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Miradas
«Creo sinceramente que el cine cómico
no está pasado de moda. Si fuera así yo ya no trabajaría en él. El público
todavía tiene capacidad de reír y quiere hacerlo. Por tanto, mientras el
mundo mecanizado no nos devore la hilaridad, tales películas seguirán
produciéndose. Pienso que la nueva evolución del cine cómico será el
realismo: el camino hacia la verdad. Realismo-verdad que casi nunca he
encontrado en el cine cómico de antaño.» Jacques Tati (1)
Lo nuevo y lo viejo
Hace exactamente medio siglo, un francés universal (dos
palabras que concatenadas no siempre tienen por qué ser antónimos,
malévolos) ideó un personaje silencioso, un alter ego vitalista y amargo a
un tiempo; un bonachón que como otros grandes arquetipos (Charlot,
Cantinflas, cara de palo o el mismísimo Allen) aspiraba a retratar la
neurosis del hombre moderno. ¡Y vaya si lo consiguió!.
Hulot -uséase, Tati- se pasea por sus películas con su
inconfundible sombrero demodé, una sospechosa gabardina, el paraguas que
funciona más bien como cachaba y una pipa sólo a ratos humeante -elementos
imprescindibles del hombre calmado y sin prisa, individuo en vías de
extinción y perteneciente al reducido y selecto círculo de los que todavía
tienen tiempo para hacerse a un lado del camino y deleitarse con las
vistas-.
Le pasan cosas ciertamente extrañas -él, desde luego,
puede considerarse a su vez y con todo merecimiento un hombre extraño,
desubicado-, sucesos estrambóticos que vienen motivados -las más de las
veces- por su ingenua mirada sobre un mundo que se transforma a marchas
forzadas, sin descaso, ímpetu irrefrenable que parece conducirlo al
precipicio sin fondo de la banalidad.
Hulot no parece asombrarse ya por nada, aunque sus
andares acelerados y torcidos -eterna torre de Pisa apunto de derrumbarse
sobre la arena o el asfalto- nos lo hagan aparecer como un hombre
susceptible de emprender la huída, de salir corriendo, de poner pies en
polvorosa y alejarse de aquel siglo XX tecnificado e idiota. Porque el
progreso parece haber logrado definitivamente el milagro de la gilipollez
suprema: lo fácil es ahora difícil, lo sencillo, complicado. Hulot carga
su pipa con parsimonia, eleva la vista al cielo, hace que no con la cabeza
y sonríe. "¿Será posible?".
Logrando hacer pervivir como nadie la esencia del cine
mudo -del cuál hereda el gag visual y recurrente, la situación hilarante
per se, incluso algo del surrealismo de los Marx- nos sirve un plato, con
todo, distinto: inteligente utilización del sonido aliñada con esa poética
del perdedor que nunca logra llevarse a la chica... pero al que tampoco
parece importarle. Sur ma vie!
El lanzamiento en DVD de sus películas fundamentales
-respaldado con el reestreno de Las vacaciones de M. Hulot y Mi
tío- nos sirve de macanuda excusa para presentarles a Jacques Tati,
productor, guionista, actor y director. Un hombre orquesta del que,
cincuenta años después, nadie de nuestra generación parece acordarse…
Tati y la alegría de vivir
Saben lo peor? No puedo predicar con el ejemplo: el cine
de Tati (Le Pecq, 1908-París, 1982) me era del todo desconocido hasta hace
cosa de dos semanas. Si, imperdonable. No se dejen engañar, pues, por la
labor de rata de filmoteca que sustenta este artículo estival.
He experimentado -nuevamente- el inenarrable regocijo
del descubrimiento de un clásico, de esos que siempre están ahí esperando
y que, hurgando, desempolvando y confiando en el riesgo controlado que
asumen algunos exhibidores en temporada baja, surgen de entre las
tinieblas para recordarnos que en esto del cine cualquier tiempo pasado
fue mejor. (Un par de frases más como esta y fijo que Jose Luis Garci me
llama para dormir a la gente antes y después de un Ozu o un Renoir...
prometo pedirle el número de teléfono a la Beatriz).
Tipo sociable y deportista, fueron sus compañeros de
equipo de rugby los primeros en darse cuenta del talento innato de aquel
hombre para reproducir movimientos, estrategias y estados de ánimo a
través del mimo.
Fue así -en los lejanos años treinta- como se introdujo
en el mundo de la farándula, saltando al escenario con un programa, cuanto
menos, nuevo. (Por las descripciones que he encontrado de algunos de sus
números, los amigos de El Tricicle se limitaron a multiplicar a Tati por
tres...)
