Google

Avizora - Atajo Google

Cine / Cinema
Reportajes y Entrevistas
Claude Chabrol

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

ENLACES RECOMENDADOS:

- Aproximación a Claude Chabrol
-
Nouvelle Vague
-
Ettore Scola
-
Emir Kusturica
-
H Marcuse: El lenguaje funcional

 

Google

Avizora - Atajo Google


.
Chabrol

0705 - "No puedo hacer películas sin crímenes" - Diego Lerer

Desde El bello Sergio, título de 1958 que para muchos representa el verdadero inicio de la Nouvelle Vague —o, al menos, la película que marca el primer filme como director de uno de los miembros de la revista Cahiers du Cinéma, Claude Chabrol ha logrado convertirse en uno de los clásicos indiscutidos del cine francés.

A los 75 años, el veterano pero jovial Chabrol ya se ha creado todo un personaje en torno a sí mismo: su calva, su sonrisa pícara, su pipa o cigarro, su humor cáustico, su inteligencia. Conocedor y estudioso de la obra de Alfred Hitchcock, no extrañaría que el director de La ceremonia, Madame Bovary y El carnicero haya buscado conscientemente convertirse en una versión francesa del realizador de Vértigo.

Como casi todos sus más de 60 largometrajes para cine y televisión, La dama de honor, película de 2004 que se estrena en breve en la Argentina —Chabrol ya tiene lista otra más— puede incluirse dentro del género del suspenso y el misterio. Aquí vuelve a basarse en una novela de Ruth Rendell (la autora de La ceremonia, acaso la película que confirmó su retorno al mejor cine tras una bastante olvidable década del '80) para contar la historia de Philippe (Benoit Magimel, el actor de La profesora de piano, recomendado a Chabrol por Isabelle Huppert, su coestrella de aquel filme), un hombre que se enamora perdidamente de una "dama de honor" en la boda de su hermana mayor. La peculiar chica en cuestión, Senta (interpretada por Laura Smet, hija de la extraña pareja que compusieron alguna vez la actriz Nathalie Baye y el rockero francés Johnny Halliday) resulta bastante provocativa y misteriosa, involucrando al bueno de Philippe en asuntos criminales bastante complicados.

Un filme "hitchcockiano" de pura cepa (¿o ya a esta altura habrá que decir "chabroliano"?), La dama de honor se presentó en el último Festival de San Sebastián, donde el simpático y amable realizador habló con Clarín de esta película, de su personal forma de entender el cine, de cómo hace para trabajar con su familia, y de su tan mentada relación con el maestro del suspenso.

Se podría pensar que la película remite a dos clásicos de Alfred Hitchcock como son "Festín diabólico" y "Extraños en un tren". ¿Usted ve también esa conexión?

La verdad es que no lo veo tanto. En Festín diabólico, los jóvenes criminales tienen una actitud nietzscheana de clase dominante respecto al crimen que van a cometer. Eso no pasa con Senta. Ella se ve fuera del mundo normal y sus reglas son justificables desde su particular punto de vista. La idea de matar por placer puede ser similar, pero los personajes de la película de Hitchcock están integrados a la sociedad. Ella, en cambio, vive totalmente afuera y se comporta de una manera bastante extraña. Es aterradora pero, a la vez, pura.

¿Pero qué pasa con el tema del intercambio de crímenes...?

Sí, el intercambio de crímenes es de Hitchcock, pero en Extraños en un tren hay un elemento malsano que aquí no reconozco. Veo la peligrosidad del personaje, pero no la falta de moral ni la sinrazón. Hay puntos comunes, pero hay más diferencias. Te podría decir que es bastante más cercana a Tangled Web, la novela de Cecil Day-Lewis (escrita, como La bestia debe morir, bajo el seudónimo de Nicholas Blake), en lo que respecta al tema del intercambio de crímenes y sus consecuencias.

Hay otro tipo de relatos de misterio a los que usted no se ha acercado mucho, como los de Raymond Chandler o Dashiel Hammett. ¿Por algún motivo en particular?

