Tren de
sombras - Introducción
Estos últimos meses, como consecuencia de
una serie de factores casuales, me he visto envuelto de una u otra forma
en el cine de unos de los directores que más aprecio y sobre el que hacía
tiempo que no reflexionaba. Todo se originó hace más o menos un año con un
post en un foro de cine en el que varios participantes fuimos desgranando
una serie de ideas sobre su obra, siguió con la visión de una obra que no
conocía que me fue enviada por parte de un buen amigo, prosiguió con la
relación epistolar que tuve con otro amigo reciente conocedor de varias de
sus películas y concluyó con la reciente edición en España de un puñado de
sus más interesantes filmes y con el anuncio de una nueva tanda de
ediciones que, junto a las ya editadas, recogerían una buena parte de su
extensa obra.En vista de ello he considerado oportuno el refundir algunas
de las ideas vertidas en las conversaciones citadas, de forma que
ampliándolas con unas cuantas nuevas, conforme una pequeña introducción al
cine de ese gran director y exponerlo aquí como una pequeña guía para los
que aún no hayan tenido la oportunidad de disfrutar de su cine.
Como todo cineasta de su
complejidad, la cantidad de ángulos desde los que puede contemplarse su
obra es enorme, y por lo tanto, mis reflexiones son solo parciales
alcanzando únicamente una pequeña parte de las posibles consideraciones
que pueden hacerse sobre su enorme obra.
Soy consciente de que es
prácticamente imposible el decir cosas nuevas sobre la obra Bergman, dada
la gran cantidad de estudios y artículos dedicados a ella, y de que mi
juicio ha de estar, lógicamente, mediatizado por la lejanía de la visión
de la mayoría de sus filmes y por la gran cantidad de información recibida
de otras fuentes a lo largo de su trayectoria como director, por lo tanto
renuncio por el momento a ello, sin embargo voy a tratar de trazar unos
apuntes para intentar orientar a quienes no han tenido ocasión de poder
contemplar sus películas, con la intención de ir revisando de nuevo su
cine y ampliando estos apuntes apresurados.
Trataré de dar una visión
resumida de las películas que conozco de este director añadiendo algunas
consideraciones especiales sobre sus temas preferidos, centrándome en su
gran obra, Persona, que marca un cambio
de dirección en su obra tanto en los temas como, principalmente, en el
estilo y en la última película que he podido ver de él,
En presencia de un clown
primera época como
realizador es, como suele ser normal, una época de aprendizaje y
desarrollo de temas, de la que apenas conozco más allá de unas pocas
películas, que ví hace mucho tiempo, por lo que trataré de pasar de
puntillas sobre ella para evitar errores debidos al desconocimiento.
Ese primer período está
integrado por obras en las que ya se apuntan muchos de los temas tratados
posteriormente por el director, como pueden ser la relación de las
parejas, la difícil comunicación personal de unos personajes atenazados
por la sociedad y por sus propios demonios interiores, la muerte o el
dolor.
Pero el tratamiento de estos
temas se realiza de una manera más naturalista utilizando con frecuencia
el recurso del melodrama. Sus personajes se desenvuelven en ambientes
grises y opresivos y la grisura de sus ambientes se corresponde con los
problemas personales de los protagonistas, que, sin embargo, suelen acabar
saliendo de su oscuridad personal, siendo las mujeres los personajes con
más vitalidad en contraposición con la debilidad masculina.
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Juegos de verano (1950) |
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Prisión (1948) |
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Noche eterna (1947) |
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Esta fase de asentamiento,
de la cual únicamente conozco Llueve sobre
nuestro amor (1946), Noche eterna
(1947), Prisión (1948),
Juegos de verano (1950) y
La espera de las mujeres (1952), termina
inmediatamente antes de una de sus películas consideradas actualmente como
básicas en el conocimiento de Bergman, Un
verano con Mónica (1952), y en ella temas como la fugacidad de la
felicidad o los retratos del mundo femenino, tan queridos por el director,
son ya claramente definidos en él como antecedentes de su cine posterior;
así ocurre con Juegos de verano, en relación con
Un verano con Mónica –el verano como
breve estación de la felicidad– o La espera de
las mujeres y En el umbral de la vida,
sobre el mundo femenino y con similar estructura cinematográfica.
Sin embargo, el hecho de ser
avances de su cine posterior no es óbice para que sus filmes tengan
entidad propia. El problema reside en su comparación con una filmografía
tan extensa y brillante como la de este director
Los retratos femeninos de
La espera de las mujeres, están
nítidamente definidos y en ellos se muestra el enorme interés de Bergman
por este mundo que, a lo largo de sus películas clave desarrollaría con
más detalle
Consolidando temas
y asentando estilos
Considero que esta etapa, que ya apuntaba a partir de Juegos de verano,
comienza a dar verdaderos frutos en la ya citada
Un verano con Mónica (1952) y termina
con la película con la que se da a conocer internacionalmente,
Sonrisas de una noche de verano (1955),
inmediatamente anterior a sus obras más célebres.
En ella se maduran los temas
tratados en los años anteriores y se establece el estilo más barroco y
personal que contribuiría a su fulgurante éxito posterior, bien entendido
como éxito de crítica ya que el éxito de público, a pesar de sus
declaraciones sobre que el primer mandamiento de un director de cine
consiste en “Al espectador en cada instante divertirás”, no le acompañó
demasiado, lamentablemente, salvo en círculos restringidos o en películas
concretas.
El melodrama, estilo importante en su primera época, pasa a segundo plano,
aunque no desaparece, como no desaparece a lo largo de toda su obra, pero
se mezcla de forma más decidida con la comedia, en películas como
Una lección de amor (1954) o, en forma
de farsa, en la magnífica Sonrisas de una noche
de verano (1955), un género al que solo en muy pocas ocasiones
posteriores recurriría de nuevo

Un
verano con Mónica (1952)
Sin embargo, de esta época
es una de sus obras más desesperadas y negras,
Noche de circo (1953) una película llena de connotaciones de una de
las influencias mayores de este cineasta, el teatro de Strindberg,
desarrollada a lo largo de un solo día en un circo, pero un circo de
personajes completamente distintos a los titiriteros que pueblan las
películas de Fellini, más festivos y esperanzados, sino llenos de dudas y
de temor, con difíciles relaciones personales sin futuro, a pesar de sus
intentos de huida con pretensión de salir adelante, y donde el drama de
aparece reforzado por unos encuadres barrocos y una fotografía
deliberadamente opresiva y llena de connotaciones expresionistas, que
aparecerían con frecuencia en su cine inmediatamente posterior, y que ya
se habían apuntado en su cine anterior, con esos espacios vacíos, donde
evolucionaban los personajes y la utilización de los claroscuros.
