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Revista Miradas
- Escuela Internacional de Cine y Televisión 0704. Cuba
Espacios sociales y performances
Modelados por los cánones establecidos para el cine de ficción, los
estudios sobre el documental han privilegiado las aproximaciones temáticas
y las clasificaciones estilísticas, los factores sociales presentes en
cada obra y la profundización en el texto fílmico. Se debe a estudiosos y
teóricos como Barrow, y también a Nichols, la tipología de los roles y de
las miradas que adoptan los realizadores: el primero habla de un
“observador” y de un “abogado”, el otro se refiere a una mirada
accidental, impotente o intervencionista.
En los años noventa,
el conjunto de estudios cinematográficos manifiesta claramente una visión
socioantropológica sobre la producción, según señala Michele Lagny, quien
denota el papel precursor de los estudios feministas norteamericanos en la
construcción de un cine femenino así como la emergencia de estudios
cinematográficos producidos y/o vistos por las minorías culturales. En los
Estados Unidos estas orientaciones están ligadas a las luchas
antisegregacionistas, mientras la batalla por los derechos civiles se hace
perceptible en varios documentales; tales temáticas han facilitado,
además, el acceso a la realización de las minorías y de las mujeres, en un
periodo cuando el campo teórico se abre progresivamente a los cultural
studies. Este movimiento transcurre no sin problemas de todo tipo: en
los años 90 puede afirmarse de todos modos que las nuevas orientaciones
políticas recolocan en la pantalla, y en la teoría fílmica, las
experiencias sociales de las minorías a partir de factores como la misma
tendencia mencionada de los cultural studies, de la emergencia
postcolonial y del multiculturalismo pensado a la luz de los movimientos
migratorios.
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Todas estas nuevas perspectivas abundan en
el campo del documental contemporáneo norteamericano, donde numerosos
filmes y teóricos ponen en evidencia el papel del realizador y de los
espectadores en términos socioculturales. En los años noventa era
usual que los documentalistas se presenten en la pantalla, se inserten
en las historias que cuentan, desempeñando roles muy activos y
visibles que han decidido asumir y revelando las modalidades de la
filmación mediante técnicas autorreflexivas. Numerosos realizadores
comparten en esta época el mismo bagaje universitario y provienen de
la clase media acomodada, y esta afirmación vale tanto para los
realizadores de uno y otro sexo, como para los que pertenecen a
minorías étnicas. |
Por otra parte, los
nuevos documentalistas que se forman en los años ochenta y noventa conocen
los análisis cinematográficos que se imparten en las universidades y,
aparte de las excepciones, tanto los propios realizadores, como también
los distribuidores, los productores y el equipo técnico constituyen grupos
bastante homogéneos en cuanto al conocimiento de las categorías propias
del documental como la autoridad proveniente del propio conocimiento y del
poder de quien establece la representación, además de estar bien enterados
de la matriz típicamente contracultural del género documental y de su
extrema facilidad para acercarse a la cultura popular.
Una relación
privilegiada de saber y poder caracteriza los filmes documentales
norteamericanos recientes, gracias también a la formación de quienes los
realizan, producen y distribuyen, incluso teniendo en cuenta que muchos
fueron rodados para circuitos educativos. La producción de un documental
se facilita por la instrucción universitaria de los autores, lo cual les
permite investigar, comunicarse con los expertos, redactar numerosos
proyectos, cuestionarios, guiones. Compartido por los espectadores
potenciales, este bagaje de conocimientos procura además placeres bien
específicos en la relación entre los creadores y el público, pero esa
carga de conocimientos también se convierte ocasionalmente en un fardo:
algunos rechazan esa posición de autoridad y de poder que le confiere al
realizador, o se molestan si la modalidad de trasmitir esa sapiencia roza
lo escolástico. Si bien muchos espectadores tienen el deseo de aprender,
son muchos también los que rechazan lo didáctico obvio.
El lenguaje del
relato, los vocablos empleados, la construcción de las frases, las
expresiones del “actor”, la proximidad del realizador al sujeto filmado,
pueden suscitar una relación marcada por la diferencia -o por la lucha- de
clases en los documentales norteamericanos recientes. El éxito de
Roger and Me tiene que ver con el hecho de que el realizador proviene
de la clase obrera, y también con su desenvoltura en contra de las normas
académicas, desenvoltura manifestada en el humorismo de la narración. Esta
posición derivada del saber y el poder de una clase social resulta
particularmente compleja y problemática tratándose de un medio
tradicionalmente izquierdista como lo es el documental. La mayoría de los
documentales norteamericanos recientes se ubican a la izquierda de los
poderes instaurados, para mejor combatir o denunciar las injusticias
sociales en el seno de una cultura de élites. La esencia de una técnica,
el conocimiento de la historia del cine y de su estética, en fin, la
competencia fílmica, confieren un poder que abarca desde la preproducción
hasta la difusión.
