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Como punto de partida de la identidad nacional americana, las luchas
independentistas han dejado su huella en todo tipo de manifestaciones
culturales; el cine, como es lógico, no iba a ser menos. Una de las
primeras cintas mexicanas de argumento, estrenada en agosto de 1907, se
titula precisamente El grito de Dolores, o sea la Independencia de
México, dirigida y protagonizada por Felipe de Jesús Haro. En siete
atropellados cuadros el espectador asistía a las intrigas de Hidalgo y
Allende con la corregidora de Querétaro, la denuncia de la conspiración,
la invocación al alzamiento en nombre de la Virgen de Guadalupe, la marcha
a San Miguel el Grande, el cura Hidalgo diciendo aquello de "los ríos van
al mar, los hombres a su destino", y un final prosopopéyico en el que la
Fama coronaba de laurel a los mártires.
Y si avanzamos hasta 1916, tenemos que el primer
largometraje de argumento también trata el mismo tema, bajo el título
1810 (¡Los libertadores!). Realizado en el Yucatán por la productora
Cirmar Films de Manuel Cirerol Sansores y Carlos Martínez de Arredondo (el
primero cubrió las tareas de lo que entonces se llamaba "dirección
artística"), 1810 desarrollaba una historia de fuerte sabor
simbólico y escasa complejidad narrativa en la cual tres jóvenes, hijos de
una señora llamada Madre Patria —concepto que en este caso no se refería a
España, como es lógico, sino a la nueva nación mexicana—, tenían que
sufrir las arbitrariedades de un brusco intendente español, que
encarcelaba a los dos chicos por encubrir a un indio fugitivo y acosaba
sexualmente a la hermana, cuyo padrino era ni más ni menos que el cura
Hidalgo. En esas los conspiradores son descubiertos y obligados a ir a la
lucha: en su primera victoria liberan a los mozos y se los devuelven a
Madre Patria. Concebida con alardes de superproducción, la cinta fue
estrenada con cierto éxito en Mérida en julio, y en setiembre en la
capital, justamente en el Teatro Hidalgo. Desgraciadamente no parecen
quedar copias, por lo que no se puede emitir un juicio sobre sus valores
artísticos.
Sin salirnos de esta época primitiva, veamos que se
hacía en Argentina. Con motivo de los actos del Centenario, en 1910, el
pionero Mario Gallo confeccionó dos films de un rollo (aproximadamente
diez minutos en pantalla) cuya principal ventaja sobre los mexicanos es
que se han conservado, lo que nos evita confiar en laudatorias gacetillas
contemporáneas que muchas veces no tienen apenas conexión con la realidad.
Una de estas cintas se titulaba La revolución de Mayo, y mostraba
la gente congregada ante el Cabildo inquiriendo que pasaba; en el interior
los próceres de la Independencia discutían el futuro del país. Es una obra
de factura muy tosca, con una escenografía a base de telones pintados
sobre los que se refleja de forma muy poco discreta la luz del sol. En el
otro film conservado, La creación del himno, vemos como el
patriótico vate Vicente López y Planes sale inspiradísimo de una de las
reuniones en casa de Mariquita Thompson, se encierra en su casa y,
bendecido por la musa, compone los versos del himno nacional. En la escena
siguiente volvemos al salón de los Thompson para presenciar como todos los
presentes —entre ellos, José de San Martín— cantan a pleno pulmón "Oíd
mortales, el grito sagrado..."; lo que no nos aclara la cinta, por
supuesto, es si ya se acompañan de la música del catalán Blas Parera. La
situación fue recreada años más tarde por Luis César Amadori en El
grito sagrado (1952), una biografía de Mariquita Thompson que le valió
al realizador la felicitación personal de Perón.
En otros países de la América ex-española en los que el
cine no irrumpió con tanta presteza, también los hechos de la
Independencia aportaron el argumento a los primeros films de prestigio. El
caso más ilustrativo es la producción chilena de 1925 El húsar de la
Muerte, dirigida e interpretada por Pedro Sienna y basada en la vida
del guerrillero Manuel Rodríguez, figura quizá secundaria con respecto a
O’Higgins o Carrera pero de fuerte arraigo popular. La visión de esta
cinta requiere unos conocimientos previos sobre la historia de Chile, ya
que la narrativa es muy inconexa y no facilita la inteligibilidad. El
núcleo de la intriga, que comienza justo después de la batalla de
Rancagua, lo constituyen los exploits de Rodríguez en su lucha
contra el poder español, presentados en la colorista tradición del Zorro,
la Pimpinela Escarlata o Luis Candelas: maestro del transformismo y el
disfraz, Rodríguez burla a sus enemigos con gran sentido del humor y sin
perder nunca los nervios ni los modales; sus éxitos se apoyan, todo hay
que decirlo, en la probada estulticia del capitán general Francisco Marcó
del Pont y su adlátere el capitán San Bruno, cuyos esfuerzos por
neutralizar al bravo chileno se ven abocados siempre a los fracasos más
lamentables. Esta parte del film incluye un idilio del héroe con la hija
de un aristócrata español y tiene su clímax en una escena bastante
divertida en la que Rodríguez roba unos importantes documentos que
permiten un no menos importante triunfo de las armas nacionales (se supone
que Chacabuco).
Desgraciadamente, a partir de aquí todo se hace muy
confuso: vemos como los chilenos sufren una fuerte derrota (Cancharrayada)
y Rodríguez debe insuflar ánimos a los suyos, organizando el cuerpo de
"Húsares de la Muerte" que tan gran papel jugarían en la batalla de Maipú,
y al final se nos escenifica brevemente el final de Rodríguez, muerto a
traición por sus propios hombres. El modo francamente abrupto con que está
resuelta esta escena nos indica que el realizador no sabe como afrontar la
embarazosa situación de un héroe nacional asesinado por sus compatriotas;
incapaz de sintetizar el ambiente histórico que rodeó a la muerte de
Rodríguez, se limita a filmar el hecho sin excesivos circunloquios e
introduciendo unos letreros que suministran una vaga información sobre las
envidias y recelos que el personaje había despertado en otros miembros del
gobierno.
El caso de El húsar de la Muerte nos recuerda
que la historiografía sobre la Independencia presenta algunos aspectos
conflictivos, que si podían ser limados mediante la iconografía
esquemática tipo "Pintura de Historia" que era propia del cine de los
primeros tiempos, en el momento en que la narrativa fílmica fue adoptando
mayor complejidad se convertían para los guionistas en incómoda fuente de
problemas. Cuando se trata de films sobre personajes clave de la Historia
nacional, crítica y espectadores se unen inevitablemente para sacarle
defectos y objeciones a la forma como aparecen en pantalla, y prueba de
ello es que, después de estos arrebatos nacionalistas en los primeros
tiempos del cine, la Independencia no se encuentra entre las temáticas
preferidas de los cineastas.
Aparte de esos factores ideológicos/políticos nada
despreciables, es indudable que hay otro de bastante peso para justificar
esta ausencia: los films históricos necesitan forzosamente un presupuesto
holgado que la mayoría de cinematografías de la América hispana no podían
afrontar. Es precisamente en los años cuarenta, coincidiendo con la época
de mayor potencial industrial de los cines mexicano y argentino, que
aparecen algunas producciones vinculadas al tema.
