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Revista Miradas
- Escuela Internacional de Cine y Televisión 0704. Cuba
Para
elaborar un listado que fuera más útil que abarcador, más humildemente
didáctico que enciclopédico, presentamos esta propuesta sobre algunos de
los mejores documentales de la historia del cine, que sabíamos siempre
quedaría plagado de exclusiones, y en vez de tratar de ser exhaustivos o
excesivamente abarcadores, nos decidimos por la opción de presentar una
sencilla cronología comentada de los principales periodos y obras en el
devenir del género a nivel internacional -excluidas Latinoamérica y Cuba,
que aparecen en un listado aparte. Se trata de una selección cronológica
de una pequeña parte de los mejores documentales de la historia del cine,
de esos que pueden vencer cualquier prejuicio o reserva del público masivo
ante un género tantas veces preterido.
Los
inicios del cine
Los primeros filmes
documentales son tan antiguos como el cine mismo y corresponden a los
cortos observacionales que rodara Louis Lumière, entre 1895 y 1896, en el
estilo de Salida de los obreros de la fábrica, La llegada del
tren, El desayuno del bebé y otros muchos. Hasta 1900 los
Lumière instruyen a una serie de operadores que filman noticiarios y
actualidades por todo el mundo, aportando las primeras películas (que
fueron también documentales) en decenas de países de todo el mundo.
Algunos de esos operadores instruidos por los Lumière, como Félix
Mesguisch y Francis Doublier, cuando realizaban sus filmes de viajes,
registraban los lugares que veían, o juntaban material de archivo para
construir una biografía imaginaria de Dreyfuss, ya estaban realizando
modalidades como el documental de viaje o el documental histórico y de
archivo. Otros afirman que no eran documentales propiamente los que hacían
los Lumière y sus seguidores, pues no tenían conciencia alguna de que
estaban realizando filmes que luego servirían para documentar la realidad
de esa época, una finalidad del género que todos aquellos pioneros
desconocían. Por estos años, tiene lugar por primera vez el empleo de una
cámara con fines de investigación etnográfica, cuando Louis Regnault
exhibe la filmación de una mujer senegalesa durante la Exposición de
París.
A esta etapa, que
podría llamarse “fundacional-inconsciente” pertenecen Express Trains
(Gran Bretaña, 1898), de Cecil Hepworth, uno de los principales pioneros
del cine británico de ficción; Gion Geishas (Japón, 1898), de
autor desconocido; Danses des Iles du Detroit de Torres
(Australia, 1898), de Alfred Cord Haddon; el científico Nevropathia
(Italia, 1907), de Roberto Omegna; Revolución en Wu Han
(China, 1911), de Zhu Liankui; Ceux de chez nous (Francia, 1915),
de Sacha Guitry y Grandes días de la Revolución rusa (Unión
Soviética, 1917), de M. Bontch-Tomachevski.
Auge del
cine mudo en los años 20
La década se
inaugura con una de las más importantes piezas del género, Nanook, el
esquimal (EUA, 1922), de Robert Flaherty, que se convirtió en el
primer largometraje que, según el historiador Jean Mitry, recibió
tratamiento de obra de arte, pues ofrece una narración de la vida
cotidiana llena de suspenso y emoción, aparte de tratarse de un importante
documento antropológico. Aire épico reviste la lucha del hombre contra la
adversidad de la naturaleza, y abrió el camino a una larga serie de
documentales en parajes exóticos centrados en la vida de buenos salvajes.
Algunos cineastas, como Flaherty, supieron mantenerse ajenos a la
tradición corporativa que acompañaría de inmediato a casi todos los
documentalistas, muy inclinados a nucleares en torno a escuelas,
movimientos o entidades colectivas, a favor o en contra del poder
político. Se salen de tal clasificación, entre lo oficialista y lo
contracorriente, estos documentalistas de lo exótico, una corriente muy en
boga en los años 20 y 30, en la cual se destacó no solo Flaherty, sino el
alemán Friedrich Murnau (Tabú, 1925), y el dueto integrado por
Meriam Cooper y Ernest Schoedsack en Grass (19 26) , otro ejemplo
de documental antropológico en tanto sigue las migraciones de las tribus
bakhtiari en busca de pastos frescos para su ganado. Influyó en
Herzog, entre otros cineasta posteriores, como un tributo al coraje y el
esfuerzo humano en la lucha por dominar la naturaleza sin destruirla.
