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Fuente
HIMC
A
AD HOC. (Loc. latina); adv. de modo.
1. [Uso formal] Para el fin que se menciona: deseaban construir los
templos más grandes de toda Asia, y, ad hoc, reclutaron a miles de
esclavos.
2. (adj. invariable) [Uso formal] Aplícase a lo que se dice o hace
sólo para un fin determinado: muchas teorías lingüísticas proponen
razonamientos ad hoc que sirven para demostrar lo que ellas mismas
afirman.
A POSTERIORI. (De a y posteriori); loc. adverbial
latina.
1. Después de algo: primero examinaremos el asunto, y a posteriori
podremos hablar con conocimiento de causa.
2. (adj.) [Filosofía] Dicho del conocimiento, que proviene o depende
de la experiencia: la cultura es un conocimiento a posteriori
3. (adj.) [Filosofía] Dicho del razonamiento, que asciende del efecto
a la causa o de las propiedades de un ente a su esencia: Descartes
reforzó su teoría ontológica con infinidad de demostraciones a
posteriori
Sinónimos
Después, posteriormente, seguidamente, luego, detrás, inmediatamente,
a continuación, empírico, razonado.
Antónimos
Antes, delante, anteriormente, primeramente, supuesto.
[Filosofía] A posteriori
La expresión latina a posteriori, que puede traducirse por "lo que
viene después", se aplica a todo aquello que puede ser conocido a
través de la experiencia, y cuya verificación depende por lo tanto, en
último extremo, de nuestros recursos perceptivos y sensitivos.
La corriente filosófica que desde el punto de vista de la
epistemología ha defendido por encima de todo la validez del
conocimiento a posteriori ha sido el empirismo, doctrina que sostiene
que tanto el origen como la validez de nuestro conocimiento depende
exclusivamente de la experiencia, y que niega la legitimidad de
cualquier idea cuyo origen no tenga un correlato previo en la misma y
se justifique en ella. Por esto, la expresión que nos ocupa se ha
convertido con el tiempo en sinónimo de "empírico", y se ha usado como
opuesta a "a priori", que se aplica precisamente a todo tipo de
conocimiento que se supone independiente de la experiencia.
Desde el punto de vista de la lógica, se habla de razonamientos o
demostraciones a posteriori, en oposición a los razonamientos o
demostraciones a priori, para hacer referencia a aquellos argumentos
que se desarrollan desde la constatación de los efectos de algo hasta
la demostración de su causa. Por ejemplo, las cinco vías de
demostración de la existencia de Dios utilizadas por Tomás de Aquino
son casos emblemáticos de este tipo de argumentación, ya que parten de
la constatación de ciertos acontecimientos que suceden en el mundo y
en la experiencia, para llegar a Dios como causa de los mismos. Las
demostraciones a priori, por el contrario, son las que partiendo de la
causa, demuestran los efectos de la misma.
A PRIORI. Es una frase latina que significa "de lo
que viene antes" y que contrasta con a posteriori, "de lo que viene
después". Estos términos fueron introducidos en el último período
escolástico para traducir dos frases técnicas de la teoría del
conocimiento de Aristóteles. El filósofo distinguía lo que es anterior
en el orden de la naturaleza de lo que es anterior en el orden del
descubrimiento o conocido antes por nosotros. Un argumento a priori
sería aquel que procede de las causas (lo anterior en el orden de la
naturaleza) a los efectos observados (lo conocido por nosotros),
mientras que un argumento a posteriori discurriría de los efectos
conocidos a las causas, generalmente desconocidas.
A partir del siglo XVII, con Descartes y Leibniz, a priori vino a
significar universal, necesario y completamente independiente de la
experiencia. El término a posteriori cayó en desuso, y actualmente la
expresión a priori suele ser contrastada con "empírico".
Desde el punto de vista de la lógica moderna, se habla de argumentos y
de proposiciones a priori. Un argumento a priori es aquel en el que la
conclusión se sigue de las premisas deductivamente. Si las premisas
son verdaderas y el argumento es válido, no se necesita experiencia
alguna para confirmar la conclusión y ninguna experiencia podría
refutarla.
Una proposición a priori es aquella que es independiente de la
experiencia, excepto en la medida en que es necesaria la experiencia
para entender sus términos.
La tradición filosófica occidental ha considerado a lo largo de su
historia una serie de ideas a priori, de gran importancia, cuyo origen
es difícil de explicar del modo en que lo hacen los empiristas, para
quienes las ideas se derivan de la experiencia. Entre aquéllas están
las ideas de sustancia, causa, existencia, igualdad, semejanza y
diferencia, sin las cuales no podríamos tener ninguna experiencia.
AXIOMA. (Del lat. axioma, y éste del gr. axiwma 'lo
que parece o se estima como justo'); sust. m.
1. Proposición aceptada sin necesidad de demostración dada su
evidencia: "Los axiomas geométricos no son, pues, ni juicios
sintéticos a priori ni hechos experimentales." (Poincaré)
Sinónimos
Principio, verdad, adagio, sentencia, apotegma, aforismo.
Antónimos
Mentira.
[Filosofía] Axioma.
El término "axioma" es una palabra griega que tiene
como uno de sus significados originarios el de dignidad. Por
derivación, "axioma" viene a significar "lo que es digno de ser
estimado, creído o valorado", y en su acepción lógica es el principio
que por el lugar decisivo que ocupa en un conjunto de proposiciones
debe ser tenido como verdadero.
Tradicionalmente los axiomas se han diferenciado de
otro tipo de proposiciones como los teoremas y los postulados.
Mientras que los axiomas se han considerado indemostrables y evidentes
por sí mismos, los teoremas son proposiciones que podían ser
demostradas, ya que no eran evidentes, y los postulados proposiciones
que ni podían ser demostradas ni eran evidentes por sí mismas. En este
sentido, Aristóteles consideraba a los axiomas como los principios
evidentes e indemostrables que constituían el fundamento de toda
ciencia.
Ha habido en la historia dos orientaciones distintas
en la concepción de los axiomas. Una, la aristotélica, ha destacado la
intuitividad y autoevidencia de los axiomas, mientras que la otra, la
formalista contemporánea, ha descartado su formalidad y ha evitado dar
a ningún axioma el predicado "es verdadero".
Una de las aportaciones principales a la historia de
la lógica del Organon de Aristóteles es el método axiomático. El
problema del método axiomático surge para Aristóteles del análisis de
la estructura de la demostración, la cual consta de tres partes
fundamentales: lo que hay que demostrar (o sea la conclusión), los
axiomas (es decir las premisas verdaderas por sí de que se parte) y un
género cuyas propiedades son objeto de demostración. Que toda
demostración tenga que partir de axiomas es probado por Aristóteles
mediante el argumento que dice que toda demostración tiene que partir
de premisas que no puedan ser, a su vez, objeto de demostración dentro
del mismo sistema, y que cualquier definición debe retrotraerse a unos
pocos términos tomados como primitivos y no definibles, por su parte,
dentro del sistema: "Nosotros sostenemos, sin embargo, que no toda
ciencia es demostrativa, sino que la de lo inmediato no se constituye
por demostración. (Es evidente que debe ser así, pues si los
antecedentes a partir de los cuales se establece la demostración han
de ser conocidos y si el proceso demostrativo ha de terminar en
proposiciones inmediatas, es necesario que éstas sean indemostrables).
Es evidente también que no es posible en absoluto demostrar mediante
un proceso circular, puesto que la demostración parte de premisas
previas y más conocidas que la conclusión y puesto que una misma cosa
no puede ser a la vez antecedente y consiguiente bajo el mismo
respecto, si bien puede ser previa para nosotros mientras es posterior
en sí misma, como ocurre cuando se conoce por inducción... A quienes
afirman que es posible establecer demostraciones de carácter circular,
se puede objetar no sólo cuanto se ha dicho más arriba sino también
que se limitan a decir que, si algo es, entonces es..." (Segundos
analíticos, A, III, 72b). En este texto, junto a una consideración de
carácter gnoseológico consistente en el reconocimiento de que las
premisas inmediatas, o sea los axiomas, deben ser conocidos por sí, es
decir evidentes, hay una puntualización de carácter claramente logico-metódológico,
según la cual no puede haber demostraciones con un retroceso hacia el
infinito ni con un proceso circular, de manera que todo sistema
deductivo debe partir de axiomas.
Aristóteles aplicó ese método a la lógica misma
admitiendo que también en la lógica es posible adoptar ciertas
estructuras consideradas como primitivas y, luego, "extraer" otras de
ellas mediante determinados "procedimientos" o "reglas de
transformación", que no tienen el carácter de estructuras sino más
bien el de operaciones verificables sobre estructuras. Aristóteles
empieza mostrando que la silogística (véase silogismo) puede ser
construida a partir de los cuatro silogismos de la llamada "primera
figura", a los que son reductibles los otros mediante las oportunas
transformaciones. En este caso los cuatro silogismos se constituyen en
verdaderos y propios axiomas de la teoría silogística aristotélica.
Muestra, a continuación, que la construcción de esa misma teoría puede
verificarse también partiendo de los primeros dos silogismos de la
primera figura y, luego, llega incluso a mostrar que pueden tomarse
como primitivos silogismos de una figura cualquiera para obtener de
ellos los demás (sin excluir los de dicha primera figura),
estableciendo de este modo no ya uno solo sino hasta tres tipos
distintos de axiomatización de su silogística. Las "reglas de
transformación" o "procedimientos" que, a partir de determinados
silogismos primitivos, permiten obtener todos los demás, no son
siempre explicitadas por Aristóteles con la claridad, pero sea como
sea y por citar sólo algunas, recordemos el procedimiento conocido
como «conversión» simple de las proposiciones y el de «reducción al
absurdo» que, junto con otros tal vez presentados por Aristóteles sólo
de manera implícita, permiten precisamente "transformar" de manera
prácticamente mecánica una forma de silogismo en otra.
El método axiomático, esbozado y aplicado en el
propio Organon aristotélico, ha sido objeto de una visión nueva dentro
de una perspectiva muy distinta de la tradicional. Para Aristóteles,
la teoría del método axiomático expresaba dos exigencias distintas.
Por una parte, se proponía tal método como el más adecuado para elevar
un determinado conjunto de proposiciones al rango de ciencia, al
hacerlas descender de proposiciones primitivas especialmente seguras y
ciertas en cuanto conocidas sin necesidad de demostración. Por otra,
ese método era considerado como el más apto para caracterizar la
estructura formal de una teoría deductiva. Puesto que, para
Aristóteles, no toda deducción era también una demostración, se
establecían las características que debían poseer los axiomas: la
demostración es una deducción que parte de premisas verdaderas,
necesarias y más conocidas que la conclusión, con lo cual puede
estarse igualmente seguro de la verdad de las conclusiones. Además, el
silogismo científico sólo podía ser tal si sus premisas tenían certeza
y verdad. La verdad de las premisas quedaba asegurada por
demostraciones previas pero, tarde o temprano, habría que acogerse a
algo que fuera "conocido de por sí" sin necesidad de ulterior
demostración y aun sin que fuera posible demostrarlo a menos de
incurrir en riesgo de absurdo. Estas premisas inmediatas, verdaderas
por sí mismas, más conocidas que cualquier otra proposición, eran los
axiomas cuando tenían validez general, y los "postulados" cuando su
validez no era general, sino limitada al ámbito de una ciencia
determinada.
Pero desde otra perspectiva, los axiomas eran
simplemente los puntos de partida de la demostración, que deben ser
admitidos para evitar un recurso al infinito o un procedimiento
circular, que eliminarían la posibilidad misma de toda demostración.
El segundo punto de vista dice que debe haber axiomas en cualquier
sistema deductivo, mientras el primero trata de especificar cuáles o
cómo deben ser. Desde el segundo punto de vista los axiomas son un
simple "comienzo" de la deducción, mientras que desde el primero son
verdaderos "principios" de la misma, es decir, no sólo su punto de
partida, sino también el "fundamento" de la demostración.
Estos dos puntos de vista permanecieron siempre
unidos en la historia de la lógica hasta la aparición de la lógica
simbólica (véase lógica matemática). El nacimiento de ésta destacó
cada vez más el punto de vista formal y los dos puntos de vista
resultaron cada vez más diferenciados. El descubrimiento de las
geometrías no euclídeas comenzó a hacer pasar a segundo plano este
requisito. El desarrollo del álgebra abstracta y de la lógica
simbólica intensificaron luego este proceso, de manera que hacia
finales del siglo XIX los tiempos estaban maduros para el paso
definitivo, provocado principalmente por la crisis de las paradojas,
que debía consistir en abandonar del todo el requisito de la evidencia
de los axiomas.
Este modo de concebir los axiomas planteaba tres
problemas novedosos: la consistencia, la completitud y la
independencia de los axiomas. Mientras los axiomas fueron considerados
como evidentes de acuerdo con la naturaleza de la lógica no se podían
dar contradicciones. Pero, en cambio, cuando los axiomas eran
concebidos como fórmulas ni verdaderas ni falsas, no podía excluirse
que deduciendo correctamente desde ellos se llegara a alguna
contradicción. ¿Cómo asegurar la no contradictoriedad, consistencia,
del sistema axiomático? Además, mientras los axiomas y los postulados
eran considerados como los principios de una ciencia determinada, era
natural pensar que, escogidos con exactitud, permitirían demostrar
todas las proposiciones verdaderas de aquella ciencia. En cambio, con
las nuevas perspectivas, ¿cómo asegurarse de que los axiomas elegidos
para el cálculo eran capaces de demostrar o de refutar todas las
proposiciones del mismo? Finalmente, al no poderse ya decir que los
axiomas expresan ciertas nociones o verifican ciertas afirmaciones,
¿cómo asegurarse de que son independientes, o sea de que ninguno de
ellos es deducible a partir de los otros axiomas de la teoría?
Estos problemas empezaron a ser estudiados de manera
sistemática por David Hilbert en 1899, en su obra Grundlagen der
Geonietiie (Fundamentos de la geometría). La manera en que Hilbert
trató de conseguir la consistencia y la independencia de los axiomas
de su geometría fue la de buscar un modelo de esos mismos axiomas en
la teoría ya constituida y consistente de la aritmética,
considerándose entonces autorizado a decir que, si esos axiomas fueran
capaces de permitir la deducción de una contradicción, también la
aritmética debería considerarse como contradictoria. Pero esta prueba
de consistencia era relativa, ya que sólo que se habría podido
considerar como definitiva si la teoría en que se establecía el modelo
se hubiera podido manifestar como consistente de manera directa y
absoluta. Además, el descubrimiento de las paradojas ensombreció todas
las ramas de la matemática e hizo necesaria una prueba absoluta de
consistencia. Hilbert proyectó en 1922-23 resolver el problema de los
fundamentos por medio de la prueba absoluta de consistencia de un
sistema axiomático.
El programa hilbertiano pretendió que todo el campo
de la matemática clásica pudiera ser formalizable en tres sistemas
axiomáticos fundamentales: la aritmética, el análisis y la teoría de
conjuntos. Las investigaciones verificadas hacia finales del siglo XIX
permitían considerar plausible que, una vez probada de manera directa
la consistencia de uno de esos sectores, se la pudiera extender
también a los restantes. Además, se consideraba que la demostración de
la consistencia de la aritmética, como el más sencillo de los sistemas
axiomáticos, pudiera lograrse de un modo absoluto y extenderse luego
al análisis y a la teoría de los conjuntos. Este proyecto ocupó diez
años de la escuela formalista hilbertiana, hasta que se descubrió que
era irrealizable con los métodos que Hilbert había previsto, por lo
que los resultados de estas investigaciones fueron muy distintos de
los que Hilbert había esperado. En 1931 Kurt Gödel demostraría que la
prueba de la consistencia de la aritmética no podía obtenerse por
medio de los instrumentos pertenecientes al mismo sistema formal que
servía para expresar la aritmética.
CAUSALIDAD. (De causal); sust. f.
1. Causa, origen o fundamento de una cosa: no te preguntes por la
causalidad de todas las cosas, porque algunas, simplemente, no la
tienen.
2. [Filosofía] Ley que relaciona la causa y el efecto: la causalidad
es la clave de uno de los argumentos tomistas para demostrar la
existencia de Dios.
Sinónimos
Causa, origen, fundamento, principio, ley, necesidad, relación,
conexión.
CIENCIA. u (Del latín scientia, 'conocimiento');
sust. f.
1. Conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas: las
leyes de la ciencia han de cumplirse por definición.
2. Cuerpo de doctrina metódicamente formado y ordenado, que constituye
un ramo particular del saber humano: muchas ramas del saber humano
pretenden ser ciencias, aunque no cumplan los requisitos para serlo.
3. [Uso figurado] Saber o erudición: había adquirido toda la ciencia
que tenía a lo largo de muchos años de estudio y trabajo.
4. [Uso figurado] Habilidad, conjunto de conocimientos en cualquier
cosa: tiene mucha ciencia como vendedor y siempre consigue colocar
cualquier cosa a un cliente.
5. (sust. f. plural) Conjunto del conocimiento referido a las ciencias
exactas, fisicoquímicas y naturales: le costó mucho decidir si su
carrera debía ser de ciencias o de letras.
COGNOSCIBLE. {adj.} Conocible.
CONJETURA. Juicio probable que se forma de una cosa
o acaecimiento por las señales o indicios que de él se tienen o que se
observan.
COSMOVISIÓN. {f.} Manera de ver e interpretar el
mundo.
DEDUCCIÓN. (Del lat. deductio, -onis); sust. f.
1. Acción y efecto de deducir: una vez realizadas las deducciones
correspondientes, debe abonar una cantidad de casi cien mil pesetas.
2. Derivación, acción de separar o sacar una cosa de otra: me consta,
por deducción a partir de lo que ha dicho, que está mintiendo con
respecto a algunos puntos.
3. [Filosofía] Relación de derivación que en un razonamiento lógico
vincula la conclusión con las premisas: una de las principales reglas
de deducción de la lógica formal es la denominada "modus ponens".
4. [Música] Serie de notas que ascienden o descienden diatónicamente o
de tono en tono sucesivos: en esta parte de la melodía, los finos de
oído apreciarán una bella deducción
Sinónimos
Derivación, consecuencia, ilación, secuela, inferencia, suposición,
consiguiente, conclusión, razonamiento, descuento, disminución,
rebaja, separación, sustracción, resta, reducción.
Antónimos
Inducción, causa, aumento, inclusión.
[Filosofía] Deducción
Es uno de los términos técnicos de la Lógica. Se usa para denotar
argumentos que son tales que si sus premisas son verdaderas la
conclusión también ha de ser, por necesidad lógica, verdadera. Un
argumento deductivo se distingue así de un argumento inductivo en que,
por muy convincente que éste pueda ser, las premisas podrían ser
concebiblemente verdaderas y la conclusión falsa. En este uso de las
palabras, las famosas deducciones de Sherlock Holmes y de cualquier
otro lenguaje no técnico han de ser consideradas inducciones. En el
uso de los lógicos, los argumentos de la matemática son los ejemplos
más notables de argumentos deductivos extensos.
El primer análisis exhaustivo de este concepto y la primera
clasificación de las distintas formas de razonamiento deductivo se
deben a Aristóteles, quien identifica la deducción con el silogismo y
la define como razonamiento que procede de lo universal a lo
particular; en este sentido, la deducción se opone a la inducción, que
parte de los hechos particulares para llegar a la determinación de los
principios generales.
El concepto aristotélico de deducción así esbozado recorre toda la
filosofía medieval, desde donde se transmite al pensamiento moderno.
Es a partir de J. Locke cuando se pone en crisis la relación
tradicional entre lógica y ontología, de forma que la deducción se
configura más bien como una inferencia a partir de ideas o contenidos
mentales. J. S. Mill radicaliza esta postura al definir la deducción
como una mera aplicación de reglas generales a casos particulares;
pero como las reglas generales se obtienen a su vez por vía inductiva,
las proposiciones universales, que según Aristóteles reflejaban la
esencia o substancia de las cosas, acaban por ser desterradas de la
lógica. Ch. S. Peirce ha tratado de revalorizar, en términos modernos
y en directa polémica con el planteamiento de Mill, la distinción
aristotélica entre deducción, abducción e inducción: distingue entre
inferencia analítica (deducción) y sintética (inducción). La deducción
es una regla que, aplicada a un caso, da lugar a un resultado
necesario; por ejemplo:
- Regla: todas las bolas que contiene este saco son rojas.
- Caso: esta bola proviene de este saco.
- Resultado: esta bola es roja.
En lógica contemporánea la deducción tiene carácter formal, es decir,
prescinde del contenido de las proposiciones sobre las que trata y
considera exclusivamente su estructura lógica. Desde un punto de vista
técnico, el término "deducción" hace referencia entonces al aspecto
sintáctico de la inferencia (o sea, al conjunto ordenado de fórmulas,
la última de las cuales es la conclusión, obtenidas por aplicación de
las reglas de un sistema formal), y prescinde del aspecto semántico
(contenido significativo de las proposiciones). Este hecho no implica
ninguna limitación, ya que se puede demostrar que para los sistemas
formales usuales esta noción concuerda con la de consecuencia lógica,
relación entre proposiciones que subsiste cuando la conclusión es
válida en cualquier ámbito del discurso en el que valgan las premisas.
DEISMO. (Del lat. Deus, Dei, 'Dios'); sust. m.
1. Doctrina que reconoce un Dios como autor de la naturaleza, pero sin
admitir que exista revelación o que se le deba un culto externo: el
deísmo tuvo su origen en Inglaterra, desde donde se expandió hacia
Francia y Alemania.
Antónimos
Ateísmo.
[Filosofía] Deísmo
La tesis fundamental de la doctrina deísta afirma que sólo debe
pensarse a Dios con los atributos que nos enseña la razón natural, lo
que lleva a prescindir de cualquier revelación y a rechazar de las
religiones todo aquello que no esté de acuerdo con la pura razón.
Cualquier religión positiva o histórica (particular) ha de ser
despojada de los inevitables errores y absurdos que contiene mediante
su confrontación con la religión natural o racional (universal). Los
argumentos racionales que el deísmo admite son principalmente aquellos
que conducen a Dios como Primera Gran Causa o como Ordenador
inteligente del universo.
El ensayo de Locke, El cristianismo racional, de 1695, ha sido
considerado tradicionalmente como el antecedente más próximo del
deísmo; en él, el filósofo distingue la doctrina simple y razonable
que se extrae de los evangelios del conjunto de absurdos doctrinarios
que resultó de los sucesivos concilios, y que se convirtió en la
doctrina cristiana oficial. Con posterioridad, autores como J. Toland,
M. Tindal y A. Collins empezaron a criticar las mismas Escrituras, o
al menos todo aquello que en ellas no concordaba con la razón o con el
principio de uniformidad de la naturaleza, principalmente los
milagros. Concretamente, Collins llevó a cabo un estricto análisis
filológico de los textos sagrados que le hizo sostener que éstos
debían ser considerados como expresiones alegóricas, puesto que
tomados al pie de la letra no constituían más que una sarta de
incongruencias. En esta línea, T. Woolston lleva la crítica hasta el
sarcasmo al afirmar que, de leerse el Evangelio en sentido literal, la
figura de Jesús acabaría siendo la de un vulgar timador.
Hume, en sus obras Historia natural de la religión (1755) y Diálogos
sobre la religión natural (1779), sostiene la imposibilidad de
demostrar racionalmente la existencia de Dios, si bien admite que el
fenómeno religioso es inevitable por tener su origen en el temor
intrínseco y originario de todos los hombres ante la vida.
Tal vez fue en Francia donde el deísmo alcanzó sus formas más
radicales, sobre todo entre los pensadores de la Ilustración, con
Voltaire a la cabeza. En Alemania, H. S. Reimarus, con su Ensayo sobre
las principales verdades de la religión natural (1754), puede ser
considerado como el deísta más radical, mientras que C. Wolff y M.
Mendelssohn se cuentan entre los moderados. Reminiscencias del deísmo
del siglo XVIII se encuentran en Kant (La religión dentro de los
límites de la simple razón, 1793) y en Fichte (Ensayo de una crítica
de toda revelación, 1792).
La importancia del deísmo en la historia de las ideas se debe en gran
parte al importante papel que tuvo como arma en contra de la ortodoxia
católica, lo que provocó que el obispo Butler escribiera La Analogía
de la religión natural y revelada; en esta obra, el autor intenta
demostrar que las doctrinas de la religión revelada y el curso de la
naturaleza son lo suficientemente semejantes como para inferir que el
autor de ambas es el mismo. En particular, no existen dificultades
intelectuales para aceptar una teología de la revelación que no
plantee al creyente una teología puramente natural y racional. A lo
que los argumentos de Butler apuntan es al hecho de que el deísmo, en
sus puntos más vulnerables, no es más fuerte que la religión revelada.
Además, el deísmo es por completo una religión del intelecto. La
cuestión de si Dios existe es para él una cuestión del mismo orden que
la de si los átomos existen. El deísmo, aún cuando fuera verdadero,
tendría, por tanto, bastante poco del tipo de interés que poseen la
mayor parte de las doctrinas religiosas.
DETERMINISMO. (De determinar); sust. m.
1. [Filosofía] Sistema filosófico según el cual todo lo que hay y
sucede está condicionado y establecido de antemano, bien sea por leyes
naturales, bien por la voluntad divina: hay quien opina que la ciencia
no sería posible si no se aceptara cierto grado de determinismo en el
mundo.
Sinónimos
Fatalismo, predestinación, determinación, causalidad.
Antónimos
Indeterminación, azar, caos.
[Filosofía] Determinismo
La tesis del determinismo viene a decir que cualquier evento es una
instancia de alguna ley de la naturaleza. Es frecuente enunciar esta
tesis con las máximas "todo evento tiene una causa", o "la naturaleza
es uniforme", en las que se resume la idea de que todo está regido por
una serie de leyes invariables que operan en el universo desde su
principio. La doctrina determinista es equiparable por lo tanto a
todas aquellas otras que postulan la existencia de un destino
ineluctable, o a las que defienden la predestinación, si bien éstas
conciernen principalmente a lo que toca a las acciones humanas,
mientras que el determinismo estricto refiere al condicionamiento de
todos los fenómenos del universo, por lo que incluye a las primeras y
las supera.
La noción de determinismo se asocia casi siempre con la noción de
causalidad; esta última puede entenderse en dos sentidos: como "causalismo"
o como "finalismo" o teleología. El primero de ellos hace referencia a
la causa eficiente, y así el determinismo causalista vendría a decir
que todo en el universo tiene una causa que lo origina; el segundo
hace mayor hincapié en las llamadas "causas finales", por lo que el
determinismo finalista afirmaría que todo en el universo está
orientado hacia determinado fin y tiene su razón de ser en dicho fin o
finalidad hacia la que tiende. A lo largo de la historia de la
filosofía se ha hablado con más frecuencia de determinismo en relación
con las causas eficientes.
También se han asociado las doctrinas deterministas modernas con las
concepciones mecanicistas del universo, hasta el punto de que en
muchas ocasiones se han identificado ambos puntos de vista. Esto se
debe a que la tesis determinista se aplica a la realidad con mayor
facilidad si ésta se concibe mecánicamente.
De cualquier forma, la doctrina determinista no es susceptible de
prueba, como tampoco lo es de refutación; por ello ha sido
habitualmente considerada como hipótesis, ya sea metafísica o
científica; en este último caso se ve como principio metodológico que
puede o no ser usado en la investigación. La imposibilidad de probar
la tesis se debe, según algunos autores, al carácter finito de la
mente humana; en este sentido, es famosa la formulación del
determinismo enunciada por Laplace en 1820: "Una inteligencia que
conociera en un momento dado todas las fuerzas que actúan en la
Naturaleza y la situación de los seres de que se compone, que fuera
suficientemente vasta para someter estos datos al análisis matemático,
podría expresar en una sola fórmula los movimientos de los mayores
astros y de los menores átomos. Nada sería incierto para ella, y tanto
el futuro como el pasado estarían presentes ante su mirada." Así,
Bergson afirmó que la tesis determinista sería posible únicamente bajo
una completa racionalización de lo real, según la cual la realidad se
considera como algo completamente dado desde el principio.
El problema del determinismo se relaciona con muchos otros que han
sido constantes en la historia de la filosofía; uno de ellos es el
problema de la justificación de la inducción, también llamado "del
vacío inferencial", señalado por Hume. El principio de inducción es
fundamental en el desarrollo de la ciencia y en la elaboración de
teorías y leyes científicas, y dicho principio presupone la tesis del
determinismo, ya que la validez universal de las leyes científicas
sólo es posible si se acepta que la naturaleza obra uniformemente. Si
el determinismo no es probable, entonces hay que admitir que la
ciencia descansa sobre presupuestos no probables. Esta parece ser una
de las razones por las que la hipótesis determinista se ha ido
abandonando progresivamente para ser utilizada simplemente como
principio metodológico, tal y como se señaló más arriba.