Las cintas en cuestión rechazan cualquier
interpretación progresista de la gesta emancipadora; son siempre
biográficas y explican la Historia en función de las vidas de los grandes
hombres: Bolívar, San Martín, Hidalgo, Morelos, Martí y otros de menor
calibre. Las masas populares no tienen otro cometido que ser simples
comparsas, y como es lógico los entresijos socioeconómicos quedan
cautamente escondidos tras un vistoso escaparate de discursos y batallas.
En esta serie las mixtificaciones son legión, aunque quizá la más
espectacular es la perpetrada en la cinta argentina Nuestra tierra de
paz (1939), dirigida por Arturo S. Mom y producida por elementos de la
colonia francesa de Buenos Aires bajo los auspicios de la Embajada de
Francia. Teóricamente se trata de una biografía del General San Martín,
con la peculiaridad de que es un francés residente en Buenos Aires
(interpretado precisamente por el productor Henri Martinent) el que la
narra a su nietecita. Esto no es más que una contínua excusa para recordar
a los argentinos todo lo que su país debe a Francia, hasta el punto de que
empieza su relato en francés y la niña le tiene que interrumpir para
recordarle que los espectadores lo van a entender mejor en español. Para
ajustarse a estas premisas algunas circunstancias históricas sufren
curiosos retoques: por citar un ejemplo, la participación del protagonista
en la batalla de Bailén está presentada de tal forma que parece que
combatiera no contra las tropas napoleónicas, sino integrado en ellas,
¡llegando incluso a ser felicitado por el mismísimo Napoleón!.
Denominador común a casi todos estos films (el antes
citado sería una auténtica excepción) es que renuncian a todo concepto
descalificador hacia España, sacrificando de esta forma un recurso
dramático de segura eficacia: por ejemplo, los realistas del Simón
Bolívar de Miguel Contreras Torres (estrenado en 1942) son gente
encantadora destinados a entenderse maravillosamente con el Libertador. El
general Morillo comprende y admira a Bolívar y sólo desearía llegar a un
acuerdo honorable; las eventuales villanías de los españoles son
personificadas en Boves, del que se ignora su condición de peninsular y se
deja bien claro en el diálogo que "no pertenece al ejército regular
español". Ocioso es decir que estas circunstancias no concuerdan demasiado
con la realidad histórica, y sólo resultan justificables en ese contexto
de solidaridad hispano-americana que propugna el film.
En otro film de Contreras Torres, El padre Morelos
(1943), se incluyen también referencias laudatorias a la "Madre Patria".
Hay una curiosa escena en que Morelos discute con Rafael, un campesino
hijo de españoles, la eventual independencia de México. Rafael la admite
pero declara al mismo tiempo su respeto hacia el país de sus antepasados;
el cura le da la razón en parte, recordando que entre los españoles ha
habido de todo: bondadosos misioneros y crueles encomenderos, sigue su
discurso evocando el venerable recuerdo de la Reina Isabel, "aquella
santa" que sólo pensaba en el bienestar de los indígenas, y lo remata
lamentando que "hombres malos" establecieran la Inquisición. El manido e
inconcluyente recurso a la distinción españoles buenos - españoles
malos aporta una novedad historiográfica, la de que la Reina Católica
no tuvo nada que ver con el establecimiento de la Inquisición.
Sin salirnos de la misma cuestión, aunque a nivel más
anecdótico, debemos recordar El tambor de Tacuarí (1948) de Carlos
Borcosque, producción argentina basada en la tradición del tamborcillo de
12 años muerto como un héroe en una de las más sonadas derrotas de las
tropas de Belgrano y que recoge Mitre en su Historia de Belgrano y la
Independencia argentina. Inmediatamente después de los créditos
aparece un letrero que declara: "Aunque esta película pueda parecer a
veces antiespañola nada más lejos de nuestra intención, pues fue España la
que sembró en el país la semilla de la libertad". Esta advertencia resulta
totalmente inútil a la vista de lo que vemos después, que en modo alguno
puede ofender al español más chauviniste. En una escena en que el
muchacho está siendo golpeado por un soldado realista la tortura es
suspendida por un oficial que exclama iracundo: "¡Azotar niños es indigno
de un soldado español!", y lo mismo puede aplicarse a la reacción del
ejército realista en la escena final, deteniendo lo que estaba degenerando
en una matanza y honrando el valor del enemigo.
En el caso del Tambor de Tacuarí las concesiones
pro-españolas admitirían una perspectiva discretamente freudiana. El
protagonista es huérfano de madre, y de su padre sólo tiene la información
tendenciosa que su muy realista tutor le ha facilitado: que fue
ignominiosamente ahorcado por rebelión contra el Rey. Cuando el héroe se
entera de que su padre no sólo no ha muerto sino que es un ferviente
patriota, oficial del ejército libertador, no duda en seguirle hasta el
destino final: de este modo España sería un poco la auténtica madre,
perdida y sustituida como objeto de amor por la nueva patria
independiente, personificada en la figura del padre.
Otra cinta que recurre (de forma más o menos
subliminal) a motivos psicoanalíticos es La rosa blanca (1954) de
Emilio Fernández, biografía de José Martí producida en Cuba por la
Comisión Nacional del Centenario del poeta pero realizada casi
íntegramente por elementos artísticos y técnicos del cine mexicano.
Película relativamente elaborada en el plano formal pero de narrativa
absolutamente soporífera, una de sus principales preocupaciones es mostrar
el enfrentamiento de Martí al poder español como un conflicto edípico mal
resuelto: su padre es un probo funcionario de la Corona que no soporta las
desviaciones separatistas del hijo, con el que mantiene agrias
discusiones. Como es de rigueur no falta el letrero inicial que nos
recuerda "el gran drama de Martí: ser hijo de español y española,
rebelarse contra aquello de lo que era carne y sangre (...) Cuba dedica
estos momentos de evocación a todos los pueblos de América, pero también a
España, en cuya noble sangre fue concebida la gloria de José Martí".
Aunque el escaso bagaje intelectual de que hacen gala
los guiones de estas películas pueden hacer que estas divagaciones
parezcan un tanto gratuitas, también debemos admitir que responden a unos
conceptos estereotipados que, de modo espontáneo o articial, parecen tener
cierto arraigo en el inconsciente colectivo hispano-americano. De todas
formas hay otras razones menos crípticas para justificar las referencias
aduladoras a la ex metrópoli en la produción cinematográfica de los años
cuarenta-cincuenta: de una parte la intención de distribuir esos films en
España, y por otra —quizá la más importante— el respetable contingente de
españoles presente en esos años en los cines argentino y mexicano, tanto
en la industria como en el público.
