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Fuente Otrocampo
Este texto fue presentado en forma de ponencia en el IX
Congreso de la Asociación Española de Historiadores del Cine (El
cine español durante la transición democrática, 1974-1983) celebrado
en Valencia del 29 de noviembre al 1 de diciembre de 2001
“El
lugar que la crítica ocupa dentro del aparato cinematográfico
español en pocas ocasiones ha sido justamente valorado”. Si a esta
categórica, evidente y del todo suscribible afirmación, con la que
el colectivo Marta Hernández inauguraba el capítulo dedicado a la
crítica cinematográfica en su ya célebre opúsculo sobre el ACE
(3), le cambiáramos el final,
sustituyendo el verbo valorar por estudiar, nos encontraríamos con
otra aseveración, no sé si tan rotunda pero, desde luego,
preocupante (al menos para todos aquellos que dedicamos buena parte
de nuestro tiempo al estudio del cine español). Así pues, este
artículo nace guiado por el propósito de contribuir a llenar, en la
medida de lo posible, ese considerable vacío que en la
historiografía del cine español deberían ocupar, y no ocupan, los
estudios dedicados a la crítica cinematográfica española en general,
y a las revistas especializadas en particular.
Descendiendo a niveles más próximos al que en las páginas siguientes
habrá de ser mi objeto de estudio, resulta, yo diría que alarmante,
comprobar cómo únicamente contamos con un trabajo, y de reducidas
dimensiones debido a las singulares características del texto en que
dicho trabajo es acogido (4), sobre la
experiencia editorial más interesante y productiva que en el marco
general de las revistas especializadas se lleva a cabo durante la
Transición. En otras palabras, siendo como es hoy en día,
Contracampo, la publicación de referencia e inexcusable lugar de
tránsito para todos aquellos que se acercan con un mínimo de rigor
al cine que se hace en España durante ese subperíodo esencial
de la Transición, que acertadamente convinieron en bautizar Julio
Pérez Perucha y Vicente Ponce (5) como
“La transición democrática (1977-1982)” –distinto a los otros dos
que la enmarcan: “El postfranquismo” y “La democracia”–, siendo,
como decía, la herramienta privilegiada para desmontar y analizar
dicho período (y ahí están para demostrarlo las abundantes citas que
de la revista pueden rastrearse en los distintos análisis fílmicos,
firmados por un amplio abanico de investigadores, que sobre
películas de la época aparecen en la Antología
(6); o las repetidas alusiones que a la
misma efectúan diversos hispanistas británicos) cuesta trabajo
entender por qué seguimos huérfanos de un estudio en profundidad
sobre la cuestión.
Las páginas que siguen a esta suerte de introducción, marcada por la
perplejidad, pretenden ser un estudio parcial de la revista,
fundamentalmente, por dos razones. Primero, porque los límites de
extensión fijados por la publicación que las acoge hacían imposible
ese necesario trabajo en profundidad al que aludía un poco más
arriba, y segundo, porque, según trataré de demostrar, el interés de
la revista decae durante su segunda etapa, razón esta por la cual he
preferido concentrar mi atención en los treinta y tres primeros
números de la misma. Existe un tercera limitación íntimamente
relacionada con las dos anteriores: en este trabajo se presta
fundamentalmente atención a los contenidos de Contracampo
relacionados con el, y recupero aquí la terminología de la propia
revista, aparato cinematográfico español. De nuevo los problemas de
espacio y la significativa circunstancia de que en la segunda etapa
de la revista, al prácticamente desaparecer la sección de
actualidad, se pierde, en cierto modo (seguirán apareciendo estudios
de repertorio sobre cine español) la estrechísima vinculación que
Contracampo había mantenido hasta entonces con el hecho
cinematográfico de su entorno más inmediato, hacen que en este
trabajo se haya optado por focalizar la atención en los contenidos
que abordan la problemática de nuestro cine, quedando así en los
márgenes, y a la espera de una pronta recuperación, el resto de
materiales que periódicamente complementaban (y es que en cierto
sentido, como iremos viendo, los contenidos foráneos ocupaban
en Contracampo una posición subsidiaria) las páginas de la
publicación. De todos modos, se ha intentado, en la medida de lo
posible, ofrecer una idea, tal vez esquemática, de lo que era la
revista en su totalidad. Sirva para dicha aproximación al conjunto,
el siguiente apartado, en el que se describen las características
materiales de la revista: formato, diseño, secciones...
