|
Fuente: La casa del hada
http://www.geocities.com/lacasadelhada/
Las herejías que debemos temer, son las que pueden
confundirse con la ortodoxia
Los teólogos, Jorge Luis Borges
Luis
Buñuel sostuvo impenitente su fama de anticlerical a lo largo de
cincuenta años de carrera como cineasta. A fin de cuentas la crítica al
cristianismo, vinculado históricamente a toda la cultura occidental donde
se desenvuelve su obra, forma parte de la revuelta contra los estamentos
esenciales del modo de vida burgués (familia, patria y religión) que
animó a la vanguardia de su juventud española y parisiense a
protagonizar el escándalo de las atrocidades surrealistas, que en el cine
quedaron asociadas para siempre a Un perro andaluz y La Edad de Oro, dos
disparos a quemarropa a la susceptibilidad de una burguesía confiada y
satisfecha, que no tuvieron otro heredero sino al propio Buñuel, tras
quince años de silencio en un exilio solitario y azaroso.
Tratándose del realizador hispano, sin embargo, resumir su posición
hacia la religión en términos tan simples deja muchas dudas por el
camino. Personalidad que se definió a sí mismo como contradictoria por
naturaleza y vocación, uno encuentra que su vida y obras están marcadas
por toda suerte de aparentes disparidades. Apenas pudo rodar en su país
natal, pero su obra es tan raigalmente española como la de Goya, Quevedo
y Valle-Inclán, sus ilustres predecesores; modelo de burgués en privado,
sus filmes son una muestra del más apasionado espíritu revolucionario,
que desata su furia hacia los poderes establecidos proyectando una
peculiar visión de la libertad, el erotismo, las represiones, la ambigüedad
e irracionalidad de las conductas humanas y el inabarcable misterio que
rodea cada momento de nuestra existencia. En este sentido, más que al
paranoico esposo de Él con quien Buñuel gustaba identificarse, la
ambivalencia del director hace recordar a Sevérine, la respetable
burguesa que se prostituye secretamente en Bella de día.
Buñuel contó con una educación católica en la más tradicional
ortodoxia. Conservó siempre un buen recuerdo de los nueve años con los
jesuitas del colegio de Zaragoza, donde su destacado rendimiento escolar
(sobresaliente en Religión!) corrió parejo al peor comportamiento. Según
el realizador, a esa época se remonta su abandono de la fe. Por lo que
comenta en sus memorias, aquella decisión estuvo fundada en razonamientos
ingenuos y apasionados, de una lógica elemental, propios de las típicas
crisis existenciales de la adolescencia, pero que el director conservó
invariables hasta el final de su vida y de los que un ejemplo famoso es su
declaración de ”ateo, gracias a Dios”. Llegó a ser admitido en la
Congregación Mariana al año siguiente de su ingreso en el colegio y,
paradójicamente, su admiración hacia la Virgen no lo abandonó nunca más.
Cuando en otros casos se permitió los comentarios más mordaces sobre una
supuesta desigualdad en el status moderno que han alcanzado las distintas
figuras de la Trinidad, Buñuel confiesa “pero no quiere decir que una
ceremonia en honor de la Virgen, con las novicias en sus hábitos blancos
y su aspecto de pureza, no pueda conmoverme profundamente”, para
concluir luego “¿Cómo puedo negar que estoy marcado culturalmente,
espiritualmente, por la religión católica?. Esta “devoción” hacia
la liturgia mariana fue más allá de la fascinación hacia el entorno
cultural asociado al fenómeno religioso, pues la imagen de María afloró
hasta en los sueños del cineasta, quien como buen surrealista les concedía
una enorme importancia. Habla Buñuel: “Vi de pronto a la Virgen Santísima
inundada de luz que me tendía dulcemente las manos. Presencia fuerte,
indiscutible. Ella me hablaba a mí, siniestro descreído, con toda la
ternura del mundo, con un fondo de música de Schubert que yo oía
claramente. En La vía Láctea traté de reconstituir esta imagen, pero
allí no tiene la fuerza de convicción inmediata que poseía en mi sueño”.
Tampoco el paso de tiempo dejó intacto su rechazo al orden religioso. A
pesar de la vehemencia de sus declaraciones, al final de su vida Buñuel
se mostró más comprensivo de lo que pudiera creerse en este aspecto.
Habiéndose referido a Jesús con imágenes consideradas por muchos como
blasfemas (en La Edad de Oro se ve a Cristo salir del castillo de Sade
luego de una bacanal y volverse lascivamente para requerir a una hermosa
joven que pasa junto a él; en Viridiana hay una recreación de La Última
Cena en que un mendigo achacoso y abyecto, ciego por demás, ocupa el
sitio de Jesús), cuando la figura de Cristo aparece en La Vía Láctea,
por segunda y última vez en toda su obra, el acercamiento es respetuoso y
desprejuiciado. Allí se muestra a un Cristo muy carnal, que ríe, corre,
equivoca el camino y que predica con suprema sencillez, sin el tono
admonitorio y elevado que en ocasiones le atribuye la iconografía
tradicional como parte de la lógica consustancial a su naturaleza
divina..