Otra cuestión importante es la relación del problema del determinismo
con el del libre albedrío, la libertad, o la libre determinación de la
voluntad. En principio, ambas hipótesis parecen claramente
incompatibles, puesto que si todo está determinado, nuestra aparente
libertad de actuación y elección es algo ilusorio. Sin embargo,
algunos filósofos han intentado compatibilizar ambos principios; así,
por ejemplo, Kant, quien afirmaba el determinismo en relación con el
mundo de los fenómenos, pero no en relación con el mundo nouménico, en
el que sí cabe la libertad.
Se puede pensar que el principio de incertidumbre o de indeterminación
de Heisenberg proporciona una solución al problema de la libertad de
la voluntad; de hecho, las mayores críticas a las tesis deterministas
en la época contemporánea se han hecho desde posiciones estrictamente
científicas que apelan a la teoría cuántica y al mencionado principio
para acabar de una vez por todas con la ilusión predictiva que el
determinismo predica. El principio de Heisenberg afirma que es
imposible conocer simultáneamente la posición y velocidad de
determinada partícula que forma parte de un sistema, lo que constituye
una negación de la posibilidad de que se cumplan las condiciones
iniciales y necesarias de la hipótesis determinista. De cualquier
forma, parece bastante difícil basar la libertad y responsabilidad
humanas en esta imposibilidad de determinación de las partículas
elementales.
DIACRONÍA. {f.} Desarrollo o sucesión de hechos a
través del tiempo.
DOGMA. (Del lat. dogma, y éste del gr. dÕgma
'opinión, creencia'); sust. m.
1. Principio o verdad innegable de una ciencia o doctrina: esa
hipótesis está en contra de los dogmas fundamentales de la física
cuántica. [Por extensión] Conjunto de estos principios o verdades:
desde pequeño le enseñaron a no apartarse del dogma moral.
2. En religión, doctrina de Dios revelada por Jesucristo a los hombres
y testificada como verdadera por la Iglesia: la incorporación del
dogma de la Trinidad a la Iglesia católica suscitó numerosas
polémicas.
3. [Por extensión] Conocimiento que se considera cierto de un modo
absoluto: la ley del fútbol es uno de los dogmas tácitamente aceptados
entre los entrenadores.
Sinónimos
Principio, doctrina, verdad, fundamento, axioma, raíz, creencia,
teología, revelación, misterio, credo, símbolo, superstición.
Antónimos
Mentira, hipótesis, duda.
[Religión] Dogma
En el ámbito de las confesiones religiosas, el
término dogma se reserva hoy día para designar aquellas proposiciones
que se presentan como inalterables en su contenido esencial y se
imponen como verdades absolutas de forma autoritaria y definitiva a
los propios fieles, no sólo para su consideración, sino para dar su
asentimiento de fe. En el catolicismo, el proceso de dogmatización de
una proposición doctrinal, de una enseñanza religiosa, supone dos
requisitos ineludibles: en primer lugar, que tal proposición derive de
la revelación, es decir, esté atestiguada de una forma suficientemente
clara en la Sagrada Escritura y en la tradición eclesiástica; en
segundo lugar, que sea proclamada como dogma por la autoridad máxima
de la Iglesia, que ostenta el Sumo Pontífice, solo y con el
episcopado.
Durante muchos siglos los dogmas se han establecido
en los concilios "ecuménicos", denominados también "generales". En la
actualidad, fuera de que no parece tiempo de dogmatizaciones, por
innecesarias, la posible declaración como dogma de una proposición
religiosa dentro del catolicismo se deja en manos del Sumo Pontífice,
quien puede proceder a ella motu proprio o, como parece más correcto y
conforme a la tradición, previa consulta al episcopado y a los
especialistas en teología. En 1854, el papa Pío IX, en su bula "Ineffabilis
Deus", proclamó como verdad dogmática la Inmaculada Concepción de la
Virgen María, después de nombrar un equipo de teólogos que estudió el
tema y presentó sus conclusiones y después de recabar el voto de los
obispos. El mismo Pío IX definió el dogma de la infalibilidad del Papa
en el concilio ecuménico Vaticano I (constitución "Pastor æternus", de
1870), suscitando una gran controversia entre los propios padres
conciliares, dado que no estaba previsto llegar a ese extremo con
anterioridad al concilio, sino que la idea surgió durante su
celebración, y el tema era muy espinoso; por ello, algunos conciliares
abandonaron el concilio antes de tener que subscribir el decreto
definitorio. La definición como dogma de la infalibilidad del Papa dio
lugar a un pequeño cisma en la Iglesia católica, el de los viejos
católicos. En 1950, el papa Pío XII, en la constitución "Munificentissimus
Deus", definió el dogma de la Asunción de María, que se venía
proponiendo desde tiempo atrás. Es de destacar a este respecto la
petición hecha en ese sentido por la reina Isabell II de España el 27
de diciembre de 1863. El último concilio ecuménico, el Vaticano II,
aunque no se preocupó de dogmatizar, aprobó varias constituciones de
carácter teórico para ser aceptadas, y obedecidas, por los creyentes
como doctrina a seguir. De los dogmas formulados y proclamados a lo
largo del tiempo por la Iglesia, la mayoría lo han sido seguidos de
fuertes y, a veces, enconadas controversias doctrinales. Los dogmas
anteriores al cisma con Oriente son verdades religiosas compartidas
por las iglesias ortodoxa y católica.
Es preciso matizar la inalterabilidad de las
proposiciones definidas como dogmas. Ciertamente, no se las puede
despojar de su fondo, de su núcleo de verdad de fe para siempre, pero
no se puede menos de aceptar que se basan en nociones y conceptos
relativos, propios de la filosofía, del modo de entender de cada
momento, lo que obliga a replantearse su formulación y estudiar hasta
qué punto tienen sentido y hasta qué punto se pueden y se deben
reentender, o mover de nuevo la discusión teológica sobre las mismas.
En todo caso, debe quedar claro que los dogmas son objeto de la fe y
no se les puede someter a los criterios de la discusión científica, al
modo que se establece para las ciencias profanas. Los límites de la
razón humana derivan de la naturaleza sobrenatural y misteriosa de las
verdades reveladas, objeto del dogma. De ahí el rechazo de la Iglesia
al racionalismo, es decir al intento de racionalizar en exceso los
datos revelados.
EMPIRISMO. (De empírico); sust. m.
1. Sistema filosófico según el cual todos los conocimientos del hombre
provienen de la experiencia: David Hume fue el representante más
radical del empirismo del siglo XVIII, aunque todavía actualmente
existen quienes defienden a ultranza esta doctrina filosófica.
Sinónimos
Experiencia, práctica, pragmatismo, positivismo.
Antónimos
Racionalismo, idealismo.
[Filosofía] Empirismo
El término viene del griego empeiria, que significa
'experiencia'. En filosofía esta palabra se refiere a una teoría que
afirma que todo el conocimiento se deriva de la experiencia. W. James
llamó empirismo radical a esta teoría. El empirismo ha sido
desarrollado principalmente por filósofos ingleses como Locke,
Berkeley, Hume, Mill, etc.
Los principios generales de la teoría empirista son
opuestos primariamente a los del racionalismo. Hay dos cuestiones
centrales en pugna entre racionalistas y empiristas: una se refiere a
los conceptos a priori, ideas que no se derivan de la experiencia; y
otra se refiere a las proposiciones a priori, verdades necesarias. Sin
embargo, para los empiristas (que piensan que no tenemos ningún medio
de adquirir conocimientos, excepto mediante la observación de lo que
ocurre realmente) las verdades necesarias son verdaderas por
definición o analíticas. Es característica del empirismo negar que la
razón pueda asegurarnos la verdad de un enunciado genuinamente
sintético, y por tanto, que cualquier proposición pueda ser a la vez a
priori y sintética. Las soluciones que ofrecen los empiristas a los
problemas filosóficos particulares son esencialmente aplicaciones de
los principios generales descritos.
El empirismo es primariamente una teoría del
conocimiento, pero su influencia también ha sido considerable en el
campo de la Ética. Los conceptos morales -como lo correcto, la
obligación, el deber...- si son conceptos genuinos y si el empirismo
es correcto deben ser derivables de la experiencia, como cualquiera
otros. Las ideas morales se derivan de nuestra experiencia interior.
Es cierto que no observamos la incorrección de una acción, sino que la
sentimos y es este sentimiento lo que ponemos en palabras cuando
decimos que una acción es incorrecta.
El establecimiento del empirismo puramente como una
tesis sobre la estructura lógica del conocimiento ha sido un estímulo
importante para el desarrollo de la lógica matemática. También ha
llevado a la concepción de la filosofía como análisis de conceptos y
proposiciones, y por consiguiente, a una hostilidad creciente hacia la
filosofía especulativa y en particular hacia la metafísica; en su
expresión más extrema está el positivismo logico, llamado también
empirismo lógico, mantenido sobre todo por el grupo de filósofos
conocido como el "Círculo de Viena". (Véase el apartado "El
positivismo lógico o neopositivismo" en Positivismo). No obstante, un
empirismo más moderado de este tipo es lo que caracteriza al
movimiento filosófico contemporáneo, conocido en ocasiones como
análisis lingüístico o filosofía analítica.
EPISTEMOLOGÍA. (Del gr. episthmh, 'conocimiento' y -logía);
sust. f.
1. Disciplina que estudia los fundamentos y métodos del conocimiento
humano: la Investigación sobre el conocimiento humano, de David Hume,
es uno de los más importantes tratados de epistemología que han visto
la luz a lo largo de la historia.
Sinónimos
Gnoseología, teoría del conocimiento.
[Filosofía] Epistemología
La palabra "epistemología", que literalmente
significa teoría del conocimiento o de la ciencia, es de reciente
creación, ya que el objeto al que ella se refiere es también de
reciente aparición. No obstante, la etimología del término
"epistemología" es de origen griego. En Grecia, el tipo de
conocimiento llamado episteme se oponía al conocimiento denominado
doxa. La doxa era el conocimiento vulgar u ordinario del hombre, no
sometido a una rigurosa reflexión critica. La episteme era el
conocimiento reflexivo elaborado con rigor. De ahí que el término
"epistemología" se haya utilizado con frecuencia como equivalente a
"ciencia o teoría del conocimiento científico". Los autores
escolásticos distinguieron la llamada por ellos "gnoseología", o
estudio del conocimiento y del pensamiento en general, de la
epistemología o teoría del modo concreto de conocimiento llamado
científico. Hoy en día, sin embargo, el término "epistemología" ha ido
ampliando su significado y se utiliza como sinónimo de "teoría del
conocimiento". Así, las teorías del conocimiento específicas son
también epistemología; por ejemplo, la epistemología científica
general, epistemología de las ciencias físicas o de las ciencias
psicológicas.
Un ejemplo concreto de la diversidad teórica
existente en la idea de epistemología en la actualidad lo constituyen
las concepciones de Popper y Piaget. Para Popper el estatuto de la
epistemología viene definido por tres notas: por el interés acerca de
la validez del conocimiento (el estudio de la forma cómo el sujeto
adquiere dicho conocimiento es irrelevante para su validez); por su
desinterés hacia el sujeto del conocimiento (la ciencia es considerada
sólo en cuanto lenguaje lógico estudiado desde un punto de vista
objetivo), es decir, la epistemología se ocupa de los enunciados de la
ciencia y de sus relaciones lógicas (justificación); y, por último,
por poseer un carácter lógico-metodológico, es decir, normativo y
filosófico. Sin embargo, para Piaget la epistemología se caracteriza
por principios opuestos a los de Popper, ya que a la epistemología le
interesa la validez del conocimiento, pero también las condiciones de
acceso al conocimiento válido; de ahí que el sujeto que adquiere el
conocimiento no sea irrelevante para la epistemología, sino que ésta
debe ocuparse también de la génesis de los enunciados científicos y de
los múltiples aspectos de la ciencia que trascienden la dimensión
estrictamente lingüística y lógico-formal. La epistemología para
Piaget tiene además un carácter fundamentalmente científico, es decir,
teórico y empírico, no metodológico y práctico.
Aunque, como puede verse, los autores que se ocupan
de la epistemología están lejos de obtener un acuerdo unánime respecto
a los problemas principales con los que se enfrentan, ni tienen
siquiera un acuerdo sobre el carácter de la propia disciplina a la que
se dedican, sí puede decirse de modo aproximativo que epistemología es
la ciencia que trata de conocer la naturaleza del conocimiento humano,
en sus principios reales y en su funcionamiento real, los tipos o
clases de conocimiento y los caminos o métodos que pueden conducir a
su realización correcta en cada caso. Según Javier Monserrat, estos
son los amplios niveles en los que la reflexión del epistemólogo se
mueve para cumplir adecuadamente sus objetivos científicos:
autoobservación de los procesos cognitivos tal y cómo se dan en su
propia experiencia o introspección; observación de la estructura de
la experiencia global de la realidad en que el hombre se encuentra,
para tratar de entender cómo el hecho del conocimiento humano es en
ella un elemento coherente; estudiar cómo se manifiesta el
conocimiento, tal como es ejercitado por el hombre en la cultura
dentro de la que vive; visión del curso de la historia y del
desarrollo del conocimiento científico; finalmente, reflexión
científica sobre el conocimiento humano y elaboración de
investigaciones sobre él, que conduzcan a determinados ensayos
epistemológicos y a elaborar una idea científica de lo que éste sea.
No es fácil distinguir la epistemología de otras
disciplinas afines o de otros saberes fronterizos con ella. Como todos
los problemas de definición de términos, últimamente se delimita
atendiendo a la conveniencia o al consenso del uso, más que a unas
presuntas verdad o falsedad inexistentes. Pero incluso cuando el
consenso existe es un consenso precario, puesto que en un saber
dinámico y constituyente, como es el referido a la reflexión sobre el
conocimiento, las fronteras con frecuencia se trasladan de territorios
con facilidad.
La primera frontera imprecisa es la que mantienen
los conceptos de epistemología y teoría del conocimiento. La relación
de la epistemología con la teoría del conocimiento sería la que hay
entre la especie y el género, siendo la epistemología la especie, ya
que trata de una forma específica de conocimiento: el conocimiento
científico. Sin embargo, esta diferencia desaparece entre los
neopositivistas y empiristas lógicos, para quienes sólo merece el
nombre de "conocimiento" el conocimiento científico, y que califican a
cualquier otro pretendido conocimiento de "juego de palabras sin
alcance cognoscitivo" (R. Carnap). Sí, en cambio, opinan que tiene
sentido hablar de distintos tipos de conocimiento quienes han afirmado
procedimientos de conocimiento diferentes a los de la ciencia, como
los sentimientos o la intuición. Algunos han propuesto el camino de
dirigir las facultades humanas en dirección de "la intuición de las
esencias", fundando así una ciencia fenomenológica más allá de la
ciencia factual. Hay que reconocer que, aun admitiendo la distinción
entre teoría del conocimiento y epistemología, no siempre es posible
efectuar tal distinción, ya que la palabra "epistemología" se impone
por su mayor sencillez de sustantivo. Para obviar la dificultad se ha
creado la palabra gnoseología, pero este neologismo no ha llegado a
arraigar y su uso se ha considerado pedante, rancio y escolástico.
La segunda delimitación terminológica frágil es la
que se establece entre epistemología y filosofía de la ciencia, debido
a la elasticidad de esta última expresión. Si se toma en un sentido
amplio, la epistemología sería uno de los capítulos de la primera, una
forma de practicar la filosofía de la ciencia, consistente en el
análisis lógico del lenguaje científico. Para salvar las diferencias
entre ambas nociones, algunos autores intentan desligar a la
epistemología de toda relación con la filosofía y evitan usar esta
última palabra al ser partidarios del conocimiento científico como la
única forma de conocimiento. Sin embargo, aunque se intente limitar el
término a lo que es propiamente reflexión sobre la ciencia, no puede
desprenderse por completo de una determinada filosofía. En primer
lugar, porque buena parte de las epistemologías actuales, como las de
Meyerson, Cassirer, Brunschvicg, Eddington, Bachelard y Gonseth, han
permanecido estrechamente asociadas a una filosofía; en segundo lugar,
porque sobre las epistemologías regionales subsisten problemas de
epistemología general que, seguramente, pueden ser tratados por el
sabio, pero que sobrepasan su privilegiada competencia de
especialista; por último, las epistemologías internas y regionales
difícilmente pueden dejar de tratar problemas que podrían calificarse
de paracientíficos, por el hecho de que continúan siendo el motivo de
separación de los sabios cuyos métodos no permiten su oposición y que
podrían llamarse filosóficos, puesto que forman parte de la tradición
filosófica.
En tercer lugar, hay dificultades para deslindar los
campos de la epistemología y la metodología científica. ¿Son la
epistemología y metodología dos disciplinas distintas, simplemente
conexas, o por contra, hay que incluir a la metodología dentro de la
epistemología como una de sus partes? Tradicionalmente se ha
considerado que la epistemología no estudiaba los métodos científicos,
ya que éstos eran objeto de una parte de la lógica llamada
"metodología"; la epistemología en concreto tenía como objeto el
estudio crítico de los principios, hipótesis y resultados de las
diversas ciencias. Hoy difícilmente se considera admisible esta
distinción; en ella se daba a la lógica una extensión desmedida, al
aceptar la tradicional división escolástica entre la lógica general,
que hacía abstracción de los objetos y cuya parte principal es la
lógica formal, y la lógica material, aplicada o metodología, que
estudia los métodos propios de cada una de las diversas ciencias.
También resulta difícil hoy hacer un estudio crítico de los principios
de las diversas ciencias, de su valor y objetividad, sin preguntarse
al mismo tiempo sobre la naturaleza y valor de los procedimientos a
través de los cuales se forman las ciencias y se llega a elaborar un
conocimiento científico. En este sentido, Piaget ha señalado que la
reflexión epistemológica nace siempre con las crisis de cada ciencia,
y que sus "crisis" resultan de alguna laguna de los métodos anteriores
que han de ser superados por la aparición de nuevos métodos. De ahí
que análisis de los métodos científicos y epistemología sean dos tipos
de investigación difícilmente disociables. Por ello en la actualidad
se considera a la metodología dentro del campo de la epistemología, no
dentro del de la lógica.
La génesis de la epistemología
La epistemología propiamente dicha comienza en el
Renacimiento. El conocimiento científico aparecerá en ella como
conocimiento, análisis y síntesis de los fenómenos, es decir, de la
apariencia o manifestación de la realidad en la experiencia humana.
Los momentos más importantes de la maduración de esta metodología de
la ciencia como crítica racional de los fenómenos de experiencia están
representados por Galileo Galilei (1564-1642), Francis Bacon
(1561-1626), René Descartes (1596-1650), Isaac Newton (1642-1727),
Locke (1682-1704), Leibniz (1646-1716) y Kant. El Novum Organum y la
Gran instauración de las ciencias de Bacon, el Discurso del método de
Descartes, la Reforma del entendimiento de Spinoza y la Búsqueda de la
verdad de Malebranche ofrecen observaciones interesantes para el
epistemólogo, aunque propiamente no pueden considerarse como obras de
epistemología. Sí se acercan más al sentido actual de la epistemología
el libro IV del Ensayo sobre la inteligencia humana de Locke y en
especial la respuesta que le da Leibniz en sus Nuevos Ensayos. En el
siglo XVIII, la obra que mejor predice lo que será posteriormente la
epistemología es el Discurso preliminar a la Enciclopedia, de
D'Alembert. A comienzos del siguiente siglo se consideran precursores
el segundo volumen de La filosofía del espíritu humano (1814) de
Dugald Stewart, el Curso de filosofía positiva (a partir de 1826) de
Augusto Comte y el Discurso preliminar al estudio de la filosofía
natural (1830) de John Herschel.
Las dos obras fundamentales con las que, aunque no
existiera la palabra epistemología, empezó a desarrollarse el
contenido de lo que hoy se llama así propiamente fueron la
Wissenschaftslehre (1837), de Bernard Bolzano, y la Filosofía de las
ciencias inductivas (1840) de William Whewell. La palabra
Wissenschaftslehre, que Bolzano menciona al comienzo de su obra,
corresponde en alemán a lo que quiere decir en un castellano inspirado
en el griego "epistemología", "teoría de la ciencia". Sin embargo,
ambos vocablos, el alemán y el castellano (o el inglés epistemology),
no son exactamente sinónimos, ya que el primero ha conservado de sus
orígenes más antiguos un sentido más amplio que el que ha tomado el
segundo, que se forjó para designar una disciplina más estricta. A
pesar de que en la segunda mitad de su obra abarque un campo más
amplio, Bolzano considera la palabra Wissenschaftslehre en un sentido
más concreto, aquél en que Wissenschaft designa propiamente el
conocimiento científico, excluyendo cualquier otra forma de
conocimiento. Con minuciosidad y rigor, su estudio se centra en
nociones fundamentales de la lógica y anticipa algunos de los
problemas de la metalógica actual.
Las investigaciones de Whewell inauguran el método
histórico-crítico, pero ante la amplitud que exigía su tarea separó
los dos métodos y publicó primero la Historia, que sirvió de base a lo
que poco después será la Filosofía de las ciencias inductivas; Whewell
se preocupó de mantener siempre un estrecho contacto entre ambas
disciplinas, como indica el título completo de la segunda obra,
Philosophy of the inductive sciences, founded upon their history
("Filosofía de las ciencias inductivas, basada en su historia"). De la
escala de las ciencias intenta deducir, para cada una de ellas, las
ideas fundamentales sobre las que se basan y los procedimientos
mediante los que se construyen. Dos de las obras epistemológicas más
significativas en continuar el camino abierto por Whewell fueron el
Essai sur les fondements de la connaissance humaine et sur les
caractères de la critique philosophique (1851) y el Traité de
l'enchaînement des idées fondamentales dans les sciences et dans
l'histoire (1861), de Antoine-Augustin Cournot. Uno de sus méritos
principales fue haber colocado en primer plano de la epistemología la
idea de azar, durante mucho tiempo considerada opuesta a la idea de
ley y ajena a la ciencia, y la célebre definición que dio de este
concepto: la intersección de dos series causales independientes. De
esta manera parece haber presentido la gran importancia que iban a
adquirir en la ciencia contemporánea los datos estadísticos y las
probabilidades.
En el siglo XIX se encuentran también otros
numerosos intentos de epistemología científica, que continúan la línea
empirista-positivista que en el siglo XVIII había sido continuada por
Euler, en Alemania, o D'Alembert, en Francia. El positivismo
decimonónico clásico estuvo representado por Augusto Comte
(1798-1857), John Stuart Mill (1806-1873), John Herschel (1792-1871),
William Whewell (1794-1866) y por el biologista Herbert Spencer
(1820-1903). Posteriormente fue continuado por el empiriocriticismo de
Richard Avenarius (1843-1896) y Ernst Mach (1838-1916), y ya a finales
del siglo XIX y principios del siglo XX, por Henri Poincaré
(1854-1912), Pierre Duhem (1816-1916) y Emile Meyerson (1859-1933),
autores todos ellos relacionados por continuación o reacción con el
empiriocriticismo.
En el siglo XX, la epistemología científica queda
agrupada en tres grandes escuelas o generaciones: el neopositivismo
lógico, el racionalismo crítico y el pospopperianismo. El
neopositivismo lógico tuvo en Bertrand Russell (1872-1970) y Ludwig
Wittgenstein (1889-1951) sus dos principales predecesores. Bajo su
influencia, se formó en los años veinte de este siglo el llamado
Círculo de Viena, con el que el positivismo se transforma en
neopositivismo lógico y toma cuerpo la primera gran escuela de
epistemología científica en el siglo XX. Los miembros más
representativos de esta escuela fueron Moritz Schlick (1882-1936),
Otto Neurath (1882-1945), Herbert Feigl (1902), Félix Kaufmann (1895)
y Rudolf Carnap (1891-1970). En el Congreso de Viena sobre
epistemología de la ciencia natural, en el año 1929, fue elegido
Schlick como presidente del Círculo. En Berlín se formó pronto un
nuevo centro de neopositivismo lógico a ejemplo del de Viena, cuyos
principales representantes fueron Hans Reichenbach (1891-1953), Kurt
Grelling y Walter Dubislav (1895-1937). En 1931, Rudolf Carnap
propició la creación de otro centro de neopositivismo en Praga y el
filósofo inglés A. J. Ayer (1910) introdujo el neopositivismo lógico
en Inglaterra. En el escrito programático del año 1929 hacían la
siguiente clasificación de los nombres que habían conducido hasta él:
"1. Positivismo y empirismo: Hume, Ilustración, Comte, Mill, Richard
Avenarius, Mach. 2. Fundamentos, objetivos y métodos de las ciencias
empíricas (hipótesis en Física, Geometría, etc.): Helmholtz, Riemann,
Mach, Poincaré, Enriques, Duhem, Boltzmann, Einstein. 3. Logística y
su aplicación a la realidad: Leibniz, Peano, Frege, Schroder, Russell,
Whitehead, Wittgenstein. 4. Axiomática: Pasch, Peano, Vailati, Pieri,
Hilbert. 5. Eudemonismo y sociología positivista: Epicuro, Hume,
Bentham, Mill, Comte, Feuerbach, Marx, Spencer, Muller-Lyer, Popper-Lynkeus,
Carl Menger (padre)".
En segundo lugar está el racionalismo crítico, la
epistemología de K. Popper. El racionalismo crítico se entiende como
reacción crítica ante las directrices fundamentales de la
epistemología del neopositivismo lógico. El racionalismo crítico
discutirá las principales tesis del Círculo de Viena e instaurará una
nueva escuela de teoría de la ciencia que, desde 1934, en que publica
Popper su primera obra, se irá haciendo poco a poco predominante e
influirá en la evolución posterior de los autores del Círculo, por
ejemplo en el mismo Carnap o en Reichenbach. Entre los muchos
discípulos de Popper pueden citarse a Hans Albert o a John Watkins. La
importancia de las teorías popperianas se ha dejado notar en toda la
teoría de la ciencia de los años 50 y 60, e incluso en la actualidad,
bien sea como aceptación de las mismas, bien para construir otras
nuevas a partir de él.
En tercer lugar se encuentran los autores llamados
pospopperianos. Se caracterizan por presentar epistemologías que, bien
inspiradas preferentemente en el positivismo, bien en Popper, no se
identifican totalmente con ninguno de estos dos sistemas, aunque se
vean siempre seriamente influidas por ellos. Entre los principales
autores pospopperianos cabe citar a T. S. Kuhn, P. K. Feyerabend, I.
Lakatos y N. R. Hanson.
Los problemas de la epistemología
Los problemas planteados en la actualidad por la
epistemología pertenecen a dos grandes grupos. Unos son de carácter
general, ya que abarcan la totalidad de las ciencias. Otros son
específicos de cada grupo de ciencias, se refieren a una sola ciencia
o a alguna rama de una determinada ciencia.
En primer lugar, la epistemología se plantea
problemas que se refieren a las relaciones entre las diversas
ciencias. La pluralidad de las ciencias, su incesante proliferación,
sus encabalgamientos y enlaces, su dispersión, no satisfacen al
espíritu del sabio a quien llevan a preguntarse por los problemas de
su coordinación. Hoy ha cambiado el viejo problema de la clasificación
de las ciencias y nadie pretende construir un sistema rígido e
inmutable en el que cada ciencia tendría su lugar propio y definido
con sus diversos compartimentos, pero un cuadro de referencia siempre
es necesario y lo único que se exige es que sea manejable y abierto,
que refleje el estado presente de la ciencia y admita enlaces y
reorganizaciones.
En segundo lugar, la epistemología se plantea
también el problema de las relaciones entre los dos grandes grupos en
que se distribuyen las ciencias. En general se admite la división
entre las ciencias formales, por una parte, lógica y matemáticas, y
las ciencias de lo real, por otra. A partir del nacimiento de la
matemática racional la pregunta inevitable es la del acuerdo entre sus
explicaciones y las de la experiencia.
En tercer lugar, son también problemas de la
epistemología los referidos al análisis de algunas nociones comunes a
todas las ciencias o a la mayoría de ellas. El matemático, físico,
naturalista y lexicógrafo se sirven también de definiciones, pero
¿tienen el mismo significado? Para el matemático la probabilidad es
objeto de cálculo; el físico sabe que sus métodos inductivos
desembocan en probabilidades y considera a todas sus leyes como
probabilidades; el historiador se pregunta sobre la probabilidad de
los testimonios: ¿se trata siempre de una misma probabilidad en estas
diversas ciencias, o si no, cómo se organizan entre sí estos diversos
sentidos?
