Cine
Río de Janeiro y el cine
Daniel Caetano

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Cine latinoamericano Cine y urbanidad - El suspenso narrativo - Postulados del documental

Traducción: Martín L. Pascual.

No se trata de uno o dos casos. Hay innumerables films internacionales en los que bandidos, fracasados o no, planean fugarse a Río: sin duda el lector habrá visto alguno. Es la versión sudamericana de las islas del Caribe o del Océano Pacífico. Esto tal vez se deba a la historia real de Ronald Biggs, que huyó a Río luego de asaltar un tren en Inglaterra, o también se puede imaginar que la cosa se deba a un dicho antiguo de un poeta ruso (algo así como: “Dicen que en un lugar distante/ tal vez en el Brasil/ existe un hombre feliz”). Pero, convengamos que esta última hipótesis no es demasiado probable. Lo que se percibe de cualquier forma, es que Río de Janeiro es el paraíso imaginario de los hampones cinematográficos; desde films bien conocidos, como A Fish Called Wanda y Trainspotting, hasta algunos que lo son menos, como la reciente A Girl From Rio y muchos otros... ¿Acaso será éste todavía, para los sueños gringos, el paraíso terrestre? ¿Paraíso sensual, como decía alguien en Wild Orchid?

Sería groseramente injusto, sin embargo, atribuir sólo a las comedias y films de acción extranjeros este tipo de imagen de Río de Janeiro. Para tomar un ejemplo cercano: hace apenas pocas semanas se estrenó internacionalmente el film O homem que copiava, el segundo largo de Jorge Furtado, que termina justamente con sus personajes huyendo hacia Río. ¡Y de forma claramente irónica, el éxito más reciente de taquilla cuya acción transcurre en las calles de Río se titula Cidade de Deus! Aunque es fácil advertir que es éste el nombre del barrio en que se desarrolla la historia, distante del centro de la ciudad, y que aquella por otra parte nada tiene de paradisíaca.

Si el amigo lector mira un mapa del municipio de Río de Janeiro, uno de esos que despliegan con gráficos de colores la media poblacional de cada zona, quedará impresionado por el tamaño de las áreas poco habitadas. Hay una inmensa concentración de habitantes en la parte sudeste de la ciudad –somos más de cinco millones–, y el área urbana se extiende por otros municipios, con cerca de ocho millones de moradores en total. Nuestro Centro urbano ya no queda ubicado en el centro geográfico, sino desplazado hacia el área del puerto: la Bahía de Guanabara, donde nació la ciudad.

Si hacemos un breve balance histórico de la relación de la ciudad con el cine, no podemos pasar por alto un clisé: el cine llegó al Brasil por el puerto de Río. En verdad, esto pudo no haber acontecido de este modo, pero tal es el mito que se construyó. El primer registro de filmación aceptado por los historiadores es el de las tomas realizadas por Afonso Segretto antes de pisar tierra firme –a partir del avistamiento de la Bahía de Guanabara– ya en 1897. Registros de prensa permiten comprobar que, antes de que los gringos establecieran su dominio de distribución cinematográfica, Brasil producía cientos de cortometrajes anuales: los registros indican que, entre 1907 y 1911, se producía en promedio más de doscientos films por año (aunque por supuesto se trataba de cortometrajes, y eran comunes los casos de films extranjeros que se adulteraban para burlar los derechos de autor). No quedan sino restos o fotogramas de uno u otro ejemplar de estos cientos de films producidos antes de que se consolidaran en todo el mundo el lenguaje cinematográfico clásico y la distribución extranjera. Se sabe, de todos modos, de algunos films “modelo” de éxito notable, empezando por uno llamado Os estranguladores, reconstitución ficcional de un caso criminal célebre por aquella época.

Contando con el cine ya desde fines del siglo XIX, en la entonces ciudad capital de la república una parte del Centro llegó a conocerse como Cinelandia, nombre debido a la profusión de salas de exhibición allí construidas. Sumándose así a partir de entonces a los muchos vicios de Río de Janeiro, el cine se mantiene hasta hoy como tal, de forma crónica, en cada época a su modo, y es una lástima notar que en el presente este vicio está siendo muy mal administrado... Río tiene también su propia historia, sus grandes y pequeñas historias de cinefilia y de producción cinematográfica, como tantas otras metrópolis tendrán asimismo las suyas: clubs de admiradores y cine-clubs –inclusive por la relación con el cine que aquí se hace, ya sea exhibiendo films por primera vez (lo que ocurrió en el Chaplin Club con Limite), ya estimulando el encuentro de generaciones–; estudios de cine (como la propia Cinédia de Gonzaga, o la Atlântida que sigue siendo conocida por sus comedias ligeras); revistas de cine; e incluso las principales reparticiones públicas dedicadas al sector se hallaban afincadas sin excepción en Río hasta hace poco (aun cuando la capital fue trasladada a Brasilia). En Río de Janeiro se desarrollaron incontables discusiones cinematográficas, sesudos debates e influyentes movimientos (hay una frase incluso, atribuida a Nelson Pereira dos Santos, que dice: “Cinema Novo es Glauber Rocha en Río de Janeiro.”). Y también se rodaron aquí muchos films.

