional, o bien identificable con el pensamiento mismo. Según esto podríamos hablar de "racionalismo platónico" (puesto que la realidad para él se halla ordenada de acuerdo con un modelo ideal, accesible a la razón mediante la dialéctica, y proporcionado por el mundo inteligible o mundo de las ideas), o de "racionalismo hegeliano" (la realidad coincide en último extremo con la autorrealización de la razón o Espíritu). Frente a este racionalismo metafísico se coloca el irracionalismo o el voluntarismo metafísico.

En tercer lugar hay un racionalismo llamado "racionalismo psicológico", que es la teoría según la cual la razón, equiparada con el pensar o la facultad pensante, es superior a la emoción y a la voluntad. Este racionalismo psicológico se suele oponer al voluntarismo psicológico y al emotivismo, y se identifica a veces con el intelectualismo.

Finalmente, se ha hablado también de un "racionalismo religioso" cuando por exigencias racionales se ha rechazado la posibilidad de cualquier revelación de la divinidad o se ha dado una interpretación puramente racional a fenómenos considerados milagrosos o a personas consideradas sobrenaturales. Este tipo de racionalismo es el que caracteriza las tesis deístas, que identifican las verdades reveladas con los dictámenes de la razón. Así, sobre todo en los siglos XVII Y XVIII, se utilizó con frecuencia el término racionalista para referirse a los librepensadores que defendían opiniones anticlericales y antirreligiosas, y para describir una visión del mundo en la cual no hay lugar para lo sobrenatural. En el siglo XIX, el racionalismo religioso adquirió un matiz especial y designó particularmente un modo de interpretar las Escrituras cristianas, en especial la vida de Jesús tal como aparece en los Evangelios, de un modo puramente natural. De este racionalismo religioso serían exponentes las numerosas obras tituladas Vida de Jesús, como las de Hegel, Strauss, Renan....

Estas significaciones mencionadas se han combinado con frecuencia: algunos autores han admitido el racionalismo psicológico y gnoseológico por haber sostenido previamente un racionalismo metafísico; otros han partido del racionalismo gnoseológico y han extraído de él un racionalismo metafísico y psicológico; otros han tomado el racionalismo psicológico como punto de partida para derivar de él un racionalismo gnoseológico y metafísico. El racionalismo religioso ha sido siempre una consecuencia de alguno de los otros racionalismos. Es posible, sin embargo, admitir un tipo de racionalismo sin por ello adherirse a cualquiera de los restantes, y es posible sostener una forma de racionalismo sin oponerse a algunas de las tendencias que pueden considerársele contrarias. Así ocurre con  empiristas modernos, como Locke o Hume, que aunque combatan el racionalismo continental de Descartes y Leibniz no por esto dejan de hacer filosofías racionalistas.

Es cierto que el impulso dado al conocimiento racional por Descartes y la gran influencia ejercida por el cartesianismo durante la época moderna han conducido a algunos historiadores a identificar la filosofía moderna con el racionalismo, pero hay en las filosofías modernas otros muchos elementos que se suman al racionalismo. Por una parte, la confianza en la razón de esos autores que usualmente son calificados de empiristas, como Locke o Hume. Además, no puede olvidarse el gran trabajo realizado por éstos con el fin de examinar la función de los elementos no estrictamente racionales en el conocimiento y en la realidad conocida. Finalmente, hay que tener en cuenta que la teoría de la razón elaborada por muchos autores modernos, se declaren racionalistas o no, es generalmente más compleja que la desarrollada por las filosofías antiguas y medievales, de modo que puede decirse que si en la filosofía moderna ha predominado el racionalismo ha sido porque previamente se han extendido las posibilidades de la razón.

