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Fue un cineasta que buscaba a dios en el interior de los
hombres imperfectos y de los inocentes. El desembarco de su obra en Buenos
Aires, a partir de los años 50, provocó rechazos entre los cinéfilos
locales. Una batalla que ganó el genio de Bresson.
Los años 50.
Justo en la mitad del siglo pasado. Guerra en Corea, Mao Tse Tung en China
y televisión, Fundación Eva Perón, Año del Libertador General San
Martín y ruidos de sables en la Argentina. Los años de plomo todavía
estaban lejos y los fanáticos del cine se refugiaban en el Club Gente de
Cine con sus inolvidables funciones los sábados en trasnoche en el cine
Biarritz y el café antes y después en el Goya. En suma, todo lo que el
viento se llevó. Todo estaba bien hasta que una noche se desató una
polémica apasionada ante el estreno en el cine club del tercer film de un
director, nacido en 1907, y que Jean Mitry calificaría como el cineasta
más jansenista del cine francés. Ya habían circulado, si la memoria no
me falla, copias en 16 mm de sus dos primeros films provenientes de la por
entonces muy bien surtida Cinemateca de la Embajada de Francia. Ellos
eran: Los ángeles del pecado (1943) según un argumento original del
Reverendo Padre Bruckenberger, con diálogos y adaptación del propio
Bresson y el dramaturgo Jean Giraudoux, y Las damas del bosque de Boulogne
(1944) basado en un pasaje de la obra de Diderot Jacques le Fataliste, con
guión de Bresson, diálogos de Jean Cocteau y la imagen inolvidable de
María Casares. Su película siguiente, El diario de un cura de campaña,
filmada en 1950, venía con más laureles. Estaba basada en una obra de
Georges Bernanos y había logrado tres importantes distinciones: el León
de Oro en Venecia, el Premio de la Oficina Católica Internacional del
Cine y el premio Louis-Delluc.
Bresson se rodeaba de literatos, respetaba profundamente la letra y el
espíritu de sus textos y eso fue interpretado como una sumisión del cine
hacia la literatura. Los cinéfilos más refractarios hacia este nuevo
estilo publicaron en la primera plana del periódico Gente de Cine, de
junio de 1951, una especie de manifiesto virulento desde su título: El
diario (para leer) de un cura de campaña. Con este film, era evidente que
Bresson renovaba el concepto de adaptación cinematográfica, ya que las
imágenes nacían del texto de Bernanos en vez de ilustrarlo, con estilo
helado y despojado de todo artificio teatral.
Pero sus detractores porteños opinaban que era difícil juzgarlo como
cine, ya que lo consideraban totalmente ajeno a él. "Las obras de
Bresson –decían– muestran a un director inseguro, con absoluta
sumisión al texto y casi diríamos miedo ante el autor, sin personalidad
propia –signo distintivo de cuanto genio ha nacido–." La
polémica había surgido y los autores del artículo contribuyeron
involuntariamente a establecer el nombre de Bresson. El interés era tan
grande, que el Cine Club Núcleo consiguió una copia de El diario de un
cura rural sin subtítulos en castellano y la exhibió un miércoles en
trasnoche en el desaparecido cine Dilecto de la avenida Córdoba y logró
un lleno total, con gente sentada en los pasillos
La defensa de Truffaut
Los discutidos conceptos del estilo bressoniano fueron
defendidos en 1954 por un joven de 22 años, llamado François Truffaut,
en la revista Cahiers du Cinema en un artículo titulado Una cierta
tendencia del cine francés, que era un demoledor –y un poco injusto,
por momentos– ataque a dos famosos guionistas llamados Jean Aurenche y
Pierre Bost, autores y adaptadores de películas como El diablo y la dama
y Juegos prohibidos, entre muchas otras. Truffaut era un fanático del
cine, pero también, como apasionado lector, un defensor del texto
literario, de la obra de Bresson, y un enemigo de adaptadores o guionistas
que pudiesen tergiversar el espíritu de un film. La batalla la ganó sin
duda Bresson, y esa falsa antinomia entre cine y literatura se fue
superando con el tiempo. Hoy en día, hay fracasados intentos como el de
un inquieto director norteamericano llamado Russell Rouse, quien filmó en
1952 El ladrón, con Ray Milland, un film sonoro sin diálogos que dio
como resultado no una exaltación de la imagen sino una película
totalmente artificial. Ya que hablar, como diría Borges, es una costumbre
que suele tener la gente. Cuando el cine era mudo, los personajes hablaban
en los entretítulos y sólo pocos genios (como Murnau en La última
carcajada) pudieron prescindir de ellos.
Pero sigamos con Bresson.
