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Traducción: Martín L. Pascual.
No
se trata de uno o dos casos. Hay innumerables films internacionales en
los que bandidos, fracasados o no, planean fugarse a Río: sin duda el
lector habrá visto alguno. Es la versión sudamericana de las islas del
Caribe o del Océano Pacífico. Esto tal vez se deba a la historia real de
Ronald Biggs, que huyó a Río luego de asaltar un tren en Inglaterra, o
también se puede imaginar que la cosa se deba a un dicho antiguo de un
poeta ruso (algo así como: “Dicen que en un lugar distante/ tal vez
en el Brasil/ existe un hombre feliz”). Pero, convengamos que esta
última hipótesis no es demasiado probable. Lo que se percibe de
cualquier forma, es que Río de Janeiro es el paraíso imaginario de los
hampones cinematográficos; desde films bien conocidos, como A Fish
Called Wanda y Trainspotting, hasta algunos que lo son menos,
como la reciente A Girl From Rio y muchos otros... ¿Acaso será
éste todavía, para los sueños gringos, el paraíso terrestre? ¿Paraíso
sensual, como decía alguien en Wild Orchid?
Sería groseramente injusto, sin embargo, atribuir sólo a las comedias y
films de acción extranjeros este tipo de imagen de Río de Janeiro. Para
tomar un ejemplo cercano: hace apenas pocas semanas se estrenó
internacionalmente el film O homem que copiava, el segundo largo
de Jorge Furtado, que termina justamente con sus personajes huyendo
hacia Río. ¡Y de forma claramente irónica, el éxito más reciente de
taquilla cuya acción transcurre en las calles de Río se titula
Cidade de Deus! Aunque es fácil advertir que es éste el
nombre del barrio en que se desarrolla la historia, distante del centro
de la ciudad, y que aquella por otra parte nada tiene de paradisíaca.
Si el amigo lector mira un mapa del municipio de Río de Janeiro, uno de
esos que despliegan con gráficos de colores la media poblacional de cada
zona, quedará impresionado por el tamaño de las áreas poco habitadas.
Hay una inmensa concentración de habitantes en la parte sudeste de la
ciudad –somos más de cinco millones–, y el área urbana se extiende por
otros municipios, con cerca de ocho millones de moradores en total.
Nuestro Centro urbano ya no queda ubicado en el centro geográfico, sino
desplazado hacia el área del puerto: la Bahía de Guanabara, donde nació
la ciudad.
Si hacemos un breve balance histórico de la relación de la ciudad con el
cine, no podemos pasar por alto un clisé: el cine llegó al Brasil por el
puerto de Río. En verdad, esto pudo no haber acontecido de este modo,
pero tal es el mito que se construyó. El primer registro de filmación
aceptado por los historiadores es el de las tomas realizadas por Afonso
Segretto antes de pisar tierra firme –a partir del avistamiento de la
Bahía de Guanabara– ya en 1897. Registros de prensa permiten comprobar
que, antes de que los gringos establecieran su dominio de distribución
cinematográfica, Brasil producía cientos de cortometrajes anuales: los
registros indican que, entre 1907 y 1911, se producía en promedio más de
doscientos films por año (aunque por supuesto se trataba de
cortometrajes, y eran comunes los casos de films extranjeros que se
adulteraban para burlar los derechos de autor). No quedan sino restos o
fotogramas de uno u otro ejemplar de estos cientos de films producidos
antes de que se consolidaran en todo el mundo el lenguaje
cinematográfico clásico y la distribución extranjera. Se sabe, de todos
modos, de algunos films “modelo” de éxito notable, empezando por uno
llamado Os estranguladores, reconstitución ficcional de un caso
criminal célebre por aquella época.
Contando con el cine ya desde fines del siglo XIX, en la entonces ciudad
capital de la república una parte del Centro llegó a conocerse como
Cinelandia, nombre debido a la profusión de salas de exhibición allí
construidas. Sumándose así a partir de entonces a los muchos vicios de
Río de Janeiro, el cine se mantiene hasta hoy como tal, de forma
crónica, en cada época a su modo, y es una lástima notar que en el
presente este vicio está siendo muy mal administrado... Río tiene
también su propia historia, sus grandes y pequeñas historias de
cinefilia y de producción cinematográfica, como tantas otras metrópolis
tendrán asimismo las suyas: clubs de admiradores y cine-clubs –inclusive
por la relación con el cine que aquí se hace, ya sea exhibiendo films
por primera vez (lo que ocurrió en el Chaplin Club con Limite),
ya estimulando el encuentro de generaciones–; estudios de cine (como la
propia Cinédia de Gonzaga, o la Atlântida que sigue siendo conocida por
sus comedias ligeras); revistas de cine; e incluso las principales
reparticiones públicas dedicadas al sector se hallaban afincadas sin
excepción en Río hasta hace poco (aun cuando la capital fue trasladada a
Brasilia). En Río de Janeiro se desarrollaron incontables discusiones
cinematográficas, sesudos debates e influyentes movimientos (hay una
frase incluso, atribuida a Nelson Pereira dos Santos, que dice: “Cinema
Novo es Glauber Rocha en Río de Janeiro.”). Y también se rodaron aquí
muchos films.
