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Cine / Cinema
Ruptura y descubrimiento (nacimiento)
De Robert Bresson, de Santos Zunzunegui
Cátedra (Signo e Imagen/Cineastas), Madrid, 2001, 299 p.
Mauricio Alonso

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Fuente: OtroCampo
http://www.otrocampo.com

Si existe un nombre que se recorta, que se particulariza, del vasto friso de autores que se han expresado mediante sus obras sirviéndose del arte del cinematógrafo (Lumière), éste es el de Robert Bresson (1901-1999). Más que tratarse de un mero nombre, se trata de una obra tan breve en su cantidad como profunda en sus aportes al arte que la hizo posible: trece largometrajes y un libro. Podría decirse que se trata de un obra solitaria, que se resiste tanto ahora como en los momentos de su lenta gestación a alimentar las didácticas clasificaciones de la crítica; una obra que asume su orfandad de filiaciones y una vena central atraída siempre por dos motivaciones esenciales para todo arte: ruptura y descubrimiento. Es en los meandros de esta singular experiencia estética puesta en movimiento y en depuración durante casi cincuenta años (desde 1934 a 1983), sobre la cual recae el trabajo del Dr. Santos Zunzunegui en su libro Robert Bresson.

Inmediatamente después de los epígrafes de Maurice Merleau-Ponty y de Paul Celan, Zunzunegui estampa la primera frase despejando cualquier tipo de equívoco acerca del carácter de su trabajo: “Este libro no es un ensayo sobre el cine de Robert Bresson.” Ciertamente, el autor de esta primera línea desestima las especulaciones ensayísticas y configura para el cuerpo de su texto una ordenada estructuración que irá deshilvanando la obra del director francés, prefiriendo siempre el criterio de “una lectura posible” a las engañosas sentencias unívocas. Podría, en todo caso, hablarse de un “manual de análisis” –entendiéndose ”manual” en el mejor de los sentidos– de la obra fílmica y escrita de Bresson. El seno mismo de la Obra del director es el objeto hacia el que se vuelca Zunzunegui trazando líneas de interpretación que van y vienen siempre en búsqueda de una mayor claridad intelectiva. Esta última, la claridad para una mayor comprensión, es la premisa del trabajo y hacia ella se dirige el escritor apelando a una rica sistematización que contribuye al abordaje de la obra de Bresson desde los ángulos que más sólidamente la conforman.

Sin dudas que la columna central del estudio de Zunzunegui es el “Sistema Bresson”. A lo largo de cuarenta y tres páginas el escritor ahonda en lo que podríamos llamar una “topografía bressoniana”, en la cual el concepto de cinematógrafo, más que ningún otro, despliega las coordenadas a través de las cuales se manifiestan los films del director francés. Este concepto clave en su función articuladora, tantas veces mal comprendido, tantas veces ligeramente manipulado, es desplegado como una gran alfombra de dibujos a priori intrincados por la prosa llana y contundente de Zunzunegui. La elaboración del cinematógrafo es la piedra de toque para una ruptura y un posterior –o simultáneo– descubrimiento (nacimiento). Ahora bien, ¿ruptura de qué, ruptura con respecto a qué? ¿Descubrimiento (nacimiento) de qué?

Cinematógrafo y cine son ineludiblemente, para Bresson, dos acepciones antónimas. En la segunda, en el cine, encuentra Bresson una suerte de gran equívoco que es necesario primero develar para luego ir directamente a la búsqueda de un arte absolutamente nuevo: el arte del cinematógrafo, cuya denominación primigenia se la debemos a Lumière. Bresson fija al cine como una manifestación que no ha podido constituir autonomía, deshacerse del yugo impuesto por el teatro (el cine es “teatro bastardo”, “teatro fotografiado”, “la reproducción fotográfica de un espectáculo”). En este sentido, los estrechos límites del cine no le permiten ir más allá del simulacro, de la reproducción de aquello que se desarrolla delante de la cámara filmadora. Unos actores reglados por la mímica, los gestos y los efectos de la voz, no pueden hacer del cine un arte con plena autonomía. ¿Cómo romper con esta hibridez entre el teatro y el cine que no le permite a este último encontrarse a sí mismo?. Depurando la contaminación y construyendo una nueva escritura, “una escritura con imágenes en movimiento y sonidos”, según el aforismo del propio Bresson. Pensar en esta relación de imágenes y sonidos como si se tratara de palabras del diccionario que al relacionarse, al elegirse, se transformen; imágenes insignificantes per se (y no significantes) para así estar disponibles a la modificación en el contacto con otras y otros sonidos que las precedan o las sigan. Sólo por esta vía se podrá romper con lo teatral del cine, con aquella expresividad simulada que le impide una autonomía absoluta. La ruptura es siempre una ruptura de formas y nunca de contenidos. El descubrimiento bressoniano podrá satisfacerse sólo cuando se hallen formas nuevas para hacer surgir una realidad nueva que no se confunda con ninguna preexistente. Esta nueva realidad va a ser posible en el frotamiento de imágenes en principio insignificantes (“retoque de lo real con lo real”, dirá Bresson) que en su yuxtaposición con otras llegarán a la transformación (“no hay arte sin transformación”, dice el director). Como sintéticamente lo dice el propio Zunzunegui, se trata de “apuntar no hacia la mera reproducción de la realidad aparencial sino en dirección de la búsqueda de «lo verdadero»; verdadero cuya emergencia no está garantizada por la presencia de «lo real en bruto»“.

