Observemos
el film de 16 mm. que un espectador, entre la multitud, rodó sobre la
muerte de J. F. Kennedy. Se trata de un plano-secuencia. Y es el más
característico plano-secuencia
El
espectador-operador, en efecto, no eligió ángulos visuales: filmó
simplemente desde donde se encontraba, encuadrando lo que su ojo -mejor su
objetivo- veía
El
plano-secuencia característico es, por lo tanto, una toma subjetiva
En un
posible film sobre la muerte de Kennedy faltan todos los demás ángulos
visuales: desde el del mismo Kennedy al de Jacqueline, desde el del
asesino que disparaba al de los cómplices, desde el de los restantes
presentes más afortunadamente situados al de los policías de la escolta,
etc.
Suponiendo
que tuviésemos filmes rodados desde todos los ángulos visuales, ¿de qué
dispondríamos? De una serie de planos-secuencia que reproducirían las
cosas y las acciones reales de aquel momento, contemporáneamente vistas
desde diferentes ángulos visuales: es decir, a través de una serie de
tomas subjetivas. Por lo tanto, la toma subjetiva es el
máximo límite realista de toda técnica audiovisual. No se puede
concebir ver y oír la realidad en su transcurrir más
que desde un solo ángulo visual: y este ángulo visual siempre es el
de un sujeto que ve y oye. Este sujeto es un sujeto de carne y
hueso. Porque si nosotros en un film de acción también elegimos un punto
de vista ideal y, por lo tanto, en cierto modo abstracto y no naturalista,
desde el momento en que colocamos en ese punto de vista una cámara y un
magnetófono, siempre resultará algo visto y oído por un sujeto de carne
y hueso (es decir, con ojos y oídos)
Ahora
bien, la realidad vista y oída en su acaecer siempre es el tiempo
presente
El tiempo
del plano-secuencia, entendido como elemento esquemático y primordial del
cine -es decir, como una toma subjetiva infinita-, es, por consiguiente,
el presente. El cine, por lo tanto, reproduce el presente. La
toma directa de la televisión es una paradigmática reproducción
del presente, de algo que sucede
Entonces,
supongamos que tenemos no un único film sobre la muerte de Kennedy, sino
una docena de filmes análogos en cuanto a planos-secuencia que reproducen
subjetivamente el presente de la muerte del presidente. En el mismo
momento en que nosotros, también por razones puramente
documentales (entramos en una sala de proyección de la policía que efectúa
la investigación), vemos continuadamente todos estos planos-secuencia
subjetivos, es decir, unidos entre sí, aunque no en forma material, ¿qué
es lo que hacemos?
Hacemos
una especie de montaje, aunque extremadamente elemental. ¿Y qué es lo
que obtenemos de ese montaje? Obtenemos una multiplicación de presentes,
como si una acción, en lugar de desarrollarse una sola vez ante nuestros
ojos, se desarrollara más veces. Esta multiplicación de presentes
suprime, inutiliza en realidad, el presente, cada uno de estos presentes,
al postular la relatividad del otro, su inautenticidad, su imprecisión,
su ambigüedad
Al
observar, para una investigación de la policía -la menos interesada por
cualquier hecho estético, e interesadísima, en cambio, por el valor
documental de los filmes proyectados en cuanto testigos oculares de un
hecho real a reconstruir con toda exactitud-, la primera pregunta que
haremos es la siguiente: ¿cuál de estos filmes representa con más
exactitud la auténtica realidad de los hechos?
