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¿¡Hulot!?Tati, o el realismo como camino hacia la verdad
Jorge Mauro De Pedro

Cine / Cinema

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Fuente Miradas

«Creo sinceramente que el cine cómico no está pasado de moda. Si fuera así yo ya no trabajaría en él. El público todavía tiene capacidad de reír y quiere hacerlo. Por tanto, mientras el mundo mecanizado no nos devore la hilaridad, tales películas seguirán produciéndose. Pienso que la nueva evolución del cine cómico será el realismo: el camino hacia la verdad. Realismo-verdad que casi nunca he encontrado en el cine cómico de antaño.» Jacques Tati (1)

Lo nuevo y lo viejo

Hace exactamente medio siglo, un francés universal (dos palabras que concatenadas no siempre tienen por qué ser antónimos, malévolos) ideó un personaje silencioso, un alter ego vitalista y amargo a un tiempo; un bonachón que como otros grandes arquetipos (Charlot, Cantinflas, cara de palo o el mismísimo Allen) aspiraba a retratar la neurosis del hombre moderno. ¡Y vaya si lo consiguió!.

Hulot -uséase, Tati- se pasea por sus películas con su inconfundible sombrero demodé, una sospechosa gabardina, el paraguas que funciona más bien como cachaba y una pipa sólo a ratos humeante -elementos imprescindibles del hombre calmado y sin prisa, individuo en vías de extinción y perteneciente al reducido y selecto círculo de los que todavía tienen tiempo para hacerse a un lado del camino y deleitarse con las vistas-.

Le pasan cosas ciertamente extrañas -él, desde luego, puede considerarse a su vez y con todo merecimiento un hombre extraño, desubicado-, sucesos estrambóticos que vienen motivados -las más de las veces- por su ingenua mirada sobre un mundo que se transforma a marchas forzadas, sin descaso, ímpetu irrefrenable que parece conducirlo al precipicio sin fondo de la banalidad.

Hulot no parece asombrarse ya por nada, aunque sus andares acelerados y torcidos -eterna torre de Pisa apunto de derrumbarse sobre la arena o el asfalto- nos lo hagan aparecer como un hombre susceptible de emprender la huída, de salir corriendo, de poner pies en polvorosa y alejarse de aquel siglo XX tecnificado e idiota. Porque el progreso parece haber logrado definitivamente el milagro de la gilipollez suprema: lo fácil es ahora difícil, lo sencillo, complicado. Hulot carga su pipa con parsimonia, eleva la vista al cielo, hace que no con la cabeza y sonríe. "¿Será posible?".

Logrando hacer pervivir como nadie la esencia del cine mudo -del cuál hereda el gag visual y recurrente, la situación hilarante per se, incluso algo del surrealismo de los Marx- nos sirve un plato, con todo, distinto: inteligente utilización del sonido aliñada con esa poética del perdedor que nunca logra llevarse a la chica... pero al que tampoco parece importarle. Sur ma vie!

El lanzamiento en DVD de sus películas fundamentales -respaldado con el reestreno de Las vacaciones de M. Hulot y Mi tío- nos sirve de macanuda excusa para presentarles a Jacques Tati, productor, guionista, actor y director. Un hombre orquesta del que, cincuenta años después, nadie de nuestra generación parece acordarse…

Tati y la alegría de vivir

Saben lo peor? No puedo predicar con el ejemplo: el cine de Tati (Le Pecq, 1908-París, 1982) me era del todo desconocido hasta hace cosa de dos semanas. Si, imperdonable. No se dejen engañar, pues, por la labor de rata de filmoteca que sustenta este artículo estival.

He experimentado -nuevamente- el inenarrable regocijo del descubrimiento de un clásico, de esos que siempre están ahí esperando y que, hurgando, desempolvando y confiando en el riesgo controlado que asumen algunos exhibidores en temporada baja, surgen de entre las tinieblas para recordarnos que en esto del cine cualquier tiempo pasado fue mejor. (Un par de frases más como esta y fijo que Jose Luis Garci me llama para dormir a la gente antes y después de un Ozu o un Renoir... prometo pedirle el número de teléfono a la Beatriz).

Tipo sociable y deportista, fueron sus compañeros de equipo de rugby los primeros en darse cuenta del talento innato de aquel hombre para reproducir movimientos, estrategias y estados de ánimo a través del mimo.

