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Si me preguntan digo: soy un cineasta
boliviano. Esto no quiere decir mucho en nuestros días, al menos puestos
en la dimensión del cine mundial. Soy uno de tantos cineastas de Bolivia,
o de otro país con un destino igualmente anclado en la sobre vivencia.
Como muchos otros cineastas, soy de los que hace una película “cada que
muere un obispo”, para usar una expresión popular. Es decir, una vez cada
cinco o seis años. Uno de esos cineastas que se considera independiente,
que quisiera hacer un cine propio, un cine pertinente a la realidad del
país, un cine libre de presiones y condiciones. Y por lo mismo, soy un
cineasta frustrado, como tantos de los que hacen (o no hacen) cine.
En Bolivia, todos somos cineastas más o menos frustrados, y ello no debe
sorprender. Autores de largometrajes, de documentales, de cortos en
video... los nuevos y los viejos... todos tenemos un clavo azul en la
garganta: nuestra relación de amor y de odio con el cine.
Los principales realizadores bolivianos de largometrajes de ficción se
frustran porque tienen que invertir varios años de su vida en busca de
financiamiento, antes de lanzarse a un producción. Eso significa con
frecuencia vender incluso “la platería de la abuela”, y en algunos
ocasiones, una parte del orgullo y de la integridad.
Así, el verdadero largometraje es el camino que el cineasta tiene que
recorrer para montar la operación de producción; con el agravante de
sentirse perseguido en todo momento por una amarga conciencia: el
largometraje no recuperará su inversión en el país, aunque tenga éxito.
Por mucho público que pueda convocar, por muchos premios que obtenga, la
película está destinada a perder. Solamente las ventas en otros países,
sobre todo a la televisión, podrían salvar la situación. La cabeza del
cineasta se calienta: “Si tan sólo pudiera hacer unas 5 o 6 ventas a
canales de televisión de Europa o Estados Unidos... Tantos canales, miles
de canales, ¿cómo no van a comprar la película unos cuantos?”
Lo dramático en la producción de largometrajes en Bolivia, es que los
costos son ridículos en comparación con otros países. Los films más caros
-digamos unos 500 mil a 800 mil dólares- no cuestan lo que cuesta la
producción de un video-clip de Madonna. Aún así, la recuperación de la
inversión es lenta y dolorosa.
Los realizadores de documentales, en cine o en video, enfrentan
dificultades similares. Los costos son aún menores, pero las posibilidades
de recuperación son más difíciles, por la sencilla razón de que el género
documental está de capa caída, sólo la televisión puede comprar
documentales, y eso significa que las condiciones y los precios no los
pone el realizador o el productor, sino quien adquiere los derechos de
distribución.
¿QUÉ INDEPENDENCIA?
La independencia del cine boliviano es como la de las repúblicas de
nuestra América, siempre entre la pared y la espada, siempre en la lucha
por mantenerse con vida, siempre amenazada por golpes, traiciones y
agresiones.
Al fin de cuenta, ¿qué es un cine independiente? Tendría que serlo
culturalmente, económicamente e ideológicamente.
En el plano de la independencia cultural, debería ser un cine que refleje
la vitalidad multicultural y diversa del país.
En el plano de la independencia económica, debería ser un cine que pueda
desarrollarse sin presiones, sin chantajes comerciales, sin concesiones
que lo desvirtúen; lejos del argumento falaz de que hay que llegar a
públicos más amplios, más vagos, menos determinados (más “comerciales”).
En el plano de la independencia ideológica, un cine que no tenga miedo, un
cine que reflexione sobre la realidad social y política, que contribuya a
la democracia y a la libertad.
Mal que bien, Bolivia ha tenido un cine independiente. Quizás el más
independiente de América Latina. Lo digo sin empacho porque me remito al
análisis de la historia del cine país por país. En la década de los
setenta tuve bajo mi responsabilidad la coordinación de una obra
voluminosa sobre el cine latinoamericano, que me permitió hacer estas
odiosas comparaciones.
En todos los países ha habido cine independiente, pero en Bolivia
solamente se ha hecho cine independiente (las contadas excepciones no
hacen sino confirmar la regla).