Otro de los grandes
hitos del cine documental de los años veinte fueron los noticiarios del
ruso Dziga Vertov: Historia de la Guerra Civil (1922),
Cine-ojo (1924), La sexta parte del mundo (19 26) y E l
hombre de la cámara (1929), en los cuales descubría las posibilidades
del montaje uniendo fragmentos de filmes sin atención a la cronología o a
la diferencia de locaciones, para alcanzar un impacto político que
comprometiera a los espectadores. Vertov proclamó que el documental iba a
ser el cine del futuro, por lo menos en la variante que él llamaba “la
vida captada por la cámara de manera casi impremeditada”.
Deben mencionarse
también títulos limítrofes o muy difíciles de clasificar en documental o
ficción como Entreacto (Francia, 1924), de René Clair, y otros
filmes de esta etapa realizados por Luis Buñuel (Un perro andaluz,
1928), Jean Cocteau (Sang d´un poete, 1930), Germaine Dullac,
Jean Epstein (Finis Terrae, 1929), Marcel Duchamp, Hans Richter y
Man Ray buscaba una fuerte componente visual poética, no narrativa, que se
apropiaba de técnicas documentales en cuanto al montaje y al uso de la
cámara, con el fin de crear narrativas abstractas y crear obras casi
documentales altamente impresionistas y poéticas. Aparte de los
mencionados, están también Berlín-Sinfonía de una gran ciudad
(Alemania, 1927) de Walter Ruttman (1927) y Rien que les heures
(1926) de Alberto Cavalcanti.
Otros títulos
relevantes de esta etapa son:
Octubre (URSS,
1927) Serguei Eisenstein
La caída de la dinastía Romanov (URSS, 1927) Esther Chub
Paris Express (Francia, 1928) Man Ray, M. Duhamel y P. Prevert
Drifters (GB, 1929) John Grierson
Lluvia (Holanda, 1929) Joris Ivens
Melodía del mundo (Alemania, 1929) Walter Ruttman
Años 30
y 40
Comienza a quedar
atrás el exotismo de Flaherty y similares, y predominan diversas
vertientes del documental adscrito a la revolución social, o de franca
propaganda política, o simplemente reformista. Entre los más radicales
estaba el ya mencionado Dziga Vertov y su Cine-ojo, quien realizó sus
mejores obras en la década del veinte, mientras que el ala reformista (con
decisivo apoyo estatal) la animaba en Gran Bretaña John Grierson, quien,
además de aportar importantes títulos, aportó la primera definición del
documental como toda aquella película que realice “un tratamiento creativo
de la realidad” o de la actualidad. Es decir, que se trata de un filme que
siempre se apoya en un documento, en algo con existencia real, lo cual
favorece que el documentalista exprese sus opciones filosóficas, políticas
y estéticas. Los ideales de la escuela documentalística griersoniana se
sustentaban en el poder ideológico y pedagógico del cine. Tanto por el
didactismo, como teniendo en cuenta el estrecho vínculo con el poder y con
determinadas tendencias políticas, Grierson se relaciona con los
documentalistas del cine soviético y con la propia Leni Riefenstall, la
brillante artesana que servía de vocera al régimen nazi.
Es la época también
de los radicales norteamericanos y sus visiones críticas sobre la
depresión, asociadas muchas veces al concepto de noticiario (March of
Time) y a la propaganda, ante el inminente conflicto que representaba
la Segunda Guerra MundiaI. En la serie titulada March of Time se
abogaba por la edición dinámica, el reporterismo investigativo y la
narración con voice over. Las series estuvieron saliendo hasta
1951, cuando caducaron ante las coberturas de la televisión.
