Otro Campo -
Deleuze tiene la costumbre de disponer múltiples líneas, saltando de una
a otra, haciéndolas bifurcarse o unirse, pero preguntándose siempre por
dónde debe pasar tal o cual línea, pues la determinación de un problema
depende de ello. En su «Lettre à Serge Daney: optimisme, pessimisme et
voyage» [1], superpone tres líneas distintas para
pensar la situación del arte en la sociedad de control: los conceptos de
imagen-movimiento y de imagen-tiempo, los tres períodos del cine
descritos por Daney y las finalidades del arte según Alois Riegl
(embellecer la naturaleza, espiritualizar la naturaleza y rivalizar con
la naturaleza). [2]
Según la primera línea, el cine surge como enciclopedia del mundo: ¿Qué
hay para ver detrás de la imagen? Lo que hay para ver es el mundo como
ventana abierta por el cine, que embellece a la naturaleza, aun si el
horror forma parte de la imagen. El montaje es todo el arte del cine, y
se trata de hacer variar el esquema sensorio-motor integrando los
centros de indeterminación, de componer las líneas del universo en una
totalidad orgánica, anima mundi. Pero este deseo de embellecer el
mundo ha sido arrebatado por los totalitarismos hitleriano y
hollywoodense, que transformaron el Alma del Mundo en un cortejo de
autómatas sin almas. El arte de las masas se ha revelado desde entonces
como una programación de estas masas, una reproducción de la vida y de
la cultura –como un espectáculo total que culminaría con la guerra en su
mayor puesta en escena, donde la ciudad-cine de Hollywood vence a la
ciudad-teatro de Hitler.
Con la crisis de esta primera línea, el cine se convierte en pedagogía
del mundo: ¿Podemos sostener la mirada de lo que de todas formas vemos?
Es un cine de videntes. Los personajes del cine –el montaje, el relato,
los componentes de la imagen– van a sufrir una metamorfosis,
desencadenarán un proceso de espiritualización del mundo en su mayor
grado de intensidad. Se va a desarrollar un cine de la imagen-tiempo.
Pero la enciclopedia del mundo y la pedagogía de la imagen pronto se
hunden para dar lugar a una profesionalización del ojo: lo que emerge es
la televisión, en tanto que técnica inmediatamente social, en tanto que
consenso social y técnico que emerge con el fin del arte de la
imagen-tiempo.
Se dibuja una tercera línea, no se trata ya de una ventana (tras la
que...), ni tampoco de un encuadre-plano (en el que...), sino de una
tabla de información sobre la que las imágenes desfilan de manera
indiferenciada. Cómo insertarse en las imágenes, desde el momento en que
su segundo plano (fuera de campo) es él mismo otra imagen? ¿Cómo pasar
entre las imágenes, si su intersticio está cristalizado en una imagen-clisé
que nos impide ver las que vienen de afuera? Cómo construir un plano de
inmanencia, trazar una línea de fuga, si el mundo se ha puesto a hacer
cine, impidiéndonos pensar un “afuera” que no fuese desde un principio
capturado por el clisé?
Hay que recordar que Deleuze tenía afición por la historia universal.
Asimismo, la recuperación de la periodización de Riegl –según la cual la
historia del arte se confunde con la historia del pensamiento– es la
ocasión para enunciar lo que estaba sólo implícito en Estudios sobre
cine 1 y 2, ya que este libro se presentaba como una historia
del pensamiento a través del cine. Si a partir del Antiedipo
Deleuze y Guattari proponen diversas periodizaciones que forman una gran
cartografía de la subjetividad y de sus múltiples universos (cognitivos,
afectivos, sensibles, discursivos) [3], quisiéramos por
nuestra parte retomar la línea así trazada y bifurcarla hacia tres
puntos de singularidades que pueden permitirnos redistribuir las series.