Un buen número de
documentalistas de los años noventa muestran sus presencias ante cámara y
eligen temas relacionados con sus biografías personales. Así, abandonan la
posición de observadores que caracteriza al género en épocas precedentes.
De tales aproximaciones resulta que el género se abre a sectores del
reportaje antes negados por las barreras del género, y así el terreno
documental se ha tornado cada vez más detalladamente voyeurista en un
sentido personal, íntimo, privado y filial. De la “verdadera” vida extraen
muchos documentales su papel social y además el tema a desarrollar. Esto
se hace patente sobre todo en los llamados mockumentaries, en los
cuales los realizadores se confieren un doble rol (realizan el filme y
además son los hijos, los padres, u otro) y se inventan una historia, una
familia y un lugar en esa familia. Marlon Fuentes se inventa un abuelo
para mostrar los archivos en Bontoc Eulogy (1995), Ruth Ozeki
Lounsbury crea la imagen de una abuela a la que no conoció en Halving
the Bones (1996). Estas parodias designan al documentalista-miembro
de una familia como una de sus principales convenciones narrativas y
temáticas, convenciones bien frecuentes en el documental norteamericano
contemporáneo.
Aunque, por
supuesto, todas las familias no se parecen, y por tanto los
actores-realizadores representan sus papeles de maneras muy diversas, de
acuerdo con la autoridad que les confiere el conocimiento del punto de
vista, en tanto directores, así como el tipo de relación que establezcan
con el medio documental. Desde una posición de autoridad conferida por el
saber (en tanto se descifra el discurso de una esquizofrénica sin ser
experto médico) actúa Michel Negroponte en Jupiter´s Wife (1994),
la vida de una mujer sin hogar cuyo discurso aparece interrumpido por
recurrencias a la mitología griega. Como resultaba tan difícil construir
un relato con fragmentos de discursos aparentemente inconexos, Negroponte
se filma a sí mismo en el trance de realizar la película, y así se sumerge
en el estudio de la mitología y en la investigación sobre la biografía de
esta mujer, creando una especie de puzzle verbal que incluye elementos
autobiográficos del cineasta que le permiten al espectador identificarse
con sus búsquedas y creerse la supuesta incompetencia del realizador al
principio del relato.
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Cuando Alain Berliner decidió filmar a su
padre en Nobody’s Business (1996) sabía bien que todo
espectador, cualquiera que sea la clase a la que pertenezca, su
nacionalidad, etnia o religión, tiene cierta experiencia en el dominio
que él proponía. Es decir, todo espectador es padre o hijo de alguien
y por tanto Berliner le propone al público un itinerario
característico de la mayoría de los documentales norteamericanos
contemporáneos: hombres en busca de algo por lo cual abandonan su
posición distante y oscura, y se abren a la emoción y a la vivencia
íntima. |
El teórico Paul
Arthur remarca que la tradición documental norteamericana se ha
constituido en contra de la dominación de Hollywood, y sobre todo en
oposición a ciertos de sus efectos, como la obligatoriedad a la coherencia
del relato y a los finales resolutorios y de clausura. La mayoría de los
documentales de esta época eligen (o se ven obligados a) rechazar los
presupuestos de la producción de los filmes comerciales. Tanto el formato
–video o 16 mm por oposición al 35 mm— como la iluminación, el trabajo de
cámara y la calidad casi nunca muy alta del sonido sincrónico son
generalmente compensados por el uso frecuente de la voz en off, que sitúa
al espectador en un punto distante de la consumación implícita en grandes
presupuestos y la tecnología costosa y espectacular. Los documentales que
Paul Arthur clasifica como poseedores de una misma “estética de la
derrota” tienden a exponer su filmación pobre y el relativo fracaso de
ciertas secuencias, invitando al espectador a participar de las
dificultades del proceso de concepción. Mediante el humor, la burla, la
puesta en evidencia, es que se coloca al espectador en un terreno que le
permita sustituir el interés que provocan los filmes comerciales. En
oposición al realizador típico de Hollywood, autócrata que controla a un
equipo de profesionales y de actores altamente calificados y bien pagados,
el documentalista se transforma en personaje de su propia obra, y se
representa a sí mismo como el artesano que comparte con el espectador las
inmensas dificultades de realizar su proyecto.