Hay
tantos pobres ojos y oídos (o cámaras y magnetófonos) ante los que ha
tenido lugar un capítulo irreversible de la realidad, presentándose a
cada pareja de órganos naturales o de estos instrumentos técnicos, de
manera diferente (campo, contracampo, plano general, plano americano,
primer plano y todos los ángulos posibles): pero cada una de estas formas
en que la realidad se ha presentado es extremadamente pobre, aleatoria,
casi digna de compasión, si se piensa que es una sola, y las
otras son tantas, infinitamente tantas
En
cualquier caso está claro que la realidad, con todas sus facetas, se ha
expresado: ha dicho al que estaba presente (estaba presente formando parte
de ella: porque la realidad no habla con nadie más que consigo misma);
ha dicho algo en su lenguaje que es el lenguaje de la acción (integrado
por los lenguajes humanos simbólicos y convencionales): un disparo de
rifle, un cuerpo que cae, un coche que se para, una mujer que grita,
muchas personas que chillan... Todos estos signos no simbólicos
dicen que algo ha sucedido: la muerte de un presidente, ahora y aquí, en
el presente. Y dicho presente es, repito, el tiempo de tantas tomas
subjetivas como planos-secuencia, rodados desde diferentes ángulos
visuales en los que el destino ha colocado a sus testigos con sus
incompletos órganos culturales o instrumentos técnicos
El
lenguaje de la acción es, por lo tanto, el lenguaje de los signos no simbólicos
del tiempo presente y, en el presente, sin embargo, no tiene sentido o, si
lo tiene, lo tiene subjetivamente, es decir, de manera incompleta,
incierta y misteriosa. Kennedy, muriendo, se está expresando
en su última acción: la de caer y morir en el asiento de un automóvil
presidencial negro, entre los débiles brazos de una pequeña burguesa
norteamericana
Pero ese
último lenguaje de la acción con el que Kennedy se ha expresado ante
varios espectadores queda en el presente -al ser percibido por los
sentidos y filmado, que es lo mismo- detenido e inenarrado. Como todo
momento del lenguaje de la acción, éste es una búsqueda. ¿Búsqueda
de qué? De una sistematización en relación con sí misma y con el mundo
objetivo; y, por lo tanto, una búsqueda de relaciones con los restantes
lenguajes de la acción con los que los demás, junto con él, se
expresan. En el caso que nos ocupa, los últimos sintagmas vivientes
de Kennedy buscaron una relación con los sintagmas vivientes de
aquellos que en ese momento se expresaban viviendo a su alrededor. Por
ejemplo, el de su asesino, o asesinos, que disparaba o que disparaban
Hasta que
dichos sintagmas vivientes no se relacionen entre sí, tanto el lenguaje
de la última acción de Kennedy, como el lenguaje de la acción de los
asesinos, son lenguajes mutilados e incompletos. ¿Qué deberá suceder,
por lo tanto, para que lleguen a ser completos y comprensibles? Que las
relaciones, que cada uno de ellos a tientas y balbuceantemente buscan, se
establezcan. Pero no a través de una simple multiplicación de presentes
-como sucedería si yuxtapusiésemos las diferentes tomas subjetivas-,
sino a través de su coordinación. En efecto, su coordinación no se
limita, como la yuxtaposición, a destruir y a inutilizar el concepto de
presente (como en la hipotética proyección de los distintos filmes,
pasados uno después del otro en la salita del FBI), sino a expresar el
presente pasado.
Sólo los
hechos sucedidos y acabados son coordinables entre sí, y por esto
adquieren un sentido (como diré, tal vez mejor, más adelante)
Ahora
supongamos una cosa; es decir, que entre los investigadores que han visto
los diferentes, y por desgracia hipotéticos filmes, unidos uno a otro,
había una genial mente organizadora
Su
genialidad no podría consistir más que en la coordinación. Intuyendo la
verdad -a partir de un análisis de los diversos fragmentos naturalistas,
que constituyen los diferentes filmes-, estaría en condiciones de
reconstruirla. ¿Pero cómo? Seleccionando los momentos verdaderamente
significativos de los diferentes planos-secuencia subjetivos y
encontrando, como consecuencia, su auténtica sucesión. Se trataría, en
pocas palabras, de un montaje. Después de este trabajo de selección y
coordinación los diferentes ángulos visuales se disolverían, y la
subjetividad, existencial, cedería el sitio a la objetividad; ya no estarían
las conmovedoras parejas de ojos-oídos (o cámaras-
magnetófonos) para captar y reproducir la fugaz y poco estable
realidad, pero en su sitio habría un narrador. Este narrador transforma
el presente en pasado.