– Contracampo. Revista de cine
Hasta que en el número 34 (invierno de 1984) se consuma la decisiva
transformación de la revista –de un tamaño de revista estándar
(20x26) se pasa a un formato más reducido, tipo libro, con más
páginas (de las 74 habituales a las 115 de los últimos números) y en
el que priman, de manera acusada, los contenidos de repertorio sobre
la actualidad (que, como veremos, había sido uno de los objetivos
fundacionales de la publicación)–, durante los treinta y tres
primeros números (abril de 1979-otoño de 1983), la estructura y el
diseño de la revista mantienen una cierta uniformidad que, unidas a
la homogénea dirección teórico-política asumida por todos sus
colaboradores y reflejada, de una u otra manera, en sus textos, le
sirven para crearse una identidad propia dentro del mercado. A
diferencia de lo que sucede con las otras tres publicaciones
especializadas de periodicidad mensual (7)
con las que nuestro objeto de estudio comparte en algún momento,
durante esta su primera etapa, las estanterías reservadas al cine en
los quioscos y librerías de España, Contracampo es una
publicación que expone abiertamente (es la única que incluye
editorial en casi todos sus números) desde qué presupuestos teóricos
y políticos aborda el hecho cinematográfico, y es también la que
mayor preocupación muestra por respetar una estructura base de
secciones (8) (estructura y formas de
hacer propias que se respetarán escrupulosamente incluso en el
interior de las propias secciones) creando de esta forma un producto
unitario y riguroso que facilita al lector el manejo del mismo. Tal
vez, la única norma autoimpuesta a la que nunca va a poder amoldarse
del todo (algo que en cambio sí consiguen el resto de publicaciones)
sea la de la periodicidad mensual; hasta el punto de que será,
precisamente, esa manifiesta imposibilidad de ajustarse a unas
fechas la que obligará a Contracampo a renunciar a esa
declarada intención suya de dar cuenta del día a día de la realidad
cinematográfica de su entorno, obligándola a la mencionada
reconversión que se traduce, fundamentalmente, en renuncia a la
actualidad.
Básicamente éstas son las secciones en que se divide la revista
durante su primera etapa: el editorial; una sección llamada “Mesa
Revuelta”, similar a la que con el mismo nombre ocupaba las primeras
páginas de una de las históricas revistas españolas del franquismo,
Nuestro cine (9); dos o tres
dossiers, generalmente sobre cineastas; una sección, llamada
“Documentos”, en la que se recogían textos, generalmente teóricos,
que hasta entonces no habían sido traducidos al castellano; una
amplia sección de críticas; un espacio (inaugurado tardíamente, en
el número veinte) dedicado a la crítica de films emitidos por
televisión: “Ante la pequeña pantalla”; y un último espacio, el de
existencia más guadianesca, dedicado a la crítica de libros.
Sin duda una de las estrellas de la revista, uno de sus principales
atractivos, será esa suerte de cajón de sastre llamado “Mesa
Revuelta”. En él se dan cita una larga serie de notas (entre nueve y
trece), de extensión variable, aunque generalmente breves, que
podrían clasificarse de la siguiente manera: crónicas de festivales
extranjeros, notas dirigidas a los lectores para ponerles al
corriente sobre cuestiones relacionadas con la propia revista
(aumentos del precio, problemas con correos, desajustes con la
periodicidad, fe de erratas...), cartas de los propios lectores,
entrevistas a directores, generalmente, noveles, y por último, una
rica y abundante colección de apuntes o notas breves que dan cuenta,
con inusual precisión, de la realidad cinematográfica española
presente. Con dichas notas –que lo mismo sirven para denunciar las
pésimas condiciones en las que se exhibe un determinado film en un
cine concreto de la capital como para solidarizarse con un compañero
de la prensa madrileña despedido, o incluso, para dar cumplida
noticia del amotinamiento de los espectadores en un cine donde se
proyecta una película española que hace gala de un inusual rigor
formal ...(10)– Contracampo
está aportando un material de gran valor que, pasados los años,
habrá de servir para la elaboración de esa “pequeña historia del
cine español”, hecha de sumarias pero significativas anécdotas, que
inexcusablemente debe acompañar, aunque sea en los márgenes del
texto, a todo relato histórico que se precie de serlo.
Significativamente, cuando el número de estos sugerentes apuntes
comience a disminuir en las páginas de “Mesa Revuelta”
(aproximadamente, a partir del número 18), siendo sustituidos, las
más de las veces, por necrológicas o comentarios críticos sobre
films emitidos por televisión, la estrecha relación que la revista
había mantenido hasta entonces con la más inmediata actualidad,
comenzará también a perder intensidad, adelantando así el futuro y
decisivo cambio de orientación que, números más tarde, experimentará
la revista.
Las páginas centrales de la revista acogen, como habitualmente
sucede en todas las publicaciones especializadas, los dossiers
o estudios monográficos (11).
