El término género cinematográfico provoca a menudo múltiples
dificultades y confusiones. En rigor, los puristas clasifican las películas,
atendiendo a su relación con la realidad y a la técnica de representación,
en tres géneros básicos: ficción, documental y animación. Pero la
tradición ha impuesto la denominación de género para identificar los
temas o asuntos que tratan las cintas, que son los que habitualmente
manejan la crítica y el público, como drama, comedia, musical, western,
filme de guerra, policíaco, fantástico, etcétera. Estas denominaciones
han acuñado ya en el más ocasional de los espectadores de cine,
determinadas imágenes mentales en parte visuales, en parte conceptuales,
que sirven de referente para reconocer, con independencia del paso de los
años, la naturaleza de un filme.
Cuando los hermanos Louis y Auguste Lumiere inventaron el cinematógrafo,
las películas iniciales que rodaron fueron aquellas que se limitaron a
reproducir hechos y acontecimientos de la vida diaria para que sirvieran
de testimonio: La salida de los obreros de las fábricas Lumiere, La
llegada del tren,...y, sin saberlo, estaban filmando los primeros
documentales. Casi inmediatamente, meses después, Georges Meliés advirtió
las fantásticas posibilidades de aquella creación, y se convirtió en el
padre de la ficción fílmica, al concebir un incipiente argumento e
imaginar los primeros trucos cinematográficos. De este modo, desde los
albores del cine quedaron establecidos sus dos géneros básicos, los
cuales se han mantenido vivos hasta nuestros días. El documental, en
oposición al cine de ficción, no recrea las situaciones, sino que las
capta directamente del mundo real. El término documental tomó un sentido
cinematográfico en 1906 y se convirtió en sustantivo a partir de 1914.
La palabra documentary fue usada por el inglés John Grierson, en 1926,
para designar a la película Moana, de Robert Flaherty.
Con la evolución del lenguaje cinematográfico, obviamente ha existido
una interrelación entre estos dos géneros fundamentales, y no pocas
obras perteneciendo a uno de ellos guardan puntos de contacto con el otro.
Uno de los ejemplos más notorios de una cinta de ficción que emplea un
conjunto de técnicas de fotografía y edición, propias del cine
documental, es La batalla de Argel (1966), de Gillo Pontecorvo. Otro filme
más reciente, Zelig (1983), de Woody Allen, utiliza igualmente
procedimientos y convenciones documentales para brindar la ilusión de
realidad. El movimiento del neorrealismo italiano, al dedicarse a abordar
historias cotidianas de la posguerra enmarcadas en su entorno social, tuvo
necesariamente que asumir un estilo documental en diversas obras (Roma,
ciudad abierta; Paisá, Ladrones de bicicletas, La tierra tiembla). La
escuela documental del free cinema inglés ejerció relevante influencia
en muchos de los títulos británicos de ficción en esa época; las
secuencias del parque de diversiones en Todo comienza el sábado (1961),
de Karel Reisz, o la de Julie Christie paseando por las calles en Algo de
verdad (1963), de John Schlesinger, dan muestra de ello. Crónica de un
verano (1961), de Jean Rouch en colaboración con Edgar Morín, es un
ensayo de cinema-verité en los límites del cine de ficción, como otros
trabajos posteriores del etnólogo y cineasta francés. Más
recientemente, el cine independiente norteamericano ha dado un tratamiento
más realista a algunas de las últimas cintas estadounidenses, apoyándose
en aspectos del género documental. El cine cubano, por su parte, ha
echado mano, en las dos últimas décadas, a esta mezcla de estilos de
ficción y documental, conocida como docudrama, para perpetuar en el
celuloide algunos de los pasajes más significativos de nuestra historia:
Crónica de una infamia, Asalto al amanecer, Uvero, Che.