Esta última película aparece
justo después de Un verano con Mónica,
donde se apuntaba ya con claridad la dificultad de unas relaciones
personales fluidas y duraderas, y a una intensa y vitalista relación ente
los dos protagonistas aislados en la isla, protegidos, por ello, de su
difícil realidad sociológica, seguía una desesperanza y una ruptura en el
momento en que se volvían a enfrentar a sí mismos en su propio entorno. La
felicidad, una vez más, era pasajera y la propia realidad de los
protagonistas les ponía en su sitio una vez finalizado el verano. Todo el
esplendor de la naturaleza y de los cuerpos desnudos e inocentes que
bullían en ese breve período de tiempo eran una esperanza fugaz de escape
que finalizaba con la vuelta a su verdadera realidad y con la asunción de
las consecuencias de esa breve felicidad. Solo quedaba la nostalgia ante
el espejo y la asunción o falta de asunción de las responsabilidades
derivadas del efímero encuentro.
El fracaso económico que
supuso un film tan poco complaciente como Noche
de circo tuvo como consecuencia un cambio de registro en la
trayectoria de sus películas realizando su primera comedia. Se trata de
Una lección de amor (1954), que vuelve a
hurgar en uno de sus temas recurrentes, la relación de pareja, sin embargo
su solución aquí es de un happy end, atípico en su cine, eso sí,
caricaturizado con la aparición de un niño disfrazado de cupido como
colofón; ahora bien, dada su peculiar concepción del mundo, no podía
permitirse una comedia ligera sin más, sino que la va impregnando de
reflexiones y tomas de posturas parciales sobre distintos aspectos de la
relación, lo que la convierte en una película desequilibrada por la
dificultad de compaginar la comedia ligera de tipo “lubitschiano” con su
sensibilidad “strindbergiana”, radicalmente distinta.
Sin embargo esta experiencia
con la comedia le permite seguir trabajando sobre su habitual temática con
menos ataduras, y en Sueños (1955)
retornan los motivos habituales, como la fugacidad de la plenitud de las
relaciones y su posterior decadencia, encuadradas en una ideología
existencialista que debe mucho a Strindberg y a Sartre (a su Huis-clos,
el infierno que reside en los propias personas) y con una realización de
tintes expresionistas que utiliza a los actores de forma magistral,
utilizando sus rostros como un pintor su paleta, para expresar en ellos
sus inquietudes. Estas últimas características son comunes a una gran
cantidad de filmes del autor y en esta película surgen de una forma
equilibrada, quizás sin el genio de otras obras posteriores, pero con un
indudable interés.

Sonrisas de una noche de verano
(1955)
Cuando pienso en
Sonrisas de una noche de verano (1955)
no puedo dejar de tener presente otra obra que me la recuerda, se trata de
La Señorita Julia (Fröken Julie,
1950) de August Strindberg trasvasada al cine por Alf Sjöberg, y no por su
“tono”, más bien festivo en la de Bergman y dramático en la de Sjöber,
sino por el común contraste que existe entre esa larga y apacible noche de
verano –noche de San Juan en La Señorita Julia–,
iluminada por un sol sin fin, y las violentas pasiones que en su
transcurso sobrevienen entre los personajes, por esa tensión soterrada
entre un ambiente lírico y un erotismo latente.
Bien que en
Sonrisas de una noche de verano, a
diferencia de en La Señorita Julia donde
se plantea un marco de enfrentamiento social y la tensión erótica se
yuxtapone a los conflictos de clase, todo esté al servicio de una hermosa
y bien orquestada farsa en donde un orden establecido entre un grupo de
mujeres y hombres que pasan la noche en una mansión campestre, es
recompuesto y vuelto a recomponer en función de los intereses más o menos
lúdicos de sus personajes. Una vez más la expresión de la sensualidad se
da en lugares abiertos, en verano, y una vez más la fugacidad de esas
relaciones deriva en una decadencia, tanto para quienes se toman en serio
las relaciones como para los que, con el escepticismo que da la costumbre,
acaban considerándola como una experiencia más.
La estructura de la película
es deliberadamente teatral, pero no en el sentido de fotografiar una
representación sino utilizando los espacios de que dispone para recrear un
mascarada, donde los actores, sus actores de teatro tan magníficos como
siempre, muestran ante el público sus dobleces en una divertida sátira,
donde a diferencia de Una lección de amor, donde la tensión entre la
comedia y la sensibilidad pesimista del realizador chocan con frecuencia,
aquí se complementan a la perfección, quizás por la sustitución el tono de
comedia por el tono de farsa, más de acuerdo con el escepticismo del
director sobre la vida. El ridículo de las situaciones en que caen algunos
de sus personajes cuando tratan de tomarse en serio –ruleta rusa, suicidio
frustrado–, es un trasunto de la idea escéptica que Bergman tiene sobre la
importancia de sus personajes y de sus efímeros deseos.
En mi opinión, una de las
grandes películas de su director, como un mecanismo de relojería
Un toque de religiosidad
Aunque ya
Sonrisas de una noche de verano es la película que le hace
internacionalmente conocido, no es sino a partir de
El séptimo sello (1957), cuando el
nombre del director aparece en todos los países como el de un autor de
gran categoría.
En efecto, las andanzas asombradas del
caballero Bork, con su escudero, especie de Don Quijote y Sancho Panza
medievales, por unos lugares donde el miedo, la enfermedad, el dolor, la
intolerancia y el fanatismo dominan las vidas de los hombres, tras su
vuelta de las cruzadas, constituyen un cambio para la mentalidad de los
espectadores no habituados a este tipo de cine.
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El séptimo sello (1957) |
Más aún cuando a los
aspectos más realistas de retrato de una época amarga y sucia, tanto
física como espiritualmente, se une un elemento fantástico de primer
orden, como es la aparición de la muerte como personaje, una muerte
siniestra en apariencia –aunque no más que las figuras de los monjes de la
época– pero humanizada, que admite prolongar el tiempo que le queda al
caballero a lo largo de una partida de ajedrez de resultado inevitable,
con el fin de que sea capaz de encontrar una explicación a sus preguntas y
comprender el significado de la vida y de la muerte.