Tal vez porque esos relatos son muy (norte) americanos. No me veo rodando en los Estados Unidos. Pero les tengo gran admiración a esos novelistas que usted cita. Leo muchas novelas policiales y ellos son dos grandes maestros. Para ir a algo más actual: Río Místico, por ejemplo, también tiene esa calidad y esa cosa "norteamericana". Y Eastwood la adaptó de una forma impresionante, si bien le reprocho su trato con los personajes femeninos...

Uno podría cambiar el ángulo y pensar que "La dama de honor" es, más que cualquier otra cosa, una historia de amor loco...

Sí, claro, pero el amor para mí no tiene nada que ver con el romanticismo. Yo los veo como términos antagónicos. El amor entre los protagonistas no tiene nada de romance. Nada. El romance es un edulcorante del amor. El de ellos es un gran amor cuando deja de ser romántico. A mí no me gusta el romanticismo, pero sí, se podría decir que es una película de amor que incluye un crimen. Sé que el crimen está para que la gente se enganche con la historia. Es una ayuda para que la gente no sienta que pierde el tiempo viendo la película (risas).

¿Podría, a esta altura de su carrera, hacer una película que no incluya en su trama algún tipo de asesinato o de actividad criminal?

Hay gente que puede hacer buenas películas sin crímenes y les salen bien. La verdad es que yo no puedo. Cuando miro la televisión, por ejemplo, presto atención solamente cuando hay algún crimen. Y juego también un poco con eso en mis películas. Sé que eso atrapa la atención.

Pero también sus películas incorporan permanentemente elementos cómicos, irónicos, que les cambian el tono a las historias...

Siempre me he reído mucho con las cosas que me pasan en la vida. Tiendo más a reírme que a llorar. Eso ahora se recrudeció todavía más con la edad. Voy envejeciendo y las cosas me van pareciendo cada vez menos serias, en realidad. Me gusta rescatar los elementos cómicos del mundo. Podemos describir el mundo como comedia o como tragedia. Pero también podemos pensarlo como algo simplemente plano, o directamente idiota. Eso sí, depende de la edad y del temperamento que tenga cada uno.

Usted hablaba antes del machismo en la película de Clint Eastwood y uno no puede dejar de notar que en este filme, como en muchísimos otros suyos, hay una mirada muy compleja e interesante del universo femenino, con mujeres fuertes y dominantes. ¿Qué es lo que lo fascina de las mujeres y de su mundo?

El mundo en el que vivimos es terriblemente machista, masculino, y creo que la vida de las mujeres es mucho más interesante, mucho más rica. Hasta en la vida cotidiana les pasan cosas más extravagantes, rarísimas. Y si bien en mis películas hay mujeres que matan, asesinas, yo no las considero peligrosas. Veo sus actos más como una forma de supervivencia. Tal vez sobrevivan en la locura, pero son sinceras con lo que hacen y sienten.

En la opinión de muchos especialistas, el "buen momento" que Chabrol viene manteniendo en la última década tiene que ver con saber elegir mejor sus proyectos (antes era de "agarrar cualquier cosa que le ofrecían"), trabajar con actores más talentosos y reconocidos, y mantener un equipo de trabajo regular, desde la producción hasta los técnicos pasando por el gran director de fotografía Eduardo Serra. Equipo que, además, incluye varios miembros de la extendida familia del realizador. El explica su importancia.

Un gran colaborador suyo reciente es el director de fotografía portugués Eduardo Serra, con quien trabajó aquí por cuarta vez. ¿Qué cree usted que él le aporta a su cine?

Mucha tensión porque nos llevamos realmente muy mal (risas). No, es broma. Es excelente en lo suyo, de los directores de fotografía que entienden todo sin que tengas que explicarle absolutamente nada. Sabe que no me gustan los planos generales y busca los elementos poéticos necesarios. La imagen ayuda mucho a las películas. Eso es una gran verdad, aunque algunos piensen al revés. Pero Eduardo ahora es una gran estrella. Vive yendo a los Estados Unidos y tiene muy poco tiempo para mí.