Aunque el arte de la animación, o sea el de crear movimiento por
yuxtaposición de imágenes de objetos o de fotografías que representan
fases sucesivas de un mismo movimiento, precedió de hecho al surgimiento
del cine, la invención del dibujo animado se le atribuye al caricaturista
norteamericano Stuart Blackton, quien en 1906 realizó su Humorous Phases
of Funny Faces, en donde una mano dibuja los graffiti que toman vida en la
pantalla. Pero fue el animador francés Emile Cohl con Le cauchemar du
fantoche (1908) y Fantasmagorie (id.), quien demostró el poder expresivo
y la vitalidad dinámica del dibujo animado, dando a este género sus
primeras obras de arte. No obstante, no es hasta 1909, con Gertie, el
dinosaurio, del diseñador y cineasta de animación estadounidense Winsor
McCay, que se considera el nacimiento del cartón animado clásico; la
animación sobre celuloide no sería patentada en cambio hasta 1915 por
otro norteamericano, Earl Hurd. El cine de esta modalidad tuvo
representantes ilustres en diferentes partes del mundo a lo largo de todas
las siguientes décadas, pero el monopolio de Walt Disney, surgido en los
años treinta, sin duda diseminó sus influencias para estampar una estética
globalizadora que ha perdurado desde su primer largometraje de animación
Blanca Nieves y los siete enanitos (1937) hasta el presente, en las
numerosas producciones del género en los estudios de esa fábrica de sueños.
Con el desarrollo de la técnica cinematográfica y de los efectos
especiales, el cine de animación ha avanzado hasta límites
insospechados. En un inicio, dentro de una película rodada con actores o
no profesionales, se podía experimentar incluyendo objetos o dibujos
animados, o en una cinta de dibujos animados se insertaban personajes o
figuras humanas. Recuérdese las producciones Disney como Fantasía
(1940), donde Leopoldo Stokowski alternaba con Mickey Mouse en el segmento
de El aprendiz de brujo; o aquellas en las cuales se mezclaba la acción
en vivo con la animación como en Los tres caballeros (1945) o Canción
del sur (1946). En las últimas décadas, esa combinación ha arrojado
resultados artísticos tan notables y sofisticados en filmes
norteamericanos como Quién engañó a Roger Rabbit (1988), de Robert
Zemeckis o Space Jam (1996) de Joe Pytka. Pero no hablemos solamente de
las cintas realizadas en Hollywood. Artistas tan creativos como el
canadiense de origen escocés Norman MacLaren y el checo Karel Zeman
entregaron notables obras donde se fusionaban elementos de los géneros
documental y de animación. En Domando a una silla (1957), MacLaren nos
muestra la pugna de un personaje con un objeto recalcitrante, mientras que
en Vecinos (1960), construye una fábula pesimista sobre el engranaje de
la violencia. Digno heredero de Meliés, Zeman atraviesa el mundo de las
apariencias para llegar a un universo onírico en su cortometraje
Inspiración (1949), donde recrea una relación romántica entre dos pequeñas
figuras de vidrio.
En esta breve introducción se ha querido dejar claro que aunque los tres
géneros básicos del cine tienen bien definidas sus características, no
pueden considerarse completamente divorciados uno del otro, pues siempre
hay una interinfluencia entre ellos. Ahora se analizará propiamente cómo
se ha comportado la evolución integral de los denominados géneros temáticos
en el panorama de la historia del cine.
Como ya se apuntó en un principio, al hablar de género cinematográfico
uno se adentra en un terreno resbaloso, dada la relatividad de las
clasificaciones existentes. Toda nomenclatura requiere de una serie de
constantes y variables claramente definidas. Se puede establecer una
clasificación genérica atendiendo al tema, al ámbito en que se
desarrolla el argumento, o al efecto emotivo que buscan provocar en el
espectador. Pero, generalmente, en principio, la mayoría de películas
que se distribuyen comercialmente (que son las de ficción) se diferencian
en dos grandes géneros: el drama y la comedia. Esta subdivisión viene a
ser resultado de la poética aristotélica, que consideraba tragedias a
aquellas obras que imitaban el comportamiento de los hombres nobles, y
comedias a las que trataban sobre individuos ruines y vulgares. Un texto
teórico como La vida del drama, de Bentley, emplea la clasificación más
amplia de melodrama, farsa y tragicomedia, heredada evidentemente del
teatro. Algunos autores, como la profesora Luis Josefina Hernández, de la
Facultad de Filosofía y Letras, de la UNAM, hablan además de la pieza y
la obra didáctica. De ese modo en el más amplio de los espectros, se
estaría ante un canon de siete géneros para todas las obras de teatro, y
por extensión, para todas las cintas de ficción.