Entre los títulos
clásicos de esta etapa se cuentan Hombres de domingo (Alemania,
1930), de R. Siodmak y E. Ulmer, ejemplo de documental ficcionado; A
propósito de Niza (Francia, 1930), de Jean Vigo, con su mezcla de la
expresividad de la vanguardia silente francesa, del abierto naturalismo
del cine mudo norteamericano y la explosiva inmediatez de un Dziga Vertov;
Tierra sin pan-Las hurdes, (España, 1933), de Luis Buñuel, que
forma parte de los documentales de tendencia anarquista y descubre
terribles realidades sociales de miseria y exclusión en la España
profunda, yuxtaponiendo espantosas imágenes y voz en off; El triunfo
de la voluntad (Alemania, 1934), de Leni Riefenstall, que consiguió
adelantar la realización del documental hasta la plena modernidad con
notable factura y gran sentido artístico, todo puesto al servicio de la
grandilocuencia propagandística sobre el congreso del partido nazi en
Nuremberg; El hombre de Arán (EUA, 1934), de Robert Flaherty,
narración de la vida diaria de una familia de pescadores en la agreste
isla de Arán (al oeste de Irlanda) combinando momentos analíticos y de
observación con otros de gran lirismo y emotividad, es otro importante
estudio antropológico que concilia el registro de los hechos con su
aspecto lírico; Song of Ceylon (Gran Bretaña, 1935), de Basil
Wright, que ha sido considerada un himno al imperialismo británico, pero
su fondo es ambiguo pues la imaginería evocativa y lírica, marcada por la
banda sonora, no romantiza el colonialismo ni celebra los progresos
llevados a la India por los colonialistas; y Coal Face (Gran
Bretaña, 1935), de Alberto Cavalcanti, presentación del mundo minero a
partir de un poema romántico de Auden y de la música industrial de Britten,
muy en la tendencia griersoniana del artista y el maestro
complementándose.
Piezas de antología
son también Tierra española (España, 1937), de Joris Ivens, que
es uno de los mejores documentales comprometidos con la causa de la
izquierda, como también lo serían las posteriores obras del autor sobre la
invasión japonesa o los orígenes del socialismo en el este de Europa; y
Olimpiada (Alemania, 1938), de Leni Riefenstall, antología de los
juegos olímpicos de Berlín desde la propaganda y lección vigente de
montaje ritmado realizado en dos partes (La fiesta de los pueblos
y La fiesta de la belleza), todo lo cual generó gran influencia
por su idealización del poder del cuerpo humano y del poderío físico.
Gente del Po
(Italia, 1943), de Michelangelo Antonioni, fue de los primeros y más
influyentes documentales del neorrealismo, importante tendencia
cinematográfica de los años cuarenta, surgida en la Italia de postguerra,
que tuvo una fuerte componente documental, perceptible incluso en los
filmes más abiertamente fictivos de todos los países, tuvieran o no
propósitos narrativos. La Segunda Guerra Mundial, o la situación de
postguerra, generó la compulsión de registrar el conflicto y sus secuelas
en una tendencia de documental épico, propagandístico o comprometido con
la realidad, que es difícil encontrar en otras etapas del cine.
Otros títulos de
importancia son:
Sinfonía del
Dombass (URSS, 1930) Dziga Vertov
¡Que viva México! (México, 1932) Serguei Eisenstein
Douro (Portugal, 1932) Manoel de Oliveira
Vivimos en Praga (Checoslovaquia, 1933) Otakar Vavra
The Plow that Broke the Plains (EUA, 1936) Pare Lorentz
Les Maisons de la misere (Bélgica, 1937) Henri Storck
Spare Time ( Gran Bretaña , 1938) Humphrey Jennings
Rapsodia de agosto (Suecia, 1939) Arne Sucksdorff
Solutions françaises (Francia, 1939) Jean Painlevé
Christmas under Fire ( Gran Bretaña , 1940) Harry Watt
Forgotten Village (EUA, 1940) H. Kline y J. Steinbeck
It´s All True (EUA, 1941) Orson Welles
Native Land (EUA, 1942) L. Horwiz y P. Strand
Kokoda, frontline ( Australia, 1942) Damien Parer
Why We Fight (EUA, 1942) Frank Capra
Stalingrad (URSS, 1943) Leonid Varlamov
Battle of San Pietro (EUA, 1944) John Huston
Bambini in citta (Italia, 1946) Luigi Comencini
Farrebique (Francia, 1946) Georges Rouquier
Louisiana Story (EUA, 1948) Robert Flaherty
Le Sang des betes (Francia, 1948) Georges Franju
El mar vivo (Japón, 1949) H. Yanagisawa y S. Katashima
Los 50 y
60
En la segunda mitad
de los años cincuenta y primera de los sesenta se registraron algunos de
los movimientos más influyentes en la historia del cine contemporáneo,
todos con una marcada génesis documental, como la nueva ola francesa y su
variante del cinema verité, mientras en Gran Bretaña aparecía el llamado
free cinema, que fue documental antes de ser fictivo. Desde
finales de los años 50 se incorporan equipos livianos y sonido sincrónico,
lo cual dinamizó extraordinariamente el rodaje de los documentales y
permitió la realización de algunas de las mejores obras de este período:
O Dreamland (Gran Bretaña, 1953) Lindsay Anderson, Momma
Don’t Allow (Gran Bretaña, 1955) T. Richardson y K. Reisz; Los
maestros locos (Francia, 1955), de Jean Rouch, que es ejemplo de
producción individual típica del documental, pues el autor lo escribió,
dirigió y fotografió, y de documental antropológico (ceremonias de una
tribu de Ghana); Noche y niebla (Francia, 1955), de Alain Resnais,
que está considerado uno de los más extraordinarios documentales de todos
los tiempos por su estremecedor testimonio sobre los campos de
concentración nazi y Crónica de un verano (Francia, 1960), de J.