De donde
se deriva que el cine (o mejor la técnica audiovisual) es sustancialmente
un infinito plano-secuencia, tal y como es la realidad para nuestros ojos
y nuestros oídos durante todo el tiempo en que estamos en condiciones de
ver y oír (un plano-secuencia infinito que acaba al final de nuestras
vidas): y este plano-secuencia, además, no es más que la reproducción
(como he dicho varias veces) del lenguaje de la acción; en otras
palabras, es la reproducción del presente.
Pero
desde el momento en que interviene el montaje, es decir, cuando se pasa
del cine al filme (que, por lo tanto, son dos cosas muy
diferentes, del mismo modo que langue es diferente de palabras),
el presente se convierte en pasado (es decir, se han realizado las
coordinaciones a través de las distintas lenguas vivientes): un pasado
que, por razones inmanentes al medio cinematográfico, y no por elección
estética, tiene siempre características de presente (es decir, es un
presente histórico).
Aquí
entonces debo decir lo que pienso de la muerte (y dejo libres a los
lectores para preguntarse, escépticos, qué tiene que ver esto con el
cine). He dicho varias veces, y siempre mal, por desgracia, que la
realidad tiene su lenguaje -mejor dicho, un lenguaje-, que, para ser
descrito, tiene necesidad de una “semiología general” que por ahora
falta, incluso como nación (los semiólogos observan siempre objetos muy
nítidos y definidos, es decir, los diferentes lenguajes, sígnicos o no,
existentes; todavía no han descubierto que la semiología es la ciencia
descriptiva de la realidad).
Dicho
lenguaje -he dicho, y siempre mal- coincide, por lo que al hombre se
refiere, con la acción humana. Es decir el hombre se expresa
principalmente con su acción -no entendida como una mera acción pragmática-
porque con ella modifica la realidad e incide en el espíritu. Pero esta
acción suya carece de unidad, o sea de sentido, hasta que no se haya
consumado. Mientras Lenin vivía, el lenguaje de su acción todavía
era un parte indescifrable, porque todavía era posible y, por lo tanto,
modificable por eventuales acciones futuras. En definitiva, mientras tiene
futuro, es decir una incógnita, un hombre está inexpresado. Puede haber
un hombre honesto que, a los sesenta años, cometa un delito: esta acción
censurable modifica todas sus acciones anteriores y, por consiguiente, se
presenta distinto del que siempre fue. Hasta que no me muera nadie podrá
garantizar que verdaderamente me conoce, es decir, podrá dar un sentido a
mi acción que, por lo tanto, en cuanto momento lingüístico, es difícilmente
descifrable.
Por lo
tanto, es absolutamente necesario morir, porque, mientras estamos vivos,
carecemos de sentido, y el lenguaje de nuestra vida (con el que nos
expresamos, y al que, por lo tanto, atribuimos la máxima importancia) es
intraducible: un caso de posibilidades, una búsqueda de relaciones y de
significados sin solución de continuidad. La muerte realiza un rapidísimo
montaje de nuestra vida: o sea selecciona sus momentos verdaderamente
significativos (inmodificables ya por otros posibles momentos contrarios o
incoherentes), y los ordena sucesivamente, haciendo de nuestro presente,
infinito, inestable e incierto, y por lo tanto, lingüísticamente no
descriptible, un pasado claro, estable, cierto y, por lo tanto, lingüísticamente
bien descriptible (precisamente en el ámbito de una Semiología General).
Sólo gracias a la muerte, nuestra vida sirve para explicarnos.
