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Fuente: Este artículo esta publicado en [CD-ROM] Educación para la
comunicación. Televisión y multimedia. Máster de Televisión Educativa
y Corporación Multimedia, con la colaboración de UNICEF, Madrid - 2002,
ISBN 84-89096-01-5
1. Declaración de intenciones
“Después de la verdad, no hay nada tan bello como la ficción”
(Antonio Machado)
Los géneros cinematográficos son mecanismos culturales que facilitan
el conocimiento previo de la obra que el lector o espectador escoge para
su deleite. Provienen de categorías artísticas clásicas que facilitaban
la producción de la obra al mismo tiempo que su consumo. Estas categorías
culturales se encuentran presentes en todos los modelos de creación
literaria desde la Grecia clásica, incluso antes de que fueron explícitamente
desarrolladas por el filósofo griego Aristóteles en su Poética. Con la
llegada del cine y de las otras artes narrativas industrializadas (como el
cómic, el periodismo o la literatura en entregas), estos mecanismos
culturales se radicalizan y se convierten en sólidos nexos de carácter
económico.
Los códigos diegéticos, los elementos narrativos, los planteamientos
argumentales, las iconografías, las preocupaciones temáticas o la
utilización de materiales ficticios o reales delimitan las fronteras
entre un género y otro. Dentro del llamado cine de ficción, los géneros
clásicos se conforman durante las etapas del cine de los años treinta y
cuarenta para diluirse poco a poco, según se van contaminando las
diversas categorías que les diferenciaban. Los mecanismos clásicos de género
cumplían primordialmente funciones narrativas: disminuyendo y
seleccionando la inmensa variedad de posibilidades argumentales, con
objeto de facilitar la lectura y la comprensión del texto.
Estas funciones narrativas establecían a su vez un pacto de tipo
comunicativo, estableciendo un duradero puente de unión entre la producción
de sentido por el creador y las expectativas del lector. Sin embargo, la
función más decisiva no será solamente la que implica una interrelación
cultural entre el fabricante de películas y el espectador, sino la función
económica, pues el mecanismo de género concita al menos dos fuertes
intereses de tipo económico: en primer lugar, una cierta garantía de
audiencia, que se fideliza al conocer las claves de lo que desea que le
narren y que por tanto garantiza también en cierta manera el éxito de
taquilla; en segundo lugar, una disminución de los costes de producción,
al permitir a las empresas productoras especializarse en un género o en
otro abaratando los precios de fabricación de los películas.
Ahora bien, como antes señalábamos, estos mecanismos clásicos
comenzaron a diluirse en el decadente Hollywood de los años cincuenta y,
ya en la actualidad, salvo resurrecciones meramente nostálgicas, los géneros
de antaño se encuentran muy contaminados unos por otros o han dado lugar
a metagéneros o subgéneros cuyas fronteras son demasiado débiles como
para establecer clasificaciones férreas. Por esta razón incluso las
distinciones que en principio pueden aparecer como más luminosas y
clarificadoras (ficción frente a no ficción, realismo frente a fantasía)
pueden ser también las más engañosas.
El estudio del género documental y de sus códigos nos lleva a
reflexiones que replantean nuestras concepciones básicas sobre los géneros,
porque -a pesar de sus evidentes diferencias- entre el documental y la
ficción no existen fronteras claras. En el enfrentamiento “documental
frente a ficción” se nos presentan matices para el análisis que
parecen esclarecer con facilidad los dos géneros: la realidad filmada a
la natural frente a la realidad “fabricada” para ser fotografiada; la
espectacularización de la acción frente a la acción cotidiana o real;
los códigos “realistas” frente a los verosímiles; etc. Sin embargo,
tras la duda más inocente, la trampa suele estar al acecho: cualquier
frontera entre esos dos grandes géneros se desvanece en cuanto se
profundiza en ello con espíritu crítico.
Desde los inicios del cinematógrafo, el historiador puede dudar de la
honestidad de los hermanos Lumière: la supuesta realidad filmada por los
inventores, ¿no podría estar manipulada por el mejor de los
argumentistas y los obreros que salen de la fábrica ser comparsas de una
mágica farsa? Por otra parte, en la más inverosímil de las películas
de ficción argumental ¿la realidad inventada no constituye a su vez un
auténtico testimonio documental de algo que existió? Como sentenciaba irónicamente
un lúcido Orson Welles en su excelente y poco conocida película (¿documental
o ficción?) F for fake: “los mentirosos profesionales esperamos poder
ofrecer la verdad”. La paradoja está servida y merece la pena
reflexionar sobre ella, porque seguramente no hay nada tan engañoso como
una evidencia y porque –también con bastante probabilidad- ninguna
mentira es nunca tan real como la proyectada en una pantalla de cine.
2. Los principios
El pueblo mexicano, especialmente mordaz en todo lo que se refiere a la
vida política y a sus dirigentes, ha hecho popular una anécdota que se
cuenta con gracejo en cualquier reunión en la que esté presente algún
extranjero: la de aquel mandatario que subió al balcón para saludar a
sus electores y al decir, con todo convencimiento, "Señores, vengo a
hablarles de realidades", quedó sumido en la mayor de las
perplejidades mientras escuchaba la respuesta de su desconfiada audiencia
que gritaba al unísono: "¡No, por favor; más realidades no; échenos
alguna promesa...!"