Se dan también problemas epistemológicos, en cuarto
lugar, en las dos maneras de concebir las relaciones entre la parte
teórica y la experimental de las ciencias, o, lo que es casi lo mismo,
en el significado de las teorías. Cuando se intenta acatar el
imperativo de inteligibilidad que compara al científico con el
filósofo, y el imperativo de efectividad que lo relaciona con el
ingeniero, resulta que no concuerdan entre sí y la tensión resultante
determina en el interior de cada ciencia un desacuerdo sobre el ideal
científico. Es en las ciencias de la naturaleza donde se manifiesta
más claramente tal desacuerdo en las dos maneras de concebir las
relaciones entre la parte teórica y la experimental, o, lo que es casi
lo mismo, el significado de las teorías: ¿intentan profundizar en
nuestro conocimiento de los fenómenos buscando, detrás de las leyes,
las causas explicativas, o bien, no son más que una sistematización de
un conjunto de leyes? Pero también ocurre algo semejante en otras
ciencias, como en biología, con la oposición del mecanicismo frente al
vitalismo; en psicología, con la del behaviorismo frente a la
reflexología; en historia, dada la oposición de la historia de los
acontecimientos con la historia explicativa o más bien comprehensiva,
oposiciones que parecen proceder de una dualidad en el ideal
científico.
En quinto lugar, y como primera consecuencia del
descenso de la generalización epistemológica hacia el ámbito de cada
una de las ciencias, se encuentran los problemas específicos del
primer grupo de ciencias, las ciencias formales. La lógica, bajo su
nueva forma de lógica simbólica o logística, figura junto a las
matemáticas y en estrecha unión con ellas, y ello plantea bajo una
nueva forma el problema de la relación entre ambas disciplinas. Con la
nueva lógica el problema esencial es saber si las matemáticas se
pueden reducir a ella, lo que sería una manera de fundarla. Además,
cada problema de la epistemología matemática tiene su correspondiente
en lógica y a la inversa. Así, por ejemplo, son comunes a ambas
ciencias el problema del estatuto ontológico de sus nociones o del
correspondiente objetivo de sus términos. Con facilidad puede
plantearse en matemáticas el problema de saber si los principios de la
lógica expresan leyes del ser, normas del pensamiento o bien reglas
para la manipulación de los símbolos, es decir, si la lógica es una
ciencia objetiva, normativa, o bien un arte del cálculo y del juego.
En sexto lugar se plantean los problemas de
epistemología comunes a las ciencias de la realidad, que tienen en
física una forma modélica, ya que al hablar de dichos problemas casi
siempre se piensa en ella. Los problemas principales son tres, según
se haga hincapié en la construcción de los conceptos, en la estructura
de las explicaciones o en la validez de las conclusiones. Los
problemas relativos al método experimental y a la naturaleza y
justificación de los procedimientos inductivos ocupan evidentemente un
lugar importante en dichos estudios, pero el gran problema es el de su
unidad: ¿pueden agruparse todas las ciencias de la realidad en un solo
tipo fundamental, cuyo modelo más completo sería la física?, ¿sobre
qué base lo harían?, ¿deben quedar irremediablemente separadas en dos
o tres ramas?
En séptimo lugar están los problemas epistemológicos
más particulares, relacionados con las ciencias de la vida y las
ciencias del hombre. Aparecen en estas ciencias conceptos
fundamentales comunes a la física, como el concepto de ley, pero
aparecen también conceptos ajenos a ella, como el de ser; estas
ciencias hablan de hechos, pero también de valores. Puede analizarse
un ser como una intersección de leyes, pero se elude así la
característica esencial de su individualidad. Pueden considerarse los
valores como datos de hechos, pero ¿estos hechos son de la misma
naturaleza que la de los hechos que trata la ciencia del mundo físico?
Los conceptos propios de estas ciencias como los de tendencia,
función, éxito y fracaso, normal y patológico, finalidad, son
problemáticos y exigen análisis epistemológicos más específicos. El
problema más grave es saber si estas nociones pueden interpretarse con
el lenguaje de la física, o cuando menos ponerse de acuerdo con él.
Además, la presencia en las ciencias humanas de nociones como
conciencia, actividad voluntaria, lenguaje, utensilios, política,
religión, arte, han hecho surgir nuevos conceptos y problemas, como
por ejemplo, en este nuevo campo ¿hay que sustituir la comprehensión
por la explicación?; ¿las finalidades pueden, y de qué manera,
considerarse causas?; ¿en qué medida, o en qué forma, la aplicación
del instrumento matemático es posible y deseable? En el interior de
estas ciencias se plantea la cuestión de su homogeneidad y de su
jerarquía. En ocasiones, una de estas disciplinas e incluso una teoría
surgida de una de ellas preside el conjunto o se atribuye una función
rectora. Así, en el siglo XIX, la historia no sólo se desarrolla por
sí misma, sino que predomina en todas las partes en donde se habla del
hombre, y el materialismo dialéctico de Marx y Engels o el
psicoanálisis, habiendo nacido en el seno de una de estas ciencias,
han servido de principio general de explicación para todos los temas
humanos.
Disciplina filosófica que estudia los principios
materiales del conocimiento humano. Es decir, mientras la lógica
investiga la corrección formal del pensamiento, su concordancia
consigo mismo, la epistemología pregunta por la verdad del
pensamiento, por su concordancia con el objeto; la primera es la
teoría del pensamiento correcto, la segunda la teoría del pensamiento
verdadero. Por consiguiente, los principales problemas epistemológicos
son: la posibilidad del conocimiento, su origen o fundamento, su
esencia o trascendencia, y el criterio de verdad.
ESOTERICO.{adj.} Misterioso, oculto, reservado,
secreto; lo contrario de exotérico.
Se aplica a los conocimientos y fórmulas que sólo se transmiten a
personas que han sido sometidas a pruebas iniciáticas.
EX PROFESO. (Loc. latina, variante de ex professo);
adv. de modo.
1. [Uso formal] A propósito o con particular intención: no puedes
negar que me has hecho daño ex profeso; un representante discográfico
ha venido ex profeso desde Los Angeles para oírle cantar.
EXPERIMENTO. {m.} Acción y efecto de experimentar.
Determinación voluntaria de un fenómeno u observación del mismo en
determinadas condiciones, como medio de investigación científica.
EXPERIMENTAR. {tr.} Probar y examinar prácticamente
las propiedades de una cosa.
Hacer operaciones destinadas a descubrir o comprobar determinados
fenómenos o principios científicos.
Notar, observar en sí una cosa.
FALSABILIDAD. {f.} [Filosofía] Principio
epistemológico que supone que la observación es guiada por la teoría y
que rechaza la presuposición de que las teorías científicas puedan
establecerse como verdaderas o probablemente verdaderas a la luz de la
evidencia observacional.
FALSAR. {tr.} [Filosofía] Someter a falsabilidad,
contrastar una proposición con los hechos de forma que exista la
posibilidad de refutarla.
FILOSOFÍA. (Del gr. filosofia, a través del lat.
philosophia); sust. f.
1. Disciplina que reflexiona acerca de la esencia de las cosas y del
hombre, y que trata de dilucidar el lugar que estos ocupan en el
universo: el nacimiento de la filosofía se produce al abandonarse las
explicaciones míticas de los fenómenos naturales.
2. Sistema de ideas que constituye una reflexión crítica sobre estas
cuestiones: una filosofía que ignore la pregunta por el ser de las
cosas no puede ser llamada propiamente tal.
3. Reflexión sistemática apoyada exclusivamente en las fuerzas de la
razón: toda filosofía sucumbió entonces ante el predominio de la fe,
la mística y otros diversos irracionalismos.
4. Doctrina de un pensador, escuela, movimiento o época: la filosofía
de Leibniz es una de las más interesantes del siglo XVII.
5. Conjunto de principios establecidos para explicar determinada clase
de hechos: la filosofía de la historia ocupó un lugar privilegiado en
la doctrina de Vico.
6. Sistema de creencias y valores que cada uno asume para dar sentido
a su propia vida: derrochar tanto dinero y tantas fuerzas en una boda
es algo que va en contra de mi filosofía
7. [Uso figurado] Fortaleza y serenidad de ánimo para soportar los
contratiempos: aceptó la muerte de su madre con admirable filosofía
8. Conjunto de doctrinas que con este nombre se enseñan en los centros
docentes: empezó a estudiar filosofía en Madrid, pero pronto vio
defraudadas sus ilusiones de sacar algún provecho de ello.
9. Facultad universitaria dedicada a la docencia de esta disciplina:
el comedor de filosofía se abarrotaba entre las dos y las tres.
Sinónimos
Filosofismo, metafísica, reflexión, doctrina, explicación,
resignación, serenidad, fortaleza, temple, escuela, academia, liceo,
facultad.
Filosofía
La filosofía nace a principios del siglo VI a.C. en
Asia Menor. El primer pensador conocido es Tales de Mileto,
considerado el creador de la metafísica y cuya influencia fue decisiva
desde Heráclito a Demócrito. Por entonces sobresalía también
Pitágoras, quien se había trasladado desde Samos a la Magna Grecia.
Más tarde, aparecen los grandes pensadores de la filosofía griega:
Sócrates, Platón y Aristóteles, figura capital del período clásico,
creador de una importante obra cuya influencia se hará sentir de forma
extraordinaria en la Edad Media, al dar lugar al desarrollo de la
filosofía escolástica, cuyos máximos representantes son San Alberto
Magno y Santo Tomás de Aquino.
Con la Edad Moderna, la filosofía se desliga de las
diversas ciencias. En el siglo XVII, Descartes crea una metafísica de
la razón (Racionalismo) que da origen al idealismo alemán, escuela a
la que pertenecieron Fichte, Schelling y Hegel. Como reacción contra
el idealismo surgió el positivismo, cuya figura central es Auguste
Comte.
Ya en el siglo XX, entre los filósofos más
relevantes figuran Bergson, Husserl, creador de la escuela
fenomenológica, y Heidegger, padre de la filosofía existencial. En los
últimos años, adquiere enorme desarrollo el movimiento denominado
existencialismo, continuador del pensamiento de Heidegger, que tiene
en Jaspers, Marcel y Sartre, a sus principales representantes.
Teoría de la Historia de la Filosofía
Durante buena parte de su historia, la filosofía no
ha tenido Historia. La filosofía fue un hacer que tenía conocimiento
del pasado, su pasado, pero sin la pretensión científica de estudiarlo
ordenada y metódicamente. Por ello, Lucien Braun en su documentadísima
obra Histoire de l´Histoire de la Philosophie (París, 1973) ha
distinguido dos etapas principales en el saber sobre la Historia de la
filosofía: la etapa de prácticas de Historia de la filosofía y la
etapa de desarrollo de la disciplina propiamente dicha. Mientras que
la primera etapa se extendería desde Teofrasto (dejando de lado el
caso ejemplar de Aristóteles) hasta los comienzos del siglo XVIII (C.
A. Heumann), la segunda lo haría desde ese momento hasta nuestros
días.
Periodo 'de prácticas' de la Historia de la
filosofía
Este periodo incluye las doxografías, biografías y
narraciones, sean diadoquistas (vistas desde la perspectiva de un
escolarca), heréticas (en el sentido de hairesis o división entre las
doctrinas de una escuela y las demás) u holográficas (una historia
espacializada y acompañada de figuras secundarias y rasgos
anecdóticos).
Como ha escrito Emilio Lledó, el filósofo griego al
que realmente preocupó el problema de aquello que después se llamaría
"historiografía" fue Aristóteles. El concepto de historia, que cobra
en su obra un particular relieve, encierra una cierta dificultad que
no surge primariamente de su tarea como historiador, sino de un pasaje
de la Poética, en donde se enfrentan historia y poesía en función de
su interés filosófico. Una sistematización de los momentos capitales
del pensamiento histórico de Aristóteles podría centrarse en torno al
texto de la Poética, al libro primero de la Metafísica, a la labor
histórica de la Política y a los trabajos de historia natural.
En un texto de la Poética se encuentra la primera
reflexión filosófica sobre la historia; el valor científico que
Aristóteles otorga aquí a esta disciplina queda bastante disminuido,
ya que el carácter filosófico se mide en función de lo universal, y la
historia sólo trata de sucesos particulares; por consiguiente, ninguno
de ellos puede pretender que esa particularidad sobrepase sus propios
y concretos límites. Pero en otro texto de la misma obra parece que se
da otra interpretación de la historia o, al menos, se matiza más el
pensamiento de Aristóteles al respecto, al dejar entrever una idea más
filosófica de esa disciplina, en el sentido de que el acontecer
histórico que puede considerarse como fruto del azar tiene una interna
concatenación que le presta su auténtico carácter de continuidad. De
ahí que Tucídides pretendiese, con su interpretación de la guerra del
Peloponeso, superar la pura particularidad de los sucesos para
estructurarlos en una adquisición para siempre.
En el libro primero de la Metafísica, Aristóteles
realizó la primera historia de la filosofía occidental, ya que además
de narrar algunas de las opiniones de los primeros filósofos,
establece entre ellos determinadas conexiones y dependencias. Aunque
la exposición aristotélica se basa en su propia teoría de las causas,
el ensamblaje que esta teoría de las causas establece presta a toda su
exposición un auténtico contenido filosófico. El pensamiento histórico
aparece como un progreso, y no sólo como la confirmación de que la
verdad del pensamiento de Aristóteles ha sido ya vislumbrada por sus
predecesores. La historia de la filosofía es, así, el paulatino
desarrollo de unos determinados temas que, a pesar de los múltiples
caminos y descarríos, encuentran siempre, si de verdad responden a una
auténtica exigencia intelectual, su plena solución. Aristóteles ve
confirmados en los primeros filósofos sus propias ideas, y esto prueba
que la historia es una evolución llena de sentido, que va desde la
oscuridad primitiva hasta la claridad y la diferenciación.
Otra obra en la que también se expresó esta
preocupación histórica de Aristóteles fue la Política. La razón que le
empujó a ampliar sus noticias históricas, a saber, tratar de
establecer una constitución lo más perfecta posible, podría ser una
confirmación más de su consideración del pasado como origen y última
explicación del presente. Y esta misma preocupación por los
conocimientos históricos no queda limitada al campo político, sino
que Aristóteles es también el padre de la doxografía, ya que animó a
sus discípulos a recoger y clasificar las doctrinas de los antiguos:
Eudemo se encargó de redactar la historia de la matemática y de la
astronomía; Menón se ocupó de compendiar las doctrinas de los antiguos
médicos griegos y Teofrasto llevó a cabo la empresa más ambiciosa, la
de recopilar las opiniones de los físicos. Por último, una nueva forma
de investigación histórica queda recogida en una de las más
voluminosas obras de Aristóteles: la Historia animalium. La Historia
animalium es una especie de introducción a los restantes estudios de
biología, que tiene por objeto registrar los principales hechos de la
vida animal, mientras que los demás tratados tienden a elaborar una
teoría a base de hechos registrados.
En la Antigüedad, la obra de Diógenes Laercio Vida
de los filósofos más ilustres constituye el ejemplo más claro de una
gran erudición que no alcanza la categoría de historia de la
filosofía. A pesar de ello su influencia fue enorme, no sólo en toda
la tradición filosófica que se extendió hasta el Romanticismo, sino
también en el ámbito de la filología, al posibilitar los grandes
trabajos, fundamentales para la historia de la filosofía, de Rose,
Nietzsche, Maas, Wilamowitz-Möllendorf, F. Leo y Usener.
Tampoco la Edad Media contribuyó mucho con sus
compilaciones, apologías y comentarios a la constitución de la
disciplina llamada "Historia de la filosofía". No obstante, la
historiografía cristiana aporta tres caracteres (universalidad,
providencialidad y apocalipticidad) de gran importancia, tal y como ha
señalado Collingwood. En primer lugar, que la historia es universal
significa que no existe un determinado centro de gravedad, como
ocurría en la historiografía pagana, sino que el interés se vuelca
sobre toda la historia desde el origen del hombre; y si ha de
establecerse un centro de gravedad, ese centro trasciende el mismo
devenir histórico. En segundo lugar, la historia no obedece ya a la
sabiduría o voluntad de sus agentes, sino que la marcha de la historia
está determinada por la Providencia. Esta historia providencial es
fruto de Dios; el hombre sigue siempre los caminos que éste le marca y
se convierte, así, en un vehículo de los propósitos divinos. El hombre
que se da cuenta de este hecho se encuentra ya situado en un nivel
superior al que marcaba la vieja sabiduría pagana. La tercera
característica es el carácter apocalíptico de la historia. La historia
entera gira en torno a la vida histórica de Cristo, que divide la
historia del hombre en dos momentos: un período de tinieblas anterior
a Cristo, y un período de luz, posterior a Él.
San Agustín es el autor más importante de esta
interpretación cristiana. Esto no quiere decir que con anterioridad a
él no se hubiese expresado de alguna manera esta nueva interpretación
de la historia, pero fue en San Agustín en quien se concretó un nuevo
modo de entender la historia radicalmente distinto del que suponía el
pensamiento griego. La Ciudad de Dios es el ejemplo perfecto de esta
revolución histórica. La Ciudad de Dios fue la respuesta que San
Agustín dio a un hecho histórico concreto: la caída de Roma en poder
de Alarico, que produjo en el mundo una enorme conmoción. Este hecho
le sirve a San Agustín para elevarse, por encima de las
consideraciones particulares, hacia una interpretación que explique de
alguna forma la conexión entre los sucesos humanos. Como ha señalado
K. Löwith, en el fondo de este hecho histórico del que arranca la
Ciudad de Dios ve San Agustín el devenir humano como un ininterrumpido
combate entre dos reinos invisibles: la ciudad de Dios y la ciudad
terrena. Tal vez el deseo de no perder de vista su objetivo final, es
decir, la realización dentro del alma de la ciudad de Dios, y el
alcanzar, verdadera y objetivamente, esta ciudad, hizo que San Agustín
se despreocupase por el desarrollo de la historia humana, en cuanto
que ésta implicaba una cierta independencia del poder creador del
hombre frente a cualquier consideración escatológica. Sin embargo, San
Agustín dejó una interesante muestra de su preocupación por el pasado
humano y, concretamente, por el pasado filosófico. En el libro octavo
de la Ciudad de Dios aparece extractada una historia de la filosofía
desde el punto de vista agustiniano.
En el capítulo tercero de la Ciudad de Dios San
Agustín expone el pensamiento socrático como modelo de la constitución
dialéctica del espíritu, sobre los fundamentos de las dos ciudades. La
revolución de Sócrates consistió en haber apartado a la filosofía de
las preocupaciones por las cosas naturales, por el mundo, y en haberla
proyectado hacia las costumbres y hacia la purificación de la mente.
La parte más extensa la dedica San Agustín a la exposición del
pensamiento filosófico de Platón y los neoplatónicos. Aunque a San
Agustín le interese, principalmente, el carácter religioso de la
filosofía de Platón, ofrece puntos de vista que testimonian rigor en
la información. San Agustín va analizando las excelencias del
platonismo con respecto a la filosofía física, a la filosofía racional
o lógica y a la filosofía moral. En todas ellas descubre cómo Platón
está próximo a una concepción cristiana, a la vez que se plantea el
problema histórico acerca de los medios de que pudo servirse este
filósofo para adquirir aquella visión rayana en la ciencia cristiana
(Ciudad de Dios, VIII, 11). En medio de su exposición del platonismo,
inserta un capítulo en donde habla de las "Excelencias del cristiano
piadoso sobre la ciencia filosófica" (Ciudad de Dios, VIII, 10). Según
san Agustín, no importa que el cristiano no esté versado en las letras
filosóficas ni sepa distinguir las escuelas: él, por su fe, se
encuentra ya en la fuente de la sabiduría, porque "los filósofos
profesan o el estudio de la sabiduría o la sabiduría misma"; pero el
cristiano no necesita ya de ese estudio, su fe es su ciencia.
La importancia historiográfica de la Ciudad de Dios
para la filosofía está en la idea de que el ser humano no posee la
verdad que Dios atesora, por lo que se ve obligado a buscar a Dios
como en un espejo enturbiado, condenado al desciframiento y recuento
de inicios que le acerquen a una verdad nunca dada por entero. Para
que el homo viator (hombre viajero) que el ser humano es no se pierda
en la miseria de su peregrinaje, debe oír la llamada de Dios, que le
encamina hacia él, descifrando todos los signos que le acercan a la
divinidad. Esta lectura unitaria ofrece además una historia única y
orientada que lleva al olvido y descrédito de las antiguas
concepciones cíclicas del devenir. Sin embargo, San Agustín está preso
de una concepción diadoquista en su exposición temática, pues ve la
filosofía griega como mera preparación para el cristianismo y
considera que "su filosofía cristiana es la verdadera filosofía". La
importancia de San Agustín para la Historia de la filosofía está en la
búsqueda incesante de un centro que otorga diferencias, cortes y
dilaciones que permiten hablar, por vez primera, de una Historia en
sentido pleno del término: la idea de una Historia unitaria y
progresiva en la que el 'alma' y el 'desarrollo temporal' se
corresponden en su itinerario.
El Renacimiento inaugura con su historia erudita una
dirección que aún vive con fuerza: la historia filosófica. Ésta tiene
la pretensión de limpiar y restaurar las adherencias espúreas de una
obra para devolverla a su sentido originario en toda su pureza. Este
proceder antihistórico del restaurador, que pretende borrar el tiempo
para conocer sin prejuicios una supuesta verdad desnuda, produce un
efecto opuesto en buena medida al deseado, ya que el que pretende
captar el significado verdadero de una obra renacida del pasado se ve
obligado a estudiar el idioma original para sumergirse en el mundo
cultural de la obra, con lo cual va cobrando conciencia poco a poco a
la vez de la diferencia y el verdadero hiato de la obra estudiada y la
época del estudioso.
Dentro de la historiografía filosófica del
Renacimiento, Emilio Lledó ha llamado la atención hacia Juan Luis
Vives, autor de la primera Historia de la filosofía realizada por un
español. Su obra De initiis sectis et laudibus philosophiae (1518) es
un ejemplo de la ausencia de sentido crítico en el manejo de las
fuentes, propia de la actitud renacentista primariamente interesada en
destacar el pintoresquismo o la rareza de opiniones y autores. En sus
breves referencias a los presocráticos, afirma de Tales de Mileto que
anunció un eclipse de sol, pero no menciona su afirmación del agua
como fundamento de la tierra. De Anaximandro afirma que conoció que la
luna brillaba con luz 'prestada', pero no hace mención del apeiron. El
problema filosófico de los comienzos de la filosofía parece escapar
completamente a la mirada, en otros momentos tan aguda, de Vives.
Ofrece, sin embargo, una mirada sistemática en la primera parte de su
trabajo, al anotar que en un principio los filósofos se habían
dedicado al estudio de las cosas divinas, entendiendo por ello el
estudio de los astros y fenómenos supraterrestres, pero que después
descendieron a la tierra. La filosofía es, según Vives, una ciencia
universal a la que nada se escapa y que engendra todo tipo de saber,
pero un saber eminentemente práctico. La filosofía perdida, el
esfuerzo humano por esclarecer el universo y al hombre en él, quedaba
así recobrado. Vives expone también algunos puntos de Aristóteles, en
donde queda patente la preocupación universal del Estagirita, y en un
importante pasaje plantea el problema, tan moderno, de la hermenéutica
filosófica. Así, distingue el modo de escribir de ciertos filósofos
que confunden profundidad con vaciedad. Por el contrario, el estilo de
Aristóteles es copioso, lúcido, transparente. Nuestra torpeza y
nuestra poca atención hacen que parezca haber en Aristóteles algunas
tinieblas, pero Aristóteles, comparado con los filósofos anteriores,
es "más claro que el mediodía". Vives apunta también el problema
hermenéutico de la posible falsificación de muchos conceptos griegos
en el latín de sus intérpretes: "Es mucho más abierto, más claro, más
diáfano el griego nativo de Aristóteles que el latín de su intérprete,
pues éste, cuando se esfuerza en reproducir cada una de las voces
griegas por otras tantas latinas, titubea, invierte, oscurece,
confunde la dicción y el sentido".
La Edad Moderna nace en buena medida como reacción
contra la pretensión renacentista de hacer proliferar mecánicamente
textos (revolución de la reforma). Así, Descartes aparece como un
pensador que, harto de erudición y saber libresco, busca la verdad no
en los textos, sino en la evidencia de la idea clara y distinta. Todo
el interés de Descartes va dirigido hacia una naturaleza que está ahí,
presente y disponible para ser domada. La Historia, saber mucho de
Platón y de Aristóteles, es considerada como algo fútil y condenada
como algo peligroso.
Será con Leibniz con quien llegue a producirse la
síntesis entre la historia erudita y la razón cartesiana
pretendidamente atemporal. Leibniz resucitó la metáfora minera del oro
y la ganga para justificar el rescate de un núcleo racional en los
textos antiguos al compararlos no con la verdad ya conquistada, sino
entre sí, y con los descubrimientos nuevos de acuerdo con una
"característica universal". El resultado de la filosofía de Leibniz,
unida a toda la filosofía pasada, cuyos textos Leibniz empezó a
recopilar en sus Acta Eruditorum publicadas desde 1682 en Leipzig, es
una cierta 'Filosofía perenne', pero bien entendido que esta historia
es un adorno en la marcha segura y triunfal de la razón filosófica. En
esta misma línea, Kant se burlará de aquellos eruditos para los cuales
la Historia de la filosofía, antigua o moderna, es ella misma su
filosofía. La filosofía moderna es pues radicalmente antihistórica. La
razón se pliega sobre sí misma por mediación del conocimiento
analítico y se encamina a la dominación de una naturaleza presente, a
la mano: inerte y troquelada.
Periodo de la Historia de la filosofía como
disciplina.
El eje en torno al que gira la Historia de la
filosofía como ciencia o, al menos, como disciplina, es Hegel. Por
ello puede dividirse la historia de esta Historia en tres momentos:
unos esbozos perihegelianos, la concepción de Hegel mismo y las
múltiples orientaciones poshegelianas. Destacaremos muy especialmente
la decisiva, actual e influyente concepción de la Historia de la
Filosofía de Windelband.
Esbozos perihegelianos de la Historia de la
filosofía como disciplina.
Además de los estudios de Goclenius y de la historia
de la filosofía de Thomas Stanley, uno de los libros más conocidos en
la época de Hegel fue la obra de Jakob Brucker titulada Historia
crítica philosophiae a mundi incunabilis ad nostram usque aetatem
deducta, en cinco volúmenes (1742-1767). En el volumen primero de esta
obra, que estudia las filosofías orientales y griegas, detenidamente
expuestas a lo largo de 1357 páginas, el autor explica lo que entiende
por historia de la filosofía. Brucker, que distingue la historia de
las doctrinas de la historia de las personas, ofrece un planteamiento
metódico de la disciplina. Para él, el objetivo fundamental del
historiador de la filosofía es o bien investigar los hechos
filosóficos y su diversa acentuación a lo largo del tiempo (lo que hoy
podríamos llamar "historia positiva"), o bien hacer un análisis más
profundo, lo que Brucker denomina "historia de la filosofía", en el
que los sistemas aparezcan relacionados en su auténtico mundo
filosófico. Hay también, según Brucker, una historia de las personas y
filósofos que no corresponde como materia capital a la historia de la
filosofía, pero que quien pretenda conocer la historia íntima del
pensamiento no puede omitir. Aunque sus referencias a los filósofos
son anecdóticas y circunstanciales, con esta consideración del mundo
que rodeaba a la obra filosófica se apuntaba un aspecto de importancia
extraordinaria, como es la apertura al ambiente intelectual y personal
al que se refiere vagamente Brucker con su "hay que atender además al
signo de los tiempos". El historiador de la filosofía, además de estar
dotado de ciertas cualidades morales como sentido de la justicia,
imparcialidad y sinceridad, debe prestar atención a las fuentes y a
los problemas textuales.
