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010808 - Luís Alarcón e Irey Gómez - "En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo el artista y el objeto de su arte, es el escultor y el mármol, el médico y el paciente" - Erich Fromm

En realidad las propuestas modernas no del todo están acabadas a decir de Habermas. Ciertamente la modernidad significa en la historia del hombre, y del pensamiento humano, una de las edades más fructíferas y creativas que el ser humano haya presenciado. Ella buscó la felicidad humana, quizás pensó que el mejor camino era la ciencia, la técnica, el desarrollo y el progreso -tal vez se equivocó-. Corrió desaforadamente tras de ellos, creyó que así encontraría lo que le había ofertado al hombre, su felicidad, sus riquezas. Pero lo más lamentable de la modernidad fue el costo a pagar, el doloroso valor de esa felicidad, de ese bienestar, de ese progreso: guerras mundiales, exclusión social, marcada pobreza afroamericana, reparto del mundo por parte de los bloques financieros, entre otros rasgos.

No negamos los logros y alcances de las victorias modernistas, pero sí impugnamos el camino recorrido para llegar hasta ellos. Tampoco abogamos por una crítica férrea de la modernidad, de sus errores, fracasos y promesas no cumplidas, a partir de la deconstrucción que ofrece un mundo más fragmentizado y relativizado

Se trata más bien no de rescatar lo inconcluso por la modernidad, ni tampoco la superación de ella, sino lo omitido por el pensamiento ilustrado y ahora por el postmoderno. Estamos a favor de la utopía, de lo esencialmente humano; del proyecto del hombre. No un hombre buscado ciegamente a partir de la ciencia, o buscado sin perspectiva alguna en el mundo de los objetos. Pensamos que todavía hay tiempo para pensar y crear lo sublime, lo reista e interpersonal. Pretendemos la búsqueda de la ciencia al servicio de la humanidad, no lo contrario.

Así pues, en este ensayo a partir del análisis de algunos tópicos del pensamiento moderno y luego de la pretensión y postulados principales del postmodernismo neoconservador, dejamos entrever nuestra preocupación por la cuestión del hombre y su más amplio significado.

Consideramos de antemano afirmar que la postmodernidad funge como resultado de la modernidad dominante, y que lo que realmente cambia son las diferentes perspectivas de mirar y concebir las cosas; pero quienes ostentan el poder y lo ejercen no. A partir de esta afirmación constatamos que la cuestión por el hombre en ambas posturas es sustituida y relegada a un último plano. Si la modernidad con tanta ciencia lo objetiviza, la postmodernidad vacía lo relativiza y fragmentatiza atomísticamente.

LAS "BUENAS PROMESAS", LOS GRANDES RELATOS.

El germen de la edad moderna, o modernidad comienza con la pregunta sobre las cosas mismas, la cosa real, la cosa en sí. No bastaba ya la ciencia libresca de Tomás de Aquino y todo el medioevo. Las preguntas por las cosas reales de una u otra forma instauraban el verdadero hontanar del nuevo pensamiento (La modernidad). El iluminismo comenzó a estudiar la condición humana aplicando principios científicos; analizando al hombre, su naturaleza y la sociedad, considerando a la razón como el instrumento crítico de las diversas instituciones sociales para adecuarlas a la naturaleza básica del hombre. El filosofar va a convertirse en algo diferente, no se trata de contemplar al mundo de manera abstracta, sino que "la filosofía es la actitud mediante la cual es posible descubrir la forma fundamental de todos los fenómenos naturales y espirituales" (Zeitlin, 1982), teniendo como fundamento los principios científicos de las ciencias naturales newtoniana.

Así la edad moderna (en adelante modernidad) funda la exaltación de la razón humana (Descartes) y la idea de sujeto. Lleva a la secularización definitiva de la ciencia (Galileo, Newton), y a la inspiración de la revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad). La modernidad hace del culto a la razón el instrumento regulador de la sociedad -de una vez se declara también la muerte del sujeto, de la razón objetiva, del hombre- (Kant -sujeto solipsista-, Hegel -"libertad hecha mundo"-). El vencer y desterrar los mitos y dogmas es la línea de acción que la razón instrumental debe seguir.

Con la modernidad nace la instauración de los grandes relatos de las ciencias sociales, "las buenas promesas": el marxismo, funcionalismo, estructuralismo. Por otra parte el liberalismo, la ciencia y la tecnología como portadoras del anhelado desarrollo y progreso. Se persiguen los sueños, las utopías. En fin la modernidad sienta las bases -epistémicamente positivistas y éticas- para lo que va a ser el mundo en los tiempos por venir.