Dossiers que en Contracampo van a renunciar desde un
primer momento a esa exhaustividad enciclopédica que se persigue en
otras publicaciones, apostando, en cambio –conscientes de sus
limitaciones de espacio y, sobre todo, del ingenuo y quimérico
impulso que se esconde detrás de todo dossier que aspira a
dar cuenta de la totalidad de la obra de un autor, de un género
concreto, de un cine nacional determinado o de un ámbito específico
del cinematógrafo– por acercamientos parciales. Como se advierte en
la introducción al estudio monográfico del cine musical americano
(nº 23, p.28): “se trata de ofrecer un conjunto de materiales que
sirvan para desbrozar el terreno, y que nos permita, si encontramos
ocasión, volver sobre él.” Dicho conjunto de materiales suele
consistir en un análisis textual en profundidad de un film concreto,
una entrevista, un texto o declaraciones del cineasta estudiado, una
filmografía... Se pretenden evitar, por lo tanto, los estudios
hagiográficos de los grandes autores
(12) y los interminables
repasos enumerativo-cronológicos a la obra y milagros de un autor
determinado, salpicados con los lugares comunes de siempre. En
alguna ocasión Contracampo se olvida de esta inteligente
premisa y, como sucede en el monográfico sobre Bertolucci (nº 10-11,
pp. 31-48), recurre a la antigua manera de operar de Nuestro Cine
(esto es, se confeccionan sucintos análisis sobre cada una de las
películas del cineasta en cuestión firmadas por distintos
colaboradores de la revista; práctica esta habitual en la cinefílica
Casablanca (13)), o como en el
caso de Oliveira, donde, tal vez por las especiales circunstancias
que rodean a la accesibilidad de la obra de este director (su obra
era prácticamente desconocida en España por aquel entonces), se
recurre al texto cronológico-enumerativo (nº 18, pp. 40-50).
En este gran bloque central de la revista, el que a grosso modo
delimitan “Mesa revuelta” y “Documentos”, aparecen esporádicamente
otro tipo de textos, en puridad no adscribibles a ninguna de las
secciones mencionadas, como pueden ser esos análisis extensos de
films (generalmente españoles) acompañados por una entrevista al
director, con los que la revista, al situarlos fuera del marco que
teóricamente les corresponde, esto es, la sección de críticas,
pretende subrayar el especial interés de dichas propuestas. Este
sería el caso, entre otros, de las páginas dedicadas a La vieja
memoria (Jaime Camino, 1977) [nº 1], Con uñas y dientes
(Paulino Viota, 1978) [n° 2], El proceso de Burgos (Imanol
Uribe, 1979) [n° 9], La verdad sobre el caso Savolta (Antonio
Drove, 1978) [n° 12] o, por poner un ejemplo de allende los
Pirineos, Les Rendez-vous d`Anna (Chantal Akerman, 1978) [n°
20]. Por último, el otro tipo de artículos que de manera recurrente
viene a alojarse en esta suerte de tierra de nadie de la revista, lo
formarían esas minuciosas crónicas (políticas) que de los festivales
cinematográficos españoles más importantes se publican en
Contracampo.
De la sección de “Documentos” (como la de libros, comparece con
cierta irregularidad) diré únicamente que la selección de textos
operada habla muy a las claras de los pilares teóricos sobre los que
se asienta la revista. Tanto es así que, a las primeras de cambio,
nos encontraremos con textos firmados por tres de las luminarias
que, de alguna manera, inspirarán el quehacer teórico-práctico de
los redactores de Contracampo: Bazin (nº 1), Brecht (n° 4) y
una entrevista con Barthes (n° 2), del que más adelante se ofrecerá
un pequeño mosaico de textos (n° 17). A partir del número seis
comienzan a recuperarse textos escritos por teóricos soviéticos en
los años ‘20, hasta entonces desconocidos en España, respondiendo a
la “creencia de que muchos de los temas polemizados en los años ‘20
resultan de absoluta utilidad en estos momentos” (nº 6, p.55).
Dividida a su vez en dos sub-secciones, una llamada
“Crítica”, donde se analizan de manera extensa cuatro o cinco
películas (las más relevantes según el criterio de la redacción) y
otra denominada “Carnet” donde se comentan del orden de quince a
veinte films (más en los primeros números que en los últimos: la
reconversión estaba próxima), la sección –que he optado por abordar
de manera conjunta y a la que a partir de ahora me referiré siempre
como “Crítica”, ignorando, por motivos de manejabilidad, la
existencia de la citada subdivisión– da cuenta así de un espectro de
obras considerablemente superior al que comentan las otras revistas
del gremio que, por aquel entonces, comparten con Contracampo
el mercado editorial. Pero la diferencia no es tanto cuantitativa
como cualitativa: mientras los redactores de Contracampo se
enfrentan a las obras concretas, “a la estricta materialidad del
cine mismo”, amparándose, en cierto modo, en un instrumental
metodológico (con la semiótica, el psicoanálisis y la teoría
marxista como horizontes más destacados) hasta entonces
prácticamente inédito (14) en la
prensa especializada española, el resto de publicaciones siguen
recurriendo a las más rancias consignas cinefílicas de la política
de autores y, por encima de todo, a los gustos particulares del
crítico de turno, siempre dispuesto a zanjar la cuestión abrumando
al sufrido lector por medio de un inmisericorde bombardeo de datos y
referencias, los menos, o bien echando mano a su artillería pesada
de adjetivos, los más. Se aprecia además en los textos de
Contracampo una inusual querencia por la estructuración
argumentativa de los mismos (recurriendo, por ejemplo, de forma
frecuente, a la división numerada de la crítica en distintos
apartados: a cada idea un número )(15)
que revierte en un considerable incremento de su propia coherencia
interna y, en resumidas cuentas, de su presumible efectividad (ya
que de esta forma la prosa, al decir de Cinema 2002,
“superintelectualizada” y “profundamente elitista”
(16) de Contracampo, está
lejos de convertirse en un escollo infranqueable para el lector).