Por lo
tanto, el montaje realiza sobre el material del filme (que está
constituido por fragmentos, larguísimos o infinitesimales, de tantos
planos-secuencia como posibles tomas subjetivas infinitas) lo que la
muerte realiza sobre la vida
2
El film
se podría definir como palabras sin lengua: en efecto, los
distintos filmes para ser comprendidos no remiten al cine, sino a la
realidad misma. Se entiende que con esto estoy postulando mi habitual
identificación del cine con la realidad y que la semiología del cine sólo
debería ser un capítulo de la Semiología General de la realidad.
Veamos: en un filme aparece el encuadre de un muchacho con el pelo rizado
y negro, los ojos negros y sonrientes, una cara cubierta de acné, la
garganta un poco hinchada, como de hipertiroide, y una expresión alegre y
burlona que emana de toda su persona. Este encuadre de un filme,
¿remite acaso a un pacto social hecho de símbolos, como sería el cine
definido por analogía con la langue? Sí, remite a este pacto
social, pero este pacto social, no siendo simbólico no se
distingue de la realidad, o sea del auténtico Ninnetto Davoli
(actor) en carne y hueso reproducido en aquel encuadre.
Tenemos ya en nuestra cabeza una especie de Código de la Realidad
(o sea esa Semiología General en potencia de la que estoy hablando). Y, a
través de este inexpresado e inconsciente código que nos hace comprender
la realidad, también comprendemos los diferentes filmes. Mejor dicho,
para decirlo todo, de la forma más sencilla y elemental, reconocemos la
realidad en los filmes, que se expresa en ellos para nosotros como hace
cotidianamente en la vida.
Un personaje, en el cine, como en cualquier momento de la realidad, nos
habla a través de los signos, o sintagmas vivientes, de su acción
que, subdivididos en capítulos, podrían ser:
1) el
lenguaje de la presencia física;
2) el lenguaje del comportamiento;
3) el lenguaje de la lengua escrita-hablada;
todos, precisamente, sintetizados en el lenguaje de la acción, que
establece relaciones con nosotros y con el mundo objetivo.
En una Semiología General de la realidad, cada uno de estos capítulos
debería, naturalmente, dividirse en un número impreciso de apartados. Es
un trabajo, éste, que desde hace tiempo tengo en la pluma; quisiera
limitarme aquí únicamente a observar el segundo apartado, el titulado Lenguaje
del comportamiento; indudablemente sería el más interesante y
complejo. Mientras tanto, y en primer lugar, habría que dividirlo en dos
subapartados, es decir, el Lenguaje del comportamiento general
(que sintetizaría la manera de ser aprendida a través de la educación
en una sociedad codificadora), y el Lenguaje del comportamiento específico
(que serviría para expresarse en situaciones sociales particulares y
en determinados momentos, diría de la jerga, de esta situación).
Cojamos,
por ejemplo, al actor con el pelo rizado y el acné del que hablaba antes:
el lenguaje de su comportamiento general me indica
inmediatamente -a través de la serie de sus actos, de sus expresiones, de
sus palabras- su ubicación histórica, étnica y social. Pero el lenguaje
de su comportamiento específico, precisa hasta la más
extrema concreción como ubicación (así como sucede con el dialecto y la
jerga con respecto a la lengua). El lenguaje del comportamiento específico
está, por lo tanto, sustancialmente constituido por una serie de
ceremoniales, cuyo arquetipo pertenece decididamente al mundo natural o
animal; el pavo real que despliega su cola, el gallo que canta después
del coito, las flores que muestran, en una determinada estación, sus
colores. El lenguaje del mundo es, en resumen, sustancialmente un
espectáculo. En el caso de una pelea, el muchacho de pelo rizado
que hemos tomado como ejemplo, no transgrediría uno solo de los actos
exigidos por el código popular: desde las primeras frases del diálogo
dichas con la peculiar expresión, confusa casi, del que no se siente
bien, a las primeras amenazas casi dignas de compasión, a los primeros
gritos contra el pecho adversario con ambas manos abiertas con las palmas
hacia adelante, etc., etc.