Las adaptaciones de las tragedias de Shakespeare al cine, como El trono de
sangre, de Akira Kurosawa, o los respectivos Hamlet, de Laurence Olivier y
Grigori Kosintsev no ofrecen dudas a la hora de clasificarlas, como
tampoco las de cualesquiera realizadas a partir de las obras de los
autores clásicos griegos. Pero, ¿cuáles serían algunos de los títulos
cinematográficos recientes más representativos de este género? Los
admiradores de Lars von Trier, posiblemente incluyan a Bailar en la
oscuridad en esta categoría, dado que el personaje de Bjork parece regido
por la fatalidad, destinado a luchar contra fuerzas que la superan, aunque
en rigor no pertenezca a la nobleza. Las películas de Arturo Ripstein
(Mentiras piadosas, La reina de la noche, Profundo carmesí), en esencia,
encajan en este grupo por la representación que hacen de un mundo cerrado
y agobiante; los decorados y la iluminación ayudan a reforzar el tono de
lo trágico. Una evidencia adicional de esta idea es uno de sus últimos
filmes: Así es la vida, una adaptación de la tragedia de Medea, a partir
de la obra de Séneca.
El drama es considerado por muchos un conflicto de la vida humana, un género
mixto entre la tragedia y la comedia, en el cual se presenta un hecho que
puede ser real, capaz de interesar y conmover al espectador. Si se revisan
las filmografías de los directores más representativos del cine, se
observará que son ricas en cintas dramáticas. Viridiana o Tristana, de
Luis Buñuel; La fuente de la virgen, de Ingmar Berman; Accidente, de
Joseph Losey; y El ciudadano Kane y Los magníficos Ambersons, de Orson
Welles, son ejemplos relevantes de películas dramáticas. Entre los
filmes más recientes de este género que más me han conmovido podría
citar: Deseando amar (In the mood for love), de Wong Kar-Wai; El niño
carnicero, de Neil Jordan; y Me voy de Las Vegas, de Mike Figgis.
El melodrama es, en particular, el drama de acción violenta y
sentimientos exagerados, de carácter popular. Con él se trata de
conmover al auditorio, mediante la vehemencia de la situación y la
manipulación de las emociones. Lo que el viento se llevó, de Víctor
Fleming, e Imitación de la vida, de Douglas Sirk, son melodramas
hollywoodenses, por excelencia. Este ha sido uno de los géneros que más
ha perdurado en el gusto del público, estando asociado, por lo general, a
obras literarias de dudosa calidad artística. Desde las primeras épocas
del cine mismo, David Wark Griffith, impuso a Lillian Gish como una de las
heroínas más recordadas de melodramas silentes como Capullos rotos y Allá
en el Este. Greta Garbo, Bette Davis, Joan Crawford, Jenniffer Jones y
Susan Hayward fueron intérpretes de muchas películas del Hollywood
sonoro destinadas al público femenino, que gozaban de las características
de este tipo de filmes. Las cintas mexicanas de Juan Orol fueron el peor
exponente de este género vilipendiado, que en los últimos años ha sido
revalorizado. Entre los hitos del melodrama, de fecha más reciente, cabe
recordar a Cinema Paradiso, de Giusseppe Tornatore, y Titanic, de James
Cameron, capaces de arrancar lágrimas de los espectadores más
inconmovibles.
La comedia es la obra de enredo o costumbres que mueve a risa, y que puede
adoptar múltiples facetas, de acuerdo con la cinematografía originaria y
el realizador: la fantasía intermedia entre la comedia, el sueño y la
burla, con un imperecedero atractivo de inmarchitable frescura (El
fantasma va al Oeste, 1936, de René Clair); la bufa y tierna, llena de
sugerencias, que no excluye un profundo análisis psicológico (El bello
Antonio, 1961, de Mauro Bolognini); la vital, alegre y chispeante,
original, pletórica de gags y dulce locura (Algunos prefieren quemarse,
1959, de Billy Wilder) o la plena de humor, tratada con seriedad, donde lo
insólito no puede faltar, mientras una soterrada ironía recorre la obra
de principio a fin (Ocho sentenciados, 1949, de Robert Hamer). La sátira
es un tipo de comedia mordaz que critica o ridiculiza: Tiempos modernos,
de Charles Chaplin; Doctor insólito, de Stanley Kubrick; MASH, de Robert
Altman; Desde el jardín, de Hal Ashby, El show de Truman, de Peter Weir.