Primer Punto: Del Paisaje
En un texto de gran belleza, titulado «Del Paisaje» [4],
Rilke distingue tres tipos de paisajes que presentaremos como sigue: en
la Antigüedad, el paisaje-cuerpo tiene por función embellecer la
naturaleza; en el Renacimiento, el paisaje-pathos espiritualiza la
naturaleza; en la Modernidad, el paisaje-spatium aparece como pura
plasticidad indiferente a la naturaleza.
En la Antigüedad, el paisaje era una escena vacía que no existía, y no
tenía ningún sentido en la medida en que la figura del hombre no la
animara con la acción serena o trágica de su cuerpo. El paisaje era
contemplado por la mirada sagaz del hombre que remite todo a sí mismo:
desconocía a la naturaleza que no se cultivaba como su propio cuerpo,
pues el hombre, aunque existía hacía ya largo tiempo, aún estaba
demasiado deslumbrado consigo mismo como para dirigir su mirada a otro
lado.
Durante el Renacimiento, se alababa a los Cielos a través de la Tierra,
pero se lo hacía con tanta abnegación que la pintura se había convertido
en un himno a la Naturaleza, pues la piedad profunda es similar a una
lluvia: termina siempre cayendo sobre la tierra de la que se ha elevado,
y es una bendición para los campos. Poco a poco, el paisaje se
vuelve arte, pretexto para la expresión de un sentimiento humano,
parábola de un gozo, de una piedad y de una profundidad humana casi
indecibles.
Más tarde, y de forma imperceptible, el pathos se disipa, se aleja, y el
paisaje gana con ello en autonomía. El hombre comienza a sentir el
paisaje como una cosa distante, diferente de él, como una realidad en la
que no puede tomar parte, y que se encuentra ahí, radicalmente “afuera”,
una realidad desprovista de todo sentido que le permita percibirse en
ella, una realidad indiferente; sólo entonces el hombre ha logrado
comprenderla. Y cuando el hombre, más tarde, ha acabado por entrar en
este medio, pastor, campesino, o simplemente figura en la profundidad
del cuadro, ha perdido toda presunción, y se ve que no quería ser otra
cosa que una cosa entre las cosas.
La belleza del texto de Rilke reside en el hecho de que logra describir
esta larga transformación del mundo en paisaje como una profunda
cartografía de la subjetividad, en un movimiento que nos recuerda el de
Deleuze en Estudios sobre cine 1 y 2. El paisaje se
transforma y se desplaza progresivamente. De accesorio de una acción,
más o menos comandado por ella, se vuelve lugar de las maravillas,
jardín de las delicias, morada de un estado del alma... Poco a poco, el
paisaje se vuelve placer de ojos distraídos, luego la impresión y la
sensación lo arrebatan: de una imagen-acción se pasa a una
imagen-afección, luego a un puro percepto. Para Rilke, el
paisaje puro es lo único capaz de revelar la naturaleza inhumana sobre
la que se instala el hombre: son éstos perceptos puros, o los paisajes
no-humanos de la naturaleza.
Segundo Punto: Alphaville. La Capital del Dolor
Alphaville es el primer film de Godard que
combate el mundo de la información. Se trata de un film serial, virtual,
que se realiza bajo tres formas distintas y que nos permite reemplazar
la tríada deleuziana citada más arriba bajo otra forma: la
ciudad/cuerpo, la ciudad/naturaleza y la ciudad/cerebro.
A cada serie o a cada línea del film corresponde una figura emblemática:
la línea, el círculo y la banda de Moebius. Estas figuras se repiten a
lo largo del film bajo la forma de las señalizaciones y los signos
gráficos de la ciudad: flechas, círculos semicírculos, la letra alfa, el
símbolo del infinito y el número ocho. Todo el film –por su montaje, su
relato, los movimientos de cámara, sus voces, su sistema de citación
[5]– se confunde con las funciones geométricas de la
linealidad, de la circularidad y de la línea dividida y replegada al
infinito de la banda de Moebius.
