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En el cine de terror de todos los tipos, uno
de los elementos principales (muchas veces común denominador), ha sido el
incitar el horror o el miedo a través de la sangre y otros elementos
repugnantes (vómitos, vísceras, etc.). Si muchos de nosotros supiéramos
como están rodadas esas secuencias, no nos causaría tanta repugnancia e
incluso soltaríamos alguna que otra carcajada pensando lo bien que se lo
debieron pasar – e incluso, a veces, la dificultad que debieron saltar-
esos locos para rodar sus película. Por eso, en este artículo propongo
desvelar algunos de los trucos utilizados para simular las escenas más
sangrientas y horrorosas. Muchos de estos trucos – como siempre ha
ocurrido con los grandes inventos - han salido del ingenio de los
maquilladores ante un escaso presupuesto y los elementos utilizados para
ello han sido de lo más casero y exquisito, como se comprobará a
continuación.
Como dice Fernando
de Felipe, profesor de la Universidad de Barcelona, «dado que el
moderno cine de terror de serie B se basa en los efectos especiales
baratos, el trucaje de saldo encuentra en este género su verdadera razón
de ser. La sangre ha de ser aparatosa, no para ser creíble, sino para ser
admitida como estilo (1). La visceralidad ha de ser
grosera, truculenta, hiperbólica, soportable en su exceso». Y precisamente
nos vamos a centrar en las películas modernas de cine de terror que han
poblado las pantallas en los años 80 y 90, y cuyos directores más
representativos se estudian en el libro de Rubén Lardín, Las diez caras
del miedo.
Demons (1985) de Lamberto Bava es
básicamente un descerebrado despliegue de efectos especiales maravillosos,
que se repartieron entre Sergio Stivaletti, uno de los
profesionales más populares de Italia, responsable aquí de las criaturas y
las transformaciones, y Rosario Prestopino, responsable del
maquillaje. Para ello contaron con la "crème de la crème": sangre a
borbotones, dolorosas mutaciones y litros de líquido verde que babeaban
los contaminados y que no era más que un delicioso preparado de yogur.
Y también para Desmons 2 (1986) contaron con cinco mil millones de
liras y ocho semanas de rodaje y que, como la primera parte, volvió a
servirse de los FX como principal tirón comercial.
Para el film Re-sonator (From Beyond,
1986) de Stuart Gordon, el director contó con la colaboración de cuatro
equipos distintos de FX que trabajaron simultáneamente en la película:
Tony Doublin se encargó de los efectos ópticos y mecánicos; John
Naulin llevó el tema del gore y los maquillajes protésicos (a él se le
debe la dichosa glándula pineal); John Buechler y su equipo son los
responsables de las transformaciones del Dr. Pretorious; y la criatura que
rodea al doctor y otras masas gelatinosas fueron elaboradas por Mark
Shostrom y sus asistentes. El dar con el look ideal para la película
no fue tarea fácil, y para ello se contó con el dibujante Neal Adams,
que evocó los principales aspectos visuales del film. A pesar del derroche
de medios, si algo tenía claro Gordon, es que no estaba dispuesto a
sacrificar una película por sus efectos especiales. «Cuando veo una
película de terror me gusta identificarme con los personajes, para así
poder entrar en la historia y pasar miedo. He visto muchas películas donde
es imposible reconocerse en algún personaje, son películas vomitivas.»,
declaró el director.
En Mal gusto (1985) de Peter Jackson, el
vómito verdoso de una palangana que se comen los forasteros fue realizado
por el propio Jackson. Este vómito se realizó a base de yogur, aderezado
con cereales, fruta, guisantes y zanahoria. Un compuesto, según el
director, «de lo más nutritivo». Y, según cuenta la leyenda, durante el
rodaje, Jackson creyó el brebaje poco consistente y le dio el recipiente a
un extra despistado que rondaba por allí para que le sumara algún elemento
que le diera cuerpo. Cuando se retomó la escena, las náuseas y los mareos
de algunos de los actores descubrieron el nuevo ingrediente: el tipo aquel
había añadido varias cucharadas de barro.
