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Octaedro 2003
La muerte le sienta bien
Como primera reflexión sobre En presencia de un payaso, hay que
decir que el estreno de la película de Bergman, aun en su copia en
video, es un auténtico acontecimiento. No solo por la importancia del
nombre de un director del que -para beneficio o perjuicio de la
historia del cine- se escribió y habló en exceso (sobre todo de sus
obsesiones temáticas), sino también porque nos permite apreciar que el
cine de Bergman -de acuerdo a las imágenes de su última película-
permanece intacto para que lo conozcan las nuevas generaciones.
En los últimos años, Bergman se refugió en su auténtica y gran pasión:
el teatro. Un mundo donde continuó con las adaptaciones de Strindberg,
Ibsen y Shakespeare, y que desde hace tiempo representa el ámbito
ideal para que el director siga explorando las temáticas que lo
hicieron célebre. Luego de su anunciado y rápidamente desmentido
retiro con Fanny y Alexander, Bergman filmó Después del
ensayo, una austera película de cámara que tiene más de un
parentesco con En presencia de un payaso.
Posteriormente, su nombre apareció en films de Liv Ullmann (Sofie),
del torpe Bille August (una copia clase "b" de Bergman) y de su hijo
Daniel, en la más que interesante Los niños del domingo. Por lo
tanto, se presentía que su trayectoria como realizador (En
presencia de un payaso fue filmada en video para la televisión
sueca) había culminado con las imágenes de Después del ensayo,
hace más de diez años, y que sería a través de la revisión de alguna
de sus casi cincuenta películas donde se volvería a las conclusiones
de siempre, aquellas que aún dividen a sus excedidos fanáticos y
detractores.
Hace unos años, El Amante realizó un extenso dossier en tres
partes (números 37, 38 y 39) donde se exponían con minuciosidad las
virtudes y los defectos del cine de Bergman. En varias notas del
dossier -de manera acertada- se hacía referencia a la ausencia de
humor en su obra -con la excepción de algunas brillantes comedias de
la década de los cincuenta- y a la incapacidad (o el desinterés) del
director por ironizar sobre sus obsesiones temáticas. Más aún: cuando
Bergman eligió reírse de sí mismo, concibió Ni hablar de esas
mujeres, una de sus peores películas.
En presencia de un payaso, al fin, trae a un Bergman ligero,
descontracturado, sin la postura seria que lo hizo célebre y famoso,
mofándose de su prestigio y de sus temas más reconocibles (la pareja,
el paso del tiempo, la muerte, el silencio de Dios, las relaciones
entre el cine y el teatro, la representación). Uno de los tantos
íconos bergmanianos es la cadavérica Muerte de El séptimo sello,
un personaje presuroso por obtener la compañía del caballero medieval
que encarna Max Von Sydow y con el que juega más de una partida de
ajedrez. Esa obsesión por la muerte también la tiene el inquieto Carl
Akerblom, de temporada en un instituto psiquiátrico luego de haber
intentado asesinar a su mujer. Pero Carl, después de una visita de la
Muerte, tiene otras intenciones: filmar la primera película sonora
junto al profesor Osvald Vogler, también internado pero por otros
motivos.
Esta breve síntesis de la primera parte de En presencia de un
payaso puede confundirse con otros títulos de Bergman. Sin
embargo, en este caso, la Muerte está representada por un clown
sonriente y macabro que le muestra las tetas al conflictuado Carl. Con
este punto de partida, ya estamos ante un Bergman más relajado,
picaresco y juvenil. El rostro adusto del personaje de El séptimo
sello se transforma en la siniestra simpatía de un payaso al que
Carl le ruega que tenga sexo con él. Sorpresa mayor en el cine de
Bergman: Carl y la Muerte protagonizan una escena sexual, donde el
personaje central de la película aleja los fantasmas que lo acosaban
durante su internación.
Efectivamente, se está frente a una película de Bergman donde se dan
cita todos los temas que lo vienen preocupando desde hace más de
cincuenta años de cine. Sin embargo, con En presencia de un payaso
se tiene una sensación diferente: los años trajeron una vivacidad y un
humor infrecuentes en el director. Luego de sodomizar una de las
obsesiones que lo persiguieron en su trayectoria como director,
Bergman desarrolla una historia estimulante y vital, con un personaje
carismástico en plena actividad (Carl) que desea traducir en imágenes
los últimos días de Schubert, el gran compositor clásico que murió de
sífilis. Sin embargo, el tono farsesco sigue siendo el mismo del
comienzo.
En la presentación de la película filmada por Carl y Osvald, un
desperfecto de la luz hará que, frente a los sorprendidos espectadores
que concurrieron a la cita, el cine le deje su lugar al teatro. Este
tramo de
En presencia de un payaso vuelve a demostrar las preferencias de
Bergman por un mundo que conoce como pocos. Sin embargo, cada detalle
de la puesta en escena -expresada mediante una cámara que se mueve
solo lo necesario-, el uso de una luz de fuertes connotaciones
expresionistas y la perfecta composición dentro del plano resumen, por
si fuera necesario, las virtudes formales del último film del
director. Una vez que la compañia teatral de Carl termina su función,
los espectadores se acercan para saludar al director y a los actores.
Como si Bergman le estuviera hablando a sus defensores más
respetuosos, En presencia de un payaso vuelve a elegir el
camino de la ironía. Una mujer se acerca a Carl y le comenta que la
obra le pareció interesante y que la pasó bien, pero que también
durante un rato se quedó dormida. A los ochenta años, Bergman abandona
su actitud de oráculo reflexivo, serio y presuntuoso para hablar de sí
mismo de la manera más irónica. Bienvenido a la comedia negra, Ingmar.
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