En 1986, se reencontró una copia de un hasta entonces desconocido film de
Bresson. Se llamaba Affaires publiques. Era un cortometraje cómico
filmado en 1934 y, según Claude Beylie, no tenía el rigor estilístico
de los films de su madurez. Se trataba de un film inspirado en el René
Clair de Entreacto o Para nosotros la libertad, con gags visuales y
sonoros sobre la historia de un dictador de opereta que provoca
catástrofes y ceremonias ridículas al intentar llevar a la gloria a la
imaginaria república de Crogandie. Era una parodia de ciertos noticieros
donde aparecían caricaturas de los dictadores que querían imponer al
mundo un nuevo orden "espiritual" y temporal
Vida y obra
Bresson tuvo una larga vida. Nacido en 1907, cuando el
arte del cine y su lenguaje estaban en pañales, tardó nueve años en
llegar a su primer largometraje luego de realizar su única película
cómica. Filmó, como otros grandes cineastas –Dreyer, Eisenstein o
Ermanno Olmi–, muy pocas películas, y le bastó con Un condenado a
muerte se escapa, producida seis años después de El diario... para
lograr su perfección estilística. Vendrían luego, sin prisa y sin
pausa, sus otras magníficas películas, muchas de ellas no estrenadas
nunca comercialmente en la Argentina. Siguiendo lo que él llamaba su
movimiento interior, buscó a Dios entre los hombres imperfectos y
también en los inocentes.
Pickpocket (la historia de un carterista), film de objetos, ruidos y la
búsqueda de una gracia que va por donde ella quiere, es de 1959, año de
eclosión de la Nouvelle Vague francesa, y se convierte en una obra al
límite de la perfección y guía de muchos jóvenes creadores.
En El proceso de Juana de Arco (1961) intenta escapar de la influencia de
la obra maestra de Carl Dreyer, narrando minuciosamente los detalles del
proceso y rehusando toda psicología para descifrar el misterio
inescrutable de Juana.
Cinco años deben pasar para que en 1966 aparezca Al azar Baltasar, donde
todos los vicios de la humanidad se muestran a través de una historia, en
su film más abstracto y revelador.
En Mouchette (1967) vuelve a Georges Bernanos, cuya novela es trasladada
para narrar la historia de una muchacha, hija de un contrabandista
borracho y una madre devorada lentamente por la tuberculosis, que es
humillada por todos y cuya rebelión Bresson detalla con una rigurosidad
rayana en la impiedad.
Una mujer dulce (1969), basada en Dostoievski, es, ante todo, una
meditación sobre la pareja moderna, sobre la soledad y la incomunicación
de los seres humanos. Austero y revelador, es al mismo tiempo uno de sus
films más atractivos.
Confieso que no he visto Quatre nuits d'un reveur, de 1971, también
basado en Dostoievski y sus Noches blancas, camino que también recorrió
el gran Luchino Visconti. Según Stéphan Krezinski, "Bresson adapta
el contexto romántico, voluntariamente florido y casi sensiblero (pero
con una buena dosis de perversión) de la novela de Dostoievski,
ambientándola en el marco del movimento pacífico hippie de los años
70... El film vale sobre todo por la poesía y la magia de las escenas
nocturnas sobre el Pont-Neuf, cuando un bateau-mouche ilumina el paisaje
al ritmo de una envolvente canción brasileña." Concluye opinando
que la versión de Bresson no llega a la extraña y apasionante
adaptación de Luchino Visconti. Otro film que nunca pude ver es El diablo
probablemente (1978), una obra muy dura y sin concesiones que narra la
terrible historia de un estudiante parisino que no encuentra la razón de
vivir ni en Dios, ni en el amor, ni en el sexo, ni en la política. Su
vida termina, pagándole a un drogado para que lo mate en un cementerio.
En Lancelot du Lac (1974) Bresson sorprende con un estilo virtuoso, casi
brutal en la narración, desconcertando a sus seguidores hasta que logra
atraparlos en esta parábola sobre la tragedia de la vida y la muerte, la
imposibilidad del amor y el terrible silencio de Dios.
En 1983 finaliza la carrera de Bresson con Líargent (El dinero), una
película en la que vuelve a su estilo riguroso, seco e implacable, para
narrar sin concesiones una historia sobre la sociedad contemporánea y
desenmascararla sin piedad, sirviéndose de una historia de León Tolstoi.
En diciembre de 1999 murió este creador singular
* Salvador Sammaritano
es periodista, crítico de cine y de música. En 1975, fue fundador del
Cine Club Núcleo
Robert Bresson, de
la luz a las tinieblas
Alberto Ramos
Aunque el encuentro definitivo con la obra
completa de Bresson es todavía una asignatura pendiente entre nosotros,
la breve muestra del director francés que ha programado el festival de La
Habana es una ocasión excepcional para acercarse de nuevo a uno de los más
fascinantes paradigmas de grandeza que ha conocido el cine e introducir a
los que aún la desconocen en una obra difícil y esquiva, pero al final
invariablemente generosa con la sensibilidad del espectador más exigente.