Si durante todos estos años nos guió el sueño de la instauración de una industria de producción cinematográfica, hay que decir, entretanto, que la empresa resultó un fracaso. En Río estaba Embrafilme (el órgano estatal responsable de la distribución y coproducción de films durante los últimos años de la dictadura y los primeros del régimen democrático). En los últimos tiempos, casi la mitad de los films brasileños (de todo el país) es distribuida por la empresa municipal Riofilme –terminando por ser exhibida en algunos cines de la Zona Sul carioca (el área tradicionalmente más pudiente de la ciudad) y en un circuito nacional bastante restringido (sólo pocos cines en otras tres o cuatro ciudades). Y más allá del hecho (común a nivel mundial) de que más del 80% del mercado cinematográfico está dominado por films de otro país, las películas producidas en el Brasil, en su gran mayoría, no son exhibidas en televisión; son vistas por pocos y requieren recursos públicos, directos o indirectos, para continuar produciéndose. Sin discutir el mérito de dichos recursos, cabe notar que los sueños de industria quedan así en agua de borrajas.

El sueño de una industria de cine similar a la norteamericana (con estudios, presupuestos suficientes, técnicos y equipos adecuados) existía, y quedaba asimismo en agua de borrajas, ya desde la década del veinte –lo que no impidió la realización de algunos buenos films, ni impidió tampoco que surgiese la veta de los films de carnaval, las comedias ligeras [chanchadas], en que los números musicales y el humor (que parodiaba a la industria) sustentaban el interés de la platea. Pero por regla general se considera que será un film de Nelson Pereira dos Santos, Rio quarenta graus, el que marque un cambio de rumbo: en él, bajo asumidas influencias del neorrealismo, la historia abarcaba todo un día de cinco chicos vendedores de maníes, que van a vender su producto a los principales puntos de la ciudad en un domingo de sol. La película alcanzó una buena taquilla, y tuvo gran repercusión, beneficiada por la polémica que la precedió. Se había promulgado un decreto federal que suspendía el servicio público cuando la temperatura de la ciudad superara los 40°C; existe inclusive la historia legendaria de que los termómetros de la Estación (de trenes) Central do Brasil habían sido preparados para no pasar de la temperatura establecida. Pues bien, Rio quarenta graus fue el título dado al film, y un delegado de policía resolvió entonces censurar su exhibición, lo que acabó provocando una confusión infernal, con manifiestos a favor de la liberación, lo que acabó ayudando bastante como publicidad. Pero no fue ésa, o no sólo ésa, la razón del interés del público: escapando al modelo clásico de ficción, el film encuentra su tema en las particularidades de la ciudad, no en una universalidad inmediata. Los escenarios son las “postales” de Río, pero también la favela donde viven los chicos. El cine brasileño no filmaba en las favelas hasta ese momento; el único film que transcurría en una, Favela dos meus amores, de Humberto Mauro, había sido rodado en estudio.

El film siguiente de Nelson, Rio Zona Norte, siguió las vías del ferrocarril y fue a los barrios periféricos para descubrir al artista pobre, genial y subdesarrollado. Echando así la ciudad a la pantalla, Nelson (nacido y criado en San Pablo) influyó decisivamente en una generación que dio que hablar. El Cinema Novo tal vez haya sido apenas un grupo de inadaptados, compuesto por realizadores de mayor o menor talento, todos con un discurso razonablemente afinado, o tal vez sea algo realmente más complejo. Pero no hay forma de negar que el grupo de inadaptados se crió y se desarrolló en Río. “Cinema Novo es Glauber Rocha en Río”, ¿no? Quizás hubiera que agregar al productor Luiz Carlos Barreto...

Luego del debut de Nelson Pereira, ocurrieron de hecho muchas cosas. Hubo verdaderos movimientos de producción, como el Cinema Novo y el Marginal (o Udigrudi), y algunos sub-géneros que marcarán su tiempo y se hundirán con él, como el de las pornochanchadas. De algún modo, se puede percibir entretanto, una tradición carioca de crónica de costumbres, nuestras comedias soleadas: diversos modos reveladores de retratar la vida en Río de Janeiro. Se puede ver que hay una tradición de comedias de costumbres, que comienza con la (fabulosa) opera prima de Domingos de Oliveira, Todas as mulheres do mundo, pasando por el cine de figuras como Hugo Carvana (sobre todo los primeros, como Vai trabalhar vagabundo y Bar Esperança) y David Neves (sobre todo con su trilogía carioca: Muito prazer, Fulaninha y Jardim de Alah). También se pueden incluir películas de playa, como Menino do Rio, y un poco más reciente (sin haber gozado de un éxito tan grande) Como ser solteiro. Ciertamente que en el género hubo films anteriores a los citados, como los que, desde Humberto Mauro, hasta la obra del argentino-brasileño Carlos Hugo Christensen, se hicieron sobre la ciudad, pero se advierte fácilmente que el cine iniciado en aquella época, de retratos personales de Río de Janeiro, con sus héroes siempre felices, se volvió realmente tradicional desde entonces, atrayendo a cierto público que no suele interesarse por el humor chanchadesco; entrarían, para los video-clubs, dentro del rubro de comedias cariocas, o en el subgénero cine brasileño... La parodia de este cine, la hizo Nelson Pereira dos Santos: su film El Justicero constituye su crítica lapidaria al cine de las historias de playa.