A partir de la publicación de la Fenomenología del
Espíritu de Hegel se percibe en Alemania un cambio radical, tanto en
la filosofía como en la Historia de la filosofía. Uno de los primeros
autores en quien se descubre esta influencia, junto con la de Leibniz
y Jacobi, es Joseph Hillebrand. En su principal obra, Propädeitik der
Philosophie (1819), define la Historia de la filosofía como la
exposición de aquellos esfuerzos del Espíritu que han tenido lugar a
lo largo del tiempo en relación con la concretización del concepto de
filosofía. Dos ideas eminentemente hegelianas se encuentran ya en esta
definición: la primera es su concepción del Espíritu (Geist), que
aspira a expresarse a sí mismo; la segunda es la realización del
concepto de filosofía a lo largo del tiempo. La Historia de la
filosofía es, pues, la manifestación del Espíritu en su decurso
temporal. Hillebrand recomienda al historiador de la filosofía, además
del estudio de las fuentes, exponer claramente las distintas doctrinas
filosóficas, mencionar las circunstancias especiales que han
condicionado el surgimiento de cada sistema y mostrar las conexiones
externas e internas de los diversos sistemas. Especial importancia
reviste, por su originalidad, la segunda recomendación de Hillebrand
sobre esas circunstancias condicionantes de la obra del autor y el
mutuo condicionamiento de los sistemas entre sí, ya que esta idea no
se había dado anteriormente. Como ha escrito Emilio Lledó, la
justificación de esta idea se debe al hecho de que la historia ha
empezado a preocupar a los filósofos, ya que la estructura de la
temporalidad en el devenir de las cosas y los acontecimientos humanos
constituye algo esencial para la inteligencia del mundo y del hombre.
En 1822 apareció en Sulzbach la obra de Rixner
Hendbuch der Geschicnte der Philosophie. Esta Historia de la filosofía
lleva por lema unas líneas de Hegel tomadas de su estudio sobre las
diferencias entre las filosofías de Fichte y Schelling en el que se
habla del Absoluto y de su manifestación a través de la Razón, y está
enfocada de una manera que hoy se suele llamar "filosófica". Rixner
afirma que no tiene sentido una historia de la filosofía en la que se
digan las cosas que dijeron ciertos autores, si no se expresa, al
mismo tiempo, "cómo entendía aquel pensador lo que decía, cómo lo
entendían sus contemporáneos, y cómo, de acuerdo con la razón, hay que
entenderlo". Por tanto, según Rixner, hay que ir contra la costumbre
de algunos manuales y ofrecer en la historia de la filosofía "un todo
en el que las partes se organicen de manera armónica y coherente".
En su Introducción, Rixner se refiere a la
etimología alemana de Geschichte, y afirma este término significa la
exposición científica, llevada hasta sus últimas causas y fundamentos,
de aquello que ha sucedido: "Historia es la exposición científica del
surgir en el tiempo de todo aquello que ha tenido lugar en algún
momento; bien sea en el ámbito de la naturaleza, o en el ámbito de la
humanidad". La historia queda así definida, en primer lugar, como
exposición científica; en segundo lugar, como una realidad constituida
esencialmente por tiempo; y, en tercer lugar, por un sentido de
armonía y conexión entre todos los fenómenos que dan contenido y
materia al devenir temporal. En esa definición puede verse, como ha
escrito Emilio Lledó, el abismo que la conciencia histórica ha
introducido entre esta definición y las viejas crónicas y concepciones
de la historia. Rixner distingue en la historia entre la labor de la
experiencia y la labor de la especulación. A la primera corresponde el
buscar los materiales y los hechos, a la segunda descubrir las leyes
de la necesidad que sirven para conectar y dar sentido a los
fenómenos, ya que lo que puede parecer casual está encadenado en una
profunda ley. Este encadenamiento lleva a descubrir la libertad en la
necesidad y viceversa, y además, a ver cómo, en esta armonía, llega
hasta el presente la continuidad del pasado, y cómo, de la mezcla de
ambos, se hace posible el futuro.
La historia de la filosofía es para Rixner una parte
de la historia general, que define como "investigación científica,
comunicación y exposición del nacimiento y desarrollo en el tiempo de
la ciencia de los últimos principios y leyes, tanto de la Naturaleza
como de la Libertad". En la historia de la filosofía hay que
distinguir su materia y su forma. La materia son las distintas
manifestaciones del espíritu en los diferentes pueblos; la forma es la
unidad de la razón, para que los distintos sistemas filosóficos no
aparezcan como individualidades inconexas, sino como partes de un todo
integrador al que esencial y racionalmente pertenecen. La profunda
unidad formal de la razón se apoya sobre cuatro pilares primordiales:
la unidad de la razón en todos los pueblos y en todos los tiempos, la
unidad de las metas últimas de la investigación filosófica en todos
los sistemas, la unidad de sus objetivos teóricos y prácticos y la
unidad de las relaciones de la filosofía con los demás dominios del
pensamiento.
Además de una concepción de la historia de la
filosofía, Rixner ofrece en su obra una metodología historiadora bajo
la forma de preceptos. Según él, la historia de la filosofía debe ser
orgánica, armónica, especulativa y poética. Orgánica, como un
organismo que descansa en sí mismo, se cierra en sí mismo y crece
desde sí mismo. Armónica, en el sentido de que aparezcan en ella lo
uno y lo múltiple, lo eterno y lo temporal, lo finito y lo infinito,
que aunque formalmente parezcan separados y distintos, sin embargo,
considerando los sistemas desde el punto de vista de la razón, son
como rayos que confluyen en una misma luz. Especulativa, porque la
historia de la filosofía es, también, filosofía. Poética, en el
pensamiento de Rixner, significa que la exposición del pensamiento de
los pueblos se debe considerar algo así como la Ilíada y la Odisea del
espíritu humano. La historia de la filosofía se presenta así como una
historia íntima del espíritu; algo puramente ideal, frente a lo real
que son las otras manifestaciones de la cultura de los pueblos y que
dejan ver un aspecto externo del espíritu, solidificado en leyes,
costumbres, constituciones, etc.
Hegel valoró esta obra al escribir: "Rixner es un
hombre de talla. Su libro es el mejor trabajo, tanto por lo que
respecta a la riqueza literaria, cuanto al pensamiento. Con todo, no
satisface todas las exigencias de una historia de la filosofía. Pueden
censurarse en ella las continuas referencias a otras ciencias y, por
consiguiente, la heterogeneidad de la obra. Sin embargo, son méritos
indiscutibles, su precisión en las citas y el que, al final de cada
volumen, nos ofrezca los pasajes originales más importantes de los
distintos autores".
Otra importante concepción de la historia de la
filosofía es la que se contiene en la obra de W. G. Tennemann
publicada en 1829, en Leipzig, bajo el título Grundriss der Geschichte
der Philosophie, a la que Hegel calificó de "buena" desde el punto de
vista histórico. Al comienzo de la obra afirma que historia de la
filosofía es "la narración de los distintos esfuerzos que, estimulados
o paralizados por causas externas, brotan de la evolución de la razón
para realizar esa idea de la razón, material y formalmente". En la
historia de la filosofía distingue Tennemann una materia externa y una
materia interna. La materia interna o inmediata comprende tres
elementos: en primer lugar, la continuada orientación de la razón en
la investigación de los últimos fundamentos y leyes de esa misma razón
y de la libertad; en segundo lugar, los productos del filosofar, las
interpretaciones, métodos y sistemas a través de los que la razón gana
materiales para la filosofía considerada como ciencia y, además, leyes
y principios para su unión en un todo científico; por último, la
evolución de la razón como órgano de la filosofía. La materia externa
o mediata la constituyen las causas, circunstancias y acontecimientos
que han influido en el proceso de la razón que filosofa. La materia
externa está constituida por tres factores primordiales: la
individualidad del que filosofa, su carácter, su inteligencia, etc.;
el influjo de las causas externas sobre la individualidad como, por
ejemplo, el carácter y nivel cultural de la nación, educación,
constitución política, religión, lengua, etc.; y la presión de la
individualidad (admiración, ejemplo, imitación, etc.) sobre las
orientaciones, temas y métodos de investigaciones futuras. La
pretensión de Tennemann es conseguir una historia de la filosofía que
sea ella misma filosófica pero que, al mismo tiempo, no pierda el
contacto con la realidad.
Una producción típica del ambiente espiritual en el
que se desarrollaron estas historias de la filosofía alemanas es la
obra de Friedrich Daniel Schleiermacher Geschichte der Philosophie
(Berlín, 1829). En sus notas sobre historia de la filosofía, dice que
todo conocimiento es histórico, e intenta entender lo individual por
el lugar que ocupa en la totalidad: "Aquél que quiera entender la
filosofía tiene que hacerlo históricamente" y entender, así, en el
desarrollo temporal el progreso del conocimiento.
La Historia de la filosofía en G. W. F. Hegel.
Hegel puede ser considerado el centro de una nueva
concepción de la historia de la filosofía y el creador de una nueva
corriente. En un apartado anterior se ha hecho una exposición más
detallada de la interpretación hegeliana de la historia de la
filosofía, por lo que en este momento solamente es apropiado indicar
algunas de sus características.
A las concepciones prehegelianas, que admitían la
totalidad del movimiento filosófico y la evolución de los sistemas,
les faltaba el principio dialéctico, único motor capaz de desencadenar
el proceso dinámico y de justificar sus distintos momentos. Esta
estructura dialéctica es la que proporciona el entendimiento de que la
historia de la filosofía es la historia del pensamiento concreto y
libre, o razón. Desde esta instancia superior puede superarse la
aporía de armonizar la unidad de la verdad con la pluralidad de
filosofías. Precisamente, para Hegel, la filosofía es el pensamiento
que se hace conciencia, que se ocupa consigo mismo, que se convierte a
sí mismo en objeto, que se piensa a sí mismo.
La filosofía es la representación del desarrollo del
pensamiento, en sí y para sí, sin cuestiones accesorias, y la historia
de la filosofía es este desarrollo en el tiempo: "La filosofía emerge
de la historia de la filosofía al contrario. Filosofía e historia de
la filosofía son una misma cosa, una imagen de la otra. El estudio de
la historia de la filosofía es el estudio de la filosofía misma". Este
es el fundamento último de la aparente diversidad de las filosofías:
que todas las que existen tienen su razón de existir: "la 'Mnemosine'
de la historia del mundo no dispensa su gloria a los indignos; así
como reconoce los hechos de los héroes de la historia externa, así
también, en la historia de la filosofía, sólo reconoce los hechos de
los héroes de la razón pensante. Éstos son nuestro objeto. No son
opiniones ni casualidades accidentales; es la razón pensante, el
espíritu pensante del mundo el que se revela en ella. La serie de
estos hechos es, sin duda, una serie; pero es solamente una obra la
que ha sido producida. La historia de la filosofía considera solamente
una filosofía, solamente un desarrollo que se nos presenta en
diferentes estadios. Por consiguiente, desde siempre ha habido sólo
una filosofía: el saber que el espíritu tiene de sí mismo. Esta
filosofía única es, por tanto, el pensamiento que se conoce como
universal (...) Lo distinto y múltiple que ha producido de sí está
supeditado a lo universal. Por consiguiente, cualquier filosofía a la
que se llegue es siempre filosofía. Por eso no es admisible la
disculpa de que se quiere estudiar filosofía, sólo que no se sabe
cuál. Así como las cerezas y las ciruelas son frutas, así también toda
filosofía es, por lo menos, filosofía
Directrices más destacadas de la historiografía
filosófica actual.
Un resumen de las principales orientaciones de la
Historia de la filosofía actual puede realizarse en torno a las
siguientes corrientes, concepciones o lecturas.
La Historia de la filosofía como pragmática.
Por historia pragmática se entiende un tipo de
investigación objetiva, libre de toda contaminación metafísica, y en
la que únicamente interesa, con el mayor rigor, objetividad y riqueza
de material, describir los distintos estadios por los que ha pasado el
pensamiento filosófico. No se pretende hacer en ella una mera
recopilación de datos ordenados al estilo de la doxografía del período
precrítico de la historiografía. Una obra característica de esta clase
de historia es la Historia de la filosofía en cinco volúmenes de
Friedrich Ueberweg, titulada Grundriss der Geschichte der Philosophie
(Darmstadt, 1957). Como señala Emilio Lledó, es significativo que en
la introducción del primer volumen, redactado por Praechter, se
dedique escuetamente media página a explicar el concepto de historia
de la filosofía, y se diga únicamente que "la historia de la filosofía
es una disciplina más de las ciencias del espíritu y se sirve de los
mismos métodos que éstas".
La obra consiste en una elaboradísima recopilación
de datos y una exposición del sistema de cada autor sobre la base de
sus propios escritos. Sin embargo, el método con el que está
construida consiste en un peculiar sistema de erudición, casi
exhaustivo. En la introducción de Praechter se dice, sin embargo, algo
que trasciende el inicial planteamiento positivo y erudito y que, a
pesar de la pretensión del autor, no se realiza en su obra: "Es
importante para el método de la historia de la filosofía el considerar
a ésta en estrecha unión con toda la vida cultural de una nación".
Este ideal ha sido expresado muchas veces, aunque parece que casi
nunca se ha cumplido. Rodolfo Mondolfo lo ha formulado con gran
precisión al escribir: "El ideal de la historia es, pues, una historia
integral que de alguna manera lo comprenda todo y que en las mismas
historias particulares siempre coloque su objeto especial y central en
el marco de la totalidad de la vida humana y del desarrollo del
espíritu. Por cierto que semejante ideal -como todo ideal- nunca es
alcanzable de manera completa; pero cuando se tenga conciencia de él
siempre cumplirá su tarea orientadora del trabajo histórico,
indicándole la meta hacia la cual debe esforzarse, a pesar de tenerla
a una distancia prácticamente infinita. Esta meta es la superación de
todo particularismo exclusivista, tanto en el objeto constituido por
la esfera especial de cada investigación histórica, como en el sujeto
constituido por la propia situación espiritual, individual e histórica
del historiador. El historiador verdadero no puede ser el hombre
particular, cerrado en la particularidad de sus tendencias, su
educación y su visión de las cosas y la vida, sino que debe esforzarse
hacia la universalidad del hombre; humano en el sentido más amplio de
la palabra, esto es, que no considera ajeno a sí mismo nada de todo lo
humano y quiere entender a la humanidad en todos sus aspectos, con
todos sus problemas y en la plenitud de su desarrollo histórico".
La Historia de la filosofía como biografía
existencial.
Bréhier ha defendido que, puesto que las doctrinas
filosóficas son pensamientos originales que actúan en unas condiciones
históricas y en un medio dados, la historia de la filosofía no puede
dar a conocer ideas existentes en sí mismas, sino hombres que
piensan. Hablando con propiedad no existirían ideas, sino pensamientos
concretos y activos. Por ello, el método de la historia de la
filosofía sería para Brehier, como todo método histórico, un método
nominalista. Cada filosofía es, en este sentido, un itinerario
espiritual o un modo de andar que el historiador de la filosofía debe
recrear y recorrer. Para los partidarios de esta lectura, como Gouhier
y Alquié, el sentido de la obra filosófica no está en ella misma, sino
fuera de ella, en la experiencia vivida. Por ello las obras de los
filósofos no intentan demostrar nada, sino que se limitan a invitar al
lector a que viva, recreándola, una evidencia, una experiencia vivida,
por ejemplo, la del cógito, ergo sum cartesiano. Si hay oscuridad en
las doctrinas filosóficas, ello es debido a que el lector debe hacer
una experiencia personal propia que exige aislamiento de la vida
ordinaria. Por ello, el papel del historiador de la filosofía consiste
en descubrir a través de aquello que ha dicho el filósofo lo que en
realidad ha querido decir, o aquello que ha dicho de más sin ser
consciente de ello. Puesto que toda obra filosófica es un suceso
histórico, no se la puede concebir fuera de aquél en quien y por quien
ella surge. "Si la intuición original de una filosofía es una emoción
creadora, ella aparece íntimamente ligada a una persona conmocionada,
que es una realidad histórica, a un yo, cuyo ser es biográfico; no
puede ser separada del hombre comprometido por su duración misma en un
tiempo que deviene su tiempo. El análisis y la reconstrucción
sintética de su pensamiento se encuentran unidos entonces no a la
búsqueda de una esencia intemporal, sino a lo que Descartes llamaba
historia de un espíritu" (Henri Gouhier).
La Historia de la filosofía como conciencia de
clase.
Para el materialismo dialéctico, la filosofía es una
forma particular de conocimiento del mundo y una de las formas de la
conciencia social, que pertenece a la superestructura ideológica y que
expresa, en la sociedad clasista, la cosmovisión de una clase
determinada. Desde su mismo nacimiento, la filosofía se dividió
fundamentalmente en esas dos corrientes contrapuestas: el materialismo
y el idealismo. Junto a esta contraposición aparecen en el desarrollo
de la filosofía dos enfoques opuestos sobre el conocimiento del mundo:
el método de pensamiento dialéctico y el metafísico. El método
dialéctico considera todos los fenómenos en interconexión, en proceso
de desarrollo y cambio, pone al descubierto las contradicciones
internas y la lucha entre ellas, factores que condicionan ese proceso.
El método metafísico analiza y clasifica los objetos y fenómenos fuera
de su interconexión y desarrollo, los considera cambiantes en el orden
cuantitativo principalmente y exentos de contradicciones internas y de
lucha entre ellos. Son no sólo dos enfoques distintos, sino también
dos interpretaciones distintas de la realidad.
Según el marxismo, la historia de la filosofía como
ciencia trata del nacimiento y evolución de las doctrinas que ofrecen
una u otra solución a los problemas de la filosofía, de la relación
entre el hombre y el mundo, y debe proporcionar una explicación sea
materialista o idealista, dialéctica o metafísica, de las leyes
generales del ser y el conocimiento. El objeto de la historia marxista
de la filosofía como ciencia es la historia del nacimiento y solución
de los problemas filosóficos, especialmente la historia de la
formación y desarrollo de las corrientes filosóficas fundamentales,
materialismo e idealismo, y de la lucha entre ellas, junto con la
investigación del proceso de institución de unas formas y modalidades
de materialismo por otras, así como la gestación, el surgimiento y el
desarrollo de la dialéctica y su lucha con la metafísica. El marxismo
parte del supuesto de que la historia de la filosofía ha sido siempre
y es hoy terreno de contienda entre dos partidos filosóficos: el
materialismo y el idealismo; esta pugna es una expresión de los
intereses sociales y de la ideología de las distintas clases y grupos
sociales. El materialismo dialéctico lleva dentro de sí el espíritu de
partido, pues entiende que, al enjuiciar cualquier hecho, la filosofía
adopta el punto de vista de un grupo social determinado. Frente a la
filosofía idealista, muchas de cuyas corrientes, aunque no lo admitan,
están vinculadas a la ideología y a los intereses de las clases
dominantes de la sociedad explotadora, la filosofía marxista proclama
que es parte integrante de la cosmovisión del proletariado
revolucionario, la base filosófica del comunismo científico, que
fundamenta la transformación revolucionaria de la sociedad burguesa en
una sociedad comunista. El espíritu de partido de la filosofía
marxista estriba, asimismo, en que combate resueltamente la filosofía
burguesa reaccionaria, los intentos de conciliar el materialismo y el
idealismo, de situarse por encima de la lucha de los partidos en
filosofía, y critica todo abandono del materialismo en favor del
idealismo y la religión.
El materialismo dialéctico e histórico distingue dos
aspectos en la filosofía: el cognoscitivo, por cuanto la filosofía
cumple en medida considerable las funciones de conocimiento del mundo
y, en determinadas circunstancias, las de la ciencia; y el ideológico,
por cuanto es parte integrante de la superestructura ideológica. La
historia marxista de la filosofía hace ver la conexión que existe
entre las doctrinas filosóficas y otras formas de la vida social y de
la conciencia del hombre, y muestra cómo la filosofía depende de las
relaciones sociales de una época determinada (y, finalmente, del modo
de producción material), de la lucha de clases. Pero la historia
marxista de la filosofía no se limita a exponer las doctrinas
filosóficas, sino que ofrece un panorama del desarrollo ascensional de
los conocimientos filosóficos, de lo inferior a lo superior, en el
proceso de la lucha del materialismo con el idealismo, de la
dialéctica con la metafísica, y revela las leyes de este desarrollo.
La trayectoria de la filosofía, como la de otras formas de la
conciencia social, está determinada en última instancia por el
nacimiento, el desarrollo y el relevo de las formaciones
socioeconómicas. El marxismo divide la historia de la filosofía en
períodos, que corresponden en lo fundamental a estas formaciones, a
épocas de transición de una a otra y a jalones esenciales en la
historia de la lucha de clases. En la historia de la filosofía, estos
períodos fueron los de la filosofía en la sociedad esclavista, la
filosofía en la sociedad feudal, la filosofía en la época de
transición del feudalismo al capitalismo, la filosofía en la época de
consolidación del capitalismo hasta el surgimiento del marxismo, la
filosofía en la época del capitalismo premonopolista, cuando tiene
lugar la aparición y desarrollo del movimiento revolucionario del
proletariado, la filosofía en la época del imperialismo y de la
revolución proletaria, y la filosofía en la época de la construcción
del socialismo, de la contienda entre los dos sistemas contrapuestos,
el socialista y el capitalista, de la victoria del comunismo. Dentro
de cada uno de estos períodos históricos delimita el marxismo etapas,
peldaños diferentes, a menudo esencialmente distintos por el carácter
y el nivel de desarrollo de las doctrinas filosóficas.
La Historia de la filosofía como estructura.
El defensor más conocido de la lectura
estructuralista es Martial Gueroult. Para Gueroult, el método de la
historia de la filosofía es asimilable al método científico: si una
tesis enunciada es condición de las que le siguen, para comprender una
idea basta recurrir a las que le precedieron, ya que existe un orden
de las razones. La tarea del historiador de la filosofía es analizar
objetivamente las estructuras de las obras filosóficas. "La filosofía
consiste en los conceptos tomados en la necesidad una e intemporal de
su contenido y de sus relaciones. La historia de la filosofía es la
historia misma de esos conceptos y de sus relaciones". El texto
filosófico es, por tanto, una entidad autónoma, y su comprensión no
requiere el conocimiento previo de la experiencia del autor.
Esta postura de Gueroult, incompatible con la
lectura nominalista, fue objeto de la crítica de Alquié, quien le
reprochó el rechazo de la cronología en beneficio de una
intemporalidad sistemática que elimina de la investigación el
pensamiento, las dudas y las pasiones del autor, que aparta todo lo
que sea contradictorio con una presunta e inamovible tesis inicial y
que llega por ese afán de sistematicidad a introducir enlaces y
eslabones que no aparecen para nada en la obra filosófica.
Hacer compatible la estructura y el ligamen que
mantiene la obra con la experiencia del autor y con el contexto en que
nace fue pretensión del neoestructuralismo de Jacques Schlanger. En su
obra La estructure metaphysique, Schlanger distingue entre estructura
y sistema, entendiendo que toda estructura es una respuesta al
contexto histórico-cultural que actúa sobre el filósofo, y consiste en
un conjunto de intuiciones ideales, métodos y esquemas, mientras que
el sistema recoge el impacto y las determinaciones del medio, es
decir, lo contingente de la obra filosófica. Cuando un filósofo que no
es inventor es retado por el contexto histórico en que vive y para
responderle mira al pasado, realiza la labor del historiador que
extrae de uno y varios sistemas la estructura que los funda, su
esencia, es decir, que realiza un inventario de instrumentos teóricos
que pertenecen a dicha estructura y que pueden ayudarle en un contexto
diferente al original. Por ser intemporal, la estructura es capaz de
sacar de apuros a un filósofo diferente de un inventor de filosofía y
en una situación distinta al que éste creó su propia filosofía. Lo
decisivo es que hay una relación nueva de los elementos en una
recreación de la estructura en función del propio contexto histórico
del filósofo. De ahí que la estructura de una obra, se trate de
creación-invención o de recreación, tiene un doble nivel de
significación: una significación externa, por la que no posee verdad
más que por su relación con un contexto que es su causa y su fin, y
una significación interna que consiste en ser un todo lógicamente
ordenado. Sólo en relación al mundo del filósofo puede emitirse un
juicio sobre la significación interna de una estructura metafísica. La
tarea del historiador de la filosofía es, por tanto, para Schlanger,
la de describir y glosar un sistema filosófico para hacerlo
comprensible a sus contemporáneos; pero, además y sobre todo, debe
buscar su intención y su significación precisamente en su estructura,
que es la que funciona en todo filósofo como unas 'gafas
interpretativas' con las que ve el mundo.
También a Bréhier podría considerársele dentro de
esta metodología al matizar su anterior actitud nominalista a través
de su concepto de "estructura mental". La "estructura mental" es la
que posibilita el diálogo entre los filósofos y, desde ese ángulo, la
historia de la filosofía aparece como una sociedad de los filósofos.
Si la estructura no fuera intemporal no podría ocurrir eso, ya que esa
estructura mental, aunque pertenece al pasado, es sobre todo porvenir
anunciado y deseado.
La Historia de la filosofía como historia de los
problemas.
Esta manera de exponer la historia de la filosofía
parte del principio de que aunque cambien los sistemas filosóficos en
el curso de la historia, los problemas continúan siendo los mismos. Un
libro clásico en esta modalidad historiográfica es la Historia de la
filosofía de W. Windelband, titulada Lehrbuch der Geschichte der
Philosophie. En el prólogo a la primera edición de 1891, el autor
muestra su intención de exponer el desarrollo del pensamiento
filosófico basándose en la historia de los problemas y de los
conceptos, que se entienden como un todo dependiente y conexo. Esta
historia de la filosofía la define Windelband como el proceso a través
del cual el hombre europeo ha expresado en conceptos científicos su
idea del mundo y su interpretación de la vida. Pero este proceso está
constituido, fundamentalmente, por los problemas que integran la
íntima estructura de la realidad filosófica. Los enigmas de la
existencia surgen continuamente en cada época de la historia humana y
constituyen el entramado que presta continuidad al pensamiento. Los
problemas brotan del ambiente espiritual de la época, de las
necesidades de la sociedad. Según Windelband: "Los grandes logros de
la ciencia y las cuestiones científicas que brotan sin cesar, los
movimientos de la conciencia religiosa, las creaciones artísticas, las
revoluciones sociales y políticas, dan a la filosofía nuevos impulsos
y condicionan el que los intereses de la época hagan destacar unos
problemas, dejando a otros en segundo término". La misión de la
historiografía filosófica según Windelband se concreta en tres
momentos principales: determinar con exactitud qué puede deducirse de
las fuentes sobre la vida, evolución espiritual y doctrinas de los
distintos filósofos; reconstruir el proceso genético según lo permita,
en cada filósofo, la dependencia de su doctrina con respecto a sus
antecesores, a las ideas generales de la época, a su propia
naturaleza, a su educación; y precisar el valor que puede tener cada
una de las distintas doctrinas. Mientras que los dos primeros momentos
apuntan a una consideración histórico-filológica de la historia de la
filosofía, el tercer momento es, más bien, critico-filosófico.
La Historia de la filosofía como sociología.
Las interpretaciones sociológicas han pretendido
eliminar el conflicto existente entre explicación genética y
estructuralismo. El marxismo vulgar representa una postura extrema de
esta pretensión, al entender la relación entre base y superestructura
en términos de causalidad mecánica. Ello significaría que la filosofía
no es más que una determinación de los conflictos de clase
desencadenados por las relaciones de producción, y la obra filosófica
un reflejo de la problemática de la época en la que ningún filósofo
lleva la iniciativa. En esta línea habría que colocar, entre otros
autores, a Goldmann, Thomson, Farrington y Lefèvbre.
La postura de Leszek Kolakowski, sin embargo, ha
sido inicialmente más equilibrada respecto a la determinación
infraestructura-superestructura, ya que las relaciones sociales
mediatizan la experiencia interior del hombre y el ser social
determina la conciencia, pero no por ello todas las ideologías e
instituciones son productos marginales, sin realidad propia, de los
hechos sociales. La explicación genético-sociológica no implica la
identificación de los fenómenos explicados con los que les sirven de
explicación. Así, por ejemplo, tanto la religión como la filosofía
pueden ser instrumentalizadas para la solución de conflictos sociales,
pero su naturaleza y la necesidad vital de la que nacen no se
identifican con su instrumentalización, sino que nacen de la
conciencia mediatizada por las relaciones sociales. Por tanto, la
realidad de la filosofía no se agota en la determinación y mediación
social que pueda sufrir.
Una posición similar a la de Kolakowski es la
mantenida por Gustavo Bueno, para quien la determinación de la
filosofía por el medio social es absoluta, pero una vez surgida, la
propia filosofía puede a su vez determinar el medio: "Evidentemente,
desde una perspectiva materialista, las ideas filosóficas no vienen de
ningún cielo, sino de la tierra, del modo de producción; pero no por
ello dejan de ser ideas" (La metafísica presocrática).
La Historia de la filosofía como historia
metahistórica.
El fundamento de esta concepción es el ocultamiento
y desvelamiento del Ser, en cuya alternativa radica la historicidad.
El defensor más característico de esta concepción es Martin Heidegger.