Precisado ésto, hay que distinguir en la filosofía moderna y contemporánea entre varias formas de racionalismo. Por un lado, entre el racionalismo del siglo XVII y del siglo XVIII. Mientras que el racionalismo del siglo XVII era la expresión de un supuesto metafísico y a la vez religioso, por el cual se hace de Dios la suprema garantía de las verdades racionales y el apoyo último de un universo concebido como inteligible, el racionalismo del siglo XVIII entendía la razón como un instrumento mediante el cual el hombre podía disolver la oscuridad que lo rodeaba; el racionalismo del siglo XVIII entiende la razón como una actitud epistemológica que integra la experiencia, y como una norma para la acción moral y social. Por otro lado, a esta distinción entre el racionalismo de los siglos XVII y XVII, debe añadirse la forma peculiar que el racionalismo asumió en el siglo XIX en Hegel y en varias tendencias evolucionistas, al intentar ampliar el ámbito de la razón hasta incluir la explicación de la evolución y de la historia. Es entonces cuando se produce un punto de inflexión en la historia del pensamiento moderno: los principios racionalistas se abandonan y se sustituyen por nuevas pautas dialécticas e historicistas que darán paso a la filosofía idealista y a los primeros brotes del irracionalismo característico del pensamiento contemporáneo.

Pero, como señaló Ferrater Mora, durante el mismo siglo XIX y en el siglo XX se han producido muchos equívocos en torno al significado del término "racionalismo". Ha habido filósofos que, declarándose decididamente empiristas y positivistas, han elogiado el racionalismo, entendiéndolo como una tendencia opuesta al irracionalismo, al intuicionismo o a la mera fe. Otros autores, que han combatido el racionalismo clásico en nombre de lo irracional, de lo histórico, de lo concreto, no han abandonado, sin embargo, lo que ha constituido la tradición racionalista, sino que han intentado integrar la razón con elementos que usualmente se consideran contrapuestos a ella, como la vida, la historia, lo concreto, etc. En definitiva, los dos motivos más importantes por los que en la filosofía contemporánea se ha rechazado el racionalismo clásico han sido su carácter naturalista y objetivista, que olvida el espíritu en sí y por sí (Husserl) y su carácter estático o estatista, que no tiene en cuenta los factores funcionales y dinámicos de la realidad.

En la oposición histórica al racionalismo clásico, por tanto, han coincidido tendencias contemporáneas, como el irracionalismo, el historicismo, el existencialismo (todas ellas declaradamente opuestas al racionalismo moderno), y el empirismo, el positivismo o la filosofía analítica, que se consideran a sí mismas fieles a la tradición racionalista.

Características del racionalismo moderno.

Según una acepción más restringida y más precisa desde un punto de vista histórico el racionalismo se identifica con la corriente filosófica desarrollada en el continente europeo en el siglo XVII, opuesta al empirismo, y cuyos exponentes más representativos fueron R. Descartes, W. Leibniz, N. Malebranche y B. Spinoza.

Descartes ha sido tradicionalmente considerado como el fundador del racionalismo moderno y su filosofía como aquella que más perfectamente encarna los ideales racionalistas; de hecho, su influencia en las ciencias y en todo el ámbito cultural fue de lo más notable. Sin embargo, los antecedentes de esta corriente de pensamiento deben buscarse en fenómenos más antiguos y complejos, relacionados con distintos aspectos de la cultura; por ejemplo, el ascenso y consolidación de la burguesía en el ámbito económico, administrativo y político en general, y el papel preponderante que esta clase jugó en los nuevos Estados nacionales de la Europa moderna, provocaron una profunda revolución en las instituciones culturales y permitieron que las academias libres y la imprenta pública se impusieran sobre las antiguas universidades medievales. Dado que estas últimas eran el reducto en el que se conservaba el grueso del saber filosófico de la época, basado principalmente en las doctrinas escolásticas, la nueva situación permitió que las ciencias particulares cobraran relevancia y se desvincularan progresivamente de este tipo de filosofía.

Desde un punto de vista estrictamente político, Maquiavelo, Bodin y T. Moro Moro, SANTO pueden ser considerados como precursores del racionalismo moderno. Del mismo modo, Hugo Grocio fue de los primeros en aplicar el procedimiento de demostración matemático -modelo general de toda la orientación racionalista- al ámbito del derecho y la política, e identificó explícitamente, en su obra De jure belli ac pacis (1625), a la naturaleza con la razón. La identificación de la razón con los procedimientos matemáticos se relaciona, por una parte, con la técnica comercial y empresarial de la clase burguesa, que veía en la razón matemática un instrumento político de afirmación antifeudal; por otra parte, dicha identificación da lugar al perfeccionamiento teórico de las ciencias matemáticas, así como al incremento de las técnicas y de la instrumentalización de la investigación científica (sirva como ejemplo el telescopio de Galileo).