Cuenta Pedro Miguel Lamet sobre la última vez que vió a Buñuel, que
aquel estaba sentado con un grupo de jesuitas bebiendo whisky y alguien le
dijo“Don Luis, está Ud. como el anticlerical Don Lope de Tristana: al
final tomando chocolate entre los curas. Lejos de una capitulación
forzada por los años, más sensato sería afirmar que el incidente es
otra prueba de que Buñuel, fascinado como estaba por el misterio de la fe
religiosa, nunca estuvo en contra de esta, aunque tampoco la compartiese.
Sus diatribas se concentraban en las imperfecciones del aparato eclesiástico,
iban dirigidas hacia la institución humana que más de una vez en la
historia dio ocasión a sus detractores y enemigos para crear a su
alrededor una leyenda negra cuya repercusión ha alcanzado vastos sectores
sociales (y en especial a la intelectualidad) hasta hoy día. Pero su
actitud hacia la fe y los que la profesaban con devoción auténtica no
podía ser más considerada, tanto en la vida como en sus filmes. Buñuel
tuvo entre sus amigos a muchos sacerdotes. El más cercano fue el padre
Arteta, s.j., cuya aparición durante los rodajes provocaba
invariablemente que el director interrumpiera su trabajo para saludarlo.
Asimismo, durante la larga enfermedad que terminó con su muerte, el
director fue visitado a diario por un cura amigo suyo. Seguramente se
trataba del padre Julián, aquel dominico moderno al que se refiere en sus
memorias, quien resumió un día el poderoso influjo del magisterio
“negativo” del director en cuestiones de religión con estas palabras:
“Antes de conocerlo, había veces en que sentía vacilar mi fe. Desde
que hablamos juntos, se ha reafirmado”.
En sus filmes Buñuel se mostraba punto menos que quisquilloso en cuanto a
la autenticidad de los detalles, en especial aquellos relacionados
directamente con la praxis religiosa, por lo cual le molestaba mucho la
ligereza de los críticos que lo acusaban de inexacto e irresponsable,
llegando al extremo de interpretar como impías ciertas imágenes donde no
había en principio ninguna intención blasfema. En Viridiana, por
ejemplo, Fernando Rey abre la tapa de un reloj con una navaja cuya empuñadura
es un crucifijo, objeto corriente en España que el director había
comprado de pasada en un bazar. Al final de la misma película, una corona
de espinas lanzada al fuego fue vista como un gesto execrable por los que
ignoraban que según la liturgia más ortodoxa cuando un objeto sagrado no
tiene uso, no se le debe arrojar a la basura o venderlo, sino quemarlo. En
Simón del desierto el santo anacoreta es tentado por el diablo disfrazado
de Jesús (Silvia Pinal), siendo riguroso que en los primeros tiempos del
cristianismo [donde se ubica la película] el demonio se aparecía bajo la
forma de Cristo. En La vía Láctea la escritura del guión se extendió a
varias semanas de interminables discusiones sobre teología, inspiradas
por la lectura de Historia de los heterodoxos españoles, de Menéndez y
Pelayo y el Diccionario de las herejías del abate Pluquet. Todas las
situaciones que se suceden en la película se apoyan en la autenticidad
testimonial del enjundioso tratado de Menéndez y Pelayo. En cualquier
caso, nadie niega que se trate de imágenes fuertes e insólitas, pero el
director tiene todo el derecho de emplearlas y además, por qué
desconocer sus razones (claramente expuestas en varias entrevistas), si
está bien claro que Buñuel puede resultar ambiguo, pero nunca falso o
manipulador?
La carrera de Buñuel comenzó con la denuncia surrealista enfilada a
ridiculizar los valores osificados de una burguesía reaccionaria, apegada
a las viejas glorias de siglos anteriores. En La Edad de Oro, cuando la cámara
regresa sobre los arrecifes donde antes se veía a unos obispos
descansando, sólo quedan los esqueletos de los prelados. El huracán de
pasión que acaba de pasar, ha arrasado también con la oposición del
clero al ardiente frenesí de los amantes y su romántica reivindicación
de un amor cuya libertad no conoce obstáculos. Durante la etapa mexicana
siempre hubo alusiones mas o menos ácidas a la religión, especialmente
con la presencia nada ejemplar de algunos sacerdotes. Involuntariamente
esto se prestó a establecer un cómodo estereotipo negativo que el cine
no consiguió superar en largo tiempo y aún persiste en nuestros días.