Tras más de cien años de cultura cinematográfica, tras haber
asimilado millones de horas de narraciones fílmicas pasadas por el tamiz
de la ficción mágica y onírica, cuesta trabajo creer que el primitivo
cine de los pioneros no hubiera nacido con la innata vocación de narrar
historias, de desarrollar argumentos de ficción y de convertir las
penosas realidades cotidianas en ensoñaciones liberadoras. Sin embargo,
es bastante más probable que aquellos ya lejanos descubridores
(contagiados de ese "hambre de realidad" (2) que caracterizaba
la época del cambio de siglo) concibieran y se esforzaran en definir su
invento poniendo más énfasis en sus virtudes como medio de registro
documental de la realidad circundante que en sus infinitas posibilidades
como un auténtico medio de expresión y comunicación, con vocación de
utilizar novedosos procedimientos específicos para relatar historias
inventadas. Ya se trate de una realidad bien documentada o de una simple y
curiosa anécdota imaginada, lo cierto es que los historiadores siempre
recurren a explicar los sentimientos de los inventores del cinematógrafo
con una simpática leyenda: la del visionario mecánico y dibujante G. Méliés
(quizá el primer hombre en el mundo capaz de presentir las posibilidades
que el nuevo aparato presentado en París iba a tener para la futura
cultura del espectáculo) pidiéndole al padre de los hermanos Lumiére
que le vendiera la patente de su invento de "fotografías
animadas" y obteniendo una respuesta "profética" del
progenitor comercial del invento: "Agradézcamelo, joven. Mi invento
no está en venta; para usted sería la ruina... pues, una vez pasada la
fiebre de la novedad, esto no servirá más que para la documentación
científica" (3)
Pero, como los asistentes al discurso del político mexicano, el
primitivo espectador cinematográfico de la época, pronto tomará partido
en la primera polémica suscitada. Entre las dos emergentes escuelas
pioneras (la del "realismo" de los reporteros del equipo de los
Lumiére y la de los "films fantásticos" del mago Méliés) el
público se decantará por las películas del malabarista: por la ensoñación,
por la sorpresa, por la magia de la mentira... por la ficción. Y luego
exigirá más: la entrada del cinematógrafo por los barrocos umbrales de
la cultura burguesa, de la narración que asume muchos de los códigos de
la novela, del teatro y de la ópera. Y el espectador cinematográfico se
colocará el traje de gala para asistir al fingimiento de las luces y las
sombras al mismo tiempo que el acomodador se enfunda la librea; y el
"actor" se convertirá en "estrella" en el mismo
momento en el que el profesor de música, junto a sus compañeros de la
orquesta sinfónica, se acomode en el foso del gran teatro cinematográfico
atildándose la pajarita de seda negra. (4)
3. Lo real y lo ficticio
“Entre el documental y la ficción hay una frontera aparentemente
cruda, pero en ella se entablan batallas capitales”
(Javier Maqua)
De lo que si podemos estar más seguros, en una etapa en la que el cine
ya se asienta definitivamente como un arte burgués y las películas se
convierten en sueños públicos compartidos, es que las primeras
matizaciones entre el cine documental y el de ficción no surgen del
enfrentamiento de una "posición estética" (artística) frente
a una "actitud social" (de compromiso con la realidad), sino más
bien de dos actitudes estéticas contrapuestas o, simplemente, de dos
diferentes formas expresivas de utilización del material que recoge la cámara.
Pues, como muy bien señala Bazin, " No hay "realismo" en
arte que no sea ya en su comienzo profundamente "estético". (5)
Así, cuando la realidad irrumpe en las novedosas pantallas blancas,
cuando las cámaras de los pioneros abren una ventana al mundo en
movimiento, una de las más viejas aspiraciones de la humanidad se ha
visto colmada: la reproducción "cuasi-perfecta" del mundo real.
Sin embargo, como señala Santos Zunzunegui, no es la realidad lo que se
despliega ante los atónitos ojos del "nuevo espectador" sino
simplemente un fingimiento, una ficción... Y, precisamente por ello,
"el desarrollo autónomo del cine se vincula directamente a su
capacidad no de reproducir mecánicamente una realidad dada sino de
espectacularizarla, de convertirla en ficción" (6), mientras que el
documental (originariamente, en francés, “documentaire”) queda
relegado al tratamiento informativo de la actualidad, a las llamadas
“actualidades o noticias filmadas” y a las películas de viajes,
siempre como complemento y nunca protagonista de los futuros programas
cinematográficos.
4. El documental
“El cine debe recrear y analizar la realidad cotidiana para
organizarla nuevamente y para mostrar su sentido profundo”
(Roberto Rosellini)
Será John Grierson, en una crítica a la película Moana de Robert
Flaherty, quien alumbre el término que hoy conocemos como documental (documentary),
quien reivindique con ese término una nueva categoría cinematográfica y
quien, en definitiva, asigne una verdadera significación cinematográfica
a su primitiva traducción francesa, "documentaire", que –pese
a haber sido usada con anterioridad- mantenía cierta confusión al
referirse globalmente a todo film que tiene carácter de documento o que
se apoya en documentos “realistas” sin manipular.