Aunque Heidegger no haya sido un historiador de la filosofía, ni de él
pueda surgir una escuela de historiografía filosófica que pretenda ser
historia, su postura es tan característica y radical que puede
constituir un ejemplo importante de un modo de entender el pasado.
Para Heidegger, el primer momento de la historia de la filosofía fue
aquel en el que por primera vez se habló del ser en Parménides, pero
con Platón y Aristóteles comenzó el ocultamiento del ser, que dura
hasta nuestros días. Desde esta perspectiva, la historia de la
filosofía, si es que se puede hablar de ella, no es más que un
profundo error y, por tanto, en el desarrollo del pensamiento
filosófico ha habido una laguna de veinticinco siglos que se extiende
desde los presocráticos hasta el año de la publicación de su obra Ser
y Tiempo.
La Historia de la filosofía como historia
antihistórica.
La historia antihistórica es uno de los modelos más
frecuentemente cultivados por los historiadores modernos de la
filosofía. Este tipo de historiografía busca en la historia no sólo la
confirmación de un determinado sistema desde el que se parte para
interpretarla, sino la automática eliminación de toda filosofía que no
se pueda armonizar con aquélla de la que se parte. Esta actitud parece
arrancar de un punto de vista científico, pero en el fondo no es sino
una postura dogmática, propia del historiador que parte de unos
determinados supuestos escolásticos, idealistas o neopositivistas. La
existencia de estos presupuestos plantea el problema de la pretendida
neutralidad del intérprete, y la utopía que implica esa pretendida
neutralidad. Es indudable, ha señalado Emilio Lledó, que la historia
se hace desde un determinado presente histórico al que el historiador
no puede ni debe rehusar, pero algo muy distinto es proyectar sobre la
historia el entramado de un sistema y buscar en ella su confirmación.
La Historia de la filosofía como historia
morfológica.
La historia morfológica considera a la filosofía
como una manifestación más de la vida cultural, como el arte, la
política, etc. La filosofía no brota de planteamientos propios y
excluyentes, sino de la vida total de la cultura en un determinado
momento de su historia. El historiador que mejor ha expresado esta
concepción es Dilthey. De él han partido una nueva historiografía
filosófica y una interpretación de la realidad histórica en general
cuyos principales exponentes son las obras de Spranger (Los
fundamentos de la ciencia histórica y Ensayos sobre la cultura), de
Litt (La cuestión del sentido de la historia) y de Rothacker
(Filosofía de la Historia).
La Historia de la filosofía como crítica.
La historia crítica de la historia de la filosofía
niega la tesis, defendida por la lectura sociológica, de la
determinación de la filosofía por el modo de producción, y la
sustituye por la tesis de un condicionamiento social en grados que a
veces viene de la producción material de la vida y otras veces de
otros ámbitos de la existencia social. La influencia del contexto
socioeconómico alcanza a la forma de vida de los filósofos, pero no
llega a la entraña misma de la filosofía, ya que el acto filosófico
escapa a la causalidad de las relaciones de producción. Así, por
ejemplo, Abelardo habría participado con otros filósofos
contemporáneos suyos de las mismas condiciones socioeconómicas y del
mismo espíritu de su tiempo, pero ello no impidió que su filosofía
fuera distinta de la de los otros que vivían en esas mismas
condiciones.
Los defensores de esta lectura crítica de la
historia de la filosofía, como Paul Ricoeur, mantienen que la raíz de
la libertad inherente a la creación filosófica está en el lenguaje. Es
el discurso filosófico el lugar privilegiado donde se cumple la
característica primordial de todo lenguaje: hablar es ya trascender el
medio. A pesar de tener tras de sí la influencia del contexto
sociohistórico, lo que caracteriza al lenguaje es su capacidad de ir
más allá de aquél, de trascenderlo. Para Ricoeur, la obra filosófica
escapa al carácter de reflejo, pues ningún reflejo es discurso, ya que
en todo discurso se genera un superávit de significación que le
permite trascender toda influencia o causalidad recibidas. En la
palabra nos encontramos con una realidad nueva que tiene realidad
propia, que exige una comprensión propia y que no se refiere a una
situación más que trascendiéndola. Además, dado que la relación entre
situación y discurso es una relación de significación, el discurso
filosófico es el que mejor expresa la trascendencia de todo lenguaje.
Al establecer cuestiones universales, como las "ideas" en Platón, el "cógito"
en Descartes, o los "juicios sintéticos a priori" en Kant, el discurso
filosófico recoge los problemas particulares de carácter social,
económico, político y cultural, y los somete a un planteamiento
universal. Así, el pensamiento filosófico es tal por ser libre y por
estar sustraído de toda determinación necesaria.
La Historia de la filosofía como génesis.
La concepción genética de la historia de la
filosofía pretende poner el acento en las influencias de unos autores
en otros a la hora de asumir y tratar los problemas. La pregunta
central de esta lectura sería: ¿hasta qué punto un filósofo depende de
sus predecesores respecto a los problemas heredados y respecto a las
soluciones aportadas? El método de respuesta no puede ser otro que el
de la búsqueda insistente de las fuentes que el autor estudiado
utiliza. Con frecuencia, señaló Gouhier, la búsqueda del adversario se
convierte en la primera consigna metodológica para averiguar las
fuentes de las ideas de un autor. También el propio Gouhier ha escrito
sobre la excepcional importancia que esta lectura otorga a la cuestión
de las influencias entre los autores: "Cuando la historia de la
filosofía tenga su "Discurso del método", uno de los capítulos más
importantes será el dedicado a la noción de influencia". En la
historiografía de la filosofía española, los estudios de Nelson R.
Orringer sobre las influencias en la filosofía de Ortega y Gasset,
Ortega y sus fuentes germánicas, Ser y no-ser en Platón, Hartmann y
Ortega y Nuevas fuentes germánicas de "¿Qué es filosofía?" de Ortega,
constituyen extraordinarios ejemplos de la fecundidad de este tipo de
metodología.
La Historia de la filosofía como análisis.
La lectura analítica de la historia de la filosofía
es el modo de ver el pasado filosófico propio de la filosofía llamada
"analítica". Es cierto que en esta filosofía se detecta un desdén
hacia la historia de la filosofía: si hay filosofía no hay historia, y
si hay historia no hay filosofía, lo que significa que pretenden hacer
una filosofía que no cuente con la historia. Pero no puede decirse que
la filosofía del lenguaje esté totalmente privada de conciencia
histórica, ya que autores como Carnap, Hahn y Neurath han reconocido
como antecesores suyos a Hume, Comte, Stuart Mill, Leibniz, Epicuro,
Bentham; Strawson y Hampshiere retornaron a Kant; y Wittgenstein
manifiesta una gran pasión por Platón, San Agustín, Kierkegaard y
Schopenhauer. Lo que sí queda patente en el interés de los filósofos
analíticos por el pasado es que no miran a cualquier sitio, sino que
seleccionan a los filósofos próximos y los problemas afines desde su
propia mirada analítica. Dos posiciones extremas de la lectura
analítica de la historia de la filosofía son las de Carnap y
Wittgenstein. Para Carnap, la filosofía clásica está constituida por
un lenguaje expresivo, pero no representativo, de modo que los
enunciados metafísicos no serían ni verdaderos ni falsos al no afirmar
nada, sino expresivos de emociones y sentimientos, al igual que la
poesía, la risa o la música. Para Wittgenstein, la filosofía es sólo
una actividad que revela a la conciencia las dificultades que a veces
sufre el lenguaje, una actividad que descubre "los chichones que se
hace el entendimiento al toparse con los límites del lenguaje"; la
actividad filosófica en sentido propio sería aquella que lograra
incapacitar al filósofo para filosofar. Una postura más moderada es la
que mantiene Smart. Para J. J. C. Smart, la filosofía debe mantener su
pretensión de pensar claramente, pero también de pensar
comprensivamente, es decir, el estudio de la historia de la filosofía
puede iluminar muchos problemas con una lectura analítica.
La concepción de la Historia de la Filosofía de
Windelband.
Windelband fue el principal filósofo de la Escuela
neokantiana de Baden, que atendió al valor y significación de las
ciencias históricas y de los valores. Estuvo influido, además de por
el kantismo, por el descubrimiento hegeliano del espíritu como entidad
que se realiza en el tiempo histórico, y por la reflexión de Lotze
sobre los valores. Su propósito fue el de dilucidar críticamente los
problemas que ni Kant ni la Escuela de Marburgo habían tratado
expresamente, como eran los problemas de las ciencias de la cultura.
En esta línea de investigación, Windelband contrapuso la Historia como
ciencia a la ciencia de la Naturaleza, y a partir de esta
contraposición, basada en la estructura interna de la ciencia,
clasificó las ciencias en nomotéticas e idiográficas. Las ciencias
nomotéticas eran las ciencias naturales, que tienen como objeto la
investigación de las leyes (nómoi) y que se elevan a lo general a
partir de los hechos particulares, a los que considera como ejemplares
típicos de una misma especie. Las ciencias idiográficas eran las
ciencias culturales, que investigaban la forma individual (idios).
Estas últimas son las ciencias que se ocupan expresamente de la vida
humana. La ciencia cultural constituye, por su relación con la vida
humana, la vía de acceso al reino de los valores y el fundamento de
toda concepción general del mundo.
Como historiador de la filosofía, han sido
traducidas al español las siguientes obras de Windelband: Historia de
la Filosofía moderna (1951), Preludios filosóficos (1949), Historia de
la Filosofía antigua (1955) e Historia de la Filosofía (1960).
El concepto de filosofía de Windelband.
Las diferentes alternativas que en la historia se
han dado en el modo de conceptuar la filosofía, oscilantes entre
entenderla como ciencia, general o particular, o como una actividad
más próxima al arte o la mística, fueron tipificadas por Windelband en
cuatro apartados: la filosofía identificada plenamente con la ciencia;
la filosofía como concepción del universo con valor general, sintético
y supremo; la filosofía como sabiduría moral o como teología; y la
filosofía como teoría de la ciencia. Esto le llevó a la conclusión de
que la historia del nombre de la filosofía es, en rigor, la historia
del sentido cultural de la ciencia, entendiendo por "sentido cultural"
el valor que se da al conocimiento científico entre los bienes
culturales. Por eso afirma que la filosofía de una época es el
barómetro del valor que esta época atribuye a la ciencia. Por tanto,
la multivocidad y multiformidad de la filosofía guarda íntima relación
con la variedad de posiciones que a través de la historia ocupa la
ciencia dentro del conjunto de la vida cultural.
La explicación de esta multivocidad por recurso a la
psicología o a la historia de la cultura fue el método empleado por
ingleses y franceses, pero a partir de Kant esos recursos ya no fueron
válidos, pues no se trataba tanto de dilucidar una cuestión de hecho,
como una de derecho; es decir, no se trataba de destacar y describir
entre la masa de ideas aquellas a las que suele darse el nombre de
científicas, sino de señalar por qué correspondía precisamente a éstas
un contenido de verdad en virtud del cual no sólo se las reconocía de
hecho con carácter general, sino que merecían, además, ser reconocidas
como tales. Se trataba de extender el planteamiento kantiano de la
filosofía como crítica a la moral y a la estética. Así, la filosofía
crítica se convierte en la ciencia de los valores absolutos y
necesarios: verdad, bondad y agrado. Pero bien entendido que la tarea
es diferente a la de las demás ciencias, ya que no es lo mismo juicio
que enjuiciamiento. Mientras que los juicios expresan la analogía
entre dos contenidos de representaciones, por ejemplo, "esta cosa es
blanca", los enjuiciamientos acusan una relación entre la conciencia
enjuiciadora y el objeto de que se trata, por ejemplo, "esta cosa es
buena". El campo del juicio en sus diversos aspectos (descriptivo,
explicativo o matemático) es competencia de las ciencias especiales, y
en ese campo no hay ningún objeto para la filosofía. El único campo
que le queda a la filosofía es el de los enjuiciamientos.
Por tanto, para Windelband, el campo de la filosofía
se delimita por la cuestión de derecho, y excluye todas las
disciplinas que investigan la cuestión de hecho del mismo objeto
material; es decir, que la explicación genética o la exposición
descriptiva no son tareas de la estricta actividad filosófica. Por
eso, la psicología queda excluida; la metafísica, entendida como
conocimiento dogmático de las últimas causas de toda la realidad,
constituye un absurdo; y las demás disciplinas filosóficas, como la
teoría del conocimiento, la filosofía de la naturaleza, la filosofía
de la sociedad, la filosofía de la historia, la filosofía del arte y
la filosofía de la religión sólo tienen sentido tratadas críticamente
desde la base de las tres disciplinas filosóficamente fundamentales
para un kantiano como Windelband: la pretensión de validez general que
conllevan los enjuiciamientos lógicos, éticos y estéticos. Por ello
puede decirse que, para Windelband, el plano propio de la filosofía es
el plano crítico o trascendental previo a cualquier juicio empírico.
La filosofía es para él la ciencia de la conciencia normativa, cuyo
horizonte de referencia es siempre ideal, y respecto del cual toda
realización filosófica es enjuiciable, articulable y posible dentro de
ciertos límites.
El concepto de Historia de la Filosofía en
Windelband.
Puesto que la filosofía como ciencia de la
conciencia normativa es un concepto ideal nunca realizado, la Historia
de la Filosofía sólo adquiere sentido en función del proceso de
realización de la filosofía, en cuanto que ella es el proceso de
revelación gradual de las normas. La Historia de la Filosofía aparece
en Windelband como una secular tarea de investigación acerca de cuál
sea la normativa ideal con la que el hombre cuenta cuando emite sus
juicios de valor, aunque no la conozca expresamente. El problema es
que la filosofía concebida como ciencia normativa es algo ideal, no
realizado, y en esto precisamente radica su historicidad. Esta
realización histórica de la filosofía no es un proceso ideal, sin
obstáculos y retrocesos; el componente empírico de la Historia de la
Filosofía, constituido por un factor psicológico (los sujetos que
filosofan), un factor histórico-cultural (el medio en que esos sujetos
viven) y un factor pragmático (la crítica que ellos hacen), unido a
las intrínsecas dificultades de conexión entre los tres factores, hace
que la concepción histórica del saber filosófico de Windelband sea
distinta de la de Hegel. En la concepción de Windelband, la Historia
de la Filosofía tiene fisuras que quiebran el óptimo hegeliano de
tener asegurado un fin y de estar ciertos de que el orden histórico en
que se van adquiriendo, uno tras otro, los conceptos guarda alguna
relación con el engarce interno que entre ellos existe. Pero
Windelband advierte contra la tentación de adoptar una concepción del
saber filosófico que caiga en el historicismo: "De aquí que la
historia sea el órgano de la filosofía crítica en grado mucho más alto
que la psicología, ya que aquélla tiene por misión convertir en
objetos de sus investigaciones teleológicas y, por tanto, en motivos
empíricos para sus reflexiones críticas, las manifestaciones en que
las normas se presentan históricamente como los principios realmente
vigentes en la vida de la cultura. Y los cambios y la variedad de
estas manifestaciones históricas se encargan de precaver al
pensamiento histórico contra el historicismo, es decir, contra el
relativismo histórico, que podría contentarse con la vigencia
cronológica, históricamente necesaria, de cada una de estas
manifestaciones y renunciar a la concepción de una vigencia absoluta"
(Preludios). La Historia de la Filosofía es concebida así como el
campo en que se nos revela la plenitud de la razón, la Historia de la
Razón.
El objeto de la Historia de la Filosofía para
Windelband.
Para Windelband, el objeto unitario de la filosofía
que sirve al historiador de la filosofía para indagar la Historia de
la Razón no es solamente tema y pretensión de los distintos filósofos.
Es necesario buscar en las producciones de estos el factor de unidad,
la aportación común que, a pesar de la diversidad de los contenidos,
constituye el objeto determinado de la filosofía y de su historia. Ese
objeto común, característico de toda la filosofía, es dar expresión
consciente a las formas y a los esquemas necesarios de la actuación
racional humana, así como transformarlos en los correspondientes
conceptos a partir de su formulación originaria (intuiciones,
sentimientos, impulsos). La filosofía se ha esforzado por lograr una
formulación conceptual de lo inmediatamente dado en el mundo y en la
vida. Y, consecuentemente, la historia de estos esfuerzos pone al
descubierto el compendio de la vida intelectual. Así que la Historia
de la Filosofía es, para Windelband, el proceso a través del cual el
hombre europeo ha expresado en conceptos científicos su concepción del
mundo y de la vida. Es, por tanto, este resultado conjunto lo que
proporciona a la Historia de la Filosofía como ciencia su contenido,
función y justificación. Por esta razón, la Historia de la Filosofía
es un conocimiento imprescindible no sólo para los especialistas, sino
también para quienes aspiren a obtener una formación general, ya que
enseña cómo se han acuñado las formas conceptuales con las que el ser
humano piensa y juzga acerca del mundo de su experiencia, tanto en el
ámbito de la vida cotidiana como en el de las diversas ciencias.
Origen y evolución de la Historia de la Filosofía
según Windelband.
Según Windelband, no puede hablarse propiamente de
una Historia de la Filosofía constituida como ciencia hasta la Edad
Contemporánea, ya que en la Antigüedad y en la Edad Media sólo había
colecciones doxográficas y recopilaciones de doctrinas filosóficas,
pero sin metodología científica; tenían simplemente el propósito de
dar noticia a los profanos sobre los filósofos, o de aportar una ayuda
al filósofo escolar o sistemático. Las primeras obras con sentido
crítico de las fuentes fueron las de Buhle (1796) y las de Fullerborn
(1791); las primeras realizadas con objetividad histórica fueron las
de Tiedemann (1791) y las de De Gérando (1822); y las primeras que
además ejercieron una crítica sistemática de las diversas doctrinas en
función de los nuevos criterios fueron las de Tennemann (1798 y 1812),
Fries (1837) y Schleiermacher (1839).
El primer autor que fundamentó la Historia de la
Filosofía como ciencia autónoma fue Hegel. Para él la Historia de la
Filosofía no es ni un acervo de opiniones ni una serie de variaciones
sobre el mismo tema, sino una exposición del intrincado proceso en el
que de un modo sucesivo las categorías de la razón se han ido haciendo
conciencia clara y distinta, y estructura conceptual. Aunque según
Windelband Hegel cometió el error de considerar toda la Historia de la
Filosofía como una serie perfectamente dialéctica de los diversos
momentos de la verdad hasta quedar redondeada con su propio sistema
filosófico, lo decisivo de su concepción fue el carácter de ciencia
autónoma que exigió para la Historia de la Filosofía
Factores decisivos en la Historia de la filosofía
según Windelband.
Preguntarse por los factores determinantes del
filosofar en la historia es intentar dilucidar la cuestión de las
raíces de la historicidad y pluralidad de las diversas filosofías a lo
largo del devenir histórico. Estos factores son para Windelband tres:
el factor pragmático, el factor histórico-cultural y el factor
personal.
1. El factor pragmático está constituido por la
naturaleza misma de la filosofía. Los problemas filosóficos, los
viejos enigmas del existir, están ya dados y son recurrentes a causa
de la insuficiencia de las respuestas dadas. Este eterno retorno a lo
mismo se debe a la inviabilidad y a la contradictoria desproporción
que existe entre las preguntas que plantea la razón y la limitación de
los datos con que el conocimiento pretende responder. Estas
contradicciones pasan desapercibidas en la vida cotidiana o en el
campo de las ciencias particulares porque en estos ámbitos se funciona
con conceptos derivados que, aun cuando siguen siendo problemáticos,
logran una elaboración del material empírico que resulta satisfactoria
para las necesidades prácticas. Tras ellos laten los problemas
filosóficos, pero solamente cuando esas ideas y valores entran en
crisis surge el filosofar. La raíz de las condiciones que posibilitan
la actividad pensante se encuentra en la inviabilidad y desproporción
de los datos dados por el conocimiento. El hecho de que estas
circunstancias sean siempre las mismas hace que en la historia de la
filosofía se repitan los mismos problemas capitales y las principales
directrices de las soluciones dadas; pero esta reiteración continua a
lo largo de la Historia, lejos de probar la ineficacia de la
Filosofía, sólo es prueba de que sus problemas son tareas ineludibles
del espíritu humano. También la vinculación de las ideas entre sí, en
virtud de sus propias relaciones lógicas, como condicionante de los
planteamientos de otros pensadores posteriores es incluida dentro de
este factor pragmático por Windelband.
2. El factor histórico-cultural considera los
problemas y materiales que ofrecen las concepciones de la época en la
que el filósofo está envuelto, junto con los intereses y necesidades
de la sociedad en la que vive, que le orientan y condicionan sus
intereses por determinados problemas y planteamientos. Así, por
ejemplo, las nuevas cuestiones de las ciencias particulares, las
nuevas conquistas y adelantos, los cambios de la conciencia religiosa,
las intuiciones del arte y los cambios sociales y políticos. De todo
ello resulta, unas veces, un nuevo sistema, otras, el enfrentamiento
de los existentes, pero siempre el enredo de multitud de problemas.
3. El factor personal considera la influencia que la
personalidad y biografía del filósofo tiene en la selección,
planteamiento y solución de los problemas filosóficos. Además, cuando
se trata de fuertes personalidades, como es el caso de Platón,
Aristóteles, etc., éstas influyen también en la misma Historia de la
Filosofía. No obstante, a pesar del medio subjetivo en que se produce
el filosofar, hay en la filosofía un núcleo objetivo de problemas y
soluciones, un plano común u objetivo de términos y temas que la
Historia de la Filosofía suministra a todo autor.
Objetivos y metodología del historiador de la
filosofía según Windelband.
El triple objetivo que Windelband asigna al
historiador de la filosofía es informarse documentalmente, explicar
genéticamente y enjuiciar críticamente las doctrinas de los filósofos.
Informarse documentalmente supone comprobar qué es lo que se desprende
de las fuentes existentes respecto de la vida, evolución intelectual y
doctrinas de los filósofos estudiados. Explicar genéticamente
significa que el historiador de la filosofía debe reconstruir, a
partir de los hechos comprobados, el proceso genético en un doble
sentido: en sentido filogenético, es decir, estudiando la dependencia
de una filosofía con respecto a sus predecesores, y en sentido
ontogenético, es decir, poniendo de relieve la configuración de las
ideas en la época en que vive y en el carácter y formación del
filósofo que se estudia. Enjuiciar críticamente quiere decir que el
historiador de la filosofía tiene que contemplar conjuntamente el
material estudiado para valorar la aportación que las doctrinas
filosóficas documentalmente comprobadas y genéticamente explicadas
hacen a la historia de la filosofía
Estos tres objetivos determinan la metodología a seguir por el propio
historiador de la filosofía. Para alcanzar los dos primeros objetivos,
Windelband prescribe el método filológico-histórico, y, para el
tercero, el método específicamente crítico-filosófico. El propio
Windelband aplica su metodología a las tres fases de la investigación
histórico-filosófica.
En primer lugar, la información documental exige una
exhaustiva y rigurosa investigación a través de las fuentes. La
calidad informativa de éstas varía según el momento histórico de que
se trate. En las edades Moderna y Contemporánea, la autenticidad y la
integridad del material suelen estar asegurados por la tradición
tipográfica, aunque pueden surgir problemas por variantes en las
ediciones y sorpresas por los epistolarios y manuscritos inéditos.
Aunque de la Edad Media quedan todavía manuscritos, las ediciones
tipográficas, iniciadas por Víctor Cousin y su escuela, aportan
materiales auténticos, aunque existen en ellos lagunas y deficiencias
en lo referido a las filosofías árabe y judía. La edad peor situada en
cuanto a fuentes directas es la Edad Antigua, ya que, aunque se ha
conservado lo principal de la obra de Aristóteles, Platón, Cicerón,
Séneca, Plutarco, los Padres de la iglesia y los neoplatónicos, la
mayor parte de los escritos antiguos se han perdido. El conocimiento
actual de un buen número de filósofos de la antigüedad depende de las
citas hechas por otros autores, especialmente las escuelas
peripatética y estoica de los siglos IV y III a.C.
En segundo lugar, la explicación genética del
material obtenido debe hacerse atendiendo a uno de estos tres
criterios: el criterio pragmático (Aristóteles y Hegel), el criterio
histórico-cultural (K. Fischer) y el criterio psicológicio-biográfico
(G. H. Lewes, Famiron, Ferraz). Como el empleo de los criterios está
en función del material estudiado y del objetivo del historiador,
generalmente lo mejor es hacer una combinación de los tres criterios.
En tercer lugar, la crítica filosófica tiene como
objeto responder a la pregunta sobre lo que la filosofía conocida y
comprendida aporta como progreso de la filosofía. No se trata de una
crítica hecha desde un punto de vista extrínseco al pensamiento mismo,
como sería la realizada desde el punto de vista particular del
historiador, o desde otro sistema o incluso desde la actualidad, sino
desde un punto de vista intrínseco al pensamiento que se está
estudiando. Para Windelband, tal crítica ha de basarse en dos
principios: el principio de la consecuencia lógico-formal del
pensamiento y el principio de su aportación y fecundidad
intelectuales. Respecto al primero, debe tenerse en cuenta que para la
Historia de la Filosofía los grandes errores son más importantes que
las pequeñas verdades. Respecto a la aportación y fecundidad de un
pensamiento, hay que decir que ambas se miden por su contribución al
problema filosófico perenne, es decir, por sus respuestas valiosas a
las cuestiones sobre la concepción del universo y de la vida; por ello
deben ser objeto de exposición en la Historia de la Filosofía aquellas
ideas que hayan perdurado con vigencia legítima a través del tiempo y
en las cuales se ha hecho más patente la permanente estructura de la
razón.
Para concluir, señalar que la tesis central que
Windelband defiende en todas sus explicaciones sobre la Historia de la
filosofía es la que afirma que la filosofía tiene por objeto la
investigación de la Razón, y que esta investigación tiene lugar
históricamente, es decir, que la filosofía es la Historia de la
Filosofía y la Historia de la Filosofía es la filosofía.
GNOSEOLOGÍA. {f.} Teoría del conocimiento. A
veces, sinónimo de Epistemología.
HERMENÉUTICA. (Del gr. ermhneutikh, terminación f.
de -koV, 'hermenéutico'); sust. f.
1. Arte de interpretar textos para fijar lo que se considera su
verdadero sentido, especialmente en los textos sagrados: la
hermenéutica fue un arte de vital importancia para los humanistas del
Renacimiento.
[Filosofía] Hermenéutica
La palabra "hermenéutica" es de origen griego. El
verbo griego del que proviene significa "expresar", "explicar",
"interpretar" y "traducir", significaciones todas ellas que guardan
una relación especial con el mundo de los dioses. Hermenéia, término
afín al latino sermo, significaba originariamente "la eficacia de la
expresión lingüística". Sin embargo, ni la forma verbal ni la nominal
fueron las más utilizadas. Con mayor frecuencia los griegos usaron la
forma adjetiva, que se unía de modo ordinario a la palabra tekhne en
el significado latino de ars, "arte", "técnica", "disciplina". La
hermeneutike tekhne era, pues, el conjunto de medios que hacían
posible alcanzar y traducir en palabras una realidad cualquiera, al
mismo tiempo que designaba también la reflexión elaborada sobre ese
conjunto de medios. El objeto de la hermeneutike tekhne consistía, más
que en la aportación de instrumentos técnicos de aplicación mecánica,
en la educación de cada persona para que ésta elaborara, inventara o
aprendiera a utilizar los medios más apropiados para conseguir
entender la realidad.
HEURÍSTICA. {f.} Arte de inventar. Busqueda o
investigación de documentos o fuentes históricas.
HIPÓTESIS. (Del lat. hypothesis, y éste del gr.
ÛpÕqesij); sust. f. [Nota: El plural es hipótesis.]
1. Idea o suposición no demostrada a partir de la cual se pretende
deducir una determinada consecuencia: tus hipótesis son muy
atractivas, pero carecen de una base sólida.
2. [Filosofía] Según la lógica tradicional, proposición particular
incluida en la tesis.
3. [Filosofía] Según la lógica moderna, fórmula de carácter
transitorio que encabeza una deducción.
4. [Lingüística] Prótasis o cláusula subordinada dentro de una oración
condicional.
Modismos
Hipótesis alternativa. [Estadística] La opuesta a la nula.
Hipótesis de trabajo. Suposición que sirve de guía en una
investigación científica.
Hipótesis nula. [Estadística] La que se hace sobre la población de la
que se ha extraído la muestra o sobre la probabilidad que se considera
que la representa.
Sinónimos
Suposición, supuesto, conjetura, presunción, idea, teoría, creencia,
barrunto, proposición, cláusula, prótasis.
Antónimos
Realidad, verdad, efectividad, seguridad, apódosis.