Mientras en la mayor parte de los otros países el cine independiente
representa quizás el cinco o el diez por ciento del volumen total de
producción, en Bolivia representa el 90 por ciento. Claro, en números
absolutos estamos hablando de una veintena de largometrajes y un par de
centenares de documentales en cine y video. No es tanto en cantidad, pero
sí es mucho en calidad. Mientras las grandes cinematografías del
continente -Brasil, Argentina y México- producen decenas de largometrajes
de vocación meramente comercial, los cineastas independientes emprenden la
larga marcha, la misma que emprendemos en Bolivia, para producir sus obras
tratando de que el sistema económico o político no los fagocite.
Hay quienes levantaron las manos por muchas razones justificables (entre
ellas porque ya se cabrearon de no poder hacer cine) y decidieron que era
mejor abrir un restaurante o una agencia de viajes; hay los que
claudicaron, y se entregaron al cine comercial y a la publicidad para
sentir que siguen haciendo cine, aunque ya no sea con la independencia de
antes; y hay los que continúan en la brecha, radicales, fundamentalistas,
en la larga marcha, de hacer cine ocasionalmente, luego de enormes y
desgastantes esfuerzos.
En los países cinematográficamente más pequeños, la situación no es muy
diferente. En Perú, Colombia, Venezuela, se trató de alentar el cine
independiente desde el Estado, mediante leyes de cine que garantizaban
cuotas de pantalla y producciones sobre temas relevantes a la sociedad y a
la cultura, pero hecha la ley hecha la trampa, por los mismos resquicios
de la ley se filtró un cine de vocación comercial que desvirtuó las buenas
intenciones que habían originado esas leyes.
El caso de Cuba es harina de otro costal. Otro tipo de problemas, otro
tipo de pugnas internas entre los más y los menos independientes,
problemas de censura también, pero en lo fundamental, una cinematografía
renovada, que produce obras respetables –tanto de ficción como documental-
sobre temas siempre relevantes a la realidad cubana y latinoamericana. Un
intento válido y bastante exitoso, de reconciliar desde el Estado, la
industria y el arte del cine, en base a una política cinematográfica
coherente, que abarca la producción y la difusión, pero también la
formación de nuevos cineastas (la Escuela de San Antonio de Los Baños) y
la solidaridad con cineastas del continente y del mundo (La Fundación del
Nuevo Cine Latinoamericano y el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de
La Habana).
Casi todos los cineastas bolivianos y latinoamericanos hemos tenido que
soportar, como dificultades adicionales, la censura, la persecución o el
exilio . Han sido perseguidas nuestras obras y hemos sido perseguidos los
cineastas, ya sea por ser cineastas o por otro motivo, pues en Bolivia y
en América Latina no podemos darnos el lujo de ser trabajadores de la
cultura al margen de una realidad sobre la que tenemos la responsabilidad
de testimoniar e intervenir. El cine boliviano perdió mucho, por ejemplo,
con el secuestro, tortura y asesinato de Luis Espinal, aunque lo
asesinaron por su actividad como periodista.
LA LARGA MARCHA
Las dificultades para hacer cine en Bolivia no las adivina el espectador
que cómodamente arrellanado en su butaca o frente al televisor, mide una
película boliviana con la misma vara con que mide una producción brasileña
o francesa.
Los problemas del cine boliviano son como los círculos del infierno de
Dante. No basta superar una de las dificultades, siempre aparece una
mayor. La cadena de dificultades y obstáculos empieza desde el momento en
que un cineasta por vocación o por formación (que los hay de ambos, buenos
y malos), comienza a reflexionar en una idea, escribir el guión, conseguir
el dinero para la producción, armar el equipo humano, obtener los equipos
de cámara... y filmar, revelar, editar, sonorizar, distribuir...
La memoria es cruel y la historia no es sino el triunfo de una memoria
dominante sobre las otras.
