Tanto sus imágenes como su
argumento son muy poco usuales. Un caballero regresa de las cruzadas y se
encuentra con
personajes varios: una chica acusada de brujería, una
familia de juglares y titiriteros, procesiones de flagelantes, su propio
escudero cínico (que recuerda a Sancho Panza pero sin su ingenuidad)... Y
todos ellos inmersos en lugares recorridos por la peste. También se
encuentra con la muerte a quien reta a una partida de ajedrez, no por
miedo sino para poder interrogarla sobre temas vitales como Dios o el
sentido de la vida.
Sobre ella Bergman escribió: “La
idea de El séptimo sello me vino contemplando los motivos de las pinturas
medievales: juglares, peste, flagelantes, la muerte que juega al ajedrez,
las hogueras para quemar brujas y las cruzadas. No pretende ser una imagen
realista de Suecia en la edad media. Es un intento de poesía moderna, que
traduce las experiencias vitales de un hombre moderno en una forma que
trata libremente los hechos medievales... Es una alegoría con un tema muy
sencillo: el hombre, su eterna búsqueda de Dios y la muerte como única
seguridad...
Mientras mi padre predicaba
desde el púlpito y los fieles rezaban, yo concentraba toda mi atención en
el misterioso mundo de la iglesia:las bóvedas, los gruesos muros, el aroma
de la eternidad, la luz solar vibrante y de vivos colores sobre la extraña
vegetación de las pinturas medievales y de las esculturas sobre techos y
paredes. Había todo lo que la fantasía podía desear: ángeles, santos,
dragones, profetas, demonios, niños. Había animales aterradores como la
serpiente del paraíso, la burra de Balaam, la ballena de Jonás, el águila
del Apocalipsis. Todo rodeado de un paisaje celestial, terreno y
submarino, hundido en una extraña belleza que, sin embargo, era bien
conocida. En un bosque estaba la muerte sentada y jugaba al ajedrez con el
caballero. Un personaje desnudo con los ojos muy abiertos se agarraba a
las ramas de un árbol, mientras que abajo la muerte serraba el tronco con
dedicación. En el horizonte de las colinas suavemente curvadas la muerte
conducía la última danza hacia el valle de las tinieblas... Los pintores
del medioevo reprodujeron todo eso con gran sensibilidad y con gran
comprensión artística y con una gran alegría. Todo ello me impresionaba de
un modo muy directo y efectivo y este mundo se me hizo tan normal como mi
ambiente cotidiano... Por el contrario me defendía contra el drama
siniestro que sospechaba cuando contemplaba la imagen de la crucifixión.
Me dominaba la horrible crueldad y el sufrimiento sin medida. Sólo mucho
más tarde la fe y la duda se convirtieron en mis fieles compañeros de
camino”.
Esta película, de impactante fuerza
visual con un espeso blanco y negro, fue manipulada en el doblaje por el
franquismo. Comienza con unos acordes del Dies Irae y una enigmática frase
del Apocalipsis: “Cuando abrió el séptimo sello, se hizo un silencio en el
cielo como de media hora”. Y en sus sobrecogimientos repentinos recuerda a
veces al cine de Dreyer.
El “aleph” –según cuenta
Borges en el relato del mismo título- es una zona del espacio que contiene
el universo. Pues bien, El séptimo sello está llena de “aleph”. De
imágenes y silencios que contienen el mundo entero. Una mirada sostenida
hasta la aberración. Hasta hacerse casi insoportable. Una mirada infinita.
Una de esas películas que
podrían verse sin sonido y seguiría hipnotizando igual, o casi igual. La
película del relieve reptante: inocencia y muerte. Y una inolvidable
partida de ajedrez en la playa, entre la muerte más inquietante y sobria
que yo he visto en el cine y el caballero de camino al hogar. Pero que,
como un Ulises iniciático, sigue buscando la luz del viaje, la luz de
Itaca. Ese viaje en el cual no importa llegar a la meta sino el recorrido
mismo.
Aquí va parte de uno de los diálogos
del protagonista con la muerte:
Caballero: "¿Porqué, al menos, no me es
posible matar a Dios en mi interior?. ¿Porqué prefiere vivir en mí de una
forma tan dolorosa y humillante, puesto que yo le maldigo y desearía
expulsarlo de mi corazón?. ¿Sabes?. Estoy a punto de llegar a una
conclusión... Creo que Dios es una especie de realidad engañosa, de la
cual los hombres como yo no podemos desprendernos... Por eso yo quiero
saber. No deseo creer. Ni suponer, sino saber... Deseo que Dios me tienda
la mano, ver su rostro y que me hable”.
Muerte: “Pero se calla”.
Caballero: “Así
es... Le grito en medio de la noche, pero es como si no hubiera nadie en
ningún sitio”.
Muerte: “Puede que no haya
nadie”.
Caballero: “Sí,
ya lo he pensado. Pero, en ese caso, la vida sería un horror absurdo.
Nadie es capaz de vivir con la muerte ante sus ojos y creyendo que todo ha
de desembocar en la nada más absoluta”.
Muerte: “La mayor parte de los
hombres no piensan ni en la muerte ni en nada”.
Y el dato, curioso y esperanzador, de
que los únicos personajes que se salvan son los que viven lúdica, sencilla
y creativamente. Aunque finalmente sigue quedando la pregunta en el
viento: la tuya y las demás. También serían preguntas de Itaca, lo
importante es formulárselas, no las posibles respuestas.