La comedia, igual que el drama, se ha mantenido incólume a través del
tiempo y sigue gozando de notable salud, lo cual no quiere decir que haya
producido obras que hayan eclipsado a los títulos emblemáticos del
pasado. La comedia americana de los años treinta y cuarenta no ha tenido
paralelo en las últimas décadas del cine estadounidense. Cintas como
Domando al bebé (Bringing up baby, 1938, Howard Hawks) o La primera plana
(The front page, 1932, Lewis Milestone) que han sido llevadas de nuevo al
cine en versiones posteriores no han logrado superar a sus antecesoras.
Después que desapareció el toque Lubitsch y con ello la comedia
sofisticada, lo que ha predominado en el cine norteamericano ha sido lo
vulgar y soez. No se encuentran a cómicos creadores como Charles Chaplin,
Buster Keaton o Harold Lloyd, sino a payasos seguidores de Bob Hope y
Jerry Lewis en el caso de Jim Carrey, aunque debe reconocerse que el último
supera a los dos anteriores en recursos histriónicos. No obstante el
desolador panorama, aún puede reinar una Julia Roberts y de vez en cuando
aparecer en agradables cintas como La boda de mi mejor amigo y Notting
Hill. Las cinematografías inglesa, francesa o italiana de los últimos años
tampoco han logrado igualar en cantidad apreciable los éxitos de antaño,
aunque ocasionalmente se produzcan títulos importantes como Cuatro bodas
y un funeral o The Full Monty.
La farsa, emparentada con la comedia, contiene más elementos grotescos y
chabacanos que la última, y lleva las situaciones hasta un punto límite
que rayan en lo inverosímil. Entre las cintas más distinguidas de este género
pudieran hallarse Dura Lex, de Lev Kuleshov; La muerte de un burócrata,
de Tomás Gutiérrez Alea; Los seres queridos, de Tony Richardson; El
fantasma de la libertad, de Luis Buñuel y Educando a Arizona, de Joel
Coen.
Menos frecuente han sido las tragicomedias a lo largo de la historia del
cine, aunque lo discutible de las clasificaciones hace factible incluir a
películas dentro de distintos géneros. Monsieur Verdoux, de Charles
Chaplin, para algunos simplemente una comedia negra, bien pudiera ser
catalogada en este restringido conjunto, al lado de títulos tan ilustres
como Trenes rigurosamente vigilados, de Jiri Menzel; Atrapados sin salida,
de Milos Forman, y La vida es bella, de Roberto Benigni. Todos ellos
contienen una diversidad de situaciones humorísticas, pero el mensaje
final que transmiten nos deja un saldo triste y amargo.
Apartándonos ya de la tradición aristotélica, proveniente del teatro,
que clasifica las películas, por su planteamiento estructural y por la
trayectoria de los personajes y su construcción, en los grandes géneros
esencialmente atemporales citados antes, pasemos revista ahora a la
nomenclatura derivada del trabajo de los críticos, y de las etiquetas que
los productores y comercializadores le han impuesto a las películas:
western, musical, policíaco, cine negro, thriller, filme bélico, fantástico
con sus diferentes vertientes como la ciencia-ficción o el horror, histórico,
de aventuras. La comedia y el melodrama, por extensión, también han sido
incluidos adicionalmente dentro del grupo anterior.
Los géneros temáticos cinematográficos, en su mayoría, tuvieron su
origen en la literatura, casi desde los mismos inicios del séptimo arte.
Las primeras películas de ficción de Meliés se inspiraron probablemente
en acontecimientos reales del pasado y en las novelas de Julio Verne, de
ahí que los géneros histórico y fantástico fueran de los primeros en
aparecer. Las cintas de aventuras, en un inicio, indiscutiblemente se
nutrieron de los clásicos literarios. El filme policíaco tiene que haber
partido de la novela detectivesca, con una línea de interés y una
deducción; una de sus primeras modalidades en la pantalla fueron los
seriales o episodios de Nick Carter (1908). En Estados Unidos, el
norteamericano Edwin S. Porter, con El gran asalto al tren (1903) dio
lugar al surgimiento de uno de los géneros más autóctonos del cine y
que ha perdurado hasta nuestros días: el western u oeste, aunque ciertos
historiadores remontan sus comienzos a imágenes de 1898 o a la grabación
de Buffallo Bill y Annie Oakley en el kinetoscopio de Thomas Alva Edison.