En la historia del cine boliviano van a quedar –y eso con un poco de
suerte- las películas, las obras terminadas. Gracias a la Cinemateca
Boliviana tendremos suerte los cineastas de que alguien en el futuro se
interese en unos minutos de celuloide o de video en los que invertimos un
pulmón y la mitad del otro. Alma, vida y corazón, para decirlo con otra
expresión nuestra. Pero no quedará la dimensión de lo que significó el
proceso de lograr cada uno de esos minutos. Para un cineasta, un minuto no
son jamás sesenta segundos. Desde el punto de vista del esfuerzo invertido
el minuto de un cineasta boliviano es uno de los más caros y menos
rentables. En toda la historia del cine boliviano el mérito de los
cineastas nunca ha sido solamente ser buenos cineastas, sino además haber
tenido la habilidad o la suerte, o ambas, de vencer los obstáculos que se
levantan en el camino que lleva desde una idea original, hasta la
concreción de una obra cinematográfica.
Lo dramático y a la vez lo bello de nuestro cine es haber sido desde el
principio un cine un cine de amateurs; es decir amantes, no aficionados.
Un cine de amantes del cine. Un cine de cineastas testarudos,
empecinados, capaces de las proezas más creativas, para sacar adelante un
sueño, contra viento y marea. Los ejemplos abundan y al recordarlos uno no
sabe si sentirse honrado como cineasta y como boliviano, o ceder a la
tentación de lanzarlo todo por la borda. ¿Cómo, en qué condiciones, se
hizo cine en Bolivia desde las primeras décadas del siglo pasado?
Esa pregunta fue la principal motivación para dedicarle cinco años a
responderla . Mi punto de partida era el simple: el deseo de saber más, de
conocer a los que fueron los pioneros de esa aventura tan singular, y
buscar en su ejemplo alguna inspiración.
Me volqué en los archivos de las hemerotecas, a buscar como un ratón
empeñoso breves notas en las que se daba cuenta de algún hecho relacionado
con la vuelta de manivela de una cámara de madera o de una exhibición de
biógrafo. Cada dato me abría una puerta insospechada. En particular, los
nombres de los pioneros me estimulaban a ir en busca de sus familiares o
de quienes los habían conocido.
Tuve la suerte de encontrar todavía con vida a muchos, y cada uno de esos
encuentros servía para acortar de una manera mágica una distancia de
treinta o cincuenta años. No hubo ni un caso en el que no les brillaran
los ojos de alegría y nostalgia a esos viejos pioneros cuando les decía
que venía a hablar de cine. Los encontré en los lugares más diversos, y a
veces luego de pesquisas casi detectivescas. En Santa Cruz encontré a
Donato Olmos Peñaranda, uno de nuestros primeros actores, y a Augusto
Roca; en Cochabamba a Raúl Montalvo y Mario Camacho; en La Paz a José
Jiménez, a Donato Eduardo Delgado, a Raúl Durán, a Germán Rojas; en Lima
a Nicolás Smolij; en Ginebra a Alberto Perrín Pando; en Houston, gracias a
un dato que me proporcionó Marina Núñez del Prado, a uno de los grandes
pioneros: José María Velasco Maidana. Ellos y tantos otros.
Sus testimonios fueron configurando una historia donde lo más importante
no son los detalles para cinéfilos sino las vivencias para los amantes del
cine. La historia de nuestro cine es una historia de pioneros. Basta
remontarse a principios de los años veinte para encontrar, por ejemplo,
que el primer largometraje boliviano es también el primer caso de censura.
En 1925, un juez condenó a la hoguera a “La profecía del Lago”, acción que
por suerte no se cumplió. José María Velasco Maidana, volvió a la carga a
fines de los años veinte con “Warawara” -una superproducción para esa
época- pero tampoco tuvo mucha fortuna. Las decepciones pesaron fuerte en
el ánimo de Velasco Maidana para abandonar definitivamente el país a
mediados de la década del treinta. Pero sus discípulos, Camacho, Jiménez y
Montalvo, recordaban todavía con nostalgia una anécdota hermosa: Velasco
Maidana, sentado junto a la puerta del laboratorio, los entretenía con su
violín mientras ellos, en plena oscuridad, hacían a su vez magia para
revelar los tambores de película en una instalación artesanal.
