Fuente: Universidad
de Bs As
Documental es una expresión
torpe, pero dejémosla así. Los franceses que usaron primeramente ese término
se referían sólo al cine sobre viajes. Les daba una disculpa enfática
para los exotismos agitados (y discursivos por otros conceptos) del Vieux
Colombier. Entretanto, el cine documental ha seguido su camino. De los
exotismos ha pasado a incluir filmes dramáticos, como Moana, La
tierra y Turksib. Y con el tiempo incluirá otros tipos de cine
tan distintos de Moana, en forma e intención, como Moana lo fuera de Voyage
au Congo.
Hasta ahora hemos considerado que
todos los filmes realizados en torno a la naturaleza son parte de esa
categoría. El uso del material natural ha sido entendido como la distinción
vital. Donde la cámara ha rodado sobre el terreno mismo (se trate de
episodios para un noticiario o de temas para revistas o de «intereses»
discursivos, o de «intereses» dramatizados, o de filmes educativos o
verdaderamente científicos, como Chang o Rango), el cine
era documental por ese solo hecho. Esta mezcla de especies se hace desde
luego inmanejable para la apreciación crítica, y tendremos que hacer
algo al respecto. Representan diferentes calidades de observación,
diferentes intenciones en la observación y, desde luego, fuerzas y
ambiciones muy distintas en la etapa de la organización del material.
Propongo así, tras unas pocas palabras sobre las categorías inferiores,
utilizar la expresión documental solamente para la superior.
El noticiario en un periodo de paz es
una instantánea veloz de algún acontecimiento totalmente trivial. Su
habilidad está en la rapidez con la que los balbuceos de un político
(que mira con aire severo hacia la cámara) son transferidos en un par de
días a cincuenta millones de oídos comparativamente involuntarios. Los
temas para revistas (una vez por semana) han adoptado el estilo Tit-Bits
para la observación. Su habilidad es puramente periodística. Describen
novedades en forma novelada. Con su ojo para hacer dinero (que es casi su
ojo único), pegado igual que los noticiarios ante públicos vastos y
veloces, evitan, por un lado, la consideración de un material sólido y
escapan, por otro lado, de la consideración sólida de todo material.
Dentro de tales límites se trata a menudo de filmes brillantemente
hechos. Pero diez de ellos seguidos aburrirán hasta la muerte a un ser
humano normal. Su afán por el toque llamativo o popular es tan exagerado
que algo se disloca. Posiblemente el buen gusto; posiblemente el sentido
común. Se puede elegir en esas pequeñas salas donde a uno se le invita a
vagar por el mundo en cincuenta minutos. Sólo lleva ese tiempo - en esta
época de gran inventiva - verlo casi todo.
Los «intereses» propiamente dichos
mejoran poderosamente cada semana, aunque Dios sabe por qué. El mercado
(particularmente el mercado británico) no les es propicio. Cuando la
norma es un programa de dos filmes largos, no hay ya espacio para el corto
y para el Disney y para la nota revisteril, ni dinero para pagar por ese
corto. Pero gracias a Dios, algunos de los distribuidores colocan al corto
junto con el largo. Esta considerable rama de la iluminación tiende así
a ser el obsequio que va con la libra de té, y como todos los gestos de
la mentalidad mercantil, no es probable que cueste mucho. De allí mi
asombro ante el mejoramiento de calidades. Considérese, sin embargo, la
frecuente belleza y la marcada habilidad de exposición en cortos de la
UFA, como Turbulent Timber, o en los cortos deportivos de la Metro
Goldwyn Mayer, o en los cortos sobre viajes de Fitzpatrick. Conjuntamente,
han llevado la información popular hasta un grado no imaginado y que era
imposible en la época de las linternas mágicas. En ese poco progresamos.
A estos filmes, desde luego, no les
gustaría que se les llamara instructivos, pero, a pesar de todos sus
disfraces, eso es lo que son. No dramatizan, ni siquiera dramatizan un
episodio; describen y exponen, pero en cualquier sentido estético sólo
rara vez son reveladores. Allí está su límite formal, y es improbable
que puedan hacer alguna contribución considerable al arte mayor del
documental. ¿Cómo podrían hacerlo? Su forma silenciosa está recortada
para su adaptación al comentario verbal, y los planos quedan arreglados
arbitrariamente para apuntar a sus chistes o a sus conclusiones. Ésta no
es materia de queja, porque el film instructivo debe tener un valor
creciente como entretenimiento, como educación y como propaganda. Pero es
correcto establecer los límites formales de su especie.
