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Al
observar una obra artística se producen una serie de fenómenos en el
espectador que movilizan la pasión de la mirada. De esta manera se
revelan los mecanismos inconscientes que se ponen en juego cuando se
realiza la obra de un objeto estético. Es decir, en el observador
vamos a encontrar las mismas manifestaciones inconscientes por las
cuales el artista creó -en su momento- la obra de arte. Para entender
esta afirmación voy a seguir el pensamiento del filósofo Baruch
Spinoza y lo trataré de articular con algunos aspectos de la teoría
freudiana.
En el pensamiento de Spinoza, las pasiones forman parte de la
condición humana. Por ello, afirma: «Me he acostumbrado a considerar
las pasiones humanas como el amor, el odio, la ira, la envidia, la
ambición, la compasión y todas las otras alteraciones del ánimo no
como fallas de la naturaleza humana, sino como propiedades de la
misma, como algo que pertenece a su esencia, de manera análoga a como
el calor, el frío, las tormentas, los truenos y otros fenómenos
similares -que si bien resultan incómodos son también necesarios y
poseen causas definidas- forman parte de la naturaleza del aire». En
este sentido, Spinoza plantea que el ser humano tiene dos pasiones
fundamentales: a) la alegría, que es la pasión por la cual el alma
pasa a un estado de mayor perfección y b) la tristeza, que es la
pasión por la cual el alma pasa a un estado de perfección menor. La
alegría es provocada cuando se experimenta una expansión de nuestra
potencia de vida. La misma es definida como placer y el afecto propio
de la alegría muda en amor. La tristeza -en cambio- es la depresión
que se experimenta cuando la potencia de vida se encuentra disminuida.
Se puede definir como dolor o melancolía y el afecto propio de la
tristeza troca en odio. Pero no se debe creer que las pasiones en el
ser humano son simples y puras, sino que están compuestas por alegrías
y por tristezas, por amores y por odios, en donde siempre hay una
afección más poderosa que la otra.
En este sentido la pasión no solamente es constitutiva del ser
humano, sino principio de toda comunidad y sociedad; la misma se
relaciona con la creatividad y la acción. Es decir, la pasión se pone
en juego en la acción.
«En el comienzo era el Verbo» así empieza el evangelio de San Juan.
La pregunta que se hace el Fausto de Goethe es ¿Qué puede traducirse
como Verbo?. ¿Con qué palabra definiríamos el Logos?. La traducción
sería razón, lenguaje, palabra. Fausto no rechaza ninguna de estas
traducciones, pero no le alcanzan para traducir de manera adecuada el
término Logos. Finalmente encuentra la palabra: ella es acción. En el
principio era la acción. No es que logos no sea expresable en términos
de razón, pensamiento y lenguaje. Lo que ocurre es que estos se
expresan a través de la acción.
También para Spinoza, Logos es igual a Acción. Si entendemos la
filosofía spinoziana que se construye como un sistema Dios, que es
denominado en la «Etica» como sustancia, no conoce y luego actúa,
conoce obrando y obra conociendo de manera que, conocer es hacer y,
simultáneamente, hacer es conocer. Es en esta acción donde al estar en
juego nuestra creatividad y destructividad se plantea la cuestión
medular de la ética. El esfuerzo ético, para Spínoza, consiste en
transformar las pasiones tristes en pasiones alegres. Mientras
padecemos somos cautivos de las pasiones tristes y, de esta forma,
carecemos de libertad y autonomía. Pero no luchamos contra las
pasiones tristes con la Razón, sino que lo hacemos con la fuerza de
las pasiones alegres con las cuales transformamos la Razón en una
razón apasionada. Es decir, en acción. Pero ya no con una acción
dirigida por el odio sino por el amor, la solidaridad, el
reconocimiento del otro y, por lo tanto, de uno mismo como persona. De
esta manera Spinoza plantea la unidad en el Pensamiento del mundo de
las ideas y de la voluntad. Por ello la acción y la razón son
consecuencia de la acción.
Llegados a este punto voy a definir algunas características de la
pasión. Freud establece que el sujeto está sobredeterminado por el
deseo inconsciente. La pasión es la realización de ese deseo. El deseo
es un fenómeno de la pasión y su finalidad. En este sentido la pasión
es algo que el alma padece, o bien sufre. Es algo que toma posesión
del sujeto. En el sentido de «posesión demoníaca». Por ello es algo
que insiste en pura repetición de sí misma. Por último, la pasión
compromete al sujeto fundándolo y enajenándolo al mismo tiempo.