Dejando aparte estos aspectos conyunturales sobre las
relaciones entre España y los países americanos, ninguno de estos films
sobre figuras y hechos de la Emancipación tiene un excesivo interés
cinematográfico. Guionistas y realizadores adoptan una actitud de respeto
rayana en la catatonia más absoluta: los próceres dirigen sus frases
lapidarias directamente a la cámara, no a su supuesto interlocutor, y se
mueven con rígida solemnidad para recordar lo más posible a los cuadros y
estatuas que decoran los edificios oficiales; Pedro Tocci, el San Martín
de Nuestra tierra de paz, debe afrontar el riesgo sobreañadido de
que se le agriete el complejo maquillaje creado por Narciso Ibáñez Menta
—entonces apodado "Narcisín"— y que en su momento fue presentado como poco
menos que una obra maestra. Por otra parte, los films biográficos de
Contreras Torres antes citados manifiestan una nula capacidad de síntesis
(el guión es obra del propio director), empeñándose en acumular personajes
e incidentes sin respeto alguno a la coherencia narrativa. Como El
padre Morelos tuvo una segunda parte titulada El Rayo del Sur,
el autor se pudo permitir algún momento de respiro, pero en las dos horas
y pico de Simón Bolívar consiguió concentrar a toda persona, animal
o cosa que hubiera tenido relación con el Libertador. Algo parecido ocurre
con La rosa blanca, donde los inacabables y artificiosos diálogos
no consiguen en ningún momento transmitirnos el ideario del personaje;
aunque como ya hemos indicado anteriormente que es habitual en este tipo
de films, quizá no había un auténtico interés en sacar a la luz muchas de
estas ideas: sus soflamas indigenistas, sus invocaciones a una mayor
justicia social, su desconfianza hacia los Estados Unidos..., todo ésto es
cuidadosamente escamoteado por el guión, que ni siquiera alude a la muy
notable cultura de Martí, reflejada en sus textos sobre pintura y
literatura.
Los films que recurren a personajes imaginarios
permiten, afortunadamente, una mayor libertad de movimientos a los
guionistas; aunque esta libertad no siempre es aprovechada, en algunos
casos se consiguen resultados muy estimables. Un film muy superior a los
anteriormente citados —de hecho es un clásico del cine argentino— es La
guerra gaucha, adaptación de los relatos de Leopoldo Lugones filmada
por Lucas Demare en 1942. Al igual que el libro, la película es un sentido
homenaje a las guerrillas gauchas que lucharon por la independencia en el
norte argentino, algo así como la glosa de una frase de Belgrano que cita
uno de los personajes: "América será libre cuando sepan pelear por ella
sus hobres y mujeres, sus viejos y sus niños, sus piedras y sus ríos". El
trabajo de los guionistas y del director tiene el notabilísimo mérito de
dar forma cinematográfica a un texto largo y fragmentado, que presenta
hechos y personajes a modo de pinceladas, y no como una narración contínua.
Cierto que los personajes pueden prestarse a la crítica por su tendencia
al esquematismo: el viejo sacristán que con las notas quebradas de su
maltrecho violín toca el himno nacional mientras los patriotas mueren
luchando, el niño que a pesar de su corta edad sabe morir heroicamente, el
oficial del ejército realista que toma conciencia de su condición de
americano, la bella estanciera cuyo hermano se inmoló por la libertad, el
rudo y temerario caudillo gaucho, etc.; pero hay que tener en cuenta que
la intención principal no es psicológica sino "arquetípica", presentando
personajes de una pieza en la línea del western hollywoodiano.
Aunque en este film no se recurre a las melifluas
afirmaciones hispanizantes que hemos visto en los anteriores, el sentir
patriótico está expresado con tal nobleza y ecuanimidad que no puede
ofender a ningún español: la personificación de los "godos" no incurre en
tergiversaciones históricas —el oficial realista es el típico militar
disciplinado, sinceramente convencido de que defiende los territorios
americanos y su gente del influjo de ideologías dañinas—, y cuando muestra
sus actos negativos se intenta que queden justificados en el contexto: la
muerte del niño es un accidente bélico y no una muestra de crueldad
gratuita, y la paliza al sacristán es consecuencia de su propia actitud
traicionera (la indignación de los soldados realistas ante un individuo
que mientras lanzaba vivas al Rey les hacía caer en trampas mortales es
perfectamente comprensible). Magníficamente interpretada por todo el
reparto y con un nivel técnico muy estimable, La guerra gaucha fue
en su momento un apoteósico triunfo en taquilla, llegando a superar las
recaudaciones de Lo que el viento se llevó y recogiendo hasta
elogios del crítico de Variety, si bien de sus comentarios se
desprende que no entendió gran cosa de la intriga: según él la acción se
sitúa entre los años 1840-1880 y muestra la lucha del pueblo argentino
contra los conquistadores (en español en el original) desde una
perspectiva "pro-democrática". ¡Estos gringos...!
Si cruzamos el Atlántico veremos que hasta este momento
el cine español había estado totalmente vuelto de espaldas a la historia
americana. La explicación de ello podría ser la frustración colectiva que
supuso la pérdida de las últimas colonias en la guerra del 98: un tema que
tenía resonancias tan deprimentes no era comercial. Pero esta
interpretación no parece la única: hay que contar, como ya hemos dicho
antes de los países americanos, con la poca solidez industrial del cine
español, que le incapacitaría para proyectos que requirieran un cierto
desembolso económico. Por otra parte, una de las escasas películas
realizadas en los años del mudo fue El héroe de Cascorro (1929),
que trataba precisamente sobre la Guerra de Cuba. Dirigida por Emilio
Bautista, un ex-boxeador que se acercaba al cine sin la menor experiencia
profesional, pretendía ser un sentido homenaje a Eloy Gonzalo, el humilde
huérfano que en 1895 fue condecorado por su valor en combate. Su hazaña,
en pocas líneas, fue la siguiente: un destacamento español defendía un
fortín de un violento ataque de los patriotas cubanos, los cuales habían
ocupado un bohío desde el cual causaban graves daños a la guarnición; Eloy
se ofreció voluntario para prender fuego a la posición de los atacantes,
obligándoles a retroceder y de este modo caer bajo las balas de las tropas
de refuerzo que acababan de llegar. De hecho, la gesta de Eloy no tiene
gran peso específico en el contexto de la guerra, pero el personaje se
hizo muy popular en Madrid, de donde era natural: su condición de expósito
y la necesidad de justificar el sacrificio de tantas vidas en una causa
perdida fueron factores que contribuyeron a la mitificación del personaje.
De todos modos, la película que le dedicó Bautista es
muy insuficiente en todos los aspectos, tanto patrióticos como
cinematográficos. La trama puede dividirse en dos partes y una extraña
coda que puede considerarse sin duda lo más estrafalario del guión. El
primer bloque lo forma la descripción del barrio madrileño donde vive el
soldado Eloy, su amistad con el sargento Juan y su honesto idilio con la
hija de éste, Isabel. Cuando llega el sorteo para ir a Cuba, Eloy se libra
pero así y todo insiste en ir, "para ser digno del amor de Isabel". La
segunda parte, que sería el cuerpo de la narración, la forman las
experiencias bélicas de los personajes, con la gesta heroica de Gonzalo,
que le vale la Cruz Laureada. En Madrid, donde Isabel está siendo asediada
por un joven aristócrata, la noticia causa la natural alegría entre los
amigos y vecinos de Eloy.