Sobre la sección dedicada a la crítica de televisión volveremos más
adelante cuando llegue el momento de dar cuenta del papel jugado por
la revista en la génesis de esa revisión historiográfica del cine
español que alcanza hasta nuestros días.
De la sección que ocupa las últimas páginas de cada número, aunque
eso sí, con acusada intermitencia, diré que presta una especial
atención a aquellos libros que abordan alguna de las múltiples caras
del poliédrico aparato cinematográfico español, siguiendo el que sin
duda es el impulso germinativo que puso en marcha la revista y
condicionará todo su desarrollo.
Dos últimos apuntes en torno al diseño: si bien, como era de suponer
en un proyecto humilde como el que nos ocupa (puesto en marcha con
las aportaciones económicas de sus propios redactores
(17), sin apenas publicidad y sin
subvención pública alguna; redactores que, por decirlo con la jerga,
siempre más contundente y eficaz, de andar por casa, “no cobran un
duro” por sus colaboraciones), el material gráfico no será nunca de
alta calidad (fotos en blanco y negro, a veces, en verdad
ilegibles), predominando siempre el texto sobre la imagen, sí que
quisiera destacar ese tono, entre arcaizante y lúdico, que los
dibujos que acompañan a los textos, a veces comentándolos en clave
irónica (18), otorgan al peculiar
diseño general de la publicación. Y para terminar, es de justicia
hacer referencia a una de las asignaturas pendientes, nunca del todo
superada, de Contracampo: esas, demasiado abundantes erratas,
que número tras número salpican de ruidos sus textos.
– El aparato cinematográfico español
En el editorial del número uno se declara que la revista pretende
atender a cuatro frentes distintos, el primero de los cuales –y qué
duda cabe, el más relevante– no es otro que “el cine español, los
films que contribuyen a hacer avanzar la cultura cinematográfica
española, los graves problemas industriales, los siempre olvidados
problemas de la profesión, de quienes hacen realmente el cine”. Así
pues, y en lógica consonancia con lo que había sido hasta entonces
el trabajo crítico de sus fundadores en otros espacios editoriales,
Contracampo aspira a dar cuenta del cine español, del hecho
cinematográfico español, en prácticamente todas sus manifestaciones.
Para ellos el cine español (y esto puede parecer hoy una
perogrullada pero entonces no lo era) no son las películas que se
realizan en España y las gentes (generalmente unas cuantas
estrellas y un buen puñado de autores-directores) que las
hacen posibles, sino que se trata más bien de un complejo aparato
ideológico en el que se reproducen las mismas relaciones de
producción propias del sistema capitalista, y en el que se cruzan, o
mejor, chocan, los intereses de los distintos sectores implicados en
dicho aparato (productores, distribuidores, exhibidores,
profesionales, críticos...). Consciente de que la práctica crítica
se inscribe de lleno en el seno de dicho aparato, la revista aspira
a intervenir sobre el mismo (y no sólo por medio de su comparecencia
periódica en los lugares habituales de venta sino también como
plataforma cultural (19) preocupada
por intervenir directamente en la sociedad a través de la
organización de coloquios, proyecciones, conferencias...)
facilitando al lector (popular) las claves, algunas de las claves,
del funcionamiento del aparato cinematográfico español en todas sus
variantes. Evaluar, desde el presente, si la revista supo estar a la
altura de este su principal objetivo fundacional, se me antoja una
tarea harto complicada. De cualquier forma, y adelantando, en cierto
modo, una de las conclusiones de este trabajo, yo me atrevería a
decir que, al menos, durante sus treinta y tres primeros números,
Contracampo fue la publicación española de su época, y puede que
de todas las épocas, que más cerca estuvo de dar una respuesta
satisfactoria a tamaño, y creo que ineludible, desafío fundacional.
De lo que se trata a continuación es de inventariar y valorar los
distintos contenidos que sobre el aparato cinematográfico español
aparecen en los ejemplares concretos de la revista, tratando de
identificar las líneas medulares de su discurso sobre el cine
español y aquellos momentos decisivos, en los que las
singulares características de un artículo determinado o la capacidad
de un texto, o conjunto de textos, para sintetizar alguna de las
ideas fuertes que definen a la revista, hacen que éste cobre
autonomía con respecto al conjunto.
