Es justamente esta nueva Mirada la que diferencia estas dos épocas,
estas dos diferentes formas de ver. Pero no es solamente el “punto de
vista” el sustento de la identidad de estas obras. Hay en común,
también, la pretensión, no siempre lograda, de deshacerse de las formas
convencionales del discurso político panfletario, en cuanto se apela
fundamentalmente a los recursos expresivos del lenguaje cinematográfico,
a la relación sensible con el espectador. La piedra fundamental de
Fernando Birri, la obra cumbre del grupo Cine Liberación, los hitos de
Raymundo Gleyzer y la producción de Jorge Prelorán son, desde distintos
abordajes metodológicos, las más representativas de esta pretensión
renovadora.
Bil Nichols dice al respecto de la mirada:“Los principales
indicadores de posición, o lugar ocupado, son el sonido y la imagen que
se le trasmiten al espectador. Hablar de la mirada en la cámara es, en
esta locución en concreto, mezclar dos operaciones distintas: la operación
mecánica, literal, de un dispositivo para reproducir imágenes, y el
proceso humano, metafórico de mirar el mundo. Como máquina la cámara
produce un registro indicativo de lo que entra en su campo visual. Como
extensión antropomórfica del sensorio humano la cámara revela no sólo
el mundo sino las preocupaciones, la subjetividad y los valores de quien
la maneja. El registro fotográfico (y auditivo) ofrece una huella de la
posición ética, política e ideológica de quien la usa, así como una
huella de la superficie visible de las cosas.
Esta noción suele incluirse en el estudio del estilo. La idea de que
el estilo no es sencillamente una utilización sistemática de técnicas
vacías de significado sino que es en sí el portador del significado
tiene una importancia capital”.
Lenguaje, memoria y método.
Lenguaje, memoria y método son los tres pilares básicos de la formación
específica del documentalista. El profundo conocimiento del lenguaje
audiovisual y sus recursos expresivos, el conocimiento de la obra de los
documentalistas argentinos históricos y la práctica de un método ,
conjugan una síntesis pertinente en la formación de los nuevos
documentalistas.
Aunque siempre estuvo presente en el cine argentino la voluntad de
explorar el género documental y sus recursos expresivos a través de la
investigación en la problemática social, la obra de los documentalistas
argentinos se consolidó a partir de la década de 1960, en un desarrollo
que acompañó el surgimiento de nuevos movimientos sociales en toda América
Latina y otras corrientes estéticas, narrativas y temáticas originadas
en Europa. Los jóvenes cineastas de la época, que devinieron en
documentalistas optaron claramente por reflejar las luchas del pueblo en
su afán de perseguir la descolonización, la independencia y la justicia.
La exposición de los problemas populares fue la consigna no escrita y la
década significó una explosión creadora para el género.
Aunque no se pretenda en este trabajo realizar un relevamiento filmográfico
completo, es ineludible recorrer los trabajos más significativos de los
documentalistas mencionados anteriormente, a modo de guía para el
explorador del tema y del docente
La carrera de Jorge Prelorán se inicia en 1954 con “Venganza”.
Fernando Birri, produce su
“Tire dié” entre 1956 y 1958, película
que se transformaría con el tiempo en un emblema del género y del cine
latinoamericano. Humberto Ríos produjo “Faena” en 1959 y Juan Oliva
“Los cuarenta cuartos”. En 1968, La hora de los hornos, de Femando
Solanas y Octavio Getino, da comienzo a la obra del grupo Cine Liberación,
que también produjo “El camino hacia la muerte del viejo Reales”, de
Gerardo Vallejo, un argumental cercano al documental. En la misma época
surgía el grupo Cine de la Base, gestor de “Los traidores”
(1966-1970) argumental de creación colectiva, y “México, la revolución
congelada”, de Raymundo Gleyzer. De la obra de Gleyzer también son
conocidos los documentales “Ceramiqueros de Traslasierra”,
"Pictografías del Cerro Colorado", “El ciclo”, “La tierra
quema” y “Ocurrido en Hualfín”. La obra de Prelorán es, sin dudas
la más prolífica y homogénea, contando con más de cincuenta
documentales, entre los que se destacan, a partir de 1969, “Herrnógenes
Cayo”, “Araucanos de Ruca Choroy” de 1971, “Los Onas” y “Vida
y muerte en Tierra del Fuego” (1973), “Cochengo Miranda” de 1974 y
“Los hijos de Zerda” de 1978
Por supuesto que el documentalismo argentino no se agota en las obras
citadas en el párrafo anterior, ni termina en esos años. Paralelamente
se produjeron otros documentales y destacaron autores, sin llegar a la
trascendencia de los citados. Los años posteriores también fueron
fecundos y surgieron nuevos realizadores, entre los cuales se destaca
Tristán Bauer, actualmente en la plenitud de su carrera, pero su obra no
es objeto de este trabajo.