Algunos géneros particulares surgieron o se desarrollaron como
consecuencia de las circunstanciales sociales. Por ejemplo, las películas
bélicas no pudieron tener una existencia preeminente antes de la Primera
Guerra Mundial, de haberlas serían específicamente aisladas y estarían
enfocadas más bien desde un punto de vista histórico. Las cintas
musicales, lógicamente, no irrumpieron hasta la llegada del sonoro con El
cantante de jazz. El filme de gánsteres, subgénero del policíaco, se
considera que aparece con La ley del hampa (Underworld), de Josef von
Sternberg, en 1927, cuando comienzan en Norteamérica los primeros síntomas
de esta epidemia social. El cine negro, otro estilo derivado del policíaco,
que pone más énfasis en el tono y en la atmósfera del filme que en la
intriga misma, surgió en Estados Unidos en los años de la Segunda Guerra
Mundial, influido por los realizadores europeos que emigraron de Alemania
y como consecuencia de la desilusión que sobrevino después de esta
contienda. Casi es unánime el consenso entre los críticos de que El halcón
maltés (1941), de John Huston fue la primera película de este tipo. Un género
muy en boga en la actualidad, el thriller (del inglés to thrill, que
significa suscitar una emoción viva) se refiere a las películas que
provocan excitación y suspenso mediante la acción violenta; en este
caso, una acción dramática se halla retardada por otra paralela o
secundaria, con el objeto de mantener la atención del espectador. Las
cintas de Alfred Hitchcock se consideran representativas de esta
modalidad.
Desde que Hollywood alcanzó su hegemonía ha definido claramente las películas
de acuerdo con géneros específicos con el propósito de que sean
reconocidas por un público masivo. Como habitualmente los géneros tienen
un desarrollo predecible, ello asegura la taquilla del producto cinematográfico,
ya que el espectador sabe lo que va a ver. Algunas industrias fílmicas de
países desarrollados han seguido los pasos de la Meca del Cine y han
entregado obras que se rigen por los mismos parámetros de los géneros señalados
antes.
Pero, ¿cuál ha sido últimamente el estado de salud de los géneros
tradicionalmente campeones de la industria hollywoodense?
Desde la década de los setenta se sabe que el musical americano estaba
herido de muerte, por tener prácticamente sus fórmulas agotadas. La
mayoría de los intentos de revivir el musical a partir de esos años son
repeticiones ilustrativas de obras de Broadway (El violinista en el techo,
Jesucristo superestrella, Brillantina, A chorus line) o nuevas versiones y
adaptaciones de clásicos del pasado (El mago). Cabaret, All that Jazz y
Fama son cintas tremendamente imaginativas, pero cuyo peso dramático
sobrepasa el equilibrio y la integración que necesariamente se mantenía
antes con los elementos de la música y la danza. Fiebre del sábado
noche, Flashdance y Bailando suave pretenden disfrazarse de películas
musicales, pero todas son esencialmente melodramas a los cuales se les ha
añadido un aluvión de éxitos musicales. Tal vez, Hair, de Milos Forman
y Evita, de Alan Parker, formen parte de los pocos títulos salvables de
este repertorio en los últimos veinte años.
El western, el género fílmico por excelencia de Hollywood, tras
resucitar de sus cenizas a principios de los noventa, con Bailando con
lobos y Sin perdón, amenaza de nuevo con extinguirse. El peplum o filme
de gran espectáculo sobre temas de la Antigüedad histórica o mitológica,
prácticamente inexistente desde hace años en la cinematografía
estadounidense, ha resurgido como ave fénix con Gladiador, de Ridley
Scott.
El policíaco, el thriller, y las cintas de aventuras, con todas sus
variantes y subgéneros siguen disfrutando de larga vida, porque han
recibido la inyección de los efectos especiales. Algo similar puede
decirse de las películas fantásticas, ya sean las de ciencia ficción o
terror, lo que no quiere decir en todos los casos sinónimo de virtud,
pues lo que impera generalmente es la falta de ella. El filme de gángsters
ha venido a ser sustituido por el equivalente dramático de los mafiosos;
la herencia legada por Coppola es hartamente pródiga, lástima que su
calidad sea tan exigua. El cine negro, en cambio, ha tenido un renacer
inusitado. Durante la última década se han visto títulos tan dignos
como Luna de porcelana (China Moon), de John Bailey o neoclásicos como
Sospechosos habituales, de Bryan Singer, y Los Angeles al desnudo, de
Curtis Hanson.