Y aquí podría haberse acabado el film: cierto que no se
hubiera respetado la verdad histórica, pero el cine siempre ha concedido
mucha más importancia a un happy end que a la Historia. La imagen
de un Gonzalo volviendo triunfador a su tierra y recibiendo el casto
ósculo de su novia hubiera sido la elegida por un productor de Hollywood,
pero Bautista no comparte el desprecio por la historia de sus colegas del
otro continente, y se empeña en mostrar el triste fin del héroe de
Cascorro: poco después de su gesta, el pobre Eloy es presa de unas fiebres
malignas que lo llevan a la tumba, privándole del relativo consuelo de
morir en combate. El film nos lo muestra agonizante en un hospital de
campaña. En sus últimos momentos tiene uno de esos delirios tan propios de
los moribundos cinematográficos, en el que con ojos desorbitados farfulla:
"¡El fuerte! ¡La Laureada! ¡Isabel!" mientras intenta coger la
condecoración que tiene sobre la mesilla y que una monja previsora le ha
cambiado por un crucifijo. Tras un sentido "¡Viva España!", se desploma
sobre el lecho. Bien, también aquí se podría haber acabado el film: un
encadenado de planos de la Cruz Laureada, la bandera española, Isabel
llorando y la silueta de la célebre estatua del Rastro madrileño recortada
contra unas fotogénicas nubes hubiera sido un emotivo corolario a las
estampas naïf desarrolladas hasta el momento. Pues no; como
Bautista sospecha que la película se le ha quedado corta, procede a
alargarla con un epílogo "feliz" en el que Isabel acaba por acceder a los
requerimientos del joven marqués y casándose con él. Añadido improcedente
tanto desde una perspectiva dramática como social: en las películas es
de rigueur que las heroínas se consagren al recuerdo de sus novios
muertos y renuncien a cualquier experiencia sexual, y por otra parte
resulta poco creíble que un aristócrata —presentado ademas como mujeriego
y malcriado— lleve al altar a una joven de baja extracción. Por extraño
que parezca, la impresión de desconcierto que embarga al espectador actual
parece que fue compartida por los exhibidores de la época, porque el film
de Bautista fue archivado y no apareció en un cine de Madrid hasta 1932,
cuando el cine sonoro estaba ya plenamente consolidado entre los
espectadores. Esto quiere decir que el esfuerzo de nuestro
realizador-boxeador pasó totalmente desapercibido.
La historia de Eloy Gonzalo vuelve a aparecer, si bien
de forma secundaria, en Héroes del 95 (1946) una pintoresca
apología de la labor del ejército español en Cuba. Y si digo "pintoresca"
es porque tal como está estructurada la narración nada refleja el
auténtico final de la contienda; si un espectador no tuviera la menor idea
de los hechos históricos, tras ver el apoteósico final, en el que varios
de los protagonistas son condecorados (entre ellos Gonzalo, por supuesto)
después de que titulares de periódicos anuncien la muerte de Martí y la
derrota de los insurrectos, saldría del cine pensando que fue España quien
ganó la guerra. Otro detalle curioso es que el director, Raúl Alfonso, era
cubano, lo cual parece justificar el innegable respeto con que se presenta
a los independentistas, gente idealista y bien intencionada pero que deben
sufrir la presencia de "agitadores internacionales", comunistas ante
litteram como el zafio y cruel General Tampico, un mexicano que carga
con la función de "villano" y al que los honrados cubanos, escandalizados
por sus fechorías, acaban por eliminar. La intención de los guionistas al
introducir este absurdo personaje, falto de la menor justificación
histórica, era totalmente coyuntural: recién acabada la Segunda Guerra
Mundial se debían evitar alusiones descalificadoras hacia Cuba y —muy
especialmente— hacia Estados Unidos (a los que no se menciona en ningún
momento), y de paso ajustarle las cuentas a México, que no en balde era el
país que se había negado a reconocer al gobierno de Franco y acogido a
gran número de republicanos exilados.
Héroes del 95 se inscribe en la corriente de una
serie de películas de exaltación castrense entre las que destaca por su
buena acogida —a nivel tanto de público como de autoridades— Los
últimos de Filipinas (1945) de Antonio Román, cinta evidentemente no
ambientada en América pero también vinculada al desastre colonial y con
intenciones claramente propagandísticas: aunque transcurra en 1898, esa
historia de soldados españoles asediados en un remoto confín del Pacífico
y empeñados en no reconocer la derrota de su país tiene una tesis
claramente contemporánea, de llamada a la resistencia del pueblo español
ante el bloqueo internacional promovido por los vencedores de la Guerra
Mundial. El irracional heroismo de los defensores de Baler resultaba de
una luminosa ejemplaridad, pues proponía a los españoles la disciplina
como principal virtud a fomentar —los personajes nunca se cuestionaban la
lógica o razón de su conducta— y, por supuesto, dejaba bien claro que el
Ejército era el máximo garante de la dignidad nacional. Como
película de "mensaje" estaba conseguida, y fue el inicio de una serie de
cintas dedicadas a glosar el bloqueo a la España de Franco, aunque eso sí,
siempre de forma indirecta y con la coartada histórica a mano: el tema
podía ser la Guerra Civil —¡El Santuario no se rinde! (1949) de
Arturo Ruiz-Castillo— o la guerra contra Napoleón —Agustina de Aragón
(1950) de Juan de Orduña—, pero siempre se utilizaba la metáfora de una
España agredida desde el exterior por defender su idiosincrasia y su
verdad.
Una tardía secuela de este tipo de cine es Las
últimas banderas, dirigida por Luis Marquina en 1954, un auténtico
remedo en todos los aspectos (empezando por el título) de Los últimos
de Filipinas, sólo que aquí se ha sustituido la tozuda defensa de
Baler por la no menos cerril de la fortaleza de El Callao en Lima durante
los dos años siguientes a la batalla de Ayacucho; la diferencia es que la
imitación no tuvo el éxito de su modelo. La base argumental era la amistad
entre dos oficiales, de los cuales uno se mantiene fiel a las armas
realistas mientras que el otro se pasa a los independentistas. El guión
tenía mucho cuidado de no herir susceptibilidades, intentando demostrar
que todos son buenos y luchan por una causa que consideran justa: el único
personaje más o menos malvado está entre las tropas independentistas, pero
se deja bien claro que sus mismos compañeros lo desprecian y, sobre todo,
que "ni siquiera es peruano, no se sabe de donde es"; a la larga, de todas
maneras, tanta neutralidad se hacía contraproducente, ya que no daba el
más mínimo aliciente a la intriga.
El primero que no evidenciaba el menor interés era el
propio realizador, que afrontaba todas las escenas con absoluta falta de
convicción y nulo sentido del ritmo, y por otra parte, la ambientación
ofrece algunos lapsus de cierto peso que seguramente causarían la
hilaridad entre un público peruano. En este apartado destaca el personaje
de la india enamorada de uno de los oficiales. Para acreditar su condición
de nativa, la actriz se pasa toda la película vestida de chola, pero con
un maquillaje atroz y sin esforzar el menor acento local; el colmo del
ridículo llega cuando la hacen intervenir en un cuadro musical y debe
esbozar unos pasos de baile típico: como contratar un coreógrafo decente
debía sobrepasar el exiguo presupuesto, la chica no puede quedar más
desairada.