No se escapa –en apariencia- absolutamente ningún elemento; -excepto el mismo hombre- de la sociedad que no haya sido tocada por las reformas modernistas. Desde la política (socialismo, nacionalismo), hasta el arte, pasando por lo socioeconómico (nación, clase social, raza y cultura), hasta lo más "inverosímil" de la existencia del hombre. En definitiva la modernidad marca el fin del oscurantismo. La filosofía libresca de la edad media.

Sin embargo, la modernidad no supo dirigir eficientemente su brújula hacia sus objetivos. Comenzó con la exaltación de la razón, de lo posible. Encumbrando al hombre en las cimas. Pero ésta termina asesinándolo en su carrera por el "desarrollo" acompañada por su desenfrenada idea de "progreso". Hoy se proclama la muerte del Hombre (Foucault, 1979), Nietzsche ya lo hizo con Dios. En definitiva, la razón moderna instaura también la muerte del Sujeto y da paso al "mundo objetal"... A la nada, al "todo vale", al pastiche, al collage... a lo póstumo (Perdomo, 1991).

Las promesas modernas terminaron atrofiando "El Gran Proyecto". La democracia representativa terminó con la participación real de los actores. Las "famosas" ideas de las ciencias sociales -en especial de la sociología- (orden, clase, masa, estructura, cultura, movimiento, objetividad) acabaron con el sueño del Hombre, lo despersonalizaron. La ciencia y la técnica modificaron los planes.

La modernidad de tanto proclamar la objetivización de las ciencias acabó con ella misma. La modernidad no sólo implica el nacimiento de un nuevo esquema lógico de pensamiento, sino que también lleva consigo el ocaso de dicho esquema. La racionalidad -en sentido weberiano- de la modernidad ha sido y siempre será "astuta". Hoy a vox populi se reconoce la pérdida de sentido del proyecto moderno. No obstante, el poder dominante permanece intacto, se han cambiado los esquemas de pensamiento, la forma de concebir el mundo y el hombre, la cultura, la economía y la sociedad; pero quienes ejercen el poder no. La misma modernidad anuncia su fin y éste lo que vendrá a instaurarse después de ella, la postmodernidad vacía, sin contenido ni principios (De Viana, 1995).

CONSTRUCCIÓN A PARTIR DE LA CRITICA.

A partir del desencantamiento -Weber- del proyecto moderno, su resquebrajamiento como base de todo, su desmoronamiento epistemológico como explicación de las cosas; se percibe un aire desesperanzado, sin sentido y sin perspectivas. Mueren los grandes relatos –paradigmas positivistas, cualesquiera que sean- las utopías y los sueños. La carrera desenfrenada e irracional que la modernidad mantuvo tras el desarrollo para alcanzar la cúspide -por aquello del progreso- produce su propia debacle. La crisis del pensamiento moderno deja entrever la crítica -nacimiento- del pensamiento postmoderno, estamos ante "el fin de todo proyecto y normativa histórica totalizante" (Vattimo, 1994).

La postmodernidad se relaciona con aquello que ya no funciona en la modernidad dando paso a la era del vacío (Lipovestky). En otro sentido el postmodernismo "designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de los juegos de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del fin del siglo XIX" (Lyotard, 1984: 7). Hay que tomar en cuenta que la pretensión del postmodernismo no es el relanzamiento del espíritu utópico (Subirats) sino la interrogación de la modernidad para aprender de sus errores, no se trata de repetir el pasado, sino superarlo (Lyotard). "La revolución de la razón no puede hacerse más que en ella... no se puede llamar contra ella más que a ella, no se puede protestar contra ella que desde ella, ella no nos deja, sobre su propio campo, más que el recurso a la estratagema y a la estrategia... , "deconstruir" la filosofía sería así pensar la genealogía estructurada de sus conceptos de la manera más fiel, más interior, pero al mismo tiempo, desde un cierto exterior incalificable por ella, innombrable, determinar lo que esta historia ha podido disimular o prohibir, haciéndose historia por esta represión interesada en alguna parte" (Derrida, 1972: 392). Estamos en la era de los mass medio, en la sociedad de la imagen, sin padre, desprejuiciada y fragmentizada. Así tenemos que "la postmodernidad es un movimiento de desconstrucción y desenmascaramiento de la razón ilustrada como respuesta al proyecto modernista y su consiguiente fracaso, y que esa desconstrucción expresa: a) un rechazo ontológico de la filosofía occidental, b) una obsesión epistemológica con los fragmentos y fracturas, y c) un compromiso ideológico con las minorías en políticas, sexo y lenguaje" (Picó cit. por Urdanibia, 1994: 65).

Así, la construcción -deconstrucción- a partir de la crítica es el hilo conductor de todo el pensamiento postmoderno. Esto sin entrar a desentrañar las esencias de dicho pensamiento. Por ahora nos conformaremos con conocer su punto de partida, de origen, germen o nacimiento sin dejar de reconocer el carácter rizomático del fenómeno

EL PROYECTO post- moderno.