[Filosofía] Hipótesis
Atendiendo a su origen etimológico, el vocablo
"hipótesis" procede de los griegos qesiV ("tesis", "algo puesto") y
upo ("debajo"), con lo cual podría traducirse como "algo puesto
debajo", "lo que se pone debajo". Hablando de enunciados, la hipótesis
sería un enunciado que constituye el fundamento de otros.
Las cuestiones que más preocupan actualmente con
respecto a las hipótesis son las que hacen referencia a su posible
verificación o contrastación, a su posible clasificación y a la
naturaleza del llamado "razonamiento hipotético". En su forma más
simple, una hipótesis es un enunciado que se expresa mediante un
condicional, acompañado de uno o varios enunciados que certifican si
la consecuencia del condicional es o no verdadera, junto con una
conclusión. Cuando se prueba que la consecuencia del condicional no es
verdadera, entonces queda probado que el antecedente no es verdadero,
con lo que hay que descartar la hipótesis; si, por el contrario, se
prueba que el consecuente es verdadero, ello no es motivo suficiente
para admitir la validez del antecedente (ya que las leyes de la lógica
lo impiden), aunque la sucesiva confirmación de la verdad del
consecuente puede llevar a la progresiva aceptación del antecedente
desde un punto de vista intuitivo. Así, el fundamento más importante
de aceptación de una hipótesis es, según muchos, su capacidad de
predecir; aunque otros opinan que tal predictibilidad no es tan
importante como la confirmación. Vistos los problemas lógicos que
plantea tal confirmación, cabría preguntarse qué entienden los autores
que así piensan por "confirmación". La respuesta es que "confirmación"
puede entenderse de dos posibles modos: en primer lugar, una hipótesis
se confirma más cuantos más ejemplos tiene; en segundo lugar, una
hipótesis se ve confirmada cuando existen varios ejemplos que la
apoyan en varias condiciones de cambio de las correspondientes
variables.
Pero, al margen de este significado general, lo
cierto es que pueden encontrarse diferencias de matices en los usos
que del término han hecho diversos autores a lo largo de la historia.
Uno de los primeros autores en utilizar este término fue Platón, para
quien una hipótesis es un supuesto del que pueden extraerse diversas
consecuencias, como por ejemplo los supuestos que utilizan los
matemáticos y geómetras. En este sentido, una hipótesis se distingue
de un axioma en que este último es admitido como si se tratase de una
verdad evidente, mientras que la hipótesis es más bien un postulado
cuya verdad ha de probarse posteriormente.
Aristóteles consideró el término "hipótesis" en dos
sentidos principales; como un posible sinónimo de "principio" (así,
por ejemplo, cuando habla de los "principios de la demostración"), y
como una afirmación de la cual es posible deducir determinadas
consecuencias. Además, este filósofo distinguió no sólo entre
hipótesis y axioma, sino también entre hipótesis y postulado.
Sin embargo, a pesar de estas menciones tempranas,
lo cierto es que los autores antiguos y medievales no se preocuparon
demasiado de dilucidar el significado de la hipótesis, y fue necesario
esperar hasta la época moderna para que empezaran a abundar los
análisis y reflexiones acerca de la naturaleza de este tipo de
enunciados y, sobre todo, acerca de su posible justificación. Tal
resurgir del interés por las hipótesis se vio motivado por el
nacimiento de la física moderna, en el seno de la cual las hipótesis
desempeñaban un papel fundamental. En este contexto, uno de los
autores que más se ocupó de las hipótesis fue Newton, aunque,
paradójicamente, parecía no tenerlas en muy buena estima. En efecto,
en varios pasajes de su obra subraya que él no hace hipótesis (Hypotheses
non fingo), y manifiesta entender por "hipótesis" todo aquello que no
se deduce estrictamente de los fenómenos, lo cual no tiene ningún
sentido en el ámbito de lo que él llama "filosofía experimental". De
cualquier forma, el sentido que el término "hipótesis" tiene en la
obra de Newton ha sido objeto de diversas controversias por parte de
los comentaristas, ya que algunos subrayan que, a pesar de su rechazo
a "hacer hipótesis", lo cierto es que Newton las utilizó en algunos
casos, como por ejemplo cuando propuso una causa de la naturaleza de
la luz. Sea como fuere, reminiscencias de los planteamientos de Newton
pueden encontrarse posteriormente en autores como Kant.
Kant elaboró toda una teoría sobre la noción de
hipótesis en su "Doctrina del Método", incluida en la Crítica de la
Razón Pura. Allí afirma que las hipótesis no deben ser asunto de mera
opinión, sino que han de fundarse en la "posibilidad del objeto". En
este último caso las hipótesis son legítimas; no así en el caso de las
llamadas "hipótesis trascendentales", que son simplemente una
actividad de la "razón perezosa", que emplea una idea determinada sin
darle una correspondiente explicación.
Los autores positivistas, particularmente Auguste
Comte, rechazaron la legitimidad de la utilización de hipótesis al
identificarlas con la pretensión injustificada de formular enunciados
que se refieran a causas, ya que para tales autores todo juicio
relativo a las causas es hipotético, y las causas no pueden nunca
descubrirse. Fraguar hipótesis es, según Comte, propio del pensamiento
teológico y metafísico, pero no de un pensamiento positivo, que en
lugar de buscar el "porqué", se limita a conocer el "cómo", lo único
que puede conocerse. A pesar de que otros positivistas defendieron
posiciones menos radicales que la de Comte, lo cierto es que la
mayoría de ellos rechazaron las hipótesis cuando éstas se presentaban
bajo la forma de especulaciones, pero las admitieron cuando se
expresaban en forma de proposiciones condicionales y, en principio,
verificables.
En otro sentido, autores también positivistas como
Ernst Mach, entre otros, han utilizado la expresión "hipótesis de
trabajo", en el sentido de "explicación provisional" de un determinado
fenómeno. La función de tales hipótesis sería comprender mejor los
fenómenos de los que trata, sin necesidad de verse confirmada o
refutada por los fenómenos, caso en el que dejaría de ser una
hipótesis
En oposición a los autores que manifiestan su
rechazo a la utilización de hipótesis, han existido también otros que
consideran que las hipótesis científicas no sólo están justificadas,
sino que son indispensables. Entre éstos pueden mencionarse a Whewell
o Meyerson.
En cuanto a la posible clasificación de las
hipótesis, se han propuesto distintas posibilidades. Hugues Leblanc,
por ejemplo, propone la diferenciación entre "hipótesis
amplificadoras", que constituyen la conclusión de cualquier inferencia
inductiva (véase inducción) permisible con un enunciado de observación
como premisa; e "hipótesis explicativas", que constituyen la premisa
de alguna inferencia permisible con un enunciado de observación o una
hipótesis como conclusión. El primer tipo de hipótesis se refieren a
predicciones o retrodicciones de hechos y permiten ampliar nuestro
conocimiento; las segundas, por el contrario, permiten conocer por qué
determinado enunciado verdadero es tal, y permiten profundizar nuestro
conocimiento.
I
INDUCCIÓN. (Del lat. inductio, -onis); sust. f.
1. Acción y efecto de inducir: se pueden formular leyes generales,
mediante inducción, a partir de la observación de casos particulares.
Sinónimos
Incitación, inducimiento, instigación, acuciamiento, azuzamiento,
estímulo, influjo, influencia, persuasión, instigación, sugestión,
tentación, impulso, convencimiento, consejo, acción, movimiento,
raciocinio, reflexión, intuición, síntesis, transmisión.
Antónimos
Disuasión, apartamiento, alejamiento, desánimo, desaliento, deducción,
conclusión, consecuencia.
[Filosofía] Inducción.
Aristóteles definió la inducción como un proceso de
razonamiento que permite establecer verdades generales a partir de
ejemplos particulares, pero fue F. Bacon el primero que intentó
explicar con detalle cómo se opera en la ciencia con este sistema.
Según él, no eran suficientes las meras series de datos
observacionales para extraer a partir de ellas una ley general; no
bastaba con observar la naturaleza, sino que había que interrogarla.
Para ello elaboró las llamadas "tablas baconianas", en las que
indicaba qué tipo de relaciones entre determinados fenómenos eran
relevantes para concluir enunciados generales con validez universal.
Con las tablas pretendía excluir cualquier tipo de relación casual
entre dos hechos y quedarse, después de esta criba, tan sólo con
relaciones efectivamente causales. De esta forma, determinó en qué
casos exactamente es posible inducir leyes a partir de las
observaciones.
R. Boyle, R. Hooke y otros experimentalistas del
siglo XVII asumieron las ideas de Bacon, aunque con ciertas
modificaciones; por otra parte, se incrementó el interés por los
detalles concretos del progreso científico, lo que provocó una pérdida
creciente de interés hacia cuestiones metodológicas abstractas.
Fue W. Whewell quien recuperó la doctrina de Bacon;
de ella destacó el papel que la innovación conceptual jugaba en el
proceso por el cual un par de leyes naturales pueden llegar a
corroborarse mutuamente al integrarse en una teoría más comprensiva.
W. Herschel afirmó que la metodología que Bacon había propuesto
aparecía ejemplificada en la ciencia experimental de su tiempo y,
finalmente, J. S. Mill perfeccionó la doctrina baconiana (sustituyó
las tablas de Bacon por sus famosos cánones) y examinó algunos de sus
problemas desde el punto de vista de una lógica del experimento
controlado. Uno de estos problemas es el del vacío inferencial
(señalado por D. Hume) entre la particularidad de la evidencia
inductiva y la generalidad de las conclusiones inductivas: ¿qué es lo
que nos permite formular una ley general, válida en un número infinito
de casos, a partir de un número finito de observaciones?; otro
problema surgía del hecho de que algunos fenómenos puedan tener más de
una causa característica.
Ninguno de estos pensadores baconianos investigó la
estructura de constreñimientos racionales que un juicio de
fundamentación inductiva puede imponer a otro. Pero, dado que
aceptaban que las inferencias inductivas eran variables en la certeza
de sus conclusiones, otros autores como J. M. Keynes supusieron que
las inferencias inductivas deberían ajustarse a la teoría matemática
de la probabilidad: la probabilidad de cualquier hipótesis aumentará
si se eliminan, mediante acumulación de evidencias, cualesquiera otras
hipótesis alternativas (esto es lo que se llama inducción
eliminatoria, procedimiento que se explica en detalle más abajo).
Otros, como J. Bernoulli, opinaron por el contrario que la fuerza de
una inferencia inductiva radica únicamente en el número de ejemplos
que la apoyan, y no en su variedad experimentalmente controlada. Esta
idea se plasma en el "principio de relevancia ejemplar", principio que
R. Carnap y sus seguidores han considerado esencial para la lógica
inductiva. El sistema de Carnap se basa en la consideración de que la
confirmación de una hipótesis por medio de una información testimonial
debe establecerse a partir de la intersección entre los diferentes
estados de hecho lógicamente posibles en que tanto la información como
la hipótesis son válidos y los diferentes estados de hecho posibles en
los que la información es válida. La medida de dicha intersección,
según se ha demostrado, posee las propiedades de una función de
probabilidad.
En el sistema de lógica inductiva de Carnap se
pueden detectar diversas dificultades técnicas. Sus principales
inconvenientes son que dicha lógica debe construirse sobre la base de
supuestos que carecen de fundamentación empírica acerca de la
estructura ideal del lenguaje científico, así como que tiende a
confundir dos tipos de confirmación: aquella que depende del número de
veces que se ha repetido el mismo experimento y aquella que depende de
la completitud de una serie de experimentos variados. Mientras que la
primera debe medirse mediante una función de probabilidad, la segunda
(que coincide con el tipo de razonamiento inductivo investigado por
Bacon) tiene la estructura de la lógica modal.
Paradojas relacionadas con la inducción.
La mayoría de las teorías de la inducción se
enfrentan con diversas paradojas:
Paradoja de los cuervos.
Conocida también como paradoja de confirmación o
paradoja de Hempel, ya que fue descubierta por C. G. Hempel en 1945.
Éste argumentó que si una serie de hipótesis equivalentes obtienen el
mismo apoyo a partir de los mismos ejemplos testimoniales, entonces,
puesto que la proposición "todas las cosas no-negras son no-cuervos"
es equivalente desde un punto de vista lógico a la proposición "todos
los cuervos son negros", cualquier cosa que no sea un cuervo y no sea
negra (por ejemplo, un pañuelo blanco) parece confirmar el enunciado
"todos los cuervos son negros", enunciado general extraído por
inducción de la observación de un determinado número de cuervos.
Se han propuesto diversas soluciones a esta
paradoja; una de las más convincentes es el criterio de Nicod para la
confirmación de generalizaciones, aunque dista mucho de ser definitiva
y el problema todavía se sigue abordando desde distintos enfoques.
Paradoja de las esmeraldas verzules.
Descubierta por N. Goodman, quien demostró que si
consideramos que verzul significa "verde antes de determinado momento,
y azul después", entonces todos los ejemplos testimoniales presentes
de esmeraldas corroboran por igual las proposiciones "todas las
esmeraldas son verdes" y "todas las esmeraldas son verzules", por lo
que la evidencia no serviría para elegir entre la predicción de que la
siguiente esmeralda examinada será verde y la predicción de que será
azul.
Estas dos paradojas han de interpretarse como
reveladoras de los constreñimientos necesarios para la construcción de
hipótesis objeto de evaluación inductiva.
K. R. Popper ha afirmado que la inducción no
desempeña papel alguno en la investigación científica, ya que lo que
los científicos buscan es falsar sus hipótesis, y no verificarlas: las
mejores teorías son aquellas que, pese a la improbabilidad de que se
cumplan sus afirmaciones y a la severidad con que han sido
contrastadas, continúan sin ser refutadas. En contra de Popper, hay
quien ha señalado que la explotación racional de los descubrimientos
científicos es imposible si no se confía hasta cierto punto en el
método de graduación del apoyo que la evidencia proporciona a una
teoría.
Inducción eliminatoria.
En la inducción por eliminación, una generalización
gana credibilidad por la eliminación progresiva de sus rivales,
inicialmente coherentes con algunos datos, pero que fracasan
finalmente en presencia de un ejemplo de una clase diferente.
El intento más conocido de ofrecer una formulación
precisa de los principios de este proceso dio origen a los
anteriormente mencionados cánones de Mill. La posterior elaboración
lógica dotada de mayor rigor fue la obra A Treatise on Pobability
(1921) de J. M. Keynes. Keynes consideró que el proceso sólo puede
justificarse si se supone la existencia de un número finito de
generalizaciones posibles, dado que solamente entonces se incrementan
las posibilidades de las sobrevivientes mediante la eliminación de sus
rivales. Este imprescindible principio de limitación de la variedad
independiente era lógicamente verdadero, o evidente, pero los teóricos
de la confirmación, influidos por D. Hume, no piensan lo mismo.
Concretamente, el llamado "nuevo enigma de la inducción", planteado
por N. Goodman, demuestra la existencia de un proceso enteramente
mecánico de definición de nuevas generalizaciones, así como la
ausencia de contradicción en la suposición de que la naturaleza puede
ajustarse a cualquiera de ellas.
Inducción enumerativa.
La inducción por enumeración es el proceso, señalado
por F. Bacon y posteriormente por J. S. Mill, de acumulación de
testimonios confirmatorios de una generalización para aumentar
simplemente el número total de ejemplos favorables. Este método ha
sido tradicionalmente considerado con cierto escepticismo, ya que el
problema de la inducción demuestra que no hay forma de deducir una
probabilidad más alta para una ley universal en base al descubrimiento
de que es válida en algunos casos, a menos que encontremos una razón a
priori en favor de la uniformidad general de la naturaleza. Por otra
parte, el mero incremento del número de ejemplos favorables parece no
añadir nada a la credibilidad de una generalización; sería mucho más
digna de tenerse en cuenta la obtención de ejemplos nuevos en
circunstancias diferentes, preferiblemente circunstancias en las que
cabría esperar el descubrimiento de contraejemplos, ya que la
supervivencia de una generalización cuando se espera su invalidación
aumenta su credibilidad. Este método es el de la inducción
eliminatoria anteriormente expuesto, pero también sería erróneo
suponer que dichos métodos pueden sustituir por completo a la
enumeración, puesto que nuestras creencias acerca de lo que ha de
considerarse una variación relevante de las circunstancias, así como
nuestras creencias generales acerca del funcionamiento fiable de los
mismos mecanismos causales en el futuro, deben justificarse refiriendo
lo que ha acontecido en nuestra experiencia, que es precisamente en lo
que consiste la inducción enumerativa.
INFERENCIA. Acción de sacar una consecuencia de una
cosa; especialmente en lógica,
razonar sacando de una o más proposiciones dadas una proposición
nueva.
INGENIERÍA. (De ingeniero); sust. f.
1. Conjunto de conocimientos y técnicas que persiguen aplicar el saber
científico a la resolución eficiente de necesidades y problemas
humanos: gracias a la ingeniería genética, se producen avances
sorprendentes en la reproducción animal.
2. Profesión y ejercicio de ingeniero: mi hermano va a estudiar una
carrera de ingeniería
Sinónimos
Ciencia, técnica, tecnología.
Se define como ingenieria el arte de aplicar los
conocimientos científicos a la invención, perfeccionamiento y
utilización de la técnica industrial en todas sus determinaciones. La
ingeniería es, por tanto, la aplicación práctica de la ciencia, abarca
la totalidad de las tecnologías y ha ido evolucionando con cada uno de
los logros técnicos o inventos de la humanidad. Es difícil concretar
en muchos casos la fecha exacta en que se llevaron a cabo algunos de
ellos, sin embargo, la historia está dividida en etapas muy
diferenciadas entre sí, cada una de ellas marcada por un contexto
social, cultural, económico y político muy distinto, y caracterizadas
por diversos inventos y descubrimientos que revolucionaron la sociedad
de su tiempo.
Introducción histórica.
El origen de la voz ingeniero está en el vocablo
engeño ('ingenio'), con el que se designaban las máquinas y
artefactos que solían emplearse en la defensa de las fortalezas.
Antes de que los inventores crearan ingenios
tecnológicos, había multitud de tareas pesadas que debían ser hechas
por las personas, lo que propiciaba la explotación de seres humanos
(los esclavos y los campesinos que arrastraban piedras para levantar
pirámides, los esclavos que remaban en las galeras romanas, etc.). Por
ello, la mecánica se convirtió en la nueva fuente de valor, que tenía
su máximo exponente en la máquina. El desarrollo de instrumentos y
máquinas está marcado por el intento de modificar el medio ambiente,
con el objeto de incrementar la potencia de un organismo humano o
alcanzar un conjunto de condiciones favorables destinadas a mantener
la supervivencia y el equilibrio de las personas.
Desde la utilización de la palanca que, entre todas
las máquinas que ha construido el ser humano, es la más elemental y
útil, hasta hoy día, se han sucedido multitud de descubrimientos e
inventos, dando paso al nacimiento de diferentes tecnologías que han
enriquecido el ámbito de la ingeniería
El gran progreso de la ciencia durante el siglo XX
ha permitido la aparición de nuevas ramas de la ingeniería como la
Aeronáutica, fundamentalmente a partir del primer vuelo llevado a cabo
por los hermanos Wright cuando, en 1903, uno de ellos recorrió la
distancia de doscientos ochenta y cuatro metros en cincuenta segundos,
pero se desarrolló debido al interés militar que suscitaron estos
aparatos; la la Nuclear, la Genética, y la Electrónica, surgida a
principios de siglo, cuando Fleming desarrolló el primer diodo y, más
tarde, De Forest desarrolló el triodo.
INVESTIGACIÓN. {f.} Acción de investigar.
Básica. La que tiene por fin ampliar el conocimiento científico, sin
perseguir, en principio, ninguna aplicación práctica.
J
K
LEMA. Proposición que es preciso demostrar antes de
establecer un teorema.
LÓGICA. (Del gr. logikh, terminación femenina de
logikoV, a través del latín logica); sust. 1. Ciencia que comprende
las leyes y formas del conocimiento humano, considerando el
pensamiento en sí mismo, sin referirlo a los objetos: suspendió la
Filosofía de 3º porque no tenía ni idea de lógica
2. [Por extensión] Razonamiento o método: las últimas películas de
Divine carecen de toda lógica, pero son disparatadamente divertidas.
3. [Uso figurado] Modo de razonar particularmente cada inidividuo: la
lógica de don Quijote no era cómoda para quienes detentaban la
autoridad en su tiempo.
Sinónimos
Razonamiento, raciocinio, razón, conocimiento, entendimiento, método,
sistema, sensatez, racionalidad.
Antónimos
Absurdo, incongruencia, despropósito, disparate.
[Matemáticas y Filosofía] Lógica matemática.
Es la ciencia que investiga, formula y establece los principios del
razonamiento.
MÉTODO. Modo ordenado de proceder para llegar a un
resultado o fin determinado, esp. para descubrir la verdad y
sistematizar los conocimientos.
[Filosofía] Método
Se tiene un método cuando se sigue un cierto camino
con el objetivo de alcanzar un cierto fin, propuesto de antemano como
tal. Este fin puede ser el conocimiento o puede ser también un fin
humano o vital, como por ejemplo, la felicidad.
Durante un tiempo se consideraba que los problemas relativos al método
eran exclusivos de la metodología, como parte de la lógica que
consideraba las formas particulares del pensamiento. Hoy día ya no se
acepta esta posición, pues las cuestiones relativas al método rozan no
sólo problemas lógicos, sino también epistemológicos y hasta
metafísicos.
Una de las cuestiones más generales con respecto al método es la
relación que cabe establecer entre el método y la realidad que se
trata de conocer. Es frecuente estimar que el tipo de realidad que se
aspira a conocer determina la estructura del método a seguir. Por otro
lado, ha sido aspiración muy frecuente la de hallar un método
universal aplicable a todas las ramas del saber y en todos los casos
posibles. Descartes, en su Discurso del método indica que las reglas
metódicas propuestas eran reglas de invención o de descubrimiento que
no dependen de la particular capacidad intelectual del que las usa.
Puede hablarse de métodos más generales, como el análisis, la
síntesis, la deducción, la inducción, etc.; y de métodos más
especiales, esto es, los determinados por el tipo de objeto a
investigar o la clase de proposiciones a descubrir. También se puede
hablar de métodos racionales en contraposición con métodos intuitivos.
La filosofía se ocupa no sólo de cuestiones relativas a la naturaleza
del método, sino que también se pregunta si hay o no algún método mas
adecuado que otros para el propio filosofar. Hay tres métodos
filosóficos fundamentales, que dan origen a un tipo peculiar de
filosofía: método dialéctico (Platón, Hegel...) que consiste en
suprimir las contradicciones; método logístico (Demócrito, Descartes,
Leibniz, Locke) que consiste en afirmar la existencia de principios y
en deducir a partir de ellos el resto; y método de indagación
(Aristóteles, Bacon...), que consiste en usar una pluralidad de
métodos, cada uno de ellos adecuado a su objeto.
METODOLOGÍA. Parte de la lógica que estudia los
métodos. Se divide en dos partes: la sistemática, que fija las normas
de la definición, de la división, de la clasificación y de la prueba,
y la inventiva, que fija las normas de los métodos de investigación
propios de cada ciencia.
N
OBSERVACIÓN. {f.} Acción de observar.
Nota, comentario, objeción.
[Sociología] Observación
Tal vez esta técnica de investigación sociológica sea la más
importante objetivamente, aunque también hay que decir que es la más
exigente a la hora de llevarla a cabo por lo que se explica el escaso
uso en trabajos de investigación sociológica.
La observación se refiere siempre al comportamiento de los agentes
sociales, dotada tanto de un contenido subjetivo como objetivo. Y los
tipos son variados: indirecta, a través de documentos; directa, con el
contacto personal del investigador con la población observada.
Ésta a su vez, puede realizarse de modo sistemático, esto es,
siguiendo un estricto esquema; también de modo asistemático, ósea, no
siguiendo un esquema, sino creando el esquema según se va
desarrollando la observación. Este tipo de observación directa puede
realizarse bien "in situ", en el escenario de la observación
participante. Esta última va a ser objeto de análisis específico.
La Observación participante la realiza el investigador cuando se sitúa
dentro del contexto social estudiado, como un miembro más o menos
integrado en ese contexto. El observador participa en la medida en que
asume uno o varios roles sociales definidos en el interior del
sistema, utiliza el rol social a manera de disfraz para poder llegar a
los fenómenos que le interesa.
El proceso de desarrollo de esta técnica exige que el contexto social
seleccionado sea totalmente extraño al investigador, para evitar todo
posible subjetivismo. La entrada del investigador participante en la
colectividad se ha de estudiar bien; los contactos cotidianos del
investigador dependen en gran medida de la resocialización del mismo.
Es imprescindible que lleve un registro de datos pormenorizado, por
medio de notas escritas, grabadas..., tener los datos a investigar
bien estructurados, anotando con toda precisión posible todos los
detalles del tiempo, lugar, personas, circunstancias, ambiente
físico... Por eso las grabadoras audiovisuales son muy importantes
para esta técnica.
Es sumamente importante que el investigador-observador tenga las
unidades de observación bien definidas: categorías, para clasificar
los datos, como por ejemplo clasificar las relaciones de individuos,
colaboración-hostilidad-indiferencia; cuadros de referencia, para
concretar a quién pertenece tal o cual observación; las unidades de
tiempo, varios hechos de la misma categoría, saber si son varios o una
sola unidad; escalas graduadas, para medir el grado de intensidad de
los diferentes fenómenos, por ejemplo grados de adhesión,
incondicional-simple-forzada...
Son diferentes los grados de participación, como uno más de los
miembros de la colectividad; como observador-participante, y los demás
lo saben; y como un observador exterior, y los otros miembros no lo
saben.
La preparación y entrenamiento de los observadores es necesaria.
Tienen que tener muy claro los objetivos a investigar, aclarar toda
duda que se les presente, señalarles la importancia y función de cada
categoría. Igualmente es necesario que el observador tenga bien
definidas las unidades de observación a pautas concretas: como son las
categorías o clasificaciones de los datos obtenidos, la colaboración,
hostilidad, indiferencia de los agentes sociales observados; así
también, tener en cuenta los cuadros de referencia o la concreción de
la pertenencia de tal o cual observación, las unidades de tiempo,
cuándo varios hechos son de una misma categoría o de varias.
Conviene precisar una referencia psicológica del observador y es que
el exceso de contenido de la observación puede afectar a la fiabilidad
y control, así como la fatiga causada por una larga observación puede
ser causa de errores en la percepción de la experiencia; la misma
desconfianza en el propio juicio puede afectar a la fiabilidad y
control en el estudio de los fenómenos sociales.
El análisis de los datos recogidos en la observación tiene lugar a lo
largo del proceso, aunque será más amplio el análisis cuando haya
dejado la colectividad observada. Se suelen seguir estas fases:
lectura y relectura de las notas, codificación de los temas más
importantes, construcción de las tipologías y diagramas de procesos,
consulta de la literatura sobre la población estudiada, etc.
PARADIGMÁTICO. Relativo al paradigma. Dícese de la
relación existente entre unidades lingüísticas que pueden sustituirse
mutuamente en el mismo contexto.
PARADOJA. (Del lat. paradoxa, terminación f. de
paradoxus, 'paradójico'); sust. f.
1. Idea extraña u opuesta a la opinión y el sentir comunes de los
hombres: mis padres, consecuentes con su gusto por las paradojas, se
trasladaron a un pueblo de diez habitantes en la época en que todo el
mundo emigraba a las grandes ciudades.
2. Afirmación contradictoria que, sin embargo, parece verdadera: son
famosas en la historia de la filosofía las paradojas planteadas por
Zenón de Elea.
3. [Retórica] Figura retórica consistente en emplear expresiones que
entrañan contradicción: la célebre paradoja de Santa Teresa 'vivo sin
vivir en mí' describe mi estado de ánimo en estos momentos con gran
precisión.
4. [Física] Fenómeno cuyas características experimentales contradicen
alguna ley científica demostrada matemáticamente: todas las teorías
científicas, incluso las universalmente establecidas, ocultan en su
seno lagunas y paradojas.
Sinónimos
Contradicción, absurdo, disparate, sofisma, aporía, antinomia,
contrasentido, extravagancia, singularidad, rareza, incompatibilidad.
Antónimos
Tautología, razón, sensatez, compatibilidad.
