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Cine / Cinema
En presencia de un payaso, de Ingmar Bergman
Gustavo J Castagna

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Fuente Octaedro 2003

La muerte le sienta bien
Como primera reflexión sobre En presencia de un payaso, hay que decir que el estreno de la película de Bergman, aun en su copia en video, es un auténtico acontecimiento. No solo por la importancia del nombre de un director del que -para beneficio o perjuicio de la historia del cine- se escribió y habló en exceso (sobre todo de sus obsesiones temáticas), sino también porque nos permite apreciar que el cine de Bergman -de acuerdo a las imágenes de su última película- permanece intacto para que lo conozcan las nuevas generaciones.

En los últimos años, Bergman se refugió en su auténtica y gran pasión: el teatro. Un mundo donde continuó con las adaptaciones de Strindberg, Ibsen y Shakespeare, y que desde hace tiempo representa el ámbito ideal para que el director siga explorando las temáticas que lo hicieron célebre. Luego de su anunciado y rápidamente desmentido retiro con Fanny y Alexander, Bergman filmó Después del ensayo, una austera película de cámara que tiene más de un parentesco con En presencia de un payaso.

Posteriormente, su nombre apareció en films de Liv Ullmann (Sofie), del torpe Bille August (una copia clase "b" de Bergman) y de su hijo Daniel, en la más que interesante Los niños del domingo. Por lo tanto, se presentía que su trayectoria como realizador (En presencia de un payaso fue filmada en video para la televisión sueca) había culminado con las imágenes de Después del ensayo, hace más de diez años, y que sería a través de la revisión de alguna de sus casi cincuenta películas donde se volvería a las conclusiones de siempre, aquellas que aún dividen a sus excedidos fanáticos y detractores.

Hace unos años, El Amante realizó un extenso dossier en tres partes (números 37, 38 y 39) donde se exponían con minuciosidad las virtudes y los defectos del cine de Bergman. En varias notas del dossier -de manera acertada- se hacía referencia a la ausencia de humor en su obra -con la excepción de algunas brillantes comedias de la década de los cincuenta- y a la incapacidad (o el desinterés) del director por ironizar sobre sus obsesiones temáticas. Más aún: cuando Bergman eligió reírse de sí mismo, concibió Ni hablar de esas mujeres, una de sus peores películas.

En presencia de un payaso, al fin, trae a un Bergman ligero, descontracturado, sin la postura seria que lo hizo célebre y famoso, mofándose de su prestigio y de sus temas más reconocibles (la pareja, el paso del tiempo, la muerte, el silencio de Dios, las relaciones entre el cine y el teatro, la representación). Uno de los tantos íconos bergmanianos es la cadavérica Muerte de El séptimo sello, un personaje presuroso por obtener la compañía del caballero medieval que encarna Max Von Sydow y con el que juega más de una partida de ajedrez. Esa obsesión por la muerte también la tiene el inquieto Carl Akerblom, de temporada en un instituto psiquiátrico luego de haber intentado asesinar a su mujer. Pero Carl, después de una visita de la Muerte, tiene otras intenciones: filmar la primera película sonora junto al profesor Osvald Vogler, también internado pero por otros motivos.

Esta breve síntesis de la primera parte de En presencia de un payaso puede confundirse con otros títulos de Bergman. Sin embargo, en este caso, la Muerte está representada por un clown sonriente y macabro que le muestra las tetas al conflictuado Carl. Con este punto de partida, ya estamos ante un Bergman más relajado, picaresco y juvenil. El rostro adusto del personaje de El séptimo sello se transforma en la siniestra simpatía de un payaso al que Carl le ruega que tenga sexo con él. Sorpresa mayor en el cine de Bergman: Carl y la Muerte protagonizan una escena sexual, donde el personaje central de la película aleja los fantasmas que lo acosaban durante su internación.

Efectivamente, se está frente a una película de Bergman donde se dan cita todos los temas que lo vienen preocupando desde hace más de cincuenta años de cine. Sin embargo, con En presencia de un payaso se tiene una sensación diferente: los años trajeron una vivacidad y un humor infrecuentes en el director. Luego de sodomizar una de las obsesiones que lo persiguieron en su trayectoria como director, Bergman desarrolla una historia estimulante y vital, con un personaje carismástico en plena actividad (Carl) que desea traducir en imágenes los últimos días de Schubert, el gran compositor clásico que murió de sífilis. Sin embargo, el tono farsesco sigue siendo el mismo del comienzo.

En la presentación de la película filmada por Carl y Osvald, un desperfecto de la luz hará que, frente a los sorprendidos espectadores que concurrieron a la cita, el cine le deje su lugar al teatro. Este tramo de En presencia de un payaso vuelve a demostrar las preferencias de Bergman por un mundo que conoce como pocos. Sin embargo, cada detalle de la puesta en escena -expresada mediante una cámara que se mueve solo lo necesario-, el uso de una luz de fuertes connotaciones expresionistas y la perfecta composición dentro del plano resumen, por si fuera necesario, las virtudes formales del último film del director. Una vez que la compañia teatral de Carl termina su función, los espectadores se acercan para saludar al director y a los actores. Como si Bergman le estuviera hablando a sus defensores más respetuosos, En presencia de un payaso vuelve a elegir el camino de la ironía. Una mujer se acerca a Carl y le comenta que la obra le pareció interesante y que la pasó bien, pero que también durante un rato se quedó dormida. A los ochenta años, Bergman abandona su actitud de oráculo reflexivo, serio y presuntuoso para hablar de sí mismo de la manera más irónica. Bienvenido a la comedia negra, Ingmar.

 

 

 

 

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