Se trata de un límite
particularmente importante, porque más allá de los reporteros, de los
revisteros y de los charlistas (sean cómicos, interesantes, excitantes o
sólo retóricos), uno comienza a introducirse en el mundo del documental
propiamente dicho, el único mundo en el que el documental puede confiar
en alcanzar las virtudes habituales de un arte. Aquí pasamos de las
descripciones simples (o fantasiosas) de un material natural, a los
arreglos, re-arreglos y formas creativas de ese material.
Primero los principios:
I) Creemos que la posibilidad que
tiene el cine de moverse, de observar y seleccionar en la vida misma,
puede ser explotada como una forma artística nueva y vital. Los filmes de
estudio ignoran mayormente esta posibilidad de abrir la pantalla hacia el
mundo real. Fotografían relatos actuados, contra fondos artificiales. El
documental habrá de fotografiar la escena viva y el relato vivo.
II) Creemos que el actor original (o
nativo) y la escena original (o nativa) son las mejores guías para una
interpretación cinematográfica del mundo moderno. Dan al cine un capital
mayor de material. Le dan poder sobre un millón de imágenes. Le dan el
poder de la interpretación sobre hechos más complejos y asombrosos que
los que pueda conjurar la mente del estudio, ni recrear la mecánica de
ese estudio.
III) Creemos que los materiales y los
relatos elegidos así al natural pueden ser mejores (más reales, en un
sentido filosófico) que el artículo actuado. El gesto espontáneo tiene
un valor especial en la pantalla. El cine posee una capacidad sensacional
para subrayar el movimiento que la tradición ha formado o que el tiempo
ha desgastado. Su rectángulo arbitrario revela especialmente el
movimiento, le da un alcance máximo en tiempo y en espacio. Agréguese a
esto que el documental puede obtener un intimismo de conocimiento y de
efecto que le sería imposible a la mecánica del estudio y a las
interpretaciones superficiales del actor metropolitano.
No quiero sugerir, en este manifiesto
menor sobre creencias, que los estudios no puedan producir, a su manera,
obras de arte que asombren al mundo. No hay nada (excepto las intenciones
mercantiles de quiénes los dirigen) que impida a los estudios ascender
realmente mucho en su manera teatral o en su cuento de hadas. Mi
argumentación separada para el documental es simplemente que en su uso
del artículo vivo existe asimismo una oportunidad de realizar un trabajo
creativo. Quiero significar, también, que la elección del medio
expresivo que es el documental, es una elección tan gravemente distinta
como puede serio el elegir la poesía en lugar de la ficción. Ocuparse de
un material diferente es, o debe ser, ocuparse de temas estéticos
distintos a los del estudio. Formulo esta distinción para afirmar que el
joven director no puede, naturalmente, acceder al documental y al estilo
del estudio a la vez.
En una referencia anterior a Flaherty
señalé cómo ese gran cineasta se apartó del estudio cinematográfico:
cómo se interesó por la historia esencial de los esquimales, y después
de Samoa, y más tarde por la gente de las islas de Aran, y en qué punto
el director documental que había en él difería de la intención del
estudio en Hollywood. El punto central del asunto es éste: Hollywood quería
imponer una forma dramática preconcebida sobre el material en bruto. Quería
que Flaherty, en una actitud de total injusticia frente al drama vivo que
tenía sobre el terreno, acomodara a la gente de Samoa a un drama
convencional de tiburones y de bellas bañistas. El estudio fracasó en el
caso de Moana; tuvo éxito (a través de Van Dyke) en el caso de Sombras
blancas en los Mares del Sur y (a través de Murnau) en el de Tabú.
En los dos últimos ejemplos triunfó a costa de Flaherty, que se separó
de ambos realizadores.