La suerte de las películas documentales o de ficción que se rodaron
durante la Guerra del Chaco no fue mejor. Cuando no eran víctimas de la
propia situación política que vivía el país -como Bazoberry- eran blanco
de una crítica cruenta y despiadada, como sucedió con “Hacia la Gloria”.
En esas condiciones, ¿qué estímulo podían tener los noveles cineastas
bolivianos para persistir en sus intentos? La guerra y la llegada del cine
sonoro enterraron con vida al cine boliviano, del mismo modo que fue
enterrado vivo uno de sus actores bufos más queridos, Emmo Reyes,
antepasado mío.
Con Ruiz, Roca, Perrin, Roncal y otros renace de sus cenizas el cine
boliviano a fines de los años cuarenta, luego de un periodo de silencio
sepulcral. Pero nace para desarrollarse profesionalmente y para trascender
por primera vez, con “Vuelve Sebastiana” y las producciones del Instituto
Cinematográfico Boliviano (ICB), y más tarde, en los años sesenta los
largometrajes de Ukamau Ltda. (Jorge Sanjinés, Oscar Soria, Antonio Eguino,
Ricardo Rada).
Hay testimonios de las dificultades de todo orden que esos pioneros
tuvieron que enfrentar por causa (y por la causa) del cine boliviano.
“Revolución”, la primera obra maestra de Sanjinés realizada con el apoyo
de Soria y Rada, se hizo con trozos de película virgen que quedaban de los
documentales de encargo producidos para la Lotería y otras instituciones.
¿No tuvo Oscar Soria que hipotecar su casa para que pudiera hacerse un
importante largometraje boliviano? ¿No se prohibió “Yawar Mallku” el
primer día de su estreno en La Paz, el 17 de Julio de 1969? ¿No sufrió
Sanjinés el exilio y la persecución de las películas que había dirigido,
en las que mostraba la realidad del racismo, de la discriminación, del
imperialismo, de la violencia contra los pobres, así como de la lucha por
la democracia y por la libertad? Son varios los cineastas que fueron
encarcelados -Antonio Eguino entre ellos- perseguidos o exiliados durante
las dictaduras militares.
Podríamos analizar, una por una, la vida de cada película para comprender
hasta que punto son el resultado del empecinamiento y de la seguridad que
generan las convicciones, tanto éticas como ideológicas.
En tiempos de democracia las dificultades políticas para hacer cine
disminuyen, pero no así las dificultades materiales en un país cuyas
necesidades más básicas no han sido satisfechas, y que figura entre los
tres países con índices más bajos de educación y salud en América Latina.
En los años setenta y ochenta, el cine conoció nuevas opciones
tecnológicas que han contribuido a darle un nuevo respiro al cine, primero
a la producción documental, y recientemente a la producción de obras de
largometraje. El video en su versión digital está cambiando muchas cosas,
entre ellas la distinción que se hacía entre cine y video. El video ya no
es el pariente pobre del cine. Las nuevas tecnologías audiovisuales de
finales de siglo ya no permiten establecer una jerarquía de calidad entre
el cine y el video.
LAS PELÍCULAS Y SUS FANTASMAS
La historia del cine boliviano es también una historia de proyectos
abandonados en diferentes etapas de su realización. Algunas no llegaron
muy lejos, a pesar del entusiasmo de los cineastas, como es el caso del
largometraje que Jorge Ruiz siempre soñó filmar en las cachuelas del Beni,
con el título de “Machete Marbán” o de Hugo Roncal con su largometraje “Un
hombre cualquiera”.
Otro proyecto en el que Ruiz estuvo involucrado -con Gonzalo Sánchez de
Lozada y Hugo Roncal- fue “Detrás de Los Andes”. Luego de un periodo arduo
de filmación y múltiples dificultades en los ríos benianos, el proyecto
fue abandonado (aunque resucitó años después, con un cariz comercial y un
título diferente “Mina Alaska”).
Uno de los ejemplos más conocidos es sin duda “Los caminos de la Muerte”,
que el Grupo Ukamau emprendió en 1969, mientras “Yawar Mallku” obtenía el
reconocimiento de la crítica internacional. Fue un film “kencha”: las
cámaras no funcionaban bien, la comunidad no cooperaba, las tensiones
dentro del grupo crecían, y el negativo revelado en Alemania quedó
prácticamente inutilizado, salpicado por una lluvia de manchas blancas.