Otro factor que contribuyó con gran fuerza a la aparición del racionalismo fue la revolución científica que tuvo lugar en los siglos XVI y XVII y que posibilitó el nacimiento de la ciencia moderna. La nueva mentalidad científica, representada por personajes de la fama de N. Copérnico, J. Kepler y Galileo Galilei, no sólo abordó cuestiones de orden astronómico y cosmológico fundamentales (que a su vez influyeron en las problemáticas religiosas y morales vinculadas a ellas), sino que se difundió rápidamente a otros sectores de la investigación, como la medicina (de la mano de Harvey) o la química (Boyle).

El racionalismo cartesiano.

La filosofía de Descartes es la que plasma de manera más representativa y sistemática los ideales racionalistas vigentes en el continente europeo durante este periodo, concretamente, los del denominado "racionalismo gnoseológico". En su Discurso del método (1637), Descartes se proponía reconstruir la totalidad del saber sobre unos cimientos caracterizados por ser evidentes (claros y distintos) a la pura razón, descartando la posibilidad de aceptar como fiable cualquier conocimiento que no se presentara a nuestro entendimiento con dicha evidencia. Por ello, el método a seguir en toda investigación debía tomar como modelo el método matemático: obtener unas verdades evidentes (axiomas) mediante la intuición racional y deducir a partir de ellos el resto de los teoremas de la ciencia, ya que la matemática, ciencia universal y necesaria, exhibía las características de infalibilidad que Descartes reivindicaba para el resto de los saberes humanos. La evidencia como criterio de verdad, el análisis, la síntesis y la enumeración son las reglas del método cartesiano, reglas que se impondrán como esquema de procedimiento capaz de descubrir el orden racional que se oculta detrás del aparente desorden con que se nos muestran los fenómenos cualitativos.

Encontramos reminiscencias de este proyecto cultural en la idea de Hobbes de reducir la moral al método geométrico euclidiano, así como en la Ética (1677) de Spinoza que, al igual que la metafísica cartesiana, constituye una de las obras más representativas de los ideales del racionalismo

REFUTACIÓN.  {f.} Acción de refutar. Argumento o prueba que se aduce para impugnar algo.  

S  

SEMIOLOGÍA.{f.} Semiótica. Ciencia general de los signos que debe sus fundamentos básicos al filósofo estadounidense C. S. Peirce y al lingüista suizo Ferdinand de Saussure, a quien se debe la distinción fundamental entre significante y significado. En esta idea básica está el principio de la ciencia del estructuralismo, que además trabaja en dos planos: el sincrónico, o descriptivo en un momento dado, y el anacrónico, o histórico en la evolución de una lengua. Esta aportación fue decisiva para la evolución de los estudios de lingüística y también para otras disciplinas, como la teoría literaria, la antropología, la sociología o la psicología. De hecho, en su Curso de Lingüística General (1915), Saussure afirma que esta ciencia podía servir para un estudio en profundidad de los distintos códigos lenguajes de comunicación que se perciben en toda sociedad; además, el estudioso suizo puso especial énfasis en el hecho de que la semiología (término acuñado por él a partir del griego semion, 'signo') era una de las partes fundamentales dentro del campo de la psicología social y que, a su vez, la lingüística es sólo una sección de la ciencia general de la semiología

SILOGISMO. (Del lat. syllogismus, y éste del gr. sullogismoV); sust. m.
1. [Lógica] Argumento compuesto de tres proposiciones, la última de las cuales se deduce por necesidad de las otras dos: Aristóteles fue el primer filósofo que se ocupó de detallar la naturaleza de los silogismos y de determinar su validez como forma de razonamiento.

