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Otro Campo
- París fue el terreno de juego de la Nouvelle
Vague, terreno cuidadosa, febril y precisamente trajinado, por Corinne
Marchand, por ejemplo, que surca el mapa de la capital en Cléo de 5 à 7.
Les Champs, la Place Clichy, Saint Germain, la Bastille, cada uno tendría
su o sus barrios que, bajo luz natural, proponen un paseo que es menos
turístico que existencial, menos artificial que documentado: en él los
personajes encuentran por fin su espacio vital.
Volviendo a la calle, los cineastas de la Nouvelle Vague vieron a París
con una nueva mirada que escapaba a la “plástica de la desdicha” del cine
de la Qualité Française de entonces y a la poesía beata de los
documentalistas de los años ’50. No se trataba de hallar lugares distintos
a los que habían filmado como tarjetas postales los cineastas
hollywoodenses (St.-Germain, les Champs-Elyssées, la Torre Eiffel, las
calles de la prostituta de buen corazón) sino de mostrar su intimidad, de
dar vuelta la artificialidad exterior del telón pintado para ver mejor la
vida de aldea que ocultaba. Tal será la ambición teórica de Paris vu
par... Desde el París lívido y solitario de Melville, al agudo de
Bresson, obsesivamente presente en sus menores sonidos, hasta la
abstracción; desde Tati y su oposición entre un París de fantasía,
nostálgico, y el del espacio moderno, ordenado, de las sociedades
anónimas, al cine de Jacques Becker, cuya obra toda puede ser vista como
una serie de variaciones parisinas sobre las costumbres de distintos
barrios de la ciudad, desde el distrito XIII° a la calle de la Paix,
pasando por Pigalle, Montparnasse, Passy y Saint-Germains-des-prés,
algunos cineastas franceses han mostrado el camino y han probado que París
es en principio un espacio para poner en escena y que no hay más bello
argumento que el de sumergir en él a sus personajes.
En French
Cancan, París se reduce a la imaginería que se hacen de él sus
habitantes y que los ahoga, absorbe su energía física como un vampiro.
Renoir acentúa entonces la artificialidad de ese decorado fijo y de la
moral de cartón pintado que lo gobierna para trastornar los falsos valores
y devolverlos a la vida por el torbellino frenético y eufórico del
can-can.
En La muñeca, Lubitsch se divertía filmándose a sí mismo en el acto
de salir de una pequeña caja de elementos de decorado y de colocar en él a
sus marionetas hasta que éstas se animen y cobren finalmente vida. Lo
mismo ocurre en Ninotchka, donde el decorado parisino y la moral del
placer que constituye su leyenda van fundiendo poco a poco la moral
glacial de la agente soviética, hasta que se siente por fin vivir. Es el
movimiento de Ninotchka en este decorado preciso el que la
transforma y le hace cambiar su sistema de valores: no ya construir
ideológicamente sobre la duración, sino vivir plenamente el instante
presente.
Nadie mejor que Minnelli supo hacer de París una tela pintada y nada más.
En Un americano en París, la ciudad no es así más que el decorado
del idilio de Gene Kelly con la ciudad que hace suya y en la que no
proyecta otra cosa que la ilusión decorativa de sus sueños y aspiraciones.
En Los cuatro jinetes del Apocalipsis, París es también el marco de
un amor ideal, un decorado de ensueño que los personajes domestican y
arrastran consigo hasta la llegada de las tropas nazis que se apoderan de
este decorado, lo vacían de su naturaleza de estuche de joyas idealista y
disponen de él a su modo.
En Monsieur Verdoux, París se reduce a su mentirosa apariencia: la
de la seducción y la tradición de la galantería parisina. Puesta al
servicio del crimen y de una loca carrera por el dinero, esta seducción ya
no es lúdica como en Lubitsch, sino maléfica, cínica y fría.
En Sin aliento, se oponen dos París: la ciudad espacio de libertad
que permite todos los desplazamientos y audacias posibles del que se
oculta en ella, y la ciudad de la serie negra, americana, traidora, en la
que reinan la inquietud y el sentimiento de inseguridad. En este lugar de
tránsito en el que cada espacio y cada plano son provisorios, Michel
Poiccard se libra a un desplazamiento exultante pero sin porvenir. Sin
aliento es el relato cronométrico de las últimas cuarenta y ocho horas
de un hombre atrapado en la red de una ciudad que se cierra sobre sí misma
minuto a minuto.
Ciudad balzaciana, París es en Rivette el lugar de todos los complots y
del triunfo de las fuerzas de la oscuridad que la gobiernan secretamente.
Ultimo autor fantástico del cine francés, Rivette hace de París el lugar
de una potencia oscura que amenaza a sus personajes y con la que éstos no
pueden sellar ninguna alianza. Como en Lewis Carroll, la ciudad de Pont
du Nord no será ya más que un espacio misterioso, mitad juego de la
oca, mitad tela de araña, con sus compartimientos-trampa, sus obstáculos a
franquear, sus criaturas y sus lugares mágicos bajo la mirada de los
leones de la plaza Denfert-Rochereau, guardianes de la ciudadela maléfica.
En El signo de Leo, París es más bien el teatro desértico de un
trayecto que hay que recorrer cueste lo que cueste a pesar de sus ribetes
de calvario. Con los Cuentos morales, los personajes rohmerianos
intentarán por turno domesticar el espacio omnipresente e indiferente de
la ciudad, pues es al término de sus desplazamientos físicos y geográficos
que los deseos pueden ser, por fin, satisfechos.
Unico parisino de la Nouvelle Vague, François Truffaut será también el
único en defender y amar el espacio de su ciudad natal, lugar de todos los
encuentros azarosos y digresivos. Ya sea concreta (la serie de Doinel) o
abstracta (Disparen sobre el pianista), París es la única cómplice
necesaria de sus personajes. Si la abandonan, todo empieza a andar mal: la
naturaleza y las provincias no son para ellos más que una prisión (Los
cuatrocientos golpes, Jules et Jim), una tumba (Disparen sobre el
pianista), o el origen de todos los problemas (la fuga a Reims y sus
fotos comprometedoras en La Peau douce.
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