Hacia el final de su carrera, sin embargo, se hacen más consistentes y
reveladores sus pronunciamientos sobre la religión, específicamente en
filmes como Nazarín, Viridiana, Simón del desierto y La vía Láctea. El
primero de ellos es considerado por algunos defensores a ultranza de Buñuel
como el filme que mejor refleja la misión evangélica del sacerdote en
toda la historia del cine. Realizado en 1959, hoy parecería que su
director se estaba haciendo eco de los preparativos para el Concilio
Vaticano II, cuyo primer anuncio se promulgó en enero de ese año y donde
Juan XXIII llama la atención de todos nuestros hijos para que, con la
colaboración de la Iglesia, se capacite esta cada vez más para
solucionar los problemas del hombre contemporáneo. Nazarín es un cura de
pueblo que opta por una existencia sui generis. Se aparta de la vida
comunitaria tradicional, convirtiéndose en lo que hoy día calificaríamos
como un sacerdote freelance, que primeramente vive de misas pagadas, en
medio de gente pobre y marginal (ladrones, prostitutas, mendigos) y luego,
ante el rechazo de aquellos, decide peregrinar al encuentro providencial
de la oportunidad para hacer el bien en medio de aquel universo tan
hostil. La opción de Nazarín por los pobres es clara, pero la realidad
tal parece empeñada en desalentarlo, como subrayando que su gesto en
solitario no puede ser atendido por un mundo donde ni la Iglesia ni los
pobres están preparados para actuar en consecuencia. Los “olvidados”
a cuyo encuentro se dirige no entienden su actitud, que mezcla comprensión
y solidaridad con un juicio pragmático y severo, que va rectamente a un
cristianismo esencial, lleno de espiritualidad y para nada concuerda con
la imagen oficial del sacerdote. Un paso tras otro, el proyecto de Nazarín
parece terminar siempre condenado al fracaso. Si alberga a una prostituta
en su casa, es acusado de proteger una delincuente y lo expulsan del
lugar. Si pide trabajo, tiene que enfrentar el recelo de los que temen la
competencia, a tal punto que el episodio termina en una violenta refriega.
Cuando trata de administrar los sacramentos a una moribunda, esta lo
rechaza y clama por su amante. La incomprensión parte del propio seno de
la institución a la que pertenece, como lo demuestra la escena en que
Nazarín invoca la preeminencia de la dignidad humana para protestar ante
el trato humillante a un humilde peón por parte de un militar y al oírlo,
el cura que acompaña a este último confunde a Nazarín con un
estrafalario predicador ambulante venido de Norteamérica. El clero lo
considera un rebelde peligroso, cuyo ejemplo socava el prestigio de la
Iglesia. Véase lo que le dice un prelado al infeliz Nazarín, cuyos
infortunios terminan llevándolo a prisión hacia el final de la película:
Por lo menos debíais reconocer todas vuestras imprudencias, todas
vuestras locuras...Creo que tienen razón al decir que sois un
anticonformista, un espíritu rebelde. No sé si podrán haceros ver la
realidad, haceros comprender que vuestro modo de vestir está en
contradicción con el de un sacerdote y ofende a la Iglesia a la que decís
amar y obedecer...La película cierra con una de las salidas típicas de
Buñuel, que tensa y enfrenta siempre los extremos para comunicar una
extraña y convincente sensación de realismo. Poco después que Nazarín
trata de convertir al preso que lo ha defendido y este lo rechaza,
resumiendo su fracaso con estas palabras: Su vida pa’ qué sirve. Ud.
por su lado y yo por el mío. Ninguno de los dos servimos para nada, una
mujer se acerca a Nazarín, que parte con el grupo de prisioneros, y le
ofrece una fruta. Luego de dudar un momento ante aquel inesperado acto de
caridad, el sacerdote acepta finalmente.
Si Nazarín encarna las angustias de la voz que clama en el desierto
material y moral de la contemporaneidad, Viridiana sigue la misma línea
para centrarse en el paradójico destino del cristiano que idealiza su
misión entre los hombres, sin advertir que la misericordia requiere
discernimiento y no sólo una disposición mecánica e irresponsable a
actuar, partiendo de una justificación intrínseca por las obras.
Viridiana es una novicia obligada por las circunstancias a regresar al
mundo secular, pero que a su retorno intenta trasladar a este los
esquemas, hábitos y prácticas propios del convento. Paso a paso irá
fracasando en su cruzada evangelizadora, que no sin candorosa soberbia, se
empeñará en llevar hasta extremos quijotescos cuando traiga a vivir con
ella un grupo de mendigos, a los que intenta rehabilitar. Los pordioseros
terminan rebelándose, invaden la casa y cometen toda clase de excesos,
que culminan en la famosa parodia de la Ultima Cena. El contraste resulta
tan intenso porque Buñuel no idealiza ninguno de los bandos. Los mendigos
son mostrados con un naturalismo brutal: viles, egoístas, ignorantes,
ladrones, mentirosos, tarados, malintencionados, de una sensualidad
bestial. La ciega beatería de Viridiana la compulsa a ignorar esa
realidad, empujándola al ridículo en cada momento. El primo,
interpretado por Paco Rabal, encarna la sensatez que contempla con sorna
el torpe desenvolvimiento de Viridiana. Al final, ella se examina ante el
espejo, descubre que es un ser humano y que la santidad no puede ser una
meta. Acepta su lugar entre los hombres y toca a la puerta del primo.