Si durante todos estos años nos guió el sueño de la instauración de una
industria de producción cinematográfica, hay que decir, entretanto, que
la empresa resultó un fracaso. En Río estaba Embrafilme (el órgano
estatal responsable de la distribución y coproducción de films durante
los últimos años de la dictadura y los primeros del régimen
democrático). En los últimos tiempos, casi la mitad de los films
brasileños (de todo el país) es distribuida por la empresa municipal
Riofilme –terminando por ser exhibida en algunos cines de la Zona Sul
carioca (el área tradicionalmente más pudiente de la ciudad) y en un
circuito nacional bastante restringido (sólo pocos cines en otras tres o
cuatro ciudades). Y más allá del hecho (común a nivel mundial) de que
más del 80% del mercado cinematográfico está dominado por films de otro
país, las películas producidas en el Brasil, en su gran mayoría, no son
exhibidas en televisión; son vistas por pocos y requieren recursos
públicos, directos o indirectos, para continuar produciéndose. Sin
discutir el mérito de dichos recursos, cabe notar que los sueños de
industria quedan así en agua de borrajas.
El sueño de una industria de cine similar a la norteamericana (con
estudios, presupuestos suficientes, técnicos y equipos adecuados)
existía, y quedaba asimismo en agua de borrajas, ya desde la década del
veinte –lo que no impidió la realización de algunos buenos films, ni
impidió tampoco que surgiese la veta de los films de carnaval, las
comedias ligeras [chanchadas], en que los números musicales y el
humor (que parodiaba a la industria) sustentaban el interés de la
platea. Pero por regla general se considera que será un film de Nelson
Pereira dos Santos, Rio quarenta graus, el que marque un cambio
de rumbo: en él, bajo asumidas influencias del neorrealismo, la historia
abarcaba todo un día de cinco chicos vendedores de maníes, que van a
vender su producto a los principales puntos de la ciudad en un domingo
de sol. La película alcanzó una buena taquilla, y tuvo gran repercusión,
beneficiada por la polémica que la precedió. Se había promulgado un
decreto federal que suspendía el servicio público cuando la temperatura
de la ciudad superara los 40°C; existe inclusive la historia legendaria
de que los termómetros de la Estación (de trenes) Central do Brasil
habían sido preparados para no pasar de la temperatura establecida. Pues
bien, Rio quarenta graus fue el título dado al film, y un
delegado de policía resolvió entonces censurar su exhibición, lo que
acabó provocando una confusión infernal, con manifiestos a favor de la
liberación, lo que acabó ayudando bastante como publicidad. Pero no fue
ésa, o no sólo ésa, la razón del interés del público: escapando al
modelo clásico de ficción, el film encuentra su tema en las
particularidades de la ciudad, no en una universalidad inmediata. Los
escenarios son las “postales” de Río, pero también la favela donde viven
los chicos. El cine brasileño no filmaba en las favelas hasta ese
momento; el único film que transcurría en una, Favela dos meus amores,
de Humberto Mauro, había sido rodado en estudio.
El film siguiente de Nelson, Rio Zona Norte, siguió las vías del
ferrocarril y fue a los barrios periféricos para descubrir al artista
pobre, genial y subdesarrollado. Echando así la ciudad a la pantalla,
Nelson (nacido y criado en San Pablo) influyó decisivamente en una
generación que dio que hablar. El Cinema Novo tal vez haya sido apenas
un grupo de inadaptados, compuesto por realizadores de mayor o menor
talento, todos con un discurso razonablemente afinado, o tal vez sea
algo realmente más complejo. Pero no hay forma de negar que el grupo de
inadaptados se crió y se desarrolló en Río. “Cinema Novo es Glauber
Rocha en Río”, ¿no? Quizás hubiera que agregar al productor Luiz Carlos
Barreto...
Luego del debut de Nelson Pereira, ocurrieron de hecho muchas cosas.
Hubo verdaderos movimientos de producción, como el Cinema Novo y el
Marginal (o Udigrudi), y algunos sub-géneros que marcarán su tiempo y se
hundirán con él, como el de las pornochanchadas. De algún modo,
se puede percibir entretanto, una tradición carioca de crónica de
costumbres, nuestras comedias soleadas: diversos modos reveladores de
retratar la vida en Río de Janeiro. Se puede ver que hay una tradición
de comedias de costumbres, que comienza con la (fabulosa) opera prima de
Domingos de Oliveira, Todas as mulheres do mundo, pasando por el
cine de figuras como Hugo Carvana (sobre todo los primeros, como Vai
trabalhar vagabundo y Bar Esperança) y David Neves (sobre
todo con su trilogía carioca: Muito prazer, Fulaninha y Jardim
de Alah). También se pueden incluir películas de playa, como
Menino do Rio, y un poco más reciente (sin haber gozado de un éxito
tan grande) Como ser solteiro. Ciertamente que en el género hubo
films anteriores a los citados, como los que, desde Humberto Mauro,
hasta la obra del argentino-brasileño Carlos Hugo Christensen, se
hicieron sobre la ciudad, pero se advierte fácilmente que el cine
iniciado en aquella época, de retratos personales de Río de Janeiro, con
sus héroes siempre felices, se volvió realmente tradicional desde
entonces, atrayendo a cierto público que no suele interesarse por el
humor chanchadesco; entrarían, para los video-clubs, dentro del
rubro de comedias cariocas, o en el subgénero cine brasileño... La
parodia de este cine, la hizo Nelson Pereira dos Santos: su film El
Justicero constituye su crítica lapidaria al cine de las historias
de playa.