[Filosofía] Paradoja
Conviene establecer, antes de entrar de lleno en el
análisis del concepto de paradoja, una distinción entre paradojas por
una parte, y antinomias y aporías, por otra. El término "aporía" hace
referencia al enfrentamiento de soluciones incompatibles, pero en
apariencia igualmente bien fundadas, que dificultan o hacen imposible
la solución de un determinado problema; el significado es análogo al
de "antinomia", si bien este último término se reserva frecuentemente
para aludir a las contradicciones planteadas por Kant en su Crítica de
la Razón Práctica con referencia a la idea trascendental de mundo. En
cualquier caso, tanto las aporías como las antinomias se pueden
incluir en la clase de las paradojas, que constituyen por tanto un
grupo más amplio que a su vez se puede dividir en cuatro grandes
bloques: el de las paradojas lógicas y semánticas, el de las paradojas
de la inducción, el de las paradojas existenciales y el de las
paradojas psicológicas. El primero de estos bloques es el que ha
suscitado mayor interés a lo largo de la historia de la filosofía, y
el que ha recibido consecuentemente un tratamiento más extenso y
detallado; por ello, también aquí recibirá más atención que los otros
tres mencionados.
Paradojas lógicas y semánticas.
Desde que tuvo lugar la llamada "crisis de
fundamentos de la matemática" a finales del siglo XIX, se puso de
manifiesto la existencia de un cierto número de paradojas en este
ámbito que, desde Ramsey, suelen dividirse en dos grandes grupos: el
de las paradojas lógico-matemáticas y el de las paradojas
semántico-lingüísticas. Esta distinción, no obstante, ha sido
rechazada por algunos autores ante la evidencia de que entre unas y
otras existen algunos rasgos comunes, razón por la cual se suelen
incluir en un mismo apartado dentro del contexto general de las
paradojas y por la que se analizan también en estrecha relación.
Paradojas lógicas.
Paradoja de Burali-Forti.
Esta paradoja fue planteada por C. Burali-Forti en
1897, aunque ya había sido advertida por G. Cantor como corolario de
uno de sus teoremas en 1895. Se plantea en los siguientes términos: el
orden que liga a los números ordinales es lo que se llama un "buen
orden", ya que dichos números se encuentran dispuestos en orden de
magnitud de forma que, dados dos números ordinales x e y, entonces x >
y, y también y < x. Se dice que todo conjunto ordenado de esta forma
está bien ordenado, y que el ordinal que le corresponde ha de ser en
cualquier caso mayor que cualquier elemento del conjunto. Pero este
número ordinal ha de ser también un elemento del conjunto de todos los
números ordinales; por lo tanto, se puede afirmar que existe un número
ordinal que es elemento del conjunto de todos los números ordinales y,
a su vez, mayor que cualquier elemento de tal conjunto, lo que
significa que hay un número ordinal que es y no es a la vez el mayor
de todos los números ordinales; o lo que es lo mismo, el buen orden
natural de los ordinales posee un elemento que determina un segmento
con el mismo ordinal que el buen orden del que forma parte, algo que
es absurdo.
Paradoja de Cantor.
Esta paradoja fue descubierta por G. Cantor en 1899,
aunque no fue publicada. Posteriormente fue redescubierta por Russell
en 1902, y publicada en 1903. La paradoja se plantea como corolario
del teorema de Cantor que establece que el cardinal de un conjunto es
estrictamente menor que el cardinal del conjunto de sus partes. Esto
parece llevar a la conclusión de que el conjunto V de todos los
conjuntos tiene estrictamente menos elementos que el conjunto de sus
partes, al que llamamos p (V); sin embargo, eso contradice el hecho de
que el conjunto de las partes p (V) pertenezca al conjunto de todos
los conjuntos. Dicho de otro modo, el conjunto de las partes del
conjunto de todos los conjuntos ha de ser mayor que el conjunto de
todos los conjuntos, pero puesto que el primero es también un
conjunto, tendríamos que concluir que el conjunto de todos los
conjuntos (en el cual habría de estar incluido el conjunto de sus
partes) es menor que uno de sus subconjuntos, lo cual es absurdo.
Paradoja de Russell.
La paradoja de Russell, también llamada "paradoja de
las clases", es con mucho la más célebre de las paradojas lógicas. Fue
descubierta por Russell en 1901 y ha sido planteada en distintas
versiones. Parte del hecho de que hay conjuntos que no pertenecen a sí
mismos (el conjunto de todos los hombres, que no es un hombre), y
conjuntos que pertenecen a sí mismos (el conjunto de todos los
conjuntos, que es a su vez un conjunto). Considérese el conjunto de
todos los conjuntos que no pertenecen a sí mismos; este conjunto
pertenecerá a sí mismo si y sólo si no pertenece a sí mismo. Otra
versión de esta paradoja es la paradoja de las propiedades: se
conviene en definir "impredicable" como la propiedad de no aplicarse a
sí misma. Por ejemplo, "abstracto" es abstracto, y así predicable;
"concreto" no es concreto, y así es impredicable. De esto se sigue que
"impredicable" es impredicable si y sólo si "impredicable" no es
impredicable. Otra versión es la del catálogo de los catálogos que no
se mencionan a sí mismos, que se menciona a sí mismo si y sólo si no
se menciona a sí mismo. O el caso del infortunado barbero que afeita a
los hombres que no se afeitan a sí mismos. ¿Quién afeita al barbero?
Las propuestas de solución de las paradojas lógicas,
ejemplificadas por esta última paradoja russelliana analizada, han
sido diversas; una de las más famosas es la "teoría de los tipos" del
propio Russell. Otra es la que proporcionan las diversas teorías
axiomáticas de conjuntos, debidas a E. Zermelo, J. von Neumann y
otros. Para la primera de las soluciones, véase teoría de los tipos;
para la segunda, véase teoría de conjuntos.
Paradojas semánticas.
Paradoja del mentiroso, de Epiménides o del
cretense.
Esta paradoja, tal y como aparece planteada por
ejemplo en la carta a Tito de San Pablo, dice lo siguiente: Epiménides
el cretense dice que todos los cretenses son mentirosos. Si Epiménides
es cretense y todos los cretenses son mentirosos, entonces cuando
Epiménides afirma 'todos los cretenses son mentirosos' está afirmando
una proposición verdadera, por lo tanto no miente cuando afirma que
todos los cretenses (incluido él mismo) mienten. Como consecuencia,
Epiménides miente si y sólo si no miente (o sea, si dice la verdad);
y, por otra parte, Epiménides no miente (dice la verdad) si y sólo si
miente.
Un análisis rápido de esta paradoja lleva a la
estricta conclusión lógica de que hay al menos dos cretenses. Pero la
verdadera paradoja subyacente y simplificada aparece ante la
suposición de un individuo que dice simplemente "yo miento". De esta
presentación propuso Tarski la versión siguiente: la frase subrayada
no es verdadera. De donde se sigue que la frase subrayada es verdadera
si y sólo si la frase subrayada no es verdadera.
Las paradojas de este estilo se han llamado también
paradojas "autofalsadoras", ya que son enunciados que se caracterizan
por la doble propiedad de ser autorreferentes y predicar su propia
falsedad. Son proposiciones que generan un razonamiento que lleva a la
proposición contraria. Así, la paradoja autofalsadora de la forma
"este enunciado es falso" da lugar al siguiente razonamiento: si es
verdad que este enunciado es falso, entonces este enunciado es falso.
Pero este enunciado indica de sí mismo que es falso, así que dice la
verdad. Por consiguiente este enunciado es verdadero. Pero si es
verdadero, entonces es falso, puesto que dice de sí mismo no que es
verdadero, sino que es falso... Este razonamiento tiene una dinámica
propia que consiste en un paso indefinidamente alternativo, gracias a
la sustitución del enunciado de partida y su inverso. Estos enunciados
se caracterizan pues por su inestabilidad semántica, y los problemas
que plantean conciernen tanto a los dominios de la lingüística y de la
filosofía como al de la lógica. Con respecto a la lingüística, ponen
en cuestión las nociones de verdad, significado y referencia; con
respecto a la lógica, la paradoja plantea un problema con respecto a
la lógica interna del lenguaje, puesto que el enunciado autofalsador
no respeta la ley de sustitución de los idénticos de Leibniz, y como
consecuencia escapa también a la ley del tercio excluso.
Los diferentes problemas que se acaban de plantear
muestran que la paradoja autofalsadora se caracteriza por el hecho de
poner en tela juicio, en diferentes disciplinas, un elevado número de
nociones teóricas fundamentales. Se desprende de ello que es portadora
de una elevada complejidad que justifica el gran número de tentativas
de resolución propuestas a lo largo de los siglos.
Paradoja de Jourdain.
Esta paradoja, propuesta por P. E. B. Jourdain, es
muy similar a la anteriormente mencionada. Se presenta una tarjeta en
uno de cuyos lados está escrito el enunciado: (1) 'Al dorso de esta
tarjeta hay un enunciado verdadero'. Se da la vuelta a la tarjeta y se
lee: (2) 'Al dorso de esta tarjeta hay un enunciado falso'. De esto se
sigue que si (1) es verdadero, entonces (2) también tiene que ser
verdadero, por lo que (1) tiene entonces que ser falso. Por otra
parte, si (1) es falso, entonces (2) también tiene que ser falso, por
lo que (1) ha de ser verdadero. En consecuencia, (1) es verdadero si y
sólo si (1) es falso, y (2) es falso si y sólo si (2) es verdadero.
Paradoja de Grelling o de la heterologicidad.
Se parece a primera vista a la primera versión de la
paradoja de Russell. Sin embargo, esta paradoja no se refiere a una
noción lógica (conjunto, impredicabilidad), sino a una palabra ("heterológico").
Grelling propuso considerar heterológico a un nombre de propiedad si
no verifica la propiedad que designa; por ejemplo, la palabra "largo"
no es larga, y es por tanto heterológica. Desde ese momento, la
palabra "heterológica" es heterológica si y sólo si no lo es.
Se han presentado también muy diversas soluciones, o
pretendidas soluciones, a las paradojas semánticas. No todas ellas son
del mismo género, pero las propuestas para la paradoja del mentiroso
reflejan bastante bien el carácter de todas ellas. La solución más
universalmente aceptada a la paradoja del mentiroso es la que se basa
en la teoría de los lenguajes y metalenguajes. En sustancia, consiste
en distinguir entre un lenguaje, el metalenguaje de este lenguaje, el
metalenguaje de este metalenguaje, y así sucesivamente. Las paradojas
se eliminan en cuanto se considera que predicados como "es verdadero"
o "es falso" no pertenecen al mismo nivel de lenguaje en el que se
enuncia "miento", sino al metalenguaje de ese lenguaje.
Por otra parte, a la vista de lo expuesto se hace
patente que la distinción estricta entre paradojas lógicas y paradojas
semánticas no puede establecerse con absoluta nitidez. Como se ha
visto, los problemas que plantean las paradojas autofalsadoras se
inmiscuyen tanto en el ámbito de la semántica como en el de la lógica,
y ha habido quien ha defendido que paradojas semánticas como la de
Grelling y paradojas lógicas como las de Russell y Richard pueden
entenderse dentro del marco de la teoría de las relaciones, de acuerdo
con la fórmula siguiente: "nada puede tener ninguna relación, R, con
justa y precisamente aquellas cosas que no tienen ellas mismas la
relación R."
Paradojas de la inducción.
Este tipo de paradojas, que constituyen un segundo
gran bloque dentro de la noción general de paradoja, surgen en su
mayoría como consecuencia de la propia problemática del concepto de
inducción. En efecto, una generalización inductiva implica siempre
cierto tipo de falacia, pues permite establecer una ley general, con
validez universal, a partir de la observación de un número muy alto,
pero nunca infinito, de casos particulares. Las paradojas de la
inducción se plantean a la hora de determinar qué tipo de evidencias u
observaciones son necesarias y fidedignas a la hora de confirmar o
verificar un principio inductivo, por lo que también se conocen como
"paradojas de la confirmación". Un tratamiento más detallado de este
tipo de paradojas se encuentra en el apartado "Paradojas relacionadas
con la inducción" en la voz inducción. Las principales de ellas son la
paradoja de Hempel y la de Goodman.
Paradojas existenciales.
Este tipo de paradojas son de carácter radicalmente
distinto al de las anteriormente analizadas. En la paradoja
existencial no hay contradicción estricta, sino más bien una especie
de "choque" o "sorpresa" engendrada por lo absurdo de las conclusiones
a que conduce. Autores como San Agustín, Pascal, Kierkegaard y Unamuno
se han ocupado en mayor o menor medida de estas paradojas,
caracterizadas por su propósito de restablecer "la verdad" frente a
las "meras verdades" de la opinión común o incluso del conocimiento
filosófico o científico. La paradoja existencial, por ejemplo en
Kierkegaard, se manifiesta en el hecho de que el hombre elige a Dios
mediante un acto de rebelión contra Dios.
Paradojas psicológicas.
Una paradoja psicológica se plantea ante cualquier
proposición que sea en cierto modo contraria al sentido común. No
puede establecerse por lo tanto un contraste permanente entre sentido
común y paradoja, puesto que las verdades de sentido común suelen
cambiar notablemente a lo largo de la historia o entre las diferentes
culturas. Muchas opiniones consideradas paradójicas durante un tiempo
se incorporaron posteriormente al conjunto de las verdades de sentido
común. En general, toda proposición filosófica o científica que no
haya pasado al acervo común ofrece un perfil paradójico. Esto resulta
patente en los orígenes de la filosofía, cuando el filósofo era
siempre un hombre solitario, porque pretendía descubrir y comunicar
una realidad oculta tras las cosas, que sólo era "visible" con los
ojos de la mente. La filosofía es por tanto constantemente paradójica,
y no sólo en ciertos momentos de su historia, como la ciencia. No en
vano dijo Hegel que la filosofía es el mundo al revés.
POSITIVISMO. (Del fr. positivisme); sust. m.
1. Optimismo, modus vivendi de quien busca siempre el lado bueno de
las cosas: su vitalismo y su positivismo le llevaron a sacar provecho
del drama que, en un principio, parecía que iba a ser su divorcio.
2. Afición por los bienes mundanos y los goces materiales: mi
positivismo me pide un mes de vacaciones en Polinesia.
3. Pragmatismo, actitud práctica en cualquier lance de la vida
cotidiana: el positivismo de los helvéticos les movió a convertir en
neutralidad su manifiesta debilidad respecto a sus poderosos vecinos.
4. Sistema filosófico apuntado por Saint-Simon y consolidado y
difundido por Auguste Comte, que rechaza los conceptos 'a priori',
universales y absolutos, y sólo acepta el método experimental como
fuente de conocimiento: el positivismo influyó de manera decisiva en
la investigación de los científicos decimonónicos.
5. Conjunto de las escuelas, tendencias y corrientes filosóficas que
siguen, de manera más o menos estricta, los postulados de dicho
sistema filosófico: dados los efectos catastróficos derivados del
desarrollo tecnológico, el positivismo actual no debería tener esa fe
ciega en los avances de la ciencia.
Sinónimos
Optimismo, vitalismo, energía, hedonismo, materialismo, pragmatismo,
empirismo, cientificismo, historicismo, realismo, racionalismo.
Antónimos
Pesimismo, espiritualidad, sobriedad, superstición, religión,
revelación, fe, intuición, imaginación.
[Filosofía] Positivismo
Se llama "positivismo" en un sentido muy amplio a
toda doctrina que pretende atenerse a lo positivo, frente a lo
negativo, y que destaca de esa forma la importancia de lo cierto, lo
efectivo, lo verdadero, etc.; por ejemplo, la doctrina de Descartes o
la "filosofía positiva" de Schelling. En este caso el término
"positivismo", además de tener una extensión excesiva, llegaría a
designar un modo de pensar opuesto al que en la tradición histórica ha
recibido el nombre específico de "positivismo
En otro sentido todavía amplio, pero más restringido
que el anterior, podrían englobarse bajo la denominación "positivismo"
todas aquellas doctrinas con caracteres formales comunes y no
incompatibles que en cualquier momento de la historia han considerado
como fuente exclusiva de conocimiento el conocimiento sensible,
especialmente las que surgieron como reacción a la filosofía romántica
especulativa (idealismo alemán postkantiano, teísmo especulativo,
etc.) y que se reafirmaron en cada uno de los instantes en que se
pretendió revalorizar el saber filosófico sin recurrir a ninguna de
las corrientes metafísicas tradicionales. En este sentido se
incluirían dentro del positivismo, además del positivismo en sentido
propio, doctrinas como el escepticismo antiguo, el sensualismo
ilustrado, el naturalismo, el pragmatismo, el biologismo... Es cierto
que todas estas doctrinas participan de un común supuesto positivista,
pero desde esta comprensión del concepto puede decirse que otras
muchas doctrinas, como por ejemplo el empirismo de Brentano,
participarían de ese carácter común.
En un sentido restringido cabría llamar
"positivismo" a todas aquellas doctrinas filosóficas que manifiestan
expresamente atenerse a lo dado, especialmente a lo dado en los
sentidos; que manifiestan hostilidad al idealismo, o que estiman que
deben tenerse en cuenta los métodos y resultados de las ciencias a la
hora de hacer filosofía, como el fenomenismo o el cientificismo. Deben
incluirse en este sentido restringido aquellos autores que califican a
sus propias doctrinas de positivistas; así, por ejemplo, el llamado
"positivismo total" de Husserl y Bergson, los cuales han estimado que,
para ser positivista, hay que serlo "a fondo" y "radicalmente",
admitiendo todos los aspectos de la experiencia sin prejuicios ni
conceptualizaciones previas; también el llamado "positivismo
espiritualista" de Ravaisson, Lachelier y Boutroux, y el "positivismo
absoluto" de Louis Weber. Que no se trata en este caso de positivismo
propiamente dicho lo muestra el hecho de que en todos los casos su
denominación es un positivismo adjetivado: "total", "espiritualista",
"absoluto", etc.
La complejidad del término "positivismo" y la
necesidad de restringir su significado se hace aún más evidente cuando
se constatan otras distinciones. Se ha distinguido entre el
positivismo formalmente considerado y el positivismo históricamente
condicionado, entre un ambiente positivista y un contenido positivista
de doctrina, entre un positivismo científico y un positivismo
político-social y filosófico-histórico. Con tantas distinciones, y
dada la posibilidad de múltiples combinaciones entre ellas, se hace
comprensible que desde una perspectiva concreta se puedan calificar
como positivistas doctrinas que son, desde otro punto de vista, poco o
nada positivistas. Así, por ejemplo, el neokantismo, que se presenta
por una parte como un intento de justificación de la filosofía y del
contenido específico del saber filosófico contra la disolución
positivista, resulta ser por otro lado una tendencia infiltrada de
positivismo
Por ello, para aquilatar un sentido propio y más
ajustado de "positivismo", su significado debe restringirse no sólo a
sus caracteres formales, sino también a una determinada trayectoria
histórica. No es fácil señalar esos caracteres generales comunes de lo
que más que un sistema filosófico fue un movimiento o una mentalidad
común de enfocar la resolución de problemas, tanto filosóficos como
científicos. No obstante, pueden esbozarse los siguientes ocho rasgos
que enmarcan las líneas directrices del movimiento y de la mentalidad
positivista: una admiración por las ciencias, consideradas como la
única forma legítima de conocimiento y como las únicas dotadas de un
método válido; la consideración de la ciencia como saber descriptivo
que se limita a describir los fenómenos y las relaciones existentes
entre ellos formuladas como leyes, de manera que el objeto de la
ciencia es el cómo se produce el fenómeno y el cómo de sus relaciones
con otros fenómenos, sin que interese, por ser inasequible y sin
sentido, el qué, el por qué y el para qué de los fenómenos; la
descripción científica entendida como pura constatación de lo dado en
el conocimiento sensible, por estar ésto "puesto" delante de los
sentidos; una actitud antimetafísica, consecuente con lo anteriormente
dicho, que descarta como contrasentido toda indagación que pretenda ir
más allá de lo positivo; una concepción utilitaria de la ciencia, que
es entendida como un instrumento en manos del hombre para poder prever
el curso de la naturaleza y dominarlo; una pretensión transformadora
de la sociedad humana para su perfeccionamiento mediante el
conocimiento científico; una pretensión perfectiva del hombre como ser
moral a partir del conocimiento de su naturaleza y de los factores
determinantes de su conducta; finalmente, una visión progresista
ininterrumpida de la vida social a partir de la conjunción de un
hombre mejor y de una sociedad mejor.
Desde el punto de vista de una trayectoria histórica
más definida pueden distinguirse propiamente hablando tres movimientos
positivistas. El primero, que podría llamarse positivismo "clásico",
tendría su origen en la filosofía de Augusto Comte, quien propuso y
desarrolló una "filosofía positiva" en la que se incluía, además de
una doctrina acerca de la ciencia, una doctrina sobre la sociedad y
sobre las normas necesarias para reformarla, conduciéndola a su "etapa
positiva"; esta tendencia tendría su continuación en los
planteamientos de John Stuart Mill. El segundo movimiento positivista
sería el que proliferó en los últimos años del siglo XIX vinculado con
el empirismo inglés clásico, en particular con Hume, como es el
empiriocriticismo de Avenarius, el sensacionismo de Mach, el
positivismo idealista de Vaihinger y algunas corrientes del
neocriticismo y del neokantismo. El tercer movimiento sería el llamado
"positivismo lógico", "empirismo lógico" o "neopositivismo". Esta
forma de positivismo contemporánea, cuyo origen se encuentra en el
programa del "Círculo de Viena", y que estaría relacionada con el
convencionalismo y con el operacionalismo, se caracteriza, en primer
lugar, por ser un intento de unir el empirismo (especialmente en la
tradición de Hume) con los recursos de la lógica formal simbólica; en
segundo lugar, por su tendencia antimetafísica que estima que las
proposiciones metafísicas son carentes de significación; y,
finalmente, por el desarrollo de la tesis de la verificación.
POSTULADO. {m.} Proposición que, sin ser evidente,
se admite como cierta sin demostración.
PREDICCIÓN. Acción de anunciar por revelación,
ciencia o conjetura [algo que ha de suceder].
PREMISA. {f.} [Lógica] Cualquiera de las dos
primeras proposiciones del silogismo, de donde se infiere la
conclusión. Proposción probada anteriormente o dada como cierta, que
sirve de base a un argumento.
PROPOSICIÓN. (Del lat. propositio); sust. f.
1. Acción y resultado de dar a conocer algo, tratando de obtener la
conformidad o aceptación de otras personas: su proposición fue mal
acogida por parte de la junta directiva.
2. [Lógica] Expresión de un juicio entre dos términos, de los cuales
uno afirma o niega al otro, o lo incluye o excluye: la proposición
"todos los hombres son mortales" afirma una verdad absoluta.
3. [Lingüística] Constituyente oracional integrado por un sujeto y un
predicado, que se une a otro mediante coordinación o subordinación
para formar una oración compuesta: las proposiciones subordinadas
sustantivas desempeñan la misma función sintáctica que los nombres.
4. [Matemáticas] Enunciado de una verdad demostrada o que se trata de
demostrar: los teoremas son ejemplos particulares de proposiciones.
5. [Retórica] Parte del discurso en la que se expone aquello de lo que
se quiere convencer al auditorio: en lo más encendido de su
proposición, el conferenciante sufrió un desmayo.
Sinónimos
Proposición, afirmación, exposición, propuesta, oferta, juicio,
enunciado, cláusula, suboración.
Antónimos
Negación, oración.
RACIONALISMO. (De racional); sust. m.
1. [Filosofía] Doctrina filosófica que defiende la omnipotencia e
independencia de la razón sobre cualquier otra facultad humana: la
filosofía de Descartes es el máximo exponente del racionalismo del
siglo XVII.
Antónimos
Empirismo, irracionalismo.
[Filosofía] Racionalismo
"Racionalismo" y "racional" son dos términos que
derivan de la misma raíz etimológica: el sustantivo latino ratio, que
significa "razón". En consecuencia, en su sentido más amplio, suele
considerarse que un racionalista es alguien que concede un énfasis
especial a las capacidades racionales del hombre y que tiene una fe
especial en el valor y la importancia de la razón y de los argumentos
racionales.
La noción general de racionalismo implica un
compromiso con las exigencias de la racionalidad, compromiso que es un
requisito esencial para cualquier sistema filosófico y, en realidad,
para todo conjunto de afirmaciones que aspiren a ser consideradas como
verdaderas. En este sentido general, es evidente que todos los
filósofos sin excepción son racionalistas. Pero el término
"racionalismo" considerado a la luz del desarrollo de la idea de razón
a lo largo de la historia de la filosofía ha sido entendido de modos
muy diferentes, que básicamente pueden reducirse a cuatro.
En primer lugar, "racionalismo" es el nombre de una
doctrina para la cual el único órgano adecuado o completo de
conocimiento es la razón, de modo que ella es la fuente de todo
conocimiento verdadero. Se habla en tal caso de "racionalismo
epistemológico" o "racionalismo gnoseológico", como opuesto al
empirismo, que considera que la única fuente de conocimiento verdadero
es la experiencia.
El segundo tipo de racionalismo es el "racionalismo
metafísico", que afirma que la realidad es, en último término, de
carácter racional. En su acepción más general, este término refiere a
todos aquellos sistemas filosóficos que consideran que la realidad
está gobernada por un principio inteligible, accesible al pensamiento
y susceptible de evidencia racional, o bien identificable con el
pensamiento mismo. Según esto podríamos hablar de "racionalismo
platónico" (puesto que la realidad para él se halla ordenada de
acuerdo con un modelo ideal, accesible a la razón mediante la
dialéctica, y proporcionado por el mundo inteligible o mundo de las
ideas), o de "racionalismo hegeliano" (la realidad coincide en último
extremo con la autorrealización de la razón o Espíritu). Frente a este
racionalismo metafísico se coloca el irracionalismo o el voluntarismo
metafísico.
En tercer lugar hay un racionalismo llamado
"racionalismo psicológico", que es la teoría según la cual la razón,
equiparada con el pensar o la facultad pensante, es superior a la
emoción y a la voluntad. Este racionalismo psicológico se suele oponer
al voluntarismo psicológico y al emotivismo, y se identifica a veces
con el intelectualismo.
Finalmente, se ha hablado también de un
"racionalismo religioso" cuando por exigencias racionales se ha
rechazado la posibilidad de cualquier revelación de la divinidad o se
ha dado una interpretación puramente racional a fenómenos considerados
milagrosos o a personas consideradas sobrenaturales. Este tipo de
racionalismo es el que caracteriza las tesis deístas, que identifican
las verdades reveladas con los dictámenes de la razón. Así, sobre todo
en los siglos XVII Y XVIII, se utilizó con frecuencia el término
racionalista para referirse a los librepensadores que defendían
opiniones anticlericales y antirreligiosas, y para describir una
visión del mundo en la cual no hay lugar para lo sobrenatural. En el
siglo XIX, el racionalismo religioso adquirió un matiz especial y
designó particularmente un modo de interpretar las Escrituras
cristianas, en especial la vida de Jesús tal como aparece en los
Evangelios, de un modo puramente natural. De este racionalismo
religioso serían exponentes las numerosas obras tituladas Vida de
Jesús, como las de Hegel, Strauss, Renan....
Estas significaciones mencionadas se han combinado
con frecuencia: algunos autores han admitido el racionalismo
psicológico y gnoseológico por haber sostenido previamente un
racionalismo metafísico; otros han partido del racionalismo
gnoseológico y han extraído de él un racionalismo metafísico y
psicológico; otros han tomado el racionalismo psicológico como punto
de partida para derivar de él un racionalismo gnoseológico y
metafísico. El racionalismo religioso ha sido siempre una consecuencia
de alguno de los otros racionalismos. Es posible, sin embargo, admitir
un tipo de racionalismo sin por ello adherirse a cualquiera de los
restantes, y es posible sostener una forma de racionalismo sin
oponerse a algunas de las tendencias que pueden considerársele
contrarias. Así ocurre con empiristas modernos, como Locke o Hume,
que aunque combatan el racionalismo continental de Descartes y Leibniz
no por esto dejan de hacer filosofías racionalistas.
Es cierto que el impulso dado al conocimiento
racional por Descartes y la gran influencia ejercida por el
cartesianismo durante la época moderna han conducido a algunos
historiadores a identificar la filosofía moderna con el racionalismo,
pero hay en las filosofías modernas otros muchos elementos que se
suman al racionalismo. Por una parte, la confianza en la razón de esos
autores que usualmente son calificados de empiristas, como Locke o
Hume. Además, no puede olvidarse el gran trabajo realizado por éstos
con el fin de examinar la función de los elementos no estrictamente
racionales en el conocimiento y en la realidad conocida. Finalmente,
hay que tener en cuenta que la teoría de la razón elaborada por muchos
autores modernos, se declaren racionalistas o no, es generalmente más
compleja que la desarrollada por las filosofías antiguas y medievales,
de modo que puede decirse que si en la filosofía moderna ha
predominado el racionalismo ha sido porque previamente se han
extendido las posibilidades de la razón.