En cuanto a las líneas medulares sería preciso comenzar
haciendo referencia a los editoriales
(20). En ellos –y en muchas de las notas breves de Mesa
Revuelta que operan como pequeños editoriales encubiertos–,
siempre dedicados al cine español, se va describiendo un panorama de
crisis en el que, ante la continua amenaza del “cine yanki y sus
multinacionales”, cada vez se hace más complicada la existencia de
un “cinema español característico y diferenciado”. Los culpables de
esta “lenta agonía” serían, principalmente, “los ministerios
ucedistas, a la cabeza de los cuales se encuentra, y no podía ser de
otra manera, el de Cultura, que mantiene formas escandalosas de
censura: desde negativas, por razones políticas, a conceder la
subvención a que tiene derecho todo film (El proceso de Burgos),
hasta policíacas denuncias (El crimen de Cuenca); que amenaza
con la drástica reducción del canon de doblaje, lo que sería tanto
como desmantelar el cine español; que practica un concienzudo
descrédito de nuestro cinema a través de las programaciones de cine
español en TVE; que impide cualquier tipo de política
cinematográfica a medio o largo plazo mediante una continua y
vertiginosa sucesión de titulares del departamento cinematográfico”.
Pero junto a éstos, Contracampo no duda en señalar a los
otros responsables de tan lamentable situación: “la izquierda
parlamentaria (la otra o hace alarde de analfabetismo o desautoriza
la cultura, ignorante de sus efectos, mediante una despectiva
etiqueta) que, desprovista de una política de animación cultural
(cinematográfica) que facilite la relación de nuestro cine con su
público, impulsa mediante el Parlamento leyes defectuosamente
formuladas (la cuota de pantalla)”; sin olvidarse, en este repaso a
los culpables de tan agónica coyuntura, de las centrales sindicales,
a las que considera sumidas en una “progresiva atonía”.
Así pues, las inoportunas medidas adoptadas por la administración y
la inoperancia de la izquierda son los responsables últimos del
“consolidamiento y definitiva implantación en los sectores de la
distribución y la exhibición –y, solapadamente, de la producción– de
las ya asentadas (tras un lento e históricamente verificable proceso
de penetración cuasi-colonial) multinacionales cinematográficas
operantes en el estado español”. Para Contracampo, la posible
solución a la crisis, cuya consecuencia más inmediata ha sido “el
descenso cuantitativo de films producidos con capital autóctono y
presupuestos mínimamente industriales –con lo que esto supone de
incremento progresivo de la cifra de profesionales del cine en
paro–“, pasa por una selectiva recuperación de algunas de las
propuestas debatidas en el I Congreso Democrático del Cine Español
(diciembre de 1978) (21), que
impulsado por las fuerzas de izquierda, ha sido después
sistemáticamente ignorado por todos –en cierto modo, de manera
comprensible, por parte de UCD, que no participó en el mismo–. Con
la llegada del PSOE al poder en octubre de 1982, la revista, que por
aquel entonces lleva ya treinta números editados, ve más cercana la
posible aplicación de algunas de las conclusiones del I Congreso, e
incluso se atreve a vaticinar un II Congreso, aunque, por otro lado,
también es muy consciente de las limitaciones de la política
cultural de la izquierda; una política que hasta entonces se ha
visto lastrada, en los ayuntamientos y diputaciones donde ha
gobernado, por dos tentaciones: “el populismo y un cierto aldeano
papanatismo caracterizado por el deslumbramiento ante la Gran
Cultura y los Grandes Nombres”. De la segunda de estas “tentaciones”
pronto se contemplarán nuevas, y de consecuencias por todos
conocidas, materializaciones, en la política cinematográfica de la
administración socialista, de las que Contracampo dará
cumplida noticia, aunque eso sí, dedicando a estas cuestiones un
espacio considerablemente inferior, a lo largo de su segunda etapa
(22) (nº 34, invierno de 1984- nº 42,
otoño de 1987).