Especializado ya en pantomima deportiva, Europa y
América parecen rendirse a sus pies. Era quizás la hora de pensar en un
medio que tuviese una mayor repercusión social, que llegase a más gente,
que... sí, bueno, bonito y barato = ¡cine!
Su primera película se tituló Día de fiesta (Jour
de fête, 1947). La gente del negocio no pareció entusiasmarse mucho
con su cartero rural ufano y optimista: tardó un año en encontrar su hueco
en la cartelera. Pero cuando lo halló...
El público le dio el definitivo espaldarazo. Y no solo
eso, puesto que la rara unanimidad fue por esta vez total: Premio a la
Mejor Dirección en Venecia, Gran Premio del Cine Francés en el 1950. Tati
todavía no era Hulot, pero la criatura estaba a punto de ver la luz.
Y la vio con Las vacaciones de M. Hulot, rodada
en la playa bretona de Saint-Marc y, como había pasado con la anterior,
sin el aliciente de ninguna cara conocida en el reparto. ¿El resultado?
Gran Premio de la Crítica Internacional en el Festival de Cannes '53.
Pero el apogeo de su fama -si por ello entendemos
reconocimiento en forma de oropeles, coronas de laurel y golpecitos en la
espalda- le llega con Mi tío. Aquello fue el acabose: Premio
Especial del Jurado en Cannes '58 y Oscar a la Mejor Película Extranjera
del año 1959. Investidura de Tati como el mejor autor cómico del cine
moderno y bendición urbe et orbe.
Nunca estuvo dispuesto a apearse de su forma de ver y
hacer cine ("me sirvo del sonido para centrar la atención en los
efectos visuales y apoyar la construcción de la imagen; me sirvo de la
mímica y de los gestos para reemplazar los diálogos y aumentar así el
valor de la pura imagen fílmica"), ideario fatal si lo que uno quiere
es hacerse millonario y que él llevo hasta sus últimas consecuencias.
Durante el rodaje de Playtime (id., 1964) ya
comenzó a verse que quizás fuese un mago de la comedia, pero no
precisamente de las finanzas: se le presentaron los acreedores en pleno
rodaje, dispuestos a embargarle los objetivos de las cámaras. A eso le
llamo yo vivir al rojo... para enjugar sus deudas tuvo que ceder los
derechos de explotación de sus films anteriores y se vio forzado a
trabajar en condiciones de independencia limitada.
Playtime -que también he podido rescatar estos
días- es una de las películas más arriesgadas que director consagrado
alguno haya emprendido. Casi experimental, explora una nueva concepción
del humor auténticamente audiovisual, gracias a la característica
grabación multipistas en sonido magnético de los largometrajes de Tati. No
es una obra redonda, pero es una película muy distinta a todo lo visto -y
sobretodo, oído- hasta entonces.
Su sátira de lo cotidiano se prolonga con Tráfico (Trafic,
1970), con resultados económicos más que discretos y acusaciones de
reiteración y agotamiento. Su última aportación a esto del cine fue rodada
en video para la TV: Zafarrancho en el circo (Parade, 1974).
Hablemos ahora un poco de lo que puede verse en pantalla
grande en varias ciudades afortunadas de nuestro país (afortunadas, al
menos, en lo que se refiere a la cartelera. Corramos un tupido velo sobre
los políticos que las gobiernan). Un par de reposiciones de muchos
quilates: a saber...
Las vacaciones de M. Hulot
Desembarco vacacional de un personaje inadaptado en una
villa veraniega donde todo transcurre al ritmo de la campanilla del hotel
-que dicta comidas y descansos- y la terrible convencionalidad de los usos
sociales.
Un hombre de negocios continuamente colgado del
teléfono, un veterano de la primera guerra mundial, una linda tenista, un
par de jubilados en constante galanteo, un niño terrible, la inglesa, el
camarero… compendio de tópicos playeros, microcosmos asfixiante al cuál
sólo se puede sobrevivir echándole a la vida el sentido del humor de M.
Hulot: despistado, ingenuo, quijote algo puñetero pero siempre
bienintencionado, se gana la simpatía de unos huéspedes embarcados en el
eterno retorno de los agostos costeros: sol, tumbonas, sombrillas y ocio
sin mesura.
Poseedora de algunos momentos antológicos (la pareja
madura recogiendo conchas entre las rocas, dos partidas de cartas
dinamitadas por un Hulot empecinado en encontrar su pelota de ping-pong,
un nuevo estilo de tenis rompedor e hilarante…) a Las vacaciones de M.