Será clave para el análisis de Zunzunegui el libro que en el año 1975 publica Bresson en Gallimard, Notes sur le cinématographe. En este pequeño libro-manifiesto el director ha desparramado una cantidad de aforismos que organizadamente puntualizan su teoría del cinematógrafo. En “Sistema Bresson” Zunzunegui elabora una lectura de las Notes... pugnando por explayar explicativa y prácticamente los procedimientos más cruciales del arte de Bresson. De esta manera se irán desarrollando los componentes esenciales del cinematógrafo como el de modelo (versus actores), fragmentación (versus representación), repetición (recurrencia de movimientos y comportamientos), sonido (“el ojo va al exterior, el oído va al interior, y profundamente”, dice Bresson), música (“exaltación que impide las otras exaltaciones”, idem), voz (despojada de todo énfasis), etc. Zunzunegui desabre estos conceptos claves del cinematógrafo bressoniano con una claridad y síntesis reveladora que hacen de “Sistema Bresson” un compendio inmejorable que junto a las Notes... capturan la esencia del método que deberá fundar un arte autónomo que “re-inaugure” a otro dependiente: el cine.

Tras el minucioso recorrido por las coordenadas compositivas del cinematógrafo, Zunzunegui se encamina a la constatación práctica de éstas a lo largo de los trece films de Bresson (mucho más manifiestas a partir de Journal d’un curé de campagne). De esta manera, en “Los films”, paso a paso y cronológicamente, cada una de las obras del director irán pasando por la mirada aguda de Zunzunegui quien tratará de observar los filmes desde el cinematógrafo de Bresson. Se trata de un análisis, digamos “libre”, que se sirve de esa justa arbitrariedad que todo espectador pone en juego a la hora de desmenuzar un film. El trayecto analítico es siempre abierto y atento a lo dicho antes y después. Rememorando escenas particulares de los distintos filmes, el ojo crítico extrae de ellas todo aquello que contribuye a una cabal comprensión del dispositivo del cinematógrafo. Suele, Zunzunegui, atender a la minucia, al dato particular, a la interrelación de motivos, a la recurrencia, a la novedad, etc., haciendo que todas estas observaciones trasciendan el mero aporte anecdótico; por el contrario, apunta a que de la confluencia surjan las claves principales del arte de Bresson. Es así como el trabajo da cuenta, primero, de un profundo conocimiento del cinematógrafo, y luego, de una visualización práctica del mismo en los filmes. Esto nos permite contemplar, comprobar, cómo cada una de “las películas da encarnadura real a un sistema abstracto que, al mismo tiempo, emana de ellas y del que dependen pero con el que no se confunden”. Pasamos de lo general fundamental, el “Sistema Bresson” con el crucial aporte de las Notes..., a lo particular, a la puesta en práctica, a la experiencia, “Los filmes”.

Como se verá, Zunzunegui intenta con su trabajo producir una confluencia de voces, de ángulos, un análisis coral de la obra de Bresson. Bajo esta luz hay que ver la inclusión de “Palabras de Robert Bresson” con su “Breve diccionario de términos bressonianos”, y un también breve pero sustancioso artículo que el director publicó en 1971 en la Nouvelle Revue Française: “Aislarse de las artes existentes”. Asistimos así a las palabras seleccionadas del propio director refiriéndose a aquellos términos que su refinado y metódico cinematógrafo ha transformado con el tiempo en verdaderas conceptualizaciones: abstracción, actores, azar, cámara, color, arte, Dios, encuadre, emoción, jansenismo, erotismo, imagen, misticismo, montaje, música, muerte, modelos, misterio, pintura, psicología, palabra, realismo, ritmo, silencio, símbolos, sonido, técnica, voz, tema, etc. En este apartado es Bresson el que habla y su voz, dispuesta en forma de breve diccionario, resulta de una acertada eficacia para el estudio global del libro.