Ubicar a Bresson entre los “viejos” de la Nueva Ola (Tati, Melville,
Franju, Becker) apenas sirve para cumplir una obligación insoslayable en
cualquier cronología. No fue una figura más o menos innovadora, sino el
creador de un sistema conceptual que revisó a fondo la esencia
audiovisual del cine, a su modo de ver contaminada desde los orígenes por
una malsana teatralidad que le es ajena, lo cual fue suficiente para
confinarlo al ostracismo, voluntario pero propicio, desde donde pudo
entregarnos, con sólo trece filmes rodados en cuarenta años, una de las
contribuciones más influyentes en la historia del cine moderno. Pues
aunque su soledad, alimentada por una incomprensión que aún persiste,
hizo que su obra se enfocase al inicio de manera dispersa y unilateral,
sin atender a la admirable cohesión que interrelaciona los temas que
siempre le obsesionaron del entramado formal en que quedan expuestos, el
no crear escuela le ha asegurado paradójicamente una gozosa e indefinida
permanencia. Su huella no cesa de reconocerse de una u otra manera en
todas las generaciones que le han seguido: Tarkovski, Straub, Erice,
Doillon, Schrader, Yanagimachi, Egoyan, Sokurov, Assayas, Hartley, Kaurismäki,
Tarr, Omirbaev...
Toda su obra se centra en unos pocos temas: la posibilidad de redención
en un mundo bárbaro y hostil, la soledad y el sufrimiento de los
inocentes, el conflicto entre predestinación y libre albedrío. Su
carrera recorre el camino inverso a la promesa cristiana: va de la luz a
las tinieblas, de la esperanza que se anuncia al final de Diario de un
cura rural, cuando sobre una humilde cruz que llena la pantalla se anuncia
como en una epifanía “Todo es gracia”, hasta el desesperado pesimismo
que testimonian sus últimos filmes, donde el Mal se impone con la fuerza
de un destino inexorable. No hay más que remitirse al título de su penúltimo
filme, extraído de una conversación anónima que se escucha en un ómnibus.
Alguien comenta: “No culpen al gobierno, estamos manejados por las
masas. En otras palabras, por nosotros mismos”. Otra voz insiste: “En
el fondo, quién nos guía?” . “Fuerzas oscuras” es la respuesta y
otro concluye “El diablo, probablemente”.
En sus dos primeros filmes, Los ángeles del pecado y Las damas del bosque
de Bolonia, Bresson se mantuvo aún dentro del canon vigente del cine
francés: exquisitas adaptaciones (Cocteau, Giradoux), fotografía
refinada, actores famosos (Maria Casarès). A partir de Diario de un cura
rural sobrevino una rápida ruptura con estas premisas. Pronto emerge el
estilo que identificará a su cine en lo adelante, con el cual estos temas
hallarán el tratamiento idóneo para ser expresados. Para decirlo con sus
propias palabras: “Esperaba hacer un filme sobre objetos, que al mismo
tiempo tendrían un alma. Esto es, llegar a lo último a través de lo
primero”. Prescinde de actores profesionales, entrena a sus intérpretes
–los llama “modelos”- hasta aniquilar todo rastro de actuación en
el sentido convencional, convirtiéndolos en autómatas carentes de emoción,
con una dicción neutra, lineal; minimiza los movimientos de cámara y los
sustituye por una prodigiosa sucesión de planos cortos que encuadran con
minuciosidad objetos aislados, espacios vacíos, partes del cuerpo humano;
independiza el sonido de la imagen, y llega al punto de negarla y
reemplazarla por aquel. Los diálogos se vuelven escasos mientras el
silencio adquiere un considerable valor expresivo; sus filmes son
verdaderas partituras de efectos sonoros registrados en su mayor pureza,
donde la música (Monteverdi, Bach, Lully, Purcell) casi siempre evoca la
presencia de lo divino. Su estilo de edición, que se ha hecho famoso por
la absoluta precisión y el ritmo casi hipnótico que logra, abunda en
elipsis sorprendentes, donde la acción se comprime, las transiciones se
violentan y el clímax queda resumido con una escueta alusión. Y sin
embargo, la radical heterodoxia de su método conduce a los resultados más
extraordinarios en tanto que la propuesta se traduce muchas veces en su
contrario: minimalismo-plenitud, fragmentación-integralidad,
inexpresividad-emoción, laconismo-densidad, atención al detalle
externo-profundidad, confinamiento físico-libertad del espíritu,
naturalismo-abstracción, todo lo cual viene a ser como segmentos de un
solo motivo central: la fecunda y misteriosa dicotomía entre inmanencia y
trascendencia.
Volver a este cine es imprescindible. Al encuentro de Bresson, ese “loco
de Dios” (1Cor 4:10), como una vez lo llamó Tarkovski colocándolo
junto a Bach y Miguel Angel entre los más grandes poetas del espíritu,
vamos persuadidos por el magisterio fundador y vivificante de los clásicos.
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