El sentido de una mirada del educador.
Recuerdo que cuando decidí ingresar a la Universidad Nacional de Córdoba
para cursar la Licenciatura en Cinematografía, en 1972, tuve en cuenta
que la escuela de Cine de la Universidad Nacional del Litoral (más
cercana a mi casa) se especializaba en cine documental y esa característica
me resultaba limitante. En ese momento mi horizonte estaba a mucho más de
ciento sesenta kilómetros; más precisamente en Europa, desde donde venían
los discos de los Beatles, la gráfica sicodélica y las películas de
Bergman y Antonioni.
Mucho tiempo más tarde me enteré que la escuela del Litoral era nada
menos que la emblemática escuela de
Fernando Birri
(y me enteré quién era Birri),
descubrí el cine documental argentino a partir del grupo cine Liberación,
luego descubrí que había cine en América Latina y en Italia y en España.
También descubrí con el tiempo que la mayoría de mis preferencias
estaban artificialmente elaboradas para “acercarme” al modelo ideológico
y estético que me proponían los docentes de mi facultad. En realidad me
llevó tiempo asumir sin culpas ni tapujos que mi verdadero perfil ideológico
y estético estaba más cerca del gusto popular que del “ilustrado”,
es decir que tenía que asumir ante mis pares que era un poco “mersa”.
Hay que tener en cuenta, para entender la trascendencia de estas posturas,
las características de la universidad de los años setenta y la evolución
de los jóvenes en el proceso de consolidación de su personalidad.
Finalmente mi pasión por lo audiovisual adquirió unos perfiles que no se
parecían en nada a los del principio y además fueron cambiando
permanentemente.
He incorporado esta semblanza personal porque le encuentro relación
con los dilemas existenciales de muchos estudiantes de nuestras escuelas
de medios audiovisuales. Hoy siguen vigentes estos conflictos, porque
tienen más que ver con la evolución del ser humano en su inserción en
al sociedad y en la búsqueda de su rol, que con una cuestión de postura
política o posicionamiento ideológico.
El docente se encuentra con la responsabilidad de acompañar este
crecimiento y es muy grande la tentación de formar “seguidores” de
tal o cual propuesta, de tal o cual director, o de tal o cual movimiento,
porque es lo más fácil, lo más rápido y lo menos riesgoso. Más
tentador aún, cuando el docente es también realizador con una propuesta
propia es formar a los “propios” seguidores. Este último caso
configura, a mi criterio, el peor de los vicios en los que puede incurrir
el docente especializado, en tanto le impide al alumno desarrollar su
propia mirada y su propio superobjetivo
El sentido de la Mirada en el educador se consolida en la medida que su
proyecto contenga un superobjetivo que incluya la preocupación permanente
en acompañar y contener al alumno en la búsqueda de su propia mirada, en
el desarrollo de su propio superobjetivo. Muchas veces les he sugerido a
docentes de disciplinas en las que se enseñan destrezas técnicas, como
por ejemplo manejo de cámara, que mantengan sus manos en los bolsillos,
como método de evitar la tentación de mostrarle al alumno cómo lo hace
el que ya sabe, reemplazando la experiencia irreemplazable de “tocar
todos los botones”, porque esa experiencia es necesaria, aunque la máquina
se deteriore. Si trasladamos esta comparación a la formación de la
mirada y el superobjetivo propios del alumno, nos encontramos ante la
necesidad de aprender a mantener las manos en los bolsillos (o la boca
quieta) mientras este lento proceso se desarrolla.