El film utiliza tres movimientos de cámara. Los largos travellings, las
vistas panorámicas circulares y el movimiento browniano. Los primeros
son funcionales y motivados por el espacio, mientras que los segundos
son puramente formales. Existe además un tercer tipo en el que la cámara
así como los personajes cumplen recorridos aleatorios e independientes
unos de otros, sobre todo hacia el final del film, cuando Alpha 60
pierde el control de la ciudad, y ésta se convierte en un sistema de
movimientos caóticos, una verdadera coreografía browniana.
Las voces del film componen una relación triádica compleja. La de Lemmy
Caution cumple el papel del narrador clásico; idéntica a la serie
televisiva a la que pertenece el film, se amolda a un relato lineal. La
voz femenina de Natacha asume el papel del narrador en la secuencia en
la que cita los versos de Paul Éluard; interrumpe el carácter secuencial
del relato creando una circularidad entre lo que se dice y lo que se
muestra. La voz de Alpha 60 es múltiple. Como Proteo, Alpha es puro
simulacro: se muestra y se oculta, se oculta aun mostrándose. Cada una
de sus apariciones es una posibilidad de respuesta local y una
imposibilidad de respuesta global. Línea quebrada, fractal del relato de
Alpha. Proteo es agua, pantera, fuego. Pero ¿qué es Proteo cuando ya no
es río, y todavía no es ni tigre ni fuego? Al final de Alphaville,
la despiadada computadora Alpha 60 cita, con voz ronca, una frase de
Borges que podría ser un esbozo de respuesta: “El tiempo es la sustancia
de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el
río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que
me consume, pero yo soy el fuego.” [6]
La voz de Alpha es pura virtualidad y no se confunde con sus múltiples
realizaciones: voz de chofer de taxi, voz de conferencista, voz de
recepcionista, voz de máquina. Cuando habla, no es ni una ni otra; esta
voz, que sólo puede estar adentro por estar afuera, a una distancia sin
distancia, no puede encarnarse: no puede fijarse en un sustantivo de
majestad. Alpha puede tomar la voz de cualquier personaje, o incluso
crear la función híbrida del mediador –como cuando interroga a Lemmy
Caution–; ella destruye toda mediación, es siempre la
diferencia-indiferencia que mina el carácter personal de toda voz: puro
intersticio que opone un interdicto a la constitución del film como
totalidad. [7]
El título del film es un tríptico. El primer elemento es Alphaville.
El segundo, su subtítulo: Une Aventure de Lemmy Caution. El
tercero, por fin, remite a Alphaville como nombre de ciudad: Capitale
de la Douleur, el libro de Paul Éluard tan a menudo citado y que
también aparece en el film.
Alphaville es un film policial de serie B –una aventura más de
Lemmy Caution, serie televisiva interpretada por Eddie Constantine–
cuyos ingredientes parodia: persecuciones, universo nocturno, peso de la
fatalidad, flechazo entre el detective-espía y la mujer que podría ser
su peor enemigo. Alphaville es un film mítico que espiritualiza
el mundo del arte. Aun si remite a un tiempo histórico, en el que el
fascismo disciplinario hitleriano se mezcla con los sistemas modernos de
control de la ciudad/cerebro, despliega también un tiempo inmemorial en
el que, como de un tiempo que jamás se hubiera hecho presente, emergen
aquí y allí, los fragmentos del libro de Éluard, Capitale de la
Douleur. En el momento mismo en que se desnuda el amor, en que las
palabras se liberan de la imagen y de la memoria del pasado, el film nos
proyecta hacia un tiempo mítico por el solo hecho de que es la fuente
del mito, de la poesía y de la mirada: como Orfeo, Lemmy Caution rapta a
Natacha en la noche de Alphaville. [8]
Alphaville es también un relato de ciencia-ficción en el que el
hombre y la sociedad son desafiados por la alta tecnología: los
habitantes de Alphaville son autómatas cuyos pensamientos y gestos son
controlados a distancia por el cerebro electrónico Alpha 60.