Porque si bien Grierson, en su primer artículo sobre el asunto,
comenta: Moana constituye una relación visual de acontecimientos que
ocurren en la vida cotidiana de un joven polinésico y tiene, por eso,
valor documental" (7), dándole esa calificativo en general a todos
los films que han sido construidos con materia realista (lo registrado
"al natural" con la cámara y no recreado en un estudio), muy
pronto, en sus reflexiones sobre los Principios fundamentales del cine
documental, el crítico y teórico reservará ese lustroso apellido para
las películas en las que exista una verdadera "elaboración y
transfiguración creativa de la realidad".
Probablemente será aquí (en esa consideración estética del cine
documental como "elaborador y transfigurador creativo" de la
realidad) donde se encuentre el auténtico meollo de la cuestión.
Repasando la historia del cine documental, una vez superada la primitiva
fase de las actualidades filmadas, observamos que durante la Primera
Guerra
Mundial los gobiernos advierten la necesidad de utilizar los antiguos
"documentaires" como medios de información y propaganda, pero
inmediatamente después, tras la consecución de la paz, es cuando surgen
los documentalistas que configuran las escuelas que consolidaran el género.
Cineastas dispuestos a encontrar un estilo y un punto de vista propios
al cine de "no-ficción" y a desarrollar esa engañosa capacidad
de trasfigurar creativamente la realidad filmada sin que ésta pierda su
carácter de “realidad al natural”. Por ejemplo, Flaherty, con Nanouk
(1922) y con Moana (1926), dispuesto a combinar el documental poético con
el cine etnológico. Cooper y Schoedsack, con Grass (1925), sobre las
migraciones de una tribu persa; y con Chang (1927), filmada en una selva
del Siam. El soviético Dziga Vertov, que pone en práctica sus teorías
sobre el "cine-ojo", en Kino-Glas (1924) y, sobre todo, en El
hombre de la cámara (1929). Joris Ivens, con sus primeras películas
experimentales -La lluvia (1929), El puente (1928), Las espumas del mar
(1929)- en las que ya se advierte una decidida coherencia y un serio
compromiso político. W. Rummann, con su impresionante largometraje de
1927 Berlín, sinfonía de una gran ciudad. Y muchos otros como Jean Vigo,
Grémillon, Louis de Rochemont, Eptsein, Rouch y el propio Grierson,
convertido en abanderado teórico y defensor del género, que había
fundado la escuela documentalista británica con su famoso Drifters.
Todos ellos, sea cual sea su opción política y su grado de compromiso
con la realidad que les circunda, comprometidos también en una clara opción
estética: la recreación verdaderamente creativa (física, moral y
emocional) de esa realidad y no su mera reproducción en imágenes.
Porque como señala, José Luis Borau, con evidente lucidez y acierto:
"La realidad no constituye -¡nunca!- una imagen en sí misma. Una
imagen es una interpretación de la realidad.
La imagen hay que construirla componiendo la realidad, manejando y
combinando unos elementos que colocados y utilizados de manera concreta, y
no de otra, reflejan ciertas condiciones, reproduzcan tal o cual sensación,
al tiempo que puedan interpretarse en un determinado sentido". (8)
Entonces, la diferencia entre documental y ficción ya no habrá que
buscarla ingenuamente en la que pudiera existir entre historia fingida
("creada") e historia verdadera ("real"), puesto que
tanto el cine documental como el de ficción "recrean" e
"inventan" sus historias. Cierto es que el material y las
finalidades en que ambas "categorías" (o mejor, ambas formas de
entender el cine) se basan son distintas y que es esa "distinción"
precisamente la que nos permite clasificarlos. Sin embargo, las cosas
pueden no ser tan sencillas como aparentemente parecen.
5. La realidad como referente y el efecto cámara
“El cine es algo que permite enrollar el mundo real en un carrete
para poder desenvolverlo cual si fuera una alfombra mágica”
(Marshall Mac Luhan)
En un primer acercamiento, lo que parece colegirse de una manera lógica
es que el referente del cine documental es precisamente la realidad
filmada "al natural", sin artificios que la deformen: aquello
que, sin el apoyo de la cámara y de los demás aparatos cinematográficos,
podríamos ver con nuestros propios ojos si asistiéramos al
acontecimiento narrado. Por contra, el cine de ficción sólo puede tener
su referente en él mismo, en la propia historia imaginada y creada
(recreada, ambientada, hecha materialidad) en un estudio o en escenarios
naturales (mediante la previa transformación de esos escenarios según la
lógica narrativa de la historia inventada).
Con respecto al referente, el cine de ficción es auténticamente
autosuficiente: no necesita de una realidad preexistente, pues él mismo
la crea (en la preparación de la película) para fotografiarla
posteriormente (durante el rodaje). Esta autosuficiencia le otorgará, por
ello, una consideración doblemente irreal: irrealidad por lo que
representa (la historia y los personajes que, inventados, son
"materializados" de forma previa al propio rodaje) y por la
forma de representarlo: como toda imagen, es una recreación artística de
esa realidad que ha sido previamente "construida" para ese fin.
La irrealidad del cine documental sólo parecería encontrarse, en
principio, en la forma de representar en imágenes una realidad
"existente" (al margen de la propia filmación de la película)
y no "creada ex-profeso" para esa filmación; en la elaboración
"cinematográfica" (iluminación, montaje, encuadre, angulación,
ritmo, etc.) de la materialidad "real". Sin embargo, la mayoría
de las veces el interés del cine documental se encuentra precisamente en
el descubrimiento de aspectos absolutamente desconocidos de la realidad.