Otra de las líneas medulares rastreables a lo largo y ancho
de estos treinta y tres primeros números (y tal vez sea preciso
recordar aquí que en este apartado se analizan única y
exclusivamente los contenidos de Contracampo relacionados con
el hecho cinematográfico español) afectaría a cineastas y obras
concretas por los que la redacción muestra una especial
predilección; línea medular, lógicamente, compuesta también
por su reverso: aquellas propuestas materializadas en films
concretos que son rechazadas una y otra vez por quienes escriben en
Contracampo. Antes de seguir adelante con esta suerte de
identificación en el tiempo de aquellas carreras independientes o
corrientes generales detectables, fundamentalmente, en la sección de
críticas, sería interesante abrir un pequeño paréntesis para
recordar que, de nuevo, a diferencia de lo que sucede en el resto de
publicaciones especializadas citadas ya varias veces en estas
páginas, la redacción de Contracampo funciona como un bloque
homogéneo (23) en el que las
discrepancias entre sus miembros a la hora de valorar propuestas
concretas parecen ser más bien escasas. Y tal vez la prueba
definitiva a este respecto cabría encontrarla en las reseñas
críticas que de los distintos films dirigidos por Eloy de la
Iglesia, y, significativamente, firmados siempre por distintos
colaboradores, van apareciendo en la revista; máxime cuando la
postura defendida por los redactores de la casa no va a encontrar
prácticamente eco alguno más allá de las páginas de Contracampo
(al menos durante el período de tiempo aquí estudiado, porque luego,
con el paso de los años y las lecturas, comenzarían a florecer
visones cada vez más favorables sobre la obra del otrora
vilipendiado Eloy de la Iglesia).
El caso del director de La semana del asesino (Eloy de la
Iglesia, 1971) es ejemplar por muchas razones: aparte de las ya
citadas, cabría reseñar la curiosa circunstancia de que sea con una
crítica de una película suya, El diputado (1978), firmada por
José Luis Téllez, con la que se inaugure, en el primer número, la
sección de críticas. Un texto, el de Téllez, que pone en circulación
el concepto de panfleto cinematográfico para que
posteriormente, otros redactores de la casa, respondiendo
puntualmente a los sucesivos estrenos de las siguientes películas
del cineasta vasco (y es que otra de las peculiaridades de este caso
es que nos encontramos ante uno de los escasos directores españoles
que consigue, durante este período, desarrollar una carrera con
cierta regularidad), lo recuperen para terminar así de crear una
suerte de sistema en el interior de la propia revista, donde unos
textos remiten a otros, ahondando en la consolidación de esa
imagen de fábrica de la que hablaba al principio de este
trabajo. El último dato sintomático que sirve para delimitar con
precisión el lugar que De la Iglesia ocupa en la escala de
preferencias de esta experiencia editorial lo proporciona el hecho
de que, de entre todos los directores que trabajan en España por
aquel entonces, sólo su obra –y la de las otras dos excepciones de
las que voy a ocuparme a continuación (Manuel Gutiérrez Aragón y
Luís García Berlanga)– sea merecedora de un dossier en las
páginas de Contracampo. Sirva, por último, esta contundente y
altanera enumeración de las razones por las que la redacción admira
el trabajo del director de Navajeros (1980), firmada por
Vicente Ponce (nº 31, p. 69), como prueba definitiva para demostrar
la validez de lo dicho hasta ahora: “Somos gozosos y asertivos
lectores de su cine porque su punto de vista es inequívocamente
de izquierda, porque es un cineasta inoportuno, porque es un
caso raro de convicción, ética, y radicalidad textual y porque éstos
son valores infrecuentes en un cine que se arrastra a los pies del
consumo con tanto servilismo como pobreza hay en sus planteamientos
expositivos. Y, naturalmente, porque nos da la gana.”
La otra gran apuesta de la revista (ya que el caso de Berlanga es
algo distinto: al estrenar sólo una película, Patrimonio nacional
(1980), durante este período, su presencia en las páginas de la
revista no es tan acusada como en los otros dos casos) es sin lugar
a dudas, Manuel Gutiérrez Aragón. Tres entrevistas, tres críticas
netamente favorables, tres portadas y un estudio monográfico hablan
muy a las claras de la postura adoptada por Contracampo (en
este caso, extensible al resto de publicaciones especializadas y
diarios), ante el que sin duda es, por aquel entonces, el hombre
de moda (24) del cine español.
Cuando ya en el temprano número 7 la revista decide dedicarle un
dossier, lo hace insistiendo en que la relevancia de la obra del
director cántabro debe ser valorada a nivel internacional porque
“sus films tienen un valor que excede nuestra coyuntura en tanto que
abordan una lúcida y original reflexión sobre aspectos de la actual
realidad que, en el territorio de la intervención ideológica,
territorio específico del cinema, nos parecen fundamentales: desde
el análisis de los más ínfimos niveles de la vida cotidiana hasta
los orígenes y desarrollo de la crisis de la militancia; desde el
papel jugado por las actividades rituales en el momento de
cohesionar un grupo humano reducido hasta las condiciones que
concurren para transitar el camino hacia el conocimiento” (nº7, p.
22).