Sinónimos
Razonamiento, argumento, deducción.

[Filosofía] Silogismo

El padre de la silogística es Aristóteles. A pesar de que algunos estudiosos han señalado la importancia de ciertos precedentes (Platón y Eudoxo) en el desarrollo de la disciplina, lo cierto es que dichos antecedentes no disminuyen la importancia de la contribución del Estagirita al respecto. El propio término griego, 'sullogismoV', sólo adquiere el sentido técnico que actualmente conocemos a partir de Aristóteles, ya que anteriormente significaba simplemente "reunión" y a veces, también, "conjetura".

A partir de Aristóteles, otros autores como Teofrasto y Eudemo contribuyeron al desarrollo de la doctrina, especialmente en lo referente a los llamados "silogismos hipotéticos", de los cuales dio cuenta Boecio con notable detalle y rigor. Pero fue la escolástica la que se encargó de la elaboración de la doctrina silogística en todas sus partes y de su presentación formalizada. La silogística perdió fuerza en la época moderna, en la que numerosos autores criticaron el valor inventivo del silogismo para concederle a lo sumo valor meramente expositivo. En la época contemporánea, lógicos como Lukasiewicz han tratado de recuperar la importancia de la silogística clásica y de dar cuenta de ella en el marco de la lógica simbólica, pero la teoría del silogismo nunca ha vuelto a ocupar el lugar preponderante y desmedido que tuvo en su época de auge.

Aristóteles definió el silogismo como "un argumento en el cual, establecidas ciertas cosas, resulta necesariamente de ellas, por ser lo que son, otra cosa distinta de las antes establecidas", y ejemplificó dicha definición un tanto general mediante inferencias de un tipo especial: aquellas en las que se establece un proceso de deducción que establece una relación sujeto-predicado a partir de enunciados que también manifiestan esta relación. En un proceso deductivo tal, la conclusión, formada por dos términos, se infiere de dos premisas dotadas también de dos términos cada una, uno de los cuales no aparece en la conclusión. Además, esta ley lógica establece relaciones entre términos universales. A la luz de estas determinaciones, un ejemplo de silogismo sería el siguiente:

"Si todos los hombres son mortales y todos los griegos son hombres, entonces todos los griegos son mortales".

Cuya forma es:

Si todo H es M
y todo G es H,
entonces todo G es M.

Debe destacarse del ejemplo anterior, en primer lugar, la forma condicional del mismo y, en segundo lugar, que todos los términos introducidos ('hombres', 'griegos', 'mortales') son universales. Ambas características han sido omitidas a menudo en la literatura tradicional al respecto, ignorándose con ello el preciso tratamiento de la cuestión llevado a cabo por Aristóteles.

Se aprecia entonces claramente que un silogismo es un condicional que se compone de dos partes: antecedente ("Si todo H es M y todo G es H") y consecuente ("entonces todo G es M"). A su vez, el antecedente se compone de dos partes, denominadas "premisas"; la primera ("todo H es M") se llama "premisa mayor"; la segunda ("todo G es H"), "premisa menor". El consecuente se llama también "conclusión" del silogismo. Las letras mayúsculas (H, G, M) simbolizan los llamados "términos" del silogismo, que aparecen en número de dos en cada una de sus partes. Estos términos reciben el nombre de "medio", "menor" y "mayor" respectivamente. El término medio (en nuestro caso 'H') aparece en las dos premisas, pero no en la conclusión. El término menor es el primero de los términos de la conclusión; y el término mayor, el segundo de los términos de la conclusión. En el ejemplo propuesto, 'griegos' y 'mortales' son respectivamente los términos menor y mayor del silogismo, mientras que 'hombres' constituye el término medio.