El caballero aterrado y
confuso ante tanta miseria y dolor, se plantea preguntas sobre la
existencia de un Dios que admite que ocurra lo que está viendo, mientras
su escudero, más escéptico, con las reticencias que dan la falta de
planteamientos culturales más refinados y curtido en una experiencia que
ha vivido con los pies más en el suelo que su amo, se dedica a satisfacer
sus necesidades más elementales dudando de todo.
Sus encuentros con distintos
personajes y situaciones, flagelantes, brujas quemadas, personajes
sencillos, puros o bárbaros, artistas, ante los que se plantea la utilidad
del arte –soberbia la escena en que el escudero dialoga con el pintor–,
juglares –una vez más, los comediantes–, etc. marcan su trayecto en la
búsqueda de una respuesta a sus preguntas. Aunque la única respuesta real
es la propia muerte que arrastra a todos, ricos y pobres, inocentes y
culpables, en un final espléndido que no resuelve las dudas.
El revestimiento
preciosista, quizás en exceso, con que el director envuelve sus barrocas y
contrastadas imágenes y la clara alusión a las pinturas medievales que
aparecen a lo largo de la obra marcan un film de calidad incontestable,
donde la imagen de la muerte junto al mar, con su negro manto queda
marcada en la mente.
Esta preocupación por la
existencia de Dios creó en su momento la idea de un Bergman como director
de cine religioso, a pesar de que su preocupación por el tema ocupa
fundamentalmente solo una parte de su extensa obra, más centrada, en todo
caso en la actitud del hombre ante una muerte inevitable que condiciona
toda la vida. El hecho de que esta fue su primera producción que se
exhibió en España, continuada por su relativamente posterior
El manantial de la doncella (1960) y la
falta de criterio temporal en la exhibición del resto de su cine, creó
entre la crítica y en el público una opinión errónea sobre las conceptos
básicos de este director, que llevaron a decepciones posteriores por
encontrarse con lo no esperado.
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El manantial de la doncella (1960) |
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Sus encuentros con
distintos personajes y situaciones, flagelantes, brujas quemadas,
personajes sencillos, puros o bárbaros, artistas, ante los que se
plantea la utilidad del arte –soberbia la escena en que el escudero
dialoga con el pintor–, juglares –una vez más, los comediantes–, etc.
marcan su trayecto en la búsqueda de una respuesta a sus preguntas.
Aunque la única respuesta real es la propia muerte que arrastra a
todos, ricos y pobres, inocentes y culpables, en un final espléndido
que no resuelve las dudas
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En
El manantial de la doncella la propuesta
se realizaba en otros términos aunque se utilizaba de nuevo el medioevo
como marco para hacer evolucionar los personajes. Pero en ella aparecía
una mezcla del cristianismo con anteriores creencias escandinavas que se
dejaban ver en una serie de rituales que seguían los personajes. No en
vano es una transposición de una leyenda medieval, que lógicamente bebe de
fuentes anteriores a la introducción del cristianismo en esa zona
geográfica.
Dios, aquí, es algo
totalmente asumido, los protagonistas no se lo cuestionan, viven bajo su
presencia y su dominio, su comportamiento se acerca con frecuencia más a
la idolatría pagana que al concepto cristiano de la divinidad. Así la
“ejecución” de los bandidos por parte del padre es como un sacrificio
ritual. La actitud del protagonista es de dolor pero también de asunción,
para él lo que ha sucedido es algo permitido por Dios, forma parte de sus
oscuros designios, pero a pesar del sufrimiento que le provoca no se lo
cuestiona, se somete y le rinde pleitesía mediante su aceptación, lo que
es correspondido con un “milagro”.
¿Debemos entonces colegir
que Bergman ha aceptado la existencia de ese Dios que se cuestionaba años
antes? Pienso que más bien lo que se plantea es la necesidad de ese Dios
para aliviar la subsistencia, para apaciguar la angustia que en un mundo
tan violento y difícil supondría su no existencia, al eliminar la
esperanza.
La película es muy bella en
lo que respecta a sus imágenes y su realización es tan exuberante como
todos los filmes de ese período, sus planos, su iluminación tienden a
buscar el puro goce estético y la interpretación resulta, como siempre,
magnífica, teniendo en cuenta la impresionante figura que compone el
protagonista y la increíble expresividad de las mujeres. Sin embargo me da
la impresión de que, en mayor medida que en otras ocasiones, el director
se decanta más por el placer visual que por el establecimiento de unos
criterios más sólidos de comunicación con el espectador
Con los pies en la tierra
Pero, sin embargo, entre
ambas películas Bergman había realizado otras tres de distinto signo, y
una de ellas, a mi parecer, situada por encima de casi todo su cine. El
mismo año en que terminaba El séptimo sello,
realizaba también Fresas salvajes
(1957), en un momento creativo absolutamente memorable, y ambas películas,
a pesar de que las encuadro en capítulos distintos, tienen muchos puntos
en común, pues el tema fundamental de ambas es la muerte y la forma de
comportamiento del hombre ante ella, aunque la pregunta que aparece en
El séptimo sello sobre la existencia de
Dios, en Fresas salvajes no es crítica,
pues aquí lo básico es la propia existencia humana, no la trascendencia,
no la divina.
El trayecto que el profesor
Isak Borg recorre en esa jornada en que va a recibir su distinción a su
trayectoria profesional, es un prodigio de concisión. Este viaje hacia el
premio se desarrolla por medio de un viaje tanto físico como moral en el
que cada encuentro, cada relación, le llevan a replantearse un parte de su
vida, de sus temores, de sus sueños.
El adusto profesor se enfrenta con su vida pasada en función de la
premonición de una muerte cercana que, en la noche anterior a la entrega
del premio, ha soñado. Todo su viaje es una confrontación consigo mismo
buscando las razones últimas de su actual personalidad, dicho de otra
forma, trata de despojarse de la máscara creada a lo largo de su vida para
reencontrar su yo más verdadero.