En el número 31, cuando la tantas veces citada reconversión está ya
a la vuelta de la esquina, coinciden en la, ya por aquel entonces
bastante mermada, sección de críticas, un texto sobre Demonios en
el jardín (Manuel Gutiérrez Aragón, 1982), otro sobre Colegas
(Eloy de la Iglesia, 1982), y, en una improbable carambola entre
metadiscursiva y con vocación de auto-balance, en justicia sólo
imputable a la diosa fortuna, sendos films de los directores
españoles que de alguna manera encarnan, sintetizan y ejemplifican
todas las fobias de Contracampo. Se trata de Antonieta
(Carlos Saura, 1982) y de Mientras el cuerpo aguante
(Fernando Trueba, 1982).
La visión crítica que de la obra de Carlos Saura, “el
generalísimo de los Autores (con mayúsculas)”, como
maliciosamente le denominaba Julio Pérez Perucha en una ácida, y
tremendamente negativa, crítica de Mamá cumple 100 años
(1979) aparecida en el número 6 (p.71), bascula entre dos conceptos
estrechamente relacionados: agotamiento y carencia de ideas.
Agotamiento de un discurso (¿metafórico?) que en el pasado le valió
para convertirse en el más internacional (¿atormentado?) de nuestros
autores pero que, con el paso de los años y las películas (casi una
por año) ha servido para poner de manifiesto la inconsistencia de
dicha propuesta, la escasez de ideas que se escondía tras esa gruesa
capa de estilemas autorales. Inconsistencia que el propio
Saura tratará de combatir regresando con Deprisa, deprisa
(1980) al camino iniciado, pero rápidamente abandonado, de sus
“primeras experiencias cinematográficas”, según Francesc Llinás, “lo
más interesante de su obra” (nº 21, p.66). Sin embargo, esa tímida
renuncia al que durante la década de los ‘70 había sido “su mundo”
–si exceptuamos la otra brecha abierta por Bodas de sangre
(1981)– pronto será desestimada y en el caso de Antonieta
(1982) volveremos a encontrarnos con un Saura que, acompañado esta
vez por dos afamadas actrices de pedigree cultural europeo (Hanna
Schygulla e Isabelle Adjani) camina de nuevo por los senderos de la
qualité más inane.
Fernando Trueba, por otro lado, es visto como la figura emblemática
de esa nueva, joven y exitosa corriente del cine español, hecha de
espontáneas comedias costumbristas de ambiente madrileño (malasañero
para más señas), vehículos privilegiados para la exaltación de eso
que en Contracampo llaman “el individualismo pasota”. Alberto
Fernández Torres (nº 18, p.67) habla de un remedo de debate que
acompaña la irrupción de este fenómeno y que, en cierto sentido,
explica su éxito de crítica y público: frente al cine de tesis y
contenido surge un cine que cuenta lo que pasa en la calle;
frente al cine de análisis un cine espontáneo, el cine de
toda la vida, el de contar historias. Tras el detonante de esta
suerte de improbable ruptura, Opera prima (Fernando Trueba,
1980), surgen los inevitables epígonos: La mano negra
(Fernando Colomo, 1980), Vecinos (Alberto Bermejo, 1981) etc.
Films que, según Francesc Llinás (nº 23, p.73), “cuentan historias
de encantos y desencantos sentimentales con varones indecisos y
hembras gilipollas, anécdotas mínimas, chistes privados de dudosa
gracia, un tono falsamente directo, coloquialista, burla de todo lo
intelectual y de lo político, madrileñismo exacerbado y un tanto
provinciano”. Y es que era lógico y normal que una revista de cine
preocupada por combatir el nuevo fascismo, el de “la
institucionalización cotidiana de lo banal”, destapara la caja de
los truenos para recibir una propuesta que blandiendo orgullosa la
bandera del pasatismo estaba preparando el terreno para el futuro
desembarco de las huestes del pensamiento único.
Casi como una consecuencia lógica de lo que acabo de decir,
comparece en este punto del trabajo el primero de esos momentos
decisivos que, como he señalado anteriormente, por su especial
naturaleza, ponen sobre la mesa alguna de las claves fundamentales
para comprender las intenciones y el verdadero alcance de la
experiencia editorial que nos ocupa. Así, en el número 2 de la
revista se reserva un amplio espacio, casi la mitad del número, a
reflexionar en torno a dos films –Con uñas y dientes (Paulino
Viota, 1978) y Con mucho cariño (Gerardo García, 1978)– que
se presentan como sendas impugnaciones al grueso de la producción
española de la época. Dos experiencias radicales, formal e
ideológicamente, que se “niegan a aceptar la senda elegida por las
multinacionales, la Administración y los popes culturales” (p.13).
Dos films radicales, producidos en los márgenes de la industria y
con graves problemas de distribución y exhibición, que han sido
además, sistemáticamente ignorados, tanto por la Administración como
por la crítica “progresista”, convirtiéndolos de este modo, muy a su
pesar, en sendas experiencias marginales, en cine amordazado,
incapacitado para establecer diálogo alguno con el que se pretendía
fuera su público natural: las clases populares.