Con Flaherty era un principio
absoluto que el relato debía, surgir de su ambiente natural y que debía
ser (lo que el consideraba) la historia esencial del lugar. Su drama es así,
un drama de días y de noches, del paso de las estaciones del año de las
luchas fundamentales con las que esa gente gana su sustento, o hace
posible la vida comunal, o construye la dignidad de su tribu.
Tal interpretación del tema refleja,
desde luego, la filosofía particular de Flaherty. Un representante
triunfal del género documental no está obligado a emprender la persecución,
hasta los confines de la Tierra, en busca de la simplicidad de antaño o
de las antiguas dignidades del hombre frente a los cielos, En verdad, si
es que por un momento puedo personificar a la oposición, confío que el
neo-rousseaunismo que está implícito en la obra de Flaherty llegue a
morir junto a esa persona excepcional. Aparte toda teoría sobre la
naturaleza, esa obra representa un escapismo, un ojo enfermizo y distante,
que en manos inferiores tiende al sentimentalismo. Aunque sea rodado con
el vigor de la poesía de Lawrence, fallará siempre en desarrollar una
forma adecuada al material más inmediato del mundo moderno. Porque no es
solamente el tonto quien pone los ojos en los confines de la Tierra. Es a
veces el poeta; a veces incluso el gran poeta, como habrá de informarlo
brillantemente Cabell en su Beyond Life [1].
Éste es, sin embargo, el mismo poeta que, en toda teoría clásica de la
sociedad, desde Platón hasta Trotsky, debe ser corporalmente apartado de
la República. Con su amor hacia todo el Tiempo menos el suyo, y hacia
toda Vida excepto la suya, evita preocuparse en serio de un trabajo
creativo en lo que se refiere a la sociedad. En la tarea de ordenar la
mayor parte del caos actual, no utiliza sus energías.
Dejando aparte los problemas de teoría
y de práctica, Flaherty ilustra mejor que nadie los postulados del
documental:
1) El documental debe recoger su
material en el terreno mismo y llegar a conocerlo íntimamente para
ordenarlo. Flaherty se sumerge durante un año, quizá dos. Vive con ese
pueblo hasta que el relato «surge de sí mismo».
2) El documental debe seguirle en su
distinción entre la descripción y el drama. Creo que descubriremos que
hay otras formas de drama o, con más precisión, otras formas de cine que
las que él elige, pero es importante establecer la distinción esencial
entre un método que describe los valores superficiales de un tema, y el
otro método que de manera más explosiva revela su realidad. Se fotografía
la vida natural, pero asimismo, por la yuxtaposición del detalle, se crea
una interpretación de ella.
Una vez establecida la intención
creativa final, varios métodos son posibles. Se puede, igual que Flaherty,
procurar una forma narrativa, pasando a la manera antigua desde el
individuo hasta el ambiente, desde el ambiente, trascendido o no, a los
consiguientes honores del heroísmo. 0 se puede no estar tan interesado
por el individuo. Se pensaría que la vida individual ya no es capaz de
representar en síntesis a la realidad. Se puede creer que sus dolores
viscerales particulares carecen de relevancia en un mundo comandado por
fuerzas complejas e impersonales, y concluir que el individuo como figura
dramática autónoma está ya anticuado. Cuando Flaherty nos dice que es
algo diabólicamente noble pelear por el sustento en un desierto, usted
puede observar, con alguna justicia, que le preocupa más el problema de
la gente que pelea por su sustento en medio de la abundancia. Cuando llama
su atención al hecho de que la lanza de Nanook parece grave cuando apunta
hacia arriba y rígida cuando combate hacia abajo, usted puede observar,
con alguna justicia, que ninguna lanza, por mucha bravura con que sea
esgrimida por el individuo, habrá de dominar a la morsa enloquecida de
las finanzas internacionales. Incluso usted puede pensar que el
individualismo es una tradición ostentosa, mayormente responsable de
nuestra actual anarquía, y negarse, a un tiempo, tanto al héroe del heroísmo
decente (Flaherty) como al héroe del indecente (el estudio). En este
caso, usted sentirá que quiere tener su drama expresado en términos que
supongan alguna síntesis de la realidad y que revelen la índole
esencialmente cooperativa o masiva de la sociedad: dejar al individuo y
encontrar los honores en el torbellino de las fuerzas sociales creativas.