Las últimas banderas fue acogida con bastante
frialdad tanto en los estamentos gubernativos como entre los
distribuidores, hasta el punto de que no se consiguió estrenar hasta 1957.
Su nivel artístico era indudablemente bajo y como vehículo ideológico no
tenía demasiada utilidad; cuesta creer que alguien pensara que en 1954,
solucionado ya el bloqueo de postguerra e introducido el franquismo en
Europa del brazo del "amigo americano" (el del Norte, claro), podía
agitarse de nuevo el espantajo del aislacionismo y la resistencia
numantina. Para la propaganda del régimen era improcedente insistir en
esos desvaríos, aparte de que tampoco resultaba acorde con la realidad del
momento. Y cuando una película no responde a las inquietudes que dominan
en la sociedad que la produce, está condenada irremisiblemente al fracaso.
En los años sesenta se produjo una leve relajación de
la censura cinematográfica en España, lo que permitió tratar con un poco
más de libertad determinadas cuestiones de orden moral o político. Por lo
que se refiere a la Historia nacional, se permitieron algunas desviaciones
de la ortodoxia que había privado hasta entonces; cierto que una visión
crítica, sobre todo de tipo materialista, seguía estando vetada, pero por
lo menos no había la obligación de recurrir a los manidos tópicos
heroicos. Es en este ambiente que, a finales de los 60, el productor
Rafael Mateo organiza Simón Bolívar, un ambicioso homenaje al
Libertador coproducido por el italiano Alfredo Bini (que impondrá a su
esposa, la actriz Rosanna Schiaffino) y con participación de elementos
venezolanos (el compositor Aldemaro Romero, así como el ejército y
organismos oficiales del país). Como realizador se escogió a un italiano,
Alessandro Blasetti. Las razones de esta elección quizá haya que buscarlas
en el hecho de que Blasetti tenía una reputación como eficaz creador de
espectáculos históricos, pero lo cierto es que eso habia sido en los años
cuarenta, y que las motivaciones actuales del realizador eran muy
diferentes.
Cuando se estrenó en 1969, Simón Bolívar no
convenció a casi nadie. La puesta en escena resutaba blanda e impersonal,
pero lo peor era el extraño planteamiento del guión, debido básicamente al
español Enrique Llovet y que intentaba conjugar la biografía tradicional
con el antiimperialismo de los años sesenta; para ser más exactos, lo que
se pretendía no era una biografía fiel sino una "interpretación" de la
vida y obra de Bolívar, concentrada entre 1817 y 1824. Al contrario de lo
que sucedía en la versión de Contreras Torres, aquí no hay la menor
preocupación por sacar personajes reales; al contrario, los pocos que
salen son camuflados bajo nombres inventados: hay un general Del Llano que
se supone un trasunto de Páez; la amante de Bolívar no es la histórica
Manuela Sáenz sino una imaginaria Consuelo Hernández (en algunas sinopsis
se la llama Rosario), personaje arquetípico que sintetiza los rasgos de
las varias mujeres en la vida del Libertador. Sucre no aparece para nada,
ni siquiera en Ayacucho, donde por cierto se comete el error histórico de
poner a Bolívar en pleno campo de batalla. Por otra parte, la exaltación
del caudillo se intentó compaginar con algunas acotaciones filomarxistas y
anti-USA, a fin de sintonizar con las inquietudes del momento: el
personaje de Del Llano y sus tropas recuerdan los revolucionarios que
salían en films italianos contemporáneos escritos por Franco Solinas, y en
la propaganda (española por lo menos) se establecía un paralelismo entre
la lucha independentista de 1820 y la actual contra el imperialismo
yanqui. En la escena final Bolívar, asomado a un balcón, arenga a sus
fieles: "¡Aún queda mucho que hacer, hermanos! ¡La unidad es es único
camino para la libertad!"; sobre un primer plano de su rostro, aparece la
fecha "1825", y a continuación, sobre los pies mal calzados del ejército
popular marchando hacia la victoria, "1970". Es decir, "hoy como ayer...".
Que en la muy conservadora España de Franco se
permitieran estos devaneos con ideologías izquierdistas —aunque eso sí,
limitados a países de Ultramar— nos indica que había tenido lugar un
cambio ideológico en la forma de presentar cinematográficamente los hechos
históricos. Para entender este cambio tenemos que trasladarnos a Cuba,
primer país americano en que triunfaba una revolución socialista y el cine
se convertía en un vehículo ideológico de primer orden.
La revolución cubana nos sirve para marcar una división
en las formas de abordar el cine histórico en Latinoamérica. Hasta los
años sesenta predomina lo que podríamos llamar "visión conservadora" y que
hemos visto ejemplificada en los films citados hasta ahora; la creación y
puesta en marcha del ICAIC, Instituto Cubano del Arte e Industria
Cinematográficos, será determinante en la gestación de una visión más
"radical" de la Historia iberoamericana, claramente definida en las
siguientes palabras del realizador Tomás Gutiérrez Alea: "Nuestras
películas históricas son necesarias particularmente porque la visión que
existe del pasado ha sido tergiversada sistemáticamente por la
historiografía burguesa (...) A partir de nuestras posiciones ideológicas
está claro que el criterio que tenemos sobre cine histórico no se reduce a
un deseo de ‘reconstruir’ momentos particulares del pasado, sino a la
repercusión que puedan tener sobre nuestro presente a través de una
interpretación correcta (científica) del hecho histórico y por el grado de
incidencia que alcance en la comprensión y afirmación de la tendencia de
desarrollo revolucionario de nuestro presente".
Entre 1968 y 1971 el cine cubano pone en marcha un
ciclo de películas dedicadas a glosar los "100 años de lucha" por la
Independencia, comenzados en 1868 pero no completados satisfactoriamente
hasta el triunfo de la Revolución. En esta serie hay de todo: documentales
y films de ficción, cortos y largos; los temas también oscilan entre las
luchas del siglo XIX y las de épocas más recientes. Si alguna tiene una
clara voluntad integradora en el aspecto cronológico es sin duda Lucía
(1968) de Humberto Solás, una evocación de tres momentos de la Cuba
moderna: 1895, 1932 y 1960; en todos los episodios el protagonista es una
mujer, a la que se llama de forma convencional Lucía.
Esta cinta, de extrema riqueza formal, es una de las
piezas clave del moderno cine iberoamericano, y merece comentario más
extenso que el que le podamos dar en estas páginas, pues de hecho sólo el
primer segmento está incluido en el periodo objeto de nuestra
comunicación. La Lucía 1895 es una solterona burguesa, a la que un día
comienza a cortejar un apuesto español, que incluso le habla de
matrimonio. En realidad, lo único que busca el galán es información sobre
los movimientos de las tropas insurgentes, en las que combate el hermano
de Lucía. Cuando la mujer se da cuenta del engaño —que ha costado la vida
a su hermano—, apuñala al galán en plena calle, en una reacción que va más
allá del simple despecho y la identifica con la lucha del pueblo cubano.