Con un proyecto quizás menos ambicioso, pero no menos importante para mí,
sufrí una experiencia frustrante con mi película sobre Espinal, que hasta
el día de hoy no se ha podido terminar.
Poco después del asesinato de Luis, la Asamblea de Derechos Humanos
solicitó mi apoyo para coordinar un libro colectivo que luego se publicó
con el título “Luis Espinal: el grito de un Pueblo”, con artículos de
Xavier Albó, Antonio Peredo, Gregorio Iriarte, yo mismo. El libro abordó
las diferentes facetas de Espinal: periodista, sacerdote, cineasta,
defensor de la democracia, etc. Para realizar ese trabajo tuve acceso a
los archivos de Luis, a sus textos y a sus fotografías, lo cual me
permitió escribir el libro sobre la trayectoria de Luis Espinal en el
cine y comenzar una película documental con los medios modestos que tenía
a mi disposición: una cámara de cine super 8. Filmé testimonios de Oscar
Soria, Antonio Peredo, René Bascopé, Walter Solón Romero, Domitila de
Chungara, Anibal Aguilar, entre otros. Y allí empezaron los problemas, en
julio de 1980.
El golpe cavernario del General García Meza, a quien le había dedicado
algunos artículos en el semanario “Aquí”, me hizo pasar primero a la
clandestinidad, luego al asilo en una misión diplomática y luego al
exilio. Los rollos de super 8 se extraviaron, pero pude recuperarlos al
regresar a Bolivia años más tarde, lo cual me devolvió el entusiasmo para
cumplir lo que me parecía ser en ese entonces una promesa con Luis
Espinal. En el segundo intento decidí que haría un proyecto más ambicioso,
en 16 mm, una mezcla de ficción y documental, utilizando los testimonios
ya filmados, añadiendo escenas dramatizadas. Mario Mercado se portó como
un señor prestándome cámara y luces de su productora de cine. A pesar de
nuestras diferencias políticas, y de que Espinal había sido censurado
cuando trabajaba en Ultima Hora, no dudó ni pidió nada a cambio. Armando
Urioste se hizo cargo de la fotografía, y esta vez nos concentramos en
escenas dramatizadas. Adalberto Kopp hizo un excelente Espinal. Filmamos
la salida del cine 6 de Agosto, el secuestro en Miraflores, la tortura y
muerte en el matadero. Esta fue la escena más terrible, filmada en el
lugar donde realmente habían sucedido los hechos, lo hicimos además a la
misma hora, en medio de la noche. Todavía me estremece pensar en ella.
Filmamos a René Bascopé en las oficinas de “Aquí” y en la imprenta donde
se producía el semanario. Ese viernes terminamos en la madrugada, y una
vagoneta que habíamos alquilado nos fue dejando en nuestras casas. Un par
de horas más tarde recibí una llamada de la esposa de René Bascopé. Estaba
herido, una periodista que nos había visitado durante la filmación, le
había disparado atravesándole varios órganos. René sobrevivió, pero se lo
llevó una septicemia semanas después.
Una noche de filmación en la Avenida del Ejército, mientras esperábamos
dentro del vehículo que pasara la lluvia (en pleno mes de junio), nos
embistió un carro que no pudo frenar a tiempo. No recuerdo ya cuantas
cosas más sucedieron, pero fue una tras otra. Uno de los rollos revelados
había sido puesto dos veces por descuido de un asistente, inutilizando así
de un solo golpe dos escenas.
Hice un tercer intento, pues no quería darme por vencido. Conseguí juntar
un poco de dinero, lo suficiente como para contratar a dos o tres técnicos
que podían colaborar en la filmación, y alquilar la cámara y el equipo de
sonido. El proyecto tomó una nueva dimensión, ya que abordaría a través de
Luis Espinal el tema de la iglesia de liberación en Bolivia. Filmamos la
misa del Papa Juan Pablo II en El Alto y una nueva ronda de entrevistas en
Cochabamba, Oruro y La Paz, con Monseñor Terrazas y otros curas
progresistas, con Domitila de Chungara, otros. Conté con la colaboración
de cineastas amigos del Perú, con Jorge Vignati como camarógrafo. El
material filmado fue enviado a Francia, pero el laboratorio perdió una
buena parte del sonido. La edición no pudo hacerse en esas circunstancias.