Y los films realizado aquí ya eran más vistos localmente que los anteriores, incluso más vistos de lo que lo son al día de hoy. El cine brasileño llegó a tener más del treinta por ciento del mercado, su record de participación, a partir de la actuación de la empresa pública (nacional) Embrafilme, con sede local. Luego de la caída del modelo de empresa estatal (debida a la falencia general del Estado), Embrafilme pasó por un período de reformulación, interrumpido por un presidente electo que, rencoroso, cerró la empresa. Desde entonces, la cuestión de la distribución de films volvió a ser un problema, sin esquema alguno que tienda a solucionarlo. Tenemos hoy otra empresa pública (municipal), Riofilme, que distribuye gran parte de los films brasileños, pero sin la estructura de “Embra” (es la única empresa que lo hace en todo el país). ¿El resultado? Los films son exhibidos en pocos cines de poquísimas ciudades. En los mejores cines, en la mayor parte de los casos, pero en estos días casi todos los cines son para quienes tienen poder adquisitivo. En la Zona Sul, el área de Río en que tradicionalmente viven los que tienen más dinero, Riofilme ya dio un paso: patrocina un cine en el barrio de Botafogo, donde estrena sus películas. Pero no va mucho más allá de eso, por lo menos hasta el momento; sus films tuvieron un promedio de público inferior a las cincuenta mil personas, bajísimo desde cualquier punto de vista (aunque, claro, esto no define en modo alguno a su calidad).

La producción cinematográfica brasileña tuvo buenos momentos en 2002, a pesar de las vicisitudes de siempre, y la imagen de Río de Janeiro, escenario central de una inmensa parte de nuestra cinematografía, sirvió esta vez para una enumeración de sus defectos. El acontecimiento Cidade de Deus y el documental Ônibus 174, trajeron a discusión temas largamente conocidos; Madame Satã recreó un mito carioca de inconformismo personal. El maestro Eduardo Coutinho realizó Edifício Master, documental que presenta historias de habitantes de un edificio de clase media baja de Copacabana. Fue éste un año en que el cine brasileño escapó al tabú de ser visto y discutido apenas por un pequeño grupo social de la metrópolis, y eso es estimulante, evidentemente. La discusión y la vivencia del cine no pasan por un aislamiento del resto del mundo, esto es claro; es por lo tanto muy saludable que los films lleguen a ser vistos por más gente, y del mismo modo, que se creen grupos que van a ver muchos films, los viven y los discuten. Se están rodando cosas interesantes: bastante gente quiere producir cosas nuevas, centenares de personas de una nueva generación comienzan a hacer, ver, debatir, producir, exhibir (después de un hiato de más de una década, porque durante años, la idea de trabajar en el cine fue vista, más que nunca, como un desvarío). Hay iniciativas de cine-clubs, funciones alternativas, films baratos, cortos, documentales en video. Está el cine Odeon, lo mejor que patrocina la empresa BR en Río de Janeiro. Y es con la dirección del Odeon (en manos del grupo exhibidor Estação), que el personal de Contracampo, revista en la que escribo, ha organizado un cine-club semanal (el evento tiene el título obvio de función cine-club), con folletos y debates tras la función. La experiencia es excelente: participamos y aprendemos con la gente que tenemos por aquí en Río; grupos diversos con problemas diversos, mucha voluntad, poco dinero, ideas más o menos organizadas.

El cine se hace, se ve, se discute, pero es en la ciudad en la que se vive. Río de Janeiro no pasa por épocas fáciles, y eso se refleja en el cine, pero no es posible transmitir esta experiencia con tres o cuatro historias o historizaciones que se esbocen en este texto, claro. Hay violencia en algunos lugares en todo momento y en todos lados en algunos momentos; hay corrupción y mal planeamiento urbano; hay a veces un cierto desmadre social caótico. Pero la ciudad parece adaptarse y, de alguna manera, sobrevive. Tal cosa se refleja en su relación con el cine, ciertamente, y no sólo en las historias de los films; por ejemplo, no queda casi ninguna sala de cine cuya entrada dé sobre la calle, están prácticamente todas dentro de los shopping-centers (y hay muchos antiguos espectadores que prefieren ver películas gratis en la televisión).

No es momento de descansar, y de hecho, todos seguimos trabajando con voluntad, y esperanza, que es como el caldo de gallina: no le hace mal a nadie


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