¿Cuántas veces -e incluimos las películas citadas de Flaherty, Vertov,
Rutmmann, etc.- la fascinación que esos documentales ejercen en el
espectador no aparece fuertemente condicionada por los aspectos de
exotismo, novedad y desconocimiento que el público tiene de la
"supuesta" realidad fotografiada?. O, para no remitirnos siempre
al pasado, ¿cuántas veces el moderno cine documental no nos descubre
aspectos inéditos de la realidad (micro y macrofotografía, cámaras
lentas y rápidas, filmaciones desde satélites, etc.) o aspectos de la
realidad que, por su lejanía o inexcrutabilidad, nunca van a ser
descubiertos por el ojo humano mediante la visión natural? (9)
En definitiva, el problema del referente cinematográfico -ya sea para
el film de ficción o para el documental- se traslada de lo que podríamos
considerar la "realidad existente" a la realidad aceptada como
verosímil por el espectador: "la veracidad". Ahora bien, si lo
que importa es la veracidad, el espectador asumirá la
"supuesta" verdad del cine documental por tres razones: por el
grado de respeto que las imágenes a las que se hagan referencia mantengan
con la realidad que el público conoce; por su especial estética de
iluminación, pues -como señala S. Kracauer- "el hecho de que sus imágenes
se parezcan a las fotografías instantáneas es lo que las hace aparecer
como auténticos documentos" (10) -; y por la no utilización de
determinados códigos cinematográficos asumidos a priori por el
espectador como parte del lenguaje de la ficción, pero que resultarían
“inverosímiles” en la realidad; por ejemplo el montaje en
“plano-contraplano”, que delataría con celeridad la manipulación
“ficticia” de las
Imágenes. (11)
En la ficción cinematográfica, por contra, el grado de verosimilitud
y de veracidad no estará en absoluto relacionado con su respeto a la
realidad. La autosuficiencia del relato cinematográfico ficcionado, de la
que antes hablábamos, le confiere una característica muy especial: si su
único referente real es la propia ficción, su verosimilitud y su
credibilidad dependerá exclusivamente de su grado de respeto a los códigos
establecidos y reconocibles de la sociedad a la que se dirija la obra,
aunque esos códigos hayan sido desarrollados -"efecto corpus"-
por las obras y films anteriores, por un sistema creativo-industrial de
fabricar imágenes, sin ningún grado de correspondencia efectiva con la
"verdadera" realidad.
No obstante, la supuesta solidez de este razonamiento se torna frágil
con sólo introducir una nueva duda: ¿Hasta qué punto el espectador
asume e identifica esos códigos de realismo o verosimilitud por sí
mismo, independientemente del "marchamo de género" (del rótulo)
que ha clasificado de antemano el film? No deberíamos, quizá, plantear
la cuestión desde otra perspectiva: el público cinematográfico
identifica que lo que se le está relatando es una porción de realidad
sin manipular sólo en el caso de que la película cumpla y desarrolle
unos códigos que la clasifiquen dentro del género documental. Por
contra, asumirá la "realidad ficcionada", identificará que lo
que se relata es una supuesta ficción (por más real que pueda parecer)
si esa ficción fotografiada cumple las convenciones del llamado cine
argumental; esto es, si el argumento ficcionado se sitúa por encima de la
realidad que ha quedado plasmada en la pantalla, si la manera como está
explotado ("relatado") el material y la finalidad del film dejan
descubrir la existencia de un autor que nos quiere "contar" una
ficción argumental.
En definitiva, si hay alguien que previamente le coloca, en cada caso,
en la posición correcta: "va usted a asistir a un espectáculo
ficticio o va usted a ver la realidad tal cual es".
Argumentos semejantes podríamos esgrimir cuando se dilucida la cuestión
de lo que los teóricos han dado en llamar el efecto cámara. La
existencia de la cámara anularía cualquier matización entre el
documental y la ficción, pues la realidad quedaría siempre alterada al
advertir la presencia del equipo de rodaje por pequeño que éste fuera. Sólo
las naturalezas muertas, los cadáveres o los paisajes sin habitar podrían
ser fotografiados sin que la presencia de la cámara alterara su
“naturalidad”. El ámbito del “documental puro” sólo sería
posible en sociedades absolutamente primitivas que desconocieran la
posibilidad de ser filmadas.
Pero ni siquiera Flaherty, Murnau y otros documentalistas pioneros
tuvieron la suerte de contar con “nativos inocentes”. El mito del
efecto cámara nulo podría equiparse al mito del “buen salvaje”. La
experiencia demuestra que sólo la cámara oculta –y quizá ya ni
siquiera eso, pues tampoco el espectador es inocente- podría considerarse
documental puro. En el otro extremo se encontraría en ámbito de la ficción
pura. Desde el punto de vista del efecto cámara, nos hallaríamos en ese
territorio de la “ficción total” cuando toda la realidad –sin
excepción- haya sido creada para ser fotografiada el rodaje:
probablemente en este caso sólo se encontrarían los dibujos animados y
algunos ejemplos específicos de ficciones fantásticas.