Mientras el pensamiento «tradicional» contrapone pasión y razón, el
psicoanálisis muestra una mezcla entre estos dos aspectos del sujeto.
La diferencia no consiste en la contraposición de las dos fuerzas en
juego, o en su origen, sino en la especificidad de los cursos y de las
metas. Los procesos de razonamiento más elevados proceden del
voyeurismo infantil, de la curiosodad de mirar la relación sexual de
los padres. La imposibilidad de acceder a esta «escena primaria»
impulsa el ansia de saber que recorre los caminos de la sublimación.
En este sentido podemos afirmar que el sujeto se constituye a
partir del trabajo de la pasión que se manifiesta en sucesivas
repeticiones. Por ello, a la vez que lo funda en tanto sujeto, lo
enajena al dominarlo y dirigirlo. Freud llama a esta instancia
«demoníaca», ya que está en el sujeto a modo de un automatismo, se le
conoce como «compulsión a la repetición». Esta define la pulsión de
muerte en contraposición con la pulsión de vida. La cual debe domeñar
a la pulsión de muerte y ponerla al servicio de la vida. La pasión es
algo que el sujeto padece. De esta manera se puede decir que cada uno
de nosotros tiene su propia pasión. Lo que nos lleva al destino
inexorable del ser humano: su condición de finitud.
Freud ejemplifica lo anterior en un texto llamado «El motivo de
elección del cofre».(X) En él encara directamente la problemática de
la muerte a través del mito de las Moiras, las diosas de la muerte.
Allí describe una escena de la obra de Shakespeare, El mercader de
Venecia, donde la hermosa Porcia debe tomar por esposo a aquel que
elija de entre tres cofres, el que encierra su retrato. Uno es de oro,
otro es de plata y el tercero de plomo. Aquellos que elijen los dos
primeros se equivocan. Bassanio, que debe elegir el tercero, gana así
a la novia, aunque no sabe cómo justificar la elección del cofre de
plomo. Freud, luego de hacer referencias a otras historias y mitos
donde también se plantea elegir, ya no entre tres cofres sino entre
tres mujeres -y cuya suerte siempre recae en la tercera-, establece
que esta elección está hablando de un desplazamiento en las diosas de
la muerte, constituidas por las tres hermanas del destino denominadas
las Moiras, Parcas o Nornas, de las cuales la tercera se llama
Atrophos, es decir, lo inexorable.
Por ello Freud llega a la siguiente conclusión: «La creación de las
Moiras es el resultado de una intelección que advierte al ser humano
que también él es parte de la naturaleza, y por eso está sometido a la
inexorable ley de la muerte. Contra este sometimiento algo tenía que
rebelarse en el hombre, quién sólo a disgusto extremo renuncia a su
excepcionalidad. Sabemos que usa la actividad de la fantasía para
satisfacer sus deseos insatisfechos por la realidad. Y su fantasía,
pues se sublevó contra la intelección encarnada en el mito de las
Moiras y creó el otro, de él derivado, en que la diosa de la muerte es
sustituida por la diosa del amor y por tanto cuanto equivalga a ésta
en plasmaciones humanas. La tercera de las hermanas ya no es la
muerte; es la más hermosa, es la mejor, la más apecetible y amable de
las mujeres».
De este modo la elección ocupó el lugar de la necesidad. Así el ser
humano ilusoriamente vence a la muerte: uno elige dónde en la realidad
debe obedecer a la compulsión, el destino. En este sentido no elige a
la más temible sino a la más hermosa y deseable.
Por ello, la condición pasional del ser humano nos habla de su
finitud. Uno no es dueño de sus pasiones, dominarlas equivale a
desaparecer como sujeto. Dejarse llevar por ellas a lo siniestro de la
locura y de la muerte. La única posibilidad es no ser libre de las
pasiones sino ser libre en las pasiones. Esta libertad es la que debe
encontrarse cuando se realiza una obra de arte ya que, todo proceso
creativo implica la sublimación de las pulsiones sexuales y la
necesidad de elaborar fantasías inconscientes de muerte. Por ello en
toda manifestación artística aparecen fantasías de muerte canalizadas,
de esta manera, por su autor. Fantasías de muerte relacionadas con lo
siniestro que, al ordenarse en un objeto estético, van a otorgar el
placer del sentimiento de lo maravilloso. De esta manera, tal como lo
plantea Eugenio Trias: «Lo siniestro constituye condición y límite de
lo bello. En tanto condición, no puede darse efecto estético sin que
lo siniestro esté, de alguna manera, presente en la obra artística. En
tanto límite, la revelación de lo siniestro destruye ipso facto el
efecto artístico. En consecuencia, lo siniestro es condición y es
límite: debe estar presente bajo la forma de ausencia, debe estar
velado. No puede ser develado. Es a la vez cifra y fuente de poder de
la obra artística, cifra de su magia, misterio y fascinación, fuente
de su capacidad de sugestión y arrebato. Pero la revelación de esa
fuente implica la destrucción del efecto estético».