En otras palabras, es probable que usted abandone la forma narrativa y que
procure, como los modernos exponentes de la poesía, de la pintura y de la
prosa, un material y un método más satisfactorios para la mente y el espíritu
de la época.
* * *
Berlín. La sinfonía de una gran
ciudad, inició la moda más actual de encontrar el material
documental en el propio umbral: en hechos que no poseen para su
recomendación la novedad de lo desconocido, o el romance del salvaje
noble en un paisaje exótico. Representaba, tenuemente, el retorno del
romance a la realidad
De Berlín se informó diversamente
que fue hecha por Ruttmann, o comenzada por Ruttmann y terminada por
Freund; ciertamente, fue comenzada por Ruttmann.[2]
Con imágenes suaves y de ritmo preciso, un tren atravesaba mañanas
suburbanas entrando en Berlín. Las ruedas, los rieles, los detalles de la
locomotora, los cables telegráficos, los paisajes y otras simples imágenes
fluían en procesión, con ejemplos similares que ocasionalmente entraban
y salían del movimiento general. Seguía una secuencia de esos
movimientos que, en su efecto total, creaban en forma muy imponente la
historia de un día de Berlín. El día comenzaba con una procesión de
obreros, las fábricas puestas en marcha, las calles llenas de gente: el
mediodía urbano se convertía en un hervor de transeúntes que se
cruzaban y de tranvías. Había un descanso para comer: un intervalo
variado, con contrastes de ricos y de pobres. La ciudad comenzaba otra vez
a funcionar, y una lluvia en la tarde se convertía en un incidente
importante. La ciudad detenía su trabajo y, con otra procesión aún más
agitada de tabernas, de cabarets, de piernas bailarinas y de anuncios
comerciales iluminados, terminaba su día.
En la medida en que el film se
ocupaba principalmente de movimientos y de construir imágenes separadas
en otros movimientos, Ruttmann tenía razón en denominarlo una «sinfonía».
Significaba una ruptura con el relato que se pide prestado a la literatura
o con la pieza que se pide prestada al escenario teatral. En Berlín,
el cine fluía de acuerdo a sus energías más naturales, creando un
efecto dramático con la acumulación rítmica de sus observaciones
singulares. Tanto el Rien que les heures, de Cavalcanti, como el Ballet
mécanique, de Léger, llegaron antes que Berlín, ambas obras
con un intento similar de combinar imágenes en una secuencia de
movimientos que fuera emocionalmente satisfactoria. Ambas eran demasiado
dispersas y no habían dominado suficientemente el arte del montaje como
para crear la sensación de «marcha» que es necesaria en el género. La
sinfonía de la ciudad de Berlín era más amplia en sus movimientos y más
extensa en su visión.
Había una crítica contra Berlín
que, a su apreciación por un Filme excelente y por una forma nueva y
sorprendente, los críticos omitieron formular, y el tiempo no ha
justificado esa omisión. Con todo su frenesí de obreros y fábricas y
remolinos y ritmo de una gran ciudad, Berlín no creaba nada. 0
mejor, si es que creaba algo, ese algo era la lluvia que caía en la
tarde. La gente de la ciudad se levantaba espléndidamente, saltaba
impresionantemente dentro de sus cinco millones de aros, se volvía, y
después no surgía otro tema de Dios o del hombre que ese repentino
salpicar de la lluvia sobre las personas y los pavimentos.
Señalo esta crítica porque Berlín
excita todavía la mente juvenil, y la forma sinfónica es todavía su
inclinación más popular. De cincuenta proyectos presentados por
estudiantes novicios, cuarenta y cinco son sinfonías de Edimburgo, de
Ecclefechan, de París o de Praga. El día comienza; la gente va a
trabajar; las fábricas inician su tarea; los tranvías se entrecruzan;
llega la hora de comer; después otra vez las calles; algo de deporte si
es un sábado de tarde; luego la noche y el salón de baile. Y así, después
de que nada ha sucedido y de que posiblemente nada se haya dicho sobre
nada, a la cama: aunque Edimburgo sea la capital de un país y aunque
EccIefechan, por algún poder que hay dentro suyo, haya sido el lugar
donde nació Thomas Carlyle, en cierta manera uno de los mayores
exponentes de esta idea documental.