Tercer Punto: Berlin Cyber City
Los sistemas de realidad virtual son dispositivos de visualización de
imágenes de síntesis que traducen en motricidad todo lo que el
espectador hace, siente y piensa. Son ambientes sometidos a
restricciones que son resultado de perfeccionamientos de los desempeños
de las acciones militares. La teleología de la investigación en los
sistemas de interfaces interactivas apunta a lograr una mayor
complejidad y eficacia en los esquemas sensoriales y motores, así como a
aumentar el grado de ilusión de realidad de las interfaces. Para el
usuario de la realidad virtual, percibir es actuar virtualmente sobre
algo.
El programa de realidad virtual de Monika Fleischmann, en Berlin
Cyber City, desplaza el uso dominante de los sistemas de realidad
virtual y hace posible la imagen-cerebro-ciudad. Se trata de utilizar la
imagen virtual para interferir en el proceso de representación del
espacio urbano. Parte de la constatación de que el Muro de Berlín ha
caído, pero de que todavía persiste como imagen virtual petrificada.
Berlin Cyber City hace coexistir dos imágenes de Berlín: la actual,
presente, sin Muro, y la Berlín virtual, petrificada en la memoria. La
realidad virtual se produce como una abertura en las imágenes
petrificadas que impiden a la gente ver las que provienen del Afuera.
Todo ocurre como en una paramnesia invertida: lo virtual como jamás
visto. En el caso de la paramnesia, lo ya visto [déja-vu] no
es un pasado real que vuelve; el pasado es una pura virtualidad que la
memoria introduce en tiempo real y que ya no se puede distinguir del
presente actual de la percepción.
Lo que el espectador experimenta cuando se libera de una imagen
petrificada le hace vivir un acontecimiento en imagen: “Vivir un
acontecimiento en imagen,” dice Blanchot, “es no tener de este
acontecimiento una imagen, ni tampoco darle la gratuidad de lo
imaginario. En este caso el acontecimiento tiene verdaderamente lugar,
pero, ¿acaso tiene ‘verdaderamente’ lugar? Lo que ocurre se apodera de
nosotros, como lo haría la imagen, es decir, nos despoja de ella y de
nosotros, nos mantiene en el afuera, hace de ese afuera una presencia
donde “Yo” no “se” reconoce.” [9]
Lo virtual en calidad de nunca visto
La paramnesia es un síntoma interesante que nos ayuda a comprender esta
situación en la medida en que nos permite aprehender lo virtual como
categoría estética y técnica a la vez. En Virilio y en Baudrillard, por
ejemplo, la tecnología de lo virtual se impone como el último rival de
la naturaleza: estética de la desaparición que reemplaza lo real;
estética de lo hiperreal que despoja de su potencial a lo real; agujero
negro que equivale a un estado de paramnesia: a lo real actual se agrega
un real virtual, un real especular que lo reemplaza en tiempo real, como
una caverna de Platón electrónica [10]. Como si la
experiencia de lo real fuera capaz de amenazar la experiencia de lo
posible, como si el mundo pudiera ser an-estesiado por efecto de su
reproductibilidad técnica...