De los
diversos ceremoniales vivientes del lenguaje del comportamiento específico
se llega, insensiblemente, a los diversos ceremoniales: de aquellos mágicos
arcaicos a aquellos establecidos por las normas de la buena educación de
la civilización burguesa contemporánea. Hasta llegar, después, siempre
insensiblemente, a los diversos lenguajes humanos simbólicos, pero no
sígnicos: los lenguajes en que el hombre, para expresarse, utiliza
su propio cuerpo, su propia figura. Las representaciones
religiosas, los mimos, las danzas, los espectáculos teatrales pertenecen
a ESTOS TIPOS DE LENGUAJES FIGURALES Y VIVIENTES. También el cine.
En espera de trazar al menos algunos apuntes de esta Semiología
General mía, quisiera limitarme aquí, todavía, a observar cómo
dicha Semiología General sería, al mismo tiempo, la Semiología del
Lenguaje de la Realidad, y la Semiología del Lenguaje del Cine. Teniendo
presente un solo hecho más: la reproducción audiovisual. Sobre las
maneras de dicha reproducción -que recrea en el cine las mismas características
lingüísticas de la vida entendida como lenguaje- podría plantearse y
elaborarse una gramática del cine. Y, en otras ocasiones, precisamente me
he ocupado de esto. Aquí me interesa señalar -y es el punto central de
estas palabras mías- cómo, semiológicamente, si no hay ninguna
diferencia entre el tiempo de la vida y el tiempo del cine entendido como
reproducción de la vida –en cuanto supone un infinito plano-
secuencia-, es en cambio sustancial la diferencia entre el tiempo de la
vida y el tiempo de los distintos filmes.
Cojamos
un plano-secuencia en estado puro: es decir, la reproducción audiovisual,
hecha desde un ángulo visual subjetivo, de un fragmento de la infinita
sucesión de cosas y acciones que podrían potencialmente reproducirse.
Dicho plano-secuencia en estado puro estaría constituido por una sucesión
extraordinariamente aburrida de cosas y acciones insignificantes. Lo que
me aparece y me sucede en cinco minutos de mi vida resultaría,
proyectado en una pantalla, algo absolutamente carente de interés: de una
irrelevancia absoluta. Esto no se me manifiesta en la realidad porque mi
cuerpo es viviente, y esos cinco minutos son cinco minutos de
soliloquio vital de la realidad consigo misma.
El hipotético
plano-secuencia puro pone en evidencia, por lo tanto, representándola, la
insignificancia de la vida en cuanto vida. Pero a través de este hipotético
plano-secuencia puro, también logro saber -con la misma precisión de las
pruebas de laboratorio- que la proposición fundamental expresada por lo más
insignificante es: Yo soy, o Hay, o simplemente Ser.
Pero ¿es natural ser? No, no me lo parece; al contrario, me parece que es
portentoso, misterioso y, en cualquier caso, absolutamente innatural.
Ahora, el plano-secuencia, dadas las características que he descrito de
él, se convierte, en los filmes de ficción, en el momento más naturalista
de la narración cinematográfica. ¿Un hombre da una bofetada a una
mujer, sube a su automóvil y se va por la autopista del mar? Pues bien,
yo coloco la cámara con un magnetófono en el mismo sitio donde podría
estar un testigo de carne y hueso, míseramente naturalista, y tomo toda
la escena seguida, como vista y oída por él, hasta la desaparición del
coche hacia Ostia (localidad cercana a Roma). Es cierto: tanto en el
acontecimiento que sucede en la realidad frente a mis sentidos como en su
reproducción, la proposición fundamental y dominante es: Todo esto
es. (Sin embargo, al igual que en la realidad no soy indiferente,
tampoco, potencialmente, soy indiferente delante de la reproducción de la
realidad. Y puesto que en el filme juzgo a través del Código de la
Realidad, reproduzco en mí, poco más o menos, los mismos sentimientos
que si viviese aquel hecho material).