6. Acción argumental
“El documental comienza con el documento y termina con el
argumento”
(Manuel Villegas López)
Sin embargo, no se debe caer en la ingenuidad de pensar que el cine
documental se diferencia del cine de ficción por su carencia de
argumento. Recurrentemente se ha podido hablar de cine argumental (ficción)
frente a cine no argumental (documental). Confusión que sólo es
consecuencia del desconocimiento de algunas de las reglas de la narración
cinematográfica y, por descontado, de los códigos del cine documental; o
simplemente de una equiparación mecánica del documental con algunos
sectores del cine experimental o no-argumental.
Más clara y certera resultará entonces la clasificación de Nöel
Burch, cuando habla de películas que manejan "argumentos de ficción"
frente a películas que desarrollan "argumentos de no-ficción"
(12). Porque, en definitiva, resulta cuanto menos peligroso desgajar
cualquier narración cinematográfica de la noción de argumento como
"elemento unificador" y como "hecho o conflicto básico que
conduce la acción desde el principio hasta el final" (13). O,
porque, siguiendo un razonamiento orteguiano, "nuestra capacidad para
recibir y absorber un suceso será más perfecta si participamos
emocionalmente de él".
Y, por ello, el cine documental no deja casi nunca de recurrir a
procedimientos "narrativos", que sostengan el interés del
espectador: "dramatizando" las situaciones, dando coherencia
"argumental" a historias verídicas o introduciendo
"suspense" e incertidumbre en el relato, para conseguir la
identificación del público con aquello que se narra.
El reciente estreno de la película En construcción, de José Luis
Guerín es un clarificador ejemplo de este planteamiento. Con estricto
material documental, pero con planteamientos argumentales que le llevan a
solicitar a sus personajes reales que, en ocasiones, se comporten como
actores e interpreten, Guerín y su equipo “construyen” una ficción
documental realmente sorprendente.
También, como muy bien ha expresado Bazin al analizar la película
sobre la expedición del Kon Tiki, la fascinación que pueden ejercer
sobre el espectador algunos documentales históricos o científicos no se
basa tanto en filmar la novedad o el exotismo como en "narrar"
las dificultades del operador y el equipo para filmar la acción, en
"relatar" los peligros que acechan al investigador cuando se
enfrenta a los extraños monstruos que viven y pueblan los fondos marinos.
En palabras del crítico francés, "no se trata tanto de estar
fotografiando el tiburón sino -lo más importante- de fotografiar el
peligro" (14). Y esta noción de peligro es la que conduce a la
identificación del público con lo que está viendo, la que
"dramatiza" el documental, la que "ficcionaliza" la
realidad.
Nos movemos de nuevo en terrenos resbaladizos, pues esa afirmación
sobre la necesaria "acción dramática" de cualquier documental,
que parece tan bien razonada por el teórico francés, puede resultar muy
polémica cuando se analiza el problema desde otra perspectiva, o cuando
se trata de defender también la veracidad del cine de ficción.
Clarividentes son, en este sentido, las siguientes palabras de José Luis
Borau: "En el cine documental, la acción dramática no existe, la
situación que se describe no evoluciona aunque implique en si misma
muchas acciones diferentes. El documental es el género más ficticio de
todos; no porque la situación que describa no sea real o mienta sobre
ella, sino porque procede a suspenderla en el espacio y en el tiempo para
hacer un análisis de laboratorio, lo que puede ser muy útil y científico,
pero no deja de ser irreal.
En cambio, una película de ficción, un drama, inventado a voluntad
del creador, permite hablar o trabajar con entera libertad, respetar,
distorsionar o cambiar la realidad, pero es más real y tiene más vida
que un documental.
Por tanto, no necesariamente una película que tenga componentes
documentales será más real que otra completamente de ficción o que no
posea tales ingredientes" (15).
7. El actor y el personaje
“El minero haciendo de minero no es realista”
(Jean Renoir)
“Lo que interesa al hombre es el hombre”
(Pascal)
La ya citada experiencia de Guerín o, por ejemplo, las películas del
realismo británico (Ken Loach o Stephen Frears), en las que los actores
logran registros tan naturalistas que el espectador queda confundido sin
saber si los que interpretan a los personajes ficticios son actores y
actrices o los auténticos personajes representados, nos lleva a
indefectiblemente a reflexionar sobre las diferencias entre estos dos géneros
desde el punto de vista interpretativo.
Nos aparecen al menos cuatro categorías. En el ámbito de la ficción
pura es siempre necesario el actor o la actriz que bajo el disfraz
interpreta a un personaje externo (que no es él mismo) y que puede ser
real (haber existido en la realidad al margen del rodaje) o absolutamente
ficticio (inventado por los guionistas). En la ficción que pretende ser
realista pueden darse dos supuestos: el del actor o actriz que de manera
naturalista logra parecer no ser actor y ser el propio personaje (caso de
los británicos citados); o el de la persona de la calle que actúa, bajo
las órdenes del director, fingiendo ser un personaje: caso del
neorrealismo italiano, que buscaba la naturalidad escogiendo gente de la
calle que interpretara, al mismo tiempo que se les exigía a los actores
profesionales que lograran registros “naturales”.