A medida que va avanzando se va encontrando con distintos personajes que
le sacuden sus sensaciones y recuerdos y que, poco a poco, van modificando
su percepción de las cosas y consecuentemente su forma de entender la
vida. En la película aparece continuamente un pasado contemplado desde el
presente, con una cierta nostalgia pero también con una visión analítica y
dura. Sabemos que lo pasado es inamovible y que todos los esfuerzos del
profesor para tratar de recuperar esos fugaces momentos son inútiles, no
es posible actuar desde el futuro.
Al final, y ante la consciencia de la muerte, nada es tan importante, todo
va a desaparecer, lo que relativiza de forma sustancial las actitudes que
a lo largo de la vida han ido creando esa máscara. Borj lo ha comprendido
y su talante vital cambia, la pérdida de la relación humana a cambio de la
consecución de un estatus no tiene sentido.
Bergman utiliza
continuamente en esta película y en todo su cine elementos fantásticos
terroríficos, aunque mejor sería decir oníricos, pues para él, y para
muchos, los sueños constituyen una parte esencial del ser humano como
manifestación de sus temores y angustias.
Los sueños de
Fresas salvajes son parte fundamental de
la película y aparecen como verdaderas pesadillas, muy lejos de los sueños
"de diseño" utilizados por Hitchcock en Recuerda. El psicologismo de
Bergman no tiene nada que ver con el de Hitchcock en la mayoría de su
cine, pues mientras este último lo utiliza de fondo como un recurso de
resolución de los problemas planteados en sus tramas, Bergman lo saca a
primer plano profundizando en la psicología de los sueños para buscar las
angustias primigenias de los seres humanos, que constituyen el motor
principal de sus películas. No es un juego, es la propia vida y su
proyección hacia una muerte aniquiladora, sin nada más allá, o, al menos,
con unas profundas dudas sobre ello.
La realización es de primer
orden utilizando con frecuencia el nexo del pasado con el presente en el
mismo plano –recurso del que su confeso admirador Woody Allen se ha
servido en varias ocasiones– y el aislamiento del personaje de su entorno
mediante el oscurecimiento del mismo, para mostrar la soledad y falta de
comunicación del propio individuo. El onirismo presente en todo el film
permite a Bergman recrear ese expresionismo barroco tan utilizado por él
en esta época. Es una película emocionada y a veces terrorífica, algunas
de sus imágenes me causaron un estremecimiento físico.
Las otras dos películas de
este período son En el umbral de la vida
(1958) y El rostro (1958). Dos obras muy
interesantes y con planteamientos distintos.
De la primera diré que se
trata de un muy interesante estudio sobre el mundo femenino tan querido
por Bergman, y que es una especie de prolongación de su anterior La espera
de las mujeres. En ella tres mujeres a punto de dar a luz, en la
habitación de un hospital, hablan de sus respectivas historias personales
y se comunican afectivamente entre ellas. La diferente forma en que cada
una de ellas encara su embarazo y futura maternidad da pie para una
completa exposición sobre la mujer y su capacidad de creación de vida.
A diferencia de las obras
anteriores en las que el punto de fuga se encuentra en la muerte, aquí la
película habla del otro extremo, de la creación de la vida y para ello
utiliza a unas grandes actrices capaces de desarrollar en un escenario tan
limitado todas sus esperanzas y frustraciones, encuadrándolas en sus
diferentes vivencias. En cierta forma avanza un esbozo parcial e
incompleto de algunas ideas que posteriormente introduciría en
Persona, por la interrelación existente
entre las mujeres, pero no debe ser considerada solo como eso, pues es un
gran film en sí mismo, que avanza en el conocimiento femenino.
El rostro plantea otro tipo de problemas, aquí, tras una trama
aparentemente basada en el enfrentamiento entre la ciencia y el espíritu,
entre lo material y lo inmaterial, en plena efervescencia messmeriana y
con las habituales referencias a la muerte, se descubre cómo lo que el
espectador considera una experiencia extrasensorial muy intensa que le
deja sin defensas, se convierte en una farsa –toda la película lo es de
alguna forma– en la que se muestra la capacidad de la representación para
modificar y condicionar el comportamiento de las personas, sacando a
relucir sus más íntimos deseos.
Bergman, sin embargo, no
descubre al espectador la realidad hasta su última tramo, involucrándole
en la farsa y manipulándole, de forma que su reflexión sea más personal ya
que no cuenta con la ayuda que supone el ser cómplice de la farsa, pues él
mismo es objeto del engaño en el mismo plano que los personajes de la
película. De esta forma hasta que, una vez ha terminado el film, pueda
tomar conciencia de lo que ha visto no será capaz de analizar dicha
realidad. Realidad que como el propio director se ha encargado de
transmitir, no es sino representación tramposa que, de alguna forma,
muestra el éxito del falsario, de él mismo como maestro de ceremonias de
la farsa que es el propio cine.
Aunque se encuentra
encuadrada en la época de cine, llamémoslo "religioso", inmediatamente
anterior a El manantial de la doncella
este tema no es el fundamental de la película, aunque, en una conversación
mantenida hace ya un tiempo con otro admirador del film, éste me decía que
su componente religioso es importante, ya que muestra con claridad el
manejo que toda religión implica en sus seguidores
Pienso que toda la película
es como una gran broma en la que se habla sobre múltiples temas,
fundamentalmente sobre la dicotomía ciencia/espíritu –lo racional versus
lo inexplicable–, pero en la que trata de mostrar, en definitiva, la
capacidad de influencia de la simulación y la representación sobre la
consciencia de las personas que asisten a ella; la parte final con el
"desenmascaramiento" de los "actores" y su cambio de actitud pidiendo
ayuda a quien han engañado muestra las miserias de la profesión tras el
glorioso artificio, y este engaño se traslada al espectador de la película
que no ha sido conocedor de la representación dentro de la representación
a la que ha asistido de forma muy intensa.
Es una obra deliberadamente
oscura y que casi se podría encuadrar dentro del género de terror pero que
resulta apasionante por la cantidad de percepciones que deja abiertas. Por
otro lado el terror forma parte indiscutible de una gran parte del cine de
este director, pues nada hay más terrorífico que el enfrentamiento con uno
mismo y los fantasmas personales
Trilogía y punto de
inflexión
Tras el éxito popular
–relativo pero indudable– proporcionado tanto por
El séptimo sello como
El manantial de la doncella y casi sin
solución de continuidad, salvo el caso de la atípica comedia
El ojo del diablo (1960) una extraña
comedia en la que el diablo trataba de conseguir la renuncia a la castidad
de una mujer mediante sus “enviados” y cuya única y lejana visión me
impide emitir juicios razonables, Bergman demuestra tener la idea de lo
que quiere hacer en el cine muy clara y se dispone a realizar tres de sus
películas más complejas y áridas.