Fue así -en los lejanos años treinta- como se introdujo en el mundo de la farándula, saltando al escenario con un programa, cuanto menos, nuevo. (Por las descripciones que he encontrado de algunos de sus números, los amigos de El Tricicle se limitaron a multiplicar a Tati por tres...)

Especializado ya en pantomima deportiva, Europa y América parecen rendirse a sus pies. Era quizás la hora de pensar en un medio que tuviese una mayor repercusión social, que llegase a más gente, que... sí, bueno, bonito y barato = ¡cine!

Su primera película se tituló Día de fiesta (Jour de fête, 1947). La gente del negocio no pareció entusiasmarse mucho con su cartero rural ufano y optimista: tardó un año en encontrar su hueco en la cartelera. Pero cuando lo halló...

El público le dio el definitivo espaldarazo. Y no solo eso, puesto que la rara unanimidad fue por esta vez total: Premio a la Mejor Dirección en Venecia, Gran Premio del Cine Francés en el 1950. Tati todavía no era Hulot, pero la criatura estaba a punto de ver la luz.

Y la vio con Las vacaciones de M. Hulot, rodada en la playa bretona de Saint-Marc y, como había pasado con la anterior, sin el aliciente de ninguna cara conocida en el reparto. ¿El resultado? Gran Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Cannes '53.

Pero el apogeo de su fama -si por ello entendemos reconocimiento en forma de oropeles, coronas de laurel y golpecitos en la espalda- le llega con Mi tío. Aquello fue el acabose: Premio Especial del Jurado en Cannes '58 y Oscar a la Mejor Película Extranjera del año 1959. Investidura de Tati como el mejor autor cómico del cine moderno y bendición urbe et orbe.

Nunca estuvo dispuesto a apearse de su forma de ver y hacer cine ("me sirvo del sonido para centrar la atención en los efectos visuales y apoyar la construcción de la imagen; me sirvo de la mímica y de los gestos para reemplazar los diálogos y aumentar así el valor de la pura imagen fílmica"), ideario fatal si lo que uno quiere es hacerse millonario y que él llevo hasta sus últimas consecuencias.

Durante el rodaje de Playtime (id., 1964) ya comenzó a verse que quizás fuese un mago de la comedia, pero no precisamente de las finanzas: se le presentaron los acreedores en pleno rodaje, dispuestos a embargarle los objetivos de las cámaras. A eso le llamo yo vivir al rojo... para enjugar sus deudas tuvo que ceder los derechos de explotación de sus films anteriores y se vio forzado a trabajar en condiciones de independencia limitada.

Playtime -que también he podido rescatar estos días- es una de las películas más arriesgadas que director consagrado alguno haya emprendido. Casi experimental, explora una nueva concepción del humor auténticamente audiovisual, gracias a la característica grabación multipistas en sonido magnético de los largometrajes de Tati. No es una obra redonda, pero es una película muy distinta a todo lo visto -y sobretodo, oído- hasta entonces.

Su sátira de lo cotidiano se prolonga con Tráfico (Trafic, 1970), con resultados económicos más que discretos y acusaciones de reiteración y agotamiento. Su última aportación a esto del cine fue rodada en video para la TV: Zafarrancho en el circo (Parade, 1974).

Hablemos ahora un poco de lo que puede verse en pantalla grande en varias ciudades afortunadas de nuestro país (afortunadas, al menos, en lo que se refiere a la cartelera. Corramos un tupido velo sobre los políticos que las gobiernan). Un par de reposiciones de muchos quilates: a saber...

Las vacaciones de M. Hulot

Desembarco vacacional de un personaje inadaptado en una villa veraniega donde todo transcurre al ritmo de la campanilla del hotel -que dicta comidas y descansos- y la terrible convencionalidad de los usos sociales.

Un hombre de negocios continuamente colgado del teléfono, un veterano de la primera guerra mundial, una linda tenista, un par de jubilados en constante galanteo, un niño terrible, la inglesa, el camarero… compendio de tópicos playeros, microcosmos asfixiante al cuál sólo se puede sobrevivir echándole a la vida el sentido del humor de M. Hulot: despistado, ingenuo, quijote algo puñetero pero siempre bienintencionado, se gana la simpatía de unos huéspedes embarcados en el eterno retorno de los agostos costeros: sol, tumbonas, sombrillas y ocio sin mesura.