El género bélico consiguió aires renovados en los noventa. Luego de que
Kubrick volviera a impactar a los críticos con Full Metal Jacket (1987),
treinta años después de Patrulla infernal, Spielberg por primera vez
enfrentó el drama de guerra en La lista de Schindler (1993), y un lustro
más tarde volvió a sorprender a todos con Salvando al soldado Ryan. Tras
una inactividad de veinte años, Terrence Malick se anotó un triunfo artístico
con La delgada línea roja (1998).
El drama y la comedia han ido interactuando cada vez más con el paso del
tiempo, y así, aunque existen películas con sus rasgos perfectamente
reconocibles dentro de uno u otro género, pueden nombrarse un buen número
de ellas tanto en Hollywood como en otras latitudes, que poseen características
que las adscriben a cualquiera de las dos clasificaciones: Magnolias de
acero, de Herbert Ross; Forrest Gump, de Robert Zemeckis; El marido de la
peluquera, de Patrice Léconte; Belleza americana, de Sam Mendes; Humo
sagrado, de Jane Campion; etcétera. Esta tendencia se ha ido acentuando,
y en la actualidad el público a veces se siente desconcertado y sale del
cine pensando que le han dado gato por liebre.
Una situación similar viene ocurriendo en muchas cintas donde se han
mezclado atributos de dos o varios géneros. En determinados casos la fusión
funciona y se producen obras cinematográficas notables que marcan época:
Blade runner (1982), de Ridley Scott, donde se combina una atmósfera y
una dramaturgia de cine negro con un ambiente futurista de ciencia ficción,
o Bailar en la oscuridad (2000), de L. Von Trier, híbrido del melodrama
social y el musical; en otros, se logran cintas interesantes como Red Rock
West, de John Dahl, donde se cruzan elementos del western y del cine policíaco,
concretamente del film noir; o como Del crepúsculo al amanecer, al unir
ingredientes de las películas de horror con las del oeste. También se
juega con guiños paródicos o satíricos de la comedia, empleando el
western (Wild, wild, west, de Barry Sonnenfeld), el filme fantástico (Starship
troopers, de Paul Verhoeven, o Hombres de negro, del mismo Sonnenfeld) o
el policíaco (Fargo, de Joel Coen). Algunos creadores cinematográficos,
a lo largo de todas las épocas, han escapado de la clasificación de películas
por géneros. Son aquellos autores denominados de vanguardia cuyas obras
rebasan los marcos estrechos de esos moldes y no pueden ajustarse a una
categoría particular. ¿ Cómo clasificar El perro andaluz, de Luis Buñuel;
Vivir su vida, de Jean Luc Godard, El proceso, de Orson Welles; Ocho y
medio, de Federico Fellini; Persona, de Ingmar Bergman; Los artistas bajo
la carpa del circo: perplejos, de Alexander Kluge, Nashville, de Robert
Altman; Una zeta y dos ceros, de Peter Greenaway ?
A ciertos filmes encasillados por los distribuidores dentro de un género
como el drama, con frecuencia se les añade un complemento identificativo:
social, psicológico, histórico, bélico, para describir el asunto que
tratan, la época en que se desarrollan y el lugar en que ocurren, en aras
de orientar al público. Esto puede servir para las cintas tradicionales
de los géneros mencionados antes, pero no para las obras que son
consideradas innovadoras del lenguaje cinematográfico o de una corriente
estética. Ceñir Persona, de Bergman a la categoría de drama psicológico,
por ejemplo, sería limitar la capacidad de expresión e interpretación
del filme a un discurso unilateral de su autor, y a no conceder la
posibilidad de múltiples lecturas que puede arrojar una película.
Como se observa, el hecho de proporcionar una clasificación inadecuada a
un filme puede cercenar incluso la motivación del espectador para verlo,
dado que éste puede creer que no se encuentra dentro de su esfera de
intereses. Esto evidencia la complejidad de la cuestión de los géneros,
así como los errores en que incurren productores, distribuidores,
historiadores, críticos y espectadores a la hora de establecer el género
de una película.