Los documentalistas
norteamericanos que se atribuyen un papel que desestabiliza su posición de
autoridad son generalmente hombres. En el momento de la globalización, y
de la entrada posible de las mujeres y de las minorías en esferas de
poder, la posición del “macho blanco” en el campo social puede muy bien
ser cuestionada a fondo. A la lista de documentalistas mencionados se
añade, en la simulación de “la derrota”, la actuación de Nick Broomfield
en Fetisches. Su fuga ridícula del salón sadomasoquista, al final
del filme, ofrece un cierre catártico: esta derrota libera al espectador y
al cineasta, mediante la risa y la evasión, del pesado rol de voyeur. Pero
son numerosos también los documentalistas que no se atienen a estos
cauces. Está, como contraejemplo, Fast Cheap and Out of Control,
de Errol Morris, en el cual el virtuosismo técnico exhibido, el control
del medio y de los sujetos filmados, están en las antípodas de la
aproximación documental promedio. Lo que Morris rechaza de Hollywood viene
a ser en todo caso la estabilidad de un relato lineal, el papel
protagónico de ciertos acontecimientos y personajes vistos en acción y
sujetos a un imperativo totalmente narrativo. Y si el realizador se
autoconfiere un rol, en este filme con numerosas referencias al circo,
sería el de acróbata en peligrosa situación, que al fin recobra el
equilibro.
En fin, que si “la
estética de la derrota” y ciertos roles asumidos por los documentalistas
indican la conciencia de una confrontación potencial con actores sociales
de otros medios y culturas, numerosos son los cineastas que, en la
elección de sus relatos, no cuestionan para nada su relación con los
sujetos filmados ni el lugar que ocupan en el filme. Así, algunos
realizadores optaron por filmar las campañas electorales en la tradición
de Primary, filme fundador del cinema verité
norteamericano, y tienden a borrar en sus filmes toda huella de su
presencia como realizadores: puede citarse a Pennebaker y Hegedus en
The War Room (1993), Cutler y Taylor en The Last Candidate
(1996) y Rafferty en Feed (1996). Kevin Rafferty es un
documentalista que en 1999 arribó a la experiencia del montaje de material
de archivo en Atomic Café, donde también elegía a un sujeto que
atravesaba diversos medios y países en The Last Cigarette. Estos
documentales parecen orientados hacia un público indeterminado, y todos
lograron la distribución en salas de cine.
Están también los
realizadores que se atienen a la investigación de cuestiones sobre la
política de la identidad. Su Friedrich, como Berliner, trabaja técnicas
experimentales y realizó dos filmes sobre sus padres: The Ties That
Bind (1984) es un retrato de su madre a través de una conversación
sobre su pasado en la Alemania nazi, y Sink or Swim (1990) es una
autobiografía compuesta de viñetas que trazan la relación de la cineasta
con su padre. El contexto más íntimo de un cine de mujeres es perceptible
en la factura misma de estos dos filmes: el papel de la
documentalista-hija es jugado con y para el público. El trabajo de la
imagen y del montaje, que rechazan la transparencia realista y la cohesión
del tema, recuerdan por momentos, aunque sea otro medio, las
autobiografías de Sadie Benning y de Lynn Hershman. Diferentes esferas
microculturales son exploradas y debatidas a través de este tipo de
documental autobiográfico que permite acercarse también a temas muy
difíciles. Camille Billops traza en Finding Christa el retrato de
una madre artista que decide confiar su hija a una agencia de adopción.
También está la pareja de amantes gays de Silver Lake, y la
genealogía de una familia de emigrantes judíos del Este europeo que incita
a no fetichizar el SIDA, habida cuenta de otras epidemias como el
holocausto, en Fast Trip Long Drop, de Gregg Bordowitz. La
existencia de un movimiento feminista, de las microesferas culturales y de
públicos distantes de la televisión y de los grandes circuitos
comerciales, autoriza estas revelaciones autobiográficas y sus
consiguientes exploraciones.