Como símbolo (y único representante en la intriga) del
poder opresor, el supuesto pretendiente de Lucía está presentado de la
forma más negativa posible: falso, machista, cobarde. A cambio los
independentistas, representados básicamente por los negros desnudos que
cargan al machete, son auténticas fuerzas de la naturaleza y símbolo de la
libertad en todos los aspectos: su desnudez, por ejemplo, es un evidente
contraste con la represión sexual de la heroína. El tono fotográfico marca
la diferencia entre las clases mediante el recurso a un mayor contraste en
las escenas que muestran los sectores más humildes, y concretamente
aquellas en las que aparece Fernandina, una loca que fue violada por los
españoles y de algún modo es el alter ego de Lucía: al final del
film las vemos abrazadas en un plano simbólico que las unifica en la lucha
común.
De hecho, la Lucía 1895 tiene su auténtico sentido en
relación con las de 1932 -una burguesa que se ve mezclada en las
actividades contra Machado— y la de la época castrista, una joven
trabajadora que debe combatir, no a la opresión del Estado sino al
machismo de los mismos revolucionarios.
Si Lucía es quizá el mejor ejemplo de la
perspectiva "globalizadora" en el film de ficción, en el apartado
documental quizá la muestra más original sea el mediometraje Hombres de
Maltiempo, dirigido por el argentino Alejandro Saderman. Un grupo de
supervivientes de las luchas indepedentistas, todos de 90 años para
arriba, rememoran los hechos que les tocó vivir en sus años mozos y
colaboran con un equipo del ICAIC para una reconstitución cinematográfica
de la batalla de Maltiempo, que todos recuerdan como de lo más duro del
95. Entre ellos hay un español, "el gallego mambí", que con sus 96 años
sigue pronunciando las ces, un negro que bien podría ser uno de los que
cargaban encuerados en Lucía, etc. Las narraciones de los vejetes
son superficiales y absolutamente deformadas por la memoria de tantos
años, pero su valor testimonial compensa los eventuales fallos de
apreciación histórica. El guión de Miguel Barnet tiene la inteligencia de
dejar hablar a los personajes, sin introducir excesivas acotaciones "orientativas",
con lo cual se evita caer en un tono doctrinario que hubiera resultado tan
innecesario como contraproducente.
Pero sin duda el principal exponente de esta tendencia
es La primera carga al machete (1969) de Manuel Octavio Gómez, que
reconstruye los hechos de 1868 bajo la apariencia de un falso documental,
utilizando técnicas de reportaje moderno (cámara en mano, entrevistas) y
un tratamiento visual muy contrastado a fin de sugerir un viejo
daguerrotipo, o aquellos grabados de La Ilustración Española y
Americana (en la escena culminante de la carga el tono fotográfico se
hace todavía más radical, convirtiendo a hombres, caballos y machetes en
una abigarrada composición de líneas casi abstractas) Los personajes posan
siempre muy envarados, como si estuvieran en un viejo estudio fotográfico.
Las escenas son todas unidades dramáticas cerradas en sí mismas, entre las
cuales las canciones de Pablo Milanés introducen una nota moderna y
distanciadora de evidente filiación brechtiana; en algunas la motivación
didáctica es literal, como la titulada "El machete", que constituye un
breve documental sobre las características de esta arma, descritas en
forma de diccionario tradicional.
El enfoque de la película, nacionalista y
revolucionario, no se preocupa de sutilezas psicológicas. Los buenos y los
malos están claramente definidos: al igual que pasaba en Lucía con
el personaje del artero galán, la maldad de los segundos es absoluta y no
necesita explicación o disculpa, sólo que en La primera carga al
machete no están representados individual sino colectivamente en el
Ejército español, brazo ejecutor de la tiranía. Como ejemplo de la
estrategia dialéctica seguida por el realizador, recordemos brevemente una
escena muy significativa. Un coronel español hace en su despacho
declaraciones a la prensa sobre los últimos acontecimientos, y sus
comentarios se cotejan con la realidad de forma que bien podríamos llamar
"contrapuntística": aparentando tranquilidad, menosprecia a los rebeldes
tanto cuantitativamente —son pocos— como cualitativamente —son unos
bandidos—; esto empalma por corte seco con una imagen en que se ve a los
soldados españoles haciéndose acompañar por rehenes civiles para prevenir
los ataques; una mujer que denuncia haber sido maltratada, es hecha callar
violentamente. Sigue el oficial español: "Hemos sido muy bien recibidos.
Somos guardianes del orden, de la vida y hacienda de los cubanos". Los
planos siguientes se encargan de desmentir la categórica afirmación
mostrando como los españoles "mantienen el orden". Expulsan violentamente
a la gente de sus casas, que son saqueadas, ensañándose especialmente con
las mujeres: cuatro patriotas que llevan en sus cabellos cintas con los
colores cubanos son golpeadas y violadas, una madre con niños pequeños es
salvajemente apaleada, etc.; esta secuencia, que se acompaña de una música
que recuerda a Prokofiev (aunque es de Leo Brouwer), tiene como finalidad
demostrar que los españoles son tan cobardes como malvados. Es posible que
reproduzca una situación real, pero está presentada en un contexto
demasiado propagandístico y resulta un poco falsa.
De todos modos, es un poco absurdo buscar objetividad
en un film que nunca lo pretende, y que precisamente es de este
apasionamiento de donde obtiene su fuerza. Obra tremendamente
representativa de las inquietudes antiimperialistas de finales de los
sesenta y que fue muy bien recibida por los intelectuales de izquierdas de
la época, su visión en la actualidad pasa inevitablemente por el filtro de
la nostalgia del 68. Y aunque en pantalla veamos las atrocidades del
ejército español contra los cubanos, lo que está en la mente de los
autores es el pueblo vietnamita achicharrado con napalm por los
norteamericanos: recordemos que la Cuba de Castro no tenía nada en aquel
momento contra la España de Franco, que siempre toleró la existencia del
régimen comunista cubano aunque sólo fuera por un confuso sentimiento
revanchista contra los Estados Unidos.
A pesar de todo, los críticos españoles más afectos al
régimen no vieron con buenos ojos el film. Sobre los criterios vigentes en
aquellos tiempos hay un interesante testimonio, el del crítico y militar
Félix Martialay, que vio la película en el festival de Venecia de 1969;
sus comentarios son muy ilustrativos porque reflejan, no sólo la opinión
de un militar español de los años sesenta sino también el débil sustrato
teórico de estas posiciones ultramontanas. Tras resumir un poco lo que era
el film, el crítico declaraba que la película, "visada, revisada, ordenada
y pagada por los funcionarios del gobierno cubano", respondía a una
"demagogia deleznable, producto de la mentira histórica". A continuación
procedía a demostrar que la supuesta "documentación histórica" de Gómez
era un bluff, y para ello elaboraba un extenso resumen de lo que
había sido la guerra de Cuba desde 1885 hasta 1898: las ingerencias
norteamericanas, la gran labor de Weyler, "a quien frenaban en su habitual
energía las banderas políticas de la patria", la voladura del Maine y la
derrota final de España, para concluir: "todo eso ha sido olímpicamente
ignorado por Gómez". Rotundamente cierto: la época que Gómez había querido
evocar era la de 1868, ¡bastante anterior a la que revivía la erudición
del patriótico cronista peninsular!.