Rouch y E. Morin, brillante ejemplo del tipo de documental conocido como
cinema verité que después los norteamericanos versionaron con
otras concepciones en el llamado direct cinema. El cinema
verité y el direct cinema se beneficiaron del uso de nuevas
cámaras más ligeras y de modernos equipos para captar sonido directo. Se
apoyaban en los principios de Vertov de captar la realidad y la vida de
manera espontánea y natural sin la intervención de la puesta en escena ni
de la reconstrucción documental. Esta variante de cine documental fue
acogida en títulos significativos como Raquetteurs (Canadá,
1958), de M. Brault y G. Groulx; On the Bowery (EUA, 1956), de
Lionel Rogosin ; los del free cinema británico ( Thursday’s
Children (1954), de L. Anderson y G. Brenton; Every Day Except
Christmas (1957), de Lindsay Anderson; We are the Lambeth Boys
(1957), de Karel Reisz; Savage Eye (EUA, 1958), de B. Maddow, S.
Meyers y J. Strick; Come Back Africa (EUA, 1959), de Lionel
Rogosin; Primary (EUA, 1960), de R. Leacock, R. Drew y D. A.
Pennebaker; Terminus ( Gran Bretaña , 1961), de John Schlesinger
y Don’t Look Back (EUA, 1967), de DA Pennebaker; aparte de los
filmes de David Maysles y de otros documentalistas norteamericanos.
Otros brillantes
ejemplos de puro documental aparecidos en la pródiga década fueron El
fascismo corriente (URSS, 1964), de Mijail Romm, una de las más
brillantes reconstrucciones a partir de material de archivo; Titicut
Follies (1967), High School (1968) y Hospital
(1969), del norteamericano Frederick Wiseman, que fueron producidas,
planificadas y hasta distribuidas por el autor, encargado de conseguir la
naturalidad a ultranza, el flujo de la empatía, de la evocación o de la
denuncia sin subrayados, y es también en esta década que surge el
documentalismo lírico (tal vez como oposición al cine encuesta y al
bullicio del cine encuesta) en la URSS, con ejemplos tan elocuentes, sin
tanta palabrería, como los de Agop Ovnatanian (1965), de Serguei
Paradzhanov y Al principio (1967) de Aztavad Pelechian.
Hard Day´s Night
(Gran Bretaña, 1964), de Richard Lester, es usualmente clasificado como un
filme de ficción, pero no es otra cosa que un documental promocional de
los Beatles (tres días y una gira de conciertos en tren) y sobre la
histeria colectiva que ellos provocaron. El surrealismo, la ruptura
espacio temporal y el uso de la música ubica el filme como precursor del
video clip. También debe mencionarse, en el apartado de las obras con alta
carga documental, algunos clásicos de los años sesenta como Shadows
(1960), de John Cassavetes; Dog Star Man (EUA, 1961), de Stan
Brakhage, que junto con otros filmes de este autor (Window Water Baby
Morning, Scenes from under Childhood) pueden verse como
ejemplos del vínculo entre el cine de la vanguardia no narrativa y el
documental; Vivre sa vie (1962), de Jean Luc Godard y otros
títulos de este autor; ¿Quién eres tú, Polly Magoo? (1965), de
William Klein, casi todos los filmes en una sola locación de Andy Warhol (Kitchen,
1965) y La batalla de Argel (1966), de Gillo Pontecorvo, entre
muchos otros.
Además del free
cinema documental, todavía vigente en los años sesenta, en Gran
Bretaña se registra a finales de esa década la modalidad del docudrama,
proveniente de la televisión (la cual incluye a su vez otras tantas
modalidades que van desde el documental-encuesta y de viajes hasta los
making of y didácticos, cuya infinitud haría inacabable este
resumen), que consistía en la dramatización de situaciones reales o de
carácter documental, con un fuerte componente de crítica social y actores
no conocidos o no profesionales, cuya técnica quería distanciarse de lo
teatral. De todos modos, esta variante está vinculada también al cine de
ficción pues implica narración, repetición de tomas, puesta en escena.