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Por contraste, ciertos filmes de mujeres se
orientan claramente hacia públicos más vastos. Thank You and Good
Night es la obra de una nieta que filma a su abuela agonizante y
a su modo es un documental pionero de esta tendencia
semiautobiográfica donde el relato apunta a veces hacia el humor o la
ironía. Como evoca el filme, la realizadora Jan Oxenberg propone una
narración de voz en off omnipresente. A las técnicas del reportaje
ella mezcla reconstrucciones, actores y figuras de cartón que
representan a la abuela ausente. Deborah Hoffman, en Complaints of
a Dutiful Daughter , adopta una factura mucho más convencional y
un tono mucho más sobrio para mostrar la relación de una hija con su
madre enferma del mal de Alzheimer. Estas dos realizadoras diseñan una
puesta en escena afín con la comedia, por lo tanto su rol se define
por su acción ante cierta situación difícil (la muerte, la enfermedad)
y no por su relación embarazosa con el sujeto filmado.
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Todo el tiempo,
durante los años noventa, ha sobrevivido un tipo de documental que
representa el cruce entre las esferas típicas del filme de ficción y del
periodismo televisivo, que por cierto emplea siempre la voz en off del
comentarista. De la ficción hollywoodense no se rechaza el relato, la
puesta en escena, el juego de roles. La estructura narrativa se afirma
como tal y tiende a integrar las explicaciones y comentarios. Pero en este
tipo de documentales se instaura una especie de doble discurso debida a la
presencia del realizador-actor: están la textura y las inflexiones de la
voz por un lado, y por otro, la imagen del cuerpo. Si estos filmes
proponen algún tipo de ilusionismo será el de instaurar una nueva relación
con el espectador digamos que más cooperativa, fundada sobre la base del
intercambio en términos de igualdad. La voz en off casi siempre lo
manifiesta: el tono no es de exhortación ni perentorio, ni tampoco
portador de esas marcas de autoridad “objetiva” característica de los
comentarios en las revistas informativas. Es una voz confidencial,
coloquial, presta a abrirse sobre lo íntimo.
Es difícil proponer
una tipología de las técnicas empleadas por los actores-documentalistas.
En estas actuaciones de los realizadores domina la certeza, aunque la
dimensión simbólica sea evidente en la muestra que se hace de la fijeza de
los estereotipos identitarios y la movilidad del cuerpo de
actor-realizador, entre el momento captado por una cámara y la identidad
heterogénea de quien vemos en su propio devenir. Sí puede decirse que todo
documentalista-actor es portador de regímenes contradictorios: contador
(propulsa el filme), comentarista (le pone voz a las imágenes), sujeto
filmado (es comprendido, divisado por el público). Por muy novedosa que
parezca esta variante, ella sitúa al género documental en la frontera con
los filmes de ficción y los telediarios informativos diarios. Los
procedimientos han cambiado, el lugar del género en el paisaje audiovisual
permanece indeciso. Sin embargo, existe un elemento de la tradición
documental que es abandonado casi completamente en los años noventa: la
filiación del género con “el discurso de la sobriedad”.
La tradición del
documental histórico encuentra nuevos roles. Reconstruir la vida de un
padre, de una madre o de una abuela, significa también establecer una
documentación respecto al pasado. Las funciones del documentalista hoy
tienen mucho que ver con las del historiador, aunque debe decirse que las
historias audiovisuales elaboradas por los documentalistas ofrecen una
cierta visibilidad pública de la cual carece la disciplina histórica.
Podemos afirmar que
en el campo del documental norteamericano contemporáneo se constata la
influencia tardía de las teorías feministas, y el género aceptó tarde los
acercamientos francamente subjetivos y privados. Esta evolución tiene que
ver con el slogan feminista de que the personal is political,
pero también está relacionada con la necesidad de comercializar los
materiales y con la revalorización de las culturas populares. La mirada
típica del documental, mirada fetichizada y descontextualizada en los
roles tradicionales de voyeur (observador, curioso, asombrado), se ha
visto sustituida por la especificidad del propio cuerpo expresivo del
realizador, visto como miembro de una comunidad. Se ha demostrado que el
sexo y la orientación sexual, la cultura, la clase social, la etnia y la
edad son parámetros que afectan la relación del espectador con el público.
Este espectador de documentales es un ente activo, coproductor de
sentidos, cofabulador del filme. Tal vez por ello sea que ahora se hable
menos de manipulación del espectador y más de la responsabilidad frente a
él. La actividad del espectador es hoy una práctica que, como muchas
otras, se considera un ritual social comprometido con lo imaginario.
Traducción
Joel del
Río
La autora es
productora de documentales, así como profesora de la Universidad de Nueva
York y de New School for Social Research. Lo anterior son fragmentos del
capítulo Espaces sociaux et performances y Du
film aux acteurs sociaux, del libro Documentaires
américains contemporains. Traducción y publicación autorizados.
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