También deben considerarse la figura y el modo del silogismo. La figura es la manera en que aparecen dispuestos los términos en las premisas. El modo es la forma en que se disponen las premisas. Según Aristóteles, existen determinados modos cuya validez se aprecia de forma evidente, por lo que pueden ser considerados axiomas del sistema formal silogístico. Estos silogismos, llamados "perfectos", son cuatro: Barbara, Celarent, Darii y Ferio. Un ejemplo de silogismo Barbara, o de modo Barbara, puede ser el propuesto anteriormente: "Si todos los hombres son mortales y todos los griegos son hombres, entonces todos los griegos son mortales". Un ejemplo de Celarent puede ser el siguiente: "Si ningún africano es europeo y todos los marroquíes son africanos, entonces ningún marroquí es europeo". El modo Darii vendría ejemplificado por un silogismo de la siguiente forma: "Si todos los chinos son laboriosos y algunos residentes de Santiago de Chile son chinos, entonces algunos residentes de Santiago de Chile son laboriosos". Por último, un ejemplo de Ferio sería: "Si ningún aviador es miope y algunos madrileños son aviadores, entonces algunos madrileños no son miopes".

La validez de los modos restantes no es evidente y debe ser probada a partir de los modos perfectos. Estos modos son los llamados Cesare, Camestres, Festino, Baroco, Datisi, Ferison, Disamis, Bocardo, Calemes, Fresison, Dimatis, Darapti, Felapton, Bamalip y Fesapo. Aristóteles probó su validez mediante tres métodos: conversión, reductio ad impossibile y exposición.

Los escolásticos, que como antes se dijo desarrollaron y perfeccionaron la silogística aristotélica, proporcionaron ocho reglas de formación de silogismos válidos:

1. Los términos de todo silogismo deben ser tres: mayor, medio y menor.
2. Ningún término debe poseer mayor extensión en la conclusión que en las premisas.
3. La conclusión no debe contener nunca el término medio.
4. El término medio debe ser tomado al menos una vez en forma general.
5. Nada se sigue de dos premisas negativas.
6. Si las dos premisas son afirmativas, no puede seguirse de ellas una conclusión negativa.
7. La conclusión sigue siempre la parte más débil (es decir, la premisa inferior).
8. Nada se sigue de dos premisas particulares.

Además de los silogismos categóricos, que son los que se han tratado hasta ahora, Aristóteles consideró también los silogismos modales y los silogismos hipotéticos. Analizó los primeros tomando como base su teoría de los silogismos categóricos y proporcionó análogas leyes modales para  cada uno de ellos. Respecto a los silogismos hipotéticos, presentados por Aristóteles y desarrollados por sus comentaristas (Teofrasto, Eudemo, Boecio y otros), los consideró como proposiciones alternativas y condicionales que son asumidas "por hipótesis". Sin embargo, esta no es la única clasificación posible. El propio Aristóteles habló de otra clasificación tetrapartita, en la que los silogismos se dividían en filosofemas, epiqueremas, sofismas y aporemas, y los escolásticos proporcionaron muchas otras clasificaciones, basadas fundamentalmente en el grado de validez de los distintos silogismos.

SINCRONÍA. {f.} Carácter de los hechos observados en un estado dado del lenguaje independientemente de su evolución en el transcurso del tiempo, cuyo estudio constituye el objeto de la lingüística sincrónica o estática.

SINTAGMÁTICO. {adj.} Relativo o perteneciente al sintagma.
Relaciones que se establecen entre dos o más unidades que aparecen en la oración. Así, en la oración el perro ladra, son sintagmáticas las relaciones existentes entre el sintagma nominal el perro y el sintagma verbal ladra. Y lo son también las que existen entre el artículo el y el sustantivo perro.

T  

TAUTOLOGÍA. (Del gr. tautologia); sust. f.
1. [Retórica] Repetición de un mismo pensamiento expresado en formas distintas: el abundante uso de tautologías en el primer capítulo hacen de su lectura una tarea verdaderamente penosa.
2. [Lógica] En lógica proposicional, fórmula que es siempre verdadera, independientemente de cuál sea el valor de verdad de sus componentes: el condicional cuyo antecedente es la conjunción de las premisas de un argumento lógicamente válido y cuyo consecuente es la conclusión de dicho argumento, ha de ser una tautología

Sinónimos
Repetición, iteración, redundancia, pleonasmo, reiteración, verdad.

Antónimos
Contradicción.