Como en un espejo (1961), El silencio
(1963) y Los comulgantes (1963) componen
un grupo coherente de obras con las que compone un difícil mosaico de sus
obsesiones más esenciales sobre la dificultad de entender la existencia.
En los tres filmes sus
personajes viven aislados, o bien en una isla (Como
en un espejo) o en un país del que no conocen el idioma y en medio
de una guerra (El silencio) o en un
pequeño pueblo con muy pocos habitantes (Los
comulgantes) y en ese aislamiento se replantean todas sus dudas y
viven sus duras experiencias.
Aquí aparecen la necesidad
del contacto humano y de ternura, la incapacidad para adentrarse en los
problemas ajenos y darles solución, el dolor, la angustia existencial, la
falta de fe, la ausencia de un Dios que de respuesta a nuestros
problemas...
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Como en un espejo
(1961) |
En
Como en un espejo la incapacidad y
distanciamiento del padre para dar a su hija ese calor que necesita y la
actitud sorprendida y confusa del marido, que no es capaz de hacerla
reaccionar, conducen a un empeoramiento de la enfermedad mental de la
protagonista que busca en un Dios, al que ve como una araña, la única
salida a su sufrimiento. La respuesta más humana proviene de su hermano
con quien llega a mantener una relación amorosa más allá de la fraternal
pero sin que él logre traspasar la superficie de los sentimientos de su
hermana, quien al final resulta como un objeto a quien todos observan pero
a quien nadie es capaz de ayudar.
Dios es para ella un ente
extraño, casi monstruoso, siendo por un lado la única respuesta a su
angustia y por otro lado algo aterrador. Es una necesidad, como lo era
para los protagonistas de la película anterior,
El manantial de la doncella, pero no acaba de resolver los
problemas. Bergman se plantea la necesidad del amor y la dificultad de
entendimiento. Los personajes se encuentran atónitos ante lo que les
ocurre y no saben o pueden reaccionar.
Es una película dolorosa y
emotiva, a veces difícil de soportar en su desgarro. Toda ella se
desarrolla en un período de tiempo muy corto y en un único lugar, la isla,
de donde no hay escape para evadirse de los problemas y el enfrentamiento
es inevitables.
Los comulgantes da un paso más en la búsqueda inútil de Dios por
parte del hombre. Si en Como en un espejo
Dios era un difícil remedio a los problemas humanos, aquí su ausencia es
total. El sacerdote luterano protagonista ya no cree en él, tras la muerte
de su esposa ha entrado en una crisis de fe, pero desde su posición dentro
de la pequeña comunidad continúa trabajando como si nada ocurriera. Sin
embargo los escasos feligreses acosados por sus dudas y sentimientos
acuden a él en busca de alivio, cosa que es incapaz de dar.
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Los comulgantes (1963) |
Una vez más la soledad y el
aislamiento personal de los personajes son imposibles de romper, tanto el
amor solicitado por una de sus feligresas enamorada como la angustia de
otro de ellos aterrorizado por el peligro nuclear y al borde del suicidio,
provocan unas reacciones en el sacerdote que llevan al desastre. Su
indiferencia ante una y su fracaso en tranquilizar al otro le llevan a una
nueva crisis personal, encontrándose totalmente desamparado ante el
silencio que encuentra.
La percepción de la
necesidad de calor humano en las relaciones y la dificultad en conseguir
aportar dicho calor ante la ausencia de Dios, queda reflejada en una
puesta en escena cada vez más escueta y fría. Aquí Bergman utiliza los
elementos mínimos para transmitir esa distancia insalvable. Nada tiene que
ver con la exhuberancia de El séptimo sello
o de El manantial de la doncella, la
puesta en escena es austera y llena de simbolismo, con paredes desnudas,
salvo en la iglesia. Es una obra clave dentro de su filmografía.
Finalmente,
El silencio avanza en la presentación de
un mundo triste y desagradable, lleno de alienación y de falta de
comunicación. Las hermanas protagonistas llegan en un tren a una ciudad de
un país extraño que se encuentra en guerra y en el que hablan un
complicado idioma que desconocen, se alojan en un hotel prácticamente
vacío, en compañía de unos enanos y del hijo de una de ellas que contempla
entre sorprendido e interesado la situación.
Es un mundo pues, totalmente
hostil, en el que la enfermedad de una de las hermanas la deja
prácticamente aislada en la habitación, sin conseguir que su hermana, una
mujer de una gran sexualidad, le alivie en su angustia y en su dolor, más
preocupada esta última en conseguir alguien con quien aliviar sus
necesidades físicas.
Las relaciones de
dependencia entre las mujeres avanzan las posteriores de
Persona y se adivina, de nuevo, la falta
de un asidero espiritual para la solución de los problemas. La
comunicación humana es dificultosa, pero, sin embargo la única posible. Es
posiblemente la película más dura de ver de toda la filmografía de Bergman,
por la exhibición descarnada de las situaciones.
Sorprendentemente tras un
período tan extraordinario, en el que sus problemas existenciales se
exponen con tanta nitidez y tan descarnadamente, una vez más Bergman
cambia de registro. Tras la aspereza y sequedad de sus filmes anteriores,
vuelve a recurrir a la comedia por última vez en su carrera.
Por no hablar de esas mujeres (1964)
parece más bien un ajuste de cuentas que cierra una difícil época tanto de
crítica como de público. Evidentemente la dificultad de sus últimas obras
habían creado un ambiente de controversia que no favoreció el éxito de sus
propuestas.
En este film, su primero
realizado en color la emprende con el proceso creativo y con sus críticos.
Una vez más las mujeres son el centro de una farsa en la que utiliza un
tono algo felliniano para, de nuevo, reflexionar sobre su propia creación,
haciendo que forme parte de la propia película y marcando líneas de
actuación que conformarán, con un tono menos festivo, su evolución como
director. Fue bastante despreciada por la crítica en su estreno pero tiene
muchos puntos de interés, al indagar sobre el arte y en ella que se
burlaba de la crítica que siempre buscaba en el arte símbolos
inexistentes.