Por el contrario, en el ámbito del documental estricto, el
protagonista es un personaje genérico que no interpreta, sino que vive su
propia vida y es fotografiado en ese proceso cotidiano. Por último, y
para rizar el rizo, el documental televisivo ha puesto de moda un nuevo género,
el docudrama, en el que el personaje real se interpreta a sí mismo (con
registros de actor o actriz), o hace de sí mismo, con un guión previo
muy bien estudiado. Pero, además, en los intersticios de estas cuatro
categorías podemos experimentar como se nos antoje: el citado documental
de Guerín, En construcción, es de nuevo un buen ejemplo de una propuesta
a medio camino entre la ficcionalización del documento y la
documentalización de la ficción. Una película indefinible que derrocha
talento y que vuelve a poner el dedo en la llaga sobre la cuestión de la
veracidad: quizá porque paradójicamente cuanto más se parece el cine a
la vida es cuando más tiende a engañarnos.
8. La morbosa seducción de la mentira
“Todos los cretenses son mentirosos”
(Epiménides, el cretense)
Porque quizá sea ese el único “quid” de la cuestión: la polémica
sobre la capacidad del cine (tanto el documental como el de ficción) para
mentir o para expresar la verdad. Un asunto que no es nuevo y cuya discusión
podría remitirnos un par de milenios atrás, cuando el más efectivo
medio de comunicación del hombre era el lenguaje verbal. Ya entonces, filósofos
como Gorgias de Leontini denunciaban su utilización como sutil
instrumento de manipulación con expresiones tan bellas como éstas:
"La palabra es un poderoso tirano, capaz de realizar las obras más
divinas, a pesar de ser el más pequeño e invisible de los cuerpos. En
efecto, es capaz de apaciguar el miedo, eliminar el dolor, producir la
alegría y excitar la compasión" (16).
Dos mil años después, la polémica continúa abierta y cualquier
literato con talento puede, con cierta ironía sofista, trasladar el
problema hacia el cine y otros medios de comunicación audiovisuales, en
defensa -precisamente- de la palabra: "...las gentes de orden desdeñan
los cuadros y los libros y esgrimen como un antídoto y un cetro el mando
a distancia del televisor: lo que aparece en el no tiene nada que ver con
la literatura y, por tanto, es la verdad (...) Es sabido que una imagen
vale más que mil palabras: lo que dicen las palabras no puede verse, es
una materia fácilmente contaminada por los anteojos de la imaginación.
Las imágenes, en cambio, llevan impreso un certificado de veracidad (...)
Nadie nos lo ha contado, lo han visto nuestros ojos, con la misma certeza
con que vemos las caras de nuestros amigos, igual que nos vemos nosotros
mismos en el espejo (...) así veía el público de los cinematógrafos de
1898 las batallas navales y los combates cuerpo a cuerpo de su ejército
expedicionario contra los soldados españoles en Cuba.
Que los barcos fueran de juguete, y los soldados comparsas, y el Caribe
un estanque, no disminuía la verosimilitud de aquellos noticiarios
urdidos por W. Randolph Hearst para excitar el belicismo de sus
compatriotas (...) Lo que nos parece la pura realidad ha resultado ser un
efecto óptico: desde ahora, la mirada se detendrá en las cosas con
recelo, y habrá quien comprenda que en la indagación de la verdad muy
pocas armas hay tan afiladas como las que suministra la ficción"
(17).
Y el cine (el ejemplo de un manipulador Randolph Hearst inventándose y
fotografiando una guerra es paradigmático) ha sido siempre una afilada
arma para convertir la realidad en ficción... o para convertir la mayor
de las mentiras en una maravillosa realidad. Como en la clásica paradoja
de Epiménides el cretense, el cine es –permítasenos la licencia
literaria un mentiroso convulsivo que nos engaña con una maravillosa
sinceridad. No oculta nunca su capacidad para convertir en ensoñaciones mágicas
las más perversas realidades ni para hacer pasar por documentos reales
las fantasías más imaginativas. Pero nos propone dejarnos llevar por la
morbosa fascinación que en nosotros, los espectadores, ejerce esa magia
del invento cinematográfico ... y nos dejamos engañar con evidente
facilidad.
Desde los mismos comienzos del cine: mientras la imaginación de Méliés
nos hacía soñar que un viaje a la luna era tan real como desayunar en
nuestro propio comedor, el documentalista Lumière se burlaba de nuestra
ingenuidad llenando los vagones de su famoso tren, que llegaba a la estación
de Lyon, con una comparsa de falsos viajeros que no eran otra cosa que
empleados de la firma, vestidos y atildados por una empresa dedicada a la
figuración teatral. Desde las películas más espectaculares de la
historia, en sus escenas más realistas: Francis Coppola, según ha
demostrado un reciente documental sobre el rodaje de Apocalypse Now,
utilizó los helicópteros del dictador filipino Marcos para rodar las
impresionantes secuencias del ballet aéreo al ritmo de la música de
Wagner, sin que ningún buen conocedor del sofisticado armamento americano
se sintiera embaucado por ello.
O desde las pantallas televisivas en los más serios, sesudos y
prestigiosos telediarios: aquél patético pato cormorán que agonizaba bañado
en el petróleo kuwaití y agredía nuestras ecologistas conciencias,
durante la guerra del Golfo Pérsico, no había sido filmado allí... Todo
era un montaje cinematográfico bien urdido por algunos grupos defensores
de la naturaleza que encontraron así un buen método para sensibilizar al
mundo sobre la tragedia que "realmente" se le venía encima.