 [Filosofía] Tautología

En lógica, se llama "tautología" a cualquier fórmula válida en el ámbito de la lógica proposicional. Son tautologías todas aquellas fórmulas que al probarse por el método de las tablas de verdad dan siempre uves como resultado, en donde la uve (V) significa "es verdadero". Es decir, las tautologías son verdaderas en todos los casos, sea cual sea el valor de verdad de los elementos componentes de la fórmula en cuestión. Por el contrario, la tabla de verdad de las fórmulas contingentes contiene tanto uves como efes, y la de las contradicciones, sólo efes (F), que significan "es falso".

El número de tautologías posibles es infinito, pero pueden citarse algunas de las más importantes, la mayoría de las cuales son consideradas como leyes de la lógica proposicional; así, por ejemplo, p—›p ('si p, entonces p') , p‹–›p ('p si y sólo si p'), p v ¬p ('p o no p'), p‹–›¬¬p (ley de doble negación), etc.

Para la construcción del cálculo proposicional son necesarias unas cuantas tautologías que funcionen como axiomas del cálculo; el resto de las tautologías se pueden probar ya dentro del cálculo como teoremas del mismo.

Una de las posiciones más famosas y controvertidas acerca de las tautologías es la que mantuvo L. Wittgenstein. Para este autor, mientras que la proposición muestra lo que dice, la tautología, junto con la contradicción, muestran que no dicen nada. Por eso la tautología no posee condiciones de verdad y es incondicionalmente verdadera. Pero el hecho de que la tautología carezca de sentido no quiere decir que sea absurda; antes bien, las tautologías tienen una función simbólica en el seno de la lógica, al igual que el número 0 tiene una función simbólica en el seno de la aritmética. La tautología no es una representación de una determinada situación de la realidad, sino una representación de todas las posibles situaciones reales.

Las consideraciones de Wittgenstein llevaron a ver la lógica como una serie de tautologías y, en la medida en que las matemáticas se fundaban en la lógica, se afirmó que éstas eran igualmente una serie de tautologías. Ramsey, por ejemplo, fue defensor de esta posición extrema y llegó a eliminar los axiomas de reducibilidad y de infinitud de la ciencia matemática, por ser estos incompatibles con la anterior afirmación. Pero posteriormente se advirtió que la equiparación de la lógica y la matemática con series de tautologías reducía considerablemente el número de fórmulas de que se podía disponer, por lo que finalmente se admitieron como tautologías únicamente las fórmulas lógicas identificables mediante tablas de verdad.

Por otro lado, se plantea también la cuestión de qué es lo que se quiere decir cuando se afirma que una fórmula determinada es una tautología. Reichenbach opinaba que aunque una tautología sea vacía, el enunciado que afirma que cierta fórmula es una tautología no es vacío, sino que constituye un enunciado empírico.

TELEOLOGÍA.  [Filosofía] Tautología
En lógica, se llama "tautología" a cualquier fórmula válida en el ámbito de la lógica proposicional. Son tautologías todas aquellas fórmulas que al probarse por el método de las tablas de verdad dan siempre uves como resultado, en donde la uve (V) significa "es verdadero". Es decir, las tautologías son verdaderas en todos los casos, sea cual sea el valor de verdad de los elementos componentes de la fórmula en cuestión. Por el contrario, la tabla de verdad de las fórmulas contingentes contiene tanto uves como efes, y la de las contradicciones, sólo efes (F), que significan "es falso".

El número de tautologías posibles es infinito, pero pueden citarse algunas de las más importantes, la mayoría de las cuales son consideradas como leyes de la lógica proposicional; así, por ejemplo, p—›p ('si p, entonces p') , p‹–›p ('p si y sólo si p'), p v ¬p ('p o no p'), p‹–›¬¬p (ley de doble negación), etc.

Para la construcción del cálculo proposicional son necesarias unas cuantas tautologías que funcionen como axiomas del cálculo; el resto de las tautologías se pueden probar ya dentro del cálculo como teoremas del mismo.