Y los films realizado aquí ya eran más vistos localmente que los
anteriores, incluso más vistos de lo que lo son al día de hoy. El cine
brasileño llegó a tener más del treinta por ciento del mercado, su
record de participación, a partir de la actuación de la empresa pública
(nacional) Embrafilme, con sede local. Luego de la caída del modelo de
empresa estatal (debida a la falencia general del Estado), Embrafilme
pasó por un período de reformulación, interrumpido por un presidente
electo que, rencoroso, cerró la empresa. Desde entonces, la cuestión de
la distribución de films volvió a ser un problema, sin esquema alguno
que tienda a solucionarlo. Tenemos hoy otra empresa pública (municipal),
Riofilme, que distribuye gran parte de los films brasileños, pero sin la
estructura de “Embra” (es la única empresa que lo hace en todo el país).
¿El resultado? Los films son exhibidos en pocos cines de poquísimas
ciudades. En los mejores cines, en la mayor parte de los casos, pero en
estos días casi todos los cines son para quienes tienen poder
adquisitivo. En la Zona Sul, el área de Río en que tradicionalmente
viven los que tienen más dinero, Riofilme ya dio un paso: patrocina un
cine en el barrio de Botafogo, donde estrena sus películas. Pero no va
mucho más allá de eso, por lo menos hasta el momento; sus films tuvieron
un promedio de público inferior a las cincuenta mil personas, bajísimo
desde cualquier punto de vista (aunque, claro, esto no define en modo
alguno a su calidad).
La producción cinematográfica brasileña tuvo buenos momentos en 2002, a
pesar de las vicisitudes de siempre, y la imagen de Río de Janeiro,
escenario central de una inmensa parte de nuestra cinematografía, sirvió
esta vez para una enumeración de sus defectos. El acontecimiento
Cidade de Deus y el documental Ônibus 174, trajeron a
discusión temas largamente conocidos; Madame Satã recreó un mito
carioca de inconformismo personal. El maestro Eduardo Coutinho realizó
Edifício Master, documental que presenta historias de habitantes
de un edificio de clase media baja de Copacabana. Fue éste un año en que
el cine brasileño escapó al tabú de ser visto y discutido apenas por un
pequeño grupo social de la metrópolis, y eso es estimulante,
evidentemente. La discusión y la vivencia del cine no pasan por un
aislamiento del resto del mundo, esto es claro; es por lo tanto muy
saludable que los films lleguen a ser vistos por más gente, y del mismo
modo, que se creen grupos que van a ver muchos films, los viven y los
discuten. Se están rodando cosas interesantes: bastante gente quiere
producir cosas nuevas, centenares de personas de una nueva generación
comienzan a hacer, ver, debatir, producir, exhibir (después de un hiato
de más de una década, porque durante años, la idea de trabajar en el
cine fue vista, más que nunca, como un desvarío). Hay iniciativas de
cine-clubs, funciones alternativas, films baratos, cortos, documentales
en video. Está el cine Odeon, lo mejor que patrocina la empresa BR en
Río de Janeiro. Y es con la dirección del Odeon (en manos del grupo
exhibidor Estação), que el personal de Contracampo, revista en la
que escribo, ha organizado un cine-club semanal (el evento tiene el
título obvio de función cine-club), con folletos y debates tras
la función. La experiencia es excelente: participamos y aprendemos con
la gente que tenemos por aquí en Río; grupos diversos con problemas
diversos, mucha voluntad, poco dinero, ideas más o menos organizadas.
El cine se hace, se ve, se discute, pero es en la ciudad en la que se
vive. Río de Janeiro no pasa por épocas fáciles, y eso se refleja en el
cine, pero no es posible transmitir esta experiencia con tres o cuatro
historias o historizaciones que se esbocen en este texto, claro. Hay
violencia en algunos lugares en todo momento y en todos lados en algunos
momentos; hay corrupción y mal planeamiento urbano; hay a veces un
cierto desmadre social caótico. Pero la ciudad parece adaptarse y, de
alguna manera, sobrevive. Tal cosa se refleja en su relación con el
cine, ciertamente, y no sólo en las historias de los films; por ejemplo,
no queda casi ninguna sala de cine cuya entrada dé sobre la calle, están
prácticamente todas dentro de los shopping-centers (y hay muchos
antiguos espectadores que prefieren ver películas gratis en la
televisión).
No es momento de descansar, y de hecho, todos seguimos trabajando con
voluntad, y esperanza, que es como el caldo de gallina: no le hace mal a
nadie
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