En sus equipos de trabajo cada vez incluye más miembros de su familia. En este filme vuelve a actuar su hijo Thomas, la música la hace Matthieu (otro hijo), su mujer Aurore colaboró con el guión y una hija de ella (Cécile) fue su asistente. ¿Logran trabajar en armonía todos juntos?

Sí, claro. Nos queremos mucho, nos llevamos bien. Y aparte son todos muy buenos en lo que hacen. Son excelentes, realmente. No soy un tipo masoquista. Al contrario, quiero pasarla bien en los rodajes. Y con ellos nos entendemos y nos llevamos bien. Por eso trabajan conmigo, porque con ellos me divierto
. - Clarín

 

1000 - Chabrol - Didier Péron y Jean-Marc Lalanne

París, Place des Vosges, donde tiene su residencia, en el café-restaurant Ma Bourgogne, al que concurre habitualmente, Claude Chabrol, 70 años, habla de su nuevo film (el número 52, sin contar la veintena realizada para TV), y de sí mismo, sacudido cada tanto por su famosa risa, mitad jovial, mitad sarcástica

¿Se reconoce en el mito de “Chabrol, pintor de costumbres burguesas”? ¿No cree que la burguesía cambió desde la época de sus comienzos cinematográficos?

No me reconozco para nada en esa imagen, pero vuelve sin cesar, de modo que decidí no luchar más contra ella. La gente confunde la intriga con el medio en que se desarrolla. Mi centro de interés no se encuentra allí. Sitúo mis films en los medios que conozco, con gente de dinero, con poder, y cuyo sueño es comprarse un nuevo coche, eso es todo... Pero no me interesa la sociología.

Sin embargo, en su momento, presentó a La ceremonia como un film político...

Porque me irritaba el discurso que se escuchaba un poco por todos lados, eso de que ya no había más lucha de clases. Me parecía algo así como un discurso de los dominadores, de los señores declarando a sus súbditos que la servidumbre ya no existía, como en un sueño. Es fácil decir estas cosas cuando no se tiene que pasar el plumero en casa de otro. Entonces, quería mostrar el punto de vista de aquellos que no son patrones y son explotados. Por mi parte, detesto la explotación más que ninguna otra cosa.

¿Cómo fue su colaboración con el productor Marin Karmitz?

Veo la asociación de ideas. Eso es lo que intento, precisamente... no dejarme explotar [risas]. En este caso me resulta fácil, dado que Marin Karmitz me deja una gran libertad, incluso a veces ayudándome a encontrar soluciones para ciertos proyectos. En un film anterior, desbloqueó completamente un gran problema de escritura, aconsejándome amputar toda una parte del relato. Lo que tiene de bueno trabajar de modo continuado con un productor es que los fracasos no son demasiado graves: un film compensa al otro. El contrato con Karmitz es simple, no hay que excederse del presupuesto de partida, sino ponemos en peligro la empresa.

Da la impresión de que en un momento, a comienzos de los '80, cuando su cine parecía volcado sobre sí mismo y partía en todas direcciones, Karmitz lo ayudó a encontrar la fórmula ganadora, tras lo cual Ud. parece haber seguido por esa misma línea.

No sé. Es cierto que me siento más cómodo en una relación de colaboración estrecha con mis productores. Ya fue ése el caso en los años '70, cuando hice trece películas con André Génovès. Me gusta volver a encontrar a las mismas personas de un film a otro, trabajar con un espíritu de grupo, más que volver a empezar de cero con gente que uno no conoce. Por ejemplo, tengo el mismo maquinista desde hace treinta años, y no tengo necesidad de explicarle a qué velocidad hacer un travelling, va de suyo.

Para el guión tuvo la colaboración de la psicoanalista Caroline Eliacheff. ¿Revela esto un interés nuevo por el psicoanálisis?

No, para nada. Caroline forma parte de mi círculo, dado que es la compañera de Marin Karmitz. Quedé muy satisfecho por nuestra colaboración en La ceremonia.. Y cuando escribo sobre gente que tiene problemas de la cabeza, recurro a ella, para evitar caer en demasiadas tonterías. En Merci pour le chocolat, fue ella la que tuvo la ocurrencia de la torpeza de Isabelle Huppert, el hecho de que rompa todo, de que todo se le caiga. También interviene, claro, la dimensión psicológica, porque el film trata de la perversidad... que no hay que confundir con perversión.