Por último, debemos
apuntar en este período que la primera gran ola democratizadora que
conoció el cine, junto con los movimientos de independencia, la crisis de
valores de Hollywood y el auge neorrealista, le confirieron visibilidad a
las imágenes de países que hasta este momento no participaban del
concierto audiovisual. Fue el documental el primer paso de todas estas
cinematografías emergentes, no solo tercermundistas: Espejo de Holanda
(Holanda, 1950), de Bert Haanstra; Afrique sur Seine (Senegal,
1950), de Paulin Soumanou Viera; Nice Time (Suiza, 1956), de C.
Goretta y A. Tanner; Cuba hoy (URSS, 1961), de Roman Karmen;
Lo más importante
que se verificó en la historia del documental en estas dos décadas (50 y
60) consistió en la introducción y utilización de cámaras y sonido
sincronizados y portátiles. Estos inventos permitieron la realización de
entrevistas en la calle (como vemos en el filme de Jean Rouch, Crónica
de un verano. Ese nuevo equipamiento, que sustituyó el uso del 35 mm,
permitió una mayor y diversificada producción de documentales al mismo
tiempo que hicieron que las nuevas estrategias crearan nuevos estilos y
que nuevas formas del género documental tomaran vida.
Otro avance importante fue la aparición de los magnetofones portátiles, de
películas de mayor sensibilidad, de objetivos que permitían rodar con luz
natural y el «zoom», que permitía liberar al cámara de llevar una excesiva
carga de lentes y otros artilugios. Con el «zoom» el operador podía ir
eligiendo los materiales según rodaba, en una sola toma continua y montada
en la propia cámara, sin necesidad de modificar la secuencia de los
acontecimientos ni su tiempo real.
Otros títulos
importantes de esta etapa:
Un chant d´amour
(Francia, 1950) Jean Genet
Las estatuas también mueren (Francia, 1955) A. Resnais y Ch. Maker
San Miniato, luglio 44 (Italia, 1955) Paolo y Vittorio Taviani
El misterio Picasso (Francia, 1956) Henry Georges Clouzot
El mundo del silencio (Francia, 1956) J. Y. Costeau y L. Malle
El Sena encuentra París (Francia, 1958) Joris Ivens
Toda la memoria del mundo (Francia, 1958) Alain Resnais
Moi un noir (Francia, 1958) Jean Rouch
Ópera Mouffe (Francia, 1958) Agnes Varda
Joli Mai (Francia, 1962) Chris Marker
Gitanos (Hungría, 1962) Sandor Sara
Mondo Cane (Italia, 1963) Gualtero Jiacopetti
Hombres del rail (Checoslovaquia, 1963) Evald Schorm
El diario de Yunbogi (Japón, 1963) Nagisa Oshima
Point of Order (EUA, 1964) Emile de Antonio
Olimpíada de Tokio (Japón, 1964) de Kon Ichikawa
Africa Addio (Italia, 1966) Gualtiero Jacopetti
Evaporación de un hombre (Japón, 1967) Shohei Immamura
Portrait of Jason (EUA, 1967) Shirley Clarke
Appunti per un film sur l’Inde (Italia, 1967) Pier Paolo Pasolini
In the Year of the Pig (EUA, 1969) Emile de Antonio
Calcuta (Francia, 1969) Louis Malle
Carrozas de los dioses (Alemania, 1969) Harald Reinl
Diaries, Notes and Sketches (EUA, 1969) Jonas Mekas
Signos de vida (Alemania, 1969) Werner Herzog
Los años 70
Los años setenta
aparecen marcados por un importante salto cualitativo en lo tecnológico:
la incorporación de la cámara ultraliviana de video portátil, que desplazó
para siempre al Super Ocho. El hallazgo permitió la realización de filmes
enmarcados en el direct cinema como Woodstock (EUA,
1970), de Michael Wadleigh, donde el cineasta no tenía ningún control
sobre los actores ni pudo o quiso intervenir en el modo en que discurría
la puesta en escena. De modo muy parecido discurren Gimme Shelter
(EUA, 1970), de Albert y David Maysles; Basic Training (EUA,
1971), de Frederick Wiseman y Underground (EUA, 1975), de Emile
de Antonio.
Los años setenta
fueron también época de asentamiento del cine de autor para el documental.