Una de las posiciones más famosas y controvertidas acerca de las tautologías es la que mantuvo L. Wittgenstein. Para este autor, mientras que la proposición muestra lo que dice, la tautología, junto con la contradicción, muestran que no dicen nada. Por eso la tautología no posee condiciones de verdad y es incondicionalmente verdadera. Pero el hecho de que la tautología carezca de sentido no quiere decir que sea absurda; antes bien, las tautologías tienen una función simbólica en el seno de la lógica, al igual que el número 0 tiene una función simbólica en el seno de la aritmética. La tautología no es una representación de una determinada situación de la realidad, sino una representación de todas las posibles situaciones reales.

Las consideraciones de Wittgenstein llevaron a ver la lógica como una serie de tautologías y, en la medida en que las matemáticas se fundaban en la lógica, se afirmó que éstas eran igualmente una serie de tautologías. Ramsey, por ejemplo, fue defensor de esta posición extrema y llegó a eliminar los axiomas de reducibilidad y de infinitud de la ciencia matemática, por ser estos incompatibles con la anterior afirmación. Pero posteriormente se advirtió que la equiparación de la lógica y la matemática con series de tautologías reducía considerablemente el número de fórmulas de que se podía disponer, por lo que finalmente se admitieron como tautologías únicamente las fórmulas lógicas identificables mediante tablas de verdad.

Por otro lado, se plantea también la cuestión de qué es lo que se quiere decir cuando se afirma que una fórmula determinada es una tautología. Reichenbach opinaba que aunque una tautología sea vacía, el enunciado que afirma que cierta fórmula es una tautología no es vacío, sino que constituye un enunciado empírico.

TEODICEA.  (Del gr. QeoV, 'Dios', y dikh, 'justicia'); sust. f.
1. Disciplina filosófica que se ocupa del problema de la justificación del mal en relación con la bondad de Dios: a pesar de que su nombre es relativamente moderno, la teodicea es una disciplina bastante antigua.

Sinónimos
Teología, teología natural.

[Filosofía] Teodicea

El nombre de "teodicea" (théodicée) fue propuesto por Leibniz para designar cualquier investigación destinada a explicar y justificar la existencia del mal en el mundo y hacerla compatible con la infinita bondad de Dios. El término aparece por primera vez en su obra Essais de théodicée sur la bonté de Dieu, la liberté de l'homme et l'origine du mal, publicada en 1710, junto con la cual publicó también un resumen en latín titulado Causa Dei asserta per iustitiam eius perfectionibus cunctisque actionibus conciliatum. Sin embargo, las investigaciones y tratados acerca de este problema son muy antiguas, pues muchos filósofos se habían ocupado ya del problema del mal y de su justificación respecto a la bondad divina. La diferencia es que, a partir de Leibniz, lo que antes había sido simplemente el análisis de un problema tendió a convertirse en una disciplina filosófica con entidad propia, aunque dependiente según algunos de la teología, y que se llamó desde entonces "teología natural". Así sucedió por ejemplo con Wolff, quien trató el problema característico de la teodicea en su obra Theologia naturalis methodo scientia pertracta. Algunos autores se opusieron a los planteamientos de Leibniz y Wolff, pero siguieron utilizando el término "teodicea" en sus refutaciones (como ocurre en el escrito de Kant "Sobre el fracaso de todos los ensayos filosóficos en la teodicea"), al igual que muchos autores neoescolásticos de los siglos XIX y XX, que han considerado la teodicea como una disciplina especial dentro de la teología natural.

TEOLOGÍA. (Del lat. theologia, y éste del gr. qeologˆa 'teología, doctrina sobre lo divino'); sust. f.
1. Ciencia que trata sobre la naturaleza y la existencia de Dios: Santo Tomás sistematizó la teología y la elevó a la categoría de ciencia.

Modismos
No meterse en teologías. [Uso figurado y familiar] Discurrir o hablar llanamente, sin mezclarse en materias arduas que no se ha estudiado.

Sinónimos
Religión, cristianismo, mística, escolástica, ascética, escatología, patrística, patrología, apologética, casuística, teodicea, hermenéutica, moral, dogma, credo, doctrina.