Este tipo de declaraciones,
implícitas o explícitas, fue habitual entre los directores de los años 60.
Aún recuerdo una entrevista a Fellini en la que declaraba que la mayor
parte de los símbolos de los que hablaba la crítica especializada cuando
trataba de sus películas,
eran totalmente ajenas a sus intenciones y que simplemente había expuesto
ciertas imágenes porque le parecía que encajaban bien con el conjunto
Persona. Apariencia y
representación
Persona (1966) es la película que, en mi opinión, supone el punto
más alto de la obra de Bergman, y en ella realiza un estudio no sólo de
los seres que exhibe sino del propio proceso creativo, introduciendo
elementos distanciadores muy brechtianos a lo largo de la película, con el
fin de crear consciencia de que lo que estamos viendo es una recreación de
algo, manipulado por su director.
La anécdota es muy sencilla
en apariencia. Una actriz que ha dejado de hablar repentinamente durante
una representación teatral es tratada médicamente en una mansión privada,
situada en una isla, por una enfermera que intenta conseguir su curación
para lo que intenta comunicarse con ella mediante la palabra, sin
conseguir de la otra parte más que el silencio. El resto de la película es
la especial relación que se crea entre ambas mujeres, donde la actriz se
va adueñando pausada pero constantemente de la personalidad de la
enfermera, sin decir una sola palabra.
La dominación por el
silencio, creando la necesidad de contacto humano verbal en el ser más
indefenso o, al menos, más confiado, se muestra en la película como
aparente tema central de la misma. El proceso de vampirización entre la
enfermera y la actriz "muda", se me antoja insuperable, el grado de
identificación progresiva entre ambos personajes queda explícito en un
genial primer plano –acusado en su momento de demasiado ingenuo– de ambas
en total conexión, que, posteriormente, ha sido utilizado en alguna
ocasión por otros directores, pero que nunca se ha superado en el clímax
conseguido por la aparición de los rostros integrados, en una muestra más
de la enorme habilidad del realizador para explorar el interior de los
seres a través del rostro humano.
Sin embargo, esta dominación
no me parece, en absoluto premeditada, no olvidemos que la actriz se
encuentra aislada con la enfermera debido a unos problemas mentales
difusamente planteados en el film, que le impiden voluntaria o
involuntariamente comunicarse verbalmente. Parece evidente que existe una
voluntariedad en la falta de habla en la actriz, que obedece más a una
toma de postura ante la vida que a un intento de dominación sobre otras
personas. Cuando deja de hablar –en una representación teatral, su
trabajo–, no se plantea ninguna relación de dominio sobre los demás,
simplemente decide que su forma de vida y su trabajo son accesorios para
su existencia y decide prescindir de lo accesorio para concentrarse en lo
esencial buscando
una respuesta a su angustia existencial.
De esta forma lo que la
película propone, es el enfrentamiento entre dos personas, en todo el
significado de la palabra persona, con diferentes planteamientos
existenciales, así como el conflicto y la simbiosis que se produce entre
ellas, a lo largo de su enfrentamiento, aunque parece que el director toma
partido, eso sí, en el sentido de que la persona de planteamientos más
puros y esenciales prevalece sobre la otra, más terrena y con más
necesidades.
En la base del film, Bergman
trata de realizar una exposición del vacío existencial de las personas, el
terror a la nada y a la falta de significado de sus vidas, que es la razón
por la que la actriz, consciente de esa nada, considere inútil su
actividad, de ridícula importancia frente a la magnitud de ese vacío y el
terror que genera. La consciencia de la muerte como desaparición total y
absoluta, planea también, de este modo, en la película, como en tantas del
director.
Además, el hecho de que la
actividad de la protagonista sea actuar, junto con el juego de imágenes,
aparentemente –solo aparentemente– ajenas a la trama, que Bergman utiliza
desde el mismo comienzo –espectacular por lo inhabitual– del film, le
permite al director, a lo largo del mismo, extenderse en una reflexión
sobre la representación y la realidad, sobre la apariencia y la verdad
también presente en otras películas suyas. La máscara, como símbolo de
representación y de ocultamiento de la realidad.
En este sentido me parece
interesante destacar la falta de indicaciones de Bergman para separar las
escenas "reales" con las "imaginadas", ya que, al contrario de lo habitual
donde o bien la planificación o bien el tono de la fotografía son
diferentes, aquí todo sucede como si fuera real. Trabaja ambas
posibilidades con la misma textura y el mismo tipo de realización, como
queriéndonos decir que ambos estados de vigilia y ensoñación son similares
y ambos forman parte por igual de la propia persona en igualdad de
importancia. Este efecto ya lo había utilizado en
Fresas salvajes al conseguir esa
cohesión entre los recuerdos y el presente del profesor.
El tema de la apariencia y
de la representación, se encuentra muy presente en el cine de este
realizador, la misma escena del bonzo ardiendo de
Persona, marca la diferencia para la
actriz entre la verdad "representada" y la verdad "real", el horror
verdadero de la muerte.
Curiosamente esta muestra
del horror real de la vida se muestra a través de otro medio de
representación como es la televisión, pues no olvidemos que las imágenes
que vemos en este medio son, de alguna forma, manipuladas, es decir,
representadas.
Esto introduce una nueva
reflexión sobre los diferentes medios de exposición de la realidad ante el
espectador:
-
El teatro, actividad
primordial de la protagonista de Persona,
de otros personajes de sus películas y una de las del propio director,
donde la representación se realiza sin intermediarios, cara a cara con
el receptor de la manipulación que a su vez es consciente de dicha
manipulación.
- La televisión, donde el receptor puede
encontrarse indefenso ante dicha manipulación, inconsciente de ella.
-
El cine, tan manipulador
como la televisión y el teatro, incluso más que ellos, donde la sala
oscura y el tamaño de las imágenes pueden producir, en el aislamiento
individual de cada receptor, un efecto de alienación que llega a
provocar su compenetración con los personajes mostrados haciéndole
formar parte de ellos, hasta el punto en que Bergman, en Persona,
recurre en ocasiones a romper esa intensa conexión mediante cortes - el
quemado de la película -, para que recuperen su consciencia de
receptores de una representación y, de este modo, la lucidez perdida en
la representación.