Por este entonces se registran brillantes ejemplos de cineastas que
utilizaron el género para engastarlo en sus poéticas personales y en sus
discursos ontológicos e ideológicos: Apuntes para una orestiada
africana (Italia, 1970), de Pier Paolo Pasolini; País de la
oscuridad y el silencio (Alemania, 1970) y La Souffriere
(Alemania, 1976), de Werner Herzog; F for Fake (Francia, 1975),
de Orson Welles; Voz solitaria del hombre (URSS, 1978), de
Alexander Sokurov. Además, aparecen nuevos cultivadores, junto a los ya
consagrados, dentro del documental lírico o de sugerencias poéticas a
través del tema, del montaje y del empleo de la música: Los habitantes
(URSS, 1970) y Las estaciones (URSS, 1972), de Aztavad Pelechian;
Beauty (Holanda, 1971) y Diario (Holanda, 1972), de
Johan Van der Keuken.
No cesan de
producirse documentales tan comprometidos con la realidad como Harlan
CountyU.S.A. (EUA, 1977), de Barbara Kopple, que estuvo realizándose
durante cuatro años y la directora estuvo viviendo con los mineros de
Kentucky hasta conseguir un testimonio de primera mano sobre sus
condiciones de vida; Babou Boy (Senegal, 1970), de Djibril Diop
Mambety; Interview (India, 1971), de Mrinal Sen; Changrin et
la piete (Francia, 1972), de Marcel Ophuls, tal vez el mejor ejemplo
de documental revisionista, pues en cuatro horas y tanto se recurre a
entrevistas para poner en tela de juicio el papel de Francia durante la II
Guerra Mundial, en una cuerda parecida a Raza, el espíritu de Franco
(España, 1977), de Gonzalo Herralde.
Los años setenta
contemplaron cambios de narrativa en muchos documentales. Aunque continúas
formas narrativas, en tercera persona y del cinema verité, comienzan a
emplearse relatos en primera persona, cercanos al ensayo cinematográfico,
al reportaje general y a la fábula bien contada. Muchas veces estos
documentales se comprometían socialmente, y además portaban una petición
implícita al espectador de que reconociera la realidad del relator.
En 1973, la serie
del canal norteamericano PBS, titulada An American Family sienta las bases
para lo que daría en conocerse como Reality show. Dirigida por Alan y
Susan Raymond, los doce capítulos de la serie introducen todo tipo de
detalles íntimos sobre la familia neoyorquina.
En 1975 la Sony
comercializa los primeros casetes de Betamax.
Otros filmes
significativos:
On est au coton
(Canadá, 1970) Dennys Arcand
Vision of Eight (EUA, 1973) de M. Forman, C. Lelouch, A. Penn y
J. Schlesinger
P de Pelícano (Irán, 1973) Parvis Kimiavi
Muhammad Ali, The Greatest (EUA, 1974) William Klein
Last Grave in Dimbaza (Sudáfrica, 1974) Mahomo Nana
Deus, Patria e Autoridade (Portugal, 1976) Rui Simoes
Gizmo (EUA, 1977) Howard Smith
Nous aurons toute la mort pour dormir (Mauritania, 1977) Med
Hondo
Above us the Earth ( Gran Bretaña , 1977) Karl Francis
Always for Pleasure (EUA, 1979) Les Blank
De los
años ochenta al nuevo milenio
Una realidad
fragmentada, impuesta por el discurso televisivo, marca los mejores
documentales de los años ochenta y noventa. Así, aparecen o reaparecen con
fuerza una serie de estados intermedios como la dramatización o docudrama,
el reality show, la contaminación con los métodos de la ficción,
todo lo cual complejiza extraordinariamente el panorama, pues no
desaparecen tampoco ninguna de las modalidades anteriores; entre otras, el
documental propagandístico, histórico y de archivo, el observacional o de
cine directo, y otras muchas. Es la televisión la que establece las
distinciones genéricas del documental y no a partir de cánones formales o
compositivos, sino temáticos. Así, existen largas listas de documentales
científico-didácticos, deportivos, culturales, biográfico-históricos,
musicales, etcétera. Al ser la televisión el principal medio de
divulgación del documental, y haberse alcanzado una suerte de expansión
democratizadora a partir de la revolución tecnológica que significó el
video analógico y el digital, es difícil encontrar un país que no haya
alcanzado completar un acervo de documentales más o menos valiosos, que
tendrán al menos la capacidad de conferirle un retrato audiovisual a las
realidades de naciones con muy escasa producción cinematográfica. Todo
ello conduce a que en este período nuestra lista de sugerencias esté
sujeta al riesgo de las exclusiones y las injusticias, pero simplemente
nos fue imposible alcanzar títulos inapreciables de Europa, Asia, o África
(a Latinoamérica le dedicamos un aparte) que por simple desconocimiento
nuestro no están incluidos.