Pero, al mismo tiempo, el cine documental ya muy maduro gracias a su
popularización televisiva, ha sido capaz de reflexionar sobre sí mismo
jugando con sus propios códigos y mecanismos. Así, a partir del ya
citado documental de Orson Welles, F for Fake (Fraude), en el que el
maestro norteamericano hilvana con materiales documentales la maravillosa
ficción de un Picasso enamorado de Oja Kodar, los caminos del género
documental se abren en un abanico de infinitas posibilidades creativas.
Los falsos documentales cinematográficos de Basilio Martín Patino,
producidos por Canal Sur; o los del australiano Peter Jackson, que logra
estrenar en todos los canales especializados en documentales televisivos
de todo el mundo una película titulada La verdadera historia del cine, en
la que sin alterar uno sólo de los códigos del género confecciona una
inmensa mentira sobre el descubrimiento y la evolución del cine; o los ya
citados experimentos de José Luis Guerín son muestras interesantes de
esa metareflexión del documental sobre sus auténticas posibilidades.
Por otro lado, el cine ha creado ya un "imaginario
colectivo", tan real como la propia realidad... o tan imaginado como
sus propias películas de ficción. Los espectadores de todas las
nacionalidades comparten una idéntica noción de realidad fingida
("filmada"). Ya nadie es capaz de "apearnos del
burro": pese a quien pese, para el ciudadano del siglo XX, los
sombreros de los "cow-boys" son los que llevaba John Wayne,
aunque no se parezcan en nada a los que les servían a los colonizadores
americanos para defenderse del sol... Para el público educado con el
cine, Cleopatra tendrá, ya para siempre, el rostro inmaculado de la bella
Elizabeth Taylor; los romanos se parecerán a Victor Mature, el mítico
rostro de Cristóbal Colón (que nunca fue retratado en vida) se confundirá
con la faz del francés Depardieu y los estibadores portuarios americanos
con la de Marlon Brando. O, rizando de nuevo el rizo, llegaremos a
concluir que el personaje más conocido del planeta y el rostro más
exportable del cine fabricado en Hollywood ha sido durante mucho tiempo un
ser virtual: el ratón Mickey Mouse (18).
Pero lo que no sirve para mentir tampoco puede servir para decir la
verdad. Y el cine –en su grandeza- aporta tanta verdad (incluso en sus
películas de ficción) como manipulación de la realidad (en sus películas
documentales). Probablemente por la sencilla razón de que es un arte
-"la más real e irreal de todas las artes" (19) - y su valor
reside en hacer de su realidad un maravillosa mentira y de sus sueños la
mayor de las verdades. Un ejemplo muy popular puede constituirse en auténtico
paradigma de esta paradoja. JFK, una película de recreación ficticia de
una serie de hechos históricos, que utiliza al mismo tiempo material
"estrictamente documental" (como la famosa película Zapruder o
como los fragmentos de noticieros cinematográficos) y material
"estrictamente ficticio" (personajes y hechos sin paralelismo en
la realidad reconstruida), no se recata tampoco en utilizar la trampa
visual de presentar hechos no reales con técnicas fotográficas
"veristas" (falsos documentales) que confunden al espectador y
le sumergen en un "puzzle" de datos que pretenden confirmar
"históricamente" una tesis central: la de que el presidente
Kennedy fue asesinado por una conspiración internacional en la que
participó activamente la CIA y el ex- presidente Johnson.
Pese a la polémica suscitada con esta película, no es posible ocultar
que Oliver Stone ha tenido la habilidad de utilizar el cine -¡el de ficción!-
para reescribir la historia; y que "mezclando imágenes de archivo
con reconstrucciones ficticias... Stone ha logrado lo que hasta ahora más
de seiscientos ensayos escritos sobre el tema parecían no haber
conseguido, es decir: mover a la opinión pública a presionar de tal
manera al Estado Norteamericano hasta obligarle a reconsiderar su postura
polemizando la visión del pasado..." (20)
9. Reflexión final
"El pintor que pinta un perro como el suyo no tiene un cuadro y
un perro, sino dos perros"
(José Luis Borau)
“(...) Habiendo tantos hombres que se ocupan de buscar la verdad,
yo me intereso exclusivamente en comprender la mentira. A la realidad no
se la captura: cuando el hombre cree haber capturado la realidad, sólo
tiene la ficción. El pájaro disecado no es el pájaro que vuela. El
hombre pertenece a la realidad, pero sólo la ficción pertenece al
hombre. Y ninguna ficción está más cerca que otra de la realidad”
(Gonzalo Suárez)
El debate y la polémica permanecen abiertos. Las fronteras entre el
documental y la ficción se mantienen tan difusas como el sentido profundo
de estas curiosas y enigmáticas citas de José Luis Borau sobre la
realidad (el perro) y el arte (el cuadro) y de Gonzalo Suárez sobre la
ficción, la mentira y la verdad. Obviamente, la película documental es
ficción, en tanto ficcionaliza y dramatiza la realidad fotografiada en su
recreación artística y su búsqueda de sentido. Mientras tanto, la película
de ficción es documental porque -lo pretenda o no- se convierte en fiel
notario de una realidad imaginada; o, si se prefiere, porque se convierte
en un documental imaginario de una verdadera realidad: la
"recreada" por un equipo técnico y artístico.
En ningún caso, por supuesto, estas reflexiones han pretendido ir más
allá de la mera presentación de algunas ideas que permitan iniciar o
retomar un diálogo teórico sobre estos aspectos con intenciones didácticas.