Michael Rabiger, se refiere a este lento aprendizaje como encontrar en
el mundo partes de uno mismo, cuando dice: “Si hacemos un honrado examen
de nosotros mismos, comprobaremos que ya portamos el sello de ciertos
conocimientos y ciertas convicciones. Conceder completo reconocimiento a
este sello equivale realmente a que nos digamos:’Esta es la raíz de esa
experiencia y soy el único que puede trasmitirla a otros’. Si también
siente la necesidad de esa comunicación, entonces está experimentando el
impulso de la autoría, una necesidad humana tan imperecedera como la
necesidad de cobijo o de sexo. Según la opinión de algunas gentes, el
documentalista comprometido con su trabajo y que se afana por encontrar un
tema para aclararlo y significarlo, termina por hacer negación de su
propia importancia como autor. Lo que estos cineastas intentan hacer
muchas veces es presentar la vida en la pantalla para que exista casi sin
ningún vestigio de autoría”
El mito de lo popular
El documentalismo conjuga la investigación social con el lenguaje
audiovisual, por lo tanto no basta con las buenas intenciones del
realizador, sus convicciones, su práctica política, su compromiso con el
tema, su irrefrenable voluntad de modificar la realidad. Si la idea no está
presente en el documental, no sensibilizará a su público; si el
tratamiento no es el adecuado para el destinatario elegido, si sus códigos
no están presentes no comprenderá el mensaje; si el realizador debe
recurrir a hacer explícita su propuesta temática con palabras,
irremediablemente producirá un panfleto.
En nombre del oprimido y de las víctimas de la injusticia se han
producido muchos panfletos pretendidamente “populares”, pero que en
realidad no lo son; a lo sumo podría hablarse de paternalismo expresivo,
usurpación de la palabra o sustitución del protagonista. De allí que el
conocimiento del lenguaje y sus recursos expresivos es indispensable en el
trabajo del documentalista para encontrar el mecanismo comunicativo que
logre sensibilizar y a partir de allí organizar un conocimiento reflexivo
del tema, evitando la doble sustitución del protagonista, que se produce
cuando el realizador, además de intérprete del protagonista, se
convierte en traductor de la mirada de un tercero. Acerca de esta doble
sustitución, Octavio Getino analiza la influencia de un factor agregado a
la problemática del realizador de un país dependiente: la dependencia
como condicionante del pensamiento propio. “Pensar espontáneamente
-dice- puede ser, para un italiano o un francés, hacerlo en italiano o en
francés; el mismo caso no es aplicable a un intelectual argentino o
boliviano. Lo más probable es que para muchos bolivianos o argentinos, el
hecho de pensar con espontaneidad los lleve a hacerlo también en italiano
o en francés. Es decir, el intelectual latinoamericano está obligado a
replantearse constantemente el valor de la producción superestructural
existente, verificando minuto a minuto si aquélla corresponde con su
realidad u obedece a la deformación impuesta por la dependencia. Ello
explica que la mayor parte de la más importante cinematografía y de la
literatura en nuestros países haya sido realizada por intelectuales
capaces de cuestionar la superestructura dominante y de dirigirse a través
de una experiencia personal y directa de documentación a las fuentes de
la memoria nacional, es decir, al pueblo .
Tampoco es suficiente con “dejar hablar al otro”. Dar la palabra a
la víctima no es en sí lo revolucionario, en cuanto no garantiza la
decodificación de la idea. La mirada del realizador o del investigador
siempre ha de estar presente, pero como lo que es, no pretendiendo hablar
por el otro. Hablar por el otro o mejor dicho “en lugar del otro” es
lo mismo que no dejar hablar al otro. Eso no es cultura popular sino
paternalismo. Es lo que hace la madre sobre protectora (o castradora)
cuando no deja hablar al hijo, porque cree que sus palabras “interpretan
mejor” lo que el otro quiere decir.
En su trabajo El mito del Arte y el mito del Pueblo, Ticio Escobar
reflexiona: “En este trabajo se consideran como arte popular, en sentido
amplio, las manifestaciones particulares de los diferentes sectores
subalternos en las que lo estético formal no conforma un terreno autónomo,
sino que depende de la compleja trama de necesidades, deseos e intereses
colectivos. Lo artístico expresa ciertas realidades y crea otras desde un
movimiento retórico propio, vivificando procesos históricos plurales
(socio-económicos, religiosos, políticos) con los que se enreda y se
confunde, de los que parte o en los que desemboca...