Puesto
que el cine jamás podrá prescindir de dichos planos- secuencia por mínimos
que sean, tratándose siempre de una reproducción de la realidad, es
acusado de naturalismo. Pero el miedo al naturalismo es (al menos a propósito
del cine) miedo al ser. O sea, en definitiva, miedo a la falta de
naturalidad del ser: de la ambigüedad territorial de la realidad debida
al hecho de que está basada en un equívoco: el pasado del tiempo. ¡El
mejor naturalista! Hacer cine es escribir sobre un papel que arde.
Para comprender qué es el naturalismo del cine, tomemos un caso extremo
que se presenta, o es presentado, como un acontecimiento del cine de
vanguardia: en las bodegas de New York del New Cinema, se proyectan
planos-secuencia que duran largas horas (por ejemplo, un hombre
durmiendo). Esto, por lo tanto, es cine en estado puro (como he dicho más
veces), y como tal, en cuanto representación de la realidad desde un único
ángulo visual, es subjetivo en el sentido de locamente naturalista: sobre
todo en cuanto de la realidad también tiene la duración natural.
Como siempre, culturalmente, el nuevo cine es una consecuencia extrema del
neorrealismo: con su culto al documental y a lo verdadero. Pero mientras
el naturalismo cultiva con optimismo, sentido común y sencillez, su culto
a la realidad con los inherentes planos-secuencia, el nuevo cine invierte
las cosas: en su exasperado culto a la realidad y en sus interminables
planos- secuencia, en lugar de tener como proposición fundamental Lo
que es insignificante, es, tiene como proposición fundamental Lo
que es, es insignificante. Pero dicha insignificancia se siente con
tanta rabia y dolor que agrede al espectador y, con él, su idea de orden
y su existencial amor humano por lo que es. El breve, sensato, mesurado,
natural, afable plano-secuencia del neorrealismo nos proporciona el placer
de conocer la realidad que cotidianamente vivimos y disfrutar a través de
la confrontación estética con las convenciones académicas; el largo,
insensato, desmesurado, innatural, mudo plano-secuencia del nuevo cine,
por el contrario, nos coloca en un estado de horror ante la realidad, a
través de la confrontación estética con el naturalismo neorrealista,
entendido como academia de vivir.
Por lo
tanto, prácticamente, la cuestión de la diferencia entre vida real y
vida reproducida, es decir entre realidad y cine, es una cuestión, como
decía, de ritmo temporal. Pero es también una diferencia de tiempos que
distingue un cine del otro. La duración de un encuadre, o el ritmo de la
concatenación de los encuadres, cambia el valor del film: lo hace
pertenecer a una escuela en lugar de otra, a una época en lugar de otra,
a una ideología en lugar de otra.
Si, además,
se tiene presente que en los filmes de ficción puede darse la ilusión
del plano-secuencia también a través del montaje, entonces el valor del
plano-secuencia se hace todavía más ideal: se convierte en la auténtica
y verdadera elección de un mundo. Mientras, de hecho, el plano-secuencia
verdadero reproduce tal cual una acción real, y tiene su duración, un
plano-secuencia falso (que es el caso de la mayor parte del cine
neorrealista, pero también de ese naturalismo ilustrativo de la convención
comercial) imita la correspondiente acción real, reproduciendo
varios rasgos, reduciéndolos después conjuntamente a un tiempo que los
falsifica fingiendo la naturalidad.
Los
montajes del nuevo cine tienen, en cambio, como principal característica
la de mostrar, de forma manifiesta, las falsificaciones del tiempo real
(o, en el caso de los eternos planos-secuencia de los que hablaba antes,
su exasperación a través de la inversión del valor de lo
insignificante).
¿ Tienen razón los autores del nuevo cine? O sea, ¿en una obra el
tiempo real es sin duda destruido, y dicha destrucción debe ser el
elemento principal y más evidente del estilo? ¿Quitando por esto
completamente al espectador la sensación del desarrollo de acción en el
tiempo, como ocurría en los antiguos y recientes cuentos?