Es, por otra parte, como si la paramnesia –en calidad de deficiencia
psicocerebral, disfunción de las coordenadas del cerebro– hiciera
intervenir una indiscernibilidad en el circuito de linealidad
(deslizamiento metonímico) y de circularidad (deslizamiento metafórico),
creando circuitos en rizoma que alterarán el lenguaje y el pensamiento,
el cuerpo y la tecnología, y producirán nuevas funciones emergentes. Las
agramaticalidades [11] (incluido el discurso indirecto
libre) van a producir un balbuceo del pensamiento, que se vuelve
ilógico, alucinatorio, porque se torna pensamiento de otro; el cuerpo
pierde el anclaje del sensor motor y crea posturas y actitudes que va a
expresar un nuevo teatro del pensamiento; la tecnología es alejada de
sus coordenadas de control por ciertas disfunciones, y va a interactuar
con nuevos circuitos noéticos y estéticos. El arte moderno vuelve a
encontrar aquí toda la extrañeza de lo real: ¿cómo extraer, en efecto,
de las deficiencias del cerebro, del lenguaje, del cuerpo y de la
tecnología, la posibilidad de trazar nuevos circuitos de pensamiento?
Hay que recordar que lo virtual es una categoría estética que se
presenta siempre como la recreación de un real reprimido, de un real
confundido con sus representaciones dominantes, que no depende ni de la
técnica ni de la tecnología. Los grandes teóricos del cine contemporáneo
y de las nuevas tecnologías –a la vez precursores y discípulos de
Deleuze–, hacen aparecer las disfunciones de las imágenes emergentes:
Serge Daney, con la idea de manierismos cinematográficos
[12] y las convulsiones provocadas por el encuentro del cine con la
imagen electrónica; Raymond Bellour, con la idea de entre-imágenes
[entre-images], una hibridación de las técnicas que rompen con
las fronteras de lo analogizable; Pascal Bonitzer, con los
desencuadres [décadrages], disfunciones a través de las
cuales el cine encuentra la pintura perdida; Philippe Dubois, con su
imagen-tremolado [image-tremblé], un movimiento de
hibridación entre la fotografía y el cine. Cada uno a su manera,
descubre las alianzas que establece el cine con las nuevas imágenes, un
nuevo elemento que emerge de las disfunciones del cerebro: un ojo
interminable (Jacques Aumont), un tragaluz del infinito (Noël
Burch) que pueden liberar el pensamiento, con el riesgo empero de que el
sistema de control haga de este nuevo elemento un componente más de su
clínica sociotécnica.
Deleuze no cesa de recrear una estética del cerebro. Recurriendo a lo
que en Kierkegaard y en Nietzsche conmueve la moralidad del lenguaje;
volviendo sobre Leibniz y Bergson para superar la generalidad del
concepto; aproximándose a Foucault y Blanchot hasta disolver el sujeto
del pensamiento... Según esta estética, lo virtual no se confunde con
aquello que, en el pensamiento, funda el lenguaje y sus cadenas
significantes, el concepto y sus reglas de significación, el sujeto y
sus juegos de poder, la imagen y sus circuitos cerebrales dominantes. Lo
importante es detectar fuerzas de resistencia que puedan doblegar al
poder. Pero lo virtual es una apertura para ese combate, para esta lucha
del pensamiento y del lenguaje contra lo que, en el pensamiento y en el
lenguaje, es al mismo tiempo poder y servidumbre
1. La «Lettre
à Serge Daney: optimisme, pessimisme et voyage» fue publicada como
prefacio al segundo libro de Serge Daney (S. Daney, Ciné-Journal,
Cahiers du cinéma, París, 1986).
2. Cf. Alois Riegl, Grammaire historique des arts plastiques,
Klincksieck, París, 1978. Es sabido que Deleuze hace referencia a menudo a
los conceptos de Riegl, en particular al de función háptica, término
creado para describir una suerte de experiencia táctil propia de la vista.
Para Deleuze, lo háptico sería como un tercer ojo –como, por ejemplo, la
virtualización del color en Bacon y la determinación del plano en Bergson.
3. Sólo citamos dos periodizaciones realizadas por Deleuze y Guattari. A
partir de la obra de Foucault, Deleuze distinguió tres regímenes sociales:
sociedad de soberanía, sociedad disciplinaria, sociedad de control.