Poseedora de algunos momentos antológicos (la pareja madura recogiendo conchas entre las rocas, dos partidas de cartas dinamitadas por un Hulot empecinado en encontrar su pelota de ping-pong, un nuevo estilo de tenis rompedor e hilarante…) a Las vacaciones de M. Hulot se le puede echar en cara su carácter excesivamente episódico, la indisimulada acumulación de situaciones grotescas, la falta de una continuidad narrativa... lo que queráis. Sólo se que ese aparente desorden sustenta algunas de las mejores comedias de la historia. Como esta.

Mi tío

Hulot en la ciudad, tratando de serle útil a ese sistema que le es tan indiferente, a una maquinaria engrasada y dirigida por tipos tan insulsos como su cuñado. Hulot habita en un barrio genuinamente francés -la música de boulevard de Alain Romans no hace sino intensificar esa sensación-, un vecindario donde la gente es abierta, donde la vida transcurre a medio camino entre la calle y el bar de la esquina. Para algunos, el paraíso en la tierra. ¿Un paraíso pobre? Sí, también. ¿Y?

Las casas de este barrio limítrofes con la geografía de las nuevas urbanizaciones -modernas, impersonales, asépticas- van cediendo poco a poco al avance de los martillos compresores, las mazas y las excavadoras. Una forma de ver la vida asfixiada por una nueva manera... de no vivirla.

La hermana de Hulot habita precisamente en este Mundo Feliz de medio pelo, secundada por un marido autoritario y carente de imaginación (el directivo ideal, vamos). Verdadero visionario, Tati se mofa de ese consumismo atroz que hoy nos lleva a cambiar de móvil en busca de tonos polifónicos o cámaras fotográficas incorporadas con las que retratar nuestro insulso entorno: la convulsiva necesidad de cambiar de coche, de estrenar, de aparentar. De tener. O de olvidar que dejaremos de ser.

Las clases sociales siguen estando ahí (maravilloso detalle: el horrendo surtidor que preside el jardín sólo es puesto en marcha por la dueña cuando la visita "merece" tal honor) y queda de manifiesto la eterna división al producirse una avería en los conductos del agua: la mano derecha del jefe deberá de remangarse la camisa -aún siendo domingo-, enfangarse su traje de picos parcos y quedar bien ante su mentor.

Hulot aprovecha para sembrar el caos allá por donde pasa (André Bazin definió a su personaje como "la encarnación metafísica de un desorden que se prolonga mucho tiempo después de su paso") y rescatar a su ahijado de las garras de una modernidad castradora.

Al igual que ese perro rico que escapa a las primeras de cambio al barrio pobre -donde parece estar la verdadera diversión-, Hulot se lleva a su sobrino a respirar un poco de aire puro, a reírse, a hacer trastadas, a disfrutar de su infancia y prolongar así, de alguna manera, la del tío.

Epílogo

Dicen que la aportación esencial de Tati consiste en haber extendido los principios del gag individual de los viejos cómicos del burlesque a la estructura global del film, alcanzando una unidad formal discursiva, con momentos fuertes, débiles, gags, contra-gags, esperas y vacíos. (2) En Tati la risa no estalla puntualmente, carcajada fruto de un resbalón o tropezón... es una composición, una suite con pasajes más o menos jocosos que se dilata en el tiempo, que se construye por acumulación y superposición.

Insobornable, iconoclasta con estilo, practicante de un humor blanco ya del todo olvidado por anti-comercial (pudiendo ir a ver una delicatessen como American Pie 3, ¿quien va a perder el tiempo con Chaplin o similares?), moderno admirador de W.C. Fields, Buster Keaton o Frank Capra... si existen autores en la cosa esta del cine, Tati es sin lugar a dudas uno de ellos.

Sin dejarse encasillar ni malear por el cochino capital, se costeó la mayoría de sus films -cuyo montaje le llevaba años completar- en un acto de suprema coherencia y santa locura, arruinándose todas las veces que hizo falta. Porque aunque algunos no se enteren, artista y subvencionado no tienen porqué ser sinónimos...

No llegó a las cotas de maestría de sus modelos, pero nos dejo media docena de películas a rescatar urgentemente. Id abriendo boca con estas dos que encuentran su hueco entre bichos verdes, tías jamonas reparte-hostias y androides plastas en pos de John Connors... y ya me contareis.

(1) "100 grandes directores de cine", José María Caparrós Lera. Alianza Editorial, pág. 321
(2) "¿A dónde va mi tío?", Pilar Pedraza y Juan López Gandía. "Jacques Tati. Humor y cine moderno". Ediciones de la Mirada

 


 

 

 

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