Luego de este recorrido tratando de delimitar el lugar que ocupa la
pasión en la constitución del sujeto y su importancia en el proceso
creativo, habría que preguntarse ¿Por qué razón la mirada convoca a la
pasión?. Desde el psicoanálisis sabemos que ver y mirar no es lo
mismo. Si los ojos tienen la función de ver ya que corresponde, desde
el punto de vista tópico, a lo preconsciente, la mirada lleva la marca
del deseo inconsciente. Esto lo podemos ejemplificar con el proceso
del enamoramiento. En él, lo que vamos a encontrar son los bellos ojos
del amante que no son ojos ciegos sino ojos que miran. La enamorada
mira la mirada de él, mira esos bellos ojos en tanto son ojos que
miran. Lo que ve el sujeto enamorado es pues otro sujeto que a su vez
mira, es decir se expresa. No se ama una forma o un objeto sino una
demanda que es a su vez una respuesta. En esa visión del otro, en esa
visión de la visión que el otro tiene de uno mismo, en ese regreso
hacia sí que catapulta un nuevo progreso hacia el otro, se halla el
verdadero punto de partida de un conocimiento pasional. Este verdadero
conocimiento de la pasión son unos ojos que miran esos ojos y no por
razón que lo mirán a él, sino porque al mirarle se expresan y es en
esa expresión lo que hace que el sujeto ame y se apasione. Es así como
la mirada de una obra artística nos remite a nuestro propio
inconsciente ya que, como afirma Enrique Pichón Riviere, «Lo que
emerge cuando uno estudia la preocupación por el movimiento en los
pintores y en las esculturas, y más en este caso -el de los móviles-,
es fundamentalmente el sentimiento de muerte. Da la casualidad que en
un poema de Eliot que yo conocía se insiste permanentemente en que
aquello que es vivo es lo que puede morir. Pero aquí se produce el
proceso contrario; aquello que es muerto puede ser re-creado en la
obra artística y toda la tarea del creador es la re-creación a través
del movimiento del sentimiento de muerte consciente o inconsciente en
relación con aspectos determinados. Es decir, entonces, que todo gira
alrededor de poder resolver sentimientos de inercia o de impotencia
interna o de muerte sobre la base de un movimiento determinado. Esto
mismo hace impacto en el espectador, que participa, identificándose
con el creador, de los mismos mecanismos y adquiere carácter de
vivencia estética o de diversión por el hecho que resuelve ansiedades
muy profundas ligadas a la muerte.»
Por todo ello, decía el poeta Antonio Machado «Mis
ojos en el espejo/ son ojos ciegos que miran/ los ojos con los que
veo». Es en este proceso donde el sujeto se funda y a la vez se
enajena en la pasión permitiendo que, las pasiones alegres triunfen
sobre las pasiones tristes, el amor sobre el odio. En definitiva, el
sentimiento de lo siniestro sobre el sentimiento de lo maravilloso que
expresa la obra de arte
* Dr. Enrique Carpintero es psicoanalista.
Director de la Revista Topía de psicoanálisis, sociedad y cultura
Notas/Noter
1 Spinoza, B.: Etica, Editorial Aguilar, Buenos Aires, 1982.
2 Idem anterior.
3 Trias, Eugenio, Tratado de la pasión, Editorial Mondadori, México,
1991.
4 Freud, Sigmund, El motivo de la elección del cofre, Amorrortu
Ediciones, tomo XII, Buenos Aires, Argentina.
5 Carpintero, Enrique, Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar
del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos
psicoanalíticos, Topía Editorial, Buenos Aires, 1999.
6 Trias Eugenio, Lo bello y lo siniestro, Editorial Seix Barral,
Barcelona, 1984.
7 Pichón Riviere, Enrique, Del psicoanálisis a la psicología social.
El proceso creador, Editorial Nueva Visión, Buenos Aires, 1978.
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