Este es el período
de máximo auge del documental autorreflexivo, el que se inserta en los
modos de producción y de realización que caracteriza al cine visto desde
su mismo interior, con intención historiográfica o crítico descriptiva:
Burden of Dreams (EUA,1982), de Les Blank; Heart of Darkness
(EUA, 1991), de F. Bahr y G. Hickenlooper y Mi querido enemigo
(Alemania, 1999), de Werner Herzog, al tiempo que abunda la variante que
combina la reconstrucción histórica de un acontecimiento mediante
entrevistas, archivo y, en algunas ocasiones, dramatización: la monumental
Shoah (Francia, 1985), de Claude Lanzman; Elegía (URSS,
1986), de Alexander Sokurov; Thin Blue Line (EUA, 1987), de
Erroll Morris, entre muchos otros.
Los documentales de
este período se caracterizan por los beneficios que aporta las cámaras,
principalmente de video, cada vez más pequeñas y manuales, las ventajas de
la edición computarizada y la posibilidad de operar al margen de la
industria productora y distribuidora (y por tanto liberarse de las rémoras
de las censuras y los precondicionamientos). Por todo ello, el género ha
conocido en fechas recientes una suerte de revitalización, o segunda edad
de oro, gracias también a la tremenda movilidad que pueden tener los
documentalistas, al gran sentido de intimidad que pueden lograr con el
sujeto fotografiado, y al cada vez más creciente sentido de la inmediatez
y el verismo. Existen una multitud de pequeñas compañías productoras que
también han propulsado el género (es evidentemente mucho más barato que la
ficción) además de una multitud de festivales especializados, entre los
cuales los más importantes son los de Belgrado, Bruselas, Chicago,
Cracovia, Edimburgo, Leipzig, Oberhausen, Tours y Venecia, entre muchos
otros.
Aunque a lgunos
afirmen que el reportaje no forma parte del documental cinematográfico,
dado su extremo uso actual en la televisión y en el mundo del periodismo y
del video, existen decenas de documentales que pactan con las técnicas y
las intenciones del reportaje; por ejemplo, los filmes de Michael Moore.
El documental reportajístico, tan en boga actualmente, puede considerarse
una derivación de las actualidades y de los noticiarios de los primeros
años del cine, pero quedó conformado totalmente durante la Segunda Guerra
Mundial, cuando los ministerios de guerra y propaganda crearon
departamentos de filmación y difusión interesadas en la información y en
la política. Las exigencias técnicas planteadas por el reportaje (cámaras
ligeras, pequeñas y móviles, formato de 16 mm o de video, películas más
sensibles, registro sonoro eficaz y portátil) contribuyeron al desarrollo
tecnológico del cine, y en especial del género que no siempre ha gozado de
la atención pública necesaria.
En marzo de 1991, un
aficionado videoasta grabó 12 minutos del arresto y la paliza a Rodney
King. La cinta fue mostrada con tanta frecuencia en la CNN y otros canales
de televisión que cambió el concepto de "lo documental" en tanto favorecía
la creación de "obras" con altísimo valor testimonial, independientemente
de otros valores seguramente no implicados.
Por otra parte, el
documento audiovisual digital, con soporte en CD-ROM o DVD proporciona al
medio documental ventajas indiscutibles. La abolición del soporte
analógico y su cambio paulatino por el soporte digital hizo cambiar muchos
de los planteamientos e ideas del documental tradicional, convirtiéndolo
en un futuro cercano en una nueva fuente de comunicación y de información.
El documental en soporte digital es completamente diferente al documental
tradicional pues el autor del documental deberá planificar de acuerdo a
sistemas diferentes, con lenguajes y métodos narrativos nuevos, previendo
situaciones y vínculos que el espectador-usuario utilizará posteriormente
con entera libertad. La narrativa analógica, lineal, deberá ser sustituida
por una forma expresiva y perceptiva digital y por lo tanto interactiva.
La tecnología digital abre los campos al documentalista, tanto en la
búsqueda de información como en el acceso a nuevas fuentes, bases de datos
y al almacenamiento de la información.