¿Qué busca el pensamiento postmoderno?, ¿cuáles son sus pretensiones?. Dos características esenciales definen claramente lo que es el "proyecto" postmoderno. En primer lugar, la heterogeneidad empírica del fenómeno. En segundo lugar, el hecho de que la postmodernidad no se defina por sí misma, sino en relación a la modernidad (De Viana, 1995).

La proclamación del "fin de la historia" (Fukuyama) da paso al pensamiento postmoderno. La muerte de la historia trae consigo la pérdida de la esperanza, de la ética, de la episteme moderna positivista y la imposibilidad de creer en alguna trascendencia. En fin "el fracaso del proyecto civilizatorio e histórico moderno en su promesa de asegurar la felicidad: ese proyecto histórico está en ruinas" (Ibíd, 1995: 61).

El mundo postmoderno está inmerso en filosofías como el hedonismo, individualismo, utilitarismo y pragmatismo. No hay lugar para las certezas, para la utopía, sino para el pastiche, para el todo vale, para el collage. Con el postmodernismo se inaugura el hontanar de un pensamiento vacío. Se rechaza categóricamente "una razón" como fundamento esencial del quehacer del individuo. Sin embargo; para algunos postmodernos se fundan muchas "racionalidades", recuperando para sí lo experiencial aleatorio, la subjetividad, y el sentimiento.

La sociedad postmoderna en esencia es pluralista, cada uno de los elementos o significaciones que la conforman dan sentido y estructuran la vida de los individuos. "Vivimos sumergidos en un pluralismo heteromorfo y las reglas no pueden por menos que ser heterogéneas" (Lyotard, 1984: 116). Esta sociedad fragmentada rompe con el universo simbólico moderno, dejando libre a todos los elementos que conforman la vida de los hombres y confiriéndole autonomía a cada uno de ellos para interpretar y normatizar la vida cotidiana.

En síntesis, el proyecto postmoderno de lo vacío está configurado por los siguientes elementos: visión fragmentada de la realidad, antropocentrismo relativizador, atomismo social, hedonismo, renuncia al compromiso a todos los niveles (familiar, religioso, político, ideológico), conformación de un universo pluralista que de sentido a lo cotidiano, eclecticismo. Esto como resultado de la derrota de la modernidad (racionalismo iluminista, científico positivista).

LA PROMESA QUE NO MUERE, EL HOMBRE.

La modernidad a través de la "ciencia" y la "técnica" pretendió exaltar al hombre -la promesa que no muere-. Le ofreció total dominio sobre el poder de la naturaleza -ontocracia natural- y de alguna manera lo liberó de esa onerosa tiranía. Sin embargo, el hombre al liberarse de ella cae y crea -por desgracia- nuevas dependencias (tecnocracias, burocracias) que van en detrimento de él mismo.

El ideal de hombre que en un principio proclamó la modernidad murió sin ser concebido. Se quería fundar la edad del sujeto; pero terminamos instaurando el reino del objeto -materialismo, utilitarismo, pragmatismo-. La cuestión del sujeto, su interés, su significancia y alcance, de alguna manera se pierden en la modernidad. Frente a un mundo tecnificado y científicado el asunto por el hombre pierde importancia.

El afán de la modernidad por la objetivización del mundo acabó por hundir la utopía del hombre, el ideal de democracia terminó por reducirlo a un simple voto, cosificándolo hasta reducirlo a lo que es -promesa-.

Con la muerte de los grandes relatos -modernidad- proclamada por los desconstructores -postmodernos-, se declara aunque se piense otra cosa la muerte del hombre. Se quiere liberar de los errores de la modernidad para ofrecerle un espectro más confuso, relativo y fragmentado. Liberarlo de las promesas no cumplidas de la ilustración y de aquellas que lo petrificaron, para conducirlo hacia lo experiencial aleatorio, lo heterogéneo vivencial.

El ideal de sujeto "autónomo" presente en la modernidad fue eliminado por la lógica racional de la modernidad, encerrándonos en una jaula de hierro (Weber). El desarrollo marca su retroceso, su olvido y en consecuencia funda el mundo de los objetos (Baudrillard). El pensamiento postmoderno ofrece al hombre de hoy la posibilidad de disfrutar el presente, de ganar la salvación a partir de los objetos, de romper el control colectivo del hombre sobre el medio e instaurar el autocontrol individual, estamos a las puertas de una "segunda revolución individualista" a decir de Lipovetsky. "Las actitudes posmodernas encierran, muchas veces, una huida de las cuestiones últimas -punto de encuentro con la modernidad-, que son insoslayables para la condición humana. El hombre tiene necesariamente que enfrentarse a ellas -el ideal de hombre que encontramos en la modernidad y ahora en la post-, si quiere vivir humanamente. El hombre actual está necesitado de reconquistar una estructura última cognitiva y normativa, que otorgue orientación y sentido a su vida" (Fernández, 1994: 93).