Es decir que si, a los efectos de las cuestiones que acá tratamos,
entendemos lo popular a partir de la situación objetiva de una comunidad
(la subordinación), y lo cultural popular desde la particular elaboración
simbólica que hace internamente esa comunidad de tal situación,
consideramos como arte popular al conjunto de las formas sensibles, las
expresiones estéticas de esa cultura en cuanto sean capaces de revelar
verdades suyas, aunque estén profundamente conectadas con todas las otras
formas y cargadas de diversas funciones, usos y valores sociales, y aunque
carezcan de los requisitos de unicidad y genialidad que, característicos
del arte moderno, han sido convertidos en paradigmas de valor
universal.”
Conclusiones
La realidad del documentalista se presenta como un espacio complejo, en
tanto que su labor es la síntesis de diversas fuerzas que necesita
mantener en equilibrio: La potencia de un tema que ha elegido (elección
en la cual intervino el superobjetivo) y tendrá que exponer a través de
su mirada, con especial cuidado de aplicar una metodología de investigación
que tiene una instancia previa sensible y una instancia científica, ambas
profundas; el tratamiento narrativo que lo llevará a buscar la propuesta
que le otorgará identidad a su documental, diferenciándolo, por un lado,
y comprometiéndolo, además, con lazos de pertenencia a un patrimonio
preexistente en la memoria; y finalmente su propuesta estética, que lo
obligará a bucear en los recursos expresivos del lenguaje audiovisual
para encontrar los trazos que lo definen como artista, los signos que habrá
de decodificar el espectador y por los cuales recordará u olvidará para
siempre, es decir que captará en mayor o en menor medida el sentido
trascendente de aquella mirada, si es que logra construirlo y
transmitirlo.
Bibliografía citada
Dallera O. y otros.Seis semiólogos en busaca de un lector.
1999. Buenos Aires. Ciccus-La Crujía.
Getino, Octavio - Cine y dependencia. El cine en la Argentina.
1990 - Buenos Aires - Ed. Puntosur.
Marrone y Franco. Una aproximación teórica y metodológica para el
estudio de las primeras “representaciones fílmicas” del cine
documental argentino.
Monografía. U.B.A. Fac. Cs. Sociales.
Nichols, Bill - La representación de la realidad. Cuestiones y
conceptos sobre el documental.
1997 - Barcelona - Ed. Piados.
Rabiger, Michel - Dirección de Documentales.
1989 - Madrid - Ed. Instituto Oficial de Radio y TV de España.
Ríos, Humberto - Raymundo Gleyzer: una obstinada esperanza.
1985 - Publicado por Cinelibros Nro 5 de la Cinemateca Uruguaya, en 1985.
AA.VV. - Hacia una teoría americana del Arte.
1991 - Buenos Aires - Ed. Del sol
Bibliografía consultada
Birri, Fernando - El Alquimista Democrático.
1999 - Santa Fe - Ed. Sudamérica.
Birri, Fernando - La Escuela Documental de Santa Fe.
(1964) - Santa Fe - Ed. Instituto de Cinematografía de la U.N.L.
Getino, Octavio - Cine argentino, entre lo posible y lo deseable.
1998 - Buenos Aires - Ed. Ciccus.
Gianella, Raquel y López Ferreiro, Alejandra - Miradas Encendidas.
1999 - Buenos Aires - Ed. Catálogos
Muñoz Razo, Carlos - Cómo elaborar y asesorar una investigación de
tesis.
1998 - México - Prentice Hall.
Sánchez-Biosca, Vicente - El montaje cinematográfico. Teoría y análisis.
1996 - Barcelona - Ed. Piados.
Toledo, Teresa - Miradas: el cine argentino de los noventa.
2000 - Madrid - Ed. Agencia Española de Cooperación Internacional.
AA.VV. - Mirada de tres mundos.
1990 - Cuba - Ed. Escuela Internacional de Cine y TV.