Hulot se le puede echar en cara su carácter excesivamente episódico,
la indisimulada acumulación de situaciones grotescas, la falta de una
continuidad narrativa... lo que queráis. Sólo se que ese aparente desorden
sustenta algunas de las mejores comedias de la historia. Como esta.
Mi tío
Hulot en la ciudad, tratando de serle útil a ese sistema
que le es tan indiferente, a una maquinaria engrasada y dirigida por tipos
tan insulsos como su cuñado. Hulot habita en un barrio genuinamente
francés -la música de boulevard de Alain Romans no hace sino intensificar
esa sensación-, un vecindario donde la gente es abierta, donde la vida
transcurre a medio camino entre la calle y el bar de la esquina. Para
algunos, el paraíso en la tierra. ¿Un paraíso pobre? Sí, también. ¿Y?
Las casas de este barrio limítrofes con la geografía de
las nuevas urbanizaciones -modernas, impersonales, asépticas- van cediendo
poco a poco al avance de los martillos compresores, las mazas y las
excavadoras. Una forma de ver la vida asfixiada por una nueva manera... de
no vivirla.
La hermana de Hulot habita precisamente en este Mundo
Feliz de medio pelo, secundada por un marido autoritario y carente de
imaginación (el directivo ideal, vamos). Verdadero visionario, Tati se
mofa de ese consumismo atroz que hoy nos lleva a cambiar de móvil en busca
de tonos polifónicos o cámaras fotográficas incorporadas con las que
retratar nuestro insulso entorno: la convulsiva necesidad de cambiar de
coche, de estrenar, de aparentar. De tener. O de olvidar que dejaremos de
ser.
Las clases sociales siguen estando ahí (maravilloso
detalle: el horrendo surtidor que preside el jardín sólo es puesto en
marcha por la dueña cuando la visita "merece" tal honor) y queda de
manifiesto la eterna división al producirse una avería en los conductos
del agua: la mano derecha del jefe deberá de remangarse la camisa -aún
siendo domingo-, enfangarse su traje de picos parcos y quedar bien ante su
mentor.
Hulot aprovecha para sembrar el caos allá por donde pasa
(André Bazin definió a su personaje como "la encarnación metafísica de un
desorden que se prolonga mucho tiempo después de su paso") y rescatar a su
ahijado de las garras de una modernidad castradora.
Al igual que ese perro rico que escapa a las primeras de
cambio al barrio pobre -donde parece estar la verdadera diversión-, Hulot
se lleva a su sobrino a respirar un poco de aire puro, a reírse, a hacer
trastadas, a disfrutar de su infancia y prolongar así, de alguna manera,
la del tío.
Epílogo
Dicen que la aportación esencial de Tati consiste en
haber extendido los principios del gag individual de los viejos cómicos
del burlesque a la estructura global del film, alcanzando una unidad
formal discursiva, con momentos fuertes, débiles, gags, contra-gags,
esperas y vacíos. (2) En Tati la risa no estalla puntualmente, carcajada
fruto de un resbalón o tropezón... es una composición, una suite con
pasajes más o menos jocosos que se dilata en el tiempo, que se construye
por acumulación y superposición.
Insobornable, iconoclasta con estilo, practicante de un
humor blanco ya del todo olvidado por anti-comercial (pudiendo ir a ver
una delicatessen como American Pie 3, ¿quien va a perder el tiempo
con Chaplin o similares?), moderno admirador de W.C. Fields, Buster Keaton
o Frank Capra... si existen autores en la cosa esta del cine, Tati es sin
lugar a dudas uno de ellos.
Sin dejarse encasillar ni malear por el cochino capital,
se costeó la mayoría de sus films -cuyo montaje le llevaba años completar-
en un acto de suprema coherencia y santa locura, arruinándose todas las
veces que hizo falta. Porque aunque algunos no se enteren, artista y
subvencionado no tienen porqué ser sinónimos...
No llegó a las cotas de maestría de sus modelos, pero
nos dejo media docena de películas a rescatar urgentemente. Id abriendo
boca con estas dos que encuentran su hueco entre bichos verdes, tías
jamonas reparte-hostias y androides plastas en pos de John Connors... y ya
me contareis.
(1) "100 grandes directores de cine", José María Caparrós
Lera. Alianza Editorial, pág. 321
(2) "¿A dónde va mi tío?", Pilar Pedraza y Juan López Gandía. "Jacques
Tati. Humor y cine moderno". Ediciones de la Mirada
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