Este propio trabajo no está exento de imprecisiones, ya que la discusión
de los géneros no es un asunto concluido. El autor espera haber
contribuido modestamente a la comprensión de la problemática de los géneros.
Bibliografía
Altman, Rick. “De qué hablamos cuando hablamos de género” en
Estudios Cinematográficos
(México, D.F.) 6(19) 12-24; junio-octubre 2000.
Bassan, Raphäel: “Documental o película documental” en Diccionario
del Cine, versión española
de Ediciones Rialp, S.A., Madrid, 1991, de Dictionnaire du Cinéma,
Librairie
Larousse, 1986, p. 225-230.
Bentley, Eric: La vida del drama, Paidós, Buenos Aires, 1971.
González Mello, Flavio: “La supuesta inutilidad de los géneros” en
Estudios Cinematográficos
(México, D.F.) 6 (19) 2-6; junio-octubre 2000.
Jameson, Richard T. (comp.): They Went Thataway: Redefining Film Genres: A
National Society
of Film Critics Guide, San Francisco, Mercury House, 1994, p. ix.
Martin, André: “Animación” en Diccionario del Cine, Ediciones Rialp,
S.A., Madrid, 1991,
p. 25-26.
Santovenia, Rodolfo: Diccionario de Cine, Editorial Arte y Literatura, La
Habana, 1999.
¿Qué es género?
Un género, tanto en la
literatura como en los diversos medios audiovisuales, es una forma
organizativa que caracteriza los temas e ingredientes narrativos elegidos
por el autor. Cuando hablamos de géneros en el medio cinematográfico, nos
estamos refiriendo a categorías temáticas estables, sometidas a una
codificación que respetan los responsables de la película y que es
conocida por sus espectadores. No obstante, ésta no es una taxonomía
invariable, y queda sometida a los vaivenes de la moda y distintas
tendencias político-sociales. Por ejemplo, el género que llamamos
melodrama romántico ofrece muy distintas posibilidades si lo
analizamos en los años treinta o en los años ochenta, pues el romanticismo
y las relaciones de pareja han variado substancialmente en el trecho
histórico que separa ambos periodos.
Por lo común, suele identificarse como género cinematográfico un modo
estereotipado de contar una película. Se trata de una fórmula con
cualidades y personajes reconocibles, que permiten al espectador
identificarse con ese relato y disfrutarlo en un grado aún más intenso,
pues conoce las reglas que modulan todo aquello que se le cuenta desde la
pantalla. Así, el aficionado a las películas del Oeste conoce las
figuras esenciales de este género –el pistolero solitario, el cuatrero, la
propietaria de la cantina, etc.-, y se siente satisfecho con su
reconocimiento, pues ya adivina los rasgos fundamentales de cada
estereotipo. Diversos especialistas han analizado esa fruición del público
al situarse frente a un producto que le es familiar. En suma, un producto
cuyo género conoce sobradamente.
Al tratarse de una convención inteligible para los espectadores, los
creadores cinematográficos asumen los géneros como un modelo para ordenar
los contenidos del relato. Con todo, se asume una definición reduccionista,
cuyo fin es catalogar los temas y la ambientación que prevalecen en una
película. Pero la realidad es contradictoria y se aleja de esa
simplificación, pues resulta muy infrecuente que un guión cinematográfico
muestre una sola aspiración temática.
No obstante, el recurso de los géneros es fundamental para la distribución
y promoción comercial de las películas. Dado que se trata de fórmulas
narrativas de eficacia comercial, la mercadotecnia que organiza el negocio
del cine sigue insistiendo en los géneros para atraer al público. Cuando
una película se presenta como melodrama, como filme de aventuras o como
cine de terror, sus promotores saben perfectamente a qué segmento de
espectadores va dirigida y qué expectativas de rendimiento comercial la
acompañan.
Como herramienta para clasificar la producción cinematográfica, los
géneros se fundamentan en un tema, en una escenografía típica o en una
tendencia de producción que distingue a cierta compañía. De acuerdo con
este consenso, el espectador que se acerca al cine asume los rasgos
originales de cada género, bien sea documental, cine de animación,
experimental, melodrama, cine histórico, negro, cómico, terrorífico, de
ciencia-ficción, fantástico, musical, de aventuras, bélico, western
o erótico. En suma, dicho espectador emplea el género como un distintivo
para elegir la programación audiovisual que le resulta más atractiva