Por otro lado y en relación
con el aspecto narrativo de la obra y con el posible simbolismo de muchas
de sus imágenes –en su momento su cine se valoraba fundamentalmente en
función de sus símbolos–, es interesante el precedente que supone su que
la película inmediatamente anterior, la comedia
Por no hablar esas mujeres.
En cualquier caso, simbólica
o no –para mí sí que existe un evidente simbolismo en muchas de sus
imágenes–, lo que sí da la impresión es que, en aquel momento, Bergman más
que narrar historias lo que hacía era exponer ideas, dejando la
verosimilitud narrativa a un lado para explicar sus puntos de vista sobre
los temas que le interesaban, más que narraciones planteaba ensayos.
Realmente las forzadas
interrupciones del hilo narrativo mediante la utilización de diferentes
recursos, con el objetivo de hacer presente la simulación y manipulación
que todo film supone esencialmente, fueron, al menos para mí en las
primeras ocasiones en que pude ver esta película, totalmente necesarias,
dado el grado de implicación que inconscientemente estaba teniendo con la
historia.
En resumen, a mi parecer nos
encontramos ante una de las obras cumbre de la historia del cine.
La isla. Tres obras
básicas
personaje aislado del mundo
es una constante en el cine de Bergman. De hecho muchas de sus películas
se desarrollan en una isla, en la que los personajes dan rienda suelta a
sus neurosis o sus problemas existenciales de forma aislada del resto del
mundo, en una tentativa de expresar la individualidad y la soledad de las
personas con sus problemas. No olvidemos que el ser humano, a pesar de ser
sociable, está profundamente solo en sus sentimientos más íntimos que son
imposibles de compartir.
La isla, de esta forma,
incide en esta individualidad excluyente de los personajes que viven o se
refugian en ella para enfrentarse, o evitar enfrentarse, con sus problemas
esenciales, y esta isla es protagonista de tres de sus obras más
interesantes realizadas casi inmediatamente de
Persona.
La perfección tanto visual
como temática de ésta ultima película hizo casi imposible la correcta
valoración de su siguiente film, La hora del
lobo (1968), aunque sus elementos de conexión con la anterior y su
complejidad merecían otra suerte.
Como en la película previa
un artista, en este caso un pintor, permanece aislado en una isla,
agobiado por sus fantasmas e incapaz de enfrentarse con el mundo. Sus
pinturas atormentadas no dejan duda de su compleja psicología y sus
pesadillas e insomnios –es incapaz de dormir por la noche– confieren a la
película una sensación de cuento fantástico terrorífico donde su
protagonista, como el espectador, a duras penas pueden diferenciar la
realidad de sus pesadillas.
A través de largas
conversaciones nocturnas, junto a su esposa, durante la interminable noche
hasta que llega la hora del lobo, justo antes del amanecer –“El momento en
que mueren los hombres y cuando nacen los niños, el momento de los malos
sueños, y, si estás despierto, la hora del miedo”– expone sus traumas y
sus angustias, ante la mirada expectante y asustada de la esposa. Sus
fantasmas interiores se le hacen presentes en los habitantes del castillo
que domina la isla quienes le invitan y, utilizando a una mujer que se
convierte en su amante, tratan de separarle de su asidero humano y
terreno, su esposa, a pesar de las advertencias de esta última que asiste
sin poder evitarlo a la descomposición mental del pintor, en un proceso de
alienación progresiva que se asimila a su propio aislamiento creativo.
Sus miedos comienzan a
apoderarse de él produciendo un proceso de vampirización más evidente aún
que en Persona, culminando en una escena
terrorífica de pesadilla en la que los habitantes del castillo se muestran
como lo que son, los monstruos de su imaginación, en unas escenas que
constituyen una de las alucinaciones más aterradoras que recuerdo en el
cine, puesto que surgen del interior de nuestro yo más íntimo y son por lo
tanto parte de nosotros.
Es una película revulsiva
que incide de nuevo en el proceso creativo, en la muerte y en los miedos
personales de las personas, poco tranquilizadora pero que no alcanza la
capacidad insinuante de Persona al
presentar unos símbolos menos intuitivos y más evidentes, pero sigue
siendo un gran film.
Tras la complejidad de
Persona y La
hora del lobo, el director retoma con La
vergüenza (1968) la linealidad, y la información que suministra al
espectador es más nítida y clásica. La historia que cuenta es más externa,
aparentemente menos personal pero su mundo está presente en cada uno de
los momentos de esta historia sobre la guerra, aunque lo fundamental de
ella no sea la guerra en sí sino que, más bien, ésta actúa como un entorno
en el cual sus personajes tienen que sobrevivir siendo mediatizados por
ella.
Aquí la isla es el buscado
refugio un matrimonio de músicos, teóricamente apolíticos, que evitan
tomar partido, para huir de una guerra que les persigue, aunque al fin no
solo no pueden evitarla sino que se ven zarandeados por ella incluso de
forma brutal, afectando tanto su vida pública como privada. La conducta de
los protagonistas se ve afectada por una situación que no esperaban y sus
reacciones ante la agresión conforman y sacan a la luz sus miedos y
miserias. La actitud del artista ante el mundo exterior es nuevamente
puesta en evidencia por el director.
La cobardía del músico
protagonista y su confusión ante una situación que le saca de su mundo
creativo muestra todo el egoísmo que el acto creador puede tener. Igual
que en Como en un espejo (otra película
desarrollada en una isla), la actitud del artista/observador es incapaz de
modificar la realidad y de aportar alivio o soluciones, pero aquí, el
artista no puede aislarse en un mundo mágico personal, en su isla, sino
que está obligado a vivir en su entorno y tomar partido, y, en ese momento
su desconcierto se descubre y se ve incapaz de reaccionar, la relación de
la pareja se va degradando hasta verse abocada, renuncia tras renuncia, a
la autodestrucción espiritual cediendo su dignidad para salvar la vida,
para acabar en una huida sin objetivo.
Este film es evidentemente
un duro alegato contra las guerras, pero solo en un primer término, ya que
lo fundamental, como suele serlo en Bergman es la persona, el ser humano y
siendo así también es un magnífico ejemplo de cine político, donde se
expone que el aislamiento de los problemas y la falta de compromiso del
artista no conducen sino al caos, personal y social, ya que no es posible
desentenderse de los conflictos huyendo de ellos, pues estos permanecen en
el interior de las personas y es preciso enfrentarse a ellos para
eliminarlos.