La guerra hispano-norteamericana del 98 ha sido el
fondo argumental, de los populares cartoons de "Elpidio Valdés",
con varios títulos de corto y largo metraje a cargo de Juan Padrón, el
maestro cubano de la animación. En clave caricatural (pero también
infantil: no esperemos grandes dosis de sutileza) estos films presentan el
heroismo y la astucia de los mambises, representados por el joven
protagonista, contra la estupidez y brutalidad de los militares españoles.
Donde los guiones se hacen más difíciles de seguir es en aquellas
aventuras en que se alude a los Estados Unidos, que en el 98 hacían un
papel de colaboradores de los rebeldes pero por las exigencias de la
actualidad deben ser presentados casi como una ayuda de los españoles. En
el largometraje Elpidio Valdés contra dólar y cañón (1983) se riza
el rizo cuando se presenta a un independentista puertorriqueño que
sacrifica su vida por salvar a los héroes cubanos; es bien sabido que en
Puerto Rico las actividades separatistas fueron muy poco relevantes, pero
lo que cuenta para Padrón es convencer al cubano actual de que el
antiimperialismo también está vivo en la isla vecina.
El ímpetu revolucionario del cine cubano no contagió,
por lo menos en esto del revisionismo historiográfico, a la industria
argentina, pues la nueva biografía de San Martín que se estrenó en 1970
seguía anclada en los viejos tópicos hagiográficos, empezando ya por el
título: El Santo de la Espada. Tomado del libro de Ricardo Rojas
(1933), el guión abarca la vida del general desde su llegada a la
Argentina en 1812 hasta su partida hacia Europa en 1824; las inicidencias
biográficas se siguen de forma bastante lineal, sin incurrir en
divergencias heterodoxas ni alardes formales de ningún tipo. Esto último
es quizá lo más chocante, ya que el realizador es Leopoldo Torre-Nilsson,
que había hecho su fama (algo efímera, todo hay que decirlo) con dramas
intimistas de atmósfera morbosa y decadente, precisamente en las antípodas
de este epic patriótico y oficialista. Para explicar esto hay que
remitirse a unas declaraciones del propio director, en las que reconocía
que en 1966 se encontró en la disyuntiva de irse de su país o cambiar su
tipo de cine, y optó por lo segundo: de hecho, su académico y reverencial
Martín Fierro de 1968 ya preludia el estilo de la evocación
sanmartiniana.
Como es habitual en las interpretaciones
"tradicionales" de la Historia, El Santo de la Espada pasa como de
puntillas por aquellas situaciones que se prestan a la polémica. La escena
de la entrevista de Guayaquil, por ejemplo, incide en las ambigüedades de
siempre, si bien puede hablarse de un tratamiento levemente peyorativo de
Bolívar, al que se presenta con unos rasgos de vanidad y cesarismo que
contrastan con la modestia y generosidad del "santo". Lo mismo ocurre con
el final, en el que no se nos explica casi nada de las razones por las que
el héroe se marcha. Tanto en el contenido como en la forma, el realizador
se esfuerza en conseguir una atmósfera amable y pausada que no permita
discutir la inmaculada bondad del protagonista: patriota intachable,
marido fiel y, sobre todo, padre ejemplar, teniendo en cuenta que es padre
no sólo para su hija sino también para su país y para su sufrida esposa,
presentada como un ser desvalido e infantil.
A pesar de este tratamiento tan blando (o quizá
precisamente por eso), El Santo de la Espada fue un rotundo éxito
de taquilla, hasta el punto de que Torre-Nilsson se animó a homenajear a
otra figura de la independencia, el gaucho Güemes, que ya había hecho una
aparición fantasmal en el plano final de La guerra gaucha; el nuevo
esfuerzo biográfico se tituló Güemes, la tierra en armas (1971). Un
detalle curioso es que el protagonista fue Alfredo Alcón, el mismo que
había dado vida a San Martín en la película anterior, y en la escena en
que dialogaban los dos personajes el actor debía "desdoblarse" a través de
maquillaje y efectos ópticos. Esto puede parecer cierta egolatría de Alcón,
pero también es una muestra de que su personificación del Santo de la
Espada había calado hondo en el público argentino.
En Güemes se aprecia un enfoque menos
convencional, quizá porque el protagonista es también una figura más
controvertida y no exige un acercamiento tan respetuoso. En algunos
momentos Torre-Nilsson se permite hasta el recurso a la iconografía
antiimperialista que hemos visto en los films cubanos, presentando el
modus operandi del ejército godo con los rasgos de crueldad que los
publicistas de izquierdas atribuían al ejército yanqui en Vietnam. También
hay unas concesiones indigenistas que, por bien intencionadas que sean, no
cuadran excesivamente con la realidad histórica. Entre los soldados de
Güemes se ven muchos indios a pesar de que todos los estudiosos admiten
que el apoyo de los nativos al movimiento emancipador tuvo escasísima
relevancia, y no sólo ésto: el personaje de Juana Azurduy aparece con los
rasgos tan raciales de Mercedes Sosa, cuando en realidad ni Juana ni su
marido eran indios. Sin salirnos de este personaje, la escena en que es
condecorada y nombrada teniente coronel por Güemes está totalmente fuera
de contexto (empezando porque fue Belgrano el que le puso la medalla). Y
del mismo Güemes hay que resaltar una extraña tergiversación del guión
referente a su final. En una emboscada de los realistas el héroe recibe
una herida en la pierna, de esas que en las películas no suelen dejar
ninguna secuela pero que aquí le lleva a la muerte, se supone que por
gangrena. En la realidad Güemes recibió el balazo en la nalga, pero como
esta localización anatómica es poco apropiada para un héroe de la pantalla
(todavía menos si se trata de un héroe patrio) los guionistas la disfrazan
púdicamente, ocultando de paso un detalle importantísimo que confiere
mayor grandeza al personaje y rebate algunas venenosas alusiones que se le
hicieron en su momento: Güemes era hemofílico. No era por cobardía, pues,
que evitaba los peligros muy directos sino por simple autodefensa, ya que
una pequeña hemorragia podía serle fatal, como al fin sucedió.
El público no acogió el film sobre Güemes con el mismo
entusiasmo que el de San Martín, quizá precisamente porque su recurso a
fórmulas estéticas y narrativas menos convencionales —planos cortísimos
que desafían las leyes más elementales del montaje, imprecisión
ideológica— no era lo que los espectadores esperaban de un film que se
anunciaba como otra evocación "procerista". El film histórico de estos
años se movía en unos esquemas muy rígidos, y la mezcla de estilos no
parecía destinada a convencer a nadie.