[Filosofía y Religión] La Teología puede ser definida como la ciencia de la fe. Su función consiste en intentar explicar, consciente y metódicamente, la revelación divina. La teología trata, según la definición tradicional, de Dios, de su existencia, su naturaleza y atributos, así como de su relación con el mundo y de las posibilidades con que los hombres cuentan para comunicarse con él o acceder al conocimiento de su esencia de alguna manera. Teniendo en cuenta que el punto de partida existencial de toda vida religiosa es la convicción por parte del hombre acerca del carácter precario de su condición, al creyente se le plantea una paradoja que consiste en sentir esa llamada a la trascendencia que con tanta fuerza se halla inscrita en la mente humana, mientras que el mundo material sólo le da signos contrarios a esa pretensión de trascender. La idea de Dios como espíritu creador, ordenador y salvador, se convierte así en la llave que le abre al hombre la puerta de la liberación de sus ataduras a una existencia terrenal que resulta limitada por definición. Pero la comprensión de tal idea se presenta como necesariamente extraña a los caminos racionales y lógicos de la mente humana, que se ve impulsada a plantearse y responderse todas las preguntas posibles acerca de una noción, la de una divinidad salvadora capaz de abrir el acceso a la vida eterna prometida por muchas religiones, que resulta sumamente extraña a la realidad material humana. La Teología se presenta así al hombre como el planteamiento y como los intentos de respuesta a estas preguntas.

En realidad, puesto que es propio de todos los hombres el preguntarse acerca de sus creencias, el término "Teología" podría aplicarse a los escritos y planteamientos llevados a cabo a propósito de cualquier religión. Sin embargo, las disciplinas teológicas tal y como hoy las entendemos solamente definen sus métodos y contenidos con el Cristianismo, si bien la tradición del pensamiento teológico se encuentra ya expresado a lo largo de la historia de la filosofía griega.

TEOREMA. {m.} Proposición demostrable lógicamente partiendo de axiomas o de otros teoremas ya demostrados, mediante reglas de inferencia aceptadas.

TEORÍA.  (Del gr. qewrˆa 'contemplación, especulación de la mente'); sust. f.
1. Conjunto organizado de ideas o leyes que sirven para explicar determinado orden de fenómenos: se han desarrollado múltiples teorías sobre el origen del Universo.
2. Conocimiento especulativo considerado con independencia de su aplicación: una cosa es la teoría y otra la práctica.
3. Conjunto organizado de principios y reglas que constituyen el fundamento de una ciencia o arte: estudia la teoría de la música.
4. Razonamiento con que se explica una cosa: todos tenemos teorías distintas sobre el motivo de su suicidio.
5. Teoría del conocimiento. [Filosofía] Sistema de explicación de las relaciones entre el pensamiento y los objetos.

Modismos
En teoría. [Loc. adverbial] Sin haberlo comprobado en la práctica: en teoría esto debe funcionar.

Sinónimos
Hipótesis, tesis, doctrina, enunciado, presuposición, especulación, conjetura, suposición, explicación, disquisición, elucubración, sospecha.

Antónimos
Prueba, realidad, realismo, pragmatismo, experimentación, demostración. 

U  
 

V  

VALIDACIÓN.  {f.} Acción y efecto de validar.
Firmeza, fuerza, seguridad de algún acto.

VALIDAR. (Del lat. vulgar validare, y éste del lat. clásico validus 'fuerte, robusto, eficaz'); V de la 1ª conjugación; regular (modelo: cantar).
1. (tr.) Dar validez o firmeza legal a algo: el presidente validó la decisión de la junta con su firma.

Sinónimos
Aprobar, admitir, sancionar, certificar, ratificar, homologar, confirmar, convalidar, autorizar, fundamentar.

Antónimos
Anular, cancelar, desautorizar, negar, desaprobar, rechazar, denegar, criticar.

Hipótesis  Hipótesis en la Investigación - Sujeto y estructura social - Alexandre Koyré - Filosofía de la Conciencia - Epistemología de Carl Popper - La lógica especulativa y experimental de Galileo Galilei

 


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