Respondiendo a este desafío, y a otros similares que se le irán
presentando con el paso del tiempo, y de los números
(25), Contracampo demuestra
que su relación con este tipo de films va más allá de la mera reseña
o de la puntual entrevista con sus responsables (práctica habitual
en las otras revistas especializadas cuando por alguna extraña
casualidad deciden dedicar cierto espacio a este tipo de
propuestas). Y es que Contracampo, en lugar de integrarse
plácidamente en el seno del aparato como, a fin de cuentas, hacen el
resto de publicaciones, criticando, con mayor a menor agudeza
ciertas películas pero sin preocuparse en ningún momento por
cuestionar el tinglado que las hace posibles, contribuyendo así al
normal desarrollo del mismo y a la perpetuación de un estado de
cosas que les permite seguir deleitándose con “la esfumada belleza
de la actriz en el esplendor del crepúsculo”
(26), en lugar de esto, como decía,
Contracampo entiende su práctica crítica en términos
similares al de este cine radical: la suya es una propuesta que
trata de aprovechar la propia condición de altavoz político e
ideológico del aparato en el que se sabe inscrita para difundir un
discurso alternativo radicalmente enfrentado al dominante.
Otro de los momentos decisivos coincide con la publicación
del número 28. En él, bajo el título, “Cine español: dos momentos”,
se presentan dos trabajos cuyo denominador común es el de abordar
sendos períodos concretos de la historia de nuestro cine. Se trata
de dos aproximaciones, una al cine documental republicano producido
durante la guerra civil, y otra a las obras de la factoría Cifesa
(27), con las que se pretende abrir las
páginas de la revista a esa “inmensa tarea, todavía por hacer en su
mayor parte, de estudiar, más allá de dogmatismos o lecturas
pintorescas, la historia del cine español” (p.12). Con este trabajo,
puntualmente complementado con una serie de textos breves
desperdigados por otras secciones (y me estoy refiriendo
esencialmente a los comentarios que de films clásicos
españoles elabora Ignasi Bosch en la sección de crítica de
televisión), Contracampo pone en marcha esa revisión general de la
historia del cine español que a lo largo de la década de los ‘80 y
principios de los ‘90 comenzará a dar sus primeros frutos (por
ejemplo, en las páginas de una publicación en cierto sentido
heredera del legado de Contracampo: Archivos de la Filmoteca)
y que, con las consecuencias ya por todos conocidas, llega hasta
nuestros días.
El tercer momento decisivo sobre el que desearía llamar la
atención ya ha sido debidamente glosado en otro lugar
(28) distinto a este por lo que remito
al lector interesado a dicho texto. Sin embargo, no puedo resistirme
a añadir algunas puntualizaciones: al prestar sus páginas al
comentario de un espectáculo no específicamente cinematográfico,
como es el caso de la filmación por las cámara de TVE del 23 F, la
revista evidencia, no sólo, como ya ha quedado dicho en este
estudio, el profundo compromiso político que para con su conflictivo
presente histórico se ha, de alguna manera, autoimpuesto, sino que
muestra también la amplitud de miras con que Contracampo se
enfrenta a la cuestión de la imagen; las páginas de la revista ponen
una y otra vez de manifiesto que la idea del cine a partir de la que
están escritas cabe insertarla dentro del marco general, y
tremendamente ilustrativo, de la representación (audio)visual (de
ahí la atención prestada al discurso televisivo, al vídeo, e incluso
al cómic); y por eso cuando los redactores de Contracampo se
esfuercen por poner al descubierto las claves del espectáculo
(televisivo) del golpe de estado, las conclusiones a las que
llegarán serán exactamente las mismas a las que habitualmente
llegaban cuando de lo que se trataba era de teorizar sobre el propio
cine; así, por ejemplo, no sorprende ver como uno de los redactores
de la casa asegura que las propias características de la
representación del golpe no hacen sino “rebatir las teorías
idealistas que atribuyen un carácter intrínsecamente realista al
propio aparato de base y al cine como cauce de la realidad” (p.19).
Así pues, los tres momentos decisivos que acabo de enumerar
funcionan como llamadas de atención sobre lo que en mi opinión
serían los rasgos definitorios de la revista: una declarada y
ostensible apuesta por aquellos proyectos que, de alguna manera,
cuestionan el sistema; un serio y, a la postre, sumamente
productivo, esfuerzo por revisar la historia de nuestro cinema desde
nuevos parámetros; y por último, un ineludible compromiso con la
realidad socio-político-cultural de su tiempo y una inteligente
predisposición a estudiar el hecho cinematográfico en el marco
general de las representaciones visuales.
Hasta aquí llega esta suerte de repaso a las características
formales y a una parte concreta de los contenidos de Contracampo,
que espero haya servido para ubicar con precisión el lugar que esta
publicación ocupa dentro del aparato cinematográfico español de su
tiempo y para evaluar, en la medida de lo posible, la productividad
de la experiencia.
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