Al principio señalábamos que la modernidad como promesa y proyecto -quizás esté muerta, cosa que para los postmodernos es un hecho consumado- está dando sus últimos pasos. El embate hecho por la postmodernidad la debilita cada día más. Pero en el fondo de ambas subyace un elemento común -el poder dominante-. Los relatos, la forma de interpretar el mundo están en desuso en el discurso postmoderno. Los postmodernos a partir de la deconstrucción (Derrida), pretenden fundar un nuevo pensamiento que entierre a la ilustración. Pero, ¿por qué permanece ese elemento -poder dominante- en ambas posturas?. ¿Acaso los errores y fracasos de la modernidad dan paso a la postmodernidad?. ¿O simplemente estamos hablando de la postmodernidad como resultado inmanente e inseparable de aquella?. El ideal de hombre, la gran promesa en ambas posturas se pierde. Si en una sé objetiviza, en otra se relativiza.

El poder dominante como elemento constante posee un papel muy importante en estos "embates". Estamos en presencia de muchas defunciones, de muertes proclamadas: el Estado moderno nacional, la participación real de los ciudadanos como actores políticos, la ética como base del deber ser, la episteme como la búsqueda por lo no conocido. Todo esto para dar paso a un hombre solidario pero por lo que tiene, no por lo que realmente es (Fromm), fragmentizado e invadido por el mundo de los mass media. Para dar paso a los resultados cosificadores de la modernidad. Este proceso de hacer que ese espacio quede -desconstrucción- libre puede ser lo que conocemos como la postmodernidad vacía y sin contenido.

El mismo hecho de no poder definir la postmodernidad sin tomar en consideración la modernidad, nos dice que el poder dominante es la fuerza que impulsa a ambas. Esto se demuestra a partir de la concepción de hombre -haciendo la salvedad- que está contenida en las dos posturas. La modernidad quiso darle felicidad, esperanza y alegría una vez alcanzado el desarrollo con su inseparable amigo, el progreso. La postmodernidad sólo quiere romper con una visión única -una razón- de ver las cosas y concebirlas, para mostrarle al hombre las múltiples formas de ver los resultados -productos- de la ciencia y la técnica, -fortaleza del pensamiento moderno-.

En este sentido la postmodernidad a pesar de sus férreas críticas a la modernidad no afecta el orden establecido, por el contrario, parece complementarlo ideológica y económicamente. El hedonismo, el todo vale, el collage, son afines con la lógica consumista-materialista que impuso el poder dominante en la modernidad, esencialmente no hay alteración alguna.

La sociología de lo cotidiano que intentan fundar los postmodernos descansa en la moda, el culto al cuerpo, la prevalencia de la imagen. Se trata de una renuncia a lo trascendente y a lo racional, dando paso a lo que, Fourier llama el hiperracionalismo. Cuando ya no hay lugar para las esperanzas, ni posibilidad de que la razón sea el instrumento ideal para buscar el "conocimiento" en el mundo, entonces aparece la gnosis (De Viana, 1991: 70). Es tiempo de la multiplicidad de los saberes (teosóficos, antroposóficos, esotéricos y ocultistas). El hombre de hoy -postmoderno- debe vivir en ese mundo que él mismo ha construido, ha buscado y ofrece. Solo queda convertir los espacios estriados en espacios lisos, abrir otras brechas que posibiliten la resistencia. Hay derrumbar también ese postmodernismo neocoservador, vacío y sin contenido, para dar paso a lo que caracterizamos como postmodernismo liso, nómada (Deleuzze y Guattari) escapado de los cánones de toda "racionalidad científica". Un pensamiento que procure dar cuenta de la vida cotidiana del individuo que propugna el surgimiento de una nueva subjetividad, el rescate de la "socialidad" que devela la existencia de una realidad que no fue tomada en cuenta por la racionalidad moderna ni por los postmodernos neoconservadores (Gómez y Alarcón, 1999). Aprehendiendo al mundo hermenéuticamente para transformarlo en verdaderos espacios sociales, políticos y éticos (Savater, 1991)

BIBLIOGRAFÍA

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*Irey Gómez Sánchez. Es profesora e investigadora del Departamento de Trabajo Social de la Universidad de Oriente. Venezuela. Magister en Planificación del Desarrollo Regional, actualmente realiza estudios doctorales en Ciencias Sociales en la Universidad Central de Venezuela.

**Luís Alarcón Es tesista en las especialidades de Sociología y Educación en la Universidad de Oriente y Simón Rodríguez respectivamente, Cumaná-Venezuela. Estudios de Filosofía y Teología en los Seminarios San Buenaventura de Mérida y San José de Cumaná-Venezuela
 


 

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