Me traje a América Latina lo que pude recuperar. El Instituto Cubano de
Radio y Televisión (ICRT), puso a mi disposición una sala de edición en La
Habana, pero al cabo de varias semanas allí, y sin haber avanzado mucho en
el montaje, tuve que dejar en suspenso el proceso. Frustrado, me embarqué
en otros proyectos y trabajos que me llevaron varios años al África y a
Haití, y cuando a mi regreso retomé contacto con el ICRT para recuperar
los materiales, recibí la noticia de que no los encontraban en ninguna
parte. Punto final. Otra historia frustrante como las que han vivido
muchos cineastas bolivianos, desde Velasco Maidana hasta los que todavía
hoy tratan de sacar adelante un cine que no termina de alzar vuelo.
La larga marcha parece que nunca llega a su fin, porque el camino se acaba
antes de alcanzar las metas, las piernas se agotan, la motivación falta.
Sálvese quien pueda, que sobrevivan los más testarudos y persistentes.
A pesar del panorama poco alentador, contamos con puntales que en los años
sesenta y setenta eran impensables. Tenemos una Ley de Cine (aunque no se
aplique al pie de la letra), tenemos un Consejo Nacional del Cine
(representativo, pero débil), tenemos una Asociación de Cineastas y
Videastas Bolivianos (con mucha gente joven y empeñosa), y contamos con
una Cinemateca Boliviana (que gracias a Pedro Susz inaugurará muy pronto
una nueva sede).
La bisagra entre dos milenios plantea para nuestra independencia como
cineastas retos diferentes. Ya no es posible pensar solamente en términos
nacionales en un mundo arrollado por la globalización de la economía y de
los medios. Por desgracia, hay más preguntas que respuestas. Quizás es una
época en la que, como Sócrates en la suya, lo mejor es dialogar con todos
para hacer avanzar el pensamiento. Una época para dejar todas las
opciones abiertas, para enriquecerlas a través de la reflexión, en espera
del Platón que vendrán a poner orden en las ideas.
Alfonso Gumucio Dagron
es Escritor, cineasta, periodista, fotógrafo y
especialista en comunicación para el desarrollo. Es autor de una veintena
de libros y películas documentales, y ha trabajado en seis continentes en
proyectos de comunicación participativa para el cambio social. Es Director
Ejecutivo del Consorcio de Comunicación para el Cambio Social.
Fue miembro de la redacción del Semanario “Aquí” hasta el golpe de 1980, y
ha publicado en diarios y revistas de Bolivia, América Latina, Europa,
Norteamérica, África y Asia.
Desde 1980 su trabajo en comunicación para el desarrollo lo ha llevado a
todas las regiones del planeta. Trabajó con UNICEF en Nigeria (1990-94) y
Haití (1995-97); fue director del “Tierramérica” (1998), una plataforma
regional de información para el medio ambiente. Ha sido consultor de FAO,
UNESCO, PNUD, PNUMA, la Cooperación Australiana, UNAIDS, DTCD y la
Fundación Rockefeller en proyectos de comunicación para el cambio social.
Ha escrito veinte libros de poesía, narrativa, testimonio, y estudios
sobre literatura, cine y comunicación: Historia del Cine Boliviano
(México, 1982); Cine, Censura y Exilio en América Latina (1979); Luis
Espinal y el Cine (1986); Las Radios Mineras de Bolivia (1989) en
colaboración con Lupe Cajías; Comunicación Alternativa y Cambio Social
(1990); La Máscara del Gorila (1982) que obtuvo el Premio del Instituto
Nacional de Bellas Artes de México (INBA; y Haciendo Olas: Comunicación
Participativa para el Cambio Social (2001), entre otros.
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