Sólo una conclusión parece válida, y es probable que sea excesivamente
provisional pese a ser recurrentemente formulada por muchos estudiosos y
teóricos del cine (21): toda imagen es un documento...pero todo film es
una ficción, tanto por lo que representa (realidad fingida, realidad
desconocida o realidad verídica manipulada) como por la forma de
representarlo (su transfiguración creativa en imágenes).
Sea como fuere, la polémica sobre la ficción y la realidad cinematográfica
permanecerá siempre abierta; precisamente porque en esa maravillosa ambigüedad
del cine (realidad/irrealidad) se encuentra la esencia y la capacidad de
fascinación de este arte.
Y en el arte, las ideas de verdad y engaño no tienen nada que ver con
sus homónimos el mundo real, sino con el talento, el compromiso y el
grado de honestidad de los hombres y las mujeres que lo crean para el
deleite y disfrute del resto de la humanidad.
Notas
1- Este artículo, que surge como resumen de lo explicado en los
seminarios del Máster, tiene su origen en dos trabajos ya publicados por
el mismo autor y de los cuales se han tomado bastantes párrafos y epígrafes
de manera literal: “Realidades y ficciones. Notas para una reflexión teórica
sobre el documental”, en Revista de Ciencias de la Información, número
10. UCM, 1994, páginas 162 a 173; y La morbosa seducción de la mentira,
en Revista Academia, número 14, abril de 1996, páginas 44 a 49.
2- La idea del "hambre de realidad" de la sociedad del siglo
XIX ha sido tomada de A. Hauser, quien la expresa con lucidez en su
Historia de la Literatura y del Arte. Ed. Labor. Madrid, 1985 (19ª ed.)
3- Ver C.W. Ceram: Arqueología del cine. Ed. Destino. Barcelona, 1965.
En este libro, como en muchos otros, se reproduce esta anécdota que, sin
embargo, es posible que sea absolutamente falsa. Pero, como bien señalaba
el entrañable periodista, personaje de la mítica película de John Ford:
“Cuando la leyenda supera a la realidad, nosotros imprimimos la
leyenda”
4- Como veremos inmediatamente, la ficción cinematográfica
–realista o fantasiosa- vencerá definitivamente al documental.
Probablemente porque –como ya hemos señalado y como acertadamente
propone Román Gubern- el cine tiene más paralelismos con lo onírico de
lo que a primera vista parece y casi siempre refleja con mayor exactitud
las ensoñaciones de los espectadores que sus realidades: “Los filmes, más
que reflejos de una sociedad, lo son de los ensueños colectivos de esa
sociedad. El cine más que un espejo documental de la realidad social, es
sobre todo espejo de un imaginario colectivo configurado por los deseos,
frustraciones, creencias, aversiones y obsesiones de los sujetos que
componen su población” (Román Gubern: Espejo de fantasmas. Espasa,
1993).
5- Bazin ¿Qué es el cine? Ed. Rialp. Madrid, 1966.
6- Santos Zunzunegui, en "Imagen, documental, ficción", en
Revista de Ciencias de la Información. Madrid, 1985.
7- Aristarco: Historia de las ideas cinematográficas. Ed. Lumen.
Barcelona, 1968.
8- Ver Carlos F. Heredero José Luis Borau: Teoría y práctica de un
cineasta. Filmoteca Española. Madrid, 1990.
9- Consideraciones similares a las aquí expuestas se encuentran
expresadas por diversos autores, entre ellos Aumont y otros, Op. cit. .
10- Siegfried Kracauer Teoría del cine Ed. Paidós. Buenos
Aires/Barcelona, 1989.
11- Experiencias como la película El proyecto de la bruja de Blair,
que pretendía sumergir al espectador en una supuesta película documental
realizada por los propios protagonistas queda en evidencia precisamente
por la utilización del campo-contracampo.
12- Nöel Burch Praxis del cine Ed. Fundamentos. Madrid, 1985.
13- Simon Feldman Guión argumental, guión documental Ed. Gedisa.
Madrid, 1990.
14- André Bazin, Op. cit.
15- José Luis Borau, en Carlos F. Heredero, Op. cit.
16- Gorgias de Leontini, en Elegía a Helena, citado por J.M. Navarro y
Tomás Calvo, en Historia de la Filosofía. Ed. Anaya. Madrid, 1981
17- A. Muñoz Molina, en "Ver para creer", en el Diario El País,
sábado 16 de marzo de 1991.
18- Cees J. Hamelink cita al ratón de Disney como el personaje más
popular de toda la cultura occidental, por delante incluso de Madona y
Michael Jackson, en su trabajo publicado en Comunicación Social 1991.
Tendencias. Fundesco. Madrid, 1991.
19- Frank D. Mc Connell El cine y la imaginación romántica Ed.
Gustavo Gili. Barcelona, 1977.
20- Edmon Roch: "JFK, polémica abierta", en Revista
Filmhistoria. Volumen II, Número 2. Centro de Investigaciones Cinematográficas.
Barcelona, 1992.
21- Ver por ejemplo Aumont y otros: Estética del cine. Ed. Paidós.
Barcelona, 1985. Por su parte, Zunzunegui, Bazin y Aristarco, en las obras
citadas anteriormente, plantean reflexiones similares. |