Precisado ésto, hay que distinguir en la filosofía
moderna y contemporánea entre varias formas de racionalismo. Por un
lado, entre el racionalismo del siglo XVII y del siglo XVIII. Mientras
que el racionalismo del siglo XVII era la expresión de un supuesto
metafísico y a la vez religioso, por el cual se hace de Dios la
suprema garantía de las verdades racionales y el apoyo último de un
universo concebido como inteligible, el racionalismo del siglo XVIII
entendía la razón como un instrumento mediante el cual el hombre podía
disolver la oscuridad que lo rodeaba; el racionalismo del siglo XVIII
entiende la razón como una actitud epistemológica que integra la
experiencia, y como una norma para la acción moral y social. Por otro
lado, a esta distinción entre el racionalismo de los siglos XVII y
XVII, debe añadirse la forma peculiar que el racionalismo asumió en el
siglo XIX en Hegel y en varias tendencias evolucionistas, al intentar
ampliar el ámbito de la razón hasta incluir la explicación de la
evolución y de la historia. Es entonces cuando se produce un punto de
inflexión en la historia del pensamiento moderno: los principios
racionalistas se abandonan y se sustituyen por nuevas pautas
dialécticas e historicistas que darán paso a la filosofía idealista y
a los primeros brotes del irracionalismo característico del
pensamiento contemporáneo.
Pero, como señaló Ferrater Mora, durante el mismo
siglo XIX y en el siglo XX se han producido muchos equívocos en torno
al significado del término "racionalismo". Ha habido filósofos que,
declarándose decididamente empiristas y positivistas, han elogiado el
racionalismo, entendiéndolo como una tendencia opuesta al
irracionalismo, al intuicionismo o a la mera fe. Otros autores, que
han combatido el racionalismo clásico en nombre de lo irracional, de
lo histórico, de lo concreto, no han abandonado, sin embargo, lo que
ha constituido la tradición racionalista, sino que han intentado
integrar la razón con elementos que usualmente se consideran
contrapuestos a ella, como la vida, la historia, lo concreto, etc. En
definitiva, los dos motivos más importantes por los que en la
filosofía contemporánea se ha rechazado el racionalismo clásico han
sido su carácter naturalista y objetivista, que olvida el espíritu en
sí y por sí (Husserl) y su carácter estático o estatista, que no tiene
en cuenta los factores funcionales y dinámicos de la realidad.
En la oposición histórica al racionalismo clásico,
por tanto, han coincidido tendencias contemporáneas, como el
irracionalismo, el historicismo, el existencialismo (todas ellas
declaradamente opuestas al racionalismo moderno), y el empirismo, el
positivismo o la filosofía analítica, que se consideran a sí mismas
fieles a la tradición racionalista.
Características del racionalismo moderno.
Según una acepción más restringida y más precisa
desde un punto de vista histórico el racionalismo se identifica con la
corriente filosófica desarrollada en el continente europeo en el siglo
XVII, opuesta al empirismo, y cuyos exponentes más representativos
fueron R. Descartes, W. Leibniz, N. Malebranche y B. Spinoza.
Descartes ha sido tradicionalmente considerado como
el fundador del racionalismo moderno y su filosofía como aquella que
más perfectamente encarna los ideales racionalistas; de hecho, su
influencia en las ciencias y en todo el ámbito cultural fue de lo más
notable. Sin embargo, los antecedentes de esta corriente de
pensamiento deben buscarse en fenómenos más antiguos y complejos,
relacionados con distintos aspectos de la cultura; por ejemplo, el
ascenso y consolidación de la burguesía en el ámbito económico,
administrativo y político en general, y el papel preponderante que
esta clase jugó en los nuevos Estados nacionales de la Europa moderna,
provocaron una profunda revolución en las instituciones culturales y
permitieron que las academias libres y la imprenta pública se
impusieran sobre las antiguas universidades medievales. Dado que estas
últimas eran el reducto en el que se conservaba el grueso del saber
filosófico de la época, basado principalmente en las doctrinas
escolásticas, la nueva situación permitió que las ciencias
particulares cobraran relevancia y se desvincularan progresivamente de
este tipo de filosofía.
Desde un punto de vista estrictamente político,
Maquiavelo, Bodin y T. Moro Moro, SANTO pueden ser considerados como
precursores del racionalismo moderno. Del mismo modo, Hugo Grocio fue
de los primeros en aplicar el procedimiento de demostración matemático
-modelo general de toda la orientación racionalista- al ámbito del
derecho y la política, e identificó explícitamente, en su obra De jure
belli ac pacis (1625), a la naturaleza con la razón. La identificación
de la razón con los procedimientos matemáticos se relaciona, por una
parte, con la técnica comercial y empresarial de la clase burguesa,
que veía en la razón matemática un instrumento político de afirmación
antifeudal; por otra parte, dicha identificación da lugar al
perfeccionamiento teórico de las ciencias matemáticas, así como al
incremento de las técnicas y de la instrumentalización de la
investigación científica (sirva como ejemplo el telescopio de
Galileo).
Otro factor que contribuyó con gran fuerza a la
aparición del racionalismo fue la revolución científica que tuvo lugar
en los siglos XVI y XVII y que posibilitó el nacimiento de la ciencia
moderna. La nueva mentalidad científica, representada por personajes
de la fama de N. Copérnico, J. Kepler y Galileo Galilei, no sólo
abordó cuestiones de orden astronómico y cosmológico fundamentales
(que a su vez influyeron en las problemáticas religiosas y morales
vinculadas a ellas), sino que se difundió rápidamente a otros sectores
de la investigación, como la medicina (de la mano de Harvey) o la
química (Boyle).
El racionalismo cartesiano.
La filosofía de Descartes es la que plasma de manera
más representativa y sistemática los ideales racionalistas vigentes en
el continente europeo durante este periodo, concretamente, los del
denominado "racionalismo gnoseológico". En su Discurso del método
(1637), Descartes se proponía reconstruir la totalidad del saber sobre
unos cimientos caracterizados por ser evidentes (claros y distintos) a
la pura razón, descartando la posibilidad de aceptar como fiable
cualquier conocimiento que no se presentara a nuestro entendimiento
con dicha evidencia. Por ello, el método a seguir en toda
investigación debía tomar como modelo el método matemático: obtener
unas verdades evidentes (axiomas) mediante la intuición racional y
deducir a partir de ellos el resto de los teoremas de la ciencia, ya
que la matemática, ciencia universal y necesaria, exhibía las
características de infalibilidad que Descartes reivindicaba para el
resto de los saberes humanos. La evidencia como criterio de verdad, el
análisis, la síntesis y la enumeración son las reglas del método
cartesiano, reglas que se impondrán como esquema de procedimiento
capaz de descubrir el orden racional que se oculta detrás del aparente
desorden con que se nos muestran los fenómenos cualitativos.
Encontramos reminiscencias de este proyecto cultural
en la idea de Hobbes de reducir la moral al método geométrico
euclidiano, así como en la Ética (1677) de Spinoza que, al igual que
la metafísica cartesiana, constituye una de las obras más
representativas de los ideales del racionalismo
REFUTACIÓN. {f.} Acción de refutar. Argumento o
prueba que se aduce para impugnar algo.
SEMIOLOGÍA.{f.} Semiótica. Ciencia general de los
signos que debe sus fundamentos básicos al filósofo estadounidense C.
S. Peirce y al lingüista suizo Ferdinand de Saussure, a quien se debe
la distinción fundamental entre significante y significado. En esta
idea básica está el principio de la ciencia del estructuralismo, que
además trabaja en dos planos: el sincrónico, o descriptivo en un
momento dado, y el anacrónico, o histórico en la evolución de una
lengua. Esta aportación fue decisiva para la evolución de los estudios
de lingüística y también para otras disciplinas, como la teoría
literaria, la antropología, la sociología o la psicología. De hecho,
en su Curso de Lingüística General (1915), Saussure afirma que esta
ciencia podía servir para un estudio en profundidad de los distintos
códigos lenguajes de comunicación que se perciben en toda sociedad;
además, el estudioso suizo puso especial énfasis en el hecho de que la
semiología (término acuñado por él a partir del griego semion,
'signo') era una de las partes fundamentales dentro del campo de la
psicología social y que, a su vez, la lingüística es sólo una sección
de la ciencia general de la semiología
SILOGISMO. (Del lat. syllogismus, y éste del gr.
sullogismoV); sust. m.
1. [Lógica] Argumento compuesto de tres proposiciones, la última de
las cuales se deduce por necesidad de las otras dos: Aristóteles fue
el primer filósofo que se ocupó de detallar la naturaleza de los
silogismos y de determinar su validez como forma de razonamiento.
Sinónimos
Razonamiento, argumento, deducción.
[Filosofía] Silogismo
El padre de la silogística es Aristóteles. A pesar
de que algunos estudiosos han señalado la importancia de ciertos
precedentes (Platón y Eudoxo) en el desarrollo de la disciplina, lo
cierto es que dichos antecedentes no disminuyen la importancia de la
contribución del Estagirita al respecto. El propio término griego, 'sullogismoV',
sólo adquiere el sentido técnico que actualmente conocemos a partir de
Aristóteles, ya que anteriormente significaba simplemente "reunión" y
a veces, también, "conjetura".
A partir de Aristóteles, otros autores como
Teofrasto y Eudemo contribuyeron al desarrollo de la doctrina,
especialmente en lo referente a los llamados "silogismos hipotéticos",
de los cuales dio cuenta Boecio con notable detalle y rigor. Pero fue
la escolástica la que se encargó de la elaboración de la doctrina
silogística en todas sus partes y de su presentación formalizada. La
silogística perdió fuerza en la época moderna, en la que numerosos
autores criticaron el valor inventivo del silogismo para concederle a
lo sumo valor meramente expositivo. En la época contemporánea, lógicos
como Lukasiewicz han tratado de recuperar la importancia de la
silogística clásica y de dar cuenta de ella en el marco de la lógica
simbólica, pero la teoría del silogismo nunca ha vuelto a ocupar el
lugar preponderante y desmedido que tuvo en su época de auge.
Aristóteles definió el silogismo como "un argumento
en el cual, establecidas ciertas cosas, resulta necesariamente de
ellas, por ser lo que son, otra cosa distinta de las antes
establecidas", y ejemplificó dicha definición un tanto general
mediante inferencias de un tipo especial: aquellas en las que se
establece un proceso de deducción que establece una relación
sujeto-predicado a partir de enunciados que también manifiestan esta
relación. En un proceso deductivo tal, la conclusión, formada por dos
términos, se infiere de dos premisas dotadas también de dos términos
cada una, uno de los cuales no aparece en la conclusión. Además, esta
ley lógica establece relaciones entre términos universales. A la luz
de estas determinaciones, un ejemplo de silogismo sería el siguiente:
"Si todos los hombres son mortales y todos los
griegos son hombres, entonces todos los griegos son mortales".
Cuya forma es:
Si todo H es M
y todo G es H,
entonces todo G es M.
Debe destacarse del ejemplo anterior, en primer
lugar, la forma condicional del mismo y, en segundo lugar, que todos
los términos introducidos ('hombres', 'griegos', 'mortales') son
universales. Ambas características han sido omitidas a menudo en la
literatura tradicional al respecto, ignorándose con ello el preciso
tratamiento de la cuestión llevado a cabo por Aristóteles.
Se aprecia entonces claramente que un silogismo es
un condicional que se compone de dos partes: antecedente ("Si todo H
es M y todo G es H") y consecuente ("entonces todo G es M"). A su vez,
el antecedente se compone de dos partes, denominadas "premisas"; la
primera ("todo H es M") se llama "premisa mayor"; la segunda ("todo G
es H"), "premisa menor". El consecuente se llama también "conclusión"
del silogismo. Las letras mayúsculas (H, G, M) simbolizan los llamados
"términos" del silogismo, que aparecen en número de dos en cada una de
sus partes. Estos términos reciben el nombre de "medio", "menor" y
"mayor" respectivamente. El término medio (en nuestro caso 'H')
aparece en las dos premisas, pero no en la conclusión. El término
menor es el primero de los términos de la conclusión; y el término
mayor, el segundo de los términos de la conclusión. En el ejemplo
propuesto, 'griegos' y 'mortales' son respectivamente los términos
menor y mayor del silogismo, mientras que 'hombres' constituye el
término medio.
También deben considerarse la figura y el modo del
silogismo. La figura es la manera en que aparecen dispuestos los
términos en las premisas. El modo es la forma en que se disponen las
premisas. Según Aristóteles, existen determinados modos cuya validez
se aprecia de forma evidente, por lo que pueden ser considerados
axiomas del sistema formal silogístico. Estos silogismos, llamados
"perfectos", son cuatro: Barbara, Celarent, Darii y Ferio. Un ejemplo
de silogismo Barbara, o de modo Barbara, puede ser el propuesto
anteriormente: "Si todos los hombres son mortales y todos los griegos
son hombres, entonces todos los griegos son mortales". Un ejemplo de
Celarent puede ser el siguiente: "Si ningún africano es europeo y
todos los marroquíes son africanos, entonces ningún marroquí es
europeo". El modo Darii vendría ejemplificado por un silogismo de la
siguiente forma: "Si todos los chinos son laboriosos y algunos
residentes de Santiago de Chile son chinos, entonces algunos
residentes de Santiago de Chile son laboriosos". Por último, un
ejemplo de Ferio sería: "Si ningún aviador es miope y algunos
madrileños son aviadores, entonces algunos madrileños no son miopes".
La validez de los modos restantes no es evidente y
debe ser probada a partir de los modos perfectos. Estos modos son los
llamados Cesare, Camestres, Festino, Baroco, Datisi, Ferison, Disamis,
Bocardo, Calemes, Fresison, Dimatis, Darapti, Felapton, Bamalip y
Fesapo. Aristóteles probó su validez mediante tres métodos:
conversión, reductio ad impossibile y exposición.
Los escolásticos, que como antes se dijo
desarrollaron y perfeccionaron la silogística aristotélica,
proporcionaron ocho reglas de formación de silogismos válidos:
1. Los términos de todo silogismo deben ser tres:
mayor, medio y menor.
2. Ningún término debe poseer mayor extensión en la conclusión que en
las premisas.
3. La conclusión no debe contener nunca el término medio.
4. El término medio debe ser tomado al menos una vez en forma general.
5. Nada se sigue de dos premisas negativas.
6. Si las dos premisas son afirmativas, no puede seguirse de ellas una
conclusión negativa.
7. La conclusión sigue siempre la parte más débil (es decir, la
premisa inferior).
8. Nada se sigue de dos premisas particulares.
Además de los silogismos categóricos, que son los
que se han tratado hasta ahora, Aristóteles consideró también los
silogismos modales y los silogismos hipotéticos. Analizó los primeros
tomando como base su teoría de los silogismos categóricos y
proporcionó análogas leyes modales para cada uno de ellos. Respecto a
los silogismos hipotéticos, presentados por Aristóteles y
desarrollados por sus comentaristas (Teofrasto, Eudemo, Boecio y
otros), los consideró como proposiciones alternativas y condicionales
que son asumidas "por hipótesis". Sin embargo, esta no es la única
clasificación posible. El propio Aristóteles habló de otra
clasificación tetrapartita, en la que los silogismos se dividían en
filosofemas, epiqueremas, sofismas y aporemas, y los escolásticos
proporcionaron muchas otras clasificaciones, basadas fundamentalmente
en el grado de validez de los distintos silogismos.
SINCRONÍA. {f.} Carácter de los hechos observados en
un estado dado del lenguaje independientemente de su evolución en el
transcurso del tiempo, cuyo estudio constituye el objeto de la
lingüística sincrónica o estática.
SINTAGMÁTICO. {adj.} Relativo o perteneciente al
sintagma.
Relaciones que se establecen entre dos o más unidades que aparecen en
la oración. Así, en la oración el perro ladra, son sintagmáticas las
relaciones existentes entre el sintagma nominal el perro y el sintagma
verbal ladra. Y lo son también las que existen entre el artículo el y
el sustantivo perro.
TAUTOLOGÍA. (Del gr. tautologia); sust. f.
1. [Retórica] Repetición de un mismo pensamiento expresado en formas
distintas: el abundante uso de tautologías en el primer capítulo hacen
de su lectura una tarea verdaderamente penosa.
2. [Lógica] En lógica proposicional, fórmula que es siempre verdadera,
independientemente de cuál sea el valor de verdad de sus componentes:
el condicional cuyo antecedente es la conjunción de las premisas de un
argumento lógicamente válido y cuyo consecuente es la conclusión de
dicho argumento, ha de ser una tautología
Sinónimos
Repetición, iteración, redundancia, pleonasmo, reiteración, verdad.
Antónimos
Contradicción.
[Filosofía] Tautología
En lógica, se llama "tautología" a cualquier fórmula
válida en el ámbito de la lógica proposicional. Son tautologías todas
aquellas fórmulas que al probarse por el método de las tablas de
verdad dan siempre uves como resultado, en donde la uve (V) significa
"es verdadero". Es decir, las tautologías son verdaderas en todos los
casos, sea cual sea el valor de verdad de los elementos componentes de
la fórmula en cuestión. Por el contrario, la tabla de verdad de las
fórmulas contingentes contiene tanto uves como efes, y la de las
contradicciones, sólo efes (F), que significan "es falso".
El número de tautologías posibles es infinito, pero
pueden citarse algunas de las más importantes, la mayoría de las
cuales son consideradas como leyes de la lógica proposicional; así,
por ejemplo, p—›p ('si p, entonces p') , p‹–›p ('p si y sólo si p'), p
v ¬p ('p o no p'), p‹–›¬¬p (ley de doble negación), etc.
Para la construcción del cálculo proposicional son
necesarias unas cuantas tautologías que funcionen como axiomas del
cálculo; el resto de las tautologías se pueden probar ya dentro del
cálculo como teoremas del mismo.
Una de las posiciones más famosas y controvertidas
acerca de las tautologías es la que mantuvo L. Wittgenstein. Para este
autor, mientras que la proposición muestra lo que dice, la tautología,
junto con la contradicción, muestran que no dicen nada. Por eso la
tautología no posee condiciones de verdad y es incondicionalmente
verdadera. Pero el hecho de que la tautología carezca de sentido no
quiere decir que sea absurda; antes bien, las tautologías tienen una
función simbólica en el seno de la lógica, al igual que el número 0
tiene una función simbólica en el seno de la aritmética. La tautología
no es una representación de una determinada situación de la realidad,
sino una representación de todas las posibles situaciones reales.
Las consideraciones de Wittgenstein llevaron a ver
la lógica como una serie de tautologías y, en la medida en que las
matemáticas se fundaban en la lógica, se afirmó que éstas eran
igualmente una serie de tautologías. Ramsey, por ejemplo, fue defensor
de esta posición extrema y llegó a eliminar los axiomas de
reducibilidad y de infinitud de la ciencia matemática, por ser estos
incompatibles con la anterior afirmación. Pero posteriormente se
advirtió que la equiparación de la lógica y la matemática con series
de tautologías reducía considerablemente el número de fórmulas de que
se podía disponer, por lo que finalmente se admitieron como
tautologías únicamente las fórmulas lógicas identificables mediante
tablas de verdad.
Por otro lado, se plantea también la cuestión de qué
es lo que se quiere decir cuando se afirma que una fórmula determinada
es una tautología. Reichenbach opinaba que aunque una tautología sea
vacía, el enunciado que afirma que cierta fórmula es una tautología no
es vacío, sino que constituye un enunciado empírico.
TELEOLOGÍA. [Filosofía] Tautología
En lógica, se llama "tautología" a cualquier fórmula válida en el
ámbito de la lógica proposicional. Son tautologías todas aquellas
fórmulas que al probarse por el método de las tablas de verdad dan
siempre uves como resultado, en donde la uve (V) significa "es
verdadero". Es decir, las tautologías son verdaderas en todos los
casos, sea cual sea el valor de verdad de los elementos componentes de
la fórmula en cuestión. Por el contrario, la tabla de verdad de las
fórmulas contingentes contiene tanto uves como efes, y la de las
contradicciones, sólo efes (F), que significan "es falso".
El número de tautologías posibles es infinito, pero
pueden citarse algunas de las más importantes, la mayoría de las
cuales son consideradas como leyes de la lógica proposicional; así,
por ejemplo, p—›p ('si p, entonces p') , p‹–›p ('p si y sólo si p'), p
v ¬p ('p o no p'), p‹–›¬¬p (ley de doble negación), etc.
Para la construcción del cálculo proposicional son
necesarias unas cuantas tautologías que funcionen como axiomas del
cálculo; el resto de las tautologías se pueden probar ya dentro del
cálculo como teoremas del mismo.
Una de las posiciones más famosas y controvertidas
acerca de las tautologías es la que mantuvo L. Wittgenstein. Para este
autor, mientras que la proposición muestra lo que dice, la tautología,
junto con la contradicción, muestran que no dicen nada. Por eso la
tautología no posee condiciones de verdad y es incondicionalmente
verdadera. Pero el hecho de que la tautología carezca de sentido no
quiere decir que sea absurda; antes bien, las tautologías tienen una
función simbólica en el seno de la lógica, al igual que el número 0
tiene una función simbólica en el seno de la aritmética. La tautología
no es una representación de una determinada situación de la realidad,
sino una representación de todas las posibles situaciones reales.
Las consideraciones de Wittgenstein llevaron a ver
la lógica como una serie de tautologías y, en la medida en que las
matemáticas se fundaban en la lógica, se afirmó que éstas eran
igualmente una serie de tautologías. Ramsey, por ejemplo, fue defensor
de esta posición extrema y llegó a eliminar los axiomas de
reducibilidad y de infinitud de la ciencia matemática, por ser estos
incompatibles con la anterior afirmación. Pero posteriormente se
advirtió que la equiparación de la lógica y la matemática con series
de tautologías reducía considerablemente el número de fórmulas de que
se podía disponer, por lo que finalmente se admitieron como
tautologías únicamente las fórmulas lógicas identificables mediante
tablas de verdad.
Por otro lado, se plantea también la cuestión de qué
es lo que se quiere decir cuando se afirma que una fórmula determinada
es una tautología. Reichenbach opinaba que aunque una tautología sea
vacía, el enunciado que afirma que cierta fórmula es una tautología no
es vacío, sino que constituye un enunciado empírico.
TEODICEA. (Del gr. QeoV, 'Dios', y dikh,
'justicia'); sust. f.
1. Disciplina filosófica que se ocupa del problema de la justificación
del mal en relación con la bondad de Dios: a pesar de que su nombre es
relativamente moderno, la teodicea es una disciplina bastante antigua.
Sinónimos
Teología, teología natural.
[Filosofía] Teodicea
El nombre de "teodicea" (théodicée) fue propuesto
por Leibniz para designar cualquier investigación destinada a explicar
y justificar la existencia del mal en el mundo y hacerla compatible
con la infinita bondad de Dios. El término aparece por primera vez en
su obra Essais de théodicée sur la bonté de Dieu, la liberté de
l'homme et l'origine du mal, publicada en 1710, junto con la cual
publicó también un resumen en latín titulado Causa Dei asserta per
iustitiam eius perfectionibus cunctisque actionibus conciliatum. Sin
embargo, las investigaciones y tratados acerca de este problema son
muy antiguas, pues muchos filósofos se habían ocupado ya del problema
del mal y de su justificación respecto a la bondad divina. La
diferencia es que, a partir de Leibniz, lo que antes había sido
simplemente el análisis de un problema tendió a convertirse en una
disciplina filosófica con entidad propia, aunque dependiente según
algunos de la teología, y que se llamó desde entonces "teología
natural". Así sucedió por ejemplo con Wolff, quien trató el problema
característico de la teodicea en su obra Theologia naturalis methodo
scientia pertracta. Algunos autores se opusieron a los planteamientos
de Leibniz y Wolff, pero siguieron utilizando el término "teodicea" en
sus refutaciones (como ocurre en el escrito de Kant "Sobre el fracaso
de todos los ensayos filosóficos en la teodicea"), al igual que muchos
autores neoescolásticos de los siglos XIX y XX, que han considerado la
teodicea como una disciplina especial dentro de la teología natural.
TEOLOGÍA. (Del lat. theologia, y éste del gr. qeologˆa
'teología, doctrina sobre lo divino'); sust. f.
1. Ciencia que trata sobre la naturaleza y la existencia de Dios:
Santo Tomás sistematizó la teología y la elevó a la categoría de
ciencia.
Modismos
No meterse en teologías. [Uso figurado y familiar] Discurrir o hablar
llanamente, sin mezclarse en materias arduas que no se ha estudiado.
Sinónimos
Religión, cristianismo, mística, escolástica, ascética, escatología,
patrística, patrología, apologética, casuística, teodicea,
hermenéutica, moral, dogma, credo, doctrina.
[Filosofía y Religión] La Teología puede ser
definida como la ciencia de la fe. Su función consiste en intentar
explicar, consciente y metódicamente, la revelación divina. La
teología trata, según la definición tradicional, de Dios, de su
existencia, su naturaleza y atributos, así como de su relación con el
mundo y de las posibilidades con que los hombres cuentan para
comunicarse con él o acceder al conocimiento de su esencia de alguna
manera. Teniendo en cuenta que el punto de partida existencial de toda
vida religiosa es la convicción por parte del hombre acerca del
carácter precario de su condición, al creyente se le plantea una
paradoja que consiste en sentir esa llamada a la trascendencia que con
tanta fuerza se halla inscrita en la mente humana, mientras que el
mundo material sólo le da signos contrarios a esa pretensión de
trascender. La idea de Dios como espíritu creador, ordenador y
salvador, se convierte así en la llave que le abre al hombre la puerta
de la liberación de sus ataduras a una existencia terrenal que resulta
limitada por definición. Pero la comprensión de tal idea se presenta
como necesariamente extraña a los caminos racionales y lógicos de la
mente humana, que se ve impulsada a plantearse y responderse todas las
preguntas posibles acerca de una noción, la de una divinidad salvadora
capaz de abrir el acceso a la vida eterna prometida por muchas
religiones, que resulta sumamente extraña a la realidad material
humana. La Teología se presenta así al hombre como el planteamiento y
como los intentos de respuesta a estas preguntas.
En realidad, puesto que es propio de todos los
hombres el preguntarse acerca de sus creencias, el término "Teología"
podría aplicarse a los escritos y planteamientos llevados a cabo a
propósito de cualquier religión. Sin embargo, las disciplinas
teológicas tal y como hoy las entendemos solamente definen sus métodos
y contenidos con el Cristianismo, si bien la tradición del pensamiento
teológico se encuentra ya expresado a lo largo de la historia de la
filosofía griega.
TEOREMA. {m.} Proposición demostrable lógicamente
partiendo de axiomas o de otros teoremas ya demostrados, mediante
reglas de inferencia aceptadas.
TEORÍA. (Del gr. qewrˆa 'contemplación,
especulación de la mente'); sust. f.
1. Conjunto organizado de ideas o leyes que sirven para explicar
determinado orden de fenómenos: se han desarrollado múltiples teorías
sobre el origen del Universo.
2. Conocimiento especulativo considerado con independencia de su
aplicación: una cosa es la teoría y otra la práctica.
3. Conjunto organizado de principios y reglas que constituyen el
fundamento de una ciencia o arte: estudia la teoría de la música.
4. Razonamiento con que se explica una cosa: todos tenemos teorías
distintas sobre el motivo de su suicidio.
5. Teoría del conocimiento. [Filosofía] Sistema de explicación de las
relaciones entre el pensamiento y los objetos.
Modismos
En teoría. [Loc. adverbial] Sin haberlo comprobado en la práctica: en
teoría esto debe funcionar.
Sinónimos
Hipótesis, tesis, doctrina, enunciado, presuposición, especulación,
conjetura, suposición, explicación, disquisición, elucubración,
sospecha.
Antónimos
Prueba, realidad, realismo, pragmatismo, experimentación,
demostración.
U
V
VALIDACIÓN. {f.} Acción y efecto de
validar.
Firmeza, fuerza, seguridad de algún acto.
VALIDAR. (Del lat. vulgar validare, y éste del lat.
clásico validus 'fuerte, robusto, eficaz'); V de la 1ª conjugación;
regular (modelo: cantar).
1. (tr.) Dar validez o firmeza legal a algo: el presidente validó la
decisión de la junta con su firma.
Sinónimos
Aprobar, admitir, sancionar, certificar, ratificar, homologar,
confirmar, convalidar, autorizar, fundamentar.
Antónimos
Anular, cancelar, desautorizar, negar, desaprobar, rechazar, denegar,
criticar. |
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