Otra ventaja está
dada en la vertiginosidad con la que avanza la calidad y perfección de las
cámaras y de sus procedimientos. La filmación se optimiza en el mismo
lugar de los hechos sin necesidad de esperar al revelado, se puede montar
en lugares reducidos y por procedimientos mucho más baratos y recibe, en
fin, todas las facilidades que puede aporta la tecnología digital. La
nueva tecnología, al hacer más fácil y barata la filmación da la
posibilidad de hacer más cine, y por lo tanto cine de autor, «documental
de autor», que hasta hoy día consiste en mostrar cualquier actividad
humana, por simple que sea, pero siempre bajo el punto de vista personal
del cineasta.
Algunas obras
importantes producidas entre 1980 y 2004:
Carta de Beirut
(Líbano, 1981) Jocelyn Saab
America from Hitler to MX (EUA, 1982) Joan Harvey
Mer dar (URSS, 1982) Aztavad Pelechian
Sans Soleil (Francia, 1982) Chris Maker
Chicken Ranch (EUA, 1983) N. Broomfield y S. Sissel
Rafael Alberti: retrato de poeta (Italia, 1983) Fernando Birri
Koyaanisqatsi (EUA, 1983) Godfrey Reggio
…and the Pursuit of Happiness (EUA, 1985) Louis Malle
Tokyoga (Alemania, 1985) Wim Wenders
No es fácil ser joven (URSS, 1987) Yuri Podnieks
Vincent: Life and Death... ( Australia, 1987) Paul Cox
Hotel Terminus (Francia, 1988) Marcel Ophuls
Powaqqatsi (EUA, 1988) Godfrey Reggio
Who Killed Vincent Chin? (EUA, 1988) Ch.Choy y R.Tajima
Le Masque (Francia, 1989) Jan Van der Keuken
Roger and Me (EUA, 1989) Michael Moore
Imagine: John Lennon (EUA, 1989) David Wolper
American Dream (EUA, 1990) Barbara Kopple
Le Dernier des Babingas (Congo, 1990) David-Pierre Fila
Paris is Burning (EUA, 1990) Jenny Livingston
Fin (URSS, 1992) Aztavad Pelechian
Brother´s Keeper (EUA, 1992) J. Berlinger/B. Sinofsky
Sevillanas (España, 1992) Carlos Saura
Lesson in Darkness (Alemania, 1992) Werner Herzog
El sol del membrillo (España, 1992) Víctor Erice
Le Pays des sourds (Francia, 1992) Nicolás Phillibert
Microcosmos (Fran, 1993) C. Nuridsany y M. Perennou
Guerre sans nom (Francia, 1992) Bertrand Tavernier
Starting Place (Francia, 1993) Robert Kramer
Devil Never Sleeps (EUA, 1994) Lourdes Portillo
Hoop Dreams (EUA, 1994) S. James, F. Marx y P. Gilbert
Heart of Darkness (EUA, 1994)
Organ Snatchers (Francia, 1993) Marie Monique Robin
Celluloid Closet (EUA, 1995) R. Epstein y J. Friedman
Citizen Langlois (Francia, 1995) Edgardo Cozarinsky
Crumb (EUA, 1995) Terry Zwigoff
When We Were Kings (EUA, 1996) Leon Gast
Wild Man Blues (EUA, 1997) Barbara Kopple
Kurt and Courtney (EUA, 1998) Nick Broomfield
Zapatista (Noruega, 1998) B. Eichert, R. Rowley y S. Sandberg
Después de la caída (Turquía, 1999) Atil Yilmaz
American Pimp (EUA, 1999) Hermanos Hughes
Buena Vista Social Club (Alemania, 1999) Wim Wenders
La espalda del mundo (España, 2000) Javier Corcuera
Glaneurs et la glaneuse (Francia, 2000) Agnes Varda
Southern Confort (EUA, 2000) Kate Davis
ABC Africa (Irán, 2001) Abbas Kiarostami
Mio viaggio in Italia (EUA, 2001) Martin Scorsese
Un coupable ideal (Francia, 2001) J-X. De Lestrade y D. Poncet
En construcción (España, 2001) José Luis Borau
Bowling for Columbine (EUA, 2002) Michael Moore
Etre et avoir (Francia, 2002) Nicolas Phillibert
Los nómadas del viento (Francia, 2002) Jacques Perrin
Capturing the Friedman´s (EUA, 2002) Andrew Jarecki
S-21: la máquina de la muerte khmer roja (Francia, 2003) Rithy
Panh
En construcción (España, 2003) José Luis Borau
Fahrenheit 9-11 (EUA, 2004) Michael Moore
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