Los pequeños episodios cotidianos,
por bien que hayan sido sinfonizados, no son suficientes. Uno debe crecer,
más allá de lo que se hace y de su proceso, hasta la creación misma,
antes de llegar a golpear en las alturas del arte. En esa diferencia, la
creación no indica la fabricación de las cosas, sino la de las virtudes.
Y ahí está el tropiezo de los
principiantes. La apreciación crítica del movimiento es algo que pueden
construir fácilmente con su poder de observación, y ese poder puede
surgir de su propio buen gusto, pero la verdadera tarea comienza cuando
aplican los fines a su observación y a su movimiento. El artista no
necesita proponer los fines - esa es la tarea de un crítico -, sino que
los fines deben estar allí dando cuerpo a su descripción y dando una
finalidad (más allá del espacio y del tiempo) al fragmento de vida que
ha elegido. Para ese efecto mayor debe existir la fuerza de la poesía o
de la profecía. A falta de una u otra, en su mayor grado, debe existir
cuando menos el sentido sociológico que está implícito en la poesía y
en la profecía.
Los mejores de los principiantes lo
saben. Creen que la belleza llegará a su tiempo, para alojarse en una
afirmación que es honesta y lúcida, y honradamente sentida, y que llena
los mejores fines de la ciudadanía. Son lo bastante sensatos como para
concebir el arte como un subproducto de una tarea hecha. El esfuerzo
contrario de capturar primero el subproducto (la búsqueda consciente de
la belleza, la persecución del arte por el arte mismo, con exclusión del
trabajo y de otros comienzos pedestres) fue siempre un reflejo de la
riqueza egoísta, del lujo egoísta, de la decadencia estética.
Este sentido de responsabilidad
social hace de nuestro documental realista un arte preocupado y difícil, y
particularmente en una época como la nuestra. La tarea del documental
romántico es en comparación bastante fácil. Es fácil en el sentido en que
el salvaje noble es ya una figura romántica y en que las estaciones del
año han sido ya articuladas como poesía. Sus virtudes esenciales están
declaradas y pueden ser aún más fácilmente declaradas otra vez, y nadie
habrá de negarlas. Pero el documental realista, con sus calles y ciudades
y suburbios pobres, y mercados y comercios y fábricas, ha asumido para sí
mismo la tarea de hacer poesía donde ningún poeta entró antes y donde las
finalidades suficientes para los propósitos del arte no son fácilmente
observadas. Eso requiere no sólo gusto, sino también inspiración, lo que
supone decir, por cierto, un esfuerzo creativo laborioso, profundo en su
visión y en su simpatía
FILMES
CITADOS POR ORDEN DE APARICIÓN
Moana
(A Romance of the Golden Age / Moana, 1923-1925), de Robert J.
Flaherty.
La tierra (Zemlía, 1929), de Alexander P. Dovzhenko.
Turksib (Turksib, 1929), de Victor Turin.
Voyage au Congo (1927), de Marc Allegret y André Gide.
Chang (Chang, 1927), de Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper.
Rango (Rango, 1931), de Ernest B. Schoedsack.
Sombras blancas en los Mares del Sur (White Shadows in the South Seas,
1927-1928), de W. S. Van Dyke (con colaboración al principio de
Robert J. Flaherty).
Tabú (Tabu, 1929-1931), de F. W. Murnau.
Rien que les heures (1926), de Alberto Cavalcanti.
Ballet mécanique (1924-1925), de Fernand Léger
Notas
1.
Beyond Life, (1919) James Cabell. [VOLVER AL TEXTO]
2.
La dirección de Berlín, die Symphonie einer Grosstadt (1926-27)
ha sido atribuida oficialmente a Ruttman, con guión de él mismo y Karl
Freund, sobre una idea de Carl Mayer y la colaboración de todo un equipo
de operadores de cámara; también Ruttman y Freund hicieron cámara. Pero
en ese momento Freund era productor-supervisor de la Fox en Europa, lo que
hace probable que su gestión en Berlín haya sido decisiva.