Todos los efectos especiales, tanto
técnicos como de maquillaje, incluida la creación de alienígenas, las dos
maquetas de la casa (una de ellas a escala ½) - a excepción de la
explosión del coche (trabajo de Grant Campbell) -, se le deben a Jackson,
que contó con la asistencia de Cameron Chittock. La sangre no era
más que sirope de frutas y los sesos utilizados eran de cordero. Jackson
solía visitar a menudo la carnicería de su barrio, en busca de hígados,
corazones, riñones para poder utilizarlos en su película. «Aprendí leyendo
revistas especializadas, como Fangoria, Cinéfex, y viendo un montón de
películas. A fuerza de experimentar me fui perfeccionando.» La totalidad
de los Fx sumó un gasto de 6.000 dólares
Para Braindead se contó con un
repertorio interminable de efectos especiales, desde los miembros y
cabezas que se amontonan en la película (todos con el rostro de algún
miembro del equipo técnico), a la escena final, la cúspide del gore más
gore, para la que se contó con un promedio de seis litros de sangre por
segundo. El responsable fue Richard Taylor y el trabajo de su
equipo ya fue reconocido en 1991, con el Premio en el Festival de Cine
Fantástico de Roma. Bob McCarron, responsable de Mad Max,
Razorback, Los colmillos del infierno, Calma total, o
Aullidos III, fue el encargado de diseñar las prótesis que luego
aplicó Marjory Hamlin. Richard Taylor, el diseñador de Fx, venía del mundo
de la televisión y la publicidad, y su labor consistió en dirigir y
organizar la creación de los diversos efectos especiales más impactantes
de la película: desde el bebé zombi de 8.000 dólares, que en realidad eran
siete muñecos, hasta la última gota de sangre. Cuatro meses antes de
empezar a rodar, Taylor y los suyos ya estaban planificando su tarea al
milímetro: «La sangre la fabricamos a partir de sirope dorado, teñido con
colorantes rojos y amarillos muy utilizados en cocina. Nos servimos de un
descalcificador de detergente para darle un aspecto algo luminiscente y
variar su densidad. El resultado fue una sustancia muy fotogénica. En el
plató, cada dos horas había que pegarse un fregoteo para no resbalar.
Acabábamos la jornada, sistemáticamente, empapados de sangre de la cabeza
a los pies. Para evitar accidentes, tuvimos que hacer un agujero de
evacuación en el suelo, que además permitía recuperar parte de la sangre».
El sirope terminaba por evaporarse bajo el calor de los focos, y el
ambiente de rodaje se mantuvo de lo más dulzón y pegajoso (2).
La noche de los muertos vivientes (Night
of the Living Dead) de George A. Romero, fue todo un reto tanto para
el director como para el equipo de rodaje, y el mantener la continuidad
fue una pesadilla absoluta. Casi todo el trabajo se realizó durante los
fines de semana, y a pesar de que en el rodaje predominaba el
compañerismo, las sesiones eran duras y largas, en ocasiones, hasta 24
horas. Por norma, las escenas de exteriores se filmaban de noche, y las de
interiores durante el día, cubriendo las ventanas con grandes papeles
negros. Para los maquillajes, Marilyn Eastman y Karl Hardman utilizaron
una cera dermatológica que suele usarse en las funerarias, según el
coguionista John Russo, «cuando uno pierde la nariz en un accidente de
coche». La sangre, la mayoría de las veces era sirope de chocolate – al
igual que en la anterior película, La noche de los muertos vivientes, en
la que utilizaron una marca de chocolate especial para simular la sangre
-, y las explosiones, disparos y demás, fueron trabajo de Regis Survinski,
el hermano de Vince, y de Tony Pantanello, según cuenta Romero, «una
pareja de chalados. Podía verlos manipular dos toneladas de explosivos, y
con sendos cigarrillos colgando de sus labios».
Y es que como se habrá podido comprobar
lo más asqueroso de las películas de terror, puede ser al mismo tiempo de
lo más dulce y alimenticio. Y si no, prueben a imaginar los diferentes
sabores que podríamos encontrar en la sangre...
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