Otra solución hacia una vida cristiana coherente se cuestiona en Simón
del desierto. Se trata de San Simeón el Estilita, un monje ermitaño en
la Siria del siglo IV, que vivió cuarenta años predicando desde una
columna. La excentricidad del personaje subraya su voluntaria
automarginación del mundo, de los hombres cuya molesta insistencia lo
distrae en su diálogo con Dios. Buñuel lo aísla en la columna para
estudiarlo con curiosidad de entomólogo, como lo hizo con Arturo de Córdova,
el marido celoso de Él. Simón es tentado constantemente por el diablo,
bajo la forma de una niña, un monje o el propio Jesús. Lo salva su
simplicidad, su ausencia de malicia, pero la soledad lo convierte en una
figura risible, que desvaría en medio del aburrimiento, de una santidad
equívoca, contraproducente porque parte de un presupuesto egoísta. Los
milagros que obra apenas tienen repercusión entre los fieles, se les
acepta con una decepcionante indiferencia, propia de los espíritus
endurecidos por la ignorancia.
En estos tres filmes Buñuel sintetiza una inquietud fundamental de su
cine: el desajuste, la falta de sintonía entre el mundo y la Iglesia,
encarnada en las figuras de un sacerdote, una ex-novicia y un santo. Lo
hace con ironía impregnada de ese humor socarrón y torcido que ha
llevado a acuñar el término “buñuelesco” para referirse a su obra,
pero en el fondo es comprensivo y amable, consciente de las flaquezas
humanas que la hipocresía de muchos no quiere ver. Lo que dice al
respecto de Viridiana puede extenderse al resto de los filmes: En
Viridiana pongo un espejo frente a la vida. Los críticos dicen que la película
está llena de amargura. No soy amargo. No soy cínico. Al contrario. Veo
con afecto a todos en Viridiana. Uno es bueno, otro no es tan bueno. Otro
es mezcla de bueno y malo. Los quiero a todos. Quiero a la gente y la
muestro tal como es porque la amo.
En 1969, Buñuel filmó una especie de compendio de su visión sobre la
religión cristiana, ofrecida desde la perspectiva de sus detractores. El
filme se llamó La vía Láctea y toma como pretexto el viaje de dos
peregrinos a Santiago de Compostela en la época actual para recrear en
una serie de viñetas que se suceden a lo largo del camino, algunas de las
principales cuestiones relativas a la fe que han dado pie a las herejías.
Es un filme un tanto desconcertante por su estructura, el primero en el
que Buñuel se aparta de la unidad de espacio y tiempo característica del
relato lineal, y por si fuera poco, se embarca en cuestiones teológicas
bastante arduas y distantes de la sensibilidad moderna. Seis son las herejías
que dan lugar a episodios donde campean el humor y el absurdo: las
relativas al misterio de la eucaristía, de la doble naturaleza de Cristo
y de la Trinidad, por un parte y la aparición del Mal, la libertad de la
gracia y los misterios relacionados con María, del otro lado. El filme,
como siempre, dio lugar a las reacciones más encontradas. El propio Buñuel
comenta encantado que Carlos Fuentes veía en ella una película
combativa, antirreligiosa, mientras que Julio Cortázar llegó a decir que
la película estaba pagada por el Vaticano. A un Buñuel indiferente ante
una u otra posición, lo que le interesaba era mostrar los extremos a los
que puede conducir la fe, no en individuos y situaciones singulares al
estilo de los tres filmes anteriores, sino en un contexto más amplio
donde la religión se manifiesta como una poderosa fuerza social.
Puede parecer una paradoja, no sería nada extraño tratándose de Buñuel,
pero el ateo convicto y confeso dejó para el cine un puñado de películas
que han promovido como pocas la polémica en torno a la religión, de
alguna manera han dejado ver con lucidez, pero sin mala fe, sus
debilidades y en algunos casos incluso, no han hecho sino anticiparse a
cambios conceptuales y estructurales que han terminado por imponerse con
el paso del tiempo. Digamos que ese alucinante fervor con que los herejes
defendían su verdad hasta el martirio, ha sido en su caso una especie de
tributo involuntario al enaltecimiento de una fe pura, auténtica y
renovada.
|