En cierta forma la película
representa una dura autocrítica en cuanto que su producción anterior,
hasta prácticamente Persona, ha estado
en general al margen de los problemas políticos y sociales de su entorno,
volcándose en un conocimiento del hombre ajeno a la cotidianeidad y
ausente, por lo tanto, de crítica o compromiso con la realidad. Su torre
de marfil queda aquí destruida y parece encaminarse hacia otro tipo de
cine más comprometido con su época.
Todo ello es expuesto por el
director de una forma sorprendente, más agresiva físicamente que en el
resto de su producción con escenas de brutalidad física impensables en su
cine hasta ese momento, combinadas sabiamente con períodos de remanso,
donde el espectador, agredido por las imágenes, pueda reflexionar y sacar
sus conclusiones. Consigue que el espectador, paso a paso, vaya tomando
conciencia del comportamiento inadecuado de los protagonistas creando una
hostilidad progresiva hacia ellos. Para contribuir aún más al aspecto de
alucinación que se produce en el espectador, la película se abre y cierra
con al narración de un sueño relatado por los protagonistas que confiere
al relato un aspecto de pesadilla.
Otra vez la isla aparece en
Pasión (1969), donde prolonga, en una de
sus mejores películas, la reflexión de La
vergüenza sobre él mismo y su época. Otra vez un terreno aislado
con cuatro personajes diferentes, un intelectual refugiado, un matrimonio
en el que él es un hombre de negocios incapaz de expresar su necesidad de
afecto a una mujer que se encuentra decepcionada tras tratar de disfrutar
en lo posible la vida y por último una viuda con necesidad de relacionarse
con los demás, viven la comodidad relativa de su aislamiento, que viene
rota por la aparición de un quinto personaje, un hombre acusado,
aparentemente sin razón, por los habitantes del lugar –nunca vistos en la
película– de masacrar el ganado y que es perseguido por ellos, que tratan
de hacerle pagar sus teóricas fechorías.
La inseguridad que crea en
este personaje el verse perseguido y la incapacidad del intelectual, amigo
suyo y en el que confía, para ayudarle, le provocan una crisis que termina
en suicidio, provocando situaciones encontradas entre los personajes que
buscan mediante su relación con los otros la solución a sus problemas de
personalidad y de carencia de amor, y que acaban creando en el intelectual
un estado de impotencia y vergüenza por su falta de compromiso, haciéndole
consciente de que una relación verdadera y humana de amor no puede
sustentarse a costa del sacrificio de los demás.
Este sentimiento puede
relacionarse con la actitud del director en su anterior película –dejemos
al margen El rito, interludio realizado
para televisión– en donde critica la actitud de supervivencia pasando por
encima de todo que provoca la degradación moral de sus personajes,
película que, por cierto, relaciona con ésta, mediante la aparición de un
sueño de la viuda en el que aparece el sueño narrado por el personaje
interpretado por la misma actriz al final de La
vergüenza, en una gran escena en la que el realizador nos muestra
las relaciones existentes entre sus filmes.
La estructura
cinematográfica de Pasión es, como en
Persona, inhabitual con respecto a sus
películas anteriores, que habían pasado de un barroquismo formal de tipo
expresionista en su época más conocida –El
séptimo sello, Fresas salvajes,
etc.– hasta un esquematismo austero en su época inmediatamente anterior a
Persona –Los
comulgantes, etc.–, para romper con esta última los criterios
bastante tradicionales de sus puesta en escena anteriores. La linealidad
de La vergüenza queda sustituida por un
lenguaje que puede desconcertar al principio pues, fragmentando la trama,
Bergman hace que los actores de su película reflexionen sobre sus propios
personajes ante los espectadores del film, ejerciendo, de esta forma, una
labor distanciadora y proporcionando datos para que el espectador pueda
comprender tanto a los actores como a sus personajes.
La labor de fotografía es
asombrosa, desde la utilización del color para realizar equivalencias
psicológicas de sus personajes, hasta el increíble final en el que,
aumentando el grano de la película, la imagen se degrada confundiendo y
degradando las figuras, con la misma intensidad que se confunden y
degradan las conciencias de los personajes.
Bergman exhibe sus cartas,
mostrando el artificio de la película, la forma en que el creador manipula
al espectador y la importancia que para el espectador supone ese
conocimiento, con el fin de que el espectador asuma intelectualmente dicha
manipulación para sacar sus correspondientes consecuencias.
Entre las dos últimas obras
citadas se abre un breve interludio, El rito
(1969) Esta película fue realizada para televisión y plantea el
enfrentamiento de tres actores con un juez que les acusa de obscenidad,
aparece al final de uno de los períodos más fructíferos del director y de
nuevo, plantea los conflictos de la creación con la moral. Podría
relacionarse con filmes como El rostro o
Por no hablar de esas mujeres en las que
esa pugna aparece de forma continua.
La inseguridad producida en
los actores por la censura del juez condiciona su comportamiento y sus
relaciones, no se conoce a los personajes, solo se conocen sus actitudes
ante la situación a que se enfrentan. Ante la acusación del juez dejan de
ser actores para ser individuos, desprovistos de la seguridad de la
máscara, y, como tales, se ven acometidos por el miedo ante lo
desconocido, ante el poder que el juez representa y que puede
manejarlos... como ellos manejan desde el escenario a sus espectadores.
De nuevo, tras el cambio de
actitud de La vergüenza, plantea una crítica a algo muy real como es la
censura, representada por el juez, ante la que se rebela, pero no es un
alegato simple y elemental, sino que implica a los actores y muestra su
perplejidad ante la agresión. Sufren las dudas que ellos mismos pueden
provocar a las personas que asisten a sus representaciones, y el juez pasa
a ser el manipulador, con capacidad sobre su futuro. El esquematismo y la
desnudez de los decorados eliminan toda posible digresión hacia otros
asuntos planteando el problema de forma austera y transparente.
Al ser una producción para
televisión, y de corta duración, el director trata de eliminar impurezas
para dejar limpios sus planteamientos, no hay demasiado tiempo para
disquisiciones, y eso se nota en el resultado que, aunque interesante,
resulta en exceso esquemático.