Guattari, por su parte, estableció una clasificación de las diferentes
eras de los equipamientos colectivos de subjetivación: era de la
cristiandad europea, era de la desterritorialización capitalista de los
saberes y de las técnicas, y era de la informatización planetaria. Sobre
este tema: G. Deleuze, Foucault, Minuit, París, 1986 [versión
castellana: Foucault, Paidós, México, 1987, trad.: José Vázquez
Pérez]; «Post-Scriptum. Sur les sociétés de contrôle», Pourparlers
(1972-1990), Minuit, París, 1990 [versión castellana:
Conversaciones, Pretextos, Barcelona, 1999]; –F. Guattari, «Liminaires»,
Cartographies schizoanalytiques, Galilée, París, 1989.
4. Cf. R.M. Rilke, «Von der Landschaft», Sämtliche Werke, Fünfter
Band, Insel Verlag, Frankfurt am Main, 1965, pp. 516-522. Se trata de un
texto póstumo, probablemente una versión del prefacio al ensayo escrito
por Rilke en 1902 sobre los pintores de Worpspede (Fritz Mackensen, Otto
Modersohn, Fritz Overbeck, Hans Am Ende y Heinrich Vogeler), donde vivió
entre 1900 y 1902.
5. Sobre el sistema de citas creado por Godard en Alphaville, y en
particular respecto de la poesía de Paul Éluard, ver la bellísima
disertación de Mariana Otero: «Valeurs de la poésie dans Alphaville
de Jean-Luc Godard», Disertación de maestría, dirigida por Marie-Claire
Ropars-Wuilleumier, Universidad de París VIII, 1985.
6. J.L. Borges, «Nueva refutación del tiempo», en Otras inquisiciones,
Emecé, Buenos Aires, 1960. Recordemos que Godard, en Alphaville
hace una serie de citas extraídas de este texto de Borges. Entre ellas
figura la célebre frase de Schopenhauer que afirma que sólo existe el
presente: “Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro: el
presente es la forma de toda vida.” Sobre la multiplicidad del tiempo y el
mito de Proteo, cf. Michel Serres, Genèse, Grasset, París, 1982,
pp. 33-36..
7. Se trata de una paráfrasis de lo que Maurice Blanchot llama el “hay” de
la narración neutra (M. Blanchot, «La voix narrative (le “il”, le neutre)»,
en L’Entretien infini, Gallimard, París, 1969, pp. 564-566 [versión
castellana: El diálogo inconcluso, Monte Avila, Caracas, 1970]).
8. Cf. M.-C. Ropars-Wuilleumier, «La forme et le fond ou les avatars du
récit», Études cinématographiques n°50/51, 1967.
9. M. Blanchot, «Les deux versions de l’imaginaire», en L’Espace
littéraire, Gallimard, París, 1958 [versión castellana: El espacio
literario, Paidós, Barcelona, 1992].
10. Sobre la idea de lo virtual como de una caverna electrónica, cf. «A
imagem virtual, autoreferente», en Imagens, número 3, Unicamp,
1994. En este texto, hemos intentado mostrar que existen al menos tres
concepciones diferentes de lo virtual.
11. Es sabido que en Critique et clinique (Minuit, París, 1993
[versión castellana: Crítica y clínica, Anagrama, Barcelona,
1996]), Deleuze radicaliza la idea de Proust según la cual toda gran obra
es compuesta en una suerte de lengua extranjera, llena de
agramaticalidades, de balbuceos y disfunciones capaces de crear nuevas
conexiones cerebrales y nuevas disposiciones colectivas.
12. S. Daney, Devant la recrudescence des vols de sacs à main,
Aléas, París, 1991; R. Bellour, Entre-images, Éditions de la
Différence, París, 1990; P. Bonitzer, Décadrages, Éditions de
l’Étoile, París, 1987; N. Burch, La Lucarne de l’infini, Nathan,
París, 1991 [versión castellana: El tragaluz del infinito, Cátedra,
Madrid, 1995].
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