Fuera de la Argentina las directrices cubanas tuvieron
algo más de repercusión, sobre todo por la colaboración del ICAIC en
produccciones de otros países. Un caso ilustrativo es Mina, viento de
libertad (1976), cinta mexicana dirigida por el español Antonio Eceiza
que reconstruye los útimos días del ex-guerrillero navarro Francisco
Javier Mina, desde su desembarco en la costa veracruzana en abril de 1817
hasta su fusilamiento ocho meses después. El enfoque ideológico aparece
dominado por un rígido dogmatismo marxista, y la estructura narrativa debe
ajustarse continuamente a un didactismo infantil que no deja al espectador
la menor libertad de raciocinio. Cuando la imagen no llega se introducen
copiosos letreros al estilo de las viejas producciones de Contreras
Torres; entre los más informativos destaca el primero, que deja realmente
sorprendido con la siguiente revelación: "En 1789 triunfa la revolución
burguesa en Francia". Mina es presentado como un revolucionario
internacionalista moderno, a la manera del "Ché", si bien con
peculiaridades raciales que el guión atribuye a su condición de vasco
(aunque el detalle de destruir las naves está copiado del extremeño
Cortés); las ideas a las que dedica su vida son mucho más propias de 1976
que de 1820, y ya metidos en anacronismos, nada más risible que los
organizadísimos mineros de Guanajuato, a los que sólo les falta enseñar el
carnet del Partido.
De los personajes históricos que aparecen, donde se
notan más las tergiversaciones es con Servando Teresa de Mier. Cierto que
este fraile, pieza clave en la génesis del nacionalismo mexicano, sostenía
con la mayor seriedad tesis realmente estrafalarias (su caballo de batalla
era que el apóstol Santo Tomás había predicado el Cristianismo en el
México prehispánico bajo la forma del dios Quetzatcoátl), pero por
extravagante que el personaje nos parezca hoy en día no se merece la
aproximación tan superficial que le depara este film, donde se le retrata
como un completo paranoico, apto sólamente para gestos hiperbólicos
vinculados a la iconografía del spaghetti-western. A la incapacidad
para elaborar un discurso político convincente Eceiza asocia una falta
absoluta de sentido del espectáculo, bastante lógica ya que en su tierra
sólo había hecho películas experimentales de escasa repercusión comercial.
De hecho los únicos momentos afortunados de Mina son los insertos
de la representación teatral que se supone montada en la capital de la
Nueva España para celebrar la derrota de los rebeldes, una pieza alegórica
mitad cantada mitad hablada que ofrece la visión oficial y contrasta con
las escenas "naturalistas": una cantante rolliza y repintada personifica a
la Patria, primero sufrida víctima de los traidores y al final triunfadora
y desagraviada; estas cortas escenas, de todas formas, fueron rodadas
íntegramente en Cuba con muy poca participación —sospecho— del director
titular (el movimiento escénico lo firma Jesús Gregorio).
En la escena del fusilamiento, el héroe es colocado de
espaldas al pelotón como corresponde a un traidor. En el último momento se
vuelve decidido hacia sus verdugos y hacia la cámara (y hacia la Historia,
faltaría más), la cual inicia una pequeña grua hasta encuadrar el cielo,
sobre el que aparecen unos versos: "Mañana me enterrarán / No vengáis a
rezar por mí / Yo no estaré aquí / Seré viento de libertad", mientras en
la banda sonora unas voces anónimas cantan Eusko Gudariak, el himno
vasco. Los versos son de Juan Paredes Manot, "Txiki", militante de ETA
ejecutado en Barcelona el 27 de noviembre de 1975 en una de las últimas
manifestaciones de mano dura del franquismo. De este modo los
autores descubren su intención más coyuntural: denunciar la represión del
régimen español en un momento en que toda la opinión pública internacional
clamaba por su desaparición definitiva.
El "estilo ICAIC" llega hasta el Perú de la mano de
Federico García, cineasta que ha apoyado gran parte de su carrera en la
ayuda cubana, y dos películas que muestran aspectos de la lucha
emancipadora: Melgar (1982) y Túpac Amaru (1984). Para ser
exactos, la única centrada en los años objeto de nuestra comunicación es
la primera, una exaltación de la figura del poeta arequipeño Mariano
Melgar, pasado por las armas en 1814, cuando sólo tenía 24 años. Al igual
que sucedía en Mina, el esquematismo ideológico impide cualquier
tentativa de espontaneidad. Melgar habla de forma absolutamente
anacrónica, como un intelectual de izquierdas contemporáneo, y si sus
efusiones líricas resultan ya bastante envaradas como es habitual en los
poetas cinematográficos, cuando se trata de parlamentos de contenido
político la naturalidad brilla por su ausencia y sólo se atiende al
proselitismo más ramplón.
Si la intriga de Melgar es de una desarmante
simplicidad y totalmente supeditada al "mensaje", desde el punto de vista
formal no vamos a encontrar grandes alardes. La frase de Paulo António
Paranagua "conception et réalisation assez primitives" es quizá un
poco dura, ya que el film presenta un aspecto visual por encima de la
media del cine peruano de la época, pero pone de relieve sus evidentes
limitaciones. En Túpac Amaru, su siguiente coproducción con Cuba,
García desarrolló los defectos y virtudes del film anterior: se apreciaba
sin duda una mayor solidez de la puesta en escena, pero ésto iba
acompañado de un discurso indigenista y revolucionario más didáctico
todavía: eficaz, sin duda, pero pétreo. No entraremos a analizar esta
película ya que la intención de este artículo era recordar únicamente
aquellas que aludieran a los movimientos independentistas propiamente
dichos, esto es, los del siglo XIX; sólo señalemos los habituales rasgos
de "contemporaneidad", que en este caso incluyen una discreta vindicación
de la guerrilla y el terrorismo: la escena de la ejecución empalma con
unas tomas documentales actuales de una manifestación campesina en la
misma plaza del Cusco donde el héroe fue sacrificado, y sobre estas
imágenes se oyen los inflamados versos del Canto coral a Túpac Amaru
de Alejandro Romualdo —"querrán matarlo, ¡y no podrán matarlo!"—
mientras un letrero nos avisa de que en esa misma plaza se fundó en
setiembre de 1975 el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru.
En los últimos años el cine no ha prestado ninguna
atención a la temática independentista. Puede haber influido la
controvertida celebración del V Centenario, que ha desviado los esfuerzos
de los cineastas hacia épocas más pretéritas, pero también puede haber
motivos estrictamente ideológicos. En estos tiempos en que se cuestiona
todo y las interpretaciones del materialismo histórico han dejado de
tomarse como la Biblia, nos encontramos con que la realidad cotidiana de
Latinoamérica sigue teniendo todavía muchos puntos negros —explotación,
pobreza, corrupción...— ante cuya complejidad el discurso de los próceres
del 800 resulta quizá demasiado teórico y romántico.
Este artículo está basado en parte en el trabajo de
investigación La Historia de Ibero América a través del cine, que el autor
pudo llevar a cabo gracias a una ayuda económica de la Fundación Rich y
que será publicado próximamente por el Festival Ibérico de Conama de
Badajoz con el título Las sombras del Encuentro. El cine explica la
historia de Ibero América, de Colón a la Independencia.
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