A mi
entender, los autores del nuevo cine no mueren suficientemente dentro de
sus obras: se agitan, se contorsionan o, mejor, agonizan dentro de ellas,
pero no mueren: por esto sus obras quedan como testimonios de un
sufrimiento del absurdo fenómeno del tiempo, y, en este sentido, únicamente
se pueden interpretar como un acto de vida. El miedo al naturalismo les
contiene en definitiva dentro de los limites del documento, y la
subjetividad llevada hasta el extremo de suministrar o planos-secuencia
-para horrorizar al espectador sobre la irrelevancia de su realidad-
o una obra de montaje que trastorna la sensación del desarrollo en el
tiempo, siempre de esa realidad suya -termina por convertirse en
la mera subjetividad de los documentos sicológicos-. Incluso en la página
literaria más vanguardista y aparentemente indescifrable, se evoca una
determinada realidad o tout court, la realidad: no se huye de la
realidad porque habla consigo misma y nosotros estamos en su círculo.
Desde una página vanguardista ilegible -como desde una secuencia
cinematográfica que exaspera los tiempos hasta quitarnos cualquier ilusión
de revivir la realidad a través de ella- siempre hay una realidad que
salta fuera: y es la del autor que, a través del propio texto, expresa su
miseria sicológica, su cálculo literario, su noble o innoble neurosis
pequeño-burguesa.
Debo
repetir que una vida, con todas sus acciones, sólo es descifrable plena y
verdaderamente después de la muerte: en este momento, sus tiempos se
estrechan y lo insignificante desaparece. Su proposición fundamental
entonces ya no es, simplemente, ser, y su naturalidad se
convierte así en un falso blanco como un falso ideal. El que hace un
plano-secuencia para mostrar el horror de la insignificancia de la vida,
comete un error igual y contrario al del que hace un plano-secuencia para
mostrar la poesía de la insignificancia.
El
proceso de la vida, en el momento de la muerte -o sea después de la
operación de montaje- pierde toda la infinidad de tiempos en los que
viviendo nos regodeamos, deleitándonos en la perfecta correspondencia de
nuestra vida física -que nos lleva a la consunción- con el transcurso
del tiempo: no hay un instante en que esa correspondencia no sea perfecta.
Después de la muerte ya no existe esa continuidad de la vida, pero existe
su significado.
O
ser inmortales e inexpresivos o expresarse y morir.
La
diferencia entre el cine y la vida es, por lo tanto, insignificante; y la
misma Semiología General que describe la vida puede describir, repito una
vez más, también el cine. Por lo cual, mientras una acción que ocurre
en la vida -por ejemplo, yo que estoy hablando- tiene como significado su
sentido -que sólo podrá descifrarse verdaderamente después de la
muerte-, una acción que sucede en el cine, tiene como significado el
significado de la misma acción que sucede en la vida, y, por lo tanto, sólo
indirectamente tiene su sentido (sentido también en este caso sólo
descifrable verdaderamente después de la muerte). Por lo tanto, a
diferencia de lo que ocurre en la vida, en el cine, en un filme una acción
-o signo figurativo, o medio expresivo, o sintagma viviente reproducido,
úsese la definición que se quiera- tiene como significado el significado
de la acción real análoga -realizada por las mismas personas en carne y
hueso en aquel mismo cuadro natural y social-, pero su sentido ya es
completo y descifrable, como si ya hubiese ocurrido la muerte. Lo que
quiere decir que en el filme el tiempo es finito, aunque se trata de una
ficción. Por lo tanto, es necesario aceptar la fábula por fuerza. El
tiempo no es el de la vida cuando se vive, sino el de la vida después de
la muerte: como tal es real, no es una ilusión y puede muy bien ser el de
la historia de un filme.
Fuente:
Cine. Reflexiones. Ilusión
http://usuarios.vtr.net/~cine/