¿Cómo es eso...?

Si digo: "soy paidófilo", es una perversión. En contrapartida, si declaro ser paidófilo sin serlo, se trata de perversidad. Y si digo que soy paidófilo para que se piense que no lo soy, y ocultar así el hecho de que realmente lo soy, de nuevo hay perversidad. La perversidad tiene que ver con la puesta en escena. Hitchcock es la quintaesencia del cine de la perversidad. Mientras que Lang estaría más bien del lado de la perversión... Ahora digo esto, aunque si reflexiono durante un rato, bien podría afirmar lo contrario...

¿Se mantuvo fiel a la novela?

No, nos tomamos muchas libertades. En el libro, la acción se desarrolla en Los Ángeles, los crímenes son numerosos y explícitos. El marido es pintor, a nosotros en cambio se nos ocurrió que era mejor un pianista, para que el film tuviera que seguir el ritmo de la música. Y además estaba la voluntad de hacer un film fundado sobre la implosión, con una intriga que avanza despejando el terreno en torno a sí, hasta una especie de vacío, de desnudez final.

Sí, es el costado decepcionante del film...

Pero la decepción forma parte del encanto. Yendo en este sentido, tenía la sensación de que nadie podría seguirme. Las proyecciones han mostrado para mi sorpresa que la gente se adhería mayoritariamente a este proceso. Los que no lo logran tienen la impresión de hallarse ante la puerta de una prisión durante una hora y media.

¿Va siguiendo lo que pasa en el cine contemporáneo?

Sí, siempre me gusta ver películas nuevas. Aun cuando, en el fondo, creo que hace ya unos años que el cine ha tomado en parte la dirección equivocada. Pero eso puede cambiar. Por ejemplo, después de la guerra, a fines de los '40, muchos films se refugiaban en un academicismo y una rigidez un tanto siniestros. El ejemplo de Delannoy en Francia, o de modo un poco más sutil, William Wyler. Hoy, el equivalente sería Lars von Trier. Es hábil, sin duda, y esta historia del Dogma, que sacude un poco las costumbres, es una linda broma. Pero los jóvenes que se adhieren seriamente a eso deben estar pasándolo mal. Por otra parte, von Trier mismo ha sido el primero en abandonar. En Dancer in the Dark puso incluso demasiada confitura en la torta. En estos últimos años, en cambio, el film que me encantó, literalmente, es Little Odessa, de James Gray, una revelación absoluta.

Ud. no parece querer edificar una estatua de cineasta-nouvelle-vague, a diferencia de un Godard, por ejemplo...

Sí, pero honestamente, tampoco puedo decir que haya transformado la cara del cine mundial en la medida en que lo hizo Godard. No tengo ningún espíritu de seriedad, es terrible, podría pasarme una pluma por el culo si me lo pidieran, no tiene la menor importancia.

Da la sensación de estar más descomprometido que comprometido.

Me acuerdo que en el '68, mi amigo Pierre Kast -que descanse en paz- dijo en una reunión: "Ahora sabemos quiénes son nuestros amigos, y quiénes nuestros enemigos." Como un idiota, no pude evitar gritarle: "¿Y...?" Se derrumbó, absolutamente incapaz de responder. Tuve la impresión de ser el último de los individualistas, jamás pude participar seriamente en ningún grupo, del tipo que fuera: cuando llego yo, el grupo se disuelve. No se puede decir que galvanice las voluntades. Nunca quise ser representado más que por mí mismo. La única vez que tomé partido por una causa, fue durante el caso Langlois, por la Cinémathèque Française, y eso porque me sentía involucrado personalmente como para exponerme en primera línea. El resto, no me interesa mucho.

¿Le parece realmente que todo es vano?

No, por supuesto que no. No todo es vano. Pero creo que se puede tomar a las cosas en serio sin tratarlas con seriedad, con escepticismo, eligiendo más bien sonreír, y observarlas desde una buena distancia
. - Libération

 

 

AVIZORA.COM
Política de Privacidad
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com