Para completar la coralidad buscada por Zunzunegui en su trabajo, sobre el final, en “El cinematógrafo de Bresson visto por otros cineastas”, veinticuatro directores de cine de diversas latitudes y épocas manifiestan sus observaciones u opiniones acerca del director francés. De Marguerite Duras a Víctor Erice, de Bertolucci a Godard, de Louis Malle a Sacha Guitry, de Marker a Rohmer, de Truffaut a Wim Wenders, cada uno hablará de la obra en general o de un film en particular de Bresson conformando una mirada pluralizada, multicultural, cinéfila, admirativa en su mayoría, que nos permite universalizar el legado del cinematógrafo e insertarlo en su justa dimensión.

“No hay arte sin transformación”, dice Bresson. Y si toda transformación implica la puesta en conflicto de formas anteriores la exigencia de una ruptura con aquello precedente se torna insoslayable. Con la ruptura, con la transformación, se persigue el nacimiento de algo nuevo, de algo que venga a re-fundar (por primera vez, paradójicamente) un orden establecido de formas. El anhelo de toda ruptura es un descubrimiento, un nacimiento. Bresson observa en el cine una grieta, una zona de vacío que no le permite completud en tanto arte. Ante esta comprobación exige, y se exige, reflexionar acerca de esa carencia de autonomía, de absoluto, que posee el cine por no haberse sabido destetar del teatro. Frente a esta evidencia marcha hacia atrás, a los orígenes, allí donde poder localizar el desfasaje para corregirlo. Es el momento en que surge el término acuñado por Lumière: cinematógrafo. Este retorno al principio parecería condescender a la obsesión bressoniana de re-fundación, de descubrimiento, de re-nacimiento de un arte que nació de costado y andrógino. La profundización del cinematógrafo puede ser la vía, el camino que conduzca primero a una ruptura con la equívoca adolescencia del cine, para luego buscar el nacimiento definitivo de un nuevo arte, el arte del cinematógrafo. El riesgo de la empresa no era simple. Tal vez hubieran sido cincuenta los films de Bresson de dedicarse éste al cine. Por eso, como reza la cita final del excelente trabajo de Zunzunegui, “Bresson n’est pas un maître, il est un example” (Eric Rohmer)

1934: Affaires publiques (b/n, 25m, las tres canciones del film no han sido encontradas)
1943: Les anges du péché (b/n, 97m)
1945: Les dames du Bois de Boulogne (b/n, 84m)
1951: Journal d’un curé de campagne (b/n, 110m)
1956: Un condamné à mort s’est échappé o Le vent souffle ou il veut (b/n, 100m)
1959: Pickpocket (b/n, 75m)
1962: Procès de Jeanne d’Arc (b/n, 65m)
1966: Au hasard Balthazar (b/n, 95m)
1967: Mouchette (b/n, 81m)
1969: Une femme douce (Eastmancolor, 88m)
1972: Quatre nuits d’un reveur (Eastmancolor, 82m)
1974: Lancelot du Lac (Eastmancolor, 84m)
1977: Le diable probablement (Eastmancolor, 97m)
1983: L’argent (Eastmancolor, 85m)

Santos Zunzunegui (Bilbao, 1947) es catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la Universidad del País Vasco, donde enseña Historia y Teoría del Cine. Analista e historiador cinematográfico, es autor, entre otras obras, de El cine en el País Vasco (1984), Mirar la imagen (1985), Pensar la imagen (1989), Metamorfosis de la mirada (1990) y Paisajes de la forma (1994). Es miembro del Comité Editor de Otrocampo, estudios sobre cine

Mauricio Alonso es alumno avanzado de la carrera de Letras, Universidad Nacional de Rosario, Facultad de Humanidades y Artes. Videasta, co-director junto a Emilio Toibero del mediometraje “Días de 1999 (Una lectura de Constantino Kavafis)” y ha desempeñado diversas funciones –asistencia de dirección, asistencia de sonido